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El estudio de Internet en Ciencias Sociales y Comunicación: una perspectiva crítica

Authors:

Abstract

El artículo busca documentar, desde un punto de vista histórico, las distintas etapas de la investigación sobre Internet desde las Ciencias Sociales en sentido general y desde las Ciencias de la Comunicación en particular. Mediante un enfoque metodológico crítico se evidencian tres momentos de apropiación del objeto: una primera de dualismo teórico y precariedad empírica, una segunda de reconocimiento social e institucionalización y una tercera, aún en desarrollo, de estructuración interdisciplinar.
ISSN 0798 1015
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Vol. 38 (Nº 52) Año 2017. Pág. 25
El estudio de Internet en Ciencias
Sociales y Comunicación: una
perspectiva crítica
The Study of Internet in Social Sciences and Communication: a
critical perspective
Rainer RUBIRA-GARCÍA 1; Belén PUEBLA-MARTÍNEZ 2
Recibido: 18/06/2017 • Aprobado: 12/07/2017
Contenido
1. Introducción
2. Emergencia y desarrollo de los estudios sociales sobre Internet
3. Etapas de apropiación de Internet como objeto de estudio
4. El estudio de Internet en Ciencias de la Comunicación
5. Conclusiones
Referencias bibliográficas
RESUMEN:
El artículo busca documentar, desde un punto de vista
histórico, las distintas etapas de la investigación sobre
Internet desde las Ciencias Sociales en sentido general
y desde las Ciencias de la Comunicación en particular.
Mediante un enfoque metodológico crítico se evidencian
tres momentos de apropiación del objeto: una primera
de dualismo teórico y precariedad empírica, una
segunda de reconocimiento social e institucionalización
y una tercera, aún en desarrollo, de estructuración
interdisciplinar.
Palabras clave Internet, investigación, Ciencias
Sociales, Comunicación
ABSTRACT:
The article seeks to document, from a historical point of
view, the different stages of Internet research from the
Social Sciences in general and from the Communication
Sciences in particular. A critical methodological
approach reveals three moments of appropriation of the
object: a first one of theoretical dualism and empirical
precariousness, a second one of social recognition and
institutionalization and a third one, still in development,
of interdisciplinary structuring.
Keywords Internet, research, Social Sciences,
Communication
1. Introducción
Al parecer el siglo XXI no empezó en el año 2000 sino antes, con la llegada de las nuevas
tecnologías de la información y de la comunicación, en especial de Internet. Esta irrupción trajo
consigo modificaciones en los procesos de interacción y en las maneras de entender y practicar
la cultura hasta ese momento, incluidos los intercambios comunicativos.
En estrecha relación con “la máquina pananimal” de que habla Douglas Coupland en su libro
Microsiervos (1997: 44), que en nuestros días se traduce en multitud de terminales, desde
ordenadores a móviles y hasta relojes, la Red de redes ha evolucionado con gran rapidez hasta
convertirse en un complejo sistema social, en el sentido más amplio del término.
Internet se ha transformado en un fructífero espacio de análisis para las Ciencias de la
Comunicación, promoviendo, en opinión de algunos, no tanto un nuevo paradigma científico
como una dinámica red de investigación en torno a un objeto privilegiado de conocimiento
(Hine, 2005).
En 1995 ya Internet no era -stricto sensu- una novedad, el menos en los círculos
especializados. Un experto como Clifford Stoll, con varios años dedicados a Internet a esas
alturas, se declaraba hastiado del emergente entusiasmo popular por la Red de redes desatado
por esas fechas, anunciando el fracaso absoluto del comercio electrónico, de los periódicos
digitales, de la educación en línea y hasta del teletrabajo, aspectos todos que comenzaban a
ocupar un espacio en el universo de representaciones sociales del gran público y también de no
pocos académicos.
En palabras de Stoll (1995):
¿Qué falta en este país de las maravillas electrónico? El contacto humano. Ignoremos el
tecno-burbujeo adulador sobre las comunidades virtuales. Los ordenadores y las redes
nos aíslan el uno del otro. Un chat en línea es un sustituto rengo a reunirse con amigos
para un café. Ninguna pantalla de multimedia interactiva se acerca a la emoción de un
concierto en vivo. ¿Y quién preferiría cibersexo a la cosa real? Si bien Internet atrae
intensamente, seductoramente titilando como un icono del conocimiento en tanto poder,
este no-lugar nos lleva a entregar nuestro tiempo en la Tierra. Se trata de un pobre
sustituto, esta realidad virtual en la cual la frustración es común y donde -en el sagrado
nombre de la Educación y el Progreso- aspectos importantes de las interacciones
humanas son implacablemente devaluados.
A pesar de lo equivocado que podría estar Stoll con sus vaticinios, dos elementos de su discurso
no dejan de ser interesantes a la hora de pensar en la trascendencia de una tecnología como la
que nos ocupa: su apropiación social y su relevancia para el crecimiento de la sociedad.
La Red de redes venía tomando forma desde la década de 1960, pero todavía en 1995 estaba
ausente su dimensión social, al menos tal y como la conocemos hoy día, entre otras cosas
porque su grado de apropiación entre el gran público era mínimo. De hecho, la mayoría de
usuarios por entonces comprendía sobre todo a científicos de áreas relacionadas con las
tecnologías, como el propio Stoll.
La pujanza de Internet comenzó con la introducción de la World Wide Web en 1992. En 1995,
sin embargo, solo 16 millones de personas en el mundo tenían acceso a la Red, menos del
0,5% de la población global. En 2000 ese porcentaje escaló hasta el 5%, con 304 millones de
usuarios que se duplicaron en 2003. En 2005, diez años después, el número de internautas
crecía hasta superar el billón de individuos, un 15% de la población del planeta. Europa era la
región de mayor penetración de la Red en 2011, con un 70% de cota, aunque en los países
nórdicos, especialmente Noruega y Suecia, esa cifra se elevaba hasta cubrir el 90% de la
ciudadanía (Pasquali y Aridas, 2012).
Evidentemente, un objeto de conocimiento sin arraigo no podía despertar el interés de unas
Ciencias Sociales cada vez más ocupadas con la transformación de la sociedad (Hine, 2005).
Por eso mismo, los primeros estudios sobre Internet bajo una perspectiva social emergen
cuestionando precisamente su capacidad para facilitar o entorpecer el contacto humano, y por
tanto, su rol como instrumento de cambio. En el caso de las Ciencias de la Comunicación, la
admisión de Internet como objeto de estudio fue más tardía si cabe, porque pocos tenían claro
que este nuevo espacio de relaciones emergería como un verdadero medio de comunicación de
masas.
Por estos motivos, planteamos como objetivo de esta investigación de tipo documental estudiar
y argumentar, desde un punto de vista histórico, las distintas etapas de desarrollo en la
investigación sobre Internet, desde las Ciencias Sociales en sentido general y las Ciencias de la
Comunicación en particular.
2. Emergencia y desarrollo de los estudios sociales sobre
Internet
Tal y como se reconoce en la introducción del Handbook of New Media: Social Shaping and
Social Consequences of ICTs (Lievrouw y Livingstone, 2002: 4), la investigación social en torno
a Internet y los llamados nuevos medios se ha caracterizado por una gran amplitud de
enfoques disciplinares así como por un elevado grado de internacionalización y dispersión.
Los antecedentes más significativos de los estudios hay que buscarlos en la intersección de
diferentes ámbitos de análisis, cada uno con sus particularidades científicas. Esta situación de
origen ha provocado cierta fragmentación, tanto teórica como metodológica, en la propia
construcción de Internet como objeto de estudio.
Habría que añadir, además, que esa diversidad de enfoques, aunque saludable de cierta
manera, no ha ayudado a la larga al establecimiento de un área científica cohesionada,
destinada a determinar y evaluar la significación social de una tecnología/medio/canal/soporte
como Internet, a pesar de la pujanza demostrada por el tema y el interés que suscita entre los
académicos de las más diversas disciplinas.
The Network Nation, firmado por el cibernético Murray Turoff y la socióloga Roxanne Hiltz en
1978, ha sido considerado por algunos como el trabajo fundacional que marca el inicio de la
investigación sobre Internet como medio de comunicación desde las Ciencias Sociales
(Wellman, 2004), incluso antes de que ese término fuera de uso común para designar a las
redes digitales.
En el Instituto de Tecnología de New Jersey, ambos autores llevaron a cabo un estudio sobre las
interacciones sociales a través de las redes digitales entre grupos, dispersos geográficamente,
de científicos e ingenieros. El texto resultante, The Network Nation, sentó las bases de la
investigación sobre comunicación mediada por ordenadores o computadoras (CMC) mucho
antes de que Internet hiciera su aparición a nivel masivo en el espacio público. No obstante,
desde años previos se venían desarrollando variados análisis sobre los cambios sociales que
traía consigo la nueva tecnología.
A partir de 1984, en torno a las conferencias bianuales de Computer Supported Cooperative
Work (CSCW) y otros espacios, el debate sobre las redes telemáticas y su presencia en la
sociedad estaba claramente dominado por los cibernéticos, aunque participaban de él
sociólogos y psicólogos, entre otros científicos sociales. Estos últimos, más interesados en la
apropiación de la tecnología que en la programación de aplicaciones, estaban predestinados a
inaugurar lo que se dio en llamar estudios de usuarios, según Wellman (2004). No hay que
decir que esta corriente de usos de Internet se convertiría en una de las predominantes al
pasar los años.
Aunque la investigación sobre redes digitales continuaba en buena medida gobernada por
informáticos e ingenieros a inicios de los ochenta, los científicos sociales iban incorporándose y
aportando nuevos enfoques al debate académico. Barry Wellman dedicó varios artículos a
destacar el carácter social de las nuevas tecnologías así como la fuerte interrelación entre las
redes de intercambio establecidas en la sociedad real y las afincadas en el mundo virtual. El
propio Wellman (2004) menciona dos trabajos suyos como seminales: “An Electronic Group is
Virtually a Social Network” (Wellman, 1997) y “Net Surfers Don’t Ride Alone” (Wellman y Gulia,
1999).
Desde la Sociología, un autor imprescindible que marcó los estudios sobre nuevos medios fue
Daniel Bell, con su teoría sobre la sociedad post-industrial. Asimismo, Anthony Giddens desta
por sus análisis sobre las transformaciones de la percepción del espacio y del tiempo a partir de
la irrupción de las nuevas tecnologías. Otro aporte importante del autor británico fueron sus
indagaciones sobre el rol de estas tecnologías como instrumentos de vigilancia y control. De
hecho esta línea ha sido muy fructífera en la Sociología contemporánea. Así, James Beniger
también ha descrito en detalle la revolución del control que han facilitado las tecnologías
comunicacionales desde el siglo XIX.
Por otro lado, la Psicología Social se fue constituyendo también en un campo de reflexión
privilegiado para el estudio de Internet. El foco de atención se ubicó asimismo sobre las
interacciones sociales a través de las redes digitales y los cambios que la nueva mediación
tecnológica traía consigo.
En el Reino Unido, Short encabezó, en 1976, un estudio pionero que evaluaba los sistemas de
teleconferencia en términos de la “presencia social” de los actores. En Estados Unidos, Robert
Johansen y se equipo del Instituto para el Futuro, cercano a la Universidad de Stanford,
firmaban en 1979 el concepto de telepresencia, sobre la base de investigaciones desarrolladas
en torno a las reuniones vía video-conferencia.
Lee Sproull, Sara Kiesler y su equipo de la Universidad Carnegie-Mellon fueron los primeros en
notar los efectos del anonimato y de las señales sociales y contextuales reducidas en el
intercambio de mensajes por ordenadores.
Las personas que interactúan por medio de una computadora están aisladas de señales sociales
y se sienten seguras ante la vigilancia y el criticismo. Este sentimiento de privacidad los hace
sentirse menos inhibidos ante otros. También les hace más fácil estar en desacuerdo,
confrontar o desaprobar las opiniones de otros (Sproull y Kiesler, 1991: 48-49).
Según estos investigadores, la despersonalización de la interacción mediada por ordenadores
contribuía a la desinhibición y al empleo de un lenguaje agresivo, que dieron en llamar
“flaming” (Kiesler et al., 1984; Sproull y Kiesler, 1991). Su texto de 1991, Connections, resume
en buena medida, a juicio de Wellman (2004), una aproximación de laboratorio, marcada por
una metodología cuantitativa-experimental. Hasta cierto punto la propuesta de estos autores
guarda relación con la idea de McLuhan de que las características tecnológicas de un medio
intervienen decisivamente en la materialidad social de los intercambios que facilita.
Reino Unido y Estados Unidos serían por mucho los países con mayor desarrollo de la
investigación social de Internet en las décadas sucesivas, seguidos por Francia en menor
medida.
Desde el Massachusetts Institute of Technology, Sherry Turkle introdujo la idea de los
ordenadores como dispositivos proyectivos que permiten a los usuarios tomar el control de sus
propias auto-representaciones e interacciones cotidianas, a diferencia de los medios
tradicionales.
Estas ideas, reflejadas en los textos “Computer as Rorschach” (1980) y “The Second Self”
(1984), confirmaron un renovado interés de los estudios hermenéuticos y culturales sobre las
nuevas tecnologías de la comunicación.
En adición a estos aportes desde distintos campos del saber, otros autores como Ithiel de Sola
Pool, desde las ciencias políticas o Thomas J. Allen, desde las ciencias de la administración,
fueron reconocidos antecedentes teóricos en las investigaciones sociales sobre Internet.
Llama la atención cómo varios de los autores más representativos de la investigación en
Ciencias Sociales sobre las redes digitales, que en muchos casos iniciaron este ámbito de
análisis, continúan siendo referentes en la actualidad, marcando tendencias en el trabajo de la
comunidad científica.
Los estudios mencionados forman parte de las bases fundacionales de la investigación social
sobre Internet que, sin embargo, no comenzaría a cuajar hasta la última década del siglo XX.
No obstante, deben ser considerados como parte indisoluble de la historia de la investigación
del nuevo medio.
Como bien aclara Steve Jones (2005: 233), en el caso de los estudios sobre comunicación
mediada por ordenadores, por ejemplo, los orígenes se remontan a la época de DARPA en la
UCLA. A pesar de la observación de Jones, es evidente que Internet como objeto de estudio
adquiere más relevancia después de 1990 y en algunos países incluso no llega prestársele
atención académica hasta 1995.
3. Etapas de apropiación de Internet como objeto de
estudio
Wellman (2004), uno de los pioneros en el estudio de las redes digitales, divide la historia de la
investigación sobre Internet en tres momentos a partir del aumento de su presencia social, a
mediados de los noventa. Otros como David Silver (2000), en su caso refiriéndose a la historia
de los estudios sobre cibercultura, sitúa los orígenes en su caso a principios de los noventa. De
cualquier manera, ambos parecen coincidir en ubicar los inicios en torno a la aparición del
protocolo HTTP y de la World Wide Web entre 1992 y 1995. Ambos autores tratan de
reconstruir los momentos de desarrollo de la indagación sobre Internet como objeto de interés
científico.
3.1. Primera etapa de despegue: dualismo teórico y precariedad
empírica
La primera etapa fue de reflexión académica general. A medida que Internet se consolidaba
como una red de redes y salía de los reducidos espacios de grupos de usuarios especializados
para llegar al gran público, aumentaba el entusiasmo, a la par del financiamiento, para plantear
preguntas sobre el medio.
Hasta cierto punto se produce un reinicio en la investigación en los años noventa, volviéndose a
plantear preguntas incluso que los estudiosos habían abordado pero en circunstancias
diferentes, con unas redes digitales sin presencia masiva y prácticamente desconocidas.
Así comenzaron a consolidarse dos presunciones sobre la “nueva” tecnología que comenzaba a
tomar cuerpo de forma pública, aunque ya tenía tras de sí décadas de existencia. En primer
lugar los expertos, en coro con varios periodistas, políticos y otros mediadores sociales,
señalaban la capacidad prácticamente ilimitada de conectividad: la vida social estaría
garantizada a través de las redes digitales.
En segundo lugar, se entendía que las conexiones sociales estarían poco a poco
hegemónicamente proyectadas desde el individuo frente a su ordenador, con lo cual sería
suficiente el estudio del entorno virtual del sujeto para comprender los fenómenos de socialidad
digital, una idea que Wellman (2004) no dudó en calificar de “parroquialismo”, por su carácter
reduccionista.
Durante esta primera etapa los análisis estaban sustentados en conjeturas más que en datos
empíricos. En este punto coinciden tanto Wellman (2004) como David Silver (2000). Silver
destaca la publicación en este período de “ensayos descriptivos generalmente caracterizados
por un dualismo retórico” (en Siles, 2008: 59). De hecho, este autor califica al debate sobre
Internet en la época con el término de cibercultura popular, en tanto los discursos sobre el
medio carecían en muchos casos de base científica (Silver, 2000).
A menudo, se hacían generalizaciones a partir de ejemplos anecdóticos y el enfoque de los
trabajos era predominantemente utópico: Internet garantizaría el acceso global e igualitario a la
información y el conocimiento, como aseguraba John Perry Barlow, de la Electric Frontier
Foundation (en Wellman, 2004). En el fondo, el discurso retomaba en cierto sentido el enfoque
de la Ilustración y el saber como agentes del desarrollo y de la igualdad social. Se ignoraba el
rol del poder o de la condición social en la configuración de intercambios tanto dentro del
ciberespacio como fuera.
Por otra parte, se desarrolló una corriente distópica, enfrentada al utopismo reinante, que
advertía del peligro de las nuevas tecnologías, que prometían conectarnos a aparatos mientras
se destruían las conexiones humanas directas. Internet no solo podía afectar la cohesión social
y aumentar la alienación del individuo, podía convertirse también en una seria amenaza a los
sistemas educativo y cultural, poniendo en riesgo a la sociedad en su conjunto (Fernback y
Thompson, 1995; Heim, 1993).
Esta etapa descrita por Wellman (2004) y por Silver (2000) tiene puntos de contacto con los
primeros momentos de la investigación en comunicación de masas: carácter especulativo antes
que empírico, polaridad de posturas, debate en torno a la tecnología como factor de Ilustración,
entre otros.
Ahora bien, aunque Wellman (2004) no lo menciona, en estos primeros años varios autores
desarrollaron interesantes aproximaciones a las prácticas comunicativas en línea. Silver (2000)
recuerda varios trabajos que luego fueron fundamentales para los estudios de cibercultura y la
investigación social sobre Internet en general.
En 1993 el periodista Julian Dibell publica en The Village Voice el texto “A Rape in Cyberspace;
or How an Evil Clown, a Haitian Trickster Spirit, Two Wizards, and a Cast of Dozens Turned a
Database into a Society”. Aunque se trata de un ensayo periodístico de investigación
propiamente dicho fue una de las primeras aproximaciones en clave etnográfica al fenómeno de
las comunidades virtuales. Otros como Bruckman (1992), Reid (1991, 1994) y Stone (1991),
abordaron desde la academia diferentes procesos sociales en torno a los chats (IRC, Internet
Relay Chats) y MUDs (multi-user domains), cuando aún estos temas no tenían mucha
aceptación dentro de las comunidades científicas.
En particular la profesora Allucquere Rosanne Stone, una de las pioneras de las investigaciones
sobre nuevos medios, fue la autora de un concepto de ciberespacio que sirvió de base al
referenciado libro de Howard Rheingold, The Virtual Community, de 1993.
Este libro de Rheingold, junto a Life on the Screen: Identity in the Age of the Internet (1995),
de Sherry Turkle, constituyeron las obras fundacionales de la cibercultura como área de
estudios, y determinaron dos de los conceptos analíticos centrales dentro del campo
emergente: la identidad y la comunidad Silver (2000).
Según Silver (2000), después de 1995 la investigación sobre Internet comienza a volverse
decisivamente interdisciplinar. Sociólogos como Wellman se enfocan en la conformación de
redes sociales a través del ciberespacio. Kollock y Smith, por su parte, asumen el objeto de
estudio desde el interaccionismo simbólico y la teoría de la acción colectiva.
Antropólogos como Downey, Dumit y Escobar centran su atención en la figura del cyborg,
tratada entre otros por Donna Haraway desde años antes, en un texto indispensable para los
estudios de ciberfeminismo: Un manifiesto cyborg (1985). De hecho, los estudios feministas y
de género tuvieron en las redes digitales un objeto de análisis privilegiado, que desarrollaron
académicos como Cherny y Weise (1996); Consalvo (1997); Dietrich (1997); Ebben y Kramarae
(1993) y Hall (1996).
Por su lado, etnógrafos como Baym, Correll, McLaughlin, Silver, y muchos más, se interesaron
por abordar los contextos virtuales, describiendo la vida de los usuarios en la Red. A su vez, los
lingüistas (Danet, 1997; Herring, 1996) empezaron a estudiar las nuevas formas textuales
aparecidas en los espacios virtuales.
Los principales señalamientos que se hicieron después a toda esa investigación sobre Internet
que se estaba realizando apuntaron al escaso interés por realizar perspectivas comparadas o
por situar los estudios en un contexto histórico-concreto, como si las redes digitales estuvieran
aisladas del mundo real (Carey, 2005; Miller y Slater, 2000). Estas deficiencias son, sin
embargo, hasta cierto punto entendibles teniendo en cuenta el estado embrionario del tema.
3.2. Segunda etapa, de reconocimiento social: primeros pasos en
la institucionalización del campo
La segunda etapa en los estudios sobre Internet comienza en torno a 1998, a finales del siglo
XX (Wellman, 2004), en que se produce una gran demanda de investigaciones por parte de
gobiernos, empresas y académicos para poder comprender mejor la dinámica del nuevo medio.
Si bien en la primera mitad de los noventa la investigación social sobre lredes digitales empleó
la mayoría de las veces una perspectiva descriptiva-reflexiva, con tintes de determinismo
tecnológico, durante la segunda mitad de la década los estudios ganarían en complejidad
empírica y tendrían cada vez más un fuerte componente académico.
En esos años, con la crisis de las empresas “.com” se temió un colapso de la incipiente
investigación social sobre Internet. La propia revista Wired, una de las más importantes
publicaciones masivas sobre tecnología, vio reducido su número de páginas en un 38%
(Wellman, 2004). Sin embargo, los usuarios del nuevo medio continuaron creciendo y la
diversidad de usos ampliándose, junto con el interés por obtener análisis frescos y válidos de lo
que estaba aconteciendo.
Así, durante el período se priorizó la descripción empírica detallada de los usuarios y los usos de
Internet. El tipo de investigación con mayores posibilidades de obtener financiamiento era
aquella sustentada en encuestas masivas, capaces de dar cuenta, con validez estadística, del
número de personas navegando en determinadas páginas web, sus determinantes
demográficos así como sus intereses en el nuevo medio. El término impacto social de las TIC
comenzó a aparecer cada vez con mayor frecuencia entre los investigadores y también en los
discursos mediáticos, a la vez que se debatía sobre la necesidad de nuevos enfoques teóricos y
metodológicos para el estudio de las redes digitales (Sterne, 1999: 258).
Varias entidades, algunas privadas y otras gubernamentales, comenzaron a desarrollar
verdaderos programas de investigación sobre Internet a gran escala, en particular dentro de
Estados Unidos, que luego han servido de plataforma para el intercambio de experiencias
globales de investigación sobre el medio. Así, por ejemplo,surgieron el Pew Internet and
American Life Study (www.pewInternet.org) y el World Internet Project
(www.worldInternetproject.net), como espacios de indagación y reflexión sobre distintos
aspectos de las redes digitales y sus actores sociales.
En el caso de este último, se trata de una red de centros de investigación dentro de la cual
participa por España el Internet Interdisciplinary Institute, de la Universidad Oberta de
Catalunya (UOC).
Durante esta segunda etapa se desmoronó la creencia de que Internet traería desarrollo y
acceso al conocimiento para todos por igual. Los propios estudios cuantitativos a gran escala
demostraron que los grupos de sujetos con condiciones socioeconómicas desfavorables tenían
una tasa de incremento de uso de la Red menor que los grupos de mayor nivel adquisitivo y
con mejor educación (Chen y Wellman, 2005). Al final, el sistema de poder imperante se
reproducía también en el mundo virtual, incluyendo los desequilibrios sociales.
En el apartado de usos, los datos recabados parecían demostrar que los individuos no dejarían
de socializar en persona por la emergencia de las nuevas tecnologías, al contrario, se
obtuvieron indicios de que estas favorecían en determinados contextos y según la personalidad
de los usuarios, la cohesión grupal y los intercambios sociales más directos (Haythornthwaite y
Wellman, 1998; Kraut, et al., 2002; Hampton y Wellman, 2003; Hampton, 2007).
Tanto Nancy Baym (2006: 49) como Silver (2000), coinciden en afirmar que la llegada
paulatina de diversos marcos teóricos de trabajo así como metodologías de distinta inspiración
epistemológica favoreció un reconocimiento social de Internet como objeto de estudio,
incluyendo a varias comunidades académicas.
Las redes digitales comenzaron a pensarse en el contexto de las relaciones sociales más
amplias que las sostenían (Hine, 2005). Aunque solo fuera en muchos casos por necesidad de
respuesta ante las demandas de gobiernos y empresas, la investigación se trasladó del
ciberespacio per se a considerar las imbricaciones entre el mundo virtual y el real. Las
descripciones cuantitativas de usuarios y sus condiciones de uso forzaron a desplazar el foco de
atención fuera de las pantallas, dando paso a reflexiones académicas más complejas sobre
Internet como mediador cultural en la sociedad de fin de siglo.
Las prácticas de los usuarios en Internet se convertirían así en un tema digno de ser
investigado no tanto por su carácter sui géneris o novedoso sino porque ellas mismas remitían
a relaciones y significados compartidos más allá de la virtualidad. La Red se estaba convirtiendo
definitivamente en un medio de comunicación y como tal debía ser estudiada (Walther et al.,
2005).
El objetivo fundamental de la investigación sería brindar una comprensión de lo que podría
llamarse la ecología cultural de las tecnologías de Internet, en particular, las razones de su uso
y la forma en que este afecta a la sociedad y a sus producciones sociales.
Lo anterior implicaba la legitimación de la comunicación mediada por ordenadores como un
espacio cultural significativo en sí mismo, capaz dar cuenta de distintas modalidades de
actuaciones sociales que no dejaban, sin embargo, de estar conectadas a procesos más
generales.
Justo a finales de la década, los estudios culturales se volvieron decididamente hacia Internet
prestando todo su aparato conceptual y metodológico para el análisis del medio. Jonathan
Sterne (1999) proponía entonces eliminar todo debate en las antípodas entre tecnofílicos y
tecnofóbicos para llevar a cabo una aproximación académica al ciberespacio como modo de
vida.
Hay que apuntar que en esta etapa también se produjeron interesantes aportes desde la
filosofía con autores como Gilles Deleuze y Félix Guattari o desde la Sociología, específicamente
con la propuesta teórica del actor-red de Bruno Latour y Michel Callon.
Como bien refiere Silver (2000), en relación con los estudios de cibercultura, aunque extensible
a la investigación sobre Internet en general, se estructuraron cuatro líneas de trabajo durante
estos últimos años del siglo: las interacciones online tanto desde el punto de vista social como
cultural y económico, los discursos y representaciones sobre dichas interacciones, las
condiciones sociales, culturales, políticas y económicas que median el acceso de individuos o
grupos a esas interacciones y, por último, los procesos de diseño de interfaz entre las redes y
los usuarios, tanto desde el punto de vista de políticas como de recepción.
La amplitud global de las redes digitales parecía garantizar, asimismo, una mejor comunicación
entre colectivos separados, como en el caso de los emigrantes y sus familias en el país de
origen, con lo cual la información entre diferentes contextos mediáticos comenzaba a fluir por
vías menos institucionalizadas y más cercanas. Lo anterior suponía un cambio sustantivo en
situaciones de censura informativa u omisiones involuntarias de los grandes medios (Miller y
Slater, 2000; Mitra, 2003; Mok et al., 2010), que no imaginaban la competencia que luego
vendría de la mano de blogs, listas de discusión, foros o redes sociales en Internet.
3.3. Tercera etapa: estructuración interdisciplinar del campo
La tercera y última etapa que define Wellman (2004) en la evolución de los estudios sobre la
Red de redes viene marcada por una alta presencia social del medio en diferentes contextos a
nivel global, sobre todo a partir de 2005. Internet ya forma parte de la cotidianidad y, en ese
sentido, los usos se han multiplicado a la vez que las formas de acceso al ciberespacio se
tornan más cercanas. El ordenador está dejando de ser la puerta privilegiada para entrar al
mundo virtual, ahora que los móviles están ocupando ese lugar, como herramientas más
directas y personales.
El problema ya no es tanto saber cuántos usuarios y qué usos, sino cómo se configuran esos
usos de las redes digitales en recursividad con el habitus, la condición social, los horizontes
culturales, entre otros elementos, a nivel individual, grupal y social. El debate sobre las
competencias y prácticas comunicativas de los sujetos en la Red ha pasado a ser central en
esta etapa. Ya no bastan las descripciones estadísticas, se aspira al análisis de fondo y a la
producción de modelos de comportamiento concretos. Se trata de una demanda de saber
deseada no solo en el ámbito científico, sino en el gran público.
El propio Wellman (2004) argumenta cómo la revista Wired ha dejado de ser un escaparate de
moda tecnológico para convertirse en una publicación de orientación de prácticas virtuales.
Como objeto de investigación Internet ha ganado un espacio indiscutible en el mundo
académico en tanto su presencia social resulta imposible de ignorar. Dos tendencias
fundamentales se han desarrollado en relación con la indagación científica de las nuevas
tecnologías: unos defienden la pertinencia de un área de estudios con dedicación exclusiva,
aunque interdisciplinar en su composición; otros abogan por establecer un tema transversal a
diferentes campos de conocimiento, sin que haya necesidad de romper fronteras
epistemológicas pero tampoco sin negar la importancia de la colaboración entre disciplinas.
No obstante, parece triunfar la opción interdisciplinar para abordar los procesos sociales en
torno a las nuevas tecnologías. La académica Christine Hine explica que, desde el estado pre-
paradigmático de producción de conocimientos en que se encuentra la investigación sobre el
medio, Internet se ha convertido en un nuevo objeto de estudio que ha sido colonizado por una
variedad de perspectivas en competencia (2005: 241).
Wellman (2004) cita como ejemplo de una todavía incipiente institucionalización de los estudios
sobre Internet el surgimiento de agrupaciones de investigadores, algunas de ellas con vocación
internacional como es el caso de la Association of Internet Researchers (AoIR), fundada en
2000 en la Universidad de Kansas. Además, en los últimos 15 años se han comenzado a
publicar de manera creciente revistas especializadas en estudios sobre nuevos medios desde las
ciencias sociales como Computers in Human Behavior; Information, Communication and
Society; The Information Society; el Journal of Computer Mediated Communication, New Media
and Society y la Social Science Computing Review. Algunas de estas publicaciones ya forman
parte de las bases de datos más reconocidas.
Otro elemento que evidencia cierta estructuración de un área de estudios sobre Internet es la
existencia de determinados temas de investigación que emergen como constantes desde
diversas disciplinas y marcos interpretativos. Wellman (2004) menciona dos, centrales para la
Sociología, pero que sin dudas lo son también para otros campos de saber como la
Comunicación, la Psicología o la Educación.
El primero tiene que ver con los procesos de formación de las competencias digitales de los
usuarios de Internet, así como la influencia de los factores culturales, no solo económicos o
tecnológicos, en las desigualdades de acceso al medio (Hargittai, 2004; DiMaggio et al., 2004).
El segundo se refiere a las formas de socialización a través del ciberespacio y la pertinencia de
la noción de comunidad para estudiar el comportamiento de los individuos en las redes
digitales. Las investigaciones en ese sentido (Kennedy et al., 2008) apuntan a una emergencia
de redes individualizadas, en las que cada sujeto actúa como gatekeeper o agente mediador
entre personas e instituciones, todo ello facilitado por el afianzamiento de la personalización de
Internet así como la portabilidad, ubicuidad y movilidad garantizadas para el acceso en las
distintas terminales.
La existencia de temas de investigación transversales, por llamarlos de alguna manera, no es el
único factor que ha dinamizado los estudios sobre Internet desde diversas áreas de
conocimiento incluidas las Ciencias de la Comunicación. Se comparten, asimismo, fuentes
bibliográficas para la construcción de un objeto evidentemente transdisciplinar como Internet y
esa retroalimentación entre diferentes campos académicos ha servido para impulsar el propio
interés por analizar el medio.
4. El estudio de Internet en Ciencias de la Comunicación
A partir del aumento de la presencia de Internet en tanto medio de comunicación, la
revalorización de su papel como pivote de desarrollo de redes sociales, y su afianzamiento
como tejido conector y espacio de información en la contemporaneidad, emerge cada vez con
mayor fuerza una investigación especializada desde el campo de las Ciencias de la
Comunicación que tiene como objeto de estudio privilegiado a la Red de redes.
La investigación comunicológica no es demasiado antigua en comparación con otras tradiciones
científicas dentro de las ciencias sociales y humanísticas; mucho más reciente es, cómo es
lógico, la investigación sobre Internet desde la perspectiva de las Ciencias de la Comunicación.
¿Qué tipo de investigación se ha venido realizando sobre Internet desde la comunicación como
área disciplinar? ¿Qué paradigmas teóricos y metodológicos predominan en estas
investigaciones? Intentaremos dar respuesta a las interrogantes anteriores en este apartado.
Las Ciencias de la Comunicación no quedaron atrás en su interés por estudiar la irrupción de los
nuevos medios digitales en el sistema de comunicación de masas. El detonante de la atención
por parte de los investigadores del campo a la importancia de las nuevas tecnologías
comunicacionales no fue otro que la creciente convergencia entre los mecanismos de
producción, distribución y consumo de los productos de las industrias culturales en torno a las
redes de ordenadores. Los viejos medios estaban transformándose por la influencia de las
nuevas tecnologías.
Las primeras indagaciones que los investigadores del ámbito de Ciencias de la Comunicación
llevaron a cabo acerca de la presencia de Internet en el panorama mediático se centraron en el
cambio de modelo de comunicación, que parecía evolucionar desde el ámbito masivo al de la
personalización y la fragmentación de los públicos. Se comenzaba así a hablar de una
transformación de la sociedad de masas hacia una sociedad sustentada en los servicios de
información, una sociedad red.
El teléfono, el videotexto, las videoconferencias, la comunicación mediada por ordenadores y
otros espacios de comunicación distintos a los medios tradicionales se convirtieron en temas de
interés académico para los estudiosos del campo. Estos habían sido ignorados, entre otras
cosas, por la dificultad de situarlos dentro de los marcos de análisis existentes: los medios
masivos y la comunicación interpersonal o discursiva (Rogers, 1999).
No obstante, las nuevas tecnologías que entraban al mundo de la comunicación parecían
escapar a los intereses teóricos y metodológicos de las ciencias sociales y las humanidades en
general. Ninguna de ellas tenía una penetración social significativa, tampoco Internet. A nivel
del hogar, por ejemplo, eran prácticamente desconocidas. En un principio estaban restringidas a
espacios cerrados, institucionales, tales como universidades, entidades del gobierno y grandes
empresas, que fueron precisamente los ámbitos de indagación privilegiados.
La presencia social aún reducida de Internet y las demás tecnologías digitales provocaba,
asimismo, poca disponibilidad de fondos para el desarrollo de análisis en profundidad, pues
nadie estaba interesado en financiar este tipo de estudios. La naturaleza aplicada o
administrativa de la investigación dominante dentro del campo de las Ciencias de la
Comunicación, al menos en Estados Unidos (Lazarsfeld, 1941; Melody and Mansell, 1983), no
favorecía un objeto de indagación en ese momento con un futuro incierto y sin al menos un
modelo de negocio claro.
Este contexto contribuyó a la entronización inicial de un tipo de investigación conservadora
sobre las dinámicas de las redes digitales. El foco de atención se centró en el proceso de
impacto social de las nuevas tecnologías y las actitudes, comportamientos, políticas y tipos de
organizaciones que generaban, empleando para ello viejas categorías analíticas de la
comunicación de masas. El término impacto y el consecuente interés académico en los usos y
percepciones en relación con las nuevas tecnologías seguía el mismo patrón de desarrollo de la
investigación inicial en comunicación, desde la llamada teoría hipodérmica a las posteriores
indagaciones sobre las conductas de los usuarios de los medios.
Los estudios sobre las redes digitales comenzaron por describir las percepciones de grupos
especializados de usuarios acerca de las nuevas tecnologías, las características y funciones de
los sistemas de comunicación así como los tipos de flujos informativos y de intercambio
soportados. También, se interesaron por los efectos en el cumplimiento de tareas y la
productividad en el trabajo. Otra arista de análisis inicial se centró en las implicaciones de
Internet para las industrias culturales establecidas y las opciones de regulación de las nuevas
tecnologías. Los nuevos roles profesionales asociados a las redes digitales y la interacción de
estos con los tradicionales fueron asimismo tema central en muchos estudios de la época.
Los aspectos éticos y legales del uso de las nuevas tecnologías fueron también un área de
interés en las primeras investigaciones sobre Internet: la privacidad, el respeto a los derechos
universales de acceso y la regulación de poderes en la administración de las redes, entre otros,
constituyeron motivo de debate en muchos espacios académicos.
Todo este esfuerzo inicial estuvo marcado por el mismo esquema de desarrollo conceptual y
metodológico de la investigación de la comunicación de masas, sobre todo dentro de Estados
Unidos, que por demás fue el país donde se dieron los primeros pasos en el estudio de Internet,
como en su momento había ocurrido con las investigaciones fundacionales del campo de las
Ciencias de la Comunicación.
En la Universidad de Stanford, el profesor Edwin Parker se dedicó a explorar los usos de los
ordenadores en el consumo de información y sus usos, así como los efectos de las nuevas
tecnologías en lo que fue denominado la Comunicación para el desarrollo (Parker, 1978). Tanto
este autor como Everett Rogers y otros más, aplicaron la teoría de la difusión de innovaciones
para el análisis del rol de Internet, el satélite televisivo, las videoconferencias y otros adelantos
tecnológicos en países o regiones geográficas excluidas de los sistemas mediáticos
tradicionales. Según la idea original de estos estudios, las redes digitales garantizarían el
acceso a la información que los demás medios no favorecían.
Canadá fue otro polo importante de investigación, en este caso sobre comunicación mediada
por ordenadores y los usos del videotexto en la década del setenta gracias a la financiación
gubernamental, sobre todo en la zona de Quebec.
En los años ochenta, la Annenberg School for Communication, de la University of Southern
California en Los Ángeles se convirtió en un centro de referencia de la investigación sobre las
nuevas tecnologías situando tres enfoques de análisis fundamentales: Psicología Social,
Comunicación Organizacional y políticas culturales y de comunicación de los nuevos medios.
Mientras esto ocurría en Estados Unidos, Europa tomaba una dirección más crítica y cultural en
las investigaciones sobre nuevos medios, en sintonía con el paradigma entronizado en el
continente en los estudios de comunicación de masas. Dos marcos generales de análisis eran
los más empleados: la Economía Política de medios de corte marxista y los Estudios Culturales
de contenidos y actores en Internet.
Es decir, las investigaciones sobre las llamadas TIC seguían al parecer las mismas pautas
dicotómicas de los estudios en comunicación más generales: perspectiva cuantitativa vs.
cualitativa, positivista vs. relativista, administrativa vs. crítica, etc. En ese sentido se mantenía
el problema de base descrito por varios autores en el número antológico del Journal of
Communication del verano de 1983. En esa edición coordinada por Gerbner, la revista más
importante de la International Communication Association (ICA) hablaba de “fermentación en el
campo”, provocado por la oposición irreconciliable entre perspectivas de conocimiento dentro
del área académica, más motivadas por circunstancias ideológicas y políticas que por problemas
teórico-metodológicos. Diez años después, en el propio Journal, Mark Levy y Michael Gurevitch
comentaban, en el número conmemorativo dedicado a la edición de Gerbner, que la dicotomía
del campo parecía superada, teniendo en cuenta el fin de la guerra fría y las circunstancias de
los años ochenta. Sin embargo, el problema resurgiría luego en la primera etapa de los estudios
comunicológicos sobre Internet, mostrando la inestabilidad del área disciplinar y la persistencia
de sus dificultades estructurales de base.
Por lo general, la investigación comunicológica europea sobre Internet tuvo desde un inicio un
carácter mucho más problematizador que la estadounidense. Además, hubo un marcado interés
por digerir las aproximaciones teóricas desde otras disciplinas y crear marcos analíticos
variados, con enfoques metodológicos variados. En ese sentido, se potenció la riqueza
epistemológica de la investigación: las ideas de Bourdieu sobre la relación entre economía y
cultura, Foucault y sus planteamientos de recursividad entre tecnología y burocracia, Bell y su
teoría de la sociedad post-industrial, Habermas y su apuesta por el concepto de esfera pública,
la teoría de la estructuración de Giddens, entre otros, sirvieron de referentes conceptuales para
la indagación sobre la significación social de Internet, en tanto no llegaban nuevas propuestas
desde el propio campo de la Comunicación.
En Reino Unido, los estudios comunicológicos sobre Internet y las nuevas tecnologías tuvieron
como referente a la figura de Raymond Williams, por lo que tomaron un camino claramente
culturalista-crítico. Williams, además de continuar con su trabajo anterior sobre los medios
tradicionales, se interesó por establecer un nexo entre la comunicación de masas y el estudio
de las tecnologías y la innovación tecnológica.
Esta perspectiva estimuló la investigación británica sobre nuevos medios, sus contenidos,
institucionalización y consumo, al punto de llegar a establecer una clara línea de trabajo sobre
los contextos sociales y culturales del consumo y uso de las TIC (Silverstone and Hirsch, 1992;
Jouet, 1994; Miller and Slater, 2000).
La economía política de la comunicación tuvo, igual que los estudios culturales, una gran
influencia en las reflexiones iniciales sobre Internet y nuevos medios, primero en Europa y
luego en Estados Unidos, en especial durante los años ochenta como respuesta crítica al
concepto de sociedad de la información y a la idea de post-industrialismo que se promovió
desde algunos círculos académicos y también desde instancias gubernamentales.
Frank Webster, Kevin Robins y Nicholas Garnham, entre otros, concluyeron de forma temprana
que las nuevas tecnologías mediáticas como Internet tendían a reforzar el poder económico y
político de las instituciones, y con ello el status quo. Para la corriente de Economía Política de la
Comunicación, la sociedad de la información constituía la última y más reciente etapa del
capitalismo industrial, no un cambio radical del modelo social.
La crítica sobre el encantamiento tecnológico ante Internet tuvo importantes voces en autores
sobre todo europeos como Armand Mattelart en Francia, Cees Hamelink, Tapio Varis y Osmo
Wiio en Finlandia. También esta corriente obtuvo un apoyo significativo en Estados Unidos. Herb
Schiller y su equipo de la University of California, San Diego, George Gerbner de la Annenberg
School for Communication, adscrita a la University of Pennsylvania, y Dallas Smythe de la
Simon Fraser University, este último en Canadá, fueron algunos de los investigadores que,
siguiendo su línea de trabajo en comunicación masiva, se interesaron por las relaciones entre
desarrollo tecnológico y convergencia mediática.
Steve Woolgar, de la Woolgar at Brunel University en el Reino Unido, fue responsable a partir de
1985 del programa a 10 años de investigación de Tecnologías de la Información y la
Comunicación, luego llamado programa de la Sociedad Virtual, financiado por el Consejo de
Investigaciones Económicas y Sociales. Este marco institucional generó una línea de trabajo en
ese país sobre la configuración social de las tecnologías, con una fuerte tendencia hacia el
establecimiento de políticas para el manejo de los nuevos medios, tanto a nivel gubernamental
como local y familiar (Dutton, 1996).
En 1995 Steve Jones edita Cybersociety: computer-mediated communication and community,
un primer volumen de una trilogía antológica sobre el tema (Siles, 2008). Un año después, la
revista Journal of Communication en colaboración con el Journal of Computer Mediated
Communication, publica un número especial dedicado a la investigación sobre Internet.
Newhagen y Rafaeli (1996) aportaron una entrevista al número en el que aún se hacía una
pregunta fundacional “¿por qué deberían los investigadores de la Comunicación estudiar
Internet?”.
Según Siles (2008), a partir de ese año la publicación de estudios comunicológicos sobre
Internet crecería indeteniblemente con un buen número de autores clave (Aronowitz et al.,
1996; Featherstone y Burrows, 1995; Jones, 1997, 1998, 1999; Shields, 1996; Smith y
Kollock, 1999; Star, 1995; Stefik, 1996). Incluso en Latinoamérica, donde la investigación sobre
Internet desde las Ciencias de la Comunicación estaba menos desarrollada, se registra entre
1997-1998 un boom en la producción científica en torno al tema (Fuentes, 2001: 232), un
fenómeno que no ha tenido el necesario seguimiento sin embargo.
Por último, el debate teórico-metodológico al interior de la investigación en Comunicación sobre
Internet y los nuevos medios continúa. Algunos autores como McQuail (1986) o Morris y Ogan
(1996), indagan sobre las posibilidades de aplicación de los viejos conceptos de la
comunicación de masas en el nuevo entorno tecnológico. Otros, han conseguido establecer un
punto de continuidad con la vieja investigación sobre efectos, extendida a los usuarios de las
redes (Lea, 1992; Reeves y Nass, 1996).
5. Conclusiones
En la actualidad, los estudios sobre Internet constituyen un espacio dinámico, donde concurren
varios niveles de análisis con un creciente grado de complejidad y carácter crítico. Para su
investigación se sitúan los imaginarios y prácticas de los usuarios de las redes en los amplios
contextos institucionales, económicos y culturales que los rodean, es decir, se ha pasado de una
indagación fragmentada a un análisis cada vez más dialéctico.
La investigación sobre Internet y las nuevas tecnologías se ha convertido en un área
especializada, y ha captado el interés de gran variedad de ámbitos del conocimiento, incluido
por supuesto el de las Ciencias de la Comunicación. Aún tiene importantes retos por delante,
sin embargo. La discusión sobre el fenómeno de la globalización, en el que participan
sociólogos, economistas, y otros científicos sociales, no ha profundizado en el papel de las TIC
en este proceso. Asimismo, los hallazgos realizados aún no han sido sistematizados ni han
logrado situarse en las corrientes de pensamiento social como para articular nuevas
aproximaciones y por tanto mejoras en las investigaciones sobre el rol de las nuevas
tecnologías.
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1. Doctor en Ciencias de la Comunicación. Profesor e investigador. Departamento de Ciencias de la Comunicación y
Sociología. Universidad Rey Juan Carlos (Madrid, España). Email: rainer.rubira@urjc.es
2. Doctora en Ciencias de la Comunicación. Profesora e investigadora. Departamento de Ciencias de la Comunicación y
Sociología. Universidad Rey Juan Carlos (Madrid, España). Email: belen.puebla@urjc.es
Revista ESPACIOS. ISSN 0798 1015
Vol. 38 (Nº 52) Año 2017
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Throughout the Cold War two types of radio stations broadcast to the Communist countries: 'sovereign' radio (e.g. BBC, RFI) and 'substitute' radio (e.g. Radio Free Europe, Radio Liberty). They developed, from the same sources of information, two distinct styles of production and relations with listeners. These radio stations were both a political instrument and a cultural vector, a link with the West and a medium for local communications, until broadcasting finally gained its freedom through political change.
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The diffusion of the Internet (and its accompanying digital divides) has occurred at the intersection of both international and within-country differences in socioeconomic, technological and linguistic factors. Telecommunications policies, infrastructures and education are pr erequisites for marginalized communities to participate in the information age. High costs, English language dominance, the lack of relevant content, and the lack of technological support are barriers for disadvantaged communities using computers and the Internet. The diffusion of Internet use in developed countries may be slowing and even stalling, when compared to the explosive growth of Internet access and use in the past decade. With the proliferation of the Internet in developed countries, the digital divide between North American and developed countries elsewhere is thus narrowing, but remains substantial. The divide also remains substantial within almost all countries, and is widening even as the number and percentage of Internet users increases, as newcomers to the Internet are demographically similar to those already online. People, social groups and nations on the wrong side of the digital divide may be increasingly excluded from knowledge-based societies and economies.
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when we think about the social roles of the computer we tend to think of a familiar list of administrative, financial, and governmental functions and a set of social, political, and legal problems that are raised by what computers do. In this essay we look at social roles that the computer plays, not as a direct result of what they do, but because of the relationships people form with computers: how people think about computers, how they use computers to think and to not think about other things, how deeply subjective private worlds of computation (including preferences for different styles of programming) and a medium in which people work through personal and political concerns that are far from any instrumental use of the computer. In sum, we shall be looking at the computer as a metaphor and as a projective medium, and suggesting that this subjective side of the computer presence is highly relevent to understanding issues concerning computation and public life. There is an extraordinary range of textures, tones, and emotional intensity in the way people relate to computers-from seeming computer addiction to confessed computerphobia. I have recently been conducting an ethnographic investigation of the relationships that people form with computers and with each other in the social worlds that grow up around the machines. In my interviews with people in very different computing environments, I have been impressed by the fact that when people talk about computers they are often using them to talk about other things as well. In the general public, a discourse about computers can carry feelings about public life--anxieties about not feeling safe in a society that is perceived as too complex, a sense of alienation from politics and public institutions. Ideas about computers can also express feelings about more private matters, even reflecting concerns about which the individual does not seem fully aware. When we turn from the general public to the computer experts, we find similar phenomena in more developed forms. There, too, ideas about computers carry feelings about political and personal issues. But in addition, the expert enters into relationships with computers which can give concreteness and coherence to political and private concerns far removed from the world of computation. In particular, the act of programming can be an expressive activity for working through personal issues relating to control and mastery.