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Imágenes que vienen del pasado. Las fotografías de los llamados 'campos de concentración' de la guerra en Colombia.

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Abstract

Este artículo examina las fotografías que los medios de comunicación y sectores de opinión denominaron “los campos de concentración de las farc” en Colombia. Utilizadas como analogías de los campos de concentración nazis, estas imágenes, publicadas por primera vez en octubre de 2000, se erigieron en “plantillas” del horror imperdonable. La reflexión plantea cómo las narrativas y las imágenes de los medios se constituyen en vehículos con capacidad para orientar la memoria no solo del pasado, sino del presente y el futuro.
95Núm. 31, enero-abril, 2018, pp. 95-121.
Imágenes que vienen
del pasado.
Las fotografías de los
llamados campos de
concentración de la guerra
en Colombia
Pictures that come from
the past. The photographs of the
so-called concentration camps
of the war in Colombia
Jorge iVán Bonilla Vélez1
http://orcid.org/0000-0002-2883-1418
Este artículo examina las fotografías que los medios de comunicación y sectores de opi-
nión denominaron “los campos de concentración de las farc” en Colombia. Utilizadas
como analogías de los campos de concentración nazis, estas imágenes, publicadas por
primera vez en octubre de 2000, se erigieron en “plantillas” del horror imperdonable.
La reexión plantea cómo las narrativas y las imágenes de los medios se constituyen en
vehículos con capacidad para orientar la memoria no solo del pasado, sino del presente
y el futuro.
palaBras claVe: Fotografía, memoria, campos de concentración, guerra, Colombia.
This paper examines the photographs that media and sectors of opinion named “the
concentration camps of the farc” in Colombia. Used as analogies of the Nazis concen-
tration camps, these pictures published by the rst time in October, 2000, were erected
in “templates” of the unforgivable horror. The reection raises how the narratives and
the images of the media are constituted in vehicles with capacity to guide the memory not
only of the past, but of the present and the future.
Keywords: Photography, memory, concentration camps, war, Colombia.
1 Universidad eafit, Colombia.
Correo electrónico: jbonilla@eat.edu.co
Fecha de recepción: 21/06/17. Aceptación: 16/10/17.
96 Jorge Iván Bonilla Vélez
Y las fotografías hacen eco de otras: era inevitable que
las de los demacrados prisioneros bosnios en Omarska,
el campo de exterminio serbio creado en el norte de
Bosnia en 1992, trajeran a la memoria las realizadas en
los campos de la muerte nazis en 1945.
Susan Sontag, Ante el dolor de los demás.
introDucción
A comienzos de octubre de 2000, un número considerable de perió-
dicos, revistas y noticieros de televisión colombianos publicaron un
conjunto de imágenes en las que se mostraba a un grupo de policías y
militares posando ante la cámara, detrás de una cerca rodeada con alam-
bres de púa que circundaba el campamento donde estos habían sido
connados por la entonces guerrilla de las farc (Fuerzas Armadas Re-
volucionarias de Colombia).2 Mostradas inicialmente como pruebas de
supervivencia, estas imágenes pronto adquirieron una connotación ma-
yor: se constituyeron en el testimonio de la existencia de los “campos
de concentración” que esta guerrilla había instalado en las selvas del
2 Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo,
farc-ep, fue la guerrilla más antigua del continente americano. Surgida en
1964 como un movimiento de autodefensa campesina que reivindicaba el
acceso a las tierras y la lucha contra el establecimiento, esta luego se trans-
formó en una organización armada con presencia en la mayor parte del te-
rritorio nacional. El periodo del que hacen parte estas imágenes correspon-
de al de mayor auge militar de esta guerrilla en su intento por transformar
su lucha armada de una guerra de guerrillas a una guerra de territorios, lo
que signicó un incremento de su confrontación bélica con las fuerzas mili-
tares y de policía del Estado colombiano. Luego de 52 años de insurrección
armada y de tres procesos de paz fallidos (1984-1985; 1992; 1999-2002),
las farc rmaron la paz con el gobierno del presidente Juan Manuel Santos
en octubre de 2016, después de cuatro años de negociaciones en la Habana,
Cuba. En junio de 2017 dejaron de existir como organización armada. Véa-
se: Grupo de Memoria Histórica (2013), Comisión Histórica del Conicto
y sus Víctimas (2015).
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Imágenes que vienen del pasado ...
sur del país, una analogía a la que acudieron periodistas, funcionarios
del gobierno y comentaristas de prensa con el n de asociar la memoria
de un evento del pasado –el genocidio de los judíos en los campos de
la muerte del nazismo– a la crueldad de un acontecimiento del presente
(el cautiverio de integrantes de la Fuerza Pública en poder de las farc).
Estas imágenes de los soldados y policías detrás de la alambrada
invitan a pensar con qué frecuencia las hemos visto antes. Ellas reme-
moran algunas escenas captadas por los reporteros que acompañaron a
las tropas Aliadas durante la liberación de los campos de concentración
nazis al nal de la Segunda Guerra Mundial, cuya memoria visual se ha
convertido en un prisma a través del cual se suele interpretar otros casos
de exterminio, genocidio, terrorismo de Estado y violencia fratricida
(Campbell, 2002b; Hoskins & O’Loughlin, 2010; Novick, 2000; Ze-
lizer, 1998). Como arma Huyssen (2002), que el Holocausto se haya
convertido “en un tropos universal del trauma histórico” de las socie-
dades modernas tiene que ver con que este –sus imágenes, memorias,
discursos y testimonios– se considera no solo como un índice de un
acontecimiento histórico especíco que tuvo lugar en una sociedad y
una época determinada, sino como una metáfora extensiva que se uti-
liza para comprender experiencias traumáticas y prácticas de memoria
trasladadas a contextos locales, temporalidades lejanas y situaciones
diferentes respecto del evento original (p. 18).
Que los campos de la muerte del nazismo se constituyan en un pun-
to de referencia de la atrocidad contemporánea signica además que sus
imágenes, relatos y testimonios no solo son reapropiados como pruebas
fehacientes de lo que allí sucedió, sino superpuestos a otras crisis y
tragedias, en un ejercicio de equivalencia moral en el que este, el Holo-
causto, se erige en una lección para prevenir desastres por venir (Dean,
2004); un marco para encuadrar cómo la crueldad será recordada (Brink,
2000; Pollock, 2012; Zelizer, 1998); una “plantilla” retrospectiva para
enmarcar acontecimientos posteriores (Kitzinger, 2000); un aconteci-
miento para examinar la supervivencia de la imagen y reconsiderar por
esta vía la memoria visual del horror (Didi-Huberman, 2004; García &
Longoni, 2013); o un ícono de la memoria globalizada y mediatizada de
las sociedades actuales (Levi & Sznaider, 2005). Porque, como arma
Peter Novick, al convertir el Holocausto en la atrocidad emblemática,
98 Jorge Iván Bonilla Vélez
¿signica que este es el criterio por el cual decidimos qué horrores nos
llaman la atención? (2000, p. 257).
Este artículo examina las imágenes que en su momento los medios
de comunicación y sectores de opinión en Colombia denominaron “los
campos de concentración de las farc”, un término utilizado para aludir
a las condiciones inhumanas a las cuales eran sometidos los policías y
militares capturados en combate, y a quienes esta guerrilla utilizaba no
solo para demostrar su poder militar y dominio territorial, sino también
para obtener el reconocimiento de su estatus de beligerancia (Aguilera,
2013; Pizarro, 2011) y presionar al gobierno del presidente Andrés Pas-
trana (1998-2002) a la realización de un acuerdo humanitario, en una
época en que el escalamiento de la confrontación armada en el país co-
rría paralelo a la degradación de las prácticas de guerra de los diversos
actores involucrados; guerrillas, paramilitares, narcotracantes y fuer-
zas del Estado (Grupo de Memoria Histórica, 2013). El texto plantea
que la analogía de los campos de concentración alemanes empleada
por la prensa colombiana para dar cuenta de las condiciones de cautive-
rio de los policías y militares se erigió como una “plantilla” del horror
imperdonable que se utilizó para anclar un episodio atroz del presente
a una memoria histórica de la atrocidad, en un entrecruzamiento en
el cual las imágenes ayudaron a enmarcar prácticas de mirar, narrar y
nombrar dicho episodio. Al nal, el trabajo brinda algunas reexiones
para posteriores investigaciones que profundicen en los modos en que
los colombianos hemos prestado atención, o dejado de hacerlo, a los
horrores de nuestra guerra, hoy en proceso de superación, gracias a los
acuerdos de paz rmados entre el gobierno del presidente Juan Manuel
Santos y las farc.3
3 Enelmomentodeescribirdeesteartículoyasehabíanalizadoelproceso
de entrega de armas de esta guerrilla ante delegados de la onu,peroseguía
en vilo el retorno de los guerrilleros a la vida civil y todavía no había co-
menzadoa implementarse el sistemadejusticia transicional –JusticiaEs-
pecialparalaPaz–parajuzgarloscrímenescometidosporlosactores del
conictoarmadointerno,lasfarc entre ellos.
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Imágenes que vienen del pasado ...
íconos De atrociDaD:
memoria y reciclaJe Visual
Una de las reutilizaciones más elocuentes de la plantilla del Holocausto
para referirse a las prácticas de la guerra en Colombia es aquella que
se remonta al año 2000, luego de que el periodista Jorge Enrique Bo-
tero viajara a las selvas del sur del país a documentar las condiciones
de cautiverio en las que se encontraba un grupo de 261 integrantes de
la Fuerza Pública, a los que las farc habían capturado en combate,
luego de una serie consecutiva de ataques y operaciones bélicas contra
bases militares, estaciones de telecomunicaciones, patrullas del ejército
y comandos de policía en los departamentos de Nariño, Putumayo, Ca-
quetá, Guaviare, Meta y Vaupés durante la segunda mitad de los años
noventa, concretamente entre 1996 y 1999.4 En este recorrido, Botero
4 Accionesdeguerraquelesignicaronalasfarc sendos triunfos militares
contralasfuerzasarmadasypolicialesdelEstado.Estascomenzaroncon
elataque a la base militardeLasDelicias, ubicada en el municipiode
PuertoLeguízamo,Putumayo, el30deagostode1996,endondemurie-
ron27 militaresyotros60 fueronretenidoshasta juniode1997cuando
fueronliberados ante una comisióndelaCruz Roja Internacionalenel
DepartamentodelCaquetá.Aestalesiguieronvarias accionesde guerra
más:latomaalcerroPatascoy,enlímitesentreNariñoyPutumayo,donde
fueroncautivos18militares,el21dediciembrede1997;elcombatecon
unidadesdelEjércitoenlaquebradaElBillar,enzonaruraldeCartagena
delChairá,Caquetá,dondemurieron61militaresyotros43fueronreteni-
dos,el1demarzode1998;elataquealasinstalacionesdondefuncionaba
labase antinarcóticos de la Policía Nacionalyunbatallón del Ejército
enel municipiode Miraores,Guaviare,dedondefueron capturados73
integrantesdelEjércitoy56delaPolicía,el3deagostode1998;latoma
deMitú, capitaldeldepartamento delVaupés,donde61miembros dela
FuerzaPública,entrepolicíasyauxiliares,fuerontomadosprisionerosel1
denoviembrede1998;yelataquealcomandodepolicíadelmunicipiode
PuertoRico,Meta,dondelasfarcretuvierona28policíasel10dejulio
de1999, entre otras. La mayoría delosmilitaresy policías cautivos en
estasincursionesarmadasfueronliberadosenjuniode2001,enelmarco
100 Jorge Iván Bonilla Vélez
visitó los campamentos donde permanecían recluidos desde hacía años
los policías y militares en poder de las farc, en un momento en que se
comenzaba a agitar en el país la gura de un acuerdo humanitario que
permitiría canjear guerrilleros presos de las farc que permanecían en
las cárceles del Estado por integrantes de la Fuerza Pública, en el marco
del fallido proceso de paz liderado por el presidente Andrés Pastrana.
Es en este contexto en que el periodista realiza el informe televisi-
vo titulado “En el verde mar del olvido” (Botero & Osma, 2000),5 un
reportaje de treinta minutos de duración que comienza con la crónica
del reportero de su viaje a la selva; continúa con las dramáticas escenas
del cautiverio de los policías y militares, el encuentro que ellos sostie-
nen con Marleny Orjuela y Luz Amparo Rico, parientes de dos de los
uniformados retenidos, que viajaron con Botero llevándoles mensajes,
fotos y cartas de sus familiares; continua con algunas entrevistas a los
uniformados que le hablan al reportero sobre cómo son sus días en la
selva, sus padecimientos y del desamparo en que se hallan por parte
del Estado; y naliza con una entrevista con el jefe militar de las farc,
‘Jorge Briceño’ o ‘Mono Jojoy’, a quien el reportaje presenta además
en una improvisada “reunión” con los integrantes de la Fuerza Pública
que le formulan preguntas sobre las condiciones de su cautiverio. Pre-
visto para ser emitido en la franja horaria de las 23:30 del miércoles
4 de octubre de 2000 por el canal Caracol, el reportaje nalmente no
salió ‘al aire’ debido a las presiones del gobierno y de la entonces Co-
misión Nacional de Televisión, cntV, que intervino ante los directivos
del canal para que este no se transmitiera, alegando, según la carta que
se conoció del entonces presidente de la junta directiva de la cntV,
Ricardo Lombana, razones patrióticas que el comisionado defendía con
las siguientes palabras:
delfallidoproceso depazentreelgobierno delpresidentePastranaylas
farc.Allíestasúltimasliberaron250policíasysoldadossinrango,pero
mantuvieronretenidos a54ocialesy subociales,32del Ejército y22
delaPolicía.
5 El reportaje completo se puede consultar en la siguiente dirección electró-
nica: https://www.youtube.com/watch?v=UV33PeL51ik
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Imágenes que vienen del pasado ...
La carta dice que el país ha estado expuesto durante las últimas semanas
a la repetición de las imágenes de los soldados que, sin duda, evidencian
una violación del Derecho Internacional Humanitario. Y esas imágenes que
mostraban la desgracia de unas personas y la exaltación del dolor va a afectar
a núcleos de población como los niños Era más una carta de reexión
que cualquier otra cosa porque las imágenes sobre la violencia y el conicto
tienen que ser manejadas con un criterio más de ilustración que con apetito
comercial (“La carta de la cntV”, 2000).
Las razones expuestas por la cntV para prohibir este reportaje adu-
ciendo, por una parte, que atentaba contra la dignidad humana de los
soldados y, por la otra, que lesionaba los sentimientos de los niños, se
movilizaron hacia un escenario contrario. Porque si bien el reportaje
no se transmitió, algunas de sus imágenes fragmentadas se lograron
emitir en las emisiones de las 12:30 y las 19:00 horas de ese mismo
miércoles, editadas por el propio reportero como un avance de lo que
los televidentes estaban a punto de presenciar horas después. ¿Y qué
era lo estos iban a presenciar? Las poderosas imágenes de “los campos
de concentración de las farc” en las selvas del país. Pues aunque la
narrativa predominante del reportaje apuntaba en otra dirección: la de
exponer el olvido en que estos hombres se encontraban ante la desidia
del gobierno y la indolencia de las farc, esta pronto fue sustituida por
la del horror de los campos, que fue precisamente la expresión con que
el gobierno nacional, los medios de comunicación y algunos comenta-
ristas políticos reaccionaron para darle crédito a las dramáticas escenas
que testimoniaban las condiciones de cautiverio de los policías y mili-
tares que comparecían en el reportaje televisivo.
Las reacciones no se hicieron esperar. Para la muestra dos botones.
El diario El Tiempo, en su editorial titulado “Estado Farco-Nazi”, ar-
maba, por ejemplo, que:
Las imágenes tienen como fondo la inaceptable pretensión de las farc
proclamada por el Mono Jojoy en el video de erigirse en otro Estado … Este
exabrupto no solo es rechazado por la opinión de la abrumadora mayoría de
la Nación sino por el derecho interno, la jurisprudencia internacional y el
más elemental sentido común. Con mayor razón cuando ese supuesto Estado
102 Jorge Iván Bonilla Vélez
guarda semejanzas tan aterradoras con el que los nazis quisieron imponerle
al mundo hace medio siglo” (“Estado Farco-Nazi”, 2008).
Por su parte, el columnista de prensa Roberto Posada García-Peña
–D’Artagnan– armaba frente al hecho estremecedor de tales imágenes
que:
Ni en la Alemania de los nazis se veían escenas tan aterradoras de lo que en
este caso también constituyen verdaderos campos de concentración debida-
mente protegidos –ahí sí– por alambradas hostiles de las que nadie se puede
escapar. Contrario a lo que ocurre todos los días en nuestras cárceles de alta
seguridad (D’Artagnan, 2000, pp. 1-19).
A partir de ese momento las comparaciones y las recurrencias vi-
suales y discursivas que asemejaba estas imágenes con las prácticas
del nazismo comenzaron a circular no solo como un valor de verdad
–la prueba visual y testimonial de que los uniformados estaban vivos
y clamaban por un acuerdo humanitario–, sino como una fuerza sim-
bólica: las condiciones de cautiverio de los integrantes de la Fuerza
Pública se convirtieron en un símbolo de la infamia de las farc. Y para
esto se acudió al uso reciclado de imágenes ya existentes y de fuer-
te recordación en los archivos de la memoria colectiva (mediatizada y
globalizada).
¿No es esto acaso lo que se puede apreciar en la siguiente portada
del diario El Tiempo (“Así están los soldados secuestrados”, 2000, p. 1)
(Figura 1) y en las sucesivas imágenes (Figuras 3, 4 y 5) que muestran
a un grupo de policías y militares detrás de un cerco rodeado por alam-
bres en los campamentos de las farc donde se encontraban cautivos?
¿Dónde las hemos visto antes? Hay una fotografía de la famosa reporte-
ra gráca Margaret Bourke-White que nos invita a volver a la memoria.
Es una foto en blanco y negro tomada en abril de 1945 en el campo de
Buchenwald, a donde la fotógrafa había viajado, acompañando a las
tropas estadounidenses en su incursión victoriosa al territorio alemán,
al nal de la Segunda Guerra Mundial, como parte de la estrategia do-
cumental emprendida por los Aliados para demostrar que las atrocida-
des perpetradas por los nazis no eran historias inventadas (Campbell,
103
Imágenes que vienen del pasado ...
2002a; Lineld, 2010). Titulada The Living Dead at Buchenwald, April
1945, la foto muestra a un grupo de hombres judíos sobrevivientes,
unos veinte quizá, detrás de una cerca levantada con alambre de púas
que posan ante la lente de la cámara de la reportera. Esta es una foto-
grafía icónica de la liberación de los campos de concentración que ha
viajado hasta nuestros días, y de la cual el historiador Theodore M.
Brown decía en 1973:
[Esta] es seguramente la mejor de las miles de imágenes goyescas hechas
en los campos de la muerte. Cosido a través de la supercie del cuadro, el
amenazante alambre de púas establece una separación entre el espectador y
los prisioneros … La imagen sigue siendo un testimonio duradero del tipo de
inerno en la tierra que solamente los humanos pueden crear (Brown, citado
en Campbell, 2002a, p. 4).
Como esta, hay otras imágenes más que fueron tomadas por otros
reporteros y soldados durante la liberación de Auschwitz-Birkenau, en
enero de 1945, en las que se muestran grupos de judíos en composicio-
figura 1
Fuente: Primera página de El Tiempo, 7 de octubre de 2000.
104 Jorge Iván Bonilla Vélez
nes similares, todos en malas condiciones, posando detrás de cercas de
alambre (pero ya no solo hombres como la anterior, sino que incluyen
a mujeres y niños), las mismas que han sido utilizadas para enmarcar
la narrativa general de la barbarie nazi, y que a diferencia de la cita-
da foto de Bourke-White su iconicidad deriva de su referencialidad
muda, ya que son imágenes que desde su realización proporcionaron
poca información referencial pues no se sabe quién tomó esas fotos y
quiénes eran las personas allí fotograadas, enfatizando con esto su
carácter simbólico: el de ser íconos de la atrocidad (Zelizer, 1998, pp.
86-140).
Pero, ¿por qué decimos que una imagen puede ser icónica? Dice la
historiadora cultural Brink que el término ícono se usa frecuentemente
sin que tengamos una idea precisa de qué es lo que transforma, por
ejemplo, una fotografía en un ícono (Brink, 2000, p. 136). En su análi-
sis sobre algunas fotografías de la liberación de los campos de concen-
tración nazis, Brink plantea que, si bien estas fotos no son íconos en un
sentido estricto de la palabra, se las mira como si lo fueran debido a su
alto impacto emocional y a su gran poder de simbolización (p. 141). Por
eso, Brink propone relacionar dicho concepto con su marco histórico y
con las imágenes religiosas de la ortodoxia cristiana con el n de hallar
las analogías que se pueden encontrar entre las imágenes del presente
y las que nos vienen de otros tiempos de la historia (pp. 139-142). Una
analogía –entre una foto y un ícono– que, según ella, puede resultar
extraña por cuanto hoy hacemos esta relación en un marco político,
educativo y cultural que no es el contexto religioso que inicialmente les
otorgó vida a las imágenes de culto (p. 142). Brink retoma el término
de “íconos seculares”, acuñado por la historiadora de la fotografía Vicki
Goldberg, y con el cual esta última se reere a aquellas imágenes que
no solo logran inspirar algún grado de asombro, miedo y compasión,
sino que “representan una época o sistema de creencias” al permear
trasfondos simbólicos compartidos y alcanzar marcos de referencia de
amplia difusión y recordación (Goldberg, 1991, p. 135). Y que, por lo
mismo, tienen la capacidad de concentrar las esperanzas y temores de
millones de personas alrededor de momentos signicativos de la histo-
ria, de “fenómenos complejos como el poder del espíritu o la destruc-
ción universal” (p. 135).
105
Imágenes que vienen del pasado ...
En su libro Remembering to forget. Holocaust memory through the
camera’s eye (1998), la reconocida teórica visual Zelizer plantea que
las fotografías de los campos de concentración jugaron un papel pri-
mordial, no solo porque proporcionaron la prueba reina de la barbarie
cometida por los nazis, sino porque fueron consideradas bajo un signi-
cado cultural más amplio que desbordó su mera función referencial: se
constituyeron en símbolos universales de la atrocidad, lo cual produjo
una alta repercusión en los públicos que se exponían a estas imágenes y
se apropiaban de ellas (pp. 86-140). En este contexto, señala Zelizer, la
memoria del Holocausto suele operar como un evento retrospectivo, un
telón de fondo que pre-visualiza las fotografías de otras atrocidades por
venir por parte de los medios, al menos de tres maneras diferentes, pero
articuladas entre sí. La primera, es mediante el concurso de poderosas
palabras que rodean las imágenes. La segunda, es por medio del uso de
imágenes paralelas que vuelven sobre el evento inicial, o persisten en
él, en virtud de su estética familiar y repetida. Y la tercera, es a través de
un patrón de representaciones sustitutas –no solo visuales, sino verbales
y textuales– que se extienden desde la poderosa iconicidad del evento
“original” hasta el presente, colapsando de esta forma la distancia entre
el ayer y el hoy, en un juego de la memoria en que el presente se ex-
tiende y se cierra en el pasado y viceversa (Zelizer, 1998, pp. 221-226).
El primero de estos usos (Figura 2), en que las palabras guían al
lector a través de las imágenes, se puede constatar en el siguiente edito-
rial de El Espectador publicado el 9 de octubre de 2000, a propósito de
las condiciones de cautiverio de los soldados y policías a manos de las
farc. Titulado “Los campos de concentración de las Farc”, el editorial
remarca la incredulidad de estar frente a un episodio inédito de la guerra
interna en Colombia que, al desbordar los límites de lo conocido, ape-
nas si se puede comparar con los lugares donde el nazismo promulgó la
crueldad extrema:
Al país entero le entristecieron las crudas imágenes transmitidas por el Canal
Caracol de los campos de concentración que tienen las farc en medio de
la selva, para recluir militares y policías capturados en combate. Produce in-
menso dolor ver la situación injusta de inmovilidad a la que están sometidos
por un grupo subversivo que se abroga el poder de aprisionar a unos servido-
106 Jorge Iván Bonilla Vélez
res públicos, cuya única falta ha sido la de cumplir con su deber de defender
a la sociedad. El episodio rememora las épocas nefastas del nazismo y el caso
más reciente de Serbia.
Ciertamente, los calicativos de “monstruos”, de “infamia” y de “indig-
nidad”, con que altos mandos estatales se rerieron a esta faceta relativamen-
te desconocida de nuestra guerra, reejan la ignominia de un grupo que no
respeta derecho ni sentimiento alguno ….
Este nuevo drama que enfrenta nuestro pueblo pone de presente que el
límite entre la realidad y la fantasía en Colombia es cada vez más borroso
(“Los campos de concentración”, 2000, p. 2A).
¿Qué decir de los otros dos usos de la memoria de los campos de la
muerte –las imágenes paralelas y las representaciones sustitutas– para
referirse al episodio mencionado? En la Figura 3, una foto publicada
por El Tiempo el 11 de octubre de 2000, vemos a un hombre erguido
con traje militar y con fusil al hombro mirando hacia un lugar no deni-
do justo en frente de dónde se encuentra. Delante de él, cinco hombres
figura 2
Fuente: Editorial de El Espectador, 9 de octubre de 2000, p. 2A.
107
Imágenes que vienen del pasado ...
posan encerrados dentro de una malla levantada con anjeo y alambre.
Cuatro de ellos lo están mirando, prestándole atención (uno de ellos es
apenas visible), mientras el quinto, en el extremo derecho del recuadro,
dirige su mirada al sitio donde el que está afuera de la valla parece
concentrado. El pie de foto informa que ese hombre que aparece en
plano americano es “Granobles”, hermano del “Mono Jojoy”, y que los
demás son los soldados y policías que permanecen cautivos en poder de
las farc. El texto remata diciendo que “las condiciones en que fueron
exhibidos generó repudio, pues las imágenes son similares a los campos
de concentración de la II Guerra Mundial” (“Se agita el tema del canje”,
2000, pp. 1-2).
En las otras dos imágenes (Figuras 4 y 5) se observa algo similar.
En una de ellas, publicada por El Espectador el 10 de octubre de 2000,
vemos los perles borrosos de varios hombres que permanecen de pie,
todos detrás de una cerca de alambre de la que incluso se pueden deta-
llar las púas y los pequeños círculos del anjeo que conforman el encie-
rro (“Canje vuelve al Congreso”, 2000, p. 3A). Y en la otra, publicada
figura 3
Fuente: El Tiempo, 11 de octubre de 2000, p. 1-2.
108 Jorge Iván Bonilla Vélez
figura 4
Fuente: El Espectador, 10 de octubre de 2000, p. 3A.
Estas imágenes de los sol-
dados y policías retenidos
por las farc revivieron la
discusión del canje.
Como un campo de concentración fue calicado por diversos sectores el lugar
donde se encuentran “recluidos” los militares que están en poder de las farc.
figura 5
Fuente: El Colombiano, 8 de octubre de 2000, p. 3A.
109
Imágenes que vienen del pasado ...
por El Colombiano, el pie de foto retoma una vez más lo que se leía en
la primera: “Como un campo de concentración fue calicado por diver-
sos sectores el lugar donde se encuentran ‘recluidos’ los militares que
están en poder de las farc” (“Abandonados a su suerte”, 2000, p. 3A).
Allí se advierten las guras imprecisas de varios hombres a los que la
cámara enfoca más de cerca y de quienes se puede vislumbrar sus ropas
ya gastadas –llevan varios años padeciendo en cautiverio– y sus cortes
rapados de cabello.
Estas no son fotografías originales, sino instantáneas tomadas de
una pantalla de video que actuó como proveedor de dichas escenas.
Cada una de ellas corresponde a diferentes fragmentos –son cuadros
congelados– de una secuencia narrativa más extensa que recorre el ci-
tado reportaje televisivo sobre los policías y militares en sus circuns-
tancias de cautiverio. De ahí la ausencia de nitidez de las imágenes y
de ahí también la singularidad del momento que allí se muestra, algo
que nos recuerda las palabras del escritor alemán del siglo dieciocho,
Lessing (1960), cuando en su ensayo sobre la escultura del sacerdote
troyano Laocoonte y sus hijos, atacados por dos serpientes marinas,
argumentaba que la pintura –la imagen ja en nuestro caso–, “obligada
a representar lo coexistente, no puede elegir sino un instante de la ac-
ción y debe, por consiguiente, escoger el más fecundo, el que mejor dé
a comprender el instante que precede y el que sigue” (p. 100). Porque
es justo ese momento congelado de la acción, son esas fotos detenidas
en el punto preciso de un evento dramático y con las cuales se exhibe a
los soldados y policías detrás de la alambrada, lo que nos transporta
a la memoria de los campos, en un viaje que acontece, no solo porque
estas imágenes reproducen la “estética” amenazante del exterminio de
los judíos en los campos, sino porque le permiten a los medios y los
periodistas enmarcar los actos de la crueldad contemporánea en conjun-
ción –y superposición– con aquellos que nos vienen de un pasado atroz
(Zelizer, 1998, pp. 220-238).
Utilizadas como telón de fondo de informes especiales y repor-
tajes, o como marcos para explicar otros eventos relacionados con el
conicto armado en el país, estas plantillas de los campos de concen-
tración alemanes no quedarán circunscritas al episodio del cautiverio
anteriormente señalado, pues se volverán a repetir para narrar eventos
110 Jorge Iván Bonilla Vélez
posteriores. Una de estas reapariciones se encuentra en un reportaje
de la periodista Diana Carolina Durán publicado por el diario El Es-
pectador el 6 de julio de 2008, cuatro días después de la ‘Operación
Jaque’, el operativo militar con que el Ejército colombiano rescató
el 2 de julio de ese año a quince rehenes que estaban en poder de las
farc, entre ellos a la líder política Íngrid Betancourt (secuestrada en
marzo de 2002), tres contratistas estadounidenses que asesoraban al
ejército colombiano (secuestrados en marzo de 2003), siete militares
y cuatro policías (capturados en combate luego de las tomas guerrille-
ras a las poblaciones de La Uribe, Miraores, Mitú y El Billar, entre
1998 y 1999). Titulado “Dejando esos campos atrás”, el informe hace
una comparación explícita entre la experiencia sufrida por el escritor
italiano Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz, y los padecimientos
soportados por los rehenes colombianos en las selvas del país.6 De
principio a n, el texto establece la semejanza entre ambas situaciones,
el parecido entre ambos tiempos de la historia, entre el genocidio del
pasado y la crueldad del presente:
“Por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras
para expresar esta ofensa …, una condición humana más miserable no exis-
te, y no puede imaginarse”. Con estas líneas, el escritor italiano Primo Levi
intentó transmitir todo el horror que soportaron los judíos cuando estuvieron
connados en campos de concentración, establecidos por los alemanes du-
rante la Segunda Guerra Mundial ….
Sin embargo, testimonios como el suyo y de tantos otros sobrevivientes
del exterminio judío no fueron sucientes para evitar que los campos de
6 En enero de 2008, el entonces presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez
(2002-2010) viajó a Paris para reunirse con el presidente Nicolás Sarko-
zy con el n de gestionar los asuntos correspondientes a un intercambio
humanitario que por esa época se estaba adelantado con las farc y que
signicaría el retorno de Íngrid Betancourt a la libertad. En una de sus
declaraciones a la radio francesa Europe 1, el presidente Uribe insistía en
que los rehenes de las farc estaban sufriendo “tanto como los judíos en
los campos de concentración de Hitler”. Véase: “Uribe recibió apoyo de
Sarkozy” (2008).
111
Imágenes que vienen del pasado ...
concentración continuaran siendo una realidad, al menos en Colombia. Las
cartas desde la selva así lo han dejado ver por años. Declaraciones de hom-
bres como el canciller Fernando Araujo y el policía Frank Pinchao también
lo demuestran. Y ahora, luego del rescate de Íngrid Betancourt, los tres es-
tadounidenses y los 11 miembros de la Fuerza Pública, se hace evidente que
éste es un tema que no se puede relegar al olvido …
El escritor Primo Levi recordaba en su libro Si esto es un hombre, una
de sus obras más reconocidas por su valor testimonial sobre Auschwitz, las
“incomodidades, los golpes, el frío, la sed y la incertidumbre del mañana”
que él y millones de judíos aguantaron en sus años de encierro. Para estos
secuestrados, las frases de Levi no distaban de su realidad. “El Mono Jojoy
llegó al campamento como a los 15 días de la toma. Nos dijo que nosotros
estábamos ahí para un canje, pero que, si se presentaba un combate, vivos
no nos dejaban”, le dijo el sargento Romero a El Espectador en su primer
dialogo con los medios …
Levi contaba que los alemanes les habían prohibido tocar o sentarse
sobre las literas. En el caso colombiano, no había literas. Las camas eran
tablas de madera, o el mismo suelo si les había tocado improvisar un sitio
para pernoctar. Su cobija era una sábana que tenían desde el comienzo de
su cautiverio, pero que no era suciente para repeler el frío de la selva o el
ataque de los zancudos o los tábanos. “Había muchas chuchas mantequeras
(ratas de campo) y serpientes. Tocaba dejar las botas bien paraditas para que
los animales no se metieran …”, narra el cabo José Miguel Arteaga.
Los guerrilleros, si querían, podían llegar a ser muy crueles. Cuentan los
secuestrados que hombres como alias Gafas, uno de los insurgentes deteni-
dos en la ‘Operación Jaque’, los obligaba a estar encadenados las 24 horas …
Los campos de concentración se acabaron para estos rehenes en 2004.
Pero no por voluntad de la guerrilla, sino por las acciones del Plan Patriota
(Durán, 2008, pp. 22-23).
El informe está ilustrado con dos fotografías. Una de ellas (Figura
6) revive aquel episodio de octubre de 2000 cuando el país conoció las
dramáticas imágenes de los policías y militares rehenes de las farc. En
ella se ve el perl completo del periodista Jorge Enrique Botero justo
en frente de donde estos hombres permanecen recluidos: “los campos
112 Jorge Iván Bonilla Vélez
de concentración colombianos”, según se lee en el pie de foto7 (Durán,
2008, pp. 22-23). Retomando a Zelizer, aquí son las palabras las que les
proporcionan contextos conocidos a las imágenes, y son las palabras y
las imágenes en conjunto las que convidan al lector a construir asocia-
ciones entre dos eventos distantes en el tiempo y en la magnitud de sus
alcances (la empresa de exterminio nazi que signicó la limpieza étnica
de una inmensa población, el primero; la retención de militares y el
secuestro de civiles y como prácticas deleznables de guerra y métodos
7 Esta misma foto reaparecerá años después, en agosto de 2013, ilustrando
otro informe sobre la crueldad inigida por las farc durante las épocas
en que practicaron el secuestro, esta vez elaborado por el periodista Juan
David Laverde. Titulado “El inerno de las Farc”, el pie de foto dice: “El
periodista Jorge Enrique Botero documentó las condiciones infrahumanas
en las que las farc mantenía a los secuestrados ‘canjeables’ (El Especta-
dor, 17 de agosto de 2013).
Gracias a los videos de Jorge Enrique Botero, izquierda, se conocieron los cam-
pos de concentración colombianos/Caracol Televisión.
figura 6
Fuente: El Espectador, 6 de julio de 2008, pp-22-23.
113
Imágenes que vienen del pasado ...
inhumanos de chantaje para obtener réditos políticos, el segundo), en
un entrecruzamiento de actores, hechos, temporalidades y situaciones
que invita a preguntar ¿qué tipo de interpretaciones se conguran cuan-
do accedemos a una historia que hace referencia a otra que contiene
una carga emocional monumental? Porque con la igualación de ambas
atrocidades, ¿no es acaso la memoria del Holocausto la que termina
gobernando el juicio determinante sobre la crueldad humana, en este
caso sobre la crueldad de las farc?
política De las imágenes
yplantillas De meDios
Ahora bien, el hecho de que la difusión de las imágenes dramáticas
extraídas a porciones del reportaje de Jorge Enrique Botero fuera ob-
jeto de interés público y recibiera amplia atención por parte políticos,
periodistas y comentaristas que no dudaron en calicarlas como “re-
pugnantes”, “aterradoras”, “infames” e “indolentes”, plantea un asunto
interesante en torno a las respuestas que estas suscitaron, al menos en
el personal de los medios, tal y como hemos señalado. Parafraseando
a Sontag, la posibilidad de que una imagen por sí sola pueda provocar
una reacción particular allí donde no existe un espacio político propicio
para hacerlo, no solo es algo exagerado, sino ingenuo, puesto que es la
política –y no el marco de la foto– lo que hace hablar a las imágenes, les
otorga un nombre, les proporciona un cauce de acción (Sontag, 1996,
p. 28; 2003, pp.18-20). No obstante, aquí valdría la pena preguntar:
¿Tuvieron algo qué decir estas imágenes de los soldados y militares
cautivos por las farc más allá de ser un registro visual, un acompaña-
miento de los relatos verbales e informes textuales de los medios? Para
abordar este interrogante es necesario retomar algunas ideas esboza-
das por Zelizer (1998) a propósito de la memoria visual de la Segunda
Guerra Mundial. Para ella, la consecuencia más evidente de acudir a
una serie de términos visuales –y verbales– familiares del pasado atroz
de una sociedad (campos de concentración, Holocausto) aplicados a
nuevos contextos de atrocidad, tiene que ver con que esto reduce las re-
sonancias del término original y niega la complejidad del nuevo evento
al que el término se reere, ya que si bien las continuas referencias al
114 Jorge Iván Bonilla Vélez
pasado de barbarie sirven para mantener la barbarie en la imaginación
pública también la pueden adormecer al confundir la representación
con la responsabilidad (pp. 213-239).
¿Por qué? Porque a diferencia, por ejemplo, de las fotos iniciales de
los campos de concentración, las representaciones contemporáneas del
horror se despliegan alrededor de unos medios de comunicación que
circulan en un contexto que diere al de aquellos días en que veíamos
poco o nada de la violencia depravada. De ahí que, según Zelizer, una
imagen icónica como la fotografía tomada por Margaret Bourke-White
de los prisioneros judíos detrás de la cerca de púas en Buchenwald,
en abril de 1945, puede hoy caber fácilmente dentro de una narrativa
que el espectador reconoce sin mayor desconcierto, y a la cual está
tan acostumbrado que puede llevarlo a la indiferencia, puesto que entre
más estamos familiarizados con las imágenes de atrocidad más débiles
son nuestras respuestas éticas y morales frente a la situación que las
produce (Zelizer, 1998, pp. 213-220).
La tesis de Zelizer (1998) es que nuestra habituación moral a la
violencia puede venir de un uso excesivo de las imágenes de atrocidad
que neutraliza las contestaciones por venir: vemos más, pero hacemos
menos. Para ella, este reciclamiento de imágenes del pasado tendría,
por tanto, una consecuencia mayor: socava nuestra atención frente a los
casos contemporáneos de brutalidad, descontándolos como algo que ya
hemos visto antes, en un movimiento de la memoria en el que la estética
de las representaciones tempranas es reproducida sin la insistencia en
la acción colectiva que estaba implícita en las fotografías iniciales (pp.
202-210). De modo que, siguiendo a Zelizer, cuando nos enfrentamos
a las imágenes de los campos de prisioneros de Omarska y Trnopolje,
allá en Bosnia en 1992, o cuando presenciamos las de los militares y
policías en Colombia, que recurren, unas y otras, a la memoria del Ho-
locausto, estamos invocando más los asuntos del pasado que respon-
diendo a las situaciones del presente.8
8 Recientemente Zelizer (2016) ha centrado su análisis en la forma en que
el periodismo estadounidense ha respondido al terrorismo del Estado Is-
lámico acudiendo a la memoria profunda de la Guerra Fría, un asunto que
ha llevado a los medios de ese país a utilizar una serie de patrones narra-
115
Imágenes que vienen del pasado ...
Precisamente en Sobre la fotografía (1996), Sontag, una de las in-
telectuales más acuciosas en sostener una actitud crítica hacia las imá-
genes, insistía en que la exhibición repetida de fotografías de dolor ha
hecho más por anestesiar las conciencias que por despertarlas, ya que
“el impacto ante las atrocidades fotograadas se desgasta con la repeti-
ción” (p. 30). Sontag advertía que cuando los espectadores se enfrentan
a imágenes de eventos dolorosos que contienen una fuerte carga emo-
cional, por lo general siguen la ruta que conduce de la perturbación a la
fascinación, luego al acostumbramiento y nalmente a la indiferencia
o la impotencia. Un asunto que apunta a la “apariencia de participa-
ción” (p. 20) que fomenta la fotografía, situación que, por una parte,
posibilita que un acontecimiento conocido mediante imágenes adquiera
más realidad de la que jamás hubiera soñado, pero, por la otra, produce
un efecto contrario: de tanto reiterarse, ese acontecimiento se desgasta,
pierde realidad, deja de ser auténtico (pp. 20-21).
Preguntar, por tanto, si las imágenes tantas veces repetidas sobre
las condiciones de cautiverio de los soldados y militares retenidos por
las farc revivieron algo más que un evento de la memoria contem-
poránea, es un interrogante pertinente. Precisamente a esto se reere
la académica Kitzinger (2000) en su trabajo acerca de cómo algunos
episodios del pasado sobreviven a su existencia original y se convierten
en una especie de letanía que da forma a narrativas, imágenes y debates
sobre asuntos del presente. Kitzinger acuña el concepto de media tem-
plates, un término que se reere a los modos en que algunos eventos
emblemáticos del ayer son usados por los medios de comunicación y
los periodistas como una “taquigrafía retórica” con la cual otorgan sen-
tido a nuevas historias y orientan la discusión pública no solo sobre el
pasado, sino acerca del presente y el futuro, lo cual tiene repercusiones
en la esfera pública y en los modos en que los eventos serán recordados,
durante cuánto tiempo y con qué propósitos (p. 61). Para Kitzinger las
“plantillas de medios” (media templates), son eventos clave que tienen
tivos –las imágenes incluidas–, códigos de conducta informativa y marcos
ideológicos y culturales provenientes de la cobertura de la llamada “guerra
invisible” entre las dos potencias mundiales, Estados Unidos y la otrora
Unión Soviética.
116 Jorge Iván Bonilla Vélez
una vida útil que se extiende más allá de su terminación; de hecho, dice
ella, estas se caracterizan por un uso retrospectivo ya que cuando las
plantillas se apropian de un evento, estas adquieren continuidad des-
pués de las situaciones ocurridas, son utilizadas para comparar, explicar
y ofrecer pruebas irrefutables de los hechos en curso, permitiéndoles a
los periodistas, editorialistas y comentaristas anclar el sentido primario
a un acontecimiento o darlo por sentado, antes de que este sea objeto
de múltiples interpretaciones (p. 76). Más que como “ventanas”, es-
tas operan como “moldes” –faros– con los cuales el personal de los
medios acostumbra establecer el curso inquebrantable de los hechos,
proponiéndole al público analogías, suposiciones o conclusiones con el
mínimo de análisis (p. 78).
Acudir a la noción de media templates es oportuna porque además
conduce a una advertencia que señalan los historiadores: que los regis-
tros de los eventos del pasado no son actos inofensivos de la memoria,
pues, como señala Burke (2000), “dichos registros no son concreciones
inocentes de recuerdos, sino más bien intentos de persuadir, de moldear
la memoria de los demás” (p. 70). Un asunto que para el episodio de
los llamados “campos de concentración de las farc” es importante,
por al menos dos razones que podrían orientar futuras investigaciones
en torno al tema. En primer lugar, hay que recordar que si bien el marco
inicial del reportaje de Botero invitaba a ejercer una lectura dominante
(Morley, 1996) vinculada a los signicados propuestos por las farc,
pues con ellas se demostraba el poder militar de esta organización ar-
mada, se ofrecían pruebas de supervivencia de los uniformados y, por
esa vía, se instaba al gobierno del presidente Pastrana (1998-2002) a la
realización de un acuerdo político en torno a un intercambio humanita-
rio, estas imágenes pronto se salieron del código inicialmente estable-
cido por el reportaje –mostrar las condiciones de cautiverio y abandono
de los policías y soldados– y terminaron haciendo parte de un circuito
de producción y circulación de informaciones, opiniones e imágenes
en el que, como hemos visto, la repugnancia hacia estas prácticas inhu-
manas de guerra fue maniestamente explícita en los marcos visuales e
informativos de periodistas, comentaristas y medios.
De ahí que la referencia al pasado del Holocausto como un esque-
ma para enmarcar un genocidio monumental de carácter histórico que
117
Imágenes que vienen del pasado ...
se relaciona con una confrontación de índole local no necesariamente
transite por los caminos que propone Zelizer: recordar una historia del
pasado para olvidar un acontecimiento del presente frente al cual des-
hacemos nuestra capacidad de responder (Zelizer, 1998, p. 221). Este
uso reciclado del pasado de los campos podría leerse como parte de un
proceso narrativo de mayor envergadura sobre la representación de la
atrocidad en Colombia. Pues si bien dicha atrocidad no empezó con los
episodios aquí analizados, estos han ayudado a reforzarla a través de
una narrativa del secuestro9 que ha contribuido a enfatizar la idea so-
bre la deshumanización de las farc y, por ende, a construir una repre-
sentación de sus comandantes, asimilados, también ellos, a la cruenta
historia de los criminales de guerra, lo cual no es un dato insignicante
a la hora de pensar cómo los colombianos recordaremos la barbarie, a
reconsiderar qué tipo de barbaries nos llamaron más la atención, en de-
trimento de otras menos rememoradas y más banalizadas, o a reexio-
nar sobre el rol que estas imágenes tuvieron en lo que el historiador
y analista de medios, López denomina “las narrativas patrióticas del
odio” (López, 2014).
En segundo lugar, estas imágenes aludían a un episodio relativa-
mente inédito dentro de las prácticas de la atrocidad en Colombia.
Retomando las palabras del citado editorial de El Espectador (“Los
campos de concentración de las Farc”, 2008), lo que a este le llamaba
la atención era el “nuevo drama” que exponían las imágenes de los
soldados y policías retenidos por las farc, ese límite entre la “realidad
9 Hablamos de una práctica criminal que, como la del secuestro, ha sido do-
cumentada no solo por las imágenes o por los informes de las instituciones
del Estado, ongs o los medios de comunicación, sino por la industria cul-
tural del libro que, a través de los relatos de primera mano de los secuestra-
dos que huyeron, fueron liberados por las Farc o rescatados por las fuerzas
militares, conguró una suerte de género testimonial sobre el secuestro con
una fuerte inclinación por el detalle de las vivencias y la verdad íntima del
relato. Una narrativa cuyo examen en el ámbito académico ha girado más
en torno a la “calidad” analítica y la “factura” literaria del género testimo-
nial que en sus repercusiones en la memoria reciente del país en torno a los
dramas de la guerra, a los modos en que la tragedia será recordada.
118 Jorge Iván Bonilla Vélez
y la fantasía” al que nos transportaban sus escenas. Porque al revelar
el carácter increíble del evento, a donde las imágenes de estos campa-
mentos apuntaban fue una especie de plantilla desconocida del mal, al
menos en Colombia: estas se erigieron en pruebas antes no vistas de la
infamia, por lo que su comparación con el Holocausto se constituyó en
un marco determinante sobre la crueldad de las farc. De ahí su carác-
ter aterrador y su constante reiteración en tanto marcadores simbólicos
de la atrocidad. Lo inédito de las imágenes de los soldados y militares
cautivos de las farc era precisamente la posibilidad de comparar su
iconografía con la de los campos de concentración nazi, ese episodio
de la historia considerado como la manifestación del “mal radical”
(Arendt, 2012).
a manera De cierre
La importancia de retornar a un episodio como el aquí examinado es
útil porque plantea que en los estudios sobre los medios de comuni-
cación y la memoria el deber de recordar, debatir y darle legibilidad
a los asuntos de la guerra, de regresar a ellos para ver cosas que en su
momento no vimos o no les prestamos la suciente atención, implica
también hacerlo a través de las imágenes (Huyssen, 2009). Hacer refe-
rencia a un pasado ubicuo de gran signicación con el n de encauzar
episodios del presente y capitalizar el drama humano es algo que nos
habla sobre cómo las narrativas y las imágenes de los medios se consti-
tuyen en vehículos con capacidad para orientar la memoria no solo del
pasado, sino también del presente y el futuro (Schudson, 2014).
En nuestro caso, habrá que estudiar qué impactos tuvieron estos
modos de enmarcar un episodio de la barbarie de nuestra guerra inter-
na: si deshabilitaron una respuesta pública ante la misma, fomentaron
el odio hacia las farc, o hicieron parte de un espacio político propi-
cio para decirle ¡no a la guerra! Pero, sobre todo, habrá que imaginar
cómo podríamos desarrollar formas dignicantes de representación de
nuestro pasado reciente, ahora que el país procura avanzar por caminos
diferentes.
119
Imágenes que vienen del pasado ...
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ijoc/article/view/6231
... Los estudios mencionados abordan la imagen desde diversos enfoques proporcionados por las ciencias sociales, pero no se apoyan en modelos de análisis visual para cada caso específico: la historia, lo político, lo social -e incluso lo anecdótico-resultan fundamentales en estas investigaciones. Por su parte, el trabajo de Bonilla (2018) lleva a cabo una revisión de las 14 Introducción pasado y reafirmación de su identidad. Dicho estudio, cuyo núcleo está situado entre lo antropológico y lo histórico, hace referencia a la creación de artefactos o imágenes por las víctimas (cuadernos de apuntes, objetos, álbumes fotográficos, tatuajes, entre otros), pero no se detiene en su descripción o configuración como imágenes. ...
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Thesis
Este trabajo busca explicar cómo las imágenes que crean algunas víctimas del conflicto armado colombiano, en el departamento de Bolívar, constituyen artefactos de memoria y resistencia. Con este propósito se identificaron tres eventos diferentes de creación de imágenes (individual, colectivo y colectivo mediante acción facilitadora) y se adelantó un trabajo de campo en la región de los Montes de María para indagar sobre sus procesos creativos y para reunir, con la ayuda de las personas que hicieron parte de la investigación, un compendio de imágenes correspondiente a cada evento. Para la revisión y el análisis de estas imágenes se propone un enfoque metodológico propio de la práctica del diseño, con el apoyo de herramientas y estrategias de carácter visual. De esta forma, las historias visuales de vida y la creación de montajes visuales hacen parte fundamental del estudio formal y conceptual. Finalmente, en cada uno de los eventos estudiados se plantea una conjunción entre la mirada del diseño, que permite acudir a los recursos propios de su práctica para observar y comprender la realidad, y la mirada de las víctimas, que mediante la creación de imágenes busca preservar la memoria de los acontecimientos ocurridos, expresar sus caminos de resistencia y comunicar su versión e interpretación de los sucesos.
Article
This article considers the coverage of and by Islamic State in conjunction with a mindset established during the Cold War. It illustrates the degree to which U.S. journalism shapes coverage of Islamic State via interpretive tenets from the Cold War era as well as Islamic State’s use of the same tenets in coverage of itself. The article raises questions about the deep memory structures that undergird U.S. news and about their [memory structures] travel to distant, unexpected, and often dissonant locations.
Chapter
In the 2008 inaugural issue of the journal Memory Studies, Barbie Zelizer claimed that ‘memory’s work on journalism does not reflect journalism’s work on memory.’ Her charge to colleagues was clear: ‘As journalism continues to function as one of contemporary society’s main institutions of recording and remembering, we need to invest more efforts in understanding how it remembers and why it remembers and why it remembers in the ways that it does.’ In the pages that follow, I take up this charge, albeit in a rather schematic fashion: for as a memory scholar and historian of memory studies (Olick and Robbins, 1998; Olick, Vinitzky-Seroussi and Levy, 2011), I am one of the guilty who has not given journalism its due.
Chapter
Memory is not only an individual but a collective process and journalism has been our most public, widely distributed, easily accessible and thinly stretched membrane of social memory. (I will use the terms social memory, collective memory, cultural memory and public memory interchangeably.) But just how do the news media contribute to memory?
Book
The trinity of government, military and publics has been drawn together into immediate and unpredictable relationships in a "new media ecology" that has ushered in new asymmetries in the waging of war and terror. To help us understand these new relationships, Andrew Hoskins and Ben O′Loughlin here provide a timely, comprehensive and highly readable survey of the field of war and media. War is diffused through a complex mesh of our everyday media. Paradoxically, this both facilitates and contains the presence and power of enemies near and far. The conventions of so–called traditional warfare have been splintered by the availability and connectivity of the principal locus of war today: the electronic and digital media. Hoskins and O′Loughlin identify and illuminate the conditions of what they term "diffused war" and the new challenges it raises for the actors who wage and counter warfare, for their agents and mechanisms of the new media and for mass publics. This book offers an invaluable review of the key literature and presents a fresh approach to the understanding of the dynamic relationships between war and media. It will be welcomed by a broad range of students taking courses on war and media and related modules, especially in media, communication and cultural studies, politics and international relations, sociology, journalism, and security studies.