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Comprensiones alrededor del concepto de tránsito a la vida adulta y su relación con la autonomía desde el paradigma sistémico

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El presente artículo parte de la importancia que el tránsito a la vida adulta ha adquirido a lo largo del tiempo, por ser un tema de reflexión y de múltiples estudios para conocer cómo las condiciones de hoy en día permiten este proceso en los jóvenes. Este artículo es un estudio cualitativo de revisión sistemática y tuvo como objetivo describir el tránsito a la adultez desde dos perspectivas. La primera, una construcción por medio de investigaciones realizadas por varios autores, los cuales encontraron que la transición a la adultez está mediada por aspectos como la autonomía, los nuevos roles, las expectativas individuales, las demandas, entre otras. Y la segunda, una visión anclada a paradigmas emergentes y el enfoque sistémico, que plantean que el tránsito a la vida adulta se ve permeado por elementos como la desvinculación, la individuación y las dinámicas familiares. La revisión permitió concluir que las condiciones familiares y sociales en las que se desarrolla el individuo son determinantes en su tránsito a la vida adulta, favoreciendo o dificultando este proceso.
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Diversitas: Perspectivas en Psicología
ISSN: 1794-9998 | e-ISSN: 2256-3067 | DOI: https://doi.org/10.15332/22563067
Vol. 18 N.º 1 | enero-junio del 2022
Comprensiones alrededor del concepto de
tránsito a la vida adulta y su relación con la
autonomía desde el paradigma sistémico*
Understandings Around the Concept of Transition to
Adulthood and its Relationship with Autonomy From
the Systemic Paradigm
[Artículos]
Verónica Fonseca Gutiérrez**
Universidad Santo Tomás, Colombia
veronicafonseca@usantotomas.edu.co
https://orcid.org/0000-0003-3389-7611
Recibido: 22 de septiembre de 2020
Revisado: 7 de abril de 2021
Aceptado: 12 de diciembre de 2021
Citar como:
Fonseca Gutiérrez, V. (2022). Comprensiones alrededor del concepto de tránsito a la vida adulta y su
relación con la autonomía desde el paradigma sistémico. Diversitas: Perspectivas en Psicología, 18(1).
https://doi.org/10.15332/22563067.7876
Resumen
El presente artículo parte de la importancia que el tránsito a la vida adulta ha adquirido a
lo largo del tiempo, por ser un tema de reflexión y de múltiples estudios para conocer cómo
las condiciones de hoy en día permiten este proceso en los jóvenes. Este artículo es un
estudio cualitativo de revisión sistemática y tuvo como objetivo describir el tránsito a la
adultez desde dos perspectivas. La primera, una construcción por medio de investigaciones
realizadas por varios autores, los cuales encontraron que la transición a la adultez está
mediada por aspectos como la autonomía, los nuevos roles, las expectativas individuales,
las demandas, entre otras. Y la segunda, una visión anclada a paradigmas emergentes y el
enfoque sistémico, que plantean que el tránsito a la vida adulta se ve permeado por
elementos como la desvinculación, la individuación y las dinámicas familiares. La revisión
permitió concluir que las condiciones familiares y sociales en las que se desarrolla el
individuo son determinantes en su tránsito a la vida adulta, favoreciendo o dificultando
este proceso.
Palabras clave: tránsito a la vida adulta, revisión sistemática, paradigmas emergentes,
enfoque sistémico, autonomía.
* Artículo de investigación.
**Dirección postal: Universidad Santo Tomás, Maestría en Psicología Clínica y de la Familia, Cra. 9 # 51-11,
Bogotá, Colombia.
Diversitas: Perspectivas en Psicología
ISSN: 1794-9998 | e-ISSN: 2256-3067 | DOI: https://doi.org/10.15332/22563067
Vol. 18 N.º 1 | enero-junio del 2022
Abstract
This article is based on the importance that the transition to adulthood has had over time,
as it is a subject of reflection and multiple studies that aim to understand how the current
conditions allow this process in young people. This is a qualitative study of systematic
review and its objective is to describe the transition to adulthood from two perspectives.
The first, a construction through research conducted by different authors, who found that
the transition to adulthood is mediated by aspects such as autonomy, new roles, individual
expectations, and demands, among others. The second one, a vision anchored to emerging
paradigms and the systemic approach, which suggests that the transition to adulthood is
influenced by elements such as decoupling, individuation, and family dynamics. The review
made it possible to conclude that the social and family conditions in which the individual
develops are determining factors in his/her transition to adulthood, either favoring or
hindering this process.
Keywords: transition to adulthood, systematic review, emerging paradigms, systemic
approach, autonomy.
Introducción
El tránsito a la vida adulta es uno de los principales temas de reflexión teórica en psicología. En la
segunda década del siglo XXI se estudian y describen los elementos que median entre el joven y su
proceso de transición a la adultez, reconociendo así las influencias internas, es decir, sus
expectativas y las demandas externas; en otras palabras, las demandas provenientes del medio o
los contextos en los que el individuo se desenvuelve.
En consecuencia, este artículo tiene como interés describir el tránsito a la vida adulta desde la
perspectiva de autores como Casal (1996), Bernal (2016), Arantes (2021), entre otros; realizando
compresiones que permitan entender cuáles son los elementos implicados en el proceso de
transición, que a su vez facilitan u obstaculizan dicho tránsito. De igual forma, presenta algunas
pautas con las que cuenta el proceso hacia la vida adulta, las cuales pueden dividirse en procesos,
facilitadores, cualidades y por supuesto, los distintos tipos de autonomía.
Con base en los distintos tipos de autonomía, se presentará cómo estos le aportan capacidades al
individuo, que organizan su forma de comportarse y permiten realizar patrones que lo conducirán
a tener un tránsito a la vida adulta, no solamente rico en autonomía, sino benéfico para fortalecer
procesos como la responsabilidad, la aceptación de errores, entre otros. Cabe resaltar, que la
autonomía es uno de los aspectos principales del tránsito a la vida adulta, pues de esta depende la
habilidad de robustecer el proceso y orientar de forma positiva al individuo en cuanto a su toma de
decisiones.
Para el estudio del tránsito a la vida adulta y su relación con la autonomía, se realizará una
comprensión que emerja con base en los postulados del paradigma sistémico de Cancrini y La Rosa
(1996) y Hernández (1997). En este paradigma se tiene como fin conocer cómo la familia y otros
sistemas contribuyen en la construcción del sujeto de manera significativa y cómo pueden en
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algunos casos redireccionar ese proceso, ya sea de forma funcional o no. Además, es posible conocer
cómo se abordan estos dos conceptos desde el enfoque sistémico.
A modo de reflexión, este artículo reconoce comportamientos que los jóvenes, especialmente
colombianos, deberían llevar a cabo durante su proceso de crecimiento, para que durante el tránsito
lleguen con ciertas bases, aptitudes y conocimientos que les faciliten este proceso. Cabe aclarar que
este proceso de cambio es diferente para cada individuo, debido a que cada sujeto se construye a
sí mismo a largo plazo de una manera distinta y cuenta con la capacidad de administrar su propio
proceso de transición a la adultez (Sepúlveda, 2020). Sin embargo, existen elementos que se
presentarán más adelante, que se pueden considerar necesarios u obligatorios para este proceso,
la diferencia es que cada individuo decide por dónde empezar, de acuerdo con las posibilidades
ofrecidas por sus contextos de relación, es decir, aquellos grupos y/o ambientes en los que el
individuo participa y se construye (Gerstle, 2014).
Teniendo en cuenta lo mencionado hasta el momento, los principales objetivos del estudio son: (a)
ofrecer al lector información valiosa sobre las formas en las que el tránsito a la vida adulta y su
relación con la autonomía han sido conceptualizadas; (b) estudiar cómo desde el enfoque sistémico
se comprende dicho proceso y se relaciona con aspectos contextuales y relacionales; (c) resaltar el
papel que juega la autonomía en la transición a la adultez; y (d) brindar elementos importantes que
puedan ser considerados por quienes están atravesando aquel tránsito. De igual forma, se espera
que el lector, al finalizar la lectura de este artículo, haya podido nutrir los conocimientos previos
que ya traía sobre el tema, o por el contrario, informarse sobre aspectos que fueran desconocidos
para él.
Método
El presente artículo se basó en la revisión de investigaciones sobre el tránsito a la vida adulta y la
autonomía en jóvenes. Se utilizó un enfoque cualitativo, bajo el método de revisión sistemática de
publicaciones en revistas científicas.
Según el Centro Cochrane (2011) y Beltrán (2005), la revisión sistemática ha sido definida como un
estudio integrativo donde se mezclan estudios que cumplen el mismo objetivo y que responden a
un mismo interrogante. Si bien en este artículo no se ha propuesto una pregunta problema, se han
establecido objetivos a los que se busca dar respuesta mediante los estudios revisados y
seleccionados. La revisión sistemática, además, según Salcido et ál. (2021), es una publicación de
fuente secundaria que resume y recoge información proveniente de artículos primarios, que implica
una recolección de artículos, una definición de criterios de inclusión y exclusión, la evaluación de los
artículos escogidos y el análisis de resultados de los mismos, con el fin de que dicha revisión sea
realizada de forma compresible y transparente; elementos que fueron cumplidos para la realización
y desarrollo del presente escrito.
En este escrito se siguieron las recomendaciones para revisiones sistemáticas de Salcido et ál. (2021),
Cochrane Collaboration (2011) y Beltrán (2005). Se consultaron las siguientes bases de datos:
Google académico, Dialnet y ScienceDirect; así como repositorios institucionales de las
universidades Santo Tomás, el Rosario, los Andes y la Javeriana. Se investigaron artículos en revistas
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en línea como la revista Saber y Educar, Interuniversitaria, Investigación en Educación, Diversitas,
entre otras. Los criterios de búsqueda empleados, privilegiaron artículos que hablaran sobre el
tránsito a la vida adulta y la autonomía en jóvenes latinos desde 1995 hasta 2022, provenientes de
instituciones educativas, que convivían con sus familias y jóvenes institucionalizados pertenecientes
a sistemas de protección infantil y juvenil (hogares de paso). Para la recopilación de los artículos en
las bases de datos y revistas mencionadas, se usaron palabras de búsqueda como: “autonomía
relacional”, “transicin en jvenes”, “tránsito a la vida adulta”, “jvenes y autonomía” y “transicin
a la adultez y autonomía”. Inicialmente se seleccionaron 87 artículos, pero se incluyeron únicamente
65, ya que aportaban información valiosa sobre el tránsito a la vida adulta y la autonomía,
excluyendo así, los que trataban dichos temas de forma superficial, se enfocaban especialmente en
la calidad de vida desde ambos conceptos o no concordaban con el enfoque de éste artículo. De
estos 65 artículos, 41 correspondieron a investigaciones cualitativas, 11 a investigaciones
cuantitativas y 13 a investigaciones mixtas.
Figura 1. Diagrama de selección y exclusión de artículos
Fuente: eaboración propia con base en el diagrama de flujo de Prisma (2020).
Resultados
El tránsito a la vida adulta en Latinoamérica se ha convertido en un tema de interés para
investigadores en psicología, educación y otras ciencias sociales entre el 2000 y el 2021. Este
fenómeno ha sido estudiado principalmente con sujetos que están o que han salido del sistema de
Libros físicos
(n = 2)
Estudios en
ScienceDirect (n = 6)
Estudios en
Dialnet (n = 28)
Estudios en Google
Académico (n = 69)
Estudios eliminados por duplicación (n = 18)
Estudios seleccionados (n = 87)
Estudios incluidos en la revisión (n = 65)
Estudios excluidos
(n = 22)
Por enfoque (n = 7)
Por método (n = 8)
Por objetivos (n = 7)
Estudios sobre autonomía y tránsito a
la vida adulta (n = 14)
Estudios únicamente sobre
tránsito a la vida adulta (n = 24)
Estudios únicamente
sobre autonomía (n = 27)
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protección, con jóvenes institucionalizados y en otras poblaciones (Arminda, 2011; Cid y Deibe,
2014; Carras et ál., 2015; Jiménez et ál., 2021), en las que cada proceso está organizado
necesariamente por el contexto en el que se desarrolle, por las expectativas del individuo,
demandas y otros aspectos. Se describen a continuación, algunas definiciones generales del
concepto.
El tránsito a la vida adulta se ha estructurado a partir de dos tipos de definiciones: una, desde
investigaciones que conceptualizan el tránsito desde otras disciplinas o desde otros enfoques
psicológicos (Amarilla, 2021; Cuenca et ál., 2018; Oliva et ál., 2018), y otra desde los paradigmas
emergentes en psicología, a saber, los enfoques sistémico y ecosistémico (Bernal, 2016; Cancrini y
La Rosa, 1996; Hernández, 1997; Melendro y Rodríguez, 2015).
El tránsito a la vida adulta se concibe como un proceso de cambios en el joven en el que asume
nuevos roles y responsabilidades en tareas relacionadas con la obtención de autonomía. Esta
autonomía debe ser cada vez mayor, hasta llegar a igualarse con los adultos de referencia. Este
proceso ocurre alrededor de los 18 años dependiendo de la persona, y se refleja en actividades
como completar los estudios escolares, el inicio de la vida laboral, búsqueda de un trabajo estable,
la autonomía residencial, emancipación de la familia de origen y la formación de un hogar, casarse
y en algunos casos tener hijos. Por último, tener la capacidad para mantener y construir relaciones
interpersonales fundamentadas en la madurez (Amarilla, 2021; Fullana et ál., 2015; Leitao y
Camarano, 2006; Martínez, 2021; Melo, 2006; Pappámikail, 2010).
El proceso de tránsito, de acuerdo con Jordán y Verdugo (2013) y Rodríguez (2021), comienza a
consolidarse en la adolescencia una vez que el sujeto se va responsabilizando por sus actos, las
consecuencias y los resultados. Esto, debido a que los individuos se dirigen hacia la independencia
familiar y se van haciendo cargo de sus propias decisiones. En esta etapa, es cuando tienen más
auge las oportunidades de formación laboral, profesional y la elección de un proyecto de vida. El
proceso de tránsito a la vida adulta permite establecer las bases que le ayudarán al sujeto a
desenvolverse en diversos ámbitos como el empleo, el ocio, la interacción, entre otros.
Este tránsito a la adultez cuenta con una serie de aspectos implicados que varían según al autor
bibliográfico. Durante el tránsito a la vida adulta se trasciende lo individual, sumando así la
importancia que juega la familia, ya que esta puede ser vista como el referente principal y como un
ejemplo a seguir que brinda los recursos necesarios para apoyar el tránsito de cada uno de sus
miembros (Cuenca et ál.,2018).
Según Ferraris y Martínez (2015) y Zavala et ál. (2021), el paso de la juventud a la adultez implica la
entrada y salida de los sujetos de diversos roles como los laborales, los educativos, los familiares,
los comunitarios, etc. Estas autoras, desde otra perspectiva, proponen que este proceso se ve
influenciado por factores externos, es decir, por elementos de tipo histórico, social, cultural, y
sistemas de normas y creencias que favorecen no sólo el tránsito, sino también las decisiones que
lo acompañan, según las características distintivas de cada generación. Complementando lo anterior,
Bermúdez (2014) propone que los elementos sociales que se relacionan con el tránsito a la adultez
son cambios en las posiciones y roles dentro de la familia, por ejemplo, el ingreso al mercado laboral,
dejar el hogar, nacimiento del primer hijo, entre otros.
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Los factores externos que influencian el tránsito aumentan la complejidad del proceso, pues
incrementan la incertidumbre social, dado que las sociedades tienen componentes dinámicos y de
cambio constante (Arantes, 2021). Esta transición puede ser entendida como un espacio entre una
etapa y otra, teniendo en cuenta la interdependencia de las mismas y la autonomía que acompaña
cada fase del desarrollo. Una ventaja con la que cuentan los jóvenes hoy en día, es que tienen
múltiples posibilidades sobre las que pueden construir su proyecto de vida. Sin embargo, la misma
sociedad, la crisis económica, el paro juvenil (en el contexto Colombiano) y la precariedad de los
contratos pueden retrasar este proceso, llevando a los jóvenes a una entrada posterior al mercado
laboral, y generando más dificultades en el acceso a una vivienda y retrasando el proceso de
emancipación (Arantes, 2021; Comasolivas et ál., 2018; Hernández Prados, 2017; Santos, 2014).
Así pues, los problemas mencionados causan un retraso en el tránsito de los jóvenes y hacen que
las oportunidades para adentrarse de forma exitosa en la vida adulta sean escasas y que los jóvenes
sientan que están saltando a vacíos sociales, laborales y económicos (Martínez et ál., 2021). Como
consecuencia, estos sujetos se verán enfrentados a la falta de alcanzar las metas que desean y se
verán obligados a adaptarse a un sistema que les impide avanzar (Higuita y Cardona, 2015). Con
base en lo anterior, surge el interés por formar personas que actúen y generen cambios, que sean
capaces de potenciar sus capacidades para enfrentarse al mundo, que adquieran responsabilidad
en cuanto a sus procesos y que participen en la construcción de sociedades regidas por la justicia
(Caride y Varela, 2015).
Retomando el fuerte impacto que tiene el contexto en el tránsito a la vida adulta, cabe resaltar que
cada ámbito en el que el sujeto se mueva o actúe, va a contar con unos determinados planes o
diseños que influyen en la forma en la que éste tome decisiones, interactúe, entre otros. (Galán
et ál., 2016; Jariot et ál., 2015). Este proceso, a medida que transcurre va perdiendo su linealidad y
estructuración, entendiendo así, que cada etapa del tránsito carece de un orden establecido, y por
el contrario, el sujeto podrá transitar libremente por lo que él considere correcto, dependiendo de
su experiencia.
Desde una perspectiva biográfica, Casal (1996, citado por Bernal, 2016) describe la transición a la
adultez como un proceso que trasciende el paso de la escuela al trabajo y que está constituido por
interacciones entre dispositivos institucionales y elementos biográficos basados en el logro de la
emancipación. Dicho proceso se ve influenciado por las condiciones del sujeto, por ejemplo, el
género y la etnia; así como por las redes de apoyo con las que cuente para el desarrollo de este
proceso (entiéndase familia, amigos, entre otras).
Según Casal (1996, citado por Bernal, 2016), este proceso de transición a la vida adulta se divide en
tres dimensiones. La primera, hace alusión a los contextos sociales, históricos y territoriales que son
adjudicados por los elementos que construyan a cada región, así como los aspectos de la
desigualdad social, los modelos familiares, entre otros. La segunda dimensión, está relacionada con
las instituciones, donde se ofrecen oportunidades tanto educativas como laborales. La tercera, hace
referencia a las expectativas, decisiones y ajustes que construye y organiza el sujeto con base en sus
trayectorias escolares y profesionales.
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Por otra parte, el enfoque sistémico se enfoca en los procesos de individuación y desvinculación, los
cuales hacen parte del ciclo vital, más allá de hablar sobre el tránsito a la adultez. La individuación
hace referencia a los intereses que tiene una persona y que son externos al círculo familiar. Por otro
lado, la fase de desvinculación se caracteriza por un proceso en el que el sujeto se aleja de su familia
de origen, transformando sus vínculos. Esta fase empieza al final de la adolescencia y termina con
el alejamiento físico o emotivo del sujeto en relación con su familia; dicho alejamiento incluye actos
como el matrimonio, el trabajo autónomo, la salida del hogar, entre otras (Cancrini y La Rosa, 1996).
La individuación tiene un carácter facilitador de la separación, lo que en parte significa el final de un
proceso simbiótico entre el joven y su familia, por ende, para alcanzar la desvinculación, el joven
necesita atravesar por ese proceso complejo y alcanzar las metas de la individuación de manera
favorable. En este orden de ideas, la desvinculación, según Boszormenyi-Nagy (1965, citado por
Cancrini y La Rosa, 1996), necesita de un movimiento específico llevado a cabo por uno de los
miembros y asumido de forma implícita por todos los demás, lo cual puede representar una fase
trascendental del desarrollo familiar.
Para Cancrini y La Rosa (1996), los miembros de la familia al estar relacionados entre sí, influyen de
manera significativa en la personalidad de cada uno de los participantes del sistema, por ende, la
ausencia del compañero de diálogo representa una pérdida en ocasiones dolorosa que perjudica la
configuración sujeto-objeto de cada una de las personas del sistema familiar. La separación de un
miembro, eventualmente perturba las relaciones directas de cada miembro del sistema con la
persona que se va y además, produce una reacción en cadena de cambios relacionales entre los
participantes restantes del círculo. La madurez de cada uno de los miembros de la familia ayudará
al reordenamiento del sistema.
En este orden de ideas, el paso por etapas previas en el ciclo vital, así como el cumplimiento de las
tareas evolutivas correspondientes, invitan al proceso de desvinculación, el cual, a su vez, posibilita
el tránsito a una nueva etapa del ciclo. Cabe resaltar, que este paso puede generar momentos de
crisis, en donde las habilidades para afrontar demandas son recursos personales para superarlas
(Hernández, 1997). Sin embargo, este proceso trasciende lo individual, y como lo afirma Hernández
(1997), lleva a que todo el sistema (es decir, la familia) entre a jugar un papel importante en el curso
de esta etapa, poniendo en riesgo o fortaleciendo su cohesión y adaptabilidad, teniendo en cuenta
que se propende por un equilibrio entre la independencia de los miembros del sistema y la unión
familiar. Por lo anterior, esta desvinculación puede generar una etapa de crisis familiar, es decir, una
fase en la que las capacidades para afrontar el cambio parecen no ser efectivas; a causa de esto, la
fase de ajuste (es decir, patrones de interacción familiar que están establecidos y que guían las
acciones de la familia) cambian. Por ende, la familia puede comenzar a cerrarse y a resistirse a los
cambios mayores que se avecinan como consecuencia de un cambio menor (Hernández, 1997). Para
hacer frente a este cambio desestabilizador y responder ante la situación, la familia entrará en una
fase de adaptación, en la que sus esfuerzos deberán estar orientados a restaurar el equilibrio del
sistema, con base en nuevos recursos y nuevas estrategias de afrontamiento tanto individuales
como en conjunto.
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Así, lo anterior proporciona información acerca de cómo las interacciones y las dinámicas
relacionales entre los miembros de la familia, facilitan u obstaculizan la autonomía en el sujeto, lo
que más adelante puede brindar elementos para comprender cómo el sujeto realiza su tránsito, así
como qué elementos harán parte de ese proceso.
El tránsito a la adultez implica procesos en los que los individuos adquieren emancipación individual
y autonomía, comprometerse con responsabilidades nuevas y modificar la forma en la que
participan e interactúan con la sociedad (Arancibia, 2016; Molina, 2020). A partir de este tránsito a
la vida adulta, es necesario explorar el concepto de autonomía, el cual ha sido tratado por diversos
autores, siendo ésta una tarea importante del desarrollo al estar relacionada con la individuación,
los cambios en las relaciones sociales y la formación de la identidad personal y social, además de
eso, abarca una etapa donde se debe llegar a un equilibrio entre la independencia, el apego familiar,
la manutención y la libertad con ayuda de los miembros de la familia (Fleming, 2005; Silva et ál.,
2016; Zarrett y Eccles, 2006).
Desde la perspectiva de Vargas y Wagner (2015) y Bernal et ál. (2020), la autonomía es un proceso
complejo y continuo que se extiende a lo largo de dimensiones como, la emocional, la cognitiva y la
funcional. Las investigaciones sobre este constructo han concluido que la autonomía está
relacionada con la edad, el sexo y que a su vez, está asociada con los componentes psicológicos de
personales. De igual forma, también depende de los estilos parentales, el nivel educativo, el lugar
en el que viva, el orden de los hijos, la influencia materna, las necesidades especiales de los jóvenes,
el contexto sociocultural, el estilo de apego y otras características que determinan este proceso
(Bernal et ál., 2020; Vargas y Wagner, 2005).
A su vez, Vargas y Wagner (2015) propusieron la autonomía vista desde dos grandes enfoques, el
primero es la perspectiva socio-dinámica, la cual propone que este constructo es un proceso en el
que el sujeto se separa emocionalmente y de manera gradual de sus figuras de referencia. El
segundo es desde los investigadores del desarrollo y los psicólogos sociales, quienes identifican a la
autonomía como una habilidad que surge con base en las relaciones y las figuras afectivas
principales. Así pues, la autonomía se considera como antagónica a la dependencia por parte del
sujeto con sus padres y a la heteronomía.
En efecto, como lo mencionan Vargas y Wagner (2015), la autonomía siempre ha estado presente
en la vida del individuo, desde los primeros meses de vida e incluso en el vientre materno. El sujeto
necesita la autonomía para realizar sus actividades diarias, por ejemplo, para controlar su cuerpo,
para aprender sobre sus límites y con base en eso, reconocer sus deseos y expectativas respecto a
los demás (Vargas y Wagner, 2015).En este orden de ideas, la autonomía es una habilidad relacional
que se desarrolla y construye a lo largo de la vida. Sin embargo, es en la adolescencia cuando
comienza a verse como un resultado del desarrollo esperada socialmente para realizar el tránsito a
la vida adulta. Así, desde Vargas y Wagner (2013), la autonomía es la capacidad que tiene el sujeto
para orientar su vida, definir los objetivos de esta, sentirse competente con respecto a los demás y
contar con las condiciones necesarias para regular su propio comportamiento. Esta autonomía se
ve influenciada por factores como las características individuales y las variables en el ámbito familiar
y contextual.
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Desde el enfoque sistémico y ecosistémico, la autonomía es un fenómeno relacional que ha sido
tratado por Hernández (2012), quien propone que la construcción de la autonomía individual
únicamente es posible desde los procesos adecuados de vinculación afectiva y social que se
presentan a lo largo de la vida. Así, la familia es una de las influencias principales con las que cuenta
el sujeto, por eso, Bowen (1991, citado por Hernández, 2012), Alba (2016) y Bernal et ál. (2020)
plantean que la huella de la familia es tan determinante que a través de la infancia se puede evaluar
el grado de autonomía individual que el sujeto tiene y con base en eso, se puede prever su posterior
desarrollo; en este caso, elementos como la diferenciación del sujeto con sus padres y el clima
emocional existente en la familia de origen, se convierten en influencias ejercidas sobre la
autonomía del individuo en cuestión.
Por otro lado, Miermont (1995, en Hernández, 2012) define a la autonomía como una capacidad
compleja, que le ayuda al sujeto a organizar sus acciones, autodeterminarse y organizar y construir
sus propios recursos en cada uno de los contextos vitales en los que se desenvuelve, teniendo en
cuenta las influencias de las dinámicas familiares y sociales en las que el sujeto participa. Con base
en lo anterior, Hernández (2012) propone que la autonomía funciona como una construcción de los
sujetos a partir de dependencias como la necesidad de nutrición emocional por parte de los padres
o cuidadores. La autora reconoce la ventaja con la que cuentan los jóvenes, que es la cantidad de
diversidad existente para tener autonomía. Con base en esto, es necesario tener en cuenta que la
autonomía surge a partir de la dependencia, por eso, únicamente puede ser comprendida en el
terreno vincular y de las relaciones, pues toda autonomía es eco-dependiente.
Por otro lado, según Hernández (1997), el adolescente durante este proceso de construcción y
fortalecimiento de la autonomía entra en una etapa que ella denomina como fase de reciclaje,
expansión y consolidación personal, en la que con base en el tránsito hacia la autonomía y la
autosuficiencia, el sujeto atraviesa por una serie de eventos psicológicos que funcionan como
determinantes de los logros futuros y los posteriores desarrollos vitales. Acto seguido, las funciones
evolutivas que se han cumplido en etapas anteriores como el apego, la separación, la socialización,
la construcción del estilo personal, las relaciones familiares, entre otras, se reajustan.
Durante el proceso de transición y construcción de la autonomía, el sujeto atraviesa por ciertos
procesos y tareas comunes de esta etapa. Una de estas y quizás la más importante, es la revisión y
la puesta a prueba de la visión de la vida, de los valores, la imagen sobre sí mismo, su familia y la
sociedad en la que se ve inmerso, esto con el fin de que el sujeto comience a tener una perspectiva
propia sobre los elementos con los que interactúa, y así mismo, realizar cuestionamientos sobre
ellos. Es en este momento en el que el adolescente comienza a tener otros puntos de vista, otras
posturas y opiniones distintas a las de su círculo familiar, por lo que puede gozar de una afirmación
personal que no había sido posible en otros momentos de la vida (Hernández, 1997), sin desconocer,
claramente, que pueden continuar existiendo opiniones compartidas entre éste y su familia, sin
necesidad de que esto implique una limitación en los procesos autónomos.
Finalmente, y a modo de conclusión, Piaggio (2009, en Bernal, 2016) presenta dos definiciones sobre
la autonomía, la primera indica que, la autonomía representa la disposición con la que cuenta el
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sujeto para poner límites ante situaciones que él no ha originado. La segunda, propone que la
autonomía es la posibilidad de tomar decisiones frente a las situaciones que tienen relación con él.
Reflexión
Cuando el joven se encuentra en la fase de transición hacia la adultez, debe tener presentes algunos
elementos que pueden contribuir con la organización del proceso. Estos elementos pueden dividirse
en procesos, facilitadores, cualidades y los tres tipos de autonomía: afectiva/emocional, de
valores/principios y conductual.
En cuanto a los procesos, estos pueden resumirse en tres principales. El primero y quizás el más
importante, es la desvinculación, en donde el sujeto más allá de independizarse e irse a vivir solo,
puede modificar junto con la ayuda de su familia, los lazos o vínculos a los que se ven sujetos entre
ellos, entendiendo con base en Hernández (1997) que la cohesión debe disminuir entre los hijos y
los padres y de igual manera, el vínculo debe transformarse para facilitar la independencia del joven.
En cuanto a los cambios de dichos vínculos, es fundamental que la familia modifique el trato hacia
los hijos y comience a otorgarles autonomía. De igual manera, los hijos también deben responder
mostrando que son capaces de manejar ésta autonomía (Capano et ál., 2016; Zavala et ál., 2016).
En múltiples casos, los padres tienen expectativas en relación con la autonomía de los hijos, por lo
que es importante que la promuevan y los apoyen en este proceso (Esteinou, 2015; García y Peralbo,
2014). Luego, el paso siguiente a la desvinculación es la emancipación, la cual hace referencia a que
el joven sea independiente con respecto a su familia de origen, viviendo solo y respondiendo por sí
mismo.
El segundo proceso es el ingreso al mundo laboral y la economía estable, donde el joven consigue
un trabajo, independientemente de si ese trabajo corresponde con su formación. En la fase de
transición a la adultez, el joven debe comenzar a hacerse responsable de mismo y dejar de
depender económicamente de sus padres. La economía estable está directamente relacionada con
el trabajo, pues de este depende que, como lo proponen Sampaio, Bara y Braga (2012) y Sepúlveda
(2020), el joven reciba dinero para mantenerse y sostener el lugar donde decida vivir, y de paso
controlarlo y manejarlo con libertad y precaución.
Como se ha descrito, cada uno de los pasos expuestos depende entre sí. En este orden de ideas, el
tercer y último proceso son los contextos definidos en los que el joven se desenvolverá, lo cual aplica
tanto para el trabajo como para la vivienda. Cabe aclarar que estos contextos pueden conectarse
con los procesos de individuación, debido a que se relacionan con intereses y aficiones particulares
del joven. Se considera que para que el joven pueda realizar su tránsito a la adultez y su
desvinculación de manera tranquila, tiene que recurrir primero a intentar moverse en escenarios
que le proporcionen seguridad, por lo menos, hasta que pueda tener ahorros, sostenerse
económicamente y pueda volverse experto en el ámbito laboral.
Algunas dificultades presentadas durante el proceso de emancipación, son: a) la separación del
hogar, puede generar conflictos con sus padres, en donde la búsqueda de independencia emocional
y económica puede ser confundida con rebeldía (Gaete, 2015); b) los jóvenes se encuentran en
condiciones para alcanzar la independencia, pero no disponen de los recursos económicos
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suficientes (Parrón, 2014); y c) ante la escasa oferta de vivienda y el alto precio del alquiler, los
jóvenes optan por recurrir a una solución más fácil y quedarse viviendo con los padres más tiempo,
lo que supone una semiautonomía (Bernal et ál., 2020; Echaves, 2016; Arnett, 2000).
Cabe resaltar que el contexto es un factor fundamental para entender este proceso. Así, debido a
que los logros dependerán del contexto del joven, debido a que cada contexto crea una
comprensión simbólica diferente por la cual el joven tenderá a realizar su toma de decisiones,
construcciones de logro y concepciones de ser adulto, diferenciando así, a un joven en contexto de
vulnerabilidad frente a un joven en contexto de accesibilidad. Lo anterior sugiere que, en algunos
casos, ser adulto para el joven en un contexto vulnerable, puede determinase con acciones como
ser esposo o ser padre, mientras que para el joven con accesibilidad, puede significar emigración al
exterior y estudios superiores, explicitando así, las desigualdades sociales que hacen parte de la
transición a la adultez según los entornos (Sepúlveda, 2020).
Por otro lado, existen cualidades con las que el joven debe contar para que su tránsito a la vida
adulta y su autonomía se fortalezcan. La primera de estas cualidades es la responsabilidad por sus
acciones, hacerse cargo de ellas y en múltiples ocasiones, aceptar las consecuencias que derivaron
de la acción realizada.
Con base en lo anterior, la segunda cualidad requerida es aceptar los errores que se cometen,
realizando así un ejercicio autorreflexivo en el que pueda examinar cada uno, pensar por qué lo hizo,
qué puede hacer para solucionarlo y cómo se va a comportar de ahora en adelante para no volver
a cometerlo. Al aceptar los errores, según Briceño (2009), el joven podrá identificar los aprendizajes
provenientes de la experiencia e interiorizarlos, con el fin de entender qué tan importantes son para
su crecimiento personal.
En relación con lo anterior, la tercera cualidad es la toma de decisiones, la cual es la principal
característica de la autonomía. Esta, hace parte del desarrollo y se debe ir fortaleciendo a medida
que el joven va creciendo (Samper et ál., 2015). Al inicio, cuando somos pequeños, somos novatos
tomando decisiones y generalmente lo que se decide, se hace únicamente con una visión del
presente, olvidando que también se debe tener en cuenta cómo esa decisión puede incluso afectar
nuestro futuro de forma categórica. Cuando el joven crece, la edad no es una garantía de que pueda
convertirse en un experto en cuanto a las decisiones, sino que con base en esos aprendizajes, puede
tornarse ahora más precavido y hacer uso del ejercicio reflexivo antes de decidir, considerando
cómo las decisiones representan un beneficio para sí mismo, para los otros, para la comunidad, para
su futuro, entre otros.
Además de eso, la toma de decisiones también pone a prueba al sujeto, pues lo prepara para que
pueda fortalecer esa capacidad y pueda aplicarla más adelante en situaciones que requieran de
intensa reflexión y decisión. De igual forma, se puede observar qué tanto ha aprendido el sujeto con
base en sus experiencias, cómo esas vivencias ayudaron a fortalecer esa capacidad y qué tan
comprometido está el sujeto con respecto a la toma de decisiones para su vida.
La última cualidad es el razonamiento, directamente relacionado con el desarrollo de una postura
crítica frente a las situaciones, que fortalece la capacidad de analizarlas. Dentro de esta misma
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cualidad, y tomando como referencia lo propuesto por Farfán (2012), está el pensamiento lógico, el
cual es necesario e importante que se desarrolle y fortalezca, para que puedan comenzar a buscar
soluciones a los problemas que se les presentan y con base en eso, puedan ir aprendiendo formas
de actuar frente a ellos y tomar decisiones que mejoren dicho problema. La idea es que a medida
que el joven crezca, pueda comenzar a ver las situaciones a las que se enfrenta, desde múltiples
caminos distintos que conducen a soluciones de los problemas (Serrano, 2013; Santana-Campas
et ál., 2021). Lo anterior le servirá al joven en cada una de las áreas en las que se desenvuelva, pues
las soluciones tienen que buscarse frente a cada problema que ocurra en todos los ámbitos de la
vida cotidiana, después de haberse analizado y haber explorado otras alternativas para su solución.
La ventaja del proceso de transición a la vida adulta es que los jóvenes cuentan con ciertos
facilitadores que pueden ayudarles a comprender y dirigir cómo lo están realizando y por cuáles
elementos se puede ver estancado en algunos casos, y en otros, se puede ver beneficiado. El
primero de estos facilitadores que dejan ver cómo el tránsito a la vida adulta podría resultar más
adelante, es la individuación, la cual está directamente relacionada con la desvinculación. La
desvinculación depende de la individuación y por lo tanto, de la posibilidad que tenga el sujeto de
desarrollar intereses fuera de la familia de origen, es decir, el sujeto debe buscar que haya un
proceso de diferenciación en cuanto a su núcleo familiar (Cancrini y La Rosa, 1996).
Esta diferenciación familiar está relacionada con la desvinculación, pues a medida que el joven crece,
la cohesión de la familia se ve modificada y los lazos se van separando un poco, pues el sujeto
empieza a ser capaz de identificar sus gustos o aficiones fuera de la familia. Es decir, durante su
niñez, el sujeto está protegido todo el tiempo por sus padres, le interesan las cosas que sus padres
le muestran o le imponen, pero cuando llega a la adolescencia, los padres deben ir soltándolo para
que se desenvuelva en la vida. Todo este proceso funciona como un ciclo de vida familiar, en el que
el individuo comienza a tener sus propios intereses y en ese proceso de ganancia de autonomía, es
que más adelante se puede dar la desvinculación, resultante de una trayectoria de aumento previo
de la autonomía que se fue forjando gracias a la individuación.
Otro punto clave en este proceso de transición a la adultez, es la definición de objetivos claros en
la vida, es decir, el sujeto a medida que crece, irá pensando en un proyecto de vida, en metas o
elementos que quiera conseguir para su vida más adelante. Esto representa la motivación que
abriga el joven respecto a su propia vida y el modo en que planeará sus actuaciones, para conseguir
los objetivos. Lo anterior puede funcionar como un facilitador, pues el proyecto de vida que plantee,
tiene relación con todos los aspectos de su existencia, es decir, él puede planear y ponerse metas
con respecto al trabajo, a las relaciones interpersonales, a la independización, la toma de decisiones
y con base en ese objetivo establecido, es que se va a mover en la vida para conseguirlo.
Ahora bien, el tránsito a la vida adulta se relaciona a su vez con tres tipos de autonomía necesarios
para el crecimiento, que se fortalecen durante la adolescencia y marcan la entrada al mundo de la
adultez (Parra et ál., 2014). El primer tipo es la autonomía afectiva/emocional, en la que el sujeto es
consciente de sus afectos y es capaz de reconocer sus emociones, así como de hacer un buen manejo
de ellas, identificarlas y expresarlas (Bisquerra y López, 2021; López et ál., 2018). De igual forma, es
importante que el joven entienda de dónde proceden sus emociones y cuáles son las consecuencias
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que ellas le traen. La autonomía de este tipo, hará que el individuo pueda reconocer sus necesidades
y actuar para conseguir un beneficio propio, sin que esto perjudique a las demás personas con las
que se relaciona.
El segundo tipo de autonomía es la de valores o principios, en la que el sujeto habrá formado sus
concepciones propias con respecto a la vida y a lo que en esta sucede. El joven, con base en las
relaciones que tiene con otros, construye qué es lo correcto y qué no lo es, lo importante y lo que
no lo es y con base en eso, actuará de forma consecuente con lo que él piensa y ha aprendido por
medio de sus interacciones con los demás (Bisquerra y López, 2021; Cuervo, 2010). En ocasiones,
esas concepciones se forman a partir de los intereses y visiones que el individuo tiene y de cómo
concibe el mundo.
Tomando como referencia lo anterior, según Allen y Loeb (2016), los jóvenes deben enfrentarse a
un desafío que implica conectarse con sus compañeros y al mismo tiempo establecer su propia
autonomía en relación con las influencias ejercidas por sus pares. Las capacidades de los jóvenes
para lograr una conexión y una autonomía simultáneamente, son fortalecidas principalmente por la
familia; entendiendo que las enseñanzas provenientes de la familia facilitan la solución de desafíos
de los jóvenes con sus compañeros. Lo anterior está relacionado con la autonomía de valores y
principios, pues el joven debe tener claras sus concepciones de la vida con base en lo que aprende
de su familia y así poder mostrar una resistencia a las influencias de sus iguales.
Por último, la autonomía conductual hace referencia a la capacidad que se tiene para decidir y
actuar por mismo (Jara y Echeverría, 2022; Lara, 2017). El joven debe ser capaz de tomar
decisiones independientes consecuentes con sus intereses y que vayan encaminadas al beneficio
personal, además de eso, debe poder sostener las decisiones que toma y en algunos casos, ser capaz
de responsabilizarse por estas y de las consecuencias que dichas decisiones produjeron.
Cabe resaltar, que el joven al pensar por mismo y al tomar sus propias decisiones, empieza a
reflejar cambios en sus relaciones familiares, puesto que el sujeto ahora es físicamente más maduro
y está en busca de independencia y autonomía, por ende, comenzará a hacer uso de su pensamiento
crítico y buscará cuestionar las reglas e incluso los roles familiares, lo que posteriormente generará
conflictos (Eccles et ál., 2003).
Conclusiones
Según lo investigado en este artículo, el tránsito a la vida adulta ha sido un tema de amplia reflexión
en contextos psicológicos, educativos y sociales de América Latina a partir del año 2000. Desde
distintos puntos de vista que de alguna u otra forma llegan a la misma conclusión: este proceso no
puede considerarse como un fenómeno individual, sino que guarda una amplia relación con
elementos familiares y sociales que contribuyen con la construcción del individuo a tal punto de
proporcionarle bases para su tránsito a la adultez o en dado caso, retrasar este proceso. En cuanto
a los aspectos familiares, puede decirse que si el mismo sistema familiar no otorga autonomía al
sujeto y no está dispuesto a aceptar el cambio en los vínculos a medida que este va creciendo, este
proceso se verá obstaculizado y el sujeto se verá obligado a seguir dependiendo emocionalmente
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de sus padres y/o cuidadores, lo que a su vez, invitará a seguir ejerciendo este cuidado por parte de
los mismos.
Los aspectos sociales, por su parte, ejercen presión en el individuo al tener ciertas expectativas
acerca del tránsito a la vida adulta, por ende, el sujeto deberá responder ante lo esperado por su
sociedad, por ejemplo, irse de la casa a una determinada edad, conseguir trabajo, realizar múltiples
estudios, entre otras. Además de eso, la sociedad misma cuenta con una fuerte crisis económica
que genera un estancamiento en ciertos procesos del joven como la emancipación tardía y el ingreso
al mercado laboral. Este proceso de tránsito a la vida adulta, a su vez está relacionado con la
autonomía, pues a medida que el joven crece, tiene que fortalecer la toma de decisiones que le
ayudarán para hacerse responsable de su propia vida y con base en eso, reorganizar lo que cree que
es correcto, buscando así, un beneficio propio que le genere aprendizajes.
Por último, según lo analizado en este artículo, quizás el hallazgo más importante sea que los
jóvenes que son criados en hogares que favorecen su autonomía e independencia, realizan un
tránsito adecuado a la vida adulta. Sin embargo, considero pertinente profundizar en
investigaciones que incluyan comparaciones entre adultos que hayan experimentado diversas
situaciones familiares y sociales y cuya vida se haya desarrollado en diferentes contextos, para tener
una visión más amplia de lo que han vivido en su adultez de acuerdo con las condiciones con las que
contaron.
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ISSN: 1794-9998 | e-ISSN: 2256-3067 | DOI: https://doi.org/10.15332/22563067
Vol. 18 N.º 1 | enero-junio del 2022
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La transición a la vida adulta asume características distintivas en cada generación, producto de las condiciones materiales en cada momento histórico y del sistema de normas y creencias imperantes en las sociedades. Este trabajo se propone mostrar las distintas características del proceso de transición a la vida adulta en tres generaciones, en las Ciudades de México y Buenos Aires, con las Encuestas Demográficas Retrospectivas de 2017 y 2019. A partir de las historias de vida de las personas entrevistadas, desde su nacimiento hasta la fecha de la encuesta, se reconstruyeron las etapas de entrada a la vida adulta, comparando dos sociedades con distintas normas, valores y modelos institucionales, que determinan el paso hacia la autonomía y las responsabilidades familiares y sociales de la adultez. Se presentan y discuten de manera comparativa las bondades y dificultades de ambas encuestas, desde el punto de vista metodológico y de producción de los datos.
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La adolescencia es una etapa caracterizada por cambios importantes a nivel biológico, psicológico y social, en la que aumenta la vulnerabilidad a conductas de riesgo. Se realizó una investigación no experimental, con un diseño de investigación-acción con el objetivo de promover las habilidades para la vida (HpV) como factor protector de conductas de riesgo en adolescentes de la Preparatoria Regional de Sayula, Jalisco. Los resultados mostraron que la constante exposición a un contexto que normaliza las conductas de riesgo juega un papel importante en la percepción de los adolescentes, quienes, al considerar que las vías de solución están ausentes, desarrollan conductas autodestructivas. Sin embargo, las intervenciones experienciales de las HpV desde los principios del enfoque centrado en la persona pueden ser una alternativa para la promo-ción, formación y aprendizaje-vivencia de las HpV y con esto un cambio en la percepción y atribución de las conductas de riesgo, relaciones familiares, reconocimiento y manejo de las emociones. Por ello, es necesario realizar intervenciones participativas con enfoque en HpV de modo que faciliten un ajuste social positivo en jóvenes y adolescentes
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This article analyses the transition to adult life of the unaccompanied minors in care in the Spanish child protection system. From a qualitative approach, we use the semi-structured interview as a research technique. Thirty interviews were conducted with professionals working in child protection centres in eastern Andalusia. The professionals reveal the differences between the expectations of the minors who start their migratory journey and the reality of their experiences in the protection centres and the high level of social risk that the transition to adulthood implies.
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La transición a la vida adulta de los menores extranjeros no-acompañados – y, por ende, el papel de los servicios sociales especializados en la atención a esa etapa tan importante para quienes recibirán el nombre de ex-MENAs en la jerga institucional– constituye una de las etapas menos atendidas por las investigaciones académicas. Este artículo trata de identificar los retos y dificultades que los servicios sociales especializados enfrentan en la atención a esas personas al finalizar su acogida como menores de edad. Presentaremos los resultados de un estudio exploratorio cualitativo cuyo trabajo de campo reveló una serie de dificultades que puede presentarse en tres categorías (institucionales, contextuales y legales). Todas ellas revelan la necesidad de dotar a los llamados “programas de emancipación” con una organización estable, estandarizada y adecuadamente dotada de recursos económicos y técnicos. En el plano metodológico, los enfoques basados en el tejido comunitario aparecen como referencia óptima. En tercer lugar, otra necesidad confirmada en el estudio es la definición de rutas de transición planificadas, con apoyos jurídicos (permiso de residencia) y sociales, oportunidades educativas y de empleo.
Chapter
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En este capítulo se presenta un traajo de investigación sobre jóvenes tutelados y ex-tutelados de la Comunidad de Madrid, a cargo del Grupo de Investigación Contextos de Intervención Socioeducativa de la Facultad de Educación de la UNED, mediante el Proyecto EVAP. Se aborda la realidad por la que viven, su tránsito a la vida adulta, sus expectativas y dimensiones de autonomía.
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El autoconcepto, el proyecto de vida y la toma de decisiones cobran especial relevancia en los adolescentes institucionalizados. El objetivo es analizar el autoconcepto y los conocimientos que tienen adolescentes institucionalizados acerca del proyecto de vida, así como conocer la autonomía que asumen para tomar decisiones. Es un estudio cualitativo-fenomenológico, con técnicas de entrevista, dibujo y cuestionario. Participaron los ocho adolescentes que integran la población de un albergue en Mérida, Yucatán. Los resultados evidencian que los jóvenes cuentan con pocos conocimientos acerca del proyecto de vida, un autoconcepto muy pobre y poca capacidad para la toma de decisiones autónomas. Se propone desarrollar un programa para promover el autoconcepto, el proyecto de vida e impulsar a los jóvenes a tomar decisiones.
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La calidad de la educación de las personas con discapacidad y sus posibilidades de inserción sociolaboral dependen en gran medida de la formación del profesorado. Para mejorar su capacitación es necesario conocer cómo se desarrollan los programas formativos y quénecesidades presentan los docentes. Este artículo tiene por objeto conocer la realidad del profesorado que participa en programas de tránsito a la vida adulta en personas con discapacidad y en riesgo de exclusión social en cuatro centros europeos de Dinamarca, Finlandia,Grecia y España, en el marco de un proyecto europeo donde profundizan en el alcance de los programas, las necesidades formativas del profesorado y las metodologías que emplean. A través de un diseño no experimental, basado en el estudio de caso como metodología y recogiendo datos con un cuestionario, los resultados obtenidos destacan un profundo compromiso del profesorado, la utilización de una amplia variedad metodológica y una alta motivación asociada a las propias necesidades formativas y a las propias demandas del alumnado lo que les lleva a adoptar un planteamiento didáctico innovador, flexible y práctico orientado a la empleabilidad. Los resultados indican que Dinamarca y Finlandia tienen un profesorado más implicado en su formación continua lo que repercute positivamente en la mejora de la calidad educativa y en su desarrollo profesional.
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This article examines the relationship between emotional intelligence, emotional competence, and emotional education, with special reference to moral emotions applied to secondary education. Emotional education is a continuous and permanent educational process that occurs throughout life with the objective of developing emotional competences. Emotional intelligence in education is the foundation of these competences. There is currently abundant evidence for the benefits for students of emotional education. Its most notable effects include improved ethical and moral behaviour, the development of prosocial behaviours, and improved emotional competences, resulting in improved coexistence and well-being. Emotional education can address a multitude of topics, including emotional awareness and regulation, emotional autonomy, self-esteem, self-motivation, social skills, assertiveness, empathy, life skills, well-being, etc. This work focuses on moral emotions and values as an important aspect of education in adolescence. Adolescence is a developmental stage with significant changes and instability in moods that justifies the need to develop emotional intelligence in the educational field, specifically the education of moral emotions. Therefore, this work offers practical considerations for inclusion in the secondary education stage where the figure of the teacher has a key role as a model and educational reference.