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Revista Mexicana de Investigación Educativa
RMIE, 2020, VOL. 25, NÚM. 85, PP. 267-290 (ISSN: 14056666 • ISSN-e: 25942271)
Investigación
EXPERIENCIAS DE ESTUDIANTES DE PSICOLOGÍA
AL INTERVENIR EN UNA ESCUELA SECUNDARIA
CLAUDIA LUCY SAUCEDO RAMOS / GILBERTO PÉREZ CAMPOS / CLAUDIA ELISA CANTO MAYA
Resumen:
El objetivo de este trabajo es analizar las experiencias que narraron estudiantes de
psicología al intervenir con adolescentes en escuelas secundarias. A partir de una
investigación cualitativa y desde un enfoque de psicología cultural, llevamos a cabo
entrevistas a profundidad para analizar cómo los estudiantes transitaron de las aulas
al campo aplicado, de la teoría a la práctica, y los procesos de co-construcción de sus
estrategias para empezar a pensarse como profesionales de la psicología. En los resultados
destacamos los aspectos de pericia relacional del proceso: el modo como manifestaban
lo que era importante para ellos al identi car las necesidades de los demás y las mane-
ras en que respondían a ellas. También destacamos que todas las re exiones que nos
ofrecieron daban cuenta de un yo emotivo-pensante-actuante, de modo que el análisis
de la apropiación y puesta en práctica de competencias profesionales debe considerar
al estudiante de manera integral y siempre situado en contextos sociales de práctica.
Abstract:
e objective of this study is to analyze the experiences psychology students narrated
after intervening with adolescents at secondary schools. Based on qualitative research
and a focus on cultural psychology, we carried out in-depth interviews to analyze
the movement of students from the classroom to their applied eld, from theory to
practice, and the co-construction processes of their strategies as they began to think
of themselves as professionals in psychology. e results underline the aspects of re-
lational skill in the process: the way they expressed what was important for them by
identifying the needs of others, and the way they responded to those needs. We also
emphasize that since all of their re ections expressed an emotional/thinking/acting
self, any analysis of the appropriation and implementation of professional skills must
consider the student in an integral manner, always within social contexts of practice.
Palabras clave:
estudiantes; psicología; formación profesional; experiencia de
aprendizaje; desarrollo de habilidades.
Keywords:
students; psychology; professional training; learning experience;
development of skills.
Claudia Lucy Saucedo Ramos, Gilberto Pérez Campos y Claudia Elisa Canto Maya: profesores-investigado-
res de la Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Estudios Superiores Iztacala, Carrera de Psi-
cología. Avenida de los Barrios 1, colonia Los Reyes Iztacala, 54090, Tlalnepantla, Estado de México, México.
CE: saucedor@unam.mx (ORCID: 0000-0003-2046-2926); gperez@unam.mx (ORCID: 0000-0002-8260-1656);
claudia.canto@iztacala.unam.mx (ORCID: 0000-0001-6611-8544).
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Saucedo Ramos, Pérez Campos y Canto Maya
Introducción
En el terreno de la investigación sobre estudiantes universitarios una línea
que destaca con distintas aristas es la de su formación como profesionales
de determinada profesión y su incursión en procesos de intervención para
la continuidad en el proceso formativo. En ese tenor, se ha analizado a
estudiantes universitarios que empiezan a prepararse para entrar en campos
aplicados, ya sea a través del servicio social, de prácticas profesionales o
de su ingreso al campo laboral (Díaz-Barriga, Á. y Flores, 2011). Se busca
entender cómo transforman su manera de pensar respecto de la disciplina
que estudian, de sus campos de intervención, de sus estrategias de trabajo y,
por supuesto, respecto de sus propias identidades en tanto que estudiantes
y profesionistas en formación.
Son típicos los estudios sobre egresados que valoran la formación que
tuvieron en la carrera y las discrepancias que encuentran en el campo
laboral. Jiménez (2019), justamente, analiza a estudiantes egresados de
la licenciatura de psicología quienes indicaron que los conocimientos
adquiridos durante la carrera no se ajustaban a lo que se les solicitaba en
las empresas, de ahí que tenían que tomar talleres, diplomados o cursos
para suplir las carencias formativas.
Esa separación entre la teoría y la práctica es la que conduce a los es-
tudiantes a pensar que su formación profesional inicia, propiamente, al
ingresar al campo laboral. Sin embargo, hay diseños curriculares como el de
la carrera de psicología en la Facultad de Estudios Superiores Iztacala (),
de la Universidad Nacional Autónoma de México (), que demandan
al estudiantado que ingrese tempranamente a contextos aplicados, tanto
para llevar a cabo diferentes aspectos de su formación profesional, como
para la realización de su servicio social. Así, Martínez, del Bosque y López
(2019) analizaron a estudiantes de quinto y sexto semestres que realizaron
prácticas de servicio social en una telesecundaria, y la formación teórica
que habían recibido la pusieron a prueba en su trabajo con una población
de adolescentes. Para ello, los estudiantes usaron estrategias como diario
de campo, grupos de discusión, reflexión con sus docentes, diseño y va-
loración de técnicas de intervención con los adolescentes. Los estudiantes
universitarios se enfrentaron a retos importantes porque los adolescentes
de la telesecundaria tenían diversas problemáticas complicadas de abor-
dar. Esta investigación mostró que aun con un diseño de estrategias bien
cuidado y supervisado por los docentes, no siempre es fácil la transición
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Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
entre la teoría y la práctica dadas las características de la propia institución
educativa y de sus alumnos adolescentes.
También en la carrera de psicología que se imparte en la Facultad de
Psicología de la , los estudiantes participan en laboratorios de inves-
tigación y en centros comunitarios para intervenir. Como lo documentan
Diego y Weiss (2017), los estudiantes de psicología entran en comunidades
de práctica, transitando de la periferia como novatos, hacia una mayor
habilidad en cuanto al ejercicio de competencias profesionales; entonces,
son conducidos tanto por sus docentes como por otros estudiantes que ya
tienen tiempo practicando en algún centro comunitario. Esta investigación
es importante porque da cuenta de un estudiante universitario en formación
cuyo proceso de aprendizaje tiene lugar al estar involucrado activamente
en una comunidad de práctica.
Tiempo atrás, Díaz-Barriga, F. (2005) desarrolló una línea de investiga-
ción y de intervención según la cual los estudiantes universitarios podían
aprender no solo a partir de cátedras teóricas, sino también del análisis de
casos reales o de actividades realizadas en servicio social; para lo cual esta
autora habló de la necesidad de que los estudiantes “aprendieran haciendo”
y relacionaran la teoría con los contextos situados de práctica. Saucedo
y Pérez (2013) partieron de los aportes de Díaz-Barriga, F. (2005) y de
Schön (1998) para analizar a estudiantes de la carrera de psicología que
comenzaban a desarrollar determinadas competencias profesionales en
una escuela secundaria y cómo lograban articulaciones entre la teoría y la
práctica, además de empezar a concretar parcelas de identidad profesional.
En su momento tomaron la noción de competencias profesionales como
“el uso habitual y juicioso de comunicación, conocimiento, habilidades
técnicas, razonamiento clínico, emociones, valores, y reflexión en la prác-
tica cotidiana para el beneficio del individuo y la comunidad a los que se
está ofreciendo un servicio” (Epstein y Hundert, 2002:226), misma que
da idea de la integración de diversas habilidades: cognitivas, integradoras,
técnicas, relacionales y afectivo-morales. En la investigación citada se com-
probó que la transición a la intervención suponía dilemas y tensiones que
los estudiantes sorteaban a través de improvisación creativa para resolver
las problemáticas que atendían.
Este breve recorrido nos permite afirmar que la formación de estu-
diantes de psicología en lo tocante a sus oportunidades de supervisión,
acompañamiento y diseño de estrategias para relacionar la teoría con la
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Saucedo Ramos, Pérez Campos y Canto Maya
práctica ha sido un campo importante. Para Edwards (2010), aprender a
ser un profesional requiere desplegar en el campo de acción una pericia
relacional al tomar una posición que revela lo que importa para ellos con-
forme negocian las tareas y tratan de discernir lo que importa para otros,
se apoyan en las pericias de los demás (tanto otros profesionales como los
destinatarios de sus servicios), aprenden a responder a las demandas de
los otros, identifican cómo responden los demás a sus acciones y buscan
interpretar esas respuestas para ajustar su propio proceso identitario como
determinado profesional que se encuentra actuando.
En el presente artículo nuestro objetivo es analizar las experiencias que
estudiantes universitarios narraron para dar cuenta de sus emociones, sus
maneras de reflexionar, las estrategias compartidas con sus compañeros para
actuar y la visión de sí mismos que empezaron a reconstruir en diferentes
aspectos de su identidad a partir de su participación como aprendices de
psicólogos en una escuela secundaria.
Desde el enfoque de la psicología sociocultural, sostenemos que empe-
zar a practicar las competencias profesionales de la disciplina supone una
transformación de la persona del estudiante y le demanda nuevas formas
de posicionarse social y subjetivamente. Pero lo anterior no lo logran de
manera individual, sino siempre en una intersubjetividad que les permite
mirarse a sí mismos y a los otros como personas en proceso de cambio.
Así, no nos ubicaremos solamente en los significados que atribuyeron a
aspectos de su formación, sino que tendremos una mirada unificadora para
entender sus experiencias como una síntesis entre pensar-sentir-actuar du-
rante momentos que tuvieron impacto en su transición a campos aplicados.
Encuadre conceptual
Acorde con la psicología cultural, concebimos al aprendizaje como un
proceso inseparable de la formación de la persona. El conocimiento y la
destreza adquirida no se suman a lo que la persona es y la dejan intacta,
sino que son parte de un cambio subjetivo (que incluye intelecto, emoción
y acción) que le permite participar de una manera diferente en los mismos
contextos de práctica o en otros nuevos a los que arriba en su carácter de
nuevo practicante (Dreier, 1999). Las personas logran identidades múlti-
ples de acuerdo con los contextos socioculturales en que participan pero,
como señaló Wenger (1991), se requiere un esfuerzo de conciliación entre
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Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
ellas; de otra manera, seríamos una suerte de “camaleones situacionales”
(Dreier, 1999).
Ya lo dijo Bruner (1998) cuando habló de que no hay un individuo puro,
sino que todas las personas somos resultado del enjambre de participaciones
en las que nos distribuimos y en ello la reflexividad nos lleva a narrarnos
no solo en función del pasado, sino también de nuestras experiencias co-
tidianas, orientadas al futuro. La conducción de la vida cotidiana implica
que las personas se esfuerzan por satisfacer las diferentes demandas que
emergen de las esferas de vida en las que participan, y las organizan en un
todo con sentido para ellas (Hojholt y Schraube, 2019), que no necesita
ser armónico, ni total o definitivo. Los actos narrados son parte de este
esfuerzo por presentar versiones coherentes de sí mismo a través de las
participaciones en diferentes contextos.
De acuerdo con lo anterior, entendemos por identidad las versiones
narradas, que son inseparables de los despliegues de competencia para la
participación in situ, con la integración de elementos subjetivos-colec-
tivos culturales, que cada persona elabora de sí misma y que despliega
en contexto. Al mismo tiempo, las identidades son siempre dinámicas,
parciales (ejercitadas en cada contexto), temporales (según los recorri-
dos de vida), colectivas (siempre somos sujetos de época) a la vez que
subjetivo/individuales (por el carácter agentivo que matiza y moviliza
las apropiaciones). Aprender a ser psicólogo, desde esta perspectiva,
supone una transformación de la persona, que en cuanto tal nunca se re-
duce a ser estudiante. No se trata solo de que adquiera conocimientos
(teórico-metodológicos) sobre la disciplina, sino que el aprender y el
tener que comportarse como psicólogo en un campo de intervención
involucra la conformación de nuevas posiciones sociales, la elaboración
de visiones nuevas de sí mismo y sentirse diferente (Holland y Leander,
2004; Brinkman, 2008).
Es a través de la experiencia que los estudiantes logran transitar de su
condición como aprendices hacia el ejercicio de competencias profesiona-
les y actuar como psicólogos. Los estudiosos de la obra de Vygotsky han
desmenuzado la noción de perezhivanie de este autor para entender cómo
a través de ella lo social se convierte en individual y, a su vez, cómo las
personas reconstruyen y retroalimentan lo social. La experiencia da cuenta
del carácter dialéctico en el que determinados componentes del ambiente
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Saucedo Ramos, Pérez Campos y Canto Maya
social son refractados por la perezhivanie de la persona, lo que nos per-
mite entender cómo interpreta, entiende, siente y se relaciona con ciertas
situaciones sociales, las cuales a su vez tendrán ciertas consecuencias para
su desarrollo psicológico (Veresov, 2016), es decir en qué se convierte.
El encuadre conceptual que consideramos nos permitirá analizar las
experiencias de los estudiantes de psicología como unidades analíticas en
las que integran lo aprendido (tanto teóricamente como en la práctica), y
las maneras en que interpretan, tienen emociones y se viven con los demás
en contextos situados de práctica social.
Metodología
La investigación se llevó a cabo bajo un enfoque cualitativo. Nos apegamos
a los lineamientos esbozados por Weiss (2017) según los cuales la investi-
gación cualitativa implica un esfuerzo interpretativo de los significados de
diferentes mundos (literarios, religiosos, sociales, personales) y, a su vez,
parte de procesos relativos a comprender e interpretar lo desconocido, entrar
en un círculo hermenéutico que permita acercarse al referente empírico
desde una determinada postura teórica, elaborar descripciones de distinto
tipo para no desconectarse de los datos, formular categorías analíticas de
distinta escala, ascender a la teoría y regresar al dato. En nuestra investi-
gación buscamos tanto patrones de recurrencia, como de diferencias entre
las experiencias narradas por los estudiantes. Las categorías del presente
artículo las construimos a partir de lo que Kvale (2011) denomina “lectura
teórica”, que implicó entrar en el círculo hermenéutico y conectar nuestras
categorías teóricas con las sociales (ser joven, ser hijo de familia), a la vez
que con las categorías manejadas por los propios estudiantes (mismas que
se desglosan en el análisis).
La investigación se llevó a cabo a través de entrevistas en profundidad
con 18 estudiantes (14 mujeres y 4 hombres) del último año de la carrera
de psicología en la - durante el ciclo escolar de 2015. Las edades
de los y las estudiantes estaban en un rango de 22 a 24 años, todos eran
hijos de familia y se dedicaban de tiempo completo a estudiar.
Las entrevistas se realizaron con duplas de estudiantes, mismas que co-
rrespondían a los equipos conformados para la intervención en las escuelas
secundarias. Esto dio oportunidad a que entre compañeros retroalimentaran
la narración de sus vivencias, tanto las personales como las que conside-
raban haber compartido.
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Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
Los ejes analíticos que diseñamos para el desarrollo de las entrevistas
fueron: el aprendizaje durante el curso intensivo en el aula, la transición
a la escuela secundaria, la relación entre teoría y práctica, la construcción
de sí mismos como psicólogos. En todo momento se buscó que durante la
entrevista los estudiantes pusieran ejemplos de lo que hacían en los dife-
rentes contextos de práctica. Todos los participantes dieron su aprobación
para participar en la investigación. Las entrevistas se realizaron en las
y fueron transcritas para llevar a cabo análisis de contenido. Se usaron
seudónimos para guardar el anonimato de los participantes.
Estos alumnos cursaron una materia anual, impartida por una docente
dos días a la semana en un horario de 8.00 a 14.00, a través de la cual lle-
vaban a cabo actividades de servicio social en escuelas secundarias públicas
y atendían a adolescentes con distintas problemáticas. Antes de ingresar al
campo aplicado, los estudiantes estuvieron dos meses en la universidad, en
el transcurso de la materia, para la revisión teórica de las problemáticas psi-
cosociales de los adolescentes, así como reflexionando sobre las estrategias de
intervención que llevarían a cabo. Se propició que ellos mismos analizaran
su condición como jóvenes, estudiantes, hijos de familia, para pensar estra-
tegias empáticas con la población de adolescentes y para que reflexionaran
su propio paso a la adultez como profesionales de la psicología.
Es importante mencionar que el trabajo de intervención era realizado en
parejas durante el séptimo semestre y a partir del octavo se hacía de forma
individual, toda vez que habían ganado seguridad en su desempeño. Ellos
tenían que transitar del contexto universitario al contexto de las escuelas
públicas dos días a la semana y apegarse a las prácticas y organización de
las segundas para aprender a intervenir en un contexto educativo.
Los demás días de la semana los estudiantes cursaban otras materias en
el campus universitario. Con frecuencia sucedía que cuando terminaban
las actividades de intervención en las escuelas secundarias regresaban a la
universidad, ya sea en transporte público o caminando cuando les quedaba
cerca. Así, en un día normal transitaban de sus hogares, a las secundarias,
a la universidad y a diversas actividades que como jóvenes llevaban a cabo.
Análisis de resultados
Jóvenes trabajando con adolescentes
La edad de los estudiantes de psicología al momento de entrar al campo
aplicado se ubicaba entre los 22-24 años. Los denominamos jóvenes de
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acuerdo con la separación clásica en psicología del desarrollo, según la cual
existen las etapas de niñez, pubertad, adolescencia, juventud. Evidente-
mente, todas ellas son, por lo general, propias de contextos citadinos en los
cuales los niveles de escolarización desempeñan un papel importante para
la delimitación de las trayectorias de vida, lo cual no ocurre en contextos
históricos, culturales y étnicos distintos (Saucedo, Palacios y Suárez, 2012).
Ellos habían tenido ya un recorrido de vida personal y escolar diferente
al que están teniendo los adolescentes de secundaria. Sin embargo, en
los ejercicios realizados durante el curso previo en la universidad, todos
reconocieron que tenían condiciones parecidas a las de los adolescentes:
eran hijos de familia, sus padres les condicionaban horas de regreso a
casa, salidas a fiestas y reuniones, acceso al dinero y también tenían pro-
blemas con sus hábitos de estudio y alimenticios. Esto, que parece una
mera constatación empírica, constituye una condición constitutiva de sus
experiencias de formación, que implicaba una reflexión sobre sí mismos
como personas (condición diferente de la de estudiantes de otros países,
para quienes el ingreso a la universidad también marca la separación de
la familia de origen; ver, por ejemplo, Dubet, 2005). Así, desde la parte
que convencionalmente se concibe como de “formación teórica”, se veían
implicados en un proceso de autorreflexión sobre sí mismos como perso-
nas, del que solo tuvimos noticias esporádicas y en general no teníamos
posibilidades de rastrear, por lo que no lo abordaremos aquí.
En cuanto a su identidad juvenil, algunos de los estudiantes antes de
entrar al campo aplicado traían perforaciones, cabello largo en el caso de
los hombres, cabello pintado de colores, y otras expresiones diversas de
los estilos de ser jóvenes con los que se identificaban. Pero tuvieron que
adoptar una vestimenta y arreglo formal porque en las escuelas secunda-
rias el directivo, los profesores y el personal de orientación pedían que los
psicólogos “pusieran el ejemplo” como profesionales, no como estudiantes.
Esto confrontaba su identidad como jóvenes.
El primer día que acudieron a la universidad vestidos de manera formal,
para de ahí acudir a las escuelas secundarias, todos reían nerviosamente,
se burlaban unos de otros por lo elegantes que se veían, o se quejaban
por no sentirse cómodos con la ropa. Las risas compartidas eran una
forma colectiva de aflojar la tensión y los nervios, tanto por el cambio
de apariencia en su persona, como por su asistencia a las secundarias. De
ahí que las emociones que expresaban daban cuenta de la tensión en ese
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Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
momento entre su identidad como psicólogos en las escuelas secundarias
y su identidad como jóvenes en otros contextos de práctica social, asunto
que, como veremos, se siguió elaborando posteriormente.
La conciencia de la nueva demanda, más allá de la vestimenta, empieza
con el ingreso al nuevo contexto de participación, con un nuevo papel:
R: Recuerdo el día que nos presentaron con el director como los psicólo-
gos. Entonces, desde ahí empecé a sentirme rara, pero con una responsabilidad
ya encima, porque ya no estaba en esa escuela como una alumna más que va
a realizar un trabajo, sino que estaba como una psicóloga que iba a tener a su
cargo a personitas que llegaran a solicitar ayuda.
“Sentirse rara pero con una responsabilidad” expresa de manera precisa el
hecho de encontrarse en una situación no familiar, en la que casi nada es
evidente, pero no obstante se asume que se tendrá ahí una responsabilidad
orientada hacia las necesidades de otros (Edwards, 2010), por lo ya que no se
trata de “realizar un trabajo” académico, como tarea exclusivamente personal.
A la tensión de tener que “ser vistos” como psicólogos, y no como
estudiantes, se añadía el temor por su desempeño: vencer los nervios y la
inseguridad a no saber qué hacer al estar frente a los adolescentes. Este
temor se enfrentaba con la idea de que disponían del saber disciplinario
requerido. Como dijo Nora: “De hecho, las dos estábamos: ‘Ivonne [su
compañera de equipo], tú sí sabes, nosotras sabemos más que todos [los
adolescentes] y nadie te puede decir nada”. O como comentó otra estudiante:
A: Creo que algo que hay que demostrarles a los chavos, ya que no hay
una gran diferencia de edad, es que nosotros tenemos el conocimiento y si
ellos nos ven nerviosos y que no sabemos qué hacer, se van con esa imagen,
así que hay que demostrarles que sabes y que pueden contar contigo para que
se dé la confianza que tanto se necesita.
Al transitar del contexto de práctica de la universidad al de la escuela
secundaria, los estudiantes llevaban los conocimientos sobre las proble-
máticas adolescentes que habían revisado. Usaron esa formación teórica
como recurso para regular la inseguridad y actuar de una forma acorde con
su nueva identidad, ahí donde la cercanía de edad podía ponerla en duda.
Pero, sobre todo, hay que destacar que la finalidad era lograr establecer
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una relación de confianza con los adolescentes, como condición básica
para el desempeño de esa nueva identidad.
El trabajo consigo mismos que los estudiantes realizaban suponía no
solo fortalecer su seguridad usando el conocimiento que poseían, sino
también monitorear sus formas de reaccionar para modularlas durante la
intervención:
E: Yo soy muy sensible y muy voluble, y entonces a mí si no me hacen
caso me enojo mucho; pero sí trato de sobrellevar eso, más que nada porque
hay adolescentes que luego no quieren hablar o por más que uno les pregunte
ni siquiera dicen una palabra. Tampoco me gusta ser muy exigente en ese sen-
tido, porque el adolescente puede poner una distancia o una barrera y de ahí es
muy difícil que se pueda sacar. He tratado de cambiar un poquito mi actitud.
Aprender a trabajar con adolescentes supone un proceso complejo en el
que Eloísa dijo haber tomado en cuenta tanto la identificación de sus
emociones y las formas de reaccionar asociadas a estas, para regularlas, y
lo que había aprendido de las reacciones de los adolescentes, de modo que
favoreciera la intervención. Este trabajo sobre sí misma, como base para
trabajar sobre las necesidades del otro, parece un aspecto importante de la
pericia relacional, que complementa en la práctica el conocimiento teórico
sobre cómo trabajar con los adolescentes e implica una forma de tratar de
conciliar sus identidades como joven y como psicóloga.
En esta intervención que empezaban a desplegar, en la conducción de
su vida cotidiana, los estudiantes tenían que responder de manera creativa
a las demandas reales e imaginadas que los confrontaban: la necesidad de
poner en práctica las competencias profesionales aprendidas teóricamente,
el ajuste a códigos de comportamiento propios de la escuela secundaria,
sus propias creencias en torno a arreglos de moda juvenil, etcétera.
Así, vemos que incluso antes de la entrada al escenario de la práctica,
como parte de su preparación para trabajar con los adolescentes, los estu-
diantes habían empezado una reflexión sobre sí mismos como personas.
Una vez en el escenario, esa reflexión se convierte en trabajo sobre sí
mismos que posibilite entablar una relación básica con los adolescentes,
que luego permita tomar en cuenta sus necesidades en la intervención.
El trabajo sobre sí mismos de ninguna manera es una “aplicación” del
conocimiento teórico. Este, sin embargo, no es irrelevante; desempeña
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Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
sobre todo un papel de recurso para regular su propio estado emocional
frente a los adolescentes. Desde este momento del proceso está implícita
la necesidad de conciliar de alguna manera sus identidades como jóvenes
y como psicólogos en formación.
De la teoría a la práctica y viceversa:
improvisación y aprendizaje conjunto
Al empezar a intervenir tenían que adoptar una postura adulta desde la
cual hacer reflexionar a los adolescentes, pero que involucraba a la vez una
toma de distancia respecto de su postura como jóvenes:
R: A mí me tocó un alumno que quería ponerse un arete y, pues yo no le
encontraba mucho de malo, pero también decía: ‘No le puedo decir, ay pues
sí, háztelo, es tu cuerpo, tú sabes qué haces con él’. No, tenía que decirle:
‘tiene todas estas desventajas, te puede pasar esto’. Veías el caso, la edad y la
situación en la que estaba.
Rita habló de su postura personal, cercana a la visión del adolescente, en
la cual el uso de perforaciones era una cuestión de elección personal y de
manejo del propio cuerpo. Empero, en su actuar como psicóloga, reconoció
la necesidad de hablar desde otra postura que oriente y reflexione sobre lo
que es correcto decirle a un paciente adolescente. Esta decisión, que parece
simple, no es ninguna “aplicación” del conocimiento disciplinario, sino una
manera de posicionarse que revela lo que para ella, al discernir, considera
importante para el adolescente; por ello lo consideramos componente de
la pericia relacional.
Rita pronto aprendió que su intervención era como psicóloga, no
como otra joven más, y que debía considerar el marco legal implícito en
el que no se pueden apoyar demandas de los adolescentes sin contar con
la anuencia de los padres o que se contrapongan a las normas escolares.
En su experiencia, Rita era un sujeto de época que aprobaba el arreglo
corporal a través de las perforaciones, pero también tomaba en cuenta los
códigos de los adultos (padres y maestros) en las escuelas, para optar por
una proyección como psicóloga en formación en el modo de ofrecer al
adolescente una perspectiva desde la cual tomar una decisión al respecto.
Al momento de empezar a trabajar con los adolescentes, los estudiantes
de psicología reconocieron que les fue difícil conducirse con soltura para
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realizar la entrevista inicial, para hablar con un lenguaje sencillo, para ele-
gir los ejercicios más adecuados a las problemáticas y para convencer a los
adolescentes sobre la importancia del trabajo a realizar. Así, por ejemplo,
una estudiante comentó:
N: Hay cosas que las tengo muy claras en mi cabeza, pero con palabras
muy técnicas, entonces el transformarlas sin que pierdan su esencia era lo que
se me complicaba, que el niño me dijera: ‘“a ver, espérate, no te entiendo”.
Si, como propone Edwards (2010), la pericia relacional incluye reconocer
y responder a los puntos de vista de los otros, parece que aquí tenemos una
forma básica de ella, en tanto implica el reconocimiento palmario de que
los adolescentes tienen un punto de vista diferente y se requiere un esfuerzo
para tomarlo en cuenta y lograr una relación de colaboración. Este esfuerzo
de “traducción” de la perspectiva conceptual para lograr comunicarse con
los adolescentes no era una “aplicación” de la teoría; requería reconstruir
el conocimiento teórico y convertirlo en un instrumento de trabajo ex-
presado en un lenguaje distinto, asequible a los adolescentes. También
implicaba tomar distancia de la identidad como psicólogos construida
en las aulas, al verse a sí mismos hablando de otro modo, de acuerdo con
las demandas de interacción con los adolescentes. Cuando Nora dice que
tenía las ideas claras en su cabeza, pero debía transformarlas para lograr la
interacción con los adolescentes, nos recuerda lo que Schön (1998) indica
que hacen los profesionales en la práctica: reflexionar durante la práctica
para convertir una situación problemática en un problema que pueda ser
abordado usando su conocimiento especializado.
Por otro lado, una de las problemáticas comunes que encontraron los
estudiantes de psicología fue respecto de cómo transitar de lo teórico a la
intervención, tratando de sostener una postura teórica unificada:
Y: Lo que me costaba trabajo era la corriente teórica respecto de los ejer-
cicios [a usar con los adolescentes]: “¿Esto es cognitivo? No, es conductual.
No, y ahora esto no…, ¡ay, ya me hice bolas!” Y todo eso cambió y fue mucho
más fácil cuando decidí enfocarme en el caso. Entonces era: “¿me sirve esto
para este caso?” Y decía: “¡Pero esto es eclecticismo! Sí, pero me es funcional
y me sirve con este chavo”.
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Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
En las aulas universitarias el estudiante orienta sus razonamientos hacia
la coherencia de las teorías, las discusiones entre los diferentes enfoques y la
necesidad de definirse como más cercano a alguno de ellos. Esta necesidad
surge de lo que sus diferentes maestros les requieren y en las que se refleja
que, al inicio de la carrera, el foco está más centrado en que exista claridad
en alguna postura teórica, más que en una intervención posible. Cuando
los estudiantes transitan a la intervención, la demanda de una teoría única
se desdibuja y aparece la urgencia de ayudar a los adolescentes con sus
problemas; que son una situación problemática que tiene que convertirse
en un problema a abordar con ciertos recursos. Otra lógica empieza a
operar, y los estudiantes ya no se ven a sí mismos solo en función de qué
postura teórica es la que movilizarán para la elección de un recurso técnico
(un ejercicio para usar con los adolescentes), sino tomando en cuenta su
relevancia para incidir sobre ese caso (si “es funcional”).
Sucede también que, en los primeros semestres de la carrera en la ,
había una fuerte demanda para que los alumnos se identificaran con el
enfoque conductual y fueran críticos con enfoques que no cubrieran cier-
tos cánones de “objetividad”. Cuando ingresaban al contexto aplicado,
como ya se dijo, los alumnos tenían que hacer frente a la complejidad de
los problemas psicosociales que presentaban los adolescentes, su carácter
de urgencia para ser resueltos y la necesidad de empatía por parte de los
usuarios para disponerse al cambio. Como sostuvo Omar: “Aquí no cabe
lo de conductual contextual, no me sale. Tengo que aprender a intervenir,
es otra cosa”.
En este proceso desempeñaba un papel de primera importancia el hecho
de que el problema se construía tomando en cuenta las perspectivas de
otros: los propios adolescentes, sus madres y compañeros y las de algunos
maestros. Bajo estas condiciones, la perspectiva teórica perdía el papel
jerárquico que antes tenía.
De acuerdo con lo anterior, otra transición importante es la que opera
entre cumplir con las materias como estudiantes y, en su lugar, vincular
el aprendizaje con la posibilidad de intervenir:
J: Primero era una obligación, pero después fue cambiando, fue como
la parte de aprender haciendo, dando el servicio, ver lo que me hace falta, era
un poco más ver qué es lo que puedo aprender durante la intervención.
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El motivo del aprendizaje se transforma y, con ello, la posibilidad de
desarrollo del propio joven-estudiante-psicólogo.
Así, durante la intervención la obligación de “tomar una materia” se
transforma en la necesidad de aprender para enfrentar los requerimientos
de la intervención que, como señalamos, ya no dependen solo de la pers-
pectiva teórica. Los estudiantes deben descubrir qué pueden aprender en
su actuar, sin olvidar que lo están haciendo como profesionales, y no solo
con una lógica de sentido común.
La noción de perezhivanie ha sido muy productiva porque permite
analizar que no es posible separar lo cognitivo de lo emocional, ni de lo
relacional. Incluso se habla de la necesidad de pensar en emociones inte-
lectualizadas que se activan en las relaciones interpersonales (apreciación
holística-intelectual-afectiva, Michell, 2016). Los estudiantes de psicología
no solo aludían a los conocimientos que habían adquirido a partir de la
teoría, sino que siempre pensaban en ellos junto con las emociones que
les detonaban al buscar intervenir con los adolescentes.
La realidad social, siguiendo a Schön (1998), es dinámica, imprede-
cible, no determinada del todo, de modo que los profesionales deben
despertar en sí mismos una intuición práctica que les permita ajustarse a
lo movedizo de los problemas. Al respecto, los estudiantes reflexionaron
que al principio llegaban a sentirse frustrados cuando llevaban una ruta
de intervención previamente diseñada, pero con frecuencia sucedía que los
adolescentes les planteaban nuevos problemas, nuevos focos de tensión o
nuevos intereses a reflexionar:
S: Hay veces en que llegas con tu ruta de trabajo, tú quieres trabajar
tal cosa, pero [el adolescente] te sale con que ya no, o en ese momento ya no
[el problema inicial planteado] porque su prioridad es otra. Entonces, ya a
partir de lo que trabajaste antes dices: “Ah bueno, le puedo poner esta otra
cosa”, y ya no te quedas en blanco, pero tampoco te lo sacas de la manga. Sí te
sirve, el trabajo constante va haciendo que vayas adquiriendo alguna destreza
o habilidades.
Aquí resaltamos en primer lugar que los estudiantes asumían que la cons-
trucción del problema que habían elaborado, con base en la cual habían
diseñado una ruta de trabajo, no tenía prioridad sobre la perspectiva de
los adolescentes (algo que, por contraste, es casi imposible de imaginar en,
281
Revista Mexicana de Investigación Educativa
Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
por ejemplo, la relación médico-paciente). En vez de pensar en imponer
su propia perspectiva o “quedarse en blanco”, los estudiantes dijeron en
las entrevistas que improvisaban, recurriendo creativamente a Internet,
contenidos y las experiencias analizados en otras materias, entrevistas a
psicólogos para trabajos que realizaron y sus propias experiencias de vida,
para salir al paso ante los giros que daban las problemáticas planteadas
o para integrar de una mejor manera sus rutas de trabajo. Algunas de las
improvisaciones las realizaban junto con sus compañeros de intervención:
M: Cuando llego a atorarme [al estar trabajando con el adolescente]
la veo y [hace un gesto como de mirada penetrante que significa] “¡di algo!”, y
ya ella lo dice. Entonces, tenemos ya ese cambio de lenguaje sin palabras y es
bueno, me siento bastante bien. Yo aprendo algo de Selene cuando la escucho
hablar y pues ya posteriormente puedo usar unas de las palabras que ella haya
dicho. Y hacemos una retroalimentación.
La improvisación se co-construía con el compañero de equipo, quien estaba
atento al curso de los acontecimientos. Pero también provenía del apren-
dizaje que se había logrado al paso del tiempo, en donde la reflexión sobre
la marcha de la intervención permitía dar paso a una acción necesaria. La
mayoría de los equipos reportaron haber logrado este acompañamiento
para la intervención, ofreciendo recursos de distinto tipo al compañero
para continuar con la actividad: un ejercicio, una pregunta al adolescente
o una reflexión complementaria. Este actuar conjunto supone que estén
atentos a las acciones que el compañero está desarrollando, que imaginen
la secuencia de trabajo posible, que conozcan la problemática del adoles-
cente y cómo anticipar el ejercicio adecuado y que identifiquen en qué
momento el compañero se atora:
N: Si ella está trabajando con su niño y no sabe qué actividad poner o
no corresponde con lo que ella está platicando, yo saco el cuaderno y empiezo
a buscar un ejercicio que le pueda servir a ella, porque yo creo que si estamos
juntas es un apoyo entre las dos.
La experiencia se vive de manera conjunta, en primera instancia asumiendo
también responsabilidad del curso de la intervención: Nora monitorea las
acciones, incluida el habla de su compañera, se entona con la actividad
282 Consejo Mexicano de Investigación Educativa
Saucedo Ramos, Pérez Campos y Canto Maya
que está siendo desarrollada, y busca un mejor ejercicio que dé pauta a
la actividad de intervención que se está llevando a cabo. Esta intersubje-
tividad implica que la formación en la práctica no se vive aislada sino en
ese monitoreo y comunicación con el compañero. Como señala Martínez
(2011), se trata de cómo ambos participantes entonan una comprensión
conjunta de la actividad llevada a cabo.
Cruce y entrelazamiento de contextos e identidades:
ser estudiante, ser psicólogo, ser joven
Como ya hemos estado comentando, cotidianamente los estudiantes tienen
que realizar transiciones entre los contextos sociales en los que participan.
De la familia a la universidad, en la propia universidad (entre las clases,
con sus amigos, con sus relaciones de noviazgo), de la universidad a las
escuelas secundarias, de las secundarias a sus hogares, etc. En estos cruces
se juegan elementos de sus procesos identitarios que se ven jalonados a
partir de las nuevas demandas a las que se enfrentan en las secundarias y
las demandas previas que deben continuar cubriendo. Por ejemplo, Arturo
comenta en relación con la tensión vivida entre su trabajo aplicado en las
secundarias y su desempeño paralelo como estudiante en la :
A: Yo a veces me sentía cansado, por las tareas y los trabajos, te sentías
con un poco de sueño. Pero yo soy de la idea de que la persona [el chico de
secundaria] no tiene la culpa de lo que te esté pasando.
Arturo reflexionó acerca del deslinde necesario entre ser estudiante y las
cargas de trabajo asociadas que conllevaban cansancio y su papel como
psicólogo orientado hacia las necesidades de los adolescentes; responsa-
bilizarse del trabajo con ellos requería sobreponerse al sueño que sentía.
Las demandas de una de sus identidades (estudiante) no debían interferir
con las de otra (psicólogo en intervención). Esto es un claro ejemplo de
un posicionamiento moral en el que desde una identidad se define lo que
debe hacerse, revelando, como dice Edwards (2010), lo que importa para
él al discernir lo que importa para otro.
Por otro lado, al llegar a las secundarias la mayoría de los estudiantes
acudían inicialmente vestidos de una manera formal, pero al paso de los
meses empezaban a utilizar ropa que, en general, también utilizaban en
otros días dentro de la universidad. Se notaba que cuidaban no usar ropa
283
Revista Mexicana de Investigación Educativa
Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
que los expusiera como demasiado informales, pero habían ganado seguri-
dad como para no depender de la vestimenta formal, como dijo Bernardo:
“Yo me siento más cómodo para dar terapia con ropa cómoda. Aunque sé
que es requisito la formalidad cuando ya estamos trabajando, yo dejé de
lado la formalidad para sentirme más relajado”.
Entendemos este cambio como un nuevo balance entre las identidades
de joven y de psicólogo en servicio. La vestimenta menos formal era una
manera de combinar la seguridad que sentía respecto de su actuar en la
intervención con sus gustos como joven.
Otro ejemplo de posicionamiento moral, como el señalado arriba
en el caso de Arturo, pero que implicaba mantener separadas esas dos
identidades, fue el que mencionó Bernardo: junto con su compañero de
equipo se permitían fumar hasta después de salir de la escuela secundaria,
con la intención de que los adolescentes no percibieran el olor a cigarro
impregnado en sus ropas. En este caso, en contraste con el de Rita y
el chico que quería ponerse un arete, Bernardo opta por obligarse a no
fumar, para evitar el riesgo de aparecer como un (mal) modelo para los
adolescentes y tener, en dado caso, que darles argumentos de por qué
no deberían fumar.
Un último ejemplo tiene que ver con la manera como dos de las estu-
diantes, que eran amigas y solían regresar juntas a sus casas porque vivían
por la misma zona, aprovechaban parte del viaje de regreso para comentar,
analizar y hacerse sugerencias sobre los casos en los que estaban trabajan-
do. Su relación amistosa se mantenía y desarrollaba al entrelazarse con su
identidad como psicólogas y, al mismo tiempo, apuntalaba esta última.
En estos ejemplos, y en muchos otros, lo que resalta son las formas en
que se articulan diferentes identidades, sobre la base de las maneras como
los jóvenes psicólogos elaboraban las demandas que encontraban en su
trabajo de intervención con los adolescentes en las secundarias. Ninguna
de estas articulaciones puede considerarse como una “aplicación” del co-
nocimiento teórico y, en sentido estricto, ni siquiera podrían imaginarse
solo con base en él. Su necesidad solo surge al enfrentar las situaciones
complejas de la práctica de intervención en el escenario y deben afrontarse,
por así decirlo, sin manual de instrucciones. Pero no por ello se afrontan
de cualquier manera; como vimos, destaca la importancia concedida a que
la intervención tome en cuenta el punto de vista y las necesidades de otro,
lo que a la vez define lo valioso para uno.
284 Consejo Mexicano de Investigación Educativa
Saucedo Ramos, Pérez Campos y Canto Maya
Aprender a ser psicólogo y sentirse psicólogo: un proceso
En general los estudiantes de psicología no se identificaban a sí mismos
como psicólogos, ya que mencionaban áreas de intervención para las que
no habían desarrollado experiencia o les faltaban conocimientos. Pero en
cuanto a la intervención que realizaron con adolescentes, sí se veían como
psicólogos. Así, no se trata de una identidad completa, ni acabada, sino una
identidad sostenida en una práctica parcial de su vida en general (Dreier,
1999). Y en relación con esta práctica, la mayoría identificó con gusto
casos de adolescentes con los cuales desarrollaron una buena intervención:
O: El caso de Daniel que se encontraba con su familia en una fiesta y su
papá ya había tomado alcohol y comenzaba a bailar chistoso o a quererse pelear
con alguien…y le expliqué que era importante reconocer nuestros sentimien-
tos y le ponía ejemplos de que la vergüenza era común cuando alguien en la
familia era alcohólico. Creo que al finalizar la sesión Daniel se vio bastante
aliviado y después se notó un cambio en él e incluso me comentó que había
podido platicar con su papá y que su papá le había dicho que no sabía que le
había hecho daño.
Sin duda, el hecho de estar realizando trabajo aplicado en las escuelas
secundarias dos días a la semana, durante dos semestres, favorece que los
estudiantes de psicología conozcan las problemáticas en contextos reales,
que tengan que identificar cuáles conocimientos poseen para intervenir
y cuáles otros les hacen falta, empatizar con los adolescentes para propo-
nerles estrategias de trabajo no como otro adulto, sino como un psicólogo
interesado en sus vidas:
D: Al final recuerdo que ya éramos flexibles, teníamos la habilidad de
encajar con nuestros pacientes, de retomar temas, de reacondicionar las sesio-
nes dependiendo de las necesidades del paciente, de entablar conversaciones
con los padres que favorecieran el apoyo del paciente y esas cosas, aunque no
recuerdo todas de momento pues se volvieron reacciones cotidianas.
En sus reflexiones, al final del proceso de intervención en las escuelas
secundarias, los estudiantes de psicología si bien no se visualizaban como
psicólogos “completos”, sí advertían el conjunto de competencias que habían
adquirido y las transformaciones cognitivas, emocionales y de comporta-
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Revista Mexicana de Investigación Educativa
Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
miento logradas. Todos se ubicaban como “principiantes avanzados”, es
decir, como conocedores de las reglas de operación en su disciplina pero
que todavía requieren supervisión (Gutiérrez, 2005).
En este sentido, concordamos con Scanlon (2011) cuando dice que
convertirse en profesional es un proceso iterativo, que rompe con cualquier
noción de un punto final que puede definirse claramente y caracterizarse
en términos de adquisición o transferencia. Más bien, convertirse en pone
el énfasis en que el aprendizaje, la práctica y el desarrollo de disposiciones
es un proceso en curso que nunca se completa.
Conclusiones
En la presente investigación tuvimos acceso a las experiencias de los
estudiantes a través de sus relatos en las entrevistas a profundidad que
llevamos a cabo. Al manejar la noción de perezhivanie –en tanto que
experiencias que suponen una unidad entre los efectos del medio y las
propias características de la persona– pudimos acceder a las reflexiones de
los estudiantes destacando sus emociones, sus creencias, las percepciones
que tenían de las demandas de participación en los contextos sociales en
los que participaban, así como a las versiones narradas de sí mismos. Hay
que aclarar que no todos los estudiantes tuvieron las mismas experien-
cias durante su participación en la escuela secundaria. Todos estuvieron
participando regulados por el conjunto de demandas que se les hacía a
partir del diseño de la materia que cursaban, de las reglas de actuación del
contexto de la secundaria e incluso por parte del trabajo sistemático que
la docente de la materia que cursaban ponía en marcha. Esto daba como
resultado que, en lo general, sus experiencias debían responder a dichos
constreñimientos. Empero, en lo particular tenían diferencias respecto de
quiénes se reconocían más emotivos que otros, quiénes se percibían con
mayor facilidad para manejar un lenguaje asequible a los adolescentes, para
quiénes era más difícil responder a la improvisación de las actividades en
la práctica, entre otras. No puede ser de otro modo, dado que, si bien la
perezhivanie es resultado de la posición subjetiva de la persona, a su vez
se construye en la relación con el medio ambiente.
El estudiante de psicología entra en la práctica de ser profesional como
un joven, con las conceptualizaciones y experiencias de vida que tiene
en torno a dicha etapa y que le permiten ubicar el ser persona desde las
mismas. Empieza su proceso de diferenciarse en ciertos aspectos (el que se
286 Consejo Mexicano de Investigación Educativa
Saucedo Ramos, Pérez Campos y Canto Maya
viste formal, el que sabe, el que debe dirigir) para continuar siendo joven,
pero con un dominio progresivo en su trabajo como psicólogo que trabaja
con adolescentes. En este proceso, algunas de las formas de diferenciación
iniciales terminan abandonándose (como la vestimenta formal) al desarro-
llar mayor competencia en otras (como la capacidad de improvisación),
para conformar un entrelazamiento o conciliación de identidades (Wenger,
1991): joven, estudiante, psicólogo y amigo, que se entretejen en parte
de manera inadvertida pero también deliberadamente como una demanda
práctica que les permite diferenciarse de los adolescentes a los que atien-
den, pero cercanos a ellos.
Aprender a ser psicólogo se da en el conjunto de determinadas prác-
ticas sociales, desde la organización más general (la universidad en la
que se está, el plan de la carrera, el programa de trabajo de la materia, la
organización de la materia, la organización de las secundarias y cómo nos
insertamos en ellas, el encuentro particular con los adolescentes de cierta
población sociocultural) hasta el encuentro micro con los adolescentes. En
pocas palabras, ocurre en forma siempre situada. Los estudiantes requieren
categorías y formas de trabajo “puentes” entre lo general (la teoría y las
características y demandas de los diversos contextos) y lo particular (la
construcción de la demanda social en el contexto escolar y las maneras de
responder a ella) y monitorean su actuar para identificar cómo cumplen
con dicho ajuste: su forma de hablar con los adolescentes, sus padres y
maestros; el ejercicio más conveniente para enfrentar cierto problema; la
manera como convencen a los adolescentes para reflexionar; relativizar la
necesidad de congruencia teórica total; cómo se sienten más cómodos para
trabajar con los adolescentes, etcétera.
Este aprendizaje no es vivido (y construido) de manera aislada sino en el
conjunto de los intercambios: en las tutorías con el docente de la materia,
con los compañeros, a partir de las respuestas de los propios adolescentes.
Aprender a ser profesional de la psicología se construye en coparticipa-
ción, en la que hay un fuerte monitoreo de su actuación y la búsqueda de
flexibilidad en el actuar.
Al principio, los estudiantes requieren de ciertos recursos (como una
ruta de trabajo) que les permiten sentirse seguros en su interacción con
los adolescentes, pero que al mismo tiempo los pueden limitar debido
a la labilidad de las condiciones concretas del trabajo (por ejemplo, ese
día no está disponible el espacio en que normalmente se trabaja) y de
287
Revista Mexicana de Investigación Educativa
Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
las demandas de los chicos (que llegan a la sesión con una preocupación
completamente diferente).
Estas demandas de la práctica los fuerzan a desarrollar la capacidad de
improvisación y una flexibilidad para sortear las dificultades. Como se
vio, este proceso se desarrolla con el apoyo de otros, tanto en el contexto
mismo de intervención (sus parejas de equipo) como fuera de este (en las
tutorías con el profesor; en las pláticas sobre los casos con sus compañe-
ros, en otros momentos y lugares). Son estas demandas de una práctica
compleja las que los obligan a echar mano de una diversidad de recursos
que han sido parte de su proceso de formación previo (por ejemplo, con-
tenidos de otra asignatura del mismo semestre o de semestres previos), que
identifican en el trabajo de su pareja de equipo o que obtienen a través
de un trabajo específico de búsqueda. Y es en este proceso que el motivo
de aprobar la materia se subordina a la atención de las demandas que les
hacen los adolescentes y la secundaria, lo que se convierte en el principal
indicador del desarrollo de su identidad como psicólogos en ese contexto
de intervención.
No está de más resaltar el importante papel que juega la enorme sintonía
que desarrollan los estudiantes al trabajar en pareja con los adolescentes.
No solo es una manera de reducir la inseguridad inicial (e impedir que se
convierta en un fuerte obstáculo) sino que al ofrecerles posiciones diferen-
tes pero complementarias para participar en la intervención, les permite
colaborar para enfrentar los momentos difíciles del trabajo y para aprender
cada uno de lo que hace el otro, así como para reflexionar tanto entre ellos
como con el profesor sobre lo sucedido en una sesión concreta. También
es la vía para después trabajar individualmente con los adolescentes.
En un mismo día, los estudiantes de psicología resuelven problemas,
se centran en una tarea y enseguida pasan a otra. Usan elementos de otros
contextos para resolver algún problema con una intervención en particular.
Así, el aprendiz de psicólogo no separa su labor de intervención de otros
campos en los que participa cotidianamente. El proceso de reconstrucción de
su identidad se va moviendo a lo largo de la carrera. Si bien los momentos
sobre los que reflexionan los estudiantes de psicología hacen referencia a
su último año de la carrera, antes tuvieron la oportunidad de enfrentar-
se a demandas derivadas de otras materias que cursaron en prácticas de
intervención específicas. Todo este proceso entraña una reconfiguración
y entrelazamiento de sus diversas identidades de una manera que no se
288 Consejo Mexicano de Investigación Educativa
Saucedo Ramos, Pérez Campos y Canto Maya
obstaculicen o interfieran, sino que logren una suerte de conciliación, que
nunca es sinónimo de armonía (Dreier, 1999).
Hay que resaltar que los estudiantes de psicología se estaban formando
en un contexto de intervención educativo, que no es igual a que hubieran
entrado en una empresa, un hospital u otro tipo de comunidad. Sostene-
mos que este tipo de prácticas favorece que la formación del profesional
de la psicología se lleve a cabo en contextos reales, que esté monitoreado
y conducido por profesores veteranos que los acompañamos, para que se
genere un impacto positivo en la población de adolescentes con la que se
interviene. Aprender a ser un psicólogo educativo supone ajustarse a las
reglas de operación de las escuelas, identificar y saber intervenir en pro-
blemas de la población que afectan su desempeño escolar y sus procesos
de desarrollo psicosocial. En este sentido, como reconocieron los propios
estudiantes, se llegaron a sentir psicólogos “principiantes avanzados” en ese
contexto de práctica, no psicólogos “en general” (es decir, en abstracto).
Para finalizar, destacamos que todas las reflexiones que nos ofrecieron
los estudiantes de psicología sobre sus experiencias dan cuenta de un yo
emotivo-pensante-actuante, de modo que el análisis de la apropiación y
puesta en práctica de competencias profesionales debe considerar al estu-
diante de manera integral y siempre situado en contextos sociales de práctica.
Tal vez la conclusión más importante es que ninguno de los aspectos
del proceso que analizamos corresponde con el modelo de la racionalidad
técnica de la actividad profesional. Schön (1998) señaló desde hace más
de treinta años, que cada vez se reconocía más como parte central de
la práctica profesional que el encuadre del problema era una condición
indispensable para su solución técnica, pero que el encuadre no era un
problema técnico, es decir una “aplicación” de la teoría. Él enfatizó el
papel del conocimiento tácito que se pone en juego en la práctica y desde
la acción. Desde nuestra perspectiva, es un complemento importante a
dicho énfasis el concebir un plano de la pericia profesional como pericial
relacional y tratar de identificar algunos de sus aspectos.
Igual que cuando Schön publicó su libro, consideramos que el modelo
de la racionalidad técnica sigue estando “implícito en las relaciones insti-
tucionalizadas de investigación y práctica y en los currículos normativos de
la educación profesional” (Schön, 1998:35). Por tal razón, la posibilidad
de que los estudiantes tengan la oportunidad de enfrentarse a las deman-
das efectivas de la práctica durante su formación, y no solo al final, en el
289
Revista Mexicana de Investigación Educativa
Experiencias de estudiantes de psicología al intervenir en una escuela secundaria
“servicio social”, constituye una condición básica para el desarrollo de la
pericia relacional, que no se puede enseñar, pero sí crear condiciones para
que pueda aprenderse.
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Artículo recibido:
21 de enero de 2020
Dictaminado:
24 de marzo de 2020
Aceptado:
31 de marzo de 2020