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Las transiciones vitales: un marco conceptual para la innovación en la intervención, la formación y la investigación en Trabajo social

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Abstract

El capítulo hace una síntesis de las publicaciones que, en las ultimas décadas, han hecho aportaciones sobre el concepto de transiciones vitales y su relación con la intervención social.A partir de esa síntesis, se pone el foco, más que en los escenarios de salida o llegada que se producen en múltiples situaciones de la vida de las personas, en lo que sucede en los caminos que transcurren entre ellos. Se aportan elementos relativos a los tipos de transiciones más relevantes que vivimos y a las variables asociadas al modo en que las personas las afrontamos. Se acaba con un repaso a los retos que surgen cuando esos momentos ponen a prueba la igualdad de oportunidades y los recursos personales y comunitarios que permiten construir itinerarios biográficos llenos de sentido. En un mundo marcado por la aceleración y el cambio, la mirada de las transiciones vitales puede resultar una fuente sugerente de innovación para la intervención de los profesionales, para su formación (incluyendo la capacidad para manejar las propias transiciones personales y profesionales) y para la investigación en Trabajo social.
EL TRABAJO SOCIAL
EN UN MUNDO EN
TRANSFORMACIÓN
¿Distintas realidades o nuevos
relatos para la intervención?
Tomo II
Editoras
EMMA SOBREMONTE DE MENDICUTI
ARANTXA RODRÍGUEZ BERRIO
tirant humanidades
Valencia, 2019
Copyright ® 2019
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Las transiciones vitales: un marco
conceptual para la innovación en
la intervención, la formación y la
investigación en Trabajo Social
PA C O L Ó P EZ J I M ÉN E Z
Universidad Ramon LLul
SANTA LÁZARO FERNÁNDEZ
Universidad de Comillas
LISETTE NAVARRO-SEGURA
Universidad Ramon LLul
ROSALÍA MOTA LÓPEZ
Universidad de Comillas
Aceleración, cambio y complejidad: retos y oportunidades para la in-
novación en Trabajo social
La acción social ha puesto, históricamente, el acento en acompañar a
las personas en procesos cuyo objetivo era lograr ciertas dosis de esta-
bilidad o equilibrio en sus vidas. En contextos en los que predominaba
un determinado modelo de familia y unos mecanismos más o menos
estandarizados de incorporación social, a través de la escolarización o el
empleo, las dicultades sociales y sus soluciones estaban asociados a la
gestión de las oportunidades para transitar por esos caminos “norma-
lizados”. Nacer, crecer, formarse, trabajar, independizarse, formar una
familia… eran momentos de la vida por los que la mayoría transitaba
con ciertos márgenes conocidos y aceptados de diversidad. Los desajus-
tes en esos procesos tenían respuestas también bastante estandarizadas:
la institucionalización ante la ausencia de familia o la promoción de la
formación y el empleo para hacer frente a la marginación y la pobreza,
por poner ejemplos habituales.
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P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
Pero ¿qué ocurre cuándo la diversidad aumenta? ¿qué pasa cuándo
los itinerarios vitales, los modelos de familia, las formas de acceder a
la formación y al empleo son muchas, muy diferentes entre sí y cam-
bian de manera acelerada? ¿qué ocurre cuándo tener trabajo ya no es
garantía de tener cubiertas las necesidades básicas? ¿Cómo afrontar
los momentos de cambio o la toma de decisiones cuándo la vida no es
tan lineal? ¿Y cómo transitar por esos contextos cambiantes y acelera-
dos cuando no se conoce el idioma, no se cuenta con amigos o familia
cerca o cuando el cuerpo o la salud no responden a las exigencias de
la “normalidad”?
Y, desde el punto de vista de los y las profesionales del Trabajo so-
cial, ¿cómo dar respuestas a las necesidades surgidas en esos contextos
de “vida líquida” (utilizando terminología de Bauman, 2006)? ¿cómo
acompañar en esos escenarios cambiantes y acelerados, en los que tam-
bién están inmersos nuestros propios procesos personales y profesiona-
les?
Efectivamente, los objetivos de muchos procesos de acompañamien-
to actuales están asociados al manejo de la incertidumbre y de la adap-
tación al cambio en contextos complejos. Los marcos conceptuales que
tradicionalmente habían permitido comprender y actuar en las trayec-
torias de vida de las personas se han vuelto más inciertos y se desarro-
llan en escenarios caracterizados por la exibilización, la desinstitucio-
nalización o la personalización de esas trayectorias.
Esto supone dicultades y también oportunidades que pueden orien-
tar la investigación, las estrategias de intervención y el desarrollo de las
competencias en Trabajo social.
El objetivo de este capítulo es presentar una revisión del marco con-
ceptual de las transiciones vitales y comprender el potencial de este con-
cepto para generar innovaciones en los tres ámbitos señalados (investi-
gación, intervención y formación) del Trabajo social.
Para ello hemos realizado una revisión de las publicaciones que,
en las ultimas décadas, han hecho aportaciones sobre el concepto de
transiciones vitales y su relación con la intervención social. Haremos
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Las transiciones vitales
una síntesis de esta revisión1, que nos servipara poner el foco, más
que en los escenarios de salida o llegada que se producen en múltiples
situaciones de la vida de las personas, en lo que sucede en los caminos
que transcurren entre ellos. Intentaremos aportar elementos relativos
a los tipos de transiciones más relevantes que vivimos y a las variables
asociadas al modo en que las personas las afrontamos. Acabaremos
con un repaso a los retos que surgen cuando esos momentos ponen a
prueba la igualdad de oportunidades y los recursos personales y co-
munitarios que permiten construir itinerarios biogcos llenos de
sentido. Estamos convencidos de que, en un mundo marcado por la
aceleración y el cambio, la mirada de las transiciones vitales puede
resultar una fuente sugerente de innovación para la intervención de
los profesionales, para su formación (incluyendo la capacidad para
manejar las propias transiciones personales y profesionales) y para la
investigación en Trabajo social.
Una aproximación al concepto de transiciones vitales
El concepto de transición está vinculado, habitualmente, con el de
estadios o etapas en el que se secuencia la vida de una persona. Du-
rante el transcurso del ciclo vital, todas las personas pasamos por dis-
tintos periodos que suponen procesos de adaptación y reorganización
para paliar el efecto desestabilizador de aquellas demandas de cambio
que perturban el equilibrio ambiente-individuo y que pueden suponer
una transformación en la comprensión de nosotros mismos y de nues-
tras relaciones con el entorno. Estos cambios no son puntuales, sino
que abarcan periodos extensos y requieren procesos de adaptación. Son
momentos vitales que actúan como puentes de interconexión entre las
situaciones anteriores y posteriores a los procesos de cambio o como
ritos de paso que consolidan algún cambio de posición de la persona
(Corominas e Isus, 1998; Colom, 2000).
1 La revisión se enmarca en un proyecto nanciado por la III Convocatoria del Progra-
ma de ayudas a proyectos de investigación Aristos Campus Mundus.
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P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
Una denición de transición vital que incluye todos esos elementos
es la que propone Pérez (2013, p. 24):
Una transición es un período de cambio signicativo entre dos etapas de estabilidad
que exige un importante esfuerzo de adaptación, provocado por la ocurrencia o no
ocurrencia de algún evento o por la acumulación o persistencia de conictos e insa-
tisfacción, fácilmente observable externamente o no, que afecta a cualquier área de
la vida de una persona, que es experimentado de manera idiosincrásica y peculiar
por la persona y cuyo desenlace, positivo —mayor madurez, autoconocimiento, sa-
tisfacción personal— o negativo —depresión, conductas autodestructivas—, es des-
conocido a priori.
Un período de transición implica también un cambio de actividades
o la formulación de nuevas exigencias o responsabilidades sociales que
obligan a replantearse el modo de ver la propia vida (Funes, 2009). Estos
cambios suelen producirse como consecuencia del propio proceso de
adaptación o por la transformación o redenición de los roles o posi-
ciones sociales que de él se derivan (Perrig-Chiello y Perren, 2005). No
son sólo nexos entre periodos de estabilidad, sino momentos de una
actividad importante de construcción y conguración de estructuras y
trayectorias vitales, momentos exigentes y con muchas implicaciones en
la calidad de vida a largo plazo (Lane, Leibert y Goka-Dubose, 2017).
Son períodos de especial vulnerabilidad, precisamente por su carác-
ter condicionante sobre el futuro y la incertidumbre o las expectativas
que se depositan sobre ellos (Rausky, 2014). La trascendencia que ad-
quieren algunas transiciones hace que suelan llamarse crisis, pero con-
viene evitar una visión simplista de las mismas, que las reduzca a proce-
sos de adversidad o patología.
Las transiciones “impactan en nuestro sistema personal de signi-
cados” (Pérez, 2013, p. 35) porque suponen la toma de decisiones y la
revisión y actualización de actitudes ante la vida y ante uno/a mismo.
Por eso, son un desafío a la estabilidad, a la manera en que se venían
ejerciendo determinados roles o a las relaciones con los otros. Todo ello
implica también importantes retos, ya sea por los cambios en el entor-
no o por la manera en que la persona ejercita el manejo de la propia
vida. Buchmann y Steinho (2017) consideran que son “llamadas a la
acción” que presuponen capacidades de agencia que son necesarias para
el establecimiento y el éxito de las demandas de cambio. Transitar es un
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Las transiciones vitales
proceso dinámico, “un tiempo de incertidumbres, tanteos, experimen-
taciones, toma de decisiones, correcciones y reorientaciones (Funes,
2009, p. 22)
Algunos autores y autoras han intentado sistematizar la evolución de
estos procesos. Por ejemplo, Harbottle y Bridges (2006) identican las
siguientes fases de un proceso de transición exitoso:
Fin, pérdida o necesidad de cambio de la situación de partida. Es
una fase marcada por emociones asociadas a las resistencias al
cambio y la dicultad para aceptar que este se está produciendo.
Zona neutral o periodo de moratoria. Es una fase puente en que
la que pueden convivir la incertidumbre y el malestar con la cons-
trucción de expectativas o la apertura a nuevas posibilidades.
El nuevo comienzo. Es una fase cargada de perspectivas positivas
que permite nalizar la transición con la recuperación del control
sobre la propia vida.
Dentro de esquemas similares, otros autores detallan los procesos
emocionales asociados a las diferentes fases. Son procesos muy próxi-
mos a las fases tradicionalmente asociadas a las situaciones de duelo
(entre ellas las ya clásicas cinco fases propuestas por Kübler-Ross, en
1969: negación, rabia, negociación, depresión y aceptación). Uno de
esos modelos es el propuesto por Adams, Hayes y Hopson (1976), quie-
nes sugieren siete momentos en los procesos de transición, con efectos
diferentes en la autoestima de las personas:
Inmovilización o impacto inicial.
Minimización o negación del impacto.
Incertidumbre o miedo a la pérdida de control.
Aceptación de la inevitabilidad del cambio.
Experimentación o exploración de nuevos comportamientos, ac-
titudes o identidades.
Búsqueda de sentido para ajustarse a la nueva situación.
Internalización o integración de los cambios.
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P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
Corominas e Isus (1998) identican tres condiciones que inuyen en
la adaptación a los cambios producidos durante el proceso de transición:
La propia percepción de la transición.
Las características del entorno previo y posterior a la transición.
Las características del individuo (género o competencias, por
ejemplo).
El estudio de las transiciones vitales nos sitúa ante trayectorias perso-
nales, pero también nos ayuda a entender cómo se estructura la sociedad
en un momento histórico determinado y cómo se generan oportunida-
des y situaciones de riesgo para los procesos de inclusión o exclusión
(Buchmann y Steinho, 2017). Por una parte, el análisis de esos pro-
cesos permite comprender cómo se construye el sentido de la vida en
tiempos cambiantes, lo que distingue este enfoque de una perspectiva
del ciclo de la vida estructurado, normativo y lineal (Sepúlveda, 2013).
Por otra parte, hace posible también estudiar la afectación biográca de
la estructuración institucionalizada del curso de la vida.
Por ejemplo, la maternidad es una transición con efectos en el ámbito
personal, relacional, laboral y familiar. O la jubilación es una transición
del ámbito laboral cuyas transformaciones desencadenan cambios en las
relaciones familiares y conyugales. El estudio de ambos procesos tiene
una lectura psicosocial que nos permite entender las necesidades y retos
que se les plantean a las personas que los viven. Pero ambas transiciones
nos hablan, además, de cómo la sociedad afronta, en un momento de-
terminado, la relación entre vida personal y laboral, cómo gestiona los
cuidados, qué papel le otorga a la mujer o a las personas mayores, cuál
es el imaginario dominante sobre envejecimiento o dependencia, o qué
prioridades políticas facilitan o dicultan el tránsito por los cambios
asociados a esos procesos.
Existen conceptos diversos que han servido para abordar, desde dis-
ciplinas o miradas complementarias, las experiencias vitales que esta-
mos englobando en el concepto de transiciones vitales. Algunos ponen
el acento en las secuencias de acontecimientos de la vida de una persona
y hablan de itinerarios o trayectorias. Otros se jan en los sucesos que
originan los cambios y centran su análisis en los que llaman puntos de
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Las transiciones vitales
giro (turning points) o sucesos desencadenantes de reajustes vitales. Por
último, una parte importante de los conceptos utilizados tienen que ver
con el ciclo o curso de la vida y ponen el acento en la edad y las etapas
asociadas al desarrollo. De hecho, aunque muchos de los procesos estu-
diados tienen que ver con este último grupo, las tipologías de transicio-
nes vitales no se agotan en el desarrollo evolutivo. Veamos a continua-
ción algunas de las perspectivas posibles.
Tipologías de transiciones vitales
De manera genérica, algunos autores hacen una primera gran dife-
renciación entre transiciones normativas y no normativas. Las primeras
son previsibles y se pueden anticipar porque vienen determinadas por
las normas sociales, culturales y/o institucionales. En la sociedad indus-
trial, existía un modelo lineal del curso de vida ternario (Guillemard,
2009) en torno a la que se consideraba como actividad principal, el tra-
bajo. En ese contexto, existía un tiempo de preparación o formación (la
infancia), un tiempo de actividad (la adultez) y un tiempo de descanso
(la jubilación, a la que se reducía la vejez). Las transiciones normativas
eran las que estaban asociadas al tránsito entre esas tres grandes etapas
de la vida. Actualmente nos encontramos en un momento de mayor
exibilidad y heterogeneidad en las trayectorias vitales. Sin embargo,
a pesar de la desestandarización, individualización o biograzación de
esas trayectorias, siguen existiendo ciertas transiciones normativas aso-
ciadas especialmente a la escolarización o la relación con el mercado de
trabajo, y también a la jubilación.
Los eventos críticos no normativos, en cambio, son sucesos indivi-
duales inesperados (accidentes, enfermedades, muertes de personas
cercanas, rupturas de pareja o despidos no previstos, por ejemplo) o
eventos históricos que afectan a toda una cohorte (Krampen, 2013, Pe-
rrig-Chiello y Perren, 2005).
Gimeno (1997) distingue entre transiciones sincrónicas, que son
aquellas que se dan entre diferentes escenarios de la vida en un mismo
momento (la transición entre trabajo y familia o entre escuela y tiempo
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P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
libre, por ejemplo), y las transiciones diacrónicas, que son las relativas a
los eventos biográcos que se van situando en la línea del tiempo.
Por último, dentro de esta visión general, resulta también interesante
la diferenciación que realiza Funes (2009) entre tres grandes grupos de
transiciones interdependientes:
las relacionadas con algunos ciclos evolutivos socialmente cons-
truidos (como la adolescencia o la juventud, o la “tercera edad”).
las derivadas de los cambios en las situaciones vitales que modi-
can las oportunidades, sean estas motivadas por transformaciones
del contexto (por ejemplo, un duelo o el n de un ciclo escolar) o
por procesos personales (superación de enfermedades o situacio-
nes de ruptura o conicto).
las resultantes de modicaciones en el estatus, el rol o el reconoci-
miento social de las personas. Entre estas últimas sitúa las transi-
ciones relacionas con los procesos de inclusión o exclusión social.
Más allá de estas diferenciaciones generales, podemos revisar tipolo-
gías más concretas que ayudan a identicar situaciones especícas por
la que atraviesan (atravesamos) los seres humanos.
La edad como criterio: principales transiciones a lo largo del ciclo vital
Como hemos venido sugiriendo, la exibilización de los ciclos vitales
y la reducción de la estandarización de los itinerarios personales hacen
que la edad vaya perdiendo signicación como característica central de
los procesos de transición vital (Sepúlveda, 2013).
A pesar de ello las transiciones relacionadas con la edad persisten en
el imaginario social y organizan aún, desde políticas públicas y estruc-
turas institucionales, muchos aspectos de nuestra vida. Revisaremos al-
gunas de ellas, pero conviene recordar, antes, que la edad, más alde
un dato biofísico, es una construcción social que se legitima cultural e
históricamente en lugares y tiempos concretos. Ser joven o viejo impli-
ca experiencias diferentes en función de variables como el género, la
pertenencia étnica, la clase social o el tiempo y el lugar en el que esas
condiciones se viven (Lozano-Poveda, 2011).
885
Las transiciones vitales
Las transiciones vitales en la infancia, la adolescencia y la juventud
Aunque, en ocasiones, las políticas sociales conciben a los niños o
niñas, adolescentes y jóvenes como un único colectivo, las particulari-
dades de cada una de estas etapas vitales justica su diferenciación.
Las transiciones infantiles están menos estudiadas que las relativas a
la adolescencia o la juventud y suelen reducirse a la transición del en-
torno familiar a la vida escolar, que hace adquirir el estatus de alumno/a
o estudiante, con lo que ello comporta de dedicación a las tareas de
aprendizaje, las relaciones con profesorado e iguales y el desarrollo de
comportamientos adecuados para la vida en sociedad (aprender a “por-
tarse bien”). A pesar de ello, Krampen (2013) considera que en todas
las transiciones educativas, independientemente de la edad, se pueden
producir adaptaciones discontinuas y problemáticas que afecten al bien-
estar subjetivo.
La adolescencia ha sido estudiada tradicionalmente como la etapa
de transición vital por excelencia en nuestras sociedades occidentales,
normalizadas y generalizadas, como el camino hacia una masculinidad
adulta vinculada al entorno laboral y una femineidad adulta asociada al
hogar y los cuidados (Colom, 2000; Du Bois-Reymond y López, 2004).
Algo similar ocurre con la juventud, que supone el tránsito hacia la
vida autónoma y constituye uno de los momentos cruciales en la vida
de las personas. Este proceso se desarrolla a través de la participación en
escenarios sociales diversos, todos ellos relacionados con la construc-
ción del proyecto vital futuro. Uno de estos escenarios es el trabajo, por
su importancia en el proceso de enclasamiento (Casal, García, Merino y
Quesada, 2006), lo que convierte el paso de la escuela al mundo laboral
en una de las transiciones consideradas clave, aunque conviene recordar
que no podemos reducir la transición a la vida adulta a un mero proceso
de inserción profesional.
La conguración de la identidad o la gestión de las expectativas y
aspiraciones en ámbitos diversos forman parte de los aspectos críticos
de esta etapa que no se agotan necesariamente en la cuestiones profesio-
nales o laborales. En muchos casos, hablamos de aspectos psicosociales
más profundos que hoy se ven seriamente afectados por los replantea-
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P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
mientos que se están produciendo en la aceptación de unas biografías
normalizadas en función del género o por las incógnitas relacionadas
con la posibilidad de lograr el pleno empleo. Para algunos autores, esto
explica el persistente fracaso de las políticas públicas dirigidas a los jó-
venes (Du Bois-Reymond y López, 2004).
Las transiciones vitales en la adultez
Tradicionalmente se ha concebido la adultez como una etapa de es-
tabilidad, entendida de tal modo que cualquier signo de duda o descon-
tento era interpretado como anormal. Actualmente, “se acepta que el
desarrollo adulto normal, al menos por lo que respecta a las actuales ge-
neraciones, implica necesariamente hacer frente a desaantes cambios y
decisiones que se viven con un cierto grado de inseguridad, malestar y
conicto” (Pérez, 2013, p. 29).
Las transiciones normativas más relevantes tienen que ver con el
transito entre la formación y el trabajo, con la independencia residen-
cial y con la formación de una familia, con lo que todo ello comporta
de conguración de los procesos de identidad de los que hablábamos al
referirnos a la juventud.
La centralidad del trabajo se expresa en que es el principal elemento
de movilidad social, en la medida en que lleva asociados ingredientes so-
cioeconómicos determinantes de la posición de clase (Casal et al, 2006).
Una vez ingresado en el mundo del trabajo, los roles profesionales y la
propia ocupación pueden verse afectados por el panorama económico
global, exigiendo hacer frente a diversas transiciones para adaptarse a la
recolocación, los periodos de paro e inactividad o la reconversión pro-
fesional (Corominas e Isus, 1998).
A pesar del peso de lo laboral, la maternidad y la paternidad son,
probablemente, las transiciones normativas con mayor impacto en la
adultez, por su enorme exigencia durante la readaptación a los nuevos
roles y porque afectan a múltiples dimensiones del individuo y su entor-
no (Colom, 2000).
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Las transiciones vitales
Entre los cambios imprevistos, no normativos, podemos situar todos
aquellos asociados a las actuales transiciones hacia la adultez, que se ca-
racterizan por ser cada vez más exibles, diversas y desestandarizadas.
Esto complica la asunción de los roles y responsabilidades adultas por
parte de los jóvenes, que, condicionados por la evolución del mercado
de trabajo, por las dicultades de acceso a la vivienda o por la evolución
de las tipologías de relaciones personales y familiares, retrasando su
emancipación, la realizan parcialmente o lo hacen de manera reversible
en función de como evolucionan todos esos condicionantes.
Las transiciones vitales en la vejez
La centralidad del trabajo en la vida de las personas (especialmente los
varones) también hace que tradicionalmente se hayan reducido las tran-
siciones de la vejez a la jubilación. La jubilación es una transición de gran
magnitud porque se producen simultáneamente cambios en distintos ro-
les y ámbitos de la vida, que pueden producir malestar (Corominas e Isus,
1998; Osborne, 2012). El reto es reconstruir una estructura, estilo y rutina
de vida al margen del empleo. Como señalan estos autores, la intensidad
del malestar dependerá del estatus de trabajador y la vinculación de la
identidad personal con la ocupación. A estas diferencias, debemos igual-
mente añadir otras variables personales y del entorno, como el apoyo
familiar y social, considerado como un factor de protección, que favore-
ce la adaptación, el bienestar subjetivo y es un apoyo fundamental en las
crisis” (Bueno y Buz, 2006 en Luján y González, 2013, p. 288-289). Estos
mismos autores señalan que al tratarse de una transición normativa, su
previsibilidad puede favorecer la planicación previa. Es imprescindible
plantearse la jubilación como una continuación del desarrollo personal,
aunque signique el n de la trayectoria profesional.
Junto a ello, la estigmatización de la vejez, el edadismo, conere a
esta etapa la condición de etapa de inactividad, deterioro y soledad, a la
que se asocia una imagen negativa, sin aportaciones sociales de valor, lo
cual puede reforzar la percepción de mala salud emocional y provocar
procesos de adaptación difíciles. Desde la complejidad y una visión po-
sitiva, no se pueden reducir la jubilación y la vejez a estos estereotipos.
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P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
Obviamente, no sólo existen muchos imaginarios sobre lo que signica
devenir anciano o anciana, sino que existen heterogeneidad de expe-
riencias, vivencias y subjetividades, dentro de la categoría social antaño
estandarizada y uniforme de personas mayores. Personas que cada vez
viven más tiempo de forma autónoma, con fuerzas para dedicarse a ta-
reas socialmente útiles; abuelas y abuelos que cuidan de su familia y sus
nietos; parejas mayores que disponen de una etapa cada vez más larga
en el ciclo de vida de la familia tras la emancipación de los hijos; perso-
nas en situaciones extremas de dependencia, …. todos ellos son el rostro
de la diversidad producida por la segunda modernidad.
En la vejez es donde existe y se visualiza más distancia entre los dis-
tintos itinerarios individuales (Lozano-Poveda, 2011), fruto de las deci-
siones, la temporalidad y la diversidad que representa cada trayectoria
vital. Por otra parte, el proceso biológico de envejecimiento presenta una
variabilidad interindividual (no todas las personas envejecemos igual), e
intraindividual (los cambios producidos en una determinada capacidad
no predicen necesariamente cambios en otros ámbitos), muy signicativa.
Junto a la jubilación, en la vejez existen otros tres grandes procesos
de transición, que no siempre se producen, pero tienen más prevalencia
en esta etapa de la vida, y cuando lo hacen tampoco presentan perles
uniformes: la abuelidad, la irrupción de situaciones de dependencia, y la
institucionalización en hogares o residencias.
Transiciones relacionadas con cambios en el cuerpo, en las capacida-
des, en las relaciones o en el contexto
Más allá de las transiciones evolutivas, existen circunstancias perso-
nales o sociales que, asociadas o no a aquellas, implican procesos de
ajuste o reajuste de igual o superior signicación para las personas que
la viven. Repasamos, a continuación, algunas de las más habituales.
Las transiciones asociadas a la diversidad funcional
La discapacidad tiene un impacto signicativo en los procesos de transi-
ción vital en un doble sentido. Por una parte, se pueden dar cambios en al-
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Las transiciones vitales
gún aspecto del cuerpo o del desempeño cognitivo que impliquen un antes
y un después en la manera de funcionar y de relacionarse consigo mismo
y con el mundo. Por otra parte, la diversidad funcional en sí misma es una
variable que añade complejidad a los procesos de transición normativos.
Así, el proceso de emancipación o de transición a la vida adulta para
los jóvenes con discapacidad afronta situaciones especícas de preca-
riedad laboral o de dependencia familiar que no siempre garantizan un
cambio real de estatus (Martínez, 2003). Si bien las formas y las dicul-
tades para la emancipación de los jóvenes actuales son comunes y, por
lo tanto, sería un error prestar excesiva atención a las particularidades,
la vivencia de éstas puede ser distinta y especíca en determinadas con-
diciones. Por ejemplo, para las personas con un trastorno del espectro
autista las transiciones pueden ser una fuente de especial ansiedad, an-
gustia y desafío (Roncaglia, 2013).
Las transiciones asociadas a los procesos migratorios
La movilidad humana, de corto o largo alcance, por motivos econó-
micos, sociales o políticos, supone siempre procesos de adaptación, de
reconstrucción de vínculos o de ajuste de la identidad y del sentido de
pertenencia (Mendoza y Ortiz, 2016). La categoría “migranteengloba
realidades heterogéneas que deben ser analizadas y comprendidas desde la
complejidad. Aunque puede haber elementos comunes, la distancia entre
una intelectual refugiada de guerra, un adolescente que busca sobrevivir
en un país rico o un estudiante internacional de doctorado obliga a aná-
lisis particulares de cada colectivo. Además, cada una de esas situaciones
interactúa con otros procesos de transición que añaden complejidad a su
análisis. Por ejemplo, el tránsito hacia la emancipación de un adolescente
subsahariano que llega a Europa hace coincidir la migración con la transi-
ción a la vida adulta, lo cual comporta procesos psicosociales especícos.
Las transiciones asociadas a la salud
Padecer una enfermedad puede necesitar de un proceso de transi-
ción que asegure la adaptación al rol impuesto e imprevisto. El ingreso
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P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
hospitalario, la condición de cronicidad, la necesidad de reposo o baja
prolongada, la pérdida de capacidades, la medicalización de la vida co-
tidiana, la gestión del sufrimiento y el dolor o el duelo por partes am-
putadas exigen procesos de adaptación temporal o permanente de roles,
relaciones y estatus.
Las transiciones asociadas a otros estresores psicosociales
Además de las transiciones normativas y no normativas menciona-
das, existen sucesos en la vida que precisan o provocan transiciones
multidimensionales a las personas que los viven directamente y a las de
su entorno. Una parte importante de estas transiciones tienen que ver
con las pérdidas y/o están asociadas con relaciones signicativas o con
espacios en los que estas se desarrollan. Los ejemplos más habituales
son la muerte de un ser querido, la preparación para la propia muerte
ante un diagnóstico que la anticipe, la ruptura de una relación de pareja,
la llegada de un nuevo miembro a la unidad familiar, un cambio de re-
sidencia o los cambios motivados por el cierre de un centro educativo.
Nuevas miradas a los procesos de transición vital
La emergencia de nuevas transiciones, y de necesidades para su
afrontamiento, viene dada por ciertos cambios en el modelo de ciclo
de vital que tienen su origen en transformaciones multidimensionales
y multicausales producidas en las últimas décadas. Como hemos seña-
lado anteriormente, la ideología de la modernidad se caracterizaba por
sugerir una planicación clara de normas en escenarios sociales mar-
cados por la linealidad, la directividad y la irreversibilidad (Bauman,
2006). La modernidad tardía, en cambio, preconiza los itinerarios cons-
truidos a pedazos (las patchwork careers) en un contexto de profundos
cambios en el ciclo de vida estándar (Stauber y Walther, 2006).
En la sociedad fordista prevalecía una articulación entre trabajo, pro-
tección social y ciclo vital materializada en las políticas públicas que, en
el estado de bienestar europeo, vinculaban los derechos sociales y de
ciudadanía con la condición de asalariado y de nacional (Guillemard,
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Las transiciones vitales
2009). Cabe recordar que esta norma, generalizada en los imaginarios
sociales, alude al trabajador industrial varón. Es, por tanto, un modelo
masculino vinculado a la idea de estabilidad, continuidad y no precarie-
dad. Por otra parte, el esquema de políticas sociales prestaba atención
fundamentalmente a transiciones normativas vinculadas con el curso
de la vida, muy ligadas al proceso de formación, incorporación, estabi-
lidad, progresión profesional, y retirada del empleo.
La crisis de este modelo comienza en los 70, cuando el sistema de
producción fordista evoluciona y el mercado de trabajo se exibiliza y
desregula (Artegui, 2017), agotando el paradigma productivo de la eta-
pa industrial, y haciendo caer a una parte importante de la ciudadanía
en un modelo “femenino” de empleo (inestable, precario y exible). En
ese contexto, las carreras profesionales se fragmentan, porque los tiem-
pos de trabajo son discontinuos, lo que hace tambalear la distribución
según edades de la protección social.
Hoy hablamos de un nuevo modelo socioeconómico que, impulsado
por las tecnologías de la información y el aprendizaje, ha dado lugar
a una nueva globalización social, económica y cultural. Dichas tecno-
logías son esenciales para la expansión de nuevas formas culturales,
que afectan, por ejemplo, a la transición a la vida adulta de los jóvenes
(Montiel, 2009).
El curso de vida ternario sufre profundas transformaciones, las eta-
pas de la vida ya no están ordenadas ni jerarquizadas, se han vuelto más
complejas y fragmentadas. Parece ser el n del modelo lineal del ciclo
de la vida y de la certitud y previsibilidad de las transiciones vitales, lo
cual conlleva el debilitamiento de los modelos colectivos de socializa-
ción y un aumento de la responsabilidad individual (Du Bois-Reymond
y López, 2004).
La biograzación y el incremento de transiciones fallidas
La relevancia que adquiere el sujeto en la construcción de su propia
trayectoria vital mediante la gestión de las oportunidades, los riesgos o
el sentido de su vida se ha plasmado en el concepto de biograzación.
Las personas pasan de vivir biografías estandarizadas a construir bio-
892
P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
grafías de elección (Artegui, 2017). El individuo se convierte en actor
y, a la vez, producto de su historia biográca, integrando en ella las de-
mandas situacionales, los riesgos y las oportunidades.
En este marco, las personas (de manera especial los jóvenes) deben
lidiar con la necesidad de una planicación anticipada y con la cons-
trucción constante de planes de contingencia, lo que implica que las
transiciones tengan movimientos constantes de progreso y retroceso o
de idas y venidas. Es lo que algunos autores denen como “transiciones
tipo yo-yo” (Stauber y Walther, 2006).
Las transiciones tipo yo-yo hacen referencia a la reversibilidad, la
sincronicidad de distintas acciones y tiempos sociales, o incluso de iti-
nerarios biográcos negativos. El problema es que muchos de estos iti-
nerarios negativos, especialmente en determinados colectivos con me-
nos oportunidades para elegir, tienen una baja reversibilidad y conectan
con lo que otros autores llaman “transiciones fallidas”.
Du Bois-Reymond y López (2004) atribuyen el incremento de tra-
yectorias fallidas a las discrepancias entre los itinerarios reales y las bio-
grafías normalizadas articialmente por las instituciones sociales y las
políticas públicas, que exigen la distinción entre lo que debería ser”
(asociado a una integración social exitosa) y lo que cada persona vive.
Todo ello supone riesgos y oportunidades. Estas últimas están aso-
ciadas al mayor protagonismo de la persona y al incremento del control
sobre su propia historia. Sin embargo, la individualización del curso de
la vida, desde un punto de vista crítico, implica una atribución de la res-
ponsabilidad casi exclusiva al individuo, que carga en solitario con los
riesgos generados por una estructura social que distribuye de manera
desigual las oportunidades. Tomar decisiones personales, en este con-
texto, signica asumir las consecuencias de hacerlo bajo la inuencia de
la aleatoriedad, la incertidumbre, la diversicación y/o el desorden. La
soberanía individual conduce hacia trayectorias cada vez más diversas y
negociadas, con mayor riesgo de equivocarse y estar socialmente exclui-
do. Por ello, la manera en que se afrontan y gestionan las transiciones
tiene un papel cada vez más decisivo en los procesos de integración so-
cial (Stauber y Walther, 2006).
893
Las transiciones vitales
La pérdida de peso del territorio y la emergencia de otros espacios co-
munitarios en los procesos de transición
A la exibilización de los tiempos de trabajo se unen transforma-
ciones que van modicando de manera relevante otros aspectos de la
vida, como son el tiempo y el espacio. La digitalización ha provocado
un cambio en la organización social y en la gestión de los tiempos y es-
pacios asociados a la socialización, al trabajo y al ocio (Bauman, 2003).
El espacio adquiere mayor importancia como dimensión ordenativa en
detrimento del tiempo. Esto afecta a nuestras visiones de la temporali-
dad y la secuencialidad de los sucesos vitales, pues el modelo de la socie-
dad informacional sugiere la simultaneidad y la atemporalidad (Mon-
tiel, 2009). Bauman también analiza estos efectos y argumenta que, con
la globalización y con esta transformación en las formas de entender
el tiempo y el espacio, la libertad de desplazamiento entre distancias
virtuales es inmensa, pero, al mismo tiempo, la vinculación con lo local
y con el territorio como lugar identitario y de vinculación pierde peso.
Evidentemente, todo ello genera consecuencias en la comunidad
como espacio de interrelación y convivencia. O, dicho de otra manera,
se amplican y diversican las comunidades de referencia, que pueden
ser múltiples, como las identidades. Conceptos como “individualismos
en red” o “comunidades personales” (Wellman, 2001) ponen de mani-
esto no tanto el declive de la dimensión comunitaria cuanto la apari-
ción de nuevas formas de vinculación y pertenencia distintas de las tra-
dicionales, menos ligadas a un territorio especíco y más relacionadas
con “espacios” emocionales o ideológicos (Maya, 2004).
Estas transformaciones en los escenarios comunitarios tienen, al
menos, dos tipos de impacto en los procesos de transición vital. Por
una parte, los referentes comunitarios como modelos de ajuste ante los
cambios personales se diversican y hacen más complejos. Ello incre-
menta la libertad de las personas para elegir referentes, pero también
incrementa el riesgo de que estos sean más cticios (construidos vir-
tualmente) que reales, con los riesgos potenciales que ello comporta.
Por otra parte, la comunidad también modica su papel como red de
apoyo ante las dicultades surgidas en los procesos de transición vital.
894
P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
El núcleo más íntimo de apoyo social, constituido tradicionalmente por
la familia y los amigos con los que se convive presencialmente, se am-
plica con otros núcleos de intimidad virtual o incluso con la búsqueda
de apoyos virtuales en otros niveles, por ejemplo, de ayuda profesional o
de sustitución de esta por la búsqueda de información, con los riesgos y
oportunidades que estas nuevas situaciones conllevan.
La diversicación de los estilos de vida y la desigualdad y variabilidad
en las transiciones vitales
A los cambios directamente conectados con la organización del ci-
clo de vida, se suman otras transformaciones sociales y culturales que
ensanchan el abanico de posibilidades y oportunidades aceptadas y
posibles en nuestro contexto. Por ejemplo, la formación de una familia
biparental clásica ya no es uno de los marcadores más importantes de
independencia y realización personal adulta. A ello podemos añadir los
cambios en la cohabitación, la forma de convivencia o los tiempos de re-
producción, la diversicación de los estilos de constitución de parejas, la
exigencia de formación permanente ante la aceleración del mercado de
trabajo o la discontinuidad, la precariedad y la desestandarizacion del
trabajo. Todo ello supone, en general, menos patrones que seguir y más
reversibilidad, por el divorcio, el paro o los cambios forzados o volun-
tarios de trabajo. Estos cambios implican el retraso, el alargamiento, la
provisionalidad o la simultaneidad de transiciones multidimensionales,
especialmente en el proceso hacia la adultez.
Atrasar, alargar o revertir los planes de futuro no sólo afecta al indi-
viduo, sino a todo el núcleo familiar y su entorno. Muchos progenitores,
por ejemplo, sustentan a sus hijos e hijas jóvenes, que viven en una si-
tuación de dependencia familiar propias de la infancia o la adolescen-
cia, atrasando la autonomía personal, la independencia económica, y
la asunción de responsabilidades (Artegui, 2017; Giner, Lamo y Torres,
2006). El retraso a la incorporación al mundo del trabajo y a la asunción
de la independencia económica ha provocado otras tardanzas, como la
independencia residencial o la formación de una familia. Es lo que al-
gunos autores llaman la emancipación diferida(Casal et al, 2006), en
895
Las transiciones vitales
la que se prolongan algunos sucesos que denen la transición a la vida
adulta. Además, con el acceso y uso masivo de las tecnologías digita-
les por parte de los y las jóvenes, se ha producido un desajuste entre la
emancipación virtual (vinculada a la autonomía y madurez que otorga
la creación de redes extensas, autónomas e independientes del entorno
familiar con las que adoptar nuevas pautas de actividad social virtual) y
la falta de acceso a otros bienes de consumo signicativos para el proce-
so de emancipación social y adquisición de responsabilidades adultas,
como la vivienda (Montiel, 2009).
Por otra parte, los itinerarios personales no son independientes de la
estructura social y de la desigualdad. En las transiciones es donde mejor
se puede advertir el impacto que tienen en la vida de las personas las si-
tuaciones de ventaja o desventaja, que son previas al momento de cambio
y que pueden perdurar en los estados y etapas posteriores. El modelado de
las transiciones individualizadas depende, en gran parte, del capital cultu-
ral y social disponible. Por ejemplo, en el Sur de Europa, la tradición fami-
lista y la existencia de un Estado del bienestar débil, ha provocado que el
mayor apoyo durante las transiciones juveniles sea por parte de los fami-
liares, y en especial, de los progenitores, generando relaciones de (semi)
dependencia más pronunciadas que en otros contextos donde es mayor el
desarrollo del Estado del bienestar. Y es también aquí donde las personas
o colectivos con más restricciones en ese capital corren mayores riesgos
de exclusión (Buchmann y Steinho, 2017; Stauber y Walther, 2006).
Las principales restricciones o limitaciones de orden estructural es-
tán relacionadas con el género, el estatus socioeconómico, el origen ét-
nico o cultural, la edad, la diversidad funcional, el lugar de residencia o
con situaciones de especial vulnerabilidad asociadas a la acumulación
de desventajas.
Retos y orientaciones para el Trabajo Social en los actuales escenarios
de transición vital
Como hemos visto hasta aquí, el modelo de ciclo vital denido por
las certezas y la previsibilidad (como consecuencia de la estandarización
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P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
y la linealidad) ha dado paso a un recorrido vital marcado por la incer-
tidumbre y la reversibilidad. Así, afrontar los cambios y las transiciones
se ha convertido en “una tarea altamente exigente” (González y Gonzá-
lez, 2015, p. 30). Las transiciones vitales son más inciertas, duran más
tiempo y/o son más frecuentes. Todo ello conlleva vivencias de mayor
inseguridad (Stauber y Walther, 2006) y la incapacidad de anticipar el
porvenir.
Se ha producido una progresiva biograzación del curso de la vida,
demandando de las personas un papel cada vez más activo. Es nece-
sario aprender a desenvolverse en este escenario que requiere de una
constante redenición y adaptación de los planes vitales propios a los
nuevos objetivos y necesidades (Stauber y Walther, 2006) que limitan la
posibilidad de actuar estratégicamente (Guillemard, 2009).
A ello hay que añadir que el impacto de la incertidumbre y el de las
propias transiciones afecta de forma desigual a los individuos (Artegui,
2017). Su impacto es mayor en los colectivos desfavorecidos debido al
predominio de lo aleatorio en las vidas de estas personas (Rausky, 2014).
En estos casos, las transiciones son aún más inestables, indeterminadas
y por lo tanto, más problemáticas.
Los nuevos riesgos a los que se enfrentan las personas en el contexto
de biograzación suponen nuevos retos para las políticas de protección
social y de la acción social en general. Se producen así desfases en-
tre políticas antiguasy realidades nuevas generadoras de incertidum-
bre, fallos en la protección de riesgos sociales, e inseguridad personal,
familiar, comunitaria y social en el futuro(Guillemard, 2009, p. 28).
Las políticas sociales han sido tradicionalmente recursivas y afrontan el
reto de transformarse en políticas sociales discursivas y de pertenencia,
que transiten hacia políticas de gestión óptima de las incertidumbres
(Ewald, 1992, p. 21 en Guillemard, op. cit.: 30).
Se hace necesario potenciar políticas que movilicen y fortalezcan las
disposiciones y capacidades personales de los ciudadanos y ciudadanas
para fortalecer su capacidad de tomar conciencia, recomponer el sen-
tido de las cosas y orientar sus proyectos de vida. Han de ser políticas
que cuiden también los vínculos de las personas, factor de desarrollo y
897
Las transiciones vitales
activación de apoyos para la construcción exitosa y satisfactoria de las
trayectorias (Stauber y Walther, 2006; Luján y González, 2013; Salmela-
Aro, 2009; Osborne, 2012).
Por otra parte, la individualización de las trayectorias biográcas
provoca también una crisis de normatividad, en la que además las insti-
tuciones se desdibujan como referentes personales. En este sentido son
cruciales políticas sociales que animen y promuevan instituciones desde
las que las personas puedan desenvolverse con bienestar en su vida co-
tidiana, puedan encontrar los marcos de sentido para dar signicado a
su vida y en las que puedan participar cívicamente y contribuir al bien
común. Entre ellas cobran especial importancia las dotaciones institu-
cionales de los barrios, la organización de los servicios a las personas
—signicativamente los servicios sociales—, y las organizaciones de la
sociedad civil.
En estos escenarios, se requieren abordajes adecuados para este nue-
vo enfoque de políticas, entre los cuales destacaríamos los siguientes:
Cambiar el enfoque de los recursos a los sujetos (García, 2007). Las
políticas han de diseñarse teniendo como centro a las personas y a
sus historias de vida, facilitando, acompañando y protegiendo su
capacidad para movilizar recursos múltiples, reticulares, simultá-
neos, formales e informales, desde las diferentes dimensiones de
una vida sostenible y de calidad. No se pueden reducir las biogra-
fías a una carta de recursos y servicios.
“Prestar importancia a la dimensión subjetiva (Du Bois-Re-
ymond y López, 2004, p. 22). Diferentes autores han puesto de
maniesto cómo iniciativas tutoriales de proyección de itinerarios
y de construcción de proyectos vitales contribuyen a proteger de
los riesgos de las transiciones y a movilizar las oportunidades que
éstas también encierran, ya sea en el tránsito entre etapas educa-
tivas (González y González, 2015), en la transición a la inserción
socioprofesional (Corominas e Isus, 1998), o en la preparación a la
jubilación (Osborne, 2012).
Superar la compartimentación y segmentación presente en el dise-
ño de políticas sectoriales y de atención a colectivos, para trabajar
898
P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
desde la complejidad biográca y desde el planteamiento de polí-
ticas integradas de transición (Du Bois-Reymond y López, 2004).
Flexibilizar apoyos e instrumentos (Du Bois-Reymond y López,
op. cit.) para poder proteger los nuevos perles de riesgo.
Generar “políticas del ciclo vital preventivas e inter-edad” (Guille-
mard, 2009, p. 32), revisando el criterio de edad como marcador
de las principales transiciones a lo largo del ciclo vital. El género,
la pertenencia étnica, la clase social, la salud, o el lugar en el que
uno vive, implican experiencias de ser joven, hacerse adulto o en-
vejecer singulares y únicas.
Prestar atención, en la arquitectura de la acción social, a transi-
ciones vitales menos normativas, de carácter más emergente, y
especialmente a las situaciones microscópicas, de carácter más
próximo a la cotidianeidad de las personas, pero que forman par-
te de manera muy relevante de las dicultades que las personas
afrontamos en algunas de esas etapas de cambio.
Superar la centralidad que ha tenido la inserción o la retirada del
empleo remunerado en las políticas de ciclo vital, dando cabida y
promoviendo por ejemplo, experiencias de aprendizaje informal,
de trabajo cívico, de cuidados, o de ocio (Kleiber, Bayón y Cuenca,
2012; Luján y González, 2013; Osborne, 2012; Sullivan, 2016).
Contar con profesionales que actúen como referentes de orientación
y que puedan mediar en los procesos de integración y en la adopción
de respuestas personalizadas que ayuden a transitar hacia nuevas eta-
pas vitales es crucial es estos enfoques de la acción social y las políticas
públicas (Corominas e Isus, 1998). El protagonismo del individuo en la
gestión de las transiciones vitales requiere que disponga de competen-
cias y habilidades de gestión del cambio. El uso ecaz de sus recursos y
capacidades resultará determinante para conseguir transitar con éxito o
no a otras etapas de la vida, especialmente cuando se trata de transicio-
nes no normativas o que se desarrollan en contextos de poca estructura-
ción del ciclo vital y orientación normativa (Salmela-Aro, 2009).
Esta exigencia de afrontamiento se evidencia signicativamente en
las crisis vitales, entendidas como “puntos transicionales que suponen
899
Las transiciones vitales
situaciones nuevas que el individuo no puede manejar con los mecanis-
mos de superación habituales, lo que exige la movilización de nuevos
recursos, y que pueden representar una oportunidad de crecimiento
(Caplan, 1966 en Mikulic et al., 2006, p. 176).
La acción de los y las trabajadoras sociales, en sus diversos espacios
profesionales, se desarrolla en esos momentos de cambio o turning
points acompañando y apoyando a las personas en sus procesos. Hut-
chinson (2019) señala que el propio encuentro con el profesional puede
actuar como un turning point, como momento activador de cambio y
transición en la vida de las personas.
Por eso, además de los criterios relacionados con el enfoque global
de las políticas sociales, conviene formular o subrayar también algunos
criterios relacionados con la acción de las y los profesionales:
Adoptar una visión holística e integral (Martínez, 2003), no cen-
trada en un rasgo diferencial, como la edad, el género, la discapa-
cidad, sino que identique las dicultades y vivencias compartidas
por las personas en las distintas transiciones vitales.
Incorporar una perspectiva de la persona centrada en las forta-
lezas, evidenciando los aspectos positivos de las experiencias de
transición, y promoviendo la adquisición de competencias para
la toma de decisiones y la asunción de responsabilidades, tarea
que es cada vez más necesaria en los nuevos contextos (Du Bois-
Reymond y López, 2004).
Realizar un acompañamiento en el tránsito y la acogida de la nueva
etapa (Funes, 2009), dinamizando y dando sentido a ese proceso
en clave de proyecto vital. El medio, el instrumento fundamental,
es el establecimiento de una relación de escucha, comunicación y
apoyo entre la persona acompañada y el profesional que acompa-
ña.
Diseñar proyectos y procesos de intervención desde una perspec-
tiva que situé a la persona en el centro (Roncaglia, 2013), favore-
ciendo la autodeterminación y la máxima participación posible en
la toma de decisiones.
900
P. López - S. Lázaro - L. Navarro - R. Mota
Promover procesos de empoderamiento en las personas, a través
del autoconocimiento y la mejora de la autoecacia (Bandura,
1999), la creación de vínculos y redes interpersonales y apoyando
su visibilización y participación activa en la comunidad y en la
sociedad.
Sería prematuro aventurar cómo describirán los historiadores del fu-
turo el inicio del siglo XXI. Si tuviéramos que imaginarlo con lo que
ahora sabemos, probablemente diríamos que, entre los ingredientes que
pueden acabar deniendo esta época, tendrá un lugar relevante la acele-
ración de los procesos económicos, políticos y sociales. El cambio es una
constante de la existencia (no sólo del ser humano) y difícilmente pode-
mos encontrar una época de la historia que no se dena por los procesos
de transformación que en ella se dieron. Sin embargo, la velocidad que
entre la segunda mitad del siglo pasado y el inicio del siglo actual han
experimentado los cambios en la manera de vivir de una parte impor-
tante de la humanidad justica que la condición líquida (usando la ter-
minología de Bauman a la que ya hemos hecho referencia) sea asumida
como el estado natural de las relaciones interpersonales, los conictos
políticos o los retos socioeconómicos a los que hacemos frente. En esta
época de vértigo, la justicia, la paz o la igualdad de derechos y oportu-
nidades entre los seres humanos siguen siendo el horizonte que hace
avanzar las utopías y la necesidad de innovar en la manera de transitar
esos caminos está más presente que nunca. El Trabajo social vive con in-
tensidad esa necesidad. Nuevos tiempos entrañan nuevos retos y, como
consecuencia, nuevas maneras de mirar, de responder y de aprender.
Hablar de innovación social implica, al menos, esas tres perspectivas:
Innovar en la manera de analizar y entender la realidad social.
Innovar en las estrategias e instrumentos de intervención para
contribuir al desarrollo o a la transformación de esa realidad so-
cial y contribuir a la mejora del bienestar de las personas.
Innovar en la manera de aprender, de formarse, de desarrollar las
competencias (también renovadas) que exige esa realidad social,
para ser comprendida y para intervenir en ella.
901
Las transiciones vitales
El objetivo último de la acción de los y las profesionales del Traba-
jo social es crear condiciones que posibiliten a las personas transitar
por los procesos de cambio que se producen en sus trayectorias vitales
con la seguridad y los apoyos sucientes para afrontar los riesgos y para
aprovechar las oportunidades de aprendizaje y crecimiento que en ese
tránsito se presenten.
El estudio de las transiciones vitales nos invita a mirar la realidad
desde la perspectiva de la incertidumbre y el cambio, a poner el foco no
en los puntos de partida y llegada, sino en los momentos de tránsito. Es
una invitación a aprovechar la acción social, en general, y el abordaje
profesional de las transiciones vitales, en particular, como impulso para
realizar también una “transición profesional” desde los escenarios, me-
todologías y procesos ya conocidos y consolidados hacia otros nuevos o
renovados que sigan incidiendo con pasión y con rigor en la mejora de
la calidad de vida de personas y comunidades.
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Las transformaciones del mercado laboral han provocado la diversificación de los tiempos de trabajo. Las pautas temporales que guiaban el transcurso vital se erosionan: la incertidumbre se instala en las vidas. Los jóvenes que se encuentran en la última etapa de la transición a la edad adulta sufren con especial crudeza esta situación. Las expectativas que construyeron en el pasado chocan con su presente. A través del análisis de veinticuatro entrevistas en profundidad, estudiamos de qué manera impacta la incertidumbre sobre estos jóvenes y qué efectos tiene sobre sus vidas. Los datos producidos en el trabajo de campo nos muestran que tanto el nivel de impacto, como las consecuencias de la incertidumbre, son diferentes en los jóvenes que siguen la secuencia del ciclo vital estandarizado y en quienes la han abandonado.
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La literatura sobre “migrantes en el medio” es un tema emergente en el campo de las migraciones internacionales. Estos migrantes, en general, cuentan con niveles de educación formal medios o altos y ocupan posiciones intermedias en el mercado laboral debido a su edad o escasa experiencia laboral. El artículo se basa en 21 entrevistas semiestructuradas aplicadas a estudiantes extranjeros de doctorado en universidades de Barcelona, analiza sus motivos para emigrar, así como sus trayectorias laborales y vitales. La investigación explora el proceso complejo de emancipación del hogar familiar con relación a las prácticas y experiencias espaciales cotidianas.
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The purpose of this study was to (a) identify potential benefits for students with disabilities taking part in a physical activity program with same-age typical peers on a Midwest university campus and (b) to determine if the program impacted the students with disabilities empowerment. Empowerment theory was used to determine how transition students? attitudes change over the course of the semester while participating in a workout buddy program with same-age college peers. The program was structured to provide a sense of empowerment to students to make their own decisions and learn for themselves so they do not feel a lack of power in their lives. This study implemented elements of a quantitative design but a majority utilized a qualitative design based on the assumptions of the Interpretivist paradigm. The quantitative design elements focused on the analysis of two questionnaires: Sports Questionnaire and the Perceived Control Scale Questionnaire. The analysis of the focus group data revealed the following themes as positive effects of the intervention: positive effect on empowerment, how happy the program made the students, what benefits the students gained from the program, the student?s familiarity with university students, and the environment, and, lastly, the students ability to ask for assistance when need. Findings from the study determined that the empowerment of the students with disabilities was impacted while participating in the program. In general, the findings of gaining empowerment were similar to previous studies in that students with disabilities are able to gain empowerment from participation in fitness and recreation programs. The researcher noted during focus groups that some of the Best of Both Worlds (BOBW) students were not confident in starting conversations with their university peers. Although the BOBW students felt a sense of losing empowerment with this specific instance, there was an overall positive impact on the BOBW students? empowerment. By giving the students the opportunity to participate and socialize with peers of their own age at a college setting, they were able to gain a sense of empowerment in their own life.
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Aging populations and extended lifespans have drawn increased attention to factors affecting the quality of later life. The assumption the education is primarily about youth has consistently been challenged and this paper argues that one of the greatest educational needs of the lifecourse is in managing the retirement transition. Specifically, this transition involves a dramatic shift of focus from work to leisure, but both of those concepts are subject to limited understanding and interpretation in western cultures especially. This article takes as its purpose the tasks of clarifying the meaning and potential of leisure in adjusting to retirement; elaborating the effects of different national retirement systems, specifically those of the United States and Spain, on adaptation to retirement; identifying the current status of retirement preparation programs in these two countries; demonstrating the value of giving greater attention to understanding leisure in these programs; and offering strategies for doing so.
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Comenzar desde edades tempranas a identificar y gestionar las potencialidades y los recursos personales que tiene el alumnado, se considera uno de los pilares básicos para afrontar los diferentes cambios y desafíos que se plantean, tanto fuera como dentro del sistema educativo. Este trabajo se centra en las primeras transiciones que experimentan los estudiantes en su trayectoria académica y pretende dar consistencia y coherencia a la intervención educativa del maestro-tutor desde la acción tutorial, para acompañar a los jóvenes en el tránsito de la Educación Primaria a la Educación Secundaria a partir de una acción orientadora centrada en la elaboración del Proyecto Profesional y Vital, entendido como construcción activa que se desarrolla a lo largo de la vida y en momentos de cambio. Hacer uso de esta herramienta en las aulas de Educación Primaria, implica comenzar un necesario proceso de descubrimiento personal (quién soy) y del entorno más inmediato (dónde estoy) de los estudiantes, acompañándoles en este proceso de introspección y reflexión para facilitar una plena adaptación a la nueva cultura escolar y fortalecer su capacidad de tomar decisiones autónomas y responsables a lo largo de su itinerario académico, profesional y vital.
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The objective of two empirical studies is the analysis of the development of subjective well-being in kindergarten and elementary school students in the context of the educational transitions (1) from kindergarten to elementary school and (2) from elementary to secondary schools in two different national school systems. Semi-structured interviews on self-esteem and dysthymic mood (i.e., low spirits, feelings of depressiveness and of dejection) were administered in 5 cohorts (two kindergarten and the first three elementary school years). Measurements were repeated three times each a year apart. Samples refer to 312 German and 244 Luxembourg children enrolled in educational systems with optional kindergarten, 4-year comprehensive elementary school, and educational placement thereafter (Germany) versus obligatory kindergarten and 6-year comprehensive elementary school (Luxembourg). Time- and age-effects point to significant discontinuities in the development of subjective well-being. There are declines of self-esteem and increases of dysthymic mood just after school enrollment ("transition shock") in the Luxembourg sample, whereas quite similar developments are observed in the last elementary school year before educational placement for secondary education in the German sample. School enrollment and educational placement for secondary education are critical life events with significant impact on children's well-being, which varies between different school systems.
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The aim of this paper is to present a theoretical and practical understanding of transitions in young people with an Autistic Spectrum Condition(ASC) and to discuss ways in which support can be provided at different stages of their lives. It aims to propose and highlight some practicalinitiatives which can be adopted in the preparation of micro and macro transitions thus ensuring an understanding of the criteria behind suchpractices which can further support practitioners in the long-term aim of positive and empowering outcomes. Ashforth (2001, Role transitionsin organizational life: An identity based perspective. Mahwah, NJ: Lawrence Earlbaum Associate) proposes four motives: identity, meaning,control and belonging, which are discussed in the context of role-transitions. These transitions can often require an adjustment in an individual’sbehaviour and relationships with their environment as well as people around them. Transitions occur throughout our lives and these key timescan cause high levels of disorientation and anxiety more so in people with ASC. The impact of a range of transitions is also discussed andsuggestions of ways in which individuals with ASC can be supported are also presented through examples of key resources which can betailored to each individual’s needs.
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Conceptualizing adolescent development within a life course framework that links the perspectives on social inequality and early life course transitions has largely been absent from previous research. Such a conceptual model is needed, however, in order to understand how the individual development of agentic capacities and the opportunities and constraints inherent in the social contexts of growing up interact and jointly affect young people's trajectories across the adolescent life stage. We present the corner stones of the conceptual "trident" of social inequality, life course transitions, and adolescent development and identify three major themes the eleven contributions to this special issue address within this conceptual framework: social and individual prerequisites and consequences of coping with life course transitions; intergenerational transmission belts of social inequality; socialization of agency in and outside the family home. These three themes exemplify the great analytical potential inherent in this framework.