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Abstract

The bases of the political art of John Dewey or his new practice of democratic citizenship are reviewed. Dewey is acknowledged as one of the most prominent of the American philosophers in the first half of the twentieth century. He is also the most influential due to endowing philosophy a public task, namely, political and educational concern. From the instrumentalist method applied to the political area, crucial postulates in the major writings of Dewey are selected to revitalize the meaning and draw up the practical impacts of the central element of his political philosophy: ‘the collective power of democratic community’.
A
cta Scientiarum
http://www.uem.br/acta
ISSN printed: 2178-5198
ISSN on-line: 2178-5201
Doi: 10.4025/actascieduc.v37i4.26372
Acta Scientiarum. Education Maringá, v. 37, n. 4, p. 349-355, Oct.-Dec., 2015
Educación en la nueva practica de ciudadanía democrática: bases de
John Dewey
Giannina Burlando
Pontificia Universidad Católica de Chile, Vicuna Mackenna 4860, 7820436, Santiago de Chile, Chile. E-mail: gburland@uc.cl
RESUMEN. Mi propósito en este estudio es revisar las bases del arte político de John Dewey o su nueva
practica de ciudadanía democrática. Dewey es reconocido como el más importante de los filósofos
estadounidenses de la primera mitad del siglo XX y como el más influyente, por darle a la filosofía un
quehacer público: el de las preocupaciones políticas y educativas. De modo que a partir del método
instrumentalista aplicado al ámbito sociopolítico, recojo postulados nodales aparecidos en los principales
escritos de Dewey, para revitalizar el sentido y trazar el alcance práctico del elemento central de su filosofía
política: ‘el poder colectivo de la comunidad democrática’.
Palabras clave: J. Dewey, educación, práctica democrática.
Educação na nova prática de cidadania democrática: bases de John Dewey
RESUMO. Este estudo teve o objetivo de revisar as bases da arte política de John Dewey ou a sua nova
prática de cidadania democrática. Dewey é reconhecido como o mais importante dos filósofos norte-
americanos da primeira metade do século XX e como o mais influente, por dar à filosofia uma tarefa
pública: a das preocupações políticas e educativas. De modo que, a partir do método instrumentalista
aplicado no âmbito sociopolítico, reúnes postulados cruciais que surgem nos principais escritos de Dewey,
para revitalizar o sentido e traçar o alcance prático do elemento central da sua filosofia política: ‘o poder
coletivo da comunidade democrática’.
Palavras-chave: J. Dewey, educação, prática democrática.
Education in the new practice of democratic citizenship: databases of John Dewey
ABSTRACT. The bases of the political art of John Dewey or his new practice of democratic citizenship
are reviewed. Dewey is acknowledged as one of the most prominent of the American philosophers in the
first half of the twentieth century. He is also the most influential due to endowing philosophy a public task,
namely, political and educational concern. From the instrumentalist method applied to the political area,
crucial postulates in the major writings of Dewey are selected to revitalize the meaning and draw up the
practical impacts of the central element of his political philosophy: ‘the collective power of democratic
community’.
Keywords: J. Dewey, education, democratic practice.
Introducción
La filosofía de John Dewey se propone la tarea
de ‘pensar nuestra propia época’. A los ojos de
David L. Hildebrand, su filosofía resurge hoy por
los significativos paralelismos históricos entre la
época de la gran crisis de los años 1929-30 y la
nuestra1. A los ojos de B. Russell (1972, p. 827,
nuestra traducción, el subrayado es nuestro), la de
1 “La América de principios del Siglo XX que conoció a Dewey se hallaba
buscando orientación sobre muchos problemas que preocupan a la gente hoy
día: problemas de desempleo, de gente sin hogar, de falta de servicios médicos
para los pobres, la indiferencia de los ricos para con los pobres, la balcanización
de sociedades pluralistas en barrios estratificados económica y culturalmente; el
aislamiento producido por el consumismo y el hiper individualismo”
(HILDEBRAND, 2008, p. 3).
Dewey es “[...] una filosofía del ‘poder’, aunque
no como la de Nietzsche, una filosofía del poder
del individuo; lo que se percibe como valioso es el
poder de ‘la comunidad’”. Nos proponemos aquí
rescatar pasajes de sus escritos de varias etapas,
tales como Democracy and Education (1980a
[1916]); Viejo y nuevo individualismo (2003 [1922]);
La opinión pública y sus problemas (2004a [1926]), El
arte como experiencia (1980b [1938]).
Queremos revitalizar el sentido y el alcance
práctico del elemento central de su filosofía política:
‘el poder colectivo de la comunidad democrática’,
cuestión que aparece al constatar la radicalidad con la
que Dewey aborda la interacción e influencia
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reciproca entre el concepto de nuevo individuo y los
de ‘común’, ‘comunidad’, ‘comunicación’, y por
otro, los de ‘democracia’, ‘opinión pública’ y
‘educación cívica’. Conceptos claves que hoy día
influyen en los partidarios de una democracia
radical2. En la sección II hago referencia a la noción
deweyana de individuo en la ciudadanía
democrática, y considero ambas, en relación a la
educación; en la sección III concluyo con la función
que Dewey le asigna al arte dentro de su
pragmatismo político.
Individuo de Dewey y el poder social o la
ciudadanía democrática
La novedad de Dewey es no aplicar el método
pragmático3 al ámbito estrictamente científico como
lo hace C. S. Pierce, tampoco le preocupa ampliarlo
al ámbito psicológico-religioso como W. James, sino
que vive la revolución física que asociamos a
Einstein para contribuir a las teorías que hacen del
método científico aplicable a la sociología, aplica
como veremos, el método pragmático al ámbito
sociopolítico. Usa la expresión ‘instrumentalismo’,
equivalente en fuerza a pragmatismo, para destacar
el carácter de herramienta que tienen las
concepciones intelectuales que usamos o la misma
educación en tanto ‘necesidad de la vida’. Dewey
toma en serio la incorporación que hace Darwin de
la vida humana en la naturaleza y trata de explicar las
consecuencias de esta visión en materias sociales,
políticas y educacionales.
En cuanto a la llamada ‘cuestión social’, desde el
lado socialista de Dewey, su propuesta es la de
reconstruir tanto un ‘nuevo’ individualismo, como
un ‘nuevo’ liberalismo. Por una parte, nuevo
individualismo quiere decir un individualismo que
“[…] no se centre en el individuo particular, sino en
las ‘condiciones que afectan a un gran número de
individuos’” – como se nota en Sidney Hook (2000,
p. 27, el subrayado es nuestro). Por otra parte, un
nuevo liberalismo, al que él denomina ‘renascent
liberalism’ (DEWEY, 1991), quiere decir un
liberalismo tal que combine la defensa de la libertad
2 Véase la excelente biografía intelectual escrita por Westbrook (1991) e
Dickstein (1998).
3 Fundadores del pragmatismo estadounidense son: Charles Sanders Peirce
(1839-1914), William James (1842-1910) y John Dewey (1859-1952). Otros
pragmatistas europeos son: F. Schiller (1759-1805); F. Nietzsche (1844-1900);
H. Bergson (1859-1941); G. Papini (1881-1956). En cuanto a ¿Qué significa
‘pragmatismo’? –la palabra viene de la raíz griega, y significa ‘hecho’ o ‘acto’.
Esta palabra es inventada para acentuar la conexión que Pierce ve entre nuestra
vida intelectual (conceptos, creencias o teorías), por una parte, y nuestra vida
práctica de acciones y placeres, por otra. También la denomina practicalism y a
veces ‘sentido común crítico’. Pierce la aplicó a la doctrina que mantiene que ‘la
significancia de una idea reside en las acciones a las que conduce’. Para estimar
la diferencia entre dos creencias diferentes sobre la misma cuestión afirmaba
que debemos considerar la diferencia en la conducta que se derivaría de adoptar
una creencia u otra. Si de ello no se deriva ninguna diferencia, las dos creencias
no son efectivamente diferentes. El pragmatismo afirma ser fundamentalmente
un método, que Schiller llama simplemente ‘Humanismo’ y entiende que es la
doctrina metafísica que de este método deriva (SCHILLER, 1916).
personal, como pretende el liberalismo clásico, pero
con una mayor igualdad social y un mayor control
estatal de la economía, es decir, con un requisito de
intervención y planificación estatal, con el propósito
de evitar la injusticia y el malestar social –factores
asociados a lo que él considera ‘desorden natural’ del
mercado–. En Viejo y nuevo individualismo diagnostica:
Estamos en camino hacia alguna forma de
socialismo, llámese con el nombre que se quiera, y
no importa cómo diablos se llame si se hace realidad.
‘El determinismo económico es un hecho’, no una
teoría. Pero hay una diferencia y una opción entre
elegir un determinismo ciego, caótico y carente de
planificación, fruto de una economía que sólo
persigue el beneficio pecuniario, o la determinación
de un desarrollo socialmente planificado y ordenado.
La diferencia entre un socialismo capitalista y un
‘socialismo publico’ (DEWEY, 2003, p. 137, agrego
cursivas)4.
Se trata de una vía intermedia entre el
liberalismo capitalista y la social democracia, como
observa T. Kloppenberg (1986). Por otra parte,
Dewey se propone iniciar una nueva practica de
ciudadanía democrática por oposición a la
experimentada por el liberalismo del laissez- faire. Ya
que, según Dewey, en ese subyace una errada
concepción de la individualidad, una apriorística -
atomística. De acuerdo con tal concepción los
individuos son seres ya pre-constituidos,
autosuficientes y autoconscientes, seres
esencialmente egoístas predispuestos ante todo a
guiarse por sus propios intereses. Dewey rechaza
este tipo de individualismo exacerbado que
contempla a los individuos separados de las
relaciones sociales que ellos establecen. Por lo
mismo objeta que:
Esta línea de pensamiento trata al individuo como si
fuera algo previamente definido y con un contenido
fijo. Ignora el hecho de que la estructura mental y
moral de los individuos, así como los modelos de sus
deseos e intenciones, ‘cambian junto con los grandes
cambios en la estructura social’ (DEWEY, 2003,
p. 108, agrego cursivas).
Desde su mirada pragmática, rechaza el
antiguo mundo de esencias fijas, absolutas y
necesarias, propio de la metafísica tradicional; por
el contrario, insiste en la plasticidad, la
transformación y la contingencia de nuestra
individualidad (apela a la imagen del árbol).
4 Según Robert B. Westbrook, Dewey no defiende un socialismo de Estado, los
miembros de la comunidad no disputan sobre la distribución de los recursos
materiales, sino que argumenta a favor de un socialismo de la inteligencia y el
espíritu: “A ‘socialism of the intelligence and of the spirit’. To extend the range
and fullness of sharing in the intellectual and spiritual resources of the community
in the very meaning of the community” (WESTBROOK, 1991, p. 94, el subrayado
es nuestro).
Educación en la nueva practica de ciudadanía democrática 351
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Concibe a los individuos como seres inacabados y
sometidos a un continuo proceso de formación y
de cambio, haciendo especial hincapié en cómo se
hallan moldeados e influidos por las condiciones
históricas que les preceden, por los contextos
socio - culturales que habitan, por los lenguajes
que hablan y, en tanta o mayor medida, por las
relaciones sociales y personales que establecen.
No en vano la denominada ‘construcción social
del yo’ —apreciada en el ‘interaccionismo
simbólico’ de su colega George H. Mead está
llamada a desempeñar un papel primordial en la
concepción que Dewey tiene de la individualidad.
Por ende, se puede afirmar que sus premisas
ontológicas permanecen alejadas de la del
individualismo monádico. Según lo que ya había
sugerido, en su obra propiamente de psicología
social, Naturaleza humana y conducta (1922), el ‘yo’
lejos de ser la expresión necesaria de una esencia
humana ontológicamente predeterminada y
universalmente compartida, más bien sería una
creación individual, contingente y cambiante. Y
aun cuando desde esta perspectiva se pueda
considerar que Dewey concede, por así decir, un
cierto privilegio ‘teleológico’ al individuo, ello no
quita que la sociedad preceda y moldee su
constitución.
Una sociedad constituida no por individuos
aislados e incomunicados entre sí, sino por
individuos en constante y mutua interacción, cuya
participación en la colectividad supondría un
verdadero realce del propio individualismo. Y ello,
‘porque’ la individualidad no es un dato acabado
desde el principio, que deba ser protegido contra
la sociedad, sino una cierta cualidad o
competencia que ha de ser potenciada y
desarrollada a través de las relaciones sociales para
que la individualidad de cada uno pueda
realmente contribuir a la individualidad de los
demás. De lo cual se sigue que el marcado sesgo
individualista de Dewey no está desvinculado del
peso que atribuye a la comunidad. Por el
contrario, se puede afirmar que promover una
verdadera individualidad y una verdadera
comunidad sería para Dewey, en última instancia,
un mismo y único proceso. En palabras de uno de
sus autorizados intérpretes, Raymond D. Boisvert:
Esta concepción celular de la sociedad lleva a Dewey
a establecer una distinción entre individualismo, el
ideal de autonomía en un mundo lockeano, y la
‘individualidad entendida como la identificación de
la forma propia en que cada persona puede
contribuir a la comunidad’. Es ésta última la que ha
de ser cultivada (BOISVERT, 1997, p. 106, nuestra
traducción, el subrayado es mío).
En definitiva, como observa J. G. Morán,
frente a un individualismo receloso de la vida
pública que mira con desconfianza y severidad a la
política (o más estrictamente: al Estado y sus
instituciones), Dewey defiende la participación en
tal ámbito como un bien para la realización del
individuo – en su ética de la autorrealización
(MORÁN, 2009). La autorrealización personal
requeriría la participación activa en la res publica y
en los asuntos de gobierno, la preocupación
responsable por el bien común de la comunidad5.
Por lo mismo, lo que Dewey denomina ‘libertad
efectiva’ tiene que ver con una libertad positiva
entendida esta como un logro adquirido
precisamente en la acción colectiva y la
experiencia pública6. A su juicio, los asuntos
públicos democráticos deben ser incorporados al
ideal de la autorrealización individual, ya que
difícilmente este ideal puede ser alcanzado de
forma plena y exitosa si el individuo se centra
exclusivamente en el estrecho margen de la vida
privada y renuncia a participar en la vida pública.
Con lo cual Dewey enfatiza de forma mucho más
radical que otros –liberales pragmatistas de última
generación, estoy pensando en Richard Rorty– la
necesidad e importancia de la vida comunitaria
para la autorrealización personal, ya que en
opinión de Dewey el desarrollo individual, en su
más pleno sentido, sólo puede ser alcanzado en el
contexto de la actividad social7. Como afirmó en
otro lugar:
Sólo formando parte de una inteligencia común y
participando en un mismo proyecto orientado al
bien común, pueden los seres humanos realizar sus
verdaderas individualidades y llegar a ser
verdaderamente libres (DEWEY, 1991, p. 20, nuestra
traducción)8.
5 En este sentido, y frente a la más clásica tesis sostenida por Louis Hartz
(1955), según la cual la tradición política norteamericana desde sus inicios se
asentó sobre un consenso lockeano respecto a los derechos de propiedad,
Bruce Ackerman defiende recientemente una tesis distinta. Según Ackerman,
Hartz habría hecho caso omiso de una versión del liberalismo norteamericano
caracterizada por hundir sus raíces en la polis griega clásica y alejarse de las
premisas lockeanas. Una versión del liberalismo que no considera a las personas
como individuos abstractos separados de su contexto social y para la que la
base de la libertad personal supone una cierta clase de vida política que
requiere, a su vez, el cultivo y la promoción de una ciudadanía liberal. John
Dewey sería, en opinión de Ackerman, uno de esos claros exponentes de esta
versión republicana del liberalismo norteamericano -entre los que se contaría
también John Rawls (ACKERMAN, 1991). En esa misma dirección, la de señalar
la importancia que tiene para el concepto de autonomía individual de Dewey, su
inscripción dentro de un determinado contexto de significados compartidos
(como pueda serlo el contexto de una comunidad moral), ha apuntado el libro de
Savage (2002).
6 Se podría decir que para Dewey la libertad, en congruencia con su ontología
social, no consistiría tanto en una posesión individual, cuanto en una ‘adquisición
socialmente condicionada’. Sobre el significado e implicaciones de esta acepción
de la libertad en relación con las nociones de ‘individualidad’ y ‘democracia’ en
Dewey, véase Festenstein (1997).
7 Para una visión atingente a las coincidencias y sobre todo diferencias entre
ambos autores, véase igualmente Mougán (2001).
8 “Only by participating in the common intelligence and sharing in the common
purpose as it works for the common good can individual human beings realize
their true individualities and become truly free” (DEWEY, 1991, 20). Dewey se
propone entonces impulsar el desarrollo de una auténtica individualidad, por
cierto, como valor, opuesto al del viejo individualismo que se subyuga a intereses
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Se aboca, por tanto, a la defensa de una
democracia liberal participativa.
En su obra La opinión pública y sus problemas,
Dewey (2004a) identifica uno de los acuciantes
problemas que enfrenta la idea de democracia
participativa: es decir, que si el bien común en una
sociedad democrática incluye por un lado, la
participación activa de los individuos en la vida
comunitaria, por otro lado –y como consecuencia de
las profundas transformaciones económicas,
tecnológicas, sociales y culturales que traía consigo
esa época de las grandes corporaciones
multinacionales– las sociedades capitalistas
desarrolladas se veían abocadas a un inexorable
proceso de disociación y disgregación que convertía
el ideal de la participación de los ciudadanos en la
esfera democrática en una mera ilusión.
¿Cómo resolver este dilema entre el
reconocimiento, por un lado, de la importancia que
tiene para la vida política la participación
democrática del público y la constatación, por otro
lado, de la existencia de un público despolitizado,
desinformado, disgregado y poco capacitado para
ejercer dicha participación? Walter Lippmann, el
afamado periodista objetor de Dewey, convencido
como estaba de la propensión de las masas a actuar
irracionalmente, propone apelar al conocimiento y la
autoridad del experto (valdría decir también: del
especialista científico o de una elite intelectual)
como la mejor vía para tratar de paliar o contrarrestar
las consecuencias negativas derivadas de dicha
manipulación de los individuos por la propaganda (o
‘la fabricación del consentimiento’ ‘the manufacture of
consent’, expresión popularizada más recientemente
por Noam Chomsky). Dicho de otro modo,
Lippmann apoya la intervención del experto en los
asuntos públicos en detrimento de la acción política
democrática. Precisamente frente a esta solución
tecnócrata, Dewey ofrece una respuesta
diametralmente opuesta9.
Dewey piensa que los problemas de la
democracia se resuelven favoreciendo una mayor
participación del público en la vida política10. Porque
concibe la democracia, básica y primordialmente,
como un poder —o un valioso recurso— ‘en manos
del público’. Desde el análisis etimológico, nota que
de la ‘cultura monetaria’, o a los de ‘la educación para la renta’, como
actualmente destaca Nussbaum (2010).
9 Ahora bien, para una mejor o más adecuada comprensión de dicha obra
conviene tener presente que ésta surge y debe leerse como una respuesta
directa –a los influyentes libros Public Opinion (1922) y The Phantom Public
(1925), publicados pocos años antes por otra de las más descollantes figuras de
la vida intelectual norteamericana en la primera mitad del siglo veinte: Walter
Lippmann, elitista, antibelicista y afamado periodista que llegó a ser considerado
el columnista más influyente de los Estados Unidos, reconocía la importancia y
trascendencia de la opinión pública para la vida democrática, pero le inquietaba
enormemente su poder.
10 Con Lippman, Dewey admite que “[…] la vía más fácil para alcanzar un control
de la dirección política es el control de la opinión” (DEWEY, 2004a, p. 155).
la palabra ‘público’ se deriva del latín populus (el
pueblo) que, a su vez, se relaciona a una versión
ampliada del demos griego. A Dewey le importa
subrayar que es la colectividad pública la que se hace
acreedora del poder, en las nacientes democracias
modernas. Sólo que bajo las condiciones cada vez
más complejas, cambiantes e inestables de las
sociedades industrializadas, dicho público —que
antaño abarcaba una existencia social compartida,
una supuesta homogeneidad y, hasta cierto punto,
unos valores y objetivos comunes— se estaba, sin
embargo, convirtiendo en un conglomerado
heterogéneo de grupos o colectividades. Por esta
razón diagnostica:
El problema, bien mirado, no es que no haya público
[...]. El problema es que hay demasiado público, o
sea, un público demasiado difuso y diseminado, y
demasiado intrincado en su composición...Y queda
poco que pueda cohesionar a estos diferentes
públicos en un todo integrado (DEWEY, 2004a,
p. 131).
La presencia de este público indeterminado,
fragmentado y desorganizado al que le resulta cada
vez más complicado llegar a identificarse y
distinguirse como tal, lo que genera es tanta
confusión y desconcierto que acaba oscureciendo,
por así decir, la visión acerca de las vías o
mecanismos de que se puede valer la participación
política: “El público está tan confundido y eclipsado
que ni siquiera puede ver los órganos a través de los
cuales se supone que interviene en la acción política
y el sistema de gobierno” (DEWEY, 2004a, p. 122).
La consecuencia obvia es una mayor apatía por parte
de una ciudadanía que ya de por sí crece en
escepticismo respecto a la eficacia de la acción
política. Esto puede constatarse al observar que, en
palabras de gran actualidad, Dewey enuncia:
Sólo la costumbre y la tradición, más que la
convicción razonada, junto con una vaga fe en el
cumplimiento de las propias obligaciones cívicas,
llevan a las urnas a un elevado porcentaje del 50%
que aún vota. Y de ellos, como se suele observar, un
gran número realmente vota en contra de algo o de
alguien, y no a favor de algo o alguien (DEWEY,
2004a, p. 130).
Ante las dificultades señaladas, la existencia de un
público eclipsado, fácilmente manipulado por los
medios de comunicación, ‘balcanizado’ en múltiples
grupos guiados por su propio interés y preso de una
creciente apatía por los asuntos políticos, como en la
época de Dewey, no nos cabría preguntarnos: ¿De
qué medios podemos valernos para revitalizar al
público?, ¿Bajo qué condiciones puede el público
llegar a reconocerse y organizarse como tal?, ¿Qué
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requisitos serían necesarios para que lograra definir y
expresar sus intereses o, más aún, para que
conviniera en adherirse en torno a un ideal
compartido?
La respuesta de Dewey quiso contribuir a la
revitalización de ese espacio público entonces
difuso; estuvo convencido que la mejor vía para
organizar a ese público era persuadirlo hacia temas,
intereses y objetivos comunes. Su proyecto de
Democracia y Educación (2004b) llama efectivamente a
la búsqueda de una Gran Comunidad. Declara
propositivamente: “Mientras la Gran Sociedad no se
convierta en una Gran Comunidad, el Público
seguirá eclipsado. Sólo la comunicación puede crear
una gran comunidad” (DEWEY, 2004b, p. 134).
Con la expresión ‘Gran Sociedad’ alude a esa
sociedad cada vez más disgregada, abstracta e
impersonal que venía siendo impulsada por las
nuevas fuerzas tecnológicas y económicas ligadas al
proceso de industrialización capitalista —entre cuyas
consecuencias más visibles estaría el desarraigo de
los individuos respecto de sus pequeñas
comunidades locales caracterizadas por su
homogeneidad y sus estrechos vínculos
comunicativos—. Con la expresión ‘Gran
Comunidad’ hace referencia a su propósito de
contrarrestar ese proceso de disgregación y
atomización a través de una revitalización de la
dimensión comunicativa, esto es, de esos vínculos
vitales y participativos capaces de generar una
experiencia común compartida11. De ahí que –en
Democracia y Educación– destaque:
Hay más que un vínculo verbal entre las palabras
común, comunidad y comunicación. Los hombres
viven en una comunidad por virtud de ‘las cosas que
tienen en común’; y la comunicación es el modo en
que llegan a poseer cosas en común (DEWEY, 2008,
p. 15)12.
Una comunicación efectiva sería la condición sine
qua non para poder establecer esa Gran Comunidad.
Dewey propone que la vida social en esa Gran
Comunidad “[…] es idéntica con la comunicación”
y entiende que toda comunicación (y por tanto toda
vida social genuina) es educativa –a lo que añade–
toda comunicación es como arte (DEWEY, 2008,
p. 16) Porque en la comunicación cabe que el
11Según Terry Hoy, Dewey veía necesario “[…] to recognize the difference
between ‘association’ and ‘community’. Associative action is the condition of the
creation of communities; but association is physical and organic, whereas
community is ‘moral’. [reconocer la diferencia entre ‘asociación’ y ‘comunidad’. La
acción asociativa es la condición de la creación de comunidades; pero la
asociación es física y orgánica, mientras que la comunidad es ‘moral’. (HOY,
1998, p. 105, nuestra traducción, el subrayado es nuestro).
12 “There is more than a verbal tie between the words common, community, and
communication. Men live in a community in virtue of the things which they have in
common; and communication is the way in which they come to possess things in
common” (DEWEY, 1980a, p. 7).
público se pueda llegar a conocer, reconocer,
articular y pronunciar desde su propia identidad. La
comunicación es también la vía por medio de la cual
el individuo logra conectarse con la sociedad,
transformarse en un tipo específico de ser social y
abrirse a la posibilidad de una experiencia
compartida. Y será mediante esa experiencia
compartida como los individuos puedan llegar
finalmente a identificar y expresar sus problemas,
intereses y aspiraciones comunes. De ahí la
conveniencia o incluso la necesidad, de deliberar y
reflexionar públicamente, de debatir y tomar
conjuntamente decisiones sobre aquellos asuntos
que ineludiblemente conciernen a todos y terminan
afectando, por tanto, al bienestar común. La fe de
Dewey en la democracia participativa se contrapone
a la fe tecnocrática, por lo que, contrariamente a
Lippman, opina que:
Todo gobierno de expertos en el que las masas no
tengan oportunidad de informar a éstos de cuáles
son sus necesidades no puede ser otra cosa que una
oligarquía gestionada en interés de unos pocos
(DEWEY, 2004b, p. 168).
La participación ciudadana cobra sentido para
Dewey cuando los individuos se constituyen a través
de un proceso de comunicación, interacción y
cooperación con los demás por el cual son capaces, al
mismo tiempo, de reconocerse como miembros de
una comunidad. Su conocido lema: “[…] una
democracia es más que una forma de gobierno; es
principalmente un modo de vida asociado, de
experiencia compartida” (DEWEY, 2008, p. 82,
nuestra traducción)13. Aquí lo vemos acentuar la
dimensión social de la democracia, lo cual implica
que la democracia es la misma ‘vida comunitaria’. La
entiende como ‘ideal ético’, como una ‘forma
personal de vida’ y hasta como ‘un modo de afrontar
nuestra existencia’. La democracia no se reduce a
una forma de gobierno o a la institucionalización de
ciertas prácticas o mecanismos políticos, tales como:
elecciones, cuenteo de sufragios, regla de mayorías,
etc., se presenta más bien como un ideal. Es un ideal
en tanto para que: “[…] se realice, debe afectar a
todos los modos de asociación humana, a la familia,
a la escuela, a la industria, a la religión” (DEWEY,
2004b, p. 135).
En términos de la intrínseca relación que
establece entre Democracia y Educación, Dewey
(2004b) pone en juego los principios del empirismo
radical ya implícitos en su pragmatismo; los cuales
formula así:
13 “A democracy is more than a form of government; it is primarily a mode of
associated living, of conjoint communicated experience” (DEWEY, 1980a, p. 93).
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La democracia es la creencia en la capacidad de la
experiencia humana para generar propósitos y
métodos por los cuales la experiencia posterior
crecerá en una riqueza ordenada. Cualquier otra
forma de moral y de fe social descansa sobre la idea
de que la experiencia debe estar sujeta en una u otra
parte a alguna forma de control externo; a alguna
autoridad que se supone existe fuera de los procesos
de experiencia. La democracia es la fe en que el
proceso de la experiencia es más importante que
cualquier resultado especial logrado […] ‘Como el
proceso de la experiencia tiene valor educativo, la fe
en la democracia se identifica con la fe en la
experiencia y en la educación’. […] Si alguien
pregunta qué se entiende por experiencia en este
contexto, mi respuesta es que coexiste en esa libre
interacción entre los seres humanos con las
condiciones que lo rodean, especialmente al medio
humano, que desarrolla y satisface las necesidades y
deseos al aumentar el conocimiento de las cosas tal y
como son. El conocimiento de las condiciones tal y
como son es el único fundamento solido para la
comunicación y la participación; todas las demás
comunicaciones significan la sujeción de algunas
personas a la opinión personal de otras personas […]
(RATNEY, 1940, p. 227, nuestra traducción, el
subrayado es nuestro).
Sin embargo, el proyecto pragmático político de
Dewey de una gran comunidad o de democracia
participativa y creadora se apoya en su noción de
educación cívica que incluye el cultivo de la bellas
artes –más que la filosofía académica formal–.
Puesto que en las bellas artes se ponen en juego las
habilidades creativas, el goce por las obras de arte de
los otros, y la misma comunicatividad. Así, en su
libro El Arte como Experiencia nos demuestra cómo el
goce de los fines y la persecución de propósitos están
interrelacionados:
Cuando los objetos artísticos son separados tanto de
las condiciones de origen, como de su operación en
la experiencia, se levanta un muro alrededor de ellos
que opaca su significación general, de la cual trata la
teoría estética. El Arte se remite a un reino separado,
donde se encuentra fuera de la asociación con los
materiales y aspiraciones de todas las otras formas
del esfuerzo humano, de sus padecimientos y logros.
Entonces se impone una primera tarea al que
pretende escribir sobre la filosofía de las bellas artes.
Esta tarea consiste en restaurar la continuidad entre
las formas refinadas e intensas de la experiencia que
son las obras de arte, y los acontecimientos, hechos y
sufrimientos diarios que son reconocidos
universalmente como constitutivos de la experiencia
[…] (DEWEY, 1948, p. 5).
[…] llegamos a una conclusión referente a las
relaciones del arte instrumental y el arte bello que es
justo la contraria de aquella a que tienden los
estéticos exclusivistas, a saber, que el arte bello
cultivado ‘conscientemente’ como tal es de una
índole instrumental sui generis. Es un procedimiento
de experimentación empleado con vistas a la
educación. Existe en gracia a un uso especializado
que representa nuevas formas de adiestrar la
percepción. Cuando los creadores de tales obras de
arte tienen éxito, tiene también títulos para merecer
la gratitud que sentimos hacia los inventores de
microscopios y micrófonos; a la postre franquean
nuevos objetos que observar y gozar. Este es un
verdadero servicio […] (DEWEY, 1948, p. 319,
nuestra traducción, el subrayado es nuestro).
Nota conclusiva
De los textos de Dewey aquí revisados, podemos
colegir que todas las cosas ‘son realizadas con fines de
educación’, la filosofía, subentiende, ‘es la teoría
general de la educación’ y las artes, podemos concluir,
representan su aplicación y práctica general. Por
cierto, hablar así de la vida del espíritu como un
proceso de educación es usar el término ‘educación’
en un sentido muy amplio, pero esta es una
característica propia del empirismo radical de Dewey.
La disciplina de las aulas y academias (incluyendo la
filosofía) es solamente una primera fase de nuestra
evolución social, puesto que no hay límites en el
proceso educativo. ‘Democracia’ y ‘educación’ son
términos prácticamente co-extensivos para Dewey.
En este mismo sentido, como señalamos, considera
que All communication is like Art (‘Toda comunicación
es como el arte’) (DEWEY, 1980a). Esta
comunicación como arte se ejercita idealmente en la
gran comunidad, incluye ciertamente prácticas de
consulta democrática, tales como la asamblea, la
persuasión, y la discusión (DEWEY, 2004b).
A modo de corolario, porque estamos situados en
Latinoamérica como ciudadanos de estados
democráticos, podemos reconocernos -primos-
hermanos de Dewey- y como comunidad en
dialogo, para plantearnos nuestro propio ideario
democrático. Nuestro camino para la búsqueda de la
gran comunidad, la de ‘nuestra América’, atraviesa la
fase ineludible no solo de recuperar y delimitar
nuestra identidad cultural, sino de reconocer nuestra
necesidad de profundizar creativamente en tal ideal
de democracia. Por ejemplo, una que pueda ‘ser
nacional sin ser nacionalista y regional sin ser
regionalista’. Dentro de un tal ideal podría
conseguirse abarcar el más amplio rango posible de
esferas o relaciones sociales, dando así lugar, en la
expresión de Richard Bernstein, a una Community of
democratic communities (DICKSTEIN, 1998). Sin
embargo, el punto de partida es reconocer que
estamos en el camino de búsqueda o recuperación
de nuestra gran comunidad, y cuando la
Educación en la nueva practica de ciudadanía democrática 355
Acta Scientiarum. Education Maringá, v. 37, n. 4, p. 349-355, Oct.-Dec., 2015
identifiquemos, pasaremos a avanzar al pleno
desarrollo de ella, lo cual a su vez dependerá de
nuestra voluntad para mantenernos en un proceso
permanente comunicativo, educativo, de indagación
e intensificación. Pues además de ser un ideal social
e inherentemente participativo (o tal vez
precisamente por eso), la democracia aparece,
también claramente a los ojos de Dewey, como un
ideal regulativo —esto quiere decir como un
horizonte que nunca se acaba de alcanzar—, tal
como él mismo lo reconoce expresamente al afirmar
que en cuanto ‘ideal’ la democracia ‘no es un hecho
ni nunca lo será’. No obstante, este ideal está lejos de
ser planteado por Dewey en términos retóricos o
demagógicos, puesto que es un planteamiento de
democracia radical, y esto quiere decir que se basa en
la constatación de las constantes rítmicas de
interacción con el entorno vivo y social que nos
rodea. El arte, al que apela, como nota, si es
educativo, es moral, lo es pese a los moralistas y los
educadores, y a menudo en contra de ellos, porque
lo que aporta es siempre ‘la sensibilidad de
relaciones’, de los modos de relación, por ejemplo,
“[…] con las obras de los demás, que aún no han
sido momificadas por cualesquiera institución”
(DEWEY, 1980b, p. xv). Podemos, por tanto, decir
que la propuesta educativa pragmática de Dewey se
plasma en una política del arte, en tanto que el arte
consiste en hacernos más inteligentes, más sensibles,
en mantener el instrumento a la mano que nos
permita intensificar nuestra vida o reforzar y
expandir nuestra capacidad de pensar y hacer con
otros.
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Received on January 23, 2015.
Accepted on April 20, 2015.
License information: This is an open-access article distributed under the terms of the
Creative Commons Attribution License, which permits unrestricted use, distribution,
and reproduction in any medium, provided the original work is properly cited.
... Las teorías educativas de John Dewey encontraron eco afín en España entre los intelectuales de la Institución Libre de Enseñanza, ya que coinciden con la aspiración krausista a educar desde principios investigadores y creativos basados en la experiencia del estudiante (Nubiola y Sierra, 2001). Pero fue tras el largo paréntesis del franquismo y con el resurgimiento del pragmatismo en el entorno democrático de finales del siglo XX cuando fue recuperada su axiología en el valor innovador que comporta (Blanco, 1996;Fermoso Estébanez, 1991) y hoy se le reivindica como precursor del paradigma basado en competencias debido a la clara profundidad con que su amplia producción científica defiende, sin atisbo de clasificaciones manipulables por intereses económicos, que el pilar fundamental del saber competencial es el conocimiento por la experiencia personal suscitada en contextos reales y cambiantes del entorno cotidiano (Santos Gómez, 2011), lo cual se promueve con metodologías donde se producen proyectos que desarrollan la ciudadanía plena de los participantes en acciones de transformación social (Burlando, 2015;Amilburu, 2016). Si atendemos a los hábitos docentes españoles, queda manifiesto un desfase acusado entre las recomendaciones pedagógicas de los expertos en competencias y la realidad del aula actual, pues el informe TALIS 2013 sobre los estilos docentes avisa de que en España sigue predominando la actitud docente transmisora de contenidos curriculares y autoritaria en el marcaje de los ritmos de aprendizaje (Lorenzo, 2016). ...
Education Maringá, v. 37
  • Acta Scientiarum
Acta Scientiarum. Education Maringá, v. 37, n. 4, p. 349-355, Oct.-Dec., 2015
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