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Políticas del terror: subjetividad neoliberal y populismo autoritario

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Políticas del terror: subjetividad neoliberal y populismo autoritario
David Soto Carrasco*
Universidad de Murcia
“Os digo que ha llegado el momento de que la chusma
despierte. La televisión y las falsas promesas la han
mantenido dormida demasiado tiempo. No me da tanto
miedo que la gente se «revuelva» como que derive hacia
la docilidad”.
Jim Goad, Manifiesto Redneck (1997).
Ni todos son bobos, ni están todos sumidos en la
pobreza, ni están todos agobiados por problemas
sociales. Ni siquiera pertenecen a una única clase
socioeconómica. No son monstruos: son personas”.
Talia Lavin, La cultura del odio (2020).
1. Introducción: el momento populista autoritario
El pasado 24 de abril Emmanuel Macron se imponía a Marine Le Pen en la
segunda ronda de las elecciones presidenciales francesas. Gran parte de la población
europea –y mundial– respiraba con alivio ante el nuevo triunfo del candidato centrista
que impedía que la extrema derecha se hiciera con la presidencia de Francia. Un
acontecimiento que, de haberse concretado, con gran probabilidad hubiera modificado
los cimientos políticos y sociales de Europa. Más, si cabe, en un contexto de guerra de
ocupación de Rusia contra Ucrania y conociéndose los vínculos económicos y políticos
entre la extrema derecha francesa y el régimen de Putin (Granadillo, 2022). Nadie –en
verdad– dentro de las cancillerías europeas quería imaginarse ese desenlace. Así, tras la
noche electoral, el estado de ánimo fue similar a cuando en noviembre de 2020 Joe
Biden ganó las elecciones a Donald Trump en Estados Unidos. Europa respiró. No
obstante, los alivios –como todo estado de ánimo– son momentáneos, pasajeros. Le Pen
perdió las elecciones, pero consiguió el mejor resultado de la extrema derecha en el
país: 13,3 millones de votos, el 41,5% de los votantes, 2,5 millones de votos más que en
las elecciones de 2017. Se trataba de la tercera vez que Marine Le Pen participaba en
unas presidenciales. La primera vez fue en 2012 a la que concurrió representando al
Front National. No pasó de la primera vuelta. Obtuvo 6,4 millones de votos, siendo la
tercera candidata por encima del aspirante de izquierdas Jean-Luc Mélechon. Diez años
* davsoto@um.es
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más tarde, ha duplicado el número de votantes. Guillermo Fernández-Vázquez (2019) se
preguntó cómo se había llegado hasta aquí, cómo se había convertido la extrema
derecha en la tercera fuerza política de Francia. Por un lado, en 2012 Marine Le Pen se
liberó del discurso marginal de su padre, Jean-Marine Le Pen; por otro lado, asumió una
posición laica que le permitía enlazar con los valores republicanos franceses pero
resignificada bajo un dispositivo securitario que buscaba normalizar su discurso
extremista en el seno de las derechas francesas. En 2017, Le Pen modificó su propuesta
en clave populista con la pretensión de ocupar la centralidad del espacio conservador.
Su discurso se apartó estratégicamente de las posiciones tradiciones de la extrema
derecha sobre el aborto, la migración, la familia, el antieuropeísmo y los valores
tradicionales para interpelar a aquellos que, de un modo u otro, se sentían “derrotados
de la globalización” y de su propuesta cultural. La extrema derecha francesa fue
ampliando sus votantes en las clases populares (pequeños autónomos, trabajadores de
pequeñas empresas, personal de baja cualificación, etc.) presuntamente afectadas ante
los riesgos, las percepciones, los discursos y las consecuencias de la adaptación de
Francia a la economía globalizada, las nuevas políticas sociales y el desencanto de la
política (Camus y Lebourg, 2020). Sin embargo, como describió sin ambages Thomas
Frank (2008), cuando relató cómo los “ultraconservadores” se hicieron con el corazón
de Estados Unidos, el discurso de la nueva extrema derecha se caracteriza por dejar de
lado los intereses materiales para centrarse en la “guerra cultural”: la lucha por los
valores y las identidades. Busca conectar con el miedo, la inseguridad, la insatisfacción,
el hastío, la relegación de ciertos sectores que ven cuestionado su horizonte de
expectativas ante los cambios acelerados acaecidos en las últimas décadas (Vallespín y
Bascuñán, 2017). La extrema derecha efectúa una crítica a la globalización para
proponer una vuelta a una comunidad nacional perdida. Sin embargo, la realidad es que
no ofrece –tampoco se lo propone– una alternativa a la economía neoliberal, lo que
dispone es un ataque a la institucionalidad liberal, al sistema de representación, al
contrato social, al igualitarismo y, por supuesto, a los derechos humanos. En este
sentido, el auge de la extrema derecha populista sería un síntoma de la crisis de las
democracias liberales y, del mismo modo, se brinda como una salida: la restauración de
un mundo estable, ordenado, jerárquico y homogéneo. A mi modo de ver, el
neoliberalismo y sus consecuencias sociales
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han desencadenado una crisis de
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El concepto de neoliberalismo fue acuñado en 1938 en el Coloquio Walter Lippmann en el que un grupo
de más de 25 académicos e intelectuales, entre ellos Walter Lippmann, Raymond Aron, Louis Baudin,
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legitimidad de las democracias liberales. Su racionalidad, como ya vieron Laval y
Dardot (2013), siguiendo a Foucault, es global, afecta a la Tierra entera. Ha implicado
una revolución civilizatoria integral (Villacañas, 2020). Por eso, su crisis es hoy triple:
política, social y ecológica. Toda la superficie del planeta está sometida al cálculo del
capital, pero también a su crepúsculo. Si bien, el neoliberalismo no solo recorre
superficies, sino que atraviesa cuerpos y almas. En los últimos cuarenta años, ha
remodelado gobiernos, sujetos y subjetividades.
El presente capítulo se interroga sobre los procesos de subjetivación neoliberal
que pueden dar lugar a la emergencia de subjetividades autoritarias. No se presenta aquí
a los neopopulismos de derechas y autoritarios como una oposición a las modalidades
tecnocrática o neoliberal de la democracia liberal (Mounk, 2018), o como una respuesta
democrática antiliberal al liberalismo democrático (Mudde, 2015), tampoco como una
enfermedad de la democracia (Revelli, 2009) ni como su reverso tenebroso (Müller,
2017). Se busca reconocer sucintamente líneas de continuidad entre el sujeto neoliberal
que coligan con el sujeto populista de derechas y que ya estaban presentes en los efectos
de dualización social que el sujeto neoliberal manifiesta (Simoncini, 2021). Finalmente,
se plantea cómo el populismo autoritario opera mediante un efecto de dicotomización
política y discursiva amigo-enemigo sobre la base de un reconocimiento negativo: el
desprecio y el odio. La interiorización de las reglas de la economía neoliberal ha
provocado profundas transformaciones en el interior de las gentes. Por supuesto,
síntomas y pasiones. La rabia o la ansiedad no son solo consecuencias de las crisis, son
las fuentes, tanto materiales como culturales, de su configuración. Por ello, la
vinculación del neoliberalismo al autoritarismo es contigua. El segundo es generado por
el primero. El populismo autoritario se presentará como una alternativa frente a la crisis
larvada en su interior y en el interior de los sujetos. Reconoce y trabaja sobre la
configuración de las subjetividades neoliberales pero su superación no implica el
reconocimiento de una humanidad sufriente o de una tierra profanada, se reorganiza
sobre su propia configuración interna hegemónica: mantiene la ley del más fuerte y
promete la salvación solo para unos pocos.
Diez años después, en las presidenciales de abril de 2022, Le Pen duplicó sus
votos. Su éxito radi en que ha desmarginalizado y normalizado la extrema derecha en
José Castillejo, Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises, Michael Polanyi, Alexander Rustow, etc.,
llevaron a cabo un intento de renovación del liberalismo. Ha sido considerado el momento fundador del
neoliberalismo (Dardot y Laval, 2013; Salinas Araya, 2016; Brown, 2021).
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Francia y en Europa. Indudablemente a ello contribuyó la presencia de otro candidato
de extrema derecha, el periodista Éric Zemmour, con un discurso más radical y
frentista, que favoreció la presentación mediática de Le Pen como presidenciable y con
un perfil más social. Su caso no es el único. La normalización política y mediática de la
extrema derecha en los sistemas políticos occidentales es ya una tendencia habitual
(Forti, 2021; Mudde, 2021). Donald Trump gobernó los Estados Unidos desde 2017 a
2021, Viktor Orbán es primer ministro de Hungría desde 2010 y, en España, el partido
neofranquista Vox se ha convertido en la tercera fuerza política con más de 3,6 millones
de votos participando en el gobierno de algunas comunidades autónomas. Como en su
momento señaló Wendy Brown (2021), a pesar de la victoria de Biden, el trumpismo no
fue derrotado. Macron tampoco puede respirar aliviado. Menos puede hacerlo una
Europa rodeada de regímenes iliberales. La crisis del neoliberalismo seguirá operando.
Más si cabe acelerada, como ha sido, por la pandemia y las consecuencias del cambio
climático y de los propios límites naturales para su crecimiento. El miedo, el rencor, la
rabia, la humillación y el sufrimiento no han sido nunca pasiones sobre que las que
construir una democracia. Europa tiene todavía que aprender esta lección si quiere
ofrecer un futuro a sus pueblos.
2. Neoliberalismo y competencia
En su Breve historia del Neoliberalismo David Harvey (2007) se atrevió a
aventurar que los historiadores del futuro comprenderían los años transcurridos entre
1978 y 1980 como un “un punto de inflexión revolucionario en la historia social y
económica del mundo”. Por un lado, Deng Xiaoping en 1978 puso en marcha las
primeras reformas de liberalización de la economía del gigante asiático. Hoy sabemos
también que cerca de la mitad del crecimiento del PIB de China se debe a la
intensificación de capital acaecido desde la década de los setenta. Por otro lado, en
mayo de 1979 Margaret Thatcher fue elegida primera ministra del Reino Unido con un
programa basado en la desregularización del capital, la quiebra de las organizaciones
sindicales, la privatización de servicios públicos, la eliminación de la progresividad
fiscal y la reducción del Estado social. Justo un año después, en noviembre de 1980, el
carismático actor Ronald Reagan fue elegido presidente de los Estados Unidos
desarrollando distintas políticas que ponían en el acento asimismo en la destrucción de
las formas de organización sindical del mundo del trabajo, la desregularización de la
industria, la agricultura, la extracción de recursos, la apertura de los mercados
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financieros y eliminación de trabas al capitalismo financiero internacional. No se puede
olvidar en esta breve reseña histórica que en 1973 Augusto Pinochet y sus asesores, los
“Chicago Boys”, se hacían, tras un cruento golpe de Estado con el poder en Chile. No
solo pusieron en marcha un amplio paquete de medidas de privatización de los servicios
públicos y de desregularización económica, sino que el régimen neoliberal se consolidó
mediante la violencia, el terror y la desaparición física de sus adversarios políticos. Con
la caída del bloque soviético, el neoliberalismo se desplegó por todo el mundo con una
increíble fuerza expansiva. Sin caer en el reduccionismo marxista de considerar en
neoliberalismo como un asalto de los capitalistas a los Estados del bienestar ni como un
régimen de destrucción de lo social, este relato nos permite revelar dos cuestiones. En
primer lugar, la consolidación hegemónica del neoliberalismo como “razón del mundo”
(Dardot y Laval, 2013). Dicho en otros términos, el neoliberalismo, desde sus primeras
premisas (Slobodian, 2021), ha extendido por todo el planeta una gubernamentalidad
basada en la lógica del mercado mediante la creación y gobierno de instituciones que
obedecen a lógicas, formas, reglas y valores de la competitividad. Tanto es así que,
como ha puesto de relieve Ricciardi (2017), su hegemonía es tal, que se presenta como
la única forma adecuada de dominar el orden económico de la globalización. Lo que
implicaría reconocer la supremacía de la economía sobre el resto de esferas de acción y
la legitimidad del neoliberalismo como razón única del mundo. Así, sucede que el
neoliberalismo opera como “verdad científica” y simultáneamente como sentido común
que pretende imponer unos principios universales no solo al orden económico, sino al
todo social y político, limitando la legitimidad de las instituciones liberales y los
procedimientos propios de la democracia para la gestión de los asuntos que conciernen a
todos.
Además, la racionalidad neoliberal, como analizó Foucault en su curso sobre en
nacimiento de la biopolítica de 1978-1979, modifica la comprensión del Estado con
consecuencias que fueron más allá de las políticas económicas y de la apertura de los
mercados. Foucault (2009) se percató que el neoliberalismo es un principio de gobierno
aplicado por y al Estado, que atravesaba todas las instituciones de la sociedad y que, al
mismo tiempo, saturaba todas las esferas de acción. La gubernamentalidad neoliberal
transformó los principios que incardinaban la actuación pública en base a la asunción
del modelo empresarial y del principio de competencia, que invadió incluso las
“funciones soberanas” del Estado: la administración de justicia, las tareas políticas o la
defensa (Dardot y Laval, 2021: 723). No cabe duda alguna que los servicios públicos
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adoptaron pronto el modelo empresarial-gerencial como práctica de gestión y
evaluación pública, tanto colectiva como individual. Con el neoliberalismo, la
racionalidad política del Estado se transformó en tres sentidos: la economía es a la vez
el modelo, el objeto y el proyecto (Brown, 2015: 78). Los principios económicos –y el
mercado– se constituyen en el modelo que determina la eficacia y la actuación del
Estado. La economía se convierte en el objeto primero de sus preocupaciones de los
Estados y, a la par, en su guía. Para Foucault:
No va existir el juego del mercado al que debe dejarse libre y el ámbito donde el Estado
comience a intervenir, pues justamente el mercado, o, mejor, la competencia pura, que
es la esencia misma del mercado, sólo puede aparecer si es producida, y si es producida
por una gubernamentalidad activa. […] El gobierno debe acompañar de un extremo a
otro una economía de mercado. Ésta no le sustrae nada. Al contrario, […] constituye el
índice general sobre el cual es preciso poner la regla que va a definir todas las acciones
gubernamentales. Es preciso gobernar para el mercado y no gobernar a causa del
mercado (2009: 154).
De hecho, los neoliberales comprendieron rápidamente que el triunfo político
consistía en el asalto al Estado: que solo desde el Estado se podía orientar los principios
sociales y políticos, pero también el alma de las gentes. Bajo esta perspectiva, Lazzarato
ha podido hablar del neoliberalismo como una “economía de las almas” (2005) en el
sentido foucaultiano de omnes et singulatim, para todos y para cada uno.
El neoliberalismo se concretó como una “modo distinto de razón” que dio lugar
a nuevos sujetos y a nuevas subjetividades. Asimismo, se establecía como “una
conducta de la conducta” y un “esquema de valoración”. Desde el Estado, el
neoliberalismo pudo impulsar la racionalidad empresarial a todos los ámbitos de la
existencia, desde lo social a lo político, también, por supuesto, a lo familiar (Brown,
2019; Cooper, 2022). La saturación de la forma-Estado por la forma-empresa ajustó
todas las figuras del orden social: desde el trabajador, al productor o al consumidor.
Bajo la nueva racionalidad, los sujetos se constituyen como agentes competitivos. El
Estado resta ahora como un mero facilitador de las condiciones para la multiplicación
de la competencia.
Los sujetos adoptan ahora la forma de empresa, transmutándose de individuos –
como en el viejo liberalismo– que intercambiaban y satisfacían sus necesidades, en
sujetos que compiten y amplían su “capital humano” para seguir compitiendo y
aumentando su valor. De este modo, bajo la asunción subjetiva del modelo de
racionalidad de la empresa y del dispositivo de la competencia, el neoliberalismo
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atribuye a cada uno de los individuos la responsabilidad y la iniciativa exclusiva sobre
su propio bienestar. De tal manera que el camino para el éxito o el fracaso se reduce a la
conformación de uno mismo como empresa, al ejercicio de la libertad individual; es
decir, a la oportunidad para realización sin impedimentos externos de los propios
deseos. De este modo, la sociedad queda vaciada a una suerte de individuos arrojados
que compiten unos contra otros por el mero cumplimiento gozoso de sus distintos
proyectos vitales. Aquí cobra todo su sentido la conocida exhortación de Margaret
Thatcher sobre la sociedad: “no existe tal cosa, solo individuos”. Para Mark Fisher
(2018a: 187), el proyecto político del neoliberalismo realizó un esfuerzo ideológico
enorme en promover una concepción del individuo sobre la “dramaturgia” de la libre
elección y la responsabilidad. Esta propuesta les permitía proyectar una estructura al
margen del contexto social y la disolución de las estructuras de politización en el
individuo al no existir la sensación de una “nosotros/nosotras” normativo. Solo restaban
individuos aislados cuyas penurias no se vislumbran originadas dentro de estructuras
sociales y de dominación concretas que los organizarían como compañeros de
infortunios.
En este paisaje, como vio Foucault, solo el mercado manifestaba la verdad. Se
convirtió en el espacio de “veridicción”: dice la verdad de las cosas y, en consecuencia,
dicta la forma de vida verdadera. Generaliza la forma de razón en tanto en cuanto solo
sanciona lo que pasa por el mercado –y todo pasa por el mercado. El mercado entonces
se configura como lo único verdadero y también como operador de la forma verdadera
de toda actividad. Los individuos aceptan sus verdades reduciendo su vida a ella, de
manera que no hay más vida que la competencia por la satisfacción libre de deseos, no
hay más vida que la que se somete al mercado. Es más, ahora toda vida está al servicio
de la economía: a la libertad de invertir en uno mismo y apostar por uno mismo. El
sujeto neoliberal tiene que a aprender a vivir peligrosamente (Saidel, 2016). Bajo sus
pies, no hay suelo firme. El emprendedor siente el miedo del que cree que se lo juega
todo en una sola jugada. Su actitud deber ser totalmente –en la propia terminología del
coaching “resiliente”. Para Evans y Reid, este es uno de los principales cambios
operados por el neoliberalismo. Dejó al sujeto a su suerte:
Si el Estado social prometía cuidar la vida desde la cuna a la muerte, la resiliencia
invierte esto de modo lógico al poner en primer plano lo catastrófico de tal modo que
cada etapa de desarrollo del sujeto parezca estar llena de peligros potenciales que
siempre amenazan a aquello en lo que se puede convertir la existencia (2016: 136).
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El neoliberalismo acaba configurando una sociedad que se asienta, en última
instancia, sobre las sensaciones de miedo e inseguridad. Pero, justamente por ello el
capitalismo neoliberal convierte las interacciones en una situación de competencia
extrema. Hasta el punto de que la vida se acaba tornando una lucha por la
supervivencia: un combate en el que solo sobrevive el más fuerte. Sobre todo, cuando la
situación individual está colmada de precariedad.
Como ha descrito con acierto Wendy Brown (2015), el neoliberalismo actuó
progresivamente sobre las gentes y los pueblos transformando a los ciudadanos en
empresarios de sí mismos, a la sociedad civil en un espacio de interacción competitiva
individual y al Estado en empresa. Transformó al homo politicus, que delegaba el poder
a unos representantes a los que autorizaba para gobernar en su nombre, en un homo
oeconomicus, en sujetos competitivos que calculan individualmente los riesgos y
beneficios de sus acciones, incluso los de la vida política. Bajo esta perspectiva, con el
neoliberalismo la competencia reemplazó el intercambio y la desigualdad sustituye
como proyecto social a la equidad. Esto tuvo, evidentemente, dos consecuencias para
las vidas de nuestras sociedades. Por una parte, el acrecentamiento de la despolitización
social, la verdad ya no se encuentra en el espacio comunitario y compensatorio de la
política, sino exclusivamente en el espacio de la satisfacción individual o en el ejercicio
absoluto de la libertad individual; por otra parte, el neoliberalismo ha concretado un
vaciamiento de la democracia, al plantear que la salvación o el éxito es individual, el
neoliberalismo, elimina cualquier sentido comunitario y solidario –de contribuciones y
beneficios compartidos. Al contrario, más bien parece generar formas de subjetividad
temerosas y coléricas –no es casual que el término haterinunde las redes sociales–
que, cuando perciben que se reduce su “libertad” o su “competitividad”, en vez de
contribuir a mitigar la conflictividad y la crisis de la propia forma neoliberal,
promueven formas de gubernamentalidad y discursos antinstitucionales e, incluso,
autoritarios.
3. Neoliberalismo y rendimiento
La novedad del sujeto neoliberal radica en la involucración total de la vida en el
dispositivo empresa. Es vida dispuesta a ser capitalizada. El sujeto no ha dejado de ser
un sujeto productor, tampoco un sujeto hablante, menos si cabe un sujeto mortal y
sexuado, sin embargo, la nueva racionalidad opera considerando todas sus esferas de
manera total. Supone al sujeto como un único ente bajo la forma de “capital humano”,
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que orienta su vida hacia la autovaloración ilimitada y permanente. Como vio Foucault,
el neoliberalismo origina un nuevo sujeto que lejos del manto del Estado benefactor
(2009): “es su propio capital, su propio productor, la fuente de [sus] ingresos”. Esta
conceptualización ha dado lugar a diversas figuras de la vida social neoliberal: “el
hombre endeudado”, “el hombre inversor”, “el empresario de mismo” entre otras
tantas denominaciones. Como ha señalado Elettra Stimilli (2020) el uso generalizado
del concepto “empresa” no es causal, sino que se refiere a que toda la actividad del
individuo pasa a ser considerada ahora un proceso de evaluación de sí mismo incesante
e interminable. Impone un dispositivo de “cuidado de mismo” comprometido ante
todo, con la estructura natural del mercado, en el sentido de que toda la vida debe estar
expuesta la transformación económica, es decir la implicación de cada vida humana en
fuerza de trabajo para el proceso de producción. De este modo, cada palabra, cada
trabajo, cada acción, se convierte en un proceso –más bien en un deseo– de valorización
de nuestra vida.
El empresario de mismo se incorpora autónomamente a una lógica de
autovaloración de y rendimiento orientado por voluntad propia de acumulación de
valor. Desaparece por lo tanto la lógica soberana y externa de disciplinamiento, que
queda sustituida por el libre ejercicio de la voluntad de los individuos. El empresario de
sí mismo tiene la convicción plena de que en el ejercicio de su responsabilidad personal
aumenta la valoración de su vida.
No hay aquí una dominación punitiva. Al contrario, la “jaula de hierro”
weberiana ha sido sustituida por una “jaula de cristal”. El individuo se “autodisciplina”
en la gestión propia del rendimiento de su vida al tornarla una empresa interminable de
maximización de su propio valor. Aquí el esquema que opera es el propio del mercado y
la competencia y vincula –no sin cierta sorna– economía y deporte. La cuestión clave es
mejorar el rendimiento. De un modo u otro, el empresario de mismo o el
emprendedor invierte para mejorar su rendimiento. Entrena, es decir, se autodisciplina,
para aumentar su rendimiento, sus capacidades, su mérito (Sandel, 2020). En
terminología empresarial, podemos decir que el individuo hace una inversión de su
tiempo, de su trabajo y de su vida para obtener un buen rendimiento. En ambos casos, el
esquema es similar: un sujeto pone algo de su parte (esfuerzo, tiempo, capital, vida)
porque quiere sacar un provecho: mejores resultados, mayor rendimiento, más capital,
mejor vida. El sujeto-emprendedor neoliberal pone en marcha una lógica de
“optimización de mismo” (Koplotek, 2018) que introduce la lógica competencial en
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todos los ámbitos de la vida. Ordena la vida de acuerdo a los patrones de competencia
pero bajo la individualización de la responsabilidad de gestión de las múltiples
coacciones libremente autoimpuestas. Aquí la lógica de la atmósfera del gimnasio
asoma con toda su intensidad. Igual que en la vida, en el fitness como dispositivo
neoliberal se promueve un cuerpo que es motivado a su transformación mediante el
esfuerzo de uno mismo. La verdad se identifica con el rendimiento y la mejor
valoración del propio cuerpo. Disciplina y genera placer, mediante la liberación de
serotonina en la práctica deportiva. En esta lógica, el individuo no tiene un papel pasivo
sino que ocupa un papel activo no solo como productor del orden social, sino también
como su reproductor.
La autoevaluación es ilimitada. Estamos ante un sujeto que, mediante la
competición y el rendimiento, aspira siempre a más. Suspira por aumentar su valor en el
mercado. Como ha advertido Koplotek (2018: 95), es un sujeto que siempre tiene una
meta por alcanzar, que está “siempre en ruta” aunque no llegue a ningún lado. No puede
parar porque implicaría bajar su rendimiento. Ello no solo provoca que la mejora del
rendimiento se convierta en un deber, sino también en un goce. En el dispositivo
empresarial, entran en juego distintos imperativos de “goce”, que nos permiten ver que
el neoliberalismo, a diferencia de las disciplinas modernas, no solo somete, sino que
genera placer (Alemán, 2019). El individuo goza porque llega más lejos. No es
casualidad que el running como estilo de vida se haya vinculado a la metáfora de la
figura del emprendedor (Cruz, 2016). La carrera se trueca una metáfora de la vida, que
expresa la progresividad, la ambición o la necesidad constante de motivación y de
objetivos. Es verdad que establece marcos mentales y corporales (Moreno Pestaña,
2016) en donde la subjetividad queda atrapada en modos de servidumbre voluntaria
pero, sin duda, promociona un disfrute gozoso de la vida y de la producción de sí.
De un modo similar, tal y como ha descrito Hibou (2020) a la hora de analizar la
“burocracia neoliberal” de la carrera académica e investigadora, la lógica de la eficacia
y la rentabilidad imponen su suerte en todos los ámbitos de la vida:
Se definen objetivos y metas, se ponen en marcha políticas en función de criterios
económicos y financieros. [...] Los dispositivos de investigación se sitúan en un estado
de competencia y competición. El paradigma de la desigualdad se asume mediante la
estrategia de «polos de excelencia» (2020: 93).
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La búsqueda constante de la “excelencia” se trasmuta como la culminación de la
adopción del modelo gerencial-empresarial en todos los ámbitos de nuestras vidas. Su
fuerza habita en que produce situaciones en que a la vez que impone a los sujetos reglas
de juego, se las imponen como si ellos mismos se las hubieran elegido. De esta manera,
el rendimiento, como ha puesto de relieve Saidel (2016: 140), involucra la necesidad de
autosuperación constante y el imperativo de gozar de la propia decisión. En este sentido,
la novedad de la gubernamentalidad neoliberal radical en que el placer y el rendimiento
van íntimamente ligados. En castizo, “palos con gusto no duelen”.
En verdad, este ha sido el éxito del neoliberalismo. Su dispositivo esconde una
promesa de felicidad individual, de éxito asegurado si “sigues el plan”, sobre todo para
aquellos sectores más precarizados o populares
2
:
Impulsados por la esperanza de lograr la felicidad y el éxito, millones de jóvenes
trabajadores altamente formados han aceptado trabajar en condiciones de un espantoso
estrés, de sobreexplotación, incluso con salarios muy bajos, fascinados por una
representación ambigua en la que el trabajador es descrito como un empresario de sí
mismo y la competición es elevada a regla universal de la existencia humana (2003: 10).
Sin embargo, como ha advertido Villacañas (2020), no solo se trata de una
salvación individual, el neoliberalismo también implica una dimensión comunitaria en
la medida en que organiza una “comunidad de salvación”. El individuo no solo actúa
movido por la libre inversión sobre mismo, sino que su éxito –su excelencia– lo
incorpora a una comunidad de pertenencia: los vencedores. Así, el cumplimiento del
marco del dispositivo económico lo vincula a una forma de gubernamentalidad que
opera sobre cada uno y sobre todos. Si hay competencia y lucha, es porque mediante
ella, el individuo goza con su éxito que es a la par su salvación. Si hay competencia, hay
vencedores y perdedores (losers). El fracaso significa en este caso una expulsión de la
comunidad. Este sería el “crimen perfecto” del capitalismo. Coloniza constantemente la
2
S. Friedrich (2018), por su parte, ha analizado la caracterización que el neoliberalismo ha realizado de la
clase baja como una “nueva capa” que no estaría dispuesta al rendimiento o incluso es incapaz de rendir.
En realidad, se culpabiliza a la clase baja como culpable de su propio fracaso: son aquellas personas,
vagas, dependientes de ayudas sociales, deseadas, que llevan casi siempre camiseta, que ven telebasura,
que consumen cerveza a litros y que, por tanto, tiene sobrepeso (75). La clase baja constituiría la
antítesis del empresario de sí mismo. No viviría por ella, sino a costa de los demás. Con ello, se produce
un ataque al Estado social que quedaría dibujado como un Estado benefactor de los “vagos”. Se diluye la
cuestión social de la desigualdad en un relato individual de éxito y se configura un nosotros frente a un
ellos, la “comunidad de salvación” de los empresarios de mismos frente a la “nueva clase baja”. Bajo
esta perspectiva, el neoliberalismo ofrece no solo una promesa individual sino también una concreción
comunitaria. Implica una realización individual de la vida, conectada con un espacio política de existencia
no solidario.
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vida pero ofrece “un más allá ilimitado del principio del placer” (Alemán, 2019). El
capitalismo habría logrado así una reproducción ilimitada en tanto en cuanto ha sido
capaz de producir una nueva subjetividad totalmente entregada en cuerpo y alma a la
competencia y al rendimiento mediante una concreta dimensión escatología: no hay
salvación sin lucha. Sin embargo, este procedimiento de interiorización del
neoliberalismo pone bajo presión a los individuos que no aspiran a alcanzar, o no
alcanzan, determinados umbrales de rendimiento. El deber de éxito pretendido, de
competitividad, de felicidad y de salvación, presenta una feroz realidad: en el
neoliberalismo la supervivencia individual no va ligada a la grupal. La depresión y la
ley del más fuerte no se presentan únicamente como consecuencias de la reproducción
social, sino que se tornan manifestaciones concretas de la producción de subjetividad
neoliberal y, quizá, autoritaria. Alemán (2021: 27), en clave psicoanalítica, ha señalado
que el neoliberalismo ha operado una “alteración libidinal” que ha engendrado que las
experiencias como el amor y la sexualidad ya no se desplieguen siquiera en los lazos
sociales. Los deberes éticos del deseo son sustituidos por la competitividad. Mediante el
dispositivo de la competición emerge un nuevo sujeto que goza de su potencia salvaje,
de su lucha por la supervivencia frente a los otros, de su voracidad y –llegado el caso–
de la agresión. Paralelamente se instaura una comunidad en la que los componentes de
valorización de la vida están vinculados al rendimiento y, en consecuencia, a una vida
en la que la medida del bienestar se mide por ser suficiente. Una vida marcada por la
ansiedad, el estrés y el miedo de no estar a la altura.
4. Neoliberalismo y depresión
En Fatiga de ser uno mismo. Depresión y sociedad de 1998, Alain Ehrenberg
analizó la depresión como una “zona mórbida particularmente privilegiada para
comprender la individualidad contemporánea” (2000: 11). Advertía de cómo la
depresión había pasado de ser en la década de los 1940 un síntoma presente en la mayor
parte de las enfermedades mentales a convertirse desde la década de 1980 en la
enfermedad mental predominante en nuestras sociedades. La mutación había dado lugar
a que la depresión había sustituido a la neurosis como principal forma de malestar.
¿Pero, por qué razones la depresión se habría consolidado como el principal “desorden”
de las sociedades contemporáneas? Para Ehrenberg, la cuestión estaba clara, la
depresión revelaba con toda su intensidad el juego de relaciones inestables que se dan
en el individuo entre “culpabilidad, responsabilidad y patología mental”. La depresión
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mostraba cómo los cambios en las formas de gubernamentalidad originaban nuevos
tipos de sujetos. Aunque no le puso nombre, Ehrenberg, que interpretó correctamente la
mutación de su tiempo, se hacía cargo de que el neoliberalismo no solo había vencido,
sino que suponía una transformación en todos los ordenes vitales. Se salía de la
“sociedad de clases”, con su “estilo de la regulación de las conductas” y se entraba de
lleno en una sociedad dominada por “los valores de la concurrencia económica y la
competitividad deportiva” que habían dado lugar a un “individuo-trayectoria a la
conquista de su identidad personal y de su éxito” (2000: 12-13). La depresión
manifestaba cómo la modificación de las fronteras entre “lo permitido y lo prohibido”,
“lo posible y lo imposible”, “lo normal y lo patológico” había mutado, implicando no
solo una “corrosión del carácter” (Sennet, 2001) sino la transformación radical de los
mecanismos de subjetivación, tal y como Foucault había advertido a finales de la
década de 1970. Para Ehrenberg, la depresión resultaba ser una consecuencia de la
presión que en la autogestión en la carrera competencial el individuo ejercía sobre
mismo. Era una patología resultante de la relación en la subjetividad personal y el
mandato propio. Como resultado de la imposibilidad de responder a la exigencia del
mandato, el sujeto se agotaba y, en consecuencia, se deprimía. El mandato de elegir la
propia vida y la conminación a la competencia incesante originaba un sujeto
intransigente con sus logros:
La depresión inicia su éxito desde el momento en que el modelo disciplinario de gestión
de las conductas, las reglas de autoridad y de conformidad respecto de las prohibiciones
que asignan a las clases sociales, como a los dos sexos, un destino, ha cedido ante las
normas que incitan a cada uno a la iniciativa individual, impulsándolo a convertirse en
uno mismo (2000: 12).
Para Ehrenberg, la mutación clave consistía en que se había realizado un
desplazamiento de la culpabilidad a la responsabilidad individual. Se había dado un
deslizamiento de la obediencia disciplinaria a la decisión y la iniciativa personal. Ello
implicaba la transición del predominio de la neurosis a la hegemonía patológica de la
depresión. Ya no existía una dislocación con un afuera, con un imperativo externo, con
el padre, sino que la dislocación se daba con uno mismo. El enemigo externo ya no
existe, solo tenemos a un individuo aislado sometido en todo momento a la suerte de su
elección racional. Por ello, Ehrenberg sostuvo que en las sociedades contemporáneas el
individuo se enfrenta a “una patología de la insuficiencia” más que a una enfermedad de
la falta. El deprimido no padece el peso de una ley, sino una “disfunción” ante el
!
14!
cumplimiento de un mandato. Es un sujeto “atascado”. Ante la imposibilidad de iniciar
una acción se inhibe del mundo y se recrea sobre su interioridad, una ficción que se
fabrica para entender lo que ocurre con su subjetividad:
El individuo moderno se halla en guerra consigo mismo: para mantenerse unido a sí
mismo debe estar separado de sí. De la política a la intimidad, la conflictividad es el
núcleo normativo del modo de vida democrático (2000: 18).
En un sentido próximo Harmurt Rosa (2019, 2020), ha puesto de relieve que la
depresión provoca una falta de atracción por parte del mundo. Está ligada a un
sentimiento existencial de estar arrojado en el mundo, de soledad sufriente ante un
mundo que se manifiesta hostil o indiferente, ante un mundo que ha enmudecido, que ya
no nos habla ni nos contesta porque se han acallado todas las relaciones con el mundo,
también con respecto al deseo. En su terminología: el mundo ya no resuena. Allí afuera
el mundo es gris, muerto, vacío, frío, sordo y mudo. En cierta manera, la falta de
resonancia no es solo un alejamiento de mundo, es un alejamiento de la comunidad. Los
individuos ya no aparecen reconocidos ante los otros constituyendo un nosotros, sino
que el mundo es ahora un otro distante y callado, ante el que solo existe un yo aislado.
Y este ni siquiera se encuentra en las mejores condiciones. El dispositivo neoliberal
genera sujetos perdidos en mismos, tristes, “quemados” burnout, apunta Rosa–,
fatigados, inhibidos de actuar, atrapados en mismos, agitados y violentos, como
apuntó Ehrenberg. En suma, se encuentran sin energía porque la han gastado, enredados
en un “nada es posible”.
Mark Fisher (2019) también lo reseñó a su manera cuando dio cuenta de su
experiencia personal de la depresión, que venía padeciendo desde la adolescencia
3
. Para
Fisher, la causa principal de la depresión era precisamente la sensación de “ser bueno
para nada” (2019: 280). Vinculó su patología a una especie de síndrome del impostor
por el que el pensador sufría la percepción de estar fuera de lugar, dislocado del mundo:
“no había ningún lugar para en la sociedad”. Para Fisher, la depresión no era una
cuestión actitudinal –como las técnicas del marketing parecen sugerir–, sino que
consistía en un proyecto de “resubordinación de la clase dirigente”. Era el lado oscuro
de la cultura del emprendimiento, del empresario de mismo. En palabras de Jorge
Alemán:
3
La revista Pensamiento al margen ha dedicado recientemente un importante dossier a la obra del
pensador británico en su número 15 coordinado por P. Beas María, G. Cano, J. Lago, M. Romero y V.
Rubio-Pueyo: https://pensamientoalmargen.com/2021/12/31/n_15/
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las epidemias de depresión, el consumo adictivo de fármacos, el hedonismo depresivo
de los adolescentes, las patologías de responsabilidad desmedida, el sentimiento
irremediable de «estar en falta», el «no dar la talla», la asunción como «problema
personal» de aquello que es un hecho estructural del sistema de dominación, no son más
que manifestaciones del poderoso capitalismo contemporáneo, tal y como se confirma
en la cultura norteamericana donde son nucleares los distintos relatos de
«autorrealización» para sostener la primacía del Yo (2019: 86).
Durante mucho tiempo a la gente se le habría estado golpeando con el
dispositivo del rendimiento y diciéndolo que “no vale para nada” que ya no gozaría de
actitudes para pensar otra posibilidad. Este sería la victoria del neoliberalismo, la
culminación de un realismo capitalista que plantearía que no hay alternativa. Cierra de
expectativas el horizonte de lo pensable al imponerse como la única razón capaz de
orientar nuestra existencia individual, social y política. Mediante este mecanismo,
agotados por la presión del capitalismo que les exige dar el ciento por ciento en aquello
en que participan, los individuos se mostrarían ya incapaces de iniciar toda
transformación colectiva, también de la capacidad para imaginar otros futuros. Resta
solo un reducto nostálgico, que les invita a fantasear sobre un pasado idílico, que se
presenta como refugio, ante la incapacidad de proyectar un futuro. La lógica de la
aceleración les empuja desde el pasado, por el desastre del tiempo presente, y no hacia
el futuro, por una promesa. Están dislocados del mundo. De manera que, al privatizar
sus problemas de salud mental, se privatizan también sus problemas sociales. Este, en
efecto, sería el gran triunfo del neoliberalismo. Mediante la depresión, el neoliberalismo
habría conseguido provocar una cancelación lenta del futuro: “el capitalismo se
alimenta del estado de ánimo de los individuos, al mismo tiempo que los reproduce”
(2018b: 66). Mediante el dispositivo de la competencia no solo se genera, por tanto, un
disciplinamiento velado del deseo y, en consecuencia, de los individuos, sino que se
engendra una “impotencia reflexiva”. Puesto que toda experiencia humana que habita el
interrogante sobre la competencia y el malestar es abolida al servicio del rendimiento.
No hay tiempo para parar. Si se para, se fracasa. Aquí ya no hay tiempo para la
reflexión, solo para la supervivencia. Los individuos no están en condiciones de integrar
su experiencia en una posibilidad común. El neoliberalismo los arrastra a una solitaria
carrera placentera de superación personal que opaca cualquier reflexión colectiva. Es
decir, el neoliberalismo disloca toda posibilidad de pensar otro futuro compartido, en
!
16!
tanto en cuanto descompone la colectividad comunitaria en individuos aislados,
competitivos, agotados y depresivos.
5. Neoliberalismo y terror
El escenario antes descrito no invita a ser optimista. En su análisis de la
instauración del neoliberalismo en Reino Unido, Stuart Hall (2018) mostró de manera
oportuna cómo el thatcherismo fue capaz de impulsar una “revolución” neoliberal. Es
decir, una nueva forma de entender la cultura, la política y, por supuesto, la economía
que hegemonizó la forma de ver el mundo. Thatcher ganó, según Hall, la batalla de las
ideas y del sentido común. Consiguió que el neoliberalismo se hiciera hegemónico y se
concibiera como sentido común de época. Su éxito, en gran medida, fue, como aseveró
Fisher (2018b), no solo que el laborismo continuó en las décadas posteriores con sus
políticas públicas de desarmar el andamiaje keynesiano-fordista, sino que modeló los
deseos, las aspiraciones y las esperanzas de los individuos. El neoliberalismo penetró en
cada poro de la subjetividad bloqueando cualquier intento de ofrecer una alternativa
fuera de la lógica neoliberal. De esta manera, consolidó un “realismo capitalista” que
configuró en el sentido común de los individuos que “el capitalismo no solo es el único
sistema económico viable, sino que es imposible incluso imaginarle una alternativa”
(2018b: 22). Para mostrar con toda su amplitud este estado de ánimo, Fisher se hizo
cargo de la expresión atribuida al filósofo marxista esloveno Slavoj Žižek de que era
más fácil imaginar el final del mundo, que el final del capitalismo. En gran medida es
acertado aseverar que está percepción es pertinente. Durante las últimas cinco décadas
el neoliberalismo se convirtió en una racionalidad global que transformó cada dominio
humano de acuerdo a un proyecto político que primaba la interpretación de toda
conducta humana como una conducta económica.
La razón neoliberal, tal y como se ha comentado arriba, posibilitó que todas las
esferas de acción se enmarcasen y midiesen a partir de dispositivos económicos. El
neoliberalismo se rebeló como un modo de producción de sujetos que si bien, es
globalmente ubicuo, disciplina a todos y a cada uno de los individuos, entre otras
cuestiones en base a la hegemonía de la figura del empresario de sí mismo, guiado por
el dispositivo de la competencia y el rendimiento. En este sentido, el neoliberalismo no
sería solo una construcción discursiva o ideológica, sino una forma de gobierno. Esta
forma de gubernamentalidad habría realizado un trabajo de despolitización mediante la
privatización economicista de la vida pública. Pero, es más, no solo habría generado
!
17!
individuos competitivos y recelosos, sino que habría originado un particular tipo de
comunidad política en términos identitarios similares a la descripción hobbesiana de la
“guerra de todos contra todos”. Como con Hobbes, en el neoliberalismo opera una
concepción en la que el terror se ha convertido en el mejor amigo de los individuos.
Impulsada mediante la legitimización de la acumulación de capital económico, el
neoliberalismo habría conducido a aquello que Wendy Brown (2015) denominó como
un undoing the demos, deshace toda estructura democrática.
Bajo esta perspectiva, el neoliberalismo presenta un “reverso tenebroso” que, en
mi criterio, hace más proclive que ante una crisis de legitimidad de su
gubernamentalidad, como la que se vive en Occidente en las últimas décadas, emerja
con más posibilidades de concreción institucional una gubernamentalidad autoritaria
que una progresista. En cierto modo, el fracaso de las hipótesis populistas progresistas
contemporáneas y la emergencia de populismos neoautoritarios, como se indicaba al
inicio de este texto, parece revelar un efectivo cumplimiento de esta conjetura. Pese a la
determinación teórica de Laclau (2013), el populismo progresista tendría serias
dificultades para operar sobre las subjetividades construidas por el neoliberalismo. La
privatización de la vida pública limitaría su capacidad para trabajar sobre los efectos
disgregadores del dispositivo neoliberal y recomponer el vínculo político. Por debajo de
su propuesta discursiva sigue operando la gubernamentalidad neoliberal. Por este
motivo, cuando se enuncia la propuesta discursiva neoautoritaria, el discurso neoliberal
es capaz de rearticular ágilmente un reforzamiento de la razón neoliberal. Hall (2018) lo
interpretó de manera pertinente cuando analizo cómo ante le momento de crisis el
proyecto neoliberal de Thatcher se vinculó íntimamente con el “populismo autoritario”.
El “populismo autoritario” no contradice al neoliberalismo, sino que lo continúa por
otros medios. Por un lado, pone de relieve la crisis de hegemonía de neoliberalismo,
pero, por otro lado, ofrece una salida a la crisis a través de una reacción autoritaria. Si
bien, plantea la necesitad de cambiar el orden de las cosas; no obstante, lo llevará acabo
sobre la base de la intensificación de las prácticas subjetivas ya acontecidas en el
neoliberalismo. Por ello, el populismo autoritario no pone en cuestión el marco
económico. Al mismo tiempo, cuando reclama su intervención, no la lleva a cabo desde
la interpretación de los individuos como ciudadanía, sino como masa. Procura su
afirmación, pero no su organización. Esta interpretación permitió a Thatcher arrojar con
éxito la nación contra los mineros durante las huelgas de los años de 1984 y 1985. El
populismo autoritario separa y moviliza elementos identitarios de dualización social
!
18!
concretando un nuevo sentido común sobre la base de individuos solitarios, agraviados
y depresivos que no quieren perder o que están cansados de perder. Es decir, que
quieren seguir formando parte de la “comunidad de salvación” que el neoliberalismo les
promete. No solo se dirige, por tanto, como ideología sobre la base de nuestros miedos,
ansiedades o identidades perdidas, opera una dicotomización amigo-enemigo que
genera efectos reales de dualización social. También de afirmación de una “verdad” ya
enunciada: si el otro gana, yo pierdo. Se condensa así una continuidad con el
neoliberalismo. La razón neoliberal construía un otro que dejaba de ser un igual. Ahora,
cuando la crisis se despliega con toda su intensidad, tampoco puede ser un amigo.
Si el neoliberalismo ha introducido la idea de la vida como una guerra constante,
no cabe extrañar que el terror se imponga como estado de ánimo. El terror demanda en
el alma de los individuos seguridad y orden. Sin embargo, el sujeto neoliberal ya no
pide hacerlo bajo criterios de justicia y equidad. Sino de desprecio y odio. Se desprecia
al que no se reconoce una dignidad o aquel por el que no se siente apremio. Se odia a
aquel por el que se siente antipatía y cuyo mal se desea. Para el sujeto neoliberal, no hay
reconocimiento del otro sufriente puesto que ya no hay otro mundo a su alrededor más
que el suyo propio. Tampoco dispone de un tiempo largo para concretar una
transformación, puesto que la carrera avanza y él no puede parar pues quedaría
descolgado del éxito, perdería su tiempo. Además, el miedo obstruye, como advertimos
con anterioridad, todo momento de reflexión. No existe espacio para un pensamiento en
términos de justicia social cuando lo único que importa es la supervivencia o, a veces,
únicamente el goce. Para el neoliberal, si el otro pierde es porque se lo ha merecido. Su
existencia no importa. En este esquema, el otro siempre es otro, nunca puede ser uno
mismo. Si el populismo autoritario trabaja sobre un nosotros es porque excluye a un
otro en tanto se presenta como una posibilidad de reducción de su capitalización o de su
comunidad. Lo considera un otro que puede ser despreciado en cuanto es considerado
una amenaza para su identidad o su proyecto. Con él no tiene nada en común. A veces,
como sucede en los movimientos racistas, ni siquiera la idea de humanidad. Las
consecuencias de esta deriva son conocidas. Ahí están los casos de Trump y el asalto al
Capitolio u Orbán y sus leyes contra los derechos humanos entre otros tantos ejemplos.
El populismo autoritario permite traspasar la línea de legalidad, congrega comunidades
violentas y desaloja la democracia de nuestros sistemas políticos. Solo si conseguimos
generar que la razón neoliberal deje de operar, estaremos en condiciones de evitar la
barbarie. Ello será posible en la medida en que seamos capaces de renovar nuestros
!
19!
imaginarios colectivos, de socializar nuestras instituciones políticas y de revivir los
vínculos comunitarios solidarios.
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¿Por qué nuestra apariencia corporal nos inquieta tanto? ¿Qué es lo que se valora socialmente en ella? ¿Se tasa en todos los entornos del mismo modo? Una reconstrucción histórica permi-te ver que los cuerpos no se valoraron siempre igual; tras esta, el autor nos propone leer la presencia de un capital ligado al cuerpo (un «capital erótico») como el efecto de transformacio-nes en el campo de la salud, de la relación entre las clases so-ciales y de nuestra idea de cuáles son las condiciones de una persona consumada. Esas transformaciones nos permiten avistar posibilidades de transformación. Porque una cosa es que nos expresemos como deseemos con nuestro cuerpo y otra muy distinta que se nos impongan exigencias y que éstas, además, nos adentren en ca-minos próximos a la patología. Un estudio empírico sobre traba-jadoras, cualificadas y de oficios obreros, nos ayuda a tener un mapa contemporáneo de cómo se conecta el capital erótico con los trastornos alimentarios. Un análisis de los conflictos existentes nos permite avistar formas de movilización contra los modos más dañinos de capital erótico. Así, este libro nos propo-ne tareas concretas para una política del cuerpo: en el mundo del trabajo, de la salud y de la acción del Estado. Akal Pensamiento crítico la cara oscura del capital erótico capitalización del cuerpo y trastornos alimentarios
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Nuestras sociedades modernas son víctimas de la creciente invasión de la burocracia en la vida profesional y cotidiana. ¿De qué otro modo podríamos calificar el requisito cada vez mayor del papeleo, incluso digital? ¿Y qué decir de la confrontación constante con los procedimientos formales para obtener acceso al crédito o a una red informática, para alquilar una vivienda, calificar a un banco o beneficiarse de la justicia? ¿Y qué hay de la necesidad de cumplir las normas para que las cuentas de una empresa obtengan una certificación o que un producto sea calificado como orgánico?Inspirándose en Max Weber y en Michel Foucault, Béatrice Hibou analiza las dinámicas políticas que subyacen a este proceso. La burocracia neoliberal no debe entenderse como un aparato jerárquico exclusivo del Estado, sino como un conjunto de normas, reglas, procedimientos y formalidades (procedentes del mundo corporativo) que abarcan al conjunto de la sociedad. Es un vector de disciplina y de control, pero también un productor de indiferencia política y social. Al proceder a través de los individuos, la burocratización no viene «desde arriba», sino que se trata de un proceso mucho más amplio de «participación burocrática». Sin embargo, hay grietas que la convierten en un desafío importante para las luchas políticas venideras.
Capitalismo. Crimen perfecto o Emancipación
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Alemán, J. (2019). Capitalismo. Crimen perfecto o Emancipación. Barcelona: Ned Ediciones.
Ideología. Nosotras en la época. La época en nosotros
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Estados de agravio. Poder y libertad en la modernidad tardía. Madrid: Lengua de Trapo
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