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Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las mujeres

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Abstract

La violencia sexual se destaca como una de las expresiones de la Violencia Basada en Género; siendo esta expresión, una de las mayormente sufridas por las mujeres en diversas partes del mundo y en distintos ámbitos de índole familiar, laboral, social. A raíz de la presente investigación se analiza el contexto nicaragüense y mexicano, como escenarios de la región latinoamericana, donde se normalizan y justifican las diversas manifestaciones de violencias sufridas por las mujeres, todo ello a partir de una cultura de violación legitimadas por sociedades de ambos contextos. Se pretende reconocer los factores que influyen en la normalización y justificación ante situaciones de violencia sexual que sufren las mujeres, identificándose las prácticas de re victimización constantes que la sociedad proyecta ante estos escenarios de violencia hacia la mujer, afectando con ello, el desarrollo integral y autonomía de las mujeres violentadas. Es necesario reconocer las expresiones de la cultura de la violación desde una perspectiva holística y compleja que de pautas para interpretar y relacionar la misma con elementos sociales, jurídicos, cotidianos. La información recolectada aporta a determinar la forma en que el imaginario social refuerza y avala una cultura transgresora de derechos humanos; partiendo de este nivel de concientización para sustentar ideas y propuestas estratégicas que mermen los efectos de una cultura de violación. El presente artículo se elabora desde una perspectiva integral, con métodos - técnicas de investigación cualitativa y documental.
General Section | Peer Reviewed |
Vol. 1, No. 3, 2020. pp 89-103
ISSN 2697-3677 | Quito, Ecuador
Submitted: 06 August 2020
Accepted: 04 December 2020
Published: 21 December 2020
PACHA
R
evista de Estudios Contemporáneos del Sur Global
Journal of Contemporary Studies of the Global South
Revista de Estudos Contemporâneos do Sul Global
Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las
mujeres
Culture of rape, an analysis of the continuum in sexual violence experienced by women
Sergio José Hernández Briceño
Universidad Autónoma del Estado de Morelos - México
Cuernavaca, México
sergio.hernandezb@uaem.edu.mx
Hernández Briceño, S. J. (2020). Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual
que viven las mujeres. Pacha. Revista de Estudios Contemporáneos del Sur Global 1(3), pp. 89-103. https://
doi.org/10.46652/pacha.v1i3.44
RESUMEN
La violencia sexual se destaca como una de las expresiones de la Violencia Basada en Género; siendo esta expresión,
una de las mayormente sufridas por las mujeres en diversas partes del mundo y en distintos ámbitos de índole familiar,
laboral, social. A raíz de la presente investigación se analiza el contexto nicaragüense y mexicano, como escenarios de
la región latinoamericana, donde se normalizan y justifican las diversas manifestaciones de violencias sufridas por las
mujeres, todo ello a partir de una cultura de violación legitimadas por sociedades de ambos contextos. Se pretende re-
conocer los factores que influyen en la normalización y justificación ante situaciones de violencia sexual que sufren las
mujeres, identificándose las prácticas de re victimización constantes que la sociedad proyecta ante estos escenarios de
violencia hacia la mujer, afectando con ello, el desarrollo integral y autonomía de las mujeres violentadas. Es necesario
reconocer las expresiones de la cultura de la violación desde una perspectiva holística y compleja que de pautas para
interpretar y relacionar la misma con elementos sociales, jurídicos, cotidianos. La información recolectada aporta a de-
terminar la forma en que el imaginario social refuerza y avala una cultura transgresora de derechos humanos; partiendo
de este nivel de concientización para sustentar ideas y propuestas estratégicas que mermen los efectos de una cultura
de violación. El presente artículo se elabora desde una perspectiva integral, con métodos - técnicas de investigación
cualitativa y documental.
Palabras claves: Cultura de violación, Violencia sexual, imaginario social, Comportamientos, justificación.
ABSTRACT
Sexual violence stands out as one of the expressions of Gender based Violence; This expression is one of the most
suffered by women in various parts of the world and in different areas of the family, work, and social nature. As a result
of this research, the Nicaraguan and Mexican context is analyzed as scenarios of the Latin American region, where the
various manifestations of violence suffered by women are normalized and justified, all based on a culture of rape legi-
timized by societies of both contexts. Among the key aspects for developing the study, it is intended to recognize the
factors that influence the normalization and justification of situations of sexual violence suffered by women, identifying
the constant re-victimization practices that society projects in these scenarios of violence against women, thereby
affecting the integral development and autonomy of the violated women. It is necessary to recognize the expressions
of the culture of rape from a holistic and complex perspective that provides guidelines for interpreting and relating
it to social, legal, and everyday elements. The information collected contributes to determining the way in which the
social imaginary reinforces and endorses a transgressive culture of human rights; starting from this level of awareness
to support ideas and strategic proposals that reduce the effects of a culture of rape. This article is prepared from a
comprehensive perspective, with qualitative and documentary research methods - techniques.
Keywords: Rape culture, sexual violence, social imaginary, behaviors, justification.
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1. INTRODUCCIÓN
El estudio hacia las expresiones de la cultura de violación emerge desde un análisis complejo a una de las
problemáticas que siguen vigente en los escenarios sociales de la actualidad; desde la propuesta inves-
tigativa se aborda la cultura de la violación como parte de las limitantes que enfrentan las mujeres para
poder acceder a la justicia ante delitos sexuales y los bloqueos sociales a los que deben enfrentarse para
poder ejercer su derecho humano a vivir libres de violencia. Todo ello en el marco de elaboración de tesis
de Maestría en Derecho en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), periodo comprendido
entre 2019 y 2020. La Violencia Basada en Género, incluye una diversidad de elementos, entornos y aspec-
tos desventajosos para el desarrollo integral de la mujer. Por ello es imperativo analizar las manifestaciones
de la violencia desde una perspectiva integral que posibilite dimensionarle como un problema de salud e
interés público, para efectos de gestar soluciones viables, tangibles y proporcionables a la magnitud mis-
ma del problema.
Por lo anteriormente descrito, la presente investigación sustenta su importancia, a partir del reconoci-
miento hacia un entorno social y desventajoso para la mujer y su desarrollo integral. Siendo preciso frenar
los estigmas, imaginarios y percepciones que normalizan y justifican tanto las expresiones de la violencia
como las desigualdades de género.
Al hablar de una cultura de violación, es posible trasladarse con carácter de inmediatez hacia un abordaje
meramente legislativo, sin embargo, en el contexto actual, no es posible abordar una problemática tan
compleja desde una sola disciplina, para ello es necesario que se interrelacionen el que hacer antropoló-
gico, la perspectiva psicosocial y claramente el engranaje jurídico. Es precisamente en el andamiaje multi
disciplinario que es prudente cuestionarse ¿Qué factores influyen en la normalización y justificación de
situaciones de violencia sexual que sufren las mujeres?, ¿Cuáles son las prácticas y expresiones nocivas
que implica la cultura de violación? y ¿Cómo estas últimas afectan el desarrollo integral y la autonomía de
las mujeres?
La convención Belem Do Para refiere que la violencia contra la mujer constituye una violación de los dere-
chos humanos y las libertades fundamentales, limitando total o parcialmente, el reconocimiento, goce y
ejercicio de derechos y libertades de las mujeres. Lamentablemente los entornos desfavorables para las
féminas han sido una constante, al punto de considerar que la sociedad tiene una deuda histórica hacia
estas actoras en cuestión de reivindicación de sus derechos.
En el presente artículo se logra analizar generalidades del contexto histórico de Nicaragua y México, con
respecto a la cultura de la violación y su continuo dentro de la expresión de la violencia sexual. Todas vez
que se estudian las dinámicas socio comunitarias en los contextos referidos; para efectos de examinar ac-
titudes, comportamientos, hábitos, creencias que permiten la permanencia y constancia hacia una cultura
de la violación
Una vez que la comunidad lectora tome conciencia acerca de estas expresiones culturales desventajosas
y reproducidas en la sociedad; será posible realizar cuestionamientos propositivos para mejorar las rea-
lidades situadas de las féminas y aminorar el impacto que conlleva la legitimación hacia una cultura de
violación; la cual sustenta escenarios inequitativas y desiguales para las mujeres, indistintamente de su
status, rol o condición.
2. METODOLOGÍA
El estudio “Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las mujeres”.
Emerge como parte de un proceso analítico y reflexivo sobre las esferas sociales y jurídicas que influye
categóricamente en la reproducción de la violencia sexual desde escenarios cotidianos para las mujeres.
A partir de ello es que emerge la importancia de emplear el pensamiento complejo, mismo considerado
como “un paradigma relacionado a la integralidad, multidisciplinariedad, atención a las redes de apoyo y
articulación de los saberes” (Copelli, 2016).
Desde este escrito serán estudiados datos estadísticos y elementos cualitativos, extraídos de diversas
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fuentes documentales; mismos que aportan a una comprensión de la problemática social referida a la
cultura de la violación, sus características, las causales, repercusiones y efectos que generados en una
sociedad inequitativa y desventajosa para las mujeres.
El documento refiere datos de México y Nicaragua, como escenarios latinoamericanos y a partir de los
cuales, se analizan acciones, pensamientos y patrones de comportamiento machistas, que obstaculizan el
acceso y ejercicio al derecho universal de las mujeres por vivir libres de violencia y en un entorno saludable
y seguro. Los datos referidos para el presente estudio, se llevarán a un debido análisis desde “el método
jurídico”, mismo según Sánchez “viable para realizar delimitaciones y aclaraciones de los fines por los
cuales quiere atenderse una problemática específica” (Sánchez, 1998, p. 97).
Para una mayor comprensión de este estudio, se precisa vincular los fundamentado en la investigativa
jurídica y cualitativa, siendo esta última vista como “el intento de obtener una comprensión profunda de
significados y definiciones de la situación, tal como es presentada por las personas” (Salgado, 2007, p.72).
Al mismo tiempo fue empleado el método etnográfico de la ciencia antropológica, el cual
Para el desarrollo del presente artículo se hizo uso del método etnográfico, el cual consiste en “descrip-
ciones detalladas de situaciones, eventos, personas, interacciones y comportamientos que son observa-
bles” (González, 2003, p.55). Gracias a este método fue más ágil la identificación de patrones, creencias e
imaginarios que persisten en los segmentos sociales y los cuales normalizan, justifican y perpetúan ciclos
de violencia comunitaria. Un elemento clave para desarrollar el estudio ha sido la aplicación de la técni-
ca de observación directa, misma definida como “aquella que consiste en la descripción sistemática de
eventos, comportamientos y artefactos en el escenario social elegido para ser estudiado” (Marshall, 1989,
pp.16-17). Con la técnica de observación directa ha sido posible contemplar y registrar frases, expresiones
propias del imaginario social; el cual juega un rol protagónico al analizar la cultura de la violación.
En muchas de las expresiones e ideologías comunitarias, se refuerzan roles inequitativos cuyos este-
reotipos afianzan superioridad y sumisión de las mujeres, hacia el género masculino, todo esto desde la
estructural patriarcal. Al mismo tiempo se tomaron a consideración, espacios de conversación de carácter
informal, lo cual aporto a tomar en cuenta opiniones diversas por parte de mujeres y hombres hacia la
problemática en estudio.
Desde la investigación documental fue realizada revisión, comprensión y reflexión sobre fuentes biblio-
gráficas para desarrollar análisis del contenido en estudio. Sera empleado un proceso metódico de análisis
– síntesis que motive la fundamentación jurídica, siendo esta comprendida como aquella cuya “naturaleza
que convenza a los demás de que la tesis es indispensable llevarla a cabo. Se trata, entonces, de una jus-
tificación que interesa a la comunidad en general y no a un sujeto en particular” (Odar, 2019). A partir de
esta proyección de la problemática hacia un interés general, es posible abordar distintas aristas implícitas
en la cultura de violación que han sufrido las mujeres.
3. RESULTADOS
En el presente artículo se emplea la expresión: cultura de la violación, para referirnos a una sentida proble-
mática social que afecta el bienestar integral de las féminas. Sin embargo, previo a analizar los aspectos
epistemológicos referidos a la cultura de la violación, es preciso reflexionar y analizar de forma diferen-
ciada las definiciones de las variables: cultura y violación. La violación según Castañeda “responde más a
una necesidad de dominar y humillar a la víctima que a una supuesta estrategia reproductiva (Castañeda,
2007, p.59). En este sentido se comprende que los detonantes para consumar el acto, radican en el fuerte
deseo del agresor por dominar e intimidar a sus potenciales víctimas.
En relación a la violación como parte de la estructura de la violencia, Segato (2003) considera que el acto
puede considerarse,
Un mandato de poder presente en las relaciones de género, que expresa el precepto social de que el
hombre debe ser capaz de demostrar su virilidad y que, por lo tanto, el sujeto no viola porque tiene
poder o para demostrar que lo tiene, sino porque debe obtenerlo (p.33).
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Sin embargo, las relaciones de poder y dominio que refieren ambos autores, no solamente encuentran
un sentido para materializarse en el contacto físico, también es pertinente reconocer que la sumisión se
presenta en expresiones simbólicas, donde se están perfilando el dolo, la saña y alevosía previo a consu-
mar el acto y delito como tal. Siendo este reconocimiento importante desde el que hacer preventivo ante
situaciones de violencia sexual para las mujeres.
En la violación consumada, Segato (2003), define tres referencias respecto al discurso de los violadores a
la hora de comprender por qué cometen el delito; siendo estas 3 resumidas a continuación:
1) La violación como castigo, acto disciplinador o venganza contra una mujer que abandonó su posi-
ción subordinada, desafiando con ello la posición del hombre en la jerarquía del modelo tradicional
patriarcal. 2) Como agresión, desafío o afrenta contra otro hombre, usurpando parte de su patri-
monio mediante la apropiación de una mujer de su posesión. 3) Como demostración de su virilidad y
fuerza ante sus pares, conservando su estatus dentro de una comunidad (pp. 31-33)
Las causales afirmadas por Segato, evidencian una sentida apropiación hacia el cuerpo de las mujeres, los
cuales se convierten incluso en una extensión patrimonial de los hombres quienes, en su status social-
mente asignado como la figura de autoridad familiar y social, tiende a cosificar los cuerpos femeninos con
quienes llegan a tener vinculo.
En este sentido, empiezan a divisarse los sesgos generados productos del sistema sexo género, trasla-
dados en actos violatorios y en donde según Smith “un cuerpo femenino se convierte en naturalmente
violable, mientras que la corpórea masculina se muestra fuerte e impenetrable” (Smith, 2004, p.168).
Desde la perspectiva jurídica, la violación ha sido definida desde su acto consumado, teniendo una con-
ceptualización descriptiva del delito, llegando a ser considerada en la doctrina y legislaciones como “la
penetración forzada de la vagina” (Muñoz, 2016, p.49). Sin embargo, los marcos legales han avanzado en
diversas partes del globo terráqueo tratando de evidenciar mayor complejidad en este tipo de delito penal
y eliminando la idea retrograda que implicaba en un principio, que el acto violatorio solo podría ser ejerci-
do fuera del vínculo matrimonial.
Desde la perspectiva de los derechos humanos “la violación es considerada como un crimen de lesa hu-
manidad” (Jerónimo, 2017, p.79), donde se involucran a un autor que invade el cuerpo de la víctima con
órgano sexual (miembro viril) u otra parte del cuerpo capaz de realizar la acción o en su defecto un objeto
bajo la misma finalidad. Siendo valorados para tipificar el mismo, tanto uso de la fuerza por quien comete
el crimen y la falta de consentimiento por parte de la víctima.
En esta misma idea, se traen a colación las definiciones del delito de violación y violencia sexual, refleja-
das en el marco legal nicaragüense y mexicano; expresando el código penal de Nicaragua, ley 641, art. 167
(2017), que realizara acto de violación quien:
Tenga acceso carnal o se haga acceder o introduzca a la víctima o la obligue a que se introduzca
dedo, objeto o instrumento con fines sexuales, por vía vaginal, anal o bucal, usando fuerza, violencia,
intimidación o cualquier otro medio que prive a la víctima de voluntad, razón o sentido...
En el mismo código penal se amplía el delito de violación a menores de 14 años (art. 168 CPN), mientras
que en el marco de la Ley nacional 779 (2014) “Ley integral en contra de la violencia hacia la mujer”, se
plantea una reforma al art. 169 Código Penal de Nicaragua (2017) sobre los aspectos de la violación agra-
vada, siendo estos:
Que el autor cometa el delito prevaliéndose de una relación de superioridad, autoridad, parentesco,
dependencia o confianza con la víctima, o de compartir permanentemente el hogar familiar con
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ella; que la violación sea cometida con dos o más personas; Cuando la víctima sea especialmente
vulnerable por razón de enfermedad o discapacidad física o psíquica para resistir, o se trate de una
persona embarazada o mayor de sesenta y cinco años de edad; o Resulte un grave daño en la salud
de la víctima. En caso de concurrir dos o más de las circunstancias descritas, se impondrá la pena
máxima al actor.
De igual forma la propia ley 779, reconoce la violencia sexual como parte de las expresiones de la Violen-
cia Basada en Género (En adelante VBG), reflejando la misma en el art. 8, inciso g y donde define que la
violencia sexual es:
Toda acción que obliga a la mujer a mantener contacto sexual, físico, verbal o participar en otras
interacciones sexuales mediante el uso de la fuerza, intimidación, coerción, chantaje, soborno, ma-
nipulación, amenaza o cualquier otro mecanismo que anule o limite la voluntad o su libertad sexual,
independientemente que la persona agresora pueda tener con la mujer una relación conyugal de
pareja, afectiva o parentesco.
Como ha podido apreciarse en el marco legal de Nicaragua, la legislación regula los delitos sexuales en
dependencia del tipo de víctima, el tipo de agresor y por supuesto el modus operandis de los criminales;
relacionando agravantes para interponer penas especificas cuando sean consumados los delitos contra la
integridad sexual de la mujer. Sin embargo, la realidad de muchas nicaragüenses se escapa del deber ser
del derecho y terminan viéndose afectadas por diversas intersecciones de violencia que dañan severamen-
te su bienestar integral.
Un ejemplo de la exposición de la mujer nicaragüense a una cultura de violación se ha hecho notar recien-
temente en medio de los conflictos sociopolíticos desarrollados desde Abril 2018, donde se habla puntual-
mente de la escalada de la violencia simbólica, siendo expuestos los cuerpos desnudos de las mujeres en
las redes sociales, existiendo como criterio para su exposición; el rol o cargo que estas féminas tuvieron
en los movimientos sociales en choque (muchas de ellas fueron oficiales, funcionarias públicas, presen-
tadoras de medios oficialistas del gobierno y demás). Este cyber delito de género y su normalización, son
testimonios claves de que aún se sigue desprestigiando el cuerpo de las mujeres, considerándoles como
parte de un patrimonio social y perdiéndose la perspectiva del bien jurídico a tutelar, a como es la dignidad
de la mujer.
Por otra parte, en el andamiaje legal mexicano, se describe el delito de violación en el código penal federal
(2020) basado en su art. 265 del siguiente modo:
Comete el delito de violación quien por medio de la violencia física o moral realice cópula con perso-
na de cualquier sexo, se le impondrá prisión de ocho a veinte años… se entiende por cópula, la intro-
ducción del miembro viril en el cuerpo de la víctima por vía vaginal, anal u oral, independientemente
de su sexo.
La definición en el marco legal mexicano, al igual que en el nicaragüense, se torna descriptivo del acto a
sancionar, reflejándose a detalle la pena correspondiente por desarrollar este delito. De igual forma dentro
de la legislación mexicana, en el marco de la ley general de acceso a una vida libre de violencia (2018), es
definida la violencia sexual como:
Cualquier acto que degrada o daña el cuerpo y/o la sexualidad de la Víctima y atenta contra su li-
bertad, dignidad e integridad física. Es una expresión de abuso de poder que implica la supremacía
masculina sobre la mujer, al denigrarla y concebirla como objeto.
Como puede evidenciarse en ambas legislaciones (mexicana y nicaragüense), el delito de violación está
considerado en la amalgama de delitos sexuales, reconociéndose en ambas marcos legales, las respectivas
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penas a definirse, una vez haya sido procesado el delito y las cuales se concretan en dependencia de los
agravantes reflejados al momento de cometer el ilícito (dolo, alevosía, saña y demás). Lo cierto es que en
ambas naciones se amplía la mirada hacia los delitos sexuales, precisamente para prevenir todos los posi-
bles daños la salud física, sexual y salud reproductiva.
La violencia dentro de la pareja íntima y la violencia sexual fuera de la pareja, figuran entre las formas de
violencia más generalizadas e insidiosas contra las mujeres y las niñas. El concepto de violencia hacia la
mujer, incluye también las sentidas expresiones de violencia contra las niñas y adolescentes. La cultura de
la violación, se enmarca en una “violencia social, misma provocadora de efectos multicausales y multipli-
cadores, donde se generan situaciones como el abuso sexual y la violencia doméstica” (Fragoza, 2019, p.10)
Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) al 2013 “un 35% de las mujeres en todo el mun-
do han sufrido violencia física y/o sexual dentro de la pareja, o violencia sexual fuera de la pareja. Más de
un 7% de las mujeres del planeta han señalado que experimentaron en algún momento violencia sexual
fuera de la pareja” (OMS, 2013, p.2).
Algunos estudios promovidos por la ONU – Mujeres, refieren que hasta un “70% de las mujeres experi-
mentan violencia física o sexual por parte de hombres en algún momento de sus vidas, la mayoría de ellas
a manos de sus esposos u otra pareja íntima” (ONU, 2013). La línea de tiempo en la cual la mujer puede
ser víctima de alguna situación de violencia física y sexual, evidencia que las niñas, no están a salvo de las
sentidas expresiones de la cultura de violación, de hecho, en el mismo informe de la ONU – Mujeres, se
calcula que una de cada cinco niñas ha sufrido abusos durante la infancia.
Los sesgos generados a partir de las enmarcadas y desventajosas relaciones de poder, promueven mode-
los de crianza inseguros para las niñas, quienes son expuestas a reiterados episodios de violencia sexual.
En un estudio sobre la violencia ejercida por hombres en áreas concretas de siete países de la región de
Asia y del Pacifico; se puso de relieve que,
Entre un 26 y un 80% de los hombres manifestaron haber perpetrado violencia física y/o sexual contra
sus parejas íntimas, y que entre un 10 y un 40% de los hombres declararon haber violado a personas
que no eran su pareja; en estos casos, la motivación citada con más frecuencia eran los derechos de
apropiación sexual que ellos tenían sobre las mujeres. (ONU-mujeres, 2013, p.4).
La violencia sexual, siendo en sí misma un acto y experiencia común a la cual se enfrentan las mujeres
alrededor del mundo, puede darse tanto dentro como fuera de la pareja, de ahí precisamente que sea in-
distinta a un espacio en específico; esto precisamente porque ya no responde a una condición domiciliar
o de callejerización; la cultura de la violación y sus expresiones se tornan desde su propia naturaleza como
omnipresentes.
En este sentido, es oportuno definir cuándo se está ante la violencia sexual fuera de la pareja y dentro
de la relación marital. Acerca de esta última, el Estudio del secretario general de las Naciones Unidas se
considera que.
La violencia sexual dentro de la pareja, comprende el contacto sexual abusivo, hacer que una mujer
participe en un acto sexual no consentido y la tentativa o consumación de actos sexuales con una
mujer que está enferma, incapacitada, bajo presión o bajo la influencia de alcohol u otras drogas
(ONU,2006, p.111).
La definición brindada permite desmentir el mito o creencia de que, en los roles sexuales de la mujer
dentro del vínculo matrimonial, las féminas siempre deberán estar dispuesta a responder sexualmente a
los deseos de la pareja, esta idea aún tiene legitimidad en sectores rurales y urbanos donde no terminan
siendo reconocidos los derechos sexuales y derechos reproductivos de las mujeres.
Al mismo tiempo es meritorio definir a que se refiere la variable de violencia sexual fuera de la pareja,
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Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las mujeres
siendo la misma considerada como aquella que es “infligida por un pariente, un amigo, un conocido, un
vecino, un compañero de trabajo o un extraño” (ONU, 2006, p.10). Se incluye en la misma definición los
actos que someten y obligan a otra persona en la realización de acciones sexuales, lúbricos tocamientos
contra mujeres y niñas y en espacios públicos como la escuela, trabajo o la misma comunidad.
Por todo lo expresado hasta el momento, es imprescindible desde la perspectiva del pensamiento com-
plejo y el propio enfoque holístico, reconocer que la dimensión legislativa no es indiferente a una dinámica
cultural. De acá la importancia por definir también la variable cultura para el desarrollo de este artículo.
Siendo considera la cultura en palabras de Tylor, citado por Harris como “ese todo complejo que compren-
de conocimientos, creencias, arte, moral, derecho, costumbres y cualesquiera otras capacidades y hábitos
adquiridos por el hombre en tanto que miembro de la sociedad” (Harris, 2011. P.21).
La definición de cultura, permite reconocer que dentro de la amalgama de aspectos que le conforman,
se gestan una serie de constructos e imaginarios sociales que tienden a legitimar la dirección, sentido e
interpretación que una sociedad o comunidad, otorga a fenómenos diversos e incluso a aquellos que ante
la ley versan de forma objetiva como ilícitos, terminan siendo sujetos de interpretaciones no esenciales, tal
como ocurre con los actos y delitos en contra de la integridad sexual de la mujer.
Son los ya referidos constructos sociales que erotizan incluso las situaciones de violencia sexual que su-
fren las mujeres. En este sentido se ejemplifica la forma en que la industria pornográfica ha sexualizado
las violaciones, bajo el precepto de que todas las mujeres gozan de agresiones, forcejeos e invasiones a
sus espacios íntimos previo y durante el acto sexual. Reflejándose esta cultura de violación incluso cuando
se presenta una eyaculación por parte del hombre en cualquier parte del cuerpo de su pareja, esto sin
siquiera haber consultado y consentido el acto con antelación.
La “cultura de la violación”, fue definida por primera vez durante la segunda ola del movimiento feminista,
en la década del ’70. Al respecto Smith, considera que esta cultura de violación abarca
Un conjunto complejo de creencias que alienta la agresión sexual masculina y apoya la violencia
contra las mujeres. Una cultura de violación cree que la agresión sexual en los hombres está deter-
minada biológicamente, en lugar del comportamiento aprendido. A su vez, considera que las mujeres
son sexualmente pasivas y están destinadas a ser dominadas por los hombres (Smith, 2004, p.169).
La definición de Smith acerca de la cultura de la violación, reafirma el hecho de que no es posible abordar
el delito de forma aislada a la cultura y sus procesos de socialización; en este sentido la dinámica cultural,
que en su mayoría es machista, termina condicionando aspectos básicos de las relaciones de género como
roles, comportamientos sociales, identidades asumidas y asignadas. De ahí que, desde la perspectiva so-
cial, “la cultura de la violación encuentra trasmutaciones de un contexto a otro” (CUCHE, 2002, p.6).
Según Raquel Miralles, el concepto de cultura de la violación “se ha ampliado y resignificado respecto a
sus orígenes, persistiendo un discurso dominante y hegemónico que determina la forma en la que nos
aproximamos a los casos de agresión sexual” (Miralles, 2020, p.83).
La cultura de la violación, según Osborne, no se remite a posiciones generalizadoras, acerca de que todos
los hombres sean violadores, “sino a la legitimación de la violación en un sistema donde se trivializa esta
forma de agresión, se duda de la ausencia de consentimiento, se es empático con la figura del violador
y se culpabiliza a las víctimas” (Osborne, 2001, pp. 19-34). Al analizar la cultura de la violación, es posible
evidenciar expresiones de normalización e indiferencia de la violencia sexual como un problema de escala
proporcional. En este sentido, las diversas expresiones de la cultura de violación, terminan normando el
comportamiento de las féminas, al grado que la lógica social considera que ellas son quienes deben pre-
venir ser abusadas por sus victimarios. Una cultura de la violación se relaciona con el constante acoso ca-
llejero e incluso se materializa como un elemento que agravia los efectos postraumáticos de las víctimas,
agudizando un sentimiento de culpa, que en sí mismo no debería de existir en estas circunstancias. La vio-
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lencia sexual es una experiencia traumática, cuyas repercusiones son negativas y lesivas para el bienestar
mental, físico, emocional de las mujeres afectadas por estas situaciones.
En la cultura de la violación se presume acerca de lo que pudiese haber sido el adecuado accionar de la
víctima, realizándose comentarios que cuestionan el evento sin importar el estado actual físico o psico-
lógico de la víctima. Hablar de cultura de violación se torna necesario sobre todo cuando “Una de cada
cuatro mujeres y uno de cada diez hombres serán sexualmente agredidos en algún momento de sus vidas”
(CCASA, 2018, p.1). El imaginario social se convierte de esta forma en un constante elemento justificador
hacia los victimarios y en agravante de indefensión y re victimización para las mujeres afectadas.
Los constructos sociales dan mayor relevancia a supuestas señales emitidas por la víctima, hacia un po-
tencial agresor violador de derechos humanos e invitan a que se desvié la atención de lo que realmente
importa, a como en efecto es las afectaciones a la salud misma de la mujer. La comunidad en su desvió de
atención comienzan a fijarse en aspectos irrelevantes como el tipo de vestimenta, el lugar que frecuenta-
ba o concurría la víctima, los horarios en los que ocurrió el crimen, las personas de compañía; todo ello en
afán de evidenciar los medios generadores de oportunidades que el victimario inevitablemente reconoció
y tuvo que aprovechar, normalizándose así la violencia sexual a grados bochornosos.
La justificación de la VBG en cada una de sus expresiones, sobre todo en el tipo de violencia sexual, termi-
na creando métodos ingeniosos para no evidenciar el verdadero de problema que representa esta violen-
cia directa, indirecta, cultural y estructural, enmarcadas en el sistema patriarcal donde la sociedad se va
desarrollando. En relación a la expresión de la violencia estructural, la cultura de la violación puede estar
“iinstitucionalizada e interiorizada, siendo esta violencia directa también formalizada, repetitiva y ritual”
(Galtung, 2018, p.168)
La cultura de la violación, afecta indistintamente a las mujeres, puesto que su motor es impulsado por la
sentida cosificación al cuerpo de las féminas. Al respecto suelen emitirse comentarios despectivos para
justificar las expresiones de la violencia sexual; ejemplificándose: “Debería de agradecer que la enamoren
(acosen), porque agraciada no es”; “Quien la manda a tomar tanto y con puros hombres, ¿Que esperaba?”; “Ella se
lo busco, por vestirse así”; “¿Que andaba haciendo sola en ese lugar?, ¡por eso le pasaron las cosas!”. Las breves
frases resumidas exponen a la persona agraviada ante un claro proceso de re victimización, producto del
infortunado rol de victima que protagonizo. Dejándose a un lado la transgresión directa hacia el derecho
a humano a vivir libre de violencia y por supuesto el inherente derecho universal a la vida.
Ante un caso de violación u otras expresiones de la violencia sexual, el proceso de victimización no conclu-
ye con la agresión sexual, tal como refiere Garrido, esta secuencia de victimización continua “en el medio
social de la víctima y tiene secuela negativa en el proceso penal, por el que necesariamente debe pasar”
(Garrido, 1989, p. 108)
La cultura de la violación refiere al accionar de los potenciales agresores sexuales que suelen ser criados
bajo un modelo de ejercicios de sometimiento, violencia y abuso hacia el derecho de las demás personas.
Refleja el modus operandis de los agresores sexuales, a como en efecto son: drogar a sus víctimas, aislar-
las y exponerlas a situaciones denigrantes y violentas al momento de cometer el ilícito. Pero este accionar
no es el único ni el más frecuente para manifestar y ejercer la violencia sexual, ya que la constancia de
escenarios de violencia se manifiesta en todos los ámbitos públicos y privados, expresándose como parte
de las sentidas desigualdades e inequidades de género; agravándose cuando las mujeres acceden a esce-
narios de recreación diurnos, ya sea saliendo a ejercitarse o bien asistiendo a una fiesta nocturna con sus
amistades.
En la cultura de la violación, ya no es posible referirse a escenarios específicos donde acontezcan los
ilícitos, puesto que estas sentidas expresiones de violencia sexual ya no se limitan a espacios desolados,
oscuros y popularmente considerados como puntos rojos, por su inseguridad. Ya que su dimensión cultura
agudiza las expresiones del continuo de la violencia sexual. De ahí que sea una constante entre mujeres
y para mujeres, la necesidad de notificar a sus amistades, familiares y/o parejas afectivas, el arribo a su
hogar. El reconocimiento de la violencia sexual, encuentra sus sentidas vivencias y manifestaciones en un
accionar ya normalizado que incluye las expresiones de acoso, tocamientos no consentidos, omisión ante
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Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las mujeres
la negativa de consumir actos sexuales (incluso tras haber afirmado previo consentimiento), miradas las-
civas, invasión a espacios personales.
Todo esto debe identificarse como locuciones tangibles de la cultura de la violación; en otras palabras, los
actos violatorios no solo involucran a una víctima intoxicada; no obviando por supuesto actos de sumisión
química, empleado por los agresores. El imaginario colectivo en medio de sus divagaciones por no atender
y atacar el verdadero problema de la violencia sexual, termina creando distinciones entre el mismo gremio
de las víctimas. Expresando que a las mujeres cuyos comportamientos no son adecuados para alguien
de su sexo, género y edad, terminan siendo víctimas mayoritarias de estas violencias o en otras palabras
emitiendo que solo a las chicas “malas” puede pasarle esto.
Ante una cultura de violación, la decepción por un sistema ineficiente de justicia, se convierte en una
constante, por ello.
Solo una de cada tres mujeres comenta con sus familiares la experiencia; menos de dos de cada diez
busca apoyo en alguna institución pública y solo el 8% acude a las procuradurías estatales de justicia.
De este porcentaje, solo tres de cada cuatro interponen una denuncia (Horizontal, 2019).
En la cultura de la violación toma especial relevancia el hecho de considerar las expresiones de acoso
como actos inofensivos y merecedores de risas y bromas; sin embargo, esta normalización se traduce
a expresiones relevantes como instar a que un menor desde muy temprana edad aprenda que “Robar
besos” a una niña de su misma edad, es considerado un acto de hombría o bien que en el mismo sentido
aprenda a “enamorar” a otras niñas. Con estos dos claros ejemplos se estimula al menor para sumarse a
ser potenciales acosadores y agresores.
Al comprenderse las dimensiones y alcances de la cultura de la violación, es posible darse cuenta de que
la casa y la familia, no son en realidad espacios seguros para las mujeres. Según la revista Forbes, en no-
viembre de 2019, el INEGI, informó que “cuatro de cada 10 mujeres (43.9%) ha enfrentado agresiones del
esposo o pareja actual o la última, a lo largo de su relación en México” (FORBES, 2020, p.1).
De igual forma el análisis hacia la cultura de la violación, se ajusta a la realidad situada, de muchas mujeres
en el mundo, quienes actualmente se ven afectadas por la pandemia COVID – 19, de una forma muy distin-
ta a las afectaciones de los hombres. De hecho, la situación actual de violencia sexual para las mujeres; se
ha evidenciado exponencialmente. En México según datos de las Naciones Unidas, el número de denuncias
sobre estos casos de violencia de género aumentaron.
Desde que la medida de confinamiento fue decretada, ha sido del 60 %, siendo de igual forma las
peticiones de asilo ascendentes en un 30 % según la Red Nacional de Refugios y en relación a los de-
tenidos el aumento fue el 7.2 % en casos de violencia intrafamiliar. Estos datos permiten desaprender
la idea de que la violencia es indiferente al hogar (Romero, 2020, par. 6).
El imaginario social refleja a partir de la cultura de la violación, estereotipos asignados al delito de vio-
lación, el victimario y la víctima. Siendo aún más cuestionado el tipo penal y la historia de quien ha sido
afectada, si la misma no se perfile o calza en algo medianamente vinculado a la perspectiva previamente
construid, por ello es que el
…23% de las mujeres violadas en México no piden ayuda en instituciones públicas por vergüenza, tres de
cada cuatro por miedo, y casi una de cada cinco para evitar que la familia se entere. El silencio, el miedo y la
vergüenza son los mejores aliados de los agresores. (Horizontal, 2019).
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El análisis de la cultura de la violación, invita a que se analicen los estímulos prácticos, ideológicos e ins-
titucionales que nutren los actos violentos hacia las víctimas y los cuales suelen ser reforzados por un
complejo sistema de creencias donde se considera la misma agresión como un elementos permanente en
el desarrollo de cada ser humano. Incluso desde la reflexión de la cultura de violación, es posible identificar
la funesta realidad que viven muchas niñas y adolescentes a temprana edad y quienes se convierten en
madres producto de una historia de violación, siendo muchas de ellas vivenciadas en sus propios hogares,
por sus familiares y/o personas cercanas a la familia.
En relación a lo anterior, en Nicaragua, desde el 2018, sigue ocupando el segundo lugar entre países de
Latinoamérica con la mayor tasa de mayores embarazos en adolescentes, refiriendo el dato que “por cada
1,000 mujeres que dan a luz, el 92.8 comprenden los rangos de edades entre 15 a 19 años” (LA PRENSA,
2018). La cultura de violación se manifiesta desde el momento en que estos datos suelen permanecer
como problemas familiares, sin ventilarse hacia la esfera pública y así evitar episodios bochornosos para la
institución familiar, todo esto a cambio de la salud, la dignidad y el bienestar de las víctimas.
El tipo de realidad que enfrenta México ante casos de violencia sexual, no dista de los escenarios nica-
ragüenses y de muchos países en el globo terráqueo. Puesto que, en la República Mexicana, la violencia
sexual hacia la mujer en sus diversos grupos etarios, sigue permaneciendo oculta, aislada de poder ser
evidenciada de las esferas públicas, en donde es meritorio que se exponga. El recelo y descontento social
por parte de las víctimas, hacia las autoridades judiciales, suele ser agudizados en este tipo de casos, así
lo revela un análisis realizado por la organización civil México Evalúa, según la cual,
El 99.7% de los delitos de violencia sexual contra mujeres no han sido denunciados durante la anua-
lidad 2019. Estimándose que durante este periodo y comparando resultados con las cifras del Secre-
tariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), se estiman más de 6 millones
de mujeres víctimas de algún delito sexual. (EXPANSIÓN, 2019).
Claramente la cultura de la violación, se manifiesta como un acto de discriminación hacia la mujer y donde
pueden verse reflejada e interrelacionadas, aspectos que terminan agravando la propia violencia sexual e
incluso dándole un sentido diverso en cuanto a la selección de las víctimas en algunos casos.
Dicho de otra forma, las violencias que sufren las mujeres estarían motivadas por diversas aristas que
incluyan el estatus social, la capacidad financiera, origen étnico, religión profesada, entre otros. Esto se
relaciona a lo que McCall, afirma como interseccionalidad “al término acuñado para simbolizar los mati-
ces de la discriminación de las mujeres afroamericanas, siendo aplicado para reconocer la complejidad de
los procesos formales e informales que generan las desigualdades sociales” (LA BARBERA, 2016, p.36). La
interseccionalidad en medio de la cultura de la violación aplica e implica la existencia de una discrimina-
ción multidireccional, para agudizar la opresión y marginación que sufren las mujeres, volviéndolas más
vulnerable en su condición de víctima actual y en una futura reincidencia ante eventos que le priven de su
bienestar integral. La intersección de violencia, se convierte en una amalgama de aspectos desventajosos
e interrelacionados que incluye perjuicios, comportamientos y actitudes discriminatorios. En relación a es-
tos aspectos referidos a las intersecciones de la violencia, se destaca que “la sensibilidad hacia la violencia
sexual, ha sido escasa a lo largo de la historia, sobre todo cuando las víctimas eran mujeres de más baja
condición sexual que sus agresores” (Koulianou, 2008, p.14).
Desde aquí el hecho de que la violencia como acto lesionador para el derecho humano a vivir la sexualidad
libre, una vez vulnerado, se viva de modo diferenciado para una mujer que habita el área urbana y para una
mujer que vive en comunidades rurales. Siendo para esta ultima el acceso a la justicia, probablemente más
limitado por factores geográficos, étnicos y culturales.
La cultura de la violación encuentra fomento desde las estructuras sociales e industriales, las cuales ge-
neran ingresos y recursos monetarios con la promoción de esta cultura transgresora, se hace referencia
a industria pornográfica, algunos videos juegos, industria musical, proxenetismo y trata de mujeres. Sin
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Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las mujeres
embargo, también se retrata en ámbitos más coloquiales y propios del folk que se incluyen dentro de la
idiosincrasia local de algunos países.
En relación a las expresiones de folklore local, algunos dicharasos y refranes populares rezan: Amarren a
su gallina que mi gallo anda suelto”, “Póngale una cinta roja a su hija (haciendo el símil de una can en celo)”; “La
que se viste a amarillo, banano quiere”; etc. Otro accionar evidente en la cultura de la violación, se da cuando
en las relaciones interpersonales, un hombre motivado por su sentir de apropiación sobre el cuerpo de las
mujeres, promueve un sexting sin previo pacto, exponiendo su falo y ejerciendo con ello un claro abuso
sexual ante la fémina.
En la cultura de la violación existen víctimas directas e indirectas, esto parte del hecho que la violación
como un proceso de intimidación afecta tanto a las mujeres víctimas del delito, como a aquellas que nunca
han sido violadas, Susan Brownmiller postula que “el miedo a la violación condiciona el comportamiento
cotidiano de las mujeres” (Brownmiller, 1975, p.17).
Un dato a destacar en la cultura de la violación, es que aun cuando el tipo penal se ejerce con el gremio
masculino, la forma en la que se desarrolla el crimen busca la subordinación clásica patriarcal a la que son
expuestas las mujeres, Según Segato “los cuerpos masculinos, terminan siendo feminizados cuando son
víctimas de este tipo de ilícito” (Segato, 2003, p.23).
Se ha hablado en este artículo acerca del imaginario social y por ello es necesario retomar sus productos
más frecuentes, a como en efecto son los mitos y creencias que versan en torno a la cultura de la violación.
Según Smith la “confrontación de los mecanismos que justifican la cultura de la violación y la desigualdad
de derechos legales, económicos y sociales entre mujeres y hombres, pueden contribuir a eliminar el pro-
blema de la violación” (Smith, 2004, p.169).
Muchos de los mitos que versan en torno a una cultura de violación, yacen desde la propia falta de in-
formación y el silencio que versa alrededor de estas expresiones de violencia, puesto que entre menos
se tiene conciencia de un problema, suele ser más fácil desvirtuarse y distanciarse de la esencia de dicha
problemática, al punto de lograr hacer sentir responsables a las víctimas de estas situaciones. Según de
Lonsway, “los mitos de violación son actitudes y creencias falsas que se tienen acerca de la violación per-
sistentemente sostenida y que sirven para negar y justificar la agresión sexual del hombre contra la mujer”
(Lonsway, 2008, p.58).
Por ejemplo, uno de estos referidos mitos se evidencia al momento en que un hombre no denuncia que ha
sido víctima del delito de violación, precisamente por no ver cuestionada ni en vulnerabilidad su masculi-
nidad clásica. De hecho, se considera ilusorio en algunos contextos que un hombre pueda pasar por este
tipo de circunstancias. Acerca de las representaciones masculinas “la auto percepción y representación
masculina, refiere que en la medida que exista una valoración cultural hacia lo hegemónico, seguirán re-
produciéndose resultados que fomenten inequidad y violación de derechos” (Javier, 2004, p.24)
Un efecto negativo de los mitos sobre la cultura de la violación para las mujeres, se reflejan en aspectos
que ya han venido siendo abordados a lo largo de este escrito, por ejemplo, el estilo de vestimenta, las
personas que le rodean, los escenarios que frecuenta y las propias señales provocativas que la víctima en-
vió a su agresor. Todo aquello que desvirtúa el problema en sí mismo, puede terminar siendo considerado
como un mito e incluso estas mismas creencias se convierten en legitimadores de los delitos sexuales
hacia las féminas, quienes no han hecho más que empezar con el proceso de victimización una vez han
sido agredidas sexualmente.
Los comentarios, bromas, chistes sexistas, dichos, relatos, chismes y demás, son canales verbales y de
expresión popular, por medio de los cuales mujeres y hombres inmersos en una sociedad, han promovido
patrones de comportamiento y crianza que invitan a ser permisivos hacia situaciones de violencia. Sin
embargo, los mismos medios y actores claves estratégicos una vez sensibilizados sobre las causas, expre-
siones y efectos en el marco de una cultura de violación, pueden ser gestores de cambio, cuya consigna
principal sea la no justificación de las expresiones de violencia sexual u otro tipo de manifestación violenta
y transgresora, bajo ninguna circunstancia.
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Desde los medios de comunicación masiva, suelen verse “legitimado y difundido discursos estigmatizado-
res y se ha contribuido a perpetuar los estereotipos de género, dando lugar a una especie de disciplina del
terror sexual” (de las Heras, 2018, p.68)
Es necesario mermar la cultura de la violación, requiriéndose esfuerzos compartidos desde la propia pers-
pectiva de género y el enfoque de las nuevas masculinidades, en donde los hombres dejen de normalizar
situaciones de acoso y violencia en todas sus expresiones, contradiciendo la complicidad masculina, para
volverse parte de la solución y no fomentadores del problema. De igual forma se requieren programas de
acceso a la justicia mayormente sensibilizados en aspectos de género y que muestren empatía hacia las
víctimas. Esto para hacer contrapeso a lo que en palabras Alda Facio,
Es un androcentrismo jurídico, mismo que agudiza dificultades para que las victimas asistan a una
efectiva ruta de justicia, siendo revictimizadas por el personal encargado de apoyarle en su búsqueda
de bienestar, contribuyendo de esta forma en la inseguridad de las víctimas. (Facio, 1999, p.11).
Dentro de las estrategias para mermar la cultura de la violación es precisa una educación basada en el
consentimiento, mismo violentado en actos de ocurrencia cotidiana, por ejemplo, un niño que es obligado
a saludar de beso y abrazos a alguien, siendo un mensaje directo el hecho de que no siempre podremos
decidir sobre el ejercicio y apropiación de nuestros cuerpos.
El enfoque educativo para aminorar el impacto de una cultura de violación, debe aspirar a des construir lo
que Kaplun refiere como “educación masculinizada, esa que tradicionalmente le damos a los niños, no es
neutra ni libre; está llena de mandatos, de roles, de prohibiciones” (Medina, 2018, p.1)
La inclusión de los hombres, previamente referidas, debe estar destinada para cuestionarse los patrones
de conductas violenta asumidos por ellos mismos y por sus pares en la sociedad, sus roles hegemónicos
que los tienden a convertir en potenciales victimarios, a partir de conductas violentas socialmente asig-
nadas y personalmente asumidas y un proceso judicial con garantías mínimas de sensibilización y concien-
ciación en género.
4. CONCLUSIONES
El análisis de la cultura de violación, precisa estudiar de forma diferenciada, las distinciones claves: viola-
ción – cultura; esto para efectos de comprender lo complejo de esta problemática, desde una perspectiva
integral en el marco de un andamiaje socio cultural. La cultura de la violación, emerge como parte de un
continuo de violencia que han sufrido de forma histórica las mujeres, donde se ve involucrada una nece-
sidad latente de dominio y transgresión hacia otros cuerpos; viéndose expuestas las mujeres a escenarios
desventajosos para ejercer su derecho humano a vivir libres de violencia.
Desde la perspectiva jurídica, la violación es considerada un delito de lesa humanidad, por lo que su regu-
lación ha sido reflejada en diversos marcos legales del globo terráqueo, como una forma de responder a
la problemática. Sin embargo, es probable que se está atacando una expresión del problema y no el origen
del mismo, el cual esta arraizado a la dinámica sociocultural.
Entre los factores que influyen en la normalización y justificación hacia las situaciones de violencia sexual
que sufren las mujeres, destacan los de tipo cultura y su amplio bagaje de creencias, percepciones, cons-
tructos e imaginarios sociales que re victimizan a las mujeres que sufren estas sentidas expresiones de
violencia, liberando al agresor de sus acciones ilícitas y delictivas.
Entre las prácticas y expresiones nocivas enmarcadas en una cultura de violación, destacan los fraseos
coloquiales, dicharasos, refranes, practicas normalizadas de acoso callejero, cuestionamientos irrelevantes
hacia la víctima de un delito sexual, normalización de patrones de comportamiento ofensivos y transgreso-
res de parte de los hombres hacia la mujer, todo ello en el marco de las practicas masculinas hegemónicas.
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Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las mujeres
En el marco de la cultura de la violación, se avalan y alientan tanto creencias como prácticas que motivan la
agresión sexual masculina, considerándose que las manifestaciones de violencia hacia las mujeres de parte
del gremio masculino, se encuentran determinadas biológicamente, siendo motivadas por relaciones des-
iguales de poder entre partes dominantes (hombres) y pasivas (mujeres).
El imaginario social se convierte en un constante elemento justificador hacia los victimarios y un agravante
de indefensión y re victimización para las mujeres afectadas. Expresiones populares, chistes, música, tele-
visión y el funcionamiento de las instancias garantes de justicia, emite constantes mensajes que refuerzan
en gran escala los tipos de la violencia sexual hacia la mujer. Los constructos sociales, invitan a que se des-
vié la atención de lo que realmente importa, a como en efecto es la salud misma de la mujer, disminuyendo
la gravedad de estos delitos, disminuyendo sus efectos, precisamente para no tener que afrontar la mag-
nitud de esta problemática y afectando con ello el bienestar integral de las féminas, sustentándose esto,
ante escenarios inequitativas y desiguales para las mujeres, indistintamente de su status, rol o condición
La autonomía de las mujeres se muestra severamente afectada ante las prácticas de una cultura de viola-
ción, al grado de que el comportamiento cotidiano de las féminas puede verse condicionado por el temor
a sufrir expresiones de la violencia sexual; de ahí que se considere que dichas prácticas violatorias afecten
a víctimas directas e indirectas. La cultura de la violación genera consecuencias notorias a nivel mundial,
en el caso del presente artículo se destaca en Nicaragua el aumento de la tasa de embarazos en adoles-
centes como un claro testimonio de la violencia sexual que viven las féminas y en México un excesivo
porcentaje donde casi el 100% de las víctimas no denuncian sus agresiones sexuales.
Muchos de los mitos que versan en torno a una cultura de violación, yacen desde la propia falta de infor-
mación y el silencio que versa alrededor de estas expresiones de violencia, entre menos se tiene concien-
cia de un problema, suele ser más fácil desvirtuarse y distanciarse de la esencia de dicha problemática, al
punto de lograr hacer sentir responsables a las víctimas de estas situaciones.
Parte de las acciones para desvirtuar la cultura de la violación radica en procesos de sensibilización y
concientización hacia la comunidad, para efectos de identificar y dimensionar la problemática misma.
Es necesario la inclusión de actoras y actores estratégicos en la familia, comunidad e instituciones, que
promuevan la no justificación, la prevención de la violencia sexual y su dimensión como una afectación de
carácter público.
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PACHA Revista de Estudios Contemporáneos del Sur Global
Journal of Contemporary Studies of the Global South
Revista de Estudos Contemporâneos do Sul Global
Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las mujeres
AUTOR
SergioJosé Hernández Briceño. Maestrante de Derecho en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos
(UAEM), Licenciado en Derecho en la Universidad Centroamericana (UCA), Antropólogo social de la Universidad
Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN).
Conflicto de intereses
El autor informa de ningún conflicto de interés posible.
Financiamiento
No hay asistencia financiera de partes externas al presente artículo.
Agradecimientos
N/A
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The present article has three general objectives, in the first place to offer a vision updated of the principal qualitative designs of research, secondly to check the analysis of the datums and the criteria to evaluate the methodological rigor, and thirdly, to outline some challenges, from two angles, on the one hand, the entail with the new technologies of the information and communication and for other one, the possibility of the joint work between the quantitative research and the qualitative one in what it has been given for calling the mixed approaches.
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criminal behaviors have always been present in the lives of human being. People learn to live in an increasingly complicated world, in which complications are not proportional to the damage caused by the offender. Since the genesis of humanity, the human being has pretended to find an explanation to criminal acts; however, the play and role that the victim plays has been neglected. In the case of crimes that involve women as a passive subjects of a crime, such as gender crimes, the criminal law has tried to explain the criminal thinking, but without analyzing the role of the victim or the damage caused. The offence causes harm not only to the person who suffers but the surrounding environment such as parents, children, family, friends and the community itself
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This paper reflects on the significance of the legal treatment of sexual violence in contexts of armed conflict. What are the physical and emotional effects of the widespread use of rape as a weapon of war? In what way are women objectified and how are the implications of this projected into the social reference group? In order to answer these questions, first, a review is made of the international standards of legal protection against sexual violence. Then two case studies are analysed: Sepur Zarco in Guatemala and Manta and Vilca in Peru. In these cases, for the first time, national legal systems, based on international humanitarian law, have established a legal basis to punish sexual violence crimes within armed conflict contexts as crimes against humanity.
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Using rape myth research as a template, we developed a conceptual definition and measurement instrument for the mythology regarding male sexual harassment of women, resulting in the 20-item Illinois Sexual Harassment Myth Acceptance (ISHMA) Scale. Surveys from 337 students in the Midwestern region of the United States revealed that this measure consists of four factors, which share predicted relationships with rape mythology, sexism, hostility toward women, traditional attitudes toward women, and ideological support for the feminist movement. We also found that women and individuals with prior training on sexual harassment reject these myths more than men and untrained individuals. It is hoped that this new definition, conceptualization, and measure will advance knowledge on attitudes that support and perpetuate violence against women.
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Este artículo constituye una revisión de la literatura psicológica referida a la violación. En la primera parte nos ocupamos del agresor sexual, enfatizando la naturaleza fundamentalmente agresiva de la violación, y poniendo de manifiesto la necesidad de superar la perspectiva tipológica. La segunda parte trata de la víctima, poniéndose de relieve los impactos de la agresión recibida y las difíciles circunstancias por las que pasa la mujer que ha denunciado el hecho en el proceso penal. Se concluye acentuando el aspecto social de la violación, y comentando las medidas que habría que adoptar a nivel psico-social con objeto de prevenir la aparición de esta conducta. This paper reviews the psychological literature on rape. The first part focuses on the rapist, stressing the aggressive nature of rape and the necessity to overcome the typological approach. The second part studies the victim, underlying the impact of the aggression suffered and the difficult circumstances that follow the victim's report to police. It concludes by stressing the social side of rape and some preventive measures are suggested.