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Rafael Sagredo Baeza, Historia mínima de Chile, México: El Colegio de México, 2014.

Authors:
  • Universidad Andrés Bello, Viña del Mar, Chile
Revista de Indias, 2015, vol. LXXV, n.º 265
Págs. 853-892, ISSN: 0034-8341
ALTEZ, Rogelio, Desastre, independencia y transformación. Venezuela y la
primera república en 1812, Castelló de la Plana, Publicacions de la Universitat
Jaume I, 2015, 285 pp.
El libro más reciente del prolífico antropólogo e historiador Rogelio Altez
–profesor de la Escuela de Antropología de la Universidad Central de Venezuela–,
forma parte de un nutrido y renovado grupo de investigaciones que en los últimos
años lograron demostrar que sí era posible repensar las independencias hispanoa-
mericanas, a través de una minuciosa consulta y crítica documental para dar paso a
una original interpretación analítica de los procesos sociales, políticos y culturales
que caracterizaron al período más estudiado de nuestra historia. De esta manera se
logró, al menos en el espacio académico, deslindarse de los relatos «invariables» de
la historiografía patria o nacionalista dominante. Nuestro reto como historiadores
será llevar este nuevo conocimiento a las generaciones más jóvenes acostumbradas
a los panteones centenarios repletos de ilustres héroes revolucionarios civiles y
militares de aquella gesta libertaria fundadora de naciones desde el río Bravo hasta
la Patagonia.
En las primeras páginas de Desastre, independencia y transformación. Vene-
zuela y la primera república en 1812, el autor revela que existen al menos dos
premisas claves en su trabajo de investigación. La primera de ellas sostiene que
las independencias hispanoamericanas, como cualquier proceso traumático que
conduce inevitablemente a cambios significativos en la sociedad, son evidencia
de las transformaciones que le son propias a la existencia humana; es decir, son
«históricas», y por consiguiente, es necesario un acercamiento analítico que permita
entender que a pesar de la alteración, estas sociedades no desaparecieron, sino que
continuaron sus procesos durante y después de los hechos transformadores que
vivieron en un momento determinado. Y en ese sentido, y aquí la segunda premi-
sa, destaca la estrecha vinculación entre los seres humanos y la naturaleza que le
rodea, relación que tiene que ser comprendida también como un «hecho históri-
co», entre ella los fenómenos naturales. Así toma sentido su aproximación a los
terremotos de 1812 y su vinculación con el estudio del proceso de independencia
venezolano; en sus propias palabras: «Investigando los efectos destructores de los
sismos entendí que estaba tratando con hechos históricos que, como la revolución
y la guerra, se hallaban igualmente determinados por su contexto, tanto material
como el simbólico». (p. 10).
El trabajo de Altez se desarrolla sobre un planteamiento analítico categórico: la
independencia, antes que un efecto de la modernidad, fue un proceso histórico, polí-
tico y social propio de los contextos donde tuvo lugar, y en ello se detiene el autor
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al tratar el caso de la primera república venezolana en el marco de los terremotos
del 26 de marzo de 1812, lo que determinó el principio del final de la breve pero
dinámica, rica e inédita experiencia republicana y representativa.
La más reciente publicación de la colección «América» de la Universidad de
Jaume I es la versión más acabada de casi dos décadas de trabajo documental sobre
el tema realizada por Altez en ambos lados del Atlántico. Muchas de las perspectivas
analíticas de su autor fueron expuestas en diversas publicaciones –ya sea como edi-
tor, compilador o autor principal–, que sirvieron de precedentes a esta investigación;
podríamos mencionar entre las más importantes las siguientes: Las independencias
hispanoamericanas: un debate para siempre (Bucaramanga, Universidad Industrial de
Santander, 2012, 399 pp.); Si la naturaleza se oponeTerremotos, historia y sociedad
en Venezuela (Caracas, Editorial Alfa, 2010, 316 pp.); Documentos para el estudio de
un desastre (Caracas, Academia Nacional de la Historia, 2009, 404 pp.); y El desastre
de 1812 en Venezuela: sismos, vulnerabilidades y una patria no tan boba (Caracas,
Universidad Católica Andrés Bello/Fundación Empresas Polar, 2006, 522 pp.).
Desastre, independencia y transformación. Venezuela y la primera república
en 1812, está dividido en siete capítulos que dan cuenta de la debacle –vertigi-
nosa, dramática y violenta– del orden colonial y que llevó al establecimiento de
un orden republicano y representativo en Tierra Firme, sin olvidar los intensos
debates y recurrentes contradicciones que suscitó su conformación exitosa en la
segunda década del siglo XIX, primero como parte integral de la experiencia «gran»
colombiana y luego como nación independiente bajo el nombre de República de
Venezuela en 1830. Aunado a ello, incorpora una amplia y reciente selección de
fuentes consultadas, y una introducción que llamó “Herramientas interpretativas,
donde plantea interesantes consideraciones sobre su investigación, ideas que están
sintetizadas a manera de reflexión final en el último capítulo titulado “Indepen-
dencia y transformación.
Como mencioné brevemente en las primeras líneas de esta reseña, a lo largo de su
texto Altez insiste en la importancia de entender las independencias hispanoamericanas
como «procesos» dentro, eso sí, de un proceso de mayor envergadura, aunque esto no
quiere decir que deben comprenderse como abstracciones desconectadas del entorno
donde se iniciaron y materializaron, guardando especial atención a las particularida-
des específicas de cada sociedad partícipe de ese cambio; es por esta razón que las
independencias deben ser entendidas como procesos sociales, es decir, «históricos».
Enfatizando sobre este punto, advierte que la «modernidad», entendida como el marco
simbólico y conceptual en el que se insertan los procesos de independencias hispano-
americanos, no puede ser ni su causa ni su explicación; tienen que ser vislumbradas
tanto como un producto y como productoras de «modernidad».
Teniendo presente estos dos antecedentes –y es lo interesante de su multimetodo-
lógica propuesta–, el autor recurre al «estudio histórico y social de los desastres» «que
asume las catástrofes en general como indicadores de procesos siempre subyacentes
que no se disipan luego de ocurridos los hechos, sino que se vuelven dramáticamente
evidentes o bien prosiguen de manera soterrada su desenvolvimiento en el tiempo y
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en el espacio». (p. 28) Al analizar los primeros años de la independencia venezolana
como un «desastre», interpretó el desenlace trágico que se desarrolló como conse-
cuencia de varias «amenazas», materializadas en «un contexto vulnerable». Esta pro-
puesta cobra sentido en el contexto de la destrucción generalizada de los sismos de
1812 y del período más cruento de la guerra, no así en los últimos años del proceso
emancipador de Tierra Firme.
Altez parte del hecho de observar la independencia «como una transición en forma
de crisis que no solamente representa el cese del modelo colonial, sino el advenimiento
de nuevos sentidos comprensivos de la realidad, así como también el indicador más
significativo de los procesos sociales a través de los cuales se materializaba aquella
crisis». Es decir, se trató de una «coyuntura desastrosa» que juntó una sucesión de
eventos desfavorables responsables de convertir aquel escenario en una «catástrofe tan
inevitable como estremecedora. […] El proceso de independencia acabó siendo, más
allá de las glorias dignificadas por la historiografía, «el desastre más importante de la
historia venezolana» (p. 33). Una conclusión, sin duda, provocadora, pero coherente
con la propuesta analítica del autor.
Ángel RAFAEL ALMARZA V.
Instituto de Investigaciones Históricas
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
BURGOS LEJONAGOITIA, Guillermo, Gobernar las Indias. Venalidad y méritos
en la provisión de cargos americanos, 1701-1746, Almería, Editorial Universidad
de Almería, 2015, 490 pp.
En los últimos años los estudios sobre venalidad han tenido un gran desarrollo
en España, gracias, sobre todo, al trabajo del profesor Francisco Andújar y su equipo.
El excelente libro que hoy nos ocupa, Gobernar las Indias. Venalidad y méritos en la
provisión de cargos americanos, 1701-1746, es el resultado precisamente de una tesis
doctoral elaborada en el seno de este activo grupo de investigación, lo que constituye,
sin duda, una garantía de su calidad. A ello hay que unir el buen hacer del autor, que
consigue, por un lado, trascender el tema de la venalidad; y, por otro, aunar con au-
dacia dos enfoques metodológicos que en principio podrían parecer antagónicos, pero
que él logra que sean totalmente complementarios: el análisis «macro» y el «micro».
La obra de Guillermo Burgos, que tiene una estructura impecable, se centra en
el estudio de la provisión de cargos en Indias durante el reinado de Felipe V, aunque
el autor va mucho más allá. En la primera parte del libro, que tiene un carácter emi-
nentemente institucional, examina tanto las atribuciones del Consejo de Indias en la
designación del personal administrativo indiano en las centurias anteriores, haciendo
hincapié en los procesos venales acaecidos en el siglo XVII, como las reformas de
Felipe V en el gobierno central de las Indias y su incidencia en la capacidad consultiva
del Consejo y Cámara de Indias. Estudia asimismo en este bloque a los «primeros
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actores de la provisión consultiva de cargos», esto es, a los consejeros y camaristas
de Indias, a quienes el autor dedica un capítulo donde no hace un análisis prosopo-
gráfico al uso. Burgos Lejonagoitia se interesa aquí sagazmente por el modo en el
que fueron provistos estos hombres, es decir, si medió el dinero o si accedieron a
sus puestos después de un largo cursus honorum, pues su intención es averiguar qué
concepción tenían del mérito los magistrados involucrados en el nombramiento de
los miembros de la administración americana.
En la segunda parte de la obra el autor entra de lleno en la cuestión de la provisión
de cargos en el largo reinado del primer Borbón. Para ello se basa, y éste es otro de
los méritos del libro, en una abundantísima documentación procedente del Archivo
General de Indias y del Archivo General de Simancas. Es preciso subrayar la ambi-
ción del autor, pues estudia la provisión en el conjunto de los territorios americanos e
incluye en su investigación todo tipo de empleos, desde plazas de gobierno y justicia
hasta oficios castrenses, pasando por puestos vinculados a Tribunales de Cuentas y
a las Cajas de la Real Hacienda. La amplitud de su encuesta, que desde el punto de
vista metodológico enlaza con las grandes pesquisas realizadas por los estudiosos de
la historia social de las instituciones, le permite realizar un análisis exhaustivo de las
dos vías fundamentales de provisión, la ejecutiva y la consultiva. Es de agradecer en
este sentido la minuciosidad con la que describe los procedimientos administrativos
específicos de cada una de las formas de provisión, pues desconocíamos hasta ahora
los pormenores de estas prácticas burocráticas.
A partir de aquí, Burgos Lejonagoitia se adentra en el análisis propiamente dicho
de los cargos provistos, centrándose, eso sí, en la provisión venal. Para ello realiza
un estudio detallado de los precios y de las condiciones de las ventas, señalando con
acierto, habida cuenta el enorme volumen de cargos analizados y la amplitud del
territorio y del periodo estudiado, las diferencias temporales y regionales. Resultan
muy interesantes asimismo las páginas que dedica el autor al «discurso del Consejo»
y al salario percibido por aquellos que compraron sus empleos, una cuestión que le
permite reflexionar sobre la amortización «legal» de estas compras.
Burgos Lejonagoitia podría haber concluido su libro, dedicado, no lo olvidemos,
a la provisión de cargos, en este punto. Sin embargo, y éste es a mi juicio su mayor
logro, se plantea cuáles son las consecuencias de las ventas de los oficios en Indias.
Para dar respuesta a este problema, cambia por completo la escala de análisis y ter-
mina la obra con un capítulo de corte microhistórico consagrado a la Audiencia de
Guatemala, donde aborda la compleja relación entre venalidad, mérito y corrupción.
Encontrará aquí el lector la verdadera dimensión social de la venalidad.
De este modo, Guillermo Burgos termina de forma brillante un libro redondo,
en el que demuestra sobradamente su buen hacer como historiador. Sólo me queda,
pues, felicitarle y desearle toda la suerte que se merece en el tortuoso mundo de la
investigación.
Inés GÓMEZ GONZÁLEZ
Universidad de Granada
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CRAMER, Gisela y PRUTSCH, Úrsula (eds.), ¡Américas unidas! Nelson A.
Rockefeller’s Office of Inter-American Affairs (1940-46), Madrid/Frankfurt, Ibe-
roamericana/Vervuert, 2012, 316 pp.
Hace casi diez años, un artículo publicado en la Hispanic American Historical
Review (vol. 86, n. 4, 2006) llamó poderosamente mi atención. Se trataba del pri-
mer estudio específico sobre la Oficina de Asuntos Interamericanos (Office of Inter-
American Affairs, OIAA), firmado por Gisela Cramer y Ursula Prutsch y fundado en
la documentación conservada en los Archivos Nacionales de Washington.
Mi interés por esta agencia federal estadunidense –establecida en el agosto de
1940, bajo la dirección del joven Nelson A. Rockefeller, con el objetivo de promo-
ver las relaciones culturales y económicas con América Latina durante la guerra y
de contrarrestar la propaganda nazi-fascista, consolidando así la hegemonía esta-
dounidense– tenía su origen en la relación que estaba encontrando entre la OIAA
y el indigenismo latinoamericano, relación que a lo largo de los años he podido
confirmar como un elemento no menor en la forma en que se iniciaron y se fueron
desarrollando las instituciones y los proyectos indigenistas «interamericanos» en los
primeros años 1940. De allí que mi intención aquí no es escribir una reseña acabada
de esta novedosa colección de ensayos, editada por Gisela Cramer y Ursula Prutsch,
que desde luego constituye una excelente introducción a un tema poco estudiado
y hasta hace poco casi desconocido, sino ofrecer una lectura «parcialísima» de la
misma, desde la perspectiva de quienes estamos estudiando un tema por naturaleza
continental, como el indigenismo, en un momento histórico, los años 1940, en los
que se están estableciendo una serie de instituciones interamericanas, entre ellas una
específicamente dedicada a la llamada «cuestión indígena» (me refiero al Instituto
Indigenista Interamericano o III).
Tal como indican las editoras en su ensayo introductorio, el reciente interés por la
OIAA está relacionado con debates actuales que han puesto en primer plano conceptos
como public diplomacy y soft power, pero la investigación se ha beneficiado sobre todo
de las tendencias historiográficas que discuten acerca de «agencia» y los «agentes»
o «actores», y especialmente acerca del papel de los actores latinoamericanos en las
relaciones interamericanas. Los trabajos reunidos en ¡Américas unidas!, en línea con
estas inquietudes, confirman y enfatizan que ya no es aceptable una interpretación en
términos de una sencilla influencia cultural de EE.UU. en América Latina, explicada
principalmente como consecuencia del imperialismo y de una clara hegemonía, sino
que más bien al contrario una «true hegemony in the Gramscian sense is difficult
to come by, at least in the international arena and less so in the short run» (p. 39) y
que es sobre todo en el momento de evaluar la «recepción local» de los programas
de la OIAA donde parece menos adecuado un modelo centrado en la hegemonía
cultural, ya que las investigaciones empíricas indican que es la «agencia local» la que
determina en buena medida las posibilidades de éxito. Al mismo tiempo, tampoco
hay que subestimar la importancia de un instrumento creado en el momento de la
emergencia bélica, pero destinado a inaugurar una reestructuración de las relaciones
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entre Estados Unidos y América Latina, justo en el tránsito entre la política del «buen
vecino» y la de la guerra fría, cuyos objetivos se superpusieron y se entrelazaron
de distinta manera con las trayectorias nacionales y transnacionales ya en curso. Si,
por ejemplo, podríamos destacar la importancia de la OIAA en introducir nuevos
modelos de modernidad, reforzando un cambio en la orientación cultural y política
de la América Latina del momento, en un movimiento de alejamiento de Europa y
de acercamiento a los Estados Unidos, también cabría recordar que esto se entrelaza
con una tendencia, ya consolidada entonces entre las elites latinoamericanas en las
décadas anteriores, al distanciamiento de Europa, junto con el redescubrimiento de
las realidades nacionales (e, incluso, a renovadas definiciones de identidad continen-
tal). Los años de la Segunda Guerra Mundial representaron una coyuntura crucial
para la redefinición de las relaciones interamericanas y un mayor entendimiento de
los programas de la OIAA, de su implementación, de las relaciones con los actores
locales y de los efectos y resultados concretos de estas acciones redunda necesaria-
mente en nuestro conocimiento general de una década, los años cuarenta, todavía
algo descuidada por los historiadores.
Como en otros ámbitos, también en el campo indigenista se dio esta particular
interpretación de la cooperación hemisférica, propiciada por la guerra, en la que pri-
maba el objetivo de consolidar la posición de hegemonía de los EE.UU. en el sistema
panamericano. La OIAA fue el principal financiador de los primeros proyectos del
Instituto Indigenista Interamericano: queda clara una profunda influencia de la propia
agencia y de los actores estadounidenses en las posibilidades reales para la realiza-
ción de un programa indigenista continental, algo que obviamente limitaba una real
coordinación interamericana entre iguales, al mismo tiempo en que el Departamento
de Estado (o por lo menos algunos de sus integrantes) se preocuparon de que su
participación no pareciera demasiado «desproporcionada» para que esto no pusiera
en duda el carácter «interamericano» de organizaciones como el III. Sin embargo, no
encontramos evidencia de que se influyera necesariamente en el «contenido» de los
proyectos promovidos, que parecen responder más bien a ideas compartidas acerca
de las necesidades prioritarias de los grupos indígenas y a las expectativas e intereses
de los actores locales.
Los ocho capítulos de esta obra colectiva nos ofrecen varias pistas para mejor
interpretar la complejidad de las relaciones interamericanas y del papel de los
distintos actores involucrados, ofreciendo aproximaciones a temas más generales,
como la propia definición de la diplomacia cultural o del «juego cultural» (Uwe
Lübken) o la organización de los comités de coordinación de la OIAA (Thomas
M. Leonard), centrando la atención sobre todo en los medios de comunicación
masivos, el cinema (Pennee Bender y Catherine L. Benamou), la radio (Cramer),
los periódicos (Ortiz Garza), además de los intercambios artísticos (Catha Paquette)
o el programa general de la OIAA en el Brasil (Prutsch). Los estudios se refieren
especialmente a México, Argentina y Brasil, los países que constituían la mayor
preocupación de Washington durante la guerra. En varios puntos nos encontramos
con que un elemento importante en los encuentro/desencuentros entre los actores
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y en los eventuales éxitos/fracasos de los programas es la propia representación de
América Latina, de los distintos países y de sus poblaciones que se quiere promover
y que termina fijándose (o no), por ejemplo, en las imágenes cinematográficas, o
que ocasiona debates sobre la oportunidad o menos de enfatizar la modernidad
urbana o la realidad rural/indígena, en el caso de las exposiciones artísticas. En
otros palabras,
En su conjunto, ¡Américas unidas! ofrece varias pistas interesantes incluso desde
un acercamiento un poco excéntrico como el que proponemos aquí: quizás, si algo
nos atrevemos a augurar, siempre desde esta lectura parcialísima, es que además de
los temas de «diplomacia cultural», colecciones como esta propicien más estudios
sobre otros aspectos menos soft de la cooperación interamericana (aquí solo en parte
mencionados en el caso de Brasil), promovidos en América Latina por la OIAA u
otras agencias y fundaciones en los años 1940, como las campañas sanitarias o de
alimentación, y que la atención se desplace desde la relación entre Estados Unidos y
los distintos países latinoamericanos hacia un enfoque «multilateral» sobre las redes
y los proyectos transnacionales.
Laura GIRAUDO
EEHA-CSIC, Sevilla
HERNÁNDEZ, Bernat, Bartolomé de las Casas, Madrid, Taurus/Fundación Juan
March, 2015, 328 pp., 17 imágenes. Colección Españoles Eminentes.
Las primeras veinticinco páginas de la Presentación de la biografía del padre Las
Casas de Bernat Hernández, Profesor Titular de Historia Moderna de la Universidad
Autónoma de Barcelona, son sencillamente ejemplares, porque en un ejercicio de
primorosa inteligencia, sin lastre erudito a pie de página, dibuja una excelente sem-
blanza histórica, intelectual, política, moral, ideológica y teológica del gran dominico,
subrayando su enorme protagonismo, sus contradicciones, las interpretaciones tenden-
ciosas de tres siglos y cuantos maniqueísmos han trivializado la gigantesca labor de
Las Casas, para el que toma prestado un famoso dictum que recuerda el verso 58 de
la senequista Epístola moral a Fabio: «vivió sus ideas y las puso en práctica hasta
igualar su vida con su pensamiento» (p. 20).
Aquellas páginas son una «comprehensiva» antesala, como se diría en tiempos del
gran dominico, para subrayar en seguida la parte del león, o sea, cómo inauguró el
sevillano fray Bartolomé de las Casas la «lucha española por la justicia en la conquista
de América» (de acuerdo con el título del clásico libro de Lewis Hanke) y obligó a
la corona a enfrentarse a la cuestión de acuerdo con las bulas papales; consiguió así
que el rey Fernando convocara, en 1512, una junta especial de teólogos y juristas en
Burgos, con la consiguiente redacción de las Leyes de Burgos, el primer código legal
para las Indias, basado en el ius naturale romano y en la ética aristotélico-escolástica,
que tuvo su segunda parte en las Leyes Nuevas, de 1542, en cuya redacción tam-
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bién colaboró el gran Francisco de Vitoria. Los objetivos moralmente prioritarios a
la hora de redactar sus obras eran evitar los daños espirituales, sustanciados en las
ofensas que los conquistadores habían infligido a Dios y su creación más excelsa: el
hombre; además de las pérdidas materiales que conllevaban la guerra, el expolio y la
explotación desmedida. No sólo se entrevistó con Fernando de Aragón, y escribió y
habló con el Emperador, sino que vivió lo suficiente como para convencer a Felipe
II, quien, en 1573, acabó promulgando unas ordenanzas que pretendían regular las
posibles expansiones territoriales posteriores. Con todo, la legislación que impulsaron
Las Casas, Vitoria, Domingo Soto y otros resultó ser extremadamente avanzada para
su tiempo y, al decir de John Elliott, «no es fácil encontrar paralelos en la historia
de otros imperios coloniales».
El libro se divide en seis capítulos con títulos muy significativos, porque cada
uno marca una etapa y una faceta de la larga vida del fraile (1484-1566) y su proteica
condición: 1. Un Nuevo Mundo, la conquista y los conquistadores. 2. Un indiano de
fortuna. Arbitrismo y evangelización (1502-1520). 3. De fraile dominico a obispo
rigorista de Chiapas (1521-1547). 4. Bartolomé de Casaus, polemista (1547-1552).
5. Un nuevo Elías y el fin de los tiempos (1553-1566). 6. Un conquistador ante la
construcción del Nuevo Mundo.
En el primer capítulo analiza los primeros años de conquista, desde Colón; lo
divide en epígrafes que permiten al lector no especialista conocer las etapas, circuns-
tancias y contexto histórico en general (“la irrupción en las Antillas”, “la consolidación
territorial en Indias”, “la conquista de imperios”, “el desprestigio de los conquistado-
res”) hasta llegar a lúcidas conclusiones: «el desafío de la América de la conquista
fue la imposición de una autoridad soberana sobre un espacio atravesado por tantas
diversidades» (p. 72). Así procederá Hernández a lo largo de los cinco capítulos si-
guientes, particularizando epigráficamente las características más relevantes de cada
etapa, de cada capítulo, y poniendo en valor que la biografía del futuro obispo de
Chiapas «nos permite seguir la historia política de la Monarquía hispánica, pero es
también un epítome de la historia de la conquista de Indias» (p. 80), y así entrelaza
la historia particular y la general. El segundo capítulo nos muestra a un joven Las
Casas que, a la sombra del gran fray Antonio Montesino, teje y desteje utopías y
contrautopías, crónicas y leyendas piadosas, parábolas bíblicas y virtudes morales
destiladas de los mejores humanistas para construir un discurso propio, del que pue-
dan beber misioneros y soldados, a pesar de los vigilantes frailes jerónimos, que el
franciscano Cisneros nombró a la sazón gobernadores de Santo Domingo. El tercer
capítulo considera la plena madurez del fraile sevillano, desde que abrazó la regla
dominica hasta alcanzar la mitra episcopal de Chiapas, ya bajo el nuevo rey, el joven
Carlos V, cuya monarquía universal se amplió al cuarto continente, auspiciada por los
juristas de la Escuela de Salamanca. Abunda en que «la prioridad era la cristianiza-
ción como paso previo a la sujeción política de los nativos, dado que la predicación
de la fe era la legitimación última de los títulos de dominio de las Indias» (p. 136).
Éste es un punto importante, porque fue motivo de enfrentamiento, desde 1539, con
los frailes de la orden franciscana, especialmente con fray Toribio Benavente, Motolinía,
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que predicaban los bautismos masivos, sin apenas catequización previa. Es también cen-
tral el capítulo porque analiza las Leyes Nuevas de Indias, de 1542: un triunfo de Las
Casas y su defensa de la evangelización pacífica, la abolición de la encomienda y la con-
sideración de los indios como vasallos de la Corona, aboliendo la esclavitud encubierta;
en 1545 fueron parcialmente revocadas. Resulta muy interesante el análisis, central en
el pensamiento del dominico, de que la «finalidad y justificación de la presencia de la
Monarquía y la Iglesia en Indias era el acrecentamiento de la cristiandad, ganándose a los
indígenas mediante la persuasión del entendimiento por medio de razones que apelen a
su voluntad» (p. 161). O sea, apelando a su condición humana: ése es El único método
de llamar a todos los pueblos a la verdadera religión, como tituló una de sus obras
más importantes, espléndidamente analizada por Hernández en estas páginas centrales.
La defensa de la «ley natural», que atribuía la propiedad de la tierra a sus poseedores
originales, es otra premisa fundamental, junto con «la necesidad de una evangelización
indígena que no podía ser empleada como excusa para la conquista» (p. 165).
El capítulo cuarto se centra en su condición de polemista, agudizada, a partir
de 1547, especialmente contra Juan Ginés de Sepúlveda, defensor de la llamada
«guerra justa» contra los indios, previa al adoctrinamiento y conversión al cristia-
nismo, pues, según el humanista, aquella coerción «significaba mejorar su estatuto
desde la barbarie a la civilización representada por los colonizadores» (p. 187); en
realidad «la disputa fue un episodio de confrontación de concepciones de imperia-
lismo y cristianismo» (p. 188). Remata el interesante capítulo con la descripción de
ocho tratados publicados entre 1552 y 1553 en Sevilla, que, según Bataillon, estaban
destinados a ser embarcados para las Indias. El quinto capítulo analiza el ideario de
sus últimos años, a tenor de que «su criterio de evangelización no era, en absoluto,
contradictorio con sus esquemas mentales de un individuo del Antiguo Régimen, que
asumía la desigualdad natural de la sociedad» (p. 218). Central resulta la cuestión
de la restitución, o sea, de la devolución de lo apropiado ilegítimamente, en que se
basa su opúsculo Doce dudas. Su vida se va apagando y es consciente de que no
podrá acabar su obra mayor, la Historia de las Indias, «ni ver en Indias ese imperio
de justicia cristiana que había ocupado sus años últimos de actividad intelectual y
política» (p. 226). Con todo, de la pluma del octogenario dominico aún salieron
cartas pugnaces, dirigidas al Papa y al Rey, con los temas de siempre: la defensa de
los indios, la evangelización pacífica, la condena de los abusos y la esclavitud del
indígena, y la defensa da la justicia restaurativa.
El sexto capítulo, en fin, es un compendio muy esclarecedor, pues nos dibuja con
trazos precisos, a lo largo de sesenta densas páginas, la imagen que del gran dominico
nos han ido dando los biógrafos, historiadores, antropólogos, teóricos del derecho,
teólogos, filólogos, filósofos… desde su orden y desde fuera, donde corren parejas
la etopeya de fray Bartolomé y la de los dominicos en su conjunto, los peninsulares
y los nacidos en el Nuevo Mundo, cuya construcción figura en el epígrafe. También
analiza su enorme proyección, inmediatamente después de su muerte, en ambas orillas
del Atlántico y otras colonias, como Filipinas, y lo hace con pormenor, explicando las
obras de sus biógrafos, exegetas, panegiristas o detractores, por su poliédrica condi-
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ción de dominico, obispo de Chiapas, cronista de Indias, humanista, hombre de leyes,
utopista, indigenista, apóstol de la libertad, o defensor de los indios por excelencia.
No por ello deja de analizar diacrónicamente su valoración, como, por ejemplo, a lo
largo del siglo XVIII «el ahora considerado hiperbólico y panfletario escrito de la
Brevísima fue perdiendo empuje» (p. 243), especialmente por la diatriba con una parte
de los jesuitas, que «negaban los tópicos lascasianos sobre los nativos como faltos
de fundamento» y que le atacaron «por haber propalado una visión ignominiosa de
las crueldades de la conquista de Indias» (p. 266).
Incluye la biografía una utilísima nota historiográfica y unas excelente notas al
texto, que son otros tantos estados de la cuestión, bibliográficamente ilustrados, sobre
cada capítulo; las complementa con una rica bibliografía final, pero sin caer en el
detallismo minucioso; un muy útil índice onomástico completa este magnífico libro,
cuya amenidad no está reñida con el rigor; al contrario, se lee como una crónica más,
que tiene al sevillano como protagonista de una fascinante aventura a lo largo de tres
reinados. Pero es mucho más que una crónica particular, es un inteligente estudio de
los pros y contras, las controversias y polémicas del descubrimiento, conquista, colo-
nización y evangelización de América, centrados en la enorme figura de Las Casas.
Bernat Hernández es un joven profesor, pero la madurez de sus planteamientos y
conclusiones, la agudeza de sus análisis, la concepción crítica y transversal que tiene
de su campo de estudio lo sitúan entre los primeros espadas de su área de conoci-
miento, y nos permiten augurarle un futuro brillante, como ya pudimos comprobar
en sus anteriores publicaciones y confirmar en ésta, por la que debemos felicitarle
y felicitarnos.
Guillermo SERÉS
Universidad Autónoma de Barcelona
INGARAO, Giulia Leonora Carrington. Un viaggio nel Novecento. Dal sog-
no surrealista alla magia del Messico, Milán, Mimesis, 2014, 160 pp., ISBN
9788857524269.
El puntual ensayo de Giulia Ingarao es el pretexto para conocer la historia de
la última artista surrealista que encontró en México su lugar arquetípico. En efecto,
viajar a México quiere decir llegar al país que el padre del surrealismo, André Breton,
consideró el más surrealista y quiere decir, también, tener un encuentro con miles de
años de historia, un territorio en donde la historia y el mito coinciden inexorablemente.
Uno de los lugares de la identidad mexicana por excelencia es el museo de Antro-
pología: la resaca más embriagadora que recibí en la tierra del tequila y del mezcal.
Aquí la historia de México, entre arqueología y etnografía, desde sus orígenes hasta
la actualidad, se encuentra en veinticuatro salas, 44 mil metros cuadrados al interior
y 36 mil al aire libre, para un total de 80 mil metros, diseñados por el arquitecto
Pedro Ramírez Vázquez en 1963. Aquí se conserva la obra símbolo de Leonora
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Carrington, El mundo mágico de los mayas, creada después de un largo período en
Chiapas, en 1964, para reflexionar sobre la relación entre el pasado tradicional y el
presente cultural del país, por invitación de Ignacio Bernal. Como anunció el entonces
presidente de la república, Adolfo López Mateos, durante la inauguración, ese museo
fue creado para preparar «el México de hoy a rendir homenaje al México indígena,
cuyo ejemplo hace reconocibles los rasgos de nuestra originalidad nacional» 1.
Como es notorio, la Carrington nació en Lancaster, en Inglaterra, en 1917 y
falleció a la edad de 94 años, en 2011, en la ciudad de México. La vida de la úl-
tima artista surrealista se cuenta en el ensayo de Ingarao como un viaje, entre los
lugares y las personas que se entrelazan, como una novela, en los capítulos en los
que la historia está marcada. El viaje físico: Inglaterra, Irlanda, Italia, Londres, París,
Saint Martin d’Ardèche, España, Portugal, Marsella, Nueva York y México. El viaje
estético y sentimental: la herencia de su familia de origen angloirlandés; el imagi-
nario pictórico italiano (Paolo Uccello y la pintura del Renacimiento) y flamenco
(Hieronymus Bosch y Pieter Bruegel el Viejo); la pasión por Max Ernst, el «pintor
ave», ya casado y 26 años mayor que ella, la «mujer caballo» (y su visión animal
y zoocosmogónica del mundo); las reuniones posibles en ese ambiente único que se
verificaron en Francia, en la década de 1930 (con Breton, Eluard, Aragon, Duchamp,
Tanguy, Picasso, Giacometti, Arp, Man Ray y Leonor Fini); en los años de 1940, en
la Nueva York de Peggy Guggenheim; en México con los exiliados visionarios (Varo,
Chiki Weisz, Horna, James, Jodorowsky, Buñuel, Duby, Fuentes, García Márquez y
Poniatowska) y del intelectual mexicano Octavio Paz, que dijo que Leonora «no era
una poeta, sino un poema que camina sonriendo, que abriendo los labios convierte
su sonrisa en un pájaro, y entonces en un pez, y luego desaparece».
La obra literaria, pictórica y escultórica de Carrington, lejos de ser realizada por
criterios lógico-racionales, se revela en la dimensión del surrealismo, entendida como
una de las otras dimensiones que el espacio y el tiempo pueden asumir y que va más
allá de lo real. Uniones de planes diferentes y yuxtaposiciones inquietantes, contras-
tes y síntesis, crean un cortocircuito perceptivo, capaz de expresar la vida interior y,
por lo tanto, en última instancia, una nueva realidad sur-real (superpuesta a la real
pero, igual, realista). Como dijo Breton en el Manifiesto del surrealismo (1924), «El
surrealismo se basa en la idea de un mayor grado de realidad conectado a ciertas
formas de asociaciones olvidadas hasta ahora, en la omnipotencia del sueño, en el
juego desinteresado del pensamiento». Esto sucede en México, el país que el mismo
Breton visita a finales de los años treinta. Este país se convierte de forma natural en
una «colonia surrealista» ya que se había ganado la fama de ser capaz de grandes
revoluciones populares (Villa y Zapata) y artísticas (Rivera, Siqueiros y Orozco) y que,
gracias a la hospitalidad del entonces presidente Lázaro Cárdenas, había sido el hogar
de todos los revolucionarios expulsados de sus tierras, por el delirio causado por el
fascismo que explotó en Europa entre las dos guerras mundiales. Será por supuesto
1 Discurso pronunciado el 17 de septiembre de 1964.
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el país de adopción que elige Leonora Carrington en 1942, después de huir del dolor
debido a la separación de Ernst (deportado a diferentes campos de concentración);
del manicomio (saltando desde la ventana de un cuarto de baño); de la depresión que
había conocido tocando el fondo, Down Below (Memorias de abajo, el diario de la
experiencia en el sanatorio psiquiátrico de Santander escrita por la artista en 1943).
Giulia Ingarao nos lleva de la mano a través de esta historia, a veces conmovedora,
que narra la trayectoria única de Carrington, hecha de pequeños detalles y grandes
revelaciones diarias sobre los protagonistas del arte del siglo XX. El amor loco por
Ernst, que ella piensa haber perdido para siempre a causa de la persecución nazi y
que, en cambio, se encuentra junto a la Guggenheim unos años más tarde. La rela-
ción con el embajador de México Le Duc, que le había sido presentado por Picasso
en París y que luego será su salvavidas en Lisboa, hombre generoso que se casará
con ella para que pueda ir a América. El gran amor por Chiki Weisz, el fotógrafo
húngaro, brazo derecho de Robert Capa (que salvará la ahora bien conocida «maleta
mexicana» que contenía los negativos impactantes de la guerra civil española). La
amistad alquímica con la pintora catalana Remedios Varo y sus experimentos en la
cocina. Los tejidos de alfombras hechos con el maestro Ricardo Rosales de Chicon-
cuac y los sueños fabricados junto con Edward James en los jardines surrealistas de
Xilitla. La participación divertida en una película de Buñuel. Las historias de humor
negro para los niños que escribió e ilustró con la fotógrafa Kati Horna. El teatro de
vanguardia que experimentó con Octavio Paz y Juan Soriano. El tarot que enseñó a
leer al joven Jodorowsky. El nacimiento de los hijos que tuvo con Weisz, Gabriel y
Pablo, que cambiarán una vez más su visión cosmogónica del mundo. La causa del
feminismo que abrazó y el miedo a perder a sus hijos, aún en sus veinte años, en
los trágicos enfrentamientos entre los estudiantes y el ejército durante los horribles
días del 1968 mexicano.
Uno de los capítulos finales del ensayo está dedicado a “El mundo mágico de los
mayas” del museo de Antropología. De hecho, uno de los regalos más reconocidos
de Leonora a México. Tal vez, el lugar simbólico donde todos nuestros caminos de
lectores –viajeros– convergen. El texto que estoy reseñando describe críticamente
el legado que esa fascinante artista dejó a México y de lo que sabemos hoy de ese
México en donde la verdadera realidad es la sur-realidad, hecha de sincretismo reli-
gioso, creencias y tradiciones, por como muchos artistas, intelectuales, escritores e
historiadores del arte podemos seguir conociéndola.
Además, de su acervo arqueológico y etnográfico, el museo de Antropología inte-
gra importantes obras de artistas contemporáneos inspirados por las diferentes culturas
que se desarrollaron en Mesoamérica, con obras de pintores como Mathias Goeritz,
Carlos Mérida, Raúl Anguiano, Rafael Coronel, Luis Covarrubias, Iker Larrauri , Ru-
fino Tamayo, entre otros. A pesar de ellos, algunos museógrafos reconocieron la gran
dificultad del museo para dar continuidad contemporánea al despliegue impresionante
de la raíz arqueológica, para seguir con el proceso de las poblaciones indígenas en
el día actual, para aclarar los hechos históricos que habían devastado las sociedades
rurales, desde el siglo XVI, por lo tanto, abandonando «una etnografía de la moder-
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nidad». «Alrededor de cuatro millones de indígenas viven en aislamiento, como gran
parte de la población rural de México. Continúan cultivando sus campos de maíz,
chiles, frijoles y calabazas, trabajando como tejedores y alfareros para fortalecer las
artesanías. El actual gobierno está en manos de los progresistas viejos o jóvenes,
mientras que sus vidas se eximen del progreso y están ligadas con el pasado y con
lo sobrenatural»; necesitaban «el cadáver de la cultura indígena, para alimentar el
mito de una unidad nacional inexistente, atemporal, eterna guardiana de la tradición,
virgen y totalmente descontextualizada» 2.
Una de las principales críticas que se hicieron a la nueva estructura identidaria
propuesta por el museo fue entonces la falta de referencias a los pueblos indígenas
actuales que aún viven en México, a su extinción lenta o a su resistencia extrema, al
desarrollo de sus lenguas y tradiciones (brecha museológica sólo parcialmente llenada
desde la década de 1980). Leonora Carrington decide superar esta separación ya en
los años sesenta, con la puesta en escena de su mural (que en realidad pinta sobre
tela y no en la pared), que describe la vida actual de unas comunidades mayas de
Chiapas, donde vivió durante varios meses. Reconcilia la vida cotidiana y el pasado
prehispánico (de acuerdo con la enseñanza dada por la grande tradición muralista),
empero con las características típicas de la visión surrealista reviviendo al mismo
tiempo: el pasado, el presente y, en continuidad perpetua, lo sobrenatural.
Viajar a México asimismo significa hacer frente a este mundo, incluso hoy en
día, mágico. Uno de los grandes protagonistas de la pintura del Mundo mágico de
los mayas es Quetzalcóatl, la serpiente emplumada (la deidad más importante del
panteón mesoamericano), que se muestra en la obra en sus diferentes manifestaciones:
el Quetzalli enfrente de la iglesia (el ave hermosa con las plumas brillantes, ante-
pasada del colibrí, mensajera de los pensamientos de los hombres para que lleguen
a las diferentes dimensiones de lo existente); la serpiente en el cielo y el planeta
Venus, la estrella brillante que, en la tradición del Popol Vuh (recopilación de cuentos
míticos, leyendas e historias de los mayas), fue creado por los dioses incluso antes
del Sol. La Luna, el Sol y Venus realizan un marco en la parte superior de la obra,
en referencia a los conocimientos astronómicos de los mayas.
Es interesante poner la atención en algo que todavía los estudiosos han dejado
por profundizar, o sea, la relación de Leonora con los nahuales, los «ocultos», «los
de adentro», los «espíritus interiores», una manifestación de lo sagrado que reside
en la persona y que, por lo tanto, la hace divina. Según las tradiciones indígenas
mayas, cada persona al momento de nacer trae consigo el espíritu de un animal que
lo protege y guía en la vida y que lo conecta con lo sagrado. Es un mundo muy
familiar a Carrington, a la interpretación zoomorfa de la humanidad que la rodea,
a las tradiciones celtas con las que creció y que todo relacionan con la Madre Na-
turaleza. Quetzalcóatl es también el «príncipe de los nahuales». Más comúnmente,
2 Bartra Roger, “Sonata etnográfica en no bemol”, El Museo Nacional de Antropología.
40 Aniversario, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-El Equilibrista-Turner,
2004: 332.
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los grupos indígenas llaman «nahualismo» a esa capacidad de algunas personas para
transformarse y convertirse en animales o en elementos de la naturaleza, o sea, los
seres presentes en toda la producción de Leonora Carrington y en diversas formas a
lo largo de la obra en exhibición en el museo de Antropología. Leonora dice que ella
personalmente fue testigo de varias sanaciones hechas por chamanes en los estados
de Oaxaca y Chiapas. En particular, cuenta del largo ritual al que asistió en el pueblo
de Cinecantan (en el idioma original náhuatl, la casa de los murciélagos, que vemos
en la parte izquierda de la pintura para simbolizar, según la tradición, la habilidad de
salir de uno mismo y de dar la bienvenida a lo nuevo). La artista recuerda un hombre
que yacía en el suelo y, junto a él, mujeres que preparan tortillas (la alquimia entre
medicina natural, herbolaria y alimentos a menudo está presente en los cuentos y en
las obras de Carrington). Mujeres y hombres mayas se despliegan industriosamente
en toda la parte inferior de la obra. En particular, los curanderos están tratando de
sanar a un enfermo o iniciarlo en un ritual, acompañándolo con humo de incienso.
Detrás de las chozas están tres criaturas, mitad mujer y mitad pájaro, probablemente
personificaciones de la diosa maya Ixchel, la dama del arco iris que se eleva junto
con ellas.
La iglesia de estilo barroco colonial, con el águila bicéfala, representa el paso
de los españoles y la propagación de la religión de los dominicos, franciscanos y
jesuitas. Este paso ha dejado muchas cruces. En la distancia también vemos a una,
más grande, la Santa cruz que habla y que surge de una planta de maíz (el más
sagrado de los alimentos con los que los dioses crearon al hombre), de acuerdo con
los pueblos mayas que por ella fueron advertidos, en los años cuarenta del siglo XIX,
ganando así una guerra entre castas. La Cruz Parlante es otro elemento propio de la
religión maya y es independiente de la cruz cristiana. La vemos en Palenque y es
una estilización del árbol cósmico o de la planta del maíz. Esta cruz es un símbolo
de las cuatro direcciones o ángulos del mundo y deidad por sí sola. Permitió a los
mayas recuperar la soberanía y éste es el único caso en su tipo en América. El uso
de esa cruz entre los mayas participantes en la guerra de castas fue un factor que los
unió y los hizo resistir a situaciones muy difíciles (que hasta hoy en día hace de los
pueblos de Chiapas unos de los más orgullosos e independientes).
Frente a la otra pequeña construcción colonial está un caballo blanco (animal
querido por Leonora Carrington) desmesurado y vigilante la puerta. Los caballos
fueron traídos de España a México y, muy pronto, entraron en la tradición oral de
los cuentos maya, como criaturas útiles y positivas (en oposición a los toros que a
menudo tuvieron connotaciones bestiales y negativas). El inframundo está represen-
tado: a la izquierda por un jaguar, para los mayas guardián de la noche (que también
Rufino Tamayo pinta por las salas del museo mientras lucha contra la serpiente), con
el ojo en forma de espiral; y a la derecha por una ceiba, árbol sagrado, que apoya a
los cielos desde la tierra con sus profundas raíces. Tanto las formas en espirales que
la presencia de los árboles sagrados son recurrentes en la cultura celta de la que la
pintora viene, pero, en este caso, son símbolos ancestrales y universales que favorecen
el ciclo de las estaciones, de las vidas, de la naturaleza.
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Ingarao relata magistralmente el viaje de Carrington, un desplazamiento a México
que tiene todas las particulares de un viaje arquetípico, que se conecta con las formas
culturales, el arte imaginativo, la poesía, la mitología y la narrativa. Los arquetipos
son considerados en su manifestación fenoménica, en el camino de cada persona por
los senderos de su propia alma, un viaje en el viaje, para penetrar en el misterio de
cómo somos y de cómo es la vida.
Mercedes AUTERI
Instituto Italiano de Cultura (México)
LAVALLE, Bernard, Au nom des Indiens. Une histoire de l’évangélisation en
Amérique espagnole, París, Payot, 2014, 431 pp., ISBN: 9 782228 911474.
Reconocido especialista de la historia de América, Bernard Lavallé no podía sino
ofrecer, en una coyuntura historiográfica caracterizada por la multiplicación de los
estudios sobre evangelización y misiones americanas, un nuevo balance interpretativo
de la colonización y «conquista espiritual» de los territorios americanos. Si bien la
expresión alude formalmente al período comprendido entre 1524 y 1580, pone de
relieve la especificidad de un proceso encabezado en primer término por una España
heredera de la Reconquista, tal como aparece a todas luces en las decisiones políticas
tomadas en varias escalas del imperio de Ultramar así como a nivel de los individuos,
colonos, misioneros o pobladores. El autor insiste de entrada en el hecho de que la
omnímoda impronta religiosa asentada en la «utopía americana» encontró especial
respaldo en la presencia de determinadas órdenes religiosas antes que del clero seglar.
A lo largo de esta apretada síntesis de historia social y cultural, analiza la manera
como fueron en el Nuevo Mundo vectores de cultura y de ortodoxia a la vez (caso de
los primeros teólogos dominicanos), pregonando eficacia. Asimismo resalta el hecho
de que terminaron compitiendo con no pocas instituciones eclesiásticas y laicas del
mundo colonial, terminada la época fundacional de las capitulaciones, ejemplo entre
otros muchos de la capacidad negociadora de los clérigos.
Semejante perspectiva abre sin lugar a dudas novedosos debates, debidamente
señalados por el autor, y más cuando se ejemplifica la criollización «por etapas» de
estas órdenes, en el sentido de incorporaciones de clérigos de origen criollo, junto a
las llegadas periódicas desde la Península. Cabe subrayar que estos aportes coinciden
además y ocasionalmente con momentos de reivindicación de una identidad plural
respaldada por la sociedad laica. De ahí el «ensayo de demografía conventual ame-
ricana» incluido en el libro, ensayo que contempla de igual manera el papel de los
beaterios y recogimientos de mujeres. Obviamente no podían faltar referencias a la
Compañía de Jesús, que desempeño en ese aspecto un papel modélico y controvertido
a la vez, a sus colegios (incluyendo los colegios de caciques de los primeros tiempos
novohispanos o cuzqueños), misiones y reducciones (desde el norte de Nueva España
a Chile y al «Estado» de Paraguay) y de forma general a la labor evangelizadora y
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concientizadora de los Padres hasta su expulsión en 1767. Los capítulos dedicados
a la Compañía hacen hincapié en la manera como se fue confortando el trinomio
evangelización/poder/y cultura puesto a prueba durante las reformas borbónicas y de
forma más general, con motivo de las revueltas y sublevaciones indígenas.
La labor de intermediarios culturales de los representantes de las órdenes religiosas
queda asimismo subrayada a lo largo del texto, desde los inicios de la evangelización
(la creación del marco formal de la infraestructura episcopal, incluso en las islas, los
debates acerca de las Leyes de Burgos, la lucidez y el papel controvertido de Las
Casas o la escuela de Salamanca promovida por Vitoria, la vocación de traductores
de los frailes, doctrineros y misioneros, especialmente en Nueva España con la labor
franciscana más que en los Andes) hasta el final del siglo XVII y el transcurso del
XVIII, en un contexto de reiteradas resistencias indígenas. Sobre este particular, B.
Lavallé sortea la dificultad propia del tema, que consiste reiteradamente en relacionar
la labor de las órdenes religiosas con los combates del derecho natural, la injusticia
de las guerras dicho de otra forma la ilegitimidad de la conquista y la evangelización
de los pueblos indios. En este aspecto, recuerda con sobrada razón que los conventos
de América desempeñaron tareas similares a las de sus pares europeos aunque con
una notable diferencia: fueron adquiriendo aún más importancia dentro del «modelo
español», especialmente con motivo de las contiendas que protagonizaron y de la
afirmación identitaria del llamado criollismo conventual en las distintas «provincias»,
que al igual que en la esfera civil, desembocó en el principio de «alternancia». Asi-
mismo hace hincapié en la historia social y cultural que se está escribiendo conforme
las órdenes religiosas van adquiriendo conocimientos lingüísticos o etnológicos de lo
más notables, que se transformaron en instrumentos de pedagogía y catequesis, más
que de «extirpación de idolatría».
Ese repaso por las controversias historiográficas recuerda a ciencia cierta la
inscripción de las mismas en la memoria colectiva, en cuanto a esbozos de anti-
colonialismo que asomará nuevamente con motivo de las revoluciones de Indepen-
dencia. De ahí la referencia a ciertos pensadores, algunos jesuitas exiliados como
Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, precursores o ideólogos como Fray Servando
Teresa de Mier, o al cura Hidalgo y el «grito de Dolores». El observatorio de larga
duración –tres siglos– que constituye el estudio de las órdenes religiosas en Amé-
rica contribuye por lo tanto en matizar las múltiples y reiteradas interpretaciones
del papel de los religiosos en términos de poder y (re)presión. Más compleja, la
realidad americana tal como la vivieron y transmitieron en sus escritos los repre-
sentantes más egregios de las distintas comunidades religiosas y especialmente
de la Compañía de Jesús aparece a todas luces en su participación en los grandes
debates en el orden político y cultural, dicho de otra forma en la capacidad de
negociación de que hicieron muestra a lo largo y ancho del espacio y de las redes
de poder imperiales.
Frédérique LANGUE
CNRS
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MARISILLI N., María, Hábitos Perniciosos: Religión andina colonial en la
diócesis de Arequipa (siglos XVI al XVIII), Santiago de Chile, Dirección de Biblio-
tecas, Archivos y Museos/Centro de Investigaciones Diego Barros Arana/Escuela
de Estudios Hispano Americanos, 2014, 155 pp.
Fruto de una iniciativa editorial chilena-española, en diciembre de 2014 apareció
Hábitos Perniciosos: Religión Andina Colonial en la Diócesis de Arequipa (siglos XVI
al XVIII) de María Marsilli, Profesora Asociada en John Carroll University (Cleveland,
USA) y editora asistente del Handbook of Latin American Studies. La autora posee
varias publicaciones sobre religiosidad andina y este esperado libro viene a ensan-
char nuestra comprensión sobre la cristianización indígena mediante un enfoque que
combina el análisis etnohistórico y las contribuciones recientes de la historia social
y cultural latinoamericana.
Hábitos Perniciosos aborda uno de los insoslayables en los estudios andinos, y lo
hace desde la diócesis de Arequipa, área injustamente postergada que le concede un
ángulo original sobre los procesos de conversión indígena. Esta diócesis comprendía
un extenso territorio en el sur andes desde Condesuyos hasta Tarapacá, cuya posición
geográfica era estratégica para el desarrollo de los circuitos mercantiles que unían
Lima, Cuzco y Charcas. En contraposición con lo que sucedía en otros obispados
peruanos, Marsilli da cuenta que las parroquias arequipeñas no experimentaron sis-
temáticas persecuciones de idolatría indígena. Este libro ofrece un análisis crítico de
esta contradicción entre un virreinato sacudido por las persistencias de cultos nativos
y una diócesis cuyos feligreses indígenas aparentaban atestiguar el triunfo de una
perfecta evangelización. Sólidamente documentada y perspicaz, la obra se sumerge
en las razones que explicarían esta paradoja orientando a sus lectores a reflexionar
sobre los múltiples campos de posibilidades históricas que implicó la dinámica re-
ligiosa andina.
El texto abre con una introducción que presenta las principales líneas argumentales
y enfoques, seguidos por cinco capítulos dedicados a la religiosidad prehispánica, el
catolicismo misionero temprano, la iglesia postridentina y los acomodos religiosos
indígenas durante los siglos XVII y XVIII en Arequipa.
Con el fin de esclarecer los aparentes frutos de la conversión, Hábitos Pernicio-
sos propone un análisis de las interacciones entre los distintos actores sociales que
dieron vida al obispado y las parroquias. Entre los aspectos más significativos se
haya situar las relaciones específicas entre curas párrocos y feligreses andinos en un
mundo de lealtades y redes familiares, múltiples agendas e intereses en pugnas que
estaban sujetas a las distintas coyunturas económicas y políticas que atravesaba el
virreinato y la diócesis. Distante a ser uniforme, la iglesia arequipeña se muestra con
tensiones en su interior, polifacética y entrelazada íntimamente con las necesidades
y destino de vecinos, empresarios y viticultores. Mientras que a nivel de pueblos y
anexos doctrinales, lugares donde se desplegaba cotidianamente la religiosidad local,
agentes pastorales y elites indígenas protagonizaban un delicado equilibrio de fuerza
e intereses opuestos y complementarios.
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Marsilli demuestra que el carácter interdependiente de las relaciones entre curas
e indígenas condicionó que la estricta obediencia a los dogmas católicos fuera en la
práctica un asunto secundario en la vida parroquial. Doctrineros arequipeños estuvie-
ron poco inclinados a denunciar paganismo indígena a raíz de una combinación de
factores que incluía sus ambiciones profesionales e iniciativas comerciales. Resultado
de un arduo trabajo histórico, luego de revisar varias decenas de visitas eclesiásticas
y más de un centenar de carreras clericales a lo largo de los siglos XVII y XVIII,
la autora identificó los mecanismos de promoción eclesiásticas de la diócesis. Ello
le permitió advertir la importancia que tenía para el ascenso eclesiástico que los
presbíteros sirvieran curatos indígenas donde permanecían en promedio 18 años. El
principal mérito para aspirar una movilidad exitosa al interior de la iglesia fue demos-
trar la construcción y mantención de templos y ornamentos, en contraposición con el
hallazgo de idolatría que tuvo indiscutiblemente un bajísimo perfil. Los curas y sus
familias, por otra parte, fueron dinamizadores de la economía local requiriendo el
acceso constante de recursos y mano de obra facilitada por los líderes indígenas. Los
grupos andinos no fueron pasivos en estas interacciones y particularmente los caci-
ques fueron diestros en reconocer las ventajas de conservar relaciones de cooperación
con sus sacerdotes. En caso de visitas u otras averiguaciones, ellos podían apoyar o
fulminar los méritos pastorales de sus curas. Hábitos Perniciosos demuestra que las
sociedades indígenas reconocieron en sus curas párrocos un componente simbólico de
la vida comunitaria, un núcleo de autoridad civil y moral que bien podía defenderlos
ante otras autoridades y vecinos, además de asistirlos en caso de pestes y enferme-
dades. Marsilli ofrece un análisis certero del impacto que un mercado colonial sur
andino en formación y la cultura de movilidad eclesiástica de la diócesis tuvo para
que curas y caciques desarrollaran una relación de mutuo beneficio evitando períodos
de coerción religiosa como las vividas en otros obispados. La regla fue la coexistencia
pacífica entre la iglesia y los indígenas transformándose las denuncias por idolatría
en un aspecto más de los equilibrios infra políticos entre curas y elites nativas.
Sin duda otra de las contribuciones de Hábitos Perniciosos concierne a la for-
mación colonial de la vida religiosa indígena que se desarrollaba detrás de estos
consabidos pactos. Dominando la reciente discusión teórica, la autora se inscribe en
una visión historiográfica renovada sobre la dinámica religiosa en los Andes, cuyas
conocidas interpretaciones deambulaban entre la resistencia de cultos puramente na-
tivos o bien en su total extinción bajo el dominio colonial. En consecuencia, Marsilli
no concibe la religión andina colonial desde un punto de vista culturalista, es decir,
como un inventario estático de elementos ideológicos y materiales de lo sagrado.
Pero tampoco aboga por su híper fluidez que arriesga con fragmentar y restar de
sentido a las creencias y prácticas religiosas indígenas. Reconociendo el catolicismo
como un agente de cambio, la autora no niega la capacidad generativa de los grupos
andinos por mantener algunos principios caros de su organización social, política
y espiritual. Desde ese punto de vista, Hábitos Perniciosos sobresale por estudiar
los cambios religiosos desde una perspectiva de larga duración. El primer capítulo,
cuidadosamente elaborado a partir de investigaciones arqueológicas y fuentes co-
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loniales tempranas, ofrece sugerentes indicios sobre las prácticas religiosas de las
poblaciones que habitaban lo que sería el Obispado de Arequipa. Como resultado el
texto dispone de un mayor espacio de inteligibilidad del hecho colonial ubicándolo
en un proceso amplio de transformaciones culturales y de experiencias de acomodos
religiosos en el área.
Pesquisando documentos en archivos europeos, americanos y peruanos desde las
Cartas Annuas hasta expedientes judiciales de corregidores borbónicos, la autora lo-
caliza los pocos casos de denuncias de abusos contra la fe durante los siglos XVII y
XVIII. Marsilli explica que estos adquieren un especial valor considerando la relativa
impunidad que en general gozaron los cultos andinos coloniales en la jurisdicción,
y por tanto serían representativos de las genuinas adaptaciones religiosas andinas y
repercusiones del catolicismo ibérico. Su estudio le permite brindar un retrato convin-
cente sobre la extraordinaria vitalidad que a lo largo del período colonial tuvieron el
culto a los cerros y montañas, y los ancestros. Demuestra de manera categórica que
estos poseían estrechos vínculos con la estructura social y la vida cotidiana funcio-
nando como principios fundamentales de la sociedad colonial indígena. Tales prácticas
religiosas son consideradas como formas de memoria social que contribuyeron a la
adhesión social e identidad del grupo, y que aspiraban a mantener el bienestar físico
y material de seres humanos y bienes.
Los dos últimos capítulos están repletos de sugerencias sobre el vigor de estos
cultos y su relación con el catolicismo ibérico, y sin duda serán de gran interés para
antropólogos y etnohistoriadores. En El volcánico retorno del Amaru, Tunupa y el
culto a las montañas se analiza las reacciones que el clero regular y los indígenas
tuvieron ante la erupción del volcán Huaynaputina que en 1600 cobraría la vida de
más de mil campesinos. Bailes rituales o taqui, la aparición de Amarus (serpientes),
San Bartolomé/Tunupa en el río, volcanes que conversan entre ellos, huacas enfa-
dadas y castigos divinos son algunas de las prácticas y creencias que como parte
de un mundo de préstamos y confrontaciones de imaginarios políticos y religiosos
coloniales recorrieron la campiña arequipeña en los meses inmediatos a este dantesco
escenario. Mientras para los andinos el estallido del volcán fue interpretado como un
signo inequívoco del enfado de sus huacas, para los jesuitas tal reacción justificaba
su misión para vencer al demonio en el sur peruano. Algunas décadas después, el
descubrimiento de una red de hechiceros de las parroquias de Chichas y Salamancas
puso en evidencia los intercambios recíprocos entre la espiritualidad católica e indíge-
na hacia el período medio-colonial. Los caciques asoman como autoridades políticas
y líderes espirituales o huaqa camayoc que redefinen su identidad reinterpretando
un pasado prehispánico y desplegando cultos a ídolos y montañas nevadas. El culto
a las montañas de Chichas y Salamancas conjugará creativamente la importancia
del ciclo agrícola del maíz y elementos litúrgicos católicos como el Corpus Christi.
Cabe destacar que el análisis de Marsilli no disgrega en ámbitos simbólicos,
políticos y materiales los procesos sociales vinculados a la religiosidad andina, y
por el contrario, ilustra las potencialidades de una perspectiva integradora. Esto es
patente en el lugar que adquieren las elites nativas en el desarrollo de cultos andinos
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coloniales y que es uno de los temas abordados en el último capítulo “Arequipa a
mediados del siglo XVIII: El regreso de los ancestros (y su Santo)”. El capítulo
examina el caso de Gregorio Taco, cacique de Andagua y exitoso empresario arriero,
quien lideró un complejo de cultos a ancestros momificados o mallquis apostados
en cuevas y cerros. La acusación contra este último cacique idolatra investigado por
un corregidor ilustra a nivel provincial los primeros embates borbónicos hacia las
competencias eclesiásticas. Este cacique fue también uno de los principales cabecillas
de una revuelta anti fiscal (1750-54) y dada su importancia la propia autora publicó
anteriormente el expediente integro de este proceso. Como seguramente otros caci-
ques de la diócesis, Gregorio Taco había logrado compatibilizar su papel de mando
político con sus obligaciones religiosas comprobando las íntimas conexiones entre la
esfera espiritual y la prosperidad material. Para los indios del común la mantención
del culto a los ancestros fue visto como un recurso de legitimación del poder co-
munitario de especial relevancia, en una coyuntura crítica para la autoridad cacical.
Por otra parte, el culto a los mallquis de Andagua y todas sus expresiones (diálogos
chamánicos con aves o guamanis, rituales de protección del ganado, augurios, etc.)
son una ventana para observar el vigor de componentes esenciales de la espiritualidad
nativa y su imbricación con la doctrina cristiana en una sociedad amestizada. No en
vano los ancestros momificados de Gregorio Taco fueron reconocidos también como
apóstoles cristianos y su culto no fue privativo de los sectores indígenas, pues otros
grupos se aproximaron a los lugares clandestinos atraídos por los poderes curativos
de los antiguos mallquis.
Hábitos Perniciosos no solamente interesará a los especialistas en religiosidad
indígena, otros lectores atentos hallarán aquí varias sugerencias sobre relaciones de
poder y configuraciones culturales en contextos de subordinación colonial. La obra
es una invitación a pensar históricamente acerca de la vitalidad y transformación de
los cultos a los ancestros, montañas y volcanes en el área sur andina. Es de aquellos
libros valiosos que abren nuevas preguntas y contrasta con interpretaciones previas
dirigiéndonos a comprender los distintos caminos que pudo despertar la persecución
de la idolatría indígena, aquellos hábitos perniciosos que sacerdotes agentes del ca-
tolicismo (no tan afanosamente) pretendieron extirpar.
Julio AGUILAR HIDALGO
Centro de Estudios Históricos, Universidad Bernardo O’Higgins,
Santiago de Chile
MARTÍNEZ RIAZA, Ascensión (ed.), La independencia inconcebible. España y
la “pérdida” del Perú (1820-1824), Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Uni-
versidad Católica del Perú-Instituto Riva Agüero, 2014, 344 pp.
¿Cuál fue la política española –de la metrópoli y de las autoridades virreinales–
con respecto al Perú durante el llamado Trienio Liberal (1820-1823)? ¿Hasta qué punto
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se aplicó la constitución doceañista y se retomó el ejercicio de la representación en
los Andes peruanos en ese breve lapso? ¿Cuáles fueron las opiniones predominan-
tes de los peninsulares, según la prensa del segundo liberalismo, con relación a la
guerra de independencia que se libraba en aquella parte de Sudamérica? ¿Cómo se
desarrolló la política de negociaciones con los «disidentes»? ¿Cómo se produjo la
transición de una Hacienda colonial a la de un Estado independiente? Estas son las
preguntas fundamentales que corresponden a las cinco contribuciones que integran
este libro colectivo coordinado por Ascensión Martínez Riaza, catedrática de Historia
de América en la Universidad Complutense de Madrid y destacada especialista en las
relaciones entre Perú y España durante los siglos XIX y XX. Co-editada por el Fondo
Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú y el Instituto Riva-Agüero,
la obra se presenta como una continuación del dossier “´Tiempos de desconcierto´.
Política y sociedad en la independencia del Perú, 1820-1824”, publicado en 2011
en Revista de Indias. Los cinco autores de este volumen son españoles o residentes
en España que han consultado archivos y bibliotecas peruanos y españoles para
responder con notable meticulosidad a esas preguntas desde la perspectiva realista.
Esto último constituye un primer gran acierto historiográfico del libro, pues la mi-
rada suele posarse desde la gesta independentista, en la que muchas veces, por otra
parte, sucumbe fácilmente –aunque por fortuna sucede cada vez menos en el ámbito
académico– al telos de la nación. En este sentido, tal como lo señala Martínez Riaza
en su ensayo introductorio, se recuperan y discuten fructíferamente los postulados
de clásicos como Anna, Hamnett y Costeloe que en los 1970 y 1980 han intentado
explicar la «pérdida» del Perú por parte de España, del mismo modo que se dialoga
con el trabajo de Gil Novales, importante referente sobre el Trienio Liberal, y con la
historiografía conocida sobre la independencia peruana (desde de la Puente Canda-
mo, a quien está dedicado el libro, en adelante). La independencia «inconcebible»,
así, resalta desde el título la perspectiva a explorar, en claro homenaje a la célebre
discusión que desde comienzos de los 1970 motivó tantas investigaciones entre par-
tidarios de una independencia «concedida» (Bonilla-Spalding) y una independencia
«concebida» (O´Phelan). Otro aporte significativo del libro es su profundización en los
estudios sobre el liberalismo hispánico, con sus dos pilares –como insistía François-
Xavier Guerra- en la América fidelista y en la Península. Para el caso peruano, se
desconocían muchos aspectos de este segundo momento del liberalismo, modelado
al calor de una prolongada guerra de incierto desenlace, simultáneo a la primera
aventura de una organización independiente en una parte del territorio, y atravesado
tanto por conflictos internos en el bando realista que llevan al reemplazo de facto de
un virrey por otro, como por graves diferencias entre aquellos proclives a negociar y
los convencidos de la solución militar.
A partir de tres periódicos liberales peninsulares (Madrid, Cádiz y Barcelona),
Víctor Peralta Ruiz examina la opinión e información que circulaba en la metrópoli
sobre la guerra y el gobierno en el Perú durante el Trienio. Complementa de este modo
sus conocidos trabajos sobre la prensa peruana durante los dos liberalismos. En contra
de lo que generalmente sostuvo la historiografía del siglo XX, Peralta demuestra que
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la falta de información oficial no fue óbice para que dicha prensa buscara ávidamente
en correspondencia de particulares llegada en barcos extranjeros información sobre
los sucesos bélicos en el Perú. Las noticias sin embargo llegaban distorsionadas por
la distancia y muchas veces las interpretaciones eran equivocadas. La atención estaba
focalizada en la guerra antes que en la aplicación de la Constitución de 1812. Esto
podría hacernos pensar en la poca fe que tenían en la Península en la carta gaditana
para resolver el conflicto con las provincias de ultramar. El autor también explora
con detalle la lucha por la opinión que entablaron en la Península los dos enviados de
La Serna para sobreponerse a los ataques del depuesto Pezuela. Aquellos no fueron
tan hábiles como los pezuelistas en este campo, y no solo por habérseles extraviado
importante documentación en el viaje. Quedaba claro entonces que La Serna debía
ganarse su legitimidad con victorias militares.
Arrigo Amadori analiza una treintena de escritos presentados como memorias a
las Cortes por parte de los secretarios de Estado, Gracias y Justicia, Guerra, Marina,
Hacienda, Gobernación del Reino y Ultramar. Así, la «voz del Rey» era altamente
heterogénea y en ese cúmulo de miradas pueden deslindarse diferentes proyectos de
gobierno y desarrollo para las provincias americanas y para el Perú en particular.
Resalta, al igual que Peralta, el problema de la información por la distancia y el desco-
nocimiento finalmente que tenían estos ministros de la realidad peruana, que oscilaban
entre la confianza ciega en la carta gaditana y la desazón total por la prolongación
de la guerra. Pasa revista a las reformas «en el aire» que proyectaron estos ministros
para América, tanto para el área de educación (escuelas lancasterianas que también
estaban adoptando los «disidentes»), salud, industria, agricultura y minería; todo
eso sin demasiada preocupación de los funcionarios por conocer si las instrucciones
políticas para formar cabildos constitucionales y diputaciones provinciales se estaban
aplicando o no en América y, según las palabras del autor, «mientras el Perú se perdía
en voz baja, tal y como parece haber sido su presencia en las Cortes del Trienio».
El gobierno del Trienio Liberal se caracterizó también por impulsar la vía de la
negociación con los «disidentes». El trabajo de Ascensión Martínez Riaza y Alfredo
Moreno Cibrián analiza en profundidad y desde la perspectiva realista las nego-
ciaciones de Miraflores (24 de septiembre a 4 de octubre de 1820) y Punchauca
(4 de mayo de 1821 a fecha sin definir) que los respectivos virreyes Pezuela y La
Serna entablaron con San Martín. La política negociadora también se desarrolló
en el escenario altoperuano y especialmente desde la ciudad de Salta, plataforma
para el diálogo con los insurgentes del Río de la Plata. Mientras los dos virreyes se
mostraron ambiguos y hasta opuestos a las órdenes de negociar, los «disidentes» no
doblegaron en ningún momento la premisa del reconocimiento de la independencia.
Por lo tanto, solo pudieron lograrse armisticios muy efímeros. Según los autores, las
negociaciones en definitiva resultaron «un pulso para medir fuerzas», y a la larga
dieron tiempo a los disidentes para que pudieran incrementar la opinión a su favor
mediante el despliegue de propaganda. Se destaca el minucioso trabajo de recons-
trucción de las tramas de negociación y caracterización de los actores colectivos e
individuales, el cual sienta bases sólidas de un ejercicio prosopográfico. En este
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sentido, examinan las tensiones entre los comisionados de Miraflores, los miembros
de la Junta de Pacificación y los comisionados de Punchauca. Entre los miembros de
la Junta se destacan el comisionado regio Manuel Abreu, José María Galdeano, José
de La Mar, Manuel del Llano y Nájera, Manuel Olaguer y Feliú, Manuel Plácido
Berriozábal, entre otros. Se indaga a su vez en el comportamiento corporativo de
la Audiencia, Ayuntamiento, Consulado de Lima y de los altos jefes militares en el
contexto de las negociaciones.
Aunque es sabido que la representación peruana en las Cortes durante el Trienio no
fue descollante (solo uno de los diputados elegidos llegaría a integrarlas), Núria Sala i
Vila indaga centralmente en el alcance de la aplicación de la constitución doceañista en
el mundo andino durante ese breve período, e inscribe su análisis en un contexto más
amplio sobre la evolución del sufragio desde 1809. Esto último le permite comparar
la trascendencia de los dos liberalismos en los Andes. La autora aborda el proceso
de elección de diputados a Cortes y los debates sobre cómo financiar sus viajes y
dietas, así como la forma en que estos defendieron las instrucciones asignadas por
parte de cabildos y provincias. Efectúa una útil prosopografía de los electores de par-
tido y de los diputados electos que permite conocer mejor la dinámica electoral y la
variable composición de las elites en las provincias de Arequipa, Cuzco, Huamanga,
Huancavelica, Puno y Tarma. Para ello ha consultado archivos locales, regionales y
nacionales que le presentaron un gran desafío para reponer información dispersa o
sortear directamente la ausencia de documentación. El bloqueo naval impidió que se
conocieran y aplicaran en esas regiones las leyes y decretos emitidos desde mediados
de 1822 hasta 1824, es decir, la fase exaltada del segundo liberalismo.
A diferencia de los trabajos anteriores sobre historia política, el último capítulo,
escrito por Dionisio de Haro Romero, se inscribe en la historia económica y tiene como
objetivo analizar la transición de la Hacienda virreinal peruana a la independentista
entre 1821 y 1825. En este sentido, se aparta también, al menos parcialmente, de la
perspectiva realista puesto que centra gran parte de su investigación en el momento
protectoral y republicano inicial. Reconstruye las múltiples causas del quiebre hacen-
dístico colonial y las medidas adoptadas por San Martín y los gobiernos sucesivos
para recomponer, con poco éxito, la Hacienda para el nuevo Estado. El Protector
efectuó un desarme fiscal desnortado y, tal como ocurrió en el plano jurídico, man-
tuvo elementos del viejo sistema. Aun así, el gobierno dependió de los empréstitos
internacionales y estuvo constantemente al borde de la quiebra. Metodológicamente
es valioso el análisis cuantitativo que realiza el autor basado en los Libros Mayores
de la Caja Matriz del Estado de Lima. Recién en 1824, concluye, puede decirse que
armonizaron varias iniciativas para romper la atonía fiscal, aunque los tiempos de
reformas empezaron a sentirse solo a partir de 1826.
En su conjunto estamos ante un libro de valía que indaga en profundidad múltiples
líneas abiertas a la historiografía. Cada uno de los trabajos refleja el estado avanzado
de investigaciones que tienen varios años en curso, para las cuales se ha contado con
diversos apoyos que han permitido el recorrido por numerosos archivos y bibliotecas
en los dos mundos. Resaltamos por último el valor de la prosopografía como méto-
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do para iluminar en detalle dinámicas en períodos de convulsiones institucionales y
sociales tan sensibles como fueron los procesos independentistas.
Pablo ORTEMBERG
CONICET-UBA
ORTEMBERG, Pablo, Rituales del poder en Lima (1735-1828). De la monarquía
a la república, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2014, 402 pp.
Este libro del historiador argentino Pablo Ortemberg es la adaptación de su tesis
doctoral sustentada en la Ecole des Hautes Etudes en Sciencies Sociales (EHESS)
en 2008 y cuya edición francesa se publicó en 2012. La hipótesis principal aparece
claramente especificada en su introducción: las celebraciones rituales con que el Perú
republicano recuerda su independencia tiene un inocultable referente virreinal. A lo
largo de cinco capítulos este trabajo concentrado en la capital peruana empieza en
1735, con el análisis de los ceremoniales relacionados con la lealtad al rey y a la
corte virreinal, y culmina en 1828, con la plasmación de una etiqueta republicana
confeccionada sobre la base de una mitopoiesis del pasado que se pretende negar
y derruir. Metodológicamente, el trabajo se inscribe en el terreno de la antropolo-
gía política cultivada por autores como Clifford Geertz o George Balandier, pero
igualmente se puede decir que es un creativo recorrido por la historia cultural y la
historia política, campos en los que han destacado historiadores como Mona Ozouf,
Lynn Hunt o Keith Michael Baker que innovaron nuestro conocimiento sobre la
revolución francesa. El estudio de Ortemberg complementa y prolonga una serie de
recientes trabajos sobre la sociedad cortesana limeña que de preferencia han situado
sus intereses en la época virreinal temprana o austriaca (Alejandra Ossorio y Eduardo
Torres Arancivia). Para el periodo comprendido entre el reinado de los Borbones y
la época de la independencia es un estudio sobre los cambios y permanencias de la
simbología política y religiosa que prosigue los derroteros abiertos desde la historia
del arte por Natalia Majluf.
A la etapa virreinal Ortemberg presta especial atención en sus dos primeros
capítulos a los rituales practicados en torno al recibimiento de los virreyes y, a conti-
nuación, a los fastos relacionados con las proclamaciones reales de los tres monarcas
borbónicos (Fernando VI, Carlos III y Carlos IV). A pesar de advertir el dominio de
las continuidades en la pompa, la etiqueta y el modo de participación festiva de la
población (tanto de la elite como de los sectores populares) en estos actos públicos,
el autor también demuestra que existen significativos cambios o matizaciones dentro
de estos ceremoniales repetitivos. Por parte de las autoridades virreinales se tiene
el convencimiento de que el ritual de la continuidad del poder debe cambiar para
preservar y reafirmar el statu quo. Por eso se tiene un control pormenorizado sobre
cómo se debe actuar en el caso de las loas o panegíricos, los Te Deums o los escritos
conmemorativos. La prohibición del Elogio del virrey Jáuregui de Baquíjano y Carrillo
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no debe ser visto más que como un accidente (o incidente) dentro de un cuidadoso
control de lo que se expresa autoimpuesto por los propios actores cortesanos. Más
cuidadosa parece haber sido la elite virreinal para que la plebe limeña no desbordara
los canales concedidos para hacerla sentir participe de los ceremoniales cortesanos.
En momentos de crisis como la transcurrida entre la rebelión de Juan Santo Atahual-
pa y la rebelión de Huarochirí, el virrey conde de Superunda tuvo la habilidad de
promover un indulto general pero, a su vez, estableció una estricta vigilancia sobre
las fiestas de indios y mestizos para evitar el contagio y expansión de la subversión.
Seguidamente, Ortemberg presta una pormenorizada atención a cómo en la capital
virreinal la simbología inca en los rituales del poder fueron despareciendo después
de la gran rebelión de Tupac Amaru II.
Es sumamente interesante el tercer capítulo porque en el mismo el autor advierte
los cambios más significativos experimentados por el ritual del poder virreinal como
consecuencia de la crisis de la monarquía hispánica en 1808 y el consiguiente esta-
blecimiento de las Cortes de Cádiz. El paso de las fiestas absolutistas a las fiestas
constitucionales en Lima no supone la ruptura con la tradición cortesana impuesta
por los Borbones pero, en cambio, conlleva la activación de una serie de innovaciones
en el ámbito de la ritualidad con el propósito de solventar la identificación con la
causa monárquica amenazada tanto en Europa como en Hispanoamérica. Ortemberg
presta una especial atención a la forma en que junto a las tradicionales rogativas y
donativos por Fernando VII se activa una especie de «ritual guerrero» en torno a
nuevas advocaciones a vírgenes, como la del Rosario en la iglesia de Santo Domingo,
panegíricos a héroes militares como Goyeneche o Pezuela y, finalmente, el realce
de símbolos emblemáticos como banderas, monedas y estandartes para festejar los
triunfos logrados sobre las insurgencias altoperuana, rioplatense y chilena. A su lado,
se incorpora una fiesta liberal ligada al juramento de la constitución de 1812 y en
el que «el teatro político dejaba de constituir súbditos indiferenciados, para dar paso
a la construcción del ciudadano teóricamente responsable del pacto político» (pp.
213-214). Fue bajo la vigencia del liberalismo hispánico que se resignificó el espacio
limeño según las coordenadas de unan nueva era como lo ejemplifican el que las plazas
donde se produjo el juramento de la carta política pasaran a denominarse «Plaza de la
Constitución». Esta ritualidad política y otras derivadas de la nueva imbricación entre
las esferas políticas y religiosa entre 1812 y 1814 serían posteriormente recogidas y
adaptadas por los políticos republicanos.
Los últimos dos capítulos de Rituales del poder en Lima están dedicados, respec-
tivamente, a los casos del reemplazo y la permanencia de los ceremoniales político-
religiosas virreinales durante el Protectorado de José de San Martín y la república
inicial entre Simón Bolívar y José de La Mar. En este ámbito la desaparición en
Lima de las proclamaciones cortesanas de reconocimiento y sumisión a los reyes
y su reemplazo por la fiesta en nombre de la libertad, la independencia y la patria
suponen un cambio de etiqueta pero no de contenido. Lima seguirá siendo una ciudad
cuya identidad como centro del poder estará ligada a su pasado virreinal. Por ello era
fundamental que «los espacios consagrados por la tradición política virreinal desde el
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momento de fundación de la ciudad conserva[r]an su eficacia» (p. 242). El escena-
rio de escenificación del ritual del poder político-religioso capitalino, y en adelante
nacional, debían ser siendo la Plaza de Armas, la Catedral y el Palacio de Gobierno.
La Orden del Sol y la preservación de los títulos nobiliarios del Protectorado no
apuntaron a otro objetivo que a reforzar el vínculo entre «la monarquía moderada»
deseada por San Martín y la nobleza criolla limeña. Ortemberg destaca el deseo de
Bernardo Monteagudo de fracturar ese ritual de consenso con su decreto de marzo
de 1822 de sustitución de festividades religiosas por equivalentes cívicos y laicos. Su
proyecto naufragó por su marcada connotación anti-españolista. Igualmente, escaso
éxito tendría después el proyecto de Bolívar de consagrar en torno a su persona y a
su proyecto panamericano el eje del ritual republicano peruano. La fortaleza del ritual
cortesano virreinal matizado por el ceremonial impuesto la época de las Cortes de
Cádiz fue lo que, finalmente, se mantendría como forma de representar y reconocer
la magnificencia del poder en las décadas iniciales del Estado republicano.
Por último, se puede reflexionar sobre qué cambios y permanencias representa
el libro de Ortemberg con relación a la historiografía del reformismo borbónico y la
independencia. En el primer caso, el propio autor destaca en la introducción haber
estado influenciado en parte de su interpretación por los trabajos de John Fisher so-
bre la militarización del ceremonial virreinal en el siglo XVIII. Pero, acertadamente,
también enfatiza que su trabajo cronológicamente no podía someterse a la afirmación
polémica, y menos comprobada, de Fisher de que el Perú Borbónico perduró hasta
mediados del siglo XIX. En el último caso, el libro de Ortemberg incide en un tema
descuidado por los investigadores más representativos de la «nueva historia» peruana
quienes primaron casi exclusivamente los aspectos socio-económicos del proceso.
Este estudio constituye un aporte innovador porque demuestra que el tratamiento de
las fiestas y ceremoniales en los periodos históricos de cambios reformistas y revo-
lucionarios no resulta una frivolidad académica sino, todo lo contrario, un ejercicio
de fructífera creatividad intelectual.
Víctor PERALTA RUIZ
Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC
ORTIZ ESCAMILLA, Juan, Guerra y gobierno. Los pueblos y la independencia
de México, 1808-1825, México, El Colegio de México, Instituto Mora, 2014.
Durante los 18 años transcurridos entre la primera edición de Guerra y gobierno 3,
y su actual reedición, se han producido una gran cantidad de obras sobre los temas
que «atraviesan» el libro, sobre todo a raíz de las conmemoraciones de 2008 y 2010.
3 Ortiz Escamilla, Juan, Guerra y gobierno, los pueblos en la independencia de México,
Sevilla, Universidad Internacional de Andalucía, Sede Iberoamericana de la Rábida, Univer-
sidad de Sevilla, Instituto Mora, El Colegio de México, 1997.
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Aunque hay algunas ausencias, estas reflexiones han sido aprovechadas por el autor,
que ahora incorpora nuevas fuentes y elementos de análisis, y esto le ha permitido
ampliar la reflexión sobre algunos tópicos.
Si en la primera edición decía que el propósito de su trabajo era «estudiar los
cambios políticos y sociales que se dieron en los pueblos de la Nueva España a partir
de 1810» [1ª edición: p. 17], en la segunda enfatiza en el elemento cultural, que si
bien estaba presente en la edición anterior, en la nueva se muestra de manera más
clara al analizar con mayor profundidad ciertos aspectos. Entre ellos, encontramos
las estrategias de las poblaciones para defenderse de ambos bandos en conflicto, y
los «diversos actores [que el autor asegura, fueron] motivados por sueños e intereses
colectivos y personales» [2ª edición: p. 15], algunas veces compartidos, algunas veces
enfrentados. El aspecto cultural también se evidencia al poner mayor énfasis en los
temores, presentes en diversos casos analizados a lo largo del libro. Además de ello,
Juan Ortiz muestra mayor interés en lo que llama «la destrucción del orden existente»
y en la manera como se construyó otro.
Lo anterior se analiza en función de los diferentes niveles de intensidad del con-
flicto, y si se quiere, enmarcados en varios movimientos que son caracterizados por
el autor, en el entendido de que no se trató de un proceso mecánico y lineal. De esta
manera, se resalta más la gran cantidad de actores y espacios: al lado de las ciudades,
villas y pueblos, encontramos haciendas y rancherías, no porque en la anterior edición
estuvieran ausentes, sino porque ahora el autor se muestra más interesado por los
poblados, independientemente de su categoría. Todos esos elementos son estructura-
dos, articulados y categorizados a partir de la formación de los gobiernos realistas e
insurgentes, las políticas que éstos aplicaron en las poblaciones, los modelos militares
que se implementaron, los sistemas de contribuciones, las nuevas relaciones sociales
y políticas que surgieron al interior de las poblaciones, así como las características
del nuevo vínculo entre los pueblos y el gobierno, o la ausencia del mismo.
El autor señala cuatro etapas del movimiento 4, aunque el grueso del análisis inicia
en 1811. Me parece que esto se debe a un hecho concreto: que durante los primeros
meses del movimiento, las estrategias de uno y otro bando se fueron diseñando sobre
la marcha, con aciertos y desaciertos, y porque debido a la manera cómo surgió el
movimiento, tomó varios meses estructurar la insurgencia y la contrainsurgencia. Si
bien ambas sufrieron cambios significativos a lo largo de los años en conflicto –porque
el movimiento tuvo variaciones–, se presentó un estado de guerra, que a su vez llevó
a un estado de alerta permanente; y en nombre de esta situación, se formalizaron
cambios en las relaciones sociales y económicas, se diseñaron nuevas contribuciones,
se crearon cuerpos armados que dieron cabida a un número importante de individuos
que antes no podían acceder a ellos, etc.
En esa línea, a las poblaciones les tomó tiempo medir los efectos causados por
la guerra, pero sobre todo, valorar su propio poder al encontrarse entre dos fuegos;
4 La primera de septiembre de 1810 a mayo de 1811; la segunda de junio de 1811 a
diciembre de 1815; la tercera de enero de 1816 a 1820; la cuarta de 1821 a 1824.
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pues si bien en un principio esto les trajo considerables efectos negativos (y el autor
lo muestran con muchos ejemplos), aprendieron a entrar en el juego de la negocia-
ción. Esto fue así, porque ambos bandos dependían de las poblaciones en muchos
sentidos, y eso las llevó a un empoderamiento, que fue fundamental en el proceso
del rompimiento del orden virreinal.
Dentro de las categorizaciones que establece el autor, una de las más interesantes
justamente se refiere a los actores que acabo de mencionar: las poblaciones. Siempre
encontraremos matices, pero es claro que prácticamente en todas las zonas por donde
se extendió el movimiento armado las poblaciones aprendieron a lidiar con el enemigo
(porque ya estando en ello, ambos bandos se convirtieron en enemigos), y esto las
llevó a mostrar «lealtades efímeras». Me parece que esto es un elemento fundamental
durante todo el movimiento y merece profundizarse; sobre todo, porque considero
que ambos bandos sabían que lo mismo que poblaciones, corporaciones y/o indivi-
duos, mostraban «lealtad» a uno, más tarde lo mostrarían al otro, pero era importante
decretar indultos para sostener la guerra, para intentar restar poder al otro bando.
El autor muestra cómo las poblaciones aprendieron a organizarse, principalmente
por protección, aunque también se presentaron diferencias al interior de ellas (que
valdría la pena analizar más), y éstas variaron en función del momento en el que
se encontraba la guerra, así como por las particularidades regionales. Pero aún así,
se demuestra que recurrieron a estrategias parecidas, y esto nos habla de referentes
comunes, en los que se podría profundizar.
Otra categorización de especial interés está relacionada con la manera de actuar
de insurgentes y realistas. El autor evidencia que unos y otros hicieron uso de estra-
tegias parecidas en el momento de tomar las poblaciones: destituyeron autoridades,
nombraron otras que les fueran leales e impusieron contribuciones. Ambos también
recurrieron a castigos «ejemplares», para luego decretar indultos, y esto último resultó
fundamental para restar partidarios al contrario.
Por lo que se refiere a los nuevos individuos en escena, es importante matizar
por regiones, así como entre ayuntamientos capitalinos y no capitalinos. Considerar
que si bien aparecieron nuevos actores, los grupos de poder existentes antes de la
guerra lograron «reacomodarse», y en algunos casos también pudo tratarse de un
cambio generacional. En todo caso, creo que los actores «civiles», entre los cuales se
cuentan aquellos que pertenecían a corporaciones como los ayuntamientos, hicieron
su propio camino a partir de los cambios políticos propiciados por la crisis de la
monarquía; muchas veces, hicieron ese camino de manera paralela a los militares,
que en su mayoría eran nuevos actores, aunque también hubo presencia de individuos
de los cabildos capitalinos en los grupos armados.
Un elemento más presente en el libro es el «cruce» de la guerra con el llamado
movimiento gaditano, en donde éste es presentado como parte de la solución a la
ingobernabilidad. La presente edición muestra un mayor énfasis en la variedad de pro-
blemáticas inmersas en la guerra, vinculadas con los beneficios que los pueblos podrían
obtener con las concesiones de las Cortes, y sobre todo de la Constitución. La creación
de ayuntamientos constitucionales fue uno de los mayores beneficios para los pueblos,
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así como las Diputaciones Provinciales lo fueron en mayor medida para las elites locales.
Aunque sobre estos dos puntos debo señalar algunas imprecisiones en lo que respecta
a San Luis Potosí; el cuadro III.1 (p. 167) muestra que solamente dos ayuntamientos
fueron creados en esta provincia durante el primer periodo gaditano, cuando los últimos
estudios demuestran que fueron 33. Por otro lado, extraña que el mapa de las Diputa-
ciones Provinciales (p. 209) no presente la unión de San Luis Potosí y Guanajuato, que
fue como se creó esta Diputación y «funcionó», mal que bien, entre finales de 1820 y
la primera mitad de 1821 (no pudo instalarse en el primer periodo gaditano).
No obstante lo anterior, la nueva edición muestra una mayor riqueza documental,
cuadros mejor estructurados, y mapas que no estaban presentes en la primera edición.
Todo ello brinda elementos que posibilitan nuevas investigaciones, particularmente
para el ámbito regional, pues el libro está sustentado en archivos nacionales e in-
ternacionales, y no en archivos locales. El autor justificar esta decisión desde la
primera edición; en ella decía que analizar la información de manera vertical (co-
municación entre los diferentes niveles de gobiernos políticos y militares) contenida
en los archivos generales, permitía «un mayor acercamiento a los problemas» [1ª
edición, p. 17], y aunque esta verticalidad ya no lo menciona de manera puntual en
la segunda edición, las nuevas fuentes consultadas y la manera de incorporarlas al
análisis siguen la misma línea.
Pero indiscutiblemente los archivos locales pueden enriquecer esa mirada porque
nos muestran las articulaciones locales y regionales de manera más puntual (y si se
quiere, de manera horizontal). Por ejemplo, amplía la explicación de los acontecimien-
tos porque a las autoridades normalmente se enviaba un resumen de éstos. También
encontramos quejas de los habitantes por no poder cubrir las nuevas contribuciones,
documentación sobre la formación de contingentes y los actores que lo hicieron posi-
ble, temores de las autoridades y de la población porque se produjera un ataque, abasto
de víveres, etc. Y quizá uno de los temas con mayor potencial sea el de la justicia,
pues la guerra alteró los mecanismos de su impartición, en donde actores políticos y
militares se adjudicaban el papel de juez. Así mismo, es claro que la impartición de
justicia fue utilizada como estrategia para contener el movimiento restando apoyos al
contrario; fue una medida para ganar partidarios, aun cuando fuesen «momentáneos».
También me parece que es importante incorporar las experiencias previas. Sin
lugar a dudas partir de 1808 es fundamental para entender el desarrollo de aconte-
cimientos, sobre todo políticos, pero remontarnos algunas décadas podría brindarnos
elementos para entender algunas posturas y reacciones. En la primera edición del
libro, el autor, remitiéndose a los estudios de Hamnett, van Young y Tutino, señalaba
que «los niveles de pobreza de la gente [analizado por esos autores en sus trabajos]
no es suficiente para aclarar la magnitud de la insurrección, para ello es necesario
explicar cuál fue el detonante que propició la participación de la población» [1ª edi-
ción, p. 18]; con lo cual estoy totalmente de acuerdo, pero creo que si conjuntamos
ambos elementos, a nivel regional podríamos ampliar las explicaciones.
Por supuesto que otro tema fascinante es el clero. El autor muestra cómo éste
entró en el juego de negociaciones, y en algunos momentos no quiso comprometer-
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se. En ese sentido, hace falta un estudio del clero en la contrainsurgencia, pues de
acuerdo con los 610 clérigos que el autor tomó como «muestra», por lo menos 70
organizaron o formaron parte de las milicias locales en calidad de tenientes coroneles,
capitanes y comandantes.
En definitiva, la nueva edición de Guerra y gobierno, además de ser corregida y
aumentada, contiene puntos de partida para una gran cantidad de estudios regionales
sobre un proceso, que a pesar de su gran producción historiográfica, está lejos de
haberse agotado.
Graciela BERNAL RUIZ
Universidad de Guanajuato, México
PICÓ, Fernando, Puerto Rico y la sequía de 1847, San Juan, Ediciones Huracán,
2015, 207 pp., ISBN: 1-932913-53-X.
La sequía de 1847 induce a Fernando Picó desde la historia social y cultural
al estudio del fenómeno El Niño y el impacto de esa corriente calidad en la isla
de Puerto Rico. A partir de un trabajo monográfico se propone analizar la serie de
elementos de carácter económico y socio-cultural que contribuyeron a perfilar un
escenario de crisis. En su examen, la sequía es vista no sólo como una catástrofe
natural sino como un desastre ecológico y social que golpea con mayor fuerza a los
sectores económicamente más débiles, afectando sobre todo a niños y ancianos. A lo
largo de siete capítulos en que estructura su libro, el autor propone un acercamiento
al tema en diversos tiempos narrativos y planos de análisis, para proveer al lector de
argumentos sólidos respecto del desastre ecológico que propició la introducción del
cultivo de la caña de azúcar a gran escala y su procesamiento industrial en el tiempo
histórico. De ahí que en un primer momento Fernando Picó examine a la sociedad
puertorriqueña de la década de 1840 para introducirse, desde la atmósfera misma
de las familias afectadas, en el tema del comportamiento individual y colectivo al
momento de enfrentar en distintas regiones de la geografía de la isla, los estragos de
la sequía. Al escudriñar en ese pasado, se propone reconstruir el proceso desde los
patrones climáticos que prevalecieron durante 1847 y sus variaciones significativas
en dicho año.
El historiador puertorriqueño estudia la conducta de las autoridades municipales
en la mayor parte de los pueblos costeros y del interior de la isla entre 1846 y 1852,
así como en los informes que las autoridades superiores enviaban al poder central. En
esos documentos encuentra descripciones topográficas de las distintas jurisdicciones,
donde se muestra cómo la economía local y las relaciones sociales se debilitaban con-
forme se prolongaba la sequía. En el cuarto capítulo el autor se pregunta qué hacían
los representantes del Estado ante la sequía. Y a lo largo del mismo, con informa-
ción elaborada por los gobernadores en turno, deduce que aun cuando la legislación
tradicional preveía la protección de los recursos naturales, en las primeras décadas
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del siglo XIX las prácticas agrícolas en Puerto Rico y las ansias de enriquecimiento
acelerado fueron nocivas para que existiera o se respetara un cierto balance ecológico.
La tumba y quema de montes, señala Picó, se intensificaba en la medida en que la
demanda de madera para los astilleros de la Península asegurara una rápida ganancia
económica. Lo mismo sucedió con la caña de azúcar cuando en las primeras décadas
del siglo se impuso a otros cultivos y ganaba terreno. Las autoridades, por su parte,
siguieron dotando de permisos de manera desigual a quienes solicitaran el suministro
de agua para riego, sin realizar una verdadera vigilancia en las formas de administrar
ese recurso. Como advierte en un documento el gobernador Miguel de la Torre al
pasar visita por los pueblos, el conjunto de estas prácticas en las políticas públicas
provocó que, en unas cuantas décadas (1800 a 1847), «las orillas y cabeceras de los
ríos se encuentren limpios y por consiguiente las aguas se han retirado en algunos
parages (sic)…». A esa desolada descripción del paisaje, que trajo el aumento de la
agricultura se suma el ambiente de crisis, cuando señala: «por todas partes puede
presagiarse un mal que ya se toca, cual es destruirse haciendas que fueron productivas
y esterilizarse tierras pingües y frondosas no ha mucho tiempo» (p. 103).
Fernando Picó dedica uno de los capítulos del libro a reseñar cómo se recoge
la sequía en la memoria histórica de Puerto Rico, y en su recorrido encuentra que
aunque las referencias son escasas en documentos oficiales, la mortandad que provocó
debido a las hambrunas y enfermedades fue tan alta que los testimonios que aparecen
en los informes de los gobernadores forman parte del registro de sus estragos. El
estado de miseria, orfandad y abandono de niños y ancianos son algunos elementos
que permiten a Picó determinar la profundidad del desastre social.
En un ejercicio metodológico, hace un recuento de la historiografía que recoge
el tema de la sequía en Puerto Rico y señala que, aun cuando ha existido interés por
historiar fenómenos como los huracanes y terremotos como manifestaciones del cam-
bio climático en el pasado, este tipo de estudios han sido muy escasos. Una revisión
de los registros sobre la ausencia de lluvia en la narrativa le permite establecer que
estos también han sido exiguos. En la literatura científica, aunque son muy pocos
los informes pluviométricos con que cuenta Puerto Rico, el autor se refiere a los
que encontró y que fueron realizados por la Inspección de Obras Públicas entre 1862
y 1872. Por último, su intento por descubrir rastros de las sequías en la memoria
colectiva lo conduce a indagar en fuentes elaboradas desde el imaginario religioso.
Con este propósito, busca en la tradición castellana de las rogativas y anota que no
encontró nada en específico.
El apartado de la sequía de 1846 a 1847 le sirve de colofón al profesor Picó para
ahondar en una perspectiva de análisis mucho más amplia. Me refiero al mundo At-
lántico, en donde el fenómeno El Niño se ha magnificado respecto de lo que sucede
en Portugal, Bélgica, Holanda, Prusia, Paraguay, el norte de África, los Estados Unidos
o el resto del Caribe, mientras que los sucesos ocurridos en Puerto Rico se convierten
en el texto, en una parte de la historia local. De esta forma, y antes de aportar algunas
conclusiones a la investigación realizada, el autor del libro dedica un capítulo a la
revisión de los patrones del comportamiento global de los fenómenos El Niño y La
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Niña, sus consecuencias climáticas y la significación que han tenido en el pasado y
el presente de una economía agroexportadora como la que poseía Puerto Rico.
El libro Puerto Rico y la sequía de 1847 se suma a la discusión de una nueva
historiografía preocupada por rastrear los antecedentes históricos y las consecuencias
del fenómeno del calentamiento anormal de la temperatura en las aguas del mar
Caribe, así como la magnitud de su impacto a nivel regional y mundial. El texto de
Fernando Picó se edita en un momento histórico para la isla de Puerto Rico, dado que
atraviesa por una de las sequías más prolongadas en lo que va del siglo XXI, donde
la racionalización del agua ha puesto al descubierto las debilidades de su sistema de
almacenamiento y distribución ante el incremento y la demanda de una población
que se desborda por la imposibilidad de satisfacer de manera equilibrada sus prin-
cipales necesidades de abastecimiento del líquido. De ahí que la lectura del libro de
Fernando Picó se convierta en obligada para quienes buscan en el pasado respuestas
oportunas a los problemas actuales, cuando se avecina un nuevo escenario de crisis.
La acuciosa recopilación de fuentes documentales de diversa índole, realizada con
paciencia en archivos parroquiales, municipales, del gobierno central español, entre
otros repositorios, y la incorporación de noticias encontradas en la prensa periódica
de la época son una muestra de la experiencia investigativa acumulada por Fernando
Picó en su ardua e incansable labor de historiador. La utilización de una rica y espe-
cializada bibliografía sobre la historia de Puerto Rico y el fenómeno del Niño, permite
al historiador puertorriqueño fijar posturas respecto de la sequía y extraer, de ese
acontecimiento olvidado en los fondos documentales de 1847, una reflexión respecto
del impacto del proceso de industrialización mundial que trajo consigo la deforestación
de los bosques, el uso desmedido del agua, la contaminación de los ríos y todo lo que
conllevó la transformación de antiguos montes en infinitos cañaverales. La lectura del
libro es ágil y la prosa utilizada por el autor es rica y emotiva al develar a las familias
que sufrieron y enfrentaron desde distintas posiciones los estragos y las consecuencias
de la sequía que hoy conocemos como una de las manifestaciones del calentamiento
global. En palabras de Fernando Picó, nos referimos: «al hambre, las infecciones, la
falta de acceso a suficiente agua para la higiene y el consumo personal, y los suicidios
(que no necesariamente quedan registrados en los libros parroquiales) son muestra
elocuente del desplome de las condiciones de vida que medio año de sequía podía
producir en una población viviendo en los márgenes de la sustentabilidad» (p. 56).
María Teresa CORTÉS ZAVALA
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
RÉNIQUE, José Luis, Incendiar la pradera. Un ensayo sobre la ‘revolución en
el Perú, Lima, La Siniestra Ensayos, 2015, 227 pp.
Usaré la noción de «autor modelo», in fabula, de Umberto Eco, para mostrar
algunos elementos de la estrategia discursiva que los autores empíricos, Rénique y
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su editor Sándoval, han inscrito en el texto como propuesta de intelectual peruano
con el que un lector consecuente debería dialogar.
Nos dice Rénique que nuestro libro fue alentado por Pablo Sandoval, antropó-
logo sanmarquino dedicado a la historia de la antropología en el Perú, además de a
la promoción cultural y el debate político. En esto último se sitúa la publicación de
Incendiar la pradera en el sello editorial La Siniestra Ensayos. En la cuarta página
del libro podemos encontrar los objetivos del sello, que en este libro no siempre se
cumplen, aunque sí su propósito: la renovación de los debates sobre la izquierda y
la justicia social en el Perú. El libro consiste en la edición en español de un texto
publicado en brasileño en 2009 con el título A Revolução Peruana, dentro de la
colección de veinte títulos A Revoluções Do Século 20 que dirigió la historiadora
Emilia Viotti Da Costa en la editorial UNESP de São Paulo; a ese ensayo se añade
un artículo de revisión bibliográfica del que Rénique y una entrevista original de
Sandoval a Rénique.
Rénique asume el reto del sello editorial desde la dedicatoria del libro a Javier
Diez Canseco Cisneros, figura central de la izquierda política de su generación, al
que considera «luchador consecuente y amigo leal». También agradece a Carlos Iván
Degregori. Rénique está entre aquellos ilusionados jóvenes de los setenta que fueron
zarandeados en los ochenta y los noventa, para alcanzar hoy el estatus de referente
intelectual de otras generaciones, como la de Sandoval (proceso medular de un campo
intelectual según Bourdieu). Continua el reto con un ensayo de 140 páginas, sin notas
a pie, referencias bibliográficas o fuentes de las muchas citas y largos parafraseados,
hasta el punto de imbricarse las voces de González Prada, Mariátegui, Haya, De la
Puente, Delgado, Guzmán… con las lecturas y los comentarios que Rénique hace
de ellos. El ensayo se propone ser un texto de divulgación y debate, sin los pesados
artefactos de la prueba académica que ralentizan la lectura e inhiben la discusión; uno
de esos libros «de bolsillo» de los que mi profesor de lengua en España decía que
más que libros para el público general son para expertos, pues presupone la forma-
ción suficiente para reconocer y discutir las razones y los desarrollos argumentales,
o apenas alcanzarás una lectura superficial y sesgada por las ideas previas o por las
obligaciones sociales con la que lees el texto.
Este ensayo que compone el grueso del libro es el que procede del publicado en
Brasil con el título A Revolução Peruana y que el autor quiso haber titulado “La nación
radical: de la utopía a la tragedia, Perú 1888-1992”, título que corresponde mejor con
el contenido del ensayo y que fue cambiado por exigencias de la colección brasileña.
Se divide en tres partes con tres capítulos cada una (tres espirales de tres espiras) para
los periodos de 1890 a 1930, 1950 a 1970, y 1980 a 1990, fechas aproximadas. Las
partes del ensayo se pueden leer de manera independiente, incluso pareciera que se
nos convoca a ello al no arribar a un apartado final de síntesis o conclusión; pero sí
hay un hilo conductor, una espira que ensarta las tres espirales argumentales por sus
vórtices, lo que Rénique llama «la tradición radical» en el pensamiento y la acción
política (fundamentalmente lo primero) en el Perú contemporáneo, consistente en dis-
cursos performativos a favor de la movilización popular indígena como única vía para
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alcanzar la emancipación del verdadero Perú. La historia de esta tradición es lo que se
había propuesto hacer Rénique y en lo que aún continúa trabajando (en agosto de este
año 2015 ha aparecido su libro Imaginar la nación. Viajes en busca del “verdadero
Perú” 1881-1932). Pero este hilo conductor está más claro en la entrevista que le
hace Sandoval como apéndice del libro. Definitivamente, “La nación radical”, como
quiso Rénique, o Incendiar la pradera son mejores títulos que A Revolução Peruana
de la versión brasileña, pues no se encuentra en el ensayo una acotación expositiva,
analítica o interpretativa de la noción de revolución, ni siquiera en el caso del gobierno
militar del general Velasco Alvarado, que habría sido el momento álgido en el que el
debate en torno a los significados de la noción de revolución adquirió mayor densidad
discursiva y práctica. Por esto, el subtítulo que mantiene la edición limeña de 2015
como referencia a la brasileña de 2009 sigue siendo poco acertado. Y sin embargo,
en este ensayo están algunas líneas medulares para esta sociohistoria crítica de la
«revolución» en Perú, como las preguntas de Sandoval y las respuestas de Rénique
sugieren. Ahí está una de las respuestas más interesantes de Rénique a Sandoval, a su
trabajo, a este libro y a su generación: cuando Sandoval pregunta, «¿Para relatar una
suerte de historia crítica de la izquierda peruana qué se necesita?», y el Rénique más
generacional contesta, «Una historia crítica de la izquierda peruana requiere trascender
el mariateguismo. Contextualizar la «agonía», apuntando a desentrañar el «mito del
socialismo indígena», como propone Gerardo Leibner, sopesando los efectos de una
visión indigenista/campesinista, telúrica o agrarista, que era la idea medular de la
tradición radical peruana, para la elaboración de proyectos políticos revolucionarios».
Con lo anterior conecta el primer asunto, de los tres que Rénique destaca, que
quiero comentar. Se trataría del dibujo que nos ofrece del tenso arco que va de
González Prada, fundador de la tradición radical moderna e intelectual puro en el
derrotado Perú sin nación tras la guerra del Pacífico, hasta las varias traiciones del
APRA ya constituida en la más destacada organización política del Perú, fundada y
liderada por Haya de la Torre. En ese arco, suspendida, quedaría la agonía de José
Carlos Mariátegui, su palabra vanguardista y su proyecto socialista. Una dislocada
fundación de la izquierda y la tradición radical, cuya división nunca habría sido su-
perada. ¿Es ese tenso arco fundacional, con la fecha de Mariátegui que alumbra el
sendero a seguir, el que habrá que romper para liberar los proyectos políticos peruanos
que buscan la justa transformación social e histórica del país, su conformación como
nación de todos por igual? Tal vez se trate del propio relato, el dibujo completo, que
recrea Rénique: contextualizar, desmitificar, trascender (que no ignorar) no sólo el
mariateguismo si no todo su tiempo, la propia historia de las ideas y las instituciones
política, para convertirlas en el laboratorio político que propone Pierre Rosanvallon.
Si fue el elitismo de las vanguardias o las rutinas de las burocracias aprista lo que
«jodió al Perú» poco interés tiene, pero desvelar las obligaciones sociales que tienen
unas y otras formas de pensar y hacer política sí que es relevante.
Sobre el gobierno militar encuentro el principal hueco del ensayo, no porque lo
dicho no sea ajustado a la realidad y al argumento de la tradición radical, sino por la
presentación relativamente desacoplada que Rénique hace de la primera fase del Go-
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bierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Sólo la participación burocrática que
levantó el SINAMOS y la reforma agraria alcanzan significación para esa historia de la
política en Perú. El formato del ensayo tiene sus condiciones, que son las mismas para
cualquier otro elemento de esa historia, pero el reto que el gobierno de Velasco supuso
sigue siendo trasversal a la política en Perú: construir, desde la ruptura ordenada, las
burocracias del Estado que sostengan la promesa de una nación peruana. La realidad
suele ser menos consecuente con los planes gubernamentales que las conclusiones de
nuestros textos académicos con sus hipótesis iniciales, pero ahí, en esas inconsecuencias,
en los virajes, en los ajustes y las dislocaciones, merece la pena seguir indagando, tras-
cendiendo y razonando la defensa de los velasquistas frente a sus críticos de izquierda o
derecha cuando espetan que ellos intentaron y, a veces, lograron hacer lo que los demás
sólo decían que había que hacer. La búsqueda de Rénique enfatiza la combinación de
insurrección popular y discurso vanguardista, en la que el gobierno militar sólo tiene
interés por su reforma agraria que abrió la pradera a los incendios campesinistas y los
valles al aluvión de la sierra que trasformaría las ciudades de la costa.
Por último, la participación de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso en la tra-
dición radical se entrelaza con el desborde que la izquierda peruana sufre durante los
años ochenta hasta su disolución (desilusión) de los noventa. Guzmán aparece como
el Inka Gonzalo tan buscado como temido, dentro de la tradición y negándola hasta
sus últimas consecuencias: la tradición radical en la enjaula de Guzmán. Obviamente
los virajes autoritarios del Apra de Alán García, los minicaudillismos que dividían
a las izquierdas, la ambigüedad de éstas con la violencia armada y la falta de acep-
tación de la autoridad burocrática del Estado como conjunto institucional básico en
las sociedades capitalistas actuales, incidieron en el agotamiento del proyecto radical
que se iniciara en las primeras décadas del siglo XX y que las afinidades electivas
entre servicios de inteligencia militares, informalización capitalista neoliberal y la
antipolítica de Fujimori terminaron por diluir.
A mi modo de ver, siguiendo la interpretación de Rénique, dos serían las principales
enseñanzas senderistas en ese devenir: por una parte, la evidencia de que el discurso
político no tiene por qué ser consecuente con los rasgos básicos de la sociedad para
ser efectivo, el ideólogo no tiene por qué ser un gran sociólogo, ni siquiera un gran
filósofo, sino un guardián de la doctrina. La otra intervención es la preeminencia de lo
fáctico, de la violencia como parte del argumento ideológico, hasta el punto de anular
la política, de revertir la sociedad a un momento prepolítico, el de la necesidad del
orden como precondición de la política que decía Bernard Crick. Aunque Rénique nos
muestra estos dos asuntos, parece que mantenga una distancia letrada, me refiero a
cuanto entre las páginas 193 y 194 comenta la respuesta de Elena Iparraguirre a Sofía
Macher (comisionada de la CVR) cuando ésta le reprocha el asesinato de María Elena
Moyano como un acto contrario a los objetivos de atracción popular del propio Sendero
Luminoso e Iparraguirre le contesta que, detenidos o muertos los principales líderes
de Sendero Luminoso, las decisiones eran tomadas por miembros sin experiencia ni
formación política. Lo interesante es que Rénique califica la respuesta de Iparraguirre
de refugio y argumento burocrático, dando a entender que no asume sus responsabili-
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dades o se siente deslegitimada por la culpa y no es capaz de contestar con sinceridad.
Pero tal vez sí fuera sincera y mostrara como una vez que Sendero y la propia guerra
alcanzaron un alto nivel de desarrollo macro-social, las personas, incluso los líderes,
perdieran capacidad de actuación deliberada y autónoma, algo así como lo que concluye
Philip Zimbardo en El efecto lucifer o la sociología de las organizaciones cuando hablan
de burocracias que tienen como principal actividad su mantenimiento y expansión. En
esta lógica, la ciudad letrada no es desbordada por el aluvión campesinista tras el que
vendrá la modernización capitalista (un brillante argumento que Rénique toma de B.
Moore), sino una desoladora sensación de presente fáctico, inmediato, impolítico, sin
narración que compartir, letrados administrativos y gentes comunes que viven en los
mercados y sus grandes burocracias como si de una gravedad físico-social se tratara.
Alentado por Sandoval, José Luis Rénique nos presenta un libro que nos permite,
nos exige, discutir el largo recorrido de la ambición política en el Perú contemporáneo,
nos obliga a ser lectores empíricos exigentes para valer como los lectores modelo
que traza el libro.
Juan MARTÍN-SÁNCHEZ
Universidad de Sevilla
SAGREDO BAEZA, Rafael, Historia mínima de Chile, México, El Colegio de
México, 2014, 297 pp.
El libro que aquí reseñamos, Historia mínima de Chile, del historiador chileno
Rafael Sagredo Baeza, profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad
Católica de Chile, es una obra que busca comprender y explicar. Tras leer unas pocas
páginas se puede percibir que es un trabajo centrado en problemas. Y no cualquier
tipo de problemas. Asuntos que históricamente han dado origen a una serie de nocio-
nes e imágenes sobre Chile que le han otorgado atributos que muchas veces, tras un
cuestionamiento riguroso, no pasan de ser ideas con vacíos de realidad. Y es sobre
los hechos dónde está elaborado el libro de Rafael Sagredo. Ese rigor factual, como
suele percibirse en los buenos libros de historia, tutela la reflexión y propuesta del
autor sobre la historia de Chile.
En términos generales, el libro está organizado en catorce apartados, o proble-
mas, que culminan con un colofón y con un interesante comentario de referencias
bibliográficas. Este último apartado representa un ejercicio muy poco común en estos
tiempos por el trabajo crítico que exige, pero de un extraordinario valor historiográfico.
Nos parece que el autor trabaja con planos o profundidades históricas, pues a pesar
de esta cantidad de apartados, se puede ver con claridad que la obra está compuesta
también en torno a cuatro grandes períodos: a.) los tiempos prehispánicos, b.) la
configuración del orden colonial, c.) el proceso de construcción de la república y la
nación durante el siglo XIX y, finalmente, d.) los problemas contemporáneos que
generó la consolidación del modelo económico capitalista desde fines del siglo XIX
y el tránsito hacia una sociedad global.
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Los libros que fustigan (como éste) exigen detenerse en los contenidos, pues en
ellos no existe la casualidad. Y en esta obra, el autor (pareciera) no dejó espacio a la
arbitrariedad o la ambigüedad histórica, todo lo contrario, hay posturas y convicciones
firmes. Los dos primeros capítulos, dedicados al período previo a la llegada de los
europeos al Nuevo Mundo y la posterior consolidación de un orden colonial, son los
más breves dentro del libro. Dado que el autor entiende Chile como una «realidad
natural y social» (p. 15), describe especialmente los procesos que dan forma a la
sociedad colonial en su interacción con el mundo indígena sin despreocuparse de
su relación con el entorno. Por una parte, para Sagredo, los pueblos indígenas, en
mayor o menor grado, «han influido en el desarrollo histórico posterior de la nación»
(p. 35). Por otra parte, la valoración del territorio será importante para los europeos
que llegan a América (p. 55), y por ende, la naturaleza se convierte en un actor más
dentro de la trayectoria histórica chilena desde sus inicios.
La propuesta anterior es todo un acierto de Sagredo, pues como señala el autor,
la sociedad chilena desde tiempos coloniales no sólo estuvo constantemente golpeada
por la precariedad material y la pobreza, también por la aislación geográfica, por
epidemias, plagas, sequías, por los desastres naturales y por cualquier acontecimiento
calamitoso (pp. 64-65 y 86). Desde el punto de vista historiográfico, percibimos la
influencia de un historiador agudo y original como Rolando Mellafe (1929-1995),
que ya hace años llamaba la atención sobre el «acontecer infausto» presente en la
historia de Chile (p. 86). Sagredo es capaz de recoger, pero especialmente reinter-
pretar, esa tradición historiográfica en esta obra. Tal como se aprecia a lo largo de
todo el libro, ese doloroso camino que ha vivido la sociedad chilena la ha llevado
a exponer su devenir histórico como una constante lucha para sobreponerse a las
adversidades que, para el autor, condicionará la trayectoria política y social de Chi-
le. Desde un inicio, Sagredo se interesa por estudiar problemas que van más allá
de las grandes gestas o los héroes nacionales. Por el contrario, busca abandonar el
estudio de los aspectos virtuosos y ejemplares que cualquier historia nacional po-
see, desarrollando una historia que pone el énfasis en los problemas esenciales que
afectan una sociedad, por ejemplo, la educación, la salud, la desigualdad social, la
cultura, entre otros.
Frente a ese sentimiento de inseguridad y precariedad constante, en una propuesta
bastante original, el autor explica que la sociedad chilena desarrolló conductas, como
la hospitalidad, para compensar la dureza de la existencia que se mantienen hasta el
día de hoy. La sociedad chilena, entendida como una sociedad mestiza, fue desde
tiempos coloniales una sociedad que agasaja y corteja a sus visitantes (pp. 95-103).
Este es uno de los planteamientos más sugerentes de todo el texto, pues habla de
los complejos y los sentimientos de inferioridad que dominan especialmente a los
sectores oligárquicos de la sociedad chilena.
Lo anterior, lleva al autor a estudiar la importancia de los extranjeros en la
formación cultural del país. Y para eso recurre al estudio de los viajeros que
pasaban por Chile especialmente en el siglo XVIII. Nutriéndose de fuentes nove-
dosas, como los diarios de viajes, Sagredo reconstruye la conducta hospitalaria
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de la sociedad chilena con los extranjeros y describe particularmente el agasajo
y coqueteo que, por ejemplo, las mujeres realizaban para llamar la atención de
los visitantes.
Sin embargo, y a pesar de que el texto, tal como reconoce el propio autor, tiene
por objetivo estudiar los procesos esenciales de la historia de Chile, nos parece que
hace referencia de forma muy débil a uno de esos procesos e instituciones esenciales:
la evangelización de los indígenas chilenos del sur y la participación de la Iglesia en
la conformación del orden colonial. Por ejemplo, en el capítulo “Chile colonial, el
jardín de América” (pp. 66-78), donde se centra en el estudio del avance hacia el sur,
su plan militar, la economía y las relaciones comerciales que se establecieron en la
frontera del Bío-Bío entre españoles y araucanos, apenas dedica un par de párrafos
a la acción evangelizadora (p. 70). La acción de clérigos, misioneros, párrocos doc-
trineros, frailes y curas de almas, entre otros, también aportaron en la consolidación
territorial, política y cultural en el sur del imperio colonial hispano.
El texto continúa con el análisis de la conformación de la república y el proceso
de expansión nacional durante el siglo XIX. Es la parte más extensa del libro y donde
se aportan más datos y referencias documentales. Esto no debe extrañar, pues gran
parte de la obra del autor se ha preocupado preferentemente de este período de la
historia de Chile. Uno de los planteamientos que destaca en estos apartados dedica-
dos al siglo XIX, que para el autor representan «los desafíos de la República», es la
exagerada confianza que la elite dirigente entregó al poder de la ley como abstracción
regulatoria de la sociedad. Una noción y concepciones políticas que, de acuerdo a
Sagredo, persisten hasta el día de hoy (p. 113).
A partir de esto, en uno de los análisis centrales y más provocadores del libro, el
autor se introduce en el estudio de un problema que reconoce como una constante en
la historia del siglo XIX y XX en Chile: el autoritarismo y la inclinación conservadora
presente en las oligarquías gobernantes chilenas. Incluso, se atreve a definir, con un
grado de ironía, la forma de ser del aristócrata chileno: «sobrio y tenaz, positivo y
práctico, sin grandes luces intelectuales, honrado, escrupuloso e individualista (…)
conservador y apegado a la Iglesia» (pp. 124-125). Por tanto, el aristócrata chileno
(aunque no sólo él) es un amante, y también un celoso garante, del orden republicano
y de la estabilidad institucional. Sólo de esa forma podemos entender la importancia
de una figura como la de Diego Portales y el régimen político conservador que creó
y perduró durante el siglo XIX.
Por tanto, y como resultado de la propia posición geográfica y realidad natural
del país, como lo hace notar el autor, la tranquilidad, el orden y el poder fueron atri-
butos que definen la mentalidad de la elite chilena desde el siglo XIX. Para Sagredo,
el orden constitucional y la estabilidad política que diferenció a Chile del resto de
repúblicas americanas, tuvo un (alto) costo para la sociedad chilena: ese costo fue el
autoritarismo y el arsenal de estrategias represivas que fueron diseñadas para diluir la
«anarquía». El control y orden fueron, y siguen siendo, el «imperativo político» sobre
el que creció y se consolidó Chile. Según el autor, lo anterior iría configurando el
temple de una sociedad como la chilena. Incluso, como lo sugiere la lectura de estos
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apartados, sobre estos elementos se ha ido configurando la exagerada desigualdad al
interior de la sociedad chilena.
De igual forma, teniendo como escenario el conflicto armado entre conservadores
y liberales de 1891, el autor busca ilustrar el valor que fue adquiriendo en la sociedad
las libertades civiles y la lucha frente al constante autoritarismo que caracterizaba el
sistema político en Chile. Aquí Sagredo destaca la importancia que fue adquiriendo
la clase media en el desarrollo de la política y la economía desde fines del siglo XIX
en adelante. Es la participación de la clase media, la mayoritaria actualmente en el
país, la que va a impulsar la aspiración de cambios y reformas como, por ejemplo,
en el ámbito de la educación, la salud y la participación política.
La última parte del libro está dedicada al análisis de los problemas y conflictos
que vivó la sociedad chilena luego del quiebre civil de 1891 hasta la actualidad. Como
la mayor parte del libro, los tópicos que articulan estos apartados por parte del autor
son dos: la política y la economía. Sagredo continúa su estudio siguiendo el argu-
mento desarrollado para el período anterior: analiza el autoritarismo y la fisonomía
conservadora de la élite gobernante chilena, ya sea la antigua aristocracia o la nueva
burguesía que domina el país. Es decir, nuevamente un período de convulsión social
y desestabilización política llevan a la reivindicación histórica del orden. La actua-
ción de militares como Carlos Ibáñez del Campo en la década de los 30’ y los 50’
y, posteriormente la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1989), como resultado del
quiebre institucional de 1973, viene a evidenciar una cuestión que no es algo inédito
en la historia de Chile y también latinoamericana: la presencia de los militares en
la vida pública (p. 247). De acuerdo a lo sugerido por el autor, las crisis políticas y
económicas, que traen una gran inestabilidad social, ponen a prueba todas las aspira-
ciones de estabilidad y conservadurismo presentes de una sociedad como la chilena.
Con estos elementos, Sagredo realiza un diagnóstico bastante audaz sobre cómo
serían la identidad y los valores que dominan en gran parte de la sociedad chilena
desde fines del siglo XIX hasta nuestros días. La cercanía a la moral cristiana, el
chovinismo y el inconformismo, entre otros, son rasgos dominantes que definen el
comportamiento y los anhelos de la clase media chilena (pp. 234-238). Lo anterior
resulta extraordinariamente estimulante, pues permite interiorizarse en las más íntimas
angustias y esperanzas de una sociedad que constantemente «aspira» al desarrollo en
pleno siglo XXI. Es la historia cotidiana de una trayectoria política, social y econó-
mica de un país. Es decir, el autor pone en tensión en la coherencia de su reflexión
lo macro con lo micro, lo institucional con lo cotidiano, lo público con lo privado.
Sin ir más lejos, y en uno de los puntos más sobresaliente de todo el libro, el
autor descompone uno de los tópicos más controversiales de la historia de Chile en
el siglo XX: el supuesto milagro económico que el régimen militar liderado por el
general Augusto Pinochet habría conseguido luego de llevar a cabo un agresivo plan
de reformas económicas. El autor no sólo cuestiona el perverso impacto en la sociedad
que generó el tránsito al modelo económico neoliberal. Con datos fuertes, Sagredo
pondera y relativiza el desarrollo económico que se habría producido en el período
de dictadura evidenciando que en «todos los indicadores el manejo de la democracia
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es mejor que el de la dictadura, destacándose las diferencias en crecimiento, empleo,
pobreza y equidad» (p. 256).
En suma, es un libro provocador y estimulante que busca cuestionar e impugnar
varias de las nociones más aceptadas en la historia de Chile. Una obra que en ciertos
pasajes perturba, que aturde si se quiere. Un libro incómodo para quienes se instalan
en el confort y conveniencia de los tópicos históricos establecidos. Es un texto que,
a través del trabajo histórico y no del ejercicio teorizante, logra poner en evidencia
las carencias, insatisfacciones y expectativas de una sociedad como la chilena. Como
lo reconoce el autor al final del libro: «Es el drama de una sociedad marcada por la
jerarquía, la desigualdad y la violencia (…)» (p. 277). Un trabajo que cualquier his-
toriador interesado en la historia de Chile, y también latinoamericana, debe consultar.
Historia mínima de Chile de Rafael Sagredo Baeza no es una historia tan mínima, ni
sólo una historia del «Jardín del Edén» americano. Un libro rebelde y agitador que,
sin duda, despertará muchas pasiones intelectuales.
Francisco ORREGO GONZÁLEZ
Instituto de Historia y Ciencias Sociales
Universidad Austral de Chile
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