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La familia como institución. Cambios y permanencias

Authors:

Abstract

El presente libro aborda desde tres perspectivas disciplinares, dos preguntas clave de las ciencias sociales. La primera: ¿es la familia una institución? Y derivada de ésta, la segunda que es compuesta: la familia como institución, ¿cambia?, ¿de qué manera? La forma en la que se argumentan las respuestas no es necesariamente directa, y por lo tanto la aproximación que hacen los diez autores incluidos enriquece lo expuesto a partir de incluir temas que problematizan la noción de instituciones y la de cambio como categoría analítica, pero sobre todo, la de la familia como tal. Con respecto a esta última, el lector podrá encontrar argumentos y planteamientos relacionados con sus funciones, tipos, actores, o relaciones contextuales, desde una perspectiva crítica que abona a un conocimiento cada vez más complejo y profundo de este constructo que por una razón u otra está en el centro de muchas discusiones en espacios tan disímiles como podría ser el de la intimidad de una pareja en su vida cotidiana, el espacio que genera el diván de un analista, o algo tan amplio y público como una manifestación a favor o en contra de los derechos de grupos alternativos, o la discusión política sobre el mismo tema en congresos nacionales.
La familia como institución.
Cambios y permanencias
La familia como institución.
Cambios y permanencias
Gerardo Romo Morales
(Coordinador)
U  G
Centro Universitario de Tonalá
Primera edición 2016
D.R. © 2016, Universidad de Guadalajara
Centro Universitario de Tonalá
Av. Nuevo Periférico 555, Ejido San José Tatepozco,
48525, Tonalá, Jalisco, México
ISBN: 978-607-742-475-8
Impreso y hecho en México
Printed and made in Mexico
Contenido
Sobre los autores . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Gerardo Romo Morales
P 
La perspectiva psicoanalítica
C 1. La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica
de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987 . . . . . . . . . 27
Xóchitl Romo
C 2. Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada . . 51
Helí Morales
C 3. Mutantes. El psicoanálisis interpelado
por las formas de subjetivación contemporáneas . . . . . . . 81
Ana Hounie
S 
La perspectiva sociológica
C 4. La familia como institución y universal.
Análisis de los cambios modernos . . . . . . . . . . . . .103
Gerardo Romo Morales
C 5. Transmisión familiar, migración y exilio.
Su vínculo con la formación e innovación. Análisis de un caso . . . 135
Rosa Martha Romo Beltrán
C 6. Las familias, la sociedad y el sujeto . . . . . . . .157
Elvia Taracena
C 7. Mujeres que han decidido no tener hijos . . . . . .183
Francisco Javier Cortazar Rodríguez
C 8. La influencia de la capacitación empresarial
para la profesionalización en la empresa familiar: el caso de los
artesanos de Tonalá, Jalisco . . . . . . . . . . . . . . .219
Aimée Pérez Esparza
Tercera parte
La perspectiva política
C 9. Contribución de las acciones colectivas identitarias
a las nuevas configuraciones de familia en América Latina . . . .241
Mary Luz Alzate Zuluaga
C 10. Derechos humanos, familia y democracia.
Apuntes para políticas públicas . . . . . . . . . . . . . . 261
Carlos E. Quintero
9
Sobre los autores
Mary Luz Alzate Zuluaga
Docente adscrita al Departamento de Ciencias Políticas de la Facul-
tad de Ciencias Humanas y Económicas, Universidad Nacional de
Colombia-Sede Medellín, y perteneciente al grupo de investigación
“Derechos Fundamentales y Teoría Política”de la misma institu-
ción. Doctora en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad
Complutense de Madrid. Socióloga por la Universidad de Antioquia.
Su línea de investigación tiene que ver con acción colectiva, movi-
mientos sociales y políticas públicas. Ha sido profesora huésped de
la Universidad de Guadalajara. Sus trabajos de investigación publica-
dos versan sobre acción colectiva en contextos de violencia, análisis
de la construcción de agendas locales y estudios de organización ciu-
dadana.
Francisco Javier Cortazar Rodríguez
Profesor adscrito al Departamento de Estudios Socio-Urbanos (Desu)
del , Universidad de Guadalajara. Licenciado en Sociología
y Maestro en Ciencias Sociales con especialidad en comunicación,
ambas por la Universidad de Guadalajara. Doctor en Ciencias de la
Información y la Comunicación por la Universidad de París 13. Sus
líneas de investigación giran en torno a la sociología del cuerpo; los
estudios sobre cultura, consumo y sociedad; así como la violencia
de género y los medios de comunicación. Ha publicado diversos ar-
tículos y capítulos de libros sobre leyendas urbanas, la construcción
social de la belleza y el fisicoculturismo, el consumo de cine y los
usos sociales de las tecnologías digitales.
Ana Hounie
Profesora Titular del Instituto de Psicología Clínica de la Facultad de
Psicología de la Universidad de la República del Uruguay, donde es
responsable del grupo de investigación Clínica psicoanalítica y lazo
social y coordinadora del Programa Clínica psicoanalítica y fronteras
disciplinares, junto a la doctora A. Bielli. Doctora por la Universidad
Complutense de Madrid, en el Programa de Investigación en
Psicoanálisis de la Facultad de Filosofía. Sus líneas de investigación
10
Sobre los autores
principales son: los procesos de construcción de saber en clínica y
las dimensiones: ética, estética y política de las intervenciones en di-
cho ámbito. Ha publicado numerosos artículos y capítulos de libros e
intervenido en múltiples actividades académicas a nivel internacio-
nal como conferencista y profesora invitada.
Helí Morales
Psicoanalista y profesor del Centro Universitario Emanuel Kant y
miembro de la Escuela de la Letra Psicoanalítica. Doctor en Filosofía
y Ciencias Sociales por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias
Sociales de París. Tiene maestrías en Teoría Psicoanalítica, por
el CIEP, en México, y en Psicoanálisis y Campo Freudiano, por la
Université de La Sorbonne, en París. Su trabajo académico gira en
torno a la epistemología y el análisis sobre el sujeto.
Aimée Pérez Esparza
Profesora del Departamento de Ciencias Económico-Administrativas
del Centro Universitario de Tonalá de la Universidad de Guadalajara.
Licenciada en Administración de Empresas por la Universidad
Autónoma de San Luis Potosí. Maestra en Negocios y Estudios
Económicos y Doctora en Ciencias Económico-Administrativas, am-
bos por la Universidad de Guadalajara. Sus trabajos académicos tie-
nen que ver con teoría de la organización y emprendurismo.
Carlos E. Quintero
Profesor del Departamento de Ciencias Económico-Administrativas
del Centro Universitario de Tonalá de la Universidad de Guadalajara.
Maestro en Políticas Públicas de Gobiernos Locales por la Universidad
de Guadalajara. Licenciado en Ciencias Políticas y Gestión Pública
por la Universidad . Sus líneas de investigación tienen que ver
con gobernanza regional, reforma administrativa y análisis organiza-
cional.
Xóchitl Romo
Psicoanalista miembro de la Fundación Psicoanalítica/Madrid 1987.
Licenciada en Psicología y Maestra en Estudios Cinematográficos por
la Universidad de Guadalajara. Doctora en Fundamentos y Desarrollos
Psicoanalíticos por la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido
profesora en la Universidad de Guadalajara, Universidad Iteso y en
Espacio Psicoanalítico A. C. Ha participado en jornadas y conferen-
cias dentro y fuera del país. Ha escrito diversos artículos en libros
11
Sobre los autores
colectivos y revistas en el ámbito psicoanalítico y universitario. Su
investigación aborda las relaciones entre el cine, la clínica psicoana-
lítica y la condición humana.
Rosa Martha Romo Beltrán
Profesora del Departamento de Estudios Socio-urbanos del Centro
Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad
de Guadalajara. Posdoctorado en Ciencias Humanas y Sociales,
Universidad de Buenos Aires (). Doctorado en Pedagogía,
Universidad Nacional Autónoma de México (). Maestría en
Formación y Capacitación de Recursos Humanos, Universidad
Autónoma de Nuevo León (). Licenciatura en Educación,
Universidad Autónoma de Nuevo León (). Sus trabajos de in-
vestigación tienen que ver con historias institucionales, identidades
profesionales y trayectorias académicas.
Gerardo Romo Morales
Profesor titular de tiempo completo del Departamento de Ciencias
Económico Administrativas del Centro Universitario de Tonalá
de la Universidad de Guadalajara. Doctor en Ciencias Políticas y
Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Maestro en
Administración Pública por el Centro de Investigación y Docencia
Económicas,  (). Licenciado en Sociología por la Universidad
de Guadalajara. Sus trabajos y productos de investigación tienen que
ver con análisis institucional, estudios organizacionales y políticas
públicas.
Elvia Taracena
Profesora Investigadora Titular C de Tiempo Completo de la Facultad
de Estudios Profesionales-Iztacala, . Desarrolló un postdoctorado
en psicología del niño y del adolescente, donde obtuvo en 1986-1987
el diploma de estudios especializados superiores en la Universidad
de Aix en Provence, Francia. Doctora en Ciencias de la Educación
(1982-1985) por la Universidad de París  París, Francia, y tiene
además el Diploma de Estudios de Profundidad de Psicología Clínica
y Psicopatología del Desarrollo (1989-1990), por la Universidad de
Aix en Provence, Francia. Sus trabajos académicos tienen que ver con
relatos e historias de vida, la violencia en la coyuntura del México ac-
tual y el uso de las redes sociales por jóvenes universitarios y grupos
vulnerables (jóvenes de calle, grupos indígenas).
13
Presentación
Gerardo Romo Morales
El presente libro aborda desde tres perspectivas discipli-
nares, dos preguntas clave de las ciencias sociales. La pri-
mera: ¿es la familia una institución? Y derivada de ésta, la
segunda que es compuesta: la familia como institución, ¿cambia?,
¿de qué manera?
La forma en la que se argumentan las respuestas no es nece-
sariamente directa, y por lo tanto la aproximación que hacen los
diez autores incluidos enriquece lo expuesto a partir de incluir te-
mas que problematizan la noción de instituciones y la de cambio
como categoría analítica, pero sobre todo, la de la familia como tal.
Con respecto a esta última, el lector podrá encontrar argumentos
y planteamientos relacionados con sus funciones, tipos, actores, o
relaciones contextuales, desde una perspectiva crítica que abona a
un conocimiento cada vez más complejo y profundo de este cons-
tructo que por una razón u otra está en el centro de muchas discu-
siones en espacios tan disímiles como podría ser el de la intimidad
de una pareja en su vida cotidiana, el espacio que genera el diván
de un analista, o algo tan amplio y público como una manifesta-
ción a favor o en contra de los derechos de grupos alternativos, o
la discusión política sobre el mismo tema en congresos nacionales.
En términos temáticos, es importante tener en cuenta que la
institución es un referente conceptual que permite entender la ac-
tividad social de los individuos como actores que interpretan un
guión bajo restricciones, condicionamientos y modelos de com-
portamiento validados como legítimos, y que sin embargo, a pesar
de inducir ciertos comportamientos, contienen en sí otros posi-
bles. Es decir, que como todo papel de un libreto, éste será siempre
interpretado. El actor tiene, por lo tanto, disponible la posibilidad
de decisión, de cierta libertad, y de un determinado desempeño.
14
Gerardo Romo Morales
Si esto es así, la discusión entonces está, por una parte, en re-
construir conceptualmente la formación de la restricción junto
con su forma de operación, funcionamiento y cambios posibles,
y por la otra, en develar el peso del guión institucional frente al
albedrío de los actores en diferentes momentos de la historia.
Dilucidar lo anterior supone trabajar con las formas particula-
res en que las instituciones se presentan a los sujetos, en que son
vividas por los mismos, a partir de que éstas se constituyen en el
referente en el cual la interacción social se realiza.
Entre el referente institucional y la acción de los sujetos hay
acciones organizadas concretas con diferentes niveles de formali-
zación, que dependen del contexto histórico-social en que se desa-
rrolla la con-vivencia. Para la época actual —que por mucho sigue
siendo moderna— hay algunos referentes ineludibles: la empresa o
la universidad (como un referente particular de escuela), por ejem-
plo; pero ocupando un lugar central y destacado está la familia.
De esta manera, y como un reconocimiento al hecho de que el
conocimiento, como actividad y producto es siempre colectivo, se
presentan en esta obra diez ensayos que son resultado de una con-
vocatoria por invitación que se hizo a intelectuales y académicos
de diferentes disciplinas y países de América Latina, los cuales,
además de ser todos profesionales reconocidos en su campo, se
relacionan en su actividad cotidiana, como práctica o reflexión,
con alguno de los aspectos en que es posible vivir y entender a
esta institución.
La propuesta se justifica a partir de los cambios que se le atri-
buyen a la familia como importante referencia institucional en su
composición, en su función, en la legislación que le norma, y en el
imaginario con el que se le concibe socialmente.
Estos cambios tienen que ser considerados en el marco de la
añeja discusión filosófica que tiene a universalistas de un lado y a
nominalistas del otro. El litis de esta diferencia se podría explicar
de la siguiente manera: para los primeros, hay una idea o concepto
que pre-existe de manera independiente a la realidad que nombra;
mientras que para los segundos, la existencia posible es la de los
particulares concretos.
Es la concepción universalista la que sustenta, por ejemplo, la
explicación cristiana de la creación o las utopías que surgen con
15
Presentación
la modernidad al asumir que la idea precede al hecho; y será ésta
también la que legitime cosas tan concretas como la pretensión de
ajustes normativos o programáticos de las acciones, individuales o
sociales, a los ideales generales de la política o las visiones organi-
zacionales.
Por su parte, la corriente nominalista argumenta a favor del re-
conocimiento de las particularidades de los concretos, y propone
una única heurística posible que parte, podríamos decirlo así, de
abajo hacia arriba.
Es decir, en un caso existe primero el Hombre, la Universidad
o la Familia, por ejemplo, como categorías o ideales a los que se
ajustan los casos concretos de la vida cotidiana para existir. Mien-
tras que, para el otro, las cosas existen como entidades concretas a
partir de que se les nombra en su realidad tangible, y por lo tanto,
sólo existe un hombre x, la universidad y, o la familia z, los cua-
les, a partir de compartir algunas características con sus similares,
podrán pertenecer a un conjunto común para algunos fines prác-
ticos, sin que eso implique como consecuencia lógica la identidad
de los ahí incluidos.
Estas diferencias tienen importantes consecuencias para la
comprensión sociológica o antropológica de la realidad y sus prin-
cipales categorías, y por supuesto, para la vida política de las so-
ciedades y sus grupos.
Para explicar lo anterior, se propone aquí la idea de una com-
prensión ideológica de los conceptos que se podría llamar fala-
cia Hanna-Barbera. El nombre hace referencia a los caricaturistas
creadores de las series “Los Picapiedra” y “Los Supersónicos”. Es-
tas historias transcurren en diferentes tiempos históricos: la pri-
mera en una supuesta edad de piedra, pasado remoto, y la otra
en un futuro muy lejano. Sin embargo, en ambos casos, la base
de las historias ahí contadas es la de una familia mononuclear, de
padre trabajador, madre ama de casa, hijos bonitos y mascota. Pa-
reciera que para estos autores hay una idea de familia que precede
a la existencia de los sujetos y que por lo tanto, será la misma e
inmutable en las diferentes etapas de la existencia humana (sin
considerar que no pueda ocurrir en ningún caso que la forma de
organización para la reproducción social y de la especie sea dife-
rente a esta de la familia). Se podría entonces considerar a estos
16
Gerardo Romo Morales
creadores norteamericanos como universalistas, y vislumbrar el
riesgo que para las ciencias sociales tiene el asumir esta noción
peligrosamente conservadora.
Sin embargo, en aras de la posibilidad de mantener cierto nivel
de generalización metodológica que permita la sobrevivencia del
mismo discurso científico, y que políticamente garantice un míni-
mo de estabilidad, también habría que estar atentos a los riesgos
de aquellas posturas que bajo la pretensión nominalista apuestan
por un relativismo a ultranza que vuelve imposible o denostable
cualquier generalización metodológica o conceptual.
Esta discusión y los riesgos asociados para las ciencias y la so-
ciedad no se dan sólo en reducidos y selectos espacios intelectua-
les. Tiene una traducción para los colectivos actuales que se vuel-
ve cada vez más evidente con respecto a las instituciones funda-
mentales de la modernidad, entre las que está incluida la familia.
La confusión e incertidumbre que hoy genera la proliferación
de formas diversas que hoy incluimos bajo estos nombres, es una
muestra clara de que hay al respecto algo que decir desde la re-
flexión académica. Para ello se presentan los ensayos y artículos
contenidos en esta obra.
Las preguntas que convocaron a los diferentes autores que po-
drán ser leídos a continuación, asumiendo que a la familia se le
ha considerado bien como reproductora de formas sociales, como
trasmisora y garante de valores o, incluso, como trasmisora del
deseo, se derivan de las dos que están planteadas al inicio de este
texto, son las siguientes: ¿es prudente hablar de familia o habrá
que considerar tipos de familias?, ¿hay algo que esencialmente la
constituya?, ¿existe una categoría o definición univoca que la re-
presente?, ¿cuáles serían sus rasgos mínimos que habría que con-
siderar a los entes que agrupamos en un mismo conjunto con esa
definición?, ¿la sociedad produce a la familia o ésta a la primera?
Frente a estos cuestionamientos generales, el lector irá encon-
trando —en los diferentes autores y ensayos— respuestas parcia-
les, no necesariamente comunes, que al reunirlas en su lectura, le
permitirán advertir la complejidad del tema, la riqueza de las pers-
pectivas posibles, y vivir una sensación de haber juntado piezas
importantes en un rompecabezas imaginario, en donde se distin-
guen trazos fundamentales con los perfiles y límites construidos,
17
Presentación
y es posible dar cuenta de lo que se representa, tener una imagen
suficiente para la comprensión pero en la que también se podrá
intuir que algo falta, y que tendrá que ser completado con sus pro-
pias opiniones para contestar las preguntas que, de otra manera,
tendrían que ser respondidas en futuras investigaciones.
Con la finalidad de presentar los trabajos de tal manera que se
vayan completando con la lectura de percepciones parciales del
todo que representa la obra, se agrupan en las tres perspectivas
anunciadas antes, las cuales mantienen un hilo conductor.
La relevancia de esta agrupación es que permite un inicio, es-
tablece un punto de partida —a todas luces artificial, pero indis-
pensable— para entrar a la comprensión de algo que transita de lo
íntimo de los sujetos a lo estructural de las sociedades, sin ruptu-
ras o fronteras, en un devenir permanente, como en una cinta de
Moebius.
La primera perspectiva comienza con un trabajo que permite
constatar que la reflexión y análisis de la familia es algo recurrente
en los espacios académicos e intelectuales, como en una espiral
virtuosa, a veces estacionada y a veces ascendente, se piensa y se
escribe sobre el tema.
Se trata del artículo de Xóchitl Romo, La familia: trayecto de
una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Ma-
drid/1987. Este trabajo recupera las reflexiones teóricas construi-
das de manera colectiva por un grupo de psicoanalistas que par-
ticipan en la fundación a que refiere el nombre del artículo, y que
reunidos en Madrid, llevaron a cabo durante dos años —a partir de
2009— teniendo precisamente como tema aglutinador a la familia.
La psicoanalista mexicana relata las coordenadas de ese tra-
yecto colectivo, apoyada con referencias a importantes obras ar-
tísticas, películas, y escritos académicos de los compañeros de su
fundación, también presenta algunas conclusiones importantes,
relacionadas con la forma en que en la familia —como estructura
donde sus miembros son posiciones significantes— se trasmite la
subjetividad, el deseo y la condición humana, pero cabe la posibili-
dad dialéctica de la negación de la función. Es decir, que la familia
también puede ser, de manera paradójica, el lugar donde no se
trasmiten esas condiciones.
18
Gerardo Romo Morales
El segundo trabajo de esta primera parte lleva por título Vio-
lencias de Estado: exilio y desaparición forzada y es presentado por
Helí Morales. El texto narra el trayecto de la lucha política y social
de los familiares y amigos de los desaparecidos, secuestrados y/o
asesinados, en Argentina durante la época de la dictadura, en tres
momentos que nombra: de la permanencia de la memoria, la con-
secución de justicia como segundo, y como tercero y último, el del
develamiento de la verdad.
Helí Morales plantea su texto como un intento por coadyuvar
en la reflexión del proceso reseñado como trauma social, a través
del análisis del suceso mediante las categorías del duelo, las ex-
humaciones y el nombre propio. La familia se vincula con esos
procesos a partir de que el autor la concibe como una instancia
compleja que cumple la función de estructuración del sujeto, y
que le vincula con la otredad desde lo imaginario y lo simbólico:
en el primer caso, ligándole a los semejantes, y en el segundo, al
Otro, a la instancia de la ley.
La gran pregunta a la que el texto intenta responder es: “¿qué
ocurre cuando las instancias de administración de justicia y vida,
se trastocan en instituciones de muerte y persecución?” El proce-
so que la pregunta supone, lo ejemplifica con una revisión analíti-
ca del caso de Argentina durante la época de la dictadura.
Para este autor, el Otro, que es función y no personaje singu-
lar, hospeda la sustancia de la ley, y es al mismo tiempo, su garante
y ejecutor. El Otro tendrá esa capacidad de presentarse de manera
dialéctica como positivo, existente o bien como su negación, su
falta.
Ana Hounie cierra esta primera parte con su trabajo Mutantes.
El psicoanálisis interpelado por las formas de subjetivación contempo-
ráneas. En este caso, hay una coincidencia con el texto anterior en
el sentido de que la familia tiene un lugar importante en la trasmi-
sión del deseo para los sujetos y es, además, en la opinión de esta
autora uruguaya, garante de subjetivación. Para ella, preguntarse
en la actualidad por la familia, “supone escuchar las resonancias
que en dicho espacio tiene la multiplicidad de discursos y saberes
(antropológico, jurídico, filosófico, económico, educativo)”.
Para esta autora, la familia ha cambiado, pero principalmente
en las formas, lo cual da lugar a nuevas configuraciones que obli-
19
Presentación
gan al psicoanálisis a repensar la teoría relacionada con los proce-
sos de subjetivación.
Estos cambios tienen consecuencias para constructos teóricos
que son centrales en la teoría psicoanalítica como el del complejo
de Edipo, por ejemplo, y para reflexionar sobre ello propone la
idea de los mutantes, como aquello que se re-crea en los cambios
que bajo un modelo cibernético generan nuevas formas vivas.
Hounie nos propone salir de la perspectiva intimista de la com-
prensión familiar, para darnos cuenta de que se trata de un asunto
que está construido en un sentido de red con otros elementos que
lo vuelven social. Es decir, es una institución, y por lo tanto, su tra-
ma se radica en diferentes nudos de relación. Así, la condición de
cambio en las familias, lo que se ha llamado crisis de parentalidad,
lo único que hace es evidenciar que las formas nuevas albergan
distintos modos de ejercer la maternidad y la paternidad.
Con este trabajo se cierra la primera parte del libro, la llamada
perspectiva psicoanalítica. Tiene como características comunes y
destacables concebir a la familia como espacio de subjetivación
y de trasmisión de la condición deseante de los sujetos. Por otra
parte, la mirada establece la posibilidad funcional a la par de la que
podría ser entendida como disfuncional para la familia de manera
sincrónica.
Además queda evidente el papel de lo social como contexto
para el entendimiento de la familia como institución, y por último,
se establecen condiciones comunes para entender el cambio de la
familia relacionado con el contexto social, y cuáles son los proce-
sos asociados de subjetivación.
La segunda parte incluye cinco artículos que conforman la
perspectiva sociológica. Comienza con el trabajo de Gerardo
Romo Morales, donde se analizan los cambios en la familia, se ar-
gumenta, a partir de las categorías dialécticas de universal, par-
ticular y singular, que los cambios ocurren en estos dos últimos
niveles, sin modificaciones significativas en el primero.
En este trabajo se revisan con detalle los cambios en el nivel
particular, derivando del análisis las nuevas formas de familia ac-
tuales, y se relaciona al universal con una definición sociológica de
instituciones. Se incluye en esta comparación, con fines analíticos
a la familia.
20
Gerardo Romo Morales
Se revisan diferentes definiciones de familia y se propone una
categorización a partir de incluirlas en una de las siguientes tres
miradas: fundacional-esencialista, tradicional-funcional y políti-
ca-alternativa.
Como una constante con el resto de los artículos hasta aquí
reseñados, el texto de Gerardo Romo Morales también trabaja el
asunto del cambio en la familia. Se revisa en términos estadísticos,
a partir de las formas consideradas como momentos particulares
del universal familia. Los resultados permiten respaldar la idea
propuesta por el autor de que a pesar de que existen cambios sig-
nificativos en los registros de las formas de familia, éstos no mues-
tran una tendencia común que permita concluir que la familia
como institución, esté en crisis. Se explica cómo es que elementos
externos, culturales o económicos, van a estar explicando en mu-
chos casos los cambios advertidos; sin embargo, se mantienen los
referentes conceptuales o imaginarios, las prácticas y los roles, sin
grandes perturbaciones.
El segundo trabajo en esta perspectiva es el de Rosa Martha
Romo Beltrán y aborda el tema de la transmisión familiar, la mi-
gración y el exilio desde una perspectiva socio-antropológica, ana-
lizando el caso de una profesora universitaria argentina que ahora
vive en la ciudad de Monterrey, en México.
Para esta autora la familia se puede entender como sujeto so-
cial o como institución que cumple funciones de socialización pri-
maria y de mediación subjetiva para los individuos, con respecto a
los contextos y condiciones particulares en que la viven. Se analiza
en el trabajo el caso particular señalado, mostrando cómo es que
la vivencia personal de familia que la profesora tuvo, sirvió preci-
samente de mediación subjetiva que facilitó o predispuso a ésta a
migrar.
La trasmisión familiar a la que se refiere la autora, tiene que ver
con un cierto capital que incluye recuerdos y olvidos, entre otros
elementos que generan los “marcos interpretativos socialmente
compartidos y cuya ubicación en un tiempo y espacio histórico
inclina(n) a sus integrantes a formas de pensamiento colectivo”,
los cuales, van a caracterizar a grupos próximos, que si lo son en
términos sincrónicos, constituyen las generaciones. Es decir, una
21
Presentación
caracterización muy cercana a lo que otros de los autores en este
mismo libro han denominado instituciones.
Un aporte importante de este trabajo es la recuperación meto-
dológica que implica el “pacto autobiográfico” para tratar lo mejor
posible el asunto de la implicación del investigador cuando se trata
con la narrativa de “otro”.
Aunque el artículo hace una descripción amplia, sobre todo de
su perspectiva metodológica, del proyecto de migración y exilio
de la profesora argentina y su participación en proyectos de refor-
ma universitaria, la recuperación que hace del capital familiar y de
trasmisión asociado al asunto del exilio, es valioso porque mues-
tra la “concatenación de factores estructurales y personales en la
configuración de estos procesos de predisposición para migrar”.
Por su parte, Elvia Taracena, con su trabajo sobre Las fami-
lias, la sociedad y el sujeto, plantea a la familia como grupo social
de transmisión de lo social, en un doble sentido, de la familia a
la sociedad y viceversa. En este sentido ella considera que: “Los
cambios sociales producen nuevos modelos de familia y la familia
reproduce los cambios sociales”. En este mismo sentido, establece
que los cambios en la familia tienen también una repercusión en
lo individual, en la medida en que genera nuevas subjetividades e
identidades.
Para esta autora, hay una relación directa entre familia y so-
ciedad, y los cambios en la primera, corresponden a cambios en la
segunda. A partir de ahí, se explica que la modernidad y la posmo-
dernidad van a generar nuevas formas de subjetividad. Para docu-
mentar estas conclusiones, la autora hace un recorrido histórico
del desarrollo de la familia a nivel global, de América Latina y de
México en particular. De esta última, hace un análisis estadístico
de la composición de las familias en el México actual y llega a con-
clusiones similares a las de Gerardo Romo Morales, en el sentido
de que la familia nuclear sigue siendo mayoritaria.
Hace un análisis de formas alternativas de familia como la mo-
noparental, la homoparental o la de la reproducción asistida.
En esta misma perspectiva sociológica se incluye el trabajo de
Francisco Javier Cortazar Rodríguez: Mujeres que han decidido no
tener hijos. Aquí se podrán apreciar y analizar relatos de mujeres
que han decidido no tener hijos, a partir de los cuales el autor re-
22
Gerardo Romo Morales
flexiona teóricamente sobre la recomposición de la vida familiar y
algunos dilemas que estos cambios suponen.
El autor plantea la discusión sobre la familia como categoría
social, a la que le atribuye tres condiciones simultáneas: como
categoría social objetiva (que prescribe el orden social normal)
como categoría subjetiva (que estructura las relaciones familiares)
y como categoría mental (que ordena las representaciones y las
acciones, como los matrimonios y las relaciones de compadrazgo).
Con esta concepción de familia es que se relaciona otra dis-
cusión importante planteada por el sociólogo mexicano, la de la
maternidad, a la que también asume como categoría construida
socialmente, es decir, como un comportamiento “social e históri-
co aprendido y transmitido a través de las generaciones y grupos
sociales, mismo que varía con las épocas y las costumbres”.
Para cerrar este apartado, se presenta el trabajo de Aimée
Pérez Esparza, La influencia de la capacitación empresarial para la
profesionalización en la empresa familiar: el caso de los artesanos de
Tonalá, Jalisco, donde discute la relación que hay entre dos insti-
tuciones fundamentales, la empresa y la familia, y cómo es que
se tienen que hacer esfuerzos importantes de conciliación y de
ejercicio de roles dobles —como hijo y empleado, por ejemplo—
para lograr ciertos niveles de eficiencia a través del cumplimiento
de objetivos y metas, que es la finalidad de cualquier organización
lucrativa. Se analizan algunas pequeñas empresas familiares de-
dicadas a la producción de artesanías en un municipio de la zona
conurbada de Guadalajara.
En la parte final, está la perspectiva política relacionada con
la familia, con dos trabajos. El primero, de Mary Luz Alzate Zu-
luaga, Contribución de las acciones colectivas identitarias a las nue-
vas configuraciones de familia en América Latina, permite apreciar
cómo es que ciertas demandas de grupos no convencionales de
la sociedad generan movimientos a favor del reconocimiento de
ciertos derechos que los pongan en igualdad de condiciones con
los grupos normalizados.
Estos derechos tienen que ver con lo que los sujetos viven aho-
ra alrededor de la familia. Esta última es vista desde la perspectiva
de los movimientos sociales de grupos alternativos que podrían
considerarse posnucleares.
23
Presentación
Para esta autora, se viven en la actualidad cambios en la con-
figuración de la familia que se deben en parte a las luchas por el
reconocimiento de los derechos de grupos alternativos, como los
de la diversidad sexual y reproductiva.
Finalmente, cerrando esta parte y el libro también, se encuen-
tra el trabajo de Carlos E. Quintero: Derechos humanos, familia y
democracia, el cual analiza el trato que recibe la institución familia
en diferentes dispositivos normativos multinacionales, nacionales
y locales, y cómo es que éstos conforman en muchos sentidos la
comprensión de lo legítimo y estructuran, desde estos dispositi-
vos formales, arenas de disputa por derechos de los ciudadanos.
Lo anterior se enmarca en una discusión teórica sobre la de-
mocracia (procedimental y sustantiva) y la libertad (positiva y
negativa), así como la relación de estas dos categorías con las ra-
cionalidades posibles para las políticas públicas. Se hace el análisis
de cómo es que la familia está considerada en diferentes normas,
desde la Constitución de México, hasta reglamentos del ámbito
municipal. En este sentido, se analiza a través del caso de la mo-
dificación en la legislación de la Ciudad de México con la promul-
gación de las sociedades de convivencia para parejas del mismo
sexo, y los cambios derivados en las normas federales como las del
Seguro Social, lo cual —en su opinión— permitió un acercamiento
entre las prácticas civiles y el marco institucional formal, lo que,
siguiendo el argumento, implicaría como consecuencia un cambio
en la manera de entender a la familia.
Para finalizar, es importante señalar que si bien esta presenta-
ción junto con los diez ensayos o artículos están pensados como
una unidad, las perspectivas como tales, o incluso los trabajos de
cada uno de los autores en particular, son sin duda interesantes en
sí mismos.
Primera parte
La perspectiva psicoanalítica
27
Capítulo 1
La familia: trayecto de una investigación
psicoanalítica de la Fundación
Psicoanalítica Madrid/1987
Xóchitl Romo
Resumen
El texto despliega la investigación realizada por una aso-
ciación de psicoanalistas llamada Fundación Psicoanalí-
tica Madrid/1987, sobre el tema de la familia en y desde
el psicoanálisis. En dicha investigación, los analistas discuten el
lugar de la familia como grupo que transmite la condición humana
en las situaciones sociales y políticas de la actualidad. El énfasis
de la investigación está puesto en los enigmas de los caminos por
los que la condición deseante se transmite o deja de hacerlo. Es
una investigación sobre la estructura misma del sujeto del incons-
ciente y el Edipo, que según la teoría analítica no son individuales
sino que son urdimbre de goces, deseos, amores y cuerpos familia-
res. Se piensa a la familia más allá de su presentación diversa en la
fenomenología; es decir, se estudia en su complejidad. La familia,
además del sexo, género o cantidad de los integrantes, se toma
como grupo matemático donde se establecen funciones y opera-
ciones y a la vez, la familia como tejido de relatos articulados no
anónimos que son acogidos y escuchados por los analistas.
Se analiza una parte del célebre caso de Daniel Paul Schreber,
la película La caja de música de Costa-Gavras, la práctica clínica en
instituciones de salud mental y la doctrina psicoanalítica.
28
Xóchitl Romo
Es una muestra del trabajo entre analistas-investigadores que
es presentado como una almazuela de los escritos y las voces de
los participantes en el trayecto de dos años de trabajo conjunto.
Introducción
En cada operación de pasaje por la sexuación y la pro-
creación discursiva somos más y somos menos. Mo-
rimos y nacemos, nacemos y morimos. Como en la
meiosis antes que en la mitosis. Como en los pasos del
tiempo lógico. Es lo que se dirime también en las repe-
ticiones estructurantes, en los puntos triples y en las
conjunciones de conexión con los puntos iniciales.
Ricardo Saiegh
Alguien me contó que en la infancia, cuando había un aconteci-
miento importante, escuchaba a su abuela decir: “Maktub, Maktub”
que en árabe significa “estaba escrito”; el nieto que escuchaba,
un día entró en el enigma de la frase de su abuela y le preguntó:
Abuela: ¿Si todo está escrito, da igual lo que uno haga?” La abuela
respondió, para fortuna de su nieto, que no: “No da igual lo que uno
haga porque todo está escrito, pero no está leído”.1 Más allá de la
conmovedora relación entre abuela y nieto, se abren las preguntas:
para un sujeto, ¿qué es eso que está ya escrito?, ¿es el destino asig-
nado en lo familiar?, ¿es lo que irremediablemente nos constituye?;
¿cómo y dónde se escribe? y, sobre todo, ¿cómo y dónde se lee?
***
A partir del año 2009 y hasta el 2011 la Fundación Psicoanalítica
Madrid/19872 llevó a cabo su seminario de investigación con el
1. El relato lo escuché de Ricardo Saiegh, psicoanalista, miembro de la Fundación
Psicoanalítica de Madrid 1987.
2. Como su nombre lo indica en el año 1987 en Madrid, España, se fundó esta asociación
de analistas que intentaban, sobre todo, pensar su experiencia conjunta en relación al
tratamiento de la psicosis en un hospital de Día. Con el paso de los años, se sumaron
29
La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
tema de “La familia” en la sede de Santa Engracia 122 en la ciudad
de Madrid, España. Partimos del libro escrito tempranamente por
Jacques Lacan titulado precisamente de ese modo La familia, donde
afirma que “se debe comprender a la familia humana en el orden
original de realidad que constituyen las relaciones sociales […] La
familia como objeto y circunstancia psíquica, nunca objetiva ins-
tintos sino, siempre, complejos [….] La familia dejó de ser tema de
paráfrasis moralizante y se convirtió en objeto de análisis concreto
[…] La estructura familiar posee una fuerza que supera toda racio-
nalización educativa” (Lacan, 2003, 25-30). La familia en la com-
plejidad de su estructura, como grupo no natural, que puede ser
mirado más allá del discurso moralista, ideal o educativo nos reunió.
En la discusión participaron todos los miembros que formaban
parte de la Fundación en esos años: Ignacio Anasagasti, Remedios
Arroyo, Andrés Brunelli, Concha Cerdeira, Mabel Dorin, Roberto
García, Karina Glauberman, Dina Fariñas, Bernardo Ferrante, Ja-
vier Frere, Dori Martínez, Xóchitl Romo y Ricardo Saiegh.3
En el transcurso de esos años abrimos un espacio quincenal
de discusión de textos de los fundamentos del psicoanálisis y pro-
blemáticas clínicas a las que los psicoanalistas se enfrentan actual-
mente. En el transcurso de esos años se produjeron escritos de los
miembros de la Fundación y de un par de invitados externos con
quienes se compartió el diálogo. La indagatoria se entrelazó con
películas, textos filosóficos, obras de teatro, casos, conceptos fun-
damentales del psicoanálisis y discusiones sobre lo que acontece
en relación a la familia en lo social. Finalmente se organizó un foro
público para discutir las conclusiones de dicha investigación.
Las preguntas de base para nuestros encuentros tenían que
ver con la formación, no biológica, de la condición humana de-
seante, la estructura del sujeto del inconsciente, la vigencia del
otros analistas y se han desplegado distintos seminarios de investigación conjunta:
sobre el tiempo lógico, sobre la estructura, sobre la clínica psicoanalítica, sobre los
fundamentos del psicoanálisis, etc.
3. La producción de textos, resúmenes, despliegues escritos etc., fue constante y estuvo
a cargo de todos los miembros de la Fundación. Intentando acotar, aquí se retoman
los escritos que fueron presentados tanto en las Jornadas como en algún otro foro
público.
30
Xóchitl Romo
Edipo freudiano y su lectura lacaniana, por un lado, y por otro, la
relación de los cambios en los “tipos” de familias con la clínica psi-
coanalítica actual. Resistiendo a la idea de un supuesto “progreso”
que promovería un deslinde de los problemas que el psicoanáli-
sis ha planteado desde sus inicios, hicimos una lectura conjunta
de los fundamentos —sin fundamentalismos— de nuestra praxis.
Para todo ello era indispensable una investigación sobre la familia.
El presente escrito da cuenta de algunas coordenadas de ese
trayecto colectivo y de la lectura que hago sobre ese recorrido en
la asociación de analistas a la que pertenezco. Es importante decir
que la investigación no fue sin consecuencias para cada uno de los
participantes en su clínica y su relación con el psicoanálisis.
Para trazar la ruta voy a citar los textos escritos por mis cole-
gas de la Fundación, comenzando con el de Javier Frere; texto en
el que me extiendo ampliamente puesto que expone con claridad
nuestra investigación en su primera parte. El título del trabajo que
presentó Frere era “La familia es el grupo donde se transmite la
condición humana”; durante un tiempo dijimos también “la fami-
lia es el grupo donde se transmite (o no) la condición humana”.
Será importante rescatar esa posibilidad del paréntesis en el pre-
sente artículo, pues la familia no siempre cumple con su función
o, mejor dicho, su función no está dada por sí misma sino que
incluye paradojas.4 Los analistas enfrentan la complejidad de su
práctica frente a ese “no” en la transmisión.
4. Serge Vallon (2008) describe: «Une litanie de cruels faits divers met en lumière les
violences et les crimes intrafamiliaux. Plus discrètes mais durables seront les haines
enchaînées aux séparations mal vécues. Le maintien parfois des apparences policées
cultive des destructions psychiques sournoises qui resurgiront une génération plus
loin sur l’empêchement d’être parent. Elles pourront parfois se dire et s’apaiser un peu
sur le divan d’un psychanalyste. Celui-là sera payé pour faire tri sélectif et recyclage
! Il sait que la famille est la matrice du « tressage de notre triple identité, identité
généalogique, sexuelle et sociale » selon la formule heureuse de Ricardo Saiegh.
Matrice qui doit en réguler les attachements nécessaires et les violences inutiles.
Faut-il s’horrifier de ces violences, s’en détourner, les minorer en disant que la plupart
des familles y échappent, ou au contraire y voir le cœur du paradoxe familial» (…)
Una letanía de hechos crueles diversos ponen a la luz las violencias y los crímenes
dentro de las familias. Más discretos pero duraderos serán los odios encadenados a
separaciones mal vividas. A veces el mantenimiento de apariencias civilizadas cultiva
destrucciones psíquicas disimuladas que resurgirán una generación posterior con el
impedimento de ser padre. A veces podrán decirse y calmarse un poco en el diván
31
La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
Quedarán intercalados los textos y mis comentarios sobre lo
escrito por mis colegas, intentando respetar el espíritu que condu-
cía nuestra discusión:
Cito el comienzo del escrito de Javier Frere (2011):
El interés de discutir el problema de la Familia está vinculado con el de
avanzar en la investigación sobre la estructura, asunto que nos ocupa en la
Fundación hace ya décadas. Sin embargo, tampoco somos indiferentes al he-
cho de que la familia es motivo de debate social y político en nuestro mundo;
o, para decirlo en palabras de Lacan: no renunciamos a unir a nuestro hori-
zonte la subjetividad de nuestra época. Lo que intentamos sostener es que
el debate social actual se puede entender mejor si lo observamos desde el
prisma estructural (p. 1).
Cuando hablamos de la estructura en psicoanálisis nos referimos
a que investigamos la estructura del sujeto del inconsciente. En
psicoanálisis las primeras dos tópicas de Freud se consideran
estructuras del psiquismo: la primera distingue pre-consciente e
inconsciente y la segunda tópica ello, yo, súper yo. Dichas estruc-
turas son armadas en la relación con los otros del entorno familiar
y en tensión constante con la cultura, el cuerpo y el lenguaje. Con
Lacan, que es estudioso de Saussure y de Lévi-Strauss, la estruc-
tura del sujeto permite pensar más allá de la descripción de un
individuo aislado y alude no a las propiedades o cualidades inhe-
rentes de una persona, sino al descubrimiento del tejido de las
relaciones que han marcado al sujeto y a los puntos de encuentro
con los otros semejantes, con los acontecimientos reales y con el
Otro5 simbólico, que lo van configurado constantemente.
Nada más alejado del psicoanálisis que la noción de “indivi-
duo”. El sujeto se constituye —decimos en la Fundación— entre
de un psicoanalista. Se pagará para realizar separación (o selección) de basuras y
reciclado. Él sabe que la familia es la matriz del “trenzado de nuestra triple identidad,
identidad genealógica, sexual y social” según la feliz fórmula de Ricardo Saiegh.
Matriz que debe regular los vínculos necesarios y las violencias inútiles. Hay que
horrorizarse de estas violencias, mirar a otro lado, quitarles importancia diciendo que
la mayor parte de las familias se libran de eso, o por el contrario ver ahí el corazón de
la paradoja familiar (traducción libre de Cerdeira, 2010: 1).
5. Lacan distingue otro con minúscula y Otro con mayúscula para diferenciar las
relaciones entre los semejantes y la relación con el mundo de lo simbólico.
32
Xóchitl Romo
varios, en distintos tiempos y por partes. La cría humana se encuen-
tra al llegar al mundo con un complejo cruce de historias y cuer-
pos deseantes que lo esperan. Se trata de lo que se forma en cada
historia con los familiares que lo pinchan, lo abrazan, lo violentan,
le hablan, le cantan, lo filman, le ponen nombre y apellidos y le
cuentan sus historias. Es esta invasión del espacio del hijo con lo
que en principio ni demanda ni cuestiona, esta llamada violencia
primaria del Otro, la que al tiempo lo humaniza y lo puebla de
personajes que ni conoció ni conocerá, de recuerdos de tiempos
donde ni estuvo ni estará, y que sin embargo le pertenecerán para
siempre. Los tiempos de abuelos y padres se urdirán con los suyos
y el porvenir.
El recién llegado no es nunca pasivo. De lo que se le ofrece va
eligiendo, sin saberlo, una forma de sentir placer y una posición
en el mundo. Dichos empalmes de cuerpos apalabrados y sucesos
históricos constituyen su estructura que no sólo le es escrita sino
que él mismo está llamado a leer.
En uno de los textos que propuso para esta investigación. Ig-
nacio Anasagasti (2014) apunta que: “Para que el campo del Otro,
identificado al lugar de la familia, acoja, reciba, hospede al sujeto,
es conditio sine qua non que acepte a su vez recibir una mordedura,
un corte, la marca de una hendidura, de una incisión, hecha con un
hierro candente” (pp. 435-436).
Cuando Ignacio dice “a su vez” entendemos que no sólo es el
hijo quien recibe el hierro candente (simbólico) en su cuerpo que
lo signa, sino que “a su vez” la familia es marcada por esta llegada
de un modo que la transformará radicalmente; si no es así, habrá
sujeto en precario.
La importancia de la estructura del sujeto hace que en la Fun-
dación seamos un tanto renuentes a aferrarnos a las distinciones
en la clínica de la triada neurosis, psicosis, perversión. Esa distin-
ción aunque tiene su lógica y hace trabajar mucho a los analistas,
responde más bien a un intento de manual diagnostico psicoa-
nalítico-psiquiátrico que acota la angustia de la intervención. No
negamos la existencia de las diferencias entre los mecanismos de
la represión, la forclusión y la renegación; pero asumimos que la
intervención ética se organiza según lo particular de cada historia
donde privilegiadamente estará el itinerario familiar.
33
La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
Si en psicoanálisis nos interesa la familia, en sus diversas pre-
sentaciones (tradicional o posmoderna), es porque investigamos
la estructura del sujeto del inconsciente y a la familia, caso por
caso, como un tejido de hilos que conducen o que transmiten la
condición humana: apalabrada y deseante y al mismo tiempo, irre-
petible en cada uno. Verificamos en el consultorio, por ejemplo,
que aun los hermanos pertenecientes a una misma familia, gene-
ración, escuela, cultura, idioma, sexo, color de piel, etc., son sin-
gulares estructuralmente, de un modo que nos toca indagar. Puede
ocurrir, por ejemplo, que uno de ellos haga un delirio y el otro
no. Otras veces constatamos que padres delirantes producen hijos
neuróticos y también viceversa; ¿cómo explicamos esto? Ahí co-
mienzan los enigmas de qué y cómo se transmite la subjetividad
en el ámbito familiar más allá del diagnóstico o de la biología.
Sabemos que la investigación que llevamos a cabo en la clínica
no está aislada de la polis. Cito otra vez a Javier Frere (2011):
Este debate sobre la familia se ha estimulado últimamente con la aprobación,
en algunos países, de leyes que cambian de una manera importante el modo
en que los Estados regulan las relaciones que en la sociedad se da de hecho,
en el sentido en que plantea la relación entre los usos sociales efectivos y su
regulación legal (Marx y Engels, 1977).
Se ha generado así una discusión política, mediática y social en muchos
países, lo que hace que la problemática esté en la calle. La difusión de las
aprobaciones legales en algunos países genera debates en otros, en tanto sin-
toniza con algo que es ya una práctica social efectiva en muchos casos; y, por
eso mismo, afecta a nuestra clínica.
Por situar más concretamente la cuestión, el abanico de leyes va desde
las muy extendidas del divorcio o del aborto, hasta la de matrimonio de pa-
rejas del mismo sexo. Pero no sólo, también las que intentan regular la pro-
blemática intra-familiar como las de violencia de género, de abusos sexuales
y, también, lo que se llama Violencia Ascendente (la de los hijos hacia los
padres). Tampoco es ajeno a este debate todo lo relativo a la disciplina y la
autoridad en las aulas escolares y los hogares.
Pero lo más interesante es que la aprobación de las leyes muestra ense-
guida que la regulación jurídica de la complejidad familiar genera ella misma
sus propios obstáculos. Esto da lugar a la intención, situada sobre todo en los
medios de comunicación pero no menos en el “ejemplo” de los personajes
públicos, de ejercer una “pedagogía social” que busca “educar” a la ciudada-
nía; suele decirse que en todo esto se trata de un problema de “educación”.
En la medida en que las diferentes formas de violencia y de expresiones
34
Xóchitl Romo
incestuosas siguen ahí, en esa medida las leyes se muestran impotentes, pero
propician que se hable de ello. Probablemente sea la primera vez que el dis-
curso social recoge tan ampliamente este tipo de problemáticas. No pode-
mos olvidar el escándalo que suscitó en su día la reflexión freudiana sobre
la sexualidad infantil y el complejo de Edipo, que ponían sobre la mesa la
cuestión del incesto y su presencia en todo vínculo familiar. Bien es verdad
que retomar la cuestión de la violencia familiar y el incesto respondiendo
con la educación no promete más que un nuevo choque contra la impoten-
cia; ¿volverá, así, el tema a ser reprimido? (p. 1).
El analista se encuentra ahí con una dificultad en la intervención
pues si hace de policía contra el incesto o intenta educar y proteger
a quien le consulta, algo le retornará una y otra vez como síntoma.
El análisis participa de la discusión social porque no está aislado de
lo que ocurre en la cultura ni es refractario a las reflexiones polí-
ticas, sin embargo tiene una posición que bien podemos plantear
como éxtima (al mismo tiempo interior y exterior a la cultura).
Seguimos el texto de Frere:
En este sentido, creo que se equivocan quienes toman como algo anacrónico
la aparición de las posiciones de la Iglesia Romana en el debate moral mo-
derno. Al contrario, la considerable fuerza que muestra en algunos lugares
de Occidente (América de norte a sur, por ejemplo; o en Europa las masas de
jóvenes que convocó el Papa en Madrid en el verano de 2011) nos hablan de
una vitalidad que tiene causas que la explican. El retorno de la Moral religio-
sa, con toda su secuela de hipocresía y culpa, se apoya en cierto fracaso de
una Moral laica que pretendió sostenerse del Principio del Placer. Frente a
una tal propuesta, quizá, no debería sorprendernos demasiado a los analistas
el retorno de la figura del Padre, del Santo Padre, en su vertiente de un ser
consciente, de un padre que está vivo —por contrastar con el padre simbó-
lico freudiano, que está muerto— y que tiene a bien decirnos qué debemos
hacer todos y siempre frente a lo imposible de la relación sexual o frente al
misterio de la procreación y la muerte.
De los fracasos de una Moral laica —ya que también hay que decir que
ella introdujo convicciones en la Sociedad Civil que han supuesto una mayor
libertad en la expresión de la complejidad sexual y que van a tener difícil
vuelta atrás— no es un responsable menor cierto Materialismo vulgar, que
ha dejado en manos de la Religión la noción de Espíritu. El Psicoanálisis per-
mite sostener, desde el concepto de la materialidad del significante, una hipótesis
materialista del alma, si me lo permitís decir así.
Nuestra propuesta consiste en responder con la estructura. Es decir, con
lo que ninguna religión, ni ideología política pueden responder: todos estos
fenómenos que se denuncian son parte necesaria de la estructura familiar.
35
La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
Ningún ideal laico o religioso puede dar cuenta de las problemáticas fami-
liares en cuestión, pues las expulsa como “malas” o “erróneas”; de la misma
manera ninguna perspectiva científica que no reconozca su necesidad (ni
la imposibilidad de escribirla) en la dinámica familiar podrá conjeturar con
rigor y, por lo tanto, seguirá deudora de los Ideales cívicos o religiosos que
profese el investigador (pp. 1-2).
Urdimbre familiar
En lo que atañe al psicoanálisis propiamente, seguimos el texto de
Javier Frere (2011) de nuevo:
Entrando ya en nuestra propia materia, tomar a la familia como una estruc-
tura supone, en primer lugar, que sus miembros son ante todo posiciones
significantes; lo cual deja de lado cualquier impedimento a priori para que
cumplan con las funciones, aquellas personas que estuvieran implicadas por
su deseo inconsciente para ocupar ese lugar. Es decir, con independencia de
su anatomía o de si las une un tipo de vínculo conyugal u otro, o si se trata
de madres o padres solos, etc. Imprimiendo así a la cuestión otro tipo de
análisis, uno que tome en consideración al discurso y allí pueda situar quién
ha hecho de padre, madre, hijo, hermano, etc. Esto permite sostenerse en
una posición epistemológica, no moral. En todo lo referente a las irrupciones
de la violencia o de la sexualidad en el seno familiar, éstas no pueden ser
entendidas fuera de lo que se ponga en evidencia en el discurso que sosten-
ga alguien impelido a hablar del asunto. Es decir, no hay ninguna respuesta
Universal que no se recoja en un Particular.
Para empezar, resulta necesario considerar que todos esos fenómenos
son expresiones de un goce que todo vínculo familiar pone en juego y, sin
el cual, no existe ese mismo vínculo. De ningún modo ha de suponerse que,
por el hecho de que las funciones familiares son posiciones significantes, se
trataría de abstracciones anónimas que, no se sabe cómo, hallarían su encar-
nadura. Se trata de implicaciones muy poderosas de las personas que juegan
esos papeles, donde la conmoción del cuerpo no es una excepción sino la
condición sine qua non; precisamente, ésa es la tela sobre la que se corta
la función familiar: sobre la parte de goce que implica. Si alguien entrara a
cumplir una función familiar exclusivamente movido por un ideal ideológico
o un deber moral, algo quedaría forcluído6 en esa estructuración.
6. La forclusión es un concepto lacaniano que indica el “no ha lugar” en el derecho
jurídico. Un juez cierra un caso diciendo “no ha lugar”. En el sujeto la forclusión es
un mecanismo distinto de la represión o la renegación, que expulsa fuera del universo
36
Xóchitl Romo
Se trata, una vez más, de la implicación de la historia de alguien en lo
actual del golpe de lo real que supone el nacimiento de un hijo o de un her-
mano, por poner algunos ejemplos. Ese golpe de lo real conmueve al cuerpo
en su dimensión de cuerpo gozante y esa encrucijada existencial puede dar
lugar a diferentes modos de violencia o de realización sexual —entender algo
no significa justificarlo, obviamente—; cómo no, el Sexo y la Muerte se ha-
cen presentes como preguntas fundamentales del sujeto ante un objeto-cau-
sa: “¿estoy vivo o muerto?”, “¿soy hombre o mujer?” para lo cual debe contar
con Otro para sostenerlas; si no cuenta más que con otro y la pregunta no se
sostiene, el pasaje al acto7 está servido (ibidem, pp. 2-3).
Freud denominaba trauma a lo que con Lacan decimos que es un
golpe de lo real. Las experiencias de la maternidad o paternidad,
no son de orden “natural” sino que requieren de una acogida en el
sujeto que tiene su punto de partida en la historia familiar y cul-
tural en el sentido de tejido de relaciones y representaciones sim-
bólicas. Momentos de un enlace. Lo mismo ocurre con la muerte
o el encuentro sexual. Si no hay con quién y con qué compartir, la
experiencia puede ser enloquecedora. Nada garantiza que por “sí
mismo” el sujeto pueda asumir lo que aparece con un encuentro,
separación, muerte o nacimiento. Por otro lado, hemos de contar
también con el azar puesto que nadie sabe por anticipado lo que
tendrá que enfrentar: una guerra, una enfermedad, un asalto, un
amor, un tsunami, un despido, una sorpresa, un gozo, una pérdida,
un deseo; y cada vez será una prueba para el sujeto y su histo-
ria; vez por vez, tendrá que re-armarse y re-leer su historia (en el
mejor de los casos).
Siguiendo las marcas de lo familiar y la estructura, Ignacio
Anasagasti propuso el trabajo en referencia a la clínica de pacien-
tes que han hecho algún delirio, y a las preguntas que se generan
sobre el deseo familiar en el texto del delirio o en un hijo que se
suicida. Ignacio Anasagasti retomó un caso de su propia experien-
simbólico o de la palabra, es decir, fuera de lo inconsciente, alguna función, por
ejemplo la paterna. Algo de la función paterna queda como no registrada en la historia
del sujeto.
7. Pasar al acto es también un modo de no integración del funcionamiento de lo simbólico.
Se tiene que actuar lo que no se puede apalabrar. Lo radical de esta experiencia que
conocemos en psicoanálisis como “pasaje al acto”, es que el sujeto está totalmente
desligado de su propio acto.
37
La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
cia y más ampliamente el famoso libro publicado de las memorias
de un jurista y escritor alemán, Daniel Paul Schreber (1985): Me-
morias de un neuropata. Texto que fue analizado por Freud (2000)
en 1911 y que constituye uno de los análisis más exhaustivos de la
obra del padre del psicoanálisis.
El caso Schreber es muy importante en la historia del psicoa-
nálisis; su delirio consistía en ser el objeto de la persecución de
dios quien le hablaba en una lengua fundamental; pensaba que sus
nervios atraían a dios y que este último quería poco a poco con-
vertirlo en mujer para fecundarlo y repoblar la tierra. Por otro
lado atribuía a su psiquiatra Flechsing una conspiración y el gran
crimen del “asesinato del alma”. Mucha tinta ha corrido sobre este
caso. En especial con la sorpresa de que Schreber hizo un delirio
que le permitió curarse, al tiempo que puso a funcionar algo en la
escritura y publicación de su delirio; algo que lo aliviaba del lugar
faltante del padre.
Anasagasti (2014) lo toma por el costado del capítulo censu-
rado en las memorias por la familia de Schreber. Este capítulo ,
bloqueado por la familia se llamaba precisamente “El asesinato del
alma”. Si partimos de que la escritura es un intento de hacerse un
lugar en el mundo de lo simbólico, ¿qué significa que la familia
censure lo que Schreber pretendía decir? Es un evento que nos
da la noticia de una familia con cierta incapacidad para acoger la
palabra de este hombre o los acontecimientos a los que pretendía
referirse y la censura se conecta con el delirio.
Cito a Anasagasti:
Hay algo inconveniente que debe ser silenciado. No ha lugar a la palabra. Un
agujero en la historia. Una página en blanco. Un capítulo rechazado por el
Otro de la Familia.
Intento fallido de Schreber, a través de la escritura, de penetrar en el
campo del Otro, de horadarlo, de encontrar ahí su lugar de sujeto, de inscri-
birse en el discurso familiar, de revertir el capítulo forcluido de su historia
(imposible de separar del de su familia)
La (no) respuesta del Otro de la Familia: la censura forclusiva, que no
deja rastro, huella, tachaduras, que cierra lo que podría haberse abierto, que
calla lo que podría haberse dicho, que no registra (no se da por enterado, no
hay acuse de recibo… silencio administrativo) la afirmación (Be-jahung) del
sujeto, expulsándolo (Ausstossung) del discurso compartido (Ibidem, 435).
38
Xóchitl Romo
Se puede entender el motivo del escándalo (social, el “qué dirán”) si uno
se fija en dos hechos (atinentes a la buena fama y al prestigio de las per-
sonas). El primero de ellos es que su autor, el doctor en Derecho Daniel
Paul Schreber, era hijo del célebre médico, ortopedista y pedagogo, Daniel
Gotlieb Moritz Schreber. El Dr. Schreber firmó numerosos, difundidos y lu-
crativos trabajos en los que promovía sus puntos de vista sobre la educación
física y espiritual de los niños y jóvenes de Alemania. Junto con sus escritos
y las noticias sobre las instituciones gimnásticas por él fundadas y los jardi-
nes que llevan su nombre (esparcidos por toda Alemania), han llegado hasta
nosotros sus máquinas ortopédicas, que permitían, por ejemplo, mantener
tiesa la columna vertebral del niño durante la lectura.
La segunda circunstancia que pudo provocar la censura de ese capítulo
es que el hijo mayor de D. G. M. Schreber, Daniel Gustav, se graduó como
abogado y en 1877 poco después de ser designado Gerichtsrat (Consejero
Judicial) se descerrajó un balazo poniendo fin a su vida. Tenía 38 años y
Daniel Paul 34.
[…] ¿Hablaría Schreber sobre estas cuestiones intolerables, insoporta-
bles, en el capítulo censurado? ¿De qué otra cosa podría hablar sino de esto?
¿No habla uno de lo que irrumpe desde lo real precisamente para no volverse
loco?... ergo, con más razón lo hará aquel que ya lo está, el que ha palpado la
dureza, la concavidad, el borde cortante de lo que no tiene nombre, el goce
no rubricado por el Otro, no sancionado simbólicamente (a-palabrado)…
(Anasagasti, 2014, 435-450).
El rechazo de la familia Schreber a que se publicara algo de lo
familiar fallido, doloroso o vergonzoso, muestra de modo metafó-
rico los efectos delirantes de un sujeto que no encuentra acogida
simbólica en la familia.
Existe una estrecha relación entre las rígidas teorías educati-
vas del padre y el deliro del hijo que fue censurado. No ha lugar a
lo que no esté “derecho”.
El delirio y el lenguaje escrito intentarán construir un lugar
para el sujeto y por eso el analista acompaña al delirante en esa
travesía.
Anasagasti toma momentos de la escritura de Schreber que
demuestran su intento de construir una alteridad indispensable,
unos otros familiares, o un espacio donde los familiares sean su
otredad necesaria. Le es imprescindible denunciar el asesinato del
alma y, como de la familia (padre y hermano) no se puede hablar,
aparecen Dios y el psiquiatra relacionados con el asesinato:
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La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
Schreber, en este capítulo, se propone hacer referencia a “algunos otros
miembros de su familia” con el fin de desentrañar lo que le resulta más mor-
tificante, ese nudo imposible de desatar de su psicosis, el denominado ase-
sinato del alma (las almas examinadas dixit). La paradoja de esta expresión
es que este asesinato, aunque afecta a Schreber, que sufre sus consecuencias,
no es de su competencia, no pertenece a su negociado, siendo asunto del
Otro, que es un des-almado, que carece de alma, al haberla vendido al diablo.
Es patrimonio de ese Dios infausto que no quiere saber nada de los seres
vivos, que se relaciona sólo con cadáveres (cuerpos sin alma). El alma es la
verdad del sujeto, lo real, lo más irreducible del goce (ibidem).
De ahí que podamos decir que la familia es el lugar donde se trans-
mite (o no) la condición humana. Ponemos ahora el énfasis en el
paréntesis puesto que las familias son también los espacios donde
encontramos lo peor de un grupo: la censura de un lugar en lo sim-
bólico, el recibimiento catatónico, indiferente y callado; la nega-
ción radical de una verdad del sujeto; o el gozo incestuoso, abusivo
y doloso que genera los síntomas más dramáticos y dañinos.
Ricardo Saiegh planteaba en nuestro seminario a la familia
como el espacio donde sucede lo mejor y lo peor.
Sin embargo, sostenemos que el delirio, la alucinación, las in-
hibiciones, las angustias o cualquier síntoma, constituyen un in-
tento de armar con pocos elementos a veces, una lectura distinta
de lo que se ha escrito o silenciado en la familia. Se trata de una
apuesta del sujeto de hacer y hacerse un lugar; y si resulta que
alguien acoge esa apuesta, habrá reescritura (por ejemplo en un
psicoanálisis). Diremos que aún en lo peor, algo de la familia ten-
drá que ponerse en juego otra vez, metafóricamente, para hacer
esta operación de pase.
Retomo el escrito Ricardo Saiegh (2012):
Son habituales los relatos en los que el parentesco, lo sexual, lo social, resul-
taron horribles “infiernos” por los que evitar volver a pasar. Pero no requiere
mucha agudeza constatar cuántas catástrofes ocurren por tratar de evitarlas.
En cuestión de infiernos preferible descubrir lo contradictorio y enigmático
de los del Bosco, los del Brueghel el Viejo, el de Orfeo y Eurídice o el del
genio de Dante que tras anunciar el “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate” en
las puertas del Averno, al suponer a Beatrice atravesando el infierno, hace
que la excursión sea por lo menos más graciosa.
“Se gana la luz desde el infierno”, decía León Felipe. Y además advertía:
“Ni llanto ni ufanía. Vamos al gran taller, a la gran fragua donde se enderezan
40
Xóchitl Romo
los entuertos. ¡Arre! ¡Arre!... Allí sitúo las palabras de los marineros fenicios
para cuando la nave esta por hundirse, recordadas por Jorge Luis Borges
como ejemplo de fuerza poética:
-Madre de Cartago, devuelve el remo.
-Duermo, luego vuelvo a remar.
-Dioses, no me juzguéis como a un dios
sino como a un hombre a quien ha destrozado el mar (pp. 94-95).
Función padre y anudamiento
Se dice una y otra vez que los padres han perdido su autoridad y
su poder con una especie de melancolía por la falla de los padres.
El famoso caso de Daniel Paul Schreber nos demuestra con
claridad que la función de un padre no está en lo buen educador
que sea, en su prestigio, en el gran poder que tiene o la supuesta
autoridad. Dice Javier Frere (ibid):
El padre de Schröeber está plenamente investido del gran poder jurídico
que la época le concede y, sin embargo, el libro de Daniel-Paul es el mayor y
más contundente testimonio de que allí no hubo lugar a la función paterna.
En relación a esto, hay una paráfrasis que hacía Ricardo Saiegh de la cita
lacaniana en la que se dice que la operación del Nombre del Padre depende
del caso que hace la madre a la palabra del padre; Saiegh planteaba que tam-
bién depende del caso que hace el padre a la palabra de la madre. Podríamos
seguir el juego diciendo que depende también del caso que hagan el padre
y la madre a la palabra del hijo, para insinuar con firmeza que depende del
caso que se haga en la familia a la palabra del Otro. Es ahí donde se juega
la fuerza de la metáfora paterna. Y si bien es cierto que el debilitamiento
jurídico tiene su referente social y puede, por ejemplo, generar dudas sobre
su autoridad para ejercer la responsabilidad paterna en muchas personas, y
que una cierta ideología igualitaria ha hecho estragos en la crianza y en la
educación modernas...; sin embargo de todo esto, la operación paterna ha
de encontrar (como de hecho sucede) sus vías en distintas conjugaciones de
actores diversos.
Esto nos permite reflexionar sobre cómo los miembros de la estructura
familiar tienen lugares significantes y, por eso, sólo son verificables en el
plano del discurso (p. 3).
No negamos las transformaciones en la formas familiares; sin
embargo la caída de un padre todopoderoso más que una realidad
cultural nos parece sobre todo parte del mito paterno antiguo que
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La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
sigue vivo (Marinas, 2011): en el mito se muestra al padre en déficit
una y otra vez. Desde el mito de Edipo vemos que él mismo tiene
el pie hinchado, Layo, su padre, es el zurdo y su abuelo Lábdaco era
cojo. Con lo cual el mito es ya una puesta en relato del padre que
falla y de la transmisión de esa manquedad. (Romo, 2012).
Sin embargo, para el psicoanálisis no hay mejor padre que al
que le falta algo. El padre que tiene un deseo más que una grandio-
sidad es el padre que nos interesa. O el padre que le hace falta a la
madre, ese también nos interesa… o el padre que el hijo piensa al
modo de un enigma, etc. Es decir, el padre en su contexto familiar
donde circula un deseo.
Una de nuestras invitadas al diálogo fue la analista argentina
Lidia Alazraqui. Ella lo dice de este modo:
Cuando se habla de debilitamiento del lugar del padre parece más concerni-
do a referencias ideológicas que sostienen roles imaginarios; desde el psicoa-
nálisis el padre revela el lugar del nombre del Padre no entraña una cuestión
de cantidad, de más o de menos, está o no está, lo cual no ahorra nada de los
avatares neuróticos. Ese nombre estará a cargo del sujeto, en cada contingencia
donde advenga para él la posibilidad de un acontecimiento (Alazraqui, 2009,
28. El subrayado es mío).
Subrayamos que el nombre está a cargo del sujeto, no del individuo
y que el acontecimiento es el anudamiento. Se trata, siguiendo el
texto de Alazraqui, de lo inapelable e indispensable de cierto vín-
culo, siempre enigmático y singular, con el Otro: ninguno puede
nombrarse a sí mismo, ni siquiera el padre.
Parafraseando algunas propuestas de Ricardo Saiegh, y reto-
mando una clínica de nudos, decimos que un padre se anuda con
una mujer que desea un hijo; que un hijo se anuda a un padre que
desea a la madre y una madre se anuda a un hijo que lanza una
pregunta por su padre. En la misma tónica, decimos que una mujer
se anuda con un hombre que insiste en su deseo y que, a su vez,
un hombre se anuda a la relación entre una mujer y el enigma de
su sexualidad. En esos anudamientos está lo que abordamos con el
término de “nombre del padre” (Romo, 2011).
Un fragmento del seminario  muchas veces citado aborda el
tema. Dice Lacan (1989):
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Xóchitl Romo
Un padre no tiene derecho al respeto ni al amor, más que si [...] está [...] pé-
re-versement orientado, es decir, si hace de una mujer el objeto a minúscula
que causa su deseo. [...] Poco importa (que el padre) tenga síntomas si añade
a ellos [...] que su causa sea una mujer que él se haya conseguido para hacerle
hijos y que a éstos, los quiera o no, les brinde un cuidado paternal (p. 59).
El padre es quien sólo puede articularse (para decirse y para posi-
bilitar el movimiento) en el deseo que se anuda con la diferencia
sexual y la diferencia generacional en la familia: a la mujer la hace el
objeto de su deseo y a los hijos los cuida: es decir, no los hace el
objeto del deseo; en cambio son todos efecto de un enlace (Romo,
2012).
Indagamos las dificultades y lo que hace propicio ciertos anu-
damientos y enlaces a través de este operador denominado nom-
bre del padre.
Diferencia sexual, diferencia generacional y relación con la ciu-
dad (trabajo, escuela, lenguaje, cultura etc.) son funciones que se
ponen en juego en la familia y que abren la condición de enlace
creativo y deseante entre sus miembros.
Presentaciones subjetivas
Un analista que trabaja en una institución pública ha de plan-
tearse constantemente una interrogación sobre la intervención en
relación al tejido familiar del sujeto por el que se le consulta y la
expectativa institucional-social sobre su quehacer profesional. El
analista enfrenta la complejidad de lo que ocurre en las familias.
Andrés Brunelli (2011) dice en su texto:
Como punto de apoyo tomaré algunas situaciones clínicas que prefiero de-
signar “presentaciones subjetivas” más que “nuevos modos subjetivos”, sim-
plemente porque no me creo autorizado a realizar esta afirmación. No citaré
estadísticas ni porcentajes de ocurrencia y recurrencia ni criticaré las diver-
sas modalidades desde la impotencia de la queja, sino que me centraré en
aquellas presentaciones que más dificultad provocan a la hora de la interven-
ción, es decir, las que suponen un mayor obstáculo para la reconstrucción de
la condición humana.
Un primer grupo perteneciente a la casuística de una institución pública
dedicada a la atención de menores en riesgo y sus familias, la cual se encua-
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La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
dra en lo que se denomina el campo de la “protección”, significante con gran
poder de determinación en la práctica que en él se desarrolla:
Una madre de un chico de 16 años denuncia que su hijo la maltrata, hace
lo que quiere y, si ella pretende instaurar un límite, él reacciona agre-
sivamente, incluso ha llegado a pegarle. Por eso lo expulsa de su casa y
pasa a vivir con el padre, quien se declara impotente para ordenar a este
chico y opta por dejarle hacer lo que le parezca. Ambos esperan que
alguien “cambie” al menor o, si no, se lo interne en un centro de pro-
tección. No aceptan poner en juego su parte en todo esto, incluyendo
antecedentes de abandono, violencia verbal y física, agresión conyugal
cuando convivían, abuso de alcohol y otras sustancias, prohibiciones
arbitrarias debido a conflictos neuróticos graves sin resolver, etcétera.
Una familia “reconstituida” intercultural, donde el “problema” es otro
adolescente que hace regañar a su madre y padrastro, quienes no dudan
en llamar a la policía cuando surgen dificultades en casa. Las preguntas
que el menor empieza a plantear se orientan hacia la reconstrucción de
su historia personal, desmentida hasta ese momento por una madre y pa-
drastro evidentemente muy angustiados, y que pone en primer término
la intriga por su padre biológico y la deriva deseante entre éste y su ma-
dre. Estas cuestiones incómodas suscitan actuaciones por parte de todos,
como amenazas e intentos autolíticos, agresiones verbales y expulsiones
del hogar. Lo más difícil de tolerar para el chico es la idea de que la madre
reniegue de él en tanto hijo y de que se mantenga la renegación de la his-
toria familiar. Cuando el joven empieza a hablar algunas de estas cosas en
sesión, aparecen toda clase de resistencias parentales a la intervención.
Unos padres separados se presentan muy preocupados por las actuaciones
graves de su hija de 17 años, quien presenta diversas conductas de ries-
go, como un intento autolítico y dos embarazos “no buscados”. La madre
muestra una actitud fría emocionalmente, al parecer en especial hacia esta
hija, quien es la mayor de dos; el padre, por su parte, fomenta una ligazón
un tanto incestuosa con la hija, y ha llegado a denunciar judicialmente a la
madre, cuando todavía vivían juntos, porque no estaba de acuerdo con el
trato que ésta le dispensaba a la hija. Aceptan acudir a entrevistas sólo para
hablar de la joven, a sus ojos el objeto exclusivo de la intervención.
Una mujer está embarazada de su quinta hija, y los antecedentes deve-
lan una negligencia histórica de gravedad: la primera hija fue acogida
por unos familiares, la segunda resultó muerta por asfixia (razón por
la cual la madre y la abuela materna fueron condenadas a una pena de
prisión por el delito de homicidio involuntario), mientras que la tercera
y la cuarta fueron dadas en acogimiento familiar pre-adoptivo con una
familia alternativa. Los servicios de protección de menores y de salud
intervinientes valoran tutelar a esta bebé cuando nazca.
Unos padres, ambos incapacitados legalmente para trabajar y percepto-
res de sendas pensiones, acuden preocupados por ciertos paroxismos
emocionales y conductuales de su único hijo, adolescente, al que se em-
44
Xóchitl Romo
peñan en caracterizar como “enfermo”, a pesar de innumerables opinio-
nes profesionales contrarias. Pero no parecen preocuparse demasiado
por el hecho de que su hijo sólo come purés, como un bebé pequeño
(pp. 1-3)
Continúa Brunelli (ibidem):
Así, muchas familias tienden a actuar en la pretendida realidad lo que no lo-
gran poner en juego en el campo simbólico, formalizando denuncias policia-
les y judiciales, pasando al acto de la agresión y expulsión, o capitulando de
sus funciones. En este caso, se produce tanto el abandono literal (del menor
o de la intervención) como la asunción de un papel absolutamente pasivo y
de sometimiento al accionar del profesional, al que se entregan como a una
divinidad salvadora o, al menos, tranquilizadora.
Se pueden ubicar funciones pero aparecen aisladas, sin vinculación,
coartándose así el desarrollo de la sexualidad. Las funciones materna y pa-
terna no quedan referidas mutuamente en su vertiente erótica sino en la de
derechos y obligaciones; concomitantemente, la función de hijo no logra ins-
cribirse en una trama de transmisión donde se ponga en circulación la ley.
El fracaso de estas operaciones es el causante del malestar de los usuarios-
pacientes que quedan objetivados en el sufrimiento y las quejas respecto a
diversos fenómenos imaginarios.
También se verifican posiciones de “lucha”, especialmente en madres y
abuelas acogedoras, pero que no están dispuestas a poner en cuestión esta
modalidad goce.
El “fracaso” del enlace sexual, genera impotencia en el anuda-
miento generacional y malestar en la cultura. El analista está con-
vocado al lugar de la falla para introducir algo del juego del deseo.
No se trata de hacer que “se quieran” o que se “entiendan” sino de
re-introducir algo de un acto significante.
Incluimos en nuestra discusión el libro de Engels (Marx y En-
gels, ibidem), sobre el tema y el texto de Andrés Brunelli lo puntúa
en relación a su clínica institucional:
[] A partir del trabajo de F. Engels sobre la familia podemos pensar que la
prohibición creciente de la sexualidad en la que se asienta su desarrollo es
fecunda cuando instaura una ley. Caso contrario, la mera prohibición sólo
provoca actuaciones, inhibiciones y más impotencia.
Para prohibir algo, negarlo, primero hay que afirmarlo (bejahung como
condición de la verneinung); y si la prohibición pivota sobre el deseo inces-
tuoso, entonces éste debe ser reconocido.
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La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
Esto para hacer notar la necesidad de reintroducir la dimensión pulsio-
nal como condición para la instauración de cualquier orden familiar y social,
incluyendo las tan mentadas ideas de norma y límite hacia los hijos, alumnos
o usuarios. Dimensión que debería encuadrarse en lo que Engels llama “ver-
daderos vínculos de la familia”, que a menudo están en contradicción con los
sistemas de parentesco que sostiene el discurso oficial.
Frente a las presentaciones apuntadas anteriormente, el profesional pue-
de intentar responder a la demanda (del usuario o paciente, de su propia ins-
tancia moral, así como de alguna de las instituciones intervinientes) tratando
de ordenar, limitar, educar, cuidar, etc., certificando, de este modo, la impo-
tencia de la posición de los padres y, por supuesto, también de la suya propia.
Ante padres impotentizados y profesionales conminados a responder,
resulta de interés recordar el concepto de Erik Porge (1990) acerca de lo que
denomina “transferencia à la cantonade”, en el que aquel que está en el lugar
del analista soporta el Sujeto Supuesto Saber Hacer para devolverlo, luego, a
los padres, lo cual define como una contribución social al edipismo. Se trata
no tanto de capacitar a los padres en el sentido de dotarlos de conocimientos
y técnicas de crianza sino de rehabilitar un lugar que soporte ese saber que
es el del inconsciente (pp. 4-5).
Un hijo se dirige a alguno de sus padres suponiéndole algún saber
que lo calmará de su angustia. Si los padres no son capaces de reci-
bir esa petición de sus hijos y hacerle lugar a las inquietudes de
estos últimos, el lugar de la transferencia hacia los padres cae. A
veces ocurre que los padres más bien se sienten agredidos u ofen-
didos por sus hijos cuando estos están investigando o formulando
con comportamientos y síntomas, una pregunta. Cierta ansiedad
entra en escena y los padres se descolocan de su lugar. El analista se
hará el destinatario de la investigación que está en curso, por ejem-
plo, en los casos que describe Brunelli: ¿dónde está el padre?, ¿soy
hijo de mi madre?, ¿qué es la maternidad?, ¿qué es tener un hijo?
Suponemos que esas preguntas no se responden en directo
sino haciendo un recorrido por el Otro ¿dónde está el padre, para
la madre?, ¿soy hijo de cuál encuentro entre dos?, ¿una madre pue-
de serlo en relación a qué hijo?
Karina Glauberman (2011), por su parte, demuestra en su texto
siguiendo cuidadosamente a Freud y a Lacan que el sujeto bien
puede hacer un trayecto desdoblando al padre de su supuesta
46
Xóchitl Romo
unicidad; itinerario que le permitirá librarse de la creencia de un
padre de la exaltación. Glauberman trabaja en contrapunto con la
película La caja de música (1989) y aprovechando el nombre y la
trama del filme dice que:
[…] el Edipo es una caja de música, que el diccionario define como un ins-
trumento musical mecánico, que funciona por medio de unos remaches ubi-
cados en un cilindro giratorio o disco, que al ser tocados por un cepillo de
metal, producen el sonido, no siempre pero casi siempre, el mismo. Es decir,
un espacio cerrado que abierto, si le damos bastante cuerda —y en esto los
neuróticos nos afanamos bastante—, repite la misma música, que sólo cesa
al volver a cerrarla (p. 6).
Para esta analista se trata de una línea de investigación que abre
la puerta a aquello que permita liberarse de una especie de servi-
dumbre al padre ideal o al Otro imaginado omnipotente o, agrega-
mos, al Dios Oscuro.
Es interesante la posición de Glauberman, pues aun cuando
hemos sostenido que lo familiar y el Edipo constituyen un entra-
mado que permite el acceso a la condición deseante, son también
relaciones que pueden generar sometimientos y culpabilización
excesiva ante un padre exaltado.
En la película La caja de música vemos a una hija descubrir en
su amado padre un inquietante pasado nazi. El paso que da no es
sencillo pues va de defenderlo como abogada, a optar por la ley
que condena al padre en tanto criminal.
Propone Glauberman un cambio de posición del tamaño del
cambio de país, el pasaje que lleva de Un padre totalitario al Otro
que permite la relación con la polis, con la ley común: … tal vez
esta sea la gran emigración, la de la Novela Familiar al padre de la
versión que posibilita el lazo social, que nos inscribe en una genea-
logía, en una historia colectiva.
Saiegh (ibidem) cita en su texto a Lacan en su seminario del 24
de junio del 64:
Hay algo profundamente enmascarado en la crítica de la historia que hemos
vivido: el drama del nazismo, que presenta las formas más monstruosas y su-
puestamente superadas del holocausto […] ese resurgimiento, por el que se
revela que la ofrenda a los dioses oscuros de un objeto de sacrificio es algo a lo
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La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
que pocos sujetos pueden no sucumbir, en una monstruosa captura. La igno-
rancia, la indiferencia, la desviación de la mirada, puede explicar bajo qué velo
sigue todavía oculto ese misterio. Pero para cualquiera que sea capaz de dirigir,
hacia ese fenómeno, una valerosa mirada —y, una vez más, poco hay de seguro
para no sucumbir a la fascinación del sacrificio mismo— el sacrificio significa
que, en el objeto de nuestros deseos, intentamos encontrar el testimonio de la
presencia del deseo de ese Otro que aquí llamo el “Dios Oscuro” (p. 92).
Hacemos este enlace entre los textos de Glauberman y Saiegh —
enlace que por sí mismo no está hecho— para indicar que la ética
del psicoanálisis propone que el sujeto es efecto del anudamiento
con los otros de su historia pero, al mismo tiempo, ha de atravesar
el sometimiento, la indiferencia o la fascinación por el sacrificio.
Es una ética con ciertas consecuencias políticas de comunidad
opuestas al funcionamiento de la masa que enaltece a un líder
ideal y no da lugar a lo particular de cada sujeto. El Edipo que
enlaza las diferencias en la ley del deseo tiene consecuencias polí-
ticas por investigarse.
Conclusión
Propongo como conclusión una idea de Javier Frere (op. cit.) sobre
la familia como un grupo matemático:
En el intento de avanzar en la elaboración del problema de la estructura
familiar propuse, en su momento, pensarla como un grupo matemático. La
definición de grupo estimuló una primera aproximación que pareció inte-
resante: un conjunto sobre cuyos elementos se ha definido una operación.
Hasta ahí, la familia responde bien a la definición.
Enseguida llegan las propiedades del grupo: asociatividad, elemento
neutro y elemento simétrico. Forzando quizás un poco las significaciones,
podemos decir que la primera se cumple:
p F (m F h) = (p F m) F h
(donde F representa a la operación propia del grupo Familia)
Es decir: que la operación de un padre sobre el vínculo entre una madre y un
hijo equivale a la operación que el hijo hace sobre el vínculo entre el padre
y la madre. En lo que escuchamos un eco muy potente del oportuno juego
de palabras, propuesto por R. Saiegh, sobre el caso que hace la madre a la
palabra del padre y sus variantes ya reseñadas.
48
Xóchitl Romo
Pero hay algunos problemas con esta definición, además de la sensación
de forzar demasiado las matemáticas. Pero tomemos la cuestión desde un
principio.
La familia es el grupo donde se trasmite la condición humana. Grupo
entendido en el sentido de un grupo matemático, como modo de quitarle
cualquier connotación que pudiera tener en el sentido de una Masa en rela-
ción a un Líder; es con esta noción freudiana de Masa con la que confronta-
mos a la de estructura. El padre —o la madre, para esto es igual— como líder
de una masa no opera la función paterna. La familia no es una unidad donde
los objetos de todos quedan identificados en uno, sino una diversidad de
objetos. Así, grupo matemático se define como un conjunto sobre cuyos ele-
mentos se ha definido una operación. Podríamos decir que la Castración es
la operación que se define para la familia. Si decimos que es el grupo donde
se trasmite la condición humana, allí ya estamos definiendo una operación y
¿qué puede ser trasmitir la condición humana si no la introducción del infans
en la función hablante, a partir de lo cual quedará afectado por la operación
sobre el goce que el Psicoanálisis llama Castración?
Se dice que la estructura (F, F) —donde F es el nombre del grupo y F la ope-
ración que lo define— es un grupo con respecto a la operación “F” si satisface
las siguientes propiedades: operación interna, asociatividad, elemento neu-
tro y elemento simétrico. De las dos primeras propiedades podemos obtener
algunas intuiciones interesantes:
Operación interna: para cualesquiera dos elementos del conjunto A ope-
rados bajo “F”, el resultado siempre pertenece al mismo semigrupo A. Es
decir: cualquier operación que se produce entre miembros de la familia pro-
duce un resultado que afecta (pertenece) a la familia.
Asociatividad: para cualesquiera elementos del conjunto A no importa
el orden en que se operen las parejas de elementos siempre dará el mismo
resultado. Es decir:
Reemplacemos x, y, z por p, m, h y tendremos que:
F: p F(m F h) = (p Fm) F h
la operación de un padre sobre el vínculo entre una madre y un hijo equivale
a la operación que el hijo hace sobre el vínculo entre el padre y la madre.
Al reemplazar x,y,z por p,m,h, se desprende que usamos los Esquemas
R y L de J. Lacan para seguir las características del grupo Familia. En él se
localizan las posiciones padre, madre, hijo y falo, siguiendo la proposición
freudiana del Complejo de Edipo. Estas posiciones deben entenderse como
funciones diferenciadas de las personas que eventual y alternativamente las
ejercen. En una segunda lectura de las posiciones del grupo podemos afinar
su significación nombrándolas como un lugar de Otro (de Ley), de otro pri-
mordial, del Yo y del sujeto, respectivamente.
49
La familia: trayecto de una investigación psicoanalítica de la Fundación Psicoanalítica Madrid/1987
Tratándose de posiciones significantes y no estrictamente de personas,
podemos pensar que diferentes grupos humanos pueden cumplir con las fun-
ciones que se requieren para lo que hemos llamado la trasmisión de la condi-
ción humana, siempre que se cumplan las cuatro funciones citadas. Este punto
puede ser una aportación rigurosa del Psicoanálisis al debate social en torno a
los efectos de la adopción de niños por parejas personas del mismo sexo o a las
circunstancias de las llamadas familias mono-parentales, etcétera.
Pensar la familia como un grupo matemático nos ayuda a hacer
operaciones en vez de sostenernos en sistemas puramente ideo-
lógicos; sin embargo, se trata de operaciones que no pueden ser
“objetivas” pues tratamos con lo peculiar de cada historia.
Concha Cerdeira (2011: 5), en uno de los textos que presentó
durante el seminario, hablaba de “la importancia de la praxis ana-
lítica en el trabajo que hemos ido haciendo sobre la familia y el
lugar privilegiado del relato del paciente para construirla. [...] No
hay manera de tejer sin hilos”.
No podemos decir que “da igual” de quien se trate y cómo
lo diga. Todo lo contrario, es indispensable el recorrido de cada
relato y de su estética narrativa, invocante, escópica, etc; se jue-
ga en ello el acto creativo de cada historia y la lectura de lo que
—“¡maktub!”—, estaba escrito.
.…
Estos son algunos avances de una investigación que sigue su curso
por otras vías. La estructura nos sigue convocando al diálogo y la
escritura; con el tiempo, diremos algo más.
Se trata de seguir pensando la clínica psicoanalítica en relación
intensa con la polis, tratando de releer la historia del psicoanáli-
sis y su centro de gravedad que es el Edipo, como estructura que
transmite la condición humana pero que no es ni ideal ni fija.
Como dije al inicio, este despliegue no fue sin consecuencias,
tuvimos que atravesar algunas angustias de la práctica y de lo co-
lectivo en tanto asociación. Sin embargo, como para la estructura
y las familias, sostenemos que un analista no es por sí mismo sino
que le es imprescindible pensar su práctica, entre varios, en dis-
tintos tiempos y por partes. De ello intentamos dar testimonio.
50
Xóchitl Romo
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51
Capítulo 2
Violencias de Estado:
exilio y desaparición forzada
Helí Morales
A mi familia argentina
A José María Martinelli Herrera
Resumen
La familia es la instancia compleja de la estructuración del
sujeto y ésta se constituye en vinculación con la otredad, en
lo imaginario ligado a los semejantes y, en lo simbólico, al
Otro, instancia de la ley. Pero, ¿qué sucede si la ley se convierte en
una máquina institucional de contravención de ella misma? Nos pre-
guntamos por los efectos que el exilio y la desaparición forzada ejer-
cen en la configuración de los lazos sociales. En Argentina existieron
30,000 desaparecidos políticos y 340 campos de concentración y
exterminio. La perspectiva que aquí presentamos se circunscribe a
la importancia que, para esta configuración social, implica el nombre
propio, concepto fundamental para el psicoanálisis.
No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no
a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda do-
lorida.
Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. No des-
tierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los ca-
lores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del
aire, propiamente del aire.
Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles
de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan
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Helí Morales
dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas res-
piran en la noche, duelen de noche bajo el sol.
Juan Gelman
El exilio y sus dolores
El psicoanálisis se presenta como un discurso. Es un discurso en
acto. Su fundamento es una clínica que atañe al sujeto. A sus dolo-
res, síntomas, heridas e infinitos. Es una praxis de los quebrantos
del sujeto. Pero esta dimensión clínica no agota su enunciado dis-
cursivo. Desde sus laderas textuales y doctrinales, pueden reali-
zarse análisis del campo de lo social porque lo social es también
su campo. No hay sujeto sin el Otro como no hay singularidad sin
otredad. El Otro en psicoanálisis atañe al lenguaje, al tesoro de
significantes, a la consistencia en movimiento de lo simbólico. Se
trata de una función, no de un personaje. Esa función hospeda la
sustancia de la ley y es la ejecutora metafórica de sus incidencias
en el sujeto. Este Otro, sin embargo, no constituye un todo. Para el
psicoanálisis —de allí una de sus aportaciones— este Otro, garante
y ejecutor de la ley, está en falta. No sólo no existe un universo
cerrado del discurso sino que la constitución misma del Otro se
establece a partir su falla. Esta falla y esta función del Otro son
estructurales. Sin embargo, eso no se hace de espaladas a la his-
toria y a los acontecimientos. El Otro como función opera a ese
nivel de lo simbólico de la ley y sus avenencias pero, los modos
específicos como se presentan distintos derroteros del ejercicio de
su función y, las maneras como se establecen las modalidades de
su falta, no son sin relación con el tiempo y el espacio.
La familia es el dispositivo de la instauración de la subjetividad
a partir de su relación con el Otro. Es el escenario de la fundación
del lazo social. Es el dispositivo social del advenimiento existen-
cial. El sujeto es social. La ley, el deseo, la vida y la muerte son sus
coordenadas.
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Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
Ahora, ¿qué ocurre cuando las instancias de administración de
justicia y vida, se trastocan en instituciones de muerte y persecu-
ción?
Aquí se tomará la cuestión del nombre propio para dar cuenta
de esas incidencias, para señalar sus incisiones y para presentar
un campo de reflexión que incluye tanto al sujeto como a lo social.
Presentaremos diversas lecturas de acontecimientos sociales
que se vinculan directamente a lo político y que, desde nuestro
punto de vista, abren cauces importantes de pensamiento para
analizar las configuraciones familiares modernas y actuales. Nos
referimos al ejercicio violento de regímenes militares o sosteni-
dos sobre la fuerza del ejército y la policía en vinculación con el
gobierno en turno que provocan el abandono del país, la desapa-
rición, el asesinato y el secuestro ilegal de miles de ciudadanos y
ciudadanas.
Para poder analizar de cerca estas dimensiones es menester
partir de una evidencia social que ha marcado nuestro continente
en los últimos tiempos: el exilio.
A partir de sistemas militares y la implementación del Plan
Cóndor instrumentado por la administración política de los Esta-
dos Unidos en contubernio con los gobiernos golpistas de Argenti-
na, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, en los años setenta,
muchos litigantes, guerrilleros organizados, líderes políticos de
izquierda, ciudadanos inconformes, abogados democráticos, mili-
tantes de partidos de oposición, y defensores de los derechos hu-
manos sufrieron el peso de la violencia y la represión. En esos paí-
ses se intentó, bajo un régimen de terrorismo de Estado, erradicar
lo que los militares llamaban, “elementos subversivos”. A partir
de perseguir, encarcelar y asesinar a sus opositores, generaron un
clima de terror entre la ciudadanía y la clase política democrática.
Muchos civiles y militantes tuvieron que salir ante la amenaza
inminente de su vida, su integridad o su libertad. Quienes dejaban
su tierra de origen, lo hacían por distintos medios. Algunos “le-
gales” a partir del asilo político pero, la mayoría, debía atravesar
fronteras y escapar a países vecinos donde buscaban protegerse de
la persecución policíaca y militar. Muchos y muchas consiguieron
papeles falsos o se trasladaron de manera clandestina a diversas
laderas. Los exiliados llegaban a otros lugares con sus historias y
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Helí Morales
sus memorias. Con sus heridas y sus sueños. Traían pocas cosas
del lugar de donde vinieron. Algunos bártulos y muchos recuer-
dos. Perdieron mucho, perdieron tanto pero, cada uno y cada una,
tenía su nombre propio y su apellido para recordar e intentar anu-
darse a la historia de su gente y de su pueblo. Lo podía llevar en
su documento de identidad, en su pasaporte, escondido bajo otras
rúbricas o entre la piel y la memoria para no olvidarlo. El nombre
era el hilo de Ariadna en el laberinto de la geografía agreste.
En este movimiento, no sólo se exiliaba el padre. Familias en-
teras debieron abandonar sus ciudades. Muchas casas quedaban
rotas cuando la madre, el abuelo o alguno de los integrantes de
ese clan debían salir del país ante las amenazas militares. Quienes
se quedaban debieron vivir muchas veces un exilio en sus propias
localidades por la persecución política que se experimentaba en
aquellos años. Un agujero se abría tanto en los que se iban como
en los que se quedaban. El tejido social se desgarraba. Las familias
se quebraban y los vínculos que los enlazaban eran desbaratados.
El rostro de América Latina se escribió con las cicatrices de esas
violencias. Miles de vidas cambiaron por la intromisión violenta
de estos gobiernos impuestos. Existencias rotas que se rearmaban
a medias o bajo circunstancias muy adversas en otros países. En
algunos casos fueron bien recibidos, en otros el exilio se volvió
una pesadilla. También hubo historias de amor y encuentros vi-
tales con habitantes de otras ciudades y otras latitudes. Las len-
guas se mezclaban igual que los corazones. Imposible hacer aquí
el recuento de esa lírica del destierro y la emigración forzada, de
esas leyendas íntimas y públicas de quienes se vieron forzados,
sin importar edad o afiliación política, a abandonar sus casas, sus
ciudades, su país y sus afectos entrañables.
Uno de los países más lastimados por la represión fue la Re-
pública Argentina (Yanquelevich, 2007). A partir del golpe de Es-
tado perpetrado por una junta militar en 1976 y de la acción los
grupos paramilitares que aparecieron incluso antes del garrotazo
castrense, miles de familias fueron desgajadas, muchas mujeres y
hombres fueron perseguidos, encarcelados o torturados, así como
muchos niños fueron trastocados por la emigración forzada y la
errancia geográfica.
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Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
En relación al exilio, durante muchos años, los gobiernos mili-
tares intentaron borrar de la memoria social, la existencia y la im-
portancia de este acontecimiento político. Sea que buscaran urdir
un manto de olvido sobre ellos, sea que, cuando los recordaban, era
para imputarles diversos delitos o actos ilegales. A mediados de los
años setenta, se intentó desacreditar a los exiliados acusándolos de
organizar movimientos de desestabilización social y de poner en
mal el nombre de la nación. La propaganda de la dictadura asegura-
ba que muchos de los exiliados eran los culpables de la violencia que
lastimaba al país, amén de acusarlos de personajes subversivos y
peligrosos. Es curioso: entre los exiliados y las exiliadas había bebés
recién nacidos, niños de tres años que comenzaban a hablar o niñas
cuya edad fluctuaba entre los cuatro y los doce años.
Con la llegada de la democracia a principios de los años ochen-
ta, las cosas comenzaron a cambiar. Lentamente, es cierto, sin em-
bargo en 1998, se presentó una iniciativa de ley que tendrá un gran
valor simbólico. A partir de las leyes 24.043 y 24.411 que estable-
cía la obligación por parte del Estado ofrecer “reparaciones” eco-
nómicas a los presos políticos y familiares de “desaparecidos”, se
propuso, en ese espíritu, resarcir económicamente también a los
exiliados. Esta iniciativa, ubicaba, como nunca se había hecho, la
cuestión del exilio como un suceso político de incumbencia social
y abría al espacio público discusiones de orden tanto legal como
existencial. Pablo Yankelevich (2007) señala al respecto que, a
partir de la iniciativa:
En primer lugar, se reconocía al exilio como una consecuencia de “la acción
del terrorismo de Estado en la Argentina”, y en tal sentido muchos com-
patriotas, “en salvaguardia de sus vidas, debieron abandonar nuestra patria
con la ayuda de países amigos u organismos internacionales”. Así mismo se
reconocía: “…que el fenómeno del exilio tuvo consecuencia aún vigentes en
algunos casos, como desarraigo, la pérdida de identidad, la irrupción vio-
lenta de todas las actividades de la vida cotidiana […] la ruptura de los lazos
familiares, los niños nacidos en el exterior muchas veces en condiciones de
apátridas, las secuelas psicológicas y los costos —no sólo económicos— de la
reinserción social” (p. 207).
La ley fue dejada en suspenso pero, en 2002, el gobierno democrá-
tico del presidente Kirchner la rescató del tiempo y sus vientos.
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Helí Morales
El exilio fue una experiencia plural. Las y los que dejaron la
Argentina venían de distintas ciudades como Buenos Aires, Cór-
doba, Rosario, Santa Fe, Tucumán, Salta y Rosario, entre otras, y
se refugiaron en diversos países como Brasil, México, Venezuela y
Cuba, también en España, Italia, Francia y Suecia, principalmente.
Tenían distintos oficios y diversas situaciones socioeconómicas.
Había obreros, militantes de grupos políticos, abogados, profeso-
res universitarios, estudiantes, artistas, periodistas y psicoanalis-
tas. Según algunas organizaciones de derechos humanos, el exilio
involucró alrededor de dos millones de argentinos y argentinas.
Amén de las diferencias de experiencias, ciudades y de accio-
nes, algo que distinguió al ejercicio ciudadano de muchos de las y
los exiliados, además de trabajar en universidades, consultorios,
en las letras y la vida cotidiana de distintos países, fue su labor
de denuncia y difusión de los crímenes y las violaciones a los de-
rechos humanos que se realizaban en Argentina, poco antes del
golpe por grupos paramilitares y, principalmente, por el gobierno
de la junta militar durante la dictadura.
Un eje fundamental de esas denuncias fueron los “desapareci-
dos” y los presos políticos.
Muchos ciudadanos y ciudadanas no sólo debieron abando-
nar el país sino que tuvieron que sufrir el horror de saber que
sus amigos o seres queridos habían sido detenidos ilegalmente y
“desaparecidos” por agentes del gobierno y las fuerzas militares.
De este modo, surgen dentro del territorio argentino como fuera
de él, diversos grupos de defensa de los derechos civiles y huma-
nos que pugnaban, no nada más porque no se olvidara lo sucedido
durante la dictadura militar, sino que exigían encontrar vivos o
saber el destino de quienes se habían llevado por la fuerza y de
manera ilegal.
Les llaman desaparecidos
Una de las experiencias más dolorosas que puede vivir tanto un
pueblo como un sujeto es la negación de los derechos ciudadanos
vía la violencia ejercida contra su cuerpo, su existencia o contra la
de sus amigos y familiares.
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Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
No sólo el exilio cambió la geografía social y existencial de
muchos latinoamericanos, no sólo el destierro rompió familias,
sueños y vuelos, también la evidencia de la desaparición forzada
incidió de manera violenta en la vida de miles de personas. Nos
abocaremos aquí a lo sucedido en Argentina.
A partir del golpe de 1976, la junta militar diseñó una política
de terror, amén de un plan económico y social. De hecho, estos
tres factores estaban indisolublemente ligados. La tarea de “lim-
piar el país” de los “elementos subversivos” estaba anudada a una
propuesta de construcción de una sociedad con la estructura po-
lítica de un cuartel y una economía subsidiaria del orden y el pro-
greso (Calveiro, 2007).
De este modo, se instrumenta de manera sistemática la perse-
cución, encarcelamiento y ejecución de diversos ciudadanos. La
mayoría de los perseguidos pertenecían a movimientos de opo-
sición, integrantes de organizaciones de izquierda o a grupos de
defensa de los derechos civiles o humanos. Sin embargo, no se
redujo a militantes o disidentes. Muchos abogados, estudiantes,
periodistas, así como familiares de todos los señalados o personas
que presenciaban una detención o un asesinato podían ser captu-
rados y encarcelados.
La sistematización de la persecución basó la brutalidad de su
fuerza en la construcción de una figura dolorosa como son los
“desaparecidos”. Hombres, mujeres, ciudadanos, activistas o dis-
conformes podían ser detenidos sin orden legal. Las personas no
desaparecían, lo que desaparecía eran sus derechos ciudadanos.
Además, su “desaparición”, se sabía, tenía un destino: los campos
de concentración creados ex profeso para eso.
En la Argentina entre 1976 y 1980, existieron al menos 300
campos de concentración. Allí se torturaba, humillaba, encarcela-
ba y se hacían “desaparecer” a miles de personas. Se calcula que
hubo alrededor de 30,000 “desaparecidos” en esos años.
La función de los campos de concentración era clara: exponer
sin mostrar el poder de violación de los derechos humanos por
parte del ejército y la policía. Esos campos demostraban a la pobla-
ción que los que tenían el poder podían violar la ley y hacer valer
su fuerza amparados en las armas y no en la Constitución.
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Helí Morales
En el horizonte de su crueldad, lo que parecía ser el objetivo
no era sólo arrasar con cualquier posible opositor o movimiento
de rebeldía, sino desaparecer la vida, el cuerpo y la historia de
los sujetos. El gobierno militar intentaba imponerse como Otro
absoluto a partir del uso de la violencia y el horror. Este Otro se
presentaba como la ley y, al mismo tiempo, como su trasgresión
pero, sobre todo y por ello mismo, como un poder total e ilimitado
sobre el sujeto.
La tortura era el método inmediato para lograrlo. Esta toma-
ba diversos caminos: podía ejercerse como humillación, violación
sexual, quebrantamiento brutal sobre los cuerpos de los encarce-
lados, asilamiento o fusilamientos simulados y realizados ante la
población del campo. Se trataba de violencia física y psíquica con-
tra los detenidos ilegalmente.
La función de esta violación era la destrucción del sujeto. Esta
demolición se daba como desmoronamiento de su integridad tan-
to corporal como mental, se trataba de un intento de borrar sus
lazos con el exterior, de someterlo bajo la égida de una ilegalidad
ilimitada y la violencia sin lógica aparente. El terror era el medio y
el fin de esta devastación subjetiva.
Había otro modo de pretender arrancarle al sujeto su historia.
Uno de los primeros pasos en este intento de borramiento del sujeto
era que, al llegar a eso campos, se le quitaba su nombre y se le im-
ponía una cifra que lo identificaba desde entonces. Sí, como en los
campo de exterminio nazi. Al respecto dice Pilar Claveiro (2007):
“Con el ingreso a las prisiones clandestinas, el individuo sufre un
corte, una escisión entre el antes y el después, marcado por la tor-
tura, en la que aprende que ni siquiera su cuerpo le pertenece […]
Pierde de un plumazo su identidad política e incluso su identidad
primera, el nombre, para pasar a ser un número” (p. 198).
Con estos campos, la junta militar creaba un espacio de ex-
cepción a la Constitución y a la legalidad. Se trataban de cárceles
clandestinas que operaban al margen de la ley, su función y sus
caminos. Dentro de los campos de concentración había también
un cautiverio que hacía excepción. Se trataba de las mujeres que
estaban esperando un hijo. Según el testimonio de algunos y algu-
nas sobrevivientes a estos campos de la muerte, las mujeres em-
barazadas eran tratadas de manera distinta a los demás cautivos.
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Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
Habitaban con ciertas comodidades, tenían atención médica du-
rante la gestación e, incluso, después del parto. Una vez nacido el
infante, se le permitía estar con el niño o la niña el primer mes o
los dos primeros meses para que lo amantara y le cuidara. La vio-
lencia se volvía crueldad a sueldo con los actos que los militares
perpetraban contra estas mujeres. Su estado de excepción abría la
ilusión de que serían liberadas junto con sus hijos. Se le hacía creer
que ambos vivirían como un gesto de humanidad de su captores.
Pero el desenlace era otro muy diferente. Una vez que había dado
a luz o algún tiempo después de ejercer los cuidados maternos,
eran ejecutadas y, su hija o hijo, era entregado a alguna familia
de militares, allegada a ellos o vendido a personas que estaban al
tanto de su procedencia.
Si las dictaduras militares incidieron de manera terrible en la
vida de muchas personas, el secuestro de bebés y de recién naci-
dos no sólo marca una contravención a todo concepto de familia
tradicional sino que muestra en toda su estatura la feroz propuesta
de imposición como Otro absoluto de estos gobiernos de la trans-
gresión.
De la memoria, sus palabras, sus silencios y sus monumentos
El 15 de diciembre de 1983, asume la presidencia Raúl Alfonsín.
Con su llegada al poder retorna la democracia y termina el llamado
Proceso de Reorganización Nacional que comandaba la junta mili-
tar. Su tarea inmediata en lo político y lo social era intentar recons-
truir la república, los derechos civiles y las libertades, visualizar
un tiempo venidero sin dejar atrás el pasado inmediato. Para ello,
la convocatoria a la sociedad era un recordatorio de las generacio-
nes y sus gestas. En su discurso del 23 de marzo de 1984, dice al
pie de la letra: “Yo no los convoco, argentinos, los convoca toda la
historia, los convoca el futuro, los convoca la dignidad nacional,
los convocan nuestros hijos…” (citado por Palermo, 2007: 127).
Dentro de sus acciones de gobierno resalta la creación de la
Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Esta comi-
sión redacta y presenta el 20 de septiembre de 1984, el famoso
Informe Nunca más que revela las atrocidades cometidas por los
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Helí Morales
militares en contra de la ciudadanía y da personalidad jurídica al
delito de desaparición forzada, abriendo con ello el espacio do-
loroso de la evidencia de las detenciones ilegales, el secuestro de
recién nacidos, el ejercicio de la tortura y el asesinato a manos de
agentes militares y policíacos.
Este informe precipita también la posibilidad de construir una
memoria colectiva que permite hablar a cielo abierto a sobrevi-
vientes del proceso y a testigos presenciales de las violaciones a
los derechos humanos. El testimonio de quienes vivieron en carne
propia y de personas cercanas a los secuestrados y “desapareci-
dos” genera no sólo el estupor, el dolor y la condena tanto nacional
como internacional sino que inicia un periodo de denuncias lega-
les en contra de los perpetradores de tales atrocidades.
Sin embrago, no mucho tiempo después, el 24 de diciembre de
1986, el mismo presidente Alfonsín recibe la Ley 23.492 llamada
de Punto Final donde se posibilita la caducidad de la acción penal
contra los responsables de las desapariciones forzadas. Así mismo
se consolida la ley de Obediencia Debida, que desecha la acción
penal contra diversos agentes de la represión con el argumento
que actuaron bajo órdenes de sus superiores.
La ley de Punto Final dice en su artículo 1º:
Se extinguirá la acción penal respecto de toda persona por su presunta parti-
cipación en cualquier grado, en los delitos del artículo 10 de la Ley nº 23.049,
que no estuviere prófugo, o declarado en rebeldía, o que no haya sido orde-
nada su citación a prestar declaración indagatoria, por tribunal competente,
antes de los sesenta días corridos a partir de la fecha de promulgación de la
presente ley. En las mismas condiciones se extinguirá la acción penal contra
toda persona que hubiere cometido delitos vinculados a la instauración de
formas violentas de acción política hasta el 10 de diciembre de 1983.
El artículo primero de la Ley de Obediencia 23.521 debida señala:
Se presume sin admitir prueba en contrario que quienes a la fecha de comisión
del hecho revistaban como oficiales jefes, oficiales subalternos, suboficiales y
personal de tropa de las Fuerzas Armadas, de seguridad, policiales y peniten-
ciarias, no son punibles por los delitos a que se refiere el artículo 10 punto 1 de
la ley nº23.049 por haber obrado en virtud de obediencia debida.
La misma presunción será aplicada a los oficiales superiores que no hu-
bieran revistado como comandante en jefe, jefe de zona, jefe de subzona o
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Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
jefe de fuerza de seguridad, policial o penitenciaria si no se resuelve judicial-
mente, antes de los treinta días de promulgación de esta ley, que tuvieron
capacidad decisoria o participaron en la elaboración de las órdenes.
En tales casos se considerará de pleno derecho que las personas men-
cionadas obraron en estado de coerción bajo subordinación a la autoridad
superior y en cumplimiento de órdenes, sin facultad o posibilidad de inspec-
ción, oposición o resistencia a ellas en cuanto a su oportunidad y legitimidad.
Estas leyes permitieron —junto con los indultos otorgados por el
presidente Carlos Saúl Menem en los Decretos 2343, 2344, 2345
y 2346 del 30 de diciembre de 1990— un resguardo y una protec-
ción legal a quienes habían sido reconocidos, por muchos de los
perseguidos, torturados, encarcelados y testigos de secuestros de
aquellos años, como los agentes directos o mandos superiores de
las fuerzas armadas y de la policía que habían ejercido violaciones
a sus derechos y a sus libertades.
Las leyes otorgaban protección y una especie de perdón a los
asesinos y torturadores. Desde diversas esferas del poder se inten-
tó imponer una nube de olvido a lo ocurrido durante la dictadura.
Sin embrago, había voces que no permitirían que eso ocurriese.
Los familiares y amigos de los “desaparecidos” así como diver-
sas organizaciones de derechos humanos, pugnaron desde diver-
sos frentes por el esclarecimiento y la aparición con vida de los
detenidos y las detenidas ilegalmente.
La familia pasó de ser un receptáculo de transmisión de valo-
res tradicionales, a una voz y un agente de la memoria y el respeto
a la ley y a la vida. La familia ya nunca será vista como antes de que
de ocurrieran estos crímenes contra sus allegados más cercanos.
El término “familia política” cambiaba radicalmente de signo.
Y hay que decirlo claro: las voces de los familiares no espera-
ron al advenimiento de la democracia para expresar sus demandas
y realizar acciones efectivas y enérgicas en contra de la impunidad
y la violencia del Estado.
En abril de 1977, en pleno auge de la dictadura, Azucena Villa-
flor de Vicenti invitó a diversas madres a manifestarse en contra
de la “desaparición” de sus hijos e hijas. La razón era que los nom-
bres de sus familiares no estaban dentro de la lista de los deteni-
dos. Era como si hubieran “desaparecido”. Ante la certeza de que
se trataba de acción de ilegalidad por parte del Estado, deciden
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Helí Morales
manifestarse en la simbólica Plaza de Mayo. Se reúnen para tal
motivo el día 30 y, como los policías les ordenan moverse porque
estaba prohibida la agrupación de personas, comienzan a caminar
alrededor del obelisco. Comienza así uno de los movimientos más
emblemáticos de la lucha por los derechos civiles de familiares y
personas “desaparecidas”. Movimiento que fue ensangrentado por
las mismas manos que acusaba. En diciembre de ese año, Azucena
Villaflor y otras madres son secuestradas y asesinadas.
A este movimiento que después se divide en la Asociación Ma-
dres de Plaza de Mayo y Asociación Madres de la Plaza de Mayo
línea fundadora, se suman dos más: Abuelas de la Plaza de Mayo
e .....
....,1 cuyas siglas significan Hijos e Hijas por la Identidad
y la Justicia contra el Olvido y el Silencio, nace en 1995 y está
constituida por hijos de detenidos-“desaparecidos”, presos polí-
ticos, asesinados por las dictadura, ex detenidos-“desaparecidos”
y exiliados. También por todos aquellos y aquellas que se sienten
hijos de ese tiempo de persecución y asesinato. Su apuesta princi-
pal es la reivindicación de la lucha de sus familiares y amigos, tam-
bién dedican sus esfuerzos a la búsqueda de sus padres, madres,
hermanos o compañeros así como a la exigencia de juicio, castigo
y condena de los genocidas militares y sus cómplices civiles. Se
constituyen a partir de distintas comisiones para lograr sus obje-
tivos. Estas comisiones son: la de Juicio y Castigo, de la Memoria,
Legal, de Prensa, Recepción, Radio y Finanzas. Existen dos comi-
siones más, harto significativas para lo aquí trabajado: la Comisión
de los Hermanos que investiga y busca la aparición con vida de al
menos 400 jóvenes que fueron “desaparecidos” por las fuerzas del
orden y la de Identidad, que trabaja en la colocación de baldosas
en reivindicación y la memoria de “desaparecidos” y detenidos.
La otra asociación es la que congrega a madres de madres ase-
sinadas a las que les fueron sustraídos sus hijos y sus hijas. Es-
tas mujeres, autodenominadas Abuelas de la Plaza de Mayo,2 se
reúnen para denunciar el secuestro de sus nietos y la existencia
1. Para información detallada de la organización, véase: www.hijos.org.
2. Para información detallada de la organización, véase: www.abuelas.org.
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Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
durante la dictadura de centros de tortura como Campo de Mayo,
Escuela de Mecánica de la Armada y Pozo de Banfield, que servían
como espacios de maternidades clandestinas donde las madres
eran despojadas de sus bebés recién nacidos. Acusan la existen-
cia de listas de espera para la adopción por parte de familias de
militares. Así mismo, revelan que había un plan de secuestro sis-
temático de recién nacidos que servían como “botín de guerra” y
que eran entregados a familias ajenas a su nacimiento, registrados
con nombres que no eran los de su linaje, vendidos o entregados
a orfanatos bajo las siglas de NN: sin nombre. Mismas siglas que
eran utilizadas para marcar las tumbas clandestinas de los “desa-
parecidos” que eran asesinados. Se calcula que al menos 300 niños
y niñas nacieron en estos centros de detención.
La junta militar y sus brazos represores no sólo perseguían,
“desaparecían” y eliminaban opositores, ciudadanos críticos, ci-
viles rebeldes o guerrilleros organizados, también secuestraba in-
fantes y asesinaba impunemente a sus madres para robarles sus
hijos y enviarlos a un destino brutalmente trastocado por las ins-
tancias del poder y el despotismo. El sueño del Otro absoluto se
presentaba con uniforme, botas y rostro de asesino sin permiso
pero con poder. Ese Otro se arrogaba la facultad de la ley como si
fuera absoluto y, además, hospedaba su contradicción, a saber, la
trasgresión de la misma. El círculo del terror se cerraba sobre sí
mismo.
El Otro, sede de la ley, se apertrechaba en su propia natura-
leza legal. Las leyes presentaban, una vez más, a una semblante
del Otro sin falta… sin falta imputable por las leyes que desde esa
instancia se ordenaban. Sin embargo, no hay Otro sin falta, ni atro-
pello que sea infalible.
Frente a la posible impunidad de los torturadores y la adopción
de leyes por parte de algunas instancias del Estado democrático
que socorría de la justicia a militares y policías involucrados en el
asesinato, la tortura y la “desaparición” de personas, las voces y las
acciones de los familiares no dejan que el silencio y el olvido reine
sobre la pesadilla de lo ocurrido durante la dictadura. La dificultad
residía en llevar ante los tribunales a los presuntos culpables de los
delitos antes descritos. Decir, recordar, denunciar servía de mu-
cho pero, había que llegar más lejos, había que invocar a la justicia
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Helí Morales
y buscar el castigo jurídico. La memoria era el primer paso, pero
la justicia debía ser el segundo. Para ello, en un primer frente, se
incluye a un tercer elemento: la verdad.
La imposición de las leyes de Punto Final y Obediencia Debi-
da, empuja a los familiares y organizaciones civiles a convocar un
antiguo derecho vigente en la legislación no sólo nacional sino,
también, internacional, a saber, el derecho que tiene cualquier ciu-
dadano de saber la verdad sobre la muerte de sus seres queridos.
Así, a partir de 1998 comienza un movimiento en diversos lu-
gares de la república de los llamados Juicios de Verdad. La ley se
confronta con la ley abriendo una fisura a la esfera, la esfera del
poder, al poder que se sentía infalible. Legislaciones coyunturales
se enfrentaban a leyes constitucionales. Algunos jueces negaban
esta posibilidad pero eso desacataba, no sólo a acuerdos interna-
cionales sino a la mismísima Constitución que contempla y de-
fiende ese derecho. La Corte Suprema se enfrenta a embates pero
acaba reconociendo la legitimidad de diversas demandas sobre la
verdad.3
Además, había ya un precedente. En 1996, las Abuelas de la Pla-
za de Mayo presentaron ante el Juez Adolfo Bagnasco una deman-
da judicial contra quienes resultasen responsables por el secuestro
y desaparición de al menos 200 recién nacidos cuya identidad ha-
bía sido cambiada y fueron arrancados de sus madres quienes, a su
vez, habían sido asesinadas por las fuerzas represivas.
La impugnación por el secuestro y “desaparición” de infantes
da un golpe certero al muro militar. Su investidura como delito
de lesa humanidad que implica que no prescribe ni su causa ni su
persecución, abre los cauces para que la verdad se haga justicia.
Además, dentro de las mismas leyes que permitían recovecos para
la impunidad, había dos artículos que posibilitaban diversos cami-
nos para transitar de la legalidad a la acción judicial.
El artículo 2º de la Ley de Punto Final, después de aquel que
negaba la acción penal contra ejecutores de violencia política se-
ñala a la letra: “La presunción establecida en el artículo anterior
3. Mucha de la información que aquí se retoma viene del artículo de Roniger y Sznajder
(2007).
65
Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
no será aplicable respecto de los delitos de violación, sustracción
y ocultación de menores o sustitución de su estado civil y apropia-
ción extensiva de inmuebles”.
Así mismo en la ley de Obediencia Debida, se leía en el artí-
culo 5º: “La presente ley no extingue las acciones penales en los
casos de delitos de sustitución de estado civil y de sustracción y
ocultación de menores”.
Sobre esa base, sostenidos en la Constitución y la misma re-
dacción jurídica de las leyes que los protegían, en 1999 son arres-
tados y procesados altos mandos del ejército y la marina. Miem-
bros destacados de las juntas militares también son detenidos, en-
tre ellos, el teniente general Jorge R. Videla, el almirante Emilio
Massera y el almirante Rubén Óscar Franco. Ante la apelación de
estos últimos de que ya habían sido juzgados, la Corte Superior
responde con la verdad del carácter permanente de los delitos de
lesa humanidad.
Los juicios no se dejan esperar y muchos de ellos son conde-
nados. No sólo eso: después de miles de enfrentamientos jurídicos
y políticos, ante la avalancha de denuncias y manifestaciones ciu-
dadanas, frente a las contundentes evidencias judiciales, a partir
de los testimonio de quienes vivieron en carne propia la muerte,
bajo el peso de la verdad convocada y en nombre de la justicia que
merece un pueblo y cada sujeto, en 2001 el juez Gabriel Cavallo
determina que las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida son
inconstitucionales y, finalmente, el 21 de agosto del 2003, el Sena-
do y la Cámara de Diputados de la Nación Argentina reunidos en
el Congreso, declaran insanablemente nulas esas leyes. También
se logra que en marzo del 2005, se declaren inconstitucionales los
perdones otorgados a seis generales y dos vicealmirantes.
Ante la memoria, la justicia y la verdad, el Otro que se creía
y se imponía como infalible, cae rendido estrepitosamente ante
las plantas de la gente convertida en león. La historia escupe a los
tiranos que sin fuerza desparraman su pestífera hiel. Ese Otro que
enlazaba un espacio con nombres propios, acciones singulares y
órdenes precisas. Hay sujetos que quieren asumir o usurpar esa
función simbólica; ante ello, el peso de la verdad abre siempre cau-
ces a la falta en su estructura.
66
Helí Morales
Pero la memoria no sólo apela a la ley, también a su declara-
ción en los espacios de lo social. Durante los años posteriores a
la dictadura, hubo diversos intentos de levantar “memoriales” o
destruir monumentos de la represión. Menem intenta demoler el
edificio de la . Su iniciativa fracasa y el inmueble sigue repre-
sentando un testimonio arquitectónico del horror. En Neuquén se
crea el Parque de la Memoria, la Justicia y la Verdad; en Rosario se
constituye la Casa de la Memoria y en Buenos Aires surge el pro-
yecto, como recordatorio de los y las ciudadanas que allí fueron
arrojados, de:
[...] la realización de un paseo que contenga un monumento pluricultural
por los desaparecidos, que incluya sus nombres, en la Costanera, en el Río
de la Plata […] También se propuso en la capital, un Parque de la Memoria
que “debería contener los nombres de los detenidos-desaparecidos y asesi-
nados que presentó la Conadep, actualizados con aquellos establecidos más
tarde por la subsecretaría de Derechos Humanos” (Roniger y Sznajder, 1976:
246-247)
Nombrar lo innombrable
La memoria no es sin sufrimiento y los recuerdos no vienen sin
heridas. Es justamente alrededor de la dolorosa y compleja cues-
tión de los desaparecidos que, al interior de los movimientos
sociales de derechos humanos, surgen diferencias significativas.
Específicamente respecto a la exhumación de los cuerpos de los
“desaparecidos” y el lugar que allí ocupa el nombre propio.
Uno de los movimientos más representativos de la lucha contra
la violencia de la dictadura es el de las madres de las y los deteni-
dos ilegalmente. Este movimiento, después de un proceso de dis-
cusión interna, se divide en Asociación Madres de Plaza de Mayo
y Asociación de Madres de Plaza de Mayo, línea fundadora. Amén
de las diferencias respecto a los procesos democráticos y sus po-
siciones encontradas al interior de su organización que motivó
en gran parte el rompimiento, las diferencias apuntan también y,
fundamentalmente, a otros horizontes acontecidos ya dentro de la
existencia de los gobiernos democráticos. Las Madres de la Plaza
de Mayo, encabezadas por Hebe de Bonafini, no acepta la figura
67
Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
jurídica del detenido-desaparecido, por tanto se niegan a decla-
rar ante la Conadep, no suscriben la reparación monetaria por los
deudos, se oponen a las exhumaciones y no están de acuerdo con
la inscripción en los monumentos mortuorios del nombre propio,
así como su expresión en acciones específicas de las movilizacio-
nes políticas. Para ellas, están desaparecidos y deben aparecer.
Su lucha es por la aparición con vida de sus familiares y el
castigo a los culpables de su detención. No suscriben que estén
muertos y, por tanto, no aceptan el ejercicio del equipo forense
argentino que realiza exhumaciones.
Para mostrar lo anterior, demos voz, a partir de distintos dis-
cursos y declaraciones, a Hebe de Bonafini:
[...] poco a poco intentaron que las Madres aceptáramos la muerte de los
hijos, que hay que exhumarlos en los cementerios, para confirmar que están
todos muertos, sin que nadie nos diga quién, cómo, cuándo y por qué. [...],
no le prohibimos a la madre que así lo desee, la madre que cree que es su
hijo, rescatar el cuerpo, pero no con el pañuelo blanco. Y estamos en contra
de los homenajes póstumos porque así se limpian los políticos, los que estu-
vieron de acuerdo con la dictadura [...]4
Ellos fueron llevados con vida, y con vida los quieren de regreso.
Aceptar que están muertos, afirman, y realizar homenajes fúne-
bres es permitir que los militares y los represores hagan olvidar lo
sucedido y queden impunes de sus crímenes. Además, se presen-
tan no sólo como madres de los hijos de cada una de ellas que fue
secuestrado, sino de todas y todos los detenidos. Su propuesta es
hacer de la maternidad un acto socializado.
[…] en un acto absolutamente revolucionario, “socializamos la maternidad”.
Mientras todos decían “mi hijo no hizo nada, a mi hijo se lo llevaron por la
novia, a mi hija se la llevaron porque tenía una amiga”. Todos ponían una
excusa, había pocos que querían reconocer que se lo habían llevado porque
hacían algo, porque estaban comprometidos, porque amaban. Y qué quería
decir socializar la maternidad: creo que es el acto más revolucionario que las
Madres hicimos, además de ir a la Plaza. En un momento en donde todos ha-
4. Muchos de los discursos aquí referidos vienen en sitio de Internet de la Asociación
Madres de Plaza de Mayo: www.madres.org.
68
Helí Morales
blaban de la reconciliación, de la paz social, del trabajo, de todas estas cosas
que se hablan cuando se quiere que uno se quede tranquilo, de la tolerancia,
cuando se hablaba de todo eso, nosotras socializábamos la maternidad. Y
qué quiere decir esto: hacernos Madres de todos, sin elegir, desde el guerri-
llero que estuvo en el monte tucumano, al compañero revolucionario de la
ciudad, al que alfabetizaba, a los curas que defendían y protegían a nuestros
hijos y que también se los llevaron.
Mantenerlos con vida, es mantener viva la razón de su lucha y
la importancia de sus sueños revolucionarios. Su apuesta es por
seguir luchando, ahora ellas, por aquello que sus hijos e hijas
arriesgaron su vida y su suerte:
[…] no importa de qué partido u organización, querían lo mismo: la libera-
ción de la patria, querían trabajo para todos, salud, dignidad, educación y
formación política. Y eran alegres, eran felices, trabajaban, nunca estaban
cansados, estudiaban y tenían una militancia muy activa. Cada Madre tomó
su tiempo, y poco a poco, todas nos sentimos orgullosas, grandes, por tener
tantos hijos, por reivindicarlos, por decirle al mundo entero que es mentira
que “no hacían nada, se los llevaron por estar en una libreta, se lo llevó la
novia...”. Se jugaron el todo por el todo. Cuántas veces nos repitieron “no
importa, mamá, cuánto tiempo uno viva, sino para qué y por qué uno está
viviendo”. Y es verdad, tenemos un orgullo inmenso de tener estos hijos.
En un texto llamado Carta a Jesús desaparecido, Bonafini decía:
Pero quiero que sepas que te siento mi hijo; no porque yo sea como la virgen,
sino porque la lucha te transformó, porque tu pelo largo y tu barba fueron
símbolos de una época en la que nuestro hijos luchaban por la Utopía [...] La
historia se repitió y se repetirá, pero siempre habrá madres e hijos que pien-
sen que esta vida es la única que vale la pena vivir, pelear, y, si es necesario,
morir por ella y para que otros vivan.
Por todo ello, para sostener la socialización de la maternidad, no
aceptan la función memorial del nombre de los que fueran nega-
dos de sus libertades. En distintas ocasiones se ocupan, por voz de
su dirigente, de decirlo a los cuatro vientos:
A muchos les ha dado por poner placas y nombres en las paredes. Hay pibes
que no quieren. Nosotras tampoco queremos eso. No apruebo para nada esto
de poner los nombres de los desaparecidos en las paredes […] Después la gen-
te pondrá flores y velas. Eso es la muerte (Gelman y La Madrid, 1967: 63-64)
69
Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
En otro discurso señala:
Ninguna Madre pudo evolucionar de un momento para otro. Había que sacar
el nombre (de cada hijo) del pañuelo, dejar la foto que llevábamos en el pe-
cho colgada, dejar de pensar en nuestro hijo para pensar en todos los hijos,
porque todos, no importa de qué partido u organización, querían lo mismo:
la liberación de la patria, querían trabajo para todos, salud, dignidad, educa-
ción y formación política.
En Arquitectura había 145 jóvenes desaparecidos, y querían poner to-
dos sus nombres en una pared [...] parece que se los llevaron por estudiar
arquitectura. ¡No señores, falta lo principal, eran revolucionarios, se los
llevaron por eso! Rechazamos los homenajes, las plaquetas, los monumen-
tos. ¡Seguimos diciendo que nuestros hijos viven, cada vez con más fuerza!
(Bonafini, s/f).
En el discurso del 30 de mayo de 1998 afirma:
Si las madres duramos es porque hicimos todo colectivo. El día que dijimos
“luchamos por 30,000”, no llevamos más el nombre en el pañuelo ni la foto en
el pecho, ni siquiera los apellidos, cada uno de nuestros hijos es como el Ché,
representa a todos, a todos los desaparecidos de este país (Bonafini, s/f).
A diferencia de las posiciones aquí esbozadas, las Madres de la
Plaza de Mayo, línea fundadora, aceptan dialogar con la Conadep,
están de acuerdo con las exhumaciones, no suscriben la nomina-
ción de desaparecidos y rescatan el nombre para colocarlo en las
tumbas de sus seres queridos y los homenajes en los espacios de
la memoria.
Dice Laura Bonaparte, integrante de esta asociación en un dis-
curso del 9 de enero del 2001:
No deben quedar dudas en la justicia, que la apropiación ilegal de las vidas
y de los cuerpos de las personas es un crimen sin nombre. Eso es lo que ha
desaparecido. El nombre de tamaña crueldad. Me niego a llamar a mis hijas
e hijo, nuera y yernos y al padre de mis hijos, con la denominación de los
genocidas: “desaparecidos” (La Madrid, 2004: 234).
Así mismo, agrega frente a los legisladores y legisladoras de la pro-
vincia de Buenos Aires en junio de 1999:
70
Helí Morales
[…] también somos las mujeres que se rebelan contra el discurso único, que
insistimos para tener nuestra propia voz, sin estruendos pero con claros re-
clamos y denuncias. La impunidad todo lo corrompe, se instala y se cuela
por todos intersticios […] insistimos en la identidad de todos los “desapare-
cidos”, rechazamos que con nuestros muertos y “desaparecidos” se haga lo
mismo que hizo Hitler, socializar, que en su jerga es apoderarse de todos los
hijos “desaparecidos”, en nuestro caso borrando de esa manera la identidad
de cada uno, machacando la desmemoria y dejándonos, inclusive sin nombre
para sus restos (La Madrid, 2004: 235).
Y continúa:
Y porque es un derecho humano al que no vamos a renunciar, haremos un
tiempo y dispondremos también de un lugar para sus restos y que éstos den
el único testimonio irrebatible que verifica que aquí en este un país existe la
práctica genocida (La Madrid, 2004: 235).
Letras desde el psicoanálisis
El tema de los “desaparecidos” es harto complejo, doloroso y
puede recibirse y leerse desde distintos campos. Está, evidente-
mente, el de la reivindicación de verdad y justicia ante los secues-
tros y los asesinatos. También las posiciones antes referidas en lo
que concierne a la vinculación de los deudos con la nueva demo-
cracia y las leyes promulgadas. Así mismo, dentro del campo del
análisis político, social y jurídico, mucha tinta ha corrido y muchas
organizaciones y diversos movimientos se ocupan de los laberin-
tos históricos, de la elaboración y discusión legislativa, así como
de los efectos y las consecuencias políticas y sociales de los críme-
nes de Estado.
Algunas posiciones que surgen del psicoanálisis se han abo-
cado a analizar, por ejemplo, en el campo de la memoria, la im-
portancia de pensar las dimensiones de lo que implica un trauma
social.
En un intento por coadyuvar en la reflexión de tan compleja
y dolorosa situación y lejos de generar un espacio de cuestiona-
miento a las posiciones esbozadas, aquí sólo apuntaremos algunos
referentes a la cuestión del duelo, las exhumaciones y el nombre
propio.
71
Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
Cuando alguien muere, tiene el derecho de ser enterrado. Es
un derecho antiguo, histórico. Los ritos funerarios datan del prin-
cipio de lo humano y marcan, justamente, el inicio de lo simbólico
en el devenir del tiempo. Si la conciencia de muerte hace el sal-
to genealógico de lo radicalmente humano, ésta no se especifica
sino en la construcción de las primeras tumbas. Estos monumen-
tos rupestres muestran la posibilidad de pensar un símbolo que
recuerde una ausencia. Esas piedras que guardaban los restos de
alguien son la demostración de la posibilidad de hacer lenguaje de
la muerte y, con ello, de incluir en el devenir del tiempo los derro-
teros de la memoria y la significación.
Dos trazos marcan la existencia de un sujeto: el nacimiento
con sus nominaciones y la muerte con sus ceremonias luctuosas.
En ambos momentos, ya en los tiempos modernos, el nombre
cumple una función determinante. En el primer tiempo, el de ad-
venimiento, el nombre sitúa al sujeto en una genealogía que de-
vendrá el espacio de su existencia, su diferencia y su obra; en el
segundo, marca el acontecer ocurrido de esa vida que un día fue
nominada. El nombre hace historia de un devenir y demuestra que
alguien transitó por este mundo. Es nudo de historia y escritura de
tiempo. Es el acta escritural de la existencia.
Cuando se realizan las ceremonia luctuosas, los restos de los
ausentes hacen presencia simbólica en un territorio determinado.
En los sepulcros morarán para ser recordados. La tumba es el apo-
sento póstumo de la gesta de un sujeto. Es la habitación privile-
giada que habilita la despedida; es donde tienen lugar los trámites
sensibles del adiós. La inscripción de su nombre en las lápidas o
en cualquiera de las modalidades que existen para ello, permite
la instauración de un sitio donde realizar materialmente el due-
lo, ya que allí está la certeza del acontecer del fallecimiento. La
imposibilidad de asistir a esa materialidad lo deja en vilo. ¿Cómo
despedir a alguien si no se tiene la presencia material de su pasaje?
Es verdad, no se necesita ninguna tumba para recordarlo pero la
no existencia de la escritura y la recepción material de los restos
puede dejar abierto un transcurrir sin puntuación de un duelo in-
acabado.
En el caso de la incidencia política en la detención ilegal y
el homicidio desde el terrorismo de Estado, la existencia de los
72
Helí Morales
“desaparecidos” abre heridas profundas. Las personas no desapa-
recen. Son encerradas en cárceles clandestinas y, después, en la
mayoría de los casos, asesinadas. Lo que desaparece son sus dere-
chos. Derechos civiles, políticos y sociales. También humanos. Si
a los detenidos se les presenta como desaparecidos por parte de
los militares, es porque esa situación impide de manera categóri-
ca la inculpación de su asesinato. Ellos y ellas no desaparecieron,
los detuvieron, torturaron y les quitaron la vida. La no presenta-
ción de los cuerpos deja en suspenso la certeza de su muerte. Su
“desaparición” no permite la consecución jurídica del delito pero,
tampoco, la realización de un duelo porque, hacerlo, implicaría
que están muertos y, hasta que no existan pruebas de ello, subsiste
la esperanza de su aparición. Tampoco facilita el castigo de los
asesinos.
La “desaparición” es un intervalo de lo desconocido. Porque
siembra la duda siempre viva de la muerte. Pero puede suceder
que la muerte haga aparecer a quienes se llevaron. En el acaecer
de esta situación, algo que ha acontecido es la experiencia del re-
torno de los que se esperaba con vida y aparecen sin ella. Hay un
retorno como cadáver de quien se fue como joven. La violencia de
este regreso tiene mucho de insoportable.
Sea por exhumaciones o por apariciones en ríos o en distintos
lugares, la presencia de los restos de quien fuera detenido genera
una experiencia ligada a lo real. Amén del golpe por la certeza de
lo sucedido, hay un real del cuerpo de quien es desenterrado o
sale de las aguas. Hay una dimensión ominosa que retorna en eso
cuerpos.5
Dice Hebe de Bonafini en un discurso de 1995 ante la siniestra
Escuela de Mecánica de la Armada:
[…] desgraciadamente sabíamos lo que pasaba, que tiraban vivos a nuestros
hijos en la base de Punta de Indio con aviones de la base, poniendo los pies
de nuestro hijos en cemento blando y cuando el cemento se secaba los ti-
raban. Pero claro, los cadáveres volvían a aparecer. Hoy, a tantos años de
distancia, vuelven y vuelven y vuelven (Bonafini, s/f).
5. La Madrid (2004) habla de la posibilidad de pensar un duelo Unheimlich.
73
Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
Ante esta dimensión ominosa, eso de lo real que vuelve, convoca
de muchos modos la injerencia del orden simbólico: en el señala-
miento de las evidencias y las escrituras en los cuerpos que permi-
tan leer cómo ocurrió la muerte y la intervención de la violencia de
Estado; en el llamado a la ley para que levante acta de los aconteci-
mientos violentos que se perpetraron contra ellos y se pueda, desde
allí, convocar al derecho y a la justicia; en la posibilidad de encon-
trar un lugar para sus restos y un espacio para la inscripción de su
existencia que posibilite un puntuación en el transcurrir del duelo.
En Argentina, durante la dictadura, la práctica desde el Estado
de la “desaparición” golpeó a miles de familias. Con la llegada de
la democracia se han encontrado cementerios clandestinos donde
yacen muchos cuerpos enterrados bajo la nominación de NN, es
decir, “Sin nombre”.
Ante esta situación, ha surgido un trabajo intenso del equipo
de antropología forense que se ha dado a la tarea de examinar los
restos encontrados.
La exhumación no sólo abre la posibilidad del reconocimiento
químico y físico de un cuerpo sino, principalmente, de una histo-
ria singular; de una existencia subjetiva. Es el resurgimiento, en
ese retorno, de la posibilidad de recuperar el nombre propio. Es
voz de tiempo y apertura de despedida gravitacional. Es nudo de
espacialidades y estaciones.
Muchos y muchas han optado por la posibilidad de buscar a sus
seres queridos para poder darles sepultura, realizar una territoria-
lización del duelo y escribir allí su nombre y, con ello, su estirpe.
En el texto de Totem y ta, Freud (1976) realiza un análisis
retomando algunas dimensiones antropológicas. Entre algunos
pueblos, existe el tabú, en el momento del duelo, de no pronunciar
el nombre del difunto. Este tabú, curiosamente, aparece en las más
distintas latitudes, por ejemplo entre comunidades australianas,
filipinas y polinesias. También en los samoyedos de Siberia, los
toda de Ceilán, los mongoles de Tartaria, los tuareg del Sahara, los
aino de Japón, los akamba y nandi de África central y habitantes
de Madagascar y Borneo.
La evitación del nombre del difunto se acata de manera rigu-
rosa. No sólo eso, en diversas culturas se le cambia de nombre una
vez que ha fallecido para no nombrarlo; en otras —como las tribus
74
Helí Morales
australianas de Adelaida— se rebautiza a todas aquellas personas
que llevan su mismo nombre, también sucede, por ejemplo entre
los guaycurués del Paraguay, que el jefe le cambia el nombre a todo
los miembros de la comunidad, así mismo se denomina de otro
modo a los animales y objetos que se relacionaban con el difunto.
En todas estas culturas el nombre es un elemento fundamen-
tal de la existencia que, incluso, se llega a fusionar con la persona
nominada o a presumir un robo del espíritu si se lo sabe sin con-
sentimiento del implicado. Las leyendas, el pensamiento mágico
que subyace a las tradiciones antes mencionadas, no atañen a la
mentira sino a un fragmento de verdad. Estos mitos, esos textos
míticos operan como contenido manifiesto de una verdad cifrada.
La verdad no corresponde a la aparición del difunto que viene del
más allá si se le nombra, sino a la dimensión de altísima significa-
ción que implica. El nombre propio, eso parece ser lo que el mito
señala, convoca un poder. Hay una fuerza, un poder que le atañe,
que le concierne; que lo singulariza. Más allá de la dimensión má-
gica, histórica y antropológica, Freud (1976) señala un peligro en
su silenciamiento: “se extiende también en el sentido de evitar la
mención de todo aquello en que ese difunto desempeñó un papel;
y de este proceso sofocador resulta la importante consecuencia de
que esos pueblos no tengan tradición ni reminiscencias históricas,
y las máximas dificultades se opongan a una exploración de su
prehistoria” (p. 62).
Si no se dice el nombre, se puede difuminar su trazo. Nombrar
el nombre es decir historia, tiempo; pertenencia social. El nombre
propio es la escritura de un linaje. Es la nominación que convocan-
do a la letra hace pronunciar una historia que se singulariza. En cada
nombre se dice la gesta de un sujeto pero también de los suyos, de la
cultura a la que pertenece; a la progenie que corresponde. Es la me-
moria al pie de la letra de una historia singular, a la vez que cultural.
Sí, el nombre propio tiene la estructura de una banda de Moebius:
su “interioridad” singular es, a la vez, diferencia y recepción de esa
“exterioridad” de la genealogía simbólica que viene del Otro. Borrar
un nombre implica tachar esa dimensión temporal.
El nombre propio, desde esta perspectiva, se consolida como
la escritura de una legalidad de existencia. Es la materialidad de
su escritura en el pergamino del Otro. Funge como garantía de
75
Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
presencia histórica y de asentamiento jurídico. El sujeto por su
nombre recibe garantías de la ley. El nombre es imprescriptible ya
que el derecho a portarlo y a defenderlo no decae con el tiempo;
es permanencia infinita más acá de la vida, más allá de la muerte.
También es inalienable, no puede ser objeto de negocio, no se ven-
de porque su valor es inestimable.
Desde allí, el nombre propio es un sostén escritural del sujeto.
Es su acta. Dice Lacan (1963) en el único seminario de Los nom-
bres del padre: “El nombre es esa marca, ya abierta a la lectura…
algo está impreso, quizás un sujeto que va a hablar” (s/p). Insistir
en el nombre, en la materialidad, en la inscripción, es no callar la
voz de quien lo porta o lo sostiene. Y, en tanto que infinito, soste-
ner su escritura, es no dejar que su voz cese.
El nombre propio no hace a la identidad pero la hace entrar en
juego. No es la identidad porque su función es mucho más la de ha-
cer costura al agujero, a la falta que constituye al sujeto. El sujeto
no sabe lo que es pero su nombre es la cicatriz de su enigma. Para
Lacan, el nombre propio opera como sutura que atañe al agujero
del no saber del sujeto respecto a sus incidencias. La costura que
realiza hace que el nombre propio venga al lugar de la falta.
El nombre propio es una sutura de la falta que no la hace fal-
tar. Es porque hay falta que se ejerce el cosido. Esta no la niega,
la afianza como falta que existe. Si no hubiese falta no habría hil-
vanado. Pero esa falta atañe a algo radical, atañe a la muerte. La
muerte es el único Herr, el único Signor, el único amo absoluto. El
nombre propio es aquello que hace de sutura a la falta, a la falta
que evoca la muerte. El nombre propio es materialidad temporal
del Nombre del Padre. El apellido es la escritura de una estirpe.
Viene de la muerte de los ancestros. Es su presencia en tanto au-
sencia. La historia agujerada de un sujeto está signada en su ape-
llido. También en su nombre de pila, en su prenom. El nombre, en
su origen, viene del Otro. El nombre que es nombre y apellido. Es,
desde ese espacio del Otro, donde brota; de esa función de nomi-
nación simbólica. El nombre propio sutura la genealogía que ante-
cede mi existencia. Pero también la que puede seguir en el devenir
de la historia por venir.
Este venir viaja de lejos pues es el Otro el que nombra. El su-
jeto nombra su nombre como lo nombra el Otro. Yo me nombro
76
Helí Morales
como el Otro me lee. Sí, viene del Nombre-del-Padre. En el nombre
hay una incidencia simbólica que ubica al sujeto en una genealogía.
Pero además, hay una nominación que toca otro registro. El nombre
nombrado hace decir al Nombre del Padre, es decir, lo ubica clara-
mente como nombrante. En él, la función del padre es nombre ge-
nealógico y voz que asigna. La voz que nombra es una nominación
que atañe a lo real. El nombre es un sinsentido pues no significa en
sí mismo nada y, sin embargo, conlleva un sentido que va más allá
del significante. Los nombres en tanto palabra pueden significar por
su heráldica tal o cual cosa, pero eso no significa al sujeto. Su nom-
bre no lo define como significado de un idioma, lo presenta como
portador de una nominación que lo sostiene más allá de la significa-
ción. No se trata de significados sino de sentido. Un sentido como
voz que nomina sin significar. Un sentido en lo real. Es sonido de
llamado en el túnel de la historia: la social y la personal.
Búsqueda, heridas y escritura
En el dolor de lo provocado por la represión y la violencia de la
dictadura militar se han gestado muchas historias. Historias no
sólo de madres y abuelas. También de padres. Aquí convocare-
mos una. La de un poeta, periodista y pensador político argentino.
Un hombre que transitó en su exilio por Roma, Madrid, Managua,
París, Nueva York para residir, finamente en México, desde 1988
hasta el día de su muerte. Nos referimos a Juan Gelman.
El 24 de agosto de 1976, su hijo, Marcelo Ariel Gelman y su
compañera María Claudia García Irureta Goyena, fueron secues-
trados por fuerzas estatales. Durante muchos años no se supo
nada de ellos, de su paradero o su suerte. Juan Gelman no dejó de
buscar a su hijo y de insistir en saber sobre su destino. En 1989, el
Equipo Argentino de Antropología Forense lo encontró en un ce-
menterio de Buenos Aires. La identificación de sus restos permitió
saber que fue asesinado, aproximadamente, en octubre de 1979 y
que la causa de su muerte fue un tiro por la espalda.
También permitió que exista ahora una lápida donde quedan
asentados su lugar y fecha de nacimiento, así como su nombre y
una inscripción que dice: Rescatado de la noche y la niebla genocidas.
77
Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
Sobre ello escribió el padre:
[...] El hecho de haber encontrado los restos de mi hijo y de haberlos podido
enterrar cerca de donde descansan mis padres me trajo un cierto alivio. El
dolor no desapareció pero se mitigó, puedo vivir mejor con él porque sé que
hay un lugar donde está su memoria. Es, además, la reinstalación de alguien
no sólo en su propia historia sino en la historia de la civilización, en la his-
toria de nuestra cultura. Es imposible que alguien desaparezca. El derecho a
una tumba es el derecho tal vez más elemental de cada ser humano que viene
del fondo de los siglos. La crueldad de mantener a los familiares a oscuras
—y que eso alimente a veces ciertas esperanzas— me parece una continua-
ción terrible de la represión misma (citado en Panizo y Campos, s/f).
Pero sus esfuerzos no quedaron allí. La compañera de su hijo, al
momento de ser detenida, tenía siete meses de embarazo. Ellos
seguramente habían tenido un hijo o una hija que los militares
habían secuestrado y también hecho “desaparecer”. Siguió con
la indagación del paradero ahora de su nieto o de su nieta. Dice
su compañera Mara La Madrid (2004): “Se trataba de devolverle
su filiación como un acto de lealtad a María Claudia y a Marcelo,
como continuidad de un linaje, como transmisión de una historia”
(p. 245).
En diciembre de 1995, Juan Gelman publicó en el Semanario
Brecha de Montevideo un texto entrañable a un niño o una niña
que no conocía personalmente pero reconocía genealógica y amo-
rosamente. Se trataba de una carta abierta para él o para ella:
Dentro de seis meses cumplirás 19 años. Habrás nacido algún día de octubre
de 1976 en un campo de concentración.
Poco antes o después de tu nacimiento, el mismo mes y año, asesinaron
a tu padre de un tiro en la nuca disparado a menos de medio metro de distan-
cia. Él estaba inerme y lo asesinó un comando militar, tal vez el mismo que lo
secuestró con tu madre el 24 de agosto en Buenos Aires y los llevó al campo
de concentración Automotores Orletti que funcionaba en pleno Floresta y
los militares habían bautizado “El Jardín”.
Tu padre se llamaba Marcelo. Tu madre Claudia. Los dos tenían 20 años
y vos, siete meses en el vientre materno cuando eso ocurrió. A ella la trasla-
daron —y a vos en ella— cuando estuvo a punto de parir. Debe haber dado
a luz solita, bajo la mirada de algún médico cómplice de la dictadura militar.
Te sacaron entonces de su lado y fuiste a parar —así era casi siempre— a
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Helí Morales
manos de una pareja estéril de marido militar o policía, o juez, o periodista
amigo de policía o militar.
Había entonces una lista de espera siniestra para cada campo de con-
centración: los anotados esperaban quedarse con el hijo robado a las prisio-
neras que parían y, con alguna excepción, eran asesinadas inmediatamente
después. Han pasado 12 años desde que los militares dejaron el gobierno y
nada se sabe de tu madre. En cambio, en un tambor de grasa de 200 litros que
los militares rellenaron de cemento y arena y arrojaron al río San Fernando,
se encontraron los restos de tu padre 13 años después. Está enterrado en La
Tablada. Al menos hay con él esa certeza.
Me resulta muy extraño hablarte de mis hijos como tus padres que no
fueron. No sé si sos varón o mujer. Sé que naciste. Me lo aseguró el padre
Fiorello Cavalli, de la Secretaría de Estado del Vaticano, en febrero de 1978.
Desde entonces me pregunto cuál ha sido tu destino. Me asaltan ideas con-
trarias.
Por un lado, siempre me repugnó la posibilidad de que llamaras “papá” a
un militar o policía ladrón de vos, o a un amigo de los asesinos de tus padres.
Por otro lado, siempre quise que, cualquiera hubiese sido el hogar al que
fuiste a parar, te criaran y educaran bien y te quisieran mucho. Sin embargo,
nunca dejé de pensar que, aun así, algún agujero o falla tenía que haber en el
amor que te tuvieran, no tanto porque tus padres de hoy no son biológicos
—como se dice—, sino por el hecho de que alguna conciencia tendrán ellos
de tu historia y la falsificaron. Imagino que te han mentido mucho.
También pensé todos estos años en qué hacer si te encontraba: si arran-
carte del hogar que tenías o hablar con tus padres adoptivos para establecer
un acuerdo que me permitiera verte y acompañarte, siempre sobre la base
de que supieras vos quién eras y de donde venías. El dilema se reiteraba
cada vez —y fueron varias— que asomaba la posibilidad de que las Abuelas
de Plaza de Mayo te hubieran encontrado. Se reiteraba de manera diferente,
según tu edad en cada momento.
Me preocupaba que fueras demasiado chico o chica —por no ser sufi-
cientemente chico o chica— para entender por qué no eran tus padres los
que creías tus padres y a lo mejor querías como a padres. Me preocupaba
que padecieras así una doble herida, una suerte de hachazo en el tejido de tu
subjetividad en formación. Pero ahora sos grande. Podés enterarte de quién
sos y decidir después que hacer con lo que fuiste. Ahí están las Abuelas y su
banco de datos sanguíneos que permiten determinar con precisión científica
el origen de hijos de desaparecidos. Tu origen.
Ahora tenés casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto se-
rás mayor que ellos. Ellos se quedaron en los 20 años para siempre. Soñaban
mucho como vos y con un mundo más habitable para vos. Me gustaría ha-
blarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para
que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de
él. Para reparar de algún modo ese corte brutal o silencio que en la carne de
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Violencias de Estado: exilio y desaparición forzada
la familia perpetró la dictadura militar. Para darte tu historia, no para apar-
tarte de lo que no te quieras apartar. Ya sos grande, dije.
Los sueños de Marcelo y Claudia no se han cumplido todavía. Menos
vos, que naciste y estás quién sabe dónde ni con quién. Tal vez tengas los
ojos verdegrises de mi hijo o los ojos color castaño de su mujer, que poseían
un brillo muy especial y tierno y pícaro. Quién sabe cómo serás si sos varón.
Quién sabe cómo serás si sos mujer. A lo mejor podés salir de ese misterio
para entrar en otro: el del encuentro con un abuelo que te espera.
La nieta y su abuelo se encontraron el 31 de marzo del 2000. Des-
pués de saber su verdadera identidad, cuando tenía 21 años, en
medio de tantas perdidas y tanto perdido, ella recuperó los apelli-
dos de sus padres, recuperó su nombre y, con ello, muchas cosas.
Se llama María Macarena Gelman García.
Habría muchas cosas por decir y diversas interrogaciones por
formular pero, puntuar aquí, es dejar abierta la historia y, también,
la herida.
Con la llegada de la democracia en 1983, muchos que habían
salido exigidos por la violencia, volvieron a sus pueblos con sabor
a vino Malbec, a sus calles con aroma de mate cocido. Regresaron
para caminar por la facultad donde estudió el Ché, calentarse con
ponchos rojos, comer un asado en el quincho, tomar un café de La
Paz, o bañarse en un Mar de Plata. Otras se quedaron donde lle-
garon pues las raíces se habían enredado fuerte con otras surgidas
en esos lares. Varios volvieron a su ciudad natal y, después de un
tiempo, regresaron a la que les había acogido pues la existencia tie-
ne enigmas que las geografías no saben descifrar. Hay, así mismo,
algunas que siguen buscando un lugar donde aposentar sus sueños
en la estela marina de una Ítaca posible. Pero también, hubo quie-
nes salieron de niños, se hicieron jóvenes lejos del cielo que los
vio nacer y nunca volvieron a la casa de la abuela. La tierra que les
recibió será el hogar eterno donde llevarles flores y recordarles en
su vuelo temprano.
En agosto de 2005, se anunció que posiblemente se habían
encontrado, en el Batallón 14 del departamento de Canelones en
Uruguay, los restos de la madre de María Macarena. A ciencia cier-
ta, desde el análisis de la antropología forense, no se pudo compro-
bar de manera inequívoca, sin embargo se puede decir claramente
que: “María Claudia fue asesinada de un tiro en la nuca disparado
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Helí Morales
a menos de medio metro de distancia. Sus asesinos pertenecen
a las fuerzas de seguridad uruguayas. Está enterrada en un pre-
dio militar de la ciudad de Montevideo. Sin tumba con su nombre,
continúa, aún, ‘desaparecida’” (La Madrid, 2004: 249)
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torno al golpe de Estado. México: Colegio de México.
Documentos oficiales
Ley 23.492 de Punto Final. República de Argentina.
Ley 23.521 Obediencia Debida. República de Argentina.
81
Capítulo 3
Mutantes. El psicoanálisis interpelado
por las formas de subjetivación
contemporáneas
Ana Hounie
Resumen
Disponerse a escuchar la experiencia del sujeto que dice
de su dolor de existir requiere, necesariamente, perma-
necer alerta a las transformaciones cuya vertiginosidad
producen las singulares condiciones de subjetivación contempo-
ráneas. Ellas se expanden, se tensan, se pliegan y se difuminan,
creando un escenario complejo en el que la práctica psicoanalítica
debe reconsiderar la ética de su praxis. La institución psicoanalí-
tica, cuestionada en la exigencia de eficacia, conminada a sacudir
los ropajes con los que aseguraba la filiación de un corpus teórico
supuestamente incólume, acompaña en ese sentido los mismos
derroteros que la institución familiar. ¿Cómo pensar entonces
“la familia” hoy desde “el psicoanálisis”? Acercar una respuesta
supone entender las condiciones por las cuales no se sostiene la
existencia de ninguna entidad totalizante a cuya crisis estaríamos
asistiendo. En ese sentido, el texto propone resituar las condicio-
nes de producción de subjetividad contemporáneas por las que
el sujeto hablante se construye en ese espacio “ex-timo” (Lacan,
1965). Tal como proponen Deleuze y Guattari: “el niño está con-
tinuamente en familia; pero en familia y desde el principio, lleva a
cabo inmediatamente una formidable experiencia no-familiar que
el psicoanálisis deja escapar” (1985: 52).
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Ana Hounie
Dilucidar el lugar de la familia hoy en la producción deseante
supone desplegar las variadas formas con las que nuestro tiempo re-
inventa respuestas para una pregunta siempre al alcance de la mano
en la demanda al psicoanálisis: la cuestión del origen. Sin embargo,
en tanto que su abordaje es siempre mítico, ello instaura la inte-
rrogante por alguna de estas ficciones verdaderas. Allí la figura del
“mutante” compone una particular condición subjetivante en la que
no deja de reconocerse el modo de pensamiento de una época pro-
puesto desde el campo de la filosofía y epistemología ( v.g. Latour,
2008), al del arte y la ciencia-ficción (v.g. Scott, 1982).
Sin “familiarismo” mediante que insista en el mantenimiento
de filiaciones que se arroguen la certitud de la respuesta por el ser
(conduciéndolo a los caminos de lo normal y lo anormal, lo sano
y lo patológico), las condiciones del lenguaje que hoy nos con-
ciernen imponen a los psicoanalistas un posicionamiento ético-
político sine qua non. Esta responsabilidad implica discernir en las
formas de la locura actual, aquellas que infructuosamente buscan
sustraerse de las coordenadas que diseñan espacios para habitar la
subjetividad.
Un tren de hierro con veinte vagones,
cuando descarrila, él sólo no se recom-
pone. La cabeza del tren o sea la máqui-
na, como es de hierro, no reacciona. Se
queda en el lugar. Porque la máquina es
un artificio fabricado por el hombre. Y
no tiene ser. No tiene destinación de
Dios. Ella no tiene alma. Es máquina.
Pero eso no ocurre con el ciempiés.
Yo tuve en la infancia una experiencia
que comprueba lo que digo. De niño, el
ciempiés siempre me pareció un tren. El
ciempiés parece que tira de vagones. To-
dos los vagones del ciempiés se movían
como vagones del tren. Ondulaban y ha-
cían curvas como los vagones del tren.
Un día nosotros tuvimos la mala idea de
descarrilar al ciempiés. E hicimos esa
maldad. Esa travesura. Cortamos todos
los tramos del ciempiés y los dejamos en
el terreno. Los tramos separados como
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Mutantes. El psicoanálisis interpelado por las formas de subjetivación contemporáneas
los vagones de la máquina. Y los tramos del ciempiés empe-
zaron a moverse. ¡Lo que es la naturaleza! Yo no estaba pre-
parado para presenciar aquella cosa extraña. Los tramos del
ciempiés comenzaron a moverse y a acercarse unos a otros
para enmendarse. Nosotros, los niños, no estábamos prepa-
rados para presenciar aquella cosa extraña. Pues el ciempiés
estaba recomponiéndose. Un tramo del ciempiés buscaba a su
compañero, parece que por el olor. Nosotros como que reco-
nocíamos la fuerza de Dios. La cabeza del ciempiés estaba al
frente y esperaba a los vagones que se enmendaran. Después,
más tarde yo escribí este verso: Con pedazos de mi yo monto
un ser atónito... Ahora me pregunto si ese verso no vino de la
travesura de niño. Ahora quien está atónito soy yo.
Manoel de Barros (2003)1
¿Qué cosa quiere decir disponerse a escuchar palabras que invo-
can, palabras que duelen, palabras que engañan y que son la misma
experiencia de un malestar? ¿Y más aún, qué significa “hacer con
ellas” algo que algunos insisten en llamar “ciencia” y otros “arte”?
Las respuestas a estas cuestiones implican definiciones que
delimitan un campo de intervención con episteme y poiesis especí-
ficas, convocando tácticas y estrategias que resuenan en los cuer-
1. “Um trem de ferro com vinte vagões quando descarrila, ele sozinho não si recompõe.
A cabeça do trem ou seja a máquina, sendo de ferro não age. Ela fica no lugar. Porque a
máquina é uma geringonça fabricada pelo homem. E não tem ser. Não tem destinação
de Deus. Ela não tem alma. É máquina. Mais isso não acontece com a lacraia. Eu tive
na infância uma experiencia que comprova o que falo. Em criança a lacraia sempre
me pareceu um trem. A lacraia parece que puxava vagões. E todos os vagões da
lacraia se mexiam como os vagões de trem. E ondulavam e faziam curvas como os
vagões de trem. Um dia a gente teve a má ideia de descarrilar a lacraia. E fizemos
essa malvadeza. Essa peraltagem. Cortamos todos os gomos da lacraia e os deixamos
no terreiro. Os gomos separados como os vagões da maquina. E os gomos da lacraia
começaram a se mexer. O que é a natureza! Eu não estava preparado para assistir
àquela coisa estranha. Os gomos da lacraia começaram a se mexer e se encostar um
no outro para se emendarem. A gente, nos, os meninos, não estávamos preparados
para assistir a àquela coisa estranha. Pois a lacraia estava se recompondo. Um gomo da
lacraia procurava o seu parceiro parece que pelo cheiro. A gente como que reconhecia
a força de Deus. A cabeça da lacraia estava na frente e esperava aos outros vagões se
emendarem. Depois, bem mais tarde eu escrevei este verso: Com pedaços de mim
eu monto um ser atónito. Agora me indago se esse verso não veio da peraltagem do
menino. Agora quem está atónito sou eu” (De Barros, Manoel, Memorias da infancia,
2003). Las cursivas son mías.
84
Ana Hounie
pos que hablan. Pero las palabras no pertenecen al hablante. Tal es
la enseñanza del psicoanálisis. No pertenecen al analista. Son las
parias de una época.
Portando sentidos y sin-sentidos del espacio social en el que
habitan, recorren los ámbitos cotidianos de resistencia y disputa a
las imposiciones de los discursos instituidos, desplegando su po-
der, su potencia transformadora.
Esta última siempre deviene una herramienta eficaz a la hora
de conmover los espacios consolidados. Por esto, tales movimien-
tos cuyo carácter resulta eminentemente político, despliegan en el
escenario de la clínica —desatinadamente llamado íntimo— una
atmósfera que envuelve con “aires de familia” a las mismas coor-
denadas con las que nos subjetivamos singular y colectivamente.
De ahí que preguntarse hoy en día por “la familia” desde este
lugar que el psicoanálisis ofrece, suponga escuchar las resonancias
que en dicho espacio tiene la multiplicidad de discursos y saberes
(antropológico, jurídico, filosófico, económico, educativo…) que
ha llevado a ponerla en cuestión, a sacudirla, a ubicar bajo sospe-
cha su calidad de ser la garante última de subjetivación. Una escu-
cha de esta índole supone estar atento a la producción de conoci-
miento actual desde dichos campos sobre el tópico que nos ocupa.
Los desarrollos dispuestos en el “aire de los tiempos” denuncian
el lugar candente que la institución familiar ha adquirido en los de-
bates actuales debido a los cambios indiscutibles que la misma ha
encarnado y que han hecho énfasis principalmente en sus formas.
Lo que se ha dado en llamar “nuevas configuraciones familia-
res” ha promovido en el psicoanálisis la necesidad de repensar la
teoría sobre los procesos de subjetivación al seno de lo familiar, a
la luz de las nuevas modalidades vinculares que albergan al cacho-
rro humano. Éstas, designadas a través de múltiples nominaciones,
nombran la diversidad a la que asistimos cuya realidad se constata
en el mundo occidental.
Así, por ejemplo, se hablará de familias nucleares, unipersonales,
monoparentales, re-ensambladas, polinucleares, homoparentales y
otras, para dar cuenta de una experiencia cotidiana de lazo social
que muestra la inequívoca eclosión del modelo de familia burguesa
instalado por la modernidad. De este modo podemos encontrar nú-
cleos familiares conformados por padre, madre e hijos (biológicos
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Mutantes. El psicoanálisis interpelado por las formas de subjetivación contemporáneas
o no);madre sola con hijos;padre sólo con hijos;abuelos que crían
a sus nietos;una madre o un padre con su nueva pareja y los hijos
de esa madre o ese padre con su otra pareja;parejas de mujeres con
hijos;parejas de hombres con hijos;parejas de hermanos con hijos
de uno u otro y tantas otras combinaciones posibles.
A ello hay que agregar formas familiares vinculadas a procesos
de institucionalización del lactante: distintas formas de hogares
sustitutos y otras representaciones provenientes de una escola-
rización cada vez más temprana del pequeño sujeto social. Aún
más, a estas fuentes de subjetivación, cabe añadir aquellas que han
sacudido todavía más las incesantes transformaciones a las que se
ve sometida la institución familiar a raíz del exponencialmente
creciente progreso de la tecno-ciencia en todo lo referido a la ma-
nipulación genética2 y la fertilización asistida.3
2. Un ejemplo relativamente reciente resulta dado por la autorización social de los
procedimientos para la creación de un humano con material genético de tres personas:
un padre y dos madres. El Parlamento de Reino Unido aprobó en 2013 la legalización
de una controvertida técnica científica que permite la creación de bebés utilizando el
 de tres persona: “Aunque suene a quimera, ya hay niños que tienen dos madres
y un padre, por lo menos genéticamente hablando. En los años noventa, se creó el
primero. Un grupo de científicos estadounidenses añadieron parte del óvulo de una
madre al de otra, como tratamiento de infertilidad, según New Scientist. Por tanto, el
niño tenía material genético de dos mujeres y de un hombre. La  (Food and Drug
Administration) lo prohibió, pero se han realizado técnicas parecidas en otros países.
En el Reino Unido, están experimentando en embriones con tres padres. El objetivo
es evitar ciertas enfermedades genéticas que se transmiten por el  mitocondrial”.
Recuperado de: http://www.kindsein.com/es/28/2/653/.
3. Nardiz agrega a ello “la posible sustitución de las relaciones sexuales por una
intervención médica, que comenzó a practicarse en 1950 con la inseminación
artificial interconyugal, seguida por la inseminación artificial con donante a partir de
1970 y, más tarde, por la fecundación fuera del cuerpo de la madre (resultando los
“niños probetas”, como es el caso de Louise Brown, nacida en 1978, en Inglaterra) y
por la donación de óvulos, a partir de 1985. Todos estos avances hicieron factible una
serie de situaciones que, al saltar a los medios de difusión, causaron perplejidad, como
el caso ocurrido en 1985 a una joven francesa (Tubert, 1991: 275) y en 1995 a una
joven británica (El País, 18 de julio de 2002: 64), que consiguieron ser inseminadas
con los espermas congelados de sus maridos muertos; el de una mujer de cuarenta
y ocho años que daba a luz a trillizos, que eran los hijos genéticos de su hija y de su
yerno (Tubert, 1991: 276); el de una señora que a los sesenta y dos años pudo quedar
embarazada de un niño concebido de un óvulo donado y del semen de su hermano,
que estaba ciego y parapléjico a causa de un intento de suicidio (Roudinesco, 2002:
186); el de una joven virgen que tuvo un hijo, producto de una inseminación; o el del
matrimonio Stern, que se tuvo que enfrentar a la madre subrogada a la que habían
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Ana Hounie
Esto ha promovido interrogantes acerca de la “identidad”4 de las