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Abstract

p>El presente escrito constituye una propuesta crítica en torno a la pregunta por aquellas categorías con que las Ciencias Sociales han desarrollado sus modelos de análisis en torno a fenómenos vinculados al miedo en los contextos globales contemporáneos. Proponemos que estos modelos de abordaje funcionan como tecnologías tendientes a reducir las potencias afectivas del pensamiento ligadas a la irrupción de acontecimientos que emergen como inexplicables e inclasificables, y que transforman al miedo en una operación epistemopolítica que, paradójicamente, produce un efecto armonizador y articulador de aquellas manifestaciones que escapan del ámbito de los criterios explicativos objetivantes que el miedo supone como eje ordenador de la multiplicidad de formas y manifestaciones de la vida social. De este modo, buscamos describir de qué manera el tratamiento del nodo “terror-miedo-violencias” permite vislumbrar la emergencia de unas políticas del miedo vinculadas a principios fundantes de las democracias neoliberales contemporáneas, exigiendo a partir de esta elucidación la apertura de una interrogante ético-política referida a las condiciones metodológicas con que los fenómenos vinculados al terror han esbozado una economía social del miedo, que abre así una reflexión que permita recomprender las experiencias del horror en el contexto contemporáneo desde una perspectiva sustentada en claves estético-políticas de investigación.</p
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Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales Universidad Nacional Autónoma de México
Nueva Época, Año lxiv, núm. 236⎥  mayo-agosto de 2019 pp. 383-404 ISSN-2448-492X
doi: http://dx.doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2019.236.65839
1 El presente trabajo se inscribe en el marco del proyecto Fondecyt Iniciación N.11170567: “El miedo como disposi-
tivo de clasicación del sujeto político en las sociedades globales”.
Universidad Adolfo Ibáñez. Correo electrónico: <pedro.moscoso@uai.cl>.
∗ ∗ Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. Correo electrónico: <patricio.azocar@ug.uchile.cl>
El “miedo” de las Ciencias Sociales
Hacia una propuesta epistemo-política de intensicación afectiva1
e “Fear” of Social Sciences. Towards a
Political Epistemology Proposal of Aective Intensication
Pedro Eduardo Moscoso Flores∗ 
Patricio Azócar Donoso∗∗
Recibido: 15 de agosto de 2018
Aceptado: 26 de febrero de 2019
RESUMEN
El presente escrito constituye una propues-
ta crítica en torno a la pregunta por aquellas
categorías con que las Ciencias Sociales han
desarrollado sus modelos de análisis en torno
a fenómenos vinculados al miedo en los con-
textos globales contemporáneos. Proponemos
que estos modelos de abordaje funcionan como
tecnologías tendientes a reducir las potencias
afectivas del pensamiento ligadas a la irrupción
de acontecimientos que emergen como inex-
plicables e inclasicables, y que transforman al
miedo en una operación epistemopolítica que,
paradójicamente, produce un efecto armoniza-
dor y articulador de aquellas manifestaciones
que escapan del ámbito de los criterios expli-
cativos objetivantes que el miedo supone como
eje ordenador de la multiplicidad de formas y
manifestaciones de la vida social. De este modo,
buscamos describir de qué manera el tratamien-
to del nodo “terror-miedo-violencias” permite
ABSTRACT
e present text constitutes a critical proposal
regarding a question focused on the categories
with which Social Sciences have developed mod-
els of analysis around phenomena linked to fear
in contemporary global contexts. We propose
that these models of approach work as technol-
ogies that tend to reduce the aective powers of
thought linked to the emergence of events that
appear as inexplicable and unclassiable, trans-
forming fear into an epistemopolitical operation
that, paradoxically, produces a harmonizing
and articulating eect of those manifestations
that escape outside the scope of objective ex-
planatory criteria that fear supposes as an
ordering axis of the multiplicity of forms and
manifestations related to social life. In this sense
we seek to describe how the treatment of the
node “terror-fear-violence” allows to glimpse
the emergence of a Policy of fear linked to the
founding principles of contemporary neoliberal
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vislumbrar la emergencia de unas políticas del
miedo vinculadas a principios fundantes de
las democracias neoliberales contemporáneas,
exigiendo a partir de esta elucidación la aper-
tura de una interrogante ético-política referida
a las condiciones metodológicas con que los
fenómenos vinculados al terror han esbozado
una economía social del miedo, que abre así
una reexión que permita recomprender las
experiencias del horror en el contexto contem-
poráneo desde una perspectiva sustentada en
claves estético-políticas de investigación.
Palabras clave: terror; violencia; políticas del
miedo; imágenes del horror; intensicaciones
afectivas.
democracies, demanding from this elucidation
the opening of an ethical-political question re-
ferring to the methodological conditions with
which phenomena linked to terror has been
progressively outlining a social economy of fear,
thus opening a reection that allows the under-
standing horror experiences in contemporary
contexts from a perspective based on aesthet-
ic-political keys of investigation.
Keywords: terror; violence; fear policies; horror
images; aective intensications.
Terror-miedo-violencias: De la “cultura del miedo”
a la “política de los miedos” en las Ciencias Sociales
Durante las dos últimas décadas, las ciencias sociales y las humanidades en general han
sido interpeladas por los fenómenos ligados a los afectos y las emociones con singular ur-
gencia (Pincheira, 2018). Los estudios se han desarrollado sensibles, principalmente, a las
nuevas expresiones sociales del terror y el miedo contemporáneo, complejizando los estu-
dios en torno a los procesos de subjetivación en los que estos se inscriben. Aunque el terror
y el miedo han sido objeto de diversas teorizaciones ligadas a la tradición del pensamiento
occidental, los acontecimientos bélicos sucedidos durante la segunda mitad del siglo  los
signan como puntos de inexión que conllevan modos de expresión actualizados en los fe-
nómenos contemporáneos asociados primordialmente a nuevas modalidades de la violencia.
Así es como la relación entre terror, miedo y violencias constituirá un nodo de interroga-
ción y exploración fundamental de la singularidad de la época actual.
Nos referimos al contexto de un época caracterizada por la reorganización geopolítica
internacional, efectuada por la expansión global del mercado nanciero capitalista y los
mecanismos masivos de información, la proliferación de nuevos circuitos migratorios y
modos de coexistencia (inter)culturales; por la emergencia de novedosas formas de guerra
en formatos “humanitarios” y/o “preventivos”; por la aparición de nuevas guras de poder
ligadas a economías de orden para-estatal y transnacional; y por una signicativa rede-
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nición de los procesos de acumulación, expoliación y desposesión de heterogéneas formas
de vida y sus respectivos territorios.
El nodo “terror-miedo-violencias” es, en las ciencias sociales y en el pensamiento crí-
tico, reconocido como un operador transitológico de la modernidad hacia su condición
tardía (Mbembe, 2011), como señalan Pilar Calveiro e Isabel Piper (2015), caracterizado
en primer lugar, por un entrelazamiento entre ejercicios de violencias públicas y privadas
del que adviene un escenario expandido a nivel global, generalizado y difuso, en las cuales
estas dimensiones no se distinguen entre sí; en segundo lugar, la puesta en evidencia de un
contexto de emergencia de nuevos escenarios bélicos que tienden a racionalizar e instru-
mentalizar a la violencia y el miedo, especícamente como estrategias de dominación de las
sociedades; y, a partir de todo lo dicho, en tercer lugar, el reconocimiento de que el miedo
es usado como organizador tecnológico de la gubernamentalidad actual, que lo convierte
en un recurso para establecer legislaciones y prácticas de excepción que amplían la poten-
cia represiva del Estado y de los agentes asociados a él.
Para la antropóloga Rossana Reguillo (2012), lo que llamamos nodo terror-miedo-vio-
lencias, puede ser comprendido como una clave sociopolítica capaz de interrogar las
formaciones históricas situadas que componen la singularidad de la época. Como tal, Re-
guillo señala que el miedo opera como un dispositivo de poder que organiza una política de
(in)visibilidad; es decir, un régimen actualizado de exclusión-inclusión que cumple la tarea
de producción y diferenciación entre cuerpos “ciudadanos” y cuerpos devenidos en “anoma-
lías”, circunscritos ambos a una relación de amenaza, inseguridad y riesgo que tiende a ser
naturalizada y despolitizada por medio de la utilización de estrategias narrativas a-históri-
cas y culturalistas que buscan la anulación de la politicidad constitutiva de dichas tensiones.
La antropóloga identica tres tensiones en torno a esta nueva gestión gubernamental del
miedo como dispositivo de (in)visibilidad: en primer lugar, las relaciones complejas entre
neoliberalismo y neoconservadurismo; en segundo, las migraciones, los desplazamientos y
los contactos (inter)culturales expandidos a nivel global de manera completamente novedosa;
y en tercero, un empoderamiento creciente del crimen organizado frente al debilitamiento
de la institucionalidad (Reguillo, 2007). Estas tres tensiones estarán sujetas a lo que deno-
mina tres “factores sustantivos”, que coinciden con el diagnóstico que establecerán Calveiro
y Piper (2015) respecto a la época actual: la reconguración del aparato Estado, el empobre-
cimiento estructural creciente y la tecnologización-espectacularización del espacio público.
Según Adriana Cavarero (2009), esta complejización deja en un estado de desorienta-
ción a los estudios especializados que pretenden abordar la singularidad de los fenómenos
contemporáneos ligados a lo que hemos propuesto como nodo terror-miedo-violencias.
Para ella, el léxico político de la modernidad se mostraría incoherente –e impotente– para
nombrar la sosticación de los dispositivos de crueldad que constituirían la experiencia
del miedo hoy y que estarían, indefectiblemente, ligados a nuevas economías de la guerra
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y de la enemistad. Siguiendo a la investigadora italiana, frente a esta situación de incerti-
dumbre e impotencia sólo cabría armar una exigencia ética capaz de asumir que donde
“la lengua se muestra incapaz de renovarse para nombrarla [...] tiende, más bien, a enmas-
cararla” (2009:17). Cavarero acuña la noción de horrorismo para nombrar este estado de
compleja incertidumbre a la que nos exponen las nuevas mutaciones de la violencia. Con
él reere a un cambio en la sustantivación de la gura del enemigo al cual se le declara la
guerra, históricamente ocupada por la gura de un Estado; no obstante, que hoy sea por la
producción sistemática de cuerpos inermes expuestos –antes que al terror– a la experien-
cia física del horror.
Esta aclaración de la autora nos permite diferenciar entre la “producción de terror” y la
“producción de horror” dentro del dispositivo del miedo. Antes que nada, entendemos el
miedo como una reacción física a formas de violencia históricamente situadas, en las que
el terror remitirá a una violencia de tipo fundante en cuanto sus efectos designan en los
cuerpos experiencias colectivas de pánico que alcanzan a ser racionalizadas por medio del
imaginario moderno estatal y/o comunitario, y reinscritas en la lógica dual y bélica del ami-
go-enemigo por medio de una narrativa identitaria.
A diferencia del terror, comprendemos el horror como una reacción física a una violencia
que podríamos nombrar de tipo preservante, en cuanto sus efectos en los cuerpos desig-
nan experiencias individuales que tienden –antes que a la rearmación de una experiencia
colectiva capaz de devenir en máquina de muerte (Estado)– a la inmovilización, parálisis
y disolución de cualquier forma de poder e, incluso, de singularización. El horror habla de
la producción de un cuerpo inerme que tiende a sustraerse incluso de la violencia de la que
es producto y, por lo tanto, de su historicidad.
Enfatizamos que, para el caso de nuestra propuesta, el miedo en el contexto neoliberal
adquiere un carácter ambiguo y paradójico donde tanto terror como horror son gestiona-
dos estratégicamente en función de un imperativo de mantención del orden.2
En el contexto latinoamericano, el nodo terror-miedo-violencias acontece como bisa-
gra transitológica hacia la economía global emergente de las democracias neoliberales. Las
dictaduras latinoamericanas, así como también los episodios de “guerra preventiva” con-
tra poblaciones declaradas “enemigos internos” en el contexto de las denominadas “guerras
sucias” acontecidas en Colombia y México, por citar dos ejemplos, inscribirán el nodo te-
rror-miedo-violencias como pieza articuladora de un emergente y novedoso dispositivo
de poder. Una tecnología de poder gubernamental que las democracias neoliberales incor-
poran a través de una compleja red de dispositivos de producción de miedo encargados de
sostener la reorganización de la realidad económica y política de los territorios, en lo que
2 Al respecto se puede revisar la noción de “miedo-ambiente” (Malo y Ávila, 2018), y la noción de “fascismo posmo-
derno” (López-Petit, Santiago, 2009).
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parte importante de la literatura crítica durante las décadas de los 80 y 90 consignará como
cultura del miedo”.
Chomsky, en su texto “Cultura del miedo”, que introduce el libro Colombia: la democra-
cia genocida de Javier Giraldo (1996), señala cómo esta noción ilustra la conformación del
modelo de democracia neoliberal por excelencia; con ella reere a una estrategia bélica de
intervención supranacional que, a diferencia de la consideración de guerra moderna ba-
sada en el enfrentamiento entre estados soberanos antagónicos, se encuentra movilizada
por intereses geoestratégicos externos a la soberanía estatal del país, dirigidos estos hacia
la producción de un enemigo interior que, en el desarrollo del proceso de desestabilización
y exterminio de las fuerzas relacionales del territorio, tiende a tornarse cada vez más di-
fuso. De modo que la cultura del miedo se plantea como efecto a nivel subjetivo del estado
de enemistad y guerra que se declara contra fuerzas sociales suspendidas de su condición
de garantía y ciudadanía. Éstas son declaradas por su mismo estado como portadoras de
riesgo y amenaza, a través de la normalización del estado de excepción a nivel nacional.
Chomsky señala que, aunque la guerra interna se declare bajo la lógica de seguridad nacio-
nal, el verdadero objetivo, antes que hacer hablar al otro, será producir su silencio a través
del miedo, contagiando sus efectos a los demás miembros del grupo y provocando efectos
de opresión y parálisis.
Los estudios en Chile en torno a la cultura del miedo y el nodo terror-miedo-violencias,
aunque son propuestos en el debate de las ciencias sociales en medio del contexto transi-
cional de recomposición de los consensos democráticos, se extenderían con claridad hasta
la primera década de los 2000. Siguiendo la lectura que realiza Iván Pincheira (2010) so-
bre la investigación “Identidad e Identidades: la construcción de la diversidad en Chile” de
José Bengoa, la cultura del miedo daría cuenta de una función social del terror basada en
la exposición de la sociedad chilena a la producción sistemática del terror de Estado en la
dictadura. Dice Pincheira respecto al análisis de Bengoa: “La sociedad chilena aparece, así,
como una sociedad traumatizada, con poca capacidad de análisis de su historia reciente,
incapaz de expresar sus temores y esperanzas” (2010: 283).
Esto provocaría que las personas se refugiaran en una serie de mundos privados, gestio-
nados por lo que podríamos llamar una “economía social del miedo al otro, intercalando
el sentimiento de inseguridad con el imperativo de la competencia para la construcción de
performatividades sociales obedientes a las demandas del mercado, y a una micropolítica
dominante organizada como masa consumidora. Esta noción se plantea afín a la de micro-
política dominante, utilizada por Pakman (2014) para referir a tramas de sentido o guiones
estereotipados en los que operan fuerzas de captura sobre las vidas humanas, produciendo
y conformando la subjetividad en función de la atenuación de lo que llamará sus intensi-
dades de existencia. Siguiendo al autor, estos guiones soslayan la materialidad sensual de la
experiencia, reemplazando la potencia innita de la imaginación, como fuerza congura-
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dora de eventos poéticos imprescriptibles e imprevistos para realizar una lectura sensible
de la existencia, “por una realidad consensual centrada en el signicado y vuelta un mero
referente de las palabras” (169-170).
En el plano de la realidad consensual, las imágenes surgidas por la materialidad de la
experiencia tenderán a ser domesticadas en el imaginario social, separadas e impedidas de
ponerse en contacto con la situación existencial que cursan.
A pesar de que la noción de “cultura del miedo” nos permite entrar en la dimensión sim-
bólica, subjetiva y relacional efectuada por la producción sistemática de terror de Estado,
en función de la producción de cuerpos expuestos y dóciles a una normativa de acumula-
ción sobre las poblaciones latinoamericanas, parte de las Ciencias Sociales y el pensamiento
crítico han optado por acentuar y visibilizar el carácter tecnológico y procedimental del
miedo. Tal y como señalan Calveiro y Piper (2015), en coincidencia con Rossana Reguillo
(2007), dicho carácter acentúa el carácter político del poder antes que las expresiones ex-
cepcionales de la violencia de Estado reducidas en su impacto a un imaginario simbólico
de los sujetos y las sociedades. Estas violencias excepcionales serán útiles, ante todo, a re-
des privadas que, por medio de la valorización del miedo (como plusvalor de obediencia
y satisfacción de consumo) se sustraen de la delimitación jurídica estatal, con lo que abren
un espacio de producción de miedo intersticial entre lo legal y lo ilegal, entre lo estatal y lo
para-estatal; donde la frontera entre el Estado, la empresa privada y las nuevas guras de la
criminalidad se desdibujan entre sí conformando una novedosa máquina de producción de
subjetividad. Como señala Rita Segato (2018), estamos frente a la totalización a nivel glo-
bal del modelo de funcionamiento de la corporación y, con ella, de un régimen de violencia
difuso y ubicuo, completamente novedoso y distinto a la moderna organización binaria de
la dimensión pública y privada de la soberanía. En cuanto tal, esta interviene por medio
de una pedagogía de la crueldad que opera a través de la producción de miedo, tanto en
la dimensión macropolítica del Estado y su institucionalidad social, como también a nivel
micropolítico, afectivo y subjetivo.
Es en este contexto que nos parece relevante desplazar la mirada desde la noción de
cultura del miedo”, hacia lo que reconocemos como “políticas del miedo”. Con esto pre-
tendemos enfatizar el carácter histórico, situado, tecnológico y procedimental del miedo,
ligado indisociablemente a la composición fundante de las democracias neoliberales y a la
normalización económico-política del estado de excepción como régimen de control sub-
jetivo, relacional y afectivo cristalizado en lo que denominamos “economía social del miedo
al otro. Por consiguiente, remitimos al ejercicio de las violencias que, por esta vía, han desa-
rrollado una sosticada tecnología de producción de cuerpos y performatividades sociales,
habilitando un régimen de control basado en la reducción de las potencias de acción polí-
tica que se hallan en las subjetividades y en los afectos, históricamente considerados como
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parte de la dimensión privada del sujeto, y hoy ubicados como espacio en disputa por la
“politicidad” del presente.
De esta forma, buscamos interrogar(nos) por modos de confrontación e interrupción de
los mecanismos de exclusión-inclusión con que se actualiza el miedo como dispositivo de
(in)visibilidad y, con él, un régimen de sobresaturación productivo encargado de la conver-
sión de cuerpos vividos en entidades abstractas, dóciles a la circulación intercambiaria de la
vida en el nuevo mercado de la información, el conocimiento, la seguridad y la vigilancia.
Bio/necro políticas capitalísticas: hacia una inexión
metodológica a la episteme del miedo
Señalamos que la “politización” de la cultura del miedo constituye un punto de inexión
para la investigación social y el pensamiento crítico que, como exigencia histórica, busca in-
terrogar las condiciones de producción del miedo en la sociedad actual. A modo de pliegue,
deposita una fuerza capaz de ejercer un desplazamiento a los límites dentro de los cuáles
se torna posible cartograar una época y, al mismo tiempo, abrir una práctica de indaga-
ción arqueológica de las formaciones discursivas que tenderán a dotarla de coherencia en
su interior (Foucault, 1970).
Reguillo (2007), siguiendo a Foucault, en su análisis respecto a las políticas del miedo
considera que la politización consiste en la capacidad analítica a través de la cual la crítica
reexiva se permite interrogar la episteme, o sea, los regímenes de saber-poder con que se
organizan los propios marcos de posibilidad de una época. En este sentido, aplaca la capaci-
dad de tornar sensible la armazón tecnológica y procedimental con que se busca neutralizar
y hacer desaparecer del campo de lo posible, la materialidad de las relaciones de poder de
una determinada formación histórica y el desborde que le es inmanente. Siguiendo a Deleuze
(2013), proponemos pensar la politización no como una inexión de la crítica circunscrita
a la capacidad que puede tener de extraer un secreto o verdad epocal sino, más bien, a una
capacidad de extraer las reglas a las que obedece tal o cual enunciado dentro de una deter-
minada formación histórica.
En este sentido, la inexión procedimental nos dispone a superar la clausura episte-
mologizante con que el miedo ha tendido a ser objetivado como categoría de estudio de la
sociedad actual –de la episteme–. Y nos abre, en cambio, a una interrogante ético-política
respecto a los modos de subjetivación por medio de los cuales el miedo produce, gobierna
y organiza un conicto. En otras palabras, nos atrae hacia una pregunta por las potencias
metodológicas a través de las cuales politizamos la clausura epistemologizante que ha ten-
dido a organizar la pregunta crítica de la investigación en torno al miedo. De modo que su
politización nos permitiría avanzar a una reexión en torno a las potencias colectivas para
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poder llegar a constituir visibilidades y enunciados capaces de interrumpir la diagrama-
ción maquínica y procedimental con la cual se conforma la episteme capitalística del miedo
(Rolnik y Guattari, 2013).
En el plano de las Ciencias Sociales nos encontramos con una problematización meto-
dológica que se torna vital para ejemplicar el análisis hasta ahora desarrollado en torno
al miedo; nos referimos a la anulación del testimonio de los cuerpos vividos expuestos al
nodo terror-miedo-violencias y, por ende, a la delimitación gnoseológica del miedo que,
antes que objetual (irreductible a una categoría emocional que pueda ser objetivada racio-
nalmente), parece exigir una inexión procedimental para darle expresión. Tomamos, a
modo de ejemplo, el caso de  como posibilidad de una inexión metodológica res-
pecto a las políticas del miedo en el contexto del horror de la narcoviolencia en México,
cuyo fundamento supone cuestionar los modos de producción de conocimiento asociados
a la experiencia, entendiendo que el miedo y el horror constituyen una dimensión inima-
ginable e inenarrable de la experiencia en sí. Lo rescatable de la inexión metodológica
que propone  para efectos del presente análisis, es que logra desviar la pregunta epis-
temológica por antonomasia de la modernidad; en otras palabras, antes que interrogarse
por las condiciones de todo conocimiento posible, la cuestión a dilucidar tendría que ver,
por un lado, con las potencias del pensamiento colectivo frente a los efectos paralizantes
del miedo y, por otro, por las estrategias a través de las cuales las potencias estéticas des-
plegadas en la experiencia de coaliciones pueden ser salvaguardadas del horror dentro del
muro de la investigación social.
Dicho de otro modo, interpretamos que la inexión metodológica propone la construc-
ción de dispositivos colectivos –coaliciones– que puedan tornar sensible y poner en común
la vivencia del miedo como inquietud epistemopolítica4 frente a los dos modelos de abordaje
que ha tenido el miedo en el contexto actual: 1), como reducción a una condición emo-
cional individualizante y victimista, por medio de un discurso homeopatizante propio del
consenso neoliberal transitológico (Fuster y Moscoso-Flores, 2018); y 2), como una repre-
sentación objetivable y medible por medio del giro subjetivo de las Ciencias Sociales con
3  es un colectivo de investigación antropológica mexicano integrado por Lilian Paola Ovalle ( ) y Alfonso
Díaz Tovar (). Con  remiten a una perspectiva de investigación-acción militante, comprometida con los
familiares, amigos y vecinos de las víctimas de desaparición y desintegración en la frontera norte de México. 
remite a tres objetivos: , , , ensamblados estos en torno a la investigación esté-
tica y conceptual de los efectos del horror de la narco-violencia a nivel local, no obstante, circunscrito en un contexto
nacional de violencia (Ovalle y Díaz, 2016).
4 Para el caso de esta investigación, remitimos al concepto de epistemopolítica, comprendiendo la acción de politiza-
ción de la episteme del miedo y, por consiguiente, la inexión metodológica por medio de la cual nos preguntamos por
las potencias éticas y estéticas de los dispositivos de investigación social respecto a las tecnologías gubernamentales
del miedo.
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que se presta a fabular su reterritorialización canónica el saber técnico-cientíco posdicta-
dura (Sarlo, 2007; Pincheira, 2010; Calveiro, 2006).
Apoyado en el ejemplo de la propuesta de , lo que las “políticas del miedo” han he-
cho es poner en evidencia la discontinuidad histórica que, tanto las ciencias sociales como las
humanidades, han aventurado señalar como episodios que tornan evidente la consumación
de las categorías y discursos ontológicos de la modernidad o, paradójicamente, en palabras
de Agamben, precipitan su lugar inaugural: “el primer espacio en que acontecimientos pú-
blicos y privados, vida política y vida biológica se hacen rigurosamente indistinguibles. En
cuanto [el ciudadano] ha sido separado absolutamente de la comunidad política y reducido
a su nuda vida, a una vida ‘que no merece ser vivida’” (Agamben, 2001: 101). Al referirse a
esto, Agamben reere especícamente al campo de concentración como una de las tecno-
logías que, ejercidas por el Estado-nación moderno, abren camino a una nueva dimensión
del poder. Esta, en cuanto novedad, presupone un ejercicio de poder sobre el cuerpo de sus
ciudadanos que ya no estará orientada en función de su in-corporación y protección al in-
terior de una determinada modelación disciplinar y normativa, sino, por el contrario, de
su propia excepcionalidad. Aparece en esta referencia la cuestión concerniente a la suspen-
sión del propio fundamento jurídico del ciudadano, separándolo de su comunidad política
y reduciéndolo a una condición sacricial, de despojo y suspensión de las garantías políti-
cas que pretendían asegurar la ley y la pertenencia nacional.
Al igual que en el caso de las dictaduras y “guerras sucias” latinoamericanas (Calveiro,
2006; Giraldo, 1996), el campo de concentración operaría como un procedimiento bélico
de sumisión que permite rastrear la procedencia de una nueva tecnología de gobierno que,
en la justicación normativa, biológica o ideológica de los estados totalitarios, habría pre-
tendido encarnar la ley incluso por fuera de ella misma, basando la aplicación del estado
de excepción como la norma inaugural de una subjetivación condicionada por el terror. El
terror de hallarse, como señalará Arendt, “sin provocación previa” (1998: 30), entre el ais-
lamiento y la soledad. Condición abismal, de incertidumbre y confusión, en un contexto
global augurado por la manifestación supranacional de una nueva conguración del po-
der sobre la vida y la muerte en el contexto capitalista emergente de posguerra. Volviendo a
Arendt, estaríamos frente a una experiencia de la violencia banalizada por la organización
totalitaria del poder, del terror total que caracterizó a los acontecimientos bélicos del siglo
 y del cual el campo de concentración no sería más que uno de sus mecanismos. Lo que
se podría pensar desde Deleuze (2013) como la producción de terror en tanto efecto pro-
cedimental –como máquina de producción de visibilidad y enunciación de la emergente
tecnología de gobierno abierta por las guerras mundiales y sus procedimientos bélicos– para
la pensadora alemana tendría como principales características el empeño por promover
el aislamiento entre los hombres neutralizando su capacidad de relación afectiva, e insis-
tiendo en producir condiciones que auguren una polémica bélica a nivel relacional entre
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ellos, sabiendo mantener individuos solitarios dispuestos siempre en contra de todos los
demás (Arendt, 1998).
En estos términos, estaríamos frente a una modalidad de la guerra que ha llegado a
un punto totalmente indistinguible de la política. Sostenida en la producción de horror y
miedo como tecnología de gobierno, la guerra es incorporada al ejercicio del poder de Es-
tado como base normativa del control de las poblaciones. No obstante, dicha violencia no
queda reducida a la dimensión jurídica con que históricamente se componía la ciudadanía,
sino abierta a nuevas guras que la ejercerán por fuera de la dimensión estatal: corporacio-
nes, bandas criminales, organismos paraestatales, etc. Siguiendo a Achille Mbembe (2011),
estamos frente a nueva tecnología de poder que combina el disciplinamiento, la biopolí-
tica y un ejercicio del derecho a la muerte que se torna coextensivo al de hacer vivir: el de
una necropolítica.
En este sentido, la pregunta por las tecnologías de gobierno y los nuevos procesos de
subjetivación que visualizamos no se circunscriben exclusivamente a la acción soberana re-
ferida a la suspensión de la garantía jurídica abstracta o metafísica del Estado. En el decir
de Butler, no se trataría de un “acto de soberanía por el cual se retira y se suspende la pro-
tección constitucional” (Butler, 2009: 71) sino de las modulaciones del poder que producen
discursivamente y saturan de poder los cuerpos de las poblaciones mediante una delicada
gestión relacional basada en el miedo. Esta gestión ya incluye en sus condiciones estructu-
rantes unas retóricas de la seguridad y el riesgo, así como nuevos regímenes escópicos (Jay,
2003) de la sociedad capitalista de posguerra, propios de una fascinación por la violencia
producida por los medios de información y el espectáculo (Valencia y Sepúlveda, 2016).
De modo que la propuesta que orienta la presente exploración remite a una indagación
analítica y losóca respecto de los procedimientos, mecanismos, técnicas y tecnologías
de gobierno que, movilizadas por medio de la producción de miedo, terror y horror, cons-
tituyen lo que podemos denominar una “nueva economía social del miedo” en el contexto
neoliberal contemporáneo. Para lograrlo lo anterior parece necesario interrogarse por las
potencias plásticas y estéticas de un pensamiento vivo (Artaud, 2001); por las inexio-
nes epistémicas y metodológicas mediante las cuales diversos saberes buscan abrirle paso
a una inquietud desaante respecto a los efectos del miedo, el terror y el horror en la es-
fera gubernamental. Así también, parece pertinente comenzar a esbozar los fundamentos
para el desarrollo de una propuesta epistemopolítica e implicante, consistente en mapear
la condición de lo inimaginable, la impotencia que instiga y caracteriza la época neoliberal
contemporánea en el pensamiento crítico.
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Lo indecible, lo impensable, lo inimaginable
Tal y como hemos propuesto, el problema de las ciencias sociales para abordar determina-
dos fenómenos ligados al miedo radicaría en una cuestión metodológica. Dicha incapacidad
se presentaría como un elemento propicio para potenciar una denición de los fenómenos
sociales desde una perspectiva respaldada en un paradigma heredado de las ciencias po-
sitivas, cuyo efecto habría sido la delimitación de sistemas de representación tendientes a
recortar y delimitar formas sociohistóricas de experiencias de lo posible. Sería sólo desde
esta delimitación formal de la experiencia que se habría engarzado un modo único de pro-
ducir conocimiento cientíco-social. No obstante, intuimos que el marco epistémico que
ancla estas formas sociales de lo posible se encuentra determinado a priori por operaciones
discursivas que buscan denir la experiencia a partir de la obturación de la multiplicidad
de sus formas de entrada, privilegiando aquellas que han supuesto en sus fundamentos una
hegemonía de la mirada respecto de otras formas posibles de conocimiento. Es en esta línea
que podemos evocar el pensamiento de Deleuze quien, al problematizar los regímenes de
lo sensible, distingue entre la función óptica y la función háptica del ojo, reriéndonos a la
posibilidad de sacar el plano de la experiencia de una delimitación geométrico-cartesiana,
e inscribiéndola en el plano de lo orgánico, que disuelve la impronta separatista de los sen-
tidos del cuerpo, promoviendo un momento táctil de la mirada (Deleuze, 1984). Resuena
en esto una inclinación artaudiana, referida al intento por subvertir el orden de lo sensible
para abrir una dimensión que pueda desbordar los principios de organización de la expe-
riencia fenomenológica (Artaud, 2009).
En este orden de cosas, el abordaje fenomenológico del miedo constituye un caso pri-
vilegiado de lo que intentamos puntualizar, en especial considerando las explicaciones
reduccionistas que lo han venido proponiendo desde la perspectiva de una reacción emocio-
nal subjetiva frente a un objeto que emerge subrepticiamente dentro un campo de experiencia
perceptual. Esta precomprensión implica asumir que dicho fenómeno responde a una con-
guración individual reactiva, que bien podría entenderse como forma de experiencia grupal
en la medida que los seres humanos comparten una herencia instintiva que los dispone de
determinadas maneras frente a situaciones de riesgo. Dicho modelo tiende a presuponer que
los objetos contienen un núcleo fundante responsable de la respuesta subjetiva del miedo,
desconociendo su potencial relacional, es decir, aquello que modula los mismos cuerpos y
los intersecta de determinadas maneras en unespacio social previamente delimitado. Nos
parece que la distinción heideggeriana entre miedo y angustia –la claridad objetual de la
primera versus lo inespecíco del objeto en la segunda–, actúa como un primer indicio de
la débil axiomática que sostiene el marco cientíco-social (Fuster y Moscoso-Flores, 2018).
Si lo que provoca el miedo no es un objeto claro y distintivo sino la potencialidad que este
tiene de “pasar de largo, el énfasis pasa a desplazarse hacia la trayectoria temporal que el
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objeto-del-miedo proyecta y la indefensión frente a la fuerza incontrolable e incalculable
que este propone al acercamiento de los cuerpos. De modo que la fuerza medrosa del fenó-
meno estaría vinculada a un potencial circulatorio, deslizándose “de un signo a otro y entre
los cuerpos. Este deslizamiento se queda atorado slo temporalmente en la misma vincula-
ción de un signo con un cuerpo, una vinculación que es asumida por el cuerpo, rodeándolo
de un miedo que se vuelve suyo” (Ahmed, 2015: 107).
Por ende, sería del todo plausible considerar que lo que enmarca la experiencia del miedo
remite de alguna manera a la interrupción de un estado de cosas que, de otra manera, ha-
bría seguido un curso natural. Aquella impresión primera que generaría un paisaje del
miedo podría asociarse a lo que Freud (2000) problematizó en torno a la noción de lo omi-
noso, para referirse a aquello familiar que retorna de algún modo a acechar en el presente.
Lo interesante de esta propuesta reside en la aparición de ese algo irrepresentable que con-
tornea una cualidad de nuestro sentir. Sabemos que Freud asoció dicha i(nte)rrupción con
la emergencia de la angustia de castración que se presenta como legítimo anunciador de la
muerte. Así Freud logra destacar la productividad de esta negatividad, en términos de una
dimensión actuante impuesta al cuerpo a la manera de una repetición que poco tiene que
ver con el elemento sustancial que habría provocado la reacción original, mostrando que el
carácter impulsivo de la repetición es lo que determina el sentimiento de estar poseído por
una fuerza irresistible que pone en suspenso la voluntad de la razón. La repetición, sinies-
tra en sí misma, sitúa el afecto como remembranza de la cosa en sí, inscribiéndose como
un murmullo incesante que escapa al control del sujeto consciente (Freud, 2000b). En este
caso, lo irrepresentable se propone del lado de la muerte y, por ende, dentro de una lógica
de lo impredecible (Freud, 2000).
Si asumimos que la experiencia del miedo se vincula con un acontecimiento que no ad-
mite mediación representacional alguna, se hace necesario redirigir la pregunta hacia las
procedencias de aquellas operaciones que intentan delimitar el registro espectral que pre-
sume la experiencia medrosa. Esto es relevante, ya que para lograr sostener la incapacidad
metodológica que hemos mencionado, el paradigma cientíco-social habría tendido a arti-
cularse en función de dos momentos diferenciados: el primero, relativo a la emergencia del
acontecimiento del horror como fractura, es decir, como imposibilidad ontológica de narra-
ción causal-explicativa respecto de un fenómeno que emerge y que, en su devenir, rompe con
cualquier estado de lo posible en un momento dado; el segundo, referido a aquel intento de
captación del fenómeno a partir de su inscripción en torno a cartografías de lo emotivo que,
aun cuando parecen escapar al régimen del control racional, permiten la circunscripción
cognitiva del mismo en torno a la lógica binominal consignada en el apartado precedente.
Este segundo momento, llamémosle de sobresaturación representacional, o cortes-ujo
en el decir de Deleuze (2005; 2017), permite inscribir la vivencia del miedo dentro de un
registro de sentido bajo principios de acción causal tendientes a frenar el movimiento iti-
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nerante, producto del diferimiento entre esa emergencia inaprehensible (monstruosa) y el
objeto del miedo, anudando la fuerza disruptiva a través de la jación del sentir subjetivo a
la cosa devenida objeto, es decir, como portador de una inscripción sensitiva ja, estable y,
en último término, reconocible desde de un régimen racionalizado calculado, reproductible
técnicamente y, en última instancia, determinable en términos de sus relaciones posibles.
De modo que el miedo y la seguridad, más que alzarse como polos antagónicos situados en
un continuo en torno a una lógica reactiva, son subsidiarios a un mismo régimen guberna-
mental orientado no a eliminar el temor sino a gestionarlo para asegurar su permanencia
dentro de los límites de lo visible y enunciable.
A propósito del análisis propuesto por Didi-Huberman en relación con las imágenes del
Holocausto, es posible vislumbrar el funcionamiento de las operaciones que acompañan el
ejercicio de sobresaturación del acontecimiento. Tal y como propone el autor, la cuestión de
la fuerza resistente que contienen las imágenes frente a lo inimaginable es lo que se opone
a la “forma-representación” presuntamente presente en ellas mismas. Es decir, si en un pri-
mer plano la imagen se pregura como la representación –de la falta frente al hecho–, es
decir, de una ausencia en tanto nunca puede constituirse en un archivo testimonial de la
experiencia total, en un segundo plano la imagen evidencia aquello que se resiste a la ex-
periencia representacional misma. De modo que la lectura historiográca de Auschwitz,
como experiencia inimaginable del horror a partir de las imágenes que emergieron a pesar
de la intención original del régimen nazi –a saber, la de eliminar los cuerpos y, además, la
evidencia de dicha eliminación–, remite a un principio que determina a priori la clausura
del sentido. La interpelación de Didi-Huberman consiste precisamente en mostrar que lo
irrepresentable, así comprendido, formaría parte de los regímenes representacionales que
aseguran sus propias condiciones de enunciación a partir de una tautología. En este sentido,
la constatación de lo inimaginable operaría, paradójicamente, en una relación de sincronía
con el régimen de la desaparición que habría impuesto el nacional socialismo: “los nazis se
dedicaron, racional o irracionalmente, a no “dejar ningún rastro”, a hacer desaparecer cual-
quier resto…” (2016: 40-41).
Siguiendo esta línea argumental, dicha narrativa histórica del Holocausto a partir de las
imágenes ltradas habría sido posible gracias a la borradura de la fuerza del acontecimiento
contenida en la materialidad que las constituye. El costo a pagar recae sobre la (im)potencia
de las imágenes, es decir, en aquello que se encuentra ineluctablemente ligado a una fuerza
que opera a través y contra la historia de la razón, desconociendo el hecho que estas no res-
ponden en modo alguno a una lógica especular-reectante: “La fotografía está asociada de
por vida a la imagen y a la memoria: posee, pues, de ellas la eminente fuerza epidémica
(Didi-Huberman, 2016:44). Este ejemplo da cuenta de que las operaciones históricas se
consolidan gracias a un olvido dis-puesto sobre las imágenes, es decir, de todo aquello que
modela la posición topológica de las mismas dentro de una reexión espacio-temporal,
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proponiéndolas como lo ya sido y, en este sentido, jándolas como representaciones in-
completas de un pasado que insiste infructuosamente en ser recuperado.
Por el contrario, la consideración de las imágenes como potencias remite a la fuerza de
cuestionamiento de los límites en que estas mismas acontecen –en la singularidad de un
evento–. Advertimos que no nos referimos exclusivamente al espacio biográco, sino al
momento gráco, es decir, a las huellas de las intensidades del acontecimiento que emer-
gen con ellas y que en ellas subsisten: intensidades como potencias de la emergencia de un
evento que, desde su aparición, se ve confrontado con las fuerzas de un dispositivo que
intenta situarlo dentro del plano de inteligibilidad organizado en torno a la lógica repre-
sentacional, en función de tecnologías procedimentales históricamente situadas. Si esto es
así, entonces las imágenes están desde un comienzo asediadas por formas de organización
que buscan mermar la fuerza de la materialidad del acontecimiento-imagen, es decir, aquel
que habla acerca del evento a partir de su desborde permanente, de su irrepresentabilidad
constitutiva. Estas fuerzas en pugna se resuelven en torno a disputas que luchan a favor o
en contra del posicionamiento de las imágenes dentro de regímenes traductivos; disputa
movilizada por la posibilidad de (re)signicar la falta inscrita en ellas; a saber, aquella que
impide dar cuenta del todo. Así transitamos desde un régimen de lo irrepresentable hacia
uno de lo inimaginable.
Bajo la égida del equipamiento históriográco, los regímenes representacionales que
pro-ponen las imágenes en torno a su traducibilidad deben ser puestas a dialogar en un
mismo plano con las palabras. Esto presupone una demanda moral por medio de un princi-
pio de objetivación impuesto en ellas –las imágenes hablan como las palabras, pero siempre
de manera parcial e incompleta, en el mejor de los casos complementaria–, negando así la
posibilidad de entregarse a la afección de la potencia ominosa que provocan, es decir, como
singularidades que resisten una proyección universal. Existe en esto una tensión irresoluble
que, paradójicamente, se aplaca mediante una lógica de consensos lingüísticos en torno a la
interpretación de estas imágenes. Dicho de otro modo, habría una proyección de ina-tensión
mediante la imposición de la violencia soberana del principio jurídico que rige las reglas de
la interpretación de lo (im)posible y que, en el caso de las imágenes del miedo, se consolida
con la explicación causal del inimaginable provocado por el propio historicismo: en tanto
no se puede imaginar, cualquier intento por otorgarle valor a estas imágenes no parece más
que un esfuerzo vano. En otras palabras, estas imágenes cumplen la función de refrendar
el hecho de que no es posible o, más bien, no es deseable imaginar. La crítica a esta posi-
ción es descrita por Didi-Huberman mediante la referencia a la creación de dos estrategias
de inatención, referidas a las mentadas fotografías del Holocausto: “Hay dos maneras de
poner inatención […] la primera consiste en hipertroarlas, en querer ver todo en ellas.
En resumen, en querer ver en ellas unos iconos del horror […] La otra consiste en reducir,
en vaciar la imagen. En no ver en ella más que un documento del horror” (2016: 60-61).
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Lo que el historiador parece indicarnos es que la efectividad política detrás de este su-
puesto epistemológico conlleva un carácter despolitizador fundado en las abstracciones,
frente a la deshistorización contenida en las imágenes del miedo. Lo que se invisibiliza en
este caso es el sustrato de condiciones que hacen del miedo un dispositivo de organización
del pensamiento, decretando los límites entre lo imaginable y lo inimaginable. Y, en este
mismo sentido, provocando la inacción de un pensamiento sujeto a un origen del que nada
se puede saber. Este marco de inteligibilidad propone una relación retroactiva con un pa-
sado histórico, comprendido como una serie de relatos de experiencias sensoriales vividas
y abstraídas de su historicidad, abatiendo su potencia imaginativa. No obstante, este pa-
sado que emerge evoca un murmullo inquieto desde el lugar que ocupa en el presente. Ya
no el del régimen explicativo-causal de la narración historiográca, sino el de un pasado
que muestra sus fuerzas en el presente a partir de una imborrabilidad, tensionando la rela-
ción convencional entre pasado-presente.
Sobre este trasfondo se torna imperativo direccionar el análisis hacia los marcos de visi-
bilidad y decibilidad respecto de determinados fenómenos, intentando esclarecer la lucha
entre regímenes de imágenes que se superponen a la base de estos intentos de modelamiento
de las sensibilidades experienciales, agotando la jovialidad de las relaciones posibles entre
las imágenes. Es decir, no sería suciente consignar la (im)potencia de la imagen en cuanto
tal, sino más bien poner en tensión las relaciones entre las imágenes desde una aproxima-
ción material. Para el caso que nos ocupa, parece relevante internarse en las profundidades
de las relaciones entre las imágenes del horror y las imágenes provenientes de los regíme-
nes textuales que las acompañan. En otras palabras, habría que preguntarse por la posición
topológica del miedo en este juego de imágenes que interactúan. Si la imagen porta una
potencia para el pensamiento, por cuanto constituye la apertura del acontecimiento hacia
lo múltiple de la imaginación, y el montaje histórico de la imagen lo resiste a partir de una
organización de la misma en torno a categorías que saturan el acontecimiento, objetiván-
dolo e inscribiéndolo dentro de una única conguración de sentido, el miedo se impone
como fuerza de interpretación que aboga por traducir –y, al mismo tiempo, transformar–
el evento en narración continua. De modo que la composición de las imágenes-texto, en
tanto portadoras de la determinación epistémica sostenida en torno a esquemas de identi-
dad y semejanza dispuestos en el lenguaje, tendería a caer en una doble negación: por un
lado, la de la materialidad de su propia imagen a partir de la instauración de un orden que
no puede sino ejercerse a partir de una violencia, a saber, aquella que surge del lenguaje de
las designaciones abstractas. Tal y como señala Nietzsche, el lenguaje “se limita a designar
las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáfo-
ras más audaces ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera
metáfora ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada
caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta” (Nietzsche, 1996: 22).
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Por otra parte, niega –como ya dijimos– la composición material de la imagen-visual a par-
tir de la traducción de su materialidad en objeto, es decir, como aquello que debe poder ser
leído, narrado y explicado dentro de un marco formal abstracto y universal.
El miedo se impone de este modo como aquella disposición discursiva que habilita una
concatenación ordenada y armónica de imágenes inconmensurablemente diferentes, a par-
tir del desconocimiento de las operaciones de codicación y sobresaturación. Dicho de
otro modo, para llegar a ser narrado como universal instintivo ligado a la supervivencia, el
miedo debe ser dispuesto dentro de una cartografía que contiene dentro de sí las posibili-
dades de asociación vinculadas a las condiciones formales de desplazamiento dentro de un
orden discursivo particular. Es decir, las posibilidades de distinción entre elementos que,
tomando las palabras de Foucault, permiten hacer coincidir saber y poder. Solo así se haría
viable comprender que el miedo, en cuanto emoción, pueda caracterizarse como aquello
que emerge frente a un elemento claro y distintivo.
Yendo un paso más allá, parece necesario cuestionar el lugar que ocupa el desdobla-
miento imaginario propio del ejercicio de traducción, habiendo constatando que lo que
se intenta es anular la fuerza de la potencia de un acontecimiento monstruoso; es decir,
aquel que en su emergencia avizora nuevas potencialidades afectivas de una vivencia más
allá o más acá de los límites de la experiencia fenomenológica. Esto supone abandonar la
expectativa infructuosa de desplazar los límites formales de la razón para ampliar el ho-
rizonte de la experiencia fenomenológica, proponiendo un giro epistémico-metodológico
orientado a desentrañar las potencias de la imaginación, entendiendo que en ellas se con-
jugan multiplicidades relacionales fundadas en el reconocimiento de las materialidades que
co-existen en un paisaje histórico determinado. En otras palabras, habría que redireccio-
nar el objetivo hacia la creación de potencias estético-políticas que habiliten un esquema
transitológico desde la “Imagen” abstracta hacia la singularidad irrepetible de “las imáge-
nes”. Dicho ejercicio de multiplicación no sólo implica poner en suspenso la imposibilidad
representacional –objetivo/objetivante– de la imagen, sino también los regímenes escópi-
cos que presumen un modo interpretativo universal de ella. De igual forma, no bastaría
con trocar la referencia del Uno por lo Múltiple, asumiendo que existe una especie de ver-
dad velada por un ensamblaje de imágenes predeterminado al que se podría acceder en la
medida en que estas “encajen” o se “ordenen” de forma adecuada, sino reconociendo la es-
pecicidad presente en cada una de ellas; y, en esta línea, lograr cuestionar las condiciones
de agrupamiento de las imágenes mostrando los a priori que funcionalizan dichas prácti-
cas y narrativas concomitantes.
De esta referencia buscamos extraer la idea de que hay algo que se dirime en la materia-
lidad de un acto-imagen según la que se subvierte cualquier posibilidad de dar cuenta de
algo que esté más allá de aquello que acontece en el momento en que emerge, atentando de
modo insurgente contra cualquier intento de sobresaturación propio de un régimen cua-
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driculado que ya ha anunciado las posibilidades de sentido. Y, en esta medida, el problema
deja de ser el de revelar la(s) identidad(es) y semejanza(s), es decir, el problema de la gu-
ración en torno al reconocimiento de un régimen de igualdades. Sería, por el contrario, la
posibilidad de establecer estrategias de exploración e intensicación sensibles tendientes,
no a mostrar las imposibilidades de construcción de regímenes de imágenes sino a poten-
ciar su carácter parcial, múltiple y móvil. Un volver sensible que busca,
volver accesible esta dialéctica del síntoma que atraviesa enteramente la historia…[como] Maurice
Blanchot cuando evocaba “presencia del pueblo [...]” no como el conjunto de las fuerzas sociales,
dispuestas a tomar decisiones políticas particulares, sino en su [...] declaración de impotencia:
de modo que volver visible querría decir, volver sensibles las fallas, los lugares o los momentos a
través de los cuales, declarándose como “impotencia, los pueblos arman a la vez lo que les falta
y lo que desean. Las imágenes [...] aparecen de este modo como el volver sensible y la declara-
ción de impoder de esos pueblos que enfrentan una situación histórica y política que los expone
a desaparecer (Didi-Huberman, 2014: 87).
Reexiones provisionales
En las páginas precedentes hemos buscado desentrañar críticamente los modos en que las
Ciencias Sociales han abordado el fenómeno del miedo, estableciendo las formas en que di-
chas cartografías explicativas, centradas en lo que primeramente identicamos como cultura
del miedo, tenderían a sostenerse en principios que disponen la experiencia contemporánea
del terror y el horror desde una perspectiva proclive a comprender la saturación e inmovili-
dad de los cuerpos frente a un contexto socio-político, desde el que solo cabría resguardarse
y reconocerse subjetivamente en torno a los dispositivos de seguridad propios de los regí-
menes gubernamentales contemporáneos.
A partir de esta elucidación, hemos optado por recurrir a la noción de políticas del miedo
para relevar el carácter situado, histórico, tecnológico y procedimental de este fenómeno
mostrando que se instaura como un nodo articulador de las experiencias socio-políticas,
tendiendo en el contexto global contemporáneo a reducir la potencia material de los cuer-
pos colectivos, es decir, de sus capacidades de afectación. Estas permitirían enfrentarse a
los desafíos epocales organizados en torno a una sosticación del modo de producción ca-
pitalístico, en directa correlación con la profundización de lo que hemos denominado una
economía social del miedo.
Referimos de este modo a una confrontación desde marcos epistémico-políticos situados,
los cuales desde una inexión ético-política a nivel metodológico permitirían interrumpir la
conjuración de potenciales y novedosas formas de relacionalidad producidas por regímenes
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de visibilidad expuestos a las experiencias políticas del horror. En esta línea, proponemos
elaborar una recomprensión teórico-metodológica centrada en las potencias estéticas de
la investigación, es decir, de la capacidad que puede llegar a tener de intensicación de los
modos de sensibilidad afectiva y sus estrategias expresivas locales. En otras palabras, propo-
nemos una politización de la episteme contemporánea emergida de la inexión intensicante
de su metodología, cuya potencia radicaría en la implicación con los cuerpos colectivos que
logran poner en tensión las jerarquías propias de los regímenes escópicos que predenen y
delimitan sus propios rangos de acción.
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Sobre los autores
P E. M-Fes doctor en Filosofía por la Universidad de Valladolid, España.
Ha desarrollado investigaciones en el campo de la losofía y las ciencias sociales, principal-
mente alrededor de estudios destinados a analizar las condiciones políticas de la formación
de identidad y la subjetividad en la modernidad y época contemporánea, con perspectiva
de la losofía política francesa y el psicoanálisis. Ha sidocoeditor de los librosLa Hoja Sa-
nitaria. Archivo del Policlínico Obrero de la I.W.W. Chile 1924-1927(2015);Rastros y Gestos
de las emociones: desbordes disciplinarios(2018), así como del libroFragmentos del Sujeto
moderno: crítica, poder, identidad(2018).
P A D es profesor de Filosofía de la Universidad Metropolitana de
Ciencias de la Educación y Magister en estudios de Género y Cultura de la Universidad de
Chile. Actualmente desarrolla investigación implicado en procesos educativos que aconte-
cen en escuelas prioritarias con estudiantes migrantes desde metodologías de investigación
experimentales, sus líneas de investigación incluyen también las perspectivas de género, se-
xualidades y masculinidades. Ha escrito los artículos,“De la amnistía migratoria al devenir
migrante. Elimpasse de la ciudadanía en el contexto de lafeminización de la migración en
Chile” (2017);“El gobierno del desarraigo y las nuevas formas de ciudadanía global en el
Chile actual”, (2016); y el ensayo audiovisual en formato corto-documental: “Puro Corte
Asaltante (2016).
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Article
This article aims to introduce an epistemic, political and methodical disjunction within the notion of devastation, enabling a bifurcation of the term beyond its purely referential and constative character. We seek to elucidate how this concept allows an outward displacement of the structuring conditions that determine reason as a centralizing and determining faculty of the link between the human and the non-human. This forces a movement linked to an exercise of thinking about the present in the light of a worldview that forces us to recognize the intertwining of thought with the material conditions on which, ultimately, it depends.
Method
Full-text available
I will review the initial notes and experimental concepts of a systematization of educational intervention practices in highly complex contexts that I have developed in different neighborhoods and "poblaciones" of the Metropolitan Region during the last 10 years. An exercise in memory from which I will allow myself to go through the collective practices with which, along with others, colleagues, girls, boys and adolescents, neighbors and organizations, we allowed ourselves to meet and, from there, develop concepts in motion-analytical, but above all, imaginative exercises-to name / semi-otize the experiences arising from our different forms and intensities of exposure to the violence of neoliberalism and the democratic grammars of post-dictatorship Chile. The article will seek to deliver a series of meaning vectors to compose non-war intervention strategies, which I will call non-police, based on a methodological, ethical-aesthetic-ecosophical inflection of social involvement. "Aula Segura" 2 : Una pregunta por la guerra contra la niñez. Siendo 2019 el contexto político y social del país se mantiene en un complejo estado de convulsión social que tiene como principales protagonistas a estudiantes secundarios. Todavía no se desata el 18 de octubre, sin embargo, a estas alturas, la niñez mantiene desde el 2006, un ondular, pero permanente proceso de organización y manifestación contra la privatización de la educación, la cual, al conectarse con otras luchas, ha logrado un incipiente 1
Chapter
Full-text available
El pretender adentrarse en las prácticas de acción colectiva en el Chile de hoy no puede dejar de referir a un marco interpretativo relacionado con cuatro procesos que, teniendo como denominador común la relación al miedo, serán el sustrato sobre el cual dichas prácticas emergerán. A la descripción de estos procesos nos abocaremos a continuación.
Article
Full-text available
This text addresses the role of witnessing and memory in the construction of the historical account of state-inflicted atrocities in the 20th century. It discusses: 1) personal experience transmitted by witnesses and 2) social experience processed in memory for the construction of the "true" history. In other words, what is "true" in the testimonials and in memory and, consequently, to what extent they should influence the construction of history. The analysis is performed from the point of view of the Argentinean experience of State Terror in the '70s, as one of the cases of Latin-American states with "disappearances", which tried to eliminate every opposing opinion as well as all traces of the repression. In that sense, testimonials and memory were organized since the beginning as politically denoted practices, varied though carrying one specific direction: resistance to official silence. Although it's true that the historical account is not totally lacking in positioning, it should account for the different meanings evidenced in a society, not only in the members of the resistance. We could say that history builds a more encompassing and more general account though, in doing so, it usually falls for the disciplinary temptation of considering itself superior and of vindicating an alleged right of qualification and hierarchy over knowledge more connected to direct experience. However, it also has the possibility of being constructed in articulation and dialogue with this knowledge, by taking it into account and confronting it. The difference between these two possible approaches has a political "mark": the role assigned to resistance in the construction of the history of State Terror as a socially validated "true" account.
Article
The violencias linked to the drug trade in Mexico have generated a border zone, an order open to constant definition, a space of contestation between regimes of interpretation and meaning production. These violencias constitute a "portal" or "vestibule" between an order that has collapsed and an emergent one, which has not yet fully come to be. Therein lies their enormous foundational power and simultaneous agility. Along these lines, the analytical strategy proposed has two anchors: the relationship of these violencias to youth and their sociocultural worlds, and the configuration of the grammars of violence, whose figures inundate public space and thus contribute to the expansion of fear.
Año lxiv, núm. 236⎥ mayo-agosto de
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales⎥ Universidad Nacional Autónoma de México Nueva Época, Año lxiv, núm. 236⎥ mayo-agosto de 2019⎥ pp. 383-404⎥ ISSN-2448-492X doi: http://dx.doi.org/10.22201/fcpys.2448492xe.2019.236.65839
El ombligo de los limbos: el pesa-nervios
  • Antonin Artaud
Artaud, Antonin (2009) El ombligo de los limbos: el pesa-nervios. Buenos Aires: Librería los Cachorros.
Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. México: Anthropos Editorial
  • Adriana Cavarero
Cavarero, Adriana (2009) Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. México: Anthropos Editorial.