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Los castros de la cuenca extremeña del Tajo, bisagra entre lusitanos y vettones. En: Lusitanos y vettones. Los pueblos prerromanos en la actual demarcación Beira Baixa-Alto Alentejo-Cáceres

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Abstract

Introducción. Los castros de la Alta Extremadura, situados en torno a la encajonada cuenca del Tajo, se con-figuran culturalmente como un espacio bisagra, un área de tránsito entre las tierras al Sur y el Norte, al Este y el Oeste del Occidente de la Península durante el 1 milenio a.c., que delimita perfecta-mente por el Sur el territorio de los vettones. Sin embargo, en los últimos años, se viene conside-rando a los castros extremeños como parte inte-grada en el territorio vettón (Álvarez-Sanchís, 1999: 122), acuñándose para esta zona el término de "vettones meridionales". Frente a esta tendencia de la investigación, queremos poner de manifiesto que, en torno a la cuenca extremeña del Tajo, vi-vieron unas gentes que nos dejaron un registro arqueológico diferente al de los pueblos estricta-mente vettones, de igual forma que también se diferencian de otros pueblos tales como carpeta-nos o túrdulos. Eso es precisamente lo que vamos a tratar de poner de manifiesto en estas páginas, apoyándonos en el conjunto de manifestaciones culturales que muestran los yacimientos del área extremeña. Para ello es fundamental mirar con especial atención al medio natural donde vivieron estas gen-tes y a los accidentes geográficos que les rodea-ron. Hoy día, los enormes logros que nuestra so-ciedad ha conseguido en los medios de transpor-tes nos permiten movernos con tal facilidad, sal-vando las dificultades del terreno, que han dejado de ser una barrera real en nuestra vida y en nues-tros desplazamientos, por lo que los accidentes geográficos pasan ante nuestros ojos casi sin lla-mar la atención. No debemos dejarnos caer en el error de aplicar ese mismo esquema a nuestra in-vestigación sobre el pasado, obviando que antes no fue así. Por ello, este trabajo intenta hacer una lectura de los yacimientos desde el paisaje, aten-diendo a la ubicación y emplazamiento de cada uno de ellos, a su visibilidad o invisibilidad desde el entorno y, ante todo, a llamar la atención sobre la especial importancia que la orografía tiene en la delimitación de diferentes áreas culturales, como en este caso son la zona vettona y la de los cas-tros extremeños del Tajo. Tengo que decir que los muchos años que he vivido en esta tierra me han facilitado enormemente esta observación y que los innumerables viajes desde la penillanura cacereña hasta otros puntos de la Meseta me ayudaron a trasladar esa realidad sobre el mapa. Desde que inicié mi investigación vengo in-sistiendo en que su demarcación en la cuenca ex-tremeña del Tajo no es casual, sino que obedece a una delimitación que se amolda a las característi-cas de este área geográfica, ya que está bordeada al Norte por las estribaciones del Sistema Central, especialmente la Sierra de Gredos, las Villuercas por el Este y elevaciones menores por el Sur, como la Sierra de San Pedro (Martín Bravo, 1999: 25, 2001: 210). Estas barreras no fueron un obstáculo infranqueable, pero sí una dificultad importante para las comunicaciones Norte-Sur, que obligó a buscar las zonas de puertos para salvarla y en esas zonas será, precisamente, donde encontremos más elementos de contacto entre las gentes de un lado y de otro. Visto cuál es el marco espacial donde vamos a fijarnos, pasaremos a describir qué datos nos proporcionan los yacimientos, realizando una lec-tura desde el final del 11 milenio hasta la romani-zación. Destacaremos cuál fue la evolución del patrón de poblamiento hasta quedar definitivamen-te fijado en la aparición de los castros y las pecu-liaridades de su cultura material, cuáles los rasgos de evolución propia y cuáles los influjos que se fueron percibiendo en esta zona del interior penin-sular a lo largo de todo el 1 milenio a.c., llegados 147
Los castros de la cuenca extremeña del Tajo,
bisagra entre lusitanos y vettones
Ana María Martín Bravo
Departamento de Documentación del Museo Nacional del Prado
Introducción.
Los castros de la Alta Extremadura, situados
en torno a la encajonada cuenca del Tajo, se con-
figuran culturalmente como un espacio bisagra, un
área de tránsito entre las tierras al Sur y el Norte,
al Este y el Oeste del Occidente de la Península
durante el 1 milenio a.c., que delimita perfecta-
mente por el Sur el territorio de los vettones. Sin
embargo, en los últimos años, se viene conside-
rando a los castros extremeños como parte inte-
grada en el territorio vettón (Álvarez-Sanchís, 1999:
122), acuñándose para esta zona el término de
"vettones meridionales". Frente a esta tendencia
de la investigación, queremos poner de manifiesto
que, en torno a la cuenca extremeña del Tajo, vi-
vieron unas gentes que nos dejaron un registro
arqueológico diferente al de los pueblos estricta-
mente vettones, de igual forma que también se
diferencian de otros pueblos tales como carpeta-
nos o túrdulos. Eso es precisamente lo que vamos
a tratar de poner de manifiesto en estas páginas,
apoyándonos en el conjunto de manifestaciones
culturales que muestran los yacimientos del área
extremeña.
Para ello es fundamental mirar con especial
atención al medio natural donde vivieron estas gen-
tes y a los accidentes geográficos que les rodea-
ron. Hoy día, los enormes logros que nuestra so-
ciedad ha conseguido en los medios de transpor-
tes nos permiten movernos con tal facilidad, sal-
vando las dificultades del terreno, que han dejado
de ser una barrera real en nuestra vida y en nues-
tros desplazamientos, por lo que los accidentes
geográficos pasan ante nuestros ojos casi sin lla-
mar la atención. No debemos dejarnos caer en el
error de aplicar ese mismo esquema a nuestra in-
vestigación sobre el pasado, obviando que antes
no fue así. Por ello, este trabajo intenta hacer una
lectura de los yacimientos desde el paisaje, aten-
diendo a la ubicación y emplazamiento de cada
uno de ellos, a su visibilidad o invisibilidad desde
el entorno y, ante todo, a llamar la atención sobre
la especial importancia que la orografía tiene en la
delimitación de diferentes áreas culturales, como
en este caso son la zona vettona y la de los cas-
tros extremeños del Tajo. Tengo que decir que los
muchos años que he vivido en esta tierra me han
facilitado enormemente esta observación y que los
innumerables viajes desde la penillanura cacereña
hasta otros puntos de la Meseta me ayudaron a
trasladar esa realidad sobre el mapa.
Desde que inicié mi investigación vengo in-
sistiendo en que su demarcación en la cuenca ex-
tremeña del Tajo no es casual, sino que obedece a
una delimitación que se amolda a las característi-
cas de este área geográfica, ya que está bordeada
al Norte por las estribaciones del Sistema Central,
especialmente la Sierra de Gredos, las Villuercas
por el Este y elevaciones menores por el Sur, como
la Sierra de San Pedro (Martín Bravo, 1999: 25,
2001: 210). Estas barreras no fueron un obstáculo
infranqueable, pero sí una dificultad importante
para las comunicaciones Norte-Sur, que obligó a
buscar las zonas de puertos para salvarla y en esas
zonas será, precisamente, donde encontremos más
elementos de contacto entre las gentes de un lado
y de otro.
Visto cuál es el marco espacial donde vamos
a fijarnos, pasaremos a describir qué datos nos
proporcionan los yacimientos, realizando una lec-
tura desde el final del 11 milenio hasta la romani-
zación. Destacaremos cuál fue la evolución del
patrón de poblamiento hasta quedar definitivamen-
- te fijado en la aparición de los castros y las pecu-
liaridades de su cultura material, cuáles los rasgos
de evolución propia y cuáles los influjos que se
fueron percibiendo en esta zona del interior penin-
sular a lo largo de todo el 1 milenio a.c., llegados
147
Virgen de la Cabeza de Valencia de Alcántara o el de
Cabezadel Bueyde Santiagode Alcántara, sitiosabrup-
tos elevados sobre su entorno, El Risco de Sierra de
Fuentes o el pico de La Montaña de Cáceres,cada uno
en un extremo del crestón de la sierra, que sedivisan
desde la llanura cacereña. El Castillejo de Salvatierra
de Santiago y San Cristóbal de Logrosán, montes islas
de empinadas laderas. PastoComún, sobre la Sierra de
Santo Domingo de Navas del Madroño, es uno de los
puntos más elevados de su entorno y desde él se domi-
na el curso de la rivera de Araya y también sobre el
mismo curso se levanta la Cabeza de Araya, sobre una
serrezuela que domina los llanos de Brozas. Elmismo
modelo se observa en los poblados de Alegrios, Monte
do Frade y Moreirinha en la Beira portuguesa (Vilaca,
1995) situados en los puntos más relevantes del perfil
de la sierra, en los que se constata fácilmente lo que
señalábamos más arriba, que se dejaron sin habitar
algunas plataformas que reúnen la misma defensa na-
tural y, en cambio, tendrían condiciones de habitabili-
dad más fáciles, al estar más resguardadas y ser me-
nos abruptas (Fig. 2).
Los castras de la cuenca extremeña del Tajo, bisagra entre lusitanos
y
vettones
Al Sur de Gredas, por el contrario, nos encon-
tramos con unas gentes cuyo registro arqueológico
difiere absolutamente del de Cogotas 1.Losyacimien-
tos de finales de la Edad del Bronce se caracterizan
porestar situados en sierras o en los puntos más ele-
vados del paisaje. Se ocuparon en este momento lu-
garesde extraordinario carácter defensivo, con empi-
nadas laderas como defensa natural, que tienen en
común el destacar sobre el paisaje. De hecho, hemos
observado que la elección de los emplazamientos es-
tuvo más condicionada por la búsqueda de sitios que
destacaran sobre su entorno que por la defensa. El
ver y, sobre todo, el ser vistos desde lejos es la pauta
que determinó dónde se construyeron el 53% de los
poblados de este momento (Martín Bravo, 1999: 47).
Hemos podido comprobar que no se habitaron algu-
nas plataformas naturales de esas mismas serrezue-
las,que ofrecían prácticamente la misma defensa na-
tural y son más fáciles para habitar, pero que se ea-
muflan en el perfil de las sierras, optando intenciona-
damente por instalar el poblado en el punto que más
destaca. Buen ejemplo de ello son los poblados de la
25
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24
Figura. 2. Mapa de yacimientos ocupados durante el Bronce Final: 1. La cueva de Boquique (Plasencia); 2. Cueva de
Maltravieso (Cáceres); 3. Cueva del Conejar (Cáceres); 4. Cueva del Escobar (Cabañas del Castillo); 5. Cueva de la Era
(Montánchez); 6. San Cristóbal (Logrosán); 7. El Castillejo (Salvatierra de Santiago-Robledillo de Trujillo); 8. San Cristóbal
(Valdemorales); 9. Sierra de Santa Cruz (Sta. Cruz de la Sierra); 10. Castillejos (Plasenzuela); 11. El Risco (Sierra de
Fuentes); 12. La Montaña (Cáceres); 13. Hallazgo aislado en El Castillejo (Casar de Cáceres); 14. La Muralla del Aguijón
de Pantoja (Trujillo); 15. El Castillejo (Santiago del Campo); 16. El Castillo (Cabeza Bellosa); 17. Canchal del Moro (Guijo
de Sta. Bárbara); 18. Pasto Común (Navas del Madroño); 19. Cabeza de Araya (Navas del Madroño); 20. La Muralla
(Alcántara); 21. Castillejo (Villa del Rey); 22. El Cofre (Valencia de Alcántara); 23. Virgen de la Cabeza (Valencia de
Alcántara); 24. La Cabeza del Buey (Santiago de Alcántara); 25. Sáo Martinho (Castelo Branco); 26. Alegrios (Idanha-a-
Nova); 27. Moreirinha (Idanha-a-Nova); 28. Monte do Frade (Penamacor).
149
Ana María Martín Bravo
en fosa. Pero el elemento que mejor caracteriza a
estas gentes es el uso de una cerámica decorada
con unos motivos incisos, excisos o de boquique que
I~s diferencian de otros grupos culturales. Tan carac-
terísticas y llamativas son estas decoraciones quese
les ha prestado una atención demasiado grande en
detrimento de otros rasgos qu~ puedan caracterizar
a la gente que los fabricaron, pero es cierto son unos
elementos de enorme utilidad para delimitar la zona
donde estuvieron presentes y donde no. En este sen-
tido, el mapa de dispersión de las cerámicas de
Co-
gotas I elaborado por Álvarez-Sanchís (1999: 47) para
analizar el substrato del mundo vettón muestra cla-
ramente un vacío rotundo al Sur de Gredas, señalan-
do este investigador que allí está el límite Sur Occi-
dental de estas gentes. Interesa el dato porque vol-
veremos a encontrarnos este mismo límite en otras
manifestaciones posteriores, como las decoraciones
a peine que son tan características de los vettones.
desde los diferentes ámbitos culturales, dependien-
do de cada coyuntura histórica (Fig. 1).
El Bronce Final y la transición
a la Edad del Hierro.
Ya desde finales del segundo milenio y princi-
pios del primero, se percibe de forma clara la dife-
renciación en el registro arqueológico entre las tie-
rras a un lado y otro del Sistema Central.
Al Norte de la Sierra de Gredas, el solar tradi-
cionalmente atribuido a los vettones estuvo ocupado
por las gentes que los investigadores denominamos
con el nombre de "Cogotas I". Se conocen un cente-
nar de yacimientos habitados por ellos, que se ca-
racterizan por ser pequeños poblados de cabañas en
zonas montañosas o en llano, en los que ocasional-
mente se practicaron enterramientos de inhumación
Figura 1. Influencias recibidas en la cuenca extremeña del Tajo durante el 1 milenio a.
c.:
1) BronceFinal.
Dispersión de
las cerámicas de Cogotas 1 ("), cerámicas con decoración bruñida en el interior (o) y hachas de talón o de apéndices
laterales;
2) Hierro Inicial.
Distribución de los poblados orientalizantes ("), objetos orientalizantes
(*)
y enterramientos
femeninos con elementos orientalizantes junto a poblados indígenas, observándose la graduación de las influencias desde
el progresivo atenuamiento de las influencias desde el Guadiana Medio hacia el Norte;
3) Hierro Pleno.
Cerámicas
pintadas llegadas desde el Sureste en el siglo IV a. C.
y
armas celtibéricas llegadas a finales del siglo III
y
el siglo II a. C..
148
Ana María Martín Bravo
Por tanto, la búsqueda de lugares adecuados
para ubicar el poblado no está condicionada única-
mente a la defensa natural, no fue ese el requisito
imprescindible. Además de la defensa natural, todos
coinciden en ocupar sitios que son referencias en el
paisaje, un punto al que necesariamente se dirige la
vista, tanto si están situados en orografías de sierra
como en cerros aislados en la penillanura, donde la
defensa natural no estaba garantizada.
El patrón de poblamiento se completa con otros
tipos de enclaves, situados cerca de los ríos e, inclu-
so, algunas cuevas que han deparado interesantes
materiales de este momento, como Valcorchero, la
cueva del Conejar de Cáceres, la cueva del Escobar
de Cabañas del Castillo o la de la Era de Montán-
chez, que representan en la actualidad el 17% de los
lugares de hábitat documentados en este momento.
El 20% restante está representado por poblados si-
tuados en promontorios junto a los ríos, con buenas
defensas naturales pero poco destacados sobre el
paisaje. Además de este registro de poblados cono-
cidos, pensamos que debieron existir en este mo-
mento asentamientos en llano que son el contrapun-
to de los lugares en alto, difíciles de documentar pero
que sí vamos conociendo en momentos un poco pos-
teriores.
Entre los objetos que se han podido recuperar
en estos poblados vamos a destacar las cerámicas,
que son el conjunto más numeroso de evidencias
que han llegado hasta nosotros. Su análisis nos con-
firma lo que ya dijimos al recordar cómo eran las que
aparecían en el solar de los futuros vettones. No apa-
recen las típicas cerámicas de Cogotas I y, en cam-
bio, la tónica dominante es la ausencia de decora-
ción. El porcentaje de fragmentos decorados oscila
entre el 1 y el 5% en los poblados excavados en la
Beira (Vilaca, 1995: 277), pero sí son muy numero-
sas las superficies bruñidas de los recipientes y las
decoraciones "a cepillo", incluso entre los materiales
que hemos recuperado en prospección. Se documen-
tan algunas incisiones o impresiones, aunque el re-
pertorio de formas se limita a líneas rectas u obli-
cuas, aspas, espigas o zig-zags. En menor medida
están presentes las decoraciones tipo "Lapa do Fumo",
que a veces se asocian a decoraciones interiores bru-
ñidas características del mundo tartésico, que se han
podido documentar en los yacimientos excavados por
Vilaca en la Beira y que, a nuestro juicio, son un
claro exponente de cómo se están recibiendo en este
momento influjos externos desde el Centro de Por-
tugal y desde el Sur de la Península, que son asimila-
dos por estas gentes y transformados en nuevos re-
pertorios decorativos que se aprecian en toda esta
zona ~e la cuenca extremeña del Tajo, consecuencia
de la privilegiada situación que ocupa entre el Su-
roeste y el Centro de Portugal, dos zonas de eviden-
te dinamismo cultural en este momento (Fig. 1,1).
A los poblados y las cerámicas hay que añadir
los elementos metálicos, por ser los que mejor nos
informan de cuáles fueron las zonas con las que se
mantuvieron más contactos. El armamento y las ha-
chas son los útiles que mejor conocemos, a los que
hay que sumar un número cada vez más elevado de
otros objetos relacionados con el trabajo del cuero,
de la madera, la piedra o el metal. Las hachas nos
proporcionan un interesante mapa de dispersión,
porque muestran fuertes conexiones con el Centro
y
Norte de Portugal, mostrando la vinculación con esa
zona y, desde allí, con la más lejana fachada atlánti-
ca, desde donde nos llegan ecos muy tenues a tra-
vés del registro arqueológico, aunque a veces nos
sorprende con hallazgos como el del ámbar del
Bál-
tico recuperado en el poblado de Moreirinha, en la
Beira (Beck y Vilaca, 1995: 212). En cambio, esos
tipos apenas aparecen al Norte de Gredas, marcan-
do su metalurgia un panorama muy diferente, mu-
cho más vinculado con el que se presenta en la Me-
seta Norte. Incluso la composición de los bronces
nos aporta datos que redundan más en ese carácter
de zona bisagra entre una zona y otra, ya que re-
cuerda a la composición que presentan los bronces
de la Ría de Huelva, pero las cantidades de estaño
y
plomo son superiores a las que aparecen allí y, por el
contrario, son inferiores a las que se han detectado
en las piezas analizadas hasta la fecha en la Meseta
Norte o el área gallega (Martín y Galán, 1998: fig.
5). Hay que recordar que existen algunas piezas ex-
cepcionales, como la pátera de Berzocana, que nos
están informando de que también están llegando
productos de lujo desde el Mediterráneo (Almagro
Gorbea, 2007: 39), a lo que hay que añadir los obje-
tos de hierro que se van conociendo en poblados
ocupados hacia el cambio de milenio. Todo eso nos
pone de manifiesto de forma más evidente lo que ya
veíamos al analizar las cerámicas, es decir, que se
están recibiendo importantes influjos desde el Cen-
tro de Portugal y que, a medida que avance el I mi-
lenio, esos contactos irán rarificándose en favor de
los que lleguen desde el Suroeste, pasando esta zona
de ser el hinterland del área atlántica a serio de la
zona tartésica.
150
Pensamos que el abandono de los puntos destaca-
dos del paisaje es un fenómeno íntimamente rela-
cionado con el auge de esas importantísimas mura-
llas que caracterizan al Hierro Pleno. Lo que se ob-
serva a lo largo de todo este milenio es que se con-
solida el fenómeno del asentamiento estable, pro-
ceso que se inicia durante el Hierro Inicial, momen-
to en el que probablemente el poblado se convirtió
en un elemento de delimitación territorial, por lo
que se ocuparon los sitios más destacados del pai-
saje, con excepcional defensa natural, comenzando
el proceso de amurallamiento. Con el discurrir de
los siglos se han ido levantando murallas cada vez
Los castras de la cuenca extremeña del Tajo, bisagra entre lusitanos
y
vettones
pa (Martín Bravo, 1999: 203) revela que, en la ma-
yoría de los castros sobre el río, la pendiente se sitúa
entorno al 20%, descendiendo hasta el 10% en cas-
tros situados sobre cerros aislados en la llanura y
aumentando hasta el 40% en aquellos situados en
puntos a pie de sierra. En cualquier caso, el porcen-
taje está muy lejos del que caracterizaba a los in-
accesibles sitios de períodos anteriores, desapare-
ciendo ya definitivamente la tónica que dominó du-
rante el Bronce Final y Hierro I de pendientes supe-
riores al 20%.
De forma paralela, se observa un fuerte refor-
zamiento de los sistemas defensivos de los castras.
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Figura 4. Mapa de yacimientos ocupados durante el Hierro Pleno: 1. Alto del Moro (ldanha-a-Velha); 2. Sáo Martinho
(Castelo Branco); 3. Los Castelos (Herrera de Alcántara); 4. El Cofre (Valencia de Alcántara); 5. El Alburrel (Valencia de
Alcántara); 6. El Jardinero (Valencia de Alcántara); 7. Castillejo de la Natera (Membrío); 8. El Castillejo de Gutiérrez
(Alcántara); 9. El Castillón de Baños (Minas del Salor, Membrío); 10. Morros de la Novillada (Alcántara); 11. El Castillejo de
la Orden (Alcántara); 12. El Castillejo (Villa del Rey); 13. El Periñuelo (Ceclavín); 14. El Zamarril (Portaje); 15. El Castillejo
(Santa Cruz de Paniagua); 16. El Berrocalillo (Plasencia); 17. Villavieja (Casas del Castañar); 18. El Castilejo (Aldea nueva
de la Vera); 19. El Camocho (Malpartida de Plasencia); 20. Castillejo de Valdecañas (Almaraz); 21. Castro desembocadura
del Tiétar; 22. Cáceres Viejo (Sierra de Sta. Marina, Cañaveral); 23. Cerro del Castillo (La Torrecilla, Talaván); 24. Castillones
de Araya (Garrovillas); 25. El Castillejo (Santiago del Campo); 26. El Castillejo (Casar de Cáceres); }.7. La Muralla del
Aguijón de Pantoja (Trujillo); 28. Castrejón, Santa Ana (Monroy); 29. Villasviejas del Azuquén de la Villeta (Trujillo); 30. La
Burra (Torrejón El Rubio); 31. El Castejón del Pardal (Trujillo); 32. El Castillejo de La Coraja (Torrecilla-Aldeacentenera);
33. Castillejo de la Hoya (Aldeacentenera); 34. Cerro de la Torre (Retamosa); 35. La Dehesilla (Berzocana); 36. El Castillejo
del Castañar (Castañar de Ibor); 37. Castillejo de la Navilla (Navatrasierra); 38. El Castrejón (Berzocana); 39. Valdeagudo
(Garciaz); 40. El Castrejón (Alía); 41. Cerro de San Cristóbal (Logrosán); 42. Castillejo (Herguijuela); 43. Villasviejas del
Tamuja (Botija); 44. Sierra de Santa Cruz; 45. Castillejo de Estena (Cáceres); 46. El Aljibe (Aliseda); 47. El Castillejo de
Sansueña (Cáceres); 48. El Torrejón (Valencia de Alcántara); 49. Necrópolis de Alconétar (Garrovillas).
153
Ana María Martín Bravo
La sustitución de los poblados en alturas por
los sitios junto al borde de los ríos es fundamen-
tal para entender los cambios que se están pro-
duciendo en la sociedad, porque lleva consigo un
cambio importante en la relación del hombre con
su entorno. Los sitios ocupados durante el Bron-
ce Final se veían desde muchísima distancia a su
alrededor al ocupar puntos que son hitos en el
paisaje, mientras que los poblados que se ubican
junto a los ríos pasan absolutamente desaperci-
bidos. Esta paulatina transformación de los pa-
trones de asentamiento coincidió con la aparición
de los primeros recintos defensivos, aunque al-
gunas de estas primeras murallas aparecieron en
sitios que ya estuvieron ocupados durante el Bron-
ce Final. Por tanto, hay que destacar que no exis-
tió discontinuidad ni cambios bruscos en la socie-
dad, sino una paulatina transformación, paralela
a la llegada de nuevas influencias desde el mun-
do tartésico. Hallazgos tan significativos como el
tesoro de Aliseda, identificado por Ruiz-Gálvez
(1992) como el enterramiento de una mujer lle-
gada desde el Suroeste para emparentar con la
élite local, o la localización del enterramiento fe-
menino de la Sierra de Santa Cruz (Martín Bravo,
1998), cuyos restos se depositaron junto a unas
excepcionales urnas a chardon similares a las uti-
lizadas también por mujeres en necrópolis tarté-
sicas como Setefilla, confirman la suposición de
Ruiz-Gálvez y nos testimonian el importante pa-
pel como zona de paso que está adquiriendo la
zona del Tajo, entre la oriental izada zona del Gua-
diana y las tierras al Norte de Gredas. Si bien en
torno al Guadiana se observa una profunda asi-
milación de su población a las tradiciones orien-
talizantes, no ocurrió lo mismo en torno a la cuen-
ca del Tajo. De hecho, durante toda la primera
mitad de este milenio, continuarán llegando ob-
jetos orientalizantes a poblados que no lo son,
que mantienen su lento proceso de evolución in-
terna en su patrón de asentamiento, en su cerá-
mica o en sus producciones metalúrgicas con su
propio tempo. Tan sólo asentamientos como el
de Talavera la Vieja o El Torrejón de Abajo pue-
den ser considerados enclaves de carácter orien-
talizante en un territorio que no lo fue, controlan-
do lugares de paso como es el vado del río. Nues-
tro examen del yacimiento de Talavera la Vieja
nos reveló la existencia de una necrópolis similar
a la de Medellín (Martín Bravo, 1999: 93), dato
que acaba de confirmar la publicación de un im-
portante conjunto de piezas procedentes de allí
(Jiménez Ávila, 2006). En cambio, los elementos
autóctonos aparecen en el cercano castro de La
M~ralla de Valdehúncar, castro que sí responde a
la tradición local. Lo mismo puede decirse del si-
tio de El Torrejón de Abajo, frente al cual se le-
vanta el castro de El Risco. En cualquier caso, sí
nos demuestran que existió una graduación de
los contactos de Sur hacia el Norte y que la línea
del Tajo (Fig. 1,2)
Y
después la Sierra de Gredas
son barreras que provocan su atenuamiento
(AI-
magro Gorbea, 2007: 40).
El Hierro Pleno.
El patrón de asentamiento.
Durante el siglo V a.e. siguieron mantenién-
dose los contactos con la zona del Guadiana, don-
de destacaba la pujanza de algunos centros como
Cancho Roano y, a través de ella, con el Suroeste,
pero ya a partir de esa fecha se observa una reali-
dad arqueológica distinta que refleja un panorama
social diferente. Si volvemos a mirar al patrón de
asentamiento percibimos una consolidación del fe-
nómeno castreño en emplazamientos situados so-
bre la encajonada cuenca de los ríos, que suponen
ahora la mitad del total de los poblados documen-
tados (Fig.
4).
Por tanto, ahora el control visual
sobre el entorno ha pasado a ser un aspecto se-
cundario. No sólo no se divisa la penillanura desde
la mayoría de los castros, sino que además estos
sitios no son divisados hasta que prácticamente
no se llega muy cerca de ellos, por lo que hemos
utilizado en otras ocasiones la expresión de que
están "camuflados en el paisaje" (Martín Bravo,
1999: 204). Para ofrecer un dato que nos sirva de
referencia, destacaremos que desde los emplaza-
mientos en sierras o cerros aislados nosotros po-
díamos ver una distancia de entre 20 a 30 kms.,
mientras que desde los poblados que están junto
a los ríos generalmente no se superan los
2
kms.
de dominio visual. En definitiva, se ha perdido domi-
nio visual sobre el entorno y visibilidad en el paisa-
je.
En cambio, se ha ganado en accesibilidad, por-
que aunque se sitúan en cerros o espigones sobre el
río, protegidos por empinadas laderas en al menos
tres de sus lados, es evidente que estos sitios tuvie-
ron muchísima menor altura que los poblados en sie-
rras de principios
del
milenio.
El
estudio de todas las
pendientes que rodean a los yacimientos de esta eta-
152
Ana María Martín Bravo
más consistentes, menos dependientes de la oro-
grafía del terreno gracias a un mayor dominio de
las técnicas de construcción, que permitieron levan-
tar paramentos de piedra de un trazado complejo.
A partir del siglo V, el castro ya no necesita s"erdivi-
sado desde lejos para ejercer de cabeza visible del
poblamiento, pues la presencia de la muralla ya es
el elemento diferenciador, al mismo tiempo que
garantiza la seguridad de sus habitantes de una
forma mucho más eficaz de lo que lo hacían en las
etapas anteriores. En términos de porcentajes, se
constata que el 54% de los castros documentados
en esta región ocupan cerros junto a los cauces de
los ríos, que le proporcionan también buena defen-
sa natural, pero son mucho más accesibles, contra-
rrestando esa mayor accesibilidad con su fuerte sis-
tema defensivo.
La forma, el tamaño y la dispersión de estos
castros es uno de los rasgos que los diferencia de
forma notoria de aquellos otros que se levantaron al
Norte de Gredos. Ahora sí estamos hablando ya de
que el patrón de asentamiento que caracterizó a los
vettones no es el mismo que existió en las tierras al
Sur del Gredos. Frente al modelo de grandes oppida
bien documentado en las tierras de Ávila y Salaman-
ca (Álvarez-Sanchís, en este mismo volumen), en
torno al Tajo y sus afluentes se desarrolló una red de
pequeños poblados, de entre 1 y 2 hectáreas, que se
distribuyeron el espacio de forma homogénea, sien-
do paradigmático el cauce del río Almonte, que nos
muestra los castros separados por espacios regula-
res de aproximadamente 5 kilómetros. En cambio,
existen amplios espacios de penillanura casi vacíos,
donde únicamente se construyeron unos pocos cas-
tros ocupando esas zonas, de mayor tamaño que los
del de ribero, posiblemente funcionando como cabe-
zas visibles de ese territorio. Tan sólo en la zona Norte,
próxima a los puntos de comunicación con el área
vettona, se construyó un gran oppidum, de propor-
ciones y ubicación similar a los vettones, como fue el
de Villasviejas de Casas del Castañar, de unas 40
hectáreas, controlando el Valle del Jerte, precisamen-
te poniendo de manifiesto esa asimilación típica de
áreas de fronteras.
Sistemas defensivos.
Los datos que hemos podido recoger de la ob-
servación directa de las murallas nos permiten unas
cuantas reflexiones:
Las murallas se erigieron sobre el terreno que
había sido previamente allanado, preparando contie-
rra y piedra una superficie estable sobre la que le-
vantar los muros, como se observa especialmente
en laderas con fuertes pendientes, como el Castillejo
de la Orden o cualquier otro de similar emplazamien-
to, para evitar su deslizamiento. En algunos casos
en que la roca afloraba, se observa que se talló para
obtener una superficie plana sobre la que construir
el paramento y no se embutió directamente en el
muro como sucedía en las primeras murallas de ini-
cios del I milenio y aún durante el Hierro Inicial. Los
paramentos se levantaron en la mayoría de loscasos
con la piedra que afloraba en el entorno, salvo algu-
nos casos excepcionales, como son los bastiones
monumentales de acceso a los castros de Villasvie-
jas del Tamuja y El Castillejo del Casar de Cáceres,
en el Jardinero y en algún paramento del castro de
La Burra, que utilizan en parte de su sistema defen-
sivo una piedra diferente a la que brinda el medio,
aunque en el resto del trazado defensivo de estos
dos sitios sí se empleó la piedra del lugar. Diferente
es el caso del Castillejo de la Orden, donde se obser-
va que se emplearon piedras de granito en el interior
de la muralla de pizarra, no para ser vistos sino para
dar solidez a los muros defensivos.
La técnica de construcción de los paramentos
se caracteriza por utilizar grandes piedras en las ca-
ras externas, colocadas en forma de seudo soga
y
tizón, y piedras más pequeñas en el interior, también
formando hileras, pero unidas con barro. Las dife-
rencias entre unas murallas y otras vienen marcadas
por el mayor o menor uso de la tierra o el barro en el
interior de los paramentos. Es excepcional el caso
del castro de El Pardal, en el que prácticamente todo
el muro es de tierra. En otras murallas se recurrió al
uso del barro con piedras de pequeño tamaño para
rellenar el espacio interno entre los dos paramentos
externos, pero lo habitual es que no se aprecien casi
diferencias entre la parte de fuera y de dentro del
muro. Un rasgo común a la inmensa mayoría de las
murallas es el tener la cara exterior ataludada. De
los 26 castros en los que se conservaba una altura
suficiente para observar si eran rectos o en talud,
sólo en 4 se constató que los muros fueran rectos
y
en otros 3, alternaban los paramentos rectos con otros
en talud. Entre estos últimos merece la pena desta-
car el caso del castro de La Burra, que tiene la mayor
parte del trazado de la muralla en talud, utilizando
paramentos rectos en el recinto más externo, que
quizá sea de cronología más reciente que el resto.
154
Los castras de la cuenca extremeña del Tajo, bisagra entre lusitanos yvettones
Las zonas de acceso presentan diferentes so-
luciones técnicas para ofrecer una mayor protección
en estos puntos. Uno de los tipos más representados
es el de un sencillo vano con los laterales engrosa-
dos para darles mayor consistencia, si bien es ver-
dad que este tipo se fue relegando a las zonas más
alejadas de la puerta principal, utilizándose en los
accesos secundarios. Se han documentado también
puertas en esviaje en 4 castros, puertas flanqueadas
por bastiones circulares en otros 3, pero la solución
por la que se optó en la mayoría de los casos fue la
de proteger la puerta por fuertes bastiones de forma
irregular, amoldándose a la topografía de cada sitio,
llegando en algunos casos a alcanzar 13 metros de
anchura. Los bastiones cuadrangulares son muy es-
casos en las zonas de acceso, ya que tan sólo se han
documentado en la entrada al castro del Castillo de
LaTorrecilla y en la del Castillejo de la Orden.
Mención aparte merece los torreones, que no
son un engrosamiento de la muralla sino un cuerpo
destacado de ella. Destacan por su monumentalidad
eldel Castillejo del Casar de Cáceres, el torreón exen-
to del Aguijón de Pantoja o el del Castillejo de Valde-
cañas, todos ellos de planta circular. Aún más inusua-
les son los torreones cuadrangulares, que se han
documentado en el castro de Villasviejas del Tamu-
ja, en el del Pardal, en el de La Dehesilla, en Valde-
agudo y en La Burra.
Las defensas de los castras se complementa-
ron abriendo fosos en las zonas de acceso, que se
han documentado aproximadamente en una tercera
parte de ellos. En cambio, no hemos visto en ningu-
no de los castros extremeños piedras hincadas, ras-
go que los,diferencia de los vettones.
Otras evidencias de cultura material:
ausencia de cerámicas a peine y rarificación
de la escultura zoomorfa.
La cerámica es otro elemento significativo para
conocer los contactos entre unas zonas y otras. La
generalización del uso del torno se produjo ya desde
el siglo V a.e., por influencia de los asentamientos
orientalizantes de la cuenca del Guadiana, de hecho,
buena parte del repertorio cerámica del siglo IV a.e.
conocido en los castros tiene formas que recuerdan
a las que aparecen en los niveles post-orientalizan-
tes del poblado de Medellín. Mención especial mere-
cen las decoraciones con motivos en rojo, que apa-
recen en Medellín a principios del siglo V a.e. (Alma-
gro Gorbea y Martín Bravo, 1994: tüü), llegados desde
el valle del Guadalquivir o la zona oretana, poniendo
de manifiesto que el mayor auge del mundo ibérico
a partir de este momento provoca que las relaciones
se orienten hacia esa zona en detrimento de los con-
tactos con el Suroeste peninsular (Fig. 1,3). Las ce-
rámicas pintadas aparecen especialmente en los cas-
tros extremeños de la zona Este de la cuenca del
Tajo, donde también había sido más notable la pre-
sencia del mundo orientalizante y allí representan un
20 y 25% sobre el total de la cerámica en los yaci-
mientos excavados (Cabello, 1991-92), apareciendo
incluso en el material de superficie recogido al pros-
pectar el castro de La Burra o El Aguijón de Pantoja.
Un ejemplo excepcional es el castro de Villasviejas y
su necrópolis de El Mercadillo (Hernández y Galán,
1996). En cambio, prácticamente no aparecen los
característicos motivos a peine del área vettona. Su
presencia se reduce a una urna con motivos ondula-
dos a peine en la necrópolis de La Coraja y una vasi-
ja con aspas realizadas clavando las púas de un pei-
ne en Villasviejas del Tamuja. Únicamente dos ejem-
plos dentro del amplio conjunto de cerámicas que
han deparado los castros excavados o prospectados.
En esa misma dirección apunta la presencia de
esculturas zoomorfas en la cuenca del Tajo, intere-
sante manifestación cultural del pueblo vettón y cuya
aparición en este territorio al Sur de Gredas contri-
buye a reforzar la visión de zona de transición entre
. la Meseta y los influjos llegados desde el mundo ibé-
rico. Los ejemplos más característicos de verracos
en la provincia de Cáceres aparecen en los corredo-
res naturales de paso a través de Gredas o bien por
el Este de la cuenca, en Talavera la Vieja, donde an-
tes vimos que estuvo el yacimiento orientalizante que
controlaba este vado. Algunos de los ejemplares que
se citan habitualmente más alejados, como los de
Cáceres, Alcántara o Arroyo de la Luz, no hemos
podido confirmarlos a pesar del amplio trabaja de
campo que hemos llevado a cabo en esa zona (Mar-
tín Bravo, 1999: 242). El fragmento de hocico del
Museo de Marváo (Portugal), se parece más a una
escultura ibérica que a un verraco. Todo ello vuelve a
poner de manifiesto que en torno a la cuenca extre-
rneña del Tajo se conjugaron rasgos de diferente
aportación, llegados desde las zonas con más pujan-
za en cada ~omento, pero la superposición de los
mapas de dispersión de las cerámicas a peine y de
los verracos muestra de forma evidente que la cuen-
ca del Tajo no se integró en el área vettona.
155
blaciones de Cogotas I vamos a ver aparecer pobla-
dos de casas circulares de adobes de las gentes del
Soto, pero que no se documentan en las tierras sal-
mantinas ni abulenses. Precisamente allí, continua-
ron poblados situados en alto junto a otros que bus-
can sitios en llano, con diferente arquitectura domés-
tica y patrón de asentamiento a los del Soto, pero
con una metalurgia y una cerámica decorada común,
que no aparece en el Tajo, volviéndose a poner de
manifiesto que las estribaciones del Sistema Central
continúan ejerciendo de demarcador cultural.
Volviendo nuestra mirada hacia el Este, preci-
samente hacia el Centro de la cuenca del Tajo a su
paso por las tierras toledanas, el panorama cam-
bia, como también lo hace el paisaje. El Tajo, en el
centro de su cuenca, discurre por unos terrenos ter-
ciarios de amplias vegas, donde no existen impor-
tantes barreras naturales. En la cuenca media del
Tajo, los últimos trabajos sobre la Carpetania han
puesto de manifiesto que durante el Hierro Inicial
existieron "asentamientos en llano, sin preocupa-
ciones defensivas, de pequeña superficie y que se
disponen cerca de cursos de agua secundarios" (Ur-
bina, 2007: 196). Estas tierras también recibieron
la llegada de influjos tartésicos, como demuestra el
enterramiento del Carpio de Tajo y posiblemente
de las Fraguas, situados a unos 40 kms. hacia el
Este del yacimiento orientalizante de Talavera la
Vieja, pero los yacimientos como Arroyo Manzanas
.(Moreno, 1995) o El Royo, sin amurallar, muestran
una realidad diferente a la que hemos descrito para
el área extremeña.
Peor conocemos la zona del Centro de Portu-
gal y la Beira, donde sabemos que los poblados del
Bronce Final se abandonan hacia finales del siglo IX
a.c. (Vilaca, 1995: 375). Los mapas de dispersión de
objetos orientalizantes muestran su ausencia aquí,
concentrándose en el litoral atlántico, donde los da-
tos nos indican que se difundió el comercio tartésico,
quedando el interior al margen de esa dinámica.
A mediados del siglo V a.c., se observa ya que
el fenómeno castreño en la cuenca extremeña del
Tajo cristaliza en un modelo de ocupación del territo-
rio donde el castro sobre el río es el protagonista. La
mayoría de los castros del Hierro Inicial, que aún
estaban asentados en sitios prominentes del paisa-
je, dejan de estar habitados y se sustituyen por otros
que surgen a orillas de los principales afluentes del
Tajo, principalmente el Almonte y el Salar, mostran-
do un patrón homogéneo de distribución y de tama-
Los castros de la cuenca extremeña del Tajo, bisagra entre lusitanos
y
vettones
además de las cerámicas, nos revelan los fuertes
contactos con el Bronce Final tartésico, que fueron
debilitándose a medida que se avanza hacia el Nor-
te.
Hacia el siglo IX-VIII a.c., en la cuenca del Tajo
se percibe la disminución de objetos llegados desde
elAtlántico en favor de la cada vez mayor presencia
de elementos venidos desde el Suroeste. En el mar-
co del fuerte auge que estaba viviendo el mundo
tartésico, la cuenca del Guadiana quedará plenamente
integrada en el ámbito orientalizante, debilitándose
ese proceso a medida que se aleja de ella (Al magro
Gorbea, 2007: 39). El único asentamiento conocido
de carácter orientalizante es el de Talavera la Vieja,
junto al vado del mismo nombre, la última zona de
paso del Tajo antes de encajonarse a su paso por
Extremadura, a lo que hay que añadir el aún poco
conocido yacimiento del Torrejón de Abajo. El resto
de las evidencias tartésicas localizadas en torno a la
cuenca del Tajo han aparecido en yacimientos que
noson orientalizantes, sino asentamientos en sitios
altos, con buena defensa natural, que continúan el
modelo de ocupación del espacio del Bronce Final,
peroañadiend,o un elemento nuevo: la muralla. Du-
rante todo el Hierro Inicial asistiremos a un lento
procesode sustitución de los lugares relevantes del
paisaje en favor de sitios menos destacados, pero
amurallados, que culminará en la segunda mitad del
milenio con la aparición de los castras. En todos es-
tos cambios es determinante la llegada de esas in-
fluencias nuevas desde el Sur y que desde el Guadia-
navan a ir difundiéndose hacia la Meseta atravesan-
dolacuenca del Tajo (Fig 1,2). De ahí la importancia
fundamental de los puntos de puertos y vados, pre-
cisamente donde se concentran los hallazgos críen-
talizantesde diferente naturaleza, incluida la presen-
ciade enterramientos femeninos de carácter tartési-
coen poblados que no lo son, pero que son puntos
pordonde aún hoy discurren los caminos por los que
sepasa para desplazarse desde el Sur hacia la Me-
seta,como Aliseda o
especialmente la
Sierra de San-
ta Cruz. A través de ellos se canalizó
el
comercio
tartésico, siguiendo rutas naturales que desde fina-
lesde la Edad del Bronce surcaron el área extreme-
ña,atenuando su influencia hasta convertirse, al pasar
lassierras del Sistema Central, en "ecos del Medite-
rráneo" (Barril y Galán, 2007).
El panorama en las tierras de la actual Ávila y
Salamancadurante el Hierro Inicial es diferente al
queacabamos de ver en torno a la cuenca extreme-
ñadel Tajo. En lo que había sido el solar de las po-
157
Ana María Martín Bravo
ción especial al paisaje, a los accidentes del terreno,
nos muestra cómo es posible avanzar en la delimita-
ción del mosaico de pueblos de finales de la Edad del
Hierro, cuyos nombres a veces conocemos a través
de los escritos grecorromanos. Con este trabajo que-
remos contribuir a dejar claro cómo, en el caso de
los castros de la cuenca extremeñ~ del Tajo, existe
un importante factor geográfico, como son las estri-
baciones occidentales del Sistema Central, que no
puede ser obviado al estudiar a las sociedades pre-
históricas, porque ha ejercido de barrera natural des-
de entonces hasta ahora. Los contactos tuvieron que
llevarse a cabo a través de las zonas de paso más
favorables y ello explicará que sea en torno a esos
puntos donde aparezcan elementos comunes de unas
zonas y de otra.
A finales de la Edad del Bronce, el registro ar-
queológico de la cuenca extremeña del Tajo pone de
manifiesto que nada tiene que ver con la cultura de
Cogotas 1, que se extiende desde la cuenca del Due-
ro hasta Gredas, ya que no se documentan en los
yacimientos extremeños ninguno de sus elementos
característicos. En cambio, las piezas metálicas apa-
recidas en la provincia de Cáceres tienen sus mejo-
res paralelos en el Centro de Portugal, lo que nos
deja entrever que hasta aquí sí llegaron los contac-
tos con el área atlántica (Fig 1,1). Ya hemos señala-
do en otras ocasiones que esta zona se sitúa en el
extremo de lo que Coffyn denominaba "grupo lusita-
no" de la metalurgia atlántica (1985: 228), siendo el
área altoextremeña la zona más alejada a la que lle-
garon estas piezas. Ello no extraña si recordamos
que también el patrón de asentamiento del Centro
de Portugal, estudiado por Senna-Martínez (1996)
se caracteriza por la existencia de una red de pobla-
dos situados en sierras desde donde se divisa un
amplio territorio delimitado por accidentes natura-
les, que muestran una distribución del asentamiento
semejante al que caracteriza a la cuenca extremeña
del Tajo.
Hacia el siglo III a.c. las aportaciones culturales
del mundo ibérico se debilitan y, en su lugar, el regis-
tro arqueológico nos muestra elementos de claro raíz
celtibérica. De allí proceden elementos tan significati-
vos como las fíbulas de caballito, de las que se cono-
cen 3 ejemplares en la provincia de Cáceres, los pu-
ñales biglobulares, la espada de La Tene de Villasvie-
jas del Tamuja, los vasos de plata con epigrafía celti-
bérica de Castelo Branco o el 65% de la masa mone-
tal publicada hasta la fecha. En este sentido, el análi-
sis de las necrópolis de Villasviejas del Tamuja es ro-
tundo, poniendo de manifiesto esa sustitución de los
influjos llegados desde el mundo ibérico por otros pro-
cedentes de la Celtiberia (Hernández y Galán, 1996:
125), sin perder el sabor local de sus cerámicas, que
en nada se asemejan a las que aparecen en los ajua-
res de la necrópolis vettonas. Ello y la aparición de
monedas celtibéricas han llevado a Burillo a señalar
que debió producirse una "emigración celtibérica al
territorio extremeño" (2007: 381) que vincula con la
explotación de los recursos mineros en la segunda
mitad del siglo II a.c. en la zona extremeña. Tenemos
que decir que ninguna evidencia apunta en ese senti-
do en el castro de Villasviejas, donde el estudio de las
evidencias mineras señala claramente a la etapa ro-
mana y no a etapas prerromanas. En cambio, hay que
recordar que precisamente en el 104 a.c. se firmó la
deditio del castro del Castillejo de la Orden de Alcán-
tara, lo que nos confirma que en esa época se vivía en
pleno proceso de guerras contra Roma. De hecho, el
análisis de conjunto del numerario recogido en los cas-
tros extremeños parece vinculado claramente a facto-
res bélicos. Las monedas más antiguas llegan a estas
tierras a fines del siglo III a.c., vinculadas al fenóme-
no del reclutamiento durante la II Guerra Púnica (Mar-
tín Bravo, 1995). Posteriormente, desciende el núme-
ro de monedas documentadas en los castros, que
vuelve a aumentar de forma notable hacia los años
120-100 a.c., años en los que se estaba produciendo
la conquista de este territorio por las tropas romanas,
y en la década de los 70, coincidiendo con las Guerras
Sertorianas (Martín Bravo, 1999: 246), momento en
el que se emitieron las monedas de Tamusia, contex-
to que explica mucho mejor la aparición de la masa
monetal que el de la minería.
Conclusiones: Los castros extremeños,
bisagra entre Lusitanos y Vettones.
La lectura del registro arqueológico que hemos
expuesto en las páginas anteriores, unida a una aten-
En torno a la cuenca del Guadiana, en cambio,
tanto el patrón de asentamiento como el registro
material de finales de la Edad del Bronce presentan
unas características diferencias respecto a la cuenca
del Tajo, porque toda aquella zona se muestra clara-
mente relacionada con el Suroeste. Aunque también
en la zona del Guadiana destaquen los poblados en
alto (Pavón, 1995), su patrón de asentamiento es
mucho más diversificado que el de la cuenca del Tajo
y los elementos metálicos que se han recuperado,
156
Ana María Martín Bravo
con este factor y apoyar la zona de frontera en sen-
tido inverso al que la geografía marca no puede ayu-
dar a delimitar grupos culturales del pasado, al me-
nos en zonas que efectivamente sí tuvieron elemen-
tos del paisaje tan relevantes como son las estriba-
ciones del Sistema Central.
Es posible que en esas delimitaciones de et-
nias estén subyaciendo las informaciones que nos
han trasmitido los escritores romanos, especialmen-
te la lista de ciudades recogida por Ptolomeo, que
terminaron utilizando lo étnico en aras de la admi-
nistración romana. Para contrarrestar esa visión ya
de época romana, en este trabajo hemos querido
hacer una lectura del registro arqueológico a lo largo
del todo el I milenio a.c., sin separar esos datos de
la observación del medio. Todo ello apunta a que las
barreras montañosas que bordean a la cuenca ex-
tremeña fueron un elemento que marcaron un límite
a la expansión de los grupos de Cogotas I ya en el
Bronce Final, un importante factor de atenuación de
los contactos con el Suroeste durante el Hierro Ini-
cial, una línea que apenas llegaron a rebasar las ce-
rámicas a peines. No fueron barreras insalvables
y
los contactos existieron siempre, como ya hemos ido
viendo que ponen de manifiesto diferentes hallazgos
que jalonan las zonas de pasos naturales, siendo los
propios verracos una prueba de coexistencia-de ma-
nifestaciones culturales en las zonas de contacto. Por
eso insistimos en que las barreras naturales debie-
ron actuar en la antigüedad para separar a grupos
humanos con diferente identidad étnica, como ya han
puesto de manifiesto Sayas y Melero (1991: 79).
A fines del siglo III y durante el siglo 11a.c.,
aparecen en el registro arqueológico elementos de
clara raíz celtibérica, especialmente algunas armas y
las monedas. Estos hallazgos han inclinado las últi-
mas teorías interpretativas a considerar que las gen-
tes que se enterraron en las necrópolis del Romazal
de Villasviejas eran celtíberos fruto de una "emigra-
ción celtibérica al territorio extremeño" (Buril lo, 2007:
381). Volvemos a encontrar, por tanto, que la aten-
ción preferente que se presta a ciertos elementos de
la cultura material, sean los verracos en un caso sean
las monedas celtibéricas en otro, determina el consi-
derar a estas gentes vinculadas a los vettones o a los
celtíberos, perdiendo de vista el resto de manifesta-
ciones que realmente define a los castros de la cuenca
extremeña del Tajo.
Puesto que en los trabajos que se reúnen en
este volumen se va a tratar de delimitar dónde habi-
taron los lusitanos y dónde los vettones, no quere-
ño, en el que sólo algunos superan la media de 2 ha.
Han perdido visibilidad sobre el entorno y no desta-
can en el paisaje, pero están rodeados de un fuerte
sistema defensivo que les confiere carta de n~atura-
leza. Lo que queremos resaltar en esta reflexión fi-
nal es que este
patrón
es diferente al que muestran
los castros típicamente vettones, por tamaño, por su
sistema defensivo y, sobre todo, por la forma de im-
plantarse en el territorio. A ello hay que añadir que
el registro material también muestra diferencias no-
tables, que son especialmente significativas si nos
fijamos en los que son sus elementos más caracte-
rísticos, como son las cerámicas a peine y la escultu-
ra zoomorfa. Lasdecoraciones a peine del área vetto-
na están ausentes en los castros extremeños, salvo
algunas excepciones como los dos ejemplares de Vi-
lIasviejas que, analizadas en el conjunto de la cerá-
mica del yacimiento, muestran que son piezas dife-
renciadas y ajenas a las locales. La escultura zoomorfa
de piedra aparece en torno a dos zonas claras: una,
aquellas que facilitan el paso de la Sierra de Gredas
a través del Jerte y, la otra, la zona de contacto entre
la encajonada cuenca extremeña del Tajo y las tie-
rras toledanas, por donde se accede a la Meseta
bordeando la Sierra de Gredas.
El
otro punto donde
se concentran estas esculturas es Villasviejas del
Tamuja, cuyo registro arqueológico muestra unas
relaciones con el mundo ibérico en el siglo IV a.c. y
con el celtibérico ya en el 11a.e. que la diferencia
notablemente de la dinámica cultural de los castras
vettones (ver Hernández, Martín y Galán en este
mismo volumen).
El
resto de ejemplares próximos a
la zona de Alcántara que se vienen citando en los
últimos años son considerados ejemplares dudosos
por Álvarez-Sanchís (1999: 223) y desde luego noso-
tros no hemos podido documentarlos en nuestro tra-
bajo de campo (Martín Bravo, 1999: 242).
La superposición del mapa de dispersión de los
verracos y de las cerámicas a peine muestra cómo
se distribuyen por las actuales provincias de Sala-
manca, Ávila, Zamora y parte de Toledo, encontrán-
dose las esculturas cacereñas en el reborde de esa
zona, precisamente apareciendo en las áreas de con-
tacto entre ellas, añadiendo aquí rasgos propios de
la escultura meridional. Estos mapas han sido suge-
rentemente utilizados para aunar arqueología yetni-
cidad y tratar de delimitar el territorio vettón (Ruiz
Zapatero y Álvarez-Sanchís, 2002: 267), pero no han
tenido suficientemente en cuenta ni las peculiarida-
des de los patrones de asentamiento ni las barreras
naturales. Trazar el límite del área vettona sin contar
158
todos los pueblos prerromanos se pueden englobar
en las tribus que nos mencionan las fuentes qreco-
rromanas (1999: 33). Puesto que el análisis de esas
fuentes ya ha sido acertadamente revisado por
Pé-
rez Vilatela, quién nos advertía de no caer en el error
de considerar esos etnónimos como realidades geo-
gráficas inamovibles (2000: 19) nosotros no vamos
a volver sobre él, pero sí finalizaremos poniendo de
relieve que esta región, que los escritores romanos
consideraron a caballo entre lusitanos y vettones, con
evidentes elementos comunes a una y otra, por ha-
ber tenido procesos culturales semejantes, debió estar
hab\tada
\)m
diferentes
populi
C\ueel mismo
Estra-
bón nos dice que no fueron "dignos de mención por
su pequeñez y poca importancia" (Est. III, 3, 3).
Los castras de la cuenca extremeña del Tajo, bisagra entre lusitanos yvettones
masterminar sin referirnos a esta cuestión. Si nues-
tralecturadel registro arqueológico muestra una clara
diferencia de los castros extremeños respecto a los
gruposvettones, también frente a los poblados de la
cuencamedia del Tajo a su paso por las tierras tole-
danasy a las gentes de la cuenca del Guadiana, queda
pendiente señalar quiénes fueron entonces los que
vivieron en torno a la cuenca extremeña del Tajo.
Partiendo de la idea ya generalmente admitida de
quebajo los etnónimos que nos trasmiten los escri-
toresgrecorromanos subyacen grupos muy diferen-
tes, nos parece apropiado recordar las palabras de
Weels, en su libro The Barbarians Speak, seña\ando
que la observación del registro arqueológico de fina-
lesde la Edad del Hierro pone de manifiesto que no
159
Ana María Martín Bravo
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En este artículo damos a conocer dracmas ampuritanas y de imitación de Rhode aparecidas en castros de la cuenca extremeña del Tajo. Estos hallazgos permiten ampliar hacia el centro y el oeste de la Península Ibérica el territorio de circulación de estas monedas, vinculándose su aparición en los castros a los acontecimientos de la II Guerra Púnica
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The Portuguese "Beiras" constitute an almost unavoidable transit area between Portuga1' s northern and south-central regions on one hand and the Spanish Northern Meseta on the other. Thus, in different historical moments (in the widest sense), it functions as a connecting plate between those regions, whose study is fundamental to the understanding of the interregional interaction and integration processes that are going on. The work that has been done regionally during the last two decades allows us to debate some questions regarding the role of power symbolism in the origins and development of local Late Bronze Age communities (Grupo Baiões/Santa Luzia) and their interaction with contemporary "culture groups" from the surrounding areas as well as with the Atlantic and Mediterranean commerce networks of the late second and early first millennia BC. We argue that the adoption and displaying of "foreign symbols of power" are some of the mechanisms responsible for the establishment and enforcing of local elites in an economic network that – we as well argue – is structured as a "wealth finance" system.
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Various finds from Upper Extremadura throw new light on the northward extension of Tartessian trade and in particular the possible intermarriage of natives with Tartessian women. The first comprises a group of wheel-turned «à chardon» vases from a settlement at Puerto de Santa Cruz found in a grave —one of the very rare burials of this date from the region— containing female bones. The second comprises material from an orientalising site by the ford at Talavera la Vieja and the third a series of similarly orientalising objects from hill-forts in the Tagus basin.En este trabajo se dan a conocer unos vasos «à chardon» a torno depositados en uno de los escasísimos enterramientos conocidos de esa época en Extremadura, que contenía huesos femeninos, aparecido en el puerto de Santa Cruz, junto a un poblado indígena; materiales de un poblado orientalizante situado junto al vado de Talavera la Vieja, y una serie de objetos, también orientalizantes, procedentes de castros de la cuenca extremeña del Tajo. Todo ello permite esbozar un nuevo panorama sobre la extensión del comercio tartésico hacia el norte, a través de la Alta Extemadura, planteando la posibilidad de que existiera algún matrimonio mixto entre indígenas y mujeres tartésicas.
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La configuración de grupos étnicos en la Edad del Hierro es un fenómeno que empieza a ser conocido y la posibilidad de estudiar sus correlatos materiales constituye una línea de investigación difícil pero muy sugestiva. La exploración de las relaciones entre la etnicidad y sus posibles indicadores arqueológicos se realiza sobre los Vettones, uno de los más importantes pueblos prerromanos del Occidente de la Meseta. Para ello se estudian dos elementos fundamentales: los famosos verracos y las cerámicas con decoración a peine, que debieron actuar como elementos delimitadores de identidad étnica. Se argumenta que esta línea de análisis puede ofrecer interesantes perspectivas sobre el proceso de etnogénesis de los Vettones y su implantación territorial
Un pasado común: el mundo orienta liza nte
  • Almagro Gorbea
ALMAGRO GORBEA, M. (2007): "Un pasado común: el mundo orienta liza nte". En, Barril, M. y
Ecos del Mediterráneo, el mundo ibérico y la cultura vetona
  • M Y Galán
BARRIL, M. Y GALÁN, E. (ed) (2007): Ecos del Mediterráneo, el mundo ibérico y la cultura vetona. Ávila, 2007.
  • Hernández Hernández
  • F Domingo
-HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. y GALÁN DOMINGO, E. (1996): La necrópolis de "El Mercadillo" (Botija, Cáceres). Extremadura Arqueológica, VI.
El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres). Memorias, 5
  • J Ávlla
-JIMÉNEZ ÁVlLA, J. (ed) (2006): El conjunto orientalizante de Talavera la Vieja (Cáceres). Memorias, 5. Museo de Cáceres.
El I milenio a.e. en la Alta Extremadura
  • Lusitania
Lusitania. El I milenio a.e. en la Alta Extremadura.