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Durante la primera campaña de excavaciones realizada en el año 2015 en el yacimiento tartésico de Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz) se procedió a excavar la denominada estancia 100. Entre los materiales arqueológicos documentados sobre el pavimento de la habitación se recuperaron cuatro placas que por la posición que presentaban decoraban las cuatro caras de una caja de madera perdida por el incendio que puso fin a la vida del edificio. Este trabajo reúne la información referente a su hallazgo y contexto arqueológico, el estudio de las piezas y su iconografía, los resultados de los análisis realizados tanto de las placas como de los clavos conservados, así como el proceso de restauración y conservación al que las piezas han sido sometidas. Su estudio nos ha permitido abrir nuevas líneas de investigación en torno al comercio fenicio con Occidente y la existencia de un artesanado especializado en el trabajo del hueso y el marfil en los enclaves peninsulares.
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Data de recepció: 19-07-2019. Data d’acceptació: 10-10-2019
PYRENAE, vol. 51 núm. 1 (2020) ISSN: 0079-8215 EISSN: 2339-9171 (p. 45-72)
© Esther Rodríguez González, Sebastián Celestino Pérez, Ana M. Herranz Redondo, José Miguel Morillo León, 2020 – CC BY-NC-ND
REVISTA DE PREHISTÒRIA I ANTIGUITAT DE LA MEDITERRÀNIA OCCIDENTAL
JOURNAL OF WESTERN MEDITERRANEAN PREHISTORY AND ANTIQUITY
DOI: 10.1344/Pyrenae2020.vol51num1.3
Comerciar con Occidente. Las placas de
marfil y hueso de la caja de madera
de la estancia 100 de Casas del
Turuñuelo (Guareña, Badajoz, España):
contexto arqueológico e iconográfico,
análisis y restauración
Trade with the West: the ivory and bone plaques of the
wooden box of the Room 100 of Casas del Turuñuelo
(Guareña, Badajoz, Spain): archaeological
and iconographic context, analysis and restoration
eSTher roDríguez gonzález
Instituto de Arqueología (CSIC – Junta de Extremadura)
Plaza de España, 15, E-06800 Mérida
esther.rodriguez@iam.csic.es
SebaSTián celeSTino pérez
Instituto de Arqueología (CSIC – Junta de Extremadura)
Plaza de España, 15, E-06800 Mérida
scelestino@iam.csic.es
ana m. herranz reDonDo
Instituto de Arqueología (CSIC – Junta de Extremadura)
Plaza de España, 15, E-06800 Mérida
anam.herranz@hotmail.com
JoSé miguel morillo león
Universidad de Gotemburgo. Departamento de Estudios Históricos
Lundgrensgatan 5, 412 56 Göteborg (Suecia)
jmiguelmorillo@gmail.com
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Durante la primera campaña de excavaciones realizada en el año 2015 en el yacimiento tartésico
de Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz) se procedió a excavar la denominada estancia 100.
Entre los materiales arqueológicos documentados sobre el pavimento de la habitación se recupe-
raron cuatro placas que por la posición que presentaban decoraban las cuatro caras de una caja
de madera perdida por el incendio que puso fin a la vida del edificio. Este trabajo reúne la infor-
mación referente a su hallazgo y contexto arqueológico, el estudio de las piezas y su iconografía,
los resultados de los análisis realizados tanto de las placas como de los clavos conservados, así
como el proceso de restauración y conservación al que las piezas han sido sometidas. Su estudio
nos ha permitido abrir nuevas líneas de investigación en torno al comercio fenicio con Occidente
y la existencia de un artesanado especializado en el trabajo del hueso y el marfil en los enclaves
peninsulares.
PALABRAS CLAVE
TARTESO, VALLE MEDIO DEL GUADIANA, COMERCIO MEDITERRÁNEO, MARFIL, HIPOPÓTAMO,
HUESO
During excavations at the Tartessic site of Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz) in 2015, the
so-called room 100 was excavated. Among the archaeological materials documented on the floor
of the room, four plates were recovered in primary position and seems to point that they decorated
the four faces of a wooden box lost by the fire that put an end to the life of the building. This work
gathers the information referring to its find and archaeological context. This also applies the study
of the objects and their iconography, the results of the analyzes carried out both on the plates and
the preserved nails, as well as the restoration and conservation process to which the pieces objects
have been submitted. This study has allowed us to launch new research lines around Phoenician
trade with the West and the existence of a craftsman specialized in the work of bone and ivory, in
peninsular enclaves.
KEYWORDS
TARTESSUS, CENTRAL GUADIANA VALLEY, MEDITERRANEAN TRADE, IVORY, HIPPOPOTAMUS, BONE
1. Introducción
En el año 2014 comenzaron los trabajos arqueológicos en el yacimiento tartésico de Casas
del Turuñuelo (Guareña, Badajoz). Dicho enclave se localiza en la comarca natural de las
Vegas Altas dentro del cauce medio del río Guadiana (fig. 1a). Pertenece a la categoría de
asentamientos denominada «edificios tartésicos ocultos bajo túmulo» (Rodríguez González,
2018); una categoría exclusiva de este territorio que tiene su auge entre finales del siglo vi
e inicios del siglo iv aC. La denominación que reciben estos yacimientos deriva del modelo
de amortización al que fueron sometidos estos grandes edificios. Así, tras su clausura e
incendio, las construcciones se colmatan con adobes, arcillas y arenas hasta rellenar por
completo todas las estancias en las que previamente se han dispuesto los objetos arqueo-
lógicos también amortizados. El resultado es la generación de unos túmulos artificiales
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que han pasado desapercibidos en el paisaje hasta nuestros días gracias, en buena medida,
al sellado final mediante una gruesa capa arcilla que ha impedido que los materiales se
esparzan por el exterior (fig. 1b).
La ejecución de un primer sondeo estratigráfico, cuyo objetivo era la realización de
una columna polínica (Celestino y Rodríguez González, 2017: 44) permitió localizar la
Figura 1. Localización del yacimiento de Casas del Turuñuelo. A) Mapa de localización del enclave dentro del valle medio del
Guadiana. B) Fotografía aérea del túmulo. El recuadro rojo marca la locación de la estancia 100 dentro del área excavada. C) Vista
aérea de la estancia 100 del Turuñuelo (diseño: Esther Rodríguez González, ©Construyendo Tarteso).
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que hasta la fecha es la estancia de mayores dimensiones de las excavadas en el yaci-
miento. La estancia principal o H-100 tiene 70 m2 de extensión, una planta rectangular y
un único acceso ubicado al este, en eje con la escalera monumental que preside el patio
y que da acceso al piso superior, donde se localiza esta habitación (Rodríguez González y
Celestino, 2017). La presencia de numerosos detalles arquitectónicos, caso de los ban-
cos corridos, del altar en forma de piel de toro en el centro de la estancia o la «bañera»
ubicada sobre un pedestal de adobe adosado al muro sur, nos ha llevado a plantear un
uso cultual para este espacio (Rodríguez González y Celestino, 2017: 191) (fig. 1c).
Entre los materiales arqueológicos recuperados sobre el pavimento de la estancia
cabe señalar el destacado conjunto de platos y cuencos, a partir de los cuales ha podido
diseñarse una tipología para las producciones documentadas en el yacimiento (Rodríguez
González y Celestino, 2017: 189, fig. 9). Estas piezas han sido puestas en relación con la
existencia de un gran banquete ritual al final de la vida del edificio, relacionado a su vez
con la hecatombe de animales recientemente documentada en su patio y actualmente en
estudio (Celestino y Rodríguez González, 2019; Rodríguez González y Celestino, 2019).
Junto al conjunto de platos pudo recuperarse otro tipo de materiales, caso de las esteras
de esparto que cubrían parte del pavimento de la estancia (Marín Aguilera et al., 2019), de
varias piezas de marfil y hueso entre las que se localiza un fragmento que todavía conserva
la lámina de oro que decora su filo (Rodríguez González y Celestino, 2017: 190, fig. 10b)
o las cuatro placas objeto de estudio en este trabajo.
A la espera de los resultados derivados del estudio geomagnético que se está llevando
a cabo a partir del análisis de los ladrillos y los niveles de uso del yacimiento, claramente
afectados por el incendio que puso fin a la vida del edificio, y que nos permitirá tener una
fecha muy aproximada al momento final del enclave, la cronología del yacimiento, fechado
en el siglo v aC, procede de la alta presencia de cerámicas áticas localizadas (Celestino et
al., 2017), así como de otras piezas que se están moviendo por el Mediterráneo en esas
cronologías, caso de la escultura de mármol o el conjunto de vidrios documentado en
el patio. No obstante, en el yacimiento se atesoran piezas de cronología más antigua, a
modo de reliquias, siguiendo el mismo patrón que el documentado en Cancho Roano
(Zalamea de la Serena, Badajoz). Es dentro de este contexto donde se inserta la pieza que
analizaremos a continuación, cuya cronología puede equiparase a las producciones ebo-
rarias documentadas en el Bajo Guadalquivir en yacimientos como el Bencarrón (Alcalá
de Guadaira, Sevilla) y la Cruz del Negro (Carmona, Sevilla).
Aunque dos de las placas ya han sido analizadas desde el punto de vista iconográfico en
sendos trabajos, actualmente en proceso de publicación, donde se abordan cuestiones muy
concretas como el análisis tipológico de las embarcaciones de la placa norte o el estudio de
la escena presente en la placa oeste donde el león se asocia con la representación de una
embarcación, este trabajo tiene como objetivo completar esa información presentando
una serie de datos inéditos entre los que se encuentra el contexto arqueológico donde fueron
halladas las placas, su descripción iconográfica, los resultados de los análisis macroscópicos y
de espectrometría de infrarrojos por transformada de Fourier (FTIR) realizados y gracias a los
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cuales hemos podido conocer las materias primas con las que fueron fabricadas, así como una
breve reseña de su proceso de restauración y de aquellos aspectos que sobre la producción
de las placas hemos conocido gracias a la realización de estos trabajos.
La combinación de todos estos datos permite sacar algunas conclusiones en torno a la
posible procedencia de este tipo de piezas de clara raíz oriental y, por lo tanto, de la existencia
de un nutrido comercio mediterráneo entre los siglos ix y vi aC, así como de los mecanis-
mos de llegada de algunos de estos materiales a la península ibérica, no solo a los enclaves
fenicios de la costa, sino hasta las tierras del interior. Así mismo, la originalidad técnica de
buena parte de los marfiles peninsulares nos permite plantear la existencia de talleres occi-
dentales en los que, sin embargo, predomina una iconografía de estilo orientalizante.
2. Contexto arqueológico del hallazgo
Las placas se documentaron sobre el pavimento de la estancia 100 en su sector oeste
(fig. 2a). Por la disposición que presentaban (fig. 2b), formando un rectángulo perfecto,
así como por la conservación de dos de sus clavos, es evidente que se trata de placas que
decoraban una caja de madera o estuche de forma ligeramente trapezoidal, hoy perdida por
el incendio que sufrió el edificio, incendio que afectó también el estado de conservación de
las piezas, como valoraremos más adelante, que pudieron recuperarse casi íntegramente,
pero muy fragmentadas, razón por la cual el proceso de restauración ha resultado funda-
mental para su estudio detallado.
Del cribado de la tierra localizada en el interior de las placas se recuperó un conjunto
de 56 cuentas de pasta vítrea de color verdoso y de diferente diámetro que podrían haber
formado parte de un objeto de adorno personal, tal vez una pulsera o un collar (fig. 3). El
estado de conservación de las cuentas es bastante deficiente como consecuencia de las altas
temperaturas alcanzadas por el incendio que provocó que muchas de ellas se fundieran
hasta fusionarse y conformar un conglomerado de pasta vítrea completamente informe
que complica su análisis y estudio.
3. Descripción de las placas y análisis iconográfico
Las cuatro placas fueron identificadas y clasificadas en función de la orientación que tenían
en el lugar de su aparición. Las dos placas mayores corresponden a las caras norte y sur de
la caja, mientras que las menores se localizan en sus extremos este y oeste.1 Cada una de
1. Para facilitar la comprensión en la descripción iconográfica de las placas y de las relaciones que establecemos
entre ellas, hemos numerado las piezas del 1 al 4: sur (1), oeste (2), norte (3) y este (4).
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ellas presenta un motivo iconográfico diferente, aunque todas comparten un mismo proce-
so de fabricación. Todas han sido realizadas siguiendo la técnica de la incisión, un sistema
característico de los marfiles de producción tartésica que los diferencia claramente de las
producciones llegadas de Oriente, donde predominan técnicas como el bajorrelieve, la
incrustación, el calado o el bulto redondo (fig. 4).
Figura 2. Localización de las placas sobre el pavimento de la estancia 100 y fotografía en la que se aprecia su disposición (montaje:
Esther Rodríguez González, ©Construyendo Tarteso).
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3.1. Descripción de las placas
Placa 1 o sur: el motivo central de esta placa es una procesión de tres peces que miran
hacia el lado izquierdo. La escena está enmarcada por dos líneas paralelas que delimi-
tan el espacio expositivo, una por encima y otra por debajo de los peces. La separación
entre cada uno de los peces está marcada por cuatro líneas paralelas que delimitan
cada uno de los espacios en los que se insertan sendos ejemplares. Aunque su diseño
es bastante esquemático, se han señalado su boca, los orificios nasales y las branquias.
Mientras, tanto los ojos como las escamas se han ejecutado mediante un troquelado de
sección circular con una perforación más profunda en el centro. Finalmente, sus colas
presentan sección triangular y su interior se ha representado mediante la sucesión de
cuatro líneas paralelas en sentido horizontal.
Dimensiones: 18,8 cm de largo por 2,3/1,7 cm de ancho y 0,3 cm de grosor.2
2. Las medidas del ancho de las placas corresponden en todos los casos a cada uno de sus extremos (izquierdo/
derecho), pues en ninguno de los ejemplares recuperados las placas son perfectamente rectangulares. La dife-
rencia en la anchura que presenta cada extremo de las placas nos lleva a plantear la posibilidad de que la caja
fuese de sección trapezoidal.
Figura 3. Fotografía de las cuentas de pasta vítrea documentadas en el interior de la caja (fotografía: Ana M. Herranz, ©Construyendo
Tarteso).
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Placa 2 u oeste: La escena representa un león devorando la pata de un posible cérvido o
bovino mientras contempla ante sí el hundimiento de una embarcación. La escena
ha sido representada del mismo modo que las naves descritas anteriormente; sin
embargo, el hecho de que la nave se muestre inclinada nos lleva a pensar que se
ha querido representar mientras se hundía. Frente al barco, el león en posición
sedente ha sido representado con las fauces abiertas y los dientes señalados, devo-
rando la pata de un herbívoro que por su pezuña pudiera ser identificado con un
bovino o cérvido. Aunque la representación del león es esquemática, se distingue,
además de la boca, la nariz y el ojo, del que incluso se ha marcado la ceja. La
melena se ha diseñado a partir de líneas cruzadas y triángulos enmarcados en los
espacios definidos por las líneas anteriormente descritas. En el interior de su lomo
se han estampado cinco círculos con el mismo troquel que el empleado para la
realización de las escamas de los peces presentes en la placa sur. Por último, en el
extremo derecho de la placa se ha representado media flor de loto abierta, por lo
que solo puede apreciarse medio pistilo, cuyo tallo se ha definido mediante el uso
de pequeños triángulos.
Dimensiones: 10,2 cm de largo por 3/2,7/2,4 cm de ancho y 0,3 cm de grosor.
Placa 3 o norte: la escena se encuentra enmarcada por sendas líneas paralelas, una en la
parte superior y otra en la inferior de los lados largos de la placa, mientras que tres
líneas verticales acotan el extremo izquierdo, dejando el extremo contrario abierto.
La escena de la placa norte está presidida por una procesión de tres barcos de casco
alargado y aplustre recurvado, dibujados de manera muy esquemática, lo que no
permite ahondar en su tipología. Los cascos de los barcos están decorados con dobles
líneas en zigzag enmarcados, tanto en la parte superior como en la inferior, por dos
líneas paralelas. Bajo las proas de las embarcaciones, la presencia de tres triángulos
superpuestos parece aludir al oleaje generado por el paso de las embarcaciones, lo
que da cierta movilidad a la representación. Así mismo, la disposición de las embar-
caciones, una contigua a la siguiente, aporta profundidad a la representación. Por
último, sobre la cubierta de las naves se ha representado una serie de rectángulos,
nueve en el caso de las dos primeras embarcaciones y ocho para la tercera, que bien
pudieran estar representando las portas de bogada, las portezuelas por las que aso-
maban los remos.
Dimensiones: 14,7 cm de largo por 2,7/2 cm de ancho y 0,2 cm de grosor.
Es la única placa que además conserva in situ uno de los clavos de marfil que debían
unir las placas a la caja de madera. El clavo, de cabeza circular, tiene 0,7 cm de diá-
metro y 1,2 cm de largo.
Placa 4 o este: En esta escena aparece representado también un león, con las fauces abier-
tas, los dientes marcados y el hocico apuntado, devorando la pata de un cérvido o
bovino que en este caso ha sido representada de perfil, pues además de la pezuña se
ha dibujado el dedo trasero de la pata. Está también en posición sedente; sin embar-
go, el mal estado de conservación de la pieza impide ver con detalle la ejecución del
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cuerpo. Con el ojo de perfil y la ceja definida, la melena se ha representado median-
te el trazado de líneas cruzadas, aunque en este caso no se observa la presencia de
triángulos. Por su parte, en el lomo se conservan tres círculos troquelados como los
que tenía el león de la placa anterior. En los extremos han sido representadas medias
flores de loto abiertas que siguen el mismo esquema de la placa oeste, con los tallos
definidos por pequeños triángulos y la mitad del pistilo.
Dimensiones: 10,1 cm de largo por 2,2/2,5 cm de ancho y 0,3 cm de grosor.
A esta placa pertenece el segundo clavo de marfil recuperado durante la excavación;
Figura 4. Fotografía y dibujo de las placas halladas en la estancia 100 del yacimiento de Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz)
(fotografías y dibujo: Esther Rodríguez González, ©Construyendo Tarteso).
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es también de cabeza circular y conserva unas dimensiones de 0,8 cm de diámetro
por 1,4 cm de largo.
No cabe duda de que la iconografía que presentan las cuatro placas halladas en la
estancia 100 de Casas del Turuñuelo es de clara influencia oriental. Además, dos de los
motivos representados ofrecen cierta originalidad, pues la procesión de barcos docu-
mentada en la placa norte es hasta la fecha un motivo inédito en la eboraria orientali-
zante. Sin embargo, la placa con la procesión de peces, aunque rara, no es inédita, ya
que conocemos un ejemplo dentro de la eboraria tartésica que podríamos considerar
como su paralelo más cercano. Nos referimos al marfil de la necrópolis de Acebuchal
(Carmona, Sevilla), donde parece conservarse un pez completo y parte de otros dos, por
lo que bien podrían estar formando parte de una serie similar a la que aquí tratamos
(Aubet, 1982: 56). Así mismo, este motivo iconográfico no es desconocido dentro del
arte orientalizante, como puede comprobarse en la decoración de la bandeja de bronce
del Gandul (Fernández Gómez, 1989; una revisión reciente en Gómez Peña, 2018) en
cuyo fondo se representaron cuatro peces. Pero quizás el ejemplo más cercano y con el
que la placa del Turuñuelo comparte más rasgos en común es con el plato de cerámica
gris documentado en la bustum 86G/7bis de la necrópolis de Medellín (Almagro-Gorbea,
2004: 21-22, fig. 7). La decoración del interior del plato cuenta con una procesión de
peces, tres en total, separados por «rosetas lobuladas» de ocho pétalos, que miran hacia
la izquierda, un rasgo —además del número de peces representados— que la pieza de
Medellín comparte con la del Turuñuelo.
El significado de estas representaciones resulta hasta el momento desconocida; sin
embargo, han sido puestas en relación con un contexto funerario (Olmos, 2007-2008)
y la alegoría del viaje al más allá (Almagro-Gorbea, 2004: 22); una lectura iconográfica
que compartimos, si tenemos en cuenta el resto de motivos presentes en las placas del
Turuñuelo: los barcos, el medio tantas veces aludido para llevar a cabo ese viaje al más
allá (Escacena et al., 2007: 24), y los leones, identificados con la diosa Astarté, señora del
inframundo (Gunter, 2009; Niemeier, 2014). Además, los leones constituyen un motivo
recurrente en la eboraria tartésica, como queda patente en abundantes paralelos proce-
dentes de necrópolis como la Cruz del Negro (Carmona, Sevilla), el Acebuchal (Carmona,
Sevilla), el Bencarrón (Alcalá de Guadaira, Sevilla) o Medellín (Badajoz); un motivo que,
en definitiva, tiene una fuerte representación en el mundo oriental, transmitida por todo
el Mediterráneo (Le Meaux, 2010a: 49-53). Algo similar ocurre con las flores de loto,
presentes en los extremos de dos de las placas, abundantes dentro del denominado arte
orientalizante y ampliamente extendidas en la industria del marfil y el hueso (Le Meaux,
2010a: 5-18).
De la lectura iconográfica de las placas pueden extraerse otras dos interpretaciones
que posteriormente pondremos en relación con su proceso de fabricación. Así, el análi-
sis integral de su iconografía nos permite observar la relación que guardan entre ellas,
conformando en uno de los casos una escena, algo que ya ha sido documentado en otras
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producciones de la eboraria tartésica, caso de las placas localizadas en el Bencarrón (Le
Meaux, 2006), donde puede realizarse una lectura continuada de ellas.
De ese modo, la escena presente en la placa norte parece continuar en la placa oeste,
representando así una procesión de barcos que navega directa a las fauces abiertas de un
león que se encuentra devorando la pata de un herbívoro. La primera embarcación de
esta pequeña flota sería el barco grabado frente al león, el cual no respeta la horizontali-
dad de las tres embarcaciones de la placa mayor, sino que ha sido representado con cierta
inclinación, lo que nos induce a pensar que la intención del artesano era representarlo
mientras se hundía frente a la bestia. La hipótesis acerca de que se trata de una escena
continua se ve reforzada si tenemos en cuenta que tanto la placa norte como la oeste no
han sido rematadas en sus extremos derecho e izquierdo, respectivamente, con la misma
decoración que la representadas en los otros extremos de las placas, de ahí que exista una
intencionalidad en crear una lectura continua. La serie finalizaría con la presencia de una
procesión de peces que, sin duda, encaja a la perfección con los motivos presentes en la
placa contraria, la procesión de barcos. De ese modo, la combinación de las cuatro piezas
recoge una doble lectura que alude al mundo acuático y terrenal.
Otro elemento destacable en la decoración de las placas son las medias flores de loto repre-
sentadas en ambos extremos de la placa este y en el extremo derecho de la oeste. Este tipo de
juegos visuales son comunes en la eboraria fenica, caso de algún ejemplo documentado en
Samaria (Naeh, 2015: 90, fig. 10) y en la tartésica, cuyo paralelo más cercano lo encontramos
en las patas de la arqueta de marfil de Cancho Roano (Maluquer de Motes, 1983: 90, fig. 34).
Se trata de un juego visual en el que se representa media flor de loto en el extremo de
una placa y otra media en el extremo de la placa contigua, de tal modo que al observar el
objeto desde una de sus esquinas la flor pueda contemplarse completa. Lamentablemente,
esta conexión visual no se cumple en el caso de las placas del Turuñuelo, pues estas repre-
sentaciones se localizan en dos extremos opuestos de la caja.
Aunque alejado en el espacio, pero no el tiempo, el paralelo que más se acerca a las
escenas documentadas en las placas de Casas del Turuñuelo es la iconografía presente
en las acuñaciones de las ciudades fenicias de Biblos, Sidón y Arado, concretamente los
séqueles emitidos entre los siglos vi y iv aC, monedas en cuyos anversos abundan las
representaciones de embarcaciones (Elayi y Elayi, 2014a). De las tres ciudades mencio-
nadas, es el ejemplo de Biblos el que más se acerca a nuestro caso de estudio, no solo por
las similitudes que el diseño de las naves guarda con las embarcaciones de las placas del
Turuñuelo, sino por que en sus reversos se representan escenas en las que un león aparece
devorando un toro o un cérvido; es decir, exactamente los mismos recursos iconográficos
que los aparecidos en el conjunto de las placas objeto de estudio. No obstante, cabe rese-
ñar que las representaciones náuticas de los anversos de las acuñaciones de Biblos, Sidón
y Arados poseen un elemento en común, presente también en las placas del Turuñuelo: la
plasmación de las olas, dibujadas mediante el trazado de una serie continua de triángulos
que en ocasiones se representan con una línea simple o mediante varias líneas paralelas
en zigzag, siempre bajo los cascos de las naves.
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En lo que respecta a la representación de las naves, las aparecidas en las acuñaciones
de Biblos e interpretadas como galeras (Elayi y Elayi, 2014b: 27) son las que guardan
mayores similitudes con las embarcaciones aparecidas en la placa de marfil del Turuñuelo
(fig. 5). Su diseño ha ido evolucionando a lo largo de las diferentes series acuñadas, donde
las escenas han ido ganando en complejidad; sin embargo, el motivo de la escena principal
es siempre el mismo, variando únicamente los prótomos de las naves, en unas ocasiones
cabezas de león y, en otras, de bovino. Por su parte, las naves son de casco alargado y bajo
ellas se representan las olas mediante la ejecución de una serie de triángulos contiguos;
mientras, sobre el casco se dibujan las portas a través de las cuales asomaban los remos,
no representados en el caso de las acuñaciones de Biblos, pero sí en las de Sidón. Sobre
las portas, una serie de pequeños puntos han sido interpretados como escudos (Elayi
y Elayi, 2014b: 28), sobre los cuales se representaron tres guerreros portando un escudo y
ataviados con un casco corintio.
Resulta complicado saber si los motivos presentes en las placas de Casas del Turuñuelo
están realmente imitando la misma decoración que la documentada en las monedas acu-
ñadas en la ciudad fenicia de Biblos; sin embargo, hasta la fecha, esas monedas constituyen
la analogía iconográfica más cercana, pues aunque el motivo del león y las flores de loto
son recurrentes en la artesanía fenicia y tartesia, no ocurre así con las embarcaciones,
ya que el marfil del Turuñuelo es el primer ejemplo de este tipo de representaciones en
cualquier tipo de soporte. Por todo ello, las placas objeto de estudio son un claro ejemplo
de la influencia del arte oriental en las producciones de Occidente, fruto de un comercio
mediterráneo que favoreció la llegada de productos manufacturados que posteriormente
se comenzaron a producir en talleres occidentales, como más adelante veremos.
Figura 5. Séquel de Urimilk, Biblos (según Elayi y Elayi, 2014b: 375, fig. 793).
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4. Resultados de los análisis
Las cuatro placas y los dos clavos recuperados durante las labores de excavación han
sido sometidos a dos tipos de análisis. La primera fase ha consistido en una descripción
macroscópica en el laboratorio del Instituto de Arqueología (CSIC–Junta de Extremadura)
a partir de una lupa estereoscópica Leica EZ4D. Para la adquisición de las imágenes hemos
empleado el software Leica LAS EZ. Esta primera observación ha permitido clasificar las pla-
cas atendiendo a la materia prima utilizada, para lo que se ha empleado la metodología de
Espionza y Mann (1992), consistente en la detección y estudio de los patrones de lamellae
que conforman el marfil y los canales haversianos propios de los materiales óseos, con la
finalidad de hacer una primera distinción que permitiese cruzar los datos obtenidos en los
posteriores análisis espectrográficos. Así mismo, se estableció la presencia o no de líneas
de Scherenger, propias de los proboscídeos, para hacer una primera diferenciación entre
el marfil del elefante y el resto de tipos.
Esta primera fase de trabajo nos permitió distinguir la presencia de dos tipos de materia
prima para la fabricación de las placas y los clavos de la caja. Con el objetivo de corroborar
los resultados ópticos, se contrastaron con los obtenidos en un análisis espectrográfico
de infrarrojos realizados en el Instituto de Ciencias de los Materiales (CSIC–Universidad de
Sevilla). El instrumental empleado para la realización de los análisis ha sido un Jasco
FT7IR-6200 IRT-5000 y el método empleado, la reflectancia atenuada con el objeto de
asegurar la integridad de las piezas, al no requerir este método preparación alguna de la
muestra. El espectro analizado está comprendido entre los 600 y los 4000 cm–1, cubriendo
ambas fases —orgánica e inorgánica— del material. Este espectro comprende todas las
áreas que ofrece una diagnosis clara del tipo de marfil, así como una información con-
sistente del contenido orgánico (colágeno). Los espectros obtenidos se han comparado
con la colección de muestras de referencia del INCENTIVS de la Universidad Johannes-
Gutenberg de Maguncia, así como con un elemento que previamente ha sido identificado
como marfil de hipopótamo.
Los clavos, asociados a las placas este y norte, fueron analizados macroscópicamente,
sin que los resultados fueran los esperados, pues ambas piezas se han visto afectadas por
un proceso de combustión muy agresivo como resultado del incendio al que fue sometido
el edificio antes de su amortización, a lo que se suma el tratamiento de pulimentado con el
que fueron acabados, lo que hace que su superficie sea muy regular. Los análisis FTIR han
permitido confirmar que ambos fueron realizados con marfil de hipopótamo (fig. 6), si bien
el espectro del clavo norte presenta claras diferencias con respecto al estándar obtenido por el
INCENTIVS (Banerjee et al., 2017) en la banda entre 1200 y 1700 cm–1, unas diferencias deri-
vadas del proceso de combustión. Al margen de este dato, en torno al 872 cm–1 se encuentra
el pico característico de la mayor mineralización del marfil de hipopótamo.
Por su parte, el clavo este no ofrece ninguna duda, pues el espectro presenta una
mayor intensidad del pico principal del fosfato en torno a los 1000 cm–1, que contribuye
a su identificación con el marfil de hipopótamo. Así mismo, el pico en torno al 870 cm–1,
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característico del hipopótamo, está también presente, aunque se ve sobredimensionado
debido a que el principal pico del fosfato aparece truncado por la combustión. La fase orgá-
nica, a partir de 1700 cm–1, resulta inapreciable, a causa de la desaparición del colágeno
como consecuencia de las altas temperaturas a las que fue sometida la pieza.
Mayor interés presenta los resultados obtenidos en los análisis FTIR realizados a las
cuatro placas, al haber podido confirmar el uso de dos materias primas diferentes cuyas
procedencias serán analizada más adelante: el hueso y el marfil. Los análisis macroscópicos
realizados en las placas oeste, sur y este ya permitieron determinar que se trataban de pro-
ducciones de hueso, gracias a la presencia de los canales haversianos que se observan tanto
en las fracturas como en los reversos de las placas, la única zona no trabajada ni pulimentada,
por estar destinada a ir adherida a la caja de madera (fig. 7). Esta caracterización ha sido
corroborada en todos los casos a partir de los resultados de los análisis FTIR, donde la señal
de fosfato es significativamente menor que en las piezas fabricadas en marfil, a excepción de
la placa sur, y donde la presencia de un pico de fosfato de similar intensidad al del marfil
hace que nos inclinemos por la selección de un hueso de alto nivel de densidad y dureza por
Figura 6. Espectros resultado del análisis FTIR de los clavos asociados a las placas norte y este (diseño: José Miguel Morillo,
©Construyendo Tarteso).
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parte de los artesanos. Determinar la especie animal de la que proceden los huesos emplea-
dos es una labor que solo los análisis de ADN podrían determinar; unos análisis de carácter
destructivo que, dada la mala conservación de la pieza, resultarían inútiles.
En lo que a la placa norte respecta, los resultados ópticos y los análisis han permitido
corroborar que, al igual que los clavos, fue fabricada con dentina de hipopótamo (fig. 8).
Figura 7. Fotografías de los reversos de las placas sur, este y oeste donde se aprecia la presencia de canales haversianos (fotografía y
montaje: Ana M. Herranz, ©Construyendo Tarteso).
Figura 8. Espectro resultado del análisis FTIR de la placa norte (diseño: José Miguel Morillo, ©Construyendo Tarteso).
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Así, el espectro muestra la señal del fosfato en torno a los 1000 cm–1, así como el pico
de mineralización propio del marfil de hipopótamo en torno a los 850-875 cm–1. La fase
inorgánica que continua hasta 1700 cm–1 muestra la misma conformación que la de los
clavos, diferenciada del estándar del marfil de hipopótamo debido, como decíamos, a la
pérdida de colágeno producida por la combustión. En cuanto a la fase orgánica, aunque
en mucha menor intensidad debido a la mencionada pérdida de colágeno, mantiene ban-
das características del marfil de hipopótamo entre 2000 y 2400 cm–1 y 2600 y 3000 cm–1.
5. La restauración como herramienta de estudio
Como es sabido, el hueso y el marfil conforman, desde época prehistórica, un tipo de
artefacto de diversa funcionalidad que se documenta de manera usual en los yacimien-
tos. Su supervivencia en el medio arqueológico depende no solo de una serie de factores
intrínsecos como el tipo de material, su tecnología y los tratamientos aplicados o su vida
útil entre otros, sino de factores extrínsecos relativos a las condiciones del medio arqueo-
lógico, tales como el tipo de sedimento, la presión, la porosidad y compactación, el pH del
suelo, la presencia de humedad, los fenómenos de hidrólisis, etc., dependiendo los procesos
de alteración en gran medida de la interacción entre los agentes ambientales y los de su
composición fisicoquímica, de ahí que sea imprescindible la identificación de sus elementos
constitutivos para la determinación de las alteraciones y del tratamiento a emplear. En
este sentido, los resultados obtenidos de la espectroscopia infrarroja por transformación
de Fourier (FTIR) han resultado de gran utilidad, al poder determinar a partir de ellos el
tratamiento a emplear, una información que ha resultado relevante para establecer los
criterios de conservación de las piezas.
En este caso, tanto el marfil como el hueso, a pesar de tener una fracción inorgánica
que les aporta fuerza y rigidez, compuesta por fosfato, fluoruro y carbonato cálcico (García
y Flos, 2008: 28), también poseen otra fracción de carácter orgánico por la presencia
de colágeno, cuyas fibras forman una matriz donde se fijan las sustancias minerales. Si
bien al cabo de cierto tiempo el componente orgánico acaba por desaparecer, quedando
relegado el material casi a sus componentes minerales (Egocheaga, 1989: 76), un medio
ácido pudiera llegar a causar un proceso de descalcificación notable, mermando su rigidez
y resistencia mecánica, características que se conservarían, sin embargo, en un medio de
alta basicidad como en el presente caso, en el que no obstante el hueso termina por vol-
verse frágil y friable al descomponerse el resto de sus componentes orgánicos (Acevedo y
Vergara, 2009: 126; Tiley-Nel y Antonites, 2015: 8).
Existe multitud de factores que pueden influir en la degradación del hueso y del
marfil, siendo no menos importantes los asociados al momento de la excavación (Cho y
Chinchilla, 2008: 86) y durante el paso repentino del medio arqueológico al aéreo, cuando,
en tanto que son materiales higroscópicos que sufren cambios dimensionales en función
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de la absorción o expulsión de humedad (Rosas et al., 2005: 71), inician un proceso de
reequilibrio con el nuevo medio que, en ocasiones, ante la falta de medidas preventivas,
puede implicar un deterioro irreversible o su completa desaparición. Precisamente es esta
peligrosa cualidad la que también contribuye a que el marfil y el hueso se sitúen dentro
del grupo de materiales arqueológicos orgánicos, al ser esta una característica común de
todos ellos (Corrado y Pulga, 2010: 27).
En el caso de las placas de la estancia 100 del yacimiento de Casas del Turuñuelo, las
labores de restauración y limpieza de las piezas tuvieron una relevancia total, en tanto en
cuanto eran necesarias para poder analizar toda su iconografía, perdida en muchos casos
por la presencia de depósitos de carbonato cálcico. Ante la irregularidad en la distribución y
el tipo de carbonatos, se ha procurado llevar a cabo una eliminación controlada al objeto de
obtener una limpieza homogénea. Las tierras carbonatadas más gruesas han sido rebajadas
al nivel de las más finas, pero muy adheridas, que han establecido el límite de la limpieza
por su difícil remoción, la cual implicaba el desprendimiento del mismo material óseo o
ebúrneo (fig. 9a). La limpieza de las placas se ha llevado a cabo mediante métodos mecá-
nicos y químicos, combinando la aplicación de alcohol y la abrasión con palo de naranja
sobre la superficie de las concreciones.
Gracias a la intervención realizada, que será presentada próximamente en un trabajo
más detallado dedicado a la metodología empleada en la restauración de las placas, no
solo se ha conseguido dotar las piezas de una estabilidad estructural y garantizar su con-
servación para el futuro, sino también la restitución de su unidad potencial y legibilidad,
especialmente en cuanto a la documentación e interpretación de la iconografía incisa se
refiere (fig. 9b). Uno de los elementos de interés detectados gracias a las labores de lim-
pieza y restauración de las placas son las incisiones en zigzag presentes en el reverso de
la placa norte (fig. 10). Aunque su funcionalidad no está del todo clara, pues la presencia
de este tipo de marcas en las producciones occidentales no ha sido nunca abordada, en
esta ocasión han sido interpretadas como un mecanismo para favorecer la adhesión de
la placa a la caja de madera. Para ello posiblemente se emplease algún tipo de resina que
favoreciese el adhesivo; sin embargo, no ha quedado resto alguno de ella. A este respecto,
cabe señalar cómo durante las labores de restauración de la placa este pudo detectarse,
dentro de los canales haversianos, un conjunto de depósitos amarillentos muy brillantes
(fig. 11) que bien pudieran estar en relación con la presencia de resinas derretidas por las
altas temperaturas del incendio o, por el contrario, tratarse de restos de oro procedentes
de la decoración de las placas, una hipótesis plausible si tenemos en cuenta que den-
tro de la misma estancia se localizó otra placa de marfil exenta que contaba con este tipo
de decoración en su borde (Rodríguez González y Celestino, 2017: 190, fig. 10b).
En las placas que decoran la caja de la estancia 100 del Turuñuelo estas marcas solo
están presenten en la fabricada con marfil de hipopótamo, permaneciendo ausentes de
las placas realizadas en material óseo. Posiblemente esto se deba a que en los casos en los
que se empleó el hueso los reversos cuentan ya con cierta rugosidad proporcionada por
los canales haversianos, lo que facilita su adherencia, mientras que la placa de marfil, de
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Figura 9. A) Fotografía de detalle de un fragmento de la placa sur donde puede apreciarse la labor de limpieza y restauración de la
pieza (escala: 8x). B) Fotografía de las placas norte y sur antes y después de su restauración (fotografía y montaje: Ana M. Herranz,
©Construyendo Tarteso).
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Figura 10. Fotografía de detalle de las líneas incisas en zigzag presentes en el reverso de la placa norte (fotografía y montaje: Ana M.
Herranz, ©Construyendo Tarteso).
Figura 11. Fotografía de detalle de los depósitos presentes en los canales haversianos de la placa este (escala: 35x) (fotografía y montaje:
Ana M. Herranz, ©Construyendo Tarteso).
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superficie lisa al tratarse de un material denso que posteriormente ha sido pulimentado,
necesita de esas marcas para mejorar su adhesión a una superficie plana (fig. 7).
Así mismo, los trabajos de restauración han sido fundamentales para comprender el
proceso de preparación de las placas y su posterior decoración, una técnica que hemos
conseguido reconstruir a partir del análisis de la placa oeste, fracturada en dos partes
durante su proceso de fabricación, justo en el punto que separa la representación del
barco y el león. La fractura fue provocada por la ejecución de una perforación para la
inserción de uno de los clavos de sujeción de la placa. La fractura obligó a regularizar las
caras fracturadas, de ahí la ligera diferencia detectada en la anchura de ambos fragmen-
tos. Así, la placa se reparó para recibir posteriormente la decoración, un dato que puede
observarse por la coincidencia en ambos fragmentos de los trazados de la decoración y
de los canales haversianos presentes en el reverso de la placa (fig. 12), lo cual nos lleva a
Figura 12. Fotografía de detalle del anverso y el reverso del extremo izquierdo de la placa oeste donde se aprecia la unión entre ambos
fragmentos (fotografía y diseño: Ana M. Herranz, ©Construyendo Tarteso).
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suponer un mismo proceso de producción para la fabricación de cada una de las placas,
en el que los soportes fueron preparados antes de recibir la decoración, e incluso que la
placa oeste se realizó con anterioridad a la este, pues posiblemente por la fractura que
la placa sufrió durante su perforación se decidió no agujerear la placa contraria, donde
cabe suponer la presencia de una única perforación en su parte central, justo la única
no conservada.
Sin embargo, la pregunta más compleja de responder deriva del uso de dos tipos de
materias primas. De ese modo, ¿a qué se debe la presencia de una placa fabricada con
marfil de hipopótamo, al igual que los clavos, y otras tres fabricadas en hueso?
6. Talleres y artesanos: nuevas lecturas a través
del estudio de las placas de la estancia 100
de Casas del Turuñuelo
A pesar de que los hallazgos de marfil son característicos dentro del horizonte tartesio,
son escasos los estudios que abordan sus áreas de distribución, su técnica de fabricación
y, sobre todo, el material con el que fueron fabricados, frente a los abundantes estudios
que analizan su iconografía (Almagro-Gorbea, 2008; Le Meaux, 2010a; 2010b). Así, son
casi inexistentes los trabajos que abordan el estudio del comercio de marfil fenicio (Martín
Ruiz, 2011), por no hacer alusión a la ausencia de analíticas que permitan caracterizar las
especies empleadas y su procedencia.
En origen, los marfiles del Bajo Guadalquivir fueron incluidos dentro de las produc-
ciones fenicias occidentales (Aubet, 1979; 1980; 1982); sin embargo, la cronología que
presentan estas piezas, cuya producción y uso se generaliza en los siglos viii-vi aC, nos
obliga a desechar su clasificación como fenicios para comenzar a denominarlos tartésicos,
un concepto ya aceptado dentro de la comunidad científica (Aubet, 2008: 290; Torres,
2000: 259; Le Meaux, 2005: 1128).
Un problema recurrente a la hora de estudiar la eboraria tartésicos es la localización
de sus talleres de producción, pues hasta la fecha no se han recogido evidencias de la
existencia de un taller de eboraria en ningún asentamiento fenicio (Martín Ruiz, 2011:
89). En los primeros trabajos sobre estos marfiles se consideró la existencia de un único
taller peninsular posiblemente localizado en las proximidades de una de las principales
colonias fenicias de Occidente, principalmente Gadir, o bien en las tierras del interior,
caso de Carmona, de cuya necrópolis de la Cruz Negro procede una de las principales
colecciones de marfiles tartésicos conocida hasta la fecha (Aubet, 1980: 275); sin embargo,
en la actualidad se valora la existencia de varios talleres e incluso la posibilidad de que
existiesen obradores itinerantes que realizaran encargos a medida (Aubet, 2008: 294;
Almagro-Gorbea, 2008: 495 y ss).
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La presencia de marfil en bruto en algunos yacimientos del Bajo Guadalquivir ha
llevado a plantear la existencia de talleres en los asentamientos occidentales. Es el caso de
los hallazgos realizados en las excavaciones de la calle Méndez Núñez–plaza de las Monjas
de Huelva, donde la existencia de restos de talla y marfiles a medio trabajar ha permitido
defender tanto la presencia de un taller de eboraria dentro de este emporio precolonial,
que ha sido fechado entre los siglos x y viii aC (González de Canales et al., 2004: 163), como
la existencia de unas rutas de comercio mediterráneo; un comercio que, por otra parte,
comienza a ganar fuerza tras el hallazgo de las defensas de marfil presentes en el pecio del
Bajo de la Campana (Mederos y Ruiz Cabrero, 2004).
Un caso de estudio más complejo de analizar es del trozo de marfil en bruto recupera-
do de las excavaciones de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) (Celestino, 1997:
364), localizado en las tierras del interior. La posible existencia de un taller de fabricación
de marfiles en este yacimiento tartésico resulta más difícil de justificar, pues entre las evi-
dencias arqueológicas no se documentaron restos de talla o herramientas relacionadas con
su fabricación; sin embargo, no sería extraño que existiese marfil en bruto destinado a la
reparación de piezas ya manufacturadas que por el uso y el paso del tiempo sufriesen algún
tipo de deterioro, del mismo modo que en muchos enclaves existen espacios o pequeños
talleres para la reparación de cerámicas u objetos de metal de uso cotidiano.
La ausencia de análisis en la mayor parte de los conjuntos de marfiles conocidos
complica la caracterización de sus producciones, así como la demarcación de las áreas
geográficas de procedencia. El hallazgo del pecio de Bajo de la Campana, así como los aná-
lisis realizados a un conjunto de piezas de marfil procedente de la necrópolis de Medellín
(Almagro-Gorbea, 2008; Le Meaux, 2010b: 113), muestran la mayor difusión del empleo
de marfil de elefante procedente tanto de Asia Menor como de África, aunque resulta
lógico pensar que las producciones peninsulares están realizadas con marfiles procedentes
de este último continente (Martín Ruiz, 2011: 86).
Mucho más complicada es la caracterización geográfica del marfil de hipopótamo.
Hasta la fecha solo se ha podido determinar el origen de uno de los fragmentos de marfil de
hipopótamo documentado en Huelva, procedente del área palestina (Marzoli et al., 2016:
124). Así mismo, un reciente hallazgo en las excavaciones del enclave fenicio de Útica
(Túnez) (Banerjee et al., 2017) ha permitido documentar la existencia de un fragmento
de dentina de hipopótamo en bruto sobre el que se conserva un epígrafe en caracteres
fenicios. Aunque no se han realizado análisis para conocer la procedencia de la materia
prima, lo cierto es que la presencia de esta pieza en el yacimiento tunecino abre la posi-
bilidad de que también exista un comercio del marfil de hipopótamo procedente de la
región del África central y Egipto (Schuhmacher, 2016); con todo, dado que la presencia
de hipopótamo entre los siglos x y viii aC sigue atestiguada en el Levante del Mediterráneo,
los investigadores encargados del estudio de la pieza tunecina se inclinan por pensar que
esta materia prima procede del comercio fenicio (Banerjee et al., 2017: 98-99). Finalmente,
junto al fragmento localizado en Útica y los procedentes del solar de la ciudad de Huelva,
la última evidencia que tenemos sobre la presencia de marfil de hipopótamo en el sur de
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la Península Ibérica procede del yacimiento fenicio de la Rebanadilla, en Málaga (Marzoli
et al., 2016).
La antigüedad que presentan los tres casos de estudio, fechados entre los siglos x
y viii aC, no permite encajar el hallazgo de Casas del Turuñuelo dentro de un mismo
contexto comercial y cultural, pues, si bien la pieza del yacimiento extremeño pudiera
catalogarse como una reliquia guardada dentro del edificio y fecharla así entre los siglos
vii-vi aC, su técnica e iconografía son claramente tartésicas, aunque la materia prima sea
una consecuencia del comercio fenicio.
Resulta complejo deducir por qué las placas que decoraban la caja de la estancia
100 del Turuñuelo fueron fabricadas empleando dos materias primas diferentes. A este
respecto, nos inclinamos por pensar que, en origen, las cuatro placas y los clavos estaban
fabricados con marfil de hipopótamo. El deterioro de las placas llevó a sustituirlas por
nuevos ejemplares realizados en hueso sobre los que se copiaron los mismos motivos
iconográficos que había en las placas de origen. La ausencia de marfil en bruto llevaría
al artesano a sustituir el soporte por hueso de gran densidad que, una vez pulido, bien
pudiera emular el resultado conseguido con el marfil. De hecho, la presencia de hueso y
marfil en los conjuntos tartésicos no es exclusiva del yacimiento de Casas del Turuñuelo.
La restauración de los marfiles recuperados en las excavaciones que Bonsor realizó en los
Alcores, adquiridos por la Hispanic Society of America de Nueva York y hoy depositados
en el Metropolitan Museum of Art, ha permitido constatar que las placas procedentes de
Bencarrón y dos de las recuperadas en la necrópolis de la Cruz del Negro están fabricadas
con hueso y no con marfil, como siempre se había dado por hecho (Lapérouse, 2008).
Esto ha llevado a otros investigadores a suponer la existencia de un proceso de «copia»
de marfil en hueso cuando este era necesario para reponer alguna de las piezas perdidas o
deterioradas (Le Meaux, 2010b: 114-115). No obstante, solo la realización de una nutrida
batería de análisis a conjuntos de marfiles procedentes de un mismo contexto permitirá
afinar esta lectura.
La hipótesis más consistente es que las placas de Casas del Turuñuelo proceden de un
taller occidental, principalmente por la técnica empleada para su ejecución, la incisión,
una técnica bien conocida en los yacimientos tartésicos del Bajo Guadalquivir, donde
predomina, frente al empleo del bulto redondo y el bajo relieve, presentes en los marfiles
de procedencia oriental. No obstante, esta fórmula no parece ser exacta, pues hay todavía
un enorme desconocimiento en torno a la procedencia de los artesanos encargados de la
producción de estas manufacturas (Le Meaux, 2006). Sin embargo, en el yacimiento de
Casas del Turuñuelo, concretamente en la estancia 100, contamos con producciones en
las que se emplean ambas técnicas. En efecto, sobre el suelo de la sala, junto a las placas
objeto de estudio en este trabajo, se halló un nuevo marfil en el que se representa una
procesión de bovinos sedentes (Rodríguez González y Celestino, 2017: 190) que será
objeto de un estudio pormenorizado, pues la pieza conserva tanto el oro que adorna sus
bordes como el azul egipcio empleado en la decoración de los animales. La presencia de
ambas técnicas puede ser una prueba de que existía tanto un comercio mediterráneo que
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abastecía la Península de marfiles, tanto en bruto como trabajados, como talleres locales
donde se practicaba el grabado.
La llegada de contingentes de población fenicia a la península ibérica representó un
cambio en el estilo iconográfico de los marfiles pues, como sabemos, el uso del marfil para
la fabricación de objetos está atestiguada en la Península desde la prehistoria reciente
(Luciáñez, 2018, con bibliografía). Es, pues, a partir de la colonización oriental cuando
proliferan las escenas que imitan manufacturas de origen oriental, como así se desprende
de la presencia de leones, aves exóticas o seres mitológicos, presentes en los marfiles docu-
mentados en el suroeste peninsular entre los siglos viii y v aC. La elección de los motivos
decorativos, la mezcla de elementos y las variaciones o la simplificación de la técnica, así
como la proliferación del uso del hueso frente al marfil, mucho más costoso de conseguir,
hacen que la hipótesis que defiende la existencia de talleres occidentales gane fuerza. Pero
¿qué significado tienen estas representaciones dentro de la iconografía de Tarteso?
A excepción de las embarcaciones, ausentes en otros ejemplos de la eboraria feni-
cia y tartesia, el resto de motivos presentes en las placas de la estancia 100 de Casas del
Turuñuelo son elementos recurrentes dentro de la iconografía oriental, en diversos tipos
de soportes, caso de las flores de loto (Le Meaux, 2010a), así como los leones devorando su
presa (Collins [ed.], 2002); sin embargo, todos ellos, incluidas las embarcaciones estrecha-
mente relacionadas con las naves aparecidas en las acuñaciones de Biblos, Sidón y Arado,
como ya hemos podido comprobar, son elementos originarios del extremo oriental del
Mediterráneo, por lo que cabe preguntarse si su simbología tendría el mismo significado
en Occidente o si, simplemente, se adquieren por su suntuosidad, al margen del lenguaje
que transmiten. Algunos autores han apuntado la posibilidad de que las representaciones
y escenas documentadas en las producciones occidentales carezcan por completo de con-
tenido simbólico (Martín Ruiz, 2011: 93) y que se trate de reinterpretaciones realizadas
desde el punto de vista local. Esta afirmación explicaría por qué en un mismo conjunto se
combinan diferentes elementos que guardan escasa relación entre sí, algo recurrente en los
distintos paneles que recubren cajas. Las placas documentadas en el yacimiento de Casas
del Turuñuelo son un claro ejemplo de ello, pues se trata de producciones realizadas a
partir del uso de dos materias primas distintas en las que, sin embargo, se emplea la misma
técnica de la incisión, al tiempo que se documenta una escena completa en la que dos pla-
cas guardan una relación compositiva, frente al caso de las medias flores de loto presentes
en los extremos de las placas oeste y este que rompen con la simetría de la composición.
Pero todavía podemos ir un paso más allá en la lectura iconográfica. Las produccio-
nes de marfiles en el mundo tartésico se fechan entre los siglos viii y v aC, por lo que, si
tenemos presentes estas cronologías, cabría preguntarse si durante cuatro siglos se están
copiando motivos que desde las primeras producciones occidentales han perdido su sim-
bolismo iconográfico. Se trata de una pregunta de difícil respuesta; sin embargo, cuesta
creer que durante tanto tiempo se estén copiando unos mismos motivos sin reparar en
su carga simbólica, más aún cuando muchos de ellos se están representando en otro tipo
de soporte, caso de la toréutica, de los que sí se está realizando una lectura iconográfica
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y a los que sí se les está otorgando una carga comúnmente cultual. Quizá la respuesta
más coherente a esta pregunta esté en el mercado al que iban destinadas estas piezas y
su posterior uso. Los contextos en los que se documentan los marfiles o bien tienen una
fuerte carga cultual o bien están directamente asociados a contextos funerarios, donde las
piezas otorgan un significativo prestigio social al difunto. Es precisamente de las necrópolis
de Bencarrón, la Cruz del Negro, Alcantarilla, la Joya, Medellín o la Angorrilla de donde
proceden los mejores ejemplos de este tipo de artesanía, pues es en esos contextos cerrados
donde presentan un mejor estado de conservación.
7. Conclusiones
El hallazgo de cuatro placas de hueso y marfil, así como dos de sus clavos, en el edificio de
Casas del Turuñuelo, en el valle medio del Guadiana, junto a otros elementos de impor-
tación púnica y griega, nos marca la existencia de un intenso comercio mediterráneo que
rápidamente se extenderá entre las élites occidentales más allá de los enclaves costeros.
De ese modo, en los siglos vi y v aC están llegando a las tierras del interior peninsular
productos manufacturados producidos en talleres tanto orientales como occidentales.
Las placas halladas en la estancia 100 de Casas del Turuñuelo guardan una significa-
tiva semejanza con las producciones del Bajo Guadalquivir, de donde sin duda proceden.
Parece obvio que los primeros marfiles importados del Levante mediterráneo comenza-
ron a imitarse en Tarteso en fechas muy tempranas, respetando la iconografía oriental,
pero introduciendo una nueva técnica de fabricación, la incisión, mucho más versátil de
practicar sobre hueso, el elemento predominante cuando decae el comercio del marfil a
través del Atlántico a partir del siglo vi aC. Aún estamos lejos de identificar la filiación de
los primeros artesanos, así como de determinar si existe o no intencionalidad en la rica
iconografía desplegada en los marfiles occidentales. Lo que sí parece claro es que hay una
simplificación de la técnica, pues la incisión comienza a ganar terreno al bajo relieve o al
bulto redondo. Así mismo, los escasos análisis macroscópicos realizados a varios de los con-
juntos de piezas localizados en las necrópolis de los Alcores están permitiendo observar el
predominio del uso del hueso frente al del marfil, posiblemente por que la llegada de marfil
en bruto se fue reduciendo con el paso del tiempo hasta ser casi inexistente a partir del
siglo vi aC. Por todo ello podemos concluir que las placas documentadas en el yacimiento
de Casas del Turuñuelo tienen una cronología que abarca entre principios del siglo vii y
principios del siglo vi aC, contemporáneas a las producciones del Bajo Guadalquivir, si bien
sufrieron una serie de modificaciones y añadidos, ya en hueso, que debieron producirse
en pleno funcionamiento del edifico, en el siglo v aC.
Somos conscientes de que aún queda un extenso camino por recorrer en lo que a la
producción de eboraria se refiere. La ausencia de talleres localizados en enclaves occidenta-
les complica la tarea de definir sus puntos de producción y distribución, así como la proce-
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dencia de sus primeros artesanos, si bien muy pronto, a finales del siglo viii aC, ya podemos
hablar de producciones tartésicas. Así mismo, la escasez de análisis sobre los marfiles y los
huesos nos impide definir las especies empleadas, lo que a su vez complica el trabajo para
establecer las áreas de captación de materias primas y, con ello, las regiones de abasteci-
miento y los puertos de comercio. Por todo ello, emprender una revisión de los estudios
realizados a finales del siglo xx sobre importantes lotes de marfil ayudaría a determinar
este horizonte, diferenciando las materias primas y, posteriormente, sus puntos de origen,
lo que completaría los nutridos estudios iconográficos con los que hoy en día contamos.
Agradecimientos
Nos gustaría mostrar nuestro agradecimiento a los investigadores José Ángel Zamora
(Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma-CSIC) y Bartolomé Mora Serrano
(Universidad de Málaga) por sus comentarios respecto de la lectura iconográfica extraída
de las placas de Casas del Turuñuelo; sin duda, sus aportaciones han contribuido a mejorar
la calidad del presente trabajo.
El trabajo se inserta dentro del Proyecto del Plan Nacional de I+D+i «Construyendo
Tarteso: análisis constructivo, espacial y territorial de un modelo arquitectónico en el valle
medio del Guadiana» HAR2015-63788-P.
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Se presentan los primeros resultados de las excavaciones del patio del edificio de época tartésica de Casas del Turuñuelo (Guareña, Badajoz), resultado de las excavaciones llevadas a cabo en los años 2017 y 2018. En este trabajo se analiza tanto su arquitectura como las técnicas constructivas empleadas para conformar este espacio, donde destaca especialmente la presencia de una escalera monumental que salva la distancia entre las dos plantas conservadas del edificio; así mismo, se dan a conocer los materiales de importación mediterránea documentados en este ámbito. Por último, se ofrecen los primeros datos acerca de la hecatombe de animales documentada sobre el suelo del patio, dentro de la cual destaca la figura del caballo. Estos hallazgos convierten al yacimiento de Casas del Turuñuelo en un ejemplo único para abordar el estudio de los últimos momentos de la cultura tartésica en el valle medio del Guadiana, a finales del siglo V ane.
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En el año 2016, durante la II Campaña de excavaciones en el yacimiento de Casas del Turuñuelo, se procedió a la excavación del vestíbulo y la estancia S-1, comúnmente conocida como estancia del banquete. En este trabajo se analizan los hallazgos materiales y las estructuras arquitectónicas de este espacio, a través de cuyo estudio hemos podido determinar la funcionalidad de la estancia, diferenciando la existencia de dos actividades distintas pero continuas en el tiempo: la preparación y cocinado de los alimentos y su posterior consumo. Esto nos ha permitido reconstruir la secuencia completa y los elementos empleados en cada una de las fases del banquete celebradas en esta habitación.
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En este artículo se realiza una nueva propuesta acerca del universo simbólico reflejado en la bandeja de bronce de El Gandul (Alcalá de Guadaíra, Sevilla). En primer lugar se presenta la pieza prestando atención a sus características formales y cronológicas. Posteriormente se realiza un resumen historiográfico de las anteriores hipótesis publicadas sobre parte o la totalidad de la simbología de la fuente. Tras dicho repaso se procede a describir la nueva propuesta, basada en el reflejo del mitema que tiene por objeto el empleo de una planta con propiedades en ocasiones rejuvenecedoras, en otras inmortales, como medio para alcanzar una vida eterna y/o revigorizada. Dicho mitema aparece reflejado tanto en la Epopeya de Gilgamesh como en diversos mitos helenos. Desde esta perspectiva se analizan en último lugar los diferentes elementos representados en la bandeja de El Gandul, desde la serpiente que repta hasta el perfil de la pieza.
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Since the time of their discovery, archaeologists and art historians accepted the Samaria ivories to be of Phoenician origin. Considered alien and idiosyncratic artifacts in Samaria, the ivories were deemed unrepresentative of local material culture. As a result, other Iron Age ivories subsequently discovered in the Levant were also regarded as Phoenician. This article aims to shed light on the thinking behind the ethnic labeling of these ivories, and its lingering, detrimental implications that prevent finds from being viewed as indigenous material culture. A brief review of relevant archaeological finds from both old and recent excavations at the sites of Jerusalem, Rǝḥov, and Hazor will show that there is in fact substantial evidence to anchor Iron Age ivories within the southern Levant. In the process, new suggestions regarding continuity from the Bronze to the Iron Age will be made by addressing the use of different raw materials and the repertoire of images depicted on inlays.