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Abstract

El artículo presenta cómo insertar las emociones como variables de análisis en el estudio de los movimientos sociales. Después de aclarar quiénes son nuestro objeto de estudio, es decir, los movimientos sociales y el activismo de base, presentaremos el enfoque sociocultural de las emociones que caracteriza esta línea de estudio. En la parte central del texto se presentarán algunos de los conceptos clave de James M. Jasper, a partir del trabajo más reciente de 2018, evidenciando la solidez de estos conceptos, así como su utilidad a la hora de aplicarlos. Por último, en las conclusiones se compartirán algunas recomendaciones dirigidas a estimular la difusión de esta línea de investigación.
Campos en Ciencias Sociales
ISSN: 2339-3688 | e-ISSN: 2500-6681 | DOI: http://dx.doi.org/10.15332/25006681
Vol. 10 N.º 1 | enero-junio de 2022
Cómo estudiar la dimensión emocional en
los movimientos sociales*
How to study the emotional dimension in social
movements
[Artículos de investigación]
Alice Poma**
Tommaso Gravante***
Recibido: 27 de marzo del 2021
Aceptado: 18 de agosto del 2021
Citar como: Poma, A. y Gravante, T. (2022). Cómo estudiar la dimensión emocional en
los movimientos sociales. Campos en Ciencias Sociales, 10(1).
https://doi.org/10.15332/25006681.7667
Resumen
Este artículo muestra cómo insertar las emociones como variables de análisis en
el estudio de los movimientos sociales. Después de aclarar quiénes son nuestro
objeto de estudio, a saber, los movimientos sociales y el activismo de base,
presentaremos el enfoque sociocultural de las emociones que caracteriza esta
línea de estudio. En la parte central del texto se presentarán algunos de los
conceptos clave de James M. Jasper, a partir del trabajo más reciente de 2018,
evidenciando la solidez de estos conceptos, así como su utilidad a la hora de
aplicarlos. Por último, en las conclusiones, se compartirán algunas
recomendaciones dirigidas a estimular la difusión de esta línea de investigación.
Palabras clave: emociones y movimientos sociales, activismo de base, teoría de
la acción, James Jasper.
* Investigación realizada gracias al Programa UNAM-PAPIIT <IA300221>
** Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, México. Coordinadora
del Laboratorio sobre Activismos y Alternativas de Base. Correo electrónico:
apoma@sociales.unam.mx; ORCID: https://orcid.org/0000-0001-8755-6893
*** Investigador del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades
de la UNAM, México. Coordinador del Laboratorio sobre Activismos y Alternativas de Base
(www.lacab.org.mx). Correo electrónico: gravante@ceiich.unam.mx; ORCID:
https://orcid.org/0000-0003-1168-931X
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Abstract
This article shows how to insert emotions as analysis variables in the study of
social movements. After clarifying who our object of study is, namely social
movements and grassroots activism, we will present the sociocultural approach
to emotions that characterizes this line of study. In the main part of the paper,
some of James M. Jasper’s key concepts will be presented, from the most recent
work of 2018, demonstrating the robustness of these concepts, as well as their
usefulness when applying them. Finally, in the conclusions, some
recommendations aimed at stimulating the dissemination of this line of research
will be shared.
Keywords: emotions and social movements, grassroots activism, theory of
action, James Jasper.
Introducción
Hace diez años fue publicado el artículo “Emotions and Social Movements:
Twenty years of Theory and Research” (Jasper, 2011), traducido al español el año
siguiente (Jasper, 2012). Desde entonces, la línea “emociones y movimientos
sociales” se ha ido consolidando gracias a su aplicación en diferentes países para
entender diferentes movimientos sociales hasta llegar a lo que Jasper (2018) ha
denominado una nueva teoría de la acción.
El objetivo de este artículo es mostrar las potencialidades de esta línea de
investigación a partir de la aplicación de la propuesta teórica de Jasper (1997;
2018) para la comprensión del activismo de base en México y América Latina,
con la esperanza de que se siga difundiendo y aplicando este enfoque en la región.
En esta ocasión no se ofrece una revisión sistemática de la literatura que se
puede encontrar en otros textos (Latorre, 2005; Ruiz Junco, 2013; Flam, 2015;
Poma y Gravante, 2017a), sino la discusión de algunos conceptos centrales en
el desarrollo de esta línea de investigación y su relevancia en la comprensión de
diversas experiencias de protesta.
El objetivo del artículo busca estimular la difusión de este enfoque y aplicar
algunos de sus conceptos teóricos. Lo anterior está motivado a que, por un lado,
podemos observar un creciente interés en comprender el papel de las emociones
en los procesos políticos y sociales, incluido el campo de estudio de los
movimientos sociales y, por otro, existen aún dificultades al momento de
incorporar estas como variables de análisis. Esto se debe a que el estudio de las
emociones desde diferentes enfoques y disciplinas ha ido evolucionando
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sobremanera en las últimas décadas, generando a veces confusión alrededor de las
categorías analíticas a disposición y su aplicación empírica.
Este artículo tratará, así, diferentes temáticas. El primer apartado retomará los
conceptos de movimiento social y activismo de base, para introducir el objeto de
estudio. Posteriormente, se presentará el enfoque sociocultural de las emociones,
que caracteriza la línea de estudio “emociones y movimientos sociales”, la cual
implica un entendimiento de las emociones distinto a la visión clásica. El tercer y
último apartado estará dedicado a algunos de los conceptos clave de James M.
Jasper, a partir del trabajo más reciente de 2018, evidenciando la solidez de estos
conceptos, así como su utilidad a la hora de aplicarlos. Por último, en las
conclusiones se compartirán algunas recomendaciones dirigidas a estimular la
difusión de esta línea de investigación.
Comprender el objeto de estudio: los movimientos
sociales y el activismo de base
Los aspectos que caracterizan un movimiento social
Los movimientos sociales son uno de los principales agentes de cambio social. Su
estudio es necesario para comprender los procesos de construcción de alternativas,
imaginarios, y de cambio cultural y de paradigma. Además, su estudio permite
comprender la difusión y la promoción de ideas, valores y prácticas alternativas.
Para poder analizar la dimensión emocional de este fenómeno social es necesario
profundizar en su comprensión, sus características y sus componentes. Uno de los
aspectos más importantes para quien estudia el papel de las emociones en la
protesta es comprender que los movimientos sociales se definen como una forma
no convencional de hacer política; respecto de las formas convencionales de hacer
política (el voto, la recolección de firmas, las consultas populares, etc.) que se
desarrollan en situaciones ordinarias de la vida cotidiana, los movimientos
sociales representan una excepcionalidad. Por esta razón, las emociones que
emergen a lo largo del activismo en un movimiento social no coinciden con las
que sentimos cotidianamente y, por lo tanto, necesitan de conceptos ad hoc.
Para entender la especificidad de la dimensión emocional de un movimiento
social es necesario comprender de qué estamos hablando. La literatura
internacional (Della Porta y Diani, 2011) coincide en que un movimiento social es
una red de relaciones informales, es decir, un conjunto de relaciones no
formalizadas entre una pluralidad de individuos, grupos y/o organizaciones. Los
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movimientos sociales no son organizaciones, aunque pueden participar en ellos
diferentes organizaciones de movimientos sociales (OMS). Por ejemplo, un
sindicato o una ONG no representa un movimiento social, pero podrá ser parte
de este.
En un movimiento social, cada persona puede sentirse involucrada en un esfuerzo
colectivo sin adherirse necesariamente a alguna organización. Es por ello por lo
que un movimiento social se constituye por participantes y no miembros. Por lo
tanto, cuando analizamos la dimensión emocional de un movimiento social
debemos, antes de todo, elegir qué sujeto estudiar, ya que los resultados serán
distintos si elegimos a los activistas voluntarios involucrados a tiempo completo,
a los simpatizantes o a los miembros de una organización que participa en el
movimiento.
Un segundo aspecto que caracteriza un movimiento social es que los participantes
involucrados deben elaborar un sistema de creencias compartidas, una solidaridad
específica y un proceso de colectivización de las emociones. Este proceso
favorece una reelaboración simbólica de lo que es real y posible y se vincula a la
formación de una identidad colectiva, un elemento esencial en el activismo
político.
Un tercer aspecto sumamente importante para analizar las emociones que
caracterizan un movimiento social es tomar en cuenta que este fenómeno se
caracteriza por relaciones conflictivas con oponentes claramente identificados, en
una dimensión de política contenciosa. Este aspecto nos remite a la
excepcionalidad de la protesta y, por lo tanto, también a la unicidad de la
dimensión emocional que la caracteriza.
Por último, el enfoque propuesto en este texto considera, principalmente,
movimientos de protesta, es decir, movimientos sociales que hacen un uso
frecuente de los repertorios de la protesta, como las marchas, el carnaval, las
huelgas, los performances, entre otras. Sin embargo, los repertorios de protesta no
deben confundirse con un movimiento social. Por ejemplo, una marcha es un
evento de protesta, no un movimiento social, y puede organizarse por cualquier
actor social, como los sindicatos, los grupos de interés, los partidos, etc.
Como hemos visto anteriormente, un movimiento social es un conjunto de
relaciones no formalizadas entre una pluralidad de individuos, grupos y
organizaciones. Entre las diversas partes presentes, la más importante la
constituyen los grupos de base, que permiten dar una continuidad en su contexto
local y fuera de las agendas oficiales a las demandas del movimiento.
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El activismo de base como motor de la acción política
En el campo de estudio de los movimientos sociales, el activismo de base a veces
pierde visibilidad por privilegiar el análisis del proceso de movilización y
organización de los grandes eventos y/u olas de protesta, en lugar de estudiar el
trabajo cotidiano, y a veces subterráneo, llevado a cabo por activistas y
participantes. El estudio de la dimensión emocional de los movimientos sociales,
por el contrario, se ha dirigido precisamente hacia el activismo de base, porque,
como escribe Jasper (2014), las emociones “ayudan a poner atención a los
individuos y pequeños grupos que son los primeros en darse cuenta y preocuparse
por un problema” (p. 24). ¿A qué nos referimos, entonces, con este término?
El activismo de base nos remite a un abanico de diferentes acciones colectivas
promovidas por grupos o comités de ciudadanos que se caracterizan
principalmente por tener “una identidad local; estructura organizativa
participativa, flexible y con bajos niveles de coordinación; y estrategias de acción
que favorecen la protesta, aunque en formas moderadas” (Della Porta y Andretta
2001, p. 45). Asimismo, es constituido por voluntarios, que se diferencian de los
activistas profesionales, como los asalariados de una ONG y, a diferencia de un
movimiento social, se focaliza en problemáticas locales que apuntan a problemas
que conciernen a la vida cotidiana de los activistas y participantes, así como en
construir una cultura de la resistencia y de solidaridad en su comunidad de
referencia (Johansson y Vinthagen, 2019).
Si los movimientos sociales se mueven exclusivamente en la arena de la contienda
política, los grupos de base abarcan también la dimensión de la cotidianidad
conjugando de esta manera las dos formas de involucramiento social. El activismo
de base se caracteriza por una dimensión local, aunque desde su contexto puede
promover soluciones locales a problemas globales y, al mismo tiempo, puede
participar en movimientos sociales de más amplia envergadura, como ha sido la
participación de muchos grupos de base ecologistas en la reciente ola del
movimiento climático trasnacional (Poma y Gravante, 2020).
La participación de estos grupos gira alrededor de una problemática específica
que afecta a toda una comunidad o a un determinado grupo social, y su forma
organizativa es poco estructurada y abierta. Esto explica por qué son grupos
heterogéneos y flexibles, en los que participan personas muy diferentes entre sí, y
tienen una capacidad de (re)organizarse y adaptarse con rapidez a los problemas
que pueden emerger a lo largo de sus actividades o en su entorno.
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Un aspecto sumamente importante en el activismo de base, vinculado con la
dimensión emocional, es la capacidad de enmarcar los problemas que afectan a
una comunidad como una grievance, por medio de construir un marco de
injusticia alrededor de la problemática vivida y encauzar de esta forma un proceso
de politización de la vida cotidiana (Gravante, 2019). Uno de los efectos de este
proceso es la búsqueda de responsabilidad política y soluciones prácticas a sus
demandas.
Otro aspecto que caracteriza el activismo de base es la práctica de la acción
directa. A pesar de que muchos grupos se apoyan también en la vía legal para
reivindicar sus derechos, la acción directa sigue siendo el punto central de sus
actividades. Dicha acción directa se manifiesta de dos formas: por un lado, en la
manifestación pública del descontento, es decir, en el acto de protesta, como el
bloqueo de una carretera, la ocupación de un terreno o edificio, una marcha a lo
largo de su colonia, etc.; por otro, en la solución práctica de los problemas que
afectan a su comunidad. Este tipo de acción social directa (Bosi y Zamponi, 2015)
se caracteriza por ignorar el repertorio tradicional de la acción contenciosa
dirigida hacia las autoridades institucionales o actores sociales poderosos. De
hecho, en este caso, la acción social directa está dirigida a generar mejorías de la
condición humana dentro de su comunidad y es capaz de desarrollar métodos de
autorganización para debilitar los vínculos de dependencia y las relaciones de
chantaje con las instituciones, como pueden ser la reforestación y recuperación de
un parque urbano degradado, la creación de bancos de alimentos o de comedores
populares, la creación de ventanillas para dar servicios a grupos marginados como
los migrantes hasta organizar la defensa de sus propios barrios frente a una ola de
violencia.
Aclarada la diferencia entre un movimiento social y el activismo, mostraremos
brevemente cómo se puede incorporar la dimensión emocional para su
comprensión.
Las preguntas de investigación
Las preguntas de investigación que caracterizan el campo de estudio de los
movimientos sociales tienen que ver con la comprensión de las dinámicas de
estos, por ejemplo, la motivación para la acción, que se puede reflejar en la
pregunta “¿por qué estas personas protestan?” o “¿cuáles son los impactos
(outcomes) de la protesta?”, que pueden ser políticos, sociales, culturales o
biográficos (Giugni, 2004). En este último caso, las preguntas serán “¿cómo
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influyó tal movimiento en las políticas públicas de su país?” o, en el cambio de
gobierno de un año determinad, o si queremos analizar los impactos biográficos,
“¿cómo ha cambiado la vida de los activistas a raíz de su experiencia en el
movimiento?”.
Estas preguntas se pueden contestar desde diferentes teorías de los movimientos
sociales. Sin embargo, los treinta años de investigación en emociones y protesta
muestran que la respuesta a estas preguntas se enriquece cuando se incorporan las
emociones como factores explicativos, ya que estas influyen en las acciones y la
estrategia.
Analizar la dimensión emocional de la protesta implica entonces preguntarse
cuáles son las emociones que influyen en las dinámicas analizadas. Si se analiza la
motivación para la acción, por ejemplo, habrá que identificar cuáles son las
emociones que han tenido un efecto movilizador en la experiencia de los
activistas. Como escribe Flam (2015), este es uno de los aspectos más estudiados
en el campo de las emociones y movimientos sociales, tanto que se ha llegado a
hablar de “emociones movilizadoras”. Sin embargo, es muy importante destacar
que las emociones no tienen características por sí mismas, porque es su
construcción la que hace que puedan tener ciertos efectos. Entonces, si en muchos
casos podemos observar que los sujetos movilizados sintieron emociones como la
indignación o la rabia, esto no significa que todas las personas que sienten estas
emociones se movilicen. Puede pasar, por ejemplo, que las personas que sienten
indignación o rabia también sientan impotencia, resignación o miedo a perder su
trabajo, incluso pueden sentir culpa por no atender los compromisos familiares o
vergüenza al ser juzgados, o una mezcla de varias de estas emociones, y entonces
no se movilicen. Comprender el conjunto de emociones que las personas sienten y
cómo estas influyen en su acción política es el objetivo de la teoría de la acción
propuesta por Jasper. Además, considerar que las emociones las construyen y
manejan los sujetos y que dependen del contexto social y cultural en el que viven
es parte del enfoque constructivista, incompatible con la visión clásica de las
emociones, como mostraremos en el siguiente apartado.
El enfoque sociocultural de las emociones
Empezamos este apartado mostrando cómo Jasper (1997) vincula las emociones
con la cultura y la moral en el campo de estudio de los movimientos sociales.
Luego mostrar las implicaciones de elegir un enfoque constructivista para analizar
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la dimensión emocional, que comparten autores como Jasper y Hochschild en
sociología, y psicólogas como Feldman Barrett (2017).
Para Jasper, la cultura es una dimensión esencial de la protesta y está vinculada
con la moral. En el estudio de los movimientos sociales, Jasper (1997) afirma que
el enfoque cultural se ha centrado en las creencias cognitivas, dejándose escapar
las emociones y las visiones morales que las soportan (p. 9). Él mismo dice en
otro texto que, “si queremos incorporar la moralidad en las ciencias sociales como
un conjunto de motivaciones para la acción, debemos reconocer las emociones
involucradas: se siente bien hacer lo correcto” (Jasper, 2018, p. 14)
1
.
Más que como un concepto unitario, el autor se refiere a la cultura como un
conjunto de creencias, sentimientos, rituales, símbolos, visiones morales y
prácticas culturales. La cultura bajo esta visión es dual, porque es observable tanto
a través de entrevistas con individuos como a través del análisis de las
materializaciones públicas, y tiene la doble faceta de ser estática cuando se
convierte en estructura, y dinámica cuando los sujetos la pueden cambiar. La
cultura es así una dimensión central de la protesta, aunque no es la única, porque,
como muestra el autor, la protesta no se puede entender si no se consideran
también los recursos, las estrategias y la biografía de los activistas.
Si bien recursos y estrategias han sido atendidos en el estudio de los movimientos
sociales siendo Jasper (2006a y 2006b) quien ha logrado demostrar la
relevancia de las emociones en la dimensión estratégica de la protesta la
dimensión biográfica ha sido atendida solo en parte en la literatura de impactos
biográficos de la protesta (Giugni, 2004).
Jasper (1997) también destaca el papel del individuo en la protesta como actor
activo en la construcción de los procesos colectivos, sociales y culturales, porque,
como escribe el autor, “es el individuo quien puede tener una visión del mundo
compleja, no una sociedad” (p. 48).
Esto puede explicar la atención hacia la dimensión biográfica de la protesta. Por
otro lado, la cultura:
[…] son los constructos mentales implícitos y explícitos que compartimos con
los demás […], la biografía cubre los procesos gracias a aquellos elementos de
1
La numeración de páginas de esta obra corresponde a la edición en formato digital, la cual
puede variar según los ajustes del documento.
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la cultura más amplia que son seleccionados para usarlos en un arsenal mental y
emocional de los individuos. (pp. 55-57)
Ambas dimensiones ayudan a definir los recursos y las estrategias de los
movimientos sociales, mostrando cómo todas las dimensiones que las diferentes
teorías han incorporado están interconectadas.
La dimensión cultural de la protesta incluye creencias cognitivas, respuestas
emocionales y evaluaciones morales en una interacción en la que, si, por un lado,
las emociones influencian las visiones morales y las creencias cognitivas, por el
otro, estas influyen en las emociones que llevan a la acción y a la creación de
alternativas (Jasper, 1997, p. 375).
La visión culturalmente centrada de la protesta que caracteriza a Jasper ha sido
influenciada por la teoría sociológica de Hochschild (1979; 1983), la cual desde
los años setenta supo demostrar cómo las emociones que las personas sentimos y
la forma en la que las expresamos son el resultado de una construcción
sociocultural. Sin adentrarnos en la propuesta teórica de Hochschild
2
,
consideramos apropiado recordar que la autora no solo se caracterizó por los
conceptos de feeling rules y emotion work, sino, más recientemente, por ofrecer
una clave de interpretación para comprender la polarización entre conservadores y
liberales en EE. UU. (Hochschild, 2016).
Tanto para Hochschild como para Jasper, el sujeto que siente es activo en el acto
de sentir y manejar sus emociones, las cuales, aunque construidas biológicamente
en el cerebro, dependen del contexto social y cultural en el que vive el individuo.
Los aportes de ambos autores no se dirigen a proponer una definición de
emoción
3
, sino a comprender los procesos socioculturales de la construcción de
estas y sus efectos en el mundo social y en la protesta.
2
Para una aplicación de Hochschild en el estudio de los movimientos sociales, ver Gravante y
Poma (2018).
3
Es común en el enfoque sociocultural de las emociones usar indistintamente los términos
“emoción” y “sentimiento”, aun cuando se les pueda atribuir una intensidad diferente. Eso se
debe a varias razones, como el hecho de asumir que todas las emociones dependen de algún
proceso cognitivo, superando la distinción entre estos términos que proponen neurocientíficos
como Damasio (2003), o por el “criterio de familiaridad” (D’Oliveira-Martins, 2018, p. 83), es
decir, usar la terminología de los sujetos con los que se trabaja. En el apartado dedicado a las
tipologías de Jasper mostraremos la importancia de analizar la construcción de diversas
emociones, aun cuando las nombramos con las mismas palabras, y de identificar las
características de estas, como su temporalidad, si se dirigen o no a un objeto o el grado de su
procesamiento cognitivo.
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Además de tomar en cuenta los avances de casi medio siglo de sociología de las
emociones (Hochschild, 1975; 1979; 1983; 2016), es importante destacar que la
neurociencia y la psicología también han avanzado recientemente en esta
dirección. Por ejemplo, para Feldman Barrett (2017), la teoría de la emoción
construida en psicología se diferencia de la que la autora define como la visión
clásica de las emociones al preguntar cómo se construyen las emociones en lugar
de dónde; al analizar la variabilidad de las distintas formas de construir “casos de
emoción” y su expresión, y no debido a la universalidad; al considerar a las
emociones como construcciones sociales y culturales y no como algo innato en la
especie; al considerar a las personas como sujetos activos que construyen y
manejan o dominan sus emociones, y al romper con el dualismo entre emociones
y racionalidad, incluyendo las emociones entre los elementos indispensables en
los procesos de toma de decisiones.
La ruptura del dualismo cartesiano entre emociones y racionalidad se refleja
también en Jasper, cuando afirma que las emociones están intrínsecamente
conectadas con los significados cognitivos que uno construye sobre el mundo y
las evaluaciones morales que lo acompañan. Este enlace está presente también
cuando las emociones entran en conflicto con la conciencia moral y cognitiva”
(Jasper, 1997, p. 110), y al introducir el concepto de procesos de sentir-pensar
(thinking-feeling process) (Jasper, 2018).
Ahora bien, la cercanía entre la “teoría de la emoción construida” de Feldman
Barrett (2017) y el enfoque sociocultural es muy grande, compartiendo una
orientación constructivista que se basa en “la idea según la cual los humanos
creamos todo lo que conocemos y del que tenemos experiencia, o por lo menos
los marcos de interpretación a través de los que filtramos toda nuestra
experiencia” (Jasper, 1997, p. 10). Bajo la mirada constructivista, los sujetos
erigen “casos de emociones” (Feldman Barrett, 2017) que, aunque los
identificamos con una misma etiqueta, son diferentes entre sí. Por ejemplo, la
rabia que siente un activista al ver talar los árboles del bosque que está
defendiendo no es la misma emoción de la rabia de un esposo que agrede a su
mujer. En el primer caso, podemos hablar de rabia moral, basada en principios
morales que hacen percibir la tala de los árboles como una injusticia que, además,
genera dolor, mientras que, en el segundo caso, es más probable encontrar una
rabia primaria construida a partir de la frustración y el miedo de perder la
autoridad y el poder. Los efectos también son diferentes, porque mientras la rabia
del activista puede motivar a la acción, aunque también es posible que deba ser
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manejada para evitar una mayor represión, la rabia expresada por el esposo a
través de agresiones verbales o físicas le generará alivio y satisfacción.
Este ejemplo permite aclarar por qué desde el enfoque de las emociones como
constructos socioculturales resulta central analizar quién (el sujeto) está sintiendo
qué emociones, hacia quién (direccionalidad) y cómo estas emociones interactúan
entre sí, ya que en muchas ocasiones sentimos varias emociones a la vez.
Concluimos la presentación del enfoque aclarando que, mientras la psicología y la
neurociencia pueden aportar más conocimiento empírico sobre la dimensión
biológica de las emociones, que se toma en cuenta en sociología sin ser el objeto
de estudio, la sociología de las emociones y la de los movimientos sociales está
ofreciendo resultados muy sólidos en cuanto a los procesos de construcción social
y cultural de las emociones. A continuación, profundizaremos en la propuesta
teórica de Jasper y su aplicación.
Comprender y aplicar la teoría de la acción de
James M. Jasper
James M. Jasper no es el único autor que ha contribuido a la línea de
investigación en emociones y movimientos sociales. No obstante, y sin lugar a
duda, podemos afirmar que es el autor que ha dedicado mayor parte de su carrera
académica y de su vida a ello. Su último libro, dedicado exclusivamente a las
emociones de la protesta (Jasper, 2018), es un punto de partida obligatorio para
quienes quieran aplicar esta teoría y contribuir a robustecerla. Lo que nos ofrece el
autor es la consolidación de la tipología de emociones que ha permitido a muchos
investigadores analizar la dimensión emocional de la protesta de manera
sistemática. Cabe señalar, además, que este libro es el resultado del diálogo que el
autor, especialista en sociología de los movimientos sociales, ha tenido con las
demás disciplinas que construyen lo que Feldman Barrett (2017) denomina la
ciencia de las emociones.
Sin pretender hacer una reseña de la obra (Poma y Giannini, 2021), el objetivo del
apartado es presentar algunos de los conceptos más aplicados en las
investigaciones empíricas, destacando su utilidad y alcance con la esperanza de
multiplicar los estudios empíricos y poder avanzar así en la comprensión de la
acción colectiva contenciosa.
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Las baterías morales
Uno de los primeros conceptos que queremos resaltar, y que a veces genera
confusiones, es el de baterías morales (Jasper, 2012)
4
. El autor ofrece este
concepto como una herramienta para agilizar el análisis empírico de la dimensión
emocional. Una batería moral consiste en una pareja de emociones contrapuestas
como vergüenza-orgullo, alegría-pena o esperanza-ansiedad, ya que, como afirma
el autor, “una emoción puede fortalecerse cuando implícita o explícitamente la
enfrentamos con su opuesta, tal como funciona una batería a través de la tensión
entre sus polos positivo y negativo” (Jasper, 2012, p. 52). Buscar baterías morales
de emociones en la experiencia de la protesta y el activismo es un primer paso
para analizar la interacción de diferentes emociones (Gould, 2009; Poma y
Gravante 2017a; Poma, 2019a), así como analizar el manejo de las emociones
indeseadas o identificar reglas del sentir contrapuestas (Gould, 2009; Flam, 2005;
Gravante y Poma, 2018; 2022; Gravante, 2020).
Las baterías morales son útiles para identificar emociones hacia diferentes actores
de la contienda, ya que se puede llegar a odiar a quienes amenazan lo que se ama,
sean seres vivientes, humanos o no humanos, animales o vegetales, lugares o
ideas.
Las emociones recíprocas y compartidas en el activismo
Este ejemplo nos lleva a introducir otro concepto de Jasper muy relevante en su
aplicación, el de las “emociones recíprocas”. Estas son las que sienten los
miembros del grupo entre sí o, citando a otra autora de referencia en el campo de
estudio de los movimientos sociales, “estos lazos de amistad entre miembros de
un movimiento social […] que animan la participación de las personas en el
movimiento” (Della Porta, 1998, p. 223). Las emociones recíprocas pueden
motivar a la acción y fortalecer el compromiso cuando la acción de protesta puede
generar beneficios a las personas del grupo e influir en las estrategias. Cuando se
modifican, pueden llegar a perjudicar la relación con los miembros del grupo o
representar algún peligro. Las emociones recíprocas pueden, además, influir en la
reelaboración de los impactos de la protesta o convertirse ellas mismas en
resultados de la protesta. En el primer caso, como muestra Adams (2003), la
conclusión de un movimiento, aunque este haya conseguido el objetivo último,
como derrotar la dictadura de Pinochet en Chile, puede ser “amarga” para los
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En algunas ocasiones, solo pondremos una referencia, aunque el concepto se trabaje en más de
una obra, tomando en cuenta la más actual o accesible, en este caso por ser en español.
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participantes, porque al terminar la experiencia de resistencia se pierde el contexto
de socialización y solidaridad que había caracterizado la experiencia de
resistencia. Un caso opuesto al que expone Adams es la experiencia del colectivo
Mujer Nueva de Oaxaca, que nació a raíz de la experiencia de la insurgencia de la
ciudad y que no logró derrotar al entonces gobernador Ulises Ruiz, pero que sí
permitió a algunas mujeres conocerse, empoderarse y construir su propio espacio
de resistencia (Poma y Gravante 2019; Gravante 2016). En este último caso, así
como en el caso de la resistencia contra la inundación del Valle de Riaño en la
provincia de León (España), las emociones recíprocas se convierten en resultados
de la protesta y pueden tener un impacto en futuras acciones.
Jasper (1997) identifica las emociones recíprocas como parte de las emociones
colectivas, categoría en la cual incluye las emociones compartidas. Es necesario
aclarar que todas las emociones se pueden compartir con otras personas, y esta
interacción es un elemento central en la construcción de las emociones porque es
al compartirlas con otros que se pueden generar efectos diferentes. Por ejemplo, la
preocupación que se puede sentir al recibir la noticia o el rumor de que el
territorio en el que uno habita podría sufrir afectaciones por una infraestructura se
puede transformar en acción en el momento en que más personas de este territorio
comparten ese sentir (Poma, 2017). Como demuestra Jasper (1997), no es
necesario tener conocidos en un movimiento para participar, ya que las redes se
pueden crear a partir de una inquietud compartida con personas desconocidas; no
obstante, la colectivización de las emociones es un proceso clave en la protesta.
Por ejemplo, la enfermedad o la muerte en muchas culturas son asuntos privados;
sin embargo, cuando se colectivizan, implica también compartir las emociones
que generan estas experiencias, como el dolor, la tristeza, la preocupación, la
impotencia, por lo que pueden generar acción. Al identificar culpables (por
ejemplo, el Estado, cuando se considere directa o indirectamente responsable por
la muerte o enfermedad), el dolor se puede transformar en rabia, como mostró
Gould (2009) en el caso de la pandemia de sida de los años noventa.
Otro ejemplo es el caso de la lucha contra la contaminación del río Santiago en
Jalisco (México), donde los pobladores de los municipios de El Salto y
Juanacatlán, solo después de la muerte de un niño en 2008 y de una asamblea en
la que las personas empezaron a compartir las experiencias de las enfermedades
que padecían, empezaron a enmarcar la degradación del río que, desde los años
setenta, había generado la muerte de peces y de ganado, mal olor, plaga de
mosquitos, enfermedades renales y cutáneas, etc., todo como resultado de la
contaminación del corredor industrial. Este caso, así como otros parecidos
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(Auyero y Swistun, 2008), destaca la complejidad de reconocer a las mismas
empresas que generan trabajo como parte del problema y hacia la cuales
Hochschild (2016) muestra que el sistema proindustrial hace sentir lealtad.
Además, en lo que se refiere a la cultura en los países católicos, la enfermedad se
vive como un castigo, y eso genera vergüenza y culpa, emociones que tienen que
ser manejadas para que se transformen en rabia, al igual que el dolor por la muerte
de los enfermos de sida, como se describe en Gould (2009).
Antes de proceder a describir la tipología de emociones propuesta por Jasper,
queremos tratar otro concepto propuesto por el autor que ha recibido atención y
que a veces puede ser confuso: el shock moral.
El proceso del shock moral
Según la definición del autor, el shock moral es la respuesta emocional a un
evento o información que “ayuda a las personas a pensar en sus valores básicos y
cómo el mundo diverge de esos valores” (Jasper, 1998, p. 409). El shock moral es
así un proceso en el que intervienen muchas emociones, como la sorpresa, el
miedo, la indignación o la preocupación. Este momento de ruptura en la vida de
las personas se diferencia de un shock o trauma psicológico por su carácter moral.
Son los valores de los sujetos que permiten que la información recibida se
enmarque como una injusticia y es la colectivización de las emociones la que
genera esta ruptura que puede, a su vez, crear las condiciones para que se organice
una respuesta colectiva. Ejemplos de shock moral pueden ser la noticia de la
construcción de una presa (Poma, 2017), la desaparición de estudiantes, como
pasó en Ayotzinapa (México) en 2014 (Gravante y Poma, 2019; Gravante, 2018),
una fuerte represión inesperada o un feminicidio. Estos eventos no son especiales
de por sí, ya que podemos contar miles de casos parecidos que no han generado
una respuesta masiva, pero, en ciertos contextos, la respuesta emocional que
produjeron derivó en movimientos extraordinarios. Esta respuesta emocional,
además de depender del momento histórico y de la cultura, puede depender de la
construcción de las narrativas contrapuestas construidas alrededor del problema,
como es el caso de algunos feminicidios donde las mujeres denuncian la violación
de derechos humanos, mientras que la prensa muestra información denigratoria
sobre la víctima. Esta respuesta emocional puede depender también de la cercanía
con las víctimas o el lugar amenazado, lo que resalta la importancia de los
compromisos afectivos que presentaremos a continuación. Estos últimos
elementos (narrativa y abstracción) podrían ser clave para entender por qué la
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emergencia climática no ha generado un shock moral, como destacan Kleres y
Wattergren (2017).
¿Cómo categorizar las emociones en el estudio de los movimientos
sociales?
En este apartado trataremos la tipología de emociones a las cuales Jasper dedicó el
libro de 2018 y que son el resultado de veinte años de aplicación empírica y
desarrollo teórico.
Lo primero que hay que destacar es que esta tipología es una herramienta analítica
indispensable para analizar la dimensión emocional de la protesta, porque nos
permite identificar emociones con características diferentes aun cuando las
nombramos con la misma palabra.
La construcción de esta tipología se llevó a cabo identificando diferentes
características de las emociones, por ejemplo, su efecto en la protesta (Jasper,
1997, p. 104), la escala temporal, hacia qué o quién se sienten (Goodwin et ál.,
2001), o el grado de procesamiento cognitivo.
El autor llegó a proponer cinco tipos de emociones:
Emociones reflejo (Reflex Emotions): respuestas automáticas bastante rápidas a
eventos e información, a menudo tomadas como el paradigma de todas las
emociones: rabia, miedo, disgusto, sorpresa, conmoción, decepción y alegría.
Necesidades (Urges): necesidades corporales urgentes que desplazan otros
sentimientos y la atención hasta que se satisfacen: lujuria, hambre, adicción a
sustancias, necesidad de orinar o defecar, agotamiento o dolor físico.
Estados de ánimo (Moods): sentimientos energizantes o desenergizantes que
persisten a lo largo de los contextos y que normalmente no se dirigen a objetos
directos; pueden ser modificados por emociones reflejo, como sucede durante
las interacciones.
Compromisos afectivos (Affective Commitments): sentimientos relativamente
estables, positivos o negativos, hacia otras personas o cosas, como el amor y el
odio, el agrado y el desagrado, la confianza o desconfianza, el respeto o el
desprecio.
Emociones morales (Moral Emotions): sentimientos de aprobación o
desaprobación (incluso de nosotros mismos y nuestras acciones) basados en
intuiciones o principios morales, como vergüenza, culpa, orgullo, indignación,
ultraje y compasión. (Jasper, 2018, p. 13)
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Las necesidades han sido incluidas por el autor por ser estados del cuerpo
estrictamente vinculados con procesos cognitivos y emociones, aunque, a
diferencia de estas, solo el deseo necesita de interacción social. Las necesidades
han sido incluidas en el estudio de los movimientos sociales al poder influir en
acciones y estrategias hasta poder convertirse en estrategias en algunos casos,
como la huelga de hambre.
Desde el enfoque que se presenta en este artículo, las necesidades son
particularmente relevantes cuando generan emociones. Por ejemplo, hay
emociones que puede inhibir necesidades, como pasa con el miedo, la tristeza o el
disgusto, las cuales pueden quitar el hambre y el deseo, mientras que otras
emociones, como la alegría, los pueden estimular.
Las necesidades, además, generan emociones, por ejemplo, el cansancio puede
favorecer un estado de ánimo de pesimismo y el excesivo calor puede generar
irritabilidad. Al satisfacerse, las necesidades pueden generar emociones como el
alivio, la alegría, el optimismo, mientras que en el caso contrario se puede llegar a
sentir rabia o tristeza. También se puede sentir vergüenza o culpa por tener ciertas
necesidades que consideramos inapropiadas o inmorales.
En la cotidianeidad de los movimientos sociales, las necesidades pueden ser
importantes en la interacción entre los activistas y participantes, ya que pueden
influir en las emociones recíprocas. En este sentido, se ha analizado cómo la
libido y el deseo sexual pueden llegar a perjudicar a un colectivo (Goodwin, 1997)
al tiempo que pueden emplearse estratégicamente para infiltrar a espías en los
movimientos, gracias al acceso de parejas o amantes.
También el repertorio de la protesta se puede ver afectado por algunas
necesidades. Una marcha muy larga con un calor abrasador, sin la posibilidad de
hidratarse o refrigerarse, puede tener secuelas en la salud de los participantes y
generar emociones que difícilmente harán que la mayoría vuelva a participar. Si,
como mostró Jasper (2012), apoyándose en Collins (1975), los momentos
colectivos y los rituales pueden generar energía emocional que “provee a las
personas conciencia sobre los grupos y una motivación para participar en
empresas colectivas” (p. 55) y placer emocional (Jasper, 1997), las necesidades no
satisfechas pueden generar un desgaste emocional que puede llevar a percibir
negativamente la experiencia y no querer volver a repetirla. Por esta razón, en la
elección de los repertorios y las tácticas, es muy importante considerar el
bienestar de los participantes, sin aburrirlos, desgastarlos, lastimarlos, etc.
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Los movimientos posindustriales, como los define Jasper (1997), rompen con la
cultura del sacrificio, que caracteriza, por ejemplo, la militancia marxista. Durante
las últimas décadas, en los movimientos sociales se puede observar una atención
creciente a la salud física y mental de activistas y participantes, un aumento de las
prácticas de cuidado y autocuidado, y la atención a necesidades sexuales, como
ocurre en los movimientos LGBTQI+ o feminista. El hecho de que algunas
necesidades, como el deseo sexual o la adicción a drogas, se puedan convertir en
símbolos de la identidad colectiva de un movimiento social y ser objeto de
controversias entre activistas y opositores es algo que desde siempre ha
caracterizado a los movimientos culturales.
Las emociones reflejo son las respuestas inmediatas al entorno físico o social y se
caracterizan por una temporalidad limitada. Es decir, aunque se puedan a llegar a
sentir de manera intensa, no duran mucho y difícilmente influencian las decisiones
futuras y las estrategias de los movimientos. Ahora, a pesar de que los seres
humanos sentimos estas emociones, también definidas como primarias, a lo largo
de toda experiencia, la crítica que se hace desde el enfoque aquí propuesto es que
no pueden ser consideradas como el paradigma de todas las emociones. Además,
emociones como la rabia, el miedo, la alegría o el disgusto las podemos encontrar
en los relatos u observar en la experiencia de los sujetos como emociones reflejo,
pero también en formas más complejas, como estados de ánimo o emociones
morales, como veremos a continuación.
Para identificar en un relato una emoción reflejo podemos fijarnos en la
temporalidad o en la intensidad de esta y en su procesamiento cognitivo. Si al
compartir la experiencia en una marcha, un participante, por ejemplo, cuenta
cómo se asustó por un relámpago que estalló de manera inesperada en el cielo
como una anécdota más, podemos identificar un miedo reflejo; mientras que si la
misma persona nos comenta que desde el día anterior a la marcha estuvo
preocupada y nerviosa por la posible represión que hubiera podido sufrir en la
marcha, podemos identificar un miedo moral construido cognitivamente sobre la
base de la experiencia y los valores del sujeto hacia las autoridades.
Las emociones reflejo pueden ser el resultado de necesidades, pero también
generar otras emociones, como la hostilidad o la desconfianza (hacia las
autoridades, por ejemplo). En un contexto represivo, un activista puede llegar a
sentir un miedo reflejo por la porra de un policía que se dirige hacia su cabeza o
una bomba lacrimógena entre sus pies, pero también un miedo moral al estar
consciente de poder desaparecer, ser arrestado o torturado, o quedar lesionado por
las golpizas durante una acción. Finalmente, también se puede vivir un clima de
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terror cuando el miedo se convierte en un estado de ánimo permanente. Es
importante destacar que el contexto político y social es central en la construcción
de estas emociones, ya que, en contextos autoritarios, las expectativas de los
activistas serán diferentes que en contextos no autoritarios.
Las emociones reflejo también pueden convertirse en emociones morales, por
ejemplo, cuando una rabia reflejo se transforma en indignación al enmarcarse la
experiencia como una injusticia. Asimismo, los estados de ánimo tienen una
temporalidad más larga que las emociones reflejo, pero menor a los compromisos
afectivos que veremos más adelante, y pueden ser relevantes en este contexto por
afectar la disponibilidad hacia la acción y por poder convertirse ellos mismos en
resultados de la protesta.
Esta, pues, se trata de la única tipología de emociones que no está dirigida a un
objetivo, sino al resultado de la experiencia vivida por las personas. Además, los
seres humanos no siempre estamos conscientes de nuestro estado de ánimo y esto
puede tener un impacto en las decisiones que tomamos.
Jasper (2018), por ejemplo, muestra que los mejores estados de ánimo para tomar
decisiones son los suaves (mild) y agradables como la tranquilidad, mientras que
los profundos, ya sean agradables como la euforia o desagradables como la
angustia modifican la percepción de la realidad, impidiendo tomar en cuenta la
más vasta gama de escenarios posibles. Así, mientras la angustia o la resignación
pueden llevar a la inacción, la euforia puede traer consigo errores estratégicos
basados en las altas expectativas en términos, por ejemplo, de recursos o
compromiso de los participantes.
Los estados de ánimo juegan un papel importante en la construcción de las demás
emociones. Por ejemplo, si un activista es pesimista es más probable que sus
expectativas en cuanto a la participación sean bajas, pero, aun participando,
muchas personas pueden no disfrutar del éxito de la acción; al contrario, es
posible que una persona muy optimista quede decepcionada si la participación,
incluso cuando es mayor a la esperada, no satisface sus expectativas. Es parte de
la estrategia de los movimientos desafiar las situaciones desagradables y, para
ello, es necesario manejar los estados de ánimo desagradables y contagiar aquellos
agradables que inciden positivamente en la participación política.
Al analizar la dimensión emocional, podemos fijarnos en la múltiple interacción
que los estados de ánimo tienen con las demás emociones, por ejemplo, los
compromisos afectivos, como emociones recíprocas, pueden generar estados de
ánimo agradables, ya que es probable que nos sintamos felices al compartir la
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experiencia de lucha con las personas que queremos. Por otro lado, la rabia o
el disgusto ya sean reflejos o morales, podrían generar un estado de ánimo
desagradable; en contraste, sentir alegría puede favorecer un estado de ánimo
positivo.
Hacer lo que consideramos correcto, como escribe Jasper (2018) nos hace sentir
bien, entonces, actuar movidos por emociones morales, como la indignación,
puede generarnos estados de ánimo agradables.
Una vez más, lo que puede resultar difícil es reconocer las diferentes tipologías en
una emoción que nombramos con una misma palabra. Jasper (2018) aporta
diversos ejemplos en este sentido, proporcionando una vez más las herramientas
para analizar la dimensión emocional de la protesta. Por ejemplo, para reconocer
una tristeza reflejo de un estado de ánimo, el autor sugiere fijarse en el objeto que
genera la tristeza. Sentirse tristes cuando llueve es un estado de ánimo, ya que no
es una condición general que puede presentarse en ciertas condiciones, mientras
que sentirse tristes por la lluvia en un contexto específico es una emoción reflejo.
Si un activista afirma que se sintió triste porque la marcha se suspendió por la
lluvia, podemos identificar una emoción reflejo que podremos vincular con otras
emociones como la frustración por haber trabajado tanto en su organización, pero
la misma persona puede que no sea una persona que se entristezca cuando llueve,
sea optimista, y responda a la situación inesperada con esperanza y entusiasmo.
Otro ejemplo que proporciona el autor es la distinción entre una felicidad moral,
que es el resultado de la satisfacción de hacer lo correcto, una felicidad
relacionada con el estado de ánimo, que se asocia con un momento concreto de la
vida de la persona, y una felicidad reflejo por algo puntual que le pasó a la
persona, como la alegría por el éxito de una marcha. No siempre las tres formas
de felicidad están presentes. Un activista, por ejemplo, puede tener un estado de
ánimo de tristeza o pesimismo, pero aun así sentir satisfacción por lo que hace o
alegría por el éxito de una acción.
El último elemento que hay que destacar respecto a los estados de ánimo es que
pueden ser el resultado de la experiencia de lucha. Poma (2017), por ejemplo,
muestra cómo algunos habitantes de pueblos afectados por represas en España y
México que lograron evitar que sus territorios quedaran inundados hayan
experimentado estados de ánimo agradables intensos aun cuando al principio eran
pesimistas acerca de la posibilidad de ganar la lucha. Al contrario, otro caso en el
que sí había esperanza y optimismo, el cambio de régimen en España con el que
llegaría la democracia, finalmente produjo decepción y otros estados de ánimo
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desagradables muy intensos a tal grado que hubo suicidios y casos de depresión.
El caso de la lucha por la recuperación del Valle de Riaño (Poma, 2017), sin
embargo, es también el ejemplo de cómo los compromisos afectivos y las
emociones morales que trataremos a continuación permiten manejar estados de
ánimo negativos e intensos influyendo positivamente en la participación.
Los compromisos afectivos
Los compromisos o vínculos afectivos tienen una temporalidad más larga que los
estados de ánimo, ya que se pueden construir a lo largo del año o de una vida. Son
emociones por lo general más estables y caracterizadas por un proceso cognitivo
más elaborado respecto a las categorías anteriores. Los compromisos afectivos,
que constituyen parte de nuestra identidad y nos orientan en nuestras acciones,
incluyen baterías emocionales como amor/odio, confianza/desconfianza,
respeto/desprecio, cariño/resentimiento, admiración/disgusto, apego/desapego,
entre otras. Son emociones que no necesariamente se direccionan hacia otro ser
humano, el vínculo puede ser también con las ideas, los lugares, los objetos o las
instituciones. Por ejemplo, en nuestras investigaciones (Poma 2017; Poma y
Gravante, 2017b) se destaca el papel del apego al lugar como principal emoción
movilizadora en los conflictos socioambientales. Igualmente, hemos visto cómo el
amor a un bosque, un manantial u otros espacios naturales representa un vínculo
afectivo que determina también las estrategias del activismo socioambiental
(Poma y Gravante, 2018). En otros casos, como los grupos anarcopunks, el amor
y apego a ideas, como la libertad, o valores, como el antiautoritarismo,
representan emociones que van a conformar la identidad colectiva de estos grupos
políticos (Poma y Gravante, 2016). De hecho, los vínculos afectivos hacia
diferentes actores de la contienda influyen en la construcción de la identidad
colectiva, es decir, del “nosotros” vs. “ellos”, y del sentido de pertenencia.
Además de analizar las emociones recíprocas que se sienten hacia los miembros
del grupo, como mostramos anteriormente, es también relevante ampliar la
direccionalidad de las emociones y analizar las emociones que las personas
sienten hacia otros actores, incluidos sus oponentes o enemigos.
Se puede comprender así, por ejemplo, cómo la falta de participación de los
ciudadanos y su oposición a medidas y programas institucionales se debe no a su
apatía, sino a una profunda desconfianza hacia estos actores. En esta misma línea,
Flam (2005) muestra cómo las relaciones de dominación se fortalecen gracias a
emociones como la admiración, el respeto, la vergüenza o el miedo (cementing
emotions), mientras cuando estas se presentan en menor medida, pueden surgir
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emociones contrasubversivas, como el odio, la rabia, la desconfianza y el
desprecio, que sucesivamente los movimientos “tienen que generar para ser
persuasivos y ganar nuevos miembros” (p. 19).
Los vínculos afectivos pueden cambiar a lo largo de la vida de un individuo, a
veces como consecuencia de una traición, que nos empuja a un proceso de
reinterpretación de nuestros vínculos. En este caso, la traición puede ser por parte
de personas identificadas en el “nosotros”, o por otros actores de la contienda.
Cuando las rupturas ocurren con personas cercanas, el efecto puede ser devastador
en términos de energía emocional y compromiso político, pudiendo generar
desesperación o resignación; cuando la traición es por parte del Gobierno, esta
genera una indignación especialmente movilizadora en términos políticos (Jasper,
2012, p. 53).
Los compromisos afectivos no solo se sienten hacia personas, sino también hacia
los lugares. El concepto de “apego a un lugar” (Low y Altman 1992; Devine-
Wright y Manzo 2014; Poma 2017, 2019b) permite comprender cómo la relación
con un lugar puede movilizar en la defensa de este, fortaleciéndose a raíz de la
resistencia (Poma y Gravante, 2017b), o puede debilitarse a raíz de los cambios en
el territorio, por ejemplo, a raíz del cambio climático (Devine-Wright, 2014).
Los vínculos afectivos, siendo emociones estables, pueden estar latentes y
emerger cuando el objeto hacia el que se dirigen está en peligro. Por ejemplo, el
amor o el apego a un lugar puede reactivarse cuando ese lugar es amenazado y
hay miedo a perderlo, así como sucede con las personas.
En el proceso organizacional y estratégico de los movimientos sociales, la
confianza reviste una alta importancia en cuanto determina con quién nos aliamos
y cómo actuamos en los distintos escenarios políticos, mientras que la
desconfianza representa una emoción central en la relación de distanciamiento
entre movimientos e instituciones. La confianza no solamente se experimenta
hacia las acciones de los otros (en los que confiamos), sino también en nuestras
propias habilidades de juzgar su confiabilidad. Volviendo a poner la atención en
la interacción entre emociones, se ha observado cómo determinados estados de
ánimo agradables ayudan a construir o fortalecer la confianza.
Por último, recordamos que, como ya vimos para las emociones recíprocas,
algunos compromisos afectivos pueden ser considerados como resultados
mismos de la protesta. Por ejemplo, Poma (2017) muestra cómo los vínculos
entre habitantes de un territorio amenazado se pueden fortalecer al compartir
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la percepción de la amenaza y actuar para enfrentarla, o al compartir valores y,
como veremos a continuación, emociones morales.
Las emociones morales
Las emociones morales tienen una duración larga, se basan en principios o
intuiciones morales y están estrictamente entrelazadas con procesos cognitivos.
Son emociones de aprobación o desaprobación y pueden ser dirigidas hacia los
otros y sus acciones, así como hacia nosotros y nuestras mismas acciones, cuando,
por ejemplo, nos avergonzamos por algo que hicimos.
Esta tipología incluye emociones como la vergüenza, la culpa, el orgullo, la
indignación, el ultraje, la compasión, la venganza, el desprecio, entre otras. Estas
emociones son especialmente importantes cuando, como individuos,
interactuamos con el mundo, y se construyen a partir de las creencias o
convicciones sobre el sistema social en el que vivimos, las cuales son fortalecidas,
reinterpretadas o redirigidas por los activistas. Por ejemplo, la reciente ola de
feminismo en México y América Latina está reivindicando la indignación y la
rabia (moral) frente al número creciente de feminicidios, así como por el
desentendimiento de las autoridades.
La razón de por qué no todos nos indignamos por lo mismo depende de los
diferentes valores que priorizamos y de lo que consideramos justo o injusto.
Las emociones morales, siendo vinculadas a nuestros valores y creencias, no
cambian a menos que cambie nuestra forma de interpretar la realidad o la
priorización de nuestros valores. Es así posible que un activista que se indignó
toda su vida por injusticias sociales llegue a indignarse por un ecocidio solo
después de haber conocido alguna experiencia de lucha vinculada con el
medioambiente que lo llevó a priorizar no solo valores altruistas, sino también
biosféricos (Poma, 2019b).
Además, las emociones morales son las más importantes en los procesos que
caracterizan la acción política de los movimientos sociales y en los procesos de
movilización, y pueden tener efecto en las decisiones estratégicas, como la
elección de efectuar acciones directas no-violentas, o los mismos objetivos de la
protesta. Por ejemplo, la compasión hacia los animales no humanos puede ser un
medio en la lucha, pero también puede transformarse en un objetivo cuando se
quiere expandir la compasión del público. La forma en la que Jasper (2006b)
muestra la piedad hacia las víctimas, por sí sola, no lleva a la acción si no es
asociada con ultraje hacia el perpetuador.
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Los movimientos sociales, también, apuntan en transformar nuestras
responsabilidades morales, en cuanto intentan ayudar a sus participantes a
articular nuevas visiones morales basadas en nuevas formas de sentir-pensar. Un
ejemplo es la expansión de emociones morales, como la compasión y el sentido
de injusticia, a los seres vivientes no humanos que el movimiento en defensa de
los animales ha promovido a lo largo de estas décadas, lo que ha logrado cambios
culturales y políticos en muchos países.
Las emociones morales pueden también jugar un papel en la formación o
fortalecimiento de la identidad colectiva, ya que al compartirlas las personas
pueden empezar a sentirse parte de un “nosotros” que, por ejemplo, se caracteriza
por indignarse frente a los feminicidios, a la explotación de los animales o a la
destrucción del medioambiente. Otras emociones como la rabia o el dolor también
pueden tener una forma moral cuando son construidas a partir de un sentimiento
de injusticia. En cuanto a la interacción con otras emociones, las emociones
morales pueden fortalecer los compromisos afectivos, ya que, por ejemplo,
podemos admirar a alguien que nos ha compartido su rabia frente a una injusticia,
o despreciar alguien que no muestra sentir estas emociones. También pueden
influir en los estados de ánimo, ya que actuar según nuestros principios morales
nos hace sentir bien (felicidad-satisfacción).
Para concluir este apartado, queremos destacar que los conceptos que la teoría de
la acción de Jasper proporciona se han convertido en herramientas analíticas muy
efectivas a la hora de analizar la dimensión emocional de los movimientos
sociales y el activismo. La aplicación de esta teoría permite superar las
dificultades de considerar las emociones como una categoría única y homogénea,
y poderlas identificar en los datos biográficos. También permite entender que las
emociones tienen efectos en todas las dinámicas de los movimientos sociales y
centrarse así solo en los procesos que se quieren analizar. En cuanto a la
construcción de los datos, las emociones aparecen en las narraciones de los
activistas, por eso, se puede acceder a ellas a través de técnicas de investigación
cualitativa, prestando atención no solo a las emociones que los sujetos hayan
sentido, sino a su construcción, la cual depende del contexto en el que se
desarrolla la experiencia de protesta.
Conclusiones
En este artículo hemos presentado qué resultado ha dado la teoría de la acción
social elaborada por James M. Jasper, que logró incluir las emociones para la
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comprensión de los movimientos sociales y del activismo. A partir de la
aplicación de este enfoque para la comprensión del activismo de base en México
en los últimos diez años, hemos podido observar no solo que esta teoría permite
comprender aspectos de la acción colectiva contenciosa que otras teorías no
atienden, sino también que genera un conocimiento que puede ser útil para los
activistas a la hora de comprender los logros y fracasos de la lucha.
A los investigadores que quisieran aplicar esta teoría, les decimos que no se dejen
espantar por la complejidad de la dimensión emocional y que, al principio, se
apoyen en los conceptos ya consolidados, como los que presentamos en este
artículo, y en las aplicaciones de estos.
Una vez elegida una pregunta de investigación que tenga que ver con cualquier
aspecto del activismo, pueden empezar a buscar las emociones que tienen efectos
evidentes en los procesos analizados y sistematizarlas siguiendo la tipología de
Jasper (2018). Sucesivamente, pueden analizar la interacción entre las emociones
identificadas, empezando por corroborar los resultados de otras investigaciones.
Ampliar los contextos socioculturales de la aplicación de esta teoría es central
para poder discutir cómo los activistas construyen las emociones en diferentes
países y movimientos para ver si existen patrones culturales comunes en el
continente en cuanto a la construcción de estas emociones.
Además, ampliar el conocimiento de la dimensión emocional de la protesta
permitirá también comprender algunas dinámicas propias de los procesos de
cambio social y cultural. Si aceptamos la idea de Hochschild (1979) en la que
las emociones son parte de la arena de la lucha política y de que el sistema
capitalista neoliberal no solo es un sistema económico sino también cultural que
impone sus propias reglas del sentir y el comprender la dimensión emocional de
los movimientos sociales y el activismo en Latinoamérica, se dará el primer
paso para ofrecer un entendimiento de la polarización social y política, así como
de las formas de resistencia, que incluya todos los aspectos de la dimensión
cultural, es decir, creencias cognitivas, respuestas emocionales y evaluaciones
morales. Solo así se podrá comprender el verdadero potencial de los movimientos
sociales en el proceso de cambio de paradigma e imaginarios.
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Purpose The purpose of this paper is to empirically investigate the role of emotions in the polarization that emerged during the first months of the pandemic. So, the authors will analyze the social response of two opposing social actors: political elites that have minimized the risks of the pandemic and grassroots groups that have promoted mutual support for vulnerable people suffering from the various effects of the pandemic. Design/methodology/approach For the analysis, the authors will primarily refer to Hochschild's proposal and the recent literature on emotions and protest. The method is to analyze official statements by politicians from the UK, USA, Mexico, Brazil, Spain and Italy and the social responses that have emerged from different mutual support groups and solidarity networks in those countries, as well as in Chile and Argentina. Findings The authors will show how the conflicting responses can exacerbate social polarization in our societies. This polarization goes beyond the political spectrum, and in some cases even social classes, and reaches into the realms of values, emotions and practices. The authors will also show how the response from grassroots activism makes it possible to overcome guilt, shame and other emotions of trauma, among other things. Originality/value An analysis of the emotional dimension of two opposing responses to the pandemic will show how these responses have a deep impact on society, ranging from demands for values and practices that legitimize a status quo, to discussing, breaking away from or overcoming social behavior based on individualism and social determinism.
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Desde final de 2018, la nueva ola de movimientos climáticos a nivel internacional representa una nueva etapa en el activismo ecologista gracias también a la participación de actores locales que se pueden reagrupar bajo el paraguas de experiencias de activismo socioambiental de base. En el presente artículo presentaremos tres elementos que caracterizan este tipo de activismo y que consideramos determinantes en el desarrollo de estrategias frente a la crisis climática: la presencia de apegos al lugar local y global; la priorización de valores altruistas y biosféricos que se refleja en prácticas proambientales; y el carácter prefigurativo de estas prácticas. La propuesta se fundamenta en los resultados de las investigaciones llevadas a cabo en los últimos dos años en que se han estudiado distintas experiencias de activismo socioambiental de base en la Ciudad de México, además de las recientes movilizaciones del movimiento climático mexicano a partir de marzo de 2019.
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>Desde el campo del estudio de los movimientos sociales, presento en este artículo una primera propuesta analítica que tome en cuenta la dimensión emocional como una consecuencia cultural de los movimientos sociales. Mostraré dos tipos de impactos emocionales: i) cómo algunas emociones son el resultado de la acción de protesta, y, ii) cómo el desarrollo de nuevas reglas del sentir de las experiencias observadas se pueden considerar otra consecuencia de su propia acción política. El punto de partida de la propuesta son los resultados de anteriores investigaciones sobre el papel de las emociones en los movimientos de base mexicanos.
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El papel de las emociones en la defensa del medioambiente: Un enfoque sociológico [The role of emotions in the defense of the environment: A sociological approach] Alice Poma Universidad Autónoma de México Resumen El objetivo del presente artículo es proporcionar conocimiento sobre el papel de las emociones en la defensa del medioambiente a través del análisis de dos conflictos socioambientales en dos de las áreas urbanas más grandes de México: la Ciudad de México y la Zona Metropolitana de Guadalajara. La comparación de dos casos de estudio permite destacar algunos patrones comunes que emergieron del análisis de los datos cualitativos recopilados a través de observación participante, entrevistas en profundidad y grupos focales entre 2015 y 2018. Con base en la literatura sobre movimientos sociales y emociones, se mostrará cómo los apegos al lugar, vinculados con valores biosféricos, al interactuar con los compromisos afectivos y las emociones morales, permiten comprender lo que mueve lo sujetos a defender el medio ambiente. Palabras clave: emociones, conflictos socioambientales, ciudad, valores. Abstract The aim of this article is to provide knowledge regarding the role of emotions in the defense of the environment through the analysis of two socio-environmental conflicts in two of the largest urban areas in Mexico: Mexico City and the Metropolitan Zone of Guadalajara. The comparison of two case studies allows us to highlight some common patterns that emerged from the analysis of the qualitative data collected through participant observation, in-depth interviews, and focus groups between 2015 and 2018. Based on literature on social movements and emotions, I will show how place attachments, which are linked with biospheric values, when interacting with affective loyalties and moral emotion, allow to undertand what makes people to defend the environment.
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En el estudio de los movimientos sociales, el empoderamiento es considerado como una de las consecuencias biográficas del activismo y está relacionado con el cambio social. A pesar de que estudios psicológicos muestran que las emociones juegan un rol importante en el proceso de empoderamiento a raíz de participar en acciones colectivas, existen todavía pocas investigaciones que analizan el papel de las emociones en este proceso dinámico. Al tener como punto de partida el campo de estudio de emociones y protesta y al incorporar los resultados de investigación de psicólogos que analizan el cambio social, el artículo busca mostrar el papel de diferentes emociones durante el proceso de empoderamiento que vivieron las integrantes del colectivo Mujer Nueva. Dicho colectivo se compone de un grupo de mujeres que, después de participar activamente en la insurgencia de Oaxaca en 2006, decidieron autoorganizarse. En este contexto, primero analizaremos el cambio que vivieron las integrantes del colectivo; en segundo término, presentaremos las emociones generadas por la acción colectiva que han influido en dicho cambio; y por último, explicaremos las emociones generadas por el empoderamiento. Los resultados de la investigación pretenden contribuir a la literatura multidisciplinaria que se dedica a estudiar el empoderamiento como una consecuencia biográfica de la protesta y del activismo.
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El cambio climático está poniendo a la humanidad frente a una disyuntiva: actuar para reducir la huella ecológica del ser humano en el planeta, cuestionando la relación con el medioambiente, o seguir con el mismo modelo de desarrollo, adaptándonos a las consecuencias del cambio climático. Detrás de la decisión que tomemos, no sólo habrá razones económicas y hábitos de consumo, sino también muchas emociones que influyen en las respuestas al problema. En este artículo, se analiza el papel del vínculo afectivo con los lugares como emoción que puede influir en el compromiso con el medioambiente. Con el objetivo de contribuir a la literatura que estudia el papel de los apegos al lugar en la respuesta al cambio climático, se mostrará el papel de este vínculo a nivel local y global en el compromiso con el medioambiente por parte de un colectivo que está luchando en defensa del agua, en la Ciudad de México.
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Con el apoyo de los estudios sociológicos acerca de las emociones y la protesta en la acción colectiva, en este artículo se analiza el proceso de movilización de los participantes de la marcha por el primer aniversario de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa el 26 de septiembre de 2015 en la Ciudad de México. Se muestra cómo es que la empatía entre los asistentes se vincula a emociones como el miedo y la rabia para influir en la movilización y en la identificación entre los participantes de la marcha. Se analizan además las consecuencias de que los participantes conciban los hechos de Ayotzinapa como trauma cultural. La investigación demuestra cómo se construye la politización del trauma y cómo influye esto en la participación en la marcha y en el rediseño de las relaciones sociopolíticas entre Estado y ciudadanía.
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The Handbook presents a most updated and comprehensive exploration of social movement research. It not only maps, but also expands the field of social movement studies, taking stock of recent developments in cognate areas of studies, within and beyond sociology and political science. While structured around traditional social movement concepts, each section combines the mapping of the state of the art with attempts to broaden our knowledge of social movements beyond classic theoretical agendas, and to identify the contribution that social movement studies can give to other fields of knowledge. The Handbook starts by presenting some of the main core theoretical perspectives in the field. A section exploring some of the major social transformations that have recently affected social movements is then followed by one devoted to the analysis of micro dynamics of collective action. At the meso-level, movements’ cultures, organizational models, and repertoires of action are covered. Finally, the last sections address the political and non-political opportunities for social movements’ development, as well as at social movements’ effects on their environment.