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Tarteso y lo orientalizante. Una revisión historiográfica de una confusión terminológica y su aplicación a la cuenca media del Guadiana

Abstract and Figures

Este trabajo recoge una revisión del uso de términos como Tarteso y Orientalizante dentro de un mismo contexto cronológico y cultural, como es el de la arqueología del suroeste peninsular durante la I Edad del Hierro. Ambos conceptos son sometidos a un análisis terminológico e historiográfico con el objetivo de mostrar que no debe-rían ser empleados como sinónimos dentro de la literatura arqueológica. Como área de análisis se ha seleccionado el valle medio del Guadiana al tratarse de una de las regiones donde ambos conceptos son intercambiados con asiduidad ante el recelo de emplear el término Tarteso para definir la adscripción cultural de los yacimientos que jalonan la cuenca de este río entre los siglos VI-IV a. C.
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primera
* El trabajo se inserta dentro del Proyecto del Plan Nacional I+D+i «Construyendo Tarteso 2.0: análisis constructivo, espacial y terri-
torial de un modelo arquitectónico en el valle medio del Guadiana» (PID2019-108180GB-100).
Resumen
Este trabajo recoge una revisión del uso de términos como
Tarteso y Orientalizante dentro de un mismo contexto
cronológico y cultural, como es el de la arqueología del
suroeste peninsular durante la I Edad del Hierro. Ambos
conceptos son sometidos a un análisis terminológico e
historiográco con el objetivo de mostrar que no debe
-
rían ser empleados como sinónimos dentro de la literatura
arqueológica. Como área de análisis se ha seleccionado el
valle medio del Guadiana al tratarse de una de las regiones
donde ambos conceptos son intercambiados con asiduidad
ante el recelo de emplear el término Tarteso para denir
la adscripción cultural de los yacimientos que jalonan la
cuenca de este río entre los siglos VI-IV a. C.
Palabras clave. Tarteso; Orientalizante; Historiografía;
suroeste peninsular; I Edad del Hierro; valle medio del
Guadiana.
Abstract
This paper provides a review of the use of certain terms,
such as Tartessos and Orientalizing, within the same
chronological and cultural context, mainly in relation to
the archaeology of the southwestern area of the Iberian
Peninsula during the First Iron Age. These concepts are
analysed terminologically and historiographically in order
to prove that they should not be used as synonyms in
archaeological literature. For this analysis, the area chosen
is the middle valley of the Guadiana River, because it is
one of the regions where both concepts are frequently
exchanged. This choice is due to the refusal of some
authors to use the term Tartessos to dene the cultural
afliation of the archaeological sites that mark out the
basin of Guadiana river between 6th and 4th centuries BC.
Key Words. Tartessos; Orientalizing; historiography;
First Iron Age; Peninsular southwest; the middle valley
of the Guadiana River.
LVCENTVM, XXXIX, 2020, 113-129.
TARTESO Y LO ORIENTALIZANTE. UNA REVISIÓN HISTORIOGRÁFICA
DE UNA CONFUSIÓN TERMINOLÓGICA Y SU APLICACIÓN A
LA CUENCA MEDIA DEL GUADIANA*
TARTESSOS AND ORIENTALIZING. A HISTORIOGRAPHICAL REVIEW OF A TERMINOLOGICAL
CONFUSION AND ITS APPLICATION TO THE GUADIANA RIVER
ESTHER RODRÍGUEZ GONZÁLEZ
Instituto de Arqueología, Mérida
(CSIC, Junta de Extremadura)
esther.rodriguez@iam.csic.es
https://orcid.org/0000-0002-5813-9035
ISSN: 0213-2338 | ISSN-e: 1989-9904
DOI: 10.14198/LVCENTVM2020.39.06
Cómo citar este artículo / How to cite this article: Rodríguez González, E. (2020). Tarteso y lo orientalizante. Una revisión historiográca de una
confusión terminológica y su aplicación a la cuenca media del Guadiana. Lucentum, XXXIX, 113-129. https://doi.org/10.14198/LVCENTVM2020.39.06
Recepción: 14-05-2020
Aceptación: 31-07-2020
Copyright: © Esther Rodríguez González, 2020.
Este es un documento de acceso abierto distribuido
bajo los términos de una licencia Creative Commons
Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-BY-4.0).
ESTHER RODRÍGUEZ GONZÁLEZ
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1. INTRODUCCIÓN: UN FENÓMENO MEDITE-
RRÁNEO
Al igual que ocurre en otros muchos puntos del
Mediterráneo entre los siglos X-VI a. C., el sur de la
península ibérica fue objeto de un proceso de contacto
y colonización encabezado por poblaciones proceden-
tes del área fenicia, principalmente de Tiro, pero en la
que se vieron implicados diversos agentes culturales
y económicos de todo el Mediterráneo. Todas aque-
llas regiones que, o bien se vieron afectadas por un
proceso de contacto continuado basado en unas rela-
ciones de carácter comercial, o bien fueron objeto de
un proceso de colonización por parte de población
oriental, desde el Egeo, Chipre, Etruria o Cerdeña,
han experimentado en su evolución cultural una etapa
«orientalizante» (Riva y Vella, 2006) como resultado
de la inuencia recibida desde el Próximo Oriente e
identicada en el arte local, lo que se traducirá en una
auténtica transformación artística y tecnológica. Para
comprender con claridad este proceso en cada una de
las regiones del Mediterráneo afectadas, dicha etapa
debe ser analizada bajo unos mismos parámetros teó-
ricos y metodológicos (Hodos, 2006); sin embargo, sus
conclusiones no pueden extrapolarse de una región a
otra, pues caeremos en el tradicional error de mezclar
sucesos de naturaleza muy diversa.
Estos contactos se produjeron de forma gradual
desde el extremo oriental del Mediterráneo hasta el
extremo occidental. En el caso de la península ibérica,
sus costas meridionales fueron objeto de una coloniza-
ción cuyo inicio hoy se fecha en el siglo IX a. C. gracias
a los últimos hallazgos arqueológicos realizados en las
excavaciones del solar del Teatro Cómico de la ciudad
de Cádiz (Gener et al, 2014). De ese modo, la misma
inuencia oriental documentada en otros puntos del
Mediterráneo se traslada a las áreas peninsulares afecta-
das por la colonización, razón por la cual el suroeste de
la península ibérica es también partícipe de este gene-
ralizado fenómeno «orientalizante». Sin embargo, ni
todos los contactos tuvieron la misma naturaleza, pues
en Grecia, por ejemplo, carecemos de colonias feni-
cias pero contamos sin embargo con talleres en los que
se están fabricando materiales de estilo sirio-fenicio
(López-Ruiz, 2013: 268), ni esos contactos presentan
la misma duración en el tiempo ni la misma inuen-
cia. Así mismo, no todos los territorios frecuentados
por los navegantes fenicios están a la misma distancia
con respecto a los territorios del Oriente Próximo, ni
todos los grupos indígenas receptores de las inuencias
Figura 1: El Mediterráneo Orientalizante (Mapa de C. López-Ruiz y E. Rodríguez González)
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orientales responderían del mismo modo al contacto
con comerciantes fenicios y griegos. Sirva de ejem-
plo el proceso gradual observado en Sicilia, donde la
inuencia de un estilo orientalizante no se deja sentir
hasta el siglo VI a. C. (López-Ruiz, e.p.).
A pesar de ello, regiones como Grecia, Etruria,
Cerdeña y el sur y oeste de la península ibérica han
sido incluidas dentro de un mismo proceso y analizadas
bajo unos mismos parámetros: todas ellas comparten
una inuencia «oriental» dentro de su plástica que se ha
traducido en la creación de un estilo orientalizante (Fig.
1). Sin embargo, y a diferencia de los territorios com-
prendidos en el Oriente y el centro del Mediterráneo,
donde el «orientalizante» tiene unos límites muy mar-
cados que raramente traspasan el marco estrictamente
artístico y el cronológico (una última revisión en
López-Ruiz, e.p.), el empleo del concepto en la litera-
tura cientíca española ha cruzado la línea de la historia
arte para convertirse no solo en un período cronológico,
sino lo que es más complejo de comprender, en una
identidad étnica que caracteriza a un amplio territorio
durante más de cuatro siglos.
Este fenómeno «orientalizante» se hace más patente
cuando nos referimos a las tierras del interior peninsular,
concretamente a la etapa que comprende entre mediados
del siglo VI e inicios del siglo IV a. C. en los valles del
Guadiana y del Tajo, regiones en las que todavía existen
fuertes prejuicios a la hora de emplear el término «tarté-
sico» como identicador de una realidad arqueológica
que se maniesta en los yacimientos de ambos valles
uviales; de modo que esta fase ha sido tradicionalmente
bautizada como Período Postorientalizante (Almagro-
Gorbea, 1986). Este convencionalismo se cimienta,
fundamentalmente, en la distancia espacio/temporal
que este territorio presenta con respecto al núcleo de
Tarteso, ubicado según los datos aportados por autores
como Estrabón y Avieno entre el valle del Guadalquivir,
la tierra llana de Huelva y la Bahía de Cádiz. A ello se
suma la concepción tradicional que considera que el
nal de Tarteso se produjo con la crisis que su núcleo
experimentó en el siglo VI a. C., lo que supone conside-
rar la erradicación de todo vestigio de esta cultura más
allá de ese suceso, cuyas causas, además, están todavía
por determinar. Esta última idea elimina por completo
la posibilidad de que exista una conexión y herencia
entre la cultura tartésica y el posterior periodo turde-
tano que, sin embargo, han defendido algunos autores
(García Fernández, 2017, con bibliografía).
Frente a todo ello, la arqueología nos muestra que
realmente no existe tal ruptura, sino que se detecta una
continuidad cultural desde el núcleo de origen hacia
las tierras del interior, concretamente desde el valle del
Guadalquivir hacia el valle medio del Guadiana. En
esta región los restos documentados nos demuestran
la existencia de un período oreciente, con una fuerte
personalidad que se traduce en el desarrollo de un origi-
nal sistema territorial (Rodríguez González, 2018a) que
es el resultado de la inuencia mediterránea y atlántica
que llega a este territorio desde nales del siglo VII
a. C. (Celestino, 2016). A pesar de esta originalidad y
de que quizás sean las tierras del interior las que mejo-
res datos están aportando en los últimos años para el
conocimiento de Tarteso gracias al excelente estado
de conservación de sus yacimientos, siguen existiendo
fuertes reticencias para emplear el término Tarteso
dentro de este ámbito geográco. Dicho término ha sido
directamente sustituido por el de «orientalizante», sin
que nadie se haya detenido a considerar la adecuación
del mismo. Este hecho ha provocado que el empleo del
término «orientalizante» como un sinónimo de Tarteso
esté muy asentado en la historiografía, donde ha ido
adquiriendo una dimensión cronológica, como período
histórico, y cultural, como representante de la etnia
que habita estos territorios entre los siglos VI-V a. C.
(Celestino, 2018); todo ello a pesar de que el término
nació con la nalidad de identicar un estilo artístico.
De ese modo, este trabajo no pretende cuestionar el
empleo o la utilidad del término «orientalizante» dentro
de la literatura cientíca, sino revisar los diversos con-
textos y realidades en los que se ha aplicado dentro
de la cultura tartésica para reconsiderar su validez y
devolverlo a su estado original, el puramente artístico;
del mismo modo que no pretende abordar el complejo
problema del concepto «Tarteso», si cabe más contro-
vertido aún, y que requeriría de un minucioso trabajo
de investigación ya emprendido por otros especialistas
(una lectura reciente en Ferrer, 2017). Sin embargo,
consideramos que un trabajo de estas características es
necesario, pues hemos llegado a tal punto dentro de la
investigación que, para comprender el signicado con
el que el vocablo «orientalizante» está siendo empleado
dentro de la literatura, debemos tener en cuenta al autor
y la obra en la que aparece. Esto demuestra que el tér-
mino ha perdido su signicado original y la utilidad
con la que fue concebido, pues ya no se utiliza para
hacer referencia a un fenómeno concreto, sino que sus
signicados se han multiplicado, convirtiéndose en un
concepto tanto cronológico como cultural, lo que en
consecuencia ha multiplicado los campos en los que
se aplica, generando, en denitiva, una gran confusión.
Para ello, partimos de la idea propuesta por López-
Ruiz en su trabajo «Tarteso en el contexto orientalizante
del Mediterráneo: aproximación a un estudio compa-
rativo», donde se hace un llamamiento a la necesidad
de emprender una revisión general de este Período
Orientalizante entendido como un fenómeno panme-
diterráneo, atendiendo para ello a los particularismos
culturales y geográcos de cada una de las regiones
mediterráneas en las que ha sido identicado. Así, se
insiste en que este fenómeno no afectó de igual modo
a todas las regiones del Mediterráneo que tuvieron un
contacto con colonos y comerciantes levantinos (prin-
cipalmente fenicios), haciendo hincapié en que nuestro
conocimiento parcial de las fuentes clásicas ha creado
ideas preconcebidas que han determinado, no en pocas
ocasiones, la interpretación histórica de diferentes terri-
torios y culturas, como estaría ocurriendo en el caso de
Tarteso (López-Ruiz, 2013: 273).
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A este respecto, el punto de partida de este trabajo es
emprender un recorrido historiográco con el objetivo
de realizar una revisión del uso del término «orienta-
lizante» y su relación con el término «Tarteso», para
con ello acotar sus signicados y limitar su aplicación
a procesos concretos, culturales para el primero y esti-
lísticos para el segundo. En este recorrido partiremos
de los primeros trabajos en los que sendos términos son
aplicados en el suroeste de la península ibérica como
sinónimos. Como campo de trabajo tomaremos el valle
medio del Guadiana, donde el intercambio de ambos
conceptos es más acentuado, hasta el punto de que han
sido equiparados y se emplean indistintamente para
identicar estilos, fases cronológicas o grupos étnicos;
todo ello en función del autor que lo emplee. No obs-
tante, a pesar de que hemos acotado nuestro campo de
trabajo a una región muy concreta, somos conscientes
de que la situación que analizaremos a continuación,
así como las conclusiones extraídas de este estudio,
pueden extrapolarse a otros contextos peninsulares que
comparten esta misma problemática.
2. EL ORIGEN DEL ORIENTALIZANTE Y SU IN-
CURSIÓN EN LA ARQUEOLOGÍA ESPAÑOLA
El análisis en las diferentes regiones del Mediterráneo
de los primeros objetos cuya técnica de fabricación,
forma y estilo, remitían a modelos tomados del Próximo
Oriente, favoreció el préstamo del término «orientali-
zante» como solución formal para identicar un arte
cuyo resultado era la mezcla de elementos indígenas
y orientales. El término apareció por primera vez en
la literatura a nales del siglo XIX, cuando Alexandre
Conze (1870) lo consideró como el vocablo más ade-
cuado para reejar la realidad estética que se detectaba
en los vasos pintados aparecidos en diferentes tumbas
etruscas excavadas en la península itálica, cuyos moti-
vos decorativos remitían a una estética oriental; por
lo tanto, el concepto tenía, en origen, un signicado
exclusivamente artístico.
Décadas después, concretamente en 1912, el tér-
mino fue recuperado y estandarizado por el arqueólogo
danés Frederik Poulsen, quien comenzó a aplicarlo con
la idea de designar una tendencia artística que durante
sus estudios detectó en la Grecia del siglo VII a. C.,
donde se podía observar cómo los artesanos locales
habían comenzado a imitar en sus talleres produccio-
nes cuyo origen se situaba en el Próximo Oriente. La
ventaja del término, capaz de reejar un complejo sis-
tema de conexión e intercambio cultural, favoreció su
adopción y aplicación dentro de la arqueología, donde
pocos autores se han detenido a valorar si su uso resulta
igual de efectivo en todos los campos de estudio y en
todas las regiones mediterráneas en las que se aplica
(Riva y Vella, 2006).
De ese modo, y aunque hasta ahora es su signicado
artístico el que ha prevalecido dentro de la literatura,
como así lo muestra la denición que la RAE recoge
del término
1
, el concepto de orientalizante ha alcan
-
zado en las últimas décadas, dentro de la Arqueología
española, unas dimensiones cronológicas y culturales
que sobrepasan los objetivos con los que el término
fue acuñado, alcanzando unas áreas de estudio que a
nuestro parecer no pueden ser identicadas bajo este
vocablo. Este proceso lo ha convertido en un término
difuso, empleado como un auténtico comodín cuando
quiere evitarse el uso de otros términos como es el
caso de «Tarteso». Es por ello que resulta apropiado
emprender una revisión dentro de la historia de las
investigaciones que nos marque las etapas de su desa-
rrollo para nalmente devolverlo a su sentido original.
Con ello, pretendemos contribuir con la labor iniciada
por otros investigadores que, con anterioridad, se afana-
ron en esta tarea (Álvarez Martí-Aguilar, 2005a; 2005b;
Blázquez, 2005; para el caso concreto del valle medio
del Guadiana véase Celestino, 2005; 2018; Celestino
y López Ruiz, 2020: 173-175).
Para comprender la evolución que este término
ha experimentado con el paso de los años, debemos
tomar como punto de partida el hallazgo del tesoro de
la Aliseda en 1920 (Mélida, 1921), pues con él se abrían
las puertas del extremo occidental del Mediterráneo a
la existencia de un arte orientalizante que rápidamente
se relacionó con el proceso detectado con anteriori-
dad en Grecia o en Etruria. El desconocimiento que en
aquellos momentos se tenía de Tarteso, una cultura casi
anónima solo recogida en las fuentes griegas y latinas,
pero de la que se desconocía cualquier representación
material, favoreció la identicación de estos primeros
materiales con la inuencia oriental directamente ligada
con el proceso de colonización protagonizado por los
fenicios.
La aplicación de este proceso en el extremo occi-
dental del Mediterráneo partía con dos inconvenientes
importantes si lo comparamos con las regiones en las
que el fenómeno orientalizante se había documentado
con anterioridad: los primeros materiales de inuencia
oriental documentados ni procedían de las regiones
afectadas por el proceso de colonización fenicia que
las fuentes literarias recogen, ni habían sido hallados en
el territorio que en aquellos momentos se consideraba
el núcleo de Tarteso, lo que dicultaba la adscripción
cultural de estos materiales (Fig. 2). A pesar de ello,
todos los objetos documentados, entre los que se enu-
meraba el conjunto de jarros de bronce, las piezas del
tesoro de Aliseda, los marles o los braserillos, com-
partían como aspecto común la factura oriental que
se desprendía de su técnica, su forma y su estilo; sin
embargo, el debate que se inaugura está relacionado
con la denición y ubicación de los talleres encargados
de la producción de estas piezas. Así, aunque no se
descarta la posibilidad de que procedan de talleres de
Fenicia, a esta hipótesis se incorpora la propuesta que
1. 1. Adj. Propio de la estética o de la cultura orientales. Consulta
realizada el 11 de abril de 2020.
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deende su origen peninsular, concretamente de talleres
ubicados en Gadir o en sus inmediaciones. Es con este
debate sobre el origen de las importaciones de objetos
fenicios en España donde comienza a gestarse el uso del
término «orientalizante», como así queda reejado en
uno de los primeros trabajos de Blanco Freijeiro sobre
el vaso de Valdegamas (Don Benito, Badajoz) (Blanco
Freijeiro, 1953).
El desconocimiento que por aquellos años se tenía
de Tarteso, cuya denición derivaba de la interpre-
tación dada a las fuentes clásicas, retrasó la relación
entre ambos términos, lo que favoreció la adopción
del «orientalizante» como herramienta para caracte-
rizar, desde el punto de vista estilístico, los primeros
materiales documentados fuera de su contexto arqueo-
lógico, aunque similares a los hallados en otros puntos
del Mediterráneo. Así, la idea que comenzó a gestarse
a principio de la década de los años 50, culminará
con la denición de un «arte español orientalizante»
cuya aparición se ja dentro de la historiografía espa-
ñola en el año 1956 con la publicación, dentro de la
revista Archivo Español de Arqueología de los trabajos:
Orientalia I. Estudio de objetos fenicios y orientalizan-
tes en la Península Ibérica (Blanco Freijeiro, 1956);
Materiales de Arqueología hispano-púnica. Jarros
de bronce (García y Bellido, 1956); y Los recipien-
tes rituales metálicos llamados «braserillos púnicos»
(Cuadrado, 1956); donde en el alegato nal realizando
por García y Bellido deja constancia clara de este sur-
gimiento: «Hay derecho a hablar ya —como desde hace
algún tiempo venimos haciéndolo entre nosotros— de
un arte español orientalizante, virtualmente coetáneo
de la etapa del mismo nombre en el área egea y del
arte, más arcaico, etrusco. En una palabra, aquellas
corrientes del orientalismo que dieron lugar en Grecia
a la llamada etapa orientalizante de su arte, lejos de ser
un fenómeno exclusivamente griego, lo fue de todo
el Mediterráneo; es decir, lo fue etrusco, lo fue carta-
ginés y lo fue ibérico» (García y Bellido, 1956: 104).
Con esta reexión entraba en juego la existencia de
un conjunto de talleres en los enclaves peninsulares,
donde los objetos estaban siendo producidos por los
fenicios de Iberia, lo que los diferenciaba de aquellos
«objetos orientales» producidos por los fenicios de
Oriente e importados a la península ibérica (Álvarez
Martí-Aguilar, 2015b: 229).
En estos tres artículos se recopilaba el conjunto
de hallazgos peninsulares en los que se detectaba una
inuencia oriental, pero a los que se otorgaba un origen
peninsular que entroncaba con Tarteso dado que estos
autores consideran que los centros de producción se
localizan en Gadir y, dicho enclave, se encuentra ins-
crito dentro de lo que fue «el antiguo imperio tartésico»
(Blanco Freijeiro, 1956: 50). Esta reexión marcaría la
Figura 2: Mapa de distribución de jarros y braserillos de bronce orientalizantes en la década de los años 50 (mapa elaborado a partir de
García y Bellido y Cuadrado, 1956)
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relación entre ambos términos hasta asentarse en 1960,
momento en el que ya comienza a darse por sentado la
existencia de una fase orientalizante del arte en Tarteso
(García y Bellido, 1960: 60-62), del mismo modo y
bajo los mismos mecanismos que con anterioridad se
había identicado en Grecia o Etruria.
Sin embargo, el proceso de construcción del orienta-
lizante peninsular no fue el mismo que el documentado
en el resto del Mediterráneo por dos razones funda-
mentales: la juventud de la arqueología fenicia en la
península ibérica a inicios de los años 60 del pasado
siglo (Marzoli, 2006) y el hecho de que buena parte
de los materiales objeto de estudio fuesen hallazgos
fortuitos, carentes de contexto, lo que limitaba los tra-
bajos a realizar análisis puramente estilísticos donde
la inuencia oriental únicamente podía rastrearse a
través de paralelos ya documentados en otras áreas del
Mediterráneo. La falta de excavaciones arqueológi-
cas impidió conocer la procedencia de los materiales
«orientalizantes», por lo que se atribuyó su autoría
exclusivamente a los fenicios, pero se desconocía si los
productos provenían de oriente o, por el contrario, esta-
ban fabricados en talleres occidentales, donde entraba
en juego un nuevo factor, la existencia de artesanos
locales/indígenas o foráneos.
3. UN PUNTO DE PARTIDA ERRÓNEO
Podemos armar que el evento determinante que
condicionó la existencia y el desarrollo de una fase orien-
talizante del arte en la protohistoria del Mediterráneo
occidental fue la publicación del trabajo «De metalur-
gia tartessia: el Bronce Carriazo», rmado por Juan
Maluquer de Motes en 1957. Aquí, el signicado
otorgado a los primeros materiales «orientalizantes»
documentados en la península ibérica y considerados
como productos de origen fenicio peninsular comienza
a transformarse hasta convertir a la población indí-
gena peninsular en la autora de estas producciones.
Así, el interés de Maluquer de Motes por encontrar
una cultura material para Tarteso (Maluquer de Motes,
1955) se verá culminado en el «orientalizante», pues
si estos productos estaban fabricados por indígenas
del área tartésica, debían representar la materialidad
de Tarteso. Esta idea culminará en el año 1958 cuando
se asienta la plena identicación entre «Tarteso» y el
«Orientalizante» (Maluquer de Motes, 1958).
Quizás el hito de la arqueología española que mejor
identica esta relación sea el hallazgo del tesoro de
El Carambolo, con el que se produce la emersión de
una arqueología para Tarteso (Álvarez Martí-Aguilar,
2005: 152-153; Escacena Carrasco, 2010: 101-102;
Ferrer, 2017; Rodríguez González, 2018a: 24-25).
Tras ello, se dio comienzo a las excavaciones en el
lugar del hallazgo, cuyo objetivo no era otro que el de
identicar la cultura a la que el conjunto de joyas per-
tenecía. No cupo duda alguna de que dicho conjunto no
podía ser obra más que de la genuina pericia de Tarteso,
«civilización hermética, con la que España comienza
su Protohistoria, la primera entidad política superior de
todo el Occidente europeo, sobre la que poseemos tanto
y tan brillantes informes literarios, y cuyo contenido
arqueológico apenas podíamos inducir mediante hipó-
tesis atrevidas» (Carriazo, 1960: 23). Por primera vez
se estaba dotando a Tarteso de contexto arqueológico
y, por ende, cronológico y material, lo que permitiría
nalmente identicarlo con una cultura local, deni-
ción que ahora nos permite enlazar los argumentos de
Carriazo tras el hallazgo del tesoro, con los postulados
defendidos por Maluquer de Motes solo un año antes
(Álvarez Martí-Aguilar, 2010: 68-70). De ese modo,
este hallazgo abrirá las puertas a la sistematización de
la cultura tartésica, rompiendo así el sentido artístico
con el que el concepto «orientalizante» había sido
empleado años atrás por investigadores como García y
Bellido o Blanco Freijeiro, quienes habían sido capaces
de detectar la existencia de una inuencia oriental en el
arte peninsular, similar a la que ya otros autores habían
documentado en Grecia o en Etruria.
El primer ejercicio fue buscar las raíces autóctonas
de Tarteso con el objetivo de presentar a la sociedad
el hallazgo de los vestigios que correspondían a la
primera civilización de occidente (Álvarez Martí-
Aguilar, 2005b: 230). Para conseguirlo, Tarteso debía
despojarse de toda relación con el mundo semítico y
mostrarse como una cultura cuyas raíces se hundían en
la Prehistoria del suroeste peninsular (Carriazo, 1969:
339).
La aparición de la arqueología tartésica abrió las
puertas a la «desorientalización» de Tarteso, un pro-
ceso que culminó con la celebración del V Symposium
de Prehistoria de la Península Ibérica, organizado por
Maluquer de Motes en 1968 en la ciudad de Jerez de
la Frontera. La nalidad de este encuentro era dotar a
Tarteso de una denición, aclarando qué era lo que se
conocía como tal, pues desde el inicio de las excava-
ciones en El Carambolo la arqueología tartésica había
alcanzado un alto grado de desarrollo. Sin embargo,
la idea que primaba en este encuentro era raticar el
origen peninsular que se le había dado a dicha cultura,
como civilización prehistórica, razón por la cual se con-
cluyó que la incorporación de Tarteso a las corrientes
orientalizantes del Mediterráneo no era fundamental en
su proceso formativo, sino un mero episodio (Maluquer
de Motes, 1970: 165-166). Esta hipótesis trasladaba el
estilo orientalizante a un segundo plano, sin que esto
suponga la ruptura total entre ambos conceptos sino su
distanciamiento al denirse la existencia de dos etapas
para Tarteso, una primera indígena, cuyas raíces se
hunden en la Prehistoria peninsular, y una segunda
marcada por la inuencia exterior tanto fenicia, «orien
-
talizante», como indoeuropea, «celta».
Algunos autores, e incluso, nosotros mismos,
hemos contribuido a que la historiografía asimile que
el uso que en un primer momento se había realizado
del orientalizante dentro de la cultura tartésica fuese
entendido como una «solución» para dotar a Tarteso de
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una primera cultura material (Álvarez Martí-Aguilar,
2005: 156; Rodríguez González, 2018a: 25). Hasta
el hallazgo del Tesoro del Carambolo y los primeros
materiales orientalizantes, Tarteso carecía de represen-
tación alguna más allá de su mención en las fuentes
clásicas. Sin embargo, la relectura de estos trabajos y
el devenir historiográco de los últimos años nos ha
llevado a considerar equivocada esta interpretación;
así, el término orientalizante no se empleó como una
solución transitoria para dotar a Tarteso de una mate-
rialidad que lo representase, sino que los propios
investigadores que hemos abordado esta problemática
en nuestros trabajos, insertos en el proceso historio-
gráco, lo hemos convertido en dicha solución para
dar sentido al distanciamiento que tras la materiali-
zación de Tarteso se produjo entre ambos conceptos,
Tarteso y el orientalizante. La explicación es mucho
más simple de lo que pensamos. El hallazgo del tesoro
de El Carambolo despertó de nuevo el interés por cono-
cer los orígenes de Tarteso, pues éste había decaído tras
las infructíferas investigaciones que Schulten y Bonsor
habían realizado en el Coto de Doñana con el objetivo
de encontrar la ciudad de esta rica civilización; sin
embargo, en esta ocasión el apego por el componente
alóctono era casi inexistente. Cuando los términos
Tarteso y Orientalizante distanciaron sus caminos, el
interés se volcó en la denición del primero de ellos,
pues mientras el orientalizante era un fenómeno gene-
ralizado en buena parte del Mediterráneo, Tarteso lo
era exclusivamente del suroeste de la península ibérica.
Dicha exclusividad desembocó en la creación de
una lectura autoctonista para Tarteso, cuyas raíces se
hundían en la Prehistoria peninsular. Hoy, décadas des-
pués, todavía somos herederos de esa interpretación,
pues a pesar del avance de las investigaciones, las lec-
turas que se desprenden del fenómeno tartésico siguen
siendo múltiples, entendido como un territorio, como
una cultura o como un etnónimo. Prueba de ello son las
reticencias que parte de la comunidad cientíca sigue
teniendo con respecto al uso del término «tartésico»
para caracterizar algunos hallazgos arqueológicos rea-
lizados en el interior peninsular, mientras que preeren
aplicar el más vago y problemático «orientalizante» con
tono étnico-cultural, y todo ello a pesar de que gracias
a muchos de estos materiales se han realizado grandes
avances en el conocimiento de las sociedades que habi-
taron el suroeste peninsular durante la I Edad del Hierro.
Esta nueva visión de Tarteso y del orientalizante ha
permanecido casi inalterada hasta las recientes exca-
vaciones llevadas a cabo en el Cerro de El Carambolo
(2002-2005), donde la reinterpretación del enclave
como un yacimiento de origen fenicio (Fernández
Flores y Rodríguez Azogue, 2007; Escacena Carrasco,
2010) ha contribuido a modicar la denición acerca
del origen de Tarteso, modicando de ese modo el
sentido dado a ambos conceptos. Así, podemos con-
siderar que el motivo que propició el enfrentamiento
entre ambos vocablos estuvo en el punto de partida,
es decir, en la obsesión por dotar a «Tarteso» de una
cultura material que se bautizó como «orientalizante».
Esta visión propició que desde los primeros trabajos
e investigaciones se perdiese de vista la idea de que
Tarteso, desprovisto de su componente oriental, se
encuentra incompleto.
A partir de la década de los años 60 del siglo XX, el
«orientalizante» pasará a un segundo plano, en tanto en
cuanto ya no servía para representar la cultura material
de Tarteso, por lo que su uso se volvió residual hasta
el punto de abandonar incluso la esfera artística en la
que había sido concebido, con el objetivo de que no
consiguiese enturbiar la riqueza y originalidad del arte
tartésico. Quizás la única excepción a esta realidad la
constituya la obra de Blázquez, Tartessos y los orígenes
de la colonización fenicia de Occidente, publicada en
1968 y reeditada y ampliada en 1975. En este volumen
el autor incluye la existencia de un «periodo orienta-
lizante hispano» que incluso llega a comparar con el
proceso documentado en Etruria, lo que demuestra
que la etapa orientalizante del arte en Tarteso no había
perdido su sentido original y no había caído completa-
mente en el olvido. La defensa de esta idea ha supuesto
la caracterización de este autor como «uno de los más
notables exponentes de la defensa del indigenismo de
Tarteso mediante el orientalizante» (Álvarez Martí-
Aguilar, 2005: 170).
4. EL VALLE MEDIO DEL GUADIANA: UN TE-
RRITORIO ¿ORIENTALIZADO?
Frente a las reticencias que hoy en día existen para
caracterizar al valle medio del Guadiana como un terri-
torio afectado por la inuencia tartésica a partir de la
crisis que su núcleo experimentó en el siglo VI a. C.,
incluso a pesar de las conexiones que existen entre
ambos territorios a nivel material, no parece existir
inconveniente alguno en usar el concepto de «orien-
talizante/postorientalizante» para denir la naturaleza
cultural de este espacio durante el período compren-
dido entre los siglos VI-V a. C. En el caso del entorno
del Guadiana la confusión que genera el término es
si cabe más evidente, pues debemos recordar que esta
región no fue testigo ni objeto de un contacto directo
con poblaciones orientales, al menos de primera gene-
ración, lo que complica la aceptación de un proceso de
«orientalización» que justique la existencia de una
etapa orientalizante en ella.
La explicación que justica la relación que desde
la década de los 70 del siglo XX se establece entre el
‘orientalizante’ y la arqueología de las tierras del inte-
rior es muy simple: la región que comprende los valles
medios del Guadiana y del Tajo no estaba incluida
dentro del tradicional núcleo de Tarteso, a su vez
demarcado en parte por las fuentes clásicas (Celestino y
López Ruiz, 2020) y su arqueología protohistórica, por
lo tanto, no podía quedar representada bajo la imagen
de Tarteso, a pesar de las similitudes que a nivel mate-
rial y tecnológico presentaban los restos arqueológicos
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documentados en ambos territorios (Fig. 3). Por ello,
las tierras del interior quedaron cobijadas bajo el ala del
«orientalizante», rescatado para justicar la inuencia
oriental que los materiales del interior poseían, pero
desasociado de Tarteso. Así, el distanciamiento entre
el «orientalizante» y «Tarteso» trajo también apare-
jada la separación entre la arqueología del valle del
Guadalquivir y las tierras del interior, unidas hasta
aquel momento por el abundante número de hallazgos
aislados, principalmente los jarros de bronce, adscritos
ahora a la etapa orientalizante del arte en el segundo de
ellos (Rodríguez González, 2018a: 26-27).
A esta ruptura contribuyó la aparición y excava-
ción de los dos primeros yacimientos protohistóricos
del Guadiana: la necrópolis de Medellín y el santuario
de Cancho Roano; ambos convertidos en auténticos
referentes de la arqueología protohistórica del suroeste
peninsular. La complejidad de enmarcar ambos
hallazgos en el horizonte cultural del suroeste forzó
la reaparición del «orientalizante» como solución
para encuadrar estos hallazgos cuyo parecido con los
restos arqueológicos del Guadalquivir era más que
evidente. Al igual que la publicación del número 29
de Archivo Español de Arqueología se considera el
punto de inexión en la aparición de un arte espa-
ñol orientalizante, en esta ocasión será en la obra
de Almagro-Gorbea, El Bronce Final y el Período
Orientalizante en Extremadura (1977), donde se haga
la primera reexión acerca de la caracterización de los
primeros hallazgos protohistóricos de las tierras del
interior y donde se sugiere, con prudencia, reservar el
término tartésico para denir los materiales de la Baja
Figura 3: Cuadro comparativo con materiales procedentes de los valles del Guadalquivir y del Guadiana donde pueden apreciarse las
similitudes técnicas y estilísticas que presentan los materiales hallados en ambos territorios
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Andalucía, por ser este el territorio donde se sitúa el
reino de Tarteso (Almagro-Gorbea, 1977: 496).
Mientras arrancaba la arqueología del valle medio
del Guadiana, en el núcleo de Tarteso ya se denían los
primeros contextos arqueológicos de cronología tar-
tésica y se publicaban las primeras clasicaciones de
materiales, fundamentalmente cerámicos, que desem-
bocaron en la aparición de las primeras periodizaciones.
Con ellas se denirá la existencia de, al menos, dos
períodos: un Bronce Final preorientalizante, es decir,
tartésico, y un Período Orientalizante o Tartésico Pleno
(AA.VV., 1982: 18), correspondiente al momento de
auge de los contactos entre la población oriental encar-
gada de la colonización y la población indígena del
suroeste peninsular. Así, el término «orientalizante»
adquiría una nueva dimensión dentro de una de las
etapas de Tarteso. Su signicado adquirió una fuerte
carga cultural, pues la intención que se escondía tras
su empleo era aanzar la existencia de un proceso de
aculturación propiciada por la población fenicia. En
la adopción del término (antes de la perspectiva de los
estudios postcoloniales) nadie se detuvo a pensar en la
complejidad que supone acotar la capacidad o la inten-
ción de los colonizadores de imponer su cultura en el
extremo occidental del mediterráneo (Wagner, 1983;
1992), así como el papel de la población local en el
proceso de hibridación; de tal modo que la inuencia
oriental que se desprendía de los objetos llegados a
occidente o fabricados en dicho lugar, fue interpre-
tada como una imposición de los agentes orientales
(Almagro-Gorbea, 1983; Alvar, 1991; Wagner, 1993).
El modelo de aculturación se trasladó rápidamente
a las tierras del interior peninsular (Almagro-Gorbea,
1983: 430), pues la presencia de objetos de clara
inuencia oriental en las regiones comprendidas por
los valles del Guadiana y el Tajo así lo permitía. El
proceso fue analizado como un complejo fenómeno
cultural que traspasaba la línea del estilo para afectar
de forma directa a la estructura interna de la cultura
implicada (Almagro-Gorbea, 1990: 87-88). Para sus-
tentar esta idea se analizaron las novedades materiales,
tecnológicas e incluso rituales, aparecidas tanto en el
valle del Guadalquivir como el del Guadiana, conside-
rando su asimilación como una carga por parte de la
población fenicia, lo que restaba todo valor y persona-
lidad a las sociedades que habitaban estos territorios
antes de la llegada de los colonizadores, hasta el punto
de que los objetos de esta tipología más antiguos
documentados fueron agrupados dentro de un nuevo
período, bautizado con el nombre de protoorientali-
zante (Almagro-Gorbea, 1990: 88), correlativo a la
fase de precolonización creada para justicar la tem-
prana presencia de objetos levantinos en las costas del
occidente mediterráneo (una revisión en Celestino et
al. (Eds.), 2008).
Pero quedaba un obstáculo por solventar, pues
había que justicar la llegada del inujo oriental artí-
ce de la aculturación a las tierras del interior al menos
dos siglos después del inicio de la colonización fenicia.
Así, aunque en sus inicios se escribió una historia
en la que ambos valles, el del Guadalquivir y el del
Guadiana, parecían partícipes de una misma realidad
cultural, lo cierto es que las cronologías no terminan
de encajar, pues mientras el valle del Guadalquivir
experimenta una etapa de eclosión y auge durante
el siglo VIII a. C., para el valle medio del Guadiana
las evidencias de poblamiento son prácticamente
inexistentes. Para ello se diseñó un modelo de coloni-
zación tartésica (Almagro-Gorbea, 1990: 99-100) que
emula la teoría de la colonización agrícola (Arteaga,
1976-78; Wagner y Alvar, 1989; 2003; Ferrer y de la
Bandera, 2005) mediante la cual se argumentaba la
existencia de un proceso de colonización fenicia no
solo de las áreas de costa, sino también de las tierras
del interior; sin embargo, la nueva lectura introducía
un cambio sustancial, pues en este caso el proceso no
estaría encabezado por la población fenicia, sino por
la tartésica, se entiende que en pleno apogeo de su
etapa orientalizante. Aunque no entraremos en deta-
lle, el modelo cuenta con dos fases bien diferenciadas
que comprenden la colonización tanto del valle del
Guadiana como de la costa atlántica de Portugal por
parte de población llegada de las ciudades de Asta
Regia y Carmo, encargadas de liderar este proceso
(Almagro-Gorbea, 2010; Almagro-Gorbea y Torres,
2009; Torres, 2005; 2014).
De esta manera, la colonización tartésica daría como
resultado la aparición de un complejo sistema territorial
caracterizado por los edicios tipo Cancho Roano que
ha sido enmarcado dentro de una nueva etapa histó-
rica que viene a completar a los ya existentes períodos
«Proto-Orientalizante» y «Orientalizante». Nos refe-
rimos al Período «Post-Orientalizante», un término si
cabe todavía más confuso y falto de sentido, ya que se
le asigna un prejo claramente decadente a la etapa más
oreciente de la protohistoria de la región. Así mismo,
asumir la existencia de este período, atendiendo al sig-
nicado que la gramática y la lingüística le otorgan al
prejo post–, supone asumir la llegada de una etapa en
la que esta región se despoja de toda inuencia fenicia
directa, un hecho que no casa con el registro arqueoló-
gico si tenemos en cuenta que al período comprendido
por este supuesto post-orientalizante (500-425 a. C.)
(Almagro-Gorbea, 2008: 1013), le corresponde el
mayor volumen de importaciones mediterráneas docu-
mentadas en las tierras del interior o la presencia de
edicios tipo Cancho Roano o Casas del Turuñuelo,
cuya arquitectura presenta unas raíces de claro origen
oriental (Celestino, 2005: 778).
No entraremos a valorar aquí, por no ser el tema
objeto de estudio, la existencia o no de un proceso de
colonización de las tierras del interior por parte de la
población tartésica, un modelo que, por otra parte, ya
ha sido en diversas ocasiones rebatido a la luz de las
evidencias arqueológicas que lo contradicen (Pellicer,
2000; Arruda, 2013; Rodríguez González, 2018a). Sin
embargo, debemos ser conscientes de que la acepta-
ción de este modelo por buena parte de la comunidad
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cientíca ha permitido justicar, al mismo tiempo, dos
realidades muy distintas, convirtiendo al valle medio
del Guadiana en un territorio periférico. Por un lado,
el proceso de aculturación de las tierras del interior
a través de la llegada de población tartésica del valle
del Guadalquivir, a quien cabe suponer una estrate-
gia de control de la población local con el objetivo de
obtener un proceso de aculturación efectivo; mientras
que, por otro lado, se abrían las puertas del Guadiana
Medio a Tarteso, favoreciendo la convivencia de ambos
vocablos, Tarteso y orientalizante, y su empleo, indis-
tintamente, como sinónimos.
Sin embargo, quizás el cambio más acentuado pro-
piciado por la aparición y aceptación del modelo de
colonización tartésica sea el desplazamiento de regio-
nes como el valle medio del Guadiana o del Tajo a
un segundo plano, completamente residual, en el que
se olvida el papel preponderante que los materiales
hallados en estos territorios habían desempeñado en la
construcción de un arte orientalizante peninsular déca-
das atrás. Las tierras del interior pasan de ese modo
a convertirse en la «periferia de Tarteso» (Rodríguez
Díaz y Enríquez, 2001), cuyos materiales dejaron de
tenerse en cuenta dentro de la construcción arqueoló-
gica de Tarteso al ser considerados como resultado de
un contacto cultural secundario. Es por ello que todos
los modelos territoriales diseñados a principios del
siglo XXI para explicar el sistema de poblamiento de
los valles del Guadiana y del Tajo durante la I Edad
del Hierro, tienen en el valle medio del Guadalquivir
su mejor reejo.
Ciertamente, el valle medio del Guadiana siem-
pre constituirá la periferia geográca de Tarteso. Sin
embargo, las evidencias arqueológicas documentadas
en ambos territorios no nos permiten considerar que
los procesos históricos acontecidos en ellos se hayan
producido de forma paralela, lo que al mismo tiempo
no quiere decir que sean objeto de dos procesos cultura-
les opuestos. Como apuntábamos con anterioridad, las
evidencias de ocupación del Guadiana Medio durante
el siglo VIII a. C. son casi anecdóticas, por no decir
inexistentes. La reactivación de esta zona comenzará
a sentirse a nales del siglo VII a. C., y se acentuará a
lo largo del siglo VI a. C., en consonancia con la etapa
de inestabilidad que en el valle del Guadalquivir se
conoce como la Crisis de Tarteso (Celestino, 2005). A
esta primera etapa pertenecen las tumbas más antiguas
de la necrópolis de Medellín (Almagro-Gorbea (Dir.),
2008), la primera fase del santuario de Cancho Roano
o Cancho Roano C (Celestino y Rodríguez González,
2019), la fase IIb de Cerro Borreguero (Celestino y
Rodríguez González, 2018a) o los enclaves de El
Figura 4: Mapa del poblamiento del valle medio del Guadiana durante la I Edad del Hierro en el que se identican los asentamientos
en altura, donde el único detectado hasta el momento es el enclave del Tamborrio; los edicios bajo túmulo, los asentamientos en llano
tipo aldea o granja y las necrópolis (elaboración propia)
TARTESO Y LO ORIENTALIZANTE. UNA REVISIÓN HISTORIOGRÁFICA DE UNA CONFUSIÓN TERMINOLÓGICA Y SU APLICACIÓN A LA... 123
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Palomar (Jiménez Ávila y Ortega, 2001) y Cerro
Manzanillo (Rodríguez Díaz et al. (Eds.), 2009); un
registro arqueológico limitado pero que demuestra la
llegada de población procedentes de otras regiones
del sur peninsular. Este traspaso de población se verá
consolidado un siglo después (siglo VI a. C.) con la
inauguración en las tierras del interior de un carac-
terístico sistema de poblamiento encabezado por los
denominados edicios tartésicos ocultos bajo túmulo,
categoría en la que se insertan yacimientos como
Cancho Roano, La Mata o Casas del Turuñuelo (Fig.
4) (Rodríguez González, 2018b).
Aunque no es nuestra tarea en este trabajo evaluar el
modelo de poblamiento del valle medio del Guadiana,
es inevitable hacer mención del mismo para com-
prender la complejidad que subyace en el empleo del
concepto de «orientalizante» y la inoperancia del uso
del mismo para las tierras del interior, no solo porque
estos territorios no fuesen objeto de un proceso de colo-
nización y contacto directo con población oriental, sino
porque el análisis de este proceso, o si se preere, de
este «Período Orientalizante», nos permite observar
que su desarrollo no es totalmente complementario al
registrado en el valle del Guadalquivir, del mismo modo
que este último resulta más tardío si se compara con el
fenómeno detectado en otras regiones del Mediterráneo
central y oriental. Así mismo, debemos ser conscientes
de que el valle del Guadalquivir no funciona de forma
exclusiva como área de inuencia en la construcción
del sustrato cultural de las tierras del interior. Ya no
podemos obviar la existencia de una importante región,
olvidada durante años por la arqueología, pero que hoy
sabemos que jugó un papel fundamental en la congu-
ración de las tierras del interior desde el Bronce Final.
Nos referimos a la fachada atlántica de Portugal, objeto
también de un proceso de colonización fenicia, que si
bien más tardío que el de las costas andaluzas (Arruda,
2002), no fue por ello menos efectivo. La conexión
entre esta región y las tierras del interior, concreta-
mente con el valle medio del Guadiana, es sin duda
mucho más dinámica si tenemos en cuenta la presencia
de dos importantes arterias uviales, como son el Tajo
y el Guadiana, que debieron funcionar como vías de
comunicación (Pellicer, 2000). Un ejemplo de ello son
los recientes análisis realizados a las cerámicas pinta-
das de ‘estilo Medellín’, uno de los marcadores que
jan la transición entre el Bronce Final y la I Edad del
Hierro (una reciente revisión en Rodríguez González y
Celestino (Eds.), 2019), procedentes del asentamiento
portugués de Santarem, cuyos resultados han marcado
el Guadiana Medio como área de producción de varios
de los fragmentos documentados (Arruda et al., 2019:
139), lo que nos está mostrando la existencia de unos
tempranos contactos entre ambas regiones que posi-
blemente no se habían interrumpido desde el Bronce
Final. Esta idea se refuerza si tenemos en cuenta que la
Figura 5: Mapa de distribución de materiales de estilo orientalizante (mapa elaborado a partir de Pellicer, 2000)
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conexión uvial entre el Guadiana Medio y la desem-
bocadura del río no es tan evidente como en su día se
planteó (García y Bellido, 1945), ante la existencia de
un salto de agua, la cascada de Pulo do Lobo en la loca-
lidad de Mértola, que complica esta conexión y hace
más factible la comunicación en un sentido oeste-este.
A este respecto, deberíamos comenzar a (re)valo-
rar también la existencia de unos contactos en sentido
este-oeste, considerando la propuesta realizada hace
décadas por el profesor Maluquer de Motes y bautizada
con el nombre de «Ruta de los Santuarios» (Maluquer
de Motes, 1985: 20-ss). En un momento en el que el
comercio a través de las colonias fenicias experimenta
una etapa de decadencia como consecuencia del cese
de los contactos con el Mediterráneo oriental, debe-
mos plantear la posibilidad de que se inaugure una
nueva ruta de contacto por el interior que desde el
Levante atraviese buena parte de la península ibérica
adentrándose en las tierras del Guadiana, a través de
la cual se introducirían en estos territorios importacio-
nes procedentes de Grecia y Etruria. Esto explicaría la
distribución que presentan los materiales mediterrá-
neos dentro del territorio peninsular (Fig. 5). Dentro
de esta nueva etapa debieron ganar protagonismo los
enclaves que se localizan en el Alto Guadiana, caso de
la Bienvenida (Almodóvar del Campo, Ciudad Real)
(Zarzalejos et al., 2017, con bibliografía) o Alarcos
(Ciudad Real) (García Huertas y Morales Hervás, 2017,
con bibliografía); sin embargo, el planteamiento de esta
idea requiere de un detallado análisis arqueológico que
permita corroborarlo, un ejercicio que se sale de los
objetivos planteados en el presente trabajo, lo que no
es excluyente para dejar planteada la hipótesis que bien
podría ser objeto de un trabajo futuro que retomase
algunas ideas tratadas en trabajos pasados (Domínguez
Monedero, 1988).
La existencia de contactos tanto con la fachada
atlántica como con el levante peninsular, que conu-
yen en las tierras del interior, no anula la existencia
de unas relaciones entre el Guadiana Medio y el valle
del Guadalquivir desde tiempos tempranos como bien
queda reejado en la cultura material; sin embargo,
nos permite explicar la complejidad y la personalidad
del modelo territorial que se inaugura en estas tierras
a partir del siglo VI a. C. La ausencia de evidencias
arqueológicas hace imposible sustentar la idea que
argumenta que el surgimiento de este nuevo modelo
de ocupación deriva de un proceso de colonización
tartésica que deende una única dirección en el estable
-
cimiento de unos contactos que hoy sabemos plurales,
donde la inuencia atlántica y mediterránea es patente.
5. A MODO DE CONCLUSIÓN
Los investigadores que nos dedicamos al estudio de la I
Edad del Hierro de las tierras del interior padecemos un
continuo cuestionamiento a la hora de presentar nues-
tras investigaciones que se dirigen, principalmente,
contra el uso del vocablo tartésico para denir la rea-
lidad arqueológica documentada en dichos territorios
(Celestino y Rodríguez González, 2017; Rodríguez
González y Celestino, 2017; Celestino, 2018: 139-
140). Para muchos no puede ser tartésica porque está
alejada del núcleo de Tarteso denido en las fuen-
tes antiguas (Ferrer y Prados Pérez, 2013: 403-404;
Ferrer, 2017: 191), para otros no puede ser orientali-
zante porque es un término abstracto que únicamente
puede denir estilos del arte, pero no culturas; incluso
muchos sugieren el uso de conceptos como turdetano
para hacerlo conectar con el valle del Guadalquivir y
así no romper con la armonía que se ha intentado man-
tener en la división cronológica de los períodos de la
historia hasta ahora. Es aquí donde surge el problema
de la división entre la I y la II Edad del Hierro, que no
deja de ser una convención. La Crisis de Tarteso coin-
cide para muchos con el nal de la I Edad del Hierro,
por lo que los turdetanos, entendidos por muchos como
una continuidad cultural de lo tartésico, ya quedan
englobados en la II Edad del Hierro. Sin embargo,
esta diferencia que sí resulta palpable en el registro
arqueológico del valle del Guadalquivir, no es tal en el
valle medio del Guadiana, donde frente a la existencia
de una ruptura o cambio se observa la consolidación
y continuación de un proceso que tiene parte de su
origen en el núcleo de Tarteso. Lamentablemente,
este debate carece de una argumentación sólida y de
publicaciones que permitan rebatir los argumentos
de quienes no ven en las tierras del interior la huella
de Tarteso, aunque se trata de un tema de discusión
recurrente en encuentros y debates; un tema al que
no resultan ajenos otras regiones o yacimientos del
suroeste peninsular donde la elección de un vocablo
que identique una realidad arqueológica resulta en
muchas ocasiones tediosa (Ferrer, 2014).
La realidad es muy distinta en el valle medio del
Guadiana, donde la arqueología nos muestra que tras
la Crisis de Tarteso, en el siglo VI a. C., esta región
experimentó una etapa de auge que se traducirá en la
inauguración de un nuevo modelo territorial, del que
obviamente quedan muchos elementos por denir, pero
que está encabezado por la presencia de construcciones
monumentales. Grandes edicios de clara inuencia
oriental que, ubicados en áreas estratégicas del terri-
torio como son las conuencias entre el río Guadiana
y sus principales auentes, debieron encargarse del
control del territorio, su explotación y el comercio de
los recursos. Así mismo, no debemos olvidar que la
denominada Crisis de Tarteso no solo afectó a las tie-
rras que tradicionalmente incluyen su núcleo, sino que
los cambios en el comercio fomentaron un proceso de
regionalización de las costas atlánticas (Sousa, 2014)
que también se traducirá en el aumento de los contac-
tos con las tierras del interior, como así comienzan a
atestiguarlo los estudios cerámicos o las similitudes
arquitectónicas que guardan yacimientos como Abul
y Cancho Roano, por poner quizás los ejemplos más
evidentes.
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El dilema se centra en cómo denir a las socieda-
des que habitan las tierras del interior a partir del siglo
VI a. C., momento en el que se inaugura el modelo
encabezado por los túmulos del Guadiana. El hecho
es que se asume que buena parte de la población que
propicia este auge procede del valle del Guadalquivir,
donde sin inconveniente alguno se les identica bajo el
vocablo de «Tarteso». Por tanto, y dadas las similitu-
des materiales, arquitectónicas y rituales o simbólicas
que guardan ambos territorios, nos parece justicado
adoptar el mismo término para identicarlos, pues ¿no
se trata acaso de un mismo sustrato social?
Nos cuesta entender la sugerencia de muchos
investigadores de incluir el fenómeno que se inau-
gura en el valle medio del Guadiana a partir del siglo
VI a. C. dentro de la cultura turdetana, pues como
ese es el período que dene al valle del Guadalquivir,
el Guadiana debe ir incluido en el mismo lote.
Pero la realidad es que el horizonte turdetano del
Guadalquivir, poco o nada tiene que ver con la rea-
lidad que observamos en el Guadiana, valga como
ejemplo más claro y evidente la ausencia de necrópo-
lis en el primero de ellos. De ese modo, debemos ser
conscientes de que ambas regiones participan de dos
procesos diferentes e independientes, lo que desem-
boca en la existencia de horizontes culturales distintos
que no se enmarcan dentro de un mismo eje cronoló-
gico, cuando las Edades del Bronce o del Hierro no
son ni siquiera homogéneas en todo el Mediterráneo,
¿por qué deben serlo en el territorio peninsular, donde
solo en las regiones del suroeste ya observamos gran-
des diferencias en el desarrollo de lo que denominados
como I y II Edad del Hierro? Así, mientras que en
el siglo VI a. C. en el territorio del actual suroeste
de Andalucía se inaugura una etapa conocida como
Turdetana, en el valle medio del Guadiana se da paso
a una nueva realidad que pone n a su desconocido
Bronce Final para dar paso a un modelo territorial de
fuerte personalidad que nosotros consideramos que
debe ser entendido dentro de Tarteso, pues en esencia
es un heredero de este, que se verá consolidado en la
centuria siguiente hasta su desaparición a nales del
siglo V a. C.
Obviamente, muchos otros son los elementos
que separan a ambos valles. No debemos perder de
vista que Tarteso no puede ser entendido como un
todo monolítico, es decir, no contamos con evidencia
alguna de que las sociedades que habitaron el suroeste
de la península ibérica desde el siglo VIII a. C. tuvie-
ran identidad étnica colectiva (Andreotti, 2010); sin
embargo, nosotros hemos adoptado el término legado
por las fuentes antiguas para identicar la realidad que
los griegos encontraron a su llegada en el s. VII a. C. al
suroeste de la península ibérica. Aunque nunca sabre-
mos si los habitantes de Tarteso se consideraban un
pueblo como tal, equiparándolo a sociedades como la
cartaginesa o la romana, lo cierto es que la arqueolo-
gía nos muestra la existencia de diversos «tartesos».
Poco tiene que ver la realidad observada en el sustrato
arqueológico de Huelva, con la de Sevilla o Cádiz, muy
a pesar de que estas regiones conforman el núcleo tar-
tésico; por no mencionar el caso particular del valle
medio del Guadiana. En esta última región se inau-
gura un modelo original o con personalidad propia, con
rasgos tartésicos que se detectan en su arquitectura,
en sus materiales, muchos procedentes del valle del
Guadalquivir; pero donde su estructura es única, pues
los pobladores llegados a estas tierras del interior en el
siglo VI a. C. adaptaron sus conocimientos al terreno y
al sistema social y político heredero de una etapa ante-
rior que todavía nos resulta, a ojos de la arqueología,
muy desdibujada. De ese modo, podemos armar sin
miedo a equivocarnos que esa es una de las esencias de
Tarteso, su pluralidad.
Ahora que comenzamos a superar las teorías autoc-
tonistas que defendían una raíz prehistórica para Tarteso
y que parece claro que éste no puede entenderse sin el
componente oriental (Campos y Alvar (Eds.), 2013:
651-652; Celestino, 2014: 71; Rodríguez González,
2018a: 38; Celestino y López Ruiz, 2020), es hora
de abandonar los prejuicios y adoptar el concepto de
Tarteso para las tierras del interior, reconociendo que
el orientalizante carece de utilidad tanto para denir
un período cronológico como una realidad cultural, no
digamos ya étnica. Seguir empleando el termino supone
aceptar la existencia de un proceso de aculturación
(orientalización) por parte de la población oriental que
no solo se dejó sentir en las costas del sur peninsular a
partir del siglo IX a. C., como sería lógico esperar en
caso de existir tal imposición, sino que este se prolongó
hasta nales del siglo VII e inicios del siglo VI a. C.
hasta imponerse en las tierras del Guadiana. Así mismo,
considerar como cierta esta «aculturación» y englobar
su cultura resultante dentro del concepto de «orientali-
zante» supone simplicar demasiado una realidad que
hoy sabemos que es mucho más compleja; signica-
ría asumir un proceso tan unidireccional y teleológico
como el que la historiografía tradicional dio por sentado
durante décadas bajo el título de «Romanización», hoy
también en discusión.
A la luz de los nuevos hallazgos y las nuevas lectu-
ras que giran en torno a Tarteso, junto a los argumentos
anteriormente expuestos, sugerimos la existencia de
una etapa oriental para el territorio que, en las fuen-
tes clásicas, a partir del siglo VII a.C., es denominado
Tarteso, conuyente con los primeros contactos
establecidos entre los colonizadores orientales y la
sociedad local que habitaba los territorios costeros
y que será el antecedente directo del surgimiento de
Tarteso. Obviamente, el término orientalizante debe
ser devuelto a su signicado original, exclusivamente
estilístico, para denir la inuencia oriental detectada
en las producciones artísticas de cronología tartésica.
Como es lógico, la población local adoptará novedades
tecnológicas, caso del torno, la construcción de muros
rectos o determinados detalles iconográcos tradicio-
nales del Próximo Oriente que en la península ibérica
carecen posiblemente de signicado simbólico, como
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ocurre con los leones o las tan reproducidas palmetas
y ores de loto (Martín Ruiz, 2011: 93).
En esta línea, debemos ser conscientes de que
seguimos trabajando dentro de los límites que hace
décadas se le pusieron al territorio de Tarteso a partir
de la interpretación dada a las fuentes antiguas en las
que este término aparece recogido. Para una lectura
correcta del fenómeno creemos que es fundamental
que nos detengamos a observar el área de distribución
de los materiales considerados de «estilo orientali-
zante», analizando las similitudes existentes entre los
ejemplares documentados en la península ibérica y sus
paralelos mediterráneos. Solo de esa manera comen-
zaremos a constatar la dimensión que el fenómeno de
Tarteso y su estilo oriental tuvieron en el territorio
peninsular.
En denitiva, creemos necesario desechar el uso del
vocablo orientalizante, más allá del signicado estilís-
tico para el que fue creado, y comenzar a aceptar el uso
del término Tarteso tanto para las tierras del «núcleo»
del Guadalquivir (punto de referencia en las fuentes
antiguas) como para su continuidad cultural en el inte-
rior después del siglo VI a. C. (Fig. 6). Esto requiere
dejar atrás los prejuicios y las convenciones que nos
han limitado hasta ahora, herederas de una historio-
grafía que debe comenzar a escribir un nuevo capítulo
en los estudios de Tarteso amparado en las últimas evi-
dencias arqueológicas. Porque, seamos realistas, si la
necrópolis de Medellín hubiese aparecido en Carmona
o el túmulo de Casas del Turuñuelo en el entorno de la
ciudad de Huelva, nadie habría dudado de su liación
tartésica.
AGRADECIMIENTOS
Me gustaría mostrar mi agradecimiento con los inves-
tigadores Carolina López-Ruiz (Universidad de Ohio)
y Jorge García Cardiel (Universidad Autónoma de
Madrid) por sus comentarios respecto al texto original.
Su conocimiento del fenómeno orientalizante tanto a
nivel mediterráneo como peninsular han redundado en
la mejora de este trabajo.
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En la actualidad se conoce un número destacado de necrópolis tartésicas fechadas en la I Edad del Hierro tanto en el valle del Guadalquivir como en el valle del Guadiana. El conocimiento que tenemos de estas deriva del estudio de sus enterramientos y sus ajuares, sin que hasta el momento hayan sido analizadas dentro del paisaje y del modelo de poblamiento del que forman parte. Con el objetivo de reconstruir el paisaje antiguo en el que se ubicaron estas necrópolis y detectar un patrón en la elección de los lugares para su ubicación, proponemos en este trabajo un método de análisis geográfico en el que se combinan los datos LiDAR, la fotografía histórica y los registros de inundaciones. Esta metodología se ha puesto en práctica en el análisis de las necrópolis del valle medio del Guadiana fechadas entre los ss. VII y V a. C. y el resultado nos permite definir la existencia de un patrón que conecta estos espacios funerarios con tradiciones de origen oriental.
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En el año 2013 llevamos a cabo trabajos arqueológicos en la estancia H-4 del edificio de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz, España) con el objetivo de agotar su secuencia estratigráfica. La excavación de este espacio nos permitió documentar un altar en forma de piel de toro correspondiente a la fase “C” del santuario que convive en un mismo momento con el altar circular que preside el sancta sanctorum del edificio. Las concomitancias que este esquema presenta con otros ejemplos de la arquitectura religiosa de Tarteso nos ha llevado a realizar este trabajo en el que además de presentar las novedades acerca del yacimiento de Cancho Roano se establecen paralelos y lecturas acerca de la advocación religiosa del enclave.
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This article presents a new approach towards the territorial model in the central Guadiana valley during the Early Iron Age. The main focus is an analysis of the so-called Tartessian buildings hidden under tumuli. These buildings are large constructions which bear a certain resemblance to the Phoenician architecture of the southwestern Iberian Peninsula. A settlement pattern can be discussed which is unique to the period, and which gives personality to the geographical sphere in which it is found.
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this work summarizes the results yielded after five excavation campaigns where undertaken at the Cerro Borreguero (Borreguero Hill) Archaeological Site (Zalamea de la Serena, Badajoz). Said excavation campaigns have allowed us to document the existence of three moments of occupation between the ninth century BCE and the first century BCE, with a noticeable hiatus between the Protohistoric Period and Roman Period. The appearance of an oval hut along with a rectangular construction indicates that this is the first transition archaeological site in the Middle Valley of the Guadiana River which dates between the Late Bronze Age and Iron Age I.
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El presente trabajo sintetiza la trayectoria que ha seguido la investiga-ción sobre la cultura tartésica en Extremadura, y más en concreto en el valle del Guadiana, donde se concentran los yacimientos más importantes y donde se puede ensayar un patrón de asentamiento coherente entre mediados del siglo VI y principios del IV a.n.e. También presentamos los significativos avances que se han producido en los últimos años gracias a las excavaciones realizadas en el cerro del Tamborrío y en los túmulos de Cerro Borreguero y Casas del Turuñuelo, que han enriquecido sensiblemente nuestro conocimiento sobre la cultura tartésica.