Feminismo y prostitución: la persistencia de una amarga disputa

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DOI: 10.1016/j.df.2016.04.001
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Abstract
La liberalización de las costumbres sexuales en el capitalismo tardío, junto con la desregulación neoliberal de los mercados, alentó la expansión de un mercado sexual donde algunos negocios funcionan de manera criminal, como ocurre con la trata de personas. En estas páginas reflexiono sobre la contraposición entre las feministas que impulsan el nuevo abolicionismo y las que abogan a favor de reconocer nuevas formas de organización del trabajo y de los derechos laborales para las personas que llevan a cabo trabajo sexual. Tal oposición es una expresión significativa de las “guerras en torno a lsexualidad” (Sex Wars) que se han venido dando sobre todo en Estados Unidos en paralelo con el desarrollo del feminismo y cuya influencia teórica y política ha enmarcado el debate feminista en todo el mundo. A ello se suma el giro punitivo de la política criminológica y judicial sobre el comercio sexual, que ensancha aún más la fractura política entre las feministas.
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Lamas,
M.
Feminismo
y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
disputa.
Debate
Feminista
(2016),
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Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
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Feminismo
y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
disputa
Feminism
and
prostitution:
The
persistence
of
a
bitter
dispute
Feminismo
e
prostitui¸cão:
a
persistência
de
uma
disputa
amarga
Marta
Lamas
Programa
Universitario
de
Estudios
de
Género,
Universidad
Nacional
Autónoma
de
México,
Ciudad
de
México,
México
Recibido
el
23
de
marzo
de
2016;
aceptado
el
6
de
abril
de
2016
Resumen
La
liberalización
de
las
costumbres
sexuales
en
el
capitalismo
tardío,
junto
con
la
desregulación
neoliberal
de
los
mercados,
alentó
la
expansión
de
un
mercado
sexual
donde
algunos
negocios
funcionan
de
manera
criminal,
como
ocurre
con
la
trata
de
personas.
En
estas
páginas
reflexiono
sobre
la
contraposición
entre
las
feministas
que
impulsan
el
nuevo
abolicionismo
y
las
que
abogan
a
favor
de
reconocer
nuevas
formas
de
organización
del
trabajo
y
de
los
derechos
laborales
para
las
personas
que
llevan
a
cabo
trabajo
sexual.
Tal
oposición
es
una
expresión
significativa
de
las
“guerras
en
torno
a
lsexualidad”
(Sex
Wars)
que
se
han
venido
dando
sobre
todo
en
Estados
Unidos
en
paralelo
con
el
desarrollo
del
feminismo
y
cuya
influencia
teórica
y
política
ha
enmarcado
el
debate
feminista
en
todo
el
mundo.
A
ello
se
suma
el
giro
punitivo
de
la
política
criminológica
y
judicial
sobre
el
comercio
sexual,
que
ensancha
aún
más
la
fractura
política
entre
las
feministas.
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Palabras
clave:
Comercio
sexual;
Trata
de
personas;
Feminismo;
Neoliberalismo;
Sex
Wars
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y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
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Feminista
(2016),
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2
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/
Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
Abstract
The
liberalization
of
sexual
customs
in
late
capitalism,
together
with
neoliberal
market
deregulation,
encouraged
the
expansion
of
a
sexual
market
in
which
certain
businesses
operate
illegally,
as
in
the
case
of
people
trafficking.
In
these
pages,
I
reflect
on
the
disagreement
between
feminists
who
support
the
new
abolitionism
and
those
that
advocate
new
forms
of
organizing
labor
and
labor
rights
for
sexual
workers.
This
opposition
is
a
significant
expression
of
the
Sex
Wars,
waged
particularly
in
the
United
States
parallel
to
the
development
of
feminism,
whose
theoretical
and
political
influence
has
framed
the
feminist
debate
worldwide.
In
addition
to
this,
there
is
the
punitive
approach
of
criminological
and
judicial
policy
regarding
sexual
trade,
which
further
expands
the
political
gap
between
feminists.
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4.0.
Keywords:
Sex
trade;
People
trafficking;
Feminism;
Neoliberalism;
Sex
Wars
Resumo
A
liberalizac¸ão
dos
costumes
sexuais
na
era
do
capitalismo
tardio,
juntamente
com
a
desregulamentac¸ão
neoliberal
dos
mercados,
incentivou
a
expansão
de
um
mercado
sexual
em
que
algumas
empresas
operam
de
forma
criminosa
em
relac¸ão
ao
tráfico
de
pessoas.
Nestas
páginas,
reflito
sobre
a
oposic¸ão
entre
as
feministas
que
impulsam
o
novo
abolicionismo
e
aquelas
que
advogam
pelo
reconhecimento
de
novas
formas
de
organizac¸ão
do
trabalho
e
dos
direitos
trabalhistas.
Essa
oposic¸ão
é
uma
expressão
significativa
das
“guerras
em
torno
da
sexualidade”
(Sex
Wars)
que
foram
ocorrendo
principalmente
nos
Estados
Unidos,
em
paralelo
com
o
desenvolvimento
do
feminismo,
e
cuja
influência
teórica
e
política
moldou
o
debate
feminista
no
mundo.
Somado
a
isso,
a
rotac¸ão
punitiva
da
política
criminal
e
judicial
para
o
comércio
sexual
acrescenta
mais
ainda
a
divisão
política
entre
feministas.
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4.0.
Palavras-chave:
Comércio
sexual;
Tráfico
de
seres
humanos;
Feminismo;
Neoliberalismo;
Sex
Wars
Las
“guerras
en
torno
a
la
sexualidad”
En
el
capitalismo
tardío,
la
búsqueda
de
placer
sexual
ha
transformado
el
paradigma
de
la
sexualidad
y
se
ha
pasado
del
sexo
procreativo
al
sexo
recreativo.
En
la
sexualidad,
y
en
concreto
en
las
relaciones
sexuales,
se
organiza
la
vida
social
y
las
personas
son
clasificadas
según
esquemas
que
valoran
o
estigmatizan
ciertas
prácticas
y
conductas.
Por
eso
una
relación
sexual
nunca
es
simplemente
el
encuentro
de
dos
cuerpos,
sino
que
también
es
una
puesta
en
acto
de
las
jerarquías
sociales
y
de
las
concepciones
morales
de
una
sociedad
(Illouz,
2014).
Desde
finales
de
la
década
de
1960
e
inicios
de
la
de
1970,
la
libertad
sexual
de
las
mujeres
fue
una
reivindicación
sustantiva
de
la
segunda
ola
feminista.
Y
desde
muy
temprano
surgieron
profundas
diferencias
en
la
conceptualización
de
la
llamada
“prostitución”.
1
Si
bien
las
Sex
Wars
1
No
me
gusta
hablar
de
prostitución
porque
es
un
término
que
únicamente
alude
de
manera
denigratoria
a
quien
vende
servicios
sexuales,
mientras
que
comercio
sexual
da
cuenta
del
proceso
de
compra-venta,
que
incluye
también
al
cliente.
Por
eso
en
estas
páginas
pongo
el
término
entre
comillas.
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este
artículo:
Lamas,
M.
Feminismo
y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
disputa.
Debate
Feminista
(2016),
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Pages
18
M.
Lamas
/
Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
3
han
ocurrido
principalmente
en
el
movimiento
feminista
estadounidense,
su
influencia
teórica
y
política
ha
enmarcado
la
disputa
feminista
en
todo
el
mundo.
Esto
responde
a
lo
que
Bolívar
Echeverría
(2008)
calificó
como
la
“americanización
de
la
modernidad”,
o
sea
a
que
la
tendencia
principal
de
desarrollo
en
el
conjunto
de
la
vida
económica,
social
y
política
es
la
americana.
Por
eso
no
es
rara
la
americanización
del
debate
feminista
mundial,
por
el
papel
determinante
que
han
tenido
las
publicaciones
y
el
activismo
de
las
feministas
estadounidenses.
A
finales
de
1971,
en
una
conferencia
en
Nueva
York
sobre
“La
eliminación
de
la
prostitu-
ción”
se
dio
una
álgida
confrontación
entre
feministas
y
trabajadoras
sexuales,
a
la
que
asistió
Kate
Millet.
Dicha
confrontación
dividió
a
las
feministas,
y
algunas
secundaron
la
postura
reivin-
dicativa
del
trabajo
sexual
de
las
hookers.
Dos
a
˜
nos
después,
Millet
publicaría
The
Prostitution
Papers,
2
donde
consigna
que
“las
feministas
ven
esta
objetivización
sexual
como
deshumanizante
y
degradante,
y
la
degradación
peor
es
la
que
experimentan
las
mujeres
que
venden
sus
cuerpos
para
ganarse
la
vida”
(Millet,
1973,
p.
13).
3
Para
esas
feministas
neoyorkinas
el
problema
de
fondo
era
la
brutal
comercialización
de
los
cuerpos
de
mujeres
por
el
patriarcado
capitalista,
mientras
que
del
otro
lado
de
la
Unión
Ameri-
cana,
en
California,
surgiría
una
distinta
reflexión
política:
la
necesidad
de
activismo
a
favor
de
los
derechos
de
las
trabajadoras
sexuales.
En
1972,
varias
amas
de
casa
—entre
las
que
había
les-
bianas
y
prostitutas—
fundan
Whores,
Housewives
and
Others
(WHO)
en
California
para
luchar
contra
“la
hipocresía
de
las
leyes
que
controlan
la
sexualidad
femenina,
especialmente
la
pros-
titución”
(Chateauvert,
2013,
p.
22).
Diez
a
˜
nos
después,
en
1982,
la
National
Organization
for
Women
formó
un
comité
sobre
derechos
de
las
“prostitutas”
al
mismo
tiempo
que
estalló
la
con-
frontación
pública
entre
feministas
durante
la
famosa
Conferencia
sobre
Mujeres
y
Sexualidad,
realizada
en
Barnard.
4
Dicha
conferencia
visibilizó
públicamente
las
profundas
diferencias
entre
las
feministas
que
veían
toda
relación
sexual
(incluso
la
mercantil)
como
liberadora
y
las
que
la
conceptualizaban
como
opresiva,
y
se
exhibió
la
confrontación
entre
feministas
pro-trabajadoras
sexuales
y
feministas
anti-prostitución.
El
contraste
entre
esas
dos
posturas
se
sostiene
hasta
la
fecha.
El
naciente
movimiento
de
liberación
de
la
mujer
tendría
gran
impacto
entre
trabajadoras
sexuales
de
muchos
países.
Entre
1975
y
1985,
diversas
organizaciones
de
“prostitutas”
surgieron
en
Europa,
casi
siempre
vinculadas
a
las
feministas.
5
Hacia
mediados
de
la
década
de
1980,
los
grupos
ya
conectados
entre
empezaron
a
realizar
foros
y
encuentros.
En
1984
se
llevó
a
cabo
el
Women’s
Forum
on
Prostitutes
Rights
en
Estados
Unidos.
En
1985
se
realizó
en
Amsterdam
el
Primer
Congreso
Mundial
de
Prostitutas,
y
ahí
mismo
se
fundó
el
International
Committee
on
Prostitutes
Rights
(ICPR).
Al
segundo
congreso,
verificado
en
Bruselas
en
octubre
de
1986,
asistió
Tatiana
Cordero,
de
la
Asociación
de
Mujeres
Trabajadoras
Autónomas
de
Ecuador
que
había
surgido
en
1982
en
la
provincia
de
El
Oro
y
logró
su
estatus
oficial
en
1987
(Abad,
Briones,
Cordero,
Manzo
y
Marchán,
1998).
Esta
será
la
primera
asociación
con
un
proceso
organizativo
en
América
Latina;
las
demás
despuntaron
después,
cuando
se
conformó
la
Red
de
Trabajadoras
Sexuales
de
Latinoamérica
y
el
Caribe.
6
2
El
peque
˜
no
libro
(Millet,
1973)
consta
de
una
reflexión
y
4
entrevistas
a
“prostitutas”.
3
La
traducción
es
mía.
4
Carol
Vance
(1984)
publicó
una
antología
con
una
selección
de
los
textos
presentados
en
dicha
conferencia.
5
Una
relación
de
los
grupos
europeos
se
encuentra
en
Pheterson
(1989).
6
En
Uruguay
en
1985
se
crea
la
Asociación
de
Meretrices
Profesionales
del
Uruguay
(AMEPU)
y
logra
su
reconoci-
miento
jurídico
en
1988.
En
1987,
en
Brasil,
Gabriela
Leite
funda
la
Asociación
Nacional
de
Prostitutas,
con
sede
en
Río
de
Janeiro,
y
lleva
a
cabo
la
Primera
Conferencia
de
Prostitutas;
en
octubre
de
ese
mismo
1987,
en
San
José
Costa
Rica
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Lamas,
M.
Feminismo
y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
disputa.
Debate
Feminista
(2016),
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4
M.
Lamas
/
Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
En
1986,
en
una
sesión
del
Parlamento
Europeo,
el
debate
sobre
una
resolución
sobre
la
violencia
contra
las
mujeres
(documento
A2-44/86),
que
incorporaba
la
distinción
planteada
por
el
International
Committee
on
Prostitutes
Rights
(ICPR),
entre
el
trabajo
sexual
en
mismo
y
la
violencia
del
tráfico
de
mujeres,
y
recogía
no
solo
las
demandas
de
autorrepresentación
y
protección
de
los
derechos
civiles
de
las
“prostitutas”,
sino
además
planteaba
la
exigencia
a
los
gobiernos
europeos
de
incluir
a
estas
mujeres
en
sus
deliberaciones
sobre
las
políticas
respecto
a
la
prostitución,
significó
un
triunfo
parcial
de
las
trabajadoras
sexuales.
Digo
parcial,
pues
en
la
concepción
que
se
hizo
del
problema
se
caracterizó
la
“prostitución”
como
una
forma
de
explotación
de
las
mujeres,
y
el
documento
quedó
ambiguo:
apoyaba
el
derecho
de
las
mujeres
a
trabajar
de
“prostitutas”,
pero
al
mismo
tiempo
hablaba
de
la
necesidad
de
disuadirlas
(Pheterson,
1989
).
Mientras
que
los
diputados
conservadores
manifestaban
su
indignación
por
que
en
el
Parla-
mento
“se
le
diera
la
palabra
a
las
putas”,
el
grupo
Women’s
Organization
for
Equality
(WOE),
que
reunía
a
feministas
de
varios
países
residentes
en
Bruselas
y
que
se
comunicaban
entre
en
inglés,
se
juntó
varias
veces
con
el
International
Committe
on
Prostitutes
Rights.
Después
de
escuchar
a
las
“prostitutas”,
unas
feministas
aceptaron
que
si
las
propias
mujeres
insistían
en
trabajar
y
en
que
no
habían
sido
enga
˜
nadas,
había
que
respetar
su
decisión,
mientras
que
otras
siguieron
convencidas
de
que
la
“prostitución”
era
una
actividad
degradante
(Pheterson,
1989).
Mientras
las
feministas
se
dividían,
el
International
Committee
on
Prostitutes
Rights
emitió
una
declaración
donde
separaba
conceptual
y
discursivamente
la
trata
de
mujeres
y
el
trabajo
sexual
elegido.
7
Varios
grupos
feministas
europeos
denunciaron
la
hipocresía
y
el
puritanismo
en
rela-
ción
con
el
comercio
sexual
e
insistieron
en
la
necesidad
de
distinguir
las
prácticas
abusivas
de
otras
formas
de
coordinación
y
administración
del
trabajo
sexual,
e
inclusive
propusieron
coope-
rativas
manejadas
por
las
propias
trabajadoras.
Pese
a
ello,
la
confrontación
entre
las
dos
posturas
feministas
ya
estaba
en
marcha
y
los
avances
logrados
en
relación
con
la
organización
interna-
cional,
los
derechos
laborales
y
la
sindicalización
se
detuvieron
ante
el
activismo
de
un
sector
del
movimiento
feminista
que
cuestionó
duramente
“la
prostitución”
y
cuyo
discurso
fue
el
vínculo
sexualidad/violencia,
lo
que
definió
las
tomas
de
posición.
Entre
tanto,
en
Estados
Unidos
lo
que
fortalecería
sustantivamente
a
las
abolicionistas
fue
la
política
anti-sexualidad
de
Reagan
(1981-1989),
que
se
prolongaría
con
Bush
padre
(1989-1993)
y
Bush
hijo
(2001-2009)
en
la
presidencia
de
Estados
Unidos.
Esa
política
conservadora
iba
no
solo
en
contra
de
la
pornografía
y
la
prostitución,
sino
también
contra
la
educación
sexual,
los
servicios
anticonceptivos,
la
despenalización
del
aborto,
la
autonomía
sexual
y
el
derecho
a
la
privacidad
de
los
adolescentes.
Los
conservadores
religiosos
condenaban
la
sexualidad
fuera
del
matrimonio
por
considerarla
pecaminosa;
veían
la
“prostitución”
como
una
amenaza
para
la
institución
de
la
familia
y,
por
lo
tanto,
como
una
fuente
de
decadencia
moral
en
la
sociedad.
El
marco
interpretativo
de
la
postura
abolicionista
respecto
al
comercio
sexual
lo
estableció
Kathleen
se
establece
la
Red
de
Mujeres
Trabajadoras
Sexuales
de
Latinoamérica
y
el
Caribe
(RedTraSex)
donde
hoy
participan
organizaciones
de
trabajadoras
sexuales
de
15
países.
A
lo
largo
de
la
década
de
1990
surgirán
más
grupos
organizados,
como
la
Asociación
de
Mujeres
Meretrices
de
la
Argentina
(AMMAR)
en
1994;
en
República
Dominicana,
el
Movimiento
de
Mujeres
Unidas
(MODEMU)
nació
en
noviembre
de
1997;
en
México,
la
Organización
Mujer
Libertad
de
Querétaro,
en
1997,
y
en
1998
mujeres
de
18
estados
de
la
república
fundan
la
Red
Mexicana
de
Trabajo
Sexual;
en
Chile
la
fundación
Margen
aparece
en
1998.
7
Los
nueve
puntos
que
planteaba
eran:
1:
autonomía
financiera;
2:
elección
ocupacional;
3:
alianza
entre
mujeres;
4:
autodeterminación
sexual;
5:
desarrollo
infantil
sano;
6:
integridad;
7:
pornografía;
8:
migración
y
tráfico,
y
9:
un
movimiento
para
todas
las
mujeres.
Además,
se
pronunciaba
contra
la
prostitución
de
menores
(Pheterson,
1989).
Cómo
citar
este
artículo:
Lamas,
M.
Feminismo
y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
disputa.
Debate
Feminista
(2016),
http://dx.doi.org/10.1016/j.df.2016.04.001
ARTICLE IN PRESS
+Model
DF-2;
No.
of
Pages
18
M.
Lamas
/
Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
5
Barry
8
al
definir
la
prostitución
como
“esclavitud
sexual”.
Barry
impulsaría
la
fundación
en
1988
de
la
organización
abolicionista
Coalition
Against
Trafficking
in
Women
(CATW),
y
también
ese
a
˜
no
aparecería
el
libro
de
Carole
Pateman
(1989)
El
contrato
sexual,
que
plantea
que
al
contrato
social
lo
subyace
un
“contrato
sexual”:
los
hombres
dominan
a
las
mujeres
y
ellas
deben
otorgarles
servicios
sexuales
y
domésticos.
Así
se
constituye
el
patriarcado
moderno,
con
ese
contrato
sexual
que
sostiene
el
contrato
social
establecido
entre
hombres.
Según
Pateman,
“comercio
sexual”
es
un
eufemismo
que
oculta
la
esclavitud
sexual
de
las
prostitutas.
Muchas
feministas
coincidieron
con
Barry
en
su
planteamiento
en
Esclavitud
sexual
de
la
mujer
(1979),
donde
sostiene
que
los
valores
que
las
mujeres
siempre
le
han
atribuido
a
la
sexualidad
habían
sido
distorsionados
y
destruidos
conforme
habían
sido
“colonizadas”
a
través
tanto
de
la
violencia
sexual
como
de
la
supuesta
liberación
sexual.
Según
Barry,
las
mujeres
vinculan
el
sexo
con
el
amor,
por
lo
que
la
experiencia
“positiva”
del
sexo
debe
basarse
en
la
intimidad;
de
ahí
que
el
sexo
no
deba
comprarse
ni
obtenerse
por
medio
de
la
fuerza.
Esta
postura,
que
descarta
totalmente
la
idea
de
una
sexualidad
recreativa
en
busca
de
placer,
sirvió
para
unir
a
muchas
feministas
con
los
religiosos
puritanos
en
una
cruzada
moral
para
“abolir”
el
comercio
sexual.
Será
justamente
a
inicios
de
la
década
de
1990
cuando
el
discurso
feminista
en
contra
de
la
violencia
hacia
las
mujeres
se
fortalezca
con
la
reflexión
de
Catharine
MacKinnon.
9
La
famosa
abogada
anti-pornografía
afirmó
en
1992
10
que:
“las
mujeres
son
prostituidas
precisamente
para
ser
degradadas
y
sometidas
a
un
tratamiento
cruel
y
brutal
sin
límites
humanos;
eso
es
lo
que
se
intercambia
cuando
las
mujeres
son
vendidas
y
compradas
para
tener
sexo”
(1993,
p.
13).
Ella
equipara
la
prostitución
con
una
“violación
repetida”
(repeated
rape),
retoma
de
Barry
la
idea
de
que
la
prostitución
es
una
“esclavitud
sexual
femenina”
y
plantea
que
una
prostituta
es
legalmente
una
“no
persona”
(legal
non
person).
También
afirma:
“Ninguna
institución
social
la
excede
(a
la
prostitución)
en
violencia
física”
(MacKinnon,
1993,
p.
25).
De
entonces
a
la
fecha
MacKinnon
ha
ido
desarrollando
una
impactante
estrategia
discursiva
que
asocia
la
“prostitución”
con
la
violación
y
la
desigualdad
social
(MacKinnon,
2011).
Cuando
una
cruzada
moral
logra
cierto
éxito
con
respecto
a
su
objetivo
fundacional,
pone
la
mirada
en
otros
problemas
que
asocia
con
su
razón
de
ser.
A
esto
se
denomina
expansión
del
dominio
(Weitzer,
2014).
Eso
ocurrió
con
la
cruzada
moral
—iniciada
por
Reagan
y
continuada
por
los
Bush—
que
intentó
establecer
el
límite
de
lo
decente,
lo
bueno,
lo
normal
y
lo
moral
respecto
a
la
sexualidad
(abstinencia
antes
del
matrimonio
y
fidelidad)
y
se
expandió
para
condenar
toda
forma
de
comercio
sexual.
Como
la
postura
del
gobierno
de
Estados
Unidos
se
configuró
como
una
reacción
en
contra
de
todo
intercambio
sexual
comercial,
su
agencia
de
cooperación,
la
USAID,
condicionó
el
otorgamiento
de
fondos
para
los
grupos
de
activistas
contra
el
sida
a
que
no
trabajaran
con
“prostitutas”.
11
8
Autora
de
Female
Sexual
Slavery
(1979)
(Barry,
1987),
libro
que
luego
se
amplió
y
se
convirtió
en
The
Prostitution
of
Sexuality.
Global
Exploitation
of
Women
(Barry,
1995).
9
Analizar
y
debatir
a
MacKinnon
requeriría
un
ensayo
por
solo.
Aquí
solamente
registro
su
decisiva
influencia
en
la
disputa
feminista.
10
En
un
simposio
del
Michigan
Journal
of
Gender
and
Law
sobre
“Prostitution:
From
Academia
to
Activism”
con
una
ponencia
sobre
la
prostitución
y
los
derechos
civiles
que
sería
publicada
al
a
˜
no
siguiente
en
esa
misma
revista
(MacKinnon,
1993
).
11
En
2003,
Bush
decreta
un
plan
emergente
contra
el
sida
que
dispone
de
15
billones
de
dólares,
cuyo
objetivo
incluye
la
“erradicación
de
la
prostitución”
al
considerarla
“propagadora”
del
VIH.
Así
prohíbe
que
se
otorgue
dinero
a
los
grupos
organizados
que
trabajan
con
“prostitutas”.
Para
recibir
financiamiento
las
organizaciones
debían
firmar
un
Anti-
Prostitution
Pledge
(Weitzer,
2007).
Cómo
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este
artículo:
Lamas,
M.
Feminismo
y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
disputa.
Debate
Feminista
(2016),
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6
M.
Lamas
/
Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
Dicha
cruzada
moral
aprovechó
el
tema
de
la
migración
indocumentada,
con
flujos
de
mujeres
que
ocupaban
los
trabajos
desechados
por
las
mujeres
locales
en
el
sector
de
servicios,
tanto
en
el
trabajo
sexual
como
en
el
doméstico.
Las
inmigrantes,
impulsadas
no
solo
por
la
pobreza
sino
también
por
el
anhelo
de
independencia,
o
en
su
huida
de
la
violencia,
buscaban
a
las
redes
organizadas
de
tráfico
de
personas
para
salir
de
sus
países
y
encontrar
mejores
condiciones
de
vida,
y
algunas
serían
víctimas
de
organizaciones
criminales.
12
La
amalgama
discursiva
del
comercio
sexual
con
la
trata
habla
indistintamente
de
“mujeres
traficadas”
o
“mujeres
explotadas
sexualmente”
como
“víctimas
de
trata”,
pero
prostitución
y
trata
son
distintos.
Para
distinguir
entre
la
trata
y
el
lenocinio,
o
su
equivalente
funcional,
la
explotación
de
la
prostitución
ajena,
la
abogada
Claudia
Torres
(2016)
aclara
que
los
delitos
de
lenocinio
y
explotación
de
la
prostitución
ajena
son
distintos
e
independientes
del
delito
de
trata,
pues
castigan
a
los
terceros
que
se
benefician
de
la
prostitución
independientemente
de
las
condiciones
en
que
esta
se
ejerza,
e
incluyen
casos
en
los
que
todos
los
participantes,
de
manera
voluntaria,
ejercen
la
prostitución
y
se
benefician
de
ella.
A
partir
del
establecimiento
del
Protocolo
de
Palermo,
13
y
con
el
apoyo
económico
de
USAID,
la
cruzada
abolicionista
de
la
CATW
contra
la
trata
y
el
tráfico
de
mujeres
despegó
con
fuerza.
Y
aunque
la
definición
de
trata
de
personas
en
el
protocolo
internacional
incluye
el
trabajo
en
la
maquila,
el
doméstico
y
el
del
campo,
los
casos
que
generan
mayor
escándalo
son
los
vinculados
al
trabajo
sexual,
aunque
estadísticamente
su
número
sea
bastante
menor
que
los
de
otras
formas
de
trabajo
forzado
o
coercitivo.
Cuando
se
discute
con
el
abolicionismo,
no
se
niega
la
existencia
de
un
horrendo
delito
(la
captación
y
el
traslado
de
mujeres
para
la
venta
de
sexo
con
enga
˜
no,
amenaza
o
violencia)
que
debe
ser
combatido,
sino
que
se
discrepa
respecto
de
su
origen
y
dimensiones
(
Weitzer,
2014).
14
A
ello
se
suma
que
hay
inconsistencias
sustanciales
en
cómo
se
define
la
trata
y
cómo
se
identifica
a
las
víctimas
y
se
les
certifica
como
tales
(O’Connell
Davidson,
2014).
Pero
las
declaraciones
amarillistas
son
estratégicas,
porque
las
dimensiones
de
un
problema
social
importan
para
atraer
la
atención
de
los
medios
de
comunicación,
los
financiamientos
y
el
interés
de
los
responsables
de
las
políticas
públicas.
Las
feministas
abolicionistas
armaron
un
repertorio
de
historias
sobre
mujeres
inocentes
a
quie-
nes
les
fueron
confiscados
sus
documentos,
las
obligaron
a
vender
sus
cuerpos
y
las
enga
˜
naron
y
explotaron.
Esas
sobrecogedoras
narraciones
de
victimización
consolidaron
una
representa-
12
La
evidencia
indica
que
el
fenómeno
de
migración
para
dedicarse
al
trabajo
sexual
es
diverso
y
complejo.
Hay
varias
trayectorias
migratorias
y
distintas
experiencias
de
trabajo
que
pueden
implicar
mucha
coerción
o
explotación,
o
buena
información
e
intencionalidad
consciente
de
parte
de
la
migrante
(Kempadoo,
2012;
Chang,
2013).
13
La
Convención
de
las
Naciones
Unidas
contra
la
Delincuencia
Organizada
Transnacional,
llamada
Convención
de
Palermo,
tiene
tres
protocolos:
uno
para
prevenir,
reprimir
y
sancionar
la
trata
de
personas,
especialmente
de
mujeres
y
ni
˜
nos;
otro
sobre
el
contrabando
de
migrantes,
y
el
tercero
contra
la
fabricación
y
el
tráfico
ilegal
de
armas.
La
definición
en
el
Protocolo
de
trata
implica
tres
cuestiones:
1)
conductas
(captación,
transporte,
traslado,
acogida
o
recepción
de
la
persona);
2)
medios
(amenaza,
uso
de
la
fuerza,
enga
˜
no),
y
3)
fines
(explotación)
(ONU,
2000).
14
Según
Ronald
Weitzer,
un
investigador
especializado,
los
abolicionistas
afirman
que
hay
cientos
de
miles
—si
no
es
que
millones—
de
víctimas
en
todo
el
mundo,
y
que
este
problema
ha
alcanzado
niveles
epidémicos,
afirmaciones
que
han
sido
reproducidas
—sin
corroborar—
por
funcionarios
gubernamentales
de
Estados
Unidos
y
otras
naciones.
Luego
de
recopilar
investigaciones
con
cifras
de
distintas
fuentes
oficiales
sobre
las
víctimas
de
trata,
de
analizarlas
minuciosamente
y
compararlas
con
cifras
sobre
víctimas
registradas,
Weitzer
declara
que
existe
una
total
discrepancia
entre
ambas.
Por
ello
afirma
que
las
cifras
que
denuncian
la
magnitud
del
problema
no
son
confiables
en
lo
más
mínimo
y
que
las
alarmistas
declaraciones
de
que
la
magnitud
del
problema
es
inmensa
y
va
en
aumento
no
tienen
sustento
empírico
alguno.
Incluso
los
estimados
generales
son
dudosos,
dada
la
naturaleza
ilegal
y
clandestina
del
comercio
sexual;
existen
además
otros
focos
rojos:
las
cifras
oficiales
han
fluctuado
bastante
en
un
corto
periodo
y
relativamente
pocas
víctimas
de
trata
han
sido
localizadas
(Weitzer,
2005,
2007,
2012,
2014).
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Feminismo
y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
disputa.
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Feminista
(2016),
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Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
7
ción
mediática
de
la
trata
que
tiene
las
tres
características
centrales
que
Ronald
Weitzer
(2014)
encuentra
en
los
discursos
de
las
cruzadas
morales:
1.
Inflación
de
la
magnitud
de
un
problema
(por
ejemplo,
el
número
de
víctimas,
el
da
˜
no
a
la
sociedad)
y
argumentos
que
exceden
con
mucho
la
evidencia
existente.
2.
Historias
de
horror,
en
las
que
los
casos
más
terribles
se
describen
con
mórbido
lujo
de
detalle
y
se
presentan
como
si
fueran
típicos
y
prevalecientes.
3.
Convicción
categórica:
los
integrantes
de
la
cruzada
insisten
en
que
cierto
mal
existe
en
la
medida
exacta
en
la
que
ellos
la
describen
y
se
niegan
a
reconocer
cualquier
escala
de
grises.
Este
tipo
de
discurso
no
solo
se
aleja
de
los
casos
predominantes
a
nivel
empírico,
sino
que
provoca
pánico
moral.
Creer
que
el
comercio
sexual
deriva
ineluctablemente
en
trata
es
un
pánico
moral
contemporáneo
que
ha
sido
estimulado
por
el
activismo
anti-prostitución
(Hunt,
2011,
p.
60).
El
pánico
social
es
la
forma
extrema
de
la
indignación
moral
(Young,
2009,
p.
7)
y
lo
caracterizan
dos
elementos:
su
irracionalidad
y
su
conservadurismo.
La
indignación
moral
produce
una
reacción
ante
lo
que
se
vive
como
una
amenaza
a
los
valores
o
a
la
propia
identidad;
de
ahí
que
los
pánicos
morales
suelan
transformarse
después
en
batallas
culturales,
como
ha
ocurrido
con
el
comercio
sexual.
La
prensa
juega
un
papel
importante
en
la
formación
de
la
opinión
pública,
y
la
representación
distorsionada
de
ese
fenómeno
conduce
a
la
indignación
pública
y
a
llamados
para
que
el
Estado
ejerza
un
mayor
control
social.
Con
este
tipo
de
estrategias
se
pretende
justificar
la
total
erradicación
de
cualquier
forma
de
comercio
sexual.
Así,
una
batalla
legítima
e
indispensable
contra
la
trata
se
traduce
en
la
represión
indiscriminada
contra
todas
las
personas
vinculadas
con
el
trabajo
sexual,
con
operativos
policia-
cos
(razzias)
para
“rescatar
víctimas”.
Desde
Estados
Unidos
existe
una
política
de
premiación
a
quienes
“rescaten”
más
víctimas
que
ha
derivado
—al
menos
en
la
Ciudad
de
México—
en
la
práctica
de
detener
a
trabajadoras
sexuales
y
presionarlas
para
que
se
“declaren”
víctimas,
pues
si
no,
son
consideradas
“cómplices”.
15
La
materia
de
la
disputa
La
cruzada
abolicionista
visualiza
el
fenómeno
del
comercio
sexual
en
blanco
y
negro,
sin
reconocer
sus
matices
y
complejidades.
Para
empezar,
persiste
un
hecho
indiscutible:
el
trabajo
sexual
sigue
siendo
una
actividad
que
eligen
millones
de
mujeres
en
el
mundo,
básicamente
por
su
situación
económica.
Incluso,
aunque
las
migrantes
experimenten
condiciones
laborales
desagradables
o
de
explotación
en
el
lugar
de
destino
(Kempadoo,
2012),
algunas
de
ellas
creen
que
son
“preferibles
a
permanecer
en
casa,
en
donde
las
amenazas
a
su
seguridad
—en
forma
de
violencia,
de
explotación
o
directamente
de
privación
alimenticia—
son
mucho
mayores”
(
O’Connell
Davidson,
2008,
p.
9).
Indudablemente,
muchas
trabajadoras
eligen
“el
menor
de
los
males”
dentro
del
duro
y
precario
contexto
en
que
viven.
Por
eso,
más
que
un
claro
contraste
entre
trabajo
libre
y
trabajo
forzado,
lo
que
existe
es
un
continuum
de
relativa
libertad
y
relativa
coerción.
Como
las
mujeres
están
ubicadas
en
lugares
sociales
distintos,
con
formaciones
diferentes
y
con
capitales
sociales
diversos,
en
ciertos
casos
el
trabajo
sexual
puede
ser
una
opción
elegida
por
lo
15
Varios
testimonios
de
trabajadoras
sexuales
en
la
Ciudad
de
México
describen
los
“operativos
de
rescate”
que
llegan
a
los
antros
y
cabarets,
durante
los
cuales
les
dicen
a
las
mujeres:
“Todas
las
víctimas
pónganse
aquí”
y
a
la
trabajadora
que
responde
“Yo
no
soy
víctima”
se
le
contesta:
“Entonces
eres
cómplice”.
Ante
tal
acusación,
muchas
aceptan
declararse
“víctimas”.
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Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
empoderante
y
liberador
que
resulta
ganar
dinero,
mientras
que
en
otros
casos
se
reduce
a
una
situación
de
una
precaria
sobrevivencia
que
causa
culpa
y
vergüenza.
Al
tiempo
que
existe
el
problema
de
la
trata
aberrante
y
criminal,
con
mujeres
secuestradas
o
enga
˜
nadas,
también
existe
un
comercio
donde
las
mujeres
entran
y
salen
libremente,
y
donde
algunas
llegan
a
hacerse
de
un
capital,
a
impulsar
a
otros
miembros
de
la
familia
e
incluso
a
casarse.
Es
decir,
quienes
sostienen
que
es
un
trabajo
que
ofrece
ventajas
económicas
tienen
razón,
aunque
no
en
todos
los
casos;
y
quienes
declaran
que
la
prostitución
es
violencia
contra
las
mujeres
también
tienen
razón,
pero
no
en
todos
los
casos
(Bernstein,
1999,
p.
117).
Igual
ocurre
del
otro
lado
de
la
industria
del
sexo.
Los
padrotes
y
madrotas
funcionan
como
los
empresarios:
hay
buenos
y
hay
malos.
Lo
mismo
pasa
con
los
clientes:
hay
clientes
malos
—los
violentos,
los
drogados—
y
clientes
buenos,
“decentes”
y
amables.
Al
igual
que
en
cualquier
otro
empleo,
oficio
o
profesión,
del
trabajo
sexual
se
extrae
plusvalía.
Solo
que
la
explotación
de
una
actividad
de
servicios
que
se
encuentra
al
margen
de
la
regulación
laboral
se
da
sin
derechos
laborales
y
con
formas
que
generan
exclusión
y
violencia.
En
el
discurso
de
las
abolicionistas
es
frecuente
escuchar
la
expresión
“explotación
sexual”.
¿En
qué
consiste
la
explotación?
En
su
Modelo
Integral
de
Intervención
contra
la
Trata
Sexual
de
Mujeres
y
Ni˜nas,
el
UNFPA
(2013,
p.
47)
hace
una
importante
aclaración:
“la
explotación
de
la
prostitución,
que
se
da
cuando
el
dinero
ganado
mediante
la
prostitución
llega
a
manos
de
cualquier
persona
que
no
sea
la
que
se
prostituye,
es
intrínsecamente
abusiva
y
análoga
a
la
esclavitud”.
Ese
no
suele
ser
el
caso
de
las
trabajadoras
sexuales,
que
se
quedan
con
un
porcentaje
—entre
el
25
y
el
50%—
de
lo
que
se
cobra
por
servicio,
porcentaje
que
ninguna
mesera,
vendedora
o
incluso
profesora
recibe
cuando
realiza
su
trabajo.
El
término
de
“explotación
sexual”
tiene
una
connotación
negativa
que
no
se
aplica
a
los
demás
trabajos,
donde
también
existe
explotación.
Una
trabajadora
sexual
de
La
Merced
me
dijo:
“¿Explotada?
Sí,
cuando
trabajaba
ocho
horas
al
día
con
salario
mínimo
de
70
pesos.
Aquí
en
unas
horas
me
hago
entre
300
y
500
pesos”.
Lamentablemente,
los
medios
de
comunicación
saben
que
vende
más
hacer
un
reportaje
sobre
“esclavas
sexuales”
o
“víctimas
explotadas
sexualmente”
que
hacerlo
sobre
“obreras
o
empleadas
explotadas
laboralmente”.
Frente
al
contexto
de
pobreza
y
desempleo
que
orilla
a
muchas
mujeres
al
trabajo
sexual,
habría
que
buscar
estrategias
redistributivas
en
lo
material
y
exigir
más
y
mejores
trabajos,
en
lugar
de
“rescatar”
víctimas
con
operativos
policiacos.
El
énfasis
en
lo
laboral
es
precisamente
lo
que
Martha
Nussbaum
(1999)
alega
cuando
se
˜
nala
la
necesidad
de
cuestionar
nuestras
creencias
respecto
de
la
práctica
de
recibir
dinero
por
el
uso
del
cuerpo,
y
la
importancia
de
hacer
una
revisión
de
las
opciones
y
alternativas
de
las
mujeres
pobres.
Para
esta
filósofa,
que
una
mujer
con
muchas
opciones
laborales
elija
la
prostitución
no
nos
debería
preocupar.
Es
la
ausencia
de
opciones
para
las
mujeres
pobres
las
que
convierten
la
prostitución
en
la
única
alternativa
posible,
y
eso
es
lo
verdaderamente
preocupante
(Nussbaum,
1999,
p.
278).
El
punto
candente
que
plantea
la
prostitución
es
el
de
las
oportunidades
laborales
de
las
mujeres
de
escasos
recursos
y
el
control
que
pueden
tener
sobre
sus
condiciones
de
empleo
(Nussbaum,
1999,
p.
278).
A
Nussbaum
le
preocupa
que
el
interés
de
las
feministas
esté
demasiado
alejado
de
la
realidad
de
las
condiciones
laborales,
como
si
la
sexualidad
se
pudiera
sacar
del
contexto
de
las
tácticas
de
las
mujeres
pobres
para
sobrevivir,
y
por
lo
tanto
considera
que
la
lucha
debería
promover
la
expansión
en
las
posibilidades
laborales
a
través
de
la
educación,
la
capacitación
en
habilidades
y
la
creación
de
empleos.
Por
eso
se
plantea
que
la
legalización
del
trabajo
sexual
mejora
las
condiciones
de
aquellas
mujeres
que,
para
empezar,
tienen
muy
pocas
opciones.
Ahora
bien,
el
sexual
no
es
un
trabajo
como
cualquier
otro.
Si
evaluamos
las
relaciones
políticas
y
sociales
que
el
comercio
sexual
sostiene
y
respalda,
y
si
examinamos
los
efectos
que
produce
en
las
mujeres
y
los
hombres,
en
las
normas
sociales
y
en
el
significado
que
imprime
a
las
relaciones
Cómo
citar
este
artículo:
Lamas,
M.
Feminismo
y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
disputa.
Debate
Feminista
(2016),
http://dx.doi.org/10.1016/j.df.2016.04.001
ARTICLE IN PRESS
+Model
DF-2;
No.
of
Pages
18
M.
Lamas
/
Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
9
entre
ambos,
vemos
que
el
comercio
sexual
refuerza
una
pauta
de
desigualdad
sexista
y
contribuye
a
la
percepción
de
las
mujeres
como
objetos
sexuales
y
como
seres
socialmente
inferiores
a
los
hombres.
El
estigma
expresa
esta
diferencia.
El
mercado
del
sexo
es
lo
que
Deborah
Satz
(2010)
califica
de
“mercado
nocivo”,
pero
ella
misma
dice
que
aunque
los
mercados
nocivos
tienen
efectos
importantes
en
quiénes
somos
y
en
el
tipo
de
sociedad
que
desarrollamos,
prohibirlos
no
es
siempre
la
mejor
respuesta.
Al
contrario,
si
no
se
resuelven
las
circunstancias
socioeconómicas
que
llevan
al
comercio
sexual,
prohibirlo
o
intentar
erradicarlo
hundiría
o
marginaría
aún
más
a
quienes
se
dedican
a
vender
servicios
sexuales.
A
esta
problemática
laboral
se
suma
el
puritanismo
de
quienes
consideran
que
la
liberalización
de
las
costumbres
sexuales
es
negativa.
En
el
escozor
producido
por
la
“prostitución”,
lo
que
más
conflictúa
tiene
que
ver
con
el
uso
del
cuerpo
femenino
en
una
actividad
que
subvierte
la
idea
tradicional
de
lo
que
deberían
ser
las
mujeres.
La
prostitución
femenina
produce
reacciones
adversas
porque
atenta
contra
el
ideal
cultural
de
castidad
y
recato
de
la
feminidad
(Leites,
1990),
y
la
venta
de
servicios
sexuales
ofende
o
irrita
a
muchas
personas
que
creen
que
“degrada”
la
dignidad
de
la
mujer.
El
asunto
de
fondo
es
justamente
la
existencia
de
una
doble
moral:
la
sexualidad
de
las
mujeres
es
valorada
de
manera
distinta
de
la
de
los
hombres.
16
Precisamente
porque
la
actividad
sexual
de
las
mujeres
es
un
desafío
a
la
doble
moral,
que
considera
que
las
transacciones
sexuales
de
las
mujeres
son
de
un
orden
distinto
a
las
transacciones
sexuales
de
los
hombres,
el
trabajo
sexual
obliga
a
debatir
sobre
dicha
doble
moral
y
el
estigma
que
genera.
En
ese
sentido,
algo
que
también
está
en
juego
en
la
contraposición
entre
abolicionistas
y
defensoras
de
los
derechos
laborales
de
las
trabajadoras
sexuales
es
la
definición
de
una
conducta
sexual
apropiada.
¿Quién
debe
definir
la
conducta
sexual
de
los
ciudadanos?
¿El
Estado,
los
grupos
religiosos,
las
feministas?
Ahí
el
tema
del
consentimiento
cobra
relevancia.
Y
no
es
nada
fácil
de
resolver.
Anne
Phillips
dice:
“El
borramiento
de
los
límites
entre
la
prostitución
y
la
trata,
y
el
deseo
aparente
de
considerar
a
todas
las
trabajadoras
sexuales
como
víctimas,
resta
importancia
a
la
agencia
de
aquellas
que
deciden
trabajar
en
el
mercado
sexual
y
hace
de
la
coerción
la
preocupación
central,
incluso
la
única”
(Phillips,
2013,
p.
6).
¿Qué
es
consentir?
¿Qué
es
coerción?
¿Consienten
a
su
explotación
las
obreras
o
son
también
coercionadas
económicamente?
Ahora
bien,
si
una
mujer
vende
servicios
sexuales
por
necesidad
económica
o
por
cualquier
otra
razón,
¿debe
el
Estado
“rescatarla”?
¿Por
qué
el
Estado
no
se
propone
“rescatar”
a
otras
mujeres,
obreras
o
empleadas,
también
forzadas
a
trabajar
en
cosas
que
no
les
gustan
o
que
incluso
son
peligrosas?
En
el
capitalismo,
todas
las
personas
que
trabajan
viven
una
presión
económica
tanto
por
cubrir
su
subsistencia
como
por
acceder
a
cierto
tipo
de
consumo.
¿El
Estado
debería
garantizarles
a
todas
las
personas
un
piso
de
seguridad
social
y
empleo
para
que
ninguna
persona
trabaje
coercionada,
amenazada
u
obligada?
Y
si
el
Estado
garantizara
mínimos
de
sobrevivencia,
¿debería
entonces
controlar
la
sexualidad
de
la
ciudadanía?
La
compra-venta
de
servicios
sexuales
está
vinculada
con
la
precariedad
laboral
que,
más
que
un
fenómeno
transitorio,
es
una
condición
estructural
del
capitalismo.
Por
ello
contrasta
la
preo-
cupación
escandalizada
ante
la
“explotación
sexual”
de
cara
a
la
indiferencia
por
la
explotación
de
las
obreras,
las
empleadas
del
hogar,
las
campesinas,
las
enfermeras,
las
taquilleras,
las
meseras,
16
Esto
lleva
a
interrogarse
con
rigor
sobre
las
circunstancias
en
que
las
mujeres
acceden
a
una
relación
sexual.
¿Qué
tan
diferentes
son
entre
las
mujeres
que
se
venden
abiertamente
de
quienes
acceden
a
distintas
formas
de
intercam-
bio
de
servicios
sexuales
por
seguridad,
por
una
posición,
por
regalos
o
promociones
laborales?
Además,
aunque
la
llamada
“prostitución”
es
la
actividad
exclusiva
de
un
grupo
determinado
de
mujeres,
no
hay
que
olvidar
que
también
es
una
actividad
complementaria
de
un
grupo
muy
amplio
de
amas
de
casa,
estudiantes
y
trabajadoras
que
se
“ayudan”
económicamente
o
colaboran
con
el
ingreso
familiar
de
esa
manera.
Cómo
citar
este
artículo:
Lamas,
M.
Feminismo
y
prostitución:
la
persistencia
de
una
amarga
disputa.
Debate
Feminista
(2016),
http://dx.doi.org/10.1016/j.df.2016.04.001
ARTICLE IN PRESS
+Model
DF-2;
No.
of
Pages
18
10
M.
Lamas
/
Debate
Feminista
xxx
(2016)
xxx–xxx
las
de
la
maquila,
las
barrenderas
y
tantas
otras
trabajadoras
que
también
son
explotadas.
Y
no
hay
coaliciones
feministas
para
abatir
otras
formas
de
explotación
de
la
fuerza
de
trabajo
femenina,
ni
para
rescatar
a
víctimas
de
condiciones
deleznables
de
la
brutal
explotación
laboral.
Por
eso
creo
que
en
el
escándalo
respecto
de
la
“explotación
sexual”
un
elemento
fundamental
es
la
creencia
en
que
la
creciente
industria
del
sexo
comercial
altera
las
relaciones
de
género
y
crea
tentaciones
sexuales
extrafamiliares
para
los
hombres,
poniendo
en
riesgo
la
familia
como
esfera
de
seguridad
y
protección.
Así,
lo
que
empezó
como
una
confrontación
entre
feministas,
inserta
en
las
“guerras
en
torno
a
la
sexualidad”,
ha
desembocado
en
una
preocupación
social
angustiada
que
ha
alentado
el
pánico
moral
y
ha
derivado
en
la
demanda
de
endurecer
el
sistema
de
justicia
penal.
Hace
rato
que
se
viene
dando
una
reflexión
sobre
cómo
la
excesiva
intervención
del
sistema
penal
ante
problemas
sociales
termina
criminalizando
a
quienes
más
los
padecen
(Larrauri,
1991,
2007;
Ferrajoli,
1999;
Zaffaroni,
2000;
Wacquant,
2013).
La
criminología
crítica
anglosajona
inició
ese
debate,
y
la
feminista
espa
˜
nola
Elena
Larrauri,
que
introdujo
esa
discusión
entre
las
feministas
hispanohablantes,
ha
reflexionado
críticamente
sobre
la
excesiva
intervención
del
sis-
tema
penal
para
abordar
la
violencia
de
género.
Larrauri
discute
con
el
feminismo
al
que
califica
de
“oficial”,
pues
una
de
sus
características
“es
su
plena
confianza
en
el
derecho
penal”
(Larrauri,
2007
,
p.
66),
al
que
critica
por
su
reacción
frente
a
las
opiniones
discrepantes.
Parece
existir
la
convicción
de
que
quien
duda
de
alguna
de
las
medidas
sugeridas
para
atajar
la
violencia
doméstica,
es
porque
no
se
toma
suficientemente
en
serio
el
dolor
de
las
víctimas;
y
así
cualquier
discusión
pretende
zanjarse
apelando
a
la
extrema
gravedad
del
problema
o
al
número
de
mujeres
muertas,
recurriendo
con
ello
a
la
equívoca
identificación
de
que
solo
quien
está
a
favor
de
penas
más
severas
defiende
los
intereses
de
las
mujeres
(Larrauri,
2007,
p.
68).
El
análisis
de
Larrauri
es