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La importancia del agua en las civilizaciones antiguas: los íberos

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Hasta no hace muchos años la relación de los iberos con el agua era enigmática, dada su dependencia de una agricultura de secano a la que se añadía la costumbre de habitar en lugares generalmente distantes de los cursos de agua. Todos los datos parecían estar en contra: eran pocas las referencias que se podían hallar en los antiguos textos griegos o latinos y la escritura ibérica se encuentra todavía en un estadio en el que dista mucho de ser comprensible y poder ser aprovechada como fuente de información. Afortunadamente, el tesón de los trabajos arqueológicos emprendidos en el último cuarto de siglo, reforzado con modernas técnicas analíticas, va sacando a la luz un goteo constante de nuevas evidencias que permiten resolver ese misterio. En la actualidad, no sólo es posible saber cómo gestionaban el agua los iberos, también se puede observar cómo se convirtió en un elemento estrechamente vinculado a su mentalidad.
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Los iberos crearon la cultura
prerromana más desarrolla-
da de la Península, resultado
de la dinámica de diversas pobla-
ciones autóctonas de las Edades del
Bronce y Hierro, estimuladas por
los contactos con los colonizadores
fenicios y griegos. Desde Andalu-
cía hasta el Rosellón, pasando por
Murcia, Albacete, País Valencia-
no, Cataluña y penetrando hacia el
interior por el río que hoy llevaba
su nombre, el Ebro, hasta la altura
de la actual Zaragoza, una original
forma de vida se fue gestando entre
mediados del siglo VII a.C. y me-
diados del VI a.C.
Debido a la gran extensión terri-
torial de esa cultura fueron notables
las diferencias regionales en sus
formas de vida y costumbres, pero
en todas las zonas se agruparon en
entidades, incorrectamente traduci-
das por tribus, puesto que alcanza-
ron formas de organización urba-
nas, en especial en los siglos IV-III
a.C. Y es que los iberos disponían
de ciudades forticadas y de una
cuidada organización del territorio,
dedicado principalmente a la agri-
cultura, la ganadería, la recolección
estacional y, donde el terreno lo
permitía, a la minería.
Entre las principales entidades
ibéricas cabe señalar: en el Valle
del Guadalquivir y los rebordes de
La Meseta a turdetanos y oretanos;
los bastetanos habitaban en la re-
gión de los altiplanos andaluces y
el extremo oriental de Murcia; los
contestanos hacían lo propio en el
sudeste peninsular; mientras que
en el centro del mundo valenciano
vivían los edetanos; los ilercavones
poblaban las bocas del río Ebro;
los sedetanos se emplazaban río
arriba, en Aragón; ya en los llanos
de los ríos Segre y Cinca moraban
los ilergetes, limitando al noroeste
con los suessetanos y por el nores-
te con lacetanos y ausetanos; en el
campo de Tarragona se situaban los
cosetanos; en torno a las comarcas
centrales barcelonesas lo hacían los
layetanos; en el Ampurdán se em-
plazaban los indicetes; y, ya en el
Lenguadoc occidental, los elisices.
Conocedores de herramientas y
armas de hierro, los iberos fueron
guerreros temibles, admirados por
su resistencia y valor. Elegantes en
extremo, los hombres lucían túni-
cas ribeteadas en rojo y las mujeres
complejos vestidos de varios colo-
res, complementados con mantos,
coas y joyas que sorprendían a los
viajeros mediterráneos que llega-
ban a Iberia. La formación de una
élite y el gusto por los productos
renados estimuló el comercio e
introdujo originales escrituras. Sus
cerámicas, principalmente las de
fondo claro y pintura como el vino,
fueron evolucionando desde los
sencillos motivos geométricos has-
La importancia del agua en las civilizaciones antiguas: los iberos
Un enigma que se va desvelando: la función
del agua en la cultura ibérica
Hasta no hace muchos años la relación de los iberos
con el agua era enigmática, dada su dependencia de
una agricultura de secano a la que se añadía la cos-
tumbre de habitar en lugares generalmente distantes
de los cursos de agua. Todos los datos parecían estar
en contra: eran pocas las referencias que se podían
hallar en los antiguos textos griegos o latinos y la escri-
tura ibérica se encuentra todavía en un estadio en el
que dista mucho de ser comprensible y poder ser apro-
vechada como fuente de información. Afortunadamen-
te, el tesón de los trabajos arqueológicos emprendidos
en el último cuarto de siglo, reforzado con modernas
técnicas analíticas, va sacando a la luz un goteo cons-
tante de nuevas evidencias que permiten resolver ese
misterio. En la actualidad, no sólo es posible saber có-
mo gestionaban el agua los iberos, también se puede
observar cómo se convirtió en un elemento estrecha-
mente vinculado a su mentalidad.
El río Ebro entrando en el Pas de l’Ase, próximo ya a su tramo final. Iberos es el nombre que los griegos dieron a los habitantes del río
Ibero
. Foto de los autores.
Por: Ignasi Garcés Estallo, profesor agregado de Historia Antigua, y Carles Padrós Gómez, licenciado en Historia,
Universidad de Barcelona
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ta complejas composiciones, con
presencia de guras vegetales, ani-
males y humanas. A nales del siglo
III a.C., grandes imperios, como los
cartagineses primero y los romanos
después, fueron conquistando pro-
gresivamente su territorio. En los
siglos II-I a.C. se desarrolló el pe-
ríodo ibero-romano o Baja Época,
que todavía mantenía parte de sus
signos culturales, en algunos casos
ya mezclados con rasgos de la cul-
tura vencedora.
La navegación
Los escritores antiguos desta-
caron la no muy densa población
de Iberia, hecho que atribuían a la
abundancia de montañas y a la exis-
tencia de llanos poco favorecidos
por el agua. Sin embargo, donde los
cursos uviales eran notables, los
iberos supieron aprovecharlos para
el transporte de mercancías y el
comercio. En el sur peninsular, los
turdetanos heredaron la navegación
uvial de sus antecesores, los tar-
tessios, y la practicaron en el curso
bajo del Guadalquivir hasta enlazar
Ignasi Garcés Estallo, nacido en Lleida en 1958, se licenció en
Geografía e Historia en 1981. Fue becario predoctoral en Lleida
(1984-1986) y profesor ayudante en la Universidad de Barcelona
(1987-1994), donde se doctoró en 1991. En 1992 amplió sus es-
tudios en la Universidad Complutense de Madrid. Desde 1995 pa-
só a impartir Historia Antigua en la Universidad de Barcelona y en
la actualidad es profesor agregado y Secretario del Departamento
de Prehistoria, Historia, Antigua y Arqueología. Es especialista en
la Baja Época Ibérica y centra su investigación en los iberos y su
relación con Roma. Ha dirigido o participado en una quincena de
proyectos subvencionados y, como resultado de sus investigacio-
nes, ha escrito más de setenta publicaciones científicas, además de
haber impartido una treintena de conferencias. También ha coordi-
nado diversos cursos de extensión universitaria y ha dirigido exca-
vaciones en varios yacimientos ibéricos ilergetes: Tossal de les Te-
nalles (Sidamon), Els Vilars (Arbeca) y Missatges (Tàrrega). En
1996 fue comisario de la exposición
Indibil i Mandoni. Reis i gue-
rrers
por encargo del Ayuntamiento de Lleida. Su interés divulgador
le ha llevado a colaborar en diversos proyectos colectivos que han
supuesto la redacción de catálogos o el asesoramiento de exposi-
ciones permanentes para diversas entidades: Museo Comarcal de
la Noguera (2001), Sala de Arqueología del Instituto de Estudios
Ilerdenses (2002), Museo de Lleida (2007), libro de la comarca de
La Litera en la colección Territorio de la Diputación General de Ara-
gón (2008) y Museo Comarcal de Urgell (2008).
Carles Padrós Gómez, nacido en Vic en 1983, es licenciado en
Historia por la Universidad de Barcelona y en la actualidad cursa
el Postgrado de Arqueología en esa entidad, a la vez que realiza
su doctorado. Ha sido becario de colaboración en el Servicio de
Patrimonio Arquitectónico de la Diputación de Barcelona y en el
Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la
Universidad de Barcelona, y contratado por el Museo de Arqueolo-
gía de Cataluña/Barcelona. Su formación se complementa con la
asistencia a diversos congresos y la participación en las excavacio-
nes de más de quince intervenciones arqueológicas, en su mayoría
relacionadas con la cultura ibérica y los comienzos de la romaniza-
ción en Cataluña.
El perfil: Ignasi Garcés Estallo y Carles Padrós Gómez
Los autores: Ignasi Garcés (izquierda) y Carles Padrós (derecha).
Extensión de la cultura ibérica y situación de las principales formaciones que la componían. Foto de los
autores.
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con la época romana, momento en
que recibió un impulso. El geógra-
fo griego Estrabón (3, 2, 5) añade
el comentario que en la región de
Turdetania los canales eran aprove-
chados también para la navegación
y el comercio, aunque su nalidad
original sin duda era la agrícola.
Unos versos del poeta romano
Rufo Festo Avieno (Or. mar. 504)
están dedicados a la evocación del
aprovechamiento del Ebro como
vía uvial para recibir los produc-
tos extranjeros. Aunque ese tipo de
datos puede resultar polémico, las
investigaciones arqueológicas no
sólo han conrmado esa realidad,
sino que han demostrado, una vez
más, unos orígenes muy antiguos,
pues la navegación en el Bajo Ebro
la iniciaron los fenicios cuando
todavía se comenzaba a formar la
propia cultura ibérica.
Otra evidencia, en este caso más
palpable, del uso de embarcaciones
se encuentra en un vaso pintado de
nales del siglo III a.C. o principios
del II a.C., hallado en el Tossal de
Sant Miquel (Llíria, Camp de Tú-
ria, Valencia) y hoy exhibido en el
Museo de Prehistoria de Valencia.
En él se representa una escena de
combate de ribera: en pie, desde
la orilla, un guerrero, que luce un
casco con plumas, sostiene un raro
escudo que detiene una jabalina
que le han arrojado, al tiempo que
se dispone a lanzar otra contra dos
barcas que transportan guerreros
con cascos y escudos similares; la
inclusión de algunos peces refuer-
za el sentido acuático. Las barcas
representadas son de fondo plano,
parecidas a piraguas, más aptas
para recorrer marismas, albuferas y
cursos bajos de los principales ríos
que para navegar en mar abierto.
Porque, si en algún aspecto no
destacaron los iberos fue, sin duda,
en su vocación marinera. Nunca
se les recordó como navegantes y,
aunque poseían instrumentos de
pesca y consumían productos del
mar, en caso de vivir en el litoral,
lo hacían aprovechando los recur-
sos que la propia costa les facilitaba
sin adentrarse. Pero la fascinación
del mar estaba ahí y prueba de ello
es que, anónimamente, alguien que
vivió en el poblado ibérico de Mas
Boscà (Badalona, Barcelona), des-
pués de contemplar los barcos ex-
tranjeros que veía pasar, trazó en un
vaso gris navíos de aspecto militar,
dotados de quilla, remos, velas y
timón.
Cisternas y pozos
El solar de la cultura ibérica co-
incide con la zona mediterránea de
la Península, la porción menos fa-
vorecida por la lluvia, incluso con-
tando con una pluviometría más ge-
nerosa entonces que en el presente.
Por ello, la construcción de cister-
nas para reserva de agua de lluvia
-en realidad grandes depósitos al
aire libre, pues raramente estaban
cubiertos- en el centro de la zona
de poblado, se remonta a tiempos
preibéricos. Una estructura casi cir-
cular destinada a esa nalidad, de
9 metros en la boca y 3,5 metros
de fondo, revestida en piedra, fue
construida ya a nales del II mile-
nio a.C. en la fase postargárica de
Vaso tipo lebes procedente del Tossal de Sant Miquel (Llíria, Camp de Túria, Valencia). Representa un
combate fluvial: en las barcas unos guerreros, que lucen cascos con plumas y sostienen escudos, lanzan
jabalinas; los peces refuerzan el sentido acuático. Finales del siglo III o principios del siglo II a.C. Foto:
Museo de Prehistoria de Valencia.
Vaso de las
Naves, cerámica
gris ibérica. Poblado
de Mas Boscà (Badalona,
Barcelona), entre finales del siglo IV y principios del
siglo II a.C. En él se observa el dibujo de un barco de
aspecto militar, sinónimo de la fascinación por el mar.
Foto: A. Cartagena. Museu de Badalona.
Cisterna-pozo en el centro del poblado fortificado
de Els Vilars (Arbeca, Les Garrigues, Lleida). El
resultado que se puede contemplar corresponde
a su utilización próxima al abandono del recinto,
a finales del siglo IV a.C., pero sus orígenes son
anteriores.
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Fuente Álamo (Cuevas del Alman-
zora, Almería).
Estructuras más modestas y con
una tendencia algo más oval pare-
cen ser una solución autóctona del
Valle del Ebro. El hecho de estar
excavadas en capas de margas, no
hacía necesario su revestimiento,
pues la propia roca resultaba imper-
meable. En la margen izquierda de
este río, en Zafranales (Fraga, Bajo
Cinca, Huesca), hay una pequeña
estructura también datada a nales
del II Milenio a.C. Le sucede otra
de mayores dimensiones (6 por 3
metros), con paredes revestidas
de piedras, que fue realizada entre
los siglos X-VIII a.C. en El Regal
de Pídola (Tamarite de Litera, La
Litera, Huesca). Esas estructuras
de creación indígena pervivieron
mucho tiempo, pues se documen-
tan también en la Edad del Hierro,
poco antes de la eclosión cultural
ibérica, por ejemplo en el Tossal de
les Tenalles (Sidamon, Pla d’Urgell,
Lleida), mediante una cisterna que
medía cerca de 6 por 3,5 metros en
la boca y alcanzaba los 3 metros de
fondo.
En la misma región, en el po-
blado forticado de Els Vilars (Ar-
beca, Les Garrigues, Lleida) hay
otra estructura todavía más curiosa,
pues posee una rampa descendente
enlosada. Dicha cisterna quizás co-
menzó a funcionar ya en la Primera
Edad del Hierro, pero tal y como la
conocemos hoy es el resultado de
sucesivas remodelaciones que na-
lizaron en el siglo IV a.C. El hecho,
casi excepcional, de que la Forta-
leza de Els Vilars no fuese cons-
truida en una cima, sino en un lla-
no dotado de capas freáticas poco
profundas, conduce a la sospecha
de si, en realidad, no actuaba tam-
bién como pozo a cielo abierto. En
cualquier caso, los depósitos para
recoger agua de lluvia se conocen
en poblados ibéricos ilergetes si-
tuados en cerros durante los siglos
V-III a.C., como Roques de Sant
Formatge (Seròs, Segrià, Lleida) y
Els Estinclells (Verdú, Urgell, Llei-
da). Y esa práctica alcanzó también
el territorio lacetano en Anseresa
(Olius, Solsonès, Lleida). Las cis-
ternas pervivieron hasta el nal de
los hábitats en lugares altos, hecho
que aconteció en época ibero-ro-
mana. A ese momento pertenece el
depósito de El Pilaret de Santa Qui-
tèria (Fraga, Bajo Cinca, Huesca),
pero aquí se observa una transición
hacia la forma elíptica, propia de
las cisternas greco-cartaginesas del
Mediterráneo Occidental.
De forma parecida, algunos po-
blados de la margen derecha del
Ebro también poseen cisternas ova-
les desde la Edad del Hierro, como
Záforas y Cabezo de Monleón,
ambos en el municipio de Caspe
(Zaragoza). Durante la época ya
plenamente ibérica las hallamos en
asentamientos importantes, como
en El Palao y La Caraza, los dos
en el término de Alcañiz (Teruel).
En ese sector, la estructura más es-
pectacular corresponde a Azaila y
pertenece ya a época ibero-romana.
Consta de una construcción que re-
cogía el agua de lluvia procedente
de la red viaria. Todavía hoy, en la
región del Ebro, las construcciones
agrícolas para retener agua, reciben
el nombre popular de balsa (en cas-
tellano) o bassa (catalán), vocablo
cuya etimología no procede del
latín y constituye una de las raras
pervivencias prerromanas, según
advirtió el lólogo Joan Coromi-
nes.
Sin duda esas “balsas” en po-
blado retenían una reserva, pero
no evitaban el acarreo periódico de
agua hasta los lugares de vivienda.
Aún así, las ventajas que aportaban
hicieron que otras regiones ibéricas
más favorecidas por la lluvia tam-
bién las construyesen. En el prelito-
ral catalán se conoce una de dimen-
siones considerables en el poblado
del Turó del Vent (Llinars del Va-
llès, Vallès Oriental, Barcelona), de
amplia boca y notable profundidad,
que habría sido construida a nales
del siglo IV a.C.
Más al norte, en el Ampurdán,
los iberos también se dotaron de
cisternas, pero aquí de forma per-
fectamente elíptica y paredes rec-
tas, excavadas en la roca viva, re-
vestidas con sillares bien cortados
que nalmente se revocaban con
mortero de cal. Dado que toda la
estructura se cubría con grandes
losas, en este caso sí constituyen
auténticas cisternas. Aunque no re-
sultan fáciles de fechar, rondan el
siglo III a.C. Su cuidada técnica se
debe a la inuencia greco-púnica
de la cercana colonia griega de Am-
purias. Se conoce una cisterna de
esas características en El Castell de
Cuidada cisterna elíptica del Puig de Sant Andreu
(Ullastret, Baix Empordà, Girona). La forma
elíptica y el acabado impermeable de mortero
son influencias recibidas de la cercana colonia
griega de Ampurias, siglo III a.C. Foto: Museo de
Arqueología de Cataluña (Ullastret).
Detalle de la pared y el fondo de la cisterna ibero-
romana construida a finales del siglo II o inicios
del siglo I a.C. en La Vispesa (Tamarite de Litera,
La Litera, Huesca). Foto de los autores.
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la Fosca (Palamós, Girona), y tres
en el importante núcleo de El Puig
de Sant Andreu (Ullastret, Girona).
Una de las excavadas en Ullastret,
la de la calle B, poseía, además, una
conducción de plomo en forma de
media caña junto al oricio de en-
trada, lo que facilitaba su llenado, y
un aliviadero en el otro extremo que
daba salida a los excesos de agua.
En la parte más alta o acrópolis de
esa misma ciudad ibérica se empla-
zó otra cisterna con capacidad para
130.000 litros. Cisternas elípticas
de tipo ampuritano, junto a brocales
en los pozos y canalizaciones, tam-
bién se conocieron en el importante
poblado de Ensérune, ya en el sur
de Francia pero entonces todavía
en el extremo del territorio cultural
ibérico.
Pese a las numerosas excavacio-
nes de hábitats ibéricos en el país
valenciano, sólo recientemente se
ha localizado una cisterna en un
extremo del poblado en El Molón
(Requena, Plana de Utiel, Valencia).
Mide más de 7 metros en su boca y
parece pertenecer al momento ibé-
rico pleno. Es en el sur peninsular
donde se conocen peor las cisternas
ibéricas, pero también allí fueron
corrientes e, incluso, algunas fue-
ron construidas con notable cali-
dad. Existen ejemplos elípticos en
el poblado de El Cerro de la Cruz
(Almedinilla, Córdoba), donde se
excavaron cuatro cisternas situa-
das tanto bajo habitaciones como
en zonas descubiertas, en algún
caso con casi 4 metros de fondo,
cisternas que presentan cubrición
con losas de piedra. Esas cisternas
son relativamente tardías, pues co-
rresponden a los siglos III-II a.C.,
por lo que bien pudieron recibir
inuencias greco-cartaginesas. En
otro yacimiento cordobés, el Cas-
tillo de Monturque, se conoce una
estructura similar, que no ha podido
ser datada. Las cisternas elípticas sin
fechar, pudiendo ser tanto prerroma-
nas como romanas, también se dan
en las antiguas ciudades de Lacipo
(Granada) y Cástulo (Jaén), lugares
de continuada presencia humana.
Volviendo de nuevo al oeste ara-
gonés, en el poblado ibero-romano
de La Vispesa (Tamarite de Litera)
existe una curiosa construcción en
su cima que presenta una boca cir-
cular y una sección tronco-cónica
hasta alcanzar los 3 metros de pro-
fundidad. Fue excavada en la roca
y revestida con bloques de piedra
bien cortados, posteriormente im-
permeabilizados con mortero del
tipo opus tectorium de 2 centí-
metros de grosor, mientras que el
fondo fue protegido con mortero y
cerámica triturada -opus signinum-
en capas de 4 centímetros. Si bien
puede responder a una antigua ne-
cesidad indígena, la técnica con que
fue resuelta es ya un préstamo de
las modas itálicas, en concordancia
con su fecha ya tardía, que se sitúa
entre nales del siglo II a.C. y co-
mienzos del siguiente.
Relacionado con el abasteci-
miento a las zonas domésticas es
la existencia de pozos en algunos
poblados. Ya se ha indicado la do-
ble función del pozo-cisterna de
Els Vilars; no obstante, los iberos
también supieron realizar auténti-
cos pozos verticales de más de 1,5
metros de diámetro hasta una pro-
fundidad de 9 a 11 metros y extraer
así el agua. No son muy frecuentes,
pero se conocen en la Ciutadella
(Calafell, Baix Penedès, Tarrago-
na), y Can Xercavins (Cerdanyola)
y Castell (Rubí), ambos en el Vallès
Occidental (Barcelona). Esas tres
estructuras se amortizaron entre los
siglos V y III a.C. En Ullastret y
Ensérune se han conservado broca-
les de pozo. Raramente una fuente
natural coincide con un lugar alto
que, a la vez, sirva de defensa. Sin
embargo, existe un caso que se ha
esgrimido como determinante de
la elección del emplazamiento. Se
trata de La Muela de Arriba (Re-
quena, Plana de Utiel, Valencia) y
corresponde al período ibérico ple-
no, entre nales del siglo IV a.C. y
principios del II a.C. Dicho pobla-
do cumplía una función de defensa
de la frontera sudoeste del territorio
de la ciudad ibérica de Kelin, y se
veía favorecido por la existencia, a
escasos metros de su recinto, de la
hoy llamada Fuente de la Mina.
El drenaje de las aguas
de lluvia
En ocasiones, los iberos facili-
taban el desagüe de sus calles con
enlosados y disponían lajas verti-
cales en los mismos hasta delimi-
tar rudimentarios canales, incluso
cubiertos con losas planas. Aunque
tienen todo el aspecto de cloacas,
no pueden ser catalogadas como
Sólida canalización para aliviar el agua de lluvia bajo la puerta oeste de la capitalidad ibérica de Molí
d’Espígol (Tornabous, Urgell, Lleida). Posiblemente corresponda al siglo V a.C. Foto: Miquel Cura.
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tales, pues no se encuentran las ne-
cesarias conexiones con las vivien-
das que las rodean. Si dejamos a un
lado los actuales prejuicios sobre la
higiene, descubriremos una función
tanto o más importante: servían
para dar salida al excedente de agua
de lluvia que, en el Mediterráneo,
acostumbra a concentrarse en tor-
mentas de corta duración y acusada
intensidad. La anticipación a sus
efectos evitaba daños importantes
en casas y calles. La existencia de
auténticas cloacas fue excepcional
en la Antigüedad, pues necesitaban
para su buen funcionamiento la cir-
culación de agua corriente, lo que
implica la construcción de comple-
jos acueductos, sólo solucionados
en Occidente en época romana, y
tampoco de una forma tan general
como se cree.
Volviendo a las canalizaciones
de drenaje ibéricas, algunas son de
dimensiones considerables, como
la que existe bajo la rampa de ac-
ceso de la puerta oeste de la capi-
talidad ibérica de Molí d’Espígol
(Tornabous, Urgell, Lleida). Su
ancho interno es de 60 centímetros
y su altura, de 80 centímetros. Está
construida con piedras calcáreas la-
bradas de 40 centímetros de ancho
y cubierta con grandes losas planas
de más de 1 metro de longitud; po-
dría tratarse de una obra ibérica an-
tigua, entorno del siglo V a.C.
La colocación de lajas verticales
en una parte de la calle para favore-
cer la circulación de aguas se obser-
va en esas fechas o incluso antes,
en Els Vilars (Arbeca, Lleida). Otra
canalización en medio de una calle,
desafortunadamente sin fecha al
tratarse de una excavación antigua,
se reconoce en el poblado ilergete
de Gebut (Soses, Segrià, Lleida).
Todo un desagüe cubierto fue dis-
puesto entre las dos torres de la
puerta principal de El Castellet de
Banyoles (Tivissa, Baix Ebre, Ta-
rragona), y también se documentó
una salida de aguas bajo una puer-
ta de Ullastret. No se sabe si esas
canalizaciones son una genial res-
puesta de los propios iberos ante un
problema o una inuencia recibida
del exterior. La elevada cronología
de algunas construcciones apunta
en la primera dirección, la segunda
se basaría en las similitudes, una
vez más, con construcciones del
mundo cartaginés, por ejemplo con
el sistema de desagüe de la ciudad
púnica de Kerkouan (Túnez), pero
debe reconocerse que dicha ciudad
pertenece al siglo III a.C.
El agua en los usos
industriales
Ciertas plantas textiles, como el
cáñamo y el lino, una vez recolecta-
das necesitan de un proceso llama-
do enriado para separar la bra del
tallo. Las excavaciones realizadas
en el poblado de El Coll del Moro
(Gandesa, Terra Alta, Tarragona)
sacaron a la luz el primer ejemplo
de un taller dedicado al enriado del
lino durante la segunda mitad del
siglo III a.C. Estaba dotado de dos
depósitos contiguos y simétricos.
La presencia del lino se pudo certi-
car mediante análisis de sedimen-
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Arriba, planta de la tintorería ibérica situada en la entrada
del recinto de Olèrdola (Alt Penedès, Barcelona). En azul
los canales que conducían agua al complejo procedente
de una probable cisterna o depósito situado más al sur.
Entre finales del siglo IV y principios del siglo II a.C.
Planta: Museo de Arqueología de Cataluña (Olèrdola).
A la derecha, vista aérea de la tintorería-curtiduría
una vez restaurada. Foto: Museo de Arqueología de
Cataluña (Olèrdola).
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tos orgánicos conservados y por la
técnica de los tolitos. Los depósi-
tos median 1,80 por 1,60 metros,
con paredes de 1 metro de alto, y
su suelo y tabiques se construyeron
con adobes, mientras que el suelo
fue cubierto con losetas de piedra
con las junturas tapadas con arci-
lla depurada de color blanquecino,
que también cubría los tabiques,
hasta impermeabilizarlos. Ambos
depósitos no disponían de entrada
o salida de los líquidos, por lo que
debe suponerse que las operaciones
de llenado y vaciado se efectuaban
manualmente.
Un problema al que debían ha-
cer frente los artesanos del lino era
la generación de aguas residuales
tóxicas, a las que se añadían olo-
res molestos. Ello era debido a la
formación de ciertas bacterias que
liberaban enzimas que, activadas
por la humedad y el calor, ocasio-
naban la putrefacción de la lignina
del tallo de la planta, facilitando la
liberación de su bra interna. Por
ello, podía optarse por desarrollar
dicho proceso en un estanque, río
o depósito, macerando entre 2 y 15
días, pero se producían bras de
baja calidad. La simple descompo-
sición en el campo, aprovechando
una improvisada cubeta, por efecto
de la lluvia y la humedad ambien-
tal, generaba un proceso más lento
-de más de 30 días-, pero con ello
se conseguía una bra de alta cali-
dad y se contaminaba menos el cur-
so de agua, por lo que fue el sistema
más usado.
A mediados del siglo I a.C. el
poeta romano Catulo loaba las ex-
celencias del nísimo lino reali-
zado en Saetabis, la Saiti ibérica,
hoy Xàtiva (La Costera, Valencia).
Según nos cuenta en el siglo I d.C.
Plinio el Viejo (Nat. Hist., 19, 2,
9-10), el lino de Saetabis se reco-
nocía como el más apreciado en el
mundo romano y, en tercer lugar,
se situaba el de la ciudad de Tarra-
gona, que era blanquísimo debido
a las propiedades especiales de un
torrente próximo. Iberos y romanos
habían observado las propiedades
de un agua no demasiado caliza,
pero con cierta presencia de ese
componente, que resulta ideal para
moderar la marcha del proceso bac-
teriológico del enriado.
Otra práctica industrial ibérica
que se ha documentado hace esca-
sos años y que precisa de un alto
consumo de agua, es el tintado de
lanas. En el poblado de Olèrdola
(Alt Penedès, Barcelona), en un ex-
tremo de su recinto delimitado por
la muralla, hacia la segunda mitad
del siglo IV a.C. se construyó una
zona artesanal que incluía una tin-
torería y una herrería. Esta zona se
veía favorecida por un pequeño ca-
nal que evacuaba las aguas de llu-
via sobrantes de la montaña, hasta
conducirlas fuera muralla. La tinto-
rería, conrmada una vez más por
modernos análisis de laboratorio de
los residuos recuperados, disponía
de hogares para calentar líquidos,
conducciones excavadas en la roca
cubiertas mediante losetas y diver-
sas cubetas para las fases de remo-
jo y lavado de la lana. El tintado
propiamente dicho seguramente se
realizaba en la cubeta mayor, un
cuadrado de 1,70 metros de lado
que presentaba una entrada propia
de agua bajo el muro, caso singular
hasta el presente en las construccio-
nes ibéricas.
También en el poblado alican-
tino de El Oral algunas canaliza-
ciones atravesaban el grosor de la
muralla que lo circundaba, pero
el hecho de partir sólo de algunas
estancias hace suponer que servían
para aliviar las aguas de actividades
de tipo industrial que se realizaban
en las mismas. Debe destacarse una
de esas conducciones, porque fue
reparada y revestida con una gruesa
capa de barro rojizo, reforzada con
una hilera de conchas incrustadas
cuando el enlucido se hallaba toda-
vía fresco.
Al procesado del lino y el tintado
de la lana debe añadirse una terce-
ra actividad industrial: la obtención
Cubeta parcialmente excavada en la roca. Pertenece al espacio 1 de la tintorería de Olèrdola y era usada
para sumergir en ella los productos a teñir. Foto: Museo de Arqueología de Cataluña (Olèrdola).
Moneda de bronce de Saetabi/Saiti (Xàtiva,
Valencia), ciudad famosa por la finura de sus telas
de lino. El ejemplar es bilingüe: en el anverso se
puede ver una cabeza varonil con la leyenda
latina SAETABI, en el reverso un jinete porta una
palma sobre la leyenda ibérica sai(ti). Segundo
cuarto del siglo I a.C. Biblioteca Nacional de
Francia, París, 874. Foto: Tomada de Los Iberos,
príncipes de Occidente, 1998, 283.
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de hierro mediante la extracción
de arcillas ferruginosas en minas a
cielo abierto. Para ser aprovecha-
bles, esas mismas arcillas deben ser
lavadas y sometidas a un proceso
de decantación que aísle el pesado
mineral, antes de su triturado y re-
ducción en un horno, lo que impli-
ca disponer de agua suciente. Una
balsa de decantación abierta al aire
libre se pudo documentar en el es-
tablecimiento ibérico de Les Guàr-
dies (El Vendrell, Baix Penedès,
Tarragona), activa entorno al siglo
III a.C.
El riego agrícola
Aunque los cereales, productos
agrícolas básicos en la alimenta-
ción ibérica, dependían de la lluvia,
los análisis de las plantas consumi-
das implican en algunos casos una
importante presencia de agua. Res-
ta la duda si se regaba por acarreo
una limitada parcela o se conocían
canales para un riego de más enver-
gadura. Desde luego, en el foso de
la Fortaleza de Els Vilars, la posi-
bilidad de introducir agua desde un
pequeño curso uvial próximo se
ha demostrado en las excavaciones
escasamente nalizadas. Por otra
parte, ya se ha señalado la mención
de canales que realizó Estrabón,
aunque corresponde a una fecha
tardía y puede verse afectada por la
inuencia romana.
De la ciudad celtibérica de Con-
trebia Belaisca (Botorrita, Zara-
goza) procede un texto latino des-
tinado a ser exhibido. Contiene la
disposición de un gobernador pro-
vincial romano que ratica la sen-
tencia emitida por el Senado local
de dicha ciudad, que había actua-
do como Audiencia ante un litigio
presentado por una comunidad, los
alavonenses, referente a la propie-
dad de unos terrenos que una ciudad
ibérica, Salduie, había comprado a
otra comunidad ibérica, los sosines-
tanos, para realizar en ellos una ca-
nalización de riego. Es una muestra
de una práctica existente al norte de
Zaragoza al menos en el momento
de redacción del texto, que puede
determinarse con toda exactitud en
el 15 de mayo del año 87 a.C.
El componente acuático
en la mentalidad ibérica
¿Quién no ha quedado cautivado
alguna vez ante la contemplación
de un pequeño insecto heterópte-
ro, llamado comúnmente zapatero,
que, pese a su aparente fragilidad,
se desliza sobre las aguas sin hun-
dirse? Sin duda, una sensación no
muy diferente debieron percibir
los iberos de la observación de un
animal que se movía a caballo entre
dos mundos, el aéreo y el acuático,
y pasaron a la reexión sobre el
movimiento y temporalidad de las
cosas. Por ello, pintaron con profu-
sión zapateros en los vasos decora-
dos, en diversos lugares, en espe-
cial en los valencianos Sant Miquel
de Llíria y Alcudia de Elche.
Para los iberos, el mundo acuá-
tico resultaba básico en su idea del
Universo. Gracias a la humedad, el
agua hacia posible el eterno resurgir
de la vegetación, en un ciclo inter-
minable en el que, de alguna forma,
debía insertarse también la vida y
la actividad humanas. No son in-
frecuentes las representaciones de
Placa de bronce con inscripción latina hallada el la ciudad celtibérica de Contrebia Belaisca (Botorrita,
Zaragoza). La placa se fijó en un lugar público, de forma parecida a los actuales avisos oficiales. Contiene
la disposición de un gobernador provincial romano que valida la sentencia dada por la corporación local
de Contrebia. El litigio surgió por la propiedad de unos terrenos que la ciudad ibérica de Salduie había
comprado a otra comunidad para realizar en ellos una canalización de riego, pero una tercera comunidad
alegaba la propiedad de esas mismas tierras, de ahí el pleito. Año 87 a.C.
Reconstrucción ideal de la actividad de tintado en un depósito alimentado por agua, según los restos
hallados en el poblado ibérico de Olèrdola (Alt Penedès, Barcelona). Dibujo: Francesc Riart.
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peces en los vasos ibéricos, peces
que raramente aparecen solos, pues
tienen mucho que ver con la vegeta-
ción, dos elementos que simbolizan
el eterno renacer del ciclo natural.
En el Museo Arqueológico de
Barcelona se puede contemplar una
ale -cuenco con ónfalo central
muy marcado- realizada en plata
dorada, procedente de El Castellet
de Banyotes (Tivissa, Baix Ebre,
Tarragona). El centro del cuenco
está rodeado por una decoración
de espirales que evocan un motivo
vegetal estilizado, en los extremos
aparecen peces y dos temas vege-
tales, imágenes que nos recuerdan
una vez más la importancia del
agua en la concepción ibérica.
Una muestra más signicativa
aún procede de la necrópolis de
El Cabecico del Tesoro (Verdolay,
Murcia). Allí se encontró una urna
funeraria decorada en dos registros:
el superior muestra un rebaño de
cabras que incluye la tierna imagen
de un cabritillo amamantado por su
madre, alegoría de la vida terrenal,
mientras que el inferior contiene
peces alternados con zapateros. La
función del registro inferior es la re-
presentación de los elementos aire
y agua. Según parece, en la concep-
ción ibérica los difuntos alcanzaban
las aguas subterráneas y, una vez
allí, los peces eran los conocedores
de unos secretos caminos que se-
guían incluso por debajo del mar, y
que conducían a otros estadios. Tal
vez la conciencia del difunto resur-
giría allí de alguna forma, a n de
cuentas, cada año la vegetación ha-
cía lo propio gracias al agua.
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En la izquierda, cuenco del siglo III a.C. con un ónfalo central muy marcado realizado en plata dorada y procedente del poblado de El Castellet de Banyotes
(Tivissa, Baix Ebre, Lleida). El centro está rodeado por una decoración de espirales que evocan un motivo vegetal estilizado, en los extremos aparecen peces y
plantas, temáticas que recuerdan la importancia del agua en el mundo ibérico. Foto: Museo de Arqueología de Cataluña (Barcelona). En el centro, plato decorado
del siglo II o I a.C., encontrado en Hoya de Santa Ana (Albacete), con siete peces de distintas formas y tamaños. Los espacios intermedios aparecen rellenos con
motivos de líneas onduladas y eses.. Foto: Museo Arqueológico de Albacete. Y a la derecha, jarra destinada a urna funeraria en la necrópolis de El Cabecico de
El Tesoro (Verdolay, Murcia), de los siglos III-II a.C. El vaso se decoró en dos registros, el superior muestra un rebaño de cabras, alegoría de la vida terrenal; y el
inferior representa peces alternados con zapateros, insectos que se deslizan encima del agua, símbolos de los elementos aire y agua.. Foto: Museo Arqueológico
de Murcia.
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