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Entre simpatías y oposiciones: la lucha por el voto femenino en Colombia

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Este artículo muestra el debate desempeñado por las mujeres y hombres en Colombia a favor y en contra del derecho a la ciudadanía, y al voto para las mujeres. Los imaginarios que se empezaron a concebir en torno a la mujer colombiana, con su notable participación en el escenario de la política nacional a principios del siglo XX, es el tema central. La revisión de fuentes primarias —periódicos y revistas— permitió examinar la controversia en torno a la ciudadanía de la mujer, tema de gran relevancia para el estudio de los procesos y los confl ictos asociados a la participación e inclusión de las mujeres en la política de Colombia. En general, se examina la pretensión de las mujeres por establecer una sociedad con igualdad de derechos, en un contexto donde el derecho a la ciudadanía y al sufragio universal era dominio de los hombres.
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Revista Departamento
de Ciencia Política
Forum. Rev. 15 (enero - junio de 2019)
e-ISSN: 2216-1767 / pp. 67-90
Entre simpatías y oposiciones: la lucha
por el voto femenino en Colombia*1
Óscar Javier Zapata- Hincapié**2
Universidad Nacional de Colombia
https://doi.org/10.15446/frdcp.n15.71356
Resumen
Este artículo muestra el debate desempeñado por las mujeres y hombres en Colombia
a favor y en contra del derecho a la ciudadanía, y al voto para las mujeres. Los imagi-
narios que se empezaron a concebir en torno a la mujer colombiana, con su notable
participación en el escenario de la política nacional a principios del siglo XX, es el tema
central. La revisión de fuentes primarias —periódicos y revistas— permitió examinar
la controversia en torno a la ciudadanía de la mujer, tema de gran relevancia para el
estudio de los procesos y los confl ictos asociados a la participación e inclusión de las
mujeres en la política de Colombia. En general, se examina la pretensión de las mujeres
por establecer una sociedad con igualdad de derechos, en un contexto donde el dere-
cho a la ciudadanía y al sufragio universal era dominio de los hombres.
Palabras clave: debates; voto femenino; ciudadanía; igualdad; opinión pública; Colombia.
*Artículo recibido: 31 de marzo de 2018 / Aceptado: 03 de junio de 2018 / Modifi cado: 04 de septiembre de
2018. Este artículo es resultado de la primera parte de la tesis de Maestría en Historia Conquistar a las damas:
las mujeres dentro de los idearios políticos de las campañas electorales en Colombia 1954-1962, trabajo dirigido por el
profesor Rubén Darío Acevedo Carmona de la Universidad Nacional de Colombia (Medellín, Colombia),
inscrito en el grupo de investigación “Identidades e Imaginarios Políticos”. La tesis fue fi nanciada por el
programa Jóvenes Investigadores de Colciencias y por la Universidad Nacional de Colombia, adscrita al
proyecto “Campañas electorales en Colombia siglo XX”, dirigido por el profesor Acevedo Carmona.
**Magíster en Historia por la Universidad Nacional de Colombia (Medellín, Colombia). Integrante del grupo
de investigación Identidades e imaginarios políticos de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín.
Últimas publicaciones: Usted tira Mariano y yo Laureano respondo: la división del partido conservador
en 1953 (2014). FORUM. Revista Departamento de Ciencia Política, (6), 99-116 y Atraer el pueblo a las urnas: la
campaña electoral de Enrique Olaya Herrera (2011). HiSTOReLo. Revista de Historia Regional y Local, 3(6), 197-234.
Correo electrónico: ojzapatah@unal.edu.co; https://orcid.org/0000-0002-7418-7715
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Between Sympathies and Oppositions: The Fight
for the Feminine Vote in Colombia
Abstract
This article shows the debate held by women and men in Colombia for and against wo-
men’s right to citizenship and to vote. The imageries that began to be conceived around
Colombian women, with their notable participation in the national political scene at
the beginning of the 20th century, is the central theme that is addressed in this article.
The review of primary sources - newspapers and magazines - allowed examination of
the debate about the citizenship of women, a topic of great relevance for the study
of the processes and conflicts associated with the participation and inclusion of women
in Colombian politics. In general, it examines the women’s intention to establish a so-
ciety with equality of rights, in a context where the right to citizenship and universal
surage was the domain of men.
Keywords: Debates; citizenship; Colombia; equality; female vote; public opinion.
Introducción
Como una larga lucha por el reconocimiento al derecho de ciudadanía se puede calificar
la actuación que precedió a las mujeres colombianas en los albores del siglo XX, alenta-
das por las distintas manifestaciones que se registraron en Inglaterra, Francia, Estados
Unidos y Rusia, en donde la voz de las mujeres se hizo manifiesta y su eco empezó a
resonar en el resto de países del hemisferio occidental, en un ambiente marcado por un
intenso debate entre los que defendían y los que rivalizaban el derecho de ciudadanía
plena para las mujeres, que las facultaría con el poder de elegir y ser elegidas. La fuerza
de los argumentos de ambas posturas estuvo centrada en la defensa, por una parte, de
aquellos que se oponían a la ciudadanía para las mujeres, con el argumento de defender
los valores tradicionales imperantes en la familia y, por otra, contra la visión moderna
de que la mujer, sin la necesidad de renunciar a su rol familiar, podía acceder y partici-
par del escenario político.
Para entender este periplo emprendido por las mujeres en Colombia, en su empeño
por conquistar el derecho al voto, se apela a Scott y su “enfoque distinto en la historia
feminista”. Según esta autora “la historia del feminismo es la historia de mujeres que solo
tienen paradojas para ofrecer” (Scott, 2012a). En efecto, la lucha por los derechos políticos
femeninos aparecía como una aspiración polémica para el sentido común de la época.
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Por eso, una de las pretensiones de este trabajo es identificar el motivo y los imaginarios
que llevaron a las mujeres colombianas a luchar por el derecho a la ciudadanía y al voto.
En este punto, el concepto de ciudadanía se convierte en una guía para comprender la
causa femenina y su apuesta por el voto universal. Se toman los planeamientos de Pierre
Rosanvallon, quien ha explicado la esencia representativa del concepto de ciudadanía y su
afinidad con otros términos de la política moderna, como libertad e igualdad. En el asunto
que nos atañe examinamos cómo fue la lucha de las mujeres para conseguir un lugar en el
escenario público del cual habían estado marginadas, y cómo se empezó a fundamentar
el principio de libertad, que permitiría establecer lo que Rosanvallon denominó una “so-
ciedad de iguales”. El artículo, en general, examina esta pretensión de las mujeres colom-
bianas por establecer una plena sociedad de iguales en un contexto donde el sufragio era
una “especie de sacramento de la igualdad entre los hombres” (Rosanvallon, 1999, p. 12).
Entonces, orientados por los anteriores argumentos, se aborda un tema que en
general resulta ser una gran paradoja en lo que representó la lucha y la conquista de la
ciudadanía de las mujeres en Colombia. Como primer objetivo se analizan importantes
faces de los intensos debates que se dieron acerca de la lucha por la reivindicación de
los derechos de las mujeres y, en especial, el de la ciudadanía plena, en un escenario en
el que los argumentos de apertura de sus derechos eran fácilmente vapuleados bajo la
intransigencia de quienes defendían la tradición paternal, de la preservación y cuidado
de los buenos valores que se verían estropeados si las mujeres, una vez alcanzaran el
derecho de ciudadanía, participaran en los escenarios de la opinión pública.
Mostrar el aire modernizante que empezó a respirar la sociedad colombiana a par-
tir de 1930, en el que la presencia de las mujeres en los escenarios políticos y de opinión
pública se afincaba con mayor fuerza, es el segundo objetivo del artículo. Las mujeres
para obtener, en un lento y difícil peregrinar, sus derechos a la ciudadanía y al voto, em-
prendieron una tarea desde la tribuna, las editoriales y columnas de opinión que fueron
moldeando un imaginario que pesaba sobre ellas, la de permanecer tras bambalinas de
la vida política. En este intenso debate no estuvieron solas; hombres de finada erudi-
ción, como también de políticos que apoyaban la causa reivindicativa, las acompañaron.
Al final, como tercer objetivo, se estudian pasajes del debate con que lograron el dere-
cho de ciudadanía plena en 1954.
Es relevante señalar que el proceso de investigación estuvo marcado por la abun-
dante información de fuente primaria en contraste con la escasez de estudios histo-
riográficos sobre el tema. Si bien existen investigaciones sobre la ciudadanía de las
mujeres en Colombia, que aportaron el contexto necesario para orientar la presente
reflexión, en general es poco lo producido.
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Ser natural e individuo abstracto, o del arduo debate a favor
y en contra de los derechos para las mujeres en Colombia
En una de las acepciones en la que Voltaire define el término mujer dice: “Han nacido
para agradar y ser el adorno de la sociedad, y hasta diríase que han sido creadas para
suavizar las costumbres de los hombres” (Arouet, s. f.). Esta definición resulta ser una
dócil postura si se la compara con la sátira expresada por Molière (1981) en su comedia
Escuela de mujeres, en la que Arnoldo o señor de La Souche, como se hace llamar, le dice a
la inocente Inés: “Vuestro sexo obliga a la dependencia; la omnipotencia está del lado de
la barba” (p. 215). Ambas descripciones permiten tener una interpretación que muestra
cómo eran concebidas las mujeres en la sociedad occidental.
Hasta la mitad del siglo XX la idea de reconocer el derecho de ciudadanía para las
mujeres en Colombia se había vuelto un tema que terminaba fácilmente en pendencias
verbales entre los sexos. La oposición a tal ideal sostuvo la defensa de hacer valer los
valores morales de la familia tradicional, pues las buenas costumbres —expresaba la
oposición— sucumbirían si se les diera a las mujeres el derecho de ciudadanía plena,
con el poder de elegir y ser elegidas, pues así las mujeres entraban a tener voz y voto en
el terreno político, escenario que estaba infestado de malas prácticas y las mujeres se
verían plagadas de esos malos vicios; así lo expresó Armando Solano (1970):
Nada pugna tanto como la intervención de la mujer en política, con la índole de nuestras ra-
zas. Nuestra mujer, gracias a Dios, es esencialmente casera, doméstica, y es dentro del hogar
donde despliega sus buenas y malas condiciones […] Los que algo, aunque poquísimo, tenga-
mos todavía de latinos, no queremos, no toleramos la mujer politiquera, la mujer de acción,
oradora, periodista o redentora del pueblo. Ese tipo de mujer es sajón (p. 690).
La búsqueda de ese ideal de igualdad entre ambos sexos desató profundos debates
en los cuales la causa de las mujeres colombianas quedaba en desventaja, ya que eran
temas abordados por hombres que, en la mayoría de los casos, defendían la concepción
natural de la mujer, opuestos a la de reconocerlas como individuos con derechos. No
obstante, esto fue el ápice para que las mujeres emprendieran las acciones reivindicati-
vas de sus derechos, en especial el más esquivo de todos, el del derecho a la ciudadanía
que las facultara con el del voto. Este panorama resulta ser la exégesis que encaja como
ejemplo para describir la esencia de los primigenios movimientos feministas en Colom-
bia, al hacer nuestra la definición que da Karen Oen (2015): “feminismo es el nombre
que se le da a una respuesta crítica integral a la subordinación deliberada y sistemática
de las mujeres como grupo por parte de los hombres como grupo dentro de un escena-
rio cultural dado” (p. 215). Esta definición acoge el espíritu de las mujeres colombianas,
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quienes a partir de 1920 intensificaron la lucha por sus derechos. Entre la miscelánea
de temas que debía sortear, uno era preponderante, la denominada Parité; término al
cual Scott le dedica una esclarecedora investigación en la que pone en evidencia los
debates que en torno a la condición natural de la mujer se daban, por ser un factor con
el que se sustentaba su exclusión de la vida como posible ciudadana; pues seguían sin
ser representantes ni ser representadas en el ámbito político. A partir de este juicio, que
señala la condición natural de la mujer poniéndola en desventaja frente a los hombres,
se empezó a enfatizar en el discurso la condición de individuo abstracto para la defensa
femenina. Por eso: “La abstracción, después de todo —dice Scott—, significaba hacer
caso omiso de los atributos que distinguían a la gente en su vida cotidiana; con esta
medida, cualquier individuo podía ser considerado ciudadano” (Scott, 2012b, p. 281).
Dentro de este ámbito, el mayor problema que desató el señalamiento de la naturaleza
del sexo femenino era el de poner en evidencia la inferioridad frente al hombre, suceso que
dio pie para agudizar la concepción paternalista con el cual se regía el destino civil y social
de la mujer. A pesar de eso, frente a esta sólida estructura que representaba la concepción
paternalista, las mujeres empezaron a manifestar su rechazo a esa forma de concebir sus vi-
das. Se empezó a dar, adaptando el análisis metafórico que Robles (2002) emplea para inter-
pretar este comportamiento, el surgimiento del “símbolo de Atenea”, que “arrastra consigo
un drama que alcanza a toda mujer que nace, como ella, del cráneo paterno” (p. 55). Pero
en el tiempo, Atenea mostraba su pacífica rebeldía ante el dictamen paterno; aun así, este
“modelo de feminismo, que tardaría milenios en incorporarse a la civilización occidental”
(Robles, 2002, p. 17) se usó para combatir y vencer prescripciones bíblicas que sirvieron
de fundamento para ordenar a la sociedad, como la que cita Perrot acerca de la Epístola a
Timoteo escrita por Pablo: “Que la mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión.
No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre” (Perrot, 2009, p. 28).
Estas representaciones que se daban de la mujer empezaron a ser rebatidas y trans-
gredidas, en especial dentro del ámbito de la participación política. Afirma la historiado-
ra Velásquez Toro (1988) que en Colombia las mujeres vivían:
Marginadas expresamente de la vida pública, desconocida su personalidad jurídica por el
Estado, relegadas al ámbito hogareño, a la crianza y educación de los hijos, a las tareas de la
economía familiar o a las que son prolongación de las mismas, las mujeres se perfilan como
sombras en el pasado (p. 10).
Para desvirtuar esa concepción generalizada que se tenía de las mujeres, en un país
de vieja tradición patriarcal, a ellas les tocó emprender una lucha verbal desde la tribuna
y la expresión escrita, para que se admitieran sus derechos políticos y así poder entrar
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a ser parte de un electorado con sed de votar, con intención manifiesta de sentirse par-
tícipes en las decisiones políticas del país.
Uno de estos primeros escenarios, en el que grupos de mujeres irrumpen lo que has-
ta el momento había sido un monótono libreto dentro de los círculos políticos, fue la cam-
paña electoral de 1930, en la que la mujer se libra de ser, como lo describe Romero (2016):
“La figura de ‘Edecán del tribuno’ esposa a su lado, que fungía como reflejo del ideal de
familia católica” (p. 28) Esto contribuyó a que las mujeres colombianas, luego de permane-
cer relegadas de la vida política, pudieran generar opinión en el escenario público.
Imagen 1. Grupo de damas que concurrieron al Muelle de los Pegasos a la llegada del
doctor Enrique Olaya Herrera
Fuente: Cromos 695 (18 de enero de 1930, p. 9).
En la fotografía se puede observar al expresidente Carlos E. Restrepo, quien en com-
pañía de un grupo de mujeres aguardaba la llegada del candidato liberal, Enrique Olaya
Herrera, a quien atenderían con un recibimiento organizado por las mujeres de Cartagena.
Este escenario de campaña electoral fue propicio para que algunas mujeres intrépi-
das emitieran discursos y consignas desde el púlpito, enaltecieran al público y lanzaran
mensajes acerca de la vulnerabilidad en la que se encontraban. Justamente, en la mani-
festación del 21 de enero de 1930, la señorita Paulina Huyke pronunció un discurso en
nombre del comité femenino, en el que expresó lo siguiente:
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Hombres de mi país:
Me atrevo a hablar ante vosotros en estos momentos, no porque me crea oradora, sino por-
que estoy segura que tengo algo que decir. No sé si nosotras al provocar esta manifestación de
carácter nacional vendremos también a pedir algo. Muchos son los derechos que podríamos
reclamar, ante un pueblo que oyera la voz de la justicia, pero preferimos dar un ejemplo y
callar todo lo que en tal sentido pudiera sostenerse. No pedimos nada. Ni siquiera el progreso
y la dignidad de la patria, porque no queremos quitarles a los hombres el ejercicio de su más
sagrado deber. Venimos contra toda costumbre, a ofrecer más bien, a ofrecer nuestro entu-
siasmo, nuestra sinceridad, sin más aspiración que la de ocupar las avanzadas que no tengan
defensa ( “Discurso de la señorita Paulina Huyke, en la manifestación de anoche en nombre
del comité femenino olayista”, 1930, p. 14).
Paulina Huyke se refirió al candidato de la Concentración Nacional, Enrique Olaya
Herrera, y en nombre de las mujeres de Colombia confirmó la adhesión a su campaña
electoral. Estas propusieron un apoyo tanto organizativo como económico que, más allá
de demostrar el desinterés por un futuro reclamo, como compensación por los favores
prestados durante la campaña, exhibió un nuevo sentir de lo político que incluía a las
mujeres. Aunque Huyke expresaba de manera recatada el aporte que las mujeres po-
dían brindar en la política, otras mujeres eran más fervientes en sus discursos, como
lo demostró Romero al hablar de la “enérgica Lucía Saint Malo de Osorio”, quien ante
la presencia del candidato liberal Olaya Herrera, en Barranquilla, expuso lo siguiente:
Nuestro arresto puede parecer estéril a los técnicos de la política. No tenemos ya el dominio
que se nos atribuía en el siglo galante, ni la influencia de feministas emancipadas e intelec-
tualizadas. Somos un tipo de mujer que discuerda entre el ideal pretérito que se desvanece
y las aspiraciones reivindicadoras que nos atrevemos a asimilar. […] Afrontamos el ridículo
conscientemente, seguras de que ese ridículo es más digno que el de los legisladores que no
saben legislar y el de los gobiernos que no aciertan a gobernar (El Tiempo, 1930, citado en
Romero, 2016, p. 234).
Este enunciado da muestra de una posición desafiante hacia el hombre político, lo
cual ya es una prueba fehaciente de la mentalidad que se empezaba a generar en las mu-
jeres colombianas que reclamaban sus derechos, esa búsqueda incesante de la paridad
entre ambos sexos; además, fue un mensaje en el que se evoca la presencia necesaria
de las mujeres para corregir y ordenar la política infestada por las malas acciones de sus
conductores: los hombres.
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Imagen 2. Las sufragistas japonesas
Fuente: Cromos 697 (5 de febrero de 1930, p. 13).
Esta imagen hace parte de un reportaje sobre las sufragistas japonesas en el que se
menciona la rapidez con que Japón adoptaba las costumbres que se desarrollan en Occi-
dente; hibridismo cultural que también permeó la escena política, pero que dejó un des-
concierto por el declive de los valores tradicionales: “¿Pero es todavía el Japón el país de
las crisantemas? No. Merced al abandono de los viejos usos y costumbres niponas, el Japón
heroico de los samurái y las geishas se está perdiendo todo lo que constituía su encanto
característico e inconfundible. Y probablemente no tardará mucho en convertirse en una
copia servil de los países occidentales” (Cromos 697, 5 de febrero de 1930, p. 13). Este tipo
de noticias contribuían a darle mayor peso a la lucha de la mujer por conseguir el derecho
al voto, ya que estimulaba a la opinión pública sobre un tema que se había instaurado como
parte de la agenda política del hemisferio occidental, aunque sin perjuicio de alcanzar otras
latitudes como Japón, país en el que la mujer adquirió el derecho a sufragar en 1946.
Entre el 17 y 28 de diciembre de 1930 se celebró en la ciudad de Bogotá el IV
Congreso Internacional Femenino, evento precedido por mujeres con bagaje académico
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como Elvira Lleras Restrepo, Georgina Fletcher, Elisa Lleras Camargo, María Eastman,
Claudina Múnera; “una de las más importantes damas del país” (“Esta noche inaugura
sus secciones el IV Congreso Internacional de Mujeres”, 1930, p. 1), entre otras, que
aprovecharon el evento para marcar un precedente, el de mostrar las capacidades de
liderazgo y en especial el de afrontar temas de orden político y social. Elvira Lleras
Restrepo fue una de las que pronunció un discurso en homenaje a Simón Bolívar, en el
centenario de su muerte, y con relación a la mujer colombiana señaló lo siguiente:
La vida se hace dura. Una competencia casi feroz impone a la humanidad un esfuerzo que el
hombre solo no alcanza a soportar. De nuevo toca a la mujer tomar sobre sus hombros una
parte de la carga, aumentar sus deberes hogareños con un trabajo que complete lo que el
hombre no puede realizar. Y he ahí cómo, después de siglos de evolución, vuelve la humani-
dad a la primitiva división del trabajo, y encuentra a la mujer cargada con las obligaciones, de
los primeros tiempos pero despojada ya de la igualad que entonces tuvo. Una vez más la vida
se encuentra en contradicción con las normas consagradas en las costumbres y en las leyes.
Quebrantar esa contradicción, adaptar la legislación y las costumbres a la dura realidad vital,
esa es la labor feminista, por ese camino se endereza el esfuerzo de estos congresos y de las
asociaciones consagradas como el Centro Femenino Colombiano a una lucha no por calada
menos meritoria (Lleras, 1930, p. 13).
Este panorama permite apreciar que para el primer tercio del siglo XX la mujer co-
lombiana ya había manifestado su interés por ampliar sus derechos. Sin embargo, pese
al avance que se registraba en otros países en cuanto al reconocimiento de ciudadanía y
del voto, como Chile, Argentina y Brasil1, Colombia permanecía anclada en una especie
de inercia debido a dos factores transversales: el primero tenía que ver con la resis-
tencia al cambio de los valores que caracterizaban a la mujer tradicional, y el segundo
con el hecho de que el liberalismo temía que con la apertura del sufragio femenino se
aumentara el electorado a favor del conservatismo.
El proceso por expandir los derechos de la mujer colombiana, durante el período
de la República Liberal, se puede entender como de notables logros, pero inevitable-
mente se ocasionaban desaciertos durante su lucha. En el gobierno de Olaya Herrera
1. Carlos Uribe Echeverri, liberal, embajador en Brasil, quien en 1932 hizo una comparación entre el ámbito
político y electoral de Brasil y Colombia. Mientras que en el primero ya se había aprobado la ciudadanía a la
mujer, en Colombia era “cuestión de ambiente y de sentimientos. Por eso creemos que en Colombia tardará
mucho la reforma; sin duda, nadie la quiere, nadie la pide” (Uribe, 1936, p. 31). La referencia a un contexto, a
un estado de ánimo cuyos sentimientos no estaban orientados al apoyo de conceder los derechos políticos
a las mujeres y la generalización atrevida de decir que esta no era una idea anhelada por la sociedad,
corroboran la idea de que este era un tema tratado desde los intereses y conveniencias políticas
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a la mujer casada le fue concedido el derecho a la potestad de sus pertenencias. Sin
embargo, cuando en 1933 un grupo de parlamentarios conservadores buscó el reco-
nocimiento del derecho al voto, mediante un proyecto de ley constitucional, este “fue
archivado después de haber sido recibido en primer debate” (Velásquez Toro, 1988, p.
48). Este tipo de procesos infructuosos fueron frecuentes, incluso en un contexto que
tenía como proyecto la modernización del Estado, pero en el que siguió primando la
estrategia política que la del interés común, como se demuestra a continuación.
El 11 de diciembre de 1934 Jorge Eliecer Gaitán pronunció ante el Senado un dis-
curso que intituló “Igualdad de derechos para la mujer”, en el que criticó la posición
de los liberales de avanzada, quienes eran reacios, por ejemplo, a que esta asistiera a
la universidad. Las posiciones de varios de estos políticos pretendían que las mujeres
estuvieran siempre dedicadas a las labores del hogar, como lo admitió el representante
Germán Arciniegas, quien además consideraba que las profesiones liberales no eran
para las mujeres, ante lo cual Gaitán (1987) arguyó lo siguiente:
Se dice —y aquí mismo se ha dicho— que la mujer es inferior al hombre. Pero eso se expresa a
humo de pajas, sin demostrarlo científicamente que es como se deben demostrar las afirmacio-
nes. Pues bien: yo niego enfáticamente semejante tesis. Muy al contrario. Considero, y así lo
sostienen muchas autoridades de fama mundial cuyos conceptos conozco y puedo citar en cual-
quier momento, que la mujer es en muchas de las actividades humanas superior al varón. Si hoy
le falta la adecuada preparación es por causa y como resultado de las circunstancias ambientales
y eso es lo que debemos modificar, lo que estamos en mora de emprender para cumplir nuestra
obligación de legisladores de proporcionarle los medios que le permitan avanzar en ese nivel
superior a que es acreedora y cuyo camino le hemos cegado siempre (p. 157).
Aparte de denunciar la actitud reacia hacia el reconocimiento de los derechos de la mujer,
Gaitán también elevó la propuesta de que en las labores de desempeño profesional hubiera
presencia femenina; ya que, “en esta forma adquirirá más rápida y eficazmente la plena parti-
cipación política a que también tiene derecho y que también le hemos negado” (Gaitán, 1987,
p. 158). En medio de estas asonadas verbales, en pro y en contra del sufragio femenino, se
gestaron algunas iniciativas que dinamizaron el debate. Letras y encajes2 fue uno de los medios
impresos en el que las mujeres manifestaron e impulsaron el sentido renovador de su vida,
y a través del cual se dirigieron hacia aquellos que emitían conceptos desfavorables hacia su
causa, como también hacia aquellas voces que las respaldaban. Un ejemplo de esa expresión
fue el artículo “El voto femenino”, en el que, en nombre de las mujeres de Colombia, se salu-
da al representante a la Cámara Luis Javier Velásquez, quien intervenía en el debate sobre el
2. Revista fundada en 1926 por Teresa Santamaría de González.
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derecho del voto para la mujer. El texto también revela una crítica a los partidos tradicionales,
al señalar que estos eran los responsables de haber impuesto todo tipo de trabas que obstacu-
lizaban el proceso. Sin embargo, hubo matices. Por ejemplo, el Partido Conservador pensaba
que esta situación era una “falta a la dignidad de la mujer”, mientras que los liberales, quienes
habían impulsado notables avances en reconocimiento de otros derechos, decían: “hoy que
constituyen mayoría es el más grande opositor a dejarnos votar, dizque por que la mujer, por
naturaleza, es conservadora, se deja influenciar por el clero y tema que a las primeras eleccio-
nes vuelva el poder al partido opuesto” (“El voto femenino”, 1940, p. 4740).
Fue en 1944 cuando el debate sobre el sufragio femenino alcanzó su mayor punto
de inflexión, con el inicio de las discusiones sobre una posible reforma constitucional
en Colombia. Entre los ponentes figuraban los liberales Carlos Lleras Restrepo, quien
apoyó plenamente el reconocimiento de los derechos políticos a la mujer, y Alberto
Lleras Camargo, el cual no negó la necesidad de habilitar la ciudadanía femenina, pero sí
estaba en contra de que se le concediera inmediatamente el derecho al sufragio porque:
El hecho de que hay unidades excepcionales dentro de las mujeres que tienen una prepa-
ración para la vida pública, perfectamente suficiente y excepcional, y entonces nosotros le
abrimos también en forma excepcional el campo para que llegue a esas posiciones; lo que
les damos es el derecho general, porque consideramos que las mujeres no tienen todavía la
capacidad para intervenir en masa, como cuerpo electoral, para votar (Lleras, 1987, p. 397).
En apoyo también estuvo Luis López de Mesa, quien en conferencia dictada en el Teatro
de San Bartolomé, en 1944, planteó el tema de la igualdad constitucional para las mujeres, en
el cual expresó una diatriba en contra de quienes se oponían al reconocimiento del derecho de
ciudadanía plena para las mujeres en Colombia. Acá un pasaje de su pronunciamiento:
Es este breve desequilibrio jurídico que carece de sensata explicación, si no es la de los vagos pre-
sentimientos sutiles de nuestros jerarcas del orden partidario y los de nuestros guardas custodios
de la feminidad, que creen que nuestras mujeres perderían ahora el seso y se dejarían conducir
ciegamente por consejeros de ocasión, o padecerían menoscabo de su dignidad señoril en las
ardientes pugnas del foro. No lo entiendo yo así. Por esa ley pendular de la historia que busca
el término medio de la acción, en donde quiera que la mujer adquirió el amplio disfrute de sus
derechos, la proporción electoral de los partidos políticos continuó inalterada (Cruz, 1997, p. 463).
Por su parte, el opositor Calibán argüía que:
La mujer tiene un vasto campo en el hogar para desarrollarse como persona, mientras la política es la
más vergonzosa de nuestras actividades […] el voto femenino es “peligroso para el régimen” porque
es “contrario a la realidad nacional”, porque “volveremos a tener a los obispos de virreyes”, porque
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“es odioso ver a las mujeres en política”, porque “puede llegar a menoscabar su tranquilidad”, porque
“no está preparada para dar este salto”, porque “no corresponde a un anhelo de la mujer”, porque “la
mujer tiene más disposición para el hogar que para la urna” (Lola, 1999, p. 202).
Este tipo de argumentos en contra de la causa femenina propició que en la reforma
constitucional de 1945 la mujer obtuviera un resultado ambivalente, pues por una parte se
le reconoció el derecho de ciudadanía, pero sin el derecho a votar. Sin embargo, el impul-
so de las mujeres no se debilitó, al contrario, tomó más fuerza para presionar al Estado, o
mejor, a los políticos que eran quienes tomaban las decisiones. Así, entre 1944 y 1945 se
conformaron numerosas organizaciones femeninas como la Unión Femenina de Colombia,
la Acción Feminista Nacional, la Liga de Acción Feminista Colombiana, las Legiones Feme-
ninas, la Organización Femenina del Atlántico y el Comité Femenino Manuela Beltrán, las
cuales mantuvieron activa la lucha por alcanzar su máximo ideal: el derecho a votar.
Uno de los factores que alentó la lucha de las mujeres, dentro de la esfera social
y política en Colombia, fue la publicidad a escala industrial, pues en este contexto la
mujer, además de mostrarse como impulsora e imagen comercial de diversos produc-
tos y servicios, también encontró un lugar para crear una nueva representación de lo
femenino, opuesta a la figura de la mujer enclaustrada en las rutinas del hogar. Como lo
dijo Cott (1993): “La publicidad difunde el nuevo modelo de feminidad estimulando el
consumo” (p. 102). De esta manera, la imagen se convirtió en un vector importante que
influyó en la creación de un nuevo imaginario social acerca de las mujeres.
Imagen 3. Publicidad de Coltejer
Fuente: portadilla de la revista Letras y Encajes 234 (enero de 1946).
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Imagen 4. Publicidad de Fabricato
Fuente: El Correo (12 de enero de 1954, p. 5).
En los anteriores anuncios se observa una representación de mujer diferente a la
tradicional. Rostros en primer plano y cuerpos en posturas seductoras que manifiestan
una actitud de libertad corporal y que, de alguna manera, reflejan un cambio de actitud
de la sociedad, expresado en la existencia de un nuevo estilo de la moda; una nueva
imagen de la mujer moderna, la cual, como lo expresa Luisa Passerini (1993): “se ocupa
del hogar pero al mismo tiempo presta especial atención a su arreglo personal” (p. 352).
En la investigación “Moda femenina en Medellín”, los autores dicen que entre 1930
y 1950 las nuevas tendencias en la moda habían generado un cambio en la mentalidad
de las mujeres colombianas, fenómeno cultural en el que la sociedad era permeada por
tendencias provenientes de otros países. A este hecho se sumó el impacto que, a partir
de 1920, empezó a generar la migración del campo a la ciudad, provocada por el auge
industrial (Arias, 2011). En conclusión, los autores afirman lo siguiente:
La moda del período tuvo nuevos referentes en el cine y la música; entre las divas de Ho-
llywood que se destacaron estaban Joan Crawford, Greta Garbo y Marlene Dietrich; esta últi-
ma indujo a las mujeres a depilar finamente sus cejas para conferir a sus miradas el aire fatal
de la vampiresa. Al lado de las divas extranjeras brillaron con luz propia las beldades locales,
gracias a la iniciativa del cartagenero Ernesto Carlos Materno de integrar a Colombia, a través
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de sus mujeres, en el marco del Concurso Nacional de Belleza en Cartagena, que se inició en
1934, brindando desde entonces motivos de inspiración a la moda local. El vestuario femeni-
no se tornó sofisticado y de tonos profundos, que modelaron el cuerpo sin restarle movilidad;
ello se debía a que los vestidos eran cortados al sesgo, siguiendo el estilo propuesto por la
diseñadora francesa Madeleine Vionnet, permitiendo que los trajes se ciñeran de manera na-
tural a la silueta. En los años treinta, la ropa comenzó a ser más práctica. La silueta femenina
cambió, descendiendo la cintura a su posición anatómica, marcando el talle y ensanchándose
los hombros. La revolución fue la falda corta, que surgió a mediados de la década anterior
(Ramírez, Bonnet y Arango, 2012, s. p.).
Estas manifestaciones aproximadas de la imagen femenina en Colombia contribu-
yeron a consolidar una nueva representación de las mujeres, que les valió para po-
sicionar su presencia dentro de las dinámicas sociales. De hecho, como lo dicen los
investigadores citados, “la política las hizo invisibles, pero la moda les otorgó poder”
(Ramírez, Bonnet y Arango, 2012, s. p.), pues este fue el medio a través del cual las mu-
jeres empezaron a asentar su postura política en la opinión pública.
En la recta final
Una serie de problemas empezaron a emerger a partir de la reforma constitucional de
1945. El país afrontaba un escenario convulso debido al desmoronamiento de la Repúbli-
ca Liberal; los viejos rencores entre los partidos hegemónicos revivieron y encontraron en
la calle, la plaza pública y los teatros el escenario idóneo para el enfrentamiento contra el
adversario, en un tiempo en el que la palabra pasó a representar la mayor fuerza de com-
bate en las grandes contiendas partidistas. En este contexto, la mujer tomó parte activa,
ya que el derecho de ciudadanía otorgado comenzó a generar una nueva conciencia en la
sociedad y, por eso, su participación en la escena política se asentó con mayor firmeza al
finalizar la década de los cuarenta3. Sin embargo, en el proceso de tejer las condiciones
para la obtención del sufragio universal, la aguja se torció en varias puntadas.
Por medio del término paradoja, con que Scott dimensiona la historia de las mujeres
francesas en su lucha por la reivindicación de sus derechos, se puede entender el duro
peregrinar de las colectividades femeninas en Colombia, en su delirante empeño para
3. Para estudios sobre la época de la Violencia en Colombia véase Acevedo (1995). Acerca de este período hay
notables pesquisas sobre la lucha por el voto de la mujer, entre los que sobresalen los trabajos: “Mujeres radicales,
el voto y la participación femenina en la política Gaitanista” (Green, 1996) y “La feminidad y el sufragismo” (Lola,
1999). Ambos autores mencionan la figura de Jorge Eliecer Gaitán —líder del ala radical del liberalismo— porque en
su trayectoria como político siempre expresó el apoyo por la ampliación de los derechos de la mujer colombiana,
quien en muestra de agradecimiento por sus contribuciones lo acompañó en sus últimos años de lucha.
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conseguir el derecho al voto. Si bien se ha mostrado el apoyo que notables intelectuales
de la época le expresaron a las ligas femeninas, no puede olvidarse que algunas mujeres
de la elite se oponían a la posible obtención del derecho al voto; oposición que no era
tajante sino propositiva, como lo manifestó la señora Cecilia López Restrepo, a quien la
sociedad describía como “figura exquisita entre la intelectualidad femenina colombia-
na” y que se oponía al voto femenino sin antes establecer las condiciones idóneas de
formación académica y cultural:
¿Cuál es tu opinión sobre el voto femenino? Riendo dice: “Tú, que me conoces tanto, vas a
extrañarte de mi opinión sobre tan delicado asunto: No soy partidaria del voto femenino, por
la falta de independencia de la mujer colombiana. Habría en las urnas más papeletas, pero
no más opiniones consientes. Por eso quiero ilustración para la mujer actual, a fin de que las
venideras generaciones puedan reclamar sus derechos políticos (La mujer necesita prepararse
para poder emitir su opnión, 1948).
Contraria era la posición de Gilberto Alzate Avendaño, quien en un ensayo de 1952,
titulado “La mujer entra en escena”, le dio valor al posicionamiento político alcanzado
por la mujer, pero también señalaba que el país atravesaba una especie de inercia ab-
soluta, si se le comparaba con otros estados en donde el derecho al voto femenino ya
había sido otorgado. En ese sentido, Alzate buscó sustentar, desde una mirada moral y
humana de la noción teológica del ser, que la igualdad entre el hombre y la mujer estaba
orientada por el alma y el espíritu, y que las diferencias físicas y de deberes no hacían a
las mujeres inferiores e incapaces:
Cristo la equiparó con el Hombre ante Dios y le reconoció la misma alma. Su Iglesia estableció
a favor suyo la monogamia y el vínculo conyugal perpetuo, así como la honró, colmándola de
excelsitudes y devociones, en la figura de María. Hoy en casi todos los países se le reconoce
igualdad de derechos civiles y políticos. Pronto la inferioridad de la mujer será una aberración
histórica, como ya lo es la esclavitud de los negros, como va a serlo la servidumbre de los
pobres (Alzate, 1979, p. 211).
Así, el intelectual y político Alzate pregonó la idea de completar el derecho de las
ciudadanas, a quienes les faltaba la posibilidad de elegir y ser elegidas. Aunque el tema
tuvo resonancia en la polifonía discursiva de los políticos en 1953, no había logrado la
plena atención que merecía a causa del frenético ruido que presentaba el orden polí-
tico, pues tanto el Partido Liberal como el Conservador se debilitaron internamente,
situación que condujo al país a la debacle administrativa (Zapata, 2014). Este episodio
presentó una situación coyuntural en su desenlace, cuando el general Gustavo Rojas
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Pinilla asestó un golpe de opinión al mandatario conservador Laureano Gómez, quien tuvo
que exiliarse en España (Velásquez, 1998 y Lola, 2001). En este sentido, la amplia popu-
laridad del general al inicio de su gobierno fue un aliciente para que las mujeres aprove-
charan y alcanzaran el derecho al sufragio.
Varios sucesos contribuyeron para este fin, entre ellos la noticia proveniente de
Caracas (Venezuela) de que Floyd W. Lee, delegada estadounidense de la Comisión In-
teramericana de Mujeres (CIM), presentó en la X Conferencia Interamericana tres infor-
mes sobre la condición de las mujeres en América. Las mujeres, disertó la señora Lee,
“deben de ser conscientes del hecho de que el propósito principal de la comisión es
trabajar por la expansión de los derechos políticos, civiles y económicos de la mujer”
(Informes sobre el “Status femenino” serán presentados en Caracas, 1954, s. p.). De
igual manera, en los diarios nacionales y regionales las columnas de opinión intensifica-
ron sus aportes sobre el derecho al voto para la mujer, lo que representó un espaldarazo
para la lucha femenina. En este escenario, el 26 de enero de 1954, justo en el momento
más acalorado del debate, Margarita de Holguín, quien escribía para El Correo, solicitó el
apoyo de la sociedad frente a la polémica por el reconocimiento del voto de la mujer:
Ha llegado definitivamente para la mujer colombiana la hora de exigir algo que le corresponde
por derecho propio, y que personas que se han quedado a la zaga de la marcha del mundo pre-
tenden negárselo. El voto femenino no es ni mucho menos un gentil obsequio que los señores
integrantes de la Comisión de Estudios Constitucionales nos van a hacer con gesto galante. El
voto femenino lo hemos conquistado ya. Es un derecho que nos corresponde y que quieren
negarnos arbitrariamente (De Holguín, 1954, p. 1).
No obstante, días después de la aparición de esta columna se notificó la negación del
voto a la mujer por parte de la Comisión de Estudios Constitucionales (CEC): “El aludido
proyecto, que fue objeto de intensos y prolongados debates, fue negado por nueve votos
contra siete” (Negado el voto femenino, 1954, p. 1). La crónica de la intensa jornada en la
que transcurrió esta controversia permitió conocer los discursos en defensa de la causa
femenina, que pronunciaron Luis López de Mesa y Gilberto Alzate Avendaño, e interven-
ciones en representación de las mujeres por parte de las señoras Esmeralda Arboleda de
Uribe, Margarita de Holguín y Berta Hernández de Ospina; pero también se dieron los
nombres de las personas que votaron en contra de la iniciativa: Eleuterio Serna, Carlos
Albornoz, Gonzalo Gaitán, Álvaro Copete Lizarralde, Rafael Bernal Jiménez, José de la
Vega, Carlos Holguín Holguín, Hernando Navia Varón y Jesús Estrada Monsalve. Fue a
partir de ahí que las mujeres que debatían la causa del derecho al voto empezaron a hacer
mayor presión sobre Rojas Pinilla, para que las ayudara a que el proyecto fuera retomado
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y aprobado en ambas instancias, en la CEC y la Asamblea Nacional Constituyente (ANAC).
Aprovechar el gobierno de Rojas Pinilla resultó ser una buena estrategia, ya que como lo
estudia Lola (2001), este bebía de las aguas del populismo: “Bien pudieron mover a Rojas
para dar el voto a las mujeres las mismas razones que a Perón, Getulio Vargas y otros po-
pulistas latinoamericanos: doblar la masa de votantes” (p. 84).
Lucila Rubio de Laverde, integrante de la Acción Feminista de Colombia en el más
recalcado acento del feminismo, como lo define Oen, concentra sus esperanzas en
los legisladores colombianos de la ANAC para lograr el derecho al voto, luego de años
de lucha en donde los avances obtenidos eran pequeños suspiros logrados dentro del
agitado ambiente que representaba su causa; “Desde 1944 —opinaba la señora Rubio de
Laverde— pedimos insistentemente al congreso el sufragio universal, pero solo logra-
mos en 1945 cambiar la palabra varón por colombiano” (Rubio, 1954, p. 33). Además,
Rubio reprocha que todos los espacios y materiales con los que se expresaban en el es-
cenario de la opinión pública, como folletos, memoriales, libros, revistas y conferencias,
fueron siempre ignorados por los legisladores que renunciaban a aprobar el derecho a
la igualdad entre los sexos, y más parecía defender la vieja concepción de que “el varón
colombiano solo tuviera como meta final el afianzamiento de la teoría de la inferioridad
femenina” (Rubio, 1954, p. 33). Al final termina con el siguiente augurio:
Algún día la mujer colombiana afianza su independencia y pierde el miedo de intervenir en la
política, la vida del país perdería las duras aristas del delineamiento puramente varonil que
hoy acusa para adquirir los gratos contornos que la sensibilidad social y el menor egoísmo de
la mujer podrían imprimir al desenvolvimiento de la sociedad a todo lo ancho del territorio
nacional (Rubio, 1954, p. ).
En la sección “Política” de la revista Semana se publicaron crónicas a través de las
cuales se cuestionaban los melifluos discursos con que ciertos legisladores de la ANAC
se dirigían al momento de abordar el tema del derecho al voto para las mujeres colom-
bianas: “un tono lírico, a veces ligeramente cursi de las intervenciones masculinas” lo
cual, concluye la crónica, contrastaba con las claras exposiciones, “en muchos aspectos
irrebatibles”, de las mujeres que participaban de los debates, como lo fueron Esmeralda
Arboleda de Uribe, a quien describían como “lógica e irónica”; Josefina Valencia de Ubach;
de ella decían que era “serena, trascendental, oportuna”, Bertha Hernández de Ospina era
“humorística y de réplica constante”, y María Aurora Escobar, “vehemente y lírica, la única
romántica del grupo” (“Las copartidarias”, 1954, p. 3). Ante la negación del voto para las
mujeres colombianas, decretado por la CEC, se publicó en Semana lo siguiente:
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Las damas de todo el país que más activamente pelearon la obtención del voto femenino en
la CEC y las que adhirieron al movimiento sin participar directamente, no se hallan en manera
alguna desalentadas. Desde hoy hasta la reunión de la Asamblea Nacional Constituyente hay
un buen trecho y ellas confían que allí obtendrán el reconocimiento de su derecho. Al pa-
recer, no constituirán aparatosos comités ni apelarán a manifestaciones. Se limitarán, como
lo han venido haciendo hasta hoy, a ganar adeptas (y adeptos) a base de conversaciones en
pequeño, publicaciones y conferencias. Consideran suficiente para el buen conocimiento del
significado del voto femenino y sus ventajas, repetir al mayor número posible de colombia-
nos las tesis sostenidas por ellas en la CEC que, en su concepto, nunca fueron rebatidas (“La
CEC, feminismo”, 1954, p. 4).
Ante la apuesta de las mujeres colombianas por generar argumentos para ser te-
nidos en cuenta en las secciones de la CEC, donde se hablaba del derecho al sufragio
universal, se desató una polémica entre quienes apoyaban la lucha femenina y los que
se oponían. Del grupo de los últimos había posiciones fundamentadas en un discurso
que, para la época, prevalecía; señalar que las mujeres debían de estar lejos de los esce-
narios políticos debido a la amenaza que esta función traería a la integridad del hogar.
Estas posiciones llegaban al extremo de volverse irreverentes, como la carta enviada
desde Nueva Orleans por el señor Guillermo Santander (1953) a la revista Semana, en la
que sostiene lo siguiente:
Yo también estoy de acuerdo en negar a las mujeres el derecho del sufragio. Pero como creo no
debe haber impuesto sin representación, sugiero que se las exima de gravámenes al Estado. En
cuanto a la idea de darles el voto parcialmente, me parece que sería como consagrar la igualdad de
los ciudadanos, hombres y mujeres, ante la ley pero agregando que los hombres son más iguales
que las mujeres. Además, el día en que nuestras madres, esposas, hijas y hermanas vayan con
nosotros a las urnas no podemos realizar los desórdenes y atentados de los últimos años por res-
peto a ellas y entonces las votaciones serán tremendamente aburridoras, por lo menos. Es mucho
mejor dejar las cosas como están, es decir, reservadas a los matones y criminales (s. p.).
Este tipo de opiniones demuestra, como se mencionó en líneas anteriores, que
para la inmensa mayoría de las mujeres la tierra anhelada de la política era prohibida, di-
fícil de llegar a ella, aun con el avance que tenían al darle validez a otro tipo de derechos.
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Imagen 5. Igualdad
Fuente: Semana (10 de mayo de 1954, p. 28).
Durante los debates para la reforma de la constitución colombiana, en 1954, las
mujeres defendían sus derechos con una carga discursiva en la que pretendían desvir-
tuar los imaginarios negativos que acerca del feminismo hacían parte de la sociedad.
Todo un debate en torno a la posible degeneración de la moral del sexo femenino. En
esta caricatura, el dibujante Billyates hace una presentación en la que se mofa justa-
mente de la concepción que se hacía del feminismo. Por lo tanto, la leyenda explica lo
siguiente: “Igualdad. Cómo ve un antifeminista la igualdad de los derechos políticos”.
Sin embargo, la intensa lucha vio finalmente sus frutos. En marzo de 1954 la CEC se
reunió de nuevo y les otorgó a las ciudadanas colombianas el derecho al sufragio universal.
Ante este suceso, Hernando Téllez, complacido por el logro, destacó de la mujer colombiana
la enorme tolerancia que había observado frente a la excesiva palabrería que el tema había
suscitado en el país: “No más desangre retórico, no más depredaciones literarias a nombre
de nosotras” (Téllez, 1954, s. p.), le comentaba a una mujer. Téllez destacó el empeño de
las mujeres para conseguir su derecho constitucional, tal como lo demostró la impertérrita
Esmeralda Arboleda, pues aun con la oposición desenfrenada de muchos hombres aquellas
consiguieron la aprobación de sus ideales expresados en tantos años de lucha.
La consumación de este proyecto —comentaba Téllez— no tardó en despertar críti-
cas, aun de las mismas mujeres; algunas denunciaron el tono clasista del proceso, ya que
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estuvo liderado por un selecto grupo de señoras que no representaban a todas las mu-
jeres colombianas, es decir, “de las abnegadas y analfabetas mujeres del pueblo, el gran
escuadrón de las esclavas sociales del servicio doméstico” (Téllez, 1954, s. p.). Como
respuesta a estas posturas, Téllez sostuvo que el suceso fue el triunfo de y para todas las
mujeres de Colombia, para “la inmensa mayoría de las Juanas, y las Julias y las Cármenes
de alpargates o de pata al suelo, de pañolón o de corrosca, que simbolizan y expresan,
con plenitud social, a nuestro país, al verdadero, al auténtico” (Téllez, 1954, s. p.).
María Currea, viuda del general Ruperto Aya, defensora del feminismo en Colombia,
quien había sido delegada por parte del gobierno colombiano ante la CIM en Washing-
ton, en 1938, con relación a la aprobación por parte de la CEC del voto para las mujeres
y en espera de ser aprobado por la ANAC, dice que este “contribuirá en forma decisiva a
civilizar las luchas políticas colombianas”. (Currea de Aya, 1954, p. 32). Al mismo tiempo,
las noticias que contribuían a generar presión a la ANAC, por parte de las mujeres, eran
diversas, se valían de cuanto suceso ocurriera a nivel mundial y lo traían a colación:
“Voy a ayunar hasta que muera o hasta que las mujeres obtengamos nuestros derechos”,
fue, recientemente el grito de combate de una feminista no precisamente colombiana, sino
egipcia. Dora Shafik, de El Cairo, líder de los derechos de la mujer, comenzó una huelga de
hambre el doce de marzo para obtener del gobierno egipcio el reconocimiento para ellas de
la facultad de elegir y ser elegidas, con motivo de la Asamblea Constituyente, planeada para
julio de este año (“Votar o morir”, 1954, s. p.).
Finalmente, luego de intensos debates el derecho al voto se convirtió en letra legal
durante el segundo encuentro de la Asamblea Nacional Constituyente, celebrado el 25
de agosto de 1954, en la cual se expidió la siguiente ley:
ACTO LEGISLATIVO 3 DE 1554
Diario Oficial N.o 28.649 de 13 de diciembre de 1954
Reformatorio de la Constitución Nacional
Por el cual se otorga a la mujer el derecho activo y pasivo del sufragio.
La Asamblea Nacional Constituyente,
DECRETA:
ARTÍCULO 1o. El artículo 14 de la Constitución Nacional quedará así:
“Son ciudadanos los colombianos mayores de veintiún años. La ciudadanía se pierde de he-
cho cuando se ha perdido la nacionalidad. También se pierde o se suspende, en virtud de
decisión judicial, en los casos que determinen las leyes.
Los que hayan perdido la ciudadanía podrán solicitar rehabilitación”.
ARTÍCULO 2o. El artículo 15 de la Constitución Nacional quedará así:
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“La calidad de ciudadano en ejercicio es condición previa e indispensable para elegir y ser
elegido, respecto de cargos de representación política, y para desempeñar empleos públicos
que lleven anexa autoridad o jurisdicción”.
ARTÍCULO 3o. Queda modificado el artículo 171 de la Constitución Nacional, en cuanto res-
tringe el sufragio a los ciudadanos varones.
ARTÍCULO 4o. El presente Acto legislativo rige desde su sanción.
Aprobado en segundo debate por la Asamblea Nacional Constituyente, en sesión del día 25 de
agosto de 1954 (Archivo General de la Nación (Colombia), 1997, p. 303).
Aprobado el derecho al sufragio universal para las mujeres colombianas, este no
dejó de ser tema de controversia. Gilberto Alzate Avendaño, el gran vocero de los feministas
en las últimas secciones de la ANAC, volvió a defender el derecho al voto para las mu-
jeres colombianas; postura que fue refutada por Guillermo León Valencia, quien aducía
que el reconocimiento de este derecho para las mujeres podía “perturbar la tranquilidad
de los hogares”. Frente a la desavenencia promulgada por Valencia, su hermana Josefina
Valencia de Hubach replicó:
Lamento en esta intervención tener que hacer alusiones personales, pero desciendo, como
el diputado Valencia, de Guillermo Valencia; hubiera preferido que su posición frente al voto
femenino no hubiera sido plena galantería, sino de absoluta igualdad, como se vivió en nuestra
casa, al lado de nuestros padres. Porque a la sombra de Guillermo Valencia también las hijas
aprendimos a interesarnos en las cosas del espíritu; a conocer y amar a nuestra patria y a no
ser indiferentes a la suerte de nuestro pueblo […] En esta forma repudio la afirmación de que el
voto femenino y la intervención de la mujer en la política pueda destruir hogares y pueda rom-
per la paz de las familias colombianas (“Sección La Nación: Galantería y derecho”, 1954, p. 8).
Esos mismos valores, que definían a la mujer colombiana y que eran señalados
por aquellos tendenciosos de ser incompatibles en el ámbito político, serán solicitados
después para restablecer la democracia del país.
Conclusión
En el desarrollo de este artículo se han esbozado algunos de los avances que, en materia
política, lograron las mujeres en Colombia a partir de la lucha para la conquista del derecho
al sufragio universal. En estas páginas se revelaron algunas de las prácticas que las mujeres
manifestaron en su participación en los escenarios de opinión pública, radio, prensa, cam-
pañas electorales, moda y publicidad; espacios en los que se evidenció un nuevo estereotipo
de mujer que pasó a adentrarse con fuerza en la esfera pública. Este proceso de interven-
ción, por parte de la mujer en la política, ayudó a que el proyecto de ciudadanía y derecho al
sufragio se cimentara con solidez; no obstante, esa fuerza se topaba con sólidos obstáculos,
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como por ejemplo el lento cambio que presentaba la sociedad en sus costumbres, debido
a una forma de convivencia fundamentada bajo preceptos de tipo patriarcal, lo cual hacía
presión para que la mujer quedara al margen de los procesos de participación en política.
No obstante, el proceso de consolidación del derecho a la ciudadanía y del sufragio
para las mujeres en Colombia fijaría un cambio en el canon tradicional con que la sociedad
identificaba la forma de hacer política; no solo por el dinamismo que le imprimió a su lu-
cha para refrendar su igualdad en el plano social, el cual lo hizo sentir en los oídos de los
líderes políticos, que vieron en este colectivo nacional un poder decisorio y determinante
que había que conducir y orientar para el fortalecimiento de la democracia. El hecho de
que la opinión pública se fijara en las actuaciones políticas que ellas realizaban generó
un cambio de mentalidad en la época, que más que la simbología desplegada en alusión
a las mujeres significó la intromisión en el escenario político, fue la aceptación con que
la sociedad recibió a la mujer con el derecho de elegir y ser elegida, en un proceso que
permitió franquear a una sociedad viciada por la desigualdad y falta de unión.
Todo este panorama abre nuevas preguntas y nuevos debates acerca de la participa-
ción de la mujer en la historia política de Colombia, a la vez que contribuye con una nueva
mirada acerca de la política nacional y sus repercusiones en el desarrollo político del país.
Así que, más allá de ponerle fin a esta investigación, se deben señalar las vetas que quedan
por explorar, y que lo que acá se mostró contribuye a la correlación que se establece con
los estudios de la historia política que se adelantan en el mundo académico.
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Cómo citar
Zapata-Hincapié, O. J. (2019). Entre simpatías y oposiciones: la lucha por el voto
femenino en Colombia. FORUM. Revista Departamento Ciencia Política, 15, 67-90.
https://doi.org/10.15446/frdcp.n15.71356
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En este artículo se abordan los antecedentes jurídicos y políticos de la Constitución Política de Colombia de 1991, el contexto histórico en el que surge y los cambios que supuso en el ordenamiento constitucional, así como las diferentes reformas que se le han realizado durante tres décadas de vigencia. El lector podrá reconocer que el constitucionalismo colombiano ha estado caracterizado por una inflación constitucional recurrente y que la Constitución de 1991, pese a haber representado notables avances frente a la consolidación del Estado constitucional de derecho, no ha sido ajena a este fenómeno y casi equipara en número de enmiendas a la Carta de 1886, que tuvo 105 años de vigencia. Para lograrlo, se da aplicación a un método hermenéutico de las ciencias sociales, jurídicas y políticas que permita interpretar fenómenos sociales y políticos, así como fuentes de derecho, acompañado de la utilización de técnicas de análisis documental, de la información y del discurso, para el procesamiento de los datos obtenidos, principalmente, de fuentes bibliográficas y fuentes formales de derecho.
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Este artículo muestra el debate desempeñado por las mujeres y hombres en Colombia a favor y en contra del derecho a la ciudadanía, y al voto para las mujeres. Los imaginarios que se empezaron a concebir en torno a la mujer colombiana, con su notable participación en el escenario de la política nacional a principios del siglo XX, es el tema central. La revisión de fuentes primarias —periódicos y revistas— permitió examinar la controversia en torno a la ciudadanía de la mujer, tema de gran relevancia para el estudio de los procesos y los confl ictos asociados a la participación e inclusión de las mujeres en la política de Colombia. En general, se examina la pretensión de las mujeres por establecer una sociedad con igualdad de derechos, en un contexto donde el derecho a la ciudadanía y al sufragio universal era dominio de los hombres.
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A través de este texto, Darío incursiona en el campo fascinante pero ambiguo y elusivo de la Historia, el de la Historia de las Mentalidades de amplio desarrollo en otros confines pero que apenas se abre paso entre nosotros y este es uno de los grandes logros del libro; el esfuerzo por aplicar unas posturas metodológicas y unas categorías no siempre bien definidas y entorno a las cuales compites los saberes de las Ciencias Sociales, en un espacio y un tiempo específicos originales y prácticamente irrepetibles.
Obras selectas. Bogotá: Imprenta Instituto Caro y Cuervo
  • G Alzate
Alzate, G. (1979). Obras selectas. Bogotá: Imprenta Instituto Caro y Cuervo.
Historia de Colombia contemporánea
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Letras y Encajes, (169), 4740. Esta noche inaugura sus secciones el IV Congreso Internacional de Mujeres (16 de diciembre de 1930)
  • El Correo
  • Medellín
  • El
  • Femenino
El Correo, Medellín. El voto femenino (1940). Letras y Encajes, (169), 4740. Esta noche inaugura sus secciones el IV Congreso Internacional de Mujeres (16 de diciembre de 1930). El Tiempo, p. 1.
Sus mejores escritos
  • J E Gaitán
Gaitán, J. E. (1987). Sus mejores escritos. Bogotá: Círculo de Lectores.