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REFLEXIONES SOBRE EL GÉNERO COMO CATEGORÍA GRAMATICAL. CAMBIO ECOLÓGICO Y TIPOLOGÍA LINGÜÍSTICA

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En M. Ninova (ed): De la lingüística a la semiótica: trayectorias y horizontes del estudio de la comunicación. Sofia: Universidad S. Clemente de Ojrid REFLEXIONES SOBRE EL GÉNERO COMO CATEGORÍA GRAMATICAL. CAMBIO ECOLÓGICO Y TIPOLOGÍA LINGÜÍSTICA * M. Victoria Escandell-Vidal UNED vicky@flog.uned.es 1. Introducción La palabra género, como otras muchas palabras de nuestra lengua, presenta sentidos y acepciones diferentes. En nuestros días, hay tres de estas acepciones que dan lugar a confusiones y a equiparaciones imprecisas, con consecuencias que van más allá de la mera discrepancia de opinión, y que terminan afectando al modo en que se usa y se concibe la lengua. A partir de la idea de que las lenguas poseen una categoría gramatical de género y de la posibilidad de que esta, en algunos casos, se utilice como recurso para expresar el sexo biológico (acepción 8), en algunos sectores se ha producido la equiparación total entre el género gramatical y el sexo biológico, a través del puente que establece la acepción que concibe el género como construcción social de la identidad relacionada con el sexo, y que incluye todo el conjunto de normas, actitudes, comportamientos y consecuencias sociales que derivan del hecho de ser varón o mujer y que determinan diversos aspectos de la vida social, familiar y laboral, las pautas de socialización, y las tareas o las obligaciones sociales (acepción 3) (Cf. Corbett 2005; Aikhenvald 2016). El objetivo de estas páginas es reflexionar sobre los aspectos formales y lingüísticos del género como categoría gramatical, exponer sus propiedades y comentar las consecuencias que tiene para la estabilidad del sistema lingüístico la equiparación inadecuada entre género gramatical, sexo biológico y género social.
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En M. Ninova (ed): De la lingüística a la semiótica: trayectorias y horizontes del estudio de la comunicación.
Sofia: Universidad S. Clemente de Ojrid
REFLEXIONES SOBRE EL GÉNERO COMO CATEGORÍA GRAMATICAL.
CAMBIO ECOLÓGICO Y TIPOLOGÍA LINGÜÍSTICA*
M. Victoria Escandell-Vidal
UNED
vicky@flog.uned.es
1. Introducción
La palabra género, como otras muchas palabras de nuestra lengua, presenta sentidos y
acepciones diferentes. El Diccionario de la Lengua Española (DLE, s.v. género) recoge las
siguientes:
género
Del lat. Genus, -ĕris.
1. m. Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes.
2. m. Clase o tipo a que pertenecen personas o cosas. Ese género de bromas no me gusta.
3. m. Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este
desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico.
4. m. En el comercio, mercancía (‖ cosa mueble).
5. m. Tela o tejido. Géneros de algodón, de hilo, de seda.
6. m. En las artes, sobre todo en la literatura, cada una de las distintas categorías
o clases en que se pueden ordenar las obras según rasgos comunes de forma y de contenido.
7. m. Biol. Taxón que agrupa a especies que comparten ciertos caracteres.
8. m. Gram. Categoría gramatical inherente en sustantivos y pronombres, codificada a
través de la concordancia en otras clases de palabras y que en pronombres y sustantivos
animados puede expresar sexo. El género de los nombres.
En nuestros días, hay tres de estas acepciones que dan lugar a confusiones y a equiparaciones
imprecisas, con consecuencias que van más allá de la mera discrepancia de opinión, y que
terminan afectando al modo en que se usa y se concibe la lengua. A partir de la idea de que
las lenguas poseen una categoría gramatical de género y de la posibilidad de que esta, en
algunos casos, se utilice como recurso para expresar el sexo biológico (acepción 8), en
algunos sectores se ha producido la equiparación total entre el género gramatical y el sexo
biológico, a través del puente que establece la acepción 3, que concibe el género como
construcción social de la identidad relacionada con el sexo, y que incluye todo el conjunto
de normas, actitudes, comportamientos y consecuencias sociales que derivan del hecho de
ser varón o mujer y que determinan diversos aspectos de la vida social, familiar y laboral, las
pautas de socialización, y las tareas o las obligaciones sociales. (Cf. Corbett 2005;
Aikhenvald 2016).
El objetivo de estas páginas es reflexionar sobre los aspectos formales y lingüísticos del
género como categoría gramatical, exponer sus propiedades y comentar las consecuencias
* La investigación que subyace a este trabajo ha sido parcialmente subvencionada por el proyecto SPIRIM
FFI2015-63497-P, del Ministerio de Economía y Competitividad.
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V. ESCANDELL-VIDAL: Género gramatical. Cambio ecológico y tipología lingüística. 2018
que tiene para la estabilidad del sistema lingüístico la equiparación inadecuada entre género
gramatical, sexo biológico y género social.
2. El género como categoría gramatical
Las lenguas disponen de diversos recursos para manifestar de manera visible las relaciones
de dependencia sintáctica. Uno de estos recursos es el género gramatical (Para un enfoque
más detallado, véanse Harris 1991, 1992; Corbett 1991, 2007, 2013a, b y c; Picallo 2008;
Aikhenvald 2016).
Los siguientes ejemplos del ruso, tomados de Corbett (2005a), pueden ilustrar las
propiedades de esta categoría:
(1) a Žurnal ležal na stole.
revista está.M sobre mesa
‘La revista está sobre la mesa.’
b. Kniga ležal-a na stole.
libro está-F sobre mesa
‘El libro está sobre la mesa.’
c. Pis’mo ležal-o na stole.
carta está-N sobre mesa
‘La carta está sobre la mesa.’
En las oraciones anteriores tenemos tres sustantivos con significados muy cercanos: ‘revista’,
‘libro’ y ‘carta’. Sin embargo, cada uno de ellos se combina con una forma diferente del
verbo, como muestran las diferencias morfológicas que pueden observarse. Esto sucede
porque el sustantivo žurnal, ‘revista’, es masculino, y este hecho utiliza la forma verbal sin
marcas expresas; en cambio, kniga, ‘libro’ es un sustantivo femenino, y este hecho impone
la aparición en el verbo del morfema flexivo de género femenino –a; por último, el sustantivo
pis’mo, ‘carta’, es de género neutro y ello se manifiesta en la aparición de la desinencia verbal
–o.
Los ejemplos anteriores muestran las características del género gramatical y los aspectos
básicos de su funcionamiento. En particular, ilustran una propiedad esencial de los sistemas
de género gramatical: todos se articulan necesariamente en la existencia de dos tipos de
rasgos relacionados con el género.
- Rasgos inherentes. Son inherentes los rasgos propios de las palabras (los sustantivos
y los pronombres) que inducen en otras la concordancia. Todo sustantivo, por el hecho
de serlo, debe tener necesariamente al menos un género, de modo que tener género
inherente se convierte (en las lenguas con género) en un atributo definitorio de la
clase nominal (sustantivos y pronombres). El género inherente puede asociarse de
manera frecuente a ciertas propiedades fonológicas o morfológicas de las palabras.
Por ejemplo, en búlgaro hay una correlación estrecha entre la terminación de una
palabra y su género: los sustantivos que terminan en una consonante son
generalmente de género masculino; los que terminan en -а -я / son normalmente de
V. ESCANDELL-VIDAL: Género gramatical. Cambio ecológico y tipología lingüística. 2018
género femenino; y los sustantivos que terminan en -е, -о son casi siempre de género
neutro, al igual que algunos extranjerismos terminados en –и, -у y ю. Hay, sin
embargo, excepciones. Por ello, aunque puedan establecerse correlaciones, no parece
que las terminaciones deban considerarse realmente como marcas de género. En
español, sus dos géneros gramaticales se reparten de manera aún menos sistemática,
de modo que aunque muchos nombres terminados en –o son masculinos, y muchos
de los terminados en a son femeninos, hay numerosas excepciones (mano, f.;
problema, m.); los nombres terminados en consonante pueden pertenecer a uno u otro
género en función de las propiedades de sus afijos (-dad, f.; -or, m.) Todas estas
reflexiones llevan a considerar que el rasgo de género gramatical en los sustantivos
es un rasgo inherente. El género gramatical, en consecuencia, no resulta
necesariamente visible en las propiedades externas de los sustantivos, sino en las
operaciones gramaticales que los sustantivos inducen en otros constituyentes.
- Rasgos dependientes. Son aquellos que se manifiestan en otras clases de palabras que
no son sustantivos o pronombres (es decir, determinantes y cuantificadores, adjetivos,
verbos…; cf. Leonetti 1999), en los que la aparición de marcas de género se debe a
una operación de concordancia. En estas palabras, la manifestación del género
gramatical se lleva a cabo típicamente por un procedimiento morfológico (como el
ejemplificado en (1)a-c), por el que la relación sintáctica entre un sustantivo o un
pronombre y otro constituyente se manifiesta por medio del copiado del rasgo de
género de aquellos, hecho patente en una marca flexiva específica (o en su ausencia).
Este copiado de rasgos es lo que denominamos habitualmente concordancia. La
concordancia afecta también, por supuesto, a otras categorías, como el número o la
persona, y permite manifestar relaciones de (inter-)dependencia, tales como
sujeto/predicado, núcleo/modificadores, así como relaciones de correferencia
pronominal…).
El siguiente esquema resume lo dicho hasta el momento:
Fig 1: El género gramatical: rasgos inherentes y rasgos dependiente
Género gramatical
Inherente
Sustantivos
Pronombres
Dependiente
Determinantes y
cuantificadores
Adjetivos
Verbos
Partículas focales
Concordancia
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3. ¿Una base semántica para las distinciones de género?
Así pues, una lengua tiene género gramatical cuando los sustantivos y los pronombres
imponen a otras palabras (entre ellas, adjetivos, determinantes y cuantificadores, verbos,…)
sus rasgos de concordancia. En las lenguas con género, hay un número determinado de
opciones (desde lenguas con dos géneros hasta lenguas con varias decenas), y todos los
sustantivos están adscritos al menos a un género gramatical.
Fig. 2: Distribución de lenguas en función del número de
distinciones de género (Corbett 2013a)
La existencia de diferencias de género en los sustantivos ha hecho surgir la pregunta de si
hay o no una base semántica para esta atribución. En otras palabras, ¿qes lo que determina
el género gramatical?
Para algunas lenguas se ha sostenido que el sexo biológico está en la base de las diferencias
entre masculino y femenino, pero esta distribución no explica el género de los sustantivos
referidos a entidades no sexuadas. En las lenguas dravídicas, en cambio, parece que es el
carácter humano/no humano (o racional/no racional) lo que determina el género. Para muchas
otras lenguas, como las algonquinas, la distinción básica se fundamenta en el carácter
animado/no animado.
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Fig. 4: Distribución de lenguas en función de la relevancia del
sexo para determinar el género (Corbett 2013b)
Veamos algunos ejemplos. La lengua dyirbal (grupo pama-ñugano, Australia) distingue
cuatro clases de sustantivos. Según el estudio clásico de Dixon (1972), la distribución es la
que aparece en la siguiente tabla:
Género
Tipo de entidad
Clase I
Varones, entidades animadas no humanas
Clase II
Mujeres, agua, fuego, lucha
Clase III
Vegetales
Clase IV
Todo lo demás
Fig. 5: El género gramatical en dyirbal (Dixon 1972)
A partir de esta distribución se han hecho diferentes reflexiones sobre la visión del mundo
que este reparto parece implicar y el modo en que se construyen las representaciones
conceptuales (cf. Lakoff 1987).
El manambu (papú, Papúa Nueva Guinea. Aikhenvald 2016) presenta un sistema más
complejo, en el que hay diferentes criterios para determinar la pertenencia de un sustantivo a
uno u otro género:
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Género
Sexo
Forma
Tamaño
Masculino
Varones
Objetos largos
(tubo)
Objetos grandes
(casa grande)
Femenino
Mujeres
Objetos
redondeados (plato)
Objetos pequeños
(casa pequeña)
Fig. 6: El género gramatical en manambu (Aikhenvald 2016)
Además del sexo, la forma y el tamaño también importan. Esto da lugar a que puedan surgir
conflictos sobre cuál es la característica que predomina. En esta lengua, una mujer grande y
mandona podría recibir género masculino, y un varón gordo, femenino. Este reparto, sin
embargo, se siente como peyorativo, lo que sugiere que hay una jerarquía en la que el sexo
biológico es prioritario.
El género en jungulu (Australia, Pensalfini 2003) es un sistema mucho más complejo, con
cuatro géneros y más criterios de clasificación.
Género
Animacidad
Forma/propiedades físicas
?
Masculino
Entidades
animadas
inferiores
Entidades inanimadas planas
o redondeadas (árboles,
huevos, hígado)
Femenino
Entidades
animadas
superiores
Objetos cortantes (hacha)
El sol
Pájaros
cantores
Vegetal
Objetos largos y puntiagudos
(lanza)
Partes del cuerpo largas y
puntiagudas
Caminos
Fenómenos
naturales
Neutro
Fig. 7: El género gramatical en jingulu (Pensalfini 2003)
La lengua que se caracteriza en la tabla siguiente parece reflejar una ontología bastante
peculiar y exótica:
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Género
Tipo de entidad
Masculino
Machos adultos de cualquier especie
Tipos de ropa
Tipos de fenómenos atmosféricos
Minerales
Femenino
Hembras adultas de cualquier especie
Disciplinas y tipos de conocimiento
Neutro
Entidades sin sexo
No adultos
Juegos
Tipos de metales
Fig. 8: El género gramatical en alemán (Zubin y Köpcke 1986))
Sin embargo, esta tabla corresponde al género en alemán, según los datos del estudio de
Zubin y Köpcke (1986).
Una mirada detenida a estas clasificaciones y a las supuestas bases semánticas que subyacen
a la diferencia de géneros pone enseguida de manifiesto que tal vez se está sobreestimando
la correlación entre género gramatical y propiedades “semánticas”. Tal vez, el reparto sea un
poco más arbitrario y convencional, y no debemos asociar de modo mecánico el género, que
es un rasgo gramatical, con una visión especial de la realidad.
4. El género de los sustantivos en español
En las lenguas románicas, como el español (cf. Ambadiang 1999; Picallo 2008), el género
como propiedad léxica inherente del sustantivo solo parece tener una base semántica en el
caso de los nombres que hace referencia a entidades con sexo biológico.
En el caso de los sustantivos referidos a entidades no humanas o no animadas, el género
puede estar asociado a los sufijos que categorizan la palabra como sustantivo, pero en muchas
ocasiones no es predecible a partir de la terminación de la palabra: por ejemplo, los
sustantivos terminados dad o –ción son femeninos, como también lo son la mayoría de los
acabados en ez (esbeltez, tirantez), aunque no todos (doblez, preferiblemente m.). En
algunas parejas tiene apariencia flexiva (cesto/cesta) o derivativa (motor/motriz), sin que en
estos casos haya realmente un procedimiento productivo de formación de palabras detrás de
esta apariencia.
Las cosas se hacen algo más complejas cuando los sustantivos hacen referencia a entidades
con sexo biológico. Muchos sustantivos son dimórficos, es decir, presentan dos formas
diferentes según el género gramatical, que se correlaciona con el sexo de la persona a la que
se refieren. A veces, hay lexemas diferentes (heterónimos) para cada sexo (varón/mujer,
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dama/caballero). En ocasiones, la diferencia de género tiene una apariencia flexiva
(niño/niña) o derivativa (actor/actriz), pero, como ocurría en el caso de los nombre referidos
a realidades no sexuadas, no hay que perder de vista que el género es aquí un rasgo inherente,
y no dependiente o concordante.
Existen palabras que no varían según el género gramatical, aunque esto no quiere decir que
carezcan de él: al contrario, estas palabras tiene inherentemente los dos géneros y pueden
desencadenar la concordancia en cualquiera de ellos: al referirse a entidades humanas, se
adscriben a un género u otro en función de su sexo (el/la artista, el/la modelo). Finalmente,
existen sustantivos también invariables cuyo género no varía en función del sexo de la
entidad a la que se refieren: estos se denominan nombres epicenos (la víctima, el bebé).
En todos los casos, el género gramatical es un rasgo formal, inherente al sustantivo y, en
principio, independiente del sexo biológico del referente. En el caso de los heterónimos, el
género gramatical aparece correlacionado con un rasgo semántico (conceptual) específico:
así una palabra como nuera tiene un rasgo semántico [mujer] y un rasgo gramatical [+fem],
y yerno contiene un rasgo semántico [varón] y un rasgo gramatical [-fem]. Aunque en este
caso aparezcan relacionados, los dos rasgos son autónomos, ya que pertenecen a niveles
lingüísticos diversos.
La autonomía relativa de rasgos semánticos y gramaticales queda puesta de relieve en los
nombres epicenos: un sustantivo epiceno como víctima tiene el rasgo semántico [humano]
(no especificado en cuanto al sexo), y el rasgo de género gramatical [+fem], sin que el género
gramatical determine el sexo biológico del referente. De modo análogo, el sustantivo
vástago contiene el mismo rasgo semántico [humano], pero su género gramatical es [-fem],
lo que muestra de nuevo la autonomía relativa de las dos clases de rasgos. Los nombres
llamados tradicionalmente “de género comúntienen un mismo rasgo semántico [humano]
(no especificado en cuanto al sexo) y, en cambio, presentan los dos valores posibles en
cuanto al género gramatical, [+ fem] y [-fem], por lo que resultaría más transparente la
denominación de sustantivos “de doble género”.
El esquema siguiente recoge esta clasificación:
Heterónimos: Varón/mujer
Con dimorfismo Apariencia flexiva: hijo/hija
Apariencia derivativa: actor/actriz
Sustantivos Ambiguos (doble género): el/la pianista, el /la testigo
Invariables
Epicenos: persona, pareja, personaje, vástago
Fig. 9: Manifestaciones del género gramatical inherente en español
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5. El género gramatical y la distinción neutral/marcado
Una buena parte de las propiedades formales de los sistemas lingüísticos se organiza en
oposiciones funcionales basadas en un conjunto restringido de rasgos diferenciadores. Como
recoge Marquant (1984), a partir de los trabajos sobre fonología de Trubetskói, Jakobson y
el Círculo de Praga, se desarrolló la idea del carácter asimétrico de las oposiciones. En la
lengua todo funciona por una oposición que se instaura por la presencia frente a la ausencia
de un elemento lingüístico. Se considera marcado el miembro de una oposición morfológica
en la que se expresa una determinada significación, y como no marcado el que no la expresa.
Y con un enfoque semejante, Hjelmslev propuso la diferencia entre el miembro extensivo y
el miembro intensivo dentro de una oposición paradigmática. El primero puede significar no
sólo su propio campo de contenido (que no es designado por ningún otro miembro del mismo
paradigma), sino también, en determinadas circunstancias, puede significar lo que es
peculiar de los otros miembros (los miembros intensivos).
La distinción entre el término neutral y el término marcado con respecto a una oposición
lingüística se aplicó en principio a las distinciones fonológicas, y se extendió pronto a las
oposiciones funcionales de otros niveles lingüísticos. En el plano semántico, por ejemplo
resulta ilustrativa la situación que se produce en los términos llamados automerónimos (que
se contienen a sí mismos), como ocurre con día en la oposición día/noche. Por medio del
término día podemos hacer referencia al ‘periodo de tiempo comprendido entre el amanecer
y el ocaso, durante el cual hay claridad solary también al ‘periodo completo de 24 horas,
correspondiente al tiempo que la Tierra emplea en dar una vuelta completa sobre su eje’. El
término noche, en cambio, indica exclusivamente aquella ‘parte del día comprendida entre
la puesta del sol y el amanecer’. De este modo, en su acepción neutral o extensiva, el término
día incluye tanto el día (en su acepción intensiva) como la noche, en tanto que el término
noche solo puede hacer referencia a un determinado periodo específico de tiempo.
Pues bien, el género gramatical constituye uno de esos paradigmas en los que funciona esta
asimetría fundamental entre los dos valores, de manera que uno de ellos (en el español, el
masculino) es neutral o extensivo con respecto al valor establecido, y puede usarse
indistintamente para los dos valores posibles de la oposición, mientras que el otro (el
femenino) está marcado positivamente para un determinado valor, de modo que solo es
aceptable para indicar ese valor concreto. En palabras de Coseriu:
En una oposición de dos miembros encontramos ciertamente uno concentrado en una zona
de la oposición cuyos límites no pueden sobrepasarse: está señalado positivamente para una
determinada función. Así, (…) los miembros filia y dea en las oposiciones filus/filia y
deus/dea están todos señalados positivamente para la función “femenino” y son, por esto,
constantemente femeninos y no pueden traspasar la frontera del femenino. Pero el otro
miembro está marcado solo negativamente (…). Y puede realmente significar todo lo
contrario y también puede extenderse a todo el dominio de la oposición, con la supresión o
neutralización de la oposición en sí. En las oposiciones mencionadas, los miembros (…)
filius, deus no están señalados verdadera y positivamente como “masculinos”(…) sino [que]
no están señalados como “femeninos”, pero pueden abarcarlo en ciertas circunstancias. (…)
En este sentido, la oposición es inclusiva. (Coseriu 1966:58 y ss)
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La asimetría entre un término neutral (extensivo o inclusivo) y un término marcado
(intensivo o exclusivo) se produce, por tanto, en los sustantivos en los que el género
gramatical tiene una apariencia flexiva:
Fig. 10: Termino neutral (extensivo o inclusivo), frente a término marcado (intensivo o exclusivo)
El término niño [-fem], tanto en singular como en plural, representa el miembro neutral,
mientras que el término niña es exclusivamente femenino. Esto ocurre en los casos en que el
género gramatical tiene una apariencia flexiva o derivativa: los niños puede hacer referencia
tanto a niños como a niñas, y los actores se refiere a los que actúan, sin necesidad de
distinguir su sexo. Lo mismo ocurre en el caso de sustantivos con género doble, de modo que
los pacientes se refiere tanto a varones como a mujeres. En los nombres epicenos no se
plantea este problema, ya que no hay más que un único genero posible, y el sexo es, en todos
los casos, irrelevante.
Los heterónimos, en cambio, constituyen un caso aparte, ya que en ellos el sexo biológico
del referente no está ligado directamente al género gramatical, sino que es una propiedad
conceptual del lexema. Cuando la referencia a varones o mujeres está lexicalizada, ya no
forma una oposición gramatical paradigmática, y, en consecuencia, ya no se neutraliza en el
masculino. Así, los yernos no significa ‘los yernos y las nueras’, ni los frailes puede significar
‘los frailes y las monjas’, porque en los dos casos lo que está en juego no es el rasgo
gramatical [-fem] sino el rasgo semántico-conceptual [varón]. Entre los heterónimos, la única
excepción es quizá la del sustantivo padres, que sí puede referirse indistintamente a ‘padres
y madres’.
El sistema del género gramatical en español funciona, pues, siguiendo la misma lógica que
opera en otros sistemas de oposiciones de rasgos de naturaleza formal. La oposición puede
neutralizarse en algunos contextos, en los que el término neutral, extensivo o inclusivo puede
hacer referencia a toda la clase.
6. ¿Hay género gramatical en inglés?
Los mapas que hemos visto en la sección 3 presentan al inglés como una lengua con un
sistema de tres géneros: masculino, femenino y neutro. Esta caracterización está basada en
el sistema de los pronombres de tercera persona, que tiene, efectivamente, tres miembros: he,
she e it. En este micro-sistema, la forma he funciona como término neutral, o no marcado, y
es la que se utilizaba tradicionalmente en la referencia no específica y genérica, como se
muestra en (2):
niño
niña
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(2) He who laughs last laughs best
él quien reir.PSR.3SG último reir.PSR.3SG mejor
‘Quien ríe el último ríe mejor’
Las consideraciones hechas a lo largo de las secciones anteriores, sin embargo, parecen
sugerir que estos hechos no bastan para afirmar que el inglés es una lengua con género
gramatical. De acuerdo con la caracterización propuesta en el epígrafe 2, el género gramatical
forma un sistema basado en la existencia de dos tipos de rasgos: inherentes y dependientes.
Pues bien, de acuerdo con este criterio, el inglés es una lengua sin género gramatical, ya que
carece de un sistema articulado en los dos tipos de rasgos. Es cierto que los pronombres
muestran tres valores distintos; pero estos valores, que son rasgos inherentes de cada una de
las formas, no imponen en otros constituyentes el copiado de sus rasgos, ya que el inglés
carece del subsistema de rasgos de género dependientes. Dicho de otro modo, aunque los
pronombres parezcan tener género gramatical, la lengua no dispone del sistema de
distinciones paradigmáticas dependientes que resulta necesario para poder manifestar la
concordancia.
Dos consideraciones adicionales son aquí de interés. En primer lugar, es importante subrayar
que el inglés, por supuesto, tiene sustantivos que expresan diferencias relativas al sexo
biológico, como, por ejemplo, los contrastes boy/girl (‘chico/chica’), brother/sister
(‘hermano/hermana’) o ladies/gentlemen (‘damas/caballeros’). Estos contrastes no son
contrastes de género gramatical; son contrastes basados en la lexicalización de los rasgos
semántico-conceptuales [varón} y [mujer], como ocurre en español con los sustantivos
heterónimos, que presentan un lexema distinto para hacer referencia a cada sexo. El inglés
también tiene parejas de sustantivos en los que la diferencia de sexo se manifiesta bajo forma
derivativa, como en el caso de actor/actress (‘actor/actriz’), pero también en ese caso el rasgo
es de tipo semántico y no gramatical. Los sustantivos que presentan diferencias visibles
cuando hacen referencia a varones o a mujeres se asemejan, pues, a los heterónimos del
español, con la diferencia que los del inglés sólo contienen rasgos semánticos asociados al
sexo biológico, mientras que los del español contienen, además de los rasgos léxicos, una
especificación de género gramatical, formal e inherente, como corresponde a la clase de los
sustantivos.
El resto de los nombres que hacen referencia a personas, como president, witness, singer
(‘presidente’, ‘testigo’, ‘cantante’) carecen de especificación semántica relativa al sexo de su
referente, así que pueden utilizarse indistintamente para varones y mujeres, de modo
semejante a lo que ocurre en el español con los nombre epicenos (con la diferencia evidente
de que en español los nombres epicenos sí tienen género, aunque este no se relacione con el
sexo biológico de sus referentes). En todo caso, conviene insistir en que en inglés, ningún
tipo de nombre (ni los que lexicalizan la diferencia de sexo en palabras diferentes, ni los que
no lo hacen) posee el rasgo gramatical de género.
En segundo lugar, es igualmente imprescindible entender en sus justos términos la relación
que se establece entre sintagmas nominales y pronombres en inglés. Considérese la oración
de (3):
V. ESCANDELL-VIDAL: Género gramatical. Cambio ecológico y tipología lingüística. 2018
(3) Maryi thinks that shei/j will win
Maria creer.PRS.1SG que ella FUT ganar
‘María cree que va a ganar ella’
Esta oración admite dos interpretaciones posibles: en una de ellas, María es la persona que
va a ganar; en otra, quien va a ganar es otra mujer. En el primer caso hay una relación de
correferencia entre el nombre propio Mary y el pronombre she. La aparición del pronombre
she no es resultado de una relación de concordancia impuesta por el género del nombre
propio, ya que el rasgo del pronombre es inherente, y no dependiente; si ambos coinciden es
porque tanto el nombre propio como el pronombre hacen referencia a la misma entidad, pero
no porque haya una relación de concordancia gramatical entre ellos. En la segunda
interpretación, no hay correferencia, y cada una de las expresiones se liga a una entidad
distinta.
En resumen, aunque el sistema pronominal del inglés parece mostrar diferencias de género
inherente, y los sustantivos pueden contener rasgos semántico-conceptuales como [varón] y
[mujer], lo cierto es que ninguno de estos dos hechos es suficiente para afirmar que el inglés
posee la categoría gramatical de género. Los rasgos de tipo conceptual pertenecen al nivel
léxico, no al gramatical; y los rasgos de los pronombres, que sí podrían considerarse formales
e inherentes, no tienen la contraparte necesaria en todo sistema de género gramatical, que
tiene que venir dada por un subsistema de marcas de concordancia dependientes capaz de
hacer posible el copiado de los rasgos inherentes de sustantivos y pronombres en otras
categorías, como los determinantes, los adjetivos o los verbos.
7. El doblete de género, una especie invasiva
En los últimos años las lenguas románicas están experimentando la presión externa de
quienes preconizan la necesidad de desdoblar sistemáticamente el masculino y el femenino
para visibilizar a las mujeres, tal y como se hace en inglés con los sustantivos que marcan la
diferencia por medios léxicos.
Efectivamente, al carecer de la categoría gramatical de género, el inglés carece también de
oposiciones paradigmáticas asimétricas, con un término neutral, o extensivo, y un término
marcado, o intensivo (con la excepción mencionada más arriba en relación con los
pronombres personales). Cuando el contraste se establece solo entre rasgos semánticos
manifestados en diferencias léxicas (y no entre valores de una misma categoría gramatical),
la neutralización resulta prácticamente imposible, como ocurre también entre las parejas de
heterónimos en español. Por eso en inglés boys no puede significar ‘chicos y chicas’, sino
solo ‘chicos varones’; y cuando se quiere hacer referencia a individuos de los dos sexos es
imprescindible utilizar los dos términos, boys and girls (‘chicos varones y chicas’) o ladies
and gentlemen (‘damas y caballeros’), ya que ninguno de ellos puede funcionar como término
neutral y abarcador. La mención de los dos términos es necesaria, por tanto, cuando ninguno
de ellos es neutral con respecto a la indicación del sexo y se quiere hacer referencia a la
totalidad del conjunto.
V. ESCANDELL-VIDAL: Género gramatical. Cambio ecológico y tipología lingüística. 2018
El doblete de género en español se sustenta sobre el argumento general de que el masculino
neutral o inclusivo mantiene invisibles a las mujeres. Desde este presupuesto, diferentes
asociaciones ciudadanas, algunos partidos políticos, e incluso ciertos organismos oficiales, a
través de sus libros de estilo, urgen a los hablantes a que produzcan sistemáticamente
sintagmas como los niños y las niñas, los ciudadanos y las ciudadanas, los trabajadores y
las trabajadoras. Quienes no lo hacen así sufren no solo la sanción social de ser tachados de
machistas, sino incluso, en algunos casos, sanciones de tipo económico, al negárseles el
acceso a ciertas ayudas públicas si no se ajustan a las normas impuestas.
Las buenas intenciones con que se emiten estas recomendaciones visibilizadoras, que luchan
por una igualdad sin duda irrenunciable, ignoran, sin embargo, el funcionamiento del sistema
lingüístico, y se hacen de espaldas a las causas que determinan el cambio, y en contra de los
tiempos propios del sistema (Cf Bosque 2012; Roca 2005, 2009, 2013a, 2013b).
El dobletismo impuesto desde el exterior de la lengua, preconizado como método para
cambiar la realidad social, desatiende la ecología del sistema lingüístico e introduce en su
hábitat un elemento extraño e invasivo, que los usuarios no gestionan bien, y que tiene
implicaciones de mucho mayor alcance. ¿Cuáles son las consecuencias para el sistema del
español de la introducción masiva del doblete de género? Cuando se quiere cortar el sistema
de género gramatical del español con las pautas que nos vienen impuestas desde el inglés se
desencadena un efecto-dominó con repercusiones sobre todo el sistema.
La imposición que obliga a utilizar el femenino tan pronto como en el grupo hay mujeres
produce en muchas ocasiones secuencias no solo artificiales, sino en un buen número de
casos absurdas, erróneas, equívocas, o difíciles de procesar. He aquí algunas muestras reales,
tomadas de los medios de comunicación o los discursos de políticos y universitarios:
(4) a. Una de cada tres trabajadoras autónomas es mujer
b. El objetivo de este programa de igualdad es sensibilizar a los trabajadores y las
trabajadoras, y en especial a los periodistas, ….
c. Concurre a una plaza de catedrática (¿solo se pueden presentar mujeres?)
d. Señores profesores, alumnos y alumnas
e. Hemos recibido 58 alumnos y alumnas nuevas
f. En el ferry siniestrado viajaban 643 pasajeros y pasajeras.
Para que el doblete pasara a tener sentido, haría falta primero que el género dejara de ser un
rasgo gramatical formal para convertirse, como en inglés, en una indicación semántica de
sexo biológico. Este paso es un paso previo necesario para desactivar la estructura de los
contrastes gramaticales que se articulan alrededor de un término neutral y un término
marcado. La única manera de dejar sin efecto este mecanismo regular consiste en negarle su
carácter gramatical e imponer la idea de que se trata de un atributo semántico y léxico.
Para poder anular el carácter gramatical del género, habría que eliminarlo también en todos
los demás sustantivos, los que no guardan relación con el sexo biológico, para permitir que
las que hasta entonces habían sido diferencias gramaticales, pasen a ser ahora diferencias
léxicas visibles solo en un subconjunto limitado del léxico: aquel que se refiere a personas.
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Eliminar el género como rasgo inherente de los sustantivos requiere, igualmente, eliminarlo
de todas aquellas palabras en las que el género era un rasgo flexivo dependiente, destinado a
hacer visibles ciertos tipos de relación gramatical. Esto afectaría, en el caso del español, a los
adjetivos y también a los determinantes y los cuantificadores.
Para que el sistema funcionara, sería preciso mantener las diferencias de género en el sistema
pronominal, seguramente reajustando el inestable paradigma de los clíticos en la dirección
necesaria para que hicieran manifiesto el sexo de sus referentes, es decir, eliminando las
diferencias asociadas a la función sintáctica y generalizando en su lugar los fenómenos que
hoy llamamos laísmo y loísmo, en las funciones tanto de objeto directo como de objeto
indirecto.
Solo tras estos cambios generalizados el sistema volvería a ser estable: un sistema calcado
del sistema actual del inglés, sin género gramatical inherente en los nombres, sin género
gramatical dependiente en los adjetivos, con diferencias léxicas (y no gramaticales) en los
nombres que se refieran a personas, y con el mantenimiento de las distinciones en los
pronombres, una vez desaparecidas las antiguas formas herederas de las distinciones de caso
latinas.
9. A favor del cambio ecológico espontáneo
Una lengua es un sistema ecológico: un sistema de interdependencias mutuas o, como
preconizaron los padres del estructuralismo, “la langue est un système où tout se tient”. De
los padres de la Lingüística aprendimos, igualmente, que las lenguas cambian; y lo hacen no
de manera caprichosa, impuesta por decreto o arbitraria, sino con el consenso tácito de la
colectividad lingüística y en un periodo más o menos amplio de tiempo. Los sistemas
funcionan como organismos vivos y dinámicos, capaces de adaptarse paulatinamente a las
exigencias del entorno por sí mismos, sin necesidad de que se legislen desde fuera los
cambios. Es más, tenemos ejemplos ilustres (por ejemplo el Appendix Probi, del s. III) de
recomendaciones de lo que se debe y no se debe decir que se han visto ampliamente
desmentidos por la evolución real del cambio lingüístico. Intervenir desde fuera en el
equilibrio de un sistema, modificar arbitrariamente y desde el exterior un aspecto cualquiera
de su funcionamiento tiene consecuencias sobre todo el sistema.
La evolución de las lenguas nos ofrece ejemplos muy interesantes sobre cómo las realidades
sociales promueven de manera espontánea cambios promovidos desde la conciencia
lingüística de la colectividad de usuarios: cambios parciales, paulatinos, y siempre dentro de
las posibilidades del sistema, sin subvertir sus fundamentos.
La historia de la pareja actor/actress en inglés es, efectivamente, muy ilustrativa de cómo las
lenguas se van adaptando de manera espontánea a los cambios en la realidad social. Según
refiere el Oxford English Dictionary (s.v. actor), en tiempos de Shakespeare los papeles de
mujeres en las obras de teatro eran representados por chicos u hombres. En esa época, pues,
el término actor se refería únicamente a varones. Las mujeres no aparecieron en escena hasta
después de la Restauración de 1660. Cuando lo hicieron, estas mujeres se denominaban
actors, y esto provocó una ampliación del rasgo semántico del término, que pasaba a contener
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un rasgo [humano], capaz de englobar por igual a varones y mujeres. Poco a poco, fue
imponiéndose también la forma actress, que contenía ya una especificación léxica (no de
género gramatical) que restringía su uso exclusivamente a las mujeres que actuaban. Durante
un tiempo, el término actor se comportó, pues, como el término neutral e inclusivo, mientras
que actress era el término marcado. La evolución condujo después a una especialización
paralela del término actor, que se entendió como referido sólo a varones. En este estadio de
la lengua, la única posibilidad de referirse a todos los que actúan solo puede hacerse por
medio de la mención expresa de los dos términos. En el momento actual, en cambio, se está
volviendo aparentemente a la situación de los inicios. Las mujeres no quieren que se use un
término especial para ellas, sino que quieren recuperar el término neutral, no marcado, que
acoge a todos los miembros de la profesión:
Actor Actor
[humano] [varón]
Actor Actor Actor
[varón] [humano] [humano]
Actress Actress
[mujer] [mujer}
1580 1660 1950 2010
Fig. 11: El contraste actor/actress en la línea del tiempo
Otro ejemplo de cómo las lenguas van ajustando sus opciones designativas a los cambios
sociales lo encontramos en el español (cf. también Álvarez de Miranda 2006). Hasta los años
’50, las versiones femeninas de muchos nombres de cargos se referían exclusivamente a las
esposas de los varones que ocupaban dichos puestos: así, la Regenta era ‘la esposa del
Regente’, la jueza era ‘la esposa del juez’ y la generala era ‘la esposa del general’. Tres
décadas después, con la irrupción de las mujeres en el ámbito laboral, los términos referidos
a profesiones se reanalizan primero como sustantivos ambiguos (comunes, o de doble
género), y en los años ’80 ya se han generalizado las formas el/la juez, el/la médico. En la
actualidad, el uso ha normalizado las formaciones de apariencia flexiva: el juez/la jueza, el
médico/la médica. Para quienes siguen el sistema natural y espontáneo del español, la forma
neutral abarca sin problemas los dos sexos; en las soluciones impuestas, se preconiza la
abolición del género gramatical en aras de una diferencia exclusivamente léxica basada en el
sexo biológico. Cuál de las dos opciones acabe triunfando es algo que no puede imponerse
desde el exterior, sino que tiene que resultar del consenso tácito de los usuarios. Pero
seguramente tampoco este sea el final. ¿Es posible que, dentro de algunos años, los hablantes
reivindiquen otra vez el término general e inclusivo, como se ha hecho en inglés?
La historia nos ha dejado, pues, ejemplos elocuentes de cómo cambian las lenguas de manera
espontánea y no traumática, movidas desde dentro, desde la voluntad colectiva de sus
hablantes, y no inducidas desde fuera, con la introducción impuesta de especies léxicas
invasivas que le son ajenas y que alteran su equilibrio natural. Dejemos, pues, que sean los
hablantes y el sistema los que vayan estableciendo sus elecciones y sus tiempos.
V. ESCANDELL-VIDAL: Género gramatical. Cambio ecológico y tipología lingüística. 2018
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... Las buenas intenciones con que se emiten estas recomendaciones no tienen en cuenta el funcionamiento de la lengua: las propuestas se hacen de espaldas a las causas que determinan el cambio y en contra de los tiempos propios del sistema (cf. Bosque 2012; Roca 2005Roca , 2009Roca , 2013aRoca , 2013bEscandell-Vidal 2018). Cuando se quiere cortar el sistema de género gramatical del español con las pautas que nos vienen impuestas desde el inglés se desencadena un efecto-dominó con repercusiones sobre todo el sistema. ...
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EN TORNO AL GÉNERO INCLUSIVO En este trabajo se presenta un conjunto de reflexiones sobre el género como categoría gramatical encaminadas a ofrecer un marco de referencia capaz de sustentar un pensamiento independiente y razonado para escapar de la dinámica de la polarización en torno a este tema. Se explica qué es el género gramatical, cómo se expresan las diferencias de sexo cuando los referentes son humanos, cuáles son los mecanismos formales que subyacen a su expresión en las lenguas, cuáles son las estrategias alternativas propuestas y qué implicaciones tiene la utilización de estas estrategias.
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Gender is a fascinating category, central in some languages, absent in others. The term gender is normal in some traditions, in Indo-European and Dravidian studies for instance, while others use the term noun class (sometimes preferred by Caucasianists and Australianists). A language may have two or more such classes or genders. In many languages there is no dispute as to the number of genders, but there are other languages where the question is far from straightforward; consequently it is important to investigate how we solve such cases. Furthermore, the classification may correspond to a real-world distinction of sex, at least in part, but often too it does not (‘gender’ derives etymologically from Latin genus, via Old French gendre, and originally meant ‘kind’ or ‘sort’). While nouns may be classified in various ways, only one type of classification counts as a gender system; it is one which is reflected beyond the nouns themselves through agreement. For example, in Russian we find: Novyj dom ‘new house’, novaja gazeta ‘new newspaper’ and novoe taksi ‘new taxi’. These examples demonstrate the existence of three genders, because the adjective nov-‘new’ changes in form according to the noun. There are numerous other nouns like dom ‘house’, together making up one gender. Since this gender includes many nouns denoting males, like otec ‘father’, it is known as the ‘masculine gender’.
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Chapter
According to deeply entrenched descriptive and pedagogical traditions, gender is the basic organizing factor in the inflectional morphology of Spanish nouns and adjectives. In ‘The Exponence of Gender in Spanish’ (Harris 1991, hereafter ‘EGS’), I have argued that this tradition is wrong: gender is only one of three interrelated but distinct and autonomous domains relevant to inflection, namely, biological/semantic sex, syntactic gender, and morphological form class. Each of these domains has its own internal organization and its own formal mechanisms. For example, morphological form- class affiliation plays no role in syntactic gender concord, and the single monovalent diacritic mark motivated by gender asymmetries is not formally equivalent to any of the several marks needed to register the assignment of lexical items to form classes.1
¿La presidenta o la presidente? Una polémica de 1787
  • Miranda Álvarez De
ÁLVAREZ DE MIRANDA, P. (2006): "¿La presidenta o la presidente? Una polémica de 1787", en C. Gonzalo y P. Hernúñez (coords.), Corcillum. Estudios de traducción, lingüística y filología dedicados a Valentín García Yebra, Madrid: Arco/Libros, pp. 805-823.