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Otras economías, otros espacios, otros retos para la Geografía Económica

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Abstract

Desde cualquier perspectiva teórica o preocupación temática, reflexionar sobre el futuro de la investigación en Geografía Económica requiere una reconsideración de las dos categorías básicas de la definición propuesta: la economía y el territorio. ¿Qué entendemos hoy por economía? ¿En qué territorios actúan -actuamos- los agentes económicos para satisfacer nuestras necesidades? El resto de esta intervención se dedica a avanzar algunas ideas sobre ambas cuestiones, para terminar sintetizando los desafíos que plantean a la Geografía Económica unas nociones ampliadas de economía y de territorio como las que siguen a continuación y que, conviene aclararlo, están elaboradas desde una óptica básicamente española.
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To cite this article:
Sánchez Hernández, Jose L. (2020). Otras economías, otros espacios, otros retos para la Geografía Económica. In: M. Pilar Alonso Logroño, Teresa
Sá Marques & Helder Santos (Coord.), La Geografía de las Redes Económicas Y la Geografía Económica en Rede, Porto, Faculdade de Letras da
Universidade do Porto, Asociación de Geógrafos Españoles: 11-16.
Otras economías, otros espacios, otros retos para la
Geografía Económica1
José Luis Sánchez Hernández
Universidad de Salamanca
La reflexión sobre el futuro de la investigación en Geografía Económica puede desarrollarse a partir de la
definición misma de la disciplina. En un texto anterior (Sánchez, 2003), he propuesto definir la Geografía Econó-
mica como el estudio de la concreción desigual y diferenciada de la actividad económica en el territorio. En otras
palabras, la Geografía Económica se afana por comprender, primero, cómo y por qué las actividades económicas
se distribuyen de forma desequilibrada en el territorio y, segundo, cómo y por qué los agentes económicos ope-
ran de forma territorialmente distinta. La combinación contingente de ambas tendencias estructurales en cada
territorio concreto (de escala local, regional, nacional) genera un paisaje o espacio económico diverso y también
cambiante en el tiempo. Las corrientes o escuelas de pensamiento más actuales en Geografía Económica, como el
enfoque relacional (Bathelt & Glückler 2011) o el evolucionista (Boschma & Martin eds. 2010), examinan esa con-
creción con herramientas conceptuales y metodológicas específicas. Por su parte, los grandes temas de interés
actual que distinguen Barnes y Christhopers (2018: 42), a saber, las geografías del capitalismo, las geografías de
las empresas, las geografías de la localización y las geografías económicas alternativas, desentrañan las particulari-
dades de dicha concreción en procesos económicos determinados que implican interacciones entre todas las es-
calas geográficas, desde la global a la más puramente local.
En todo caso, y desde cualquier perspectiva teórica o preocupación temática, reflexionar sobre el futuro de
la investigación en Geografía Económica requiere una reconsideración de las dos categorías básicas de la defini-
ción propuesta: la economía y el territorio. ¿Qué entendemos hoy por economía? ¿En qué territorios actúan -
actuamos- los agentes económicos para satisfacer nuestras necesidades? El resto de esta intervención se dedica a
avanzar algunas ideas sobre ambas cuestiones, para terminar sintetizando los desafíos que plantean a la Geografía
Económica unas nociones ampliadas de economía y de territorio como las que siguen a continuación y que, con-
viene aclararlo, están elaboradas desde una óptica básicamente española.
REPENSANDO LA ECONOMÍA, OTRA VEZ
Desde la aportación de Gibson-Graham (2008), al menos, la Geografía Económica es consciente de que la
economía es un proceso social de satisfacción de las necesidades humanas mucho más amplio y diverso que el
limitado conjunto de actores que operan en el mercado y de relaciones que se establecen su seno a través de un
precio fijado en condiciones más o menos competitivas. Como quiera que la Geografía Económica española se ha
dedicado, casi exclusivamente, al análisis de actividades de este tipo, se dibujan aquí dos potenciales líneas de
trabajo que, sin ser del todo novedosas, han recibido muy escasa atención hasta el momento.
En primer término, el estudio de la profundísima reestructuración registrada en el sector público, que ha
pasado de regirse por una lógica más o menos distributiva a adoptar condiciones de competencia que, en deter-
minados ámbitos, generan pingües beneficios. Es el caso de los sectores productivos que se han liberalizado en
1 Este texto se encuadra en el proyecto de investigación “Espacios y prácticas económicas alternativas para la construcción de la resiliencia en las ciudades españolas” (2016-
2018). Programa Estatal de Investigación, Desarrollo e Innovación Orientada a los Retos de la Sociedad – financiado por el Ministerio de Economía, Industria y Competiti-
vidad y por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER), referencia CSO2015-65452-R (MINECO/FEDER). Este proyecto participa en la Red de Excelencia “Retos
para las ciudades del siglo XXI: una agenda de investigación para la construcción de espacios urbanos sostenibles e innovadores” (junio de 2017 - junio de 2019). Plan Estatal de
Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia 2013-2016, referencia CSO2016-81718-REDT.
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José Luis Sánchez Hernández
las últimas décadas tras la disolución de los monopolios estatales requerida por el ingreso en la Unión Europea,
caso de la distribución de agua y energía o del transporte aéreo y ferroviario. No sabemos mucho sobre las estra-
tegias espaciales de las compañías que distribuyen agua, energía, personas y mercancías por el territorio español
y lo conectan con el exterior. Una geografía económica de grandes corporaciones como Iberia, Renfe, Repsol, EN-
DESA, Iberdrola, o de conglomerados como Ferrovial, ACS o Eulen, todos ellos estrechamente dependientes de la
regulación y/o el presupuesto de las Administraciones Públicas, generaría un conocimiento tan atractivo para la
Academia como útil a la Sociedad que la sustenta.
En esta misma línea hay que subrayar la necesidad de considerar la vertiente espacial de otras actividades
económicas formales, pero no destinadas a la venta, como los servicios públicos. La persistente denuncia genérica
de los efectos demoledores de las políticas de austeridad sobre el modesto Estado del bienestar español tampoco
ha venido acompañada de una indagación cuidadosa sobre la reestructuración espacial de la oferta de los servi-
cios públicos fundamentales; el estudio de Hamnet (2014) sobre el Reino Unido puede servir como punto de par-
tida para un apasionante programa de investigación en España. En particular, conviene dedicar un esfuerzo rigu-
roso y sostenido a una cuestión largamente debatida como es la de la paulatina penetración de la lógica del mer-
cado -y la competencia- en los servicios públicos que todavía permanecen en manos del Estado (educación, sani-
dad, asistencia social), al menos en la mayor parte de sus respectivos campos de actuación.
El caso de la enseñanza universitaria es suficientemente ilustrativo del impacto que tiene la introducción de
la competencia como principio parcialmente orientador (al menos, y de momento) en una actividad tradicional-
mente ajena al escrutinio del mercado. Es bien conocido el efecto que la economía de la prescripción tiene en acti-
vidades concretas como la alta cocina o el mundo del vino. La publicación periódica de guías (Michelin, Parker) que
ensalzan unos locales o productos y relegan otros puede decidir el destino económico no sólo de determinadas
empresas, sino también de los territorios donde actúan y que generan los recursos tangibles e intangibles que
comercializan esas compañías. La normalización y estandarización de las condiciones de acceso a y promoción en
la carrera científico-universitaria se traduce en el envío masivo de artículos a las revistas con factores de impacto
más elevados, mientras las menos citadas languidecen con frecuencia por falta de originales y terminan por des-
aparecer o caer en el más triste de los olvidos.
Del mismo modo empiezan a actuar los tan traídos y llevados ranking de universidades. Originarios de con-
textos culturales muy distintos, celosos de la libre competencia y de la minimización de la intervención pública en
la vida social y económica, su llegada a la Europa meridional no será neutral desde una perspectiva geográfica.
Siguiendo la lógica del mercado, las universidades mejor calificadas en los ranking reciben más fondos del sector
privado (becas a estudiantes con talento, financiación de investigaciones, donaciones de antiguos alumnos) e in-
cluso de gobiernos de países en desarrollo que buscan una formación de excelencia para sus élites. Cuando los
gobiernos autonómicos en España se plantean distribuir sus presupuestos entre las universidades de su región
conforme a contratos-programa vinculados a la consecución de ciertos objetivos, se está introduciendo también
una lógica de competencia en el sistema universitario que tiene, sin duda, algunos efectos positivos en un entor-
no regulatorio con frecuencia ayuno de estímulos, pero cuyas consecuencias territoriales a largo plazo deben ser
analizadas con detenimiento. La definición de la calidad de una universidad conforme a estos criterios competiti-
vos (por ejemplo, la llamada “empleabilidad” de sus titulados) puede estar detrás de la burbuja de universidades
privadas que se especializan, precisamente, en la oferta de estudios muy cotizados en el mercado laboral y pue-
den exhibir altas tasas de inserción profesional en comparación con otros centros públicos que portan la pesada
carga de enseñar saberes anticuados o inútiles. Tampoco se sabe mucho, por cierto, sobre los actores que impul-
san estas universidades privadas y los patrones geográficos que guían sus decisiones de inversión. Desconozco
ahora si desde otras disciplinas se han elaborado estudios concretos, pero desde luego los geógrafos económicos
en España no hemos analizado la relación entre los factores territoriales y los resultados de las universidades me-
didos en términos de estudiantes, publicaciones, financiación… ni el impacto que la economía de la prescripción
tiene sobre dicha relación. ¿Cuál es la capacidad de una universidad mal financiada en una región o provincia po-
co desarrollada para competir con centros bien calificados y localizados en regiones ricas, con presupuestos
públicos mejor dotados y un tejido económico intensivo en conocimiento? ¿Qué consecuencias traerá la compe-
tencia interuniversitaria sobre ciudades medias con universidades poco especializadas que se fundaron por razo-
nes distributivas?
Lamentablemente, no es la enseñanza universitaria la única actividad económica de servicio público afecta-
da por la extensión de la lógica del mercado y la competencia de una forma, además, territorialmente diferencia-
da. También la sanidad y la asistencia social, por ejemplo a personas mayores o dependientes, se ha convertido en
un mercado donde operan grupos privados de dimensión creciente cuya lógica espacial está todavía por desvelar-
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Otras economías, otros espacios, otros retos para la Geografía Económica
se. A la par, la percepción popular de que esos mismos servicios se prestan por el sector público con una dotación
de recursos muy desigual entre las regiones españolas es confirmada por algunos informes especializados (García
y otros. 2018) que ponen de relieve unas formas de desigualdad e injusticia social y espacial que tampoco se han
tenido en consideración desde la Geografía Económica.
A la vez que trata la transformación, parcial pero patente, de determinados servicios públicos en mercados
crecientemente sujetos a la competencia, la Geografía Económica española de los próximos años debería también
tomar en consideración las modalidades de coordinación económica que se reclaman ajenas, distintas o contrarias
al capitalismo convencional centrado en la búsqueda del beneficio personal, en la empresa privada como unidad
básica de organización de la producción, en el mercado competitivo como espacio de interacción y en la relación
salarial como vía principal de acceso personal a las rentas.
La primera de todas esas formas distintas de coordinación económica es la economía doméstica, de la repro-
ducción y de los cuidados, que es la base imprescindible de toda forma de sociedad humana, sea capitalista o no.
En el hogar se hace patente la existencia y sostenibilidad de otras formas no retribuidas ni lucrativas de coordina-
ción económica, como el altruismo, la redistribución y la reciprocidad (recuérdese aquí el imprescindible texto de
Karl Polanyi La Gran Transformación, 1944). La economía feminista lleva muchos años reivindicando la centralidad
de la esfera doméstica en el entramado socioeconómico y denunciando con fuerza, una vez más, su mercantiliza-
ción a manos de la expansión social de las relaciones capitalistas, que está generando tensiones y desigualdades
entre quienes pueden pagar en el mercado por los servicios de cuidados (del hogar, de niños, de ancianos, de en-
fermos) y quienes no pueden hacerlo. Se trata de una tensión especialmente lacerante porque los estudios de
White y Williams (2012, entre otros muchos) en el Reino Unido demuestran una preferencia mayoritaria por cu-
brir los cuidados a través de relaciones comunitarias con familiares, amigos y vecinos, y no mediante la contrata-
ción impersonal de servicios o suministros externos. Según dichos autores, esa preferencia explicaría el hecho de
que hasta el 44% del tiempo sea dedicado a trabajo doméstico no remunerado en los países avanzados, cifra que
contradice la tesis de que vivimos en una sociedad exclusivamente regida por las relaciones mercantilizadas. Exis-
te aquí, pues, un punto de confrontación entre percepción y realidad, entre deseo y posibilidad, que merece una
lectura geográfica, ya que los trabajos de estos autores apuntan a diferencias territoriales apreciables en el conti-
nuo autoabastecimiento-externalización de la economía de los cuidados.
Este apego social hacia soluciones económicas no competitivas ni lucrativas se manifiesta también en la
persistencia de lo que Gibson-Graham (2008) denominaron economías comunitarias y otros autores califican como
prácticas económicas alternativas (Conill y otros 2012). Bancos de tiempo, huertos urbanos, grupos de consumo,
monedas sociales, mercados de productores, talleres Do It Yourself, repair cafés, junto con fórmulas más comple-
jas como la banca ética, el comercio justo, las cooperativas integrales, la agricultura ecológica o las criptomone-
das, comparten la visión de que otra economía es posible (Castells y otros, 2017). Estas prácticas económicas alter-
nativas se componen de pequeñas comunidades que practican una democracia directa, comparten las tareas de
manera equitativa, excluyen el lucro de sus objetivos y manifiestan un profundo respeto por la naturaleza en to-
dos los órdenes de su actividad productiva (Sánchez 2017). Recientemente, se ha puesto en marcha un proyecto
de investigación en España dedicado al estudio del funcionamiento interno y el impacto económico de estas
prácticas en algunas ciudades españolas (PRESECAL [en línea]). Con todo, hace falta una labor más sostenida en
el tiempo y más extensiva en el espacio para evaluar la auténtica magnitud del fenómeno de las economías alter-
nativas y, sobre todo, su capacidad para construir esa economía diferente, más humana, democrática y sostenible
que resulta tan atractiva en el discurso como difusa en la realidad concreta.
Particular interés reviste la investigación sobre la relación entre estas formas de coordinación económica
horizontal y el capitalismo global contemporáneo. La agricultura ecológica comenzó como un movimiento extra-
vagante, pero hoy todos los supermercados ofrecen comida bio, eco, orgánica… Lo que fueron propuestas pura-
mente colaborativas y desinteresadas como AirBnB o Uber se han convertido, gracias a las posibilidades de las
plataformas digitales, en negocios sumamente lucrativos cuyas externalidades negativas se proyectan en el espa-
cio urbano de mucha ciudades. Del mismo modo, el proyecto MARES, promovido en Madrid por el gobierno mu-
nicipal surgido de las elecciones de 2015 y una serie de colectivos ciudadanos involucrados en distintas modalida-
des de economía comunitaria, recibe financiación de la Unión Europea, habitualmente denostada como avalista
de las políticas de austeridad. El debate sobre el riesgo de convencionalización de las economías comunitarias y
su posible cooptación por parte del sistema capitalista y el Estado, entendido en sentido amplio, permanece
abierto y corresponde a los geógrafos indagar sobre las diversas formas en que se resuelve esa tensión en territo-
rios con trayectorias económicas, sociales y políticas específicas.
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José Luis Sánchez Hernández
OTROS ESPACIOS ECONÓMICOS
Tras apuntar la conveniencia de examinar la concreción desigual y diferenciada de una serie de actividades
económicas en el territorio, es preciso advertir que los espacios donde actúan los agentes económicos también
han cambiado en los últimos años. La Geografía Económica debe ahora ocuparse de dos espacios económicos no
convencionales que interactúan entre sí y a la vez se complementan con el espacio público donde se desenvuelve
la vida económica más tangible: se trata del hogar y el ciberespacio.
El hogar no es solamente la sede de la economía de los cuidados, sino también un espacio significativo para
el desarrollo de un número creciente de actividades económicas muy dependientes de las tecnologías digitales y
de la creatividad, así como de otras sumergidas en la precariedad y la marginalidad. ¿Cuántas empresas comien-
zan su andadura en un domicilio particular, como ilustra la monografía colectiva de Mason y otros (2016)?
¿Cuánto trabajo intelectual se efectúa en el hogar? ¿Qué ha sido del teletrabajo, una de las primeras esperanzas y
temáticas surgidas tras la difusión de Internet? Sabemos que las TIC han extendido el horario -y con él, el espacio
- de trabajo hasta el punto de que en Francia acaba de aprobarse el derecho del trabajador a no contestar correos
electrónicos fuera de la jornada laboral. Pero la desmaterialización de numerosas tareas productivas hace muy
difícil ya deslindar con nitidez el trabajo ordinario en espacios convencionales del que se efectúa en otros espa-
cios frecuentados por el trabajador, incluyendo aquí el desplazamiento en trenes o aviones, y las consiguientes
esperas en estaciones o aeropuertos. Tampoco tenemos claro si la impresión en 3D va a propiciar un retorno a los
hogares de algunas actividades productivas y un consiguiente rediseño de las ciudades y de las cadenas de valor,
como sugiere la monografía coordinada por Nawratek ed. (2017).
En el otro extremo, el ciberespacio todavía no ha despertado el interés de la Geografía Económica española,
aunque ya hay trabajos estupendos basados en big data, como los del grupo de investigación t-GIS *en línea+ diri-
gido por Javier Gutiérrez Puebla. La geografía física del ciberespacio español (redes de cableado, nodos de co-
nexión, ubicación de los centros de almacenamiento de datos) y la gestión del tráfico de datos (volumen de flujos,
tarifas asociadas, empresas operadoras) son asuntos poco conocidos. La indagación sobre esta interfaz ciberespa-
cio-espacio extenso no se debe limitar, en todo caso, a la escala nacional, dado que la red tiene dimensiones mun-
diales a través del cableado submarino y los satélites de comunicaciones, cuya gestión neutral está precisamente
en cuestión en estos tiempos.
Ahora bien, también la interfaz ciberespacio-hogar encierra temas de interés geográfico. Las implicaciones
de la generación de infinidad de datos en nuestra vida cotidiana ya fueron teorizadas por Echeverría (1994) en su
Telépolis, donde define el telesegundo como una mercancía que los espectadores producimos gratuitamente
cuando vemos un programa de televisión y que las cadenas televisivas revenden a las empresas de publicidad. El
hogar, pues, no es solamente un espacio de los cuidados o un espacio productivo no convencional, sino también
un yacimiento de riqueza -en forma de datos- explotada por toda clase de compañías. Ahora bien, habrá que con-
siderar con detalle la distribución regional y local de esa riqueza digital y las posibles desigualdades territoriales
en la oferta de bienes y servicios que las empresas produzcan en función de la rentabilidad esperada de cada
hogar, barrio, ciudad o región.
El comercio electrónico es otro nexo entre el hogar y el ciberespacio con profundas implicaciones geográfi-
cas por su efecto directo sobre la actividad logística y sobre el despliegue espacial del comercio minorista tradi-
cional. El célebre problema de la última milla sigue sin resolverse -probablemente porque es insoluble- y aparecen
nuevas fórmulas como el reparto con drones, en bicicleta o, quizá pronto, mediante automóviles autónomos. Co-
mo toda forma de comercio, el comercio electrónico (y sus implicaciones en otras ramas de la economía, en el
mercado de trabajo y en la reconfiguración de la ciudad) es un proceso netamente geográfico al que tampoco se
ha atendido debidamente en España, pese a la rápida penetración de esta forma de distribución en los años más
recientes.
Finalmente, toda investigación sobre los espacios económicos, en su versión más clásica o en esta formula-
ción extendida, debería ir acompañada de una meta-reflexión sobre la posición relativa de cada uno de ellos en el
paisaje económico global. Desde el artículo clásico de Inmaculada Caravaca (1998), la Geografía Económica espa-
ñola está habituada a identificar y caracterizar los espacios ganadores y emergentes. Esa labor de síntesis requie-
re una actualización periódica que la misma autora ya ha intentado recientemente (Caravaca, 2017) y que debe
acompañarse de una atención no menor a los espacios perdedores y rezagados, en la línea propuesta por Rodrí-
guez-Pose (2018) para relacionar la trayectoria económica de los territorios y la irrupción de partidos políticos de
dudosas convicciones democráticas.
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Otras economías, otros espacios, otros retos para la Geografía Económica
HACIENDO GEOGRAFÍA ECONÓMICA
Ante una economía más compleja que se desenvuelve en espacios económicos más diversos, la Geografía
Económica española se enfrenta a varios retos disciplinares si quiere seguir siendo fiel a la definición propuesta al
comienzo de este texto, con independencia del marco teórico que adoptemos sus practicantes o de la cuestión
empírica que se procure iluminar en cada investigación concreta.
Primero, hay que manejar nuevas fuentes de información, como big data y los conjuntos de datos abiertos
que ofrecen las administraciones más comprometidas con la transparencia y la ciudadanía. Pero las técnicas cuali-
tativas tradicionales (entrevistas, observación de campo, grupos de discusión…) seguirán siendo imprescindibles
para estudiar los hogares, las economías alternativas o las estrategias de las grandes compañías, entre otros te-
mas sobre los que falta información estadística sistematizada. Esta esquizofrenia metodológica nos obligará a
conocer el manejo de aplicaciones informáticas muy dispares con el fin de almacenar los datos, organizarlos, ex-
traer sus múltiples significados y después elaborar representaciones carto-gráficas expresivas y, a ser posible,
explicativas en sí mismas.
Por eso, en segundo lugar, será cada vez más difícil trabajar de forma individual; ya lo es, en realidad, si repa-
ramos en el decreciente número de publicaciones firmadas por una sola persona. Incluso los grupos de investiga-
ción pequeños y mono-disciplinares típicos de la Geografía Económica española- experimentan ya notables
complicaciones para dominar las competencias teóricas, metodológicas e instrumentales que requiere la investi-
gación puntera. La participación en marcos interdisciplinares y la constitución de extensas redes de investigación
integradas por nodos locales más o menos especializados en ciertos temas y técnicas se impondrá como fórmula
organizativa habitual, al estilo de la RETURBAN [en línea] que funciona en España desde 2017.
Tercero, y último. Las dos constataciones precedentes no son inocuas para el desempeño cotidiano de nues-
tra investigación. Quienes sentimos pasión por la Geografía Económica sufriremos -más todavía- la desagradable
sensación de llegar tarde a todos los temas, o de no saber lo suficiente sobre tantas líneas de investigación crucia-
les como caben en el seno de nuestra querida disciplina. Y esa desazón se verá acrecentada por la imperiosa ne-
cesidad de dedicar una fracción creciente de nuestro tiempo -el bien más preciado por su naturaleza finita- a la
coordinación de personas, actividades y recursos, en detrimento de la lectura reposada, de la reflexión calmada y
de la escritura sosegada. Sólo las ganas de saber más Geografía Económica nos mantendrán activos, mientras el
cuerpo aguante.
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