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¿Cómo evaluar a los integrantes de la élite política? Una propuesta basada en los presidentes americanos

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Abstract

Este artículo repasa críticamente el estudio sobre la élite política, incluyendo la evolución histórica de su significado, rol, composición, independencia y las opciones para analizar a sus miembros. Argumenta que para avanzar en el estudio de los integrantes de la élite es necesario examinar sus diferencias individuales. A modo de ejercicio, se abordan algunas diferencias individuales de quienes están en la cúspide de la élite política en sistemas presidenciales: los presidentes. El análisis muestra que, tomados como grupo, los presidentes del continente tienen un origen socioeconómico medianamente acomodado, al menos un tercio ha sido abogado o participado en fuerzas de seguridad, y que tienden a puntuar bajo en amabilidad y neuroticismo, moderadamente alto en extraversión y apertura a la experiencia, y alto en responsabilidad. Este ejercicio sugiere una agenda de investigación que puede extenderse a otros integrantes de la élite.
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Política / Revista de Ciencia Política
Vol. 54, Nº 1, 2016 / pp. 219-254
ISSN 0716-1077
¿Cómo evaluar a los integrantes de la élite
polítiCa? una propuesta basada en los presidentes
ameriCanos
Ignacio Arana Araya (iga3@pitt.edu)
Ponticia Universidad Católica de Chile
Este artículo repasa críticamente el estudio sobre la élite política,
incluyendo la evolución histórica de su signicado, rol, composición,
independencia y las opciones para analizar a sus miembros. Argumenta
que para avanzar en el estudio de los integrantes de la élite es necesario
examinar sus diferencias individuales. A modo de ejercicio, se abordan
algunas diferencias individuales de quienes están en la cúspide de la élite
política en sistemas presidenciales: los presidentes. El análisis muestra
que, tomados como grupo, los presidentes del continente tienen un
origen socioeconómico medianamente acomodado, al menos un tercio
ha sido abogado o participado en fuerzas de seguridad, y que tienden
a puntuar bajo en amabilidad y neuroticismo, moderadamente alto en
extraversión y apertura a la experiencia, y alto en responsabilidad. Este
ejercicio sugiere una agenda de investigación que puede extenderse a
otros integrantes de la élite.
Palabras clave: élites, élite política, presidentes, diferencias individuales, personalidad.
How to assess tHe members of tHe politiCal elite?
a proposal based on presidents of ameriCas
This article critically reviews the study of the political elite, including
the historical evolution of its meaning, role, composition, independence
and ways of analysing its members. It argues that to eectively study
elite members their individual dierences should be examined. This
paper looks at individual dierences among presidents, those at highest
levels of the political elite in presidential systems. It nds that as a group,
presidents of the Western Hemisphere come from moderately auent
socioeconomic backgrounds, at least one third are either lawyers or
come from the security forces, and that they tend to score low on
agreeableness and neuroticism, moderately high in extroversion and
openness to experience, and high in conscientiousness. This exercise
suggests a research agenda that may be extended to other members of
the elite.
Keywords: elites, political elite, presidents, individual dierences, personality.
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Introducción1
En toda democracia existe una enorme diferencia entre una minoría que toma las
decisiones políticas más importantes y el resto de la sociedad. El grupo que decide
sobre asuntos que inciden en diversos ámbitos de la vida en común es aquel al que
tanto la literatura especializada como la descripción popular llaman élite política.
El consenso sobre su existencia, sin embargo, se resquebraja en cuanto se busca
responder preguntas básicas para analizar a esta élite: ¿Quiénes la componen? ¿Por
qué existe? ¿Es autónoma de otras élites? ¿Cumple algún rol? ¿Cómo podemos
analizar a sus miembros? Aunque el interés en estudiar a quienes se sitúan en la
cúspide de la polis es milenario, las élites empezaron a ser analizadas sistemáticamente
a nes del siglo XIX, y solo en las últimas décadas se han publicado trabajos que
someten a comprobación postulados teóricos.
Este artículo tiene dos propósitos generales. Primero, busca responder a las preguntas
planteadas teniendo como referencia a las democracias representativas del continente
americano. Como aún falta mucho para examinar si el vasto desarrollo teórico
sobre las élites se corresponde con la realidad, el énfasis se concentrará en examinar
las alternativas para estudiar a los miembros de la élite política. En segundo lugar,
discutiré el estudio del comportamiento de quienes se sitúan en la cúspide de la
élite política en sistemas presidenciales: los presidentes. Esta agenda de investigación
reviste importancia por varias razones. Primero, analiza a quien ocupa el puesto que
más inuye sobre el resto de la élite política. No es casualidad que muchos libros de
historia describan las distintas etapas de un país de acuerdo a los mandatos de los jefes
de Estado. Incontrovertiblemente, las decisiones que toman los presidentes tienen
importantes consecuencias políticas, económicas, sociales y culturales. Segundo, no
sabemos tanto de los presidentes como se podría creer. Aunque suelen estar entre las
personas sobre las que más se habla y escribe en cada país, la literatura especializada
no ha respondido satisfactoriamente de qué manera las características individuales
de los presidentes afectan su desempeño como jefes de gobierno. Tercero, el puesto
de presidente se presta para análisis objetivos. Los poderes formales de los presidentes
como jefes de gobierno, Estado y colegisladores están escritos en las constituciones
nacionales, al igual que la duración de su cargo2.
1 El autor agradece el nanciamiento del proyecto Fondecyt 3160357 para realizar esta investigación.
2 Aunque los presidentes también tienen una capacidad para ejercer inuencia de manera informal,
y a veces lideran un partido o una coalición de partidos, en la práctica su poder emana de la
Constitución. Todos los trabajos que han medido los poderes presidenciales (véase Doyle y Elgie,
2014; Negretto, 2013; Shugart y Carey, 1992) trabajan sobre este hecho.
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En la siguiente sección se discuten brevemente distintas visiones de lo que es la
élite política, incluyendo la evolución histórica de su signicado, su rol, quiénes
pertenecen y quiénes no pertenecen a ella, y cómo se diferencia de otras élites. La
tercera sección describe las alternativas que existen para estudiar a la élite política. Se
describen los campos en los que se usa el estudio de los miembros de las élites y las
maneras de recolectar información. Se discuten métodos cualitativos de recolección
de información, tales como entrevistas y psicobiografías, y técnicas cuantitativas en las
que se incluyen los análisis de contenido, los trabajos historiométricos y las encuestas
a expertos. La cuarta sección describe la encuesta a especialistas en presidentes que
realicé entre agosto de 2012 y abril de 2013. Esta encuesta fue un instrumento
usado para medir varias diferencias individuales –tanto de personalidad como de
trayectoria– de los presidentes que gobernaron un país de Latinoamérica o Estados
Unidos entre 1945 y 2012 por al menos seis meses. En esta sección se muestra cómo
los presidentes varían de acuerdo a algunos indicadores de personalidad. Se argumenta
que el enfoque usado ayuda a mostrar cómo las características individuales de los
presidentes se pueden asociar a su comportamiento y a las decisiones que toman, las
cuales tienen enorme relevancia en sistemas presidencialistas. La conclusión discute
las posibilidades de investigación que se abren cuando se miden las características de
miembros destacados de la élite política, con el n de entender su comportamiento.
1. ¿Qué es la élite política?
La denición de qué son las élites se transformó en una competencia contenciosa en
las últimas décadas del siglo XIX en las nacientes democracias occidentales modernas,
cuando se evidenció que la teórica igualdad que ofrecía el sistema de gobierno seguía
escondiendo diferencias abismales entre distintos grupos. El estudio de las élites surgió
en parte como una reacción al marxismo pero también para relativizar algunas de las
asunciones presentes en las democracias: que todos los ciudadanos tienen igualdad
ante la ley, gozan de la misma libertad y comparten los mismos derechos y deberes.
Tal como dice Parry (1969/2005), el estudio de las élites sugiere que en parte estas
concepciones son más aspiraciones de una ideología que una realidad3.
3 El concepto de “élite” siempre ha tenido una fuerte connotación normativa. Comenzando por
Platón, quien en La República proponía que una élite debía ser garante de la virtud, la verdad y el
éxito de la sociedad. Para algunos un selecto grupo de personas mejor preparadas debe guiar a las
demás. Para otros, más en sintonía con la visión popular, las élites tienden a ralentizar el progreso
social al proteger los privilegios que gozan a costa del bienestar de la mayoría. Esta discusión
normativa es muy relevante pero escapa a los propósitos de este artículo.
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Los principales teóricos modernos de las élites son los italianos Gaetano Mosca
(1858-1941) y Vilfredo Pareto (1848-1923), a quienes luego se les sumó el alemán
Robert Michels (1876-1936). Sus principales contribuciones ocurren a partir de
nes del siglo XIX (Michels, 1915; Mosca, 1896; Pareto, 1900), cuando la autoridad
de las élites tradicionales se veía amenazada por la rápida extensión del derecho al
voto, la burocracia, los derechos civiles, y el auge de las ideas socialistas, por denición
anti-oligárquicas. El Estado estaba expandiendo su inuencia sobre la sociedad, con
un cuerpo burocrático cada vez más extenso, eciente y profesional, una estructura
impositiva más compleja, y en el que se legislaba por primera vez en asuntos vitales
como las condiciones laborales, las pensiones, el sufragio y la educación pública.
Estos teóricos comenzaron a examinar sistemáticamente a distintas élites para
indagar cómo se compone la estructura del poder en una sociedad. La idea era (y
es) ver cuánto poder concentran los que “están arriba”; quiénes son, cuántos son,
vericar si son un grupo homogéneo o diverso, cómo se accede a las élites, cómo se
escala dentro de ellas y cómo se permanece.
Los autores mencionados coincidían en describir a sociedades organizadas en torno
a gobernantes, quienes concentran el poder político, y los demás, los gobernados.
Mientras Mosca defendía que el poder estuviera concentrado en una pequeña élite
capacitada para gobernar, Pareto y Michels argumentaban que era inevitable que en
toda organización una minoría más preparada asumiera el liderazgo4. Uno de los
aspectos que unió a estos estudiosos fue su rechazo a las clasicaciones tradicionales
del poder, de índole formal. Tal como destaca Parry (1969/2005), hasta el siglo
XIX solía respetarse la clasicación de constituciones políticas hecha por Aristóteles
(Barker, 1962), de cuyas características se derivaban el tipo de régimen político
(monarquía, aristocracia y república en sus versiones puras; tiranía, oligarquía
y democracia en sus versiones impuras). Para los estudiosos de las élites, estas
clasicaciones formalistas ocultaban la real distribución del poder en la sociedad. Tras
todo sistema de gobierno, argumentaban, existía un pequeño grupo concentrando
el poder. En n, resaltaron el poder informal, no el formal: el poder de facto en vez
del de jure.
4 Michels introdujo la famosa “ley de hierro de la oligarquía” en su libro Partidos Políticos. El autor
propuso que en las organizaciones complejas, por más democráticas y participativas que intenten
ser, una élite (u oligarquía) se hará inevitablemente cargo de las decisiones tácticas y técnicas del
colectivo. Michels consideraba que debido a esta “ley” la democracia representativa estaba destinada
a fracasar en su intento por eliminar el liderazgo de las élites.
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Otro aspecto importante para comprender a los teóricos clásicos es su crítica al
marxismo. Para Marx, aquellos que gobiernan siempre representan los intereses de la
clase económica dominante. Para Pareto y Mosca, en cambio, la estructura de poder
de cualquier sociedad está moldeada por las características de su liderazgo político,
el cual puede cambiar de protagonistas. Centran su atención no en la tensión entre
clases, sino entre las élites gobernantes y las emergentes. De esta manera, desafían la
visión marxista tan centrada en la estructura económica de la sociedad, colocando
el centro de gravedad del devenir social en el liderazgo político (sin menospreciar el
contexto económico). Mientras el marxismo predice una sociedad futura igualitaria
y sin clases, para los teóricos de las élites la única verdadera ley es que la sociedad
siempre va a ser dirigida por alguna élite de algún tipo.
Los tres teóricos argumentaron que la élite política se perpetúa endogámicamente,
seleccionando a sus miembros desde la clase privilegiada, presuntamente unida en
costumbres y valores. Esta visión luego sería cuestionada por el cientista político
Robert Dahl (1961), quien diferenció entre líderes y sublíderes dentro de la élite.
Entre los sublíderes incluyó a personas con un origen sociodemográco promedio,
pero cuya alta especialización les permite participar en la toma de decisiones políticas,
cerrar la brecha entre élite y masas y así legitimar las instituciones democráticas. Para
Dahl, el reclutamiento en la élite es más amplio que para los autores clásicos, ya que
nuevos miembros se pueden incorporar en base a sus ingresos, prestigio, educación
y profesión. Asimismo, Dahl rechazó la existencia de un solo grupo que cubra todo
el espectro de decisiones políticas.
Las críticas de Dahl corresponden a una división que se desarrolló a mediados del
siglo pasado entre los teóricos que hablaban de “élites” en plural, como Schumpeter
(1942/2008), y aquellos como Mills (1956/2013) que siguieron la tradición de
Pareto, Mosca y Michels, describiendo una élite indistinguible que concentra en
sus manos el capital político, social, económico y cultural. Precisamente, una de
las preguntas necesarias a resolver para identicar a la élite política es si es posible
distinguirla de las otras élites, particularmente las social y económica5. La respuesta
no es categórica, sino relativa: varía según el tipo de régimen en el poder.
5 La independencia entre las élites política y cultural es más clara y menos controversial en un contexto
democrático. Difícilmente una élite cultural va a poder inmiscuirse en la toma de decisiones políticas
para promover sus privilegios, como sí ocurre con las élites social y económica.
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Hay dos tipos de gobierno en los que es difícil diferenciar entre la élite política y
las otras. En los sistemas de gobierno tradicionales como las monarquías, la versión
extensa de la familia gobernante representa a la vez la cúspide social (en inuencia y
prestigio) y económica (en términos patrimoniales). En este grupo se encuentran hoy
los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Mónaco, Brunei, Swazilandia, Bhutan,
Bahrein y Omán. En un segundo grupo están aquellos gobiernos autoritarios de un
solo partido. En esta categoría caben la mayoría de los países que consolidaron un
gobierno de partido comunista durante la guerra fría (y que continúan en Cuba,
China, Norcorea y Vietnam), aunque también países cuyos gobiernos surgieron de
procesos bélicos o revolucionarios violentos, como Laos y Eritrea. En estos países,
los jerarcas partidarios están tan involucrados en la vida económica y social que no
es fácil distinguir dónde comienza una y termina otra.
En las democracias modernas, especialmente si gozan de economías más complejas, cobra
mucho más sentido hablar de varias élites. Por más que haya relaciones endogámicas
entre las élites, por más que no tengan mucha circulación, por más que las barreras de
entrada a ellas sean altas y por más que haya personas en posiciones transversales de
liderazgo, analíticamente no tiene mucho sentido cuestionar la pluralidad de las élites. Un
senador, un cardenal, un empresario y un escritor renombrado se diferencian del común
de los ciudadanos en términos de inuencia en las arenas política, social, económica y
cultural, respectivamente, y cada uno puede desarrollar su vida sin cruzar las arenas. Si
bien en algunos países hay familias poderosas que concentran alto poder político, social,
económico y cultural, también es cierto que existe una multiplicidad de actores que solo
pertenecen a la élite política.
Las confusiones que existen en torno a las élites se debe, en parte, a que la mayor parte de
la literatura se mantuvo en el ámbito teórico hasta hace pocas décadas. Ya a mediados de
los años setenta, Putnam (1976) se quejaba de que las distintas interpretaciones de las élites
llevaba a la creación de teorías sociológicas generales, a veces conceptualmente imprecisas
y poco apegadas a la realidad, en las que no se especicaba con mucha claridad analítica
quiénes pertenecían a la élite y si había más de un tipo.
Pero a partir del último cuarto del siglo XX proliferaron estudios con mayores
ambiciones empíricas y la élite política empezó a ser considerada como un
grupo independiente. Se empezó a aceptar que la élite política tiene patrones
de reclutamiento y carrera distintivos y que además enfrenta problemas de una
naturaleza especíca (Blondel y Müller-Rommel, 2007). Asimismo, perdieron
terreno las descripciones simplistas que oponían las élites a las masas y se comenzó
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a aceptar la mayor diversidad de organizaciones, líderes y puestos intermedios entre
ambos extremos. Se hizo necesario, entre otras cosas, distinguir entre los distintos
miembros de la élite (Blondel y Müller-Rommel, 2007).
Respecto a las funciones que cumple, la élite política tiene en sus manos el
destino de un país ya que administra la estructura del Estado que gobierna sobre
un territorio. Tiene la capacidad de incrementar y perjudicar dramáticamente el
bienestar colectivo. Al manejar los tres poderes del Estado, la élite política le da vida
y moldea a las instituciones que determinan las relaciones entre los ciudadanos. Es
la responsable de generar las leyes y el marco regulatorio de los poderes públicos, y
por lo tanto las reglas de convivencia nacionales y las relaciones con otros Estados.
Asimismo, es la que determina la ejecución del uso de la fuerza estatal y las políticas
económicas que regirán a la nación. En n, como ningún otro grupo, quienes se
ubican en la élite política denen el derrotero democrático que seguirá el país.
Otro aspecto a considerar sobre la composición de la élite es sobre cuán conveniente
es examinarla como un grupo ar mónico. Aunque algunas visiones cr íticas la describen
como una entidad única y cohesionada, la realidad es que sus miembros compiten
permanentemente por mejorar su posición dentro de ella. Al menos una parte de
la élite política basa su subsistencia en un sistema democrático representando los
intereses y las preferencias ideológicas de los votantes, de quienes necesita capturar el
voto. Por lo tanto, cuán dividida y polarizada está depende en buena medida de cuán
divididos y polarizados estén sus representados y de cómo los sistemas electorales
transforman las preferencias de los votantes en puestos electos6.
Una distinción que vale la pena hacer dentro de la élite es aquella entre sus miembros
de jure o de origen legal y los de facto o que pertenecen en la práctica. Los de jure son
todos aquellos que ostentan puestos formales en la élite política. Su poder se deriva
principalmente de sus funciones legales, por lo que son fácilmente identicables.
Pueden haber sido electos popularmente o asignados por alguien situado más arriba
en la élite. Los miembros de facto pertenecen a la élite debido a su inuencia sobre
la toma de decisiones políticas, pese a no tener ninguna potestad legal para ejercer
dicha inuencia. Como se verá a continuación, si bien algunos de estos miembros
son fáciles de identicar porque ostentan puestos de alta visibilidad pública (como
6 Los sistemas proporcionales tienden a asignar escaños parlamentarios en proporción a los votos,
mientras que los sistemas mayoritarios tienen el efecto opuesto ya que los ganadores son aquellos
que atraen más votos.
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líderes religiosos), la mayoría ejerce su inuencia de manera opaca (por ejemplo,
lobistas) y de otros ni siquiera se conoce su participación (grandes nancistas de
campañas). Además de ser difíciles de identicar, nadie sufragó para que actúen
en la élite política, si bien pueden existir algunos miembros cuya capacidad de
inuencia proviene de cierta legitimidad popular (como puede ocurrir con líderes
de movimientos que promuevan una determinada agenda, ya sea cultural, sexual,
religiosa, estudiantil o laboral).
La gura 1 propone a modo de referencia una lista (no exhaustiva) de quiénes
pertenecen a la élite política en toda democracia presidencial (no federal)7. En
el triángulo de la izquierda se ubican de manera jerárquica los miembros de la
élite política, cuyo poder emana de un mandato legal. En todos los cargos que se
muestran, las personas que los detentan toman decisiones que repercuten sobre
el resto de la sociedad. El ámbito geográco que se representa en general crece a
medida que se sube en la pirámide: alcaldes y concejales representan preferencias
locales, diputados y senadores distritales, gobernadores e intendentes regionales, el
o la presidente nacionales. La impersonalidad de los cargos permite que quien los
ejerza lo haga independiente de sus características personales (si bien los hombres
de la élite social y económica suelen están sobrerrepresentados). En todos los cargos
descritos, la permanencia en la élite está determinada por la duración de los puestos.
7 La gura tiene algunas limitaciones. Primero, no presenta una lista exhaustiva ni denitiva, ya que no
en todos los países existen los mismos cargos formales, y aunque se llamen igual, éstos difícilmente
cumplen las mismas funciones. Asimismo, los actores que concentran poder informal varían por país
y época histórica. Por diversas razones, el peso político relativo de latifundistas, militares y la Iglesia
Católica ha caído brutalmente en las últimas décadas. Segundo, el triángulo sigue una lógica vertical
del poder que no siempre se cumple. Por ejemplo, un senador que preside un gran partido político
ostenta un poder superior a un ministro que lidera una secretaría de Estado periférica. Tampoco es
equiparable el poder del principal alcalde de la capital al de quien que preside la comuna más pobre.
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Figura 1
La élite política de jure (pirámide) y la de facto (rectángulo)
Gremios de empresarios, lobistas,
organizaciones sindicales, colegios
profesionales, grandes nancistas
de campañas, jerarcas religiosos,
grandes ONGs, analistas de prestigio,
asesores, dueños de medios de
comunicación, altos militares, rectores
de universidades.
Presidente
Vicepresidente
Ministros,
jueces de la Corte
Suprema y la Corte
Constitucional
Gobernadores, intendentes,
viceministros, senadores,
diputados, líderes partidarios
Alcaldes, concejales, embajadores, cónsules,
burócratas de altos cargos, technopols
Fuente: elaboración propia.
En la cúspide de la élite política de jure se ubica el presidente, quien posee las
mayores atribuciones constitucionales y suele ser el actor con mayor respaldo social.
Le siguen su mano derecha, el vicepresidente, y los ministros, quienes tienen la
misión de iniciar e implementar políticas públicas, controlar la ejecución de una
gran parte de los recursos scales y también pueden inuir en la generación de leyes.
A la par de los ministros se pueden ubicar los jueces que lideran el poder judicial,
cuyas decisiones de índole jurídica tienen una incuestionable repercusión política
en el corto y largo plazo. En una zona intermedia se sitúan los representantes del
poder legislativo (senadores y diputados) y miembros del poder ejecutivo con
amplias atribuciones sobre regiones (como gobernadores e intendentes) o sectoriales
(como viceministros). Debido a que usualmente controlan el acceso a los puestos
de elección popular de sus miembros y controlan el destino de los partidos, en este
segmento se ubican los líderes partidarios.
En el último escalón se sitúan los políticos electos de menor rango (como alcaldes
y concejales), funcionarios públicos encargados de la diplomacia (embajadores y
cónsules), burócratas de altos cargos y technopols. Aunque cumplen una función
técnica, los burócratas de altos cargos ejercen un puesto en el que gozan de un
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margen de libertad para inuir signicativamente sobre los resultados de las decisiones
políticas tomadas por superiores, al punto de hacerse corresponsables de ellas. Los
technopols, estudiados inicialmente por Williamson (1994) y desarrollados por autores
como Joignant (2011a, 2011b) en Chile, trabajan en el aparato estatal como técnicos
y burócratas, pero adicionalmente tienen un capital político propio formado tras años
de participación política. Por lo tanto, además de su experticia técnica, los technopols
entienden de las consecuencias políticas de sus decisiones e inuyen en ellas. Poseen,
además, una suerte de seguro laboral informal: mientras un tecnócrata puede perder
su trabajo si se interpone en el camino de un superior, el technopol cuenta con la
protección de su red de contactos, típicamente partidarios, que incrementan los costos
de despedirlo y le garantizan permanecer en la élite en caso de desempleo8.
En el rectángulo de la derecha se sitúan de manera no jerárquica una lista de actores
que suelen intervenir en la toma de decisiones políticas. Todos estos actores inuyen
sobre la élite política de jure de manera más bien indirecta: movilizando al electorado y
recursos (principalmente nancieros) para inuir sobre las decisiones políticas. Estos
actores buscan promover causas de origen político, religioso, moral o económico, y
usan diversos conductos para ejercer su inuencia. En su afán por inuir la labor de
la élite de jure, pueden recurrir a lazos sanguíneos, de amistad, laboral o económico
para hacerse oír, y ejercer medios de presión vía llamadas telefónicas, amenazas de
huelgas, ofrecimiento de recursos, campañas mediáticas y publicitarias, divulgación
de encuestas y estudios para imponer sus preferencias.
En esta élite informal se desempeñan gremios de empresarios, lobistas, organizaciones
sindicales, colegios profesionales, grandes nancistas de campañas, jerarcas religiosos,
grupos de interés, ONGs, analistas de prestigio, asesores, dueños de medios de
comunicación, altos militares y rectores de universidades, entre otros. Si bien algunos
actores son inuyentes en cualquier democracia (lobistas, dueños de medios de
comunicación, gremios profesionales), otros son especialmente inuyentes en las
sociedades latinoamericanas, como la Iglesia Católica y los militares de alto rango.
8 La resiliencia laboral de los technopols en la élite política chilena ha sido documentada. Al analizar el
acceso y la permanencia en la élite política gubernamental chilena para el período postautoritario
entre 1990 y 2010, González-Bustamante (2013) reveló que los miembros pertenecen a un grupo
homogéneo. El autor señaló que ser hombre, de edad media, con credenciales académicas destacadas
y tener un vínculo con centros de estudios de la Concertación (la coalición gobernante en 1990-
2010) favorecen el ingreso a la élite política, mientras que la participación en centros de estudio y
una militancia política destacada favorecen la permanencia.
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Mientras más débil es una democracia, más interrelacionada estará la élite política
de jure con las élites social y económica, y por extensión la élite política de facto será
más inuyente. Los miembros de la élite social podrán ofrecer privilegios, contactos
y visibilidad, mientras que los miembros de la élite económica podrán ofrecer más
que nada acceso a recursos económicos.
Un aspecto importante de la élite política es su patrón de reclutamiento. Existe cierto
consenso en que sus miembros tienden a sobrerrepresentar a la clase alta: los contactos
familiares inuyentes, un gran patrimonio, una educación formal de alta calidad y la
experiencia de rodearse con personas en posiciones de liderazgo ofrecen una poderosa
ventaja para entrar a la élite política, tanto a la de jure como a la de facto. Una vez
dentro de la élite de jure, reglas electorales que permiten la reelección pero sobre todo
conexiones políticas facilitan mantenerse en su seno. Sin embargo, grados mínimos
de competencia y leyes de cuota (ya sea de género o étnicas) permiten que entren
personas de menor abolengo. Incluso aunque la base social de reclutamiento está
situada en la parte más alta de la sociedad, para mantenerse dentro de la élite política
los miembros necesitan luchar permanentemente contra rivales actuales y emergentes.
Para ascender dentro de la élite de jure, lo común es progresar paso a paso. Los que
están situados más arriba pueden bloquear o favorecer el ascenso de nuevos actores
ejerciendo inuencia en los mecanismos de selección partidarios, en la movilización
de votantes, en el uso de los recursos de su cargo y en la movilización de contactos
informales. A los miembros de la élite les conviene promover la lógica de las lealtades
personales, en donde lo implícito es que quien hace un favor hoy recibirá una
retribución mañana. La excepción al ascenso tradicional lo constituyen los outsiders.
Estos “asaltos” desde fuera de la élite son frecuentes en todos los niveles políticos,
siendo los intentos por llegar a la presidencia los más llamativos9.
La élite política presenta patrones de competencia y rotación que muchas veces son
pasados por alto. Este grupo se puede conceptualizar, tal vez, como una montaña
llena de privilegios y poder a la que muchos quieren acceder, y, una vez dentro,
9 Los presidentes outsiders son aquellos que se postulan a puestos políticos a pesar de no haber
hecho una carrera partidaria o en la administración pública, y/o participan en elecciones como
independientes o en asociación con partidos nuevos (Carreras, 2012). Aunque los casos exitosos
son los menos, varios presidentes han entrado así a la cúspide de la élite en los últimos 30 años:
Alberto Fujimori y Alejandro Toledo en Perú; Hugo Chávez en Venezuela; Evo Morales en Bolivia;
Abdalá Bucaram, Lucio Gutiérrez y Rafael Correa en Ecuador; Violeta Chamorro en Nicaragua; y
Fernando Lugo en Paraguay.
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escalar cuanto sea posible. Pero son muchos más los que quieren subir a la montaña
que los que ésta puede contener, y para subir muchas veces es necesario hacerlo
a costa de empujar a alguien hacia el lado, hacia abajo o hacia afuera. Como la
permanencia en la élite política de jure está asociada a puestos jos de duración
limitada, y hay muchos más interesados en entrar que espacio disponible, presenta
un dinamismo que muchas veces no es reconocido. En democracias consolidadas es
raro que los miembros de la élite política permanezcan mucho tiempo en ella. Por
supuesto, hay excepciones y en casi cada país hay familias dominantes que producen
miembros que ocupan posiciones trascendentes por décadas. Tal como existen los
Kennedy, los Bush, los Rockefeller y los Roosevelt en Estados Unidos, Chile tiene
sus Frei, Alessandri, Allende, Aylwin, Valdés y otros. Pero incluso estas personalidades
rara vez se mantienen hasta sus últimos días en la élite. Asimismo, en todos los puestos
de jure de la gura 1 suele haber una alta rotación (no así en la élite política de facto).
Incluso se podría decir que en la codiciada cúspide la rotación es mayor y menos
predecible. Tomemos el caso de presidentes y ministros. Todas las constituciones del
continente americano establecen cuánto dura el mandato presidencial. Como es el
puesto más trascendente, es al que más limitaciones le han puesto los legisladores
para garantizar su rotación. Pero los presidentes no necesariamente duran lo que
dice la Constitución. Pueden durar más: solo entre 1945 y 2012, 33 de los 315
presidentes que gobernaron por al menos seis meses trataron 40 veces de cambiar
la Constitución para extender su mandato y tuvieron éxito en 31 oportunidades
(Arana, 2015b). Pero también pueden durar menos: en el mismo período 76 líderes
estuvieron menos de seis meses en el poder (algunos fueron gobernantes interinos,
pero otros se vieron forzados a salir). Los ministros duran mucho menos que los
presidentes: pocos entran y salen con el jefe de gobierno. Si bien es razonable que
un presidente cambie a un ministro que no está haciendo bien su trabajo, muchas
veces los secretarios de Estado son usados como “fusibles” para aplacar las críticas a
la gestión gubernamental. Las cifras son sugerentes: mientras en Europa Occidental
duran en promedio entre tres y cuatro años (Blondel y Thiébault, 1991), en América
Latina los ministros duran en promedio menos de 15 meses (Naím, 1994).
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Vol. 54, N°1 (2016)
2. El análisis de los integrantes de la élite
El estudio de la élite política analiza las características de los miembros que la
componen. Tal vez el primer paso metodológico a seguir es denir qué tipo de
información se quiere recabar. Hay distintas aproximaciones. Primero, se pueden
recabar los antecedentes sociales de los miembros, como origen socioeconómico,
lugar de nacimiento, origen étnico y racial, aliación religiosa, educación alcanzada,
etcétera. Esta información es objetiva y a veces es posible obtenerla de registros
públicos o privados, o incluso se puede inferir10. Este tipo de información permite
conocer el perl socioeconómico y el contexto en el cual creció el sujeto de estudio.
Esto es de mucha importancia teórica en los estudios de élite, ya que permite revisar
cuánto ayuda (o perjudica) la cuna en la que se nace para ser parte de la élite política.
Dicho en otras palabras, qué tan rico, educado y bien conectado se necesita ser para
ser miembro de la élite política.
Un segundo aspecto interesante a estudiar de los miembros de la élite política se
concentra en sus trayectorias: a qué edad entran, en qué funciones se desempeñan,
cuánto tiempo permanecen y cuáles son los pasadizos que siguen para ascender,
descender o salir de ésta. Este tipo de información es muy necesaria para saber qué
tipo de comportamientos son los que generan conicto o consenso dentro de la élite.
Una tercera faceta, mucho menos explorada, es la de estudiar la personalidad de
los miembros de la élite. La literatura de psicología diferencial ha demostrado que
los seres humanos poseemos características de personalidad estables y que tales
características inuyen poderosamente sobre nuestro comportamiento (Costa y
McCrae, 1992; Goldberg, 1990; Judge, Higgins, Thoresen y Barrick, 1999; McCrae
y Costa, 1997)11. No existe ninguna base teórica o metodológica que explique
la escasez en este tipo de estudios. De hecho, en el mundo corporativo existe la
10 El origen socioeconómico, por ejemplo, se puede inferir de las características de la propiedad y del
barrio donde nació el sujeto de estudio.
11 Mientras la mayoría de las especializaciones en psicología se focalizan en las similitudes entre seres
humanos, esta rama de la psicología estudia cómo nos diferenciamos en sentimientos, comportamientos
y pensamientos. Galton (1869) es considerado uno de los precursores en esta área con su libro Hereditary
Genius, en el que examinó la inteligencia hereditaria e individual de personas prominentes.
¿Cómo evaluar a los integrantes de la élite política?
232
Política / Revista de Ciencia Política
práctica de seleccionar al personal tras pedirles a los candidatos pruebas que miden
distintos rasgos de personalidad12.
Finalmente, se pueden estudiar a los miembros como grupo. Sobre esto existe
una amplia bibliografía, ya que un tema de particular interés para los estudiosos
de las élites es su grado de cohesión/polarización. Responder a esta pregunta es
imprescindible para aclarar si la élite está compuesta por miembros tan conectados
entre sí que no vale la pena distinguir distintos tipos de élites, tal como proponían
los autores clásicos, o si, como propone la visión dominante actualmente, existen
distintos tipos de élites y cada una de ellas se compone por miembros con un grado
apreciable de disparidad de recursos, posiciones e intereses13.
Tras aclarar qué tipo de información se busca recopilar de los miembros de la élite
política, hay que decidir cómo identicar quiénes pertenecen a ella. De acuerdo
a Homan-Lange (2007), hay tres métodos para identicar a las élites: en base a
su reputación, posición y toma de decisiones. El método reputacional se basa en
consultar a “expertos” quiénes pertenecen a la élite. Esta clasicación depende
de cuán conocidos son los personajes y del conocimiento de los expertos. Este
método puede ser apropiado cuando prácticamente no hay indicadores claros que
puedan indicar quiénes pertenecen a la élite, lo cual puede ocurrir cuando se busca
identicar a una élite regional. También puede ayudar a descubrir a miembros que
permanecen en la oscuridad, como asesores de alto vuelo y nancistas de campañas.
Sin embargo, puede conllevar problemas metodológicos. Primero, la denición
de quiénes pertenecen o no a la élite queda supeditada al juicio de un grupo de
consultores, quienes pueden estar mal informados o sesgados. Segundo, es difícil que
un grupo de expertos pueda identicar a miembros de una élite nacional extensa
y compleja. Tercero, esta alternativa tiende a sobrerrepresentar a los miembros más
visibles, o a sobredimensionar la inuencia de personajes bulliciosos.
El método decisional identica a los miembros de la élite a través del análisis de
documentos y entrevistas en los que se busca identicar a quienes toman decisiones
en áreas relevantes. En comparación al método reputacional, esta alternativa
12 Beagrie (2005, citado por Li, Lai y Kao, 2011), por ejemplo, estima que dos tercios de las compañías
estadounidenses de tamaño mediano a grande aplican algún tipo de pruebas psicológicas para
seleccionar personal. La principal razón esgrimida para aplicar este tipo de pruebas es encontrar al
empleado adecuado y reducir la rotación de personal.
13 Estudios recientes como el de Knoke, Urban Pappi, Broadbent y Tsujinaka (1996) sugieren que las
élites suelen estar bastante integradas en su composición, pero a la vez tienden a ser diversas.
233
Ignacio Arana
Vol. 54, N°1 (2016)
permite reducir la arbitrariedad en la selección de los miembros de la élite, pero
también puede haber un sesgo al excluir a quienes no toman decisiones en las
áreas seleccionadas. Asimismo, puede tender a ignorar a personas que no participan
formalmente en la toma de decisiones (como empresarios o líderes de opinión),
pero cuyas preferencias son tomadas en cuenta por quienes deciden.
El método posicional es posiblemente el más adecuado para estudiar a los miembros
de la élite política, ya que reconoce que en las sociedades complejas la pertenencia
a ella está en buena medida asociada a posiciones formales de poder. Probablemente
por eso sea el método más usado para estudiar élites, tanto en Estados Unidos
(Dye, 2002) como en Rusia (Lane y Ross, 1999) y otros. Este método identica a
los miembros con base en los puestos que tienen, primordialmente en posiciones
de liderazgo en la administración pública, pero también en partidos políticos,
medios de comunicación, la academia, grupos de presión, gremios empresariales y
laborales, las iglesias, etcétera. Esta aproximación es poco controvertible y evita una
investigación previa acuciosa para identicar a los miembros de la élite. Por otro
lado, el gran problema es que excluye a los miembros de facto, los cuales pueden ser
más trascendentes que los miembros de jure.
Probablemente la mejor manera de identicar a la mayor cantidad posible de
miembros de la élite es combinando el método posicional con el reputacional,
sirviendo el primero para identicar a los que detentan el poder de jure y el segundo
necesario para identicar a quienes mueven los hilos del poder sin tener un mandato
legal para hacerlo.
Una vez resuelto qué se busca recabar de los miembros de la élite y la estrategia para
identicarlos, hay que decidir cómo estudiarlos. Un somero repaso por la literatura puede
ser ilustrativo. Los dos grupos más estudiados en los sistemas presidencialistas se concentran
en presidentes y legisladores, los principales puestos que son llenados por los votantes.
Los miembros del poder legislativo son el grupo que ha sido más encuestado, tanto
en sistemas presidenciales como parlamentarios. Sobre el continente, hay estudios
con encuestas para Brasil (McDonough, 1939/1981), Estados Unidos (Lerner,
Nagai y Rothman, 1996) y toda América Latina, como las cinco olas de encuestas
realizadas en 18 países latinoamericanos desde principios de los años noventa por
el Observatorio de Élites Parlamentarias de América Latina de la Universidad de
Salamanca. Tal como sostiene Homan-Lange (2007), este tipo de estudios han
generado mucha información sobre los legisladores, incluyendo su origen individual
¿Cómo evaluar a los integrantes de la élite política?
234
Política / Revista de Ciencia Política
como el grado de consenso y disenso que existe entre ellos. Sin embargo, el encuestar o
entrevistar legisladores presenta serias limitaciones. Primero, hacerlo es muy costoso,
ya que en la mayoría de los casos se requiere entrevistarlos personalmente. Segundo,
las respuestas dependen de la generosidad de los miembros de la élite, quienes tienen
que ceder parte de su apretada agenda. Esto lleva a la sobrerrepresentación de cierto
perl de legisladores (aquellos dispuestos a dar entrevistas). Tercero, las respuestas
de los legisladores no necesariamente son honestas. Si bien el autor ha conducido
trabajos en los que usa como evidencia parcial las respuestas de legisladores (Arana,
2013, 2015a) y expresidentes (Arana, 2012) en entrevistas semiestructuradas, es poco
probable esperar que los sujetos de estudio revelen aspectos que comprometan su
prestigio, especialmente cuando sus carreras dependen de la imagen que proyectan
entre sus representados.
Quizás la mejor alternativa que existe para bajar costos al estudiar a los miembros de
la élite política, evitar depender de su disponibilidad horaria y descartar el posible
sesgo que puedan introducir los sujetos de estudio, es estudiarlos a distancia.
2.1. Métodos para estudiar individuos a distancia
El estudio de los miembros de la élite “a distancia” tiene una larga tradición en las
ciencias sociales. Investigadores de distintas disciplinas han desarrollado alternativas
metodológicas cualitativas y cuantitativas para estudiar las características de personas
prominentes a distancia. Mientras investigadores cualitativos han conducido
psicobiografías, las investigaciones cuantitativas han utilizado análisis de contenido,
historiometría y encuestas a especialistas.
Las psicobiografías examinan en detalle ciertos aspectos relevantes de la vida de los
sujetos de estudio para entender de manera más profunda sus decisiones, motivaciones
y comportamiento. El psicoanálisis es una de las prácticas preferidas en este tipo de
estudios, siendo la más famosa la psicobiografía que Sigmund Freud hizo de Leonardo
da Vinci (1910/1989). Pero los principales estudiados han sido líderes políticos,
incluyendo dictadores como Adolf Hitler (Waite, 1977/1993) y Saddam Hussein
(Post, 2003). Las psicobiografías tienen el gran valor agregado de enfatizar la importancia
de ciertos acontecimientos y etapas en las vidas de personajes destacados (como
su infancia, relaciones interpersonales, etcétera) para entender su comportamiento.
Como sostiene Flett (2007), el enfatizar la importancia de las situaciones que los
individuos experimentan permite desarrollar nuevas hipótesis para explicar su
comportamiento. A pesar de sus ventajas, estos estudios son subjetivos y por lo
235
Ignacio Arana
Vol. 54, N°1 (2016)
tanto pueden incorporar los sesgos (culturales, de época, género, clase o cualquier
otro tipo) del autor en el contenido del análisis. Esto es problemático ya que los
biógrafos tienden a investigar a individuos que despiertan emociones intensas, ya sea
de adscripción o rechazo. Tal como dice Flett (2007), los autores de las psicobiografías
pueden sobreatribuir importancia a lo que sus sujetos de estudio hicieron, a ciertos
aspectos de su personalidad, o a ciertos aspectos de sus vidas (como su infancia).
Para remover hasta donde sea posible la subjetividad imperante en los estudios
cualitativos, diversos especialistas han utilizado estudios de análisis de contenido,
historiometría y encuestas a expertos (Song y Simonton, 2007). La información
recabada en estos estudios es transformada en números, lo que permite conducir
pruebas estadísticas convencionales para probar las hipótesis.
El análisis de contenido puede ser tanto cuantitativo como cualitativo. Trata sobre
el análisis de distintos tipos de textos –imágenes, escritos, grabaciones– relacionados
a conceptos psicológicos. Teniendo como objeto de estudio a presidentes
estadounidenses, existen investigaciones que han examinado sus discursos (Winter y
Carlson, 1988), diarios personales y otros escritos (Pennebaker y King, 1999).
La historiometría consiste en examinar hipótesis psicológicas de sujetos usando
métodos cuantitativos con datos históricos. Un ejemplo de este tipo de estudios
es Simonton (1986), quien usó información biográca de todos los presidentes de
Estados Unidos y pidió a un grupo de codicadores que evaluara a los líderes (sin
identicarlos) usando una lista de adjetivos. Este ejercicio le permitió agrupar a los
presidentes de acuerdo a sus personalidades y probar si su estilo de liderazgo estaba
relacionado a su perl de personalidad.
Un último tipo de estudios cuantitativos son las encuestas a especialistas, una
metodología que es usada en áreas tan distintas entre sí como decisiones de inversión,
salud y conictos militares. Según Meyer y Booker (1991), los investigadores usan
esta metodología para tratar de anticipar eventos futuros; interpretar o integrar
información ya existente; proveer estimaciones sobre fenómenos nuevos, raros,
complejos o poco comprendidos; aprender los procesos a través de los cuales
los expertos resuelven problemas o los grupos toman decisiones; y capturar el
conocimiento más actualizado de una disciplina.
¿Cómo evaluar a los integrantes de la élite política?
236
Política / Revista de Ciencia Política
Como en este trabajo presento algunos de los resultados que tuvo la encuesta a
presidentes que realicé, a continuación describo el valor de las encuestas a especialistas
y sitúo su estado actual de desarrollo en la disciplina.
2.2. Las encuestas a especialistas
En ciencia política existen muchos estudios basados en encuestas a especialistas.
Algunas organizaciones han hecho encuestas para medir aspectos relacionados
a la gobernanza democrática que son difíciles de medir de otra manera, tales
como corrupción, imperio de la ley, libertad de prensa y calidad de la burocracia.
Por ejemplo, Transparencia Internacional conduce el índice de Percepción de
Corrupción anualmente desde 1995. Como la corrupción es algo que se realiza
furtivamente, la mejor manera para descubrirla hasta ahora es encuestando a quienes
pueden identicarla y describirla. El proyecto Variedades de Democracia (Coppedge,
Gerring y Lindberg, 2012) fue creado en 2010 como parte de un esfuerzo para
generar nuevos indicadores de democracia para todos los países desde 1900. Más
recientemente, el Proyecto de Integridad Electoral (Norris, 2014) realizó una encuesta
a especialistas para ver si 73 elecciones sostenidas entre 2012 y 2013 en 66 países
cumplían con estándares y principios internacionales.
El área donde las encuestas a especialistas han sido más usadas en ciencia política
es en medir la ideología de los partidos políticos y sus posiciones, particularmente
en Europa (Benoit y Laver, 2006; Steenbergen y Marks, 2007). Algunos estudios
han evaluado la validez de estos trabajos contrastándolos con análisis cuantitativos
de contenidos, llegando a resultados satisfactorios (e.g., Steenbergen y Marks,
2007). Otra área de estudios es la toma de decisiones en política exterior (Schafer
y Crichlow, 2002).
Las encuestas a especialistas son también las más populares entre quienes han intentado
evaluar a los presidentes estadounidenses. El primer estudio prominente que usó
encuestas a especialistas fue el del historiador Arthur Schlesinger (1948), quien pidió
a 55 especialistas evaluar a todos los presidentes del país del norte en términos
de desempeño. Desde entonces muchos lo han seguido, incluyendo a Maranell
(1970), Murray y Blessing (1983), y Ridings y McIver (1997). Sin embargo, hasta
ahora los únicos que han recurrido a encuestas para medir aspectos psicológicos
de los presidentes han sido Rubenzer, Faschingbauer y Ones (2000) y Rubenzer y
Faschingbauer (2004). Estos últimos autores le pidieron a especialistas que evaluaran
los “Cinco Grandes” rasgos de la personalidad de los presidentes estadounidenses,
237
Ignacio Arana
Vol. 54, N°1 (2016)
y luego correlacionaron los resultados con el ranking de desempeño realizado por
Murray y Blessing (1983).
Además de las publicaciones de índole académica, la prensa también ha hecho
encuestas a especialistas para tratar de establecer una jerarquía de desempeño en el
puesto. Entre otras, se cuentan la encuesta C-SPAN sobre liderazgo presidencial de
2000, la encuesta hecha por el diario Wall Street Journal y la Sociedad federalista
(Taranto y Leo, 2004), y la encuesta sobre grandeza presidencial de la compañía
Zogby International de 2002.
Dado mi interés en estudiar a los presidentes, opté por conducir una encuesta a
especialistas por cuatro razones sustantivas. Primero, porque ofrecen medidas con
mayor validez que los análisis de contenido o los estudios historiométricos. Como se
basan en la evaluación de varios expertos, los potenciales sesgos que cada evaluador
puede introducir en sus respuestas tienden a cancelarse a medida que aumenta
el número de participantes. En cambio, la validez de los análisis de contenido e
historiométricos está asociada a la cantidad y calidad del material analizado. Si el
material analizado es reemplazado, los resultados pueden cambiar drásticamente.
Algo problemático con los análisis de textos es que pueden ser poco representativos
del líder: su discurso puede haber sido escrito por terceros, sus fotos el resultado de
posturas, sus correos no reejar lo que verdaderamente pensaba.
Segundo, las encuestas también son más válidas que las alternativas debido a que la
información que los expertos sopesan cuando evalúan a los presidentes –lo que han
leído, escrito, visto y escuchado– está más actualizada y es más profunda que lo que
pueda surgir del análisis de textos o registros. A diferencia de libros y grabaciones
audiovisuales, los conocimientos de los especialistas están actualizados hasta cuando
participan en la encuesta. Además, su conocimiento es más extenso que cualquier
material grabado, ya que incorpora todo tipo de fuentes: desde el consumo de libros,
prensa escrita, material audiovisual, exposición a una variedad de opiniones, hasta el
contacto personal con los presidentes.
Tercero, las encuestas a especialistas permiten medir las diferencias individuales de
más presidentes. Lamentablemente, la bibliografía que existe sobre un gran número
de presidentes latinoamericanos es exigua, especialmente para aquellos que no
alcanzaron prominencia histórica, gobernaron países poco desarrollados y antes de
los años ochenta. Dicha escasez de textos impide realizar análisis de contenidos
y estudios historiométricos para muchos líderes. En cambio, para cada presidente
¿Cómo evaluar a los integrantes de la élite política?
238
Política / Revista de Ciencia Política
existen individuos capacitados que pueden evaluarlos pese a no haber publicado
biografías o símiles, como personas que trabajaron con ellos, periodistas que los
cubrieron, académicos y analistas políticos.
Una última razón es práctica: las encuestas son una alternativa económica en
términos de tiempo y dinero. Solo se necesita usar un software para hacer encuestas,
identicar especialistas y contactarlos. En cambio, analizar textos bibliográcos
puede ser muy costoso ya que demanda reunir material disperso en distintos países
y entrenar y pagar un equipo de codicadores.
3. La encuesta sobre presidentes: algunos resultados
Junto a un grupo de asistentes de investigación, entre agosto de 2012 y abril de
2013, realicé una encuesta a especialistas sobre los 315 presidentes que gobernaron
por al menos seis meses un país del continente americano entre 1945 y 2012. Los
76 líderes que gobernaron por menos de seis meses fueron excluidos debido a que
detentaron el poder solo transitoriamente –hubo muchos interinos, aunque algunos
fueron sacados por golpes de Estado o murieron en el puesto– y, por lo tanto, no
tuvieron tiempo para dejar una huella duradera de su mandato. Escogí 1945 como
el período de inicio ya que el n de la Segunda Guerra Mundial denió con mayor
claridad las diferencias entre ideologías y porque estableció el inicio del período
democrático más extenso en América Latina14.
La encuesta evaluó una serie de características individuales de los presidentes y se
compuso de tres tipos principales de preguntas. En un grupo, los evaluadores llenaron
pruebas psicométricas que capturaron los “Cinco Grandes” rasgos de personalidad y
otros rasgos psicológicos (como propensión al riesgo, asertividad y dominancia). En
un segundo grupo, los especialistas evaluaron diversos antecedentes de los líderes,
como su socialización en política, origen socioeconómico, relación con el gobierno
anterior, religiosidad, ideología y estilo de toma de decisiones. El último grupo de
preguntas le pidió a los especialistas revelar distintas características suyas para medir el
potencial sesgo que introducen15. Siguiendo distintas estrategias (véase Arana, 2015b),
logramos identicar un total de 1.879 nombres de especialistas en presidentes, de
14 Sobre olas de democratización véase Hagopian y Mainwaring (2005).
15 Se inquirió por edad, género, nivel educacional, nacionalidad, ciudad de residencia, profesión,
ideología, simpatía/antipatía por el presidente, aprobación del desempeño presidencial, número de
veces que estuvo con el jefe de Estado y si tales contactos fueron profesionales, amistosos o familiares.
239
Ignacio Arana
Vol. 54, N°1 (2016)
los cuales pudimos localizar vía correo electrónico a poco menos de la mitad. La
encuesta, que fue implementada usando el software SurveyMonkey, fue enviada por
correo electrónico a 911 expertos en los idiomas castellano, portugués e inglés.
En total, 361 expertos de 29 nacionalidades completaron 531 encuestas para 165
presidentes de 19 países16. Incluso considerando como contactados a especialistas que
pudieron no haber recibido el mensaje, la tasa de respuesta fue de 40%, un porcentaje
alto comparado con la mayoría de las encuestas en línea (Hamilton, 2009).
El número promedio de evaluadores por presidente fue tres, un número que permite
hacer análisis conables en investigación psicológica (Rubenzer y Faschingbauer,
2004). Algo interesante sobre los especialistas es su perl educacional y cercanía
con los presidentes. Un 96% de los que participaron tenía grados universitarios y
un 56% poseía doctorados. De los 531 cuestionarios, 216 fueron completados por
evaluadores que conocieron personalmente a sus evaluados al menos una vez, 144
conocieron al presidente al menos tres veces y 50 lo conocieron más de 21 veces17.
La encuesta permitió crear la base de datos más completa sobre presidentes del
hemisferio occidental. ¿Para qué sirve toda esta información? Para responder
muchas cosas que desconocemos. Como se mencionó, la encuesta midió rasgos de
personalidad y antecedentes de los presidentes, lo que permite contestar muchísimas
preguntas de investigación relevantes para el estudio de las élites. Por ejemplo, per mite
responder sobre la potencial excepcionalidad de los presidentes. Como se ha dicho,
los miembros de la élite política suelen ser reclutados del estrato socioeconómico
alto, ¿pero es así realmente con los presidentes? ¿Son los Evo Morales, Lula Da Silva
y Alejandro Toledo excepcionales, y más comunes los Sebastián Piñera, Eduardo Frei
Ruiz-Tagle y Mauricio Macri? De manera más amplia, ¿existen antecedentes que se
repitan particularmente con frecuencia entre los presidentes?
Otra arena interesante es la de la personalidad. Uno podría suponer que los
presidentes poseen rasgos de personalidad excepcionales. Dos intuiciones apuntan
en esta dirección. Primero, las probabilidades de ser elegido(a) son bajísimas, ya
que aunque la élite política sea pequeña, solo tres o cuatro individuos por cada
generación se arrellanarán en el sillón presidencial. Parece natural sospechar que
solo cierto tipo de personas son seleccionadas y que no bastan la cuna ni el nombre.
16 Lamentablemente nadie llenó encuestas para jefes de gobierno hondureños.
17 El conocimiento personal de los presidentes se explica porque participaron exministros, embajadores,
legisladores y periodistas que tuvieron acceso directo a los líderes.
¿Cómo evaluar a los integrantes de la élite política?
240
Política / Revista de Ciencia Política
Otra sospecha que apunta en la misma dirección es la del tipo de actividades que
vienen con el puesto. Los presidentes cumplen labores muy complejas y diversas,
que los obligan a manejar y procesar mucha información, tomar decisiones bajo
presión, negociar, liderar y asumir riesgos. Asimismo, tienen que ser comunicadores
persuasivos y dúctiles, capaces de convencer tanto a ciudadanos con poca educación
como a personas sosticadas, y ser capaces de ejercer su autoridad cuando las
circunstancias lo ameritan. No es casualidad que el estereotipo de un presidente no
es el de una persona tonta, insegura, emocionalmente inestable, pusilánime, sumisa,
aversa al riesgo, callada, introvertida y antisocial. Por supuesto, han habido presidentes
con rasgos de personalidad decitarios, pero éstos fueron lastres para su desempeño.
Todo esto lleva a la siguiente pregunta: ¿tienen los presidentes una personalidad
distinta al resto de la población?
No es el propósito de este trabajo responder exhaustivamente de qué manera se
relaciona la clase social con la probabilidad de llegar a la presidencia, ni si hay rasgos
de personalidad que facilitan acceder a la cúspide de la élite política. Sin embargo,
algunos datos pueden ser muy reveladores. Si bien existe un relativo consenso en que
la élite política está compuesta por miembros de la clase alta, no es tan claro de qué
origen procede el presidente. El siguiente gráco muestra el origen socioeconómico
promedio de los presidentes que gobernaron entre 1945 y 2012 por país, según
la encuesta a especialistas. Como se mencionó, no todos los presidentes de cada
país fueron evaluados, por lo que los promedios pueden estar sesgados ligeramente
hacia arriba o hacia abajo. Asimismo, ningún presidente de Honduras fue evaluado
y solo Fidel Castro fue evaluado para Cuba. Todos los valores se ubican entre 1 y
8, respondiendo a la siguiente clasicación sobre los líderes: “1” cuando tiene un
origen en el 5% más pobre; “2” cuando procede del 5-20% más pobre; “3” cuando
procede del 20-40% más pobre; “4” cuando es del 40-60% más pobre; “5” cuando
es del 60-80% más rico; “6” cuando es del 80-95% más rico; “7” cuando es del 5%
más rico; “8” cuando procede del 1% más rico.
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Ignacio Arana
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Los abogados parecen ser una gran cantera de líderes democráticos en el mundo.
Tras analizar la trayectoria de más de 1.400 líderes mundiales que gobernaron entre
1848 y 2004, Besley y Reynal-Querol (2011) encontraron que en promedio el 30%
de los líderes democráticos y el 15% de los autócratas son abogados. Los autores
destacan que, debido a su entrenamiento académico y profesional, los abogados de-
sarrollan habilidades retóricas y capacidad para manejar reportes complejos rápida-
mente. El ex Presidente chileno Patricio Aylwin, cuando le consulté sobre por qué
tantos presidentes chilenos han sido abogados, mencionó otros dos argumentos. “De
todas las especialidades, la carrera de derecho es la más amplia en cuanto a los temas
que tienen connotación social […] La política se canaliza generalmente a través de la
generación de leyes, y las leyes indudablemente que están más cerca de los abogados
que de cualquier otro profesional” (P. Aylwin, entrevista, 09 de noviembre de 2010),
argumentó Aylwin, quien enseñó derecho administrativo en la Universidad de Chile
y en la Ponticia Universidad Católica de Chile, y educación cívica y economía
política en el prestigioso colegio público Instituto Nacional.
La explicación sobre los militares parece más compleja. Por un lado, hay varios de
la lista que llegaron al poder por la vía armada, por lo que no son representativos
de los caminos que llevan al poder en democracia. Como ya es poco probable
observar golpes de Estado militares en América Latina, la cantidad de presidentes
con experiencia militar inevitablemente irá decayendo.
Por otro lado, la probabilidad de que militares lleguen a la presidencia en algún país
del continente parece estar relacionada al prestigio que tienen las labores militares
en el momento de la votación. Por ejemplo, tradicionalmente en Estados Unidos
es muy bien visto que los presidentes hayan participado por algún lapso de sus
vidas en las fuerzas armadas18. Dicha experiencia es considerada valiosa para alguien
que ejerce el rol de comandante en jefe de unas fuerzas armadas profundamente
involucradas en el exterior y claves para mantener la supremacía bélica del país.
Naturalmente, el prestigio de la carrera militar como antecedente para ejercer
posiciones de liderazgo civil varía según las experiencias de cada país. En países
donde las fuerzas armadas están mal preparadas, son una alternativa laboral poco
prestigiosa o estuvieron involucradas en violaciones masivas a los derechos humanos,
probablemente será difícil que el portar armas ayude para llegar a la presidencia.
18 En la muestra, solo Dwight Eisenhower fue un militar de carrera propiamente tal. De hecho, llegó
a la presidencia en buena medida por haber ganado fama y reputación como comandante supremo
de los aliados en Europa en la Segunda Guerra Mundial.
¿Cómo evaluar a los integrantes de la élite política?
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Política / Revista de Ciencia Política
Finalmente, está la pregunta sobre la eventual excepcionalidad en la personalidad
de los presidentes. Lamentablemente nunca se podrá comparar a los jefes de
gobierno con la “población media”, ya que no existe una muestra que cubra “toda
la humanidad”. Pero sí se pueden buscar referencias, tal como se muestra en la tabla
2. En ella comparo la media que obtuvieron los presidentes cuando se les midió los
“Cinco Grandes” rasgos de la personalidad en la encuesta, con una base de datos para
71.867 adultos estadounidenses que llenaron el mismo cuestionario analizándose
a sí mismos (Srivastava, John, Gosling y Potter, 2003)19. También comparo a los
mandatarios con los 317 adultos de la muestra que tenían la misma edad promedio
que los jefes de gobierno: 56 años. En casi todos los casos, la media de los líderes es
distinta a la de los otros dos grupos, con un 99% de signicancia estadística para los
cinco factores de la personalidad20.
Tabla 2
Comparación de los cinco grandes rasgos de la personalidad
Presidentes Usuarios de Internet Usuarios de
56 años de edad
Promedio 95% IC
(mín. - máx.) Promedio 95% IC
(mín. - máx.) Promedio 95% IC
(mín. - máx.)
Extraversión 3,40 3,29 - 3,51 3,18 3,18 - 3,19 3,26 3,17 - 3,35
Amabilidad 3,11 3,02 - 3,20 3,66 3,65 - 3,66 3,93 3,86 - 4,00
Responsabilidad 3,46 3,37 - 3,55 3,55 3,55 - 3,56 3,88 3,80 - 3,96
Neuroticismo 2,81 2,73 - 2,90 3,04 3,03 - 3,05 2,96 2,87 - 3,05
Apertura 3,22 3,12 - 3,32 3,98 3,98 - 3,99 3,86 3,78 - 3,94
Nota: IC se reere a intervalos de conanza.
Fuente: elaboración propia con base en Arana (2015b) y Srivastava et al. (2003).
19 El cuestionario es el Big Five Inventory (BFI), creado por Benet-Martínez y John (1998).
20 La excepción ocurre cuando los jefes de gobierno son comparados en extraversión y neuroticismo
con la muestra de usuarios de 56 años (la media es diferente en un nivel de signicación de 90%)
y en responsabilidad con todos los usuarios de Internet (los promedios dieren en un nivel de
signicación de 95%).
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Quizás el dato más interesante es que la media de cada grupo no es muy distante
a la de los otros. Esto sugiere que, a pesar de que se trata de individuos que están
en una posición excepcional, como grupo los jefes de gobierno no se distancian
particularmente en alguno de los cinco grandes factores de la personalidad. No son,
por ejemplo, como los astronautas, cuyo percentil 50 en el factor de responsabilidad está
cerca del percentil 93 de estudiantes de pregrado (Musson, Sandal y Helmreich, 2004).
Los siguientes grácos muestran el promedio de los presidentes de cada país para cada
uno de los cinco grandes factores de la personalidad. Cada factor varía entre 1 y 5.
Es necesario precisar que no hubo evaluaciones ni para Honduras ni Panamá, y en
Cuba solo se midió la personalidad (bastante peculiar por lo demás) de Fidel Castro.
Excluyendo a Cuba, se puede observar que en ningún factor hay un país que esté muy
por sobre o muy por debajo de la media del resto de los países. Esto sugiere que las
personalidades de los presidentes no varían tanto de acuerdo a las culturas de cada país.
En otras palabras, en promedio los ciudadanos de cada país no han sido gobernados por
líderes muy distintos en personalidad a los de las demás naciones. Asimismo, ninguno
de los promedios se acerca a los extremos, lo que impide decir que los presidentes
de un determinado país son particularmente altos o bajos en determinado rasgo de
personalidad. Naturalmente, lo relativamente moderado de los promedios nacionales
no revela extremos que sí existen a nivel individual para cada factor21.
Algo sobresaliente es que los grácos revelan que ciertos rasgos de personalidad
son más marcados que otros entre los presidentes. Considerando que tres es
el punto medio en la escala para cada factor, se puede decir que los presidentes,
como grupo, tienden a ser moderadamente altos en extraversión, apertura a la
experiencia, estabilidad emocional (lo opuesto a neuroticismo), particularmente
altos en responsabilidad y moderadamente bajos en amabilidad. Estos simples datos
parecen intuitivos. La extraversión es seguramente un rasgo muy útil para un puesto
21 En extraversión, los líderes varían entre 1,5 (Martín Torrijos de Panamá) 2 (Raúl Leoni Otero de
Venezuela) hasta 4.9 (Ernesto Samper de Colombia y Eduardo Víctor Haedo de Uruguay). En
amabilidad, los puntajes van desde 1.78 (Fidel Castro de Cuba) y 1.83 (Richard Nixon) hasta
4.33 (José Bustamante y Rivero de Perú) y 4.78 (Carlos Julio Arosemena Tola de Ecuador). En
responsabilidad, los resultados van desde 2.1 (Andrés Pastrana de Colombia) y 2.2 (Abdalá Bucaram
de Ecuador) hasta 4.56 (Carlos Julio Arosemena Tola) y 4.89 (José María Guido de Argentina). En
neuroticismo, los puntajes van desde 1.55 (Ronald Reagan de EE.UU.) y 1.63 (Ernesto Samper
de Colombia y Otto Pérez Molina de Guatemala) hasta 4.06 (Richard Nixon) y 4.13 (Leopoldo
Fortunato Galtieri de Argentina). Finalmente, en apertura los resultados van desde 1.6 (Lucio
Gutiérrez de Ecuador) y 1.89 (Anastasio Somoza García de Nicaragua) hasta 4.7 (Eduardo Víctor
Haedo de Uruguay y José Figueres Ferrer de Costa Rica) y 5 (Isaías Medina Angarita de Venezuela).
249
Ignacio Arana
Vol. 54, N°1 (2016)
Conclusiones
Este artículo abordó el estudio de los integrantes de la élite política focalizándose
en quienes están en la cúspide de las democracias presidenciales: los presidentes. En
la primera parte se respondieron preguntas esenciales sobre el estudio de la élite
política, despejando dudas sobre su existencia, independencia, composición, función,
y las alternativas para analizar a sus miembros. En la segunda parte describí la encuesta
a especialistas en presidentes que realicé y mostré algunos resultados. En concreto,
que al analizar a los presidentes del continente americano como un grupo se puede
ver que su origen socioeconómico tiende a ser medianamente acomodado; que para
llegar a la presidencia es útil estudiar leyes y contar con experiencia en fuerzas de
seguridad; que quienes llegan a la presidencia tienden a ser extravertidos, abiertos a
la experiencia, estables emocionalmente, muy responsables y poco amables.
El ejercicio de analizar las diferencias individuales de los presidentes sugiere una
agenda de investigación que se puede extender a otros integrantes de la élite política.
El siguiente paso a dar en el estudio de las élites es entender cómo las diferencias
individuales de sus integrantes nos ayudan a entender su comportamiento y
trayectoria. Sabemos que ser de clase alta ayuda para entrar, pero falta avanzar en
identicar si existen ciertas características personales que explican, entre otras cosas,
el derrotero que siguen los integrantes de la élite, incluyendo las funciones en las
que se desempeñan, las decisiones que toman y el estilo de liderazgo que ejercen.
Responder este tipo de preguntas es de particular importancia en una región donde
la endogamia y poca rotación de los integrantes de la élite, sumado a un liderazgo
fundado muchas veces más en vínculos interpersonales que institucionales, atenta
contra la representatividad de las democracias presidenciales.
¿Cómo evaluar a los integrantes de la élite política?
250 Política / Revista de Ciencia Política
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... Recent studies have focused on the rise of new populist leaders, such as Silvio Berlusconi in Italy, Andrej Babiš in the Czech Republic, or Donald Trump in the United States (Albertazzi and McDonnell 2015;Norris and Inglehart 2019), as well as on the establishment of personal parties, such as Macri's Propuesta Republicana or Macron's En Marche (Musella 2018). These emerging types of chief executives, with profiles of political and/or party outsiders, can be understood as signals of an ongoing process of elite renewal, after decades in which political leaders have been recruited among experienced politicians with similar socio-economic traits (Müller and Philipp 1991;Arana Araya 2016;Nyrup and Bramwell 2020). Against this background, it appears worth investigating what structural causal mechanisms make -irrespective of party affiliation or personalities -the selection of chief executives with similar career background likely, and what leads to (recurring) breaks in the stable reproduction of their recruitment patterns. ...
Article
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The scholarship on political careers and recruitment has increasingly focused on the conditions that foster the emergence of new political elites. However, top politicians in democratic regimes tend to share socio-economic backgrounds and occupy similar political positions before entering office. Career patterns in politics are relatively stable and tend to reproduce themselves over time; this leads to the persistence of core background traits among the members of the political elites. The lack of profiles renewal seems at odds with the claim of democratic theory that democratic competition is open, inclusive, and expansive. Despite its relevance, the causal mechanisms behind career patterns’ stability among political elites have received little systematic attention. This article contributes to fill the gap, by focusing on democratic chief executives. First, it clarifies the core concepts for the study of political elites and careers. Second, it proposes an understanding of the formation and stability of chief executives’ career patterns as functions of path dependent institutional effects. Third, the work uses this theory to investigate persistence and renewal of the background characteristics of all US presidents, from George Washington (1789) to Joe Biden (2021). The analysis contributes to the literature on elite stability, circulation, and renewal in democracy
... Furthermore, if former first ladies serve as delegates, they contribute to personalizing politics in a region where several countries already suffer institutional weaknesses (McAllister 2007). Moreover, they would make powerful political families even more influential, dampening political competition (Baturo and Gray 2018;Jalalzai 2013;Folke, Rickne, and Smith 2017;Arana Araya 2016). ...
Article
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Between 1999 and 2016, 20 former first ladies ran 26 times for the presidency, vice presidency, or Congress in Latin America. Despite the growing importance of this unique type of candidate, political analysts routinely describe them as mere delegates of ex-presidents. We argue that this view has overlooked the political trajectory of former first ladies and claim that women with elected political experience should be regarded as politicians that use the ceremonial role of first lady as a platform to enhance their careers. Therefore, we hypothesize that first ladies with elected political experience are more likely to become candidates and run for office as soon as they leave the executive branch. We test our argument by analyzing the 90 former first ladies who were eligible to become candidates in 18 Latin American countries from 1999-2016. The results support our argument, opening up a new research agenda in the study of women's representation.
... Estos ministros, al igual que el actual vicepresidente, no tienen experiencia política y en algunos casos tienen credenciales académicas, es decir, son tecnócratas y outsiders. Que los gabinetes sean de ministros con este perfil puede ser considerado como un mecanismo del presidente para mantener autonomía ante los partidos (grupos) que lo apoyaron (Carreras 2013;Arana 2016). Lo anterior, se refiere a que los ministros militantes tienen responsabilidades duales, ya que tienen que cumplir no sólo ante el presidente que lo designó ministro, sino que también dar cuenta a su partido político que, probablemente, lo promovió como candidato para el cargo (Altman 2000). ...
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El presente artículo analiza los eventos políticos más relevantes del año 2019 en Ecuador. Al examinar el estilo de gobierno, condiciones económicas, las relaciones entre el ejecutivo y legislativo, se sostiene que el marco institucional es extremadamente dependiente del estilo de liderazgo del presidente y del contexto económico, particularmente de los precios del petróleo. Contrario a lo que se esperaba, la vigencia por más de diez años de la constitución no ha entregado valor a las instituciones, las protestas de octubre y los riesgos de ruptura del marco institucional así lo demuestran. Este caso, que sirve de ejemplo para comprender los efectos de la debilidad presidencial sobre la gobernabilidad, permite ver la influencia del contexto económico y político sobre la fortaleza de las instituciones y, en última instancia, sobre la democracia en la región latinoamericana. Palabras clave : Ecuador; instituciones; protesta; Correísmo
... American and Latin American presidential studies can be divided in two dominant approaches. President-centered researchers consider the attributes of leaders essential to understanding policy outcomes and decision-making in the executive branch (Arana Araya, 2016a, 2016bArana Araya & Guerrero Valencia, 2020;Barber, 1972;Corwin, 1940;Cronin & Greenberg, 1969;Greenstein, 2009;Hermann, 2003;Koenig, 1964;Neustadt, 1960;Renshon, 2008;Walker, 1990). In contrast, presidency-oriented scholars minimize the importance of presidents as individuals and rather focus on the institutional setting in which they work (Heclo, 1977;King, 1975King, , 1993Lowi, 1986;Moe, 1993;Wayne, 1983). ...
Article
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The debate about the relative importance of the personality traits of presidents has a long history. Until the mid-1970s, scholars of the presidency extensively focused on the uniqueness of the individuals that held office. However, the difficulty in capturing presidential personalities and measuring their impact on executive politics led to a significant quantitative shift that focused more on the institutions within which presidents operate. This change produced a long-lasting divide between researchers interested in the "institutional" presidency and those focused on the "personal" presidency. I propose to integrate both approaches by incorporating insights from differential psychology to treat the personality traits of presidents as independent variables. In support of the argument, I use data from an expert survey that captured psychometric traits of presidents who governed the Western Hemisphere in 1945-2012 to reassess an influential study about Latin American presidents. The results show that adding openness to experience leads to a deeper understanding of presidential approval. I conclude by arguing that measuring the personality traits of all sorts of leaders is necessary to modernize the study of elites.
... Lo anterior implica que el principio de igualdad de la representatividad democrática está asociado con profundas desigualdades. Esto hace que, desde la teoría de lasélites, el principio de igualdad en las democracias contemporáneas sea más bien una aspiración y no necesariamente una realidad (Arana, 2016;Parry, 2005). Además, el predominio de la representación electoral en las democracias modernas también se asocia con desigualdades. ...
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Este artículo analiza tres dimensiones de la congruencia élite-ciudadanía en Chile y Uruguay: (a) ideológica; (b) temática, respaldo y satisfacción con la democracia; y (c) preferencias del rol del Estado en la economía. Se utilizan datos de encuestas nacionales probabilísticas y encuestas de élites financiadas por IDRC de Canadá y realizadas entre 2013 y 2014 en cada país. Se calculan indicadores de congruencia para identificar brechas entre ciudadanos y representantes. Los principales indicadores con los cuales se trabaja son Congruencia Ciudadana Relativa y Earth Mover's Distance, una innovación reciente de las ciencias de la computación. Los hallazgos muestran una mayor congruencia ideológica en Chile, una mayor congruencia en el apoyo a la democracia en Uruguay e importantes brechas en materia educacional en Chile. Además, en ambos países se advierte mayor congruencia sobre problemas públicos relevantes entre los sectores de mayor nivel socioeconómico y la élite política.
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Thirty-one presidents from every Latin American country-excluding Mexico-who were governing from 1945-2012 tried forty times to change the constitution of their countries to overstay in office. These attempts often caused severe political instability. Current explanations of the variability of term limits have centered on the context in which presidents govern despite the protagonism of the leaders in the constitutional changes. I argue that the personality traits of presidents are an important driver of their overreaching behavior. Centered on the paradigm of the "Big Five," I propose hypotheses about a causal relationship between each of the five core personality factors-openness to experience, conscientiousness, extraversion, agreeableness, and neuroticism-and the presidents' attempts to alter their term limits. To test the theory, I use data about presidents who governed from 1945-2012. The results of a discrete-time duration analysis show that three of the Big Five are associated to the likelihood of observing a president changing term limits. I conclude by discussing how this research agenda should be extended to uncover how the uniqueness of the leaders explains relevant outcomes in executive politics.
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There is a growing scholarly consensus that overreaching heads of government are subverting democracies across the globe. However, the characteristics of these leaders remain unclear. This article examines a type of overreaching presidential behavior that has been commonplace in Latin America: between 1945 and 2012, 25 presidents from 14 countries tried to change their respective constitutions to increase their powers. Building on personality research and semi-structured interviews conducted with former presidents, this article proposes that risk-taking and assertive leaders are more likely to try to increase their powers. Using a novel database, I conduct discrete-time duration models to test the hypotheses on the presidents that governed from 1945-2012. The results demonstrate that the personalities of presidents are a strong force behind their attempts to consolidate their authority. These findings challenge current approaches in presidential studies and have implications for the study of all types of political elites.
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The pandemic posed a dramatic challenge to practically all heads of government: the measures they took had an enormous impact on the lives and livelihoods of their citizens. Growing conventional wisdom proposes that populists failed to deal with the pandemic while women dignitaries thrived. However, these accounts are merely supported by anecdotal evidence. I conduct a systematic evaluation of the performance of world leaders during the pandemic, taking their speed of reaction as an indicator of achievement. I argue that populists should not have reacted slower than their counterparts because they faced contradictory motivations to handle the pandemic. I also propose that women and leaders with more formal and informal political experience reacted faster. The former because glass ceilings force women to endure a more difficult selection process to become heads of government, while the latter should have reacted faster given their superior expertise. Using a unique database with biographical information of 166 heads of government, a cross-sectional survival analysis reveals that populists, women, and leaders from political families reacted faster than their counterparts to the public health crisis.
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From the perspective of the sociology of elites and with a qualitative-quantitative methodology, I analysed the constitution of the Paraguayan government elites, through the study of four presidential cases and the conformation of Congress. Paraguayan political elite, mostly male in Congress and exclusively male in the presidency, is intrinsically related to the party to which it belongs. This has been maintained since the dictatorship. A family logic is evident in the reproduction of power and in the circulation between different positions of the state, something that prevailed in the transition to democracy, a time in which members of these families tried to get rid of their dictatorial past. In addition, I tracked cases of multipositionality in various political actors who are, at the same time, members of the economic elite or were religious or military. Resumen Desde la perspectiva de la sociología de las elites y con una metodología cuali-cuantitativa, se analizan la conformación de las elites de gobierno de Paraguay, a través del estudio de cuatro casos presidenciales y de la conformación del Congreso. La élite política paraguaya, mayoritariamente masculina en el Congreso y exclusivamente masculina en la presidencia, está intrínsecamente relacionada al partido al que pertenece, algo que se mantiene desde la dictadura. Se evidencia una lógica familiar en la reproducción de poder y en la circulación entre diferentes cargos del Estado, algo que prevaleció en la transición a la democracia, período en el que miembros de estas familias intentaron desprenderse del pasado dictatorial. Además, se rastrean casos de multiposicionalidad en diversos actores políticos que son, al mismo tiempo, miembros de la elite económica, religiosa o militar.
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Este artículo analiza tres dimensiones de la congruencia élite-ciudadanía en Chile y Uruguay: a) ideológica; b) temática, respaldo y satisfacción con la democracia; y c) preferencias del rol del Estado en la economía. Se utilizan datos de encuestas nacionales probabilísticas y encuestas de élites financiadas por IDRC de Canadá y realizadas entre 2013 y 2014 en cada país. Se calculan indicadores de congruencia para identificar brechas entre ciudadanos y representantes. Los principales indicadores con los cuales se trabaja son Congruencia Ciudadana Relativa y Earth Mover’s Distance, una innovación reciente de las ciencias de la computación. Los hallazgos muestran una mayor congruencia ideológica en Chile, una mayor congruencia en el apoyo a la democracia en Uruguay e importantes brechas en materia educacional en Chile. Además, en ambos países se advierte mayor congruencia sobre problemas públicos relevantes entre los sectores de mayor nivel socioeconómico y la élite política.
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This volume offers an ambitious and comprehensive overview of the unprecedented advances as well as the setbacks in the post-1978 wave of democratization. It explains the sea change from a region dominated by authoritarian regimes to one in which openly authoritarian regimes are the rare exception, and analyzes why some countries have achieved striking gains in democratization while others have experienced erosions. The book presents general theoretical arguments about what causes and sustains democracy in its analysis of nine theoretically compelling country cases.
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This book is the first in a planned trilogy by Pippa Norris on challenges of electoral integrity to be published by Cambridge University Press. Unfortunately too often elections around the globe are deeply flawed or even fail. Why does this matter? It is widely suspected that such contests will undermine confidence in elected authorities, damage voting turnout, trigger protests, exacerbate conflict, and occasionally lead to regime change. Well-run elections, by themselves, are insufficient for successful transitions to democracy. But flawed, or even failed, contests are thought to wreck fragile progress. Is there good evidence for these claims? Under what circumstances do failed elections undermine legitimacy? With a global perspective, using new sources of data for mass and elite evidence, this book provides fresh insights into these major issues.
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En esta nota de investigación discutimos brevemente las faltas de los índices existentes de la democraciatales como Freedom House y Polity, índices utilizados frecuentemente en las investigaciones de las cienciassociales y la política pública. Luego, describimos un nuevo proyecto, Varieties of Democracy (Variedadesde Democracia o V-Dem), que utiliza un enfoque multidimensional, desagregado e histórico para medirla democracia. Cuando esté completa, la base de datos de V-Dem contendrá más de 400 indicadores de lademocracia para todos los países desde el año 1900 hasta hoy día.
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This book provides the first systematic explanation of the origins of constitutional designs from an analytical, historical, and comparative perspective. Based on a comprehensive analysis of constitutional change in Latin America from 1900 to 2008 and four detailed case studies, Gabriel Negretto shows that the main determinants of constitutional choice are the past performance of constitutions in providing effective and legitimate instruments of government and the strategic interests of the actors who have influence over institutional selection. The book explains how governance problems shape the general guidelines for reform, while strategic calculations and power resources affect the selection of specific alternatives of design. it also emphasizes the importance of the events that trigger reform and the designers’ level of electoral uncertainty for understanding the relative impact of short-term partisan interests on constitution writing. Negretto’s study challenges predominant theories of institutional choice, and paves the way for the development of a new research agenda on institutional change.
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This article aims to maximize the reliability of presidential power scores for a larger number of countries and time periods than currently exists for any single measure, and in a way that is replicable and easy to update. It begins by identifying all of the studies that have estimated the effect of a presidential power variable, clarifying what scholars have attempted to capture when they have operationalized the concept of presidential power. It then identifies all the measures of presidential power that have been proposed over the years, noting the problems associated with each. To generate the new set of presidential power scores, the study draws upon the comparative and local knowledge embedded in existing measures of presidential power. Employing principal component analysis, together with the expectation maximization algorithm and maximum likelihood estimation, a set of presidential power scores is generated for a larger set of countries and country time periods than currently exists, reporting 95 per cent confidence intervals and standard errors for the scores. Finally, the implications of the new set of scores for future studies of presidential power is discussed.