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«Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, reproducción facsímil de la edición de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV

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Abstract

En 1849, los madrileños editores Gaspar y Roig publicaban la primera edición de Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos, novela histórica original de Francisco Navarro Villoslada. Como estudio introductorio para este bello facsímil de esa edición de la novela que ha preparado Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, me propongo repasar brevemente los aspectos más destacados de la obra (su génesis, sus personajes, la relación entre historia y ficción, las técnicas narrativas, etc.).
Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela
histórica romántica», estudio preliminar a Francisco Navarro Villoslada, Doña
Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos, reproducción facsímil de la edición
de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, Pamplona, Ediciones
Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.
Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla
y la novela histórica romántica española
En 1849, los madrileños editores Gaspar y Roig1 publicaban la primera
edición de Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos, novela histórica
original de Francisco Navarro Villoslada. Como estudio introductorio para
este bello facsímil de esa edición de la novela que ha preparado Ediciones
Artesanales Luis Artica Asurmendi2, me propongo repasar brevemente los
aspectos más destacados de la obra (su génesis, sus personajes, la relación
entre historia y ficción, las técnicas narrativas, etc.). Pero antes tal vez
convenga recordar, siquiera sea de forma somera, algunos datos sobre su
autor y sobre el contexto literario en que se enmarca3.
1. VIDA Y OBRAS DE NAVARRO VILLOSLADA
1.1. Resumen biográfico
Francisco Navarro Villoslada nació en Viana (Navarra), el 9 de octubre de
1818, y allí permaneció hasta 1829, educándose en el seno de una familia de
firmes creencias religiosas. Desde muy joven se aficiona a la lectura; además,
el entorno medieval de Viana cala hondo en la mente del inquieto joven, que
empieza a sentir curiosidad por los tiempos pasados y a emborronar sus
primeras cuartillas con versos y otros escritos. Entre 1829 y 1836 vive en
Santiago de Compostela con sus tíos canónigos; cursa las carreras de Filosofía
y Teología y prosigue con sus escarceos literarios. A partir de 1836, debido al
recrudecimiento de la primera guerra carlista, regresa a su ciudad natal. En
noviembre de 1835 había muerto en una emboscada de los carlistas su tío
Nazario, que escoltaba el correo de Viana a Logroño, hecho que le afectó
profundamente: desde entonces, el tema de la guerra civil aparecerá con
1 La misma casa editorial había dado a las prensas dos años antes otra novela histórica del
escritor navarro, Doña Blanca de Navarra, también reproducida en facsímil por Ediciones
Artesanales Luis Artica Asurmendi en 1997.
2 Este facsímil de Doña Urraca de Castilla, que ha contado con una Ayuda a la edición del
Gobierno de Navarra, se ha hecho a partir de un ejemplar propiedad de don Juan Sendín Pérez-
Villamil, bisnieto de Navarro Villoslada. Agradecemos sinceramente su gentileza, que ha hecho
posible la elaboración de este libro.
3 Todos los aspectos que aquí resumo pueden verse por extenso en mi libro Francisco
Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995,
donde recojo además una extensa bibliografía.
II
frecuencia en sus escritos. Tímidamente liberal en estos años mozos —por
tradición familiar, y marcado por el luctuoso suceso que acabo de
mencionar—, ingresa en la Milicia Nacional, y hasta dedica algunas poesías al
general Espartero.
En 1839 entra como alumno de la Escuela de Telégrafos de Logroño, pero al
año siguiente se traslada a Madrid para estudiar Leyes. A fin de costearse sus
gastos sin resultar oneroso a su familia (cuyas rentas habían quedado
mermadas por la guerra), comienza a colaborar en varios periódicos, y de tal
forma destaca en el mundillo literario de la capital, que, a la altura de 1846,
dirige simultáneamente cuatro importantes publicaciones: el Semanario
Pintoresco Español, el Siglo Pintoresco, El Español y su Revista Literaria. El de
Viana demuestra ser un trabajador infatigable: después de pasar diez o doce
horas en las distintas redacciones, todavía robaba horas al sueño para
dedicarse a sus producciones literarias. No extrañará que su salud comience a
resentirse con estos excesos de trabajo.
Como otros escritores de la época, Navarro Villoslada distribuirá su tiempo
y sus preferencias entre la literatura, el periodismo y la política. En 1846
conoce a una joven vitoriana llamada Teresa de Luna, con la que contrae
matrimonio tras un breve noviazgo. Por el delicado estado de salud de su
esposa, trasladan su residencia a Vitoria, donde el escritor ocupará el cargo de
secretario del Gobernador Civil de Álava. Por estas fechas, se afianza en los
círculos literarios con la publicación de dos novelas de temática histórica,
Doña Blanca de Navarra (1847) y Doña Urraca de Castilla (1849); y su nombre
empieza a sonar también en el ámbito de la vida política, asociado al de otros
personajes del partido moderado.
En 1851 muere su mujer: aunque era todavía joven, y quedaban a su cargo
dos hijas pequeñas, el escritor de Viana no volvió a casarse. Decide entonces
regresar a Madrid, adonde le llaman sus amigos. Entre 1853 y 1869 retorna a la
actividad periodística, relegando a un segundo plano su faceta como literato
(sólo publica y estrena algunas piezas de teatro), y pasa a figurar también en la
política en el desempeño de algunos cargos públicos. Durante el bienio
progresista (1854-1856) colabora en el periódico satírico El Padre Cobos, junto a
González Pedroso, Garrido, López de Ayala, Selgas y Suárez Bravo. En 1856
entra en el Ministerio de la Gobernación; será sucesivamente oficial de los
terceros, de los segundos y de los primeros. Al año siguiente es elegido
diputado por el distrito de Estella. Es nombrado además director de la Gaceta
de Madrid y de la administración de la Imprenta Nacional. Comisionado por
el Gobierno, realiza en 1857-1858 un viaje para estudiar el estado de las
imprentas nacionales en Francia y Austria.
III
Durante todos estos años, se va destacando dentro de las filas moderadas el
grupo denominado neocatólico, formado por donosianos y nocedalinos.
Portavoz destacado de esa corriente será el periódico El Pensamiento Español,
fundado por Navarro Villoslada y otros socios a finales de 1859, en el que el
navarro pondría durante más de diez años toda su alma y todo su corazón. No
sólo fue colaborador casi diario, sino además, desde 1865, su director y
propietario único. «Católico a machamartillo», desde sus columnas defenderá
las ideas tradicionalistas y al Papa Pío IX al suscitarse la denominada
«cuestión romana», batiéndose en formidables polémicas con toda la prensa
liberal. Al mismo tiempo, en 1865 y 1867, es elegido diputado para dos nuevas
legislaturas, también por Navarra (aunque ahora por el distrito de Pamplona).
El triunfo de la Revolución de Septiembre de 1868 provocó el acercamiento
de Navarro Villoslada y los denominados neocatólicos (Nocedal, Aparisi y
Guijarro, Canga Argüelles, Tejado…) al carlismo. En efecto, tras el
destronamiento de Isabel II la legitimidad estará representada para ellos por
don Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos VII), al que se unen por entender
que su partido era el que mejor podía defender, en aquel determinado
momento, los intereses católicos por los que venían luchando. En 1869
Navarro Villoslada es detenido y ha de pasar mes y medio en la prisión del
Saladero de Madrid por haber publicado, antes de que lo hiciera la prensa
oficial, una nota en la que avisaba de la intención del Gobierno de incautarse
todos los bienes eclesiásticos. Tras salir de la cárcel, se exilia voluntariamente
para evitar nuevas persecuciones.
En París se pone a las órdenes del pretendiente, al que acompaña por el
centro de Europa, y prepara algunos folletos de propaganda carlista, siendo
especialmente famoso su artículo titulado «El hombre que se necesita», en el
que presentaba a don Carlos a los españoles como el único candidato al trono
capaz de acabar con la anarquía reinante en España. Según dijo Aparisi, con
este escrito Navarro Villoslada ganó para su causa a millares de partidarios.
Desde finales de 1869 pasa a ser secretario personal del Duque de Madrid
pero, estando en Viena, el 25 de enero de 1870 se rompe una pierna y ha de
permanecer cinco meses en cama, teniendo que abandonar el cargo. Esta es la
razón de que no se encuentre en la famosa Junta de Notables de Vevey.
En 1871 es elegido senador por Barcelona, y la inmunidad parlamentaria le
permite volver a España; ejercerá el cargo de secretario de la minoría carlista
en el Senado. Se opone con Aparisi y otros a las medidas liberalizantes
propuestas por el general Cabrera y discute con don Carlos, empeñado en
seguir los consejos «cesaristas» de su nuevo secretario, Arjona. Se muestra
igualmente contrario a que toda la prensa carlista esté bajo la dirección de una
sola persona, Cándido Nocedal. Al final, para no seguir oponiéndose en
IV
público a su rey, renuncia a la dirección de El Pensamiento Español y,
desengañado, se retira de la política activa.
Entre 1872 (en abril estalla de nuevo la guerra carlista) y 1885 vive unos
«años oscuros». Tradicionalmente se venía diciendo que Navarro Villoslada se
retiró a su ciudad natal, ganándose así el sobrenombre de «El solitario de
Viana», y que allí, en la paz de la vida rural, escribió la que sería su obra
maestra, Amaya. La realidad es algo distinta. Se retira, sí, de toda actividad
pública, pero continúa viviendo en Madrid la mayor parte del año; en los
meses de verano viaja al norte para descansar y tomar las aguas en alguna
localidad de las Provincias Vascongadas y para visitar su hacienda en Viana.
Después de varios años sin publicar, entregado a la política y el
periodismo, en 1877-1878 vuelve a dar a las prensas algunos trabajos literarios,
sobre todo su novela Amaya (primero en el folletín de la revista La Ciencia
Cristiana; en 1879 en volumen). En reconocimiento a sus méritos vascófilos es
elegido miembro de honor de la Asociación Euskara de Navarra, promovida
en Pamplona por Juan Iturralde y Suit y Arturo Campión.
Acabada la guerra en 1876, Navarro Villoslada se había negado a participar
en la reorganización del partido carlista, alegando su precario estado de salud.
Pero en 1885, al morir Nocedal padre, acepta el nombramiento como jefe de la
Comunión Tradicionalista de España para ser el representante de don Carlos
en Madrid. Trata de poner orden en la dividida prensa tradicionalista,
enzarzada entonces en numerosas polémicas, pero algunos sectores le dirigen
durísimos ataques (acusándole incluso de desertor y traidor al carlismo).
Nuevamente desilusionado con la política, renuncia definitivamente a sus
cargos y se retira, ahora sí, a Viana. En 1894 participa en la campaña contra las
medidas fiscales anunciadas para Navarra por el ministro de Hacienda,
Germán Gamazo, escribiendo unas pocas líneas para el número único de
Navarra Ilustrada. Sería su última intervención en un asunto público.
Al año siguiente, el día 29 de agosto, moría en la misma ciudad que le viera
nacer, rodeado de su familia. A su funeral y entierro acudió el Ayuntamiento
de Viana en pleno. Más tarde llegarían otros homenajes: la celebración del
Centenario de su nacimiento en 1918, con la colocación de la placa
conmemorativa en su casa natal en que se recuerda al «cantor de la raza
vasca», la erección de un monumento en Pamplona, a la entrada de los
Jardines de la Taconera, y la publicación de un número especial de La
Avalancha; la dedicatoria de calles (Navarro Villoslada, Amaya) y de un
Instituto de Bachillerato en Pamplona; la celebración del 150 Aniversario de su
nacimiento en 1968 (al que se sumó la revista Pregón); y más recientemente, en
1995, el Centenario de su muerte, con diversos actos celebrados en Viana y en
V
Pamplona con los que se quiso honrar su memoria y sacar su figura del olvido
en que yacía.
1.2. Producción literaria
En el terreno de la literatura, Francisco Navarro Villoslada es conocido
fundamentalmente como novelista histórico, autor de Doña Blanca de Navarra
(1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879).
Las tres novelas se ambientan en momentos conflictivos de la historia patria:
en la primera, describe la lucha de bandos en Navarra en el siglo XV; Doña
Urraca de Castilla, cuya acción ocurre en Santiago de Compostela en el siglo XII,
plantea el enfrentamiento entre ciertos nobles gallegos, la reina de Castilla y
León y el obispo Diego Gelmírez; la trama de Amaya, en fin, se sitúa en torno
al año 711, poco después de la conquista de la península por los musulmanes,
y expone la unión de godos y vascones, tras varios siglos de encarnizada
lucha, para defender la religión católica frente al enemigo común, el Islam.
Sin embargo, nuestro autor se acercó, con mayor o menor dedicación y
acierto, a muchos otros géneros literarios dentro de la narrativa, la lírica y la
dramática4. En primer lugar, conviene recordar que escribió algunas novelas
no históricas. Por ejemplo, El Ante-Cristo (1845), una narración folletinesca
(género de moda en aquellos años) que quedó sin concluir por la quiebra de El
Español, periódico en cuyas páginas iba saliendo. Las dos hermanas (también de
1845) es otra obra del mismo estilo, repleta de episodios inverosímiles, en la
que no faltan los consabidos amores ideales ni la presencia de un malvado
«villano» perseguidor de una de las dos jóvenes e inocentes protagonistas.
Historia de muchos Pepes (publicada en 1879 en el folletín de El Fénix), mejor
escrita y adornada con abundantes rasgos de humor, es una novela pseudo-
autobiográfica, que refleja de manera magnífica el ambiente de los círculos
literarios y periodísticos madrileños de mitad de siglo, que tan bien conocía el
autor. Está narrada en primera persona, por boca de Pepe Gil, un personaje
que tiene mucho de pícaro, ya que con su astucia intentar medrar a costa de
los demás; pero, finalmente, recibe el merecido castigo, quedando
desacreditado a los ojos de la sociedad.
Navarro Villoslada es también autor de numerosos relatos, algunos de los
cuales están en la frontera entre el artículo de costumbres y el cuento («Un
hombre arruinado», «Hacer negocios», «Un hombre público»). Otros, en
cambio, pueden denominarse cuentos con toda propiedad («Mi vecina»,
«Aventuras de un filarmónico», «El remedio del amor» o «La luna de enero»,
4 Cfr. los seis volúmenes de las Obras completas del autor publicadas en los años 1990-1992
por la pamplonesa Editorial Mintzoa, al cuidado de Segundo Otatzu Jaurrieta.
VI
divertida burla de los excesos románticos). También escribió dos leyendas
históricas, ambas de ambiente navarro: «La muerte de César Borja» (ocurrida
en 1507 en las cercanías de Viana) y «El castillo de Marcilla» (sobre la defensa
de esa fortaleza por doña Ana de Velasco tras la conquista castellana de 1512).
Empleó su pluma igualmente en el teatro, en la poesía y en el artículo de
costumbres. Forman su producción dramática La prensa libre (1844), comedia
en verso en la que se aboga por la independencia de los periódicos; Los
encantos de la voz (1844), intrascendente comedia de enredo, en un acto y en
prosa, escrita en colaboración con Manuel Juan Diana; Echarse en brazos de Dios
(1855), drama histórico en verso, que retoma algunos episodios de la novela
Doña Blanca de Navarra; y la zarzuela de tema vascongado La dama del rey
(1855), con música de Emilio Arrieta, que se estrenó sin demasiado éxito.
Como poeta nos legó un ensayo épico titulado Luchana (1840), sobre el
tercer asedio de Bilbao por los carlistas en 1836. También escribió, desde sus
años juveniles, numerosas composiciones poéticas, en las que predominan los
temas de contenido moral y religioso (destacan «A la Virgen del Perpetuo
Socorro», «A Pío IX», «Meditación», «Las ermitas», el madrigal «Fuente brota
en mi valle…» y el villancico «Al Niño donoso…», que tiene la graciosa
sencillez de la mejor poesía popular).
En su faceta de autor costumbrista, dejó escrito «El canónigo» (1843),
recogido en Los españoles pintados por sí mismos, «El arriero» (1846) y «La mujer
de Navarra» (1873), bella estampa del carácter de las mujeres montañesas y
ribereñas.
Entre sus obras menores hay que mencionar los folletos de propaganda
política (La España y Carlos VII, «El hombre que se necesita»), las biografías
(Compendio de la vida de San Alfonso María de Ligorio, Estudio histórico militar de
Zumalacárregui y Cabrera; de este libro sólo escribió la primera parte, con el
pseudónimo Thomas Wisdom) y algunas traducciones (los primeros capítulos
de Agenor de Mauleón, el de la mano de hierro, de Dumas; García Moreno,
presidente de la República del Ecuador, del Padre Berthe). También dejó
numerosos trabajos inéditos; especialmente importante resulta un proyecto
narrativo sobre la conquista de Navarra, sin concluir, titulado globalmente
Pedro Ramírez, que incluye varias novelas históricas; esos borradores se
conservan en el archivo del escritor5, bajo distintos títulos: Doña Toda de Larrea,
5 El Archivo de Navarro Villoslada, conservado hasta fecha reciente por sus bisnietos, los
Sres. Sendín Pérez-Villamil, en Madrid y Burgos, fue cedido a la Biblioteca de Humanidades de
la Universidad de Navarra, con motivo de la conmemoración en 1995 del Centenario de la
muerte del escritor. De entre los materiales del Pedro Ramírez he rescatado recientemente la
novela histórica Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, Madrid, Castalia, 1998.
VII
La madre de la Excelenta, El hijo del Fuerte, Los bandos de Navarra, El cuadrillero de
la Santa Hermandad…
2. CONTEXTO LITERARIO: LA NOVELA HISTÓRICA ROMÁNTICA ESPAÑOLA
Navarro Villoslada puede ser incluido en la nómina de los escritores
románticos, con alguna ligera matización. En primer lugar, es un romántico
rezagado, especialmente si tenemos en cuenta que su obra más importante,
Amaya, plagada todavía de reminiscencias románticas, no llegó hasta la
década de los 70, cuando el Romanticismo, como movimiento literario, era ya
historia pasada. Es además un romántico de signo conservador, cercano a la
tendencia que representan un Chateaubriand, o un Zorrilla en el caso de
España, frente a la más exaltada o liberal, cuyos máximos exponentes serían
lord Byron o Espronceda. Y, en fin, un romántico regionalista, por los temas,
personajes y escenarios navarros de muchos de sus escritos.
Como novelista histórico, su nombre se agrupa con los de Martínez de la
Rosa, Cánovas del Castillo, Castelar o Amós de Escalante por ser todos ellos
autores que escriben unas obras bien documentadas, casi eruditas, que
incluyen a veces prolijas notas explicativas. En España, el género de la novela
histórica triunfa en los años 30 y 40 de la pasada centuria merced al éxito
alcanzado por Walter Scott con Ivanhoe, The Talisman y las Waverley Novels. La
imitación de esas obras era garantía casi segura de éxito editorial, razón que
llevó a multitud de seguidores —en toda Europa— a copiar los patrones
establecidos por el maestro escocés. De esta forma, el magisterio de Scott
convirtió a la novela histórica, que ya contaba con varios y notables
antecedentes en épocas pasadas, en un género literario moderno. Los
novelistas españoles, y lo mismo los dramaturgos, encontraron en la historia,
fundamentalmente la nacional, un inagotable filón de temas y personajes para
sus argumentos. En el caso de la novela, fueron primero las meras
traducciones de Scott; más tarde llegaron las imitaciones; y, por último, las
producciones originales.
VIII
Algunos de los títulos más destacados del género serían: Los bandos de
Castilla o El caballero del Cisne (1830), de Ramón López Soler; La conquista de
Valencia por el Cid (1831), de Estanislao de Cosca Vayo; Sancho Saldaña o El
castellano de Cuéllar (1834), de José de Espronceda; El doncel de don Enrique el
Doliente (1834), de Mariano José de Larra; Ni rey ni Roque (1835), de Patricio de
la Escosura; El golpe en vago (1835), de José García de Villalta; Doña Isabel de
Solís (1837), de Francisco Martínez de la Rosa; El templario y la villana (1840), de
Juan Cortada y Sala; y, en fin, la que ha sido considerada unánimemente por
la crítica como la mejor obra del conjunto, El señor de Bembibre (1844), de
Enrique Gil y Carrasco.
Todas estas novelas —y las tres de Navarro Villoslada— presentan unas
características comunes: localización preferente en una Edad Media,
tópicamente idealizada, cristiana y caballeresca; narrador omnisciente, en
tercera persona, que trata de crear una sensación de verosimilitud con
frecuentes alusiones a crónicas ficticias; personajes planos, esquemáticos (los
protagonistas suelen ser un héroe y una heroína románticos, altamente
idealizados, que se aman, pero que han de sufrir la persecución de algún
odioso rival, o bien la oposición de los padres: es frecuente que pertenezcan a
familias de bandos contrarios); manejo de unas mismas estructuras y técnicas
narrativas, y de unos mismos recursos de intriga para mantener el interés del
lector, etc.
La moda de la novela histórica con características románticas siguió en los
años 50 y 60, en una verdadera avalancha de títulos, debidos especialmente a
los autores que escribían por entregas o para los folletines de las publicaciones
periódicas (Ramón Ortega y Frías, Florencio Luis Parreño y, sobre todo,
Manuel Fernández y González), de mucha menor calidad literaria6. En
cambio, en los 70 el modelo cambiaría, pasando a estar constituido por los
Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, que representan una forma mucho
más moderna y realista de entender la novelización de la historia nacional (no
ya la poética Edad Media, sino una época mucho más cercana al autor, si no
contemporánea).
3. ESTUDIO DE DOÑA URRACA DE CASTILLA
3.1 Génesis de la obra
Entre mayo y diciembre de 1847, Navarro Villoslada publicó en El Siglo
Pintoresco una novela corta titulada El caballero sin nombre que contiene en
6 Para el conjunto de la producción de la novela histórica romántica española, cfr.
especialmente el trabajo de Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica
(1830-1870), Madrid, Taurus, 1976.
IX
germen los principales sucesos novelescos de Doña Urraca de Castilla: la
historia giraba en torno a la identidad de un joven, al que alude el título, que
busca a su padre, desaparecido varios años antes, y al que finalmente
encuentra encerrado en el castillo de Altamira por su propio hermano. Más
tarde el escritor amplió esa historia trasladando al mismo tiempo la acción del
reinado de Alfonso VI al de doña Urraca de Castilla; esto le permitió
aprovechar novelescamente algunos sucesos de esa conflictiva etapa de la
historia castellano-leonesa (división del reino de Galicia en bandos, formación
de una hermandad de burgueses contra el obispo Gelmírez, etc.), pero
conservando el recurso folletinesco consistente en presentar a una persona que
se cree de baja condición social y que finalmente resulta ser de origen noble.
Por otra parte, la novela ampliada, Doña Urraca de Castilla, comenzó a
publicarse en el folletín de La España de febrero a marzo de 1849, aunque se
interrumpió para dejar paso a dos novelas francesas. Más tarde volvió a
recuperarse la obra, empezando de nuevo desde el principio (julio a
septiembre del mismo año). Al mismo tiempo, se publicó la edición en forma
de libro (Madrid, Gaspar y Roig, 1849; la dedicatoria del autor a sus tíos lleva
fecha de 30 de diciembre de 1848). Cuando todavía se estaba imprimiendo la
novela, apareció en el Semanario Pintoresco Español un resumen muy breve de
la misma, en tres capítulos, los días 7, 14 y 21 de enero de 1849, con el título El
amor de una reina. La primera entrega iba acompañada de esta ilustrativa nota:
El reinado de doña Urraca de Castilla y de León es uno de los más oscuros y
embrollados de nuestra historia. Tenemos sin embargo acerca de él un libro de los que
suelen, más que en ninguna nación, escasear en la nuestra: unas memorias
contemporáneas. Ocultas, y de muy pocos conocidas por espacio de más de seiscientos
años, hasta que aparecieron impresas a finales del pasado siglo, merced a la
laboriosidad del P. M. Flórez, han sido posteriormente no muy leídas por la
repugnancia que inspira una historia abultada y escrita en un latín semibárbaro y en
muchos pasajes ininteligible.
Sobre ella hemos escrito una novela intitulada Doña Urraca de Castilla. Memorias de
tres canónigos que van a publicar con grabados los Sres. Gaspar y Roig. A ruegos del
director de este periódico resumiremos en tres o cuatro capítulos la fábula de esta
novela, desnudándola de mil episodios, que si no hacen la obra interesante, la harán
por lo menos voluminosa.
Así pues, al igual que hiciera con Doña Blanca de Navarra, nuestro escritor
supo aprovechar al máximo su nuevo escrito novelesco, incluyendo distintas
versiones en los diarios en los que trabajaba, en tanto que lo daba a la estampa
en volumen.
La segunda novela de Navarro Villoslada obtuvo bastante éxito y fue
traducida al portugués, aunque no alcanzó tantas ediciones como Doña Blanca
de Navarra. Si en su primera obra se acercaba el novelista a unos temas que
podían resultarle conocidos e interesantes por su lugar de nacimiento, en Doña
X
Urraca de Castilla aborda una historia de la Galicia medieval. Hemos de
recordar que el novelista estuvo de 1829 a 1836 estudiando en Santiago de
Compostela y, de hecho, se conservan unos apuntes de un «Viaje a Altamira»
que, sin duda, le sirvió para situar en aquel castillo la historia de El caballero
sin nombre; pero además de las leyendas existentes en torno a las ruinas de
Altamira, se inspiró —como queda dicho más arriba— en una crónica, la
Historia Compostelana, redactada en tiempos del obispo Gelmírez (pudo quizá
ver también algunos documentos sobre aquella época en el archivo de la
catedral, pues los dos tíos con los que vivía —y a los que dedica la novela—
eran allí canónigos).
En cualquier caso, la novela fue redactada años después de su marcha de
Galicia, entre 1846 y 1849, es decir, cuando se encontraba viajando
continuamente entre Madrid (donde le llamaban sus distintas ocupaciones) y
Vitoria (donde vivía su esposa, ya enferma). La obra presenta algunos puntos
de contacto con Doña Blanca: elección de un momento histórico de crisis, con
divisiones internas y luchas entre varios bandos; empleo de recursos
folletinescos (el supuesto plebeyo que resulta de alta cuna); y, al mismo
tiempo, una profunda y cuidada documentación histórica para la
reconstrucción arqueológica de la época.
3.2. Argumento
La acción de Doña Urraca se sitúa en el reino de Galicia, hacia el año 1116.
El territorio está dividido en tres bandos: el de la reina doña Urraca de Castilla
y de León, el de su marido Alfonso el Batallador, rey de Aragón y de Navarra,
y el de Alfonso Raimúndez, hijo de doña Urraca y de su primer esposo, el
conde Raimundo de Borgoña. Según una cláusula del testamento de Alfonso
VI, el reino correspondería a su nieto, el joven Alfonso, si su madre contrajese
segundas nupcias, cosa que ya ha acontecido. Don Alfonso Raimúndez, el
legítimo heredero, intenta hacer valer su derecho al trono, y su reivindicación
es apoyada por el obispo de Santiago, don Diego Gelmírez, y por el conde don
Pedro de Trava.
Este es el fondo histórico de la novela, sobre el que se acumulan los
elementos novelescos: Ramiro, un pajecillo del obispo, había sido enviado con
un mensaje a Extremadura, a la Corte de don Alfonso Raimúndez; allí conoció
a una bella dama, doña Elvira de Trava, por la que siente un cariño especial.
Creyéndose enamorado, y viendo crecer en su pecho la ambición, pide al
obispo, a su regreso a Santiago, que le arme caballero tal como le había
prometido, pero Gelmírez se niega; hay para ello una razón de peso: la
supuesta madre de Ramiro le ha confesado antes de morir que el paje no es su
verdadero hijo (lo encontró recién nacido en un bosque y lo sustituyó por su
XI
hijo, muerto a la sazón). Ramiro es apresado por los partidarios de la reina y
conducido a su presencia; al ver al paje, nace en doña Urraca un sentimiento
amoroso; pero no se trata esta vez de un nuevo devaneo de la soberana (que
tiene fama de liviana, ya que se le conocen al menos dos amantes, el Conde de
Candespina y don Pedro de Lara); más bien al contrario: doña Urraca desea
ahora volver a comportarse como mujer honrada; y es que Ramiro le recuerda
mucho a don Bermudo de Moscoso, un rico-hombre del que, siendo todavía
princesa, estuvo enamorada con una pasión pura, y al que se cree muerto
desde hace veinte años. Este don Bermudo había rechazado el amor de la reina
porque estaba casado en secreto con doña Elvira de Trava —la dama
recientemente conocida por Ramiro—, y ellos dos son los verdaderos padres
del joven.
Además, don Bermudo vive, encerrado por su hermano Ataúlfo, apodado
el Terrible, en un calabozo del castillo de Altamira. Doña Elvira, por obedecer
a su hermano, el poderoso don Pedro de Trava, está a punto de casarse con
don Ataúlfo, que la ama desesperadamente, pero se entera a tiempo de que su
primer marido está vivo y logra providencialmente que el matrimonio no se
consume. Las tropas de la reina y del obispo asaltan el castillo de Altamira,
muere Ataúlfo, Bermudo es liberado, recobra sus estados y se reúne con su
esposa y su hijo Ramiro (que se llama, en realidad, Gonzalo). Al mismo
tiempo, el príncipe don Alfonso es coronado rey de Galicia.
3.3. Historia y ficción
3.3.1. El fondo histórico
Abundan en la novela los datos históricos que, en su conjunto, nos
proporcionan una idea muy completa y acertada de la época en que sucede la
acción. El autor no especifica el año concreto en que ésta ocurre, pero por
distintas indicaciones que va dando podemos deducir que se trata del año
1115 o 1116. Doña Urraca describe con notable exactitud la situación histórica
del reino de Galicia —dividido en bandos enfrentados— tras la muerte del rey
Alfonso VI; y, dentro de ese contexto general, la formación de una hermandad
por parte de los burgueses de Santiago contra su obispo, don Diego Gelmírez.
Acierta el novelista al situar la acción durante el borrascoso reinado de
doña Urraca (1109-1126), el cual, a juicio de los historiadores, constituye una
de las épocas más turbulentas de toda la historia del reino de Castilla y León.
Refleja acertadamente la división de Galicia en tres bandos: los partidarios de
la reina; los de su esposo, el rey de Aragón y Navarra, Alfonso el Batallador; y
los del príncipe Alfonso Raimúndez, hijo de doña Urraca y su primer marido,
el conde Raimundo de Borgoña. Las primeras alusiones a los bandos aparecen
ya en la conversación mantenida en el primer capítulo entre don Arias y el
XII
paje Ramiro. De esta forma nos enteramos de que el joven príncipe Alfonso
Raimúndez es apoyado por el obispo de Santiago, Gelmírez, y por el conde
don Pedro de Trava (así fue en realidad: ambos deseaban su entronización
porque, tratándose de un rey niño, ellos disfrutarían de la regencia durante su
minoría de edad). El Batallador, por su parte, contó con el apoyo de la ciudad
de Lugo, que veía con recelo el rápido ascenso de su rival, Santiago. Los
valedores de la reina fueron, en fin, el conde don Pedro de Lara y don
Gutierre Fernández de Castro (y además, en el plano novelesco, don Ataúlfo
de Moscoso); sin embargo, aunque tres coronas ceñían su frente (las de
Castilla, León y Galicia), doña Urraca tuvo muy poco poder efectivo.
El príncipe don Alfonso, alejado por su madre de Galicia para que no
entrase en contacto con sus partidarios, envió desde Extremadura una carta a
Gelmírez en la que recordaba al prelado que a él le correspondía el reino,
según una cláusula testamentaria de su abuelo Alfonso VI, y le pedía que lo
coronase. En efecto, esa disposición obligaba a su hija doña Urraca a entregar
el reino de Galicia a su hijo en el momento en que contrajese segundas
nupcias; como la reina se había casado con el Batallador, el reino pertenecía de
iure a Alfonso Raimúndez. La novela da rendida cuenta de toda esta situación.
Es en el libro primero donde se produce una concentración de todos los datos
históricos necesarios para ayudar al lector a entender el trasfondo de la acción;
una vez logrado este objetivo, los otros tres libros desarrollarán la trama
novelesca, eso sí, siempre sobre el fondo histórico ya esbozado con detalle
anteriormente.
Por lo que toca a la formación de la hermandad contra el obispo Gelmírez,
conviene recordar antes de nada que Compostela era una ciudad única en la
España medieval, gracias al auge que conoció por el Camino de Santiago; en
palabras de Sánchez Albornoz, se trataba de «la única ciudad del reino leonés
puramente mercantil y clerical»7; pero estaba enclavada en el riñón de una
Galicia señorial. En este sentido, el obispo de Santiago no sólo era el máximo
representante eclesiástico, sino también un poderoso señor «feudal»: tenía
vasallos, ejercía autoridad sobre media Galicia, podía batir moneda propia,
estaba exento del servicio de guerra y corte que se debía al rey y poseía
riquezas sin cuento (se acuñó entonces la frase «Episcopus Sancti Jacobi, baculus
et ballista», para expresar la unión del poder temporal y espiritual en su
persona). Por todo ello, los intereses de don Diego Gelmírez colisionaban con
las pretensiones de los burgueses de la ciudad, que querían autogobernarse
7 Claudio Sánchez Albornoz, «Compostela», en Estudios sobre Galicia en la temprana Edad
Media, La Coruña, Fundación Barrié de la Maza, 1981, p. 417.
XIII
(deseaban un régimen de autonomía municipal basado en los gremios y el
concejo).
Por tanto, Gelmírez fue considerado por los compostelanos como un
enemigo de sus libertades burguesas, y en los años 1116 y 1117 se produjeron
dos rebeliones urbanas; los conjurados formaron una hermandad contra el
obispo, de la que nombraron «abadesa» o cabeza a la reina doña Urraca,
enfrentada con Gelmírez por ser éste uno de los principales apoyos de su hijo
Alfonso. El pueblo la eligió pensando que con su ayuda podría sacudirse a su
vez el poder señorial del prelado; pero más tarde, al ver que la reina
contemporizaba y pactaba con Gelmírez, se volvió contra ella: en la primavera
de 1117 los habitantes de Santiago prenden fuego a la catedral y Gelmírez y
doña Urraca tienen que refugiarse en la torre de las Campanas o de las
Señales, que es incendiada también. El obispo pudo escapar encubierto con la
capa de un pobre, pero la reina fue alcanzada por una pedrada y quedó
tumbada, con los vestidos revueltos, en medio de un lodazal. Una vez fuera de
la ciudad, doña Urraca no perdonó tan grave ofensa, y sus tropas aplastaron
con dureza la rebelión. Estos últimos sucesos de 1117 no se refieren en la
novela.
Navarro Villoslada presenta en primer plano a algunos personajes
históricos importantes: la reina doña Urraca, Diego Gelmírez, el Conde de
Lara, Gutierre Fernández de Castro; hay otros personajes históricos aludidos,
que no intervienen directamente en la acción novelesca, como el príncipe don
Alfonso o el rey Alfonso el Batallador. Se modifica un tanto el carácter de
Diego Gelmírez, al que presenta únicamente como pacífico prelado (es decir,
sin su faceta histórica de señor «feudal»). En cuanto a doña Urraca, el autor
mantiene su fama de liviana que se le atribuye tradicionalmente (por sus
amoríos con los condes de Candespina y de Lara).
3.3.2. La reconstrucción arqueológica
Es muy lograda, porque el autor presta mucha atención a la descripción de
vestidos, armas, edificios y mobiliario. Cuando la reina visita a Ramiro en su
prisión, se nos indica que aparece «en cabellos, sin tocas y sin manto, con una
simple túnica blanca de manga larga y recogida en pliegues a la cintura por un
ceñidor de hilos de oro». Don Ataúlfo aparece el día de su boda «ricamente
vestido de túnica y manto de escarlata recamada de oro con bárbara
profusión, si no con gusto delicado»; y su caballo lleva una «gualdrapa de
seda recamada de oro». Con detalle se describe asimismo el traje del Conde de
Lara:
El vestido, tan airoso como rico, componíase de una túnica de lana blanca con orlas
de oro, bajo las cuales se descubrían los elegantes pies calzados de borceguíes
XIV
puntiagudos, y las espuelas de oro que sonaban a cada paso. En una de sus blancas y
femeniles manos, adornada de anillos, tenía un birrete negro con cintillos que,
colocado en la cabeza, apenas le llegaría a la frente. Un tahalí rojo, del cual pendía la
espada, marcaba el delicado talle de tan apuesto galán.
Más tarde la reina se refiere a su costumbre de vestir al estilo oriental y de
bañarse como los infieles, y anota el autor: «Al paso que algunos monarcas y
principales caballeros de aquel tiempo vestían públicamente trajes
musulmanes, estaban prohibidos los baños». La misma minuciosidad se
observa en la descripción del pobre traje de mendigo que viste Pelayo.
Cuando el narrador describe el arnés del Conde de Lara explica que
«comenzábanse a ver entonces completas armaduras de hojas de hierro que
reemplazaban a las de malla». El detallismo del narrador aparece de nuevo en
la descripción de las armas de sus soldados:
Entró en la ciudad el Conde de Lara armado de punta en blanco, caballero en un
hermoso corcel normando y rodeado de escuderos y pajes, que deslumbraban por el
lujo de sus arreos y por las brillantes armaduras que ostentaban. Cotas de hierro
bruñido o de escamas y de malla con golpes de plata, garzotas y penachos de todos
colores, blancas sobrevestas con franjas doradas, gualdrapas de pesada sedería y
paramentos de hierro empavonado con labores y filetes de oro, escudos con las
calderas jaqueladas, con serpientes por asas, capacetes brillantes y celadas enteras,
lanzas con pendoncillos, formaban un conjunto magnífico, que contrastaba
notablemente con el modesto acompañamiento que trajo el Conde de los Notarios
cuando algunas horas antes llegó con el mismo objeto de libertar a la Reina.
Igualmente se reflejan en la novela algunas instituciones y leyes de la
época, las comidas, las costumbres y usos, etc., que transmiten una imagen de
la rudeza, la incultura y la crueldad generalizadas en aquel tiempo. Sobre la
parte histórica de la novela y la reconstrucción de aquella sociedad medieval
ha escrito Zellers:
Navarro Villoslada recita historia verídica. […] Pocos autores de la época moderna
se han compenetrado con la Edad Media con mano tan hábil como Navarro Villoslada.
Lo abarca todo, costumbres, clérigos, cortesanos, villanos, y los resucita de una manera
que hace creer que nos hemos remontado al siglo XII. Además, es sumamente justo con
todos estos tipos y enlaza sus acciones con el hilo del cuento de una manera que
recuerda el admirable procedimiento de Scott8.
3.3.3. Fuentes manejadas
En cuanto a la documentación empleada por el autor, la principal fuente de
información histórica la encontró Navarro Villoslada en la Historia
Compostelana, un Registro de los hechos de Diego Gelmírez redactado en vida
del obispo por tres canónigos de la catedral de Santiago, que fue editada a
8 Guillermo Zellers, La novela histórica romántica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto
de las Españas, 1938, p. 123.
XV
principios del siglo XVIII por el P. Flórez. Las fuentes mencionadas por
Navarro Villoslada en las notas, aparte la Historia Compostelana y la historia
anónima del monje de Sahagún, contemporánea de la anterior, son Mariana
(Historia de España), Sandoval (Descendencia de la Casa de Castro y Crónica del
Emperador Alfonso VII), Salazar y Castro, la Historia genealógica de la casa de Lara,
el infante don Pedro de Portugal (Libro de Genealogías); y en el apéndice: la
Historia de Santo Domingo de la Calzada, Abrahán de la Rioja, de José González de
Tejada, la Historia literaria de la Edad Media, de Eustaquio Fernández Navarrete,
y el Centón epistolario, del bachiller Fernán Gómez de Cibdarreal.
También señala en la novela que la mejor fuente para empaparse del
espíritu de la época son los romances y los libros de caballerías. De la misma
forma, la parte novelesca responde a las tradiciones existentes sobre el
incendio del castillo de Altamira. En resumidas cuentas, el novelista utilizó las
principales fuentes que le brindaba la historiografía de su época, pero sin
desdeñar tampoco el aporte de los documentos literarios y las leyendas de la
tradición.
3.4. Estructura y narrador
La novela consta de cuatro libros de ocho, once, ocho y siete capítulos;
como preliminares figuran una dedicatoria a sus tíos canónigos, don Lucas y
don Félix Navarro Villoslada, y un «Prólogo» en el que se explicita que la
fuente de inspiración ha sido la mencionada Historia Compostelana; tras el texto
propiamente dicho siguen tres apéndices en los que el autor añade noticias
sobre las peregrinaciones a Santiago y sobre los libros de caballerías y explica
sus «Errores, descuidos y erratas». En general, los sucesos siguen un orden
cronológico lineal (toda la acción transcurre en unos pocos días), salvo cuando
se intercalan algunas historias, relacionadas con el hilo novelesco, que
recuperan tiempo pasado: la de los Moscosos, don Bermudo y don Ataúlfo; la
de Ramiro y Nuña, en la conversación entre la reina y el obispo; o la de
Constanza, contada por la dueña Mauricia a Elvira, con la inclusión de la
«Confesión de Constanza».
En la novela encontramos un narrador omnisciente en tercera persona que
va controlando todos los resortes de la acción y que continuamente se hace
presente en el texto, no sólo juzgando a los personajes y los hechos —es decir,
que toma partido en lo que cuenta—, sino también con sus continuas llamadas
de atención al lector («lo que el lector ha visto y adivinado en el capítulo
precedente», «ya sabe el lector lo que sucedió», «el lector está bien
enterado»…). El narrador se sitúa en un momento contemporáneo al de la
escritura de la novela, contemplando desde fuera la historia que narra; se
repiten las expresiones «entonces», «en aquellos tiempos», «en aquella época»,
XVI
«en aquel tiempo», que marcan su lejanía respecto a la época en que se sitúa la
acción, la Edad Media; habla del «negro cuadro de las costumbres y carácter
del siglo XII» y señala que tratará de reflejar «el espíritu de aquella época, una
de las más oscuras y singulares de nuestra historia». De la misma manera, el
narrador marca su presencia como organizador del discurso narrativo con
distintas fórmulas que ordenan la materia novelesca. Cuando se producen de
forma simultánea acontecimientos igualmente interesantes o cuando distintos
grupos de personajes requieren su atención, él selecciona el material que entra
en cada caso. En fin, es habitual que el narrador introduzca al hilo de los
sucesos algunas afirmaciones de carácter general, a veces de tono moralizante,
o digresiones sobre temas diversos.
3.5. Los personajes
Uno de los personajes más importantes, como prueba el hecho de dar título
a la novela, es la reina de Castilla y León. Navarro Villoslada presenta a tan
controvertido personaje con tres notas dominantes en su carácter: amor,
orgullo y ambición; en los primeros capítulos retrata a doña Urraca como una
dama de singular belleza, enamorada en su juventud, cuando era infanta, del
caballero don Bermudo de Moscoso, quien la rechazó para casarse en secreto
con otra dama de Galicia, la bastarda Elvira de Trava. Entonces ella contrajo
matrimonio con el conde Raimundo de Borgoña; mientras duró en su interior
el recuerdo del amor puro y apasionado que sintió por don Bermudo, doña
Urraca fue una mujer virtuosa, espejo de princesas y de esposas; pero al
conocerse la muerte del primogénito de Altamira, su carácter fue cambiando
poco a poco. Murió también su marido y entonces, aconsejada por sus nobles,
casó con el rey de Aragón y de Navarra, don Alfonso el Batallador:
Verificose entonces una completa transformación en el carácter de la reina; la
aspereza y la ambición de su marido la hicieron apreciar por primera vez lo que antes
miraba con indiferencia; de abandonada de sus derechos, hízose guardadora y celosa
de ellos; de aborrecedora de todo lo que fuesen negocios de Estado, convirtiose en
fautora de intrigas políticas; de tenaz en sus propósitos, en mudable y tornadiza; de
mujer sin mancilla, en descuidada de su fama, y de inaccesible y severa, en fácil y
seductora.
En efecto, desde ese momento se le han conocido dos amantes, los condes
de Candespina y de Lara (de éste último ha tenido un hijo llamado Fernando
Hurtado). Navarro Villoslada mantiene, por tanto, la fama de liviana atribuida
por varios historiadores a la reina; pero, al comenzar la acción novelesca, ella
intenta cambiar: Ramiro, el joven paje llevado como prisionero ante su
presencia, le recuerda poderosamente a su primer amor, don Bermudo, de ahí
el cariño con que lo recibe; esta vez no se trata de un nuevo devaneo de doña
XVII
Urraca, como todos piensan, sino de un sentimiento distinto que le hace
desear volver a ser buena y virtuosa:
—¡Ah! —exclamó doña Urraca, con una voz que penetraba como saeta, y cuajados
súbitamente de lágrimas los ojos—. Otros me han visto muy más hermosa que tú me
ves, y sin embargo me desdeñaron. ¿Qué me importa —prosiguió—, qué me importa
parecerte hermosa, si no te parezco buena?
No obstante, la reina sostendrá en su interior una violenta lucha para
conservar ese sentimiento dentro de unos límites razonables, para que ese
amor maternal no se convierta en pasional; así, cuando se confirman las
sospechas de que Ramiro es hijo de don Bermudo, doña Urraca se alegra de
poder elevar socialmente al pajecillo, circunstancia que lo acercaría
indudablemente a su posición y podría favorecer sus amores; es más, se
muestra dispuesta a casarse con él, rompiendo con todo, si ese es su real
deseo. Desde que conoce la verdadera identidad del paje, todos sus esfuerzos
se encaminarán a liberarlo, lo mismo que a don Bermudo, y a castigar a don
Ataúlfo, que les ha usurpado sus estados de Altamira. Finalmente, cuando
don Bermudo sea liberado, doña Urraca sentirá vergüenza de aparecer impura
ante el que fue su primer y único amor verdadero y decidirá que, si se
presenta ante él, será casada con el Conde de Lara, el padre de su hijo, para
poner freno al escándalo y la murmuración, y habiendo entregado el reino de
Galicia a su hijo, tal como disponía el testamento de Alfonso VI.
Por lo demás, el narrador nos retrata a la reina con algunas características
de heroína romántica: llora, se desmaya, ofrece melancólicas sonrisas y una
«mirada lastimosa». El autor consigue que el personaje nos resulte simpático a
pesar de sus defectos y faltas porque a lo largo de la novela se propone
enmendar su conducta y finalmente lo consigue; y también por las desgracias
y sufrimientos que ha padecido la infeliz soberana, que se pueden resumir con
esta frase suya:
—¡Amáronme todos aquellos a quienes yo miraba con indiferencia; hanme
aborrecido todos aquellos a quienes he amado!
El protagonista masculino es Ramiro, el joven y tímido pajecillo del obispo
de Santiago, que presenta algunas de las características del héroe romántico,
como la melancolía. Pero el autor nos lo quiere mostrar como un héroe muy
sencillo; cuando el joven es llevado a una habitación, después de recibir el
tormento, y se queda dormido nada más acostarse, el narrador explica con
ironía:
Ya se ve, Ramiro no era un héroe de novela, sino un hombre de carne y hueso como
nosotros, y más que hombre todavía para el caso, pues era chico.
En otro momento se añade esta reflexión para justificar la escasa
preocupación del paje: «A los veinte años las cavilaciones no son largas».
Ramiro se verá rodeado por el cariño de tres mujeres, el de doña Urraca, el de
XVIII
su vecina Munima y el de Elvira, la hermosa dama que ha conocido en la
Corte del príncipe Alfonso y de la que se ha enamoriscado. A pesar de su
juventud y de su inexperiencia, Ramiro es valiente, como demuestra al portar
el mensaje del obispo a don Alfonso y traer de Mérida la respuesta del
príncipe; al recibir el duro tormento que le aplican los partidarios de la reina
sin confesar nada acerca de su secreta misión; al derrotar en el juicio de Dios a
don Ataúlfo el Terrible, a pesar de la disparidad de fuerzas; o al ser el primero
en coronar una de las torres durante el asalto al castillo de Altamira. Su
generosidad se pone de manifiesto cuando penetra en la habitación en llamas
para salvar a su enemigo don Ataúlfo: cuando éste le ataca, no tiene más
remedio que matarlo para no perecer los dos en la lucha abrasados por el
fuego. Intenta también salvar a la anciana Gontroda, pero lo único que
consigue es rescatar su cadáver. Al final, la novela termina con la promesa de
la reina de armarlo caballero, una vez conocida su alta cuna.
Don Ataúlfo de Moscoso el Terrible, el principal partidario de la reina doña
Urraca y enemigo acérrimo del obispo, es el «villano» de la novela. Su amor
por la bastarda Elvira de Trava explica su malvado comportamiento:
segundón de la casa de Altamira, vio como su hermano primogénito,
Bermudo, ganaba no sólo los estados de su padre, sino también el amor de
Elvira. La envidia le llevó a encerrar a don Bermudo en las mazmorras del
castillo, haciendo correr el rumor de su muerte, para usurpar sus posesiones.
Su único objetivo es casar con doña Elvira; sin embargo, cuando está a punto
de conseguirlo, los remordimientos por el crimen cometido no le dejan vivir
en paz. Terriblemente orgulloso, su derrota en el juicio de Dios a la vista de
todo el pueblo supone para él una profunda humillación. Don Ataúlfo es uno
de esos personajes que se distingue por una muletilla lingüística, su afición a
los votos y por vidas, mostrando una singular preferencia a jurar «por el alma
de mi abuela, que murió en olor de santidad».
A lo largo de la novela se muestra colérico, iracundo y cruel; el amor que
siente por Elvira podría haber sido su tabla de salvación: delante de ella, el
lobo de Altamira se convierte en manso cordero. Pero pronto el amago de
arrepentimiento pasa: vencido por la desesperación y la impotencia al ver sus
escasas posibilidades de defensa, ordena inundar los calabozos para ahogar a
sus prisioneros y prende fuego al castillo. Finalmente, muere a manos de
Ramiro, aunque éste ha intentado salvarle la vida. En el último capítulo, en el
breve diálogo entre Ramiro y doña Urraca, se nos dirá que don Ataúlfo murió
«castigado, no por la mano del hombre, sino por la mano de Dios», como
corresponde a la intención moralizante de Navarro Villoslada: igual que en el
caso de la reina Leonor en Doña Blanca de Navarra, el malvado criminal muere
XIX
providencialmente, recibiendo así el justo castigo que le corresponde por sus
malas acciones.
Don Diego Gelmírez es un personaje histórico: se trata del que llegaría a ser
primer arzobispo de Santiago de Compostela. El capítulo II del Libro I nos
ofrece una presentación completa del personaje, con una descripción que,
como es habitual en estas obras, aúna el retrato físico y el moral:
Apareciose en el umbral el venerable obispo apoyado en humilde báculo y
revestido de larga túnica y estola, que desde el año anterior llevaba siempre por
especial privilegio del Papa. Frisaba en los sesenta años de edad, y en sus ya decaídas
facciones, ruinas de un hermoso monumento, brillaba cierta nobleza y bondad, que las
hacían halagüeñas al mismo tiempo que majestuosas. Era alto, enjuto de carnes, pero
fornido; su dulce mirada tornábase fácilmente severa, y en uno y otro caso los nevados
cabellos, que debajo del ancho sombrero le caían, realzaban aquella severidad y
dulzura.
El novelista nos presenta al ilustre prelado como persona grave y seria,
pero bondadosa. Dejando de lado que fue uno de los principales señores de su
época, en la novela aparece como tímido y asustadizo, temeroso de las
asechanzas de la reina. Es uno de los personajes que funciona como quicio
entre la historia y la ficción: a la parte histórica corresponde su faceta de
valedor, junto con el Conde de Trava, del príncipe don Alfonso, su ahijado; en
el plano novelesco, el obispo es el protector del joven Ramiro, su pajecillo, al
que cuida con profundo cariño.
Otros tres personajes históricos, que refuerzan con su presencia ese aspecto
de la novela, son los condes de Trava y de Lara y don Gutierre Fernández de
Castro. Don Pedro Froilaz, Conde de Trava, es el ayo del príncipe don Alfonso
y su principal valedor junto con don Diego Gelmírez. Respecto a don Pedro de
Lara, Navarro Villoslada nos ofrece la imagen transmitida por el P. Mariana y
otros historiadores: afeminado, delicado y lleno de melindres, débil, cobarde e
irresoluto, cuya ambición y orgullo le llevan a darse aires de grandeza. Don
Gutierre Fernández de Castro, el Conde de los Notarios, es el encargado de
administrar justicia en los reinos de Castilla y León. Aparece en la novela
como un hombre duro, inflexible, incluso cruel, pero de carácter noble, recto y
justiciero; vasallo rudo y leal de la reina, hace siempre lo que mejor conviene
para el bien de su soberana, aunque tenga a veces que contrariar su voluntad o
decirle verdades que hacen daño.
Por último, en el catálogo de los personajes históricos, hay algunos
aludidos, que no intervienen directamente en la acción de la novela, como
Raimundo de Borgoña, primer marido de doña Urraca, Alfonso Raimúndez,
su hijo, Alfonso el Batallador o Gómez González Salvadores, el Conde de
Candespina.
XX
Los demás personajes son menos importantes: Elvira, la hermana bastarda
de don Pedro Froilaz, Conde de Trava, caracterizada por su melancólica
hermosura; don Bermudo, noble bizarro y cumplido, la flor de la caballería de
Galicia; Munima, la hija de Pelayo y vecina de Ramiro, una joven bella y
tímida, candorosa y discreta, resignada hasta el extremo de sacrificar su
propia felicidad para conseguir la de la persona que ama9; Gontroda o doña
Gertrudis, la nodriza de don Ataúlfo, que recuerda muchísimo (por su edad,
por su carácter, por las puntas y ribetes de bruja que tiene, por su dramática
muerte) a la Ulrica del castillo de Torquilstone de Ivanhoe (su figura, sin ser de
las principales, alcanza en el desenlace de la novela cierta grandeza trágica:
Gontroda será la única persona que permanezca al lado de don Ataúlfo
cuando todos lo abandonen, pereciendo entre las llamas del castillo); Pelayo,
el fiel escudero de don Bermudo de Moscoso, «resuelto y decidido, sobre todo,
a morir por su antiguo señor»; maese Sisnando, inteligente y astuto alarife que
ayuda a Gelmírez en la construcción de varias obras, pero que es también el
inspirador de la hermandad formada en Santiago contra él; Mauricia, Odoaria
y Nuña, viejas dueñas, cotillas y muy habladoras, murmuradoras y
supersticiosas (estos personajes habladores, criados o escuderos, se repiten con
frecuencia en la novela histórica romántica, sirviendo habitualmente para
introducir pasajes humorísticos); o el verdugo Martín, odioso personaje que
siempre acompaña a don Ataúlfo, ansioso de que su hacha pueda sacrificar
alguna víctima.
3.6. Elementos de intriga
La superstición ocupa un lugar muy importante en esta novela: por
ejemplo, en el capítulo I del Libro II, cuando somos testigos del miedo que
causan a la asustadiza Odoaria sus creencias en brujos y duendes. La
superstición rodea también el castillo de Altamira, que será escenario de uno
de los momentos culminantes de la obra; un halo de misterio y de maldad
parece existir a su alrededor, como si pesara sobre él una extraña maldición
que afecta a todos sus moradores, desde los criados a Constanza de Monforte,
la primera esposa de don Ataúlfo, envolviéndolos en una atmósfera de tristeza
y languidez.
Una superstición muy importante es la que afecta al propio don Ataúlfo el
Terrible; él mismo se la explica a su escudero Rui Pérez:
9 Este personaje desempeña la misma función que Inés en Doña Blanca de Navarra. Como
vemos, existe cierta tendencia en las novelas de Navarro Villoslada a incluir un personaje que
simboliza el amor cristiano, la caridad, la resignación y el sacrificio.
XXI
—La bruja Gontroda me tiene pronosticado que el día en que cualquiera muriese
por mi mano o por orden mía, a no ser en el juicio de Dios o batalla, habría de ser el fin
de mi vida.
Él ha respetado siempre esta creencia (de ahí que no matase a su hermano
para usurpar sus estados, sino que lo haya mantenido encerrado durante
veinte años); se trata en realidad de una superchería creada por su padre y por
Gontroda para contener los «sanguinarios y crueles ímpetus» que ambos
advirtieron en el joven Ataúlfo. Sólo al final se da cuenta de que todo este
«famoso embolismo de juramentos, amenazas, profecías y adivinanzas» no era
más que una invención; sin embargo, el pronóstico se cumple al final, y don
Ataúlfo muere —la «justicia poética» así lo exige— el primer día en que se
hace reo de homicidio, cuando ordena la muerte de sus dos prisioneros.
Gontroda es el personaje que encarna en esta novela el papel de hechicera
(en realidad, sólo supuesta hechicera), tan habitual en la novela histórica
romántica española; su aspecto y su extraño comportamiento la convierten a
los ojos de los criados de Altamira en una bruja con misteriosos poderes.
Otro elemento de superstición que Navarro Villoslada sabe aprovechar con
acierto es el temor de que la primera mujer de don Ataúlfo, doña Constanza,
no haya fallecido en realidad, apoyado en el hecho de que sufría continuos
ataques catalépticos que hacían creer a todos que había muerto, para
asustarlos después cuando retornaba a la vida.
También en Doña Urraca encontramos el recurso folletinesco de la
ocultación de la personalidad o la vuelta de personajes a los que se daba por
muertos. Como sabemos, el cliché del personaje supuestamente plebeyo que
termina siendo de origen noble es un recurso muy tópico. Ese es el caso, en
esta novela, del joven protagonista, Ramiro, que pasa por ser hijo de un
pequeño hidalgo de Santiago, y a quien conocemos en los primeros capítulos
como simple pajecillo del obispo Gelmírez. Pero es en realidad hijo de don
Bermudo de Moscoso y de doña Elvira de Trava, y el heredero de todos los
estados de Altamira.
El suyo es un caso más de no expósito. Podemos reconstruir brevemente
su historia: el nacimiento de Gonzalo (que es su nombre verdadero) suponía
un obstáculo más para la ambición de su tío don Ataúlfo de hacerse con las
posesiones de Altamira; dado que no puede matar a nadie —por su creencia
en la superstición ya comentada—, encierra a don Bermudo, el hermano
primogénito, en un calabozo de Altamira, y entrega el niño a Gontroda para
que lo abandone, de forma que las fieras acaben con su vida, al tiempo que
hace circular el rumor de que ambos han muerto durante el ataque de unos
piratas normandos; Gontroda lo abandona en un bosque, pero no sin antes
asegurarse de que por allí pasaría Nuña, desesperada porque acababa de
XXII
perder a su hijo recién nacido. Poco antes de morir, Nuña ha confesado a
Gelmírez que Ramiro no es su hijo, y que ignora quiénes pueden ser sus
padres. A partir de ahí comienzan las averiguaciones del obispo y de la reina
doña Urraca. Los personajes que disponen de más datos son Gontroda y
Pelayo, el fiel escudero de Bermudo, al que don Ataúlfo cortó la lengua para
que no hablase; sin embargo, ha aprendido a escribir y sus revelaciones serán
de vital importancia para resolver el caso.
Como es habitual en estas novelas, se van dando aquí y allá algunas pistas
que adelantan el descubrimiento de la verdadera identidad del personaje en
cuestión. La reina insiste constantemente en la semejanza de Ramiro con su
antiguo amado, don Bermudo, en la voz, en la fisonomía y en el carácter.
Además, Gonzalo tenía «una mancha a modo de lunar grande en la espalda»,
y Pelayo se encarga de comprobar que Ramiro conserva esa señal de
nacimiento. Al final se producirá la anagnórisis entre los padres y el hijo, y
Gonzalo-Ramiro queda reconocido por todos como hijo legítimo de don
Bermudo y doña Elvira.
Como reaparición de personajes supuestamente muertos, podemos
mencionar el caso de doña Constanza de Monforte (Elvira finge que la ha visto
viva); y el de don Bermudo, encerrado durante veinte años por su hermano en
las mazmorras de Altamira (don Ataúlfo, además de hacer circular el rumor
de que murió en el ataque de los piratas normandos, presentó el cadáver de
un soldado con el arnés de su hermano para dar mayor verosimilitud a su
historia). Como sucede siempre, el grado de información de los lectores y de
los diversos personajes es distinto; el lector conoce pronto que don Bermudo
vive; Elvira se entera a través de la lectura de un pergamino; Ramiro lo
descubre en la torre de las prisiones; la reina, el obispo y don Gutierre conocen
la noticia más tarde, cuando unos mensajeros traen una carta de Elvira.
Munima, en fin, se encarga de decir a los soldados de Altamira que vive
encerrado su legítimo señor, para que depongan las armas y cesen en su
defensa de don Ataúlfo.
Por lo que toca al empleo de disfraces, en Doña Urraca se utiliza este recurso
desde el principio, pues se nos comenta que los mensajeros que han
comunicado a Gelmírez con el príncipe iban disfrazados de peregrinos para
correr menos peligro, aunque eso no les ha evitado sufrir varios ataques. Don
Ataúlfo viste las ropas de Rui Pérez para ir a combatir con Gundesindo
Gelmírez sin dar a conocer su identidad. Don Pedro Froilaz visita a don
Ataúlfo como si fuera un simple mensajero; en otra ocasión, escucha con la
visera calada para que Ramiro no le pueda reconocer cuando habla con el
obispo. Maese Sisnando usa siempre una gorra de piel de nutria, dato que nos
permite reconocer sus apariciones en la novela aun cuando aparezca
XXIII
embozado y el narrador no mencione expresamente su nombre. Aparte de los
conjurados de la hermandad, que siempre aparecen embozados, Sisnando se
disfraza de religioso de la orden de San Benito, y se hace llamar Padre
Prudencio. Más adelante, Munima se disfraza de varón (es el «villano
barbilampiño» que trata de sublevar a la guarnición de Altamira), y la reina
doña Urraca se viste de enlutada y se tapa para ver a don Bermudo sin que
éste pueda reconocerla.
Son varios los elementos de intriga de menor importancia. Me limitaré
ahora a una breve enumeración de algunos de ellos, comenzando por el juicio
de Dios, al que Gundesindo Gelmírez ha desafiado a don Ataúlfo, para
determinar su culpabilidad en el ataque a los peregrinos. Este episodio da
lugar a varios equívocos porque, aunque al rico-hombre le gustaría matar al
hermano del obispo, considera que sería rebajarse demasiado medir sus armas
con las del vílico de la ciudad. Por ello decide primero que sea su escudero
Rui Pérez quien pelee en su nombre; pero, al ver que su estatura y complexión
física son similares, decide no privarse del placer de matar a un Gelmírez, y se
presenta al juicio de Dios, pero ocultando su personalidad, con el vestido y
armas de Rui Pérez. Es entonces Gundesindo quien se niega a combatir con el
supuesto escudero: él sólo combatirá con don Ataúlfo en persona, y brinda el
combate a cualquiera de sus servidores. Un desconocido, que resultará ser
Ramiro, es quien acepta el reto de su señor, y derriba a su contrario. Sólo
entonces se descubre que no se trata de Rui Pérez, sino del propio don
Ataúlfo.
La carta del príncipe Alfonso al obispo perdida y recuperada varias veces;
la mención de puertas, salidas, escaleras y pasadizos falsos; la rivalidad de
Ramiro y don Ataúlfo; el matrimonio secreto de doña Elvira y don Bermudo,
etc. constituyen otros tantos recursos de intriga. Cabe añadir el empleo del
fuego para crear incidentes dramáticos: una de las escenas culminantes de la
novela es la del incendio del castillo de Altamira, provocado por la
desesperación de don Ataúlfo al verse rodeado de enemigos y sin posibilidad
alguna de defensa:
Las llamas brotaban ya del pavimento y tenían cercada la torre, excepto por la
fachada principal. Ataúlfo y la nodriza subieron al terrado y vieron arder el edificio
por los cuatro costados; el humo, como el negro penacho de Luzbel, ondeaba
cubriendo la mitad de los cielos; parecía que debajo rebramaba el huracán y azotaba el
rostro con llamas ligeras, ráfagas sutiles del incendio, invisibles a la luz del mediodía.
3.7. Tiempo y espacio
En Doña Urraca, la acción de la novela se sitúa en la primavera, en el mes de
abril concretamente, de un año que puede ser 1115 o 1116 (el autor no lo dice
XXIV
expresamente, aunque se puede calcular aproximadamente por algunos datos
que ofrece, como la edad del príncipe Alfonso Raimúndez). En cualquier caso,
respecto a la cronología interna de la novela, interesa destacar que todos los
sucesos se concentran en muy pocos días, diez u once, consiguiéndose de esta
forma un efecto de gran dramatismo.
Respecto al espacio, llama la atención la exactitud geográfica de la novela.
Aparte de las alusiones a otros lugares (Burgos, León, la Corte del príncipe
Alfonso en Mérida…), en Doña Urraca se mencionan diversos lugares gallegos (no
olvidemos los años de estancia del autor en Santiago): el monte Pedroso, el
castillo Honesto en Padrón, Mondoñedo, Lugo (en cuyo alcázar tiene la reina
doña Urraca su Corte), la aldea de Noya, el puerto de Iria, Lupario (entre Padrón
y Compostela), la ermita de Nuestra Señora de la Esclavitud, el puente de San
Payo de Luto, el puente del Sar, etc. Otros muchos topónimos se enumeran
cuando se nos habla de las reparaciones llevadas a cabo por Gelmírez y de las
nuevas adquisiciones para su diócesis. De la ciudad compostelana, además del
templo del Apóstol y el palacio episcopal, Navarro Villoslada menciona la iglesia
de San Salvador en el monte de los Potros, el monasterio de San Martín de
Pinario, la iglesia de San Fis, el convento de Santa María de Canogio, la ermita de
la Santa Cruz (en el monte del Gozo), el monasterio de Mellid, el convento de San
Payo, la puerta Fagaria, la del Camino y la del Mercado
Desde el punto de vista novelesco, dos son los escenarios principales en
que se desarrolla la acción: por un lado, la propia ciudad de Compostela (con
diversos puntos de interés: en las afueras, casi a las puertas, se produce el
ataque a los peregrinos; en casa de maese Sisnando se celebra la reunión de la
hermandad; en el palenque del juicio de Dios, don Ataúlfo queda humillado a
la vista del pueblo; en el palacio episcopal, la reina y Gelmírez se entrevistan y
ultiman sus planes para liberar a Ramiro y don Bermudo); en el templo del
Apóstol, el príncipe Alfonso es jurado rey; por otro, el castillo de Altamira
(encierro de don Bermudo durante veinte años, boda de don Ataúlfo con doña
Elvira, liberación de los prisioneros, asalto final e incendio del mismo).
No son muchas las descripciones del paisaje, aunque hay alguna. Así, tras
una breve alusión a Santiago, el narrador contrapone el clima y paisaje de esta
ciudad con los de Padrón:
Corta es la distancia que a la villa de Padrón separa de Compostela y, sin embargo,
parecen ambas en distintos climas y regiones situadas. Ya hemos visto cuán triste y
nebuloso es el cielo de la segunda; la primera, por el contrario, muestra ufana lejanos
horizontes y una atmósfera diáfana y azul tendida sobre campiñas llanas sin dejar de
ser amenas, perpetuamente verdes y floridas, menos por lo copioso de las lluvias que
por los innumerables raudales que de la montaña descienden espumosos y surcan la
llanura mansos y cristalinos, hasta perderse en el océano, imagen del sepulcro, donde
desaparecen de igual modo los grandes y los pequeños.
XXV
La reina contempla desde un mirador de su alcázar de Lugo «el frondoso
valle, por el fondo del cual extendíase el Miño, adormecido al parecer en un
lecho de flores», embelesada por «las riberas y montañas de Galicia»; otro
paisaje se describe en el momento en que don Bermudo de Moscoso sale de la
prisión del castillo de Altamira al campo; se trata de un locus amoenus que se
corresponde con la idea de libertad recién recuperada. En todas estas
descripciones, la impresión de veracidad es muy alta, pues responden a
paisajes efectivamente vistos por el novelista.
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