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Psicopatía, criminalidad y maltrato animal

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La psicopatía ha sido tradicionalmente ligada a la criminalidad y las conductas antisociales, entre las que se destacan el abuso y la crueldad hacia los animales. Esto comportamientos se asocian con diferentes formas delictivas y de violencia interpersonal. Sin embargo, el tipo relación existente entre ambas formas no resulta del todo claro. Mientras que para algunos autores existe una tendencia a la graduación de conductas desde perpetrar crueldad animal hacia perpetrarla en humanos, para otros las conductas criminales se asocian entre sí sin ninguna secuencia temporal. A su vez, se reconoce que en ocasiones ciertas formas de abuso hacia los animales se manifiesta en niños como parte de un desarrollo evolutivo normal. Se mencionan y discuten las investigaciones, destacando la complejidad del fenómeno del maltrato animal. Su comprensión demanda ampliar la perspectiva centrada en la psicopatología del perpetrador de la violencia, incluyendo las dinámicas y el contexto socioeconómico donde esta se manifiesta, la cual requiere ser abordada de manera integral considerando humanos y animales.
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Psicopatía, criminalidad y maltrato animal
MATÍAS CAJAL, JUAN IGNACIO IRURZÚN, ZAIDA NADAL, NATALIA
SOLIMENA, BORIS WIDENSKY, PAOLA REYES, MARCOS DÍAZ VIDELA*
Universidad de Flores. Laboratorio de Investigación en Antrozoología de Buenos
Aires (LIABA). *Remitir correspondencia a antrozoologia@gmail.com
Cita sugerida: Cajal, M., Irurzún, J. I., Nadal, Z., Solimena, N., Widensky, B., Reyes,
P., & Díaz Videla, M. (2018). Psicopatía, criminalidad y maltrato animal. En M. Díaz
Videla & M. A. Olarte (Eds.), Antrozoología, multidisciplinario campo de
investigación (pp. 112-133). Buenos Aires: Editorial Akadia.
Resumen
La psicopatía ha sido tradicionalmente ligada a la criminalidad y las
conductas antisociales, entre las que se destacan el abuso y la crueldad hacia
los animales. Esto comportamientos se asocian con diferentes formas
delictivas y de violencia interpersonal. Sin embargo, el tipo relación existente
entre ambas formas no resulta del todo claro. Mientras que para algunos
autores existe una tendencia a la graduación de conductas desde perpetrar
crueldad animal hacia perpetrarla en humanos, para otros las conductas
criminales se asocian entre sin ninguna secuencia temporal. A su vez, se
reconoce que en ocasiones ciertas formas de abuso hacia los animales se
manifiesta en niños como parte de un desarrollo evolutivo normal. Se
mencionan y discuten las investigaciones, destacando la complejidad del
fenómeno del maltrato animal. Su comprensión demanda ampliar la
perspectiva centrada en la psicopatología del perpetrador de la violencia,
incluyendo las dinámicas y el contexto socioeconómico donde esta se
manifiesta, la cual requiere ser abordada de manera integral considerando
humanos y animales.
Palabras clave
: crueldad animal; maltrato animal; psicopatía; trastorno de la
conducta; trastorno antisocial de la personalidad.
Introducción
El interés por el maltrato hacia los animales no obedece a una
característica de la sociedad actual de bienestar, sino que supone una
cuestión ética que tiene su origen en los inicios de la filosofía (Querol Viñas,
113
2008). Sin embargo, y a pesar de las menciones tempranas acerca del abuso
animal dentro de la literatura científica psicológica y psiquiátrica, el estudio
sistemático del abuso humano hacia los animales es un fenómeno reciente
para la ciencia (Ascione & Shapiro, 2009).
El abuso y la crueldad hacia los animales se encuentran presentes en los
trastornos que manifiestan conductas antisociales, como el trastorno de
conducta infantil o el Trastorno Antisocial de la Personalidad (TAP) en la
vida adulta (APA, 2002). A su vez, se configuran como conductas criminales y
han sido asociadas con diferentes formas delictivas y de violencia
interpersonal. Sin embargo, el tipo relación existente entre ambas formas no
resulta del todo claro. ¿Es una simple correlación? ¿O se trata más bien de
una relación causal?
Mientras que para algunos autores (e.g., Merz-Perez & Heide, 2004) existe
una tendencia a la graduación de conductas desde perpetrar crueldad animal
hacia perpetrarla en humanos, para otros (e.g., Arluke, Levin, Luke, &
Ascione, 1999) las conductas criminales se asocian entre sin ninguna
secuencia temporal.
Describiremos los trastornos relacionados con la psicopatía, abordaremos
los conceptos centrales en torno a las conductas de crueldad hacia los
animales y sus diferentes teorías explicativas, destacando la relevancia de
este fenómeno complejo que demanda la atención de diferentes actores
sociales para su comprensión y abordaje.
Psicopatía y criminalidad
La locura ha estado tradicionalmente ligada a la psicopatía y criminalidad.
En el siglo XIX, Philippe Pinel la denominaba
locura
o
manía sin delirio
, y
James Prichard,
locura moral
. A principios del siglo XX, Emil Kraepelin, y
más tarde su discípulo Kurt Schneider, advirtieron que no todos los
psicópatas eran delincuentes, y que tampoco se encontraban todos dentro de
los manicomios. Surge así la idea de que ni todos los criminales son
psicópatas, ni todos los psicópatas son criminales (Pozueco Romero, 2011;
Raine & Sanmartín, 2000)
El término psicopatía es ampliamente utilizado dentro de la psicología
criminal y forense, y el perfil psicopático ha sido descrito en 1941 por
Cleckley, quien tomó diferentes casos de pacientes internados en una clínica
psiquiátrica estatal de Inglaterra. El autor destacó que estas personas
carecían de remordimiento, eran manipuladores, impulsivos, egocéntricos,
poco confiables y, en contraste con los pacientes psicóticos, estas personas
eran generalmente racionales, orientadas temporal y espacialmente, y sin
ideas delirantes.
114
Más de cincuenta años después, Hare (2003) se basó en aquella descripción
para elaborar una escala ampliamente utilizada en la actualidad para
evaluar características psicopáticas (i.e., Psychopathy Checklist [PCL])
dividida en tres planos. En el plano afectivo, los individuos con psicopatía
experimentan emociones superficiales, falta de empatía, ansiedad,
sentimientos de culpa e incapacidad para establecer vínculos a largo plazo.
En el plano interpersonal, son arrogantes, egocéntricos, manipuladores y
dominantes. En el plano conductual, son irresponsables, impulsivos y buscan
sensaciones, por lo que tienden a transgredir normas sociales. Son frecuentes
las conductas criminales y el abuso de sustancias, y fracasan en cumplir con
las obligaciones y asumir responsabilidades.
Por otro lado, la Asociación Psiquiátrica Americana (APA), concibe la
psicopatía como TAP. Este se caracteriza por “un patrón general de desprecio
y violación de los derechos de los demás, que comienza en la infancia o el
principio de la adolescencia y continúa en la edad adulta” (APA, 2002, p. 666).
Es posible establecer una diferenciación entre psicopatía y TAP, en la
medida en que en que el primero estaría más enfocado en aspectos
emocionales y afectivos anómalos, y el otro en una base conductual antisocial
(Blair, 2003; Patrick, 2000). De todas formas, para los propósitos de este
trabajo, se utilizarán los términos indistintamente, según lo propuesto por la
APA.
Los criterios diagnósticos establecidos por la APA (2002) en el DSM IV-TR
incluyen: (1) el fracaso para adaptarse a las normas sociales, con tendencia a
perpetrar actos ilegales; (2) la tendencia a mentir, utilizar un alias, estafar
(por beneficio personal o por placer); (3) la impulsividad; (4) la irritabilidad y
la agresividad, que lo lleva a peleas físicas o agresiones; (5) la
despreocupación por su seguridad o la de los demás; (6) la irresponsabilidad,
la incapacidad de mantener un trabajo o de hacerse cargo de obligaciones; y
(7) la falta de remordimientos. Para establecer el diagnóstico de TAP el sujeto
debe tener al menos 18 años de edad. En sujetos menores, se utiliza el
diagnóstico de trastorno disocial, de similares características al TAP, e
indicadores acordes a niños a partir de los 5 años de edad. La combinación de
estas características, sumadas al egocentrismo, grandilocuencia, narcisismo,
autojustificación, impulsividad, falta general de inhibiciones
comportamentales y necesidad de poder y control, generan una combinación
perfecta para actos antisociales y criminales (Hare, 2000, 2003).
El estudio de la criminalidad se ha pensado desde la antigüedad. Platón
planteó en
Las Leyes
, que el crimen era un síntoma de enfermedad del alma
(versión 1969). Esto condujo a diversos investigadores a buscar un perfil de
personalidad criminal. Sin embargo, hasta el momento no existe evidencia
irrefutable de tal perfil, sino más bien rasgos patológicos de personalidad que
tienen una relación directa con ciertas conductas criminales, como alta
impulsividad, escaso control de emociones, búsqueda de sensaciones y
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hostilidad (Montoya & Mosquera, 2016). Esto parece señalar la similitud
entre el delincuente y el psicópata. No obstante, el accionar criminal de cada
uno tiene objetivos diferentes. El psicópata puede cometer un delito sin que
implique ventaja material, puede ser temerario en cuanto a su seguridad, y
rara vez se compromete en una carrera criminal. Sus metas no siempre son
comprensibles desde el ojo del espectador. Las metas del delincuente común sí
lo son, pero las lleva a cabo por medios cuestionables y suele protegerse a
mismo, es decir, no busca correr riesgos innecesarios (Pozueco Romero, 2011).
Los
delitos mayores
, o delitos graves, se encuadran en la delincuencia
violenta, y no se limitan a los llamados
delitos de sangre
(i.e., homicidio y
asesinato); también incluyen las lesiones, los robos con violencia e
intimidación y las agresiones sexuales. Estos suelen ser cometidos por
personalidades violentas, aunque no siempre es así (Pozueco Romero, 2011).
De todas formas, existe evidencia de que muchos de los crímenes más
violentos son cometidos por sujetos que han sido diagnosticados como
psicópatas, siendo la coocurrencia, al menos, significativa (Hare, 1993).
Asimismo, estudios de los distintos tipos de delitos cometidos han demostrado
que la criminalidad y la conducta antisocial de los psicópatas es también más
violenta y agresiva que la del resto de los delincuentes (e.g., Cornell et at.,
1996; Moltó, Poy, & Torrubia, 2000).
No obstante, esto no significa que todos los psicópatas cometan crímenes
violentos, ni que todos los criminales sean psicópatas, aunque existe una
correlación. Esto se debe principalmente a que algunos de los rasgos que
facilitan la inhibición de las conductas violentas y antisociales se encuentran
seriamente afectados en los psicópatas, como por ejemplo, los sentimientos de
miedo y culpa (Hare, 2003). A partir de estas características, las personas con
perfiles psicopáticos resultan más propensos a dirigir su violencia hacia otros
humanos, así como también hacia animales. Estos últimos pueden convertirse
en las víctimas preferenciales de conductas de maltrato y crueldad en tanto
suelen estar más disponibles, desprotegidos e indefensos (Ascione, 2001;
Petersen & Farrington, 2007).
El maltrato hacia los animales
El maltrato animal comprende comportamientos humanos que causan
dolor innecesario o estrés a un animal. Incluye conductas negligentes en los
cuidados básicos, que deterioran su calidad de vida, así como conductas que
causan su muerte de manera intencional (Ascione, 1993). Así, el maltrato
comprende la crueldad animal. Esta puede ser definida como un
comportamiento repetitivo y proactivo (o patrón de comportamiento)
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destinado a causar daño a las criaturas sensibles, infringiendo dolor,
sufrimiento, angustia y/o su muerte (Gullone, 2012).
No se consideran maltrato los comportamientos más aceptados socialmente
como la caza legal, la ganadería intensiva, la cría de animales por su piel o la
experimentación científica, aunque causen sufrimiento innecesario a los
animales (Querol Viñas, 2008). La aceptación social de las conductas o su
consideración como formas de maltrato dependen de la cultura donde se
despliegan, y se modifican con el tiempo. Así, mientras que en algunos
contextos se considera que los espectáculos que lastiman animales, como las
corridas de toros o las riñas de gallos, son formas de maltrato animal y por
consiguiente, son ilegales, en otros contextos, forman parte de prácticas
legítimas de entretenimiento popular.
A su vez, la zoofilia (i.e., el contacto sexual con animales) es una forma de
maltrato animal, que se encuentra relacionada con el abuso sexual humano,
dada la falta de consentimiento y el daño infringido (Beirne, 2016). El DSM
IV (APA, 2002), apenas la menciona, y la incluye en su categoría de parafilias
no especificadas. Por su parte, el DSM 5 (APA, 2013) se limita a clasificala
como otro trastorno parafílico especificado, y tampoco menciona su
coocurrencia con otros trastornos. Sin embargo, este tipo de maltrato podría
formar parte de un patrón de comportamientos asociado a agresión a la gente
o a los animales, destrucción de la propiedad y fraudes, como es el caso del
TAP.
Tomando los desarrollos de diversos autores (Dadds, Turner, & McAloon,
2002; De Santiago Fernández, 2013; Petersen, & Farrington, 2007; Rowan,
1999), estableceremos una clasificación propia de las conductas que producen
daño a los animales (ver Tabla 1).
Tabla 1
Clasificación de las conductas que producen daño a los animales.
Conducta de daño
Aceptación social
Tipo de accionar
Subtipos
Dirigida a
animales
Uso
Maltrato
Indirecto
Negligencia
Abandono
Directo
Abuso
Crueldad
En principio, discriminamos el uso socialmente aceptado de animales con
fines instrumentales, y las distintas formas de maltrato animal, donde se
daña al animal de maneras consideradas innecesarias. El maltrato animal
puede concretarse de modo indirecto, a partir de actos de omisión (i.e.,
negligencia), o directo, a partir de actos de comisión. En el primer caso, el
maltrato se lleva a cabo a través de actos negligentes respecto a los cuidados
básicos que el animal necesita, como provisión de alimentos, de refugio y de
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una atención veterinaria adecuada, incluyendo el abandono. En el segundo
caso, el maltrato es intencional y se lleva a cabo mediante conductas
agresivas y violentas dirigidas al animal. Finalmente, el maltrato directo
comprende el abuso, donde se infringe un daño por uso de la fuerza, y la
crueldad, en la que existe un elemento de goce ligado al sufrimiento del
animal.
En este trabajo, abordaremos distintas formas de maltrato animal,
considerando que si bien sus manifestaciones pueden clasificarse, existen
superposiciones que hacen que frecuentemente sea conveniente utilizar el
término maltrato, en sentido general.
El grado de psicopatología del perpetrador de maltrato animal requiere
una evaluación integral del contexto del maltrato. Se ha destacado la poca
confiablidad del grado de sufrimiento del animal. Por ejemplo, las conductas
negligentes pueden provocar sufrimiento prolongado y muerte, y ser
perpetrados por individuos cuyas acciones resultan de una combinación de
haber incorporado actitudes y conductas propias de una subcultura
particular, irresponsabilidad y recursos económicos limitados (Ascione &
Shapiro, 2009). Así, al evaluar el maltrato hacia los animales, Ascione,
Thompson y Black (1997) proponen considerar cinco dimensiones: (1) la
severidad, considerada a partir del grado de dolor intencional y la lesión
causada; (2) la frecuencia y la duración del abuso; (3) los intentos de ocultar la
crueldad; (4) si la crueldad es perpetuada grupal o individualmente; y (5) el
grado de empatía, considerando indicios de remordimiento o preocupación por
el animal herido.
Los métodos empleados en el maltrato directo hacia los animales incluyen
envenenamiento, golpes o patadas, disparos, estrangulamiento o asfixia,
apuñalamiento, electrocución, rotura de huesos; también prenderle fuego,
tirarlo contra un objeto, hacerlo explotar, y utilizarlos en peleas. Las distintas
formas de maltrato hacia los animales descritas también pueden ser
perpetradas por niños. Entre los métodos más comunes de maltrato animal
durante la infancia se han destacado el empleo de golpes, disparos, lapidación
y lanzamiento (Kellert & Felthous, 1985).
Si bien diversas conductas de maltrato animal son frecuentes en los niños,
y presumiblemente desempeñan una función en el desarrollo de estos, no
existe un acuerdo general acerca de cuál es el origen del maltrato hacia los
animales. Mientras que para algunos investigadores el mismo se encuentra
en las raíces evolutivas de la humanidad, para otros, el sentimiento de
oposición es inculcado a los niños por la cultura, a partir de fomentar
actividades como cazar y comer carne (Herzog, 2012).
Consideraciones filosóficas sobre el maltrato hacia los animales
118
La creciente preocupación por la crueldad en el trato hacia los animales ha
sido impulsada, en gran medida, por la difusión en ámbitos académicos de
enfoques filosóficos que abordan dicha cuestión desde posturas y principios
distintos (Higuera, 2013). Estas consideraciones han sido abordadas por los
filósofos destacados de la tradición cultural occidental, la cual ha estado desde
su origen teñida por las actitudes poco empáticas hacia los animales de la
filosofía judeo-cristiana.
San Agustín, en la Antigüedad, y luego Tomás de Aquino, en la Edad
Media, han sido destacados como los filósofos que se encomendaron esclarecer
que al predicar el respeto y la bondad hacia el prójimo, se excluía
explícitamente a los no humanos. Para ellos, la crueldad animal solo debía
evitarse en la medida en que podía alentar a la crueldad hacia otros humanos
(Díaz Videla, 2017)
Durante los siglos XVI y XVII, teólogos y filósofos tendían a percibir un
beneficioso propósito de Dios en todo. Así, la indudable finalidad de los
animales era servir a los humanos, quien podían emplearlos a voluntad sin
demasiadas preocupaciones por su bienestar (Serpell, 1996). En la Edad
Moderna, con el Iluminismo, comenzó a darse gradualmente un cambio
cultural que coincidió con cierto rechazo a las rígidas ideas antropocéntricas
previas y el surgimiento de la preocupación por el bienestar animal (Díaz
Videla, 2017).
En el siglo XVII, el filósofo John Locke sostuvo que “el acostumbrarse a
atormentar y matar bestias, endurecerá gradualmente las mentes hacia los
hombres; y aquellos que se complazcan en el sufrimiento y la destrucción de
criaturas inferiores no serán aptos para ser compasivos o benevolentes hacia
aquellos de su propia clase” (2007 versión, p. 91). Si bien no condena
directamente la crueldad animal, la asocia con una condición patológica, en la
cual los sujetos quedan imposibilitados de experimentar empatía.
Kant, en 1780, indicó que los hombres no tienen obligaciones directas hacia
los animales, los cuales no tienen autoconciencia y serían simplemente un
medio para un fin, ese fin sería el hombre. Para Kant "si un hombre le
dispara a su perro porque el animal ya no es capaz de brindar sus servicios,
no le está fallando en su deber al perro, porque este no puede juzgar, pero su
acto es inhumano y daña la humanidad en él, la cual es su deber mostrar a la
humanidad" (Kant, 2010 versión, p. 11). Desde la posición de Kant, los
animales son seres inferiores, y el hecho de que un ser humano los dañe,
resulta condenable en tanto atenta contra la propia ética humana.
Por otro lado, el filósofo Jeremy Bentham, uno de los fundadores del
“derecho animal”, en 1780 argumentó que la discusión acerca de la
superioridad humana y la falta de discurso y razonamiento animal eran
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moralmente irrelevantes. "La pregunta no es, ¿Pueden razonar? ni, ¿Pueden
hablar? sino, ¿Pueden sufrir?" (Bentham, 1879 versión, p. 244).
En 1883, Nietzsche destacó la peligrosidad humana condenando su
posicionamiento antropocéntrico y prejuicioso hacia los demás animales. Para
él, “el hombre es el más cruel de todos los animales” (Nietzsche, 1995 versión,
p. 168).
Desde el siglo XX la consideración moral hacia los animales ha crecido
debido a múltiples factores. Entre estos se han destacado: (1) la migración de
zonas rurales hacia urbanas, con el alejamiento de la explotación animal
directa y la inutilidad pragmática de los sistemas de creencias carentes de
empatía hacia los animales; (2) los desarrollos científicos opuestos a la
filosofía antropocéntrica, como la Teoría de la evolución de las especies de
Darwin o la teoría de Freud acerca del inconsciente como principal rector de
la conducta humana; y (3) la práctica de la tenencia de mascotas (Díaz Videla,
2017).
Claramente, el estudio científico del mundo animal y natural se convirtió
en un campo respetado de investigación, que ha convocado gran interés
durante el siglo XX. Las aproximaciones filosóficas hacia la crueldad a los
animales y su efecto de estimulación de la crueldad hacia los humanos
también han sido abordadas científicamente durante el pasado siglo.
Teorías sobre la vinculación entre crueldad animal y violencia interpersonal
En las últimas décadas ha habido una creciente investigación respecto de
las interacciones humano-animal (Díaz Videla, Olarte, & Camacho, 2015).
Respecto del maltrato animal, los estudios se han enlazado con los trabajos
realizados dentro del campo de la psicopatología, ampliando sus desarrollos.
Las investigaciones han sugerido que la participación en comportamientos
de crueldad hacia los animales, ya sea como observadores o como
participantes, puede relacionarse con el desarrollo de actitudes que reflejan
una insensibilidad general hacia el bienestar de los demás, desde la infancia
(Ascione, 1992, 1993). Al respecto, el trastorno disocial, también llamado
trastorno de conducta (
conduct disorder
), descrito en el DSM-IV dentro del
apartado los
Trastornos de inicio en la infancia, la niñez o la adolescencia
,
podría ser el nexo entre la violencia ejercida en la infancia y las agresiones y
criminalidad descritos en el TAP durante la vida adulta.
Uno de los primeros síntomas del trastorno disocial es la crueldad hacia los
animales (Frick et al., 1993; APA 2002) y la pueden cometer hasta el 25% de
los niños con este diagnóstico (Arluke et al., 1999). La agresión predatoria
mostrada por individuos con trastorno disocial otorga un marco de sumisión y
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dominación que conduce a los mismos procesos de satisfacción de necesidades
que los actos sádicos contra los humanos (Stupperich & Strack, 2016).
Algunos desarrollos teóricos han conceptualizado la agresión perpetrada
durante la infancia hacia los animales y su relación con la agresión
interpersonal.
La Tríada de la Psicopatía, la Hipótesis de Gradación y El Enlace
La llamada
Tríada de la Psicopatía
fue desarrollada inicialmente por
Macdonald, en un artículo de 1963 publicado en el
American Journal of
Psychiatry
. La misma consiste en tres comportamientos que, de estar
presentes en la infancia, tendrían valor predictivo o bien estarían asociados
con tendencias violentas posteriores durante la adultez. Esta tríada se
compone de: enuresis, piromanía y crueldad extrema hacia los animales.
Algunos estudios, posteriormente, obtuvieron evidencia para asociar estas
características en la infancia con diversos comportamientos violentos (e.g.,
Hellman & Blackman, 1966, Wax & Haddox, 1974; Ressler, Burgess, &
Douglas, 1988) y la Tríada de Macdonald se convirtió en un fenómeno
presuntivo que recibió aceptación general por casi medio siglo.
Frecuentemente es citada por académicos, profesionales y estudiantes de
múltiples carreras ligadas a crímenes violentos (Ryan, 2009).
Con el tiempo, la Tríada extendió su aplicación a una variedad de grupos,
por ejemplo a los sádicos sexuales (e.g., Prentky & Carter, 1984),
piromaníacos reincidentes (e.g., Slavkin, 2001) o asesinos seriales (e.g.,
Ressler et al., 1988).
Los desarrollos de MacDonald respecto de la Tríada de la Psicopatía,
sirvieron de base para el planteamiento de lo que se conoció como la Hipótesis
de Gradación de la violencia. Esta sostiene que el maltrato hacia los animales
durante la infancia conduce a la delincuencia en la vida adulta. Así, los
abusadores violentos empiezan con animales y luego progresan con el tiempo
hacia una violencia hacia otros humanos (Merz-Perez & Heide, 2004).
Desde esta perspectiva, después de una serie de actos agresivos hacia los
animales, los asesinos seriales habrían aumentado gradualmente su nivel de
agresividad, lo que finalmente resulta en actos de violencia perpetrados
contra los humanos. Esto llevó a varios investigadores a enfocar su atención
en la población con características más violentas, mayormente en las cárceles
(e.g., Hensley, Tallichet, & Dutkiewicz, 2010; Hensley, Browne, & Trentham,
2017; Haden, McDonald, Booth, Ascione, & Blakelock, 2018; O’Grady,
Kinlock, & Hanlon, 2007; Overton, Hensley, & Tallichet, 2011). Así, se han
estudiado los antecedentes de crueldad animal entre los asesinos en serie y en
masa en los casos de Eric Harris y Dylan Klebold, Kip Kinkel, Mitchell
Johnson y Andrew Golden, Michael Carneal, Luke Woodham, Brenda
Spencer, Lee Boyd Malvo, Jeffrey Lionel Damher, Arthur Shawcross, Ted
121
Bundy, Edmund Emil Kemper III, Carroll Edward Cole, Albert de Salvo,
Peter Kurten, Richard Trenton Chase, David Berkowitz, Patrick Sherrill,
etcétera. En muchos casos, se encontraron estos antecedentes de crueldad
hacia los animales. Por ejemplo, Kip Kinkel, de 15 años, entró en la cafetería
de su escuela y abrió fuego sobre sus compañeros. Dos fueron asesinados y
otros 22 fueron heridos, 4 de ellos gravemente. Más tarde la policía descubrió
a sus padres muertos en su hogar. Allegados dijeron que Kinkel tenía una
historia de abuso y tortura animal, y había alardeado que había hecho
explotar a una vaca y matado gatos y ardillas poniéndoles petardos en la boca
(Petersen & Farrington, 2007).
Esta hipótesis ha encontrado muchas adhesiones, y fue ampliada por
Wright y Hensley (2003), quienes hallaron que los métodos de abuso animal
empleados en la infancia son repetidos en actos de agresión interpersonal en
la adultez. Entre sus adherentes, se destacaron múltiples asociaciones y
profesionales proteccionistas de animales que la utilizaron para convocar la
atención y otorgar más notoriedad al abuso cometido hacia los animales.
La asociación entre la crueldad infantil hacia los animales y la violencia
dirigida contra las personas ha sido denominada
El Enlace
(
The Link
; ver
www.americanhumane.org) y es sostenida por la Asociación Estadounidense
Protectora de Animales. Esta perspectiva afirma que el abuso, tanto a niños
como a animales, está vinculado a un ciclo de violencia que se autoperpetúa
desde los hogares, ya sea funcionando como señal de alerta del peligro de los
integrantes del hogar como por el efecto modelador de la conducta que tiene
para los niños observar a los mayores ejercer maltrato. El Enlace se apoya en
una serie de estudios que sostienen la hipótesis de que los niños que cometen
abusos hacia los animales o son testigos de ello, tienen mayores posibilidades
de perpetrar esos mismos actos durante la vida juvenil y adulta (Becker,
Stuewig, Herrera, & McCloskey, 2004; Hensley, Tallichet, & Dutkiewicz,
2009; Haden et al., 2018).
En múltiples contextos, El Enlace es aceptado como un hecho, y diversos
organismos dedicados al bienestar animal claman por destacar el valor del
maltrato animal como predictor del maltrato hacia humanos. Sin embargo, en
la actualidad se reconoce que el valor causal o predictivo del maltrato animal
no cuenta con suficiente evidencia empírica para sostenerse (Hoffer,
Hargreaves-Cormany, Muirhead, & Meloy, 2018; Irvine, 2008).
La complejidad de la relación entre violencia hacia animales y humanos
Prentky y Carter (1984) realizaron un estudio evaluando la asociación de
la Tríada con la conducta de agresores sexuales. Ellos encontraron que más
del doble de niños abusados físicamente exhibieron comportamientos
relacionados con la Tríada, respecto de niños no abusados. Más del cuádruple
de niños expuestos a madres que abusaban de drogas tuvieron
122
comportamientos de la Tríada, comparados con niños con madres que no
abusan de estas. Además, más del triple de niños con padres criminales
exhibieron comportamientos de la Tríada, en comparación con niños con
padres no criminales. Sin embargo, este estudio no encontró evidencia para
respaldar el valor predictivo de la Tríada para el resultado criminal en la
adultez.
Resultados similares en otros estudios (e.g., Lockwood & Ascione, 1998)
comenzaron a evidenciar la inconsistencia de la Tríada respecto de su valor
predictivo de los comportamientos agresivos durante la adultez.
La evidencia de que los niños que cometen abuso de animales luego
cometerán abusos en su adultez sigue siendo parcial y limitada (Tallichet,
Hensley, O’Bryan, & Hassel, 2005; Hensley et al., 2009), o incluso, nula
(Arluke et al., 1999; Miller & Knutson, 1997). Por ejemplo, en 1999, Arluke et
al. examinaron los antecedentes penales de 153 abusadores de animales y
control de 153 participantes. Ellos encontraron que los abusadores de
animales tienen más tendencia que los participantes del grupo control a
expresar conductas violentas en su naturaleza interpersonal, sino que
también resultaron más propensos a cometer delitos de propiedad, drogas y
desorden público. Sin embargo, los datos revelaron que aunque el abuso a los
animales estaba asociado con una variedad de comportamientos antisociales,
incluyendo actos violentos hacia los humanos, estos actos no eran más
probables de preceder el comportamiento antisocial que seguirlo. De esta
manera, cuestionaron que las personas que participan en la crueldad animal
eventualmente evolucionan en criminales de actos de violencia interpersonal.
De todas formas, en la actualidad, se considera que la validez predictiva de
la Tríada sobre comportamientos violentos posteriores no cuenta con
suficiente respaldo empírico, y que estos comportamientos estarían más
asociados a experiencias tempranas de negligencia, abuso y crueldad parental
(Ryan, 2009).
Sin embargo, diversos estudios han encontrado correlaciones entre el
maltrato animal y el maltrato hacia humanos (Hensley et al., 2010; Febres et
al., 2014; Stupperich & Strack, 2016); Por ejemplo, Gleyzer, Felthous y Holzer
(2002) realizaron un estudio entre criminales masculinos y comprobaron que
un historial de crueldad animal recurrente correlacionaba positivamente con
un diagnóstico de TAP, diagnóstico a menudo asociado con actos recurrentes
de violencia interpersonal.
La existencia de una relación significativa entre crueldad animal y una
variedad de comportamientos antisociales (Gullone, 2014; Kavanagh, Signal,
& Taylor, 2013), lleguen o no a la criminalidad, es mayormente aceptada en
la literatura científica. Así, el maltrato animal coocurre con otras formas de
destructividad y agresión como los comportamientos incendiarios, el
bullying
y el abuso sexual, todos estos comportamientos utilizados como criterios
diagnósticos del trastorno antisocial. Además, las tasas de maltrato animal
123
son mayores en grupos de niños víctimas de abuso que en niños no abusados,
en muestras clínicas de niños con síntomas de angustia que en muestras
normativas, así como en familias con violencia de pareja (Ascione & Shapiro,
2009).
Mientras que El Enlace es frecuentemente aceptado dentro de la
comunidad académica, no resulta claro de qué tipo de asociación se está
haciendo referencia. La mayor parte de los investigadores dedicados a
estudiarlo, sostienen que El Enlace es un fenómeno complejo, que no puede
simplificarse como una relación causal ni correlacional, y que su comprensión
requiere tomar en consideración una perspectiva más amplia que incluya el
contexto socioeconómico de la violencia hacia los animales (Hoffer et al.,
2018).
Se plantea entonces un segundo enfoque, según la cual el maltrato hacia
los animales no es causa de delincuencia, sino un signo presente en niños con
psicopatologías infantiles severas; muchos de los cuales, desarrollarán un
trastorno psicopático al crecer (Herzog, 2012).
Agnew (1998) argumentó que los rasgos individuales que llevan a la
criminalidad podrían también provocar abuso animal, apoyándose en la idea
de que el daño intencional hacia animales y hacia humanos es
conceptualmente idéntico. Ambos implican insensibilidad y desconsideración
hacia otros seres vivientes. El abuso animal y el crimen son igualmente
explotadores de sus víctimas, por lo tanto, personas que incurren en uno
serían más proclives a incurrir en el otro (Green, 2002). A esta perspectiva se
la conoce como
generalidad de la desviación
y es apoyada por diversos autores
(e.g. Dembo et al., 1992; Hirschi & Gottfredson, 1994; Osgood, Johnston,
O’Malley & Bachman, 1988). Según esta perspectiva, “un amplio rango de
comportamientos criminales correlacionan positivamente ya sea porque una
forma de comportamiento desviado conduce a involucrarse en otras formas de
desviación o porque diferentes formas de desviación poseen las mismas
causas subyacentes” (Arluke et al., p. 965).
La influencia de la exposición, el modelado y la violencia doméstica
Se ha destacado el rol de los procesos de modelado a partir de figuras
significativas, como padres y maestros, en la formación de actitudes y en los
comportamientos que se adoptan hacia los animales (Díaz Videla, 2017).
Estudiantes de veterinaria y voluntarios en programas de educación sobre la
vida silvestre han destacado que sus padres y sus mascotas fueron las figuras
que más influyeron en su formación de actitudes positivas hacia el mundo
animal (Kidd & Kidd, 1997; Serpell, 2005).
124
Por supuesto que la importancia del modelado y de la exposición al
maltrato animal también influye, y de manera negativa, en la formación de
actitudes hacia los animales. Por ejemplo, haberse criado en hogares donde se
descuidaba o maltrataba animales se asocia con una tendencia a mostrar más
aceptación hacia el maltrato animal (Raupp, 1999). En un estudio con
estudiantes universitarios, se encontró que aquellos que indicaban haber
practicado abuso animal tenían tres veces más posibilidades de haber
observado abuso animal (Henry, 2004).
La exposición al maltrato de animales puede ocurrir en el hogar,
vecindario u otros espacios de la comunidad, pero puede también puede darse
a través de contenidos audiovisuales (e.g., videos y páginas web; Ascione &
Shapiro, 2009).
Hensley y Tallichet (2005b) al estudiar convictos en una prisión
norteamericana encontraron que aquellos que habían maltratado o matado
animales de manera repetida, habían sido expuestos a conductas de crueldad
hacia animales a una edad temprana, más frecuentemente perpetrada por un
amigo. Este estudio mostró además que cuanto más joven habían sido en
presenciar el maltrato, antes habían comenzado ejercerlo.
De acuerdo a Arluke y Lockwood (1997) una posibilidad es que la crueldad
hacia los animales les permita a los niños a desensibilizarse respecto de la
violencia despiadada o bien aprender a disfrutar de los sentimientos ligados a
procurar dolor y sufrimiento a otros (ver también Rodenas, 2017). Esto ha
sido ligado teóricamente a la Hipótesis de Gradación, en tanto en última
instancia, se configuraría como la motivación para el deseo de graduar hacia
violencia dirigida a humanos (Wright & Hensley, 2003). Se ha encontrado
empíricamente, a su vez, que la menor edad de inicio del maltrato animal, se
constituía como un predictor de violencia interpersonal adulta (Henderson,
Hensley, & Tallichet, 2011).
Se ha destacado el funcionamiento análogo entre la violencia ejercida hacia
los animales y la violencia interpersonal. La falta de empatía que envuelve a
la crueldad animal también ha sido destacada en los actos agresivos y
violentos dirigidos contra humanos, y ha sido asociada a conductas
antisociales, como por ejemplo, el uso de armas en la infancia (Goldstein et
al., 2006). Coincidentemente, se encontró que al considerar los métodos
empleados por un grupo de reclusos al abusar de animales, estos eran
similares a los que empleaban posteriormente contra sus víctimas humanas
(Merz-Perez, Heide, & Silverman., 2001).
De esta manera, se sostiene que el inicio y la frecuencia de la crueldad
hacia los animales se ven influenciados por los miembros del entorno social
primario, destacando la exposición temprana a crueldad animal como un
mecanismo de desensibilización de la empatía, y del modelado de las figuras
significativas en la formación de actitudes y conductas hacia los animales.
125
Finalmente, haber sido testigos o perpetuado crueldad hacia animales se
asocia con las experiencias de maltrato infantil y violencia doméstica (DeGue
& DiLillo, 2008). La crueldad hacia los animales forma parte de un ciclo
insidioso de violencia que victimiza a las familias (Hackett & Uprichard,
2007; Petersen & Farrington, 2007). En este sentido, De Viney, Dikert y
Lockwood (1983) encontraron que en un 60% de familias en las que los hijos
habían sido abusados, un miembro había abusado de las mascotas del hogar;
dos tercios de los animales habían sido abusados por el padre, y el resto por
alguno de los hijos.
El abuso ejercido específicamente hacia los animales de compañía ha sido
asociado además con la perpetuación de crímenes violentos. Merz-Perez y
Heide (2004) compararon dos grupos de reclusos: aquellos que habían
cometido crímenes no violentos y lo que sí. Mientras que el 7% del primer
grupo había abusado de animales domésticos, el 26% del segundo grupo lo
había hecho. Llamativamente la mayoría de los actos de abuso animal había
sido cometida dentro de su barrio de residencia.
Tallichet et al. (2005) plantearon que el abuso de animales con los que los
humanos frecuentemente tienen relaciones cercanas y afectivas podría
insinuar la predilección del abusador hacia la violencia contra humanos. Así,
los animales de compañía, que a menudo son amados y tratados como niños
en nuestra cultura, han sido vistos como víctimas en su propio derecho. De
hecho, muchos defensores de niños y animales destacan la crueldad a los
animales como un asunto de elevada gravedad, debido a la victimización
humana análoga que a menudo representa (Lockwood & Hodge, 1997).
Motivaciones para la crueldad y tipos de abusadores de animales
Las hipótesis precedentes se apoyan en el potencial que poseen para
diagnosticar violencia futura. Sin embargo, es necesario considerar las
motivaciones y el papel que juega el abuso animal en el niño. Hensley y
Tallichet (2005a) examinaron las motivaciones que tuvieron durante la
infancia unos reclusos para perpetuar un abuso hacia los animales. Estas
incluían: diversión, ira, conmoción, temor a los animales, aversión por los
animales, vendetta, control, imitación, sexo y gusto de impresionar a los
demás. La tendencia general resultó ser la ira, mientras que un grupo menor
lo hizo por la diversión que le causaba. Por su parte, Ascione et al. (2005)
destacaron la imitación de acciones observadas, la insensibilidad a la
violencia, la disminución de la empatía y la falta de figuras de apego, así
como la curiosidad.
En definitiva, las motivaciones varían según los estilos de crianza, el estilo
cognitivo individual o el valor social que se le adjudica a la violencia. Sin
126
embargo, al tener límites borrosos, ya que en muchas ocasiones se dan en
simultáneo, es posible que la naturaleza de las motivaciones, estén
imbricadas y resulta complejo limitarlas a un solo origen, haciéndose
necesario una multiplicidad de factores implicados.
Desde una perspectiva psicológica, Arluke (2002) plantea que el abuso
animal provee una emoción que es buscada y una recompensa por dos
motivos. Por un lado, tomando el Modelo del Desplazamiento, maltratar
animales serviría como válvula de escape para reducir la presión interna,
permitiendo desplazar una frustración. “El niño al que le dan órdenes todo el
día puede ser quien dé órdenes a su perro. El niño que está lleno de
resentimiento por lo que considera maltrato de un adulto hacia él podría
patear a su perro” (Bossard & Boll, 1966, p. 128). Por otro lado, se plantea
que los niños enojados se encuentran cargados de energía destructiva que
necesita ser liberada. La Hipótesis de Gradación se apoya en este modelo, el
cual se diferencia del caso anterior, sugiere que los ataques hacia los
animales representan estadios tempranos de respuestas agresivas que
progresarán hacia violencia interpersonal ulterior. Aunque se reconoce que en
ocasiones el abuso hacia los animales cometidos por los niños son los últimos,
sin conducir a otro abuso posterior (Arluke et al., 1999). De todas formas,
resulta evidente que el abuso hacia los animales no cobra el mismo
significado en todos los casos.
Arluke (2002) argumentó que, ocasionalmente, la crueldad hacia los
animales durante la infancia se configura como una forma de juego prohibido
(
dirty play
) y correspondería a una fase normal del crecimiento, en la que los
niños experimentan el poder de ser adultos a la vez que fortalece el vínculo
con los compañeros de juego. Desde esta perspectiva, el abuso de animales de
los niños significa más que una simple descarga de frustración o de ira. A
través del juego, los niños reciben aprendizajes variados, en ocasiones ligados
con su ser moral (Mead, 1934) y su futura habilidad de asumir roles adultos
(Borman & Lippincott, 1982). En los varones desde su preadolescencia,
algunos tipos de juego incluyen bromas agresivas y vocabulario soez. Sería
parte de la necesidad de experimentar de los niños, y parte del proceso de
construcción de la identidad.
Este enfoque, surge del interaccionismo simbólico y su estudio sobre la
violencia, y considera importante que los científicos sociales tengan en cuenta
cómo la gente define el significado social de sus acciones, para entender por
qué ciertos eventos ocurren. Un estudio del interaccionismo simbólico sobre
abuso animal intentaría comprender el pensamiento y emociones de los
adolescentes, que poseen una historia, sin asumir que son psicópatas,
asesinos a sangre fría o sádicos, que actúan por impulso y sin lógica. En su
lugar, verían a los adolescentes en una compleja subcultura propia (Fine &
Sandstorm 1988).
127
Así, las motivaciones parecen ser muy variadas y dar cuenta de perfiles
muy diferentes respecto de quienes cometen actos de abuso hacia los
animales. En este sentido, Ascione (2001) propuso una clasificación de los
niños y adolescentes que cometen actos de violencia hacia los animales:
(1) Abusadores de animales, exploratorios o curiosos. Esta categoría
incluye niños de preescolar o primaria que resultaron violentos en
cuanto al cuidado de mascotas o animales callejeros en su vecindario
por no ser supervisados o aconsejados de manera correcta.
(2) Abusadores patológicos de animales. En esta clasificación los niños
son un poco mayores que los enumerados en la categoría anterior. Aquí
los motivos de la crueldad animal resultaron ser debido a que los niños
fueron expuestos a situaciones de abuso físico, sexual o a violencia
familiar.
(3) Abusadores reincidentes de animales. Esta categoría incorpora
principalmente adolescentes que pudieron haber usado alcohol y/o
drogas al abusar de animales o haber participado en otras actividades
antisociales. En estos casos fue recurrente que interviniera la justicia.
En síntesis, las motivaciones para cometer actos de crueldad reflejan la
complejidad de la problemática. El abuso hacia los animales no puede
reducirse a actos descontextualizados cometidos por abusadores con perfiles
psicopáticos, así como tampoco responde a un juego inocente en los niños que
deba ser desestimado.
El abuso animal puede tener diferentes significados y consecuencias para
distintos tipos de abusadores. Diferenciar los perfiles de abusadores permitirá
identificar mejor las estrategias para su abordaje. Mientras que muchas
personas con rasgos antisociales son capaces de rehabilitarse, esto es muy
infrecuente en personalidades con rasgos psicopáticos y sádicos (Stone, 2007),
como los de la tercera categoría. Por otro lado, es de esperar un pronóstico
más favorable respecto del abordaje de los abusadores de animales
exploratorios, en cuyo caso la terapéutica estará centrada en orientación
familiar y psicoeducación.
Conclusión
Los trastornos con conductas antisociales (i.e., psicopatía, TAP y trastorno
disocial) cuentan con características como la impulsividad, los déficits en la
empatía y la falta de culpa, que los hacen más propensos a cometer delitos,
aún en ausencia de una ventaja material. Si bien la psicopatía puede no
coocurrir con conductas criminales, se destaca que existe una asociación
128
significativa entre ambos fenómenos. Estos sujetos muestran una mayor
tendencia a dirigir violencia hacia otros humanos, así como también hacia
animales, los cuales pueden convertirse en las víctimas preferenciales de
conductas de maltrato y crueldad en tanto suelen estar más disponibles,
desprotegidos e indefensos.
El maltrato animal comprende comportamientos humanos que causan
dolor innecesario o estrés a un animal, incluyendo conductas negligentes así
como con intencionalidad cruel, y se configura como un comportamiento
criminal.
El maltrato animal junto a la piromanía y la enuresis durante la infancia
han sido teorizados como una tríada de conductas que tendrían valor
predictivo, o bien estarían asociados con tendencias violentas posteriores
durante la adultez. Estos desarrollos sirvieron de base para el planteamiento
de lo que se conoció como la Hipótesis de Gradación de la violencia, la cual
sostiene que los abusadores violentos comienzan victimizando animales y
luego progresan con el tiempo desplegando violencia hacia otros humanos.
Esta hipótesis ha encontrado muchas adhesiones dentro y fuera del ámbito
académico. Sin embargo, ha recibido muchas críticas, fundamentalmente
respecto del valor causal o predictivo del maltrato animal respecto del
interpersonal. Actualmente se considera que la evidencia no permite sostener
la Hipótesis de Gradación.
Esta perspectiva ha recibido diversos cuestionamientos, entre los que se
destacan que las prácticas ligadas al maltrato animal no son claramente
definidas y operacionalizadas (Beirne, 2016), así como que no contempla actos
de abuso animal perpetrados por adultos, sino solo actos de agresión hacia
otros humanos (Parfitt & Aleyne, 2018).
De todas formas, la existencia de una relación significativa no reductible
como causal ni tampoco correlacional entre maltrato animal infantil y
diversas conductas antisociales posteriores, criminales o no, es mayormente
aceptada en la literatura científica, destacándose que el maltrato animal
coocurre con otras formas de destructividad y agresión como los
comportamientos incendiarios, el bullying y el abuso sexual.
En contraposición a la Hipótesis de Gradación, se plantea la perspectiva de
la generalidad de la desviación, según la cual el abuso animal y el crimen son
igualmente explotadores de sus víctimas, por lo tanto, personas que incurren
en uno serían más proclives a incurrir en el otro, sin ninguna asociación
temporal.
Esta segunda perspectiva cuenta actualmente con mayor aceptación de los
referentes en el tema, quienes además tienden a destacar que haber sido
testigos o perpetuado crueldad hacia animales se asocia con experiencias de
maltrato infantil y violencia doméstica. De este modo, la crueldad hacia los
animales forma parte de un ciclo insidioso de violencia que victimiza a las
familias. Así, la detección del maltrato animal puede ayudar a descubrir otros
129
comportamientos violentos y posibilitar una intervención temprana sobre
estos. A su vez, la identificación de violencia interpersonal en los hogares
debe convocar nuestra atención hacia la posible existencia de maltrato
animal.
Se hace evidente que la comprensión de la crueldad hacia los animales
debe considerarse como un fenómeno complejo, que requiere tomar en
consideración una perspectiva más amplia que la psiquiátrica, incluyendo las
dinámicas y el contexto socioeconómico donde la violencia se manifiesta. Este
contexto cuenta con características que sientan las bases para que se
manifieste la violencia hacia animales e interpersonal; entre estas, se han
identificado entornos de bajos recursos económicos, escaso acceso a la
educación, negligencia en el cuidado de los niños, abuso y crueldad parental.
Hoy la Organización Mundial de la Salud y otros organismos
internacionales destacan el concepto de
Una Salud
(Centers for Disease
Control and Prevention, 2018). Desde esta perspectiva se propone que los
planes sociales solo serán efectivos en la medida en que consideren de forma
abarcativa la interconexión humano-animal-ambiente. Así, la salud de los
animales y de las personas debe ser abordada en conjunto, así como la
violencia y el maltrato hacia los animales y las personas también requiere un
abordaje conjunto para ser efectivo. De modo que se vuelve imperiosa una
aproximación interdisciplinaria, colaborativa entre campos tradicionalmente
separados como la psicología, la veterinaria y el derecho, para poder abordar
esta concepción de salud.
Sin dejar de destacar que el maltrato animal es un fenómeno que recubre
relevancia en sí mismo, su íntima vinculación con otras formas de maltrato y
la necesidad de intervenciones contextualizadas, demandan la consideración
de agentes de salud y educativos sobre este fenómeno. De esta manera,
esperamos que el cuidado y el bienestar animal sean integrados dentro de los
programas educativos, así como también, que el abuso animal sea integrado
de manera consistente en el estudio general acerca de agresión, violencia y
comportamientos antisociales.
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Book
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Los vínculos afectivos entre humanos y perros de compañía resultan un fenómeno ampliamente extendido en la cultura occidental. La mayor parte de estos custodios comparte su casa con sus perros, siente emociones positivas intensas y rutinariamente expresa sus más íntimos pensamientos y sentimientos hacia ellos. Lejos de ser un fenómeno moderno, la relación humano-perro tiene una historia evolutiva particularmente extensa, siendo el perro la primera especie domesticada. Actualmente, los perros constituyen el prototipo de animal de compañía. Sus posibilidades de establecer una estrecha relación bidireccional con los humanos son destacables. El vínculo con sus perros es concebida por sus custodios como un lazo de familia, de intensidad afectiva y que, en muchos sentidos, trasciende las concepciones dicotómicas que separan a los humanos del resto de los animales. Sin embargo, los vínculos entre humanos y animales han sido tradicionalmente excluidos de consideraciones académicas serias. Con el surgimiento de la antrozoología, el estudio de las interacciones humano-animal se convirtió en un campo respetable de investigación. Este libro se propone acercar los desarrollos científicos en antrozoología al público general. Sosteniendo un estilo académico accesible, este trabajo reúne los hallazgos de múltiples investigaciones para confrontar las especulaciones con los resultados de estudios. ¿Qué dice la ciencia sobre la relación entre humanos y perros?
Article
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La naturaleza humana se ha moldeado a través de las interacciones con animales, y éstos han desempeñado roles fundamentales en el desarrollo de las sociedades humanas proveyendo recursos materiales, instrumentales y emocionales. Pese a la innegable importancia de los animales en diversos aspectos de la vida humana, la comunidad científica ha ignorado el estudio de la interacción entre humanos y otras especies hasta hace poco. Este fue el foco de interés de la antrozoología: Joven ciencia interdisciplinaria abocada al estudio de las interacciones entre humanos y animales. La antrozoología ha despertado interés creciente desde su origen hace apenas poco más de treinta años, con un incremento sostenido en sus desarrollos y publicaciones. Se revisa la literatura científica y se presentan los desarrollos en una agrupación temática comprendiendo cinco áreas: (1) Factores evolutivos implicados, (2) Procesos de desarrollo y aprendizaje, (3) Factores culturales, grupales e individuales asociados, (4) Salud y bienestar, y (5) Los animales en las familias humanas. Se discuten los desarrollos en antrozoología en función de su relevancia y aplicación en la práctica clínica de profesionales de la salud.
Article
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To date, research into adult-perpetrated animal abuse has consisted of studies using forensic and psychiatric samples. Given that animal abuse goes largely unreported, it is unclear whether the findings from the current literature are generalizable to unapprehended, undetected abusers in the community. However, the emergence of proclivity methodologies fill this gap by examining the relationships between animal abuse propensity and factors such as empathy, attitudes towards animals and antisocial behavior. The current study aimed to extend this literature by examining further individual-level variables (i.e., personality traits) and behavioral factors as correlates of animal abuse proclivity and as a function of varying levels of animal abuse severity (e.g., neglect versus severe violence). 150 participants took part in this correlational study. We found low extraversion, agreeableness, neuroticism, anger regulation, and illegal behavior to be significant factors related to animal abuse proclivity. We also found low extraversion, anger regulation, and illegal behavior to be significant factors across varying levels of animal abuse severity, but low neuroticism to be a unique factor related to less severe forms of animal abuse proclivity. These findings are further discussed in light of their theoretical and treatment implications.
Article
Reviews evidence for the significance of childhood cruelty to animals as a predictor of later violence toward humans. Moves are underway in the United States (US) and Britain to encourage communication and cross-fertilisation between animal welfare and child protection and crime prevention services. Literature on healthy versus deviant child-pet interactions is reviewed, with particular regard to the prediction of later violence. Assessment and definitional issues are addressed. The discussion culminates with a summary of substantive findings and the identification of several research designs that are needed to clarify the potential of early identification and remediation of child cruelty to animals as a mental health promotion and violence prevention strategy.
Chapter
The offender was arrested for killing a 19-year-old female. David initially came up in the investigation when witnesses came forward identifying a work pick-up truck that he was driving that day. The investigators interviewed David and asked to look in his truck. The investigators noticed something that looked like blood. David stated that a young woman walked in front of his truck and was injured. He tried to drive her home, but she became very upset, jumped out of the truck and hit her head. He stated that he put her in the back of his truck and since she was already dead he disposed of her body in a beautiful place. David was given a psychological evaluation and made statements regarding killing feral cats that were in his neighborhood. David did so by catching them, cutting them, eviscerating them and drowning them. A friend of his observed him killing the cats and stated that David was very excited and bragged about it. The psychologist did not incorporate this information into the evaluation because he did not think it was relevant to the homicide allegation of the young woman.
Article
The goal of the current exploratory study was to examine associations between animal cruelty (AC), intimate partner violence (IPV), and antisocial personality disorder (ASPD) among incarcerated adult males. Forty- two men incarcerated in a state prison participated in the study; all participants were incarcerated for IPV and/or admitted to committing IPV in a past relationship. They completed measures on childhood animal cruelty (CAC), lifetime prevalence of AC, and IPV. It was hypothesized that men with ASPD diagnoses would report greater exposure to, and perpetration of, AC, as well as more severe IPV behaviors. It was also expected that lifetime exposure to, and perpetration of, AC would be associated with greater animal abuse in the context of IPV. Lastly, it was hypothesized that participants who reported exposure to, and perpetration of, AC would also report higher rates of IPV behaviors. Rates of animal cruelty were high in this sample. Approximately 36% of participants endorsed CAC, 81% reported animal cruelty perpetra- tion in their lifetime, 85.7% reported being exposed to animal cruelty during their lifetime, 38% endorsed using threats against animals during a relation- ship conflict, and 52% reported abusing and/or killing a pet during a relationship conflict. CAC was significantly related to increased use of psychological abuse and sexual coercion in the context of intimate relationships. ASPD was not related to animal cruelty in the context of IPV. CAC was significantly associated with both threats to, and actual perpetration of, animal abuse during relationship conflicts. The limitations and implications of our findings are discussed in relation to future research.
Article
p>La creciente preocupación por la crueldad en el trato hacia los animales ha sido impulsada, en gran medida, por la difusión en ámbitos académicos de enfoques filosóficos que abordan dicha cuestión desde posturas y principios distintos. En el marco de este escrito esbozaré, a modo de prolegómeno, algunas de esas razones filosóficas que argumentan la incorrección moral del maltrato animal. Según dicho propósito, reconstruiré los principales conceptos que dieron inicio a la discusión sobre la necesidad de ampliar el marco de la comunidad moral para la consideración de los animales. En esa labor, abordaré la conceptualización de derecho de los animales hecha por Henry Salt y la formulación del principio de igual consideración de intereses de Singer, así como, el enfoque de las capacidades de Martha Nussbaum. Dichas consideraciones construirán la formulación inicial de un marco que explica por qué deberíamos considerar moralmente a los animales no humanos.</p
Article
Those who commit acts of animal cruelty may do so differently based upon how they individually experience such acts. These experiences may impact the link that exists between childhood animal abuse and later interpersonal violence. Limited research exists that examines how social and emotional factors such as being upset after committing animal cruelty may impact the progression from early acts of animal cruelty to later acts of adult violence against humans. Based on responses from 180 prison inmates in a Southern state, the current study examined the effects of onset and frequency of animal cruelty, covertness of animal cruelty, the commission of animal cruelty alone or in a group, and being upset after committing animal cruelty. Inmates who committed recurrent acts of childhood animal cruelty were more likely to commit recurrent acts of adult interpersonal violence.