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De incompatibilidades y otras incongruencias

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REVISTA DE REVISTAS Música y Educación Núm. 97 Año XXVII, 1 Marzo 2014
169168
De incompatibilidades
y otras incongruencias
José Luis Miralles Bono
en Oysiao en el Oasis,
13 de diciembre de 2013
http://jlmirall.es/oysiao
“Enseñar a hacer algo es incompatible con
hacerlo”. Esto es lo que nos dice la ley a los
profesores de conservatorios. No ha sido el
primer caso, ni será el último, pero el inicio
del artículo de la revista digital de música
clásica Codalario del pasado mes de diciem-
bre (
www.codalario.com
) es demoledor:
El clavecinista español Aarón Zapico, di-
rector de la prestigiosa agrupación Forma
Antiqva y uno de los artistas de referencia
en nuestro país en lo que a interpretación
musical con instrumentos antiguos se refie-
re, acaba de renunciar a su plaza como pro-
fesor de clave en el Conservatorio Superior
de Música de Asturias al no poder compati-
bilizar su trabajo docente con su cada vez
más creciente carrera como intérprete y
director.
¿El causante principal? la ley de incompa-
tibilidades, y supongo que también en buena
parte, aunque no citada en la mayoría de dis-
cusiones, la ley de permisos y licencias.
Parece ser que la administración es capaz
de decidir a cuantas cosas se puede dedicar
cada uno de los seres humanos que tiene ba-
jo su nómina. Y el criterio además es el mis-
mo para todos: “aparte del trabajo por el que
te pagamos, no podrás hacer nada más que
supere un números clausus de horas a la se-
mana, siempre que no coincidan con el hora-
rio de trabajo; y en el caso de que coincidan,
apenas tienes unos días al año de permiso y
bajo condiciones muy precarias.”
Sin entrar en farragosos textos legales, ese
sería el resumen de la situación. Todo muy
correcto y normal desde el punto de vista del
aparato burocrático que afecta al docente
(aunque parece que en el terreno político es-
tas medidas estrictas no lo son tanto, pero eso
es otra historia). Pero desde el punto de vista
artístico un suicido total de la calidad del
sistema.
Como todo director de recursos humanos,
la administración quiere tener a los mejores
profesionales, pero una vez los contrata,
éstos deben dejar de lado su carrera concer-
tística, aunque deban enseñar a sus alumnos
como enfrentarse a escenarios. Yo, sincera-
mente, la incompatibilidad la veo en el con-
cepto de la propia ley. Es incompatible que
existan estas restricciones con el hecho de
tener buenos profesionales.
Algunos dirán, “pero es que piensa en los
alumnos, estamos primando los intereses
del concertista por encima del de sus alum-
nos, un derecho termina, dónde empieza
otro”. Correcto! pues por eso mismo, vea-
mos qué sucede en otros países dónde el
modelo de profesor-concertista en activo
está en funcionamiento, ¿qué pasa en ellos?
Codalario sigue así:
En el propio Principado de Asturias tene-
mos un ejemplo paradigmático de otra ma-
nera de hacer las cosas. Se trata de José
Ramón Méndez, pianista gijonés que lleva
años residiendo en Nueva York, donde im-
parte docencia en la New York University,
entidad que estimula a sus profesores a po-
tenciar su carrera como intérpretes, porque
se entiende, además razonablemente, que el
centro se beneficia de ello por dos vías, la
del prestigio que supone que la Universidad
de Nueva York aparezca citada en el mundo
como un lugar de referencia,–como en este
artículo–, y la de tener entre sus profesores
a un pianista que está en permanente proce-
so de estudio y mejora profesional, lo que
redunda en su calidad como profesor.
Cuando se tiene un paradigma de centro
educativo musical dónde buscas a los me-
jores profesionales buscas las maneras de
poder compatibilizarlo. Y eso es posible con
el uso de dos ideas muy simples.
Las enseñanzas instrumentales de conser-
vatorio son con una de ratio 1:1. ¡Aprove-
chemos esa ventaja organizativa! En un
centro de secundaria, si un profesor quiere
ir a un congreso para realizar una ponencia
durante su horario lectivo, es más complejo,
puesto que pierden esa hora de clase treinta
alumnos, ahora intenta ofrecer a esos treinta
alumnos un horario alternativo para recupe-
rar la clase. Es imposible. Pero en un conser-
vatorio es posible. No hacer una clase un día
no significa que esa clase la pierda el alum-
no, sino que esa clase el alumno la debe re-
cibir, ¿por que no permitimos que sea en otro
momento?
En el caso de grandes concertistas que de-
berían cambiar muchas clases o incluso sería
muy difícil tener una continuidad. ¿Por que
no creamos la figura del profesor asistente?
Si el alumno hace las mismas horas, el suel-
do debería repartirse entre ambas figuras, el
profesor titular y el asistente en función de
las horas que impartan.
Pero claro, la legislación para conservato-
rios es la misma que para la de centros de
secundaria, dónde estas realidades no exis-
ten de forma tan presente como en el ámbito
artístico. Debemos dejar de vivir bajo el mis-
mo prisma organizativo que el de centros de
secundaria. Tener un profesor concertista en
activo, es un motivo de orgullo para el centro
y para el propio alumno. Qué motivador es
para un profesor que sus alumnos vayan a
verle actuar; como para sus alumnos, ver a
su profesor en los escenarios.
Pero no, seguimos pensando únicamente
bajo el paradigma burocrático. Y la lástima
es que esto ataca directamente a la calidad
que ofrecemos en nuestros centros, ahuyen-
tando a los buenos profesionales, o asfixian-
do a los que intentan convivir entre ambos
mundos. Nos tenemos modelos tan lejos
para aprender de ellos: la Escuela Superior
de Música Reina Sofia y el campus valencia-
no de la Breklee College of Music están en
nuestro país.
“Estar haciendo algo debería ser requisito
para poder enseñarlo”.
Marca España II:
el examen del
Ayuntamiento de
Madrid a músicos
callejeros
Chefa alonso en Sul Ponticello,
II Época,núm. 53, Diciembre 2013
http://www.sulponticello.com/
Mi nombre es Chefa Alonso y me dedico a
la música desde hace más de treinta años.
Una de mis últimas formaciones es Uz, un
trío de vientos de jazz (tuba, saxo tenor y
saxo soprano) que existe desde el 2009. Con
este grupo tocamos de vez en cuando en la
calle y, en la última temporada, debido a la
absoluta falta de opciones para tocar en otros
espacios (cada vez hay menos clubs que pro-
gramen música en directo, se cierran teatros
y centros culturales, desaparecen festivales
de jazz y los pocos que existen quedan en
manos de los grandes representantes comer-
ciales), nos planteábamos tocar con mayor
asiduidad en un espacio que creíamos de
todos y por tanto también nuestro: la calle.
Así que con cierto humorismo, ya que des-
conocíamos el tribunal que nos iba a exami-
nar (se negaron a identificarse, simplemente
nos llegó la información de que eran dos ti-
tuladas superiores del Conservatorio y una
secretaria del Ayuntamiento), y para evitar
una multa imposible de pagar por un colec-
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