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De Miguel, Ana. Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección. Madrid: Cátedra.

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RIO, Nº 15, 2015
Revista de Libros
«pos»—posmodernos, poscolonia-
les, posfeministas— de autoras como
Donna Haraway, Teresa de Lauretis,
Eve Kosofsky Sedgwick, Audre Lorde,
Gayatri Chakravorty Spivak, Hélène
Cixous, Julia Kristeva o Judith Butler.
La reacción patriarcal —desde
la extrema derecha en un clima de
«cruzada» moral contra el feminis-
mo— pone en evidencia y señala, en su
propósito de (re)esencialización de los
sexos y de los géneros, que las mujeres
son permanentemente una «pesadilla»
para el sujeto moderno, porque lo re-
definen y cuestionan constantemen-
te, lo interpretan y lo interpelan. Del
mismo modo, señala Langle de Paz,
el feminismo, con sus brotes rebeldes
siempre latentes, con sus brechas con-
sustanciales a la búsqueda de un cierre
de ese sujeto moderno, es siempre el
«enemigo en casa» de cualquier socie-
dad patriarcal y de cualquier Estado
moderno, por muy moderno y equita-
tivo que se declare. De ahí que se in-
venten constantes formas de control y
de poder para contener al sujeto feme-
nino y que se le otorgue, en el mejor
de los casos, el estatus limitado de la
ciudadanía.
El objetivo de Ana de Miguel es
señalar algunos de los mitos en que
se apoya la contrarreforma patriarcal,
que trata de hacer pensar que todo lo
que les sucede a las mujeres es culpa de
las mujeres, ya sea de su «libertad de
elección» o del propio «feminismo» o
de un engendro peor como es «la ideo-
logía de género», ideología agrupada
bajo el rótulo «el timo de la igualdad»
o «lo que el feminismo ha hecho por
ti». En contra de esta reacción patriar-
cal, que denuncia que el feminismo da
una imagen «victimista» de las muje-
res de los países patriarcales, solo hay,
indica Ana de Miguel, una respues-
ta posible: «[…] infórmate, estudia,
siéntate, piensa, y conceptualiza bien
la realidad». Conceptualización nece-
saria para desesencializar la feminidad
e irracionalizar la visión establecida —
patriarcal— de la realidad, al tiempo
que evidencia la injusticia relativa a la
desigualdad más antigua y universal,
la de la diferencia sexual, que es una
violación de la norma de igualdad de
recursos. Pretexto para generar uni-
versos simbólicos y sistemas de cons-
trucción social de la realidad basados
en binarismos y dicotomizaciones de
sexo, género y sexualidad.
El feminismo de la igualdad mues-
tra un profundo desacuerdo con el fe-
minismo «pos», el cual, en la necesidad
de destruir las identidades estables
en beneficio de identidades nómadas,
mantiene que ser una mujer es una
performance, un lugar que está a la vez
marcado y liberado por la diferencia
sexual. Esta diferencia es el lugar, para
el feminismo «pos», del origen, de la
rebelión, de las explosiones e implo-
siones invisibles, singulares, más libres,
pero reales y transformadoras de las
sociedades y de las culturas patriar-
cales. Un feminismo que demanda el
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reconocimiento de la desigualdad exis-
tencial —relacionada con la desigual-
dad personal de autonomía, dignidad,
grados de libertad y de derecho al res-
peto y al desarrollo personal—, que
impone la diferencia de género y aboga
por su extinción al impedir a las mu-
jeres desarrollar plenamente su capaci-
dad para funcionar plenamente como
un ser humano en el mundo de manera
igualitaria (Fraser y Honneth, 2003).
En contra, para el feminismo de la
igualdad, ser una mujer es una posi-
ción subordinada dentro de un siste-
ma jerárquico de poder. Un sistema de
desigualdad que impide a las mujeres
disponer de recursos similares a los de
los hombres para desenvolverse. Un
sistema de redistribución desigual de
recursos que constituye un sistema de
dominación masculino definido como
patriarcado, es decir, un orden social
androcéntrico que legitima la distri-
bución desigual reduciendo y simplifi-
cando la realidad en pares contrapues-
tos (masculino/femenino, público/
privado, razón/sentimientos, Norte/
Sur, trabajo remunerado/trabajo no
remunerado, heterosexualidad/homo-
sexualidad), que para la subjetividad
patriarcal se solapa con el orden nor-
mal y natural de las cosas.
Un orden que simplifica la comple-
jidad de la realidad en dos mundos y en
el que el advenimiento de la mujer su-
jeto —«la emancipación femenina», la
fuerza imparable de la experiencia de
género, la «emoción feminista» trans-
formada en subjetividad feminista
(Langle de Paz)— no ha logrado anu-
lar esta dicotomía no equitativa, sino
que siempre da más valor a un lado que
a otro: lo masculino, la razón, el espa-
cio público, el trabajo remunerado, el
Norte y la norma heterosexual.
Bajo este orden dicotómico, los me-
canismos de diferenciación social de
los sexos, de división social de los se-
xos, se ven continuamente recompues-
tos, reactualizados bajo nuevos rasgos.
En este sentido, la ideología neoliberal,
«la teoría de la libre elección y el con-
sentimiento», resulta ser el medio más
eficaz para la continuidad de los roles
sexuales, para la invariación de lo feme-
nino y de lo masculino, para la persis-
tencia de la división social masculino/
femenino. Esta defensa de la libertad
de elección, concluye Ana de Miguel,
se ha convertido en un elemento muy
importante de la desvirtuación del dis-
curso feminista. Se apela a la libre elec-
ción como si esta fuera el fundamento
del feminismo, y se resta valor al análi-
sis de una estructura social generizada
y patriarcal que actúa determinando
de forma coactiva las elecciones de las
personas. En contra de la teoría neo-
liberal de la libre elección, de la pre-
ferencia individual, la teoría feminista
de la igualdad es una teoría crítica del
poder patriarcal, de la dominación
masculina, de los mecanismos sociales
—«ideologías sexuales, normas sexua-
les, estereotipos»— que contribuyen al
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mantenimiento de la desigualdad se-
xual, de la diferencia sexual.
El libro de Ana de Miguel se divide
en tres partes. En la primera, «Donde
estamos», se analizan los problemas y
desafíos del presente, las característi-
cas de los llamados «patriarcados del
consentimiento» y lo que subyace a lo
que nuestra sociedad denomina «edu-
car en igualdad», abordando de forma
específica los temas del amor, el sexo
y la prostitución. Respecto al llamado
«patriarcado del sentimiento», Ana de
Miguel aporta dos argumentos que no
pueden dejar de ser parte del análisis.
En primer lugar, es algo ya muy sabi-
do que ningún sistema de dominación
se mantiene sin la complicidad de los
sometidos. Cuando las feministas de
la década de 1960 boicoteaban la elec-
ción de miss America e introducían
una oveja en el desfile, hacían patente
la mercantilización de los cuerpos de
las mujeres. Pero claro que sabían que
las candidatas a miss se presentaban
voluntariamente. Lo que no se le ocu-
rría a nadie, menos a las feministas, era
mantener que el concurso empoderaba
a las mujeres. Pues esto es, exactamen-
te, lo que hace hoy día una parte del
feminismo. Y aquí viene el segundo
argumento. Hoy, especialmente cuan-
do hay sexo de por medio, se trata de
imponer la idea de que toda acción es
feminista con tal de que sea fruto de
la decisión individual de una mujer.
Y si ganas dinero con tal acción, ya es
superfeminista. Algunas artistas que
ganan mucho dinero por desnudarse o
contar su vida sexual desempeñan un
papel importante en la legitimación de
esta nueva normativa sexual. Pero algo
tiene que estar claro: que una mujer
gane dinero con lo que hace, sea hete-
rosexual, lesbiana o transexual, no hace
de ello un acto ni subversivo ni feminis-
ta. El problema, para Ana de Miguel,
«reside en que en el posfeminismo y el
enfoque queer el concepto de elección
se ha convertido en el tema central de
las argumentaciones, y a menudo en
su punto final. Yo lo he elegido, no hay
problema. Esta tesis, en realidad, pro-
cede del liberalismo económico y del
liberalismo sexual».
En la segunda parte, «De dónde ve-
nimos», se vuelve la mirada hacia atrás,
al no ser posible comprender las rela-
ciones actuales entre hombres y mu-
jeres sin conocer la historia de la que
procedemos. De hecho, el feminismo
continúa moviéndose entre el desco-
nocimiento y la descalificación. Una de
las razones es el desconocimiento de
su historia. La enseñanza oficial evita
indagar en las razones que se han es-
grimido para mantener a las mujeres
en la perpetua minoría de edad, en la
dependencia económica y emocional
de los hombres. Tampoco se estudia
cómo se organizaron las mujeres para
luchar por sus derechos, el rechazo ge-
neralizado de casi todos los partidos
políticos e intelectuales.s bien se
silencia. La desigualdad actual tam-
bién se alimenta del desconocimiento
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del pasado. Es importante que sepa-
mos «de dónde venimos, cómo hemos
compartido todas, a pesar de nuestra
diversidad, una historia de opresión».
Conocer esta historia, conocer la
tradición feminista, es lo que nos lleva
a sostener, afirma Ana de Miguel, que
no cualquier posición puede calificar-
se de feminista: que estar contra la ley
del aborto no es ni puede ser feminista.
Reconocer el feminismo «como una
tradición de pensamiento y acción nos
puede llevar a señalar como opresivo lo
que, hoy como ayer, se ha querido hacer
pasar como fruto de la libre elección de
las mujeres. Nunca nos cansaremos de
repetir que, si los mujeres no sabemos
de dónde venimos, difícilmente podre-
mos hacer un análisis certero de las
características del patriarcado actual,
basado en el consentimiento».
En la tercera parte se efectúa una
reflexión sobre las propuestas de fu-
turo: hacia dónde queremos ir y cómo
hacerlo. En este sentido, el feminismo
de la igualdad, feminismo desde el que
escribe Ana de Miguel, tiene un rum-
bo claro y formula la necesidad de una
alianza fuerte y consistente con todas
las personas que se oponen al neolibe-
ralismo y la conversión del ser humano
en mercancía. Una alianza que asume
que la diversidad de planteamientos no
puede identificarse con el «todo vale»
del posfeminismo, y que opta decidi-
damente por contar con los hombres
en la lucha por la igualdad de género, y
que comparten la denuncia de la iden-
tificación del sujeto político con los
varones y la exclusión de las mujeres
bajo la aparente universalidad de las
proclamas revolucionarias y democrá-
ticas. De hecho, tras la incorporación
de las mujeres al mundo académico y
como sujetos de investigación, la cons-
tatación del androcentrismo del sujeto
y el proyecto ilustrado se convirtió en
un clamor. Además, las mujeres des-
cubrieron «que su exclusión no había
sido un error ni una aberración, sino
que era prácticamente el fundamento
material y simbólico de la constitución
del espacio público. La ciudadanía mo-
derna y el trabajo asalariado estaban
diseñados para unos varones exentos
de los cuidados’. Tal y como se pasó
a afirmar como una letanía, el sujeto
moderno era blanco, de clase media y
heterosexual».
Para matizar esta valoración positi-
va, conviene realizar ciertas afirmacio-
nes críticas al libro de Ana de Miguel.
Concretamente, la dificultad que tiene
el feminismo de la igualdad de efec-
tuar una crítica radical a los universos
simbólicos heterocéntricos y de cruzar
el conflicto de género con los demás
conflictos de edad, de clase, de etnia
y de orientación sexual. Cruzamiento
y crítica radical que caracterizan al fe-
minismo «pos», feminismo para el que
no «todo vale», sino que, partiendo de
un concepto de poder no centralizado
sino ramificado y difuso —porque los
centros de producción discursiva son
incontables y no respetan clases ni gé-
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neros, privilegios ni jerarquías—, plan-
tea la identidad femenina, dada la mul-
tidimensionalidad de los mecanismos
de dominación, no como una esencia
unidimensional sino, más bien, un aba-
nico de posibilidades abiertas en todas
las direcciones que se entrecruzan a
voluntad. Desde esta óptica, incorpo-
rar el estudio de la masculinidad, de la
construcción de género de los sujetos
varones, permite visionar la masculini-
dad como algo relativo a un conjunto
de valores y referentes identitarios que
permite a unos hombres juzgar a los
otros y construirse en contraste con es-
tas alteridades. Las variables de clase,
étnicas y de orientación sexual dibujan,
así, un complejo panorama en el que la
diversidad se impone sobre cualquier
concepción simplificadora de una
masculinidad homogénea. Esta idea,
señala Aresti (2010), llevó a Connell
a acuñar el concepto de masculinidad
hegemónica, definida como concep-
ción dominante en cada sociedad y
momento histórico, un ideal normati-
vo que inspira o sirve de referente a la
mayoría y estigmatiza otras formas de
ser un hombre. Como dice Braidotti, el
sujeto es un proceso hecho de constan-
tes fluctuaciones y negociaciones entre
diferentes niveles de poder y deseo, que
es lo mismo que decir entre elecciones
conscientes o impulsos inconscientes.
Sea cual sea la impresión de unidad
que hay tras esto, no se debe a una
esencia concedida por Dios, sino a una
coreografía ficcional de muchos niveles
que convergen en un «yo» operacional.
Esto implica que lo que sostiene todo
el proceso de llegar-a-ser-un-sujeto es
el deseo de saber, el deseo de decir, el
deseo de hablar; es un deseo fundacio-
nal, originario, vital y necesario, y por
ello único, de llegar a ser.
Este pluralismo de múltiples iden-
tidades cruzadas (un baile de disfraces,
una caja de herramientas, un reperto-
rio de personajes, según Gil Calvo o
Soley-Beltran) se relaciona explícita-
mente con la imagen del hibrido mesti-
zo, según el ejemplo del cíborg de Ha-
raway, o con la mascarada teatral, como
en la performance de Butler. Pero pa-
ralelamente, conforme la identidad fe-
menina se emancipa de su sumisión bi-
lateral al patriarcado para hacerse más
polifacética y multilateral, también le
sucede lo mismo a la identidad mascu-
lina, que deja de entenderse como he-
terónoma (en cuanto determinada por
su capacidad de someter a las mujeres,
lo que obligaba a definirla por la prima-
cía heterosexual) para pasar a ser vista
a la vez como multilateral y autónoma.
Multilateral porque la antaño cerrada,
impenetrable y monolítica identidad
masculina se abre a un nuevo politeís-
mo de masculinidades heterogéneas,
divergentes y contradictorias entre sí.
Y autónoma porque estas masculini-
dades pasan a definirse por sus propias
relaciones internas de poder, amistad
o rivalidad (incluyendo homosexuali-
dad, intersexualidad y transexualidad),
en vez de hacerlo como antes por las
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relaciones heterosexuales de dominio
sobre las mujeres. Como afirma Vélez-
Pelligrini apoyándose en Simone de
Beauvoir, el hombre no nace, sino que
se hace, no siendo el eterno héroe viril
otra cosa que el propio espejo de una
feminidad históricamente construida.
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