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«Doña Blanca de Navarra y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Francisco Navarro Villoslada, Doña Blanca de Navarra, reproducción facsímil de la edición de Madrid, Gaspar y Roig, 1847, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 1997, pp. I-XXXI

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Abstract

Como estudio preliminar a este bello facsímil de la novela Doña Blanca de Navarra. Crónica del siglo XV, en su edición de Madrid, Gaspar y Roig, 1847, me propongo comentar los aspectos más interesantes de la misma (génesis y primeras ediciones, argumento, historia y ficción, narrador, personajes, técnicas estructurales, tiempo y espacio, estilo, etc.), después de ofrecer algunos datos sobre su autor, Francisco Navarro Villoslada, y sobre el contexto literario en que se enmarca, la novela histórica romántica española.
Carlos Mata Induráin, «Doña Blanca de Navarra y la novela histórica
romántica», estudio preliminar a Francisco Navarro Villoslada, Doña Blanca de
Navarra, reproducción facsímil de la edición de Madrid, Gaspar y Roig, 1847,
Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 1997, pp. I-XXXI.
Doña Blanca de Navarra
y la novela histórica romántica
Como estudio preliminar a este bello facsímil de la novela Doña
Blanca de Navarra. Crónica del siglo XV, en su edición de Madrid, Gas-
par y Roig, 1847, me propongo comentar los aspectos más interesan-
tes de la misma, después de ofrecer algunos datos sobre su autor,
Francisco Navarro Villoslada, y sobre el contexto literario en que se
enmarca1.
1. VIDA Y OBRAS DE NAVARRO VILLOSLADA
1.1. Resumen biográfico
Francisco Navarro Villoslada nació en Viana (Navarra), el 9 de oc-
tubre de 1818, y allí permaneció hasta 1829, educándose en el seno de
una familia de firmes creencias religiosas. Desde muy joven se aficio-
na a la lectura; además, el entorno medieval de Viana cala hondo en
la mente del inquieto joven, que empieza a sentir curiosidad por los
tiempos pasados y a emborronar sus primeras cuartillas con versos y
otros escritos. Entre 1829 y 1836 vive en Santiago de Compostela con
sus tíos canónigos; cursa Filosofía y Teología y prosigue con sus es-
carceos literarios. A partir de 1836, debido al recrudecimiento de la
primera guerra carlista, permanece de nuevo en su ciudad natal. En
noviembre de 1835 había muerto en una emboscada de los carlistas su
tío Nazario, que escoltaba el correo de Viana a Logroño, hecho que le
afectó profundamente: desde entonces, el tema de la guerra civil apa-
recerá con frecuencia en sus escritos. Tímidamente liberal —por tra-
dición familiar— en estos años mozos, ingresa en la Milicia Nacional,
y hasta dedica algunas poesías al general Espartero.
En 1839 entra como alumno de la Escuela de Telégrafos de Logro-
ño, pero al año siguiente se traslada a Madrid para estudiar Leyes. A
fin de costearse sus gastos sin resultar oneroso a su familia comienza
a colaborar en varios periódicos, y de tal forma destaca en el mundi-
1 Todos los aspectos que aquí resumo pueden verse por extenso en mi libro
Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de
Navarra, 1995, donde recojo además una extensa bibliografía.
– II –
llo de la capital que a la altura de 1846 es director, simultáneamente,
de cuatro importantes publicaciones: el Semanario Pintoresco Español,
el Siglo Pintoresco, El Español y su Revista Literaria. Demuestra ser un
trabajador infatigable: después de pasar diez o doce horas en las dis-
tintas redacciones, todavía robaba horas al sueño para dedicarse a sus
producciones literarias. Su salud comienza a resentirse con estos ex-
cesos de trabajo.
Como otros escritores de la época, Navarro Villoslada distribuirá
su tiempo y sus preferencias entre la literatura, el periodismo y la po-
lítica. En 1846 conoce a una joven vitoriana llamada Teresa de Luna,
con la que contrae matrimonio tras un breve noviazgo. Por el delica-
do estado de su esposa, trasladan su residencia a Vitoria, donde Vi-
lloslada tendrá el cargo de secretario del Gobernador Civil de Álava.
Por estas fechas, su nombre empieza a sonar en los círculos literarios
por la publicación de sus dos primeras novelas históricas, Doña Blanca
de Navarra (1847) y Doña Urraca de Castilla (1849), y lo mismo en los de
la vida política, asociado al de otros personajes del partido moderado.
En 1851 muere su mujer: aunque era todavía joven, y le dejaba con
dos hijas pequeñas, el escritor de Viana no volvió a casarse. Decide
entonces regresar a Madrid. Entre 1853 y 1869 retorna a la actividad
periodística, relegando a un segundo plano su faceta como literato
(solo publica y estrena algunas piezas de teatro), y comienza a figurar
también en la política con cargos públicos. Durante el bienio progre-
sista (1854-1856) colabora en el periódico satírico El Padre Cobos, junto
a González Pedroso, Garrido, López de Ayala, Selgas y Suárez Bravo.
En 1856 entra en el Ministerio de la Gobernación; será sucesivamente
oficial de los terceros, de los segundos y de los primeros. Al año si-
guiente es elegido diputado por el distrito de Estella. Es nombrado
además director de la Gaceta de Madrid y de la administración de la
Imprenta Nacional. Comisionado por el gobierno, realiza en 1857-
1858 un viaje para estudiar el estado de las imprentas nacionales en
Francia y Austria.
Durante todos estos años, se va destacando dentro de las filas mo-
deradas el grupo denominado neocatólico, formado por donosianos y
nocedalinos. Portavoz destacado de esa corriente será el periódico El
Pensamiento Español, fundado por Navarro Villoslada y otros socios a
finales de 1859, en el que el de Viana pondría durante más de diez
años toda su alma y todo su corazón. «Católico a machamartillo»,
desde sus columnas defenderá las ideas tradicionalistas y al Papa Pío
IX al suscitarse la «cuestión romana», batiéndose en formidables po-
– III –
lémicas con toda la prensa liberal. En 1865 y 1867, es elegido dipu-
tado para dos nuevas legislaturas, siempre por Navarra (aunque aho-
ra por Pamplona, en las dos ocasiones).
El triunfo de la Revolución de Septiembre de 1868 provocó el acer-
camiento de Navarro Villoslada y los denominados neocatólicos (No-
cedal, Aparisi y Guijarro, Canga Argüelles, Tejado…) al carlismo. En
efecto, tras el destronamiento de Isabel II la legitimidad estará repre-
sentada para ellos por don Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos
VII), y se unen a él por ser su partido el que mejor podía defender, en
aquel determinado momento, los intereses católicos por los que ve-
nían luchando. En 1869 Navarro Villoslada es detenido y ha de pasar
mes y medio en la prisión del Saladero de Madrid por haber publica-
do, antes de que lo hiciera la prensa oficial, una nota en la que avisa-
ba de la intención del gobierno de incautarse todos los bienes ecle-
siásticos. Tras salir de la cárcel, se exilia para evitar nuevas persecu-
ciones.
En París se pone a las ordenes del pretendiente, al que acompaña
por el centro de Europa, y prepara algunos folletos de propaganda
carlista, siendo especialmente famoso el artículo titulado «El hombre
que se necesita», en el que presentaba a don Carlos a los españoles
como el único candidato al trono capaz de acabar con la anarquía
reinante en España. Según dijo Aparisi, con este escrito ganó para su
causa a millares de partidarios. Desde finales de 1869 pasa a ser secre-
tario personal del Duque de Madrid pero, estando en Viena, el 25 de
enero de 1870 se rompe una pierna y ha de permanecer cinco meses
en cama, teniendo que abandonar el cargo. Esta es la razón de que no
se encuentre en la famosa Junta de Notables de Vevey.
En 1871 es elegido senador por Barcelona, y la inmunidad parla-
mentaria le permite volver a España; ejercerá el cargo de secretario de
la minoría carlista en el Senado. Se opone con Aparisi y otros a las
medidas liberalizantes propuestas por el general Cabrera y discute
con don Carlos, empeñado en seguir los consejos «cesaristas» de su
nuevo secretario, Arjona. Se muestra igualmente contrario a que toda
la prensa carlista esté bajo la dirección de una sola persona, Cándido
Nocedal. Al final, para no seguir oponiéndose en público a su rey,
renuncia a la dirección de El Pensamiento Español y, desengañado, se
retira de la política activa.
Entre 1872 (en abril estalla de nuevo la guerra carlista) y 1885 vive
unos «años oscuros». Tradicionalmente se venía diciendo que Nava-
rro Villoslada se retiró a su ciudad natal, ganándose así el sobrenom-
– IV –
bre de «El Solitario de Viana», y que allí, en la paz de la vida rural,
escribió la que sería su obra maestra, Amaya. La realidad es algo dis-
tinta. Se retira, sí, de toda actividad pública, pero continúa viviendo
en Madrid la mayor parte del año; en los meses de verano viaja al
norte para descansar en alguna localidad de las Provincias Vascon-
gadas y para visitar su hacienda en Viana.
Después de varios años sin publicar, entregado a la política y el
periodismo, en 1877-1878 vuelve a dar a las prensas algunos trabajos
literarios, sobre todo su novela Amaya (primero en el folletín de la re-
vista La Ciencia Cristiana; en 1879 en volumen). En reconocimiento a
sus méritos vascófilos es elegido miembro de honor de la Asociación
Euskara de Navarra, promovida en Pamplona por Juan Iturralde y
Suit y Arturo Campión.
Acabada la guerra en 1876, Navarro Villoslada se había negado a
participar en la reorganización del partido carlista, alegando su pre-
cario estado de salud. Pero en 1885, al morir Nocedal padre, acepta el
nombramiento como jefe de la Comunión Tradicionalista de España
para ser el representante de don Carlos en Madrid. Trata de poner
orden en la dividida prensa tradicionalista, enzarzada entonces en
numerosas polémicas, pero algunos sectores le dirigen durísimos ata-
ques (acusándole incluso de desertor y traidor al carlismo). Nueva-
mente desilusionado con la política, renuncia definitivamente a sus
cargos y se retira, ahora sí, a Viana. En 1894 participa en la campaña
contra las medidas fiscales anunciadas para Navarra por el ministro
de Hacienda, Germán Gamazo, escribiendo unas pocas líneas para el
número único de Navarra Ilustrada. Sería su última intervención en un
asunto público.
Al año siguiente, el día 29 de agosto, moría en la misma ciudad
que le viera nacer, rodeado de su familia. A su funeral y entierro acu-
dió el Ayuntamiento de Viana en pleno. Más tarde llegarían otros
homenajes: la celebración del Centenario de su nacimiento en 1918,
con la colocación de la placa conmemorativa en su casa natal en que
se recuerda al «cantor de la raza vasca», la erección de un monumen-
to en Pamplona, a la entrada de los Jardines de la Taconera, y la pu-
blicación de un número especial de La Avalancha; la dedicatoria de
calles (Navarro Villoslada, Amaya) y de un Instituto de Bachillerato;
la celebración del 150 Aniversario de su nacimiento en 1968 (al que se
sumó la revista Pregón); y más recientemente, en 1995, el Centenario
de su muerte, con diversos actos con los que se quiso honrar su me-
moria.
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1.2. Producción literaria
En el terreno de la literatura, Navarro Villoslada es conocido fun-
damentalmente como novelista histórico, autor de Doña Blanca de Na-
varra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y Amaya o Los vascos en el
siglo VIII (1879). Las tres novelas se ambientan en momentos conflic-
tivos de la historia: en la primera, como luego veremos con más deta-
lle, describe la lucha de bandos en Navarra en el siglo XV; Doña Urra-
ca de Castilla, cuya acción ocurre en Santiago de Compostela en el si-
glo XII, plantea el enfrentamiento entre ciertos nobles gallegos, la
reina de Castilla y León y el obispo Diego Gelmírez; la trama de Ama-
ya, en fin, se sitúa en torno al año 711, poco después de la conquista
musulmana, y expone la unión de godos y vascones, tras varios siglos
de encarnizada lucha, para defender la religión católica frente al
enemigo común, el Islam.
Sin embargo, nuestro autor se acercó, con mayor o menor dedica-
ción y acierto, a muchos otros géneros literarios dentro de la narrati-
va, la lírica y la dramática2. En primer lugar, conviene recordar que
escribió algunas novelas no históricas. La primera, El Ante-Cristo
(1845), es una narración folletinesca (género de moda en aquellos
años), que quedó sin concluir por la quiebra de El Español, periódico
en cuyas páginas iba saliendo. Las dos hermanas (también de 1845) es
otra obra del mismo estilo, repleta de episodios inverosímiles, en la
que no faltan los consabidos amores ideales ni la presencia de un
malvado «villano» perseguidor de una de las dos inocentes jóvenes
protagonistas. Historia de muchos Pepes (publicada en 1879 en el folle-
tín de El Fénix), mejor escrita y adornada con abundantes rasgos hu-
morísticos, es una novela pseudo-autobiográfica, por reflejar el am-
biente de los círculos literarios y periodísticos madrileños de mitad
de siglo, que tan bien conocía el autor. Está narrada en primera per-
sona, por boca de Pepe Gil, un personaje que tiene mucho de pícaro,
ya que con su astucia intentar medrar a costa de los demás; pero, fi-
nalmente, recibe un merecido castigo, quedando desacreditado a los
ojos de la sociedad.
Navarro Villoslada es también autor de numerosos relatos, algu-
nos de los cuales están en la frontera entre el artículo de costumbres y
el cuento («Un hombre arruinado», «Hacer negocios», «Un hombre
2 Cfr. los seis volúmenes de las Obras completas del autor publicadas reciente-
mente (1990-1992) por la editorial pamplonesa Mintzoa.
– VI –
público»). Otros, en cambio, pueden denominarse cuentos con toda
propiedad («Mi vecina», «Aventuras de un filarmónico», «El remedio
del amor» o «La luna de enero», divertida burla de los excesos ro-
mánticos). También escribió dos leyendas históricas, ambas de am-
biente navarro: «La muerte de César Borja» (ocurrida en 1507 en las
cercanías de Viana) y «El castillo de Marcilla» (sobre la defensa de esa
fortaleza por doña Ana de Velasco al producirse la conquista caste-
llana).
Empleó su pluma igualmente en el teatro, en la poesía y en el ar-
tículo de costumbres. Forman su producción dramática La prensa libre
(1844), comedia en verso en la que se aboga por la independencia de
los periódicos; Los encantos de la voz (1844), intrascendente comedia de
enredo, en un acto y en prosa, escrita en colaboración con Manuel
Juan Diana; Echarse en brazos de Dios (1855), drama histórico en verso,
que retoma algunos episodios de la novela Doña Blanca de Navarra; y
la zarzuela de tema vascongado La dama del rey (1855), con música de
Emilio Arrieta, que se estrenó sin demasiado éxito.
Como poeta nos legó un ensayo épico titulado Luchana (1840), so-
bre el tercer asedio de Bilbao por los carlistas en 1836. También escri-
bió, desde sus años juveniles, numerosas composiciones poéticas, en
las que predominan los temas de contenido moral y religioso (desta-
can «A la Virgen del Perpetuo Socorro», «A Pío IX», «Meditación»,
«Las ermitas», el madrigal «Fuente brota en mi valle…» y el villancico
«Al Niño donoso…», de graciosa sencillez).
En su faceta de autor costumbrista, dejó escrito «El canónigo»
(1843), recogido en Los españoles pintados por sí mismos, «El arriero»
(1846) y «La mujer de Navarra» (1873), bella estampa del carácter de
las mujeres montañesas y ribereñas.
Entre sus obras menores hay que mencionar los folletos de propa-
ganda política (La España y Carlos VII, «El hombre que se necesita»),
las biografías (Compendio de la vida de San Alfonso María de Ligorio, Es-
tudio histórico militar de Zumalacárregui y Cabrera; de este libro solo es-
cribió la primera parte, con el pseudónimo Thomas Wisdom) y algunas
traducciones (los primeros capítulos de Agenor de Mauleón, el de la
mano de hierro, de Dumas, García Moreno, presidente de la República del
Ecuador, del Padre Berthe). También dejó numerosos trabajos inédi-
tos; especialmente importante resulta un proyecto narrativo sobre la
conquista de Navarra, sin concluir, titulado globalmente Pedro Ramí-
rez, que incluye varias novelas históricas; esos borradores se con-
– VII –
servan en el archivo del escritor3, bajo distintos títulos: Doña Toda de
Larrea, La madre de la Excelenta, El hijo del Fuerte, Los bandos de Navarra,
El cuadrillero de la Santa Hermandad…
2. CONTEXTO LITERARIO: LA NOVELA HISTÓRICA ROMÁNTICA ESPAÑOLA
Navarro Villoslada puede ser incluido en la nómina de los escri-
tores románticos, con alguna ligera matización. En primer lugar, es
un romántico rezagado, especialmente si tenemos en cuenta que su
obra más importante, Amaya, plagada todavía de reminiscencias ro-
mánticas, no llegó hasta la década de los 70, cuando el Romanticismo,
como movimiento literario, era ya historia pasada. Es además un ro-
mántico de signo conservador, cercano a la tendencia que representan
un Chateaubriand, o un Zorrilla en el caso de España, frente a la más
exaltada o liberal, cuyos máximos exponentes serían lord Byron o Es-
pronceda. Y un romántico regionalista, por los temas, personajes y
escenarios de muchos de sus escritos.
Como novelista histórico, su nombre se agrupa con los de Mar-
tínez de la Rosa, Cánovas del Castillo, Castelar o Amós de Escalante
por ser todos ellos autores que escriben unas obras bien documenta-
das, casi eruditas, que incluyen a veces prolijas notas explicativas. En
España, ese género de la novela histórica triunfa en los años 30 y 40
de la pasada centuria merced al éxito alcanzado por Walter Scott con
Ivanhoe, The Talisman y las Waverley Novels. La imitación de esas obras
era garantía casi segura de éxito editorial, razón que llevó a multitud
de seguidores —en toda Europa— a copiar los patrones establecidos
por el maestro escocés. De esta forma, el magisterio de Scott convirtió
a la novela histórica, que ya contaba con varios y ricos antecedentes
en épocas pasadas, en un género literario moderno. Los novelistas
españoles, y lo mismo los dramaturgos, encontraron en la historia,
fundamentalmente la nacional, un inagotable filón de temas y per-
sonajes para sus argumentos. En el caso de la novela, fueron primero
las meras traducciones de Scott; más tarde llegaron las imitaciones; y,
por último, las producciones originales.
Algunos de los títulos más destacados del género serían: Los ban-
dos de Castilla o El caballero del Cisne (1830), de Ramón López Soler; La
3 El Archivo de Navarro Villoslada, conservado hasta fecha reciente por sus bis-
nietos, los Sres. Sendín Pérez-Villamil, en Madrid y Burgos, fue cedido a la Biblioteca
de Humanidades de la Universidad de Navarra, con motivo de la conmemoración en
1995 del Centenario de la muerte del escritor.
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conquista de Valencia por el Cid (1831), de Estanislao de Cosca Vayo;
Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834), de José de Espronceda;
El doncel de don Enrique el Doliente (1834), de Mariano José de Larra; Ni
rey ni Roque (1835), de Patricio de la Escosura; El golpe en vago (1835),
de José García de Villalta; Doña Isabel de Solís (1837), de Francisco
Martínez de la Rosa; El templario y la villana (1840), de Juan Cortada y
Sala; y, en fin, la que ha sido considerada unánimemente por la crítica
como la mejor obra del conjunto, El señor de Bembibre (1844), de En-
rique Gil y Carrasco.
Todas estas novelas —y las tres de Navarro Villoslada— presentan
unas características comunes: localización preferente en una Edad
Media, tópicamente idealizada, cristiana y caballeresca; narrador om-
nisciente, en tercera persona, que trata de crear una sensación de ve-
rosimilitud con frecuentes alusiones a crónicas ficticias; personajes
planos, esquemáticos (los protagonistas suelen ser un héroe y una
heroína, altamente idealizados, que se aman, pero que han de sufrir
la persecución de algún odioso antihéroe); manejo de unas mismas
técnicas y estructuras, y de unos mismos recursos de intriga para
mantener el interés del lector, etc.
La moda de la novela histórica con características románticas si-
guió en los años 50 y 60, en una verdadera avalancha de títulos, debi-
dos especialmente a los autores que escribían por entregas o para los
folletines de las publicaciones periódicas (Ortega y Frías, Parreño y,
sobre todo, Manuel Fernández y González), de mucha menor calidad
literaria4. En cambio, en los 70 el modelo cambiaría, pasando a estar
constituido por los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, que
representan una forma mucho más moderna y realista de entender la
novelización de la historia nacional (no ya la poética Edad Media,
sino una época mucho más cercana al autor, si no contemporánea).
3. ESTUDIO DE DOÑA BLANCA DE NAVARRA
Doña Blanca de Navarra es, junto con Amaya, la obra más conocida
entre nosotros de Navarro Villoslada, precisamente por presentar
unos personajes y unos escenarios navarros, en un momento conflic-
tivo (sobrepasada ya la mitad del siglo XV) de la historia del reino de
Navarra. En efecto, el autor trata aquí novelescamente unos sucesos
históricos ya de por sí altamente dramáticos: la muerte de la Princesa
4 Para el conjunto de la producción de la novela histórica romántica española,
cfr. especialmente el trabajo de Ferreras citado en la Bibliografía.
– IX –
de Viana doña Blanca, fallecida en extrañas circunstancias en 1464, y,
tras un paréntesis temporal de quince años, el corto reinado de su
hermana doña Leonor, Condesa de Foix, que duró solamente quince
días, después de su coronación a finales de enero de 1479.
3.1. Génesis y primeras ediciones
Atraído por la idea de escribir sobre la turbulenta época que vive
Navarra en los años centrales del siglo XV (con el reino dividido por
una cruel guerra civil entre los bandos de agramonteses y beamon-
teses y la presencia, siempre amenazadora, de los tres poderosos
reinos vecinos: Castilla, Aragón y Francia), Navarro Villoslada re-
dactó primero los esbozos de una obra dramática. En el archivo del
autor se conservan varios de esos borradores, que figuran con distin-
tos títulos: Los bandos de Navarra, El Mariscal, Don Felipe de Navarra, La
Penitente… Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el tema brinda-
ba mejores posibilidades para ser tratado en forma de novela.
Así, entre octubre de 1845 y mayo de 1846 fue apareciendo en las
páginas de El Siglo Pintoresco, uno de los periódicos que Navarro Vi-
lloslada dirigía, una novela corta titulada La Princesa de Viana. Más
tarde, de diciembre de 1846 a febrero de 1847, publicó en El Español,
otro periódico de su dirección, una versión corregida de la misma,
ahora con el título de Doña Blanca de Navarra. En ese mismo año de
1846 la novela tuvo dos ediciones, ya en forma de libro (por los edito-
res Gaspar y Roig y Santa Coloma), y una más al año siguiente (Santa
Coloma), con el mismo título de Doña Blanca de Navarra y con nuevas
correcciones, aunque todavía no había alcanzado su extensión defini-
tiva: hasta entonces la novela constaba solo de diecinueve capítulos;
pero después añadió toda una segunda parte, titulada Quince días de
reinado, con treinta nuevos capítulos. En el prólogo de esa edición ín-
tegra (Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1847, «tercera
edición correjida [sic] y aumentada con una segunda parte»5) expli-
caba las razones de la adición:
No es mero capricho, ni exigencia de los editores, ni mucho menos es una
mira de especulación el añadir una segunda parte a la novela que al parecer
termina en los sucesos del castillo de Ortés. Doña Blanca de Navarra y Quince
días de reinado son en verdad dos novelas distintas; pero entrambas se conci-
bieron al mismo tiempo; y si el interés queda cuasi del todo satisfecho en la
5 Esta es la edición de la que se ha realizado el presente facsímil, en concreto del
ejemplar existente en la Biblioteca General de Navarra (Pamplona), signatura 2-4 /
22.
– X –
primera, el pensamiento moral no se desarrolla ni se completa hasta la segun-
da.
En suma, esta es ya la versión definitiva de la novela, que se titula
en conjunto Doña Blanca de Navarra, conservándose el título original
de La Princesa de Viana para la primera parte. Dos años después apa-
recería una nueva edición, Madrid, Gaspar y Roig, 1849, «cuarta edi-
ción corregida y aumentada con la segunda parte intitulada Quince
días de reinado».
El éxito de la primera novela de Navarro Villoslada fue enorme,
como prueban las numerosas ediciones en tan pocos años. Algunas
crónicas contemporáneas señalaron que había alcanzado «un triunfo
literario desconocido hasta hoy entre nosotros». En los años cincuen-
ta, además de alguna otra edición, llegaron las traducciones, al portu-
gués (1853) y al inglés (dos en 1854, en Londres y Nueva York). En
1861 se publicó en un nuevo periódico ligado a Navarro Villoslada, El
Pensamiento Español, y las ediciones siguieron en los años 80 y 90,
siendo también numerosas las del siglo XX, en especial a cargo del
Apostolado de la Prensa.
La obra se resiente, en su versión definitiva, de algunos defectos
motivados precisamente por la forma en que fue redactada, con suce-
sivos añadidos y correcciones. Se ha comentado que la segunda parte
es notablemente inferior a la primera, lo cual es cierto porque —como
señala Simón Díaz— «la prematura desaparición de la protagonista
disminuye el interés, que no puede lograrse por más que se acumulen
intrigas y hechos insólitos»6. Navarro Villoslada añadió toda la se-
gunda parte llevado, sin duda, por el éxito que alcanzó la primera,
pero también por su deseo explícito de completar la enseñanza moral
(la renuncia a la venganza personal de Jimeno, junto con el castigo de
la culpable, doña Leonor). En cualquier caso, hay también momentos
interesantes en Quince días de reinado, como por ejemplo la escena de
la coronación de la reina, de gran sabor arqueológico.
3.2. Argumento
La acción de la novela comienza en Navarra el año 1461. El reino
se encuentra dividido en dos bandos, el de los agramonteses, par-
tidarios de don Juan II, rey de Aragón y de Navarra, y el de los bea-
monteses, que apoyan a la Princesa de Viana, doña Blanca, legítima
6 José Simón Díaz, «Vida y obras de Francisco Navarro Villoslada», Revista de Bi-
bliografía Nacional, VII, 1946, p. 179.
– XI –
heredera de la Corona una vez que ha muerto su hermano Carlos.
Para escapar de sus perseguidores, doña Blanca ha decidido vivir en
la villa de Mendavia, fingiéndose una sencilla labradora, con el nom-
bre de Jimena. Un día, Jimeno (hijo de un judío, que se ha enamorado
de ella y que, por amor, se ha bautizado con ese nombre), contempla
cómo su amada es raptada por los agramonteses. Para tratar de res-
catarla, el judío se convierte en capitán de una partida de bandoleros
tras derrotar en las Bardenas al temible Sancho de Rota. Esperando
encontrar a la villana de Mendavia, rescata a varias cautivas que es-
taban en poder de los bandidos; una de ellas, Inés, queda per-
didamente enamorada de su libertador, pero Jimeno no puede co-
rresponder a este sentimiento, porque su corazón lo llena la fingida
labradora. Pasa el tiempo y, finalmente, Jimeno consigue rescatar a
doña Blanca cuando es enviada hacia el castillo de Orthez7, donde va
a quedar en poder de su ambiciosa hermana doña Leonor, casada con
el Conde de Foix, que desea a toda costa ser reina de Navarra; sin
embargo, por una equivocación —ya que desconoce que la mujer que
ama es la Princesa de Viana—, la lleva precisamente al mismo castillo
adonde la conducían sus enemigos.
Al darse cuenta de su error, intentan escapar ambos con la ayuda
de don Gastón, el hijo de doña Leonor, pero ésta y sus caballeros con-
siguen detenerlos; doña Leonor desarma por completo a Jimeno al
afirmar delante de todos que no es más que el hijo de un judío y,
además, el capitán de una gavilla de ladrones: ningún caballero quie-
re cruzar su espada con él, y no le queda más remedio que huir, aver-
gonzado y confuso. En realidad, Jimeno es hijo bastardo del rey de
Aragón Alfonso V el Magnánimo, pero solo doña Leonor posee los do-
cumentos que acreditan esa identidad. Tras la marcha de Jimeno, la
princesa doña Blanca queda en poder de sus enemigos y, finalmente,
muere envenenada por su propia hermana.
Veamos ahora el argumento de la segunda parte, Quince días de
reinado. Han pasado quince años desde 1464, pero las guerras civiles
siguen siendo el azote del menguado reino de Navarra. Doña Leonor
de Foix, una vez eliminados los dos «obstáculos» que se interponían
en su camino hacia el trono (sus dos hermanos mayores, don Carlos y
doña Blanca), es ya la heredera, aunque mientras vive su padre Juan
II solamente puede ostentar el cargo de gobernadora general o lugar-
teniente del rey. Al morir este en 1479, doña Leonor es coronada, pero
durante la ceremonia una mujer le vaticina que su reinado durará
7 En la novela se escribe siempre Ortés, lo mismo que Fox en lugar de Foix.
– XII –
únicamente quince días. Se trata de Inés, que reaparece ahora como la
penitente de Nuestra Señora de Rocamador, extramuros de Estella:
sigue enamorada de Jimeno, aunque sabe que es el suyo un amor sin
esperanza, y se limita a procurarle toda la ayuda que necesita allí
donde se encuentre por mediación de sus amigos, los judíos. Jimeno
se presenta en esta segunda parte haciéndose llamar don Alfonso de
Castilla, misterioso personaje que se ha convertido en el favorito de la
reina (que, por supuesto, no le reconoce); tiene trazado un plan de
venganza contra doña Leonor que consiste en subministrarle un ve-
neno en dosis tal que venga a fallecer precisamente el día del aniver-
sario de la muerte de doña Blanca. Sin embargo, Inés le convence pa-
ra que desista de esta idea, dejando el castigo en manos de la Provi-
dencia, por lo que Jimeno se limita a hacer sufrir a doña Leonor con
sus continuos desdenes.
En efecto, la reina siente agudísimos celos de Catalina de Beau-
mont, una bella joven a la que don Alfonso ha salvado del incendio
de su castillo, y por la que siente un cariño especial ya que posee la
misma belleza e inocencia que doña Blanca. Doña Leonor, que no tie-
ne inconveniente en eliminar a sus enemigos haciendo uso del ve-
neno, proporciona uno de efecto lento a Catalina. Ésta, que es hija del
Conde de Lerín, caudillo de los beamonteses, no ama a Jimeno, sino a
don Felipe de Navarra, mariscal del reino y cabeza del bando contra-
rio, el agramontés. La rivalidad entre ambas familias parece dismi-
nuir, merced a la tregua firmada para la coronación de la reina, hasta
el punto de prepararse la boda de ambos jóvenes (que supondría la
paz definitiva), pero una confusión —relativa a la entrega de unos
castillos— hace que se enconen los viejos odios, y el padre de Catali-
na mata a don Felipe. Entonces Catalina, que no desea ya vivir, arroja
al suelo el frasco que le traen con el contraveneno; no obstante, logra
salvarse gracias a un nuevo antídoto que le da Inés. Mientras tanto,
van pasando los quince días de reinado vaticinados a doña Leonor y
ésta, sintiéndose cada vez peor, fallece, de muerte natural —castigada
por Dios—, en la fecha para la que había sido emplazada. Inés y Cata-
lina ingresan en un convento y Jimeno parte a pelear en la guerra de
Granada.
3.3. Historia y ficción
Una novela histórica se construye con una mezcla de elementos
ficticios y de elementos históricos: las proporciones serán en cada ca-
so distintas, pero en todas ellas cierto segmento de la historia nove-
– XIII –
lesca se identificará con cierto segmento de la historia real. Por su-
puesto, el resultado final de esa mezcla será siempre una obra perte-
neciente a la Literatura, no a la Historia; en consecuencia, al novelista
histórico no se le ha de pedir el mismo rigor científico que al historia-
dor. Ahora bien, si el novelista es mínimamente riguroso —y Navarro
Villoslada lo es en alto grado—, puede llegar a transmitir con su no-
velas, no solo el placer estético de una obra de ficción, sino además
una visión acertada de aquella época en la que ha situado su acción.
Es decir, puede proporcionar al lector ciertos conocimientos históri-
cos (la historia es maestra de la vida, según acuñación clásica), y ani-
marle quizá a un mejor conocimiento de los hechos del pasado, sir-
viéndole de acicate para acudir a fuentes historiográficas.
3.3.1. El fondo histórico
Como suele ser habitual, en esta novela los datos históricos esen-
ciales se acumulan en los primeros capítulos, donde se ofrece un cua-
dro panorámico de la época para que el lector pueda hacerse una idea
general de la misma y situar correctamente a los personajes. El marco
histórico es aquí la guerra entre los bandos navarros de beamonteses
(partidarios del Príncipe de Viana, Carlos, y luego de su hermana do-
ña Blanca) y agramonteses (que apoyaron a Juan II, rey de Aragón), y
ya desde la primera página del libro se alude a «las guerras intestinas
en que estaba ardiendo a la sazón el reino de Navarra». Carlos, nieto
de Carlos III el Noble, era el legítimo heredero al trono navarro al mo-
rir su madre doña Blanca; pero ésta, en una cláusula de su testamen-
to, dejó estipulado que no se proclamase rey sin contar con el permiso
de su padre; en vista de que don Juan II retuvo injustamente en su
poder el reino, incluso después de sus segundas nupcias con Juana
Enríquez, el joven Príncipe de Viana hubo de debatirse entre el respe-
to filial y sus evidentes derechos, optando finalmente por el alza-
miento armado. Carlos contó con el apoyo de los castellanos, intere-
sados en el enfrentamiento entre padre e hijo, lo que contribuyó a que
las discordias se prolongasen en Navarra durante cuarenta años.
Los beamonteses, que proclamaron rey a don Carlos, estaban en-
cabezados por don Luis de Beaumont, Conde de Lerín. Su gran rival,
cabeza del bando agramontés, era mosén Pierres de Peralta (el Joven),
Condestable de Navarra, vasallo del rey don Juan. En la novela, se
menciona la muerte del Príncipe de Viana, envenenado por orden de
su madrastra y de su hermana doña Leonor. Todo esto es, más o me-
nos, histórico: hoy en día parece probado que don Carlos murió de
– XIV –
muerte natural, enfermo de tuberculosis; pero su muerte fue cuando
menos sospechosa y durante mucho tiempo se especuló con su posi-
ble envenenamiento; algunos historiadores acogieron la idea y, por
tanto, no tiene nada de extraño que Navarro Villoslada aprovechase
para su obra la versión más dramática y novelesca.
La muerte del Príncipe de Viana aparece aludida varias veces en la
novela, pero el núcleo central del argumento lo constituye el fin de su
hermana doña Blanca, heredera del título, de los derechos a la Corona
navarra y también de las desgracias de don Carlos. La princesa doña
Blanca fue enviada por su padre, Juan II, al castillo de Orthez, en el
Bearn, en abril de 1462 con la excusa de que allí se concertaría su bo-
da con el Duque de Berry, hermano del rey de Francia. Se trataba en
realidad de todo lo contrario: de que permaneciese en poder de los
Condes de Foix, don Gastón IV y doña Leonor, para que no pudiese
contraer matrimonio, pues, siendo entonces ella la legítima heredera
del trono, la descendencia que hubiese podido tener sería un obstácu-
lo para los planes de don Juan. En la realidad, antes de su traslado a
Francia doña Blanca permaneció recluida en varios castillos; en la no-
vela, Navarro Villoslada finge la poco verosímil circunstancia de que
la princesa ha decidido vivir en Mendavia disfrazada de labradora.
También añade el autor el lance novelesco que supone su liberación
temporal por parte de Jimeno. Doña Blanca vivió dos años encerrada
en Orthez, para morir el 2 de diciembre de 1464; en cambio, el nove-
lista sitúa su muerte a los pocos días de su llegada, concentrando
temporalmente todos los acontecimientos de la novela, lo que sin du-
da proporciona mayor dramatismo a la acción.
Al comenzar la segunda parte se ha producido un salto temporal,
y la acción se sitúa en el año 1479. Doña Leonor es reina gobernadora,
pues su padre se sigue titulando rey de Aragón y de Navarra. La si-
tuación de guerra civil se mantiene: el Conde de Lerín continúa sien-
do el caudillo del bando beamontés, en tanto que mosén Pierres de
Peralta y don Felipe de Navarra, mariscal del reino, encabezan el de
los agramonteses. El segmento histórico más importante de esta se-
gunda parte se corresponde con la coronación de la reina doña Leo-
nor de Navarra, verificada el 28 de enero de 1479, tras la muerte en
Barcelona de don Juan II, y su corto reinado, pues murió el 12 de fe-
brero. Navarro Villoslada respeta esas dos fechas históricas, pero
cambia el lugar de la coronación, que no se verificó en Estella, sino en
Tudela; además, hace coincidir la muerte de doña Leonor con el
aniversario de la muerte de la Princesa de Viana, cosa que no se co-
rresponde exactamente con la realidad histórica si damos por buena
– XV –
la fecha de 2 de diciembre de 1464 para el fallecimiento de doña Blan-
ca.
Existen alusiones a muchos otros sucesos y personajes históricos
que van salpicando las páginas de la novela: el matrimonio de doña
Blanca con don Enrique de Castilla, Príncipe de Asturias (el futuro
Enrique IV); la boda de doña Magdalena, hermana del rey francés
Luis XI, con el joven Gastón de Foix, y la muerte de este en un torneo
celebrado en Liburne; la paz alcanzada en Cataluña, con el nombra-
miento del hijo de don Juan II, Fernando (con el tiempo el Católico)
como Príncipe de Gerona; la sorpresa de Pamplona, ocurrida en 1471;
el matrimonio del Conde de Lerín con una hija natural de don Juan II;
la excomunión de mosén Pierres de Peralta por haber dado muerte al
Obispo de Pamplona don Nicolás de Chávarri; el asesinato de Felipe
de Navarra a manos del Conde de Lerín, etc. Son datos que refuerzan
el fondo histórico de la novela, aun sin ser la parte principal de la
misma, pequeñas noticias que van esmaltando la narración y que con-
tribuyen a dar al conjunto un aire de verosimilitud.
Por otra parte, al final de la obra, en unas páginas que funcionan
como epílogo, se mencionan los sucesos históricos posteriores relati-
vos al reino de Navarra, que culminarían con la pérdida de su secular
independencia: la muerte de Francisco Febo, el reinado de Catalina
de Foix y Juan de Albret y la conquista del reino por las tropas de
Fernando el Católico al mando del Duque de Alba, con la consiguiente
incorporación a la Corona de Castilla8.
3.3.2. La reconstrucción arqueológica
Llamo reconstrucción arqueológica al trabajo llevado a cabo por el
novelista para conseguir una acertada ambientación en lo que se re-
fiere a la descripción de costumbres, instituciones, armas, mobiliario,
etc. de la época novelada. El «color local» así conseguido contribuye,
igual que la mención de hechos históricos que acabo de comentar, a
aumentar la veracidad de la novela histórica.
La preocupación arqueológica de Navarro Villoslada es muy seria
y la apreciamos, por ejemplo, en la minuciosa descripción de los ves-
8 Las últimas palabras de la novela son: «Pero de estos sucesos hablaremos, con
el favor de Dios, en otra obra». Navarro Villoslada quiso, en efecto, redactar otra no-
vela histórica sobre la conquista de Navarra, que no llegó a culminar, pero de la que
se conservan distintas versiones en su archivo bajó el epígrafe común de Pedro Ramí-
rez.
– XVI –
tidos de los personajes. El autor puntualiza siempre calidades y mate-
riales: por ejemplo, doña Leonor viste de brocado azul y manto, y
más tarde su luto consiste en «un ligero y gracioso tocado de gasa ne-
gra con azabaches, que le bajaban muy cerca del cuello»; unos caba-
lleros llevan «finas telas de lana y de brocado»; don Alfonso da al le-
proso «un gabán de riquísimo brocado, con vueltas y forro de piel de
nutria»; un personaje se toca con «gorra milanesa»; las botas de otro
son «de cordobán»; un tercero viste «un ropón de lana burda con ca-
pucha». Véase esta completa descripción del traje de don Alfonso:
Traía un traje corto de brocado carmesí, un gabán airoso de paño negro fo-
rrado de pieles de armiño, que volvían en ancho cuello por la espalda hasta
terminar en punta por delante, y del tahalí encarnado pendiente una espada
corta con rica empuñadura. Derribábanse las negras melenas de un bonete
con vueltas de escarlata, que formaba en medio un pequeño pico, en el cual
brillaba un cintillo de piedras.
Las armas también son descritas con detalle: se alude a la costum-
bre de colocar motes o divisas en los escudos, se habla de las insignias
de las órdenes del Lebrel Blanco y de la Buena Fe, instituidas por Car-
los III, o se mencionan detalles heráldicos a propósito de los escudos
del Conde de Foix y del de Lerín. La descripción de la armadura de
don Alfonso es de lo más minuciosa, pues se enumeran prácticamen-
te todas sus piezas:
Era completa su armadura. Tenía celada, y no borgoñona, sino entera; go-
la, peto con ristre y espaldar; escarcelas y quijotes; brazales, guanteletes, espa-
da sin guarda desde la cruz al pomo, para que sirviese como manopla, puñal
y daga. Fuera del caballo, del escudo y de la lanza, que tal vez había dejado en
la portería del convento, tenía todas las piezas que los fueros exigían al infan-
zón que recibiese gajes del rey por mesnadero.
Respecto al mobiliario, sabemos que el salón del Conde de Lerín
tiene «bancos y sillones de encina» y un «sillón de vaqueta»; se habla
también de «un sitial de ébano, con todo primor tallado» o de «un
hermoso libro de vitela matizado de prolijas y delicadas miniaturas»;
se describe una «litera morisca de primorosos dorados y celosías» de
Catalina… El narrador introduce muchos otros detalles sobre la deco-
ración de los salones del castillo de Orthez, sobre la habitación del
monje cronista y la de la penitente o sobre el gabinete de Leonor.
De gran sabor arqueológico es toda la escena del capítulo VIII de
la segunda parte, correspondiente a la coronación de doña Leonor: se
describen las calles de Estella adornadas para la ocasión; la composi-
ción de las Cortes navarras, con sus tres brazos (el eclesiástico, el no-
biliario y el de las «buenas villas»); el juramento de los fueros de Na-
varra que deben pronunciar los reyes para ser reconocidos como ta-
– XVII –
les, así como el que hacen a su vez los tres brazos del reino; y el alza-
miento sobre el pavés de la reina. La minuciosidad del autor llega
hasta el extremo de mencionar detalles mínimos, como el de que el
fuero exige que el nuevo monarca derrame moneda nueva con su
busto y nombre.
La misma preocupación se nota también en el empleo de palabras
más o menos técnicas correspondientes a diversas realidades de la
época, como la moneda, los oficios y las instituciones jurídicas: corna-
dos, florines de oro, archeros, heraldos, farautes, collazos, pecheros, prebostes,
maestre-hostal (así era llamado el mayordomo de palacio), clérigos de
botillería No es que todos estos detalles señalados proporcionen
más calidad a una novela histórica; al contrario, para muchos críticos
la acumulación de todos estos elementos supone una rémora que di-
ficulta el avance de la acción novelesca propiamente dicha. Así suce-
de, ciertamente, cuando una acumulación documental indebida, por
lo excesivo, llega a ahogar la parte puramente ficticia de la novela; sin
embargo, cuando su proporción es adecuada, como en el caso de Na-
varro Villoslada, sirve para demostar la preocupación del novelista
histórico, que no desea aminorar la sensación de veracidad de sus
producciones descuidando o despreocupándose por completo de este
aspecto.
3.3.3. Fuentes históricas consultadas por el autor
Por un lado están las que aparecen mencionadas en las notas de la
propia novela que el autor introduce: el Diccionario de Antigüedades del
Reino de Navarra, de Yanguas y Miranda; el Epítome de los Anales de
Navarra, de Moret y Alesón; la Histoire des races maudites, de Michel; y
algunos documentos tomados del Archivo de la Cámara de Comptos,
en Pamplona. Por otra parte, contamos con la información que arroja
el archivo del autor, donde se conservan las fichas elaboradas y los
resúmenes redactados por él en su tarea de documentación sobre
aquella época: en efecto, se conservan cuartillas con notas sobre
«Blanca, Princesa de Viana. Cronología», «Noticias curiosas de cos-
tumbres y usos del siglo XV», «Navarra. Cronología. 1464», «Matri-
monios», «Damas», «Robos», «Condado de Lerín», «Formalidades del
Fuero para la coronación de los reyes», y otras sobre los bandos de
agramonteses y beamonteses, mosén Pierres de Peralta, el rey don
Juan II de Aragón, Carlos, Príncipe de Viana, Carlos de Artieda, San-
cho de Erviti, etc.
– XVIII –
3.4. El narrador
El narrador de Doña Blanca de Navarra es muy sencillo, similar al
que aparece en las demás novelas históricas del Romanticismo espa-
ñol: se trata de un narrador omnisciente (conoce todos los pensamien-
tos y anhelos de sus personajes), en tercera persona, situado fuera de
la historia narrada y que, además, se encarga de mostrar su lejanía
respecto a ella9. Es un narrador que maneja todos los hilos de la na-
rración, dejando muy poco margen de maniobra al lector, al que se lo
da todo hecho, con un escaso margen para la interpretación o re-
creación personal: él da o quita la palabra a los personajes, remite de
un capítulo a otro, introduce digresiones y afirmaciones generales,
añade notas para indicar que algún dato o detalle es histórico, nos
ofrece resúmenes de la situación histórica o novelesca, se encarga de
organizar el relato cuando el interés está en dos puntos distintos y
hasta juzga los hechos y personajes que va describiendo. No debemos
olvidar que, a la altura de los años 40 de la pasada centuria, la novela,
como género narrativo moderno, se encontraba todavía en un estado
incipiente y el público lector no estaba acostumbrado todavía —no
podía estarlo— a mayores audacias narrativas.
La presentación de los acontecimientos en la estructura general de
la novela es lineal, siguiendo por lo común el orden cronológico de
los mismos: rapto de la princesa doña Blanca (año 1461), liberación,
nueva captura, prisión y muerte (año 1464), coronación y quince días
de reinado de doña Leonor (año 1479). No obstante, sí que existen
algunos casos de «flash-back» o vuelta atrás, es decir, determinados
episodios que no se cuentan en el lugar que cronológicamente les co-
rrespondería, sino más avanzado el discurso narrativo. El caso más
significativo es el que se produce en el capítulo XVIII de la segunda
parte, tal como indica su título: «Que debía dar comienzo a la segun-
da parte de esta crónica, por cuanto en él se toman los sucesos desde
el fin de la primera»; en efecto, ahí se relata todo lo referente a Inés y
a Jimeno durante los quince años que median entre el fin de la prime-
ra parte y el comienzo de la segunda. También se rompe en ocasiones
el desarrollo lineal de la trama novelesca con la introducción de histo-
rias secundarias intercaladas en el relato principal, ya sea para apor-
tar diversos datos sobre los personajes, ya se trate de sucesos relacio-
nados indirectamente con los mismos; así, la historia de Raquel rela-
tada por Inés a Jimeno; la contada por el Marqués de Cortes, que nos
9 Sobre el narrador de Doña Blanca de Navarra, véanse los trabajos de Bergquist y
Rubio citados en la Bibliografía.
– XIX –
pone sobre la pista de la verdadera identidad de Jimeno, completada
luego por el relato de Raquel; o la de don Pedro de Navarra, el padre
de don Felipe, asesinado a traición en la sorpresa de Pamplona.
He dicho que el narrador controla todos los resortes del relato. Su
presencia organizativa aparece denunciada por la frecuente inclusión
de muletillas del tipo: «preciso es confesar», «dijimos en el penúltimo
capítulo», etc. Son también muy frecuentes sus apelaciones al lector,
al que se dirige con expresiones del siguiente jaez: «rogamos al lector
que se haga cargo», «quizá no haya olvidado el lector», «el lector ya
sabe la verdad», «debemos advertir al lector», «como supondrán
nuestros lectores», «figúrese el lector»… Estas llamadas cómplices a
su atención se reiteran con gran frecuencia, no solo en el texto de los
capítulos, sino también en los títulos de algunos de ellos: «De cómo
Jimeno dio muchos pasos en balde para averiguar lo que irá sabiendo
el curioso lector sin necesidad de mover un pie» (parte I, cap. II);
«Que parece inútil […]. Se publica, sin embargo, para el que quiera
leerlo» (parte II, cap. XXX).
El narrador marca su lejanía con relación a los acontecimientos na-
rrados por medio de comentarios que constituyen claras alusiones a
situaciones o hechos contemporáneos del autor. Por ejemplo, estable-
ce paralelismos o semejanzas entre aspectos del pasado con otros del
presente; en tales casos, muestra preferencia por la elección de térmi-
nos de comparación pertenecientes al terreno de la política o del pe-
riodismo, dos actividades que resultaban bien conocidas para Nava-
rro Villoslada y en las que llegaría a ocupar puestos destacados:
Los cronistas de antaño venían a ser lo que los periodistas de hogaño: cu-
riosos, observadores y muy dados a las ciencias cronológicas y chismográfi-
cas.
Pero los taquígrafos de aquellos tiempos, como los de ahora, sabían ex-
tractar en dos líneas las oraciones más largas y mejor decoradas, y he aquí el
brevísimo resumen que nos han dejado del discurso de la reina doña Leonor.
En ocasiones, el narrador introduce comentarios de carácter gene-
ral, extraídos a partir de un hecho particular relativo a alguno de los
personajes; suele tratarse de afirmaciones que encierran una enseñan-
za de tipo moral, de acuerdo con el ideario hondamente cristiano del
autor:
Es admirable la facilidad que tiene el hombre para formar propósitos, y
más siendo malos, como es igualmente maravillosa la dificultad de cumplir-
los, y sobre todo cuando son buenos y confía en sus propias fuerzas.
Un último elemento, muy importante, que no se puede pasar por
alto al hablar del narrador es la superchería de las crónicas, que apa-
– XX –
rece con frecuencia —aunque no explotado con tanta intensidad co-
mo en Doña Blanca de Navarra— en otras novelas: el narrador, para
aumentar de algún modo la sensación de verosimilitud, finge seguir
diversas crónicas, por supuesto ficticias. Aquí se presenta incluso co-
mo historiador, siendo la obra que leemos una supuesta crónica. Para
escribir la primera parte de esta «historia», el narrador dice manejar
varios manuscritos, en particular unos de un monje de Irache, el Pa-
dre Abarca, que se caracteriza por su supersticiosa credulidad en fan-
tasmas y seres sobrenaturales (circunstancia que permitirá a Navarro
Villoslada introducir abundantes rasgos de humor). Y en la segunda
parte de la novela se incluye como personaje de ficción al propio
monje cronista de Irache, tal como anuncia el título de su primer capí-
tulo: «Entra el lector en relaciones con un santo varón, a quien sólo
conoce por sus escritos». El Padre Abarca actuará como intermediario
elegido por la reina doña Leonor para pacificar los bandos, y su pre-
sencia dentro de la novela supondrá que el narrador tenga que aban-
donar su crónica, supuestamente utilizada hasta entonces:
Pues que vamos a referir sucesos lastimosos, comenzaremos participando
a nuestros lectores una noticia que, si ha de producirles la misma impresión
que a nosotros, a no dudarlo debe ser muy desagradable. Fáltanos aquella cla-
rísima antorcha que nos iluminaba en los más tortuosos y recónditos pasajes
de la historia, aquel faro que nos servía para dirigir nuestro incierto rumbo,
aquel cicerone que nos contaba los pormenores más minuciosos, las anécdotas
más simples, los más estupendos milagros y diabólicas brujerías con aquella
sencillez patriarcal, con aquella credulidad infantil, con aquel rubor virginal
que más de una vez ha excitado nuestro asombro; en una palabra: no existe ya
la crónica del fraile de Irache; su narración concluye precisamente en donde la
nuestra comienza, en el mismo día, en la misma hora.
3.5. Los personajes
Todos los personajes de la novela son tipos planos, de un solo tra-
zo. En efecto, en estas obras los análisis psicológicos no suelen ser
muy profundos; el universo novelesco se divide de forma maniquea
en dos grupos claramente diferenciados: los buenos son muy buenos,
y los malos muy malos. Además, casi todos los personajes están do-
tados de una notable carga simbólica: doña Blanca y su trasunto Cata-
lina simbolizan la inocencia, el candor, la pureza; Jimeno, la nobleza;
Inés, la resignación cristiana; Leonor, la perfidia y, en otro plano, el
amor maternal; el Conde de Lerín, la astucia, etc.
Con los personajes históricos como doña Blanca, doña Leonor, su
hijo Gastón, mosén Pierres de Peralta, Luis de Beaumont o Felipe de
Navarra —por citar solamente los principales—, se mezclan en la no-
– XXI –
vela los personajes ficticios: Jimeno, Inés, Chafarote, etc. Los primeros
suponen una especie de pie forzado para el autor, dado que su carác-
ter resulta conocido por otras fuentes y el novelista no puede modifi-
carlo a su antojo, si quiere resultar creíble. Por el contrario, es la pre-
sencia de los personajes ficticios la que le permite introducir los prin-
cipales episodios y sucesos de su invención.
Doña Blanca de Navarra, que da título a la obra, es el principal
personaje (aunque muere al final de la primera parte, en la segunda
está siempre presente en el recuerdo de los demás). Se nos presenta
como una mujer hermosa, de angelical belleza, de mirada dulce y
bondadosa, inocente, cándida, delicada y pudorosa, con un carácter
melancólico por los infortunios que sufre y las injustas persecuciones
que padece. Enamorada de Jimeno, le ama igual como sencilla villana
que como heredera del trono. Su gran bondad queda de manifiesto al
perdonar de corazón a su hermana Leonor, que la ha envenenado, y
al solicitar a Jimeno que ame a su rival, Inés. En definitiva, el autor la
pinta en todo momento como un «ángel de bondad».
Jimeno es el protagonista masculino: tímido y apocado, su carácter
se transforma cuando la mujer que ama es secuestrada, convirtiéndo-
se en un valiente guerrero, jefe de los bandoleros de las Bardenas
primero y luego capitán de aventureros al servicio del rey. También
él aparece altamente idealizado: en el carácter de este joven de rostro
dulce y hermoso se acumulan las notas de valor, gentileza, apostura,
gallardía, honradez, valentía, magnanimidad… La nobleza de sus ac-
tos es reconocida en distintas ocasiones, en particular por las dos mu-
jeres que le quieren: «Si no sois hidalgo por la cuna, lo sois por vues-
tras virtudes», le dice Inés; «¡La nobleza de tu alma suple con creces
la que pueda faltarte por tu cuna!», comenta doña Blanca. Hay algo
de quijotesco en Jimeno, sobre todo en la escena en que libera a doña
Blanca; no en balde le llama mosén Pierres «el buen paladín, desface-
dor de entuertos». En la segunda parte reaparece con el nombre de
don Alfonso de Castilla y el ánimo cambiado, ahora más siniestro:
sigue siendo noble y bizarro, pero con algo de diabólico en sus pala-
bras y en sus intenciones, como muestra el maquiavélico plan de
venganza que ha concebido para castigar a doña Leonor. En suma,
Jimeno es el típico héroe romántico enfrentado con un mundo hostil
que le impide ver realizados sus anhelos y esperanzas, en concreto,
su amor por doña Blanca.
Inés de Aguilar es un personaje femenino característico en las
obras de Navarro Villoslada: ella encarna la generosidad, la resigna-
– XXII –
ción y la caridad cristianas, el sacrificio para conseguir la felicidad del
ser amado, aunque para ello tenga que renunciar a todos sus sueños;
de ahí las notas de melancolía que adornan su carácter. Igual que do-
ña Blanca, es otro «ángel de bondad»: salva la vida de su rival, la mu-
jer que ama Jimeno; es más, haciendo un «sublime esfuerzo de abne-
gación» le pide a este que ame a la reina de Navarra como amó a la
villana de Mendavia. Desde ese momento la joven solo vive para pro-
teger a cada instante, como un ángel custodio, a su amado, que tantas
veces la ha desdeñado: «Me verás a tu lado cuando todos huyan de ti,
y me verás huir de ti cuando tengas quien te consuele»; «Nunca te
abandonaré mientras te vea solo», le recuerda. En la segunda parte,
reaparece como la penitente de la Virgen de Rocamador, y sigue
siendo la misma mujer que besa la mano que le hiere. Estas palabras
suyas revelan perfectamente el carácter cristiano con que quiso dotar
Navarro Villoslada a este personaje:
—Yo he nacido para velar por ti y para sufrir por ti. Dios ha puesto en mi
corazón una llama de amor puro, santo, cristiano, la llama de la caridad, que
no se extingue, y en el tuyo una ingratitud que nunca cede; mi destino es
amarte, y el tuyo hacerme padecer. Yo no me quejo, yo me resigno. ¡Dichosa
yo si las penas que hoy he sufrido pueden proporcionarte satisfacciones tan
completas como las que hoy has experimentado!
Inés, con su «alma buena y generosa», constituye, pues, una per-
sonificación de la caridad cristiana: «En la cruz podemos abrazarnos
y amarnos todos», comentará. Tras perdonar a doña Leonor, que la
ha calumniado, y tras salvarla al convencer a Jimeno para que desista
de su plan de envenenarla, se retira a la paz de un convento (solución
frecuente para otras heroínas románticas).
Doña Leonor representa el reverso de la moneda: si doña Blanca,
Jimeno e Inés eran los personajes positivos, la Condesa de Foix es la
malvada de la novela; su carácter está descrito con tintas muy negras,
y el narrador se encarga de juzgar al personaje, caracterizándolo de
manera odiosa, como un verdadero «genio del mal»: es una «tigre
indómita y rabiosa», con «ojos de basilisco», caracterizada por su «sa-
crílega perversidad», su «hipócrita insolencia» y su «refinada hipo-
cresía». Doña Leonor tiene la ambición de reinar y para lograrlo no
vacila en asesinar a sus dos hermanos mayores. Personaje siniestro
marcado por su doblez, sus criminales impulsos serán finalmente cas-
tigados por la Divina Providencia: consigue su objetivo de ser coro-
nada reina de Navarra, pero su reinado no dura más que quince días;
la maldad y el crimen, según exige la justicia poética, no podían que-
dar impunes, si se quería completar la enseñanza moral de la obra.
– XXIII –
Don Felipe de Navarra y doña Catalina de Beaumont son otros
dos personajes idealizados: si él es «el más apuesto caballero de Na-
varra», ella «la más hermosa doncella de la tierra». Catalina, nacida el
mismo día de la muerte de doña Blanca, ha heredado todas las virtu-
des de la princesa; es, en efecto, «un ángel de pureza y candor», «una
niña de quince años, blanca, dulce, risueña, sencilla de aspecto como
sencilla de corazón» que trata de apaciguar entre el pueblo los renco-
res producidos por la guerra de bandos. En cuanto a don Felipe, sim-
plemente añadiré que posee las mismas virtudes que Jimeno: nobleza,
bondad, valor, bizarría…
Otro personaje con cierta importancia es el simpático Juan Marín,
alias Chafarote. El leal y bonachón escudero de Jimeno, buen amigo
del comer y del beber, constituye una figura sanchopancesca muy
repetida en toda la novela histórica romántica española. En la segun-
da parte lo encontramos convertido en el hermano Juan, el ermitaño
lego que acompaña a Inés; pero el narrador nos informa de que sus
penitencias «no excluían los buenos bocados». Cuando tiene que pa-
sar una noche de invierno al aire libre y sin probar ningún alimento
se queja a la penitente con estas graciosas palabras:
¡Ermitaño soy yo, voto a cribas, y me pinto solo para rezar; pero, señora,
con buenos bocados y mejores tragos!… Para nada se necesita comer más y
mejor que para hacer penitencia.
En la novela existen otros muchos personajes, algunos bien carac-
terizados dentro de su tipicidad: don Luis de Beaumont, Conde de
Lerín y caudillo del bando beamontés, «hombre escéptico y frío» que
se singulariza por su talento, sagacidad y audacia; su rival, mosén
Pierres de Peralta, cabeza del bando agramontés, también ambicioso
y «ancho de mangas en achaques de conciencia»; el fraile de Irache, el
Padre Abarca, notable por su temor supersticioso y su profundo anti-
semitismo; Sancho de Rota, el famoso bandido de las Bardenas, que
aparece marginalmente en el capítulo III de la primera parte; don
Gastón de Foix, el hijo de doña Leonor, que tendrá que debatirse en-
tre sus pasiones (el amor, los celos) y sus deberes (la amistad, la hos-
pitalidad); la judía Raquel, que pasa entre los cristianos por bruja y
hechicera; o Jehú, el avaricioso médico judío de la reina doña Leonor.
3.6. Técnicas estructurales
Para mantener el interés de la acción y, por consiguiente, la aten-
ción del lector, Navarro Villoslada maneja algunos recursos de intriga
y una serie de elementos de tipo folletinesco o dramático similares a
– XXIV –
los utilizados en otras novelas históricas del momento. Esos recursos
pueden agruparse en diversas categorías:
3.6.1. La ocultación de la verdadera identidad de algún personaje
Ya he señalado que, al comienzo de la novela, la princesa doña
Blanca de Navarra aparece como una simple labradora llamada Jime-
na para eludir la persecución de sus enemigos. Esta ocultación dura
muy poco tiempo, al menos de cara al lector, pues muy pronto, en el
primer capítulo, se nos dice quién es ella realmente. Pero no todos los
personajes de la novela lo saben; precisamente por ignorar su verda-
dera personalidad la conduce Jimeno al castillo de sus enemigos; por
la misma razón, su sobrino Gastón se enamora súbitamente de ella al
verla.
También en la primera parte existe un misterio con relación a la
identidad de Jimeno, que no desciende del judío Samuel, sino que es
un noble de alta cuna, hijo natural del rey Alfonso el Magnánimo. Muy
pronto el narrador va ofreciendo algunas pistas sobre su verdadera
identidad; pero, además, el joven tiene una peculiar cicatriz en el bra-
zo por la que puede ser reconocido, sin olvidar tampoco la existencia
de unos documentos que prueban su elevado nacimiento, en poder
de doña Leonor. En la segunda parte, Jimeno reaparece como el caba-
llero don Alfonso de Castilla, convertido ahora en el favorito desde-
ñoso de doña Leonor; se trata, según nos informa el narrador, de un
«personaje incomprensible y misterioso» que se hace llamar por dis-
tintos nombres y que consigue mantener el incógnito gracias a «la
armadura que le hacía completamente desconocido». Aunque los lec-
tores lo adivinamos pronto, los personajes ignoran hasta el final su
identidad.
3.6.2. Uso de disfraces
Es un recurso relacionado con lo visto en el apartado anterior.
Aparte del disfraz de villana que viste doña Blanca en Mendavia, po-
demos mencionar los siguientes casos: Jimeno se apropia del traje de
Chafarote para entrar en las filas de los bandidos de las Bardenas; los
beamonteses atacan al ejército de don Gastón de Foix disfrazados de
bandidos; doña Blanca es llevada al castillo de Orthez en hábito de
religiosa de la orden de San Benito; el Conde de Lerín acude al Bearn
disfrazado de montañés para tratar de salvar a la princesa; y Chafaro-
te se disfraza de guardia para poder hablar con Jimeno, prisionero en
Estella.
– XXV –
3.6.3. Empleo de prendas y objetos simbólicos
Cabe mencionar el anillo que doña Leonor da a Jimeno, confun-
diéndolo con uno de sus soldados, Garcés; la sortija es importante
porque permite a su portador entrar y salir sin impedimentos del cas-
tillo de Orthez. Otro objeto destacado, a este respecto, es la daga con
que se mató al padre de don Felipe; al cometerse el asesinato, el arma
quedó partida en dos mitades, y el hijo de la víctima conservó la parte
de la hoja; finalmente, y tras muchas vicisitudes, la parte de la empu-
ñadura llega a su poder: las dos partes encajan y, gracias al escudo
grabado en el puño, don Felipe puede identificar al agresor, que es el
Conde de Lerín.
3.6.4. Obstáculos para el amor de los amantes
Un motivo habitual en la novela romántica suele ser la distancia
social que separa a los protagonistas, aquí a Jimeno y Blanca, una
reina y, supuestamente, el hijo de un judío:
¡Ay! Entre la Princesa de Viana y el hijo de Samuel, entre la heredera del
trono, entre la legítima señora de Navarra y el antiguo salteador de caminos,
había la misma distancia que entre la luz y las tinieblas, la vida y la muerte, el
polvo y las estrellas.
Caso similar, aunque no idéntico, es el de don Felipe de Navarra y
doña Catalina de Beaumont, que pertenecen a grupos rivales en la
guerra; en esta ocasión, no es solo que sus respectivas familias enca-
becen los bandos de agramonteses y beamonteses; ocurre además que
el padre de Catalina, el Conde de Lerín, es el asesino del padre de
don Felipe. A pesar de todas las dificultades —y es otra estructura
repetida—, el matrimonio de los jóvenes se plantea como una posible
solución para acabar con la guerra entre los bandos que dividen el
reino; pero al final no puede verificarse porque el novio es asesinado
por el padre de su prometida, por una confusión en la entrega de
unos castillos, requisito que se contemplaba en los contratos de boda
(cfr. el cap. XXVI de la segunda parte).
3.6.5. Incidentes dramáticos relacionados con el fuego
De gran interés novelesco es el incendio del castillo de Lerín, que
pone en peligro la vida de la joven Catalina; su habitación cae justa-
mente encima de la leñera, como sucede con la de Frente de Buey en
el incendio de Torquilstone, en Ivanhoe. Aquí se desconoce la identi-
dad del autor del incendio y, sobre todo, de la persona que ha resca-
– XXVI –
tado a la joven: se duda si ha sido don Felipe o don Alfonso, circuns-
tancia que despertará los celos de doña Leonor; en realidad, los dos
contribuyeron a su salvación: uno, sacándola de la habitación que ya
estaba envuelta en llamas; y el otro, dándole los primeros auxilios
gracias a sus conocimientos médicos.
3.6.6. Elementos de superstición
El narrador de Doña Blanca de Navarra califica al vulgo de supersti-
cioso y crédulo ante cualquier circunstancia o hecho de difícil expli-
cación racional; así, se nos dice que la imaginación de las gentes esta-
ba «harto inclinada a lo maravilloso en aquellos siglos»; y se comenta
que tras la muerte de don Carlos y doña Blanca los catalanes llegaron
a creer «de una manera positiva» que sus almas en pena vagaban de
noche por las calles de Barcelona «arrastrando luengos sudarios y
clamando por la venganza con siniestras y profundas voces». Aparte
de en el carácter del Padre Abarca o en el temor con que es reveren-
ciada la penitente Inés, la superstición de la época queda muy bien
reflejada en el episodio en que Chafarote «cura» la lepra a su amo
(cfr. el título del capítulo III de la segunda parte: «De cómo Chafarote
curaba la lepra por milagro a los que no la tenían»). No falta tampoco
en la novela la figura de la maga o hechicera, tan frecuente en este
tipo de obras. Se trata en este caso de la supuesta tía de Jimeno, la an-
ciana judía Raquel, que pasa entre los cristianos por hechicera; en
realidad no lo es, pero ella deja que siga la creencia para ser más res-
petada. Otro personaje al que rodea la superstición es eldico judío
Jehú, que muere atrapado junto a sus tesoros, tras sufrir un espantoso
delirio; después de su extraña desaparición, nadie se atreve a acercar-
se a su laboratorio.
3.6.7. Utilización de venenos
Recurso muy utilizado en esta novela, y muy del gusto romántico,
es el empleo de venenos. Altamente dramático resulta, por ejemplo,
el final de la primera parte, cuando doña Blanca muere envenenada
por su propia hermana: para sellar su amistad, ambas van a beber de
la misma copa; lo hace primero Leonor y, mientras Blanca le pide
perdón por haber pensado que quizá la quería envenenar, vierte di-
simuladamente en la copa el veneno contenido en uno de sus anillos
(el lector asiste como espectador impotente a esta escena, plena de
ironía trágica). En la segunda parte, doña Leonor proporciona un ve-
neno lento a Catalina, de la que siente terribles celos, si bien la joven
– XXVII –
es salvada con una triaca. Jimeno, en fin, piensa proporcionar a doña
Leonor otro veneno en dosis tal que venga a morir precisamente el 12
de febrero, día en que se cumplen los quince de su reinado; Inés le
convence para que no lo haga, pero Jimeno deja a la envenenadora en
la torturante duda de si ella también estará envenenada o no.
3.6.8. Otros recursos dramáticos
Todos los recursos hasta ahora mencionados los encontramos re-
petidos, con escasas variaciones, en otras novelas. No obstante, exis-
ten algunos peculiares de ésta. Por ejemplo, el incidente dramático
con que comienza el relato: al intentar escapar de sus raptores, la
princesa doña Blanca es acosada por un novillo, pero se salva gracias
a la acción combinada de Jimeno, que aferra al animal por la testuz, y
de Sancho de Erviti, que dispara un certero ballestazo al corazón del
bruto. Otro es el que podríamos denominar «la confusión de los San-
chos»: Jimeno solo sabe que uno de los raptores de Jimena se llama
Sancho y que disputa mucho, por lo que se dedica a despachar a to-
dos los Sanchos testarudos que hay en Navarra, incluyendo a Sancho
de Rota, hasta que finalmente localiza al verdadero responsable, San-
cho de Erviti.
Otro elemento importante es el del emplazamiento que sufre la
reina el día de la coronación; durante el besamanos, una mujer, Inés,
se le acerca y le dice: «¡Acordaos del día 12 de febrero! […] ¡Quince
años hace! ¡Quince días faltan! […] ¡Quince días tenéis para dispone-
ros a morir!». Y, en efecto, toda la segunda parte no es más que la
crónica de esa muerte anunciada para el 12 de febrero (recuérdese el
título de esta segunda parte de la novela: Quince días de reinado). Las
palabras que en la primera parte dijera doña Leonor a su hijo Gastón
tras asegurarle que él sería rey: «Déjame reinar siquiera quince días»,
resultarán ahora proféticas. La circunstancia histórica, real, de tan
breve reinado fue aprovechada por Navarro Villoslada para introdu-
cir este recurso novelesco.
3.7. El tiempo y el espacio
El tiempo no desempeña un papel importante desde el punto de
vista narrativo, ya que apenas cumple ninguna función estructural en
el relato (salvo en la segunda parte, por lo que acabo de comentar re-
lativo al emplazamiento de doña Leonor). Sí es interesante la concen-
tración de muchos sucesos en un corto espacio temporal, circunstan-
cia que aumenta el dramatismo de la acción. Recuérdese por otra par-
– XXVIII –
te lo dicho al hablar del narrador acerca de la presentación lineal de
los acontecimientos, siguiendo un orden cronológico roto solo en al-
gunas ocasiones.
Respecto al espacio, los lugares donde ocurren los principales in-
cidentes novelescos son: la villa de Mendavia (rapto de la princesa), el
castillo de Eguaras, en las Bardenas (liberación de Inés por Jimeno), el
castillo de Orthez en el Bearn (prisión y envenenamiento de doña
Blanca), la ciudad de Estella (coronación de la reina Leonor, aunque
tuvo lugar, en realidad, en Tudela) y el castillo de Lerín (Catalina sal-
vada de las llamas por don Felipe, muerte del joven mariscal a manos
de don Luis). No son muy abundantes las descripciones del paisaje.
Aparte de algunos apuntes sobre las Bardenas, los Pirineos y los alre-
dedores del castillo del Conde de Lerín, el único pasaje que merece
destacarse es aquel en que se nos muestra la hermosa vista que se
contempla desde la choza de la penitente de Nuestra Señora de Ro-
camador, extramuros de Estella.
Por lo demás, cabe destacar dos cuestiones: una es la exactitud y
minuciosidad en las indicaciones toponímicas (se mencionan pueblos,
villas y ciudades de Navarra como Viana, Lerín, Peralta, Sangüesa,
Murillo, Pamplona, Tafalla, Cortes, Laguardia, Los Arcos, Lumbier,
Baigorri, Lodosa, Cárcar, Azagra, Larraga, Allo, Arróniz, Dicastillo,
Zúñiga, Ubago, Goñi, Munárriz…; además, las Bardenas Reales de
Tudela, Montejurra, el raso de Sesma, los monasterios de Irache, la
Oliva y Leyre, las ermitas de Nuestra Señora de Legarda y de Nuestra
Señora de Rocamador, etc.). Todas estas alusiones denotan un cono-
cimiento detallado, cuando menos teórico, de la zona en la que se si-
túa la acción, y esa exactitud contribuye a dar mayores visos de vero-
similitud al relato. No obstante, el autor dejó indicado en unas notas
manuscritas que no había visitado la ciudad de Estella y sus alrede-
dores en el momento de escribir Doña Blanca de Navarra y que, por
consiguiente, podía haber sacado mejor partido en sus descripciones.
La segunda constituye un aspecto habitual en la novela romántica;
me refiero a la presentación de la naturaleza en relación, ya de armo-
nía, ya de contradicción, con los sentimientos de los personajes: por
ejemplo, el «panorama encantador» visto por Jimena desde su casa en
Mendavia subraya uno de los pocos momentos en que puede disfru-
tar de su libertad; por el contrario, una violenta tormenta se desata la
noche en que queda prisionera en Orthez, poniendo de relieve el he-
cho criminal.
– XXIX –
3.8. Estilo y peculiaridades
A la hora de establecer una valoración del estilo de Doña Blanca de
Navarra, debemos tener presente que esta obra —lo mismo que Doña
Urraca de Castilla y Amaya— debe ser juzgada en el marco de su con-
texto literario, que es, como ya sabemos, el de la novela histórica ro-
mántica española. Hoy en día, acostumbrados como estamos a mayo-
res audacias narrativas, las tramas de estas novelas pueden resultar-
nos quizá muy ingenuas, demasiado esquemáticos sus personajes y
harto sencillas sus estructuras técnicas. Y, por lo que toca al estilo,
podemos encontrar farragosa la abundancia de unos periodos sintác-
ticos excesivamente amplios, característicos de la redacción decimo-
nónica. En este sentido, el estilo de Doña Blanca de Navarra sí ha enve-
jecido notablemente. En cualquier caso, se trata de un estilo sencillo,
pulcro y cuidado, con una marcada preferencia por el empleo de sí-
miles, frases hechas y refranes (tanto en el discurso del narrador co-
mo en las palabras de los personajes).
Por otra parte, el rapidísimo «tempo» de la novela, es decir, la ra-
pidez con que se suceden lances y peripecias sin cuento, con un ritmo
casi cinematográfico, y la especial habilidad que manifiesta Navarro
Villoslada en el manejo del diálogo, hacen que la lectura resulte mu-
cho más ágil e interesante que la de muchas otras obras del mismo
género y de la misma época. De hecho, hay algunos capítulos que es-
tán constituidos en su práctica totalidad por las conversaciones de los
personajes, en las que se suceden vivaces réplicas.
Además, existe otra característica que singulariza las novelas del
escritor de Viana, y es el fino humor —a veces lindante con la iro-
nía— de que sabe hacer gala en distintas ocasiones; por ejemplo, a la
hora de titular, de forma cervantina, muchos de los capítulos («Que
está entre el sexto y el octavo, y no sirve para otra cosa», se titula el
cap. VII de la primera parte). Inolvidable resulta la graciosa figura del
escudero Juan Marín, Chafarote, o la del supersticioso Padre Abarca;
sobre las dos he apuntado ya algunos detalles. El humor salpica mu-
chas de las páginas de la novela, contribuyendo también a que la lec-
tura resulte sin duda más amena.
Por último, para terminar de perfilar las peculiaridades del nove-
lar de Navarro Villoslada, cabría destacar otras tres características:
una sería el afán de verosimilitud, que le lleva, como vimos, a una
rigurosa documentación histórica, aspecto que no está reñido en él
con la desbordada imaginación de su fantasía; otra, el tono morali-
zante, que se aprecia aquí como en muchos otros escritos de este es-
– XXX –
critor católico; y, en fin, relacionado con lo anterior, la visión provi-
dencialista de la historia (Dios interviene tanto en su curso general
como en los hechos humanos particulares para guiar adecuadamente
todos los acontecimientos hacia un fin último).
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10 Recojo unos títulos esenciales sobre Navarro Villoslada y su obra, sobre la no-
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