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El diagnóstico diferencial en la Psicología Clínica

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Una de las dificultades más importantes a la hora de establecer el diagnóstico es precisamente saber distinguir de que psicopatología se trata, cuando existen otras que podrían presentar una sintomatología similar. La importancia del diagnóstico es precisamente que a partir de ahí se puede establecer el tratamiento oportuno. Un diagnóstico erróneo, no sólo va a hacer que sea inútil la intervención realizada, sino que va a retrasar la aplicación del tratamiento adecuado y necesario para el paciente. Para eso muy útil el apartado descriptivo del D.S.M.-V donde se especifica con qué otros tipos de psicopatología se pueden confundir, o los casos de "exclusiones" del C.I.E.-10 Volviendo al caso de los trastornos psicosomáticos comentado en apartados anteriores, ya que uno de los aspectos más difíciles a la hora de tratar las enfermedades psicosomáticas es el establecimiento de un claro diagnóstico. Primeramente, hay que alcanzar la distinción entre este tipo de enfermedades y otras de origen médico o psicológico, con posterioridad se aportan las claves necesarias para conseguir un diagnóstico diferencial de otra sintomatología "parecida". El interés del estudio por lo psicosomático parte desde el área clínico como una interrogante ante determinados síntomas de los que no se encontraban un origen médico, surgiendo la idea de que el organismo (soma) podía estar viéndose influido por la mente (psique) de la persona; pero por supuesto debería ser una "psique enferma". Con ello se aceptaba algo que hasta ese momento había sido desechado, y es la estrecha vinculación entre la mente y el cuerpo, y su
Como citar este trabajo
De la Serna, J.M. (2018). El diagnóstico diferencial en la Psicología Clínica. En J.M. De la Serna.
Entrenamiento en habilidades básicas del psicólogo clínico-sanitario: Descubre cómo empezar
en el ámbito de la Salud Mental. Hackensack: Babelcube Inc., 58-77.
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CAPÍTULO 4.
EL DIAGNÓSTICO DIFERENCIAL EN LA PSICOLOGÍA CLÍNICA
Juan Moisés de la Serna
Una de las dificultades más importantes a la hora de establecer el
diagnóstico es precisamente saber distinguir de que psicopatología se trata,
cuando existen otras que podrían presentar una sintomatología similar.
La importancia del diagnóstico es precisamente que a partir de ahí se
puede establecer el tratamiento oportuno. Un diagnóstico erróneo, no sólo
va a hacer que sea inútil la intervención realizada, sino que va a retrasar la
aplicación del tratamiento adecuado y necesario para el paciente.
Para eso muy útil el apartado descriptivo del D.S.M.-V donde se
especifica con qué otros tipos de psicopatología se pueden confundir, o los
casos de “exclusiones” del C.I.E.-10
Volviendo al caso de los trastornos psicosomáticos comentado en
apartados anteriores, ya que uno de los aspectos más difíciles a la hora de
tratar las enfermedades psicosomáticas es el establecimiento de un claro
diagnóstico.
Primeramente, hay que alcanzar la distinción entre este tipo de
enfermedades y otras de origen médico o psicológico, con posterioridad se
aportan las claves necesarias para conseguir un diagnóstico diferencial de
otra sintomatología "parecida".
El interés del estudio por lo psicosomático parte desde el área clínico
como una interrogante ante determinados síntomas de los que no se
encontraban un origen médico, surgiendo la idea de que el organismo (soma)
podía estar viéndose influido por la mente (psique) de la persona; pero por
supuesto debería ser una “psique enferma”.
Con ello se aceptaba algo que hasta ese momento había sido desechado,
y es la estrecha vinculación entre la mente y el cuerpo, y su
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interdependencia, de forma que si uno enfermaba lo hacía el otro, y al revés;
precisándose de una intervención desde una perspectiva holística de la
persona.
Por tanto, existen tres tipos de afecciones posibles en el paciente, las
enfermedades físicas; los trastornos psíquicos o psiquiátricos y los
trastornos psicosomáticos.
Pero se ha podido comprobar cómo algunas enfermedades físicas tienen
efectos psicológicos; al igual que algunas enfermedades psíquicas tienen
efectos físicos; lo que ha llevado a muchos autores a defender la idea de que
todas las enfermedades, tanto físicas como psíquicas son trastornos
psicosomáticos, ya que en mayor o menor medida se van a ver afectados
aspectos físicos y psíquicos del paciente.
Aportaciones que han sido corroboradas desde los más recientes
estudios sobre psiconeuroimnunoendocrinología donde se aborda
precisamente las relaciones de interdependencia entre los aspectos que
influyen en la salud, como es el sistema inmune, donde participa también
el sistema nervioso, el endocrino y la psique.
Actualmente el papel de lo psicosomático se restringe a lo que se conoce
como trastornos somatomorfos o síntomas somáticos médicamente
inexplicados, cuya característica principal es que se producen síntomas
físicos sin que medie una enfermedad médica que lo explique.
Una vez que se conoce cuál es el campo de intervención de los
psicosomáticos, para poder llevar a cabo un diagnóstico diferencial, hay que
establecer una distinción clara con otros cuadros clínicos, donde la demanda
del paciente es por síntomas físicos en donde no se encuentra causa médica
que lo explique, entre los cuales están:
- Las simulaciones, donde no existen síntomas físicos, sino es la persona
quien está inventando conscientemente los síntomas para conseguir algún
beneficio o para evitar una obligación; es por ello que el médico no consigue
establecer un diagnóstico claro.
- El síndrome de Munchhausen, igualmente en éste caso existen
síntomas “simulados”, pero estos son autoprovocados por el paciente, bien
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ingiriendo medicamentos o sustancias tóxicas, para tener fiebres o vómitos;
o autolesionándose para originar hematomas; pero en ésta ocasión la
persona trata de alcanzar de forma imperiosa el “estatus” de enfermo y con
ello su hospitalización.
- La mitomanía, también conocido como mentiroso compulsivo, donde la
mentira se produce buscando notoriedad y admiración por parte de quien le
escucha, sin que existan síntomas físicos que “apoyen” su versión. La
diferencia principal con el simulador es que no se dan las características de
personalidad del primero, ni esa “adicción” a mentir.
- El trastorno límite de personalidad, se da en paciente con una
personalidad "débil" con constantes dudas respecto a su identidad y con
falta de control de los impulsos; a parte de las quejas somáticas, el paciente
se presenta con todo un elenco de características de personalidad e
impulsividad que permiten establecer un diagnóstico diferencial al respecto.
La primera tarea del profesional de la salud es descartar otros
trastornos mentales, que pueden estar en el origen de esos síntomas que
provocan la demanda del paciente. Una vez que no existe una explicación
médica de los mismos, y descartada la simulación y otros trastornos
psicológicos, podemos afirmar que estamos ante un trastorno somatomorfo.
La característica principal de los Trastornos somatomorfos es la
presentación repetida de síntomas físicos, junto con solicitudes persistentes
de exámenes médicos, a pesar de que los hallazgos sean repetidamente
negativos y de que los médicos hayan reafirmado que los síntomas no tienen
fundamentos físicos. Si es que existen algunos trastornos físicos, éstos no
llegan a explicar la naturaleza ni la magnitud de los síntomas ni la aflicción
y la preocupación del paciente.
Como vemos el diagnóstico en algunos casos no es una tarea sencilla, ya
que hay que descartar muchas psicopatologías que presentan síntomas
similares.
Veamos qué dice el C.I.E.-10 al respecto:
Se Excluye del diagnóstico de Trastornos Somatomorfos:
- Trastornos disociativos (F44.-).
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- Mesarse los cabellos (F98.4).
- Laleo (F80.0).
- Ceceo (F80.8).
- Onicofagia (F98.9).
- Factores psicológicos y del comportamiento en trastornos o
enfermedades clasificados en otro lugar (F54.-).
- Disfunciones sexuales no orgánicas (F52.-).
- Succión del pulgar (F98.8).
- Trastorno de tics en la infancia y adolescencia (F95.-).
- Síndrome de Gilles de la Tourette (F95.2).
- TricotilimanÍa (F63.3).
Nota diagnóstica
Las personas con estos trastornos también pueden mostrar, en cierta
medida, un comportamiento de búsqueda de atención (histriónica),
particularmente si están frustrados al no conseguir persuadir a los médicos
de la naturaleza esencialmente física de su enfermedad y de la necesidad de
más pruebas y exámenes.
Por su parte el D.S.M.-V informa sobre el diagnóstico diferencial de los
trastornos somatomorfos:
Si los síntomas somáticos son congruentes con otro trastorno mental (p.
ej., el trastorno de pánico) y los criterios diagnósticos para este trastorno se
cumplen, entonces el trastorno mental debería considerarse una alternativa
o un diagnóstico adicional. El diagnóstico por separado de trastorno de
síntomas somáticos no se realiza si los síntomas somáticos y los
pensamientos, sentimientos o comportamientos relacionados aparecen sólo
durante los episodios depresivos mayores. Si, como suele ocurrir, se
cumplen los criterios tanto para el trastorno de síntomas somáticos como
para el otro diagnóstico de trastorno mental, se deberían codificar ambos
trastornos, puesto que ambos pueden necesitar tratamiento.
Otras condiciones médicas. La presencia de síntomas somáticos de
etiología poco clara no es de por suficiente para hacer el diagnóstico de
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trastorno de síntomas somáticos. Los síntomas de muchos individuos con
trastornos, como el síndrome del intestino irritable o la fibromialgia, no
satisfacen los criterios necesarios para el diagnóstico de trastorno de
síntomas somáticos (Criterio B). Por el contrario, la presencia de síntomas
somáticos de un trastorno médico establecido (p. ej., la diabetes o las
enfermedades cardíacas) no excluye el diagnóstico de trastorno de síntomas
somáticos si se cumplen los criterios.
Trastorno de pánico. En el trastorno de pánico, los síntomas somáticos
y la ansiedad por la salud tienden a aparecer en los episodios agudos,
mientras que, en el trastorno de síntomas somáticos, la ansiedad y los
síntomas somáticos son más persistentes.
- Trastorno de ansiedad generalizada. Los individuos con trastorno de
ansiedad generalizada se caracterizan por preocupaciones por múltiples
sucesos, situaciones o actividades, y sólo alguna de ellas puede implicar la
salud. Los síntomas somáticos o el miedo a la enfermedad no suelen ser el
foco principal, como lo es en el trastorno de síntomas somáticos.
- Trastornos depresivos. Los trastornos depresivos están acompañados
frecuentemente por síntomas somáticos. Sin embargo, los trastornos
depresivos se diferencian del trastorno de síntomas somáticos por los
síntomas depresivos centrales de bajo (disfórico) estado de ánimo y por la
anhedonia.
- Trastorno de ansiedad por enfermedad. Si el individuo tiene grandes
preocupaciones acerca de la salud, pero sin síntomas somáticos, podría ser
más apropiado considerar el trastorno de ansiedad por enfermedad.
- Trastorno de conversión (trastorno de síntomas neurológicos
funcionales). En el trastorno de conversión, el síntoma es la pérdida de la
función (p. ej., de una extremidad), mientras que en el trastorno de síntomas
somáticos la atención se centra en la angustia que causan los síntomas
concretos. Las características enumeradas en el Criterio B del trastorno de
síntomas somáticos pueden ser útiles para diferenciar los dos trastornos.
- Trastorno delirante. En el trastorno de síntomas somáticos, las
creencias de la persona de que los síntomas somáticos podrían reflejar una
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enfermedad física subyacente grave no tienen una intensidad delirante. Las
creencias del individuo en relación con los síntomas somáticos pueden ser
mantenidas firmemente. Por el contrario, en el trastorno delirante, subtipo
somático, las creencias sobre los síntomas somáticos y el comportamiento
son más fuertes que las que se encuentran en el trastorno de síntomas
somáticos.
- Trastorno dismórfico corporal. En el trastorno dismórfico corporal, el
individuo está excesivamente intranquilo y preocupado por un defecto
percibido en sus características físicas. Por el contrario, en el trastorno de
síntomas somáticos la preocupación acerca de los síntomas somáticos refleja
el miedo a una enfermedad subyacente, no a un defecto en la apariencia.
- Trastorno obsesivo-compulsivo. En el trastorno de síntomas somáticos,
las ideas recurrentes sobre los síntomas o las enfermedades somáticas son
menos intrusivas, y las personas con este trastorno no muestran las
conductas repetitivas asociadas, encaminadas a reducir la ansiedad, que
tienen lugar en el trastorno obsesivo-compulsivo.”
Igualmente hay que tener a la hora de establecer un diagnóstico claro
la presencia de otras patologías que puedan empeorar el pronóstico del
tratamiento y su recuperación, por ejemplo, uno de los problemas más
importantes para pediatras y padres es saber reconocer si el pequeño está
teniendo un desarrollo normal o no en comparación con otros niños de su
edad.
Pueden ser muchas las circunstancias que pueden provocar deficiencias
en el desarrollo del menor, algunas de ellas que parecen solucionarse por sí
solas a medida que el pequeño crece y otras que requieren de intervención
del especialista tanto para su diagnóstico como para su tratamiento.
Cuando además de la presencia de deficiencias, ya sea en el desarrollo
motor, intelectual o de las habilidades comunicativas, si estas van
acompañadas de ciertos rasgos físicos característicos pueden dar indicios de
estar ante un pequeño con síndrome de Down, diagnóstico que además de
sus características destacables puede ser rápidamente diagnosticado por la
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presencia de una alteración genética en el par 21 donde tiene un cromosoma
extra, de ahí que también se le denomine trisomía 21.
Pero que se sufra este tipo de alteración cromosómica con todas sus
consecuencias físicas y del desarrollo no evita que pueda padecer en el
mismo porcentaje que la población, de otras alteraciones y trastornos, ya
sea del desarrollo u de otro tipo.
La dificultad radica precisamente en saber distinguir qué
sintomatología corresponde al síndrome de Down y cuáles a otro trastorno,
sobre todo cuando este es del desarrollo, donde su característica principal
es precisamente un enlentecimiento en avance de las habilidades de control
fino motor, del lenguaje, de las capacidades cognoscitivas, o del control de
las pocas emociones, tomándose como punto de comparación a los pequeños
de su misma edad, pero ¿Puede presentarse el autismo con el síndrome de
Down?
Esto es precisamente lo que trata de estudiarse desde el Hospital Alto
Deba, el Hospital Donostia y la Fundación CITA-Alzheimer Fundazioa
(España) cuyos resultados han sido publicados recientemente en la revista
científica Journal of Neurodevelopmental Disorders.
Tal y como se ha comentado en la introducción la dificultad de detectar
la presencia de ambos trastornos a la vez, es que hay que saber distinguir a
cuál de los dos se corresponden los síntomas que muestran los pequeños.
En este caso del síndrome de Down puede que alguno exhiba además de
sus rasgos típicos, cierto retraso en el desarrollo del lenguaje y del
establecimiento de relaciones sociales, lo que puede pasar totalmente
desapercibido debido a que muestra retrasos en otras habilidades también,
lo que puede estar encubriendo además el padecimiento de un Trastorno del
Espectro Autista.
Tal es la dificultad de este segundo diagnóstico que los autores del
estudio afirman que no existe hoy en día estadística al respecto sobre la
presencia de ambos trastornos del desarrollo presentados a la vez, a pesar
de ello han diseñado un estudio para tratar de distinguir los síntomas de
uno u otro.
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En el estudio participaron 46 personas entre 10 a 21 años, 26 mujeres y
20 varones todos ellos diagnosticados con Trisomía 21, es decir síndrome de
Down y específicamente se escogieron aquellos que no tuviesen
diagnosticado Trastorno del Espectro Autista.
A todos ellos se les pasaron una serie de cuestionarios como la escala de
receptividad social denominada Social Responsiveness Scale (SRS) donde
los cuidadores evalúan el nivel de implicación social de los pequeños, el
cuestionario de desarrollo social denominado Social Communication
Questionnaire-Lifetime (SCQ), para el desempeño social mediante el
lenguaje no verbal se usó la Escala Internacional de Ejecución de Leiter
denominado Leiter International Performance Scale-Revised (Leiter-R),
una prueba de vocabulario denominado Peabody Picture Vocabulary Test,
Fourth Edition (PPVT-4).
El hecho de pasar una prueba propia del Trastorno del Espectro Autista
a alguien que no lo tiene permite conocer qué ítems y escalas de la prueba
van a mostrarse en la población de los diagnosticados con síndrome de Down
y cuáles no.
Son precisamente estos segundos los que van a permitir establecer un
diagnóstico en los nuevos casos, ya que, de presentarse, se puede decir que
además se está sufriendo un Trastorno del Espectro Autista.
Los resultados más destacables muestran resultados significativos en
dos subescalas del SRS en concreto en lo que se refiere a cognición social y
a manierismos, siendo este segundo, movimientos repetitivos como
balanceo, luego según los autores son estos los síntomas más importantes a
tener en cuenta a la hora de evaluar la presencia del Trastorno del Espectro
Autista en pequeños con síndrome de Down
Hay que tener en cuenta el reducido número de participantes y el rango
de edad tan amplio usado, lo que hace necesario nueva investigación con
más sujetos antes de poder llegar a una conclusión válida.
Igualmente, la edad mínima de los participantes de 10 años hace que no
se pueda emplear como herramienta diagnóstico útil del Trastorno del
Espectro Autista, ya que cuanto antes se detecte este antes se puede
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intervenir.
A lo anterior hay que añadir que el Trastorno del espectro autista se
produce con más frecuencia en los niños con síndrome de Down que en otros
niños, pero con menos frecuencia que en otros grupos de discapacidad de
aprendizaje. La prevalencia puede ser tan alto como 5%
A menudo hay reticencia a considerar la posibilidad del doble
diagnóstico de síndrome de Down y autismo. Por esta razón, el diagnóstico
es con frecuencia muy retrasado.
Dos razones para el fracaso de diagnóstico del trastorno autista en los
niños con síndrome de Down:
1. la noción equivocada de que los niños con síndrome de Down son
siempre "alegres" por lo que no pueden ser "autistas"
2. la falta de conciencia del perfil de desarrollo habitual de las personas
con síndrome de Down.
De particular importancia es la relativa a la alta prevalencia de los
espasmos infantiles.
Los niños pueden mostrar comportamientos típicos del autismo en la
infancia y seguir un curso similar al observado en otros niños. Sin embargo,
no es raro que aparezca regresión de las habilidades sociales y de
comunicación en la infancia tardía -típicamente entre 3 y 7 años de edad, y
a veces tan tarde como en la adolescencia. Esta condición puede ser muy
incapacitante.
El diagnóstico es muy importante porque cuando las dos condiciones
coexisten, el trastorno autista tiene prioridad en términos de las
necesidades educativas y de gestión.
La posibilidad de que se presente el trastorno autista debe ser
considerado en cualquier niño en edad preescolar con síndrome de Down
que está fallando para hacer progresos esperados en el habla, el lenguaje,
la comunicación, las habilidades sociales o de cualquier niño mayor que
muestra regresión de estas habilidades.
El diagnóstico diferencial incluye:
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• El hipotiroidismo
• discapacidad múltiple profunda y grave
• La privación social
• enfermedad concurrente Mayor
• Audiencia o deficiencia visual
Hay que pensar que le diagnóstico diferencial es el último paso antes
del tratamiento, y depende de ello el que el tratamiento sea efectivo o no.
Por ejemplo, si a una persona se le diagnostica Trastorno de Depresión
Mayor, cuando lo que tiene es un Trastorno Bipolar, únicamente estará
recibiendo la mitad del tratamiento que necesita, es decir se estará tratando
los casos de episodios depresivos, pero no así los episodios maníacos.
Sabiendo que tanto en el trastorno depresivo como en el trastorno
bipolar se producen episodios depresivos, pero ¿Cuál de los dos trastornos
es más incapacitante socialmente?
Durante la fase pasiva o depresiva, la persona parece "apagarse", perder
el interés por todos y por todo, sin querer relacionarse con los de su
alrededor, buscando la soledad y el aislamiento, y en muchos casos sin
ganas de salir de la cama.
En la fase maníaca, exclusiva del trastorno bipolar, se produce todo lo
contrario, es decir, se produce una euforia en la persona que le lleva a
hacerle creer que puede hacer cualquier cosa, se incrementa
considerablemente el apetito, así como el realizar actividades placenteras,
buscando la compañía de los demás.
Pero volviendo sobre la fase depresiva, ¿Es posible encontrar diferencias
entre el episodio depresivo que se sufre en un trastorno por depresión mayor
en comparación con el sufrido en un trastorno bipolar?
A esto es precisamente a lo que pretende contestar un reciente estudio
llevado a cabo por el Colegio Médico SMS, el Colegio Médico Gubernamental
BPS para mujeres, y el Instituto de Ciencias Médicas de Toda la India
(India) y publicado en la revista científica Depression Research and
Treatment.
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En el estudio participaron 96 personas, la mitad de ellas con diagnóstico
de trastorno por depresión mayor y la otra mitad por trastorno bipolar.
A todos los participantes se les administró un cuestionario
estandarizado denominado Herramienta del rango de deterioro del
funcionamiento (Range of Impaired Functioning Tool - LIFE-RIFT) donde
se analiza la afectación de los desórdenes de los estados de ánimo en cuatro
facetas: el laboral, el de las relaciones sociales, el de satisfacción y el de
recreación. Proporcionando la suma total de las cuatro anteriores un índice
global de afectación.
En ambos casos, tanto ante el trastorno de depresión mayor como en el
trastorno bipolar se encontraron afectados negativamente los cuatro
ámbitos de la vida evaluados.
Los resultados indican que no se mostraban diferencias significativas
en las facetas evaluadas, aunque en el índice global obtenido de sumar
los valores de las cuatro facetas.
Los autores del estudio tratan de explicar estas diferencias en función
de la disonancia crónica, concepto que hace referencia al desajuste con
respecto a lo esperado en las relaciones sociales, siendo ésta más
perjudicadas precisamente porque no se sabe qué esperar, pues en una
persona con un trastorno depresivo mayor siempre se mostrará de la misma
forma y con los que conviven pueden llegar a aceptar e incluso adaptarse a
dicha circunstancia, pero los cambios bruscos del trastorno bipolar
dificultan esta adaptación, provocando un mayor deterioro social.
Tampoco se encontraron diferencias significativas en cuanto al índice
global obtenido ni en función de la edad de aparición del trastorno tanto de
depresión mayor como bipolar, ni en función del número de episodios
sufridos. Luego el deterioro global sería independiente de estos dos datos.
Tal y como afirman los autores del estudio, aunque los resultados
parecen claros, estos deben tomarse en cuenta en función de la cultura
propia que comparten todos los participantes, siendo necesario
investigación transcultural para comprobar si estos resultados se
mantienen en otras latitudes, o presentan otras diferencias significativas.
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Hasta que se obtiene en diagnóstico de trastorno bipolar, los familiares,
amigos y conocidos pueden sentir que algo no marcha bien con esa persona,
pero sin saber exactamente el por qué, ya que el cambio entre episodios
depresivos y maníacos son totalmente inesperados y no obedecen a ninguna
razón.
Una vez que se tiene el correspondiente diagnóstico, la pareja,
familiares y amigos deben tomar una decisión, y es cómo cuidarlo
adecuadamente. Si se trata de un adulto que vive independiente, es mucho
más difícil la supervisión sobre el cumplimiento de su ingesta de la
medicación en las horas establecidas por el médico especialista. Si este es
menor o vive con o a cargo de otras personas, es más fácil este cuidado.
Una situación que lejos de ser fácil, se convierte en un problema cada
vez que hay que tomar la medicina, sobre todo cuando el paciente no se
"nota" enfermo, y cree que no es necesario, o cuando se encuentra en una
fase maníaca, donde se siente tan bien y lleno de vitalidad, que considera
irrealmente que él/ella puede controlar los síntomas sin "perjudicar" a
nadie, pero ¿Qué riesgos sufre el cuidador de un paciente bipolar?
Esto es lo que ha tratado de descubrirse desde la Universidad
Bezmialem Vakif, el Hospital Estatal Başak şehir, el Hospital de
Investigación y Docencia Erenköy de Enfermedades Neurológicas y
Psiquiátricas, el Hospital de Investigación y Educación de Estambul
(Turquía) publicado recientemente en la revista científica Journal of
Psychiatry. En el estudio participaron 34 cuidadores de pacientes con
diagnóstico de trastorno bipolar siendo el 41% mujeres, con una media de
41 años, frente a otros 37 voluntarios.
Todos los participaron rellenaron un cuestionario estandarizado sobre
ansiedad, el State and Trait Anxiety Inventory (STAIX I-II), otro sobre el
temperamento denominado Temperament and Character Inventory (TCI),
otro sobre la percepción sobre el estado de ánimo relacionado con la
depresión, denominado Hamilton Depression Rating Scale (HDRS), a lo que
se incluyó sus datos sociodemográficos.
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Los resultados informan de significativas diferencias entre cuidadores
y no cuidadores, mostrando los primeros elevados niveles en STAIX I-II,
aspecto que como ya se conoce, la ansiedad mantenida en el tiempo va a ser
causa de la aparición de forma anticipada de enfermedades psicosomáticas.
En el caso de la evaluación del estado de ánimo de la depresión, no
existen diferencias significativas entre ambos grupos. Aunque el número de
participante es reducido, los resultados son claros en la dirección de que
cuidar y convivir con un paciente bipolar provoca un aumento significativo
de ansiedad.
Los resultados deben ayudar a poner especial atención sobre los
familiares y cuidadores de los pacientes con trastorno bipolar debido a los
efectos nocivos que sobre su salud tiene esta labor. De ahí la importancia de
contar con un grupo de apoyo a través de asociaciones especializadas en
donde compartir sus temores, preocupaciones y dificultades, a la vez que se
recibe el apoyo y cariño de sus miembros, los cuales sufren la misma
situación en sus casas.
Como vemos el diagnóstico diferencial es fundamental, pero para llegar
a este se ha de haber pasado por la fase previa de la entrevista clínica, donde
se han observado una serie de síntomas que nos han podido hacer sospechar
sobre el diagnóstico, el cual debe de ser corroborado por los resultados de la
aplicación de los instrumentos de evaluación clínicos pertinentes.
Si los “indicios” no fueran suficientes o estos no estuvieran del todo claro
se aplicaría una prueba “general” correspondiente a su edad, para empezar
a explorar aquellos ámbitos donde la persona presentase problemas, para
luego realizar un cuestionario o test específico para el trastorno detectado.
Por último, hay que tener en cuenta que la sintomatología presente
puede provenir de diversas fuentes, ya sean estas médicas o psicológicas, de
ahí la importancia de realizar el diagnóstico diferencial, para descartar
otras explicaciones, e igualmente para detectar la presencia de otras
psicopatologías que se pueden presentar en ese mismo momento.
Si las pruebas clínicas informan de la comorbilidad (convivencia) de dos
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o más patologías, es el profesional de la salud mental quien debe de
priorizar la intervención, dando prioridad a aquella psicopatología que
tenga sintomatología aguda y más disruptiva en la vida del paciente y de
sus familiares; dejando para “más adelante” el tratamiento de las
psicopatologías detectadas pero que no son tan acuciantes.
Esto ha de ser bien explicado a los pacientes, ya que puede que vengan
a consulta por un problema y reciban el diagnóstico y tratamiento de otra
psicopatología más grave de la que no se había percatado.
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