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Virginia Woolf on Reviewing (1939) - Translated from English into Spanish by Kevin Brown - Dual-Language Version

Authors:
  • National Book Critics Circle
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Virginia Woolf on Reviewing (1939) - Translated from English into Spanish by Kevin Brown - Dual-Language Version

Abstract

El propósito de este ensayo es suscitar discusión con respecto al valor del oficio del reseñador de libros-para el escritor, para el público, para el mismo reseñador, y para la literatura. (eXchanges, a journal of literary translation, University of Iowa, Winter 2006, "Saints & Sinners" Issue)
eXchanges
Winter 2006
Saints & Sinners
Extrato de “Sobre reseñar y reseñas” (1939)
Angel Estevez and Kevin Brown
Excerpt from ”Reviewing” (1939)
Virginia Woolf
El propósito de este ensayo es suscitar
discusión con respecto al valor del ocio del
reseñador de libros – para el escritor, para el
público, para el mismo reseñador, y para la
literatura.
Pero primero hay que plantear algunas
reservas. Por “reseñador” se entiende el
reseñador de la literatura imaginativa de poesía,
de teatro (viéndolo como el género teatro),
de cción -- no el reseñador de la historia, la
política, la economía. El de la literatura es un
ocio diferente, y por razones ajenas a nuestra
discusión aquí él lo cumple en su mayor parte
tan adecuada y en efecto admirablemente que su
mérito no está en cuestión.
¿Tiene, entonces, el reseñador de la
literatura imaginativa algún mérito en la
actualidad para el escritor, para el público, para el
reseñador mismo, y para la literatura? Y, si es así
¿qué? Y, de lo contrario, ¿cómo se podría cambiar
su función, y hacerla provechosa? Abordemos
estos asuntos complejos y complicados dando
un vistazo a la historia de la reseña, puesto
que puede ayudar a denir la naturaleza de una
reseña en la actualidad.
Puesto que la reseña nació con el
periódico, ésa es una historia breve. Hamlet
no fue reseñado, ni El paraíso perdido. Crítica la
había, pero una crítica de boca, entre el público
The purpose of this paper is to rouse
discussion as to the value of the reviewer’s ofce
-- to the writer, to the public, to the reviewer, and
to literature.
But a reservation, must rst be made
-- by ‘the reviewer’ is meant the reviewer of
imaginative literature -- poetry, drama, ction;
not the reviewer of history, politics, economics.
His is a different ofce, and for reasons not to
be discussed here he fulls it in the main so
adequately and indeed admirably that his value
is not in question.
Has the reviewer, then, of imaginative
literature any value at the present time to the
writer, to the public, to the reviewer, and to
literature? And, if so, what? And if not; how could
his function be changed, and made protable?
Let us broach these involved and complicated
questions by giving one quick glance at the
history of reviewing, since it may help to dene
the nature of a review at the present moment.
Since the review came into existence with
the newspaper, that history is a brief one. Hamlet
was not reviewed, nor Paradise Lost. Criticism
there was but criticism conveyed by word of
mouth, by the audience in the theatre, by fellow
writers in taverns and private workshops.
Printed criticism came into existence,
presumably in a crude and primitive form, in the
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seventeenth century. Certainly the eighteenth
century rings with the screams and catcalls of
the reviewer and his victim. But towards the end
of the eighteenth century there was a change -
- the body of criticism then seems to split into
two parts. The critic and the reviewer divided the
country between them.
The critic -- let Dr. Johnson represent him
-- dealt with the past and with principles; the
reviewer took the measure of new books as they
fell from the press. As the nineteenth century
drew on, these functions became more and more
distinct. There were the critics -- Coleridge,
Matthew Arnold -- who took their time and their
space; and there were the ‘irresponsible’ and
mostly anonymous reviewers who had less time
and less space, and whose complex task it was
partly to inform the public, partly to criticize the
book, and partly to advertise its existence.
Thus, though the reviewer in the nineteenth
century has much resemblance to his living
representative, there were certain important
differences. One difference is shown by the
author of the Times History: ‘The books reviewed
were fewer, but the reviews were longer than
now. . . . Even a novel might get two columns
and more’ -- he is referring to the middle of the
nineteenth century. Those differences are very
important, as will be seen later.
But it is worth while to pause for a moment
to examine other results of the review which are
rst manifest then, though by no means easy to
sum up; ‘the effect that is to say of the review
del teatro, entre los compañeros escritores en
las tabernas y los talleres privados.
La crítica impresa nació, como es de
suponer, en una forma burda y primitiva, en el
siglo 17. Sin duda, el siglo 18 resuena con los
gritos y abucheos del reseñador y de su víctima.
Pero a nes del siglo 18 hubo un cambio -- el
cuerpo de la crítica parece luego partirse en dos.
El crítico y el reseñador se repartieron el territorio
entre ellos.
El crítico -- que el Dr. Johnson lo represente
-- se enfrentaba con el pasado y con principios
literarios; el reseñador, por otro lado, evaluaba
nuevos libros al salir de la prensa. A medida
que el siglo 19 avanzaba, estas funciones se
volvieron cada vez más distintas. Había críticos --
Coleridge, Matthew Arnold -- quienes se tomaban
su tiempo y su espacio; y había reseñadores
“irresponsables” y en su mayoría anónimos
quienes se tomaban menos tiempo y espacio, y
cuya compleja tarea era por una parte informar
al público, por otra criticar el libro, y por otra
anunciar su existencia.
Así, aunque el reseñador del siglo 19 se
parece mucho a su representante vivo, había
ciertas diferencias importantes. Una diferencia
se demuestra por el autor de La historia de los
tiempos de Londres: “Los libros reseñados eran
menos, pero las reseñas eran más extensas
que ahora . . . . Hasta a una novela se le podía
dedicar dos columnas y más”. Se está reriendo
a mediados del siglo 19. Esas diferencias son
muy importantes, como se verá más adelante.
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upon the author’s sales and .‘upon the author’s
sensibility. A review had undoubtedly a great
effect upon sales. Thackeray, for instance, said
that the Times’ review of Esmond ‘absolutely
stopped the sale of the book’. The review also
had an immense though less calculable effect
upon the sensibility of the author. Upon Keats
the effect is notorious; also upon the sensitive
Tennyson. Not only did he alter his poems at
the reviewer’s bidding, but actually contemplated
emigration ; and was thrown, according to one
biographer, into such despair by the hostility
of reviewers that his state of mind for a whole
decade, and thus his poetry, was changed by
them.
But the robust and self-condent were also
affected. ‘How can a man like Macready,’ Dickens
demanded, ‘fret and fume and chafe himself for
such lice of literature as these?’ the ‘lice’ are
writers in Sunday newspapers – ‘rotten creatures
with men’s forms and devils’ hearts?’ Yet lice
as they are, when they ‘discharge their pigmy
arrows’ even Dickens with all his genius and his
magnicent vitality cannot help but mind and has
to make a vow to overcome his rage and ‘to gain
the victory by being indifferent and bidding them
whistle on’.
In their different ways then the great poet
and the great novelist both admit the power of
the nineteenth century reviewer; and it is safe
to assume that behind them stood a myriad of
minor poets and minor novelists whether of the
sensitive variety or of the robust who were all
affected in much the same way. The way was
complex; it is difcult to analyze.
Pero vale la pena detenerse por el momento
a examinar otros resultados de la reseña que se
maniestan por primera vez en aquel entonces,
aunque no son fáciles de resumir; es decir, el
efecto de la reseña en cuanto a las ventas del
autor y en cuanto a la sensibilidad del autor.
Indudablemente, una reseña inuía mucho
en las ventas. Thackeray, por ejemplo, dijo que
la reseña de Esmond en Los Tiempos de Londres
“paró absolutamente la venta del libro”. La
reseña también inuía enormemente, aunque
con resultado menos tangible, en la sensibilidad
del autor. La impresión que le causa a Keats es
notoria; asimismo al sensible de Tennyson. Éste
no sólo modicaba sus poemas a instancias de
los reseñadores, sino que contemplaba hasta
la emigración; y estaba, según un biógrafo, tan
desesperado por la hostilidad de los reseñadores
que su estado de ánimo cambió y aún su poesía
por toda una década.
Aún los robustos y los seguros de
mismos también fueron afectados. “¿Cómo puede
un hombre como Macready,” inquirió Dickens,
“inquietarse y echar humo e irritarse por tales
piojos de la literatura como éstos?” - los “piojos”
son escritores en los periódicos de domingo -
“alimañas ponzoñosas disfrazadas de hombres
con corazón de diablo?” Y como piojos que son,
cuando “disparan sus echas de pigmeo” hasta
Dickens con todo su genio y vitalidad magníca
no puede dejar de preocuparse y tiene que jurar
superar su rabia y “salir victorioso por medio de la
indiferencia y dejar que continúen abucheando”.
Cada uno a su manera, entonces, el gran
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Tennyson and Dickens are both angry and
hurt; they are also ashamed of themselves for
feeling such emotions. The reviewer was a louse;
his bite was contemptible; yet his bite was painful.
His bite injured vanity; it injured reputation;
it injured sales. Undoubtedly in the nineteenth
century the reviewer was a formidable insect;
he had considerable power over the author’s
sensibility; and upon the public taste. He could
hurt the author; he could persuade the public
either to buy or to refrain from buying.
poeta y el gran novelista reconocen ambos el
poder del reseñador del siglo 19; y se puede
decir con conanza que detrás de ellos estaba
una miríada de poetas y novelistas menores o de
la variedad sensible o robusta quienes salieron
todos afectados de forma muy parecida. La forma
era compleja; es difícil analizar.
Tanto Tennyson como Dickens se muestran
enojados y ofendidos; se avergüenzan también
de sentir tales emociones. El reseñador era
un piojo; su picadura era despreciable; mejor
aún, su picadura era dolorosa. Su picadura
hirió la vanidad; dañó la reputación; afectó las
ventas. Sin duda en el siglo 19 el reseñador
era un insecto formidable; ejercitó un poder
considerable sobre la sensibilidad del autor
y sobre el gusto del público. Él podía herir
al autor; él podía persuadir al público a que
comprara o disuadirlo para
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