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"Radiografías en la pampa. Fantasías sobre rayos X y radiación en la Argentina de entresiglos". En Saberes desbordados Historias de diálogos entre conocimientos científicos y sentido común (Argentina, siglos XIX y XX)

Authors:

Abstract

En el presente trabajo, busco reconstruir el impacto y las repercusiones que el descubrimiento de los rayos X por el físico alemán Wilhelm Röntgen, en noviembre de 1895, tuvo en la Argentina, sobre todo en ámbitos no especializados en ciencias. Me interesa concentrarme en los meses y años inmediatos a su divulgación, en el umbral de la recepción de un descubrimiento que, desde sus inicios, fue nombrado e interpretado –tanto por los legos como por una parte de la comunidad científica– con un campo semántico lindante o directamente coincidente con lo fantástico y lo ocultista. En los años de la inicial divulgación del descubrimiento (divulgación llevada a cabo con rapidez por la prensa diaria no especializada de Europa y las Américas), es posible asistir a un fenómeno ciertamente rico desde el punto de vista de la historia cultural: cómo se nombra un fenómeno nuevo que parece descolocar las leyes físicas conocidas; cómo traducen los científicos, frente al gran público, la naturaleza de lo que investigan y de qué manera se cuela allí una terminología compartida con los legos respecto de lo “desconocido”, lo “inexplicable” y lo “posible”; cómo se intenta nombrar esa novedad en la prensa y en otros ámbitos de la cultura exhumando palabras, ideas o imágenes del pasado, o de otras disciplinas y creencias. En síntesis: qué herramientas cognitivas y qué imaginarios despliega una cultura, muy conectada internacionalmente a través de la prensa, para significar ese elemento nuevo que irrumpe inesperadamente y que, con esa indeterminada “X”, potencia los ejercicios conjeturales.
Saberes desbordados
Historias de diálogos entre conocimientos científicos
y sentido común (Argentina, siglos XIX y XX)
Jimena Caravaca, Claudia Daniel y Mariano Ben Plotkin
(editores)
Colección: Libros del IDES
Coordinadoras:
Silvina Merenson y Lorena Poblete
Libro digital, PDF - (Libros del IDES / Merenson, Silvina; 3)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-23365-6-1
Los capítulos incluidos en este libro fueron sometidos a evaluación externa.
Edición Piroska Csúri.
Saberes desbordados: historias de diálogos entre conocimientos científicos y
sentido común, Argentina, siglos XIX y XX / Jimena Caravaca ... [et al.];
compilado por Jimena Caravaca; Claudia Daniel; Mariano Ben Plotkin; editado
por Silvina Merenson; Lorena Poblete. - 1a ed compendiada. - Ciudad
Autónoma de Buenos Aires : Instituto de Desarrollo Económico y Social, 2018.
1. Sociología. 2. Estado. 3. Conocimiento Cientifico. I. Caravaca, Jimena II.
Caravaca, Jimena , comp. III. Daniel, Claudia , comp. IV. Plotkin, Mariano Ben,
comp. V. Merenson, Silvina, ed. VI. Poblete, Lorena, ed.
CDD 301
Indice
2
Introducción
Jimena Caravaca, Claudia Daniel y Mariano Ben Plotkin
(CIS-CONICET/IDES)
20
Radiografías en la pampa. Fantasías sobre rayos X y radiación en la Argentina de
entresiglos
Soledad Quereilhac
(UBA/CONICET)
51
Hacer “al mismo tiempo”. Relojes cotidianos y cronógrafos expertos en la Argentina
1870-1910
Marina Rieznik
(UNQ, UBA/CONICET)
66 La apuesta por la energía atómica. Guerra Fría, políticas de Estado e imaginación técnica
popular en el primer peronismo (1946-1955)
Hernán Comastri
(IHAYA-UBA/CONICET)
92 Museos, coleccionistas y Estado. Tramas de circulación entre la actividad amateur y la
experticia durante la primera mitad del siglo XX
Alejandra Pupio
(UNS/CIC)
y Giulietta Piantoni
(UNCOMA/CONICET)
118 Un pionero cultural en el espacio científico argentino. Eduardo Ladislao Holmberg entre
las décadas de 1870 y 1890
Paula Bruno
(IHAYA-UBA/CONICET)
137 Keynes para armar. Teoría y práctica económicas desde la periferia (1930–1947)
Jimena Caravaca
(CIS/IDES-CONICET)
y Ximena Espeche
(UNQ, UBA/CONICET)
158
Más allá... del desarrollo. Ciencia, fantasía y proyectos nacionales en Oscar Varsavsky
Ana Grondona
(IIGG-UBA/CONICET, CCC)
182 El dólar habló en números. Crónica periodística y publicidad en la primera popularización del
dólar en la Argentina (1958-1967)
Mariana Luzzi
(UNGS/CONICET)
y Ariel Wilkis
(IDAES-UNSAM/CONICET)
205
Freud para todos. Psicoanálisis, entre los saberes expertos y la cultura popular
Mariano Ben Plotkin
(UNTREF, CIS/IDES-CONICET)
227
La vida pública del cerebro. El boom de las neurociencias: ¿científicos, gurúes o consejeros?
María Jimena Mantilla
(IIGG-UBA/CONICET)
244 Psicología positiva y cultura de masas. Una mirada descentrada sobre los saberes del “yo” en la
Revista Ohlalá
Nicolás Viotti
(UCA/CONICET)
265 Autores y Autoras
Radiografías en la pampa
Fantasías sobre rayos X y radiación en la Argentina de entresiglos
Soledad Quereilhac
En el presente trabajo, busco reconstruir el impacto y las repercusiones que el
descubrimiento de los rayos X por el físico alemán Wilhelm Röntgen, en noviembre
de 1895, tuvo en la Argentina, sobre todo en ámbitos no especializados en ciencias.
Me interesa concentrarme en los meses y años inmediatos a su divulgación, en el
umbral de la recepción de un descubrimiento que, desde sus inicios, fue nombrado e
interpretado –tanto por los legos como por una parte de la comunidad científica– con
un campo semántico lindante o directamente coincidente con lo fantástico y lo
ocultista. En los años de la inicial divulgación del descubrimiento (divulgación llevada a
cabo con rapidez por la prensa diaria no especializada de Europa y las Américas), es
posible asistir a un fenómeno ciertamente rico desde el punto de vista de la historia
cultural: cómo se nombra un fenómeno nuevo que parece descolocar las leyes físicas
conocidas; cómo traducen los científicos, frente al gran público, la naturaleza de lo que
investigan y de qué manera se cuela allí una terminología compartida con los legos
respecto de lo “desconocido”, lo “inexplicable” y lo “posible”; cómo se intenta
nombrar esa novedad en la prensa y en otros ámbitos de la cultura exhumando
palabras, ideas o imágenes del pasado, o de otras disciplinas y creencias. En síntesis:
qué herramientas cognitivas y qué imaginarios despliega una cultura, muy conectada
internacionalmente a través de la prensa, para significar ese elemento nuevo que
irrumpe inesperadamente y que, con esa indeterminada “X”, potencia los ejercicios
conjeturales.
El descubrimiento de Röntgen postuló la existencia de una entidad oculta a los
sentidos que concretaba acciones físicas verificables sobre los cuerpos. Su hallazgo se
dio en un marco de recepción profusamente poblado, ya, de las “fuerzas ocultas”
esgrimidas por los espiritualismos con ambiciones científicas, como el espiritismo, la
teosofía y el magnetismo animal, corrientes muy en boga durante el último tercio del
siglo XIX en los países occidentales. A ello se suma que Röntgen acompañó su
postulación con imágenes del interior de los cuerpos, tan irrefutables como siniestras.
Soledad Quereilhac
21
No se trataba, entonces, solamente de nuevos conceptos, sino también de una nueva
experiencia visual frente a una inesperada “imaginería” científica.
Con sus primeras radiografías, Röntgen develó el interior de cajas cerradas que
contenían brújulas o medallas; logró atravesar con sus rayos un libro de mil páginas y,
aún más, mostró el esqueleto de la mano de su propia esposa (con anillo incluido),
primera radiografía de una parte del cuerpo humano que dio la vuelta al mundo en
pocos meses
1
. Al tiempo que la incorporación de fotografías de todo tipo en la prensa
gráfica se incrementaba año a año, las radiografías de Röntgen introdujeron imágenes
que no existían sino en la imaginación de los lectores. En ellas se combinaron
elementos ya relativamente conocidos (la placa fotográfica y el tubo de Crookes) con
resultados totalmente novedosos. Es cierto que los rayos X no fueron la única
novedad en este sentido: las fotografías y los fotograbados de los preparados
bacteriológicos, por ejemplo, también ofrecieron impactantes imágenes que no estaban
presentes en ningún lado antes, más que en la conjetura
2
. Otro tanto podría decirse de
la fotografía aplicada a otras disciplinas, como la antropología, la medicina, incluso
pseudociencias como el estudio de los médiums y lo paranormal. Pero lo distintivo del
material provisto por Röntgen eran al menos dos rasgos: la invisibilidad de los rayos
gracias a los cuales se obtenía la imagen; y la revelación del interior oculto de las cosas
y los seres. En ambos rasgos, lo invisible, lo oculto, se des-ocultaba y se manifestaba en
el mundo de los vivos con fantasmagórica naturalidad. Esta aura de sobrenaturaleza y
los códigos con los cuales se intentó conjurarla, reencauzarla o potenciarla es lo que
me interesa rastrear en este trabajo.
Analogías técnico-espirituales
Desde el primer momento en que Röntgen, miembro de la Universidad de Würzburg,
en Alemania, publicó su artículo “Sobre una nueva clase de rayos”, la proyección
ocultista, espiritualista o maravillosa se hizo presente entre los legos y también entre
muchos hombres de ciencia. Entre las causas, acaso la más anecdótica, está el hecho
de que uno de los elementos que permitió a Röntgen generar su radiación X fue el
tubo de vacío perfeccionado por William Crookes, estudioso, entre otros temas, de
los rayos catódicos. Además de ser un reconocido científico, Crookes solía aparecer
1
“By February, the bones of Frauntgen’s hand had been reproduced in hundreds of newspapers and magazines.” (Lavine,
2013: 11): “Los huesos de la mano de Frau Röntgen habían sido reproducidos en cientos de periódicos y revistas”. En La
Nación, se reproduce un grabado el día 15 de febrero de 1896.
2
En la tapa interior, acompañando el artículo “El microbio fiebre amarilla. Aislado en Buenos Aires” (1899), Caras y Caretas
exhibió ilustraciones del microbio y afirmaba “¡Eureka! El infernal e insidioso bichito de la fiebre amarilla es, puede decirse,
persona civil, con existencia comprobada y positiva. Años más tarde, una imagen similar ya se u como parodia de la
política económica en un artículo titulado “Descubrimiento prodigioso. Análisis microscópico de un peso moneda
provincial clandestina” (1907).
Soledad Quereilhac
22
con frecuencia en los diarios y revistas no especializados (y particularmente también en
las revistas espiritistas) debido a su estudio de la mediumnidad. En La Nación, se
publicó, por ejemplo, en octubre de 1897, un artículo sobre Crookes titulado “Un
sabio espiritista. Curiosas afirmaciones. Médiums y espíritus. Los rayos catódicos”, en el
que no sólo se reseñaba su actividad estrictamente científica, sino también sus
experimentos con la dium Katie Holmes, en base a los cuales el británico no tenía
reparos en afirmar el carácter empírico, aún inexplicable, de los fenómenos
paranormales. El llamado “tubo de Crookes” era insistentemente citado en los
artículos sobre el hallazgo de Röntgen, y esto traía las sombras ocultistas asociadas a su
nombre.
Asimismo, con el descubrimiento se produjo una consolidación de cierta idealización
moral o humanista de la ciencia, usualmente concebida por el periodismo como un
bien de toda la humanidad. Se conoció rápidamente que, a pesar de las sugerencias de
varios científicos acerca de dejar de llamar “X” a los rayos y pasar a nombrarlos como
“rayos Röntgen”, el científico se negó, así como también desistió de patentar y
comercializar su descubrimiento (principalmente el aparato) “para no limitar las
investigaciones sobre el tema y su ulterior desarrollo” (Buzzi, 2015: 168), a la vez
porque pensaba que éste “debería beneficiar a la humanidad sin obstáculos de
patentes, licencias, contratos ni monopolios” (Ulloa Guerrero, 1995: 152). Baste
recordar, además, que, en 1901, Wilhelm Röntgen recibiría el Premio Nobel de Física
por este hallazgo al que insistió en llamar “X” no sólo por modestia, sino porque aún
no sabía exactamente qué eran esos rayos.
En relación de contigüidad con este problema, me interesa también considerar la
divulgación de un descubrimiento íntimamente ligado a los rayos X: la radioactividad,
cuyas primeras noticias llegaron desde Francia. Leonardo Moledo y Nicolás Olszevicki
encuentran en el descubrimiento de Röntgen “el primer eslabón de una larguísima
cadena que modificaría la historia humana” (Moledo & Olszevicki, 2014: 625), y al
afirmarlo están pensando, en realidad, en el inmediatamente posterior y fortuito
descubrimiento de la radioactividad. Pablo Capanna sala que “en los os del pasaje
de siglos, los físicos andaban cazando radiaciones, con el mismo fervor con que cien
años antes habían perseguido a los gases” (Capanna, 2010: 136). Ello era claramente
consecuencia del exitoso hallazgo de Röntgen y de otros posteriores, como el de
Becquerel. En efecto, el físico francés Antoine Henri Becquerel había sido uno de los
asistentes a la sesión en la Academia de Ciencias francesa, celebrada en enero de
1896, en la que Henri Poincaré exhibió las primeras fotografías con rayos X tomadas
por Röntgen. Y a raíz de lo visto allí, se preguntó si existirían otras sustancias capaces
de producir esos rayos. Tras algunos desencantos, llegó al fortuito descubrimiento de
los rayos que en principio llevaron su nombre y que luego, gracias a las investigaciones
Soledad Quereilhac
23
de sus colegas, Marie Skłodowska-Curie y Pierre Curie, recibirían el nombre de
“radioactividad” (Moledo & Olszevicki, 2014: 626). En 1903, Becquerel también obtuvo
el Premio Nobel de Física, que compartió con el matrimonio Curie. Como era de
esperar, estos nuevos “rayos Becquerel” también incentivaron nuevas apropiaciones
tanto en la prensa como en los ámbitos de los espiritualismos con ambiciones
científicas. Aunque en un grado de desafío mayor para la comprensión de los legos, se
produjo aquí también un despliegue de nomenclaturas, especulaciones y atribuciones
fantásticas, que tendrán por cierto mayor durabilidad a lo largo de buena parte del
siglo XX (Lavine, 2013: 1–89).
Desde la perspectiva de la historia de las ciencias, la irrupción de los rayos X fue, en
palabras de Leonardo Moledo y Nicolás Olszevicki, “uno de los grandes motores” que
“puso en marcha la maquinaria científica del siglo XX” (Moledo & Olszevicki, 2014:
623). Fue, asimismo, el nacimiento del diagnóstico por imágenes en medicina, de
mucha utilidad para ciertas intervenciones quirúrgicas. Pero desde la perspectiva de la
historia cultural, y atendiendo puntualmente a esa otra dimensión paralela a la historia
de las ciencias que es el estudio de la recepción y la divulgación de los descubrimientos
entre el público no científico, creo que también implicó una gran innovación en las
formas de fantasear sobre los alcances de las ciencias y sobre la existencia de
realidades “ocultas”, en un sentido amplio. Por sus características y, sobre todo, por su
forma de accionar en otros cuerpos, mostrando lo oculto a los sentidos, fomentaron
proyecciones imaginarias tanto hacia el pasado como hacia el futuro: dieron una
supuesta justificación física a muchas creencias de los ocultismos modernos basadas en
las religiones antiguas y en los variados sincretismos, los milagros, la magia, la hechicería,
la mediumnidad; y a la vez, fomentaron expectativas sobre un sinfín de fuerzas ocultas
que aún estaban por descubrirse. Expectativas que, por cierto, fueron corroboradas
con la identificación exitosa de los rayos alfa, beta, gamma o con el descubrimiento de
la radioactividad, pero que también llevaron a fiascos, aun dentro del campo científico,
como los apócrifos rayos N, defendidos por Prosper-René Blondlot y Augustin
Charpentier durante esos años, o ya en el ámbito de los espiritualismos, la defensa de
la existencia del fluido vital inteligente”, la “energía magnética animal”, el “od”, entre
otras figuras intangibles. De alguna manera, la frase que Leopoldo Lugones pone en
boca del narrador del cuento “La fuerza Omega”, de su libro Las fuerzas extrañas,
parece responder a esas esperanzas que los maravillosos rayos de Röntgen
despertaron en la imaginación de época: “Anda por ahí a flor de tierra más de una
fuerza tremenda cuyo descubrimiento se aproxima. De esas fuerzas interetéreas que
acaban de modificar los más sólidos conceptos de la ciencia (…)(Lugones, 1996: 98).
A fin de rastrear estas formas de la recepción del descubrimiento de Röntgen y los
descubrimientos aledaños, así como las apropiaciones discursivas e imaginarias que
Soledad Quereilhac
24
suscitaron, me concentraré en los primeros textos periodísticos que a partir de febrero
de 1896 comenzaron a hacerse eco del fenómeno en Argentina. El abanico de textos
y soportes de publicación es ciertamente variado y representa, por esta diversidad, un
primer dato significativo: entre febrero y fines de ese año, diarios matutinos, revistas de
asociaciones médicas y científicas, una revista sobre asuntos rurales e industriales, otra
de literatura y artes, y revistas espiritistas publicaron reiteradas y extensas notas sobre
el descubrimiento de Röntgen y sobre los primeros ensayos en la Argentina, así como
también sobre un amplio espectro de temas relacionados (desde sus potencialidad
para la terapéutica o el diagnóstico, hasta sus vínculos con el mundo espiritual).
Asimismo, si bien predominaron los artículos y algunos fragmentos de interviews,
también hallamos tempranísimos relatos literarios sobre los rayos X. Tal es el caso del
cuento “Verónica”, de Rubén Darío, versión original del posterior y más conocido
relato “La extraña muerte de Fray Pedro” (1913), que La Nación da a conocer, bajo el
encabezado “Cuentos raros”, el 16 de marzo de 1896, apenas veintiséis días después
de que ese mismo diario publicara la primera comunicación sobre rayos X. Sólo dos
años después, Leopoldo Lugones comenzaría a publicar en periódicos algunos relatos
fantásticos de tópico cientificista, incorporando también a Röntgen como una
referencia. Si bien abordaré el análisis de estos y otros relatos en el último apartado,
apunto por el momento cuán significativa es la relación de inmediatez de este tipo de
narrativa de época con los temas científicos y pseudocientíficos de su
contemporaneidad, explicada sólo en parte por el soporte periodístico de publicación.
Creo, en efecto, que la especulación fantástica sobre la potencialidad de estos rayos
atravesaba diferentes géneros discursivos, como el artículo periodístico, el ensayo
escrito por especialistas y, por supuesto, la literatura. Esta transversalidad discursiva de
la conjetura fantástica no sólo es testimonio histórico de una forma de recibir y
tramitar las novedades científicas. También es un dato importante para la historia
literaria, en la medida en que señala que la elección del modo fantástico para tratar
temas cientificistas por parte de muchos autores –Rubén Darío, Leopoldo Lugones,
Eduardo Holmberg, Eduardo Wilde, Horacio Quiroga, Ricardo Rojasrespondía,
paradójicamente, a una motivación de índole realista: si bien los acontecimientos
narrados podían ser sobrenaturales, la perspectiva con la cual se los abordaba tenía
correspondencias con otros discursos de época no ficcionales, igualmente
predispuestos a experimentar en la vida “real” un sentimiento que es propio de lo
fantástico. Esto es, la subversión del mundo tal como lo conocemos y la alteración de
las leyes aceptadas por las ciencias debido a la irrupción de un elemento inesperado,
otrora inexplicable y hoy verificado empíricamente (Jackson, 1986; Bessière, 1974).
Es, entonces, en diversos ámbitos de la cultura argentina del pasaje de siglos donde es
posible rastrear la recepción y la apropiación de este fenómeno, ámbitos propios del
Soledad Quereilhac
25
periodismo o especializados en otras materias pero que poseían órganos de
comunicación gráfica. En todos estos espacios, es posible hallar no sólo formas de
apropiación y reinvención del discurso científico, sino sobre todo la creación de nuevas
imágenes, fantasías y creencias concebidas a la luz de este nuevo hallazgo. En efecto,
existió un mecanismo discursivo común en la forma en que tanto la prensa como los
ocultismos y la literatura fantástica hicieron uso de los rayos X para proyectar
especulaciones sobre otras entidades ocultas: una forma de razonar basada en la
analogía, esa figura tan cara al simbolismo francés y al modernismo latinoamericano,
que Charles Baudelaire fijó en su célebre poema “Correspondencias”
3
. La traslación
mecánica de conceptos científicos hacia los terrenos de lo espiritual, lo sobrenatural o
lo desconocido, pareció funcionar, en la época, como el pivote sobre el cual se
trazaron muchas fantasías pseudocientíficas, y el caso de los rayos X no fue una
excepción. El ejercicio proyectivo común a estos discursos podría resumirse en la
siguiente conjetura: si Röntgen descubrió por azar rayos de comportamiento tan
asombroso, ¿por qué no esperar que lo que siempre se consideró magia, ilusión o
creencia develara finalmente su verdad material y científica? Esta pregunta articuel
enfoque de muchas notas periodísticas, que buscaban transmitir asombro entre los
lectores no especializados; constituyó, también, una devota esperanza en los
ocultismos; finalmente, fue el disparador de algunas fantasías de la literatura.
La “luz negra” de Röntgen en la prensa porteña
Si bien existe un incipiente corpus de artículos académicos sobre la llegada de los rayos
X a la Argentina, sobre los primeros ensayos y los primeros aparatos instalados en
laboratorios de física médica, y sobre los primeros usos de radiografías para el
diagnóstico, entre otros ejes vinculados a la historia de las ciencias y de la medicina
(Ferrari, 1993, 1999; Buzzi, 2015; Cornejo & Santilli, 2012; Prego, 1998), así como
existen también algunas fuentes históricas escritas por los protagonistas de las
experiencias decanas (véase Costa, 1898; Bahía, 1905 y Ricaldoni, 1896, citados en
Ferrari, 1999), no existen trabajos que analicen la repercusión de este descubrimiento
en el ámbito de los legos ni las formas de recepción y proyección imaginaria del
variopinto espectro de rayos
4
.
En este sentido, cabe destacar el notable trabajo de investigación de Matthew Lavine,
The First Atomic Age. Scientists, Radiations and the American Public, 18951945 (Lavine,
3
“Como difusos e cos que desde lejos se funden / en tenebrosa y profunda unidad / tan vasta como la noche y la claridad /
los perfumes, colores y sonidos se responden”. (Baudelaire, 1996: 43)
4
Durante el proceso de escritura de este texto, intercambié opiniones y fuentes hemerográficas con Mauro Vallejo, quien
estaba también escribiendo sobre el tema. Su artículo finalmente se publicó mientras el presente capítulo n estaba en
prensa. Le agradezco sinceramente su generosidad en la lectura.
Soledad Quereilhac
26
2013), especialmente el capítulo dedicado a la “inicial explosión de interés” por los
rayos X y luego por la radioactividad en la prensa norteamericana, así como por los
usos que emprendedores independientes les dieron a esos rayos para curaciones de
todo tipo. Con este libro, se verifica que el fenómeno se dio en numerosos países
(Lavine dialoga, también, con fuentes europeas) y que en todo caso es pertinente
preguntarse qué formas distintivas –si las hubiere presentó este evento en la
Argentina.
Lavine detecta que “[t]he first brief hint at x-rays’ unique properties therefore reached
the general public before it reached specialized audiences: the [The New York] Sun
carried news of x-rays two days before any technical journal did
5
(Lavine, 2013: 11).
Esta anticipación por pocos días también se verifica en Argentina con los casos de La
Nación, cuya primera comunicación sobre Röntgen data del 12 de febrero de 1896
(“Fotografía de lo invisible. Un gran invento”, 1896), y de La Semana Médica, que
publica su primer informe el 20 de febrero, como se verá más adelante (“Variedades”,
1896). Es curioso notar, asimismo, que el título de esa primera comunicación
neoyorquina, del 6 de enero de 1896, fue “A Photographic Discovery Which Seems
Almost Uncanny”, lo que señala dos elementos reiterativos en la presentación inicial
del fenómeno: su ligazón con la técnica fotográfica antes que con un fenómeno
puramente físico; y su vínculo –al igual que la fotografía en sus inicios– con lo siniestro,
en la medida en que revela aquello que esoculto y atemoriza, porque vive junto a
nosotros (Lavine, 2013: 11). Si la fotografía cargaba con el aura mágica de la
“fotogenia”, esto es, la sensación de que algo de la vida o del alma ha pasado al retrato
(véase Morin, 2011), las radiografías parecían capturar la siniestra materialidad que nos
constituye interiormente en forma de esqueletos vivientes, de autómatas negros
hechos de huesos
6
.
Hay ciertas reminiscencias góticas en el modo en que la prensa dio cuenta inicialmente
de los rayos de Röntgen. En efecto, en otras de las primeras comunicaciones
norteamericanas aparecidas en The Critic: A Weekly Review of Literature and the Arts,
que reseñaba las noticias que llegaban de Londres, Lavine detecta la emparentación de
los rayos X con otras manifestaciones de lo oculto que también circulaban por la
prensa y que, a juzgar por el tono jocoso del periodista, tenía hastiados a unos cuantos:
“It is also said that this new light can penetrate human flesh. Mind-reading was bad
enough, but here comes an instrument that can read the innermost secrets of the
5
“Las primeras insinuaciones de las propiedades únicas de los rayos X, por lo tanto, llegaron al público general antes que a
las audiencias especializadas. The [New York] Sun publi noticias acerca de los rayos X dos días antes que cualquier
revista técnica”.
6
En los rayos que impregnaban la placa, develando así el contorno de los huesos.
Soledad Quereilhac
27
heart. (…) The possibilities of this new invention are terrible” (Lavine, 2013: 27)
7
. En
una línea similar, aunque con tono diferente (camuflado torpemente de retórica
modernista), Miguel Ferreyra, el médico argentino pionero en el manejo de rayos X
para el diagnóstico y la terapéutica, escribía en La Quincena. Revista de Letras: “Un rayo
de luz desconocido hasta hoy, e ignorado por nuestros órganos en su imperfección
original, viene ahora con sus destellos misteriosos a iluminar lo oculto haciendo
penetrar la mirada en la cripta insondable a nuestra luz y gracias a él, podremos en
adelante ver en la tiniebla que mantiene la opacidad” (Ferreyra, 1896–1897: 103).
La primera nota que publica
La Nación
el 12 de febrero se titula “Fotografía de lo
invisible. Un gran invento” (1896). El título traza porsolo el salto hacia lo fantástico;
claramente no se trataba de la fotografía de cosas invisibles, sino de aquello que la piel,
las cajas de madera o las ropas, tapaban. Alternativamente, también hubiera podido
hablarse de fotografía gracias a rayos no lumínicos e invisibles. Pero el sutil
desplazamiento de la idea de lo invisible en el título resulta, por cierto, mucho más
atractiva e invita a la asociación con lo sobrenatural o lo ocultista. En ese sentido, la
apelación a la “luz negra” de Röntgen seguía igual dirección. La nota, que incluye dos
veces el adjetivo “maravilloso”, concluía con una proyección no menos deudora de lo
sobrenatural:
La gran significación del descubrimiento (…) consiste en que, si así puede decirse, hemos
adquirido un ojo más. ¿Quién puede decir a cuántos espectáculos no permitirá asistir esa
nueva mirada, al fijar sus visiones, cuántos misterios del laboratorio íntimo de la
naturaleza podrá revelar, cuán claros y sencillos hará para todo el mundo los fenómenos
cuya comprensión está hoy reservada a muy pocos, y tras de investigaciones largas y
difíciles?(“Fotografía de lo invisible. Un gran invento”, 1896)
La segunda nota, del 15 de febrero, reproducía con un grabado la radiografía de la
mano de la esposa de Röntgen, e incluía elementos ausentes en la radiografía original,
pero presentes en la especulación del redactor: los tejidos musculares. El texto
auguraba “no creemos que la utilización del procedimiento se limite a permitir la
exploración de los huesos: fácil será, a los que perfeccionen sus aplicaciones, disminuir
el poder de esos rayos de tal modo que los tejidos blandos, músculos, arterias, venas,
membranas, etc. queden fijados en la fotografía lo mismo que el sistema óseo” (“La
fotografía a través de los cuerpos opacos”, 1896). Al igual que el artículo siguiente, del
17 de febrero, se celebraba la utilidad que las radiografías tendrían para la medicina.
Este último se ocupaba también de explicar detalladamente a los lectores no iniciados
cómo se obtenían estos nuevos rayos (“El profesor Röntgen, inventor de la fotografía a
través de los cuerpos opacos”, 1896).
7
“Se ha dicho también que esta nueva luz puede penetrar la carne humana. La lectura de pensamiento ya era suficientemente
mala, pero ahora viene un instrumento que puede leer los secretos s internos del corazón Las posibilidades de esta
nueva invención son terribles.”
Soledad Quereilhac
28
Otro temprano artículo apareció sin título ni firma en La Semana Médica, el 20 de
febrero, y llama la atención por su tono patético y lastimero. Porque luego de apelar a
la fórmula de lo sobrenatural convertido en natural (“los cuerpos opacos ya no existen:
todo se ha vuelto transparente; todo menos el velo que oculta el secreto del
maravilloso descubrimiento de Roetgen [sic]”, ver “Variedades”, 1896: 119), el
redactor pasa a lamentarse por la futura desaparición de los médicos a causa de la
máquina de rayos X. Debido a que todos los procedimientos semiológicos usados
hasta ahora pasarán a ser meros coadyuvantes de la semeiolagia [sic] de Roergen [sic]”,
sucederá que:
“…la solemne supremacía científica del médico, único sabedor de lo que pasa en las
entrañas de su prójimo enfermo, único capaz de descifrar las sentencias del destino
inexorables: todo esto declinará en potencia, en valor, en importancia; y perderá para
muchos la medicina, su cierto dejo de ciencia misteriosa y cabalística que hace de sus
adeptos entes capaces de leer en el libro de la vida futura, y de ver claro en el tenebroso
laberinto de la patología.(“Variedades”, 1896: 119)
No obstante, en ese mismo número, también se informa sobre una sesión en la
Sociedad de Medicina de Berlín en la que se analizaban diversas patologías (problemas
articulares, cálculos biliares y vesicales) a través de radiografías, señal del temprano
interés en esta técnica por los médicos europeos. Es curiosa la convivencia de ambas
comunicaciones, dado que, si en la primera se fabula con la futura prescindencia de los
médicos, en la segunda se informa cómo en Alemania ya se avanzaba en los
diagnósticos por rayos en un lenguaje claramente experto. Esta alternancia de
enfoques y temas definirá la forma en que esta revista se ocupó de los rayos de
Röntgen.
En números sucesivos de ese mismo año, La Semana Médica volvió una y otra vez
sobre los rayos X, así como en años subsiguientes (he consultado hasta el año 1900),
en los que se ocupó tanto de las novedades internacionales como de las actividades en
el país. Si bien no reseñó las primeras experiencias de la Facultad de Ciencias Exactas,
Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, sí dedicó un artículo a los
ensayos de Luis Haperath en la Universidad de Córdoba (“Roentgen y Haperath”,
1896), otros a la conferencia y demostración pública de rayos X que el físico Federico
Haft dio en el Ateneo de Buenos Aires (“Semana Médica. Los rayos de Roentgen”,
1896), otros al análisis de casos clínicos por rayos X, a las primeras consecuencias
negativas de la sobreexposición de la piel a los rayos, entre otros ejes, este último
tema también tratado por los Anales del Círculo Médico Argentino en 1898 (“Los
accidentes debidos al empleo de los rayos de Röntgen”, 1898). Entre este conjunto de
intervenciones, quisiera resaltar algunos aspectos vinculados a la proyección de
fantasías sobrenaturales.
Soledad Quereilhac
29
En primer lugar, en la reseña de la conferencia de Haft, se atribuye al físico la
conclusión de que “las visiones y otros fenómenos experimentados por personas en
estado de catalepsia, de sonambulismo o de cualquiera hiperexcitación nerviosa
podrían explicarse por los rayos catódicos latentes en ciertos organismos particulares”
(“Semana Médica. Los rayos de Roentgen”, 1896: 337). En otro artículo, titulado
“Rayos de Roentgen. Rarísimo ensayo de los rayos X”, se asegura que, en el Colegio
de Médicos y Cirujanos de Medellín, se está experimentando con la posibilidad de
recibir “imágenes mentales” por “acción de los rayos X”, esto es, que una imagen se
fije en el cerebro “sin la fatiga y susceptibilidad de error que son inherentes a los
métodos ordinarios de aprendizaje” (“Rayos de Roentgen. Rarísimo ensayo de los
rayos X”, 1897). Se informa que ya se había experimentado con un perro y un conejo,
a los que se les inculcó la imagen de un hueso y de un rabioso predador
respectivamente; las inmediatas reacciones de los animales al despertar daban cuenta
de la recepción de las imágenes. En ambas conjeturas se ligan los rayos X a ciertos
estados de conciencia: sonambulismo, sugestión, cuasi-telepatía de imágenes. Hay en
ellas, indudablemente, una traslación mecánica, por analogía, del tipo de impresión que
hacían los rayos sobre la placa hacia lo que eventualmente harían en otras “superficies”
por llamarlas de algún modo como la mente en el primer caso, o el estado de
sonambulismo en el segundo. Téngase en cuenta que este tipo de afirmaciones se
realizaban en el marco de publicaciones médicas, no espiritistas u ocultistas, si bien,
como veremos, abundaban los puntos en común en relación con estas fabulaciones.
En comunicaciones posteriores de los Anales de la Sociedad Científica Argentina y de La
Quincena. Revista de Letras, además de completísimas exposiciones técnicas, destinadas
sin dudas a quienes quisieran reproducir el experimento de Röntgen, se refería el caso
del “criptóscopo”, inventado por el “sabio italiano” Salvioni: un aparato que permitía
observar directamente los objetos con visión de rayos X, prescindiendo totalmente de
la intermediación de la placa (“Miscelánea - Los rayos X o de Roentgen - Fotografía de
lo invisible”, 1896). En La Quincena, el ya mencionado Miguel Ferreyra también habla
del invento de Salvioni y lo llama “radioscopia o sea visión directa” de rayos X, una
especie de “anteojo humano” (Ferreyra, 1896–1897: 505). Nuevamente, el ensueño
de prescindir de la máquina y de adquirir ese “tercer ojo” del que hablaba
metafóricamente la primera nota de La Nación se presenta como fantasía concretada,
aceptada como posible por miembros de la Sociedad Científica Argentina o por
médicos en ejercicio.
Ahora bien, en relación con la cobertura periodística de los primeros experimentos en
Buenos Aires, encontramos al menos tres reseñas inmediatas: dos artículos de La
Nación del 13 y el 14 de marzo; un artículo de La Agricultura. Revista Semanal Ilustrada
del 19 de marzo; y otro artículo de los Anales de la Sociedad Científica Argentina, del
Soledad Quereilhac
30
tomo 41 de 1896. En todas, se da cuenta, con menores discrepancias, de los
experimentos exitosos del 10 de marzo, tras varios intentos fallidos, en el Gabinete de
Física de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de
Buenos Aires. Se habla de la exhibición pública realizada en la Universidad, el 12 de
marzo, ante una “distinguida sociedad” (“Experimentos hechos con los rayos X de
Roentgen”, 1896), entre quienes se encontraba el ministro de Instrucción Pública,
Antonio Bermejo; y también, de los protagonistas de los asombrosos ensayos: Martín
Widmer, un antropómetro del Hospicio de las Mercedes; E. Levi (o Levy), fotógrafo
del Departamento Nacional de Higiene; y los ingenieros Eduardo Aguirre y Manuel
Bahía, cercanos a la Sociedad Científica Argentina. La Agricultura menciona también a
los “Sres. Wittcomb [sic], Woolfe y Bright” como otros experimentadores que estaban
trabajando en paralelo, mientras que los Anales incluyen a Witcomb en la escena de la
Facultad. Como sea, cabe notar aquí la confluencia de médicos, ingenieros y fotógrafos
para la concreción de este primer ensayo, conjunción que también define las aristas de
la recepción del descubrimiento. Se trataba de sujetos con formación técnica, pero que
experimentaban de manera aficionada dentro del terreno de la física, aunque tal como
consigna La Nación, el día 13 se decide interrumpir los experimentos para reservar el
último tubo de Crookes que quedaba para fines médicos.
La figura estelar de esa primera demostración pública fue la radiografía de un pejerrey,
tan nítida y perfecta como la que recibiera Widmer desde Hamburgo, que le fue
obsequiada al ministro Bermejo. La Nación acompañó su artículo con un grabado de
esa radiografía, y aseguraba que “tendrá el blico más acabada idea cuando mañana
vea expuestas en todas las vidrieras las espléndidas fotografías obtenidas anoche por el
Sr. Widmer, fotografías que en nada desmerecen a las otras, llegadas de Europa, y que
llaman justamente la atención como la última y quizás la más grande de las novedades
científicas que han asombrado a la humanidad” (“La luz de Rontgen. Experiencias
interesantes en la Facultad de Matemáticas”, 1896). La Agricultura, por su parte, decidió
reproducir con fidelidad un croquis del aparato de rayos X (“Experimentos hechos con
los rayos X de Roentgen”, 1896: 217).
Finalmente, cabe mencionar un curioso artículo publicado en dos entregas en La
Semana Médica a mediados de 1896, firmado por un médico de Madrid, el Dr.
Letamendi. Con el título “Juicio teórico práctico de la sediciente fotografía a través de
los cuerpos opacos”, el autor, a todas luces católico, despotricaba abiertamente contra
la terminología ocultista y fantasiosa con la que médicos, físicos y periodistas nombran
los rayos de Röntgen:
Con todo el estrépito propio de nuestro petulante siglo, tanto más trompetero cuanto
más viejo, se nos anuncia, en poco meditados términos, la invención de un procedimiento
que, entendido a la letra, ha sacado ya de sus casillas a los papanatas y trúhanes,
Soledad Quereilhac
31
propagadores del espiritismo, del telepatismo, del ocultismo y demás artes combinadas de
picardía y chifladura, pues creen ellos, según en públicos escritos traspirenaicos que han
dado a entender, que la nueva fotografía a través de los cuerpos opacos (que yo llamo
para mi uso arte de ejecutar sombras chinescas sin candil) refuerza, confirma y demuestra
la verdad de la moderna magia (…)(Letamendi, 1896: 282)
Enojado tanto con la apropiación que estos espiritualismos no católicos hacían del
descubrimiento, como con las metáforas del periodismo y de los propios científicos
entusiastas, Letamendi reducía los rayos de Röntgen a una manifestación más de los
fenómenos del éter y les negaba posible utilidad para el diagnóstico. Con todo, lo que
verdaderamente parece velar detrás de su enojo es su incapacidad para comulgar
(valga la metáfora) con esa sensibilidad laica propensa a las maravillas de las ciencias,
tan característica de esos años.
En sus dos pioneros artículos sobre los primeros experimentos con rayos X en la
Argentina, Roberto Ferrari se lamenta de que fueran periódicos y revistas no
especializadas los que muy rápidamente divulgaron el acontecimiento, antes que las
propias revistas científicas locales, a excepción de los Anales de la Sociedad Científica
Argentina (Ferrari, 1999: 79). Con todo, por lo visto hasta aquí y en función de lo que
sigue, podemos señalar que Ferrari omite algunas fuentes propiamente científicas,
como los Anales del Círculo Médico y La Semana Médica, así como descarta otras,
quizás por considerarlas lejos de lo científico, como la revista espiritista Constancia y La
Quincena. Revista de Letras. Lo cierto es que el abanico de publicaciones no fue tan
escaso, más bien compuso un variado mosaico, índice de un amplio espectro de
recepción que trascendió lo puramente científico.
Un festín de rayos en Caras y Caretas
El primer número de la Caras y Caretas porteña, sucesora del inicial y breve proyecto
uruguayo, sale en agosto de 1898, esto es, dos años y medio después de las primeras
noticias sobre Röntgen. Ya desde sus primeras apariciones, por ejemplo, el 29 de abril
de 1899, los rayos X constituían un elemento conocido por los lectores y habían sido
incorporados al habla cotidiana, aunque no por ello han perdido su efecto perturbador
y asombroso. Así, la nota humorística “Lo que somos” comenzaba afirmando: “Un
sabio alemán ha descubierto que en la composición del hombre entran las claras y
yemas de mil doscientos huevos de gallina”, razón por la cual nos ha reducido como
especie a “una huevería ambulante”. La ilustración del encabezado muestra a un
científico radiando a un hombre, y detrás de él la imagen de su esqueleto, lleno de
huevos en el vientre (Vega de la Iglesia, 1899).
Soledad Quereilhac
32
En muchos textos de las secciones fijas, como “Sinfonía”, “Menudencias”, “Apuntes y
recortes”, generalmente escritas por los responsables del semanario (Eustaquio
Pellicer, Fray Mocho), aparecen frases humorísticas al pasar que denotan la existencia
de códigos de humor comunes entre lectores y redactores en torno de los rayos.
“¿Para qué no se hace usted ver el cráneo con los rayos X?", reza un telegrama
humorístico de “Menudencias(“Menudencias”, 1900); “Sería cuestión de examinarle
por dentro con los rayos X” dice Pellicer en “Sinfonía” a propósito de Campos Salles,
el presidente de Brasil que visita la Argentina ese año (Pellicer, 1900). “Ya te estarás
convenciendo de que los hombres son animales incomprensibles. ¿No ves como hoy,
en el siglo de las equis, es decir, de los rayos Röntgen, que lo descubren todo, hay
todavía quienes hacen voto de castidad y de pobreza?”, comenta un personaje de
“Sinfonía” años más tarde (Brocha Gorda, 1903). Es decir, la mención de los rayos X
en situaciones de enunciación variadas, recreadas en estas secciones, era ya moneda
corriente a pocos años del descubrimiento.
La sátira política también encontró en los rayos X una productiva herramienta. Son
numerosas las portadas o páginas internas del semanario que muestran, por ejemplo,
los esqueletos del presidente Julio A. Roca y sus ministros “desnudados” por dentro
por los rayos de Röntgen (por ejemplo, “A través de Rayos X”, 1904). Incluso en
artículos no enteramente humorísticos, como “Roca y Magnasco ante la luz de
Roentgen”, de Figarillo (Jorge Mitre) (1899), en el que se narra la visita del presidente y
su Ministro de Instrucción Pública al “laboratorio eléctrico” de Manuel Ferreyra, se
apela a los chascarrillos radiográficos. Por ejemplo, cuando se relata que el “doctor
Ferreyra obtuvo la [radiografía] del tórax del señor Presidente”, se acota que “se pone
de manifiesto que el general tiene corazón —aunque no se sabe si duro o blando.”
Otras notas usuales eran las de curiosidades, en las que la imagen se llevaba todo el
impacto: “Perro que se tragó un anillo” (1901) o “De todo el mundo. Culebra vista
con rayos X” (1902) son ejemplos de ese tipo de comunicaciones, que ofrecían las
reproducciones dibujadas de las radiografías. Pero sin dudas, las notas más interesantes
a los fines de este trabajo son aquellas que postulaban la existencia de nuevos rayos,
con propiedades mucho más asombrosas que los de Röntgen, vinculados por lo
general con el cuerpo humano. Estos rayos concretaban una fantasía mecanicista,
incluso humanista a su modo: que la actividad de pensar, de sentir y de soñar pudiera
traducirse en algún tipo de radiación mensurable y maleable. Así, se trazaba una
analogía entre un elemento de la física y acciones humanas vinculadas al mundo
abstracto y/o espiritual.
En “La fotografía de la luz negra”, se reseñaban los recientes experimentos del
sociólogo y físico aficionado Gustave Le Bon, quien aseguraba haber descubierto un
nuevo tipo de radiación. El redactor arengaba:
Soledad Quereilhac
33
Fotógrafos aficionados: vosotros que pasáis vuestra existencia en busca del sol para
impresionar vuestras placas, sabed que éstas se dejan dominar igualmente por la
influencia de rayos enteramente obscuros, y que la mayor parte de esos rayos llegan hasta
atravesar cuerpos opacos para ir a impresionar los clisés, ni más ni menos que como los
rayos X. Por último, esos rayos obscuros que atraviesan los cuerpos opacos pululan en
nuestro derredor, y para hacer que nos sirvan sólo se necesita... ¡una lámpara de
petróleo!(“La fotografía de la luz negra”, 1900)
En igual dirección, plegándose a la hipótesis de que hay fuerzas y rayos a nuestro
alrededor aún desconocidos, en “La fotografía a través del cuerpo humano” (“La
fotografía a través del cuerpo humano”, 1901) se postulaba un revolucionario uso de
los rayos actínicos (rayos solares) por parte de un científico norteamericano, quien
gracias a una máquina de su invención lograba obtener imágenes del interior de
cuerpos opacos. Estas notas fabulosas convivían con las cada vez más sensatas o
realistas sobre rayos X, en las que se informaba, por ejemplo, sobre el
perfeccionamiento de la máquina para detectar pequeñas piedras en el riñón (“Últimos
inventos”, 1903), el descarte del uso de rayos X para curar el cáncer (“Lucha contra el
cáncer”, 1912) o la utilidad de las radiografías para extraer balas del cuerpo (“Los rayos
Roentgen y las balas”, 1917).
Fantasías contiguas: la radioactividad como fuerza vital
Tras el impulso inicial de ensoñación y fantasía, con los años los rayos X fueron
encontrando formas de enunciación algo más razonables, mientras que otros rayos,
como los “Becquerel” o los apócrifos N, cargaron a su tiempo con la magia. En efecto,
tras el otorgamiento del Premio Nobel al matrimonio Curie y a Becquerel, a fines de
1903,
Caras y Caretas
comenzó a publicar frecuentes artículos sobre las cualidades del
radio y, en menor medida, sobre las actividades de Marie y Pierre Curie, figuras muy
admiradas por el periodismo local. En “El radium. Nuevo cuerpo de prodigiosas
cualidades” (1904) se enumeran sus características sorprendentes: “El radium emite
luz, calor y fuerza continuamente sin sufrir ningún cambio perceptible; levanta una
ampolla en la piel aun estando metido en una caja de metal y tiene un enorme valor,
pues una libra costaría 3.5000.000 oro.” Esto es: el fabuloso radio posee una energía
casi eterna, es capaz de dañarnos y cuesta una fortuna, todos rasgos, por decirlo de
alguna manera, hiperbólicos. Por su parte, en Un premio a los descubridores del
radium” se ahondaba:
Los sabios continúan estudiando las extrañas propiedades del radium, del cual ha dicho
Sir William Crookes: ‘no hay en los tiempos modernos ciertamente descubrimiento cuyas
consecuencias se extiendan tan lejos’. La radioactividad se manifiesta por una energía
misteriosa que parece contradecir los grandes principios que son la base de la ciencia
Soledad Quereilhac
34
contemporánea. Los rayos que emanan del radium gozan de propiedades análogas a las
de los rayos X, pero mientras estos se desarrollan en el medio (gaseoso de la ampolla de
Crookes por la acción exterior de una corriente eléctrica) las menores partículas de radium
constituyen un foco de energía siempre activo sin que nada exterior lo alimente. Con razón
se ha podido decir del radium que ‘vive’ pues sus propiedades destruyen las ideas
corrientes sobre la inercia de la materia.” (“Un premio a los descubridores del radium”, 1904)
Esta última observación es clave para comprender la dirección que tomaron las
fantasías sobre la radioactividad. Si los rayos X se vinculaban con des-ocultar lo
invisible, en sintonía con un imaginario fantasmagórico, la radioactividad (algo más
compleja de comprender) se asociaba a un potente vitalismo, a una energía
eternamente activa, y por esa a se la ligó con la “generación espontánea” de la vida.
Originalmente, fue el inglés John Burke quien afirmó que había logrado generar vida
radiando un preparado esterilizado; y a pesar de que sus ideas fueron refutadas por
William Ramsay, su teoría pervivió un buen tiempo en la prensa y en el imaginario de
los lectores (Lavine, 2013: 38; “¿Es posible la generación espontánea?”, 1905). En 1904,
Caras y Caretas informaba, en sintonía con esa especulación, que “M. Bohn ha
demostrado por otra parte, que el radio puede modificar varias formas inferiores de la
vida hasta llegar a producir monstruos. Cree dicho señor que en el porvenir se podrán
obtener por este medio nuevas especies de mariposas, de otros insectos y quizás de
peces y aves” (“Las extraordinarias propiedades del radio”, 1904).
A su vez, Ramsay fue quien demostró, en base al concepto de trasmutación postulado
por los norteamericanos Ernest Rutherford y Frederick Soddy, que el radio podía
trasmutar en otras sustancias. Y esta idea de la “transmutación” sonaba en la época
aún más mística que la de generación espontánea, sostenida muchos años antes por
Ernst Haeckel. En efecto, Caras y Caretas reseñó la trasmutación del radium en helio
defendida por Ramsay, llamándola “el sueño de los antiguos alquimistas” (“El radium.
Nuevo cuerpo de prodigiosas cualidades”, 1904). Y ese era, casualmente, el miedo de
Rutherford y Soddy al usar el término “transmutación” para su teoría; según Lavine: “If
Rutherford really felt any apprehension, it was that his scientific colleagues would look
askance at such an extraordinary claim. The public, however, uncharacteristically
attentive to these developments as they were reported in newspapers, was thrilled by
the possibility of such ‘alchemy’”
8
(Lavine, 2013: 13). De modo que, nuevamente, se ve
que en los albores de un descubrimiento, viejos conceptos místicos, vitalistas y
espiritualistas se descongelaron al calor de la novedad científica.
Ya hacia comienzos de la década de 1910, las notas sobre el radio van ajustándose
cada vez más a una dimensión realista, aunque sin perder el tono de asombro frente a
8
“Si Rutherford sintió verdaderamente alguna aprensión, esta fue que sus colegas científicos mirarían de reojo estas
pretensiones extraordinarias. El público, sin embargo, inusualmente atento a estos desarrollos tal como fueron reportados
por la prensa, estaba fascinado por la posibilidad de semejante ‘alquimia’”.
Soledad Quereilhac
35
su poderío. En notas como “El radio, fuente de energía” (1911) y “Cómo se emplea el
radio y cómo se maneja” (1912) se abandonan las especulaciones sobre sus vínculos
con la vida o la energía vital, o con supuestos poderes curativos, y se hace foco en sus
características distintivas, aún no del todo claras, al parecer, para muchos. De todas
maneras, la convivencia de notas sobrias con notas especulativas y espiritualizantes
sigue corroborándose por varios años.
Donde sí pervive por mucho más tiempo la atribución fantasiosa de cualidades
curativas y omnipotentes tanto a los rayos X como a la radioactividad es en el discurso
de la publicidad. Desde los primeros números de Caras y Caretas, es posible rastrear
los avisos a través de los cuales diferentes médicos ofrecen sus servicios, que incluyen
el uso de rayos X. Mientras Ferreyra y Llobet presentan a los rayos X preferentemente
como técnica de diagnóstico (y sólo a veces, también, como tratamiento para la
“destrucción radical del vello de la cara”) (“Dr. Ferreyra”, 1900), los doctores Pedret,
Gutiérrez y Dougall atribuyen a los rayos mágica y omnívora terapéutica:
Dr. V. P. Pedret. ¡RAYOS X y ultravioletas! ¡CURACIÓN EN CASA! De las enfermedades
de la piel, eczemas, granos, sarpullidos, úlceras, lupus, etc., enfermedades de los nervios,
enfermedades del pecho, tisis, tuberculosis, asma, etc. por medio de los apósitos, fajas y
plastrones radiantes. Pídanse folletos: «RAYOS X», se envían gratis. Aplicación de los rayos
en el consultorio por medio del aparato Roentgen. Curación de toda clase de
enfermedades sin operaciones por los procedimientos más modernos. Consultas: de 9 a
13 y de 2 a 4 p.m. (Para pobres, gratis, de 4 a 5 p. m.).(“Dr. V. P. Pedret”, 1904)
En relación con la radioactividad, encontramos similares mistificaciones aplicadas a las
“aguas radioactivas”, como “Aguas Palau” o “Aguas Lerez” (“Aguas Palau”, 1907;
“Aguas Lerez”, 1908).
Los rayos N
Esta carrera de descubrimientos de rayos asombrosos tuvo un momento ciertamente
intenso, sobre todo en la prensa no especializada, con la irrupción de los rayos N, cuyo
nombre llevaba la inicial de la Universidad de Nancy, en Francia, a la que pertenecía su
“descubridor”, el físico Prosper-René Blondlot. Estos rayos, en realidad, nunca
existieron, a pesar de que durante un lapso breve de años parte de la comunidad
científica los creyó reales. Según reconstruye Pablo Capanna, Blondlot, convencido de
ser un nuevo Röntgen, dedicó a sus rayos N “veintiséis artículos y un libro, sin contar
los 38 informes que firmó su principal colaborador”. Pero no estuvo solo; entre 1903 y
1906, “[h]ubo ciento veinte investigadores que aseguraban haber corroborado sus
resultados. Se publicaron más de trescientos artículos y tesis doctorales sobre los rayos
N” (Capanna, 2010: 137).
Soledad Quereilhac
36
Si bien Blondlot era miembro de la Academia de Ciencias francesa y había recibido
premios por trabajos sobre electromagnetismo, su affaire con los rayos N lo
desprestigió, sobre todo porque las propiedades que se atribuían a estos rayos
presentaban notables similitudes con los fluidos de los ocultistas y de los
magnetizadores. Quien más hizo para que esta relación se estrechara todavía en mayor
medida fue Augustin Charpentier, también profesor de la Universidad de Nancy. En
efecto, al ocuparse de los rayos N, tanto Caras y Caretas como las revistas
espiritualistas Constancia y Philadelphia divulgaron mayormente artículos sobre este
médico, quien afirmaba detectar la supuesta emisión de rayos N por el propio cuerpo
humano.
En Caras y Caretas, se afirmaba: “El profesor Charpentier ha realizado interesantes
experimentos acerca de la actividad de los rayos N sobre el cerebro, descubriendo
que los centros de éste que dirigen todos nuestros movimientos, se manifiestan
claramente emitiendo rayos N cuando están en actividad” (“Rayos que emite el
cuerpo humano”, 1901). Y en base a esto, se esbozaban hipótesis sobre la naturaleza
de estos rayos: “¿Quién sabe si esto llegará a explicar las reacciones extrañas de unas
personas sobre otras, todas esas influencias telepáticas hoy tan discutidas?” (“Los
Nuevos Rayos N”, 1904).
La creencia en los rayos N llevó rápidamente a la búsqueda de verificación de la
“fotografía del pensamiento”. Así, en diferentes notas, se reproducía, por ejemplo, el
testimonio de un experimentador: “me puse a pensar enérgicamente en un objeto
mirando a la placa y la forma mental apareció grabada. Esto es lo que he llamado
fotografías del pensamiento” (“Fotografía del pensamiento”, 1904) o se enumeraban
casos en los que se había podido verificar la emanación de rayos N y N1 de diferentes
objetos y seres (“La última maravilla científica. Los rayos N y N1”, 1907; “Efectos del
cloroformo”, 1908). Aun en el Suplemento Ilustrado de La Nación es posible encontrar
una extensa nota en la cual el ingeniero Samuel Goldelhorn defendía la existencia de
los rayos N, aun cuando admitía que quedaban aspectos por demostrar (“Irradiación
del cuerpo humano”, 1904). La rápida proliferación de estos rayos “humanos” se
verifica también en textos humorísticos, como el poema “El rayo N”, de Carlos
Bosque e ilustrado por Villalobos, en el que mezclando los rayos Röntgen, los N y
alguna otra radiación se cifraba un chascarrillo sexual (Bosque, 1904).
Para concluir este apartado, resta señalar que el hecho de que los hallazgos de
Röntgen y Becquerel arribaran a buen puerto, mientras que el de Blondlot y de sus
crédulos adherentes acabara en el ridículo, es una distinción pertinente para la historia
de las ciencias, pero no enteramente para quienes buscamos rastrear el impacto de los
descubrimientos entre los legos, así como la especulación que posibilitó el umbral de
los comienzos, el impacto de una novedad. Además, tanto las propiedades de los
Soledad Quereilhac
37
rayos, mágicas a los ojos del profano, como la propia convivencia de rayos falsos y
verdaderos, de éxitos y fraudes dentro del campo científico, constituyeron un
escenario inestable pero propicio para que las esperanzas ocultistas encontraran, si
bien no una realización plena, al menos sí un renovado marco de posibilidad.
La esperanza ocultista
Desde la perspectiva de quienes creían en realidades ocultas, como los espiritistas, los
teósofos y los magnetológicos, esta carrera de proliferación de rayos sirvió no solo
para reforzar esas creencias, sino, sobre todo, para enunciarlas de formas renovadas,
formas provistas por la ciencia misma. La idea de que la ciencia estaba corriendo los
velos de lo oculto era usada, indefectiblemente, como base para una argumentación
medular: sostener que si la ciencia estaba encontrando elementos, rayos o vida
microscópica donde antes los sentidos humanos no percibían nada, era lícito esperar
que dentro de esas nuevas realidades se incluyeran tarde o temprano la naturaleza del
espíritu, la sustancia del pensamiento, la fuerza o fluido vital originario, entre otras
variantes.
Tanto en la revista espiritista Constancia (publicada desde 1877 hasta bien avanzado el
siglo XX), como las teosóficas Philadelphia (1898–1902) y La Verdad (1905–1911), así
como también en la Revista Magnetológica (surgida en 1897 y publicada con
interrupciones por más de una década), estas traslaciones se trazaron a propósito de la
licuación de gases, del estudio de los microorganismos, de las investigaciones
astronómicas, del telégrafo, del teléfono, de la electricidad y la energía magnética, y por
supuesto, de los rayos X, la radioactividad y sus efímeros entenados, los rayos N
(Quereilhac, 2016).
En esa línea, la revista Constancia dio a conocer artículos e informes que exponían los
supuestos vínculos que existían entre el hallazgo de Röntgen y algunas entidades de lo
oculto sobre las que otros experimentadores venían investigando. Convencidos de
que, como afirmaba un redactor de Il Corriere della sera en una nota traducida para
Constancia, “hemos adquirido, por así decirlo, un tercer órgano visual” (Bosio, 1896:
101), los espiritistas capitalizaban este nuevo evento como si se tratara de un logro
propio. Así, el 3 de mayo, ya afirmaban que:
“…desde que el importante descubrimiento de Roentgen vino a demostrar a nuestros
sabios la impotencia de sus teorías para dar una razón de todos los hechos que se
verifican en la Naturaleza (...) se ha podido observar una reacción muy pronunciada a
favor del Espiritismo y de las Ciencias Ocultas en general. (…) Al hablar del invento de
Roentgen, o rayos que atraviesan los cuerpos opacos, no pudo menos que figurar el
nombre del insigne físico Crookes (...) Se ha mencionado la fotografía espiritista para
Soledad Quereilhac
38
encontrar alguna correlación con el nuevo invento; se ha investigado en los libros y anales
del magnetismo donde se vio con gran sorpresa que con el nombre de fluido, luz ódica,
astral, etc., se designaba un agente invisible, perfectamente conocido por los
magnetizadores y de propiedades idénticas a las de los rayos de Roëntgen [sic].(“Boletín
de la semana”, 1896)
El “od” (o luz ódica) mencionado en la cita precedente fue el elemento preferido para
armar la correspondencia con los rayos de Röntgen, correspondencia que en realidad
terminó siendo una identificación del uno con los otros. El “od” era una especie de
energía magnética presente en todos los seres y las cosas, cuyo manejo estaba a cargo
de los magnetizadores, y cuya visibilidad era captada sólo por sonámbulos y sensitivos.
Por tanto, la principal importancia de la irrupción de los rayos X fue, entre las variadas
apropiaciones, la de identificar en ellos la versión aceptada por la ciencia oficial del
antiguo y esotérico “od”, presente en diferentes religiones (Du Prel, 1896).
Tiempo más tarde, cuando se conocieron las primeras noticias sobre los llamados
“rayos Becquerel”, tanto espiritistas como teósofos y magnetológicos intentaron
fusionar la novedad con conceptos y creencias anteriores que cada corriente defendía,
vinculadas sobre todo con el cuerpo y el espíritu humanos. Tanto Constancia (“Los
rayos Becquerel”, 1901a) como Philadelphia (“Los rayos Becquerel”, 1901c)
reprodujeron una nota original de La Nación, “Los rayos Becquerel”, en la que con
entusiasmo se concluía: “Esto prueba que nos hallamos rodeados de radiaciones de
toda especie, cuyas propiedades y energías apenas conocemos y que acaso constituyen
las fuerzas secretas que influyen en la vida humana” (“Los rayos Becquerel”, 1901b). En
Philadelphia, se afirmaba que los experimentos de Röntgen, Becquerel y Le Bon no
hacían más que corroborar lo que Madame Blavatsky ya había adelantado en La
Doctrina Secreta sobre un cuarto estado de la materia (Marques, 1899). Por su parte,
en la Revista Magnetológica, en 1902, se reforzaron las reflexiones sobre “radioterapia”,
especie de terapéutica por la luz que venía aplicándose sobre plantas, pero que con la
irrupción de Becquerel comenzó a concebirse para todos los seres en general
(“Radiocultura”, 1902; “Radioterapia”, 1902). Para los miembros de la Sociedad
Magnetológica Argentina, el magnetismo era justamente una “radiación vital que todos
poseemos con los demás cuerpos de la naturaleza, susceptible de ser transmitida, sea
por emisión o vibración considerando la voluntad (agente moral) como motor del
fluido (agente físico)” (“Magnetismo e hipnotismo”, 1902). La irrupción de la
radioactividad insufló nuevos aires a esa “radiación” humana, originalmente concebida
por Franz Mesmer en siglo XVIII como “magnetismo animal”.
En La Verdad, otra revista teosófica, se trazaba la correspondencia entre la
radioactividad y los rayos N, en un entusiasta festín sincrético: “Charpentier ha
observado que también nuestro cuerpo emite radiaciones (rayos N), que actúan como
el Radium sobre las materias fosforescentes, y adelanta la hipótesis de que en ellas
Soledad Quereilhac
39
puede residir el secreto de los fenómenos telepáticos y espíritas no explicados
todavía” (“El Radium y la nueva teoría sobre la constitución de la materia”, 1905). Lo
cierto es que, a partir de 1904, los rayos N, sobre todo en la versión de Charpentier,
constituyeron el punto más alto para los espiritualistas con ambiciones científicas, el
momento de mayor correspondencia entre un descubrimiento legitimado por las
ciencias y una creencia previa. Es así que, en una entrevista al propio Augustin
Charpentier, que Constancia transcribe de El Fígaro de París, leemos sentencias que
caen como bálsamo para sus esperanzas:
Cuando se descubrieron los rayos X nadie se imaginó que se pudiera hacer una prueba
tan constante de ellos. Hoy día, sin embargo, la utilización de esos rayos es una rama muy
importante de la medicina. Volviendo a los rayos N, le diré que, desde el punto de vista de
las relaciones fisiológicas, estos rayos tienen una importancia capital. Permiten establecer
la correspondencia que existe entre los fenómenos de la vida y los fenómenos físicos. En la
máquina humana, lo mismo que en los cuerpos inanimados, los rayos N desempeñan un
gran papel.(“Los rayos N. Su presencia en el cuerpo humano”, 1904)
Al terminar la nota, observamos un contrapunto curioso entre las conclusiones del
entrevistador y la redacción de la revista Constancia: el primero, tomando como válidas
las declaraciones de Charpentier, declara no obstante que éstas constituyen la
“condenación de los magnetizadores y ocultistas que pretenden ya explicar su
influencia sobre los seres por medio de los rayos N”; a lo que una Nota de la
Redacción responde: “por el contrario, este importante descubrimiento viene a
corroborar y no a condenar las teorías de los magnetizadores” (“Los rayos N. Su
presencia en el cuerpo humano”, 1904; subrayado en el original).
Los rayos X y la radioactividad en la narrativa fantástica
Las conjeturas sobre los poderes de los rayos y la radiación, así como la superposición
del lenguaje científico con el ocultista, también estuvieron presentes en la narrativa
fantástica de entresiglos, a modo de una respuesta literaria o de una resolución
simbólica de ciertas tensiones de su contemporaneidad cultural. Si en el ámbito del
periodismo, de las ciencias y de las pseudociencias había oscilaciones en torno a la
concepción de estos rayos, si era posible hallar fabulaciones como las de Federico Haft
sobre los estados de sonambulismo y catalepsia, como las del Sr. Bohn sobre la
creación de monstruos por medio de la radioactividad o como las del redactor de La
Semana Médica sobre el reemplazo de los médicos por las máquinas de rayos X
(todos ejemplos vistos en páginas anteriores), la literatura fantástica avanzaba entonces
en la verificación empírica dentro de la trama de los atributos superpoderosos de
los rayos. Asimismo, un ejercicio frecuente de estos relatos era reencauzar, a través de
Soledad Quereilhac
40
un razonamiento por analogía, el uso de los rayos y de los materiales radioactivos hacia
objetos inusitados, sobre todo de naturaleza abstracta o espiritual.
En este sentido, el temprano relato de Rubén Darío, “Verónica”, publicado, como ya
señalamos, a menos de dos meses del descubrimiento de Röntgen (Darío, 1896),
representa un paradigma de ese razonamiento por analogía en el marco de una ficción
fantástica, una analogía técnico-espiritual o técnico-mística. Si bien la atención de Darío
a personajes, espacios y creencias del catolicismo no será compartida por los otros
cultores del fantástico que se ocuparon de los rayos, lo será la figura del científico
aficionado, autodidacta y experimentador, así como el desenlace trágico de los
experimentos que ponían en contacto el más allá o lo sagrado con instrumentos o
cnicas científicas.
Efectivamente, el protagonista de “Verónica”, fray Tomás de la Pasión, “un espíritu
perturbado por el demonio de las ciencias”, dominaba un amplio espectro de
disciplinas: “había estudiado las ciencias ocultas antiguas”, había leído a Paracelso y
Alberto El Grande, y por “la ciencia había llegado a penetrar en ciertas iniciaciones
astrológicas y quirománticas” (Darío, 1896: 3). Desplegando una estrategia de
verosimilitud muy frecuente en los relatos fantásticos de esta época, Darío incluye
explícitas referencias que unen el mundo del relato con el de los lectores. Es por eso
que el fraile toma conocimiento de los rayos X de la misma manera en la que los
lectores lo estaban haciendo, esto es, a través del diario:
Llegó a manos de fray Pedro un periódico en que se hablaba detalladamente del
descubrimiento del alemán Röntgen, quien había encontrado la manera de fotografiar a
través de los cuerpos opacos; supo lo que era el tubo Crookes, de la luz catódica, del rayo
X. Vio el facsímil de una mano cuya anatomía se transparentaba claramente, y la figura
patente de objetos retratados entre cajas bien cerradas. No pudo desde ese instante estar
tranquilo. ¿Cómo podría él encontrar un aparato como los aparatos de aquellos sabios?
¿Cómo podría realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su enferma
imaginación?(Darío, 1896: 3)
Es mientras Tomás especula con los alcances de esta nueva técnica cuando aparece en
el relato un razonamiento por analogía novedoso, que contradice todo el campo
semántico de lo satánico y lo pecaminoso con que el narrador presenta sus acciones.
Fray Pedro entiende que los avances de las ciencias, sobre todo cuando, como en el
caso de los rayos, parecen revelar fenómenos lindantes con lo sobrenatural, pueden
ayudar a consolidar la religión y no a contradecirla, en la medida en que ofrecen
“pruebas” de lo trascendente:
Si se fotografiaba ya lo interior de nuestro cuerpo, bien podría pronto el hombre llegar a
descubrir visiblemente la naturaleza y origen del alma; y, aplicando la ciencia a las cosas
divinas ¿por qué no?, aprisionar en las visiones de los éxtasis, y en las manifestaciones de
los espíritus celestiales, sus formas exactas y verdaderas. ¡Si en Lourdes hubiese habido
Soledad Quereilhac
41
una instantánea, durante el tiempo de las visiones de Bernardetta! ¡Si en los momentos en
que Jesús, o su Santa Madre, favorecen con su presencia corporal a señalados fieles, se
aplicase la cámara oscura!... ¡Oh, cómo se convencerían los impíos, cómo triunfaría la
religión!(Darío, 1896: 3)
Es, entonces, como producto de este razonamiento por analogía y por esta curiosa
forma de fe en la ciencia, que Fray Tomás quiere convertirse en la moderna y científica
Verónica, es decir, el hombre que emule esa milagrosa impresión del rostro de Cristo
en el Santo Sudario durante su vía crucis, pero usando ahora la máquina de Röntgen.
De allí el título de esta primera versión del cuento, que en 1913 Darío cambiará por
“La extraña muerte de Fray Pedro”, y al que le agregará otros elementos (véase
Torres, 2008: 73–83). Concibiendo en términos literales una metáfora (en la hostia
está el cuerpo el Cristo) o buscando verificar científicamente una creencia religiosa,
Fray Tomás consigue de manos de un fraile con “patas de chivo” la máquina de rayos
X y, tras fotografiar” su mano, frutas y estampas dentro de libros, “una noche por fin
se atrevió a realizar su pensamiento”: radiografiar “la sagrada forma”. Si bien Tomás
muere por su osadía de poner en contacto lo celeste y lo terreno con una máquina
del diablo, lo cierto es que la analogía se verifica empíricamente y el rostro de Cristo
queda allí, en el piso, perfectamente visible, plasmado en la placa fotográfica.
Lejos del ideario católico del pecado, pero igualmente fascinado por el surgimiento de
nuevas “fuerzas extrañas” gracias a la investigación científica, así como por los
solapamientos entre ciencia y ocultismo, Lugones también tramitó en clave fantástica
las aristas del explosivo descubrimiento de Röntgen. Me he ocupado en detalle de sus
cuentos cientificistas y ocultistas en otros trabajos (Quereilhac, 2015, 2016), de modo
que apuntaré aquí sólo la forma en que, en uno de sus cuentos, “La fuerza Omega”, el
nombre de Röntgen sirve para poner en serie la fuerza sobrenatural que descubre el
científico del relato, un hombre también cercano a las ciencias ocultas. El “sencillo
sabio” del relato presenta de esta manera su hallazgo:
He descubierto la potencia mecánica del sonido. Saben ustedes (…) bastante de estas
cosas para comprender que no se trata de nada sobrenatural. Es un gran hallazgo,
ciertamente, pero no superior a la onda hertziana o al rayo Roentgen. A propósito, yo he
puesto también un nombre a mi fuerza. Y como ella es la última en la síntesis vibratoria
cuyos otros componentes son el calor, la luz y la electricidad, la he llamado la fuerza
Omega.(Lugones, 1996: 100)
Un relato menos conocido de la época es “La psiquina”, de Ricardo Rojas. Antes de
ser publicado en la colección La Novela Semanal, en 1917, ya se había dado a conocer
en La Nación, cerca de 1906, de modo que fue concebido en el marco de las sucesivas
Soledad Quereilhac
42
presentaciones de rayos nuevos y de la radioactividad
9
. Asimismo, la acción de la trama
transcurre en 1905, en Buenos Aires. Como en los casos de “La fuerza Omega” o “El
Psychon” de Lugones, aqun científico, el Dr. Farnes, descubre un nuevo alcaloide al
que llama “psiquina”, que tiene la particularidad de separar el doble astral o el alma del
cuerpo, y luego hacerlo retornar, con lo cual concretaría un viaje por la muerte. Esta
sustancia no funciona, sin embargo, sin antes ser expuesta a la radioactividad, esto es,
sin antes ser “roentgenizada” (Rojas, 2009: 192). El científico del relato también
domina, como los anteriores, tanto nociones de ciencia materialista como de
ocultismo. Se dice de él que se había obstinado en “rasgar, por el camino de las
ciencias experimentales, el velo de las cosas ocultas” (Rojas, 2009: 184) y que, como
especie de “sacerdote de las ciencias”, iba transformando la física y la química
modernas en “un verdadero esoterismo científico” (Rojas, 2009: 188).
Ahora bien, ¿en qué sentido se toma la radioactividad en este relato? En un sentido
muy parecido al que se analizó más arriba, en torno a las ideas de vitalismo, energía
eterna y posibilidad de generar vida. Porque la hipótesis de Farnés, estructurada como
las otras en una analogía, sostiene que la inteligencia, el alma o nuestro doble astral es
materia radiante y que, por lo tanto, si un paciente es inyectado con la psiquina
“roentgenizada”, puede potenciar su doble espiritual, darle vida autónoma y lograr que
vuelva antes de que la muerte invada definitivamente al cuerpo en estado de
catalepsia. Esa es justamente la experiencia que Farnés ensaya en su mejor amigo, Julio
Herrera. Como en los relatos anteriores, el éxito empírico de la experiencia es
contundente: Herrera vuelve de la muerte y logra escribir en un papel todo lo que vio;
pero a los pocos minutos, cae muerto sin retorno. Como se ve, en el relato los que
pagan el costo de la osadía son los sujetos; pero la verdad de las teorías que arman
híbridos material-ocultistas sale siempre fortalecida.
Horacio Quiroga, por su parte, incorporó los rayos N para dos de sus ficciones,
conectadas entre sí por ciertas referencias internas. “El retrato” (Quiroga, 1910),
publicada en Caras y Caretas y “El vampiro” (Quiroga, 1927), editada en La Nación,
hablan de prodigios fotográficos y cinematográficos producidos por efecto de los rayos
N. En el primero de ellos, Quiroga retoma un tema ampliamente reseñado en los
periódicos: la posibilidad de imprimir imágenes mentales directamente en la placa
fotográfica, sin máquinas intermediarias. Con referencias a Gustave Le Bon y a su teoría
sobre la luz negra (mencionada más arriba), el narrador presenta las experiencias del
inglés Rudyard Kelvin, homónimo del famoso físico, a quien conoce en un viaje en
barco. Kelvin “había investigado hondamente en lo que llamaríamos magia negra de la
luz: rayos catódicos, rayos X, rayos ultravioletas y demás” (Quiroga, 1993: 988). Kelvin
9
Ronald Hilton señala que Rojas había publicado “La psiquina” en 1906: “Esta obra, poco leída hoy, porque los opium-eaters
no están de moda, tuvo bastante éxito, y fue traducida al inglés por el nor teamericano Peter Goldsmith, bajo el título The
Mysterious Alcaloid” (Hilton, 1958: 258259).
Soledad Quereilhac
43
descubre que, si evoca la imagen de su novia muerta frente a una placa sensible, iguales
a las utilizadas por Le Bon, puede obtener su vivo retrato. Logra repetir el
experimento en numerosas ocasiones, hasta que, cuando deja de quererla, la dama
aparece muerta en su retrato. Lo curioso es que el ayudante de laboratorio, semanas
más tarde, logra revivirla, por el poder del “ínfimo cariño” que aún tenía por ella. Aquí,
los rayos sirven a Quiroga tanto para narrar una fantasía científica como para renovar
los tópicos del amor después de la muerte y de las fuerzas “físicas” del deseo,
presentes en muchos de sus relatos. Es, justamente, una vuelta de tuerca a estos
tópicos lo que logra más tarde “El vampiro”, que también ensambla el deseo amoroso
con prodigios técnico-espirituales, aunque ya no relacionados a la fotografía sino al
cinematógrafo.
En “El vampiro”, la mención de los rayos N (bajo la variante “N1”) es explícita: un
diletante de las ciencias, Rosales, le escribe al alter ego de Quiroga en cuestiones de
cine, Guillermo Grant, para que le brinde más información sobre los rayos N1, rayos
sobre los cuales había escrito tiempo atrás. Se retoma así la hipótesis de “El retrato”
para formular la que estructurará este cuento:
Si la retina impresionada por la ardiente contemplación de un retrato puede influir sobre
una placa sensible al punto de obtener un doble de ese retrato, del mismo modo las
fuerzas vivas del alma pueden, bajo la excitación de tales rayos emocionales, no
reproducir, sino ‘crear’ una imagen en un circuito visual y tangible.(Quiroga, 1993: 719)
Rosales detecta el poder de los rayos N1 en la cinta cinematográfica para afirmar que
ese efecto vital de las películas, esas miradas humanas, esa carga erótica de las stars de
Hollywood no son producto de la luz, sino de la radiación de vida que el celuloide ha
logrado absorber:
La gran cantidad de vida delatada en su expresión me había revelado la posibilidad del
fenómeno. Una película inmóvil es la impresión de un instante de vida, y esto lo sabe
cualquiera. Pero desde el momento en que la cinta empieza a correr bajo la excitación de
la luz, del voltaje y de los rayos N1, toda ella se transforma en un vibrante trazo de vida,
más vivo que la realidad fugitiva y que los más vivos recuerdos que guían hasta la muerte
misma nuestra carrera terrenal.(Quiroga, 1993: 719)
Fusionando un efecto propio del arte (la posibilidad de transmitir una intensa y vívida
impresión de realidad, o de despertar emociones y deseo sexual), con un fantasioso
prodigio técnico (la concreta vibración de rayos N1 en la película, esto es, la
materialización del punto anterior), Quiroga embarca al personaje de Rosales en un
temerario experimento: extraer a una actriz de su film, una actriz de la que se ha
enamorado. Su desvarío lo lleva, incluso, a asesinar a la mujer real para vivificar aún más
a su espectro. Y si bien, como en los relatos anteriores, observamos un desenlace
trágico para los personajes (Grant termina internado en un psiquiátrico y Rosales,
Soledad Quereilhac
44
vampirizado por el espectro escotado” de la star), el experimento resulta exitoso
desde el punto de vista de la verificación de la hipótesis: ese resto de rayos N1 le
permite al vampiro pasar de la pantalla al plano real.
Finalmente, en otro ejemplar de La Novela Semanal, “El homunculus” (1918), publicado
por el periodista Pedro Angelici, se vuelve a apelar a la radioactividad y a su potencial
para la “generación espontáneade la vida, en un sentido parecido al que se reseñó
más arriba a propósito de las teorías de Burke refutadas por Ramsay, aunque aquí la
referencia científica inspiradora parece ser Ernst Haeckel, mencionado en numerosos
pasajes del texto (véase Capanna, 2009: 174).
En esta truculenta historia que transcurre en Italia, se narran los experimentos del
profesor Lo Russo para crear vida a partir de una gelatina inanimada, utilizando para
ello el incentivo de la radioactividad. Catedrático de química biológica y, al mismo
tiempo, admirador de los alquimistas, Lo Russo se embarca en una bizarra búsqueda
alternativa de un hijo para una mujer estéril, de la que presuntamente está enamorado.
Las concesiones sentimentales al formato de La Novela Semanal no obturan, empero,
lo significativo de la fantasía cientificista sobre la radioactividad, “esa fuente de energía
misteriosa que se desarrolla de su continua trasformación” (Angelici, 2009: 236). Para
Lo Russo, “lo que la radioactividad, diseminada al azar por el universo, había empleado
millones de años en llevar a cabo, él podría, gracias a las virtudes de su sicanio aplicado
directamente y en proporciones relativamente enormes, efectuarlo en un período de
tiempo tal vez brevísimo”. Así, dando por sentado que el origen de la vida en la tierra
se dio por acción de la radioactividad, Lo Russo efectivamente crea vida animada en su
preparado radioactivo. El resultado, empero, no es el hermoso bebé que esperaba la
mujer, sino un monstruoso homunculus, que termina asesinando a su creador.
Nuevamente, una concepción vitalista y aun ontogenética de la radioactividad sostiene
esta fantasía sobre vida artificial, en la medida en que se le atribuye el origen de la vida.
El resultado es, por cierto, monstruoso y algo anacrónico (el homunculus de los
alquimistas), pero no por ello deja de ser la concreción del poder vital de la
radioactividad.
Reflexiones finales
En el recorrido por este corpus de narraciones fantásticas, es posible detectar que
tanto los rayos como la radioactividad han funcionado como agentes espiritualizados,
como portadores de energía “viva”; lejos de ser meros fenómenos físicos, portaron, en
estas fantasías, el secreto último de lo animado. La particularidad de develar lo oculto
de los rayos de Röntgen se combinó, así, con la actividad incesante de los materiales
Soledad Quereilhac
45
radioactivos, y el resultado fue una concepción de ambos fenómenos como los
portadores del secreto de la vida: los rayos vivos que “impregnan” las fotografías y los
films, la energía que puede hacernos regresar de la muerte o crear vida artificial. Es
decir, se resignificó con ellos una dimensión existencial o religiosa preexistente a los
descubrimientos.
Sin dudas, fue en la literatura donde se extremaron y potenciaron las proyecciones fantásticas
sobre los rayos y la radioactividad, acorde a su explícita inscripción en la ficción; no obstante, es
imposible sostener que estas narraciones fueron meras invenciones individuales. Todas ellas se
gestaron y circularon en un contexto cultural propenso a las especulaciones sobre las nuevas
maravillas científicas, del que el arco de recepción de sendos descubrimientos, revisado este
trabajo, es testimonio. Tanto en las formas de la divulgación periodística como en las
repercusiones en los ámbitos ocultistas y en las ficciones literarias pareció existir una constante
proyección de los inventos y descubrimientos hacia el terreno de los misterios existenciales, de
la mística, del origen de la vida. Como si todas esas radiaciones hubiesen logrado atravesar no
sólo los cuerpos blandos de la anatomía humana, sino también esas otras zonas intangibles de
las creencias laicas y la imaginación razonada; esas zonas en las que, durante los años de
entresiglos, resurgió una forma secular y fascinante del pensamiento mágico.
Soledad Quereilhac
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Torres, Alejandra (2008), “La Verónica modernista. Arte y fotografía en un cuento de Rubén
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Ulloa Guerrero, Luis Heber (1995), “Roentgen y el descubrimiento de los rayos X”, Revista de
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Soledad Quereilhac
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Vallejo, Mauro (en prensa), “La temprana recepción de los Rayos X en Buenos Aires (1896-
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Vega de la Iglesia, F. (1899), “Lo que somos”, Caras y Caretas, II (30), 29 de abril.
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Bajo el impulso de la historia “al ras” del Estado, el propósito del trabajo es examinar el proceso de constitución y funcionamiento de la Dirección de Vialidad de la provincia de Buenos Aires mirando a sus sujetos. En el marco de un interés mayor sobre la relevancia socio-económica y la conservación de los caminos rurales, aquí se historizará un eslabón clave que ha pasado inadvertido para la historiografía –más enfocada en la obra pública, los expertos y la influencia de las asociaciones civiles en la configuración de políticas viales–: el caminero. El período que se pretende estudiar abarca desde la identificación del puesto en la década del diez hasta los años sesenta, cuando las precarias condiciones laborales, junto a las transformaciones socio-económicas, tecnológicas y estatales, condujeron a la desaparición paulatina del oficio. El recorrido por diversos repositorios documentales (legislación, actas de congresos viales, prensa, actas del Consejo de Vialidad, memorias gubernamentales, etc.) permitirá caracterizar su figura en tanto trabajador, a partir de la reconstrucción de su régimen laboral y los debates públicos suscitados por su situación social.
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Resumen: El presente artículo reflexiona sobre la noción de problematización (Foucault, 1999) en el análisis de la cuestión de la vivienda en Rosario. Da cuenta de los desplazamientos teórico-epistemológicos que esta noción inspira y señala las implicancias metodológicas que el trabajo con problematizaciones supone a partir de su operacionalización en los conceptos de saberes expertos y tecnologías de gobierno. Para cada una de esas dimensiones construye una técnica de análisis específica: la descripción arqueológica y la caracterización microfísica. Tras aplicar estas técnicas al caso de estudio, sistematiza los resultados alcanzados y las potencialidades y dificultades del enfoque escogido. Palabras clave: Problematizaciones, Cuestión de la vivienda, Propuesta teórico-metodológica. Abstract: This article reflects on the notion of problematization (Foucault, 1999) in the analysis of the housing issue in Rosario. It gives an account of the theoretical-epistemological displacements that this notion inspires, and points out the methodological implications that the work with problematizations supposes from its operationalization in the concepts of expert knowledge and technologies of government. For each of these dimensions, it constructs a specific analysis technique: archaeological description and microphysical characterization. After applying these techniques to the case study, systematize the results achieved and the potentialities and difficulties of the chosen approach.
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Resumen El objetivo de este artículo es documentar la recepción temprana de los rayos X en la cultura científica de la ciudad de Buenos Aires. Haciendo uso de fuentes periódicas de diversa índole, el texto explora las diferentes reacciones despertadas por la novedad en distintos actores del mundo letrado. Los periódicos y semanarios generales difundieron rápidamente el hallazgo y se encargaron de subrayar su naturaleza maravillosa o prodigiosa. Por su parte, los médicos de la ciudad asumieron posiciones contrastantes que iban desde el recelo hasta el entusiasmo. Por último, los espiritistas de la ciudad escribieron numerosos textos sobre la innovación, y la reinterpretaron en función de sus estrategias de auto-legitimación.
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En el presente trabajo realizamos un estudio acerca de los orígenes tempranos de la radiología en la Argentina. Describimos los primeros experimentos radiográficos realizados en nuestro país, que fueron, en general, ignorados por los principales medios de comunicación científica de la época. Discutimos la prioridad de Varsi respecto a la realización de la primera radiografía en la Argentina. Estudiamos los inicios de la actividad radiográfica en la Ciudad de Buenos Aires, a través de la obra del Posadas. Analizamos los comienzos de la enseñanza de la radiología en la Argentina, y de la formación de recursos humanos en esta disciplina. Describimos la obra de Heuser, autor de la primera tesis doctoral sobre la materia en el país. Finalmente, presentamos algunas conclusiones preliminares.
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Doce cuentos para leer en el tranvía. Una antología de La Novela Semanal
  • Pedro Angelici
Angelici, Pedro (2009), "El homunculus", en Margarita Pierini (ed.), Doce cuentos para leer en el tranvía. Una antología de La Novela Semanal, Bernal: Universidad Nacional de Quilmes, pp. 225-249.
Le recit fantastique. La poètique de l'incertain, Paris: Larousse
  • Irène Bessière
Bessière, Irène (1974), Le recit fantastique. La poètique de l'incertain, Paris: Larousse. "Boletín de la semana" (1896), Constancia, 3 de mayo.