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País y paisaje de labregos: organización y control del territorio en la Galicia contemporánea entre cuatro centurias (ss.XVIII-XXI)" in G. Pereira-Menaut y Eremelindo Portela Silva (eds.), El territorio en la Historia de Galicia. Organización y control. Siglos I-XXI. USC, Editora. 2014.

Authors:
  • University of Santiago de Compostela. Galicia, Spain

Abstract and Figures

ebook at usc.es/libros. Once the framework and the assumptions of transnational history have been established, this article analyses the role of the State as the inducer of technological change in agriculture and the consequences deriving from it in the rural world. Its main objective is to learn the nature and extent of the changes at the turn of the century in rural areas both on an economic and social level and their political and cultural derivations. In this sense, the author preferentially deals with three major decisive aspects: the new role of the State as regards the dissemination of innovation in agriculture; the consolidation-defence of the smallholding and the structure of civil society in rural areas after the changes at the turn of the century. Key Words: Agriculture, Rural society, State, Technological change
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País y paisaje de labregos:
organización y control del territorio en
la Galicia contemporánea entre cuatro
centurias (.-)
1
L F P
Departamento de Historia Contemporánea. USC
Grupo HISTAGRA/ReVolta
2
1
Texto traducido do galego por: Silvia Viso.
2
Grupo de Referencia Competitiva da SUG. HISTAGRA (GI-1657) e Rede de
investigación ReVolta. (www.histagra.usc.es).
Figura . Confusión de prados, turismo, eucaliptos, naves comerciales. A Mariña: Barreiros-Foz-Burela ()
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contemporánea entre cuatro centurias (ss. xviiixxi)
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
Figura .
Islas de cultivo,
abandono agrario
y forestalización.
O Xurés: Torreiro
yVilameá ()
Figura .
Prados en proceso
de abandono. O
Caurel ()
Este cuadro sumario precisa de muchos matices, por supuesto, pero
el abandono del territorio resulta la pauta más llamativa en compa-
ración con cualquier otro territorio europeo de larga ocupación y, re-
lacionado con esto, destaca el desaprovechamiento productivo
4
. Los
matices de esta visión voladora que se presenta son muchos, claro, y
tendremos ocasión de introducirlos. Pero el visitante que se aproxi-
ma por vía aérea a Lavacolla desde la meseta puede tener una impre-
sión aproximada a esta que acabo de apuntar.
Entre los matices, uno importante: el país está lleno de islas
agrarias invisibles, porque los observadores solamente vemos lo que
queremos ver. De hecho estas islas, pasan más desapercibidas, tanto
para las estadísticas como para el espectador y seguramente resultan
más invisibles, cuanto más cerca de las ciudades y de los pueblos
están y cuanto más son los que se ocupan de ellas. Son manchas
de cultivos y de prados organizadas por pequeñas y muy pequeñas
explotaciones agrarias que no son consideradas profesionales en los
estándares actuales pero que muestran la resistencia a dejar el terri-
torio sin funciones agrarias. Una resistencia que parece inversamente
proporcional a la precocidad de la industrialización: su presencia es
4
Por el abandono del territorio o debido a nuevas formas de ocupación de este
habitualmente poco sugestivas o respetuosas con lo heredado.
La Galicia actual, vista por un historiador agrario contemporá-
neo, es un territorio dominado por el abandono rural y agrario: por
abandono del medio rural y la desagrarización del territorio. Vista el
abandono por un paisano de una cierta edad, experiencia y memo-
ria, campesino o campesina de oficio o de orígenes, es un territorio
desaprovechado.
A vista de pájaro destacan las grandes superficies arboladas
(1 340 000 ha/45% del territorio) o de monte bajo (610 000 ha/21%
del territorio), con islas de producción ganadera dominadas por el
verde de los prados, aldeas que no paran de desperdigarse incluso en
el desertizado interior, localidades históricas que crecen perdiendo
historia y ciudades que devoran y consumen territorio con viales,
periféricos, autopistas, urbanizaciones suburbanas y aparcamientos
3
.
3
Villas afeándose con hipermercados de escaso gusto, naves industriales de todo
tipo, a veces agrupadas en polígonos industriales, ahora llamados empresaria-
les, al lado de las antiguas carreteras de entrada a las villas. Esto es lo que más
llama la atención de los gallegos urbanos.
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Figura .
Paisaje de prados
deeconomía
lechera.
Combinación de
agro y monte en la
Galicia cantábrica
con concentración
parcelaria.
A Mariña:
Ribadeo (Fondo
Google-imaxes:
juansalmohotmail.
bolgspot.com).
Figura .
Isla agraria
cultivada en zona
urbana. Barrio do
Sar. Santiago de
Compostela ()
Otro matiz al abandono son la leche y el vino. Las explotaciones
lecheras que se conservan en producción y manejan partes significa-
tivas y localizadas del territorio en las comarcas ganaderas del inte-
rior y la costa, especialmente en la Galicia norte, pero en medio de
parroquias abandonadas y peleando con el abandono de las tierras
circundantes cuando no pueden emplear-
las a través del Banco de Terras. Y con la
leche, el vino, debido a la creciente y re-
muneradora recuperación de la viticultura
que, no obstante, ocupa aún unos dos ter-
cios de la superficie que ocupaba en 1940.
El abandono contemporáneo del mun-
do rural y la desagrarización del territorio
están dominados por la idea de urbe, por
la ideología superior de ciudad asociada a
una modernidad sin ruralidad de matriz
ilustrada y reciente revalorización. Y viene
siendo esa idea e imagen de urbe la que se
quiere llevar al rural. Los argumentos de
planificación económica por parte de los estados de la segunda mitad
del siglo XX y los de aumento de la productividad como garantía del
desarrollo, resumidos en 1951 por aquel ministro falangista «mas
agricultura y menos agricultores» en más agricultura y menos agri-
cultores, forman parte de un paradigma contra el que poco pudieron
hacer los campesinos gallegos y europeos pero, en todo caso, mucho
menos los gallegos que los suizos.
He querido empezar por presentar los choques y paradojas del
presente porque es muy reciente este cambio que nos asombra. Y,
de paso, apuntar algunas líneas de interpretación y algunas conje-
turas para orientar al lector. Comenzando también por la evidencia
de un pasado que no pasa y que es un buen indicador de las fuerzas
históricas que entran en juego en el asunto que nos ocupa. Pero
foro y los comunales o, antes a través de, los efectos de la crisis del Antiguo Ré-
gimen y de la gran expansión agraria europea del siglo XVIII. Conocida y bien
estudiada por la historiografía modernista y contemporaneísta compostelana.
mayor en Vigo (el municipio gallego con más explotaciones agrarias
declaradas en el censo de 1999) y en el Sudoeste, más urbanizado, de
más precoz innovación agraria contemporánea —por allí entraron el
maíz y la patata— y de más rápida industrialización, que en el inte-
rior o hacia el Nordeste.
Otra paradoja. De hecho, siendo esta realidad estadísticamente
visible, fue considerada una anomalía, tal vez porque en el subcons-
ciente de los gestores de la estadística exhibía la resistencia inco-
herente de lo que tenía que estar muerto y matado: el caso es que
a partir del siguiente censo esa realidad se invisibilizó, cambiando
el umbral mínimo de lo que se considera explotación agraria y así
dejar fuera a estas explotaciones a tiempo parcial que provocaban
una pretendida anomalía estadística. Estas islas de resistencia deben
ser considerada desde otra categoría, como capacidad de resiliencia
de las comunidades agrarias en cuanto capacidad para soportar y so-
breponerse a las agresiones, desastres y perturbaciones que ha so-
portado el campo gallego desde 1940
5
.
5
La capacidad de resiliencia de las comunidades en periodos anteriores es cono-
cida: sea en el proceso de innovación tecnológica ligado a la segunda oleada de
industrialización a comienzos del siglo XX; la crisis agroganadera finisecular
o la implantación del estado liberal y su modelo de propiedad privada frente al
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Figura .
Éxodo rural.
Viviendas y hórreos
abandonados. Val
de San Vicente,
Arnoia. ()
Figura .
Explotación lechera.
A Rochela-A
Devesa. Ribadeo
()
que otros mantienen la residencia de origen, siendo Ourense un caso
evidente, pero con abandono del manejo del territorio
6
. De hecho, la
importancia actual de la función residencial del rural es esencial para
trabajadores de la industria y servicios y jubilados, aparte de los que
se ocupan en el campo y en la pesca: en el rural vive la práctica totali-
dad de las personas que se dedican a la agricultura y casi la mitad de
las que se dedican a la pesca pero la tercera parte de las que trabajan
en los servicios, la mitad de las ocupadas en la industria y cerca del
6
La ciudad de Ourense concentra más de la mitad de la población de la provincia
pero se mantienen las casas de los pueblos y aldeas como segundas residencias,
incluso se participa en las comunidades de montes GPMC (2006) pero no se
maneja el territorio.
dejemos para después las re-
sistencias invisibles y empece-
mos por los cambios que han
definido el presente tal como
lo conocemos o estamos acos-
tumbrados a verlo.
Las transformaciones que
han dado lugar a esta imagen
presente de abandono son re-
lativamente recientes: no van
más allá del medio siglo y algu-
nos de los sus indicadores son
bien conocidos: Edelmiro López
Iglesias, F. Sueiro & R. Loren-
zana (2014) «Processes of Far-
mland Abandonment: Land
use Change and Structural Ad-
justiment in Galicia /Spain)»,
in Ortiz, Moraguez &Arnalte:
Agriculture in Mediterranean
Europe: Between old and new
Paradigms
— Reducción en los últi-
mos cincuenta años de las ex-
plotaciones agrarias en un 80% (421 mil en 1962, 360 mil en 1982,
81 mil en 2009) aún manejaban el 46% del territorio en 1982 y en
este siglo no pasan del 30%. De una superficie cultivada que repre-
sentaba el 53% del territorio en 1962 se ha pasado a cifras en torno
al 22% desde 1982 hasta hoy. Además, hay que recordar el redimen-
sionamiento e hiperespecialización lechero como lechera de unos
«labregos» desagregados en ganaderos mientras otros lo son en viti-
cultores, madereros, etc.
— Abandono del rural por medio de un éxodo masivo desde los
años 60 hacia la emigración y las ciudades y aparente contarrurali-
zación en las dos últimas décadas —analizada por C. Ferrás—, como,
primera residencia de otros segunda residencia de algunos; al tiempo
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Figura .
Repoblaciones
cercando las tierras
de cultivo ()
Figura .
Forestación de
tierras de labor:
aún se aprecian las
paredes divisorias.
Comarca do Deza.
()
espontáneamente, probablemente abandonado», afirma Carreira.
Sólo el 2% de esa superficie es pública, un tercio es colectiva por ser
montes de vecinos y 2/3 de propietarios particulares.
— Lo mismo se puede expresar de otro modo: la mitad de la
superficie de Galicia (1’5 millones de ha) son montes que perdieron
todas las demás funciones que tenían históricamente para ser con-
sideradas espacio forestal, pero de esa superficie casi el 40% (680
000 ha), casi un cuarto de la superficie total de Galicia, son montes
vecinales (X. Balboa).
Hasta aquí las paradojas del presente antes de mirar a largo
plazo y sin preguntarnos demasiado por las causas de unas mudan-
zas recientes que otros se encargan de estudiar y que el tiempo dirá si
sesenta por ciento de las que trabajan en la construcción, según esti-
maciones recientes de X. C. Carreira e E. Carral (A agricultura galega.
Camiño do porvir, en prensa).
— Ineficiencia en el uso de los espacios agrarios y forestales, por
mucho que se vaya imponiendo la repoblación implantada desde los
años 40 como método preferente de abandono. Un proceso que con-
duce a la «selvatización» por un lado y, por otro, a los incendios con-
tinuados que P. O’Flanagan considera un auténtico ecocidio. El 60%
de la superficie de Galicia se cataloga como forestal y sin embargo la
superficie realmente arbolada oscilaría entre un 30 y un 40% pero la
tratada silvícolamente no llega al 10% lo que supone entre el 3 y 4%
del territorio gallego, «otro tanto es terreno a monte bajo o rebrotado
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En tiempos bien recientes, pues, el abandono forzado del campo
junto con el mercado intervenido, en condiciones de dictadura polí-
tica rompieron la trayectoria. En los tiempos de vida de los que hoy
son abuelos y abuelas se fundamentó este presente y, sobre todo, el
desperdicio de las capacidades productivas que venían siendo apro-
vechadas en el territorio y que hoy adquieren otra dimensión desde
una interpretación agroecológica. El campo gallego conoció desde la
posguerra española y mundial un abandono forzado por el poder de
un Estado totalitario y un nuevo éxodo rural alentado por nuevas
formas de mercado manejadas por el intervencionismo de la dictadu-
ra, rompiendo unas dinámicas labregas que se pueden rastrear desde
el siglo XVII. De 1940-1945 hasta aquí, hubo dos fases —y dos fuer-
zas— que cambiaron la trayectoria: una con el abandono forzado y
el dominio totalitario y otra con el mercado y la modernización «for-
zadas». Y todo esto sobre un campo desmantelado/desorganizado/
desarticulado/derrotado en sus claves sociales, políticas y produc-
tivas, como consecuencia de la guerra civil y la larga secuela de la
posguerra y una dictadura totalitaria del tiempo del fascismo.
La primera de las fases se correspondería con la dictadura
(1940-1975) y la segunda con la de la democracia (1975-2010). Siete
décadas, repartidas en dos mitades. Aunque las fuerzas del mercado
dominantes en la segunda estarían actuando ya desde 1960, en el
contexto forzado de la dictadura, con más descontrol —en ausencia de
control— y con el amparo —un amparo descontrolado— de la fuerza
del Estado totalitario franquista. La primera fase, en la que destacan
ocupaciones y desocupaciones forzadas, llega hasta la Autopista del
Atlántico y As Encrobas, pero ya desde 1959 entran en juego más cla-
ramente los intereses del capitalismo de la posguerra mundial. Incluso
antes de esa mítica fecha de corte, claro, pero entonces siempre subor-
dinados a las políticas autárquicas e intervencionistas del Estado tota-
litario que tenía por ideal aquella dictadura nacida en los tiempos del
fascismo, pero la única de Europa de su tiempo fundada en un golpe
seguido de una guerra de tres años y una posguerra de veinte que des-
articuló la sociedad civil y los mecanismos de defensa de intereses que
habían funcionado mal que bien durante cien anos de liberalismo.
Las referencias al totalitarismo y al tiempo al fascismo para ca-
racterizar la dictadura franquista pueden ser mal entendidas y sin
son tan definitivas como parecen. Todo este cambio que nos llama la
atención hoy es muy reciente e intuyo que la mayoría de nosotros no
logramos identificarnos con él, excepto por la vía del aprecio del bos-
que —aunque sea sólo explotación silvícola— propia a veces de una
mentalidad «urbanizada» y más próxima a un ecologismo primario
de reportaje que a los descendientes de campesinos e incluso de los
hidalgos y frailes. Sabido es, desde luego, que los gallegos y gallegas
de hoy nos parecemos más a nuestros coetáneos de otras latitudes
que a los antepasados, como no podía ser de otra forma, pero tam-
bién en esto es cosa de escoger el modelo a seguir, los galleguistas
y los agrónomos —curiosa mezcla— de los años veinte y treinta e
incluso antes habían elegido Suiza y Dinamarca por razones obvias.
Aun sin entrar en honduras se puede señalar que, mirando al
siglo XX, este cambio reciente viene motivado por dos procesos: una
expulsión de personas del campo en pro de una modernización agre-
siva que vino sumada a la previa expropiación de los montes para su
forestación por el totalitarismo autárquico de la posguerra; y, desde
los años 60, el impulso del modelo de construcción y creación de in-
fraestructuras como bien en sí mismo, en la lógica del desarrollismo
urbanizador de la España de entonces. Un modelo dominante en la
reconstrucción europea de posguerra pero agravado en España por la
conciencia del retraso respecto de Europa y la necesidad de avanzar
deprisa por el mismo camino dos décadas después. Teñido todo por
la ideología del atraso definida en los anos 1960-70, justificadora de
la modernización y de gran éxito hasta el presente. La teoría del atra-
so es un contrapunto de la teoría y la ideología de la modernización
y su tiempo, fue definida desde las ciencias sociales más renovadoras,
incluida la historia, y por los autores más actualizados y competentes
en aquella época. En el caso gallego resultaba además plenamente
coherente con la inmediata experiencia de hambre, miseria y retardo
de la posguerra —convertida en duradera memoria— y con la eviden-
cia de vivir en una dictadura que en sí misma era un evidente factor
de atraso político y social para cualquier observador avisado
7
.
7
Sobre la crítica al atraso: Terra e Progreso (2000); El Pozo de todos los males
(2000), «No todos dormían» (1999).
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o menos forzados por el poder de una dictadura totalitaria, más o
menos producto de la lógica de los tiempos y de los mercados, ambos
vectores convergen en la explicación del asunto. Pese al abandono, no
nos engañemos, los gallegos y las gallegas seguimos teniendo capaci-
dad de control de nuestro territorio por ser propietarios en un elevado
porcentaje. Propietarios privados perfectos en la lógica contemporá-
nea del código napoleónico y del liberalismo, mezcladas a lo largo de
dos siglos en la definición de la institución de la propiedad privada:
propietarios con capacidad para decidir y por tanto determinar. Nada
menos que 1’7 millones de nacionales somos propietarios de fincas
rústicas, dos tercios de los habitantes, el 66%. Teniendo en cuenta que
los niños no son propietarios —aunque de todo hay inscrito en los
registros— e incluso sin comparar con otros países, no cuesta trabajo
suponer que detrás de esta realidad hay mucha historia, mucho poder
en el pasado y mucho poder en el presente para determinar los roles
del territorio, su organización y, por lo menos, pelear por su control
8
.
Además de propietarios por herencia —porque es bien sabido
que el mercado de tierras en Galicia no es dinámico— y quizás por
eso mismo, los gallegos también somos residentes en el rural en
un alto porcentaje, de modo que aparte de propiedad otra forma de
control del territorio deriva precisamente de esa función residencial
del rural que facilita además el control del recurso productivo, pues
la mayoría de las personas que habitan el rural no están ajenas ni
a la actividad agraria ni a la gestión del territorio, como indican las
interpretaciones de X. C. Carreira.
No nos dejemos entonces engañar por el presente, por mucho
que derive de este proceso de cambio rotundo de los últimos sesenta
años, porque debajo de lo que vemos hay otra realidad, bien visible
si la enfocamos, que explica la forma de organización del territorio y
los conflictos que la envuelven. Una realidad que incluso no conse-
guimos ver aunque esté delante de nuestros ojos, porque llevamos
décadas diciendo que murió, porque queremos matarla, afirmando
8
Es necesario advertir, por supuesto, que una parte de esos propietarios no
son habitantes de Galicia sino gallegos emigrados que poseen propiedades
heredadas.
duda objetables por muchos autores. No pretendo aquí sancionar un
debate, largo en el tiempo y conceptualmente complejo, que atañe a
la historia, la ciencia política y la sociología. Pero es precisamente en
el diseño, aplicación y efectos a largo plazo de estas políticas estruc-
turales donde se aprecia el carácter totalitario de un poder nacido de
una guerra provocada por un golpe militar exterminador de personas,
ideas e instituciones en tiempo del fascismo. De modo que la ruptura
histórica provocada por la época de la gran transformación de K. Polan-
yi (1944/1989) o del High Modernism de J. Scott (1998: Seeing like a
state: How certain schemes to improve the human condition have failed),
se tiñe de matices genuinos propios de las políticas del fascismo, como
hemos querido confirmar en un libro reciente (Fernández-Prieto, Cabo
& Pan-Montojo (2014): Agriculture in the Age of Fascism).
Estas sumarias referencias al presente y a su genealogía inmediata
requieren aclarar que los historiadores no explicamos el presente más
que en lo que guarda relación con el pasado; aunque el atractivo del
tiempo en el que uno vive es tan intenso que en las últimas décadas
hemos inventado la historia del presente e incluso la historia inme-
diata para evitar la tentación de explicar anacrónicamente el presente
o de hablar del presente con la ilusión de que hablábamos del pasado,
como tantas veces nos ocurre. No se puede negar que sobran ciencias
sociales encargadas de intentar explicar el presente; aunque muchas
veces se preocuparon más por la prospección y la definición del futuro
que por entender el tiempo actual y por eso en sus resultados a veces
encontramos confusión en fuga en vez de algunas certezas necesarias.
En todo caso, la realidad actual está sobradamente explicada y por eso
sólo quise atender a la influencia del pasado que podemos rastrear en
el presente y la fortaleza que tiene en este asunto lo que se viene de-
nominando dependencia de la trayectoria. El recurso al presente en el
que vivimos, que creemos conocer y entender, es lo que me permite
intentar el flash-back para el que nos capacita una sólida historiografía.
. U    
Propietarios rurales hoy, pero antes agrarios en sentido lato. Es
necesario no confundirse, no obstante los cambios recientes, más
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tecnológica que definen el desarrollo de unas economías agrarias si-
tuadas en un horizonte energético aún orgánico; los de A. Martínez,
L. Domínguez, X. Carmona y otros que explican la capacidad para
participar en los mercados de productos agrarios o de crédito de un
modo relativamente ventajoso… Y muchos otros García Lombar-
dero, Anxo Fernández, A. Bouhier, García Fernández, J. A. Durán…
es mucho lo que sabemos y que apoya esta tesis sobre el dominio
contemporáneo de los campesinos, también en el plano simbólico,
sociológico y cultural (Antón Santos) o desde la perspectiva de la
antropología histórica (X. M. Cardesín, Raúl Iturra)…
La Historia no puede dar lecciones pero varias décadas de his-
toriografía agrarista vienen a demostrar la fuerza de las «estructu-
ras» campesinas frente a las contingencias de las coyunturas. Si los
agresivos procesos de cambio del último medio siglo despreciaron las
formas de organización de la producción y del territorio construidas
secularmente y al destrozarlas procuraban el derribo del pasado, la ca-
pacidad de resiliencia de los hábitos campesinos, y sobre todo, de los
campesinos mismos se reveló también considerable. De manera que
también hoy el dominio de los campesinos —en realidad sus descen-
dientes o los que cambiaron de actividad en el último medio siglo—
sobre el territorio permite explicar en cierto modo el presente que nos
incomoda, mezclado con la gestión política y la empresarial. Al llamar
la atención sobre esto se trata de evitar que la responsabilidad de lo
que ocurre hoy en el territorio quede menos diluida en el pasado, en
las dinámicas y en las fuerzas invisibles del mercado o bien visibles
del Estado y en el conjunto de una sociedad de propietarios de la tierra
que ahora participa de un sistema de mercado político y económico
bien conocido para la mayoría, a juzgar por los resultados. También
quiero poner el foco en otra cuestión, pues aunque es cierto que, des-
aparecidas (destruidas) las funciones y los usos campesinos, quedan
sólo unos propietarios con escasa capacidad de actuación, también lo
es que lo que hagamos con esa inmensa riqueza ya no es sólo cosa del
Estado y las empresas, como en el pasado, sino que hay nuevas condi-
ciones para recuperar nuestras capacidades y riquezas…
Los agroecosistemas gallegos abandonados son como un traje
que le viene grande a sus dueños y que colgado en la percha se
va arruinando poco a poco; pero también es cierto que cuando las
su defunción, incluso celebrándolo, porque se supone superada por
la historia. Pero —la tan anunciada muerte— no parece en absoluto
verosímil a los ojos del historiador agrario contemporáneo. No se ve
esa realidad en el presente, aunque esté viva, porque es considerada
pasado (aunque no acabe de pasar) y porque tiene una memoria tan
conocida como negativa. La ideología del atraso que complementó
coetáneamente la de la modernización ha llevado a romper con el
pasado agrario hasta el extremo de no verlo más que como imagen
etnográfica o como vestigio arqueo-antropológico. No se aprecia la
realidad a la que no se le tiene aprecio.
Aún hoy se puede seguir diciendo, por paradójico que pueda pa-
recer, que el resultado actual que observamos en la organización de
nuestro territorio, cuando menos de una parte importante de él, es
resultado del dominio histórico que los campesinos lograron afirmar
en la edad contemporánea —y desde antes. Y este viene siendo a mi
parecer el elemento crucial a la hora de preocuparse de las formas de
organización y control del territorio en la Galicia contemporánea. Un
dominio explicado en profundidad por la historiografía agraria en las
últimas décadas, desde La propiedad de la tierra en Galicia de R. Vi-
llares (1982) hasta la Historia dunha agricultura sustentábel (2006)
de D. Soto; pasando por los trabajos de A. Artiaga, Pilar López, M.
X. Baz sobre las desamortizaciones, los cambios políticos, las reden-
ciones forales y las disoluciones de señoríos que hacen propietarios
a los campesinos a lo largo del siglo XIX; los de X. Balboa y E. Rico
que explican la afirmación del dominio campesino sobre la mayor
parte del territorio de Galicia, los montes, que son individualizados o
gestionados como comunales por los vecinos de las aldeas y lugares
a lo largo de las dos últimas centurias; y defendidos con éxito —los
comunales— incluso frente a la expropiación que para la repoblación
implantó la dictadura en la posguerra civil en el marco de una política
autárquica; los de M. Cabo, H. Hervés, A. Bernárdez e I. Román, C.
Velasco, A. Domínguez y otros, sobre la capacidad de organización y
lucha de los campesinos por la propiedad de la tierra que trabajaban
mediante la movilización social conocida con el nombre de agraris-
mo; los de A. Liñares, A.M. Rosende y los míos propios sobre la ca-
pacidad de los campesinos para controlar los procesos de innovación
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ganan esa capacidad? en lo que aquí respeta, a lo largo de los últimos
cuatro siglos, cuando afirman sus lógicas productivas, dominan en
la práctica el acceso y la gestión de los recursos productivos e inno-
van (como por ejemplo incorporando los cultivos americanos) en la
medida de sus necesidades y para reafirmar su autonomía domésti-
ca. Garantizando el uso del territorio para la producción y su propia
reproducción. La capacidad para romper las dependencias feuda-
les posiblemente guía la innovación y desde luego se favorece de
ella, como se aprecia en su forma de controlar el territorio, cuando
menos desde la segunda mitad del siglo XVIII. La forma histórica
de ocupación, gestión y aprovechamiento del territorio para la pro-
ducción está pendiente de un análisis agroecológico que estamos
aún desarrollando pero que ya cuenta con sólidas aproximaciones.
Agua, cultivos, prados, cultivos de monte, pastos, dehesas y uso del
monte para extraer materias fertilizantes… definen la organización
del territorio a lo largo de los tres últimos siglos, y las huellas de
este modo organizativo son fácilmente reconocibles.
Va de camino el esbozo de la respuesta a la segunda cuestión
formulada por X. Pereira, ¿qué determinó la organización y gestión
del territorio?: las necesidades de las casas de labranza y de las co-
munidades vecinales, por tanto. Pregunta y repuesta directamente
relacionadas con la tercera de la cuestiones: ¿A qué intereses respon-
de la organización? Bien es verdad que desde los albores de la época
que convencionalmente denominamos contemporánea, en relación
con el debilitamiento de las estructuras feudales, la aparición del
mercado y del Estado y las nuevas capacidades tecnológicas se in-
troducen elementos inéditos en el juego de fuerzas y poder. A las
viejas obligaciones fiscales se suceden otras nuevas pero además el
mercado capitalista es un nuevo campo de juego que añade otra di-
mensión a necesidades que parecían ser estrictamente domésticas
y de reproducción. Las casas de labranza también participarán en
el mercado capitalista de productos y de factores adaptándose a las
nuevas necesidades que abre el siglo XIX para su reproducción.
La última de las preguntas, ¿a qué proyecto histórico servía la or-
ganización del territorio?, tiene una respuesta más compleja aunque
aparentemente parece derivarse de las afirmaciones previas. Más
condiciones aprietan (en este caso económicas y ambientales) el traje
que era de muy buen paño y magnífico corte, hecho a moda de hace
décadas, puede descolgarse, lavarse, arreglarse y usarse de nuevo sin
vergüenza porque, además, vuelve a estar de moda. El traje nuevo del
campo es cosa para otro día.
. Q  
Un poco avanzado el texto para hacernos esta pregunta pero
debemos darle algo de emoción. Intentarlo, al menos, en un asunto
sobre el que casi todo el mundo tiene opinión porque casi todo el
mundo tiene interés y responsabilidad.
Este trabajo responde a una iniciativa del colega Xerardo Pereira
Menaut, que quiso implicarme hace más de un año en este lío y se hace
posible por su paciente e insistente espera para que los autores (yo en
último lugar) entregásemos los originales. Las preguntas que Pereira
planteó me parecieron tan sugerentes como para hacerme pensar len-
tamente y tan complejas de responder para la época contemporánea
como para demorarme en vueltas y rodeos. Preguntas pensadas por
un historiador de la Gallaecia, en combinación con un medievalista,
Ermelindo Portela —que ya me había intrigado sobre el valor de B.
Croce— pero formuladas desde el presente en el que vivimos. Como lo
importante siempre son las preg untas, pues las respuestas son sólo la
derivación de las preguntas resueltas con el conocimiento disponible
para cada período, las presento con las repuestas cortas e inmediatas
que me han sugerido. Que las preguntas tengan vocación de ser atem-
porales y universales añade una apuesta difícil para quien considera
eso tan cartesiano y etnocéntrico como intelectualmente desafiante.
Son las preguntas de la Ilustración que en este caso han ser respon-
didas para la época contemporánea desde el bagaje de los de abajo, el
campesinismo, la agroecología y la crítica del high modernism.
¿Quién organizó el territorio en Galicia?: los campesinos siem-
pre que pudieron para aprovecharlo en la producción; ¿desde cuán-
do pueden? es la cuestión inmediata que se debe formular y ahí me
debo remitir a los textos de mis colegas. ¿Desde cuándo tienen los
campesinos la autonomía para organizar el espacio? ¿Desde cuándo
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contemporánea entre cuatro centurias (ss. xviiixxi)
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
diferentes para partes del territorio o incluso para todo él, incluidos
los canales de agua o las zonas litorales; facilitados además por un
creciente poder tecnológico.
Pero, como se verá, la Administración liberal tuvo grandes y de-
moradas dificultades para modificar las lógicas campesinas que se afir-
man en el territorio y las clases dirigentes del capitalismo también.
Lo supo bien Raimundo Ibáñez, el marqués de Sargadelos, obligado
a enfrentarse a los vecinos mariñanos el nuevo Estado centralista era
también más lejano, lo que mermaba la eficacia de sus nuevas capaci-
dades. De manera que, hasta la generación de los que hoy son abuelos,
ese dominio labrego dibujado antes no se pone en tela de juicio y aún
después demuestra una gran resiliencia, hasta hoy. Un dominio asen-
tado históricamente en la afirmación del acceso a los recursos y a su
manejo para la producción por las casas de labranza y los vecinos, en
un largo y conflictivo proceso que ahora resumiremos para intentar
definir esa capacidad de control del territorio que atribuimos aún en
el presente a los campesinos. Pero también afirmado en el uso inno-
vador de las nuevas posibilidades tecnológicas, de los nuevos marcos
políticos y en la reactualización de las solidaridades comunitarias. No
todo fue propiedad, posesión y acceso, también hubo innovación tec-
nológica, intervención en el nuevo sistema político —incluso por la vía
clientelar— y construcción de una sociedad civil en el mundo rural.
Administración del territorio y domino del territorio son cosas
diferentes y esa diferencia se puede apreciar y reconocer indagando
sus usos. Observar la Administración es una vía para indagar en el
interés del Estado liberal por determinar la organización del territo-
rio. El dominio del territorio se concreta, sin embargo, en la capaci-
dad para decidir qué hacer con él, a qué se destina y cómo se usa.
La institución de la propiedad privada otorga esa capacidad a los
labregos y a sus descendientes, en un proceso de negociación perma-
nente con el poder contemporáneo del Estado, incluso en épocas de
dictadura, cuando la adaptación fue combinada con resistencia para
seguir afirmando la propiedad lograda. Pero la propiedad no les otor-
ga ese poder a los labregos de modo inmediato sino que será usada,
conquistada por ellos para afirmar el control del territorio y sus re-
cursos que ya tenían antes de que el liberalismo burgués la defina
compleja porque remite al poder capaz de definir el proyecto, a un
poder al que se le supone la capacidad o cuando menos la voluntad
de organizar el territorio al servicio de un proyecto histórico, el del
Estado liberal. Más capacidad del poder, por tanto, pero el centro del
nuevo diseño es más distante y la dimensión diferente: de los anti-
guos reinos a un Estado que se pretende unitario. En los inicios de la
época contemporánea el poder del Estado liberal y su Administración
y el de la economía del capitalismo son los que sustentan ese pro-
yecto histórico que es el de la burguesía en ascenso. Después nuevas
demandas derivadas del proceso de crecimiento del capitalismo y de
sus contradicciones hacen entrar en juego otros intereses: los de los
trabajadores industriales, las clases medias y los mismos campesi-
nos. El mercado y el Estado delimitan los espacios de conflicto con
las necesidades de las casas de labranza y de las comunidades rurales
para definir la organización del territorio a lo largo de los siglos XIX y
XX. Resulta en ocasiones más difícil distinguir el proyecto del Estado
liberal que la capacidad de resistencia y afirmación de los campesinos
a lo largo de estas dos centurias. Lo que no hay, a ciencia cierta, es
un proyecto campesino, excepto quizá en algún momento del primer
tercio del siglo XX, cuando Galicia puede definirse como un país de
campesinos que se afirman social y política y económicamente. Todo
lo anterior puede remitir erradamente a un cierto reduccionismo de
campesinista en el que no cabrían otros grupos e intereses, otros fac-
tores y nuevas líneas de fuerza. Nada más lejos de tal reduccionismo.
Volviendo al nuevo poder del capital y del Estado liberal con-
temporáneo, se supone y se sabe que ese nuevo poder tiene más ca-
pacidad y más instrumentos para definir los usos del territorio. Una
capacidad que comprobamos en los tiempos más recientes, cuando
entra en juego, cada vez con más potencia, la variable tecnológica,
cuyo control define una fuente de poder esencial en las sociedades
modernas. Por supuesto el Estado liberal cambia las estructuras de
organización del territorio, las demarcaciones, los instrumentos de
control, crea nuevas capitales provinciales en unas ciudades mientras
condena a otras, constituye ayuntamientos con núcleos de poder de
renovada definición, etc. Del mismo modo, las nuevas necesidades del
capitalismo determinan el uso de recursos naturales y demanda usos
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Capítulo v
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definen la coevolución entre las comunidades y la naturaleza en la
construcción de los agroecosistemas galaicos, en el proceso de meta-
bolismo social (González de Molina y otros). El poder de organizar el
territorio dependió más de los vecinos de los lugares que de otros po-
deres y por eso se aprecian diferencias con otros territorios atlánticos
de gran semejanza física como Escocia o incluso idénticos, como la
Gallaecia del otro lado del Miño. El sistema nobiliario y clánico esco-
cés que controlaba el territorio de las Highlands y a sus habitantes a
través de la Croftin Community dio lugar a un paisaje de landa para la
caza y el ganado, con unos minúsculos huertos a libre disposición de
los crofters que sólo en el siglo XX empezaron a lograr convertirse en
propietarios (We have won the land! es el título del libro que lo narra
(1999)). Las diferencias con la evolución del otro lado del Miño, sien-
do más difíciles de apreciar, se ven cuando menos en el tamaño de los
pueblos y una jerarquía urbana definida por la Monarquía y el Estado
portugués, seguramente más empeñados y más capaces de gobernar
un territorio más pequeño y homogéneo que el del Estado español.
La nueva Administración y las nuevas instituciones del capita-
lismo construidas por el Estado liberal suponen un esfuerzo con éxito
limitado por gobernar y controlar el territorio en Galicia. Equipara-
ble en sus limitaciones al de la Monarquía de los siglos anteriores
pero con capacidades crecientes derivadas del desarrollo económico
y tecnológico del capitalismo. La burguesía revolucionaria española
del siglo XIX, cuando consigue el poder gobierna demostrando su
herencia de la Ilustración cartesiana y la continuidad de algunos de
sus modelos y empeños: el de medir, el de remover estorbos en la
economía, impulsar las industrias, centralización, jerarquización y
ordenación del poder. Sobre esas poderosas bases intelectuales pero
en un nuevo tiempo y con nuevas ideas la burguesía acomete su re-
volución. La de la nueva clase burguesa contra la Nobleza y la Iglesia,
para retirarles las fuentes de su poder y por ello también las de su
riqueza. La burguesía, como clase, ataca en toda Europa —e incluso
fuera de ella— la más importante transformación del poder desde la
caída del Imperio romano. Construye Estado y mercado. Un nuevo
Estado más poderoso, salido de la revolución, que será instrumen-
to propicio para construir el mercado capitalista: para «remover los
como preferente y clarificadora para el juego del mercado capitalista.
Y esa es una historia bien conocida.
Por eso una buena forma de seguir la pista de este proceso es
verlo desde la perspectiva de los cambios agrarios que se suceden
desde el siglo XVIII hasta el presente. Del control de los cambios
agrarios, deberíamos decir.
. A      
 
Después de la caída del Imperio romano, el reino suevo y sobre
todo la Iglesia, ocupan el hueco político dejado por el Imperio en su
caída. Una vez completada esa sustitución en la definición y admi-
nistración del territorio de la antigua Gallaecia, no hubo cambios
sustanciales, ni invasiones, ni ocupaciones que mudasen las bases
parroquiales, con la probable e importante excepción de la nombrada
colonización cisterciense. La nobleza no maneja el territorio de modo
determinante, como tampoco lo hará después del siglo XV la hidalguía
cobradora de rentas y más interesada en el destino de estas que en el
uso y aprovechamiento de los espacios que se las proporcionan, pues
entonces, como ahora, quien asciende socialmente y llega a hidalgo
deja de ser labrego
9
. El dominio de las casas de labranza se asienta
en la capacidad para proporcionar rentas suficientes a la Iglesia y a la
nobleza, a cambio del desinterés sobre su procedencia. Cuanta más
seguridad y volumen de las rentas, menos interés por la producción.
Permítanme los colegas historiadores de las distintas edades del
pasado esta rápida filmación sin matices, de tantos siglos anteriores a
aquellos que me ocupan y, en los que ellos son competentes. Porque
me ayuda a argumentar como la forma del territorio fue, con pocas
rupturas, cosa de los labregos y está vinculada al uso productivo de
las tierras y no sólo de las de cultivo permanente sino también de las
llamadas tierras a monte. Son las necesidades de las casas de labranza
y del conjunto de los vecinos de los lugares las que protagonizan o
9
No siempre fue así de lineal, como hemos indicado en Galicia país de labregos
(1999) y pone en evidencia la tesis doctoral de Antom Santos de 2008.
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El territorio en la historia de Galicia País y paisaje de campesinos: organización y control del territorio en la Galicia
contemporánea entre cuatro centurias (ss. xviiixxi)
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
Figura .
Las siete provincias del Reino
de Galicia hasta el fin del
Antiguo Régimen.
Charta Geographica Regnum
Galaeciam. . Fuente:
Cartografía de Galicia
-, Instituto Geográfico
Nacional, , p. .
los vecinos manejan el territorio, desde que acabaron el Imperio y el
mundo castreño. Esta nueva organización quiere definir un territorio
continuo, jerarquizado con criterios centralizadores de inspiración
francesa y superador de la complejidad y la diversidad de dominios
eclesiásticos, nobiliarios, de realengo o de «sobre sí», del viejo régi-
men que se aspira a superar. El establecimiento con criterios racio-
nales de las provincias que sustituyen a las siete del Antiguo Reino
pasa por diferentes planes y vicisitudes, incluyendo cambios de lin-
des y de número. El arranque de los ayuntamientos también es difí-
cil, al ayuntamiento liberal —cuando no es urbano— se le asigna ya
desde 1812 la agrupación de 1000 almas. En 1835 arrancan en Gali-
cia 325 ayuntamientos que tardarán en hacerse valer, al igual que las
provincias y unos partidos judiciales que de 1846 a 1923 serán —en
su mayoría— también circunscripciones electorales para la elección
de diputados a Cortes.
A lo largo de buena parte del XIX, e incluso después, se sigue de-
batiendo qué es propio del Antiguo Régimen en la organización del
territorio y qué del país, de su idiosincrasia histórica y de sus formas
obstáculos» que impiden su desarrollo. Un proceso con marcos bien
definidos en las constituciones de 1808, 1812, 1836, 1868, 1875 e
impulsado de manera constante hasta darle forma de avance y pro-
greso continuado de las mejoras, en la original dirección ilustrada.
Una Administración renovada y más poderosa es el requisito y
el resultado de la revolución liberal. Ahora será representativa del
gobierno y ya no del monarca soberano, y representará los nuevos
intereses de la nueva clase dirigente burguesa y tendrá otras caracte-
rísticas acordes con la triunfante ideología del liberalismo. Será racio-
nalista, cartesiana e ilustrada, pero el nuevo mundo de la burguesía se
construye a lomos de ideas de larga gestación (desde el Renacimien-
to) y difícil materialización (hasta la segunda mitad del siglo XX) que,
no por acaso, darán lugar a la ideología del progreso. Un progreso
que, contrastado con el atraso, se convierte en la ideología capaz de
ser motor de las transformaciones y los cambios de las sociedades
contemporáneas a lo largo del siglo XIX y XX, y también de sus or-
ganizaciones y de la modelización de sus territorios. Un progreso que
sólo es puesto en tela de juicio por la reacción antiliberal primero y los
rezagados añorantes del Antiguo Régimen a continuación, hasta que
después de 1973 comienzan a definirse los límites de su insostenibi-
lidad y con Chernobil se materializa como amenaza planetaria. Por
eso hoy, en este mundo postindustrial y que busca la reconciliación
con una naturaleza que ya sabemos (de nuevo) que es algo más que
el soporte de las materias primas del capitalismo, tenemos otra visión
del territorio, de su manejo y su control.
Pero volvamos a la construcción del Estado liberal en el Reino
de Galicia del siglo XIX. Después de diferentes intentos sucedidos
durante el largo período de crisis de la Monarquía absoluta, 1833
supone el arranque definitivo de una nueva planta administrativa
bajo la batuta del ministro Javier de Burgos. Se definen entonces las
cuatro provincias, que dependen de un jefe político (gobernador civil
desde 1849) y este del ministro, con cuatro diputaciones que son
órganos políticos de representación y gobierno, 47 partidos judicia-
les que organizan la Administración de Justicia; 300 ayuntamientos
que se superponen a 3700 parroquias eclesiásticas, seccionadas aún
en aldeas y lugares que son los espacios de ocupación en los que
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Capítulo v
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Figura .
La nueva ciencia
procura riqueza
minera-industrial
y redescubrel a
«Galicia mineral»
romana. Mapa
petrográfico. .
Fuente: idem. p. .
judiciales. Siguiendo la visión centralizada y jerarquizada de la nueva
Administración liberal, estas capitales se convirtieron en nuevos
centros que agrupan nuevas dotaciones o en algunos casos refuerzan
las que ya existen. Este es el caso de las capitales provinciales, que
además de la Diputación y el Gobierno civil, irán acogiendo todas las
delegaciones de la Administración central según vaya esta creando
su entramado burocrático, de las oficinas de Hacienda y guarniciones
y prisiones al principio a los centros de enseñanza desde la mitad del
siglo, ingenieros provinciales de montes o del servicio agronómico
en la década de 1870— y todo tipo de juntas y estructuras provin-
ciales dependientes de los ministerios andando el ochocientos, a las
inspecciones provinciales de higiene pecuaria en el arranque del siglo
XX y suma y sigue. Pero el territorio se extiende donde acaban las
urbes, allá donde no llegan fácilmente los delegados gubernativos.
Las dificultades en la implantación de la Administración libe-
ral en Galicia están bien estudiadas por Barreiro Fernández, Fariña
de organización: está en las advertencias de un geógrafo ilustrado
como Domingo Fontán y se mantiene en el galleguismo que cuestio-
na cien años después la estructura administrativa y el Derecho que el
Estado liberal estableció.
Toda esta nueva planta administrativa vino acompañada de una
nueva burocracia —limitada en un comienzo pero en continuo cre-
cimiento— asentada en las capitales y centros de las nuevas circuns-
cripciones, de los municipios a las capitales de provincia, pasando
por esos núcleos comarcales reforzados con juez que son los partidos
Figura .
Las cuatro provincias del liberalismo en
el primer mapa moderno.
Carta geométrica de Galicia, dividida en
sus provincias, Domingo Fontán. .
Fuente: idem. p. .
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
infraestructuras como el ferrocarril y las nuevas carreteras. Uno de
los grandes empeños de la época liberal fue la construcción de nuevas
vías de comunicación para ordenar el territorio y articularlo políti-
camente en coherencia con una nueva jerarquía centralizadora y ra-
dial de estirpe francesa, borbónica primero y fundida después con la
nueva vía jacobina. La aparición de nuevos mercados agropecuarios
que se suman a los viejos, en las nuevas capitales de partido judicial
o municipales, convertidas poco a poco en nuevos espacios burocrá-
ticos y de intercambio en un contexto de ampliación de la producción
de mercancías. En el litoral, la salazón primero y la conserva después
redefinen usos y manejos en el contexto de los enclaves industria-
lizadores, del mismo modo que aparecen nuevos enclaves mineros.
No es menos importante el impacto de la participación gallega
en el mercado internacional de mano de obra. La emigración interesa
aquí en la forma de sus retornos más que por una forma de éxodo
que no se convirtió en abandono del rural hasta muy avanzado el
siglo XX. Pero ya en el siglo XIX y en las primeras décadas del XX
los retornados, indianos o no, introducen novedades, cuando menos
arquitectónicas, perceptibles en las nuevas fachadas —«vilegas» o en
carreteras del rural— de arquitectura indiana. Los impactos de los
emigrantes en el territorio no tienen tanto que ver con la ocupación
o el manejo como con el establecimiento de un modelo nuevo que
oscila del industrial y comercial al «ocioso» a imitar. No se puede
decir que los emigrantes retornados vuelvan para manejar, ni con
nuevas ni con viejas formas, los espacios agrarios, aunque sus nuevas
habilidades técnicas y los nuevos conocimientos adquiridos en las
urbes americanas se extenderán y se dejarán notar en el proceso de
innovación agrario después de 1900.
Por debajo de estas nuevas estructuras administrativas y políti-
cas se mantuvieron todavía otras formas organizativas consolidadas.
No sólo la parroquia, tan sacralizada por el cristianismo y el galle-
guismo, aunque interesa subrayar que son las parroquias y sus lindes
las que definen los de los ayuntamientos y que por eso precisamente
estas estructuras de origen eclesiástico salen reforzadas de este pro-
ceso de reordenación administrativa del territorio; sino sobre todo
esas otras formas de organización vecinal más informales y más «in-
visibles» para el poder del Imperio y del Papa, que son las aldeas y
Jamardo o López Morán. La débil nacionalización española en Gali-
cia sobre la que vienen trabajando también X. Beramendi, X. R. Veiga
o M. Cabo es uno de los síntomas. Las nuevas superestructuras con-
viven con las preexistentes y el Estado es percibido durante décadas,
fuera de los procesos electorales, como constructor de fuentes en los
ayuntamientos o, más demostrativo, de cárceles en los partidos judi-
ciales, como se desprende de los trabajos de J. Sánchez García sobre
esta nueva arquitectura pública. Todas las administraciones estable-
cen también nuevos impuestos, no peores que el diezmo y las obla-
tas, con la excepción de las quintas que arrebatan a los hijos de los
campesinos del trabajo doméstico en su etapa más productiva.
Por debajo de esas nuevas estructuras administrativas y políti-
cas, en España, como en toda Europa, quien muda la organización
del territorio es más el nuevo capitalismo industrial que el Estado,
o este ayudando al progreso de aquel. Las nuevas lógicas del capita-
lismo se dejan notar desde luego en el territorio gallego en el siglo
XIX. Es el caso de la construcción del mercado nacional con nuevas
Figura . La
compartimentación
do Estado
centralista liberal:
provincias, partidos
y municipios.
Pontevedra.
J.Reinoso. .
Fuente idem. p. .
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
Figura . Intensa
ocupación humana.
Oia ()
en forma de poblamiento, organización del hábitat, manejo de los es-
pacios y formas de posesión y aprovechamiento de la tierra también
diversos y adaptados por tanto a esa diversidad. De Otero Pedrayo a
Pérez Alberti se llamó la atención sobre las diferencias entre las sie-
rras y llanuras orientales y los valles, bocarribeiras y rías del occiden-
te, que contienen la naturaleza transformada que resulta de esa acción
humana sobre el espacio. La gran presión demográfica desde la época
de los castros, sobre un relieve fragmentado, convierte a Galicia en
uno de los espacios más humanizados de Europa, como resalta R. Vi-
llares y certifica la microtoponimia. Por eso también el asentamiento
territorial de la población es altamente diverso, de la dispersión de
las casas aquí y allá en el norte a las aldeas concentradas del sur, en
función de las disponibilidades de agua y de la conformación de los
agroecosistemas. Diversa es también la organización de unos siste-
mas agrarios que, como Bouhier describió, van de los campos cerrados
del norte a los abiertos surorientales, extremando las diferencias de la
predominante Galicia de las agras. Diferente es también la organiza-
ción de los montes comunales, aquellos espacios de aprovechamiento
abierto que soportan el sistema agrario orgánico: los septentrionales,
colectivos pero aprovechados en función de las capacidades y necesi-
dades de cada casa de la aldea, los del sur, en mano común y de acceso
y aprovechamiento igualitario para todos los vecinos de la aldea. Los
que no sólo no pierden sus vínculos y mecanismos de amparo y rela-
ción vecinal sino que incluso tendrán que reafirmarlos en la defensa
de los comunales y por la necesidad de afirmarse en el control del
territorio frente a los intentos de intervención del Estado liberal. En
Galicia, como en otros territorios europeos, los vecinos siguen con
capacidad de definir el manejo del territorio porque el esfuerzo de la
Administración liberal por sustituirlos en la definición de ese manejo
son poco exitosos. La desamortización, por ejemplo, que afecta con
éxito a la Iglesia hasta dejarla arruinada y sin poder económico, no
logrará afectar apenas a unos montes vecinales en mano común que
o son repartidos por las casas labregas para convertirlos en propie-
dad privada y poder garantizar rotundamente la autonomía sobre sus
usos o simplemente escapan al control de la Administración liberal.
En la práctica, los grandes espacios de monte sobreviven en
manos de los labregos, de los pueblos y de las aldeas. En el resto,
foros y fidalgos garantizan el control de los campesinos sobre el te-
rritorio con sus «lógicas agroecológicas». Los foros porque como es
bien sabido son prorrogados como excepción en un largo empate
histórico entre rentistas y campesinos para definir quién se hace
con una propiedad personal —nueva y única forma de posesión ad-
mitida— que acabará a caballo del siglo XIX y XX de la mano de
los labregos. Los fidalgos, con su nuevo poder repartido con nuevos
grupos burgueses, garantizan su reproducción como rentistas en la
medida que los campesinos sigan como en los siglos previos propor-
cionándoles las rentas desde la autonomía de sus labranzas lo que
requiere, por tanto, del manejo del territorio. Su interés confluye
pues con el de las casas de labranza, en que estas mantengan el con-
trol del territorio para la producción que les garantice las rentas. Así
fue cuando la prórroga de los foros contra las órdenes monásticas y
así se consolidará a lo largo del ochocientos.
. E        
  : ,   
El medio físico en el que se asienta la población encierra una pro-
funda diversidad en Galicia, a la que responde la acción continuada
del hombre sobre el territorio y sobre ella actúa, con unos resultados
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
Figura . Labranza
intensiva y viñas en
el sur galaico.
Figura .
Labranzas
extensivas del
norte galaico y
especialización
pecuaria.
Las formas de dominio del territorio y sus derivas contempo-
ráneas hasta los actuales resultados son asunto de gran profundi-
dad histórica en el que se puede intuir una larga continuidad que
explicaría el aspecto de lo que hoy vemos. Si en vez de mudanzas
procuramos las continuidades en un largo túnel histórico y si en vez
de al poder político atendemos a la naturaleza y a los sujetos que la
manejan, tenemos que cambiar el foco a la búsqueda de la explica-
ción. Sumergidos en ese muy largo plazo, con intuiciones y conjetu-
ras apoyadas en las piedras de los datos que nos permitan pasar el río
del territorio por un vado, podemos conseguir una visión histórica
más apropiada y más compleja. Nos faltan piedras en que apoyarnos
pero las que tenemos nos servirán para avanzar a zancadas. Algunas
de esas piedras son inestables y pueden desviarnos o desequilibrar-
nos. Tal es el caso del mito del poder de la Iglesia. Posiblemente la
Iglesia dominaba rentas y almas más que territorios, administraba
personas pero no definía el territorio; desde luego no más de lo que
lo había hecho el Imperio. Desde luego su dominio intelectual hasta
hoy mismo tuvo la capacidad, con las dosis adecuadas de propagan-
da, de sobredimensionar tanto su papel pasado como para dominar la
primeros, llamados montes de voces refuerzan las casas, los segundos,
llamados montes vecinales, a toda la comunidad, a la aldea. Unas al-
deas que son más definitorias de la comunidad que la parroquia ecle-
siástica que se les superpone desde la cristianización.
La diversidad física oriente-occidente se complica con la des-
igualdad humana norte-sur, pues también son diversos los grupos
domésticos, más extensos en el norte y nucleares en el sur, corres-
pondiendo con una menor y mayor densidad demográfica, respecti-
vamente. Las labranzas extensivas del norte tendieron antes a una
especialización pecuaria orientada al nuevo mercado, mientras que
en el sur, de agricultura más intensiva, se vincularon más precoz-
mente al mercado debido a la producción comercial del preciado
vino. La intensa humanización del territorio gallego fue rural hasta
el siglo XX (todavía en 1915 sólo un 15% de población puede con-
siderarse urbana) y basada en el manejo del territorio para su apro-
vechamiento agropecuario. El crecimiento de la población desde el
siglo XVIII, acompañado del precoz tránsito al sistema demográfico
moderno, constituyen un indicador de la bonanza agraria y de un
manejo autónomo de las labranzas que describiremos enseguida.
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Capítulo v
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grupo social que ha sido ya bien explicada por la historiografía, si-
guiendo el hilo de la evolución de las estructuras de propiedad. El
proceso de propietarización labrega es sólo una parte de un proceso
más complejo de afirmación política y social pero también económi-
ca, en la relación de las explotaciones con los mercados en el tiempo
del desarrollo de un capitalismo cuyos mecanismos van a ser más
conocidos en la práctica en las casas de foreiros y caseiros rentistas
que en los pazos de los rentistas fidalgos. Y, no menos importante,
también un proceso de afirmación tecnológica. No pueden tampo-
co olvidarse las estrategias domésticas de afirmación de las casas.
Si buscamos una caja negra para entender el proceso, tropezaremos
con la capacidad de control y de incorporación de la tecnología en un
sistema de labranzas en transformación desde el siglo XVIII que no
se puede ventilar, con el conocimiento historiográfico adquirido, en
la simpleza ahistórica de referirnos a la agricultura tradicional.
Comenzando por la propiedad. La alianza de intereses de la-
bradores y fidalgos contra los conventos poseedores del dominio
«directo», frente a los intentos de despojo de los foreros dueños del
«útil» ha sido bien analizada entre otros por R. Villares y J. L. Díaz-
Castroverde. Culminó esta coyuntura en la Real Provisión de 1763
que ordenaba la suspensión de las demandas de los conventos, como
consecuencia de las negociaciones de la Xunta del Reino de Galicia,
y después de ruidosos litigios de gran resonancia social y política
promovidos por los vecinos. La sanción no fue solución sino sólo
paralización de un intento de «despojo» para beneficio de la fidal-
guía cobradora de rentas pero también de millares de labradores que
evitaron así convertirse en arrendatarios y lograron afirmar provi-
sionalmente su dominio en el horizonte de una solución que aún
tardaría más de una centuria en empezar a definirse y dos en sancio-
narse. El liberalismo dejó exentos los foros: fue la afirmación labrega,
la desidia fidalga y el conflicto social lo que dio fin a una solución a
favor de los llevadores, como es bien conocido.
Es necesaria una reevaluación de los factores institucionales re-
lacionados con las formas de propiedad, tenencia de la tierra y orga-
nización del terrazgo. La permanencia del foro hasta comienzos del
siglo XX, el minifundio y una elevada parcelación de la tierra habrían
memoria. Mirando con atención a través de sus ojos, los vestigios de
su poder son imponentes: Oseira, Celanova, Sobrado, Armenteira…,
cinco catedrales, más del duplo de colegiatas, casi cuatro mil iglesias
y muchas más capillas. Mirando a través de los ojos de los campesi-
nos el asunto puede verse algo diferente.
Por lo que sabemos podemos permitirnos dudar que abades, obis-
pos, arciprestes o curas hubiesen podido decidir dónde vivían o qué
cultivaban los paisanos del país de forma permanente, como tampo-
co animaron el avance de las patatas, el maíz o los pimientos. No en
cuanto sabemos que los nuevos cultivos americanos lograron ser con-
vertidos por los campesinos en instrumentos de su independencia, en
excedentes para guardar en los hórreos que construyen a modo de los
de las casas rectorales, después de la gran expansión enriquecedora
del siglo XVIII. Es cuestión de punto de vista, como también lo es de
foco. Si miramos a través de los ojos de las abundantes fuentes ecle-
siásticas, incluso por mucho que las critiquemos, siempre nos hablarán
del dominio de la Iglesia y contribuirán a construir la memoria de la
habilidad agrícola de unos frailes que, en realidad, vivían de las rentas
de los campesinos y desentendidos del meollo de la producción y del
manejo intensivo y extensivo del territorio que, como veremos, exigía
el exitoso sistema agrario intensivo construido desde el siglo XVIII.
La idea de que la hechura del territorio es cosa de los labregos
está relacionada con un uso productivo de las tierras de monte y de las
de cultivo permanente, marcado por la continuidad de la ocupación y
de la habitación con pocas rupturas a lo largo de cientos de años y, a
la vez, por la afirmación en la época contemporánea de los llevadores
en el dominio de las tierras que trabajan. Continuidad de las formas,
hábitos y culturas de gestión de las casas y de las comunidades, inclui-
da la expulsión de los sobrantes que no se pueden acoger. De la casa
en cuanto explotación agraria familiar y también de las comunidades
en cuanto gestoras de los montes y de las innovaciones comunitarias
e individuales sobre el terrazgo. Una continuidad que en lo que tiene
de afirmación explica su triunfo histórico, por mucho que la ideología
del progreso confunda en el presente su significado.
Esa continuidad del manejo del territorio por parte de los la-
bregos requiere en la época contemporánea de una afirmación como
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El control y el manejo de todo el espacio productivo es lo que
garantiza la doble llave que explica la evolución territorial hasta el
presente y viceversa, la definición de esa doble llave es la que ga-
rantiza el control del territorio por los labradores que, siendo clases
subalternas, persisten en su autonomía en cuanto buenos pagadores
de rentas a las clases dominantes. La paradójica capacidad de estas
clases subalternas para ser autónomas productivamente es lo que
distingue los mecanismos que explican y demuestran su afirmación
contemporánea y su poder sobre el territorio. O dicho de otra ma-
nera: un poder que se aprecia precisamente en el manejo del terri-
torio. El nuevo sistema de rotaciones intensivas que se definen en
el XVIII y el manejo del monte conforman esa la doble llave de este
sistema agrario que consolidan los campesinos. La doble llave que
garantiza el crecimiento agrario sostenible en los sistemas orgánicos:
alimentar más personas y además garantizar la fertilización, lo que
requiere alimentar a más animales y obtener los materiales vegeta-
les (biomasa) necesarios para atender las crecientes necesidades de
abono. Una llave fueron las nuevas rotaciones intensivas —que se
irán extendiendo a todo el territorio galaico— que integran alimentos
humanos (cereales y patatas), forrajes (hierbas) e incluso alimentos
mixtos (maíz, nabos), permitiendo alimentar a más personas y más
ganado en la lógica de la mixed farming. La otra llave fue el manejo
de los montes, que proporcionan, además de pastos y cultivos suple-
mentarios de rozas, el molido o estrume para producir en los establos
donde comienza a estabularse el ganado vacuno, un abono rico en
materias fertilizantes
10
.
La bien conocida evolución del sistema de cultivos contiene la
extensión de esa lógica innovadora. Desde las rías occidentales y si-
guiendo el curso de los abrigados valles fluviales, el maíz fue afir-
mando su importancia en el sistema de cultivos y avanzó poco a poco
hacia el interior oriental, al otro lado de la dorsal, prendiendo en las
cortiñas, donde lograba el esmerado tratamiento que precisaba. En el
10
Como se acostumbra denominar el material vegetal que se recoge para hacer
la cama del ganado pero que es susceptible de recibir muchos otros nombres
según las zonas: mulime, louza, batume, mato, esquilmo.
sido barreras para las transformaciones, de acuerdo con la visión más
convencional de la historiografía y las ciencias sociales. Esto puede
ser cierto para el modelo tecnológico de la agricultura industrial más
reciente, pero en el modelo tecnológico de la agricultura orgánica en el
que se sitúa la agricultura gallega del siglo XIX el foro no se puede en-
tender como una barrera, en tanto se trata de un contrato perpetuo que
termina en la consolidación de la pequeña propiedad labrega. En cuan-
to a la elevada parcelación de las explotaciones, suele considerarse un
freno a la utilización de una tecnología de máquinas de gran tamaño
que sin embargo no estaba disponible en el período considerado, pero
tiene una racionalidad evidente en el modelo de agricultura orgánica al
permitir que una misma explotación tenga acceso a espacios ambien-
talmente diversos, elemento crucial en aquel modelo, coherente con
la lógica productiva de las rotaciones y las necesidades de las explo-
taciones, si bien también el incremento continuado de la productivi-
dad pudo hacer posible la fragmentación excesiva de las explotaciones.
Por otra parte, las condiciones hídricas del medio físico permitían una
productividad primaria neta mucho mayor, por ejemplo, que la de las
agriculturas mediterráneas, lo que hacía posible tanto la reducida di-
mensión de las explotaciones como la elevada parcelación.
Al margen de esa conocida peripecia, en la afirmación del con-
trol de los campesinos sobre el territorio desde la segunda mitad del
siglo XVIII fue esencial la capacidad de innovación, que permitió in-
corporar los nuevos cultivos americanos primero e inmediatamente
completar las nuevas rotaciones con una dedicación forrajera a la que
se suman los prados para favorecer la alimentación de una cabaña
vacuna en aumento que marca la senda ganadera hasta el presente.
Frente a las ideas de atraso, resistencia al cambio y rutina que domi-
nan las descripciones y análisis sobre el campo gallego en la primera
parte del siglo XIX y de nuevo en la segunda mitad del siglo XX, lo
cierto es que fue la capacidad de innovación y de adaptación a los
cambios la que predominó y la que explica el éxito de la evolución del
sistema agrario orgánico gallego y con él el de los campesinos sobre
el territorio. Aquel sistema que aún en los años 1960-1970 estudió
Bouhier, y alabando la perfección del «viejo complejo agrario galle-
go» y que otros apodaron simplemente de tradicional.
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Figura .
Manejo labrego
del territorio:
complejidad
de cultivos y
rotaciones.
Socalcos entre
Monforte y Samos
()
Foto de J.
Dieuzaide ()
La Galice, Xunta-
USC (Comisario
M. Vilariño)
dedicarlo al ganado (prados). Las nuevas rotaciones fueron bien es-
tudiadas por David Soto: hasta los años treinta del siglo XIX en las
tierras occidentales se fue desarrollando un cultivo intensivo en el
que se combina maíz y leguminosas asociadas con ray-grass u otros
cultivos forrajeros. Más al norte, en el resto del litoral, Ferrolterra,
Ortegal y Viveiro, a lo largo del ochocientos y a comienzos del XX se
emplean rotaciones más complejas: una rotación bienal con nabos y
maíz con leguminosas el primero año y trigo o centeno el segundo.
En la Galicia interior el papel decisivo lo ocupa la patata, que sigue
extendiéndose hasta comienzos del XX en rotaciones bienales con
cereales o trienales con cereales y nabos y cuyos altos rendimientos
también permitieron liberar tierras a favor de los pastos. En conjunto,
maíz, patata, nabos, trigo, centeno, algo de viñedo y plantas forrajeras
alimentaban a racionales e irracionales en las tierras más productivas.
El resto del territorio, el monte, pasará a tener también un uso agra-
rio, destinado a producir toxo en cantidad, la leguminosa fijadora de
nitrógeno, para abono. Una de las joyas de la corona campesina.
La segunda llave está pues en el manejo del monte ya que la in-
tensificación derivada de las nuevas rotaciones implicó mayor nece-
sidad de fertilizantes para soportar el crecimiento. La fertilización es
el elemento clave a considerar desde el punto de vista ambiental, para
comprender las posibilidades y límites de aquel crecimiento agrario
protagonizado por las casas de labranza y que requiere de por sí el
control de todo el territorio para un manejo tan intensivo/extensivo.
El paisaje agrario construido en Galicia en la transición al capitalis-
mo está fuertemente condicionado por las necesidades de reposición
de la fertilidad —llave en cualquier agricultura—, lo que lleva a con-
siderar la rigidez territorial y el coste territorial.
Es sabido que la agricultura orgánica campesina tiende a la sos-
tenibilidad al permitir una alta biodiversidad y al internalizar los
flujos de energía y materiales con la naturaleza, pero lleva asociado
un coste/necesidad territorial, al tener que dedicar necesariamen-
te el territorio a usos complementarios y diversos que dejan huella
en el paisaje (Guzmán Casado y González de Molina, 2009). En la
agricultura gallega del siglo XIX las necesidades de uso del espacio
están marcadas por la rigidez territorial del exiguo espacio que puede
interior, más frío, el cultivo de los nabos cumplía semejante papel in-
tensificador y ya en la segunda mitad del XVIII comenzaron a «acor-
tiñarse» los agros con la introducción de las rotaciones intensivas de
las cortiñas y con la difusión de las patatas y el aumento de los prados
para el ganado. Las patatas redujeron la demanda de cereales para
alimentación humana abriendo el camino a la extensión y diversifi-
cación de prados naturales y después cultivados (ray-grass, herba de
Vigo…), de seco y de regadío o pastizales. El nuevo sistema permitió
superar la disputa por las tierras de cultivo, entre el alimento de las
personas y el del ganado, de manera que los nuevos alimentos hu-
manos permitieron reducir el espacio dedicado al pan (cereal) para
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Figura . Ganado
vacuno, base de
la fertilización,
junto al manejo del
monte. Paradela
()
obtenerse en parte en los terrenos a monte. La importancia de su
manejo para las comunidades no se puede reducir entonces a su uso
para la fertilización, por mucho que sepamos que constituyó «chave
das noces» de la intensificación agraria. Las casas más acaudaladas lo
aprovechaban más pero en la lógica de la economía moral campesi-
na, todas las casas, incluidas las más pobres, tenían en el monte los
recursos esenciales para su supervivencia.
El resultado del sistema intensivo contemporáneo construido
por las casas de labranza, sus incrementos de la producción y de la
productividad, se aprecia mejor a largo plazo. Entre 1750 y 1900, la
evolución de las macromagnitudes agrarias (en términos moneta-
rios) evidencia un importante crecimiento de la producción agraria y
de la productividad de la tierra y el trabajo (cuadro 1) y una acelera-
ción del crecimiento entre 1900 y 1930 (cuadro 2). Esta última deri-
vada de la incorporación de innovaciones agropecuarias por las casas
de labranza al hilo de la segunda oleada de la industrialización que
ahondaron en esa secular intensificación. Esta capacidad sostenida
para aumentar la producción de alimentos fue pareja a un aumento
de la productividad del trabajo que permitió proporcionar mano de
obra a otros sectores productivos que por su escaso desarrollo hi-
cieron dirigir el sobrante al exterior en forma de emigración. Más
allá de la intensividad, el crecimiento se debió también a un proceso
de extensión de la superficie cultivada en Galicia entre las 425 000
hectáreas, que Pegerto Saavedra calcula de las cifras del Catastro de
ser dedicado a cultivos y por la necesidad del uso de matorral como
materia fertilizante que permite sostener el esfuerzo intensificador
de las rotaciones. Están aún en elaboración las respuestas de la in-
vestigación sobre las necesidades de superficie de monte dedicadas a
producir broza para las tierras cultivadas pero sabemos que la rela-
ción entre monte y cultivo en este intensivo sistema varía mucho en
función de las condiciones ambientales pero algunas estimaciones
la sitúan hacia 1900 en un óptimo de entre 2 y 2’3 ha de monte por
hectárea de cultivo para garantizar la reposición de la fertilidad. En
las primeras décadas del siglo siguiente el empleo complementario
de abonos químicos y minerales permitirían superar este factor li-
mitante de la intensificación y su continuidad en los mismos marcos
campesinos hasta que la larga posguerra haga retroceder y estancar
el sistema justo antes de empatar con la Revolución verde después de
1960. Pero esa es otra historia.
La funcionalidad del monte en el sistema agrario para produ-
cir abono, a partir de la explotación del tojo (ulex europeus) es bien
conocida. A. Bouhier y X. Balboa demostraron que constituyó el
soporte del sistema agrario contemporáneo y D. Soto lo considera
incluso el motor de la intensificación descrita. De hecho, la misma
intensificación constatada en las rotaciones de cultivo se comprueba
en la explotación del toxo, pareja a la individualización de parte de
los montes comunales a favor de los vecinos. Siendo ésta la prin-
cipal planta, como leguminosa fijadora de nitrógeno, otros muchos
arbustos y plantas conforman el estrume o molido: retamas, helecho,
brezo, entre otros, según las condiciones ambientales y botánicas de
las diferentes regiones atlánticas.
El papel del monte en el sistema es esencial para cubrir las nece-
sidades de fertilización, la llave de cualquier sistema orgánico y aún
más en el de las tierras ácidas, lavadas y pobres en materias fertili-
zantes del país galaico. Pero además el uso del monte está condicio-
nado por su multifuncionalidad pues en sus pastizales se produce
parte importante del alimento para el ganado; también es el espacio
para rozas y cosechas suplementarias de cereales y por supuesto de
la madera, que era el combustible imprescindible, además de ele-
mento constructivo tan esencial como la piedra, que también suele
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Figura .
Corte (establo) de
vacas: una perfecta
fábrica de estiércol
las ahorradoras en trabajo. Antes de la fertilización química esto sólo
es posible mejorando las condiciones de los suelos a través del rega-
dío, las rotaciones de cultivos —como las de la mixed farming que pro-
tagonizan la primera revolución agrícola— o añadiendo más abono y
mejorando la fertilización. Todas van a ser empleadas en el campo ga-
llego. Pero fue seguramente la mejora en la capacidad de fertilización
el elemento central que explica los datos de los dos cuadros.
La fortaleza de este sistema agrario orgánico que precisaba del
manejo del territorio es el mejor aval de la afirmación que preside
este artículo: el control territorial de los labregos como grupo en la
edad contemporánea.
Lograr, ejercer y mantener ese control tiene otros requerimien-
tos en tiempos de crisis del sistema feudal y de rápida mudanza,
como manejar la continuidad pero también el cambio social. La con-
tinuidad respecto de los viejos poderes sociales realmente existentes,
la Iglesia y la hidalguía del Antiguo Régimen que aún disputaban su
prevalencia en el liberalismo. El cambio, en relación con el aprove-
chamiento en su favor de las nuevas oportunidades de un mundo
Ensenada de 1752, y las 630 000 que David Soto recoge de la Junta
Consultiva Agronómica hacia 1900, en medio se constata la conver-
sión en cultivos de parte de los montes repartidos a lo largo del ocho-
cientos que detectó Xesús Balboa.
Cuadro 1: Galicia 1752-1900. Tasas de crecimiento
acumulativo anual (%) del valor de los factores de producción
Galicia Castilla
Producto Agrícola 1,01 0,81
Producto Ganadero 1,16 0,93
Producto Forestal 1,58 1,48
Producto Agrario 1,15 0,90
Producto Agrario/Superficie Productiva 1,15
Producto Agrícola/Superficie Agrícola 0,76
Producto Agrario/Activos Agrarios Masculinos 0,88 0,24
Producto Agrario/Población 0,88 0,44
En L. Fernández Prieto y D. Soto (2010) «El Atlántico no es el
Mediterráneo. El cambio agrario al otro extremo de la Península Ibé-
rica: el mismo estado, otros paisajes, ¿los mismos campesinos?» R.
Garrabou (ed.) Sombras del progreso. Las huellas de la historia agra-
ria. Crítica, Barcelona (p. 236).
Cuadro 2: Galicia 1900-1930. Tasas de crecimiento
acumulativo anual (%) del valor de los factores de producción
Es necesaria una reevaluación Galicia España
Producto Agrícola 3,2 1,7
Producto Ganadero 3,1 2,8
Producto Forestal 0,3 -1,1
Producto Agrario 2,6 1,7
Producto Agrario/Superficie Productiva 2,6 1,7
Producto Agrícola / Superficie Cultivada 3,2 1
Producto Agrario/Activos Agrarios Masculinos 3,3 2,1
Ídem. cuadro 1 (p. 237).
En la agricultura orgánica el incremento de la productividad del
trabajo procede de las tecnologías ahorradoras de tierra más que de
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Representación que hicieron al Rey los vecinos de Pontedeva sobre
la imposición de cuatro maravedís en cuartillo de viño
«Os veciños de Pontedeva á Vostra Maxestade se queixan de que o noso
Xuez nos leu unha iguela que lle madaron de Ourense para que nos cale
o viño das adegas que paguemos un carto por cada neto que bebemos ou
vendamos nas tabernas. Din que esta orde é do Rei, e nós cremos que é
dos sacamantas de Ourense, que se valen destas artimañas para roubar-
nos. O Rei é bo, e non fai como os bobos de Ourense que nos levan cento
por cento nas roupas que nos venden nas feiras e non pode querer o noso
Rei que lle paguemos, un carto polo neto do viño que non podemos ven-
der a ochavo. Os probes non comemos máis ca un pouco de pan ou broa
ruín, e unhas berzas sin adubo. Si nis quita a pinga do viño ¿Qué forza
hemos ter para traballar as terras? ¿Quen lle ha de minguar aun labrador ,
que sempre traballa, unha pinga de cinco netos? ¿E quén ha d epagar cinco
cartos cada día, pagando tantas rentas como nos cobran, tantos trabutos,
tantosoutensilios, tantos gastos de Provincia, tantas buldas, tanta sal, tan-
tos encabezados, tantas sisas, tantos direitos das ventas, tantos reparos
das pontes, tantas cousas como nos rouban os sacamantas de Ourense,
que ven a cobrar o que ao señor Rei debemos, e o que lles damos aos cata-
lás i os gardas porque nos deixen meter en Portugal un xato, ou comprar
unha presa de sal para as berzas?
Con tantos trabutos e rentas, por máis que traballamos, nada nos queda
pra manternos. Cando pasaba para Portugal a facenda, ibamos aleando;
pero agora os gardas e os catalás toda a ganancia nos levan, porque si non
lles pagan, veñen collernos os xatos, e pérdenos, e vamos a peor, e seranos
forza deixar a terra con esta orde que veu de Ourense. ¿Cómo han de vir
os limiáus a quitarnos os viños das adegas? Morreremos afogados en viño
e irán sacalo a Purtugal. Pois si é contrabando o da terra, contrabando por
contrabando, millor é o de Purtugal que o da terra; porque aquí son mui
cabras os escribanos e os xueces, que por perder ós probes e beber de balde
o viño, se esconderán ou venderán tan caras as guías coma as que dan pro
gando e pra a peste.
Cada orde que mandan os de Ourense é unha tulla pra os escribanos e
os xueces, e máis tamén pra os de Ourense. Moitos de nós vimos a súa
Maxestade, e ó señor seu Pai en terra de Segovia. Todos decían que súas
Mercés eran bos;. pero tamén decían que moitos dos que estaban con
súas Mercés era mala xente, que non se doían de facer mal á probeza.
Deciannos os de Segovia que su Mercé non collía máis dos seus vasallos,
que outro dizmo, como Dios; pero ós gallegos cóllenlle os de Ourense, e
outro que diz que chaman don Antedente da Cruña, tantos dizmos, tantos
que cambia en la senda del capitalismo. Sabemos que el dominio de
los labregos requiere de un triunfo social basado en otra doble llave.
De un lado, la de la unidad de las comunidades o cuando menos de
su «cooperación» interna en una misma dirección para sustraerse a
los viejos controles de los poseedores del dominio directo, garanti-
zándoles a la vez la tranquilidad de unas rentas en aumento a causa
de ese éxito agrario que reflejan las macromagnitudes. Del otro, la
capacidad y habilidad para participar en los nuevos mercados con
productos que garantizan la autonomía de las casas, en la lógica de
un capitalismo que obliga al juego individual, por lo menos hasta
que se diseñen nuevas formas de cooperación como la sociedad coo-
perativa y la asociación en los albores del siglo XX, las bien conoci-
das sociedades agrarias.
Empleando ambas llaves a la vez, la de la casa y la de la aldea,
la comunidad actúa para defender los montes frente a la nueva y po-
derosa fuerza del Estado, recurriendo si es necesario a nuevos ins-
trumentos individualizadores como la propiedad privada, esa nueva
institución del capitalismo dotada del poder de fundamentar econó-
mica y políticamente el nuevo mundo contemporáneo. Los montes
que les garantizaban a los labregos el triunfo del nuevo agroecosiste-
ma propio de una agricultura orgánica avanzada que se corresponde
con el mixed-farming. Esos montes les obligan a controlar todo el te-
rritorio y para eso las casas de labranza necesitan poder económico e
influencia política. El poder social derivado del primero, y requerido
para el segundo, no siempre es necesario mostrarlo, incluso se mane-
ja mejor en la ignorancia de los poderosos y en el disimulo. Pero ese
es alimentar otro cuento, volvamos al nuestro: abonar y comerciar
es la base del triunfo productivo, y pagar las rentas y pleitear la base
del triunfo social, así fue en el tránsito del feudalismo al capitalismo.
Del otro cuento nos habla una comunidad de vecinos de la ribera
del río Deva, en el sur de Ourense, que nos dejaron una muestra del
silencioso pero clarividente comportamiento de las comunidades en
este período en un texto que suelo utilizar en las clases para explicar
la capacidad de engaño de las comunidades como mecanismo defen-
sivo pero también ofensivo. Se trata de un texto elaborado en gallego
por los vecinos de Pontedeva en 1805.
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Pero a los ojos del historiador, todo lo que sirve para ocultar la
riqueza y aparentar humildad sirve también para lo contrario; de-
pende de cómo seamos capaces de leerlo y, sobre todo, de lo que se-
pamos de ellos, de su contexto productivo y social y también de los
prejuicios del lector: se atreven a usar el idioma propio de los de
abajo, demuestran conocer perfectamente toda la estructura político-
administrativa de la debilitada Monarquía hispánica y, sobre todo,
su opresivo sistema impositivo, incluso amenazan con el contraban-
do con Portugal como respuesta a un impuesto que no están dis-
puestos a asumir. Conocen la Administración, la estructura política,
el mercado, incluso conocen al propio Rey y a su padre: «Moitos de
nós vimos a súa Maxestade, e ó señor seu Pai en terra de Segovia».
Entre lo que dicen y lo que esconden, nos presenta la riqueza de una
agricultura que se puede vislumbrar en los ingredientes de la dieta
variada que permite el sistema agrario antes descrito (vino, borona,
berzas con grasa, sal…) por mucho que la presenten como pobre y
de una ganadería entre la que —hábilmente— no citan los cerdos,
ovejas, cabras, ni gallinas que les proporcionan alimento cotidiano y
aún más una vía de comercialización, a mayores de los becerros que
reconocen de pasada que venden. El rastro de los bien escondidos
cerdos sólo se puede vislumbrar en la mención del unto para echar a
lo que pretenden presentar como una pobre dieta de berzas, a las que
también aliñan con un «puñado de sal» que compran en Portugal,
con certeza para salar y conservar esos mismos cerdos que son base
carnívora de la dieta. La mención del vacuno exclusivamente a través
del «becerro», el producto mercantil de la vaca que sólo mencionan
en relación con su comercialización, nos descubre una reconocida re-
lación con el mercado que será bien importante avanzando el siglo.
Bien leído el texto, puede apreciarse que los males son para los
otros y que dicha Representación es una amenaza contra el Estado
y sus servidores, aduanas incluidas. Sin duda el texto iba dirigido
a quien los tenía por pobres e ignorantes y así se esmeran en pre-
sentarse pero muestra conocimiento del mercado, de la Monarquía
y del sistema de poder. Tiene aún otras caras que no es el momento
de abordar pero que resultan de gran riqueza para la hermenéutica y
la epistemología de la historia. La scottiana arma del débil no puede
dizmos, que nos reventan; e a lástima é que estas zumizugas, aunque
tanta sangre nos chupan, non reventan.
Esto todo lle decimos a Vosa Maxestade, pra que como Rei os bote a
un presidio estas zumizugas de Ourense, que din que cobran pra Vosa
Maxestade os trabutos, e que nos venden pra eso as mantas e os potes,
i ás veces as mismas tellas dos tellados. Tamén nos acaban con custas os
milicianos, e fan que si foxe un fillo pra Portugal, véndenlle os bes, e ó
pai o fan soldado polo fillo. Todos se conxuran contra o pobre labrador
naquil Ourense que veña un raio do Ceo que os abrase; e Dios lle dé salú
pra amparar a istes probes seus vasallos da Pontedeva, Reino de Galicia, e
vinte e sete de xulio de mil oitocentos e cinco.
Pedro de Cima de Vila
P. D. Perdone su Mercé o mal parlado, porque non nos quixo facer un abo-
gado si non lle dabamos sesenta reás, é nós, ¡ma1 pecado!, si non vamos
a Portogal ou Castilla, non os vemos en todo o ano.»
[Pedro Cima de Vila, «Representación que hicieron los vecinos de
Pontedeva a S. M. sobre la imposición de cuatro maravedís en cuar-
tillo de vino», en José Filgueira Valverde «Una representación en ga-
llego a Carlos IV», Cuadernos de Estudios Gallegos, tomo VII, fasc.
22, 1952, pp.295-798; Tomado de Ricardo Carvalho Calero (1963)
Historia da literatura galega contemporánea. Vol. I, pp. ]
Estos vecinos de Pontedeva se dirigen al rey para solicitar la
anulación de un impuesto sobre el vino e intentan convencerlo de
su miserable pobreza y de los perjuicios que como consecuencia de
su precariedad económica tendría para todos ellos dicho impuesto.
Como argumento último y definitivo para convencer de su miseria
a la Administración real usan el gallego de una manera inédita desde
hace siglos, en una representación al Rey en la que formulan literal-
mente una queja llena de lamentos, de insultos, de reparto de respon-
sabilidades y de culpas —incluido su versión del clásico de la época:
«viva el Rey y muera el mal gobierno»— y describen todos los males
que se derivarían del establecimiento de ese impuesto. El texto pre-
senta unos labregos «pobres» en el límite de la subsistencia y de la
resistencia, comidos por la corrupción de una Administración que con
la disculpa de recoger impuestos para el Rey lo que hace es robarles
a ellos y al propio Rey: «Cada orde que mandan os de Ourense é una
tulla pra os escribanos e os xueces, e máis tambén pra os de Ourense».
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contemporánea entre cuatro centurias (ss. xviiixxi)
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
enemigos. La invisibilidad de los labregos y su capacidad de engaño
de los observadores ilustrados, de los administradores estatales y aún
de las fuerzas del orden público se extendió a los científicos sociales.
Tomemos, por ejemplo, la indagación sobre la tensión entre
individualismo y comunitarismo, entre personal y colectivo como
antitéticos, que fue una de las líneas de investigación de la historia
agraria para rastrear los avances del capitalismo y el retroceso del
feudalismo desde los tiempos fundadores del maestro Marc Bloch. Si
algo muestra el caso gallego es la relatividad de esta ecuación, mos-
trando a ciencia cierta lo que comparten muchas sociedades rurales
europeas de pequeña explotación. Las innovaciones agrarias no im-
plicaron siempre, al contrario de lo que en ocasiones se ha afirmado,
un proceso de individualismo agrario, sino que supusieron en ocasio-
nes una mayor necesidad de acuerdos entre los vecinos de las aldeas
que tenían cada vez más hogares y en las que se intensificaba la vida
comunitaria y las interdependencias. Así fue en muchos territorios
europeos y, entre ellos en Galicia.
Las estrategias de los labregos para afianzarse en el siglo XIX
son continuidad y adaptación de las desplegadas con éxito entre la
expansión del XVIII y la crisis el Antiguo Régimen. En un rápido
repaso debemos considerar que el contrastado éxito productivo debe
acompañarse de estrategias domésticas que garanticen la unidad de
la casa en cuanto explotación: con una gestión de las herencias que
se asemejaba a la de los mayorazgos tradicionales de las familias no-
bles e hidalgas, en el caso de los campesinos sin recurso posible a la
norma, lo que hace más importante la costumbre y la disciplina para
garantizar la unidad de las casas; aprovechar las oportunidades de los
procesos desamortizadores, cuando menos desde 1821, constituyó
otra de las opciones de los patriarcas para comprar tierras, censos y
foros, a veces lenta y continuadamente pero sin pausa, empleando las
oportunidades que les ofrece la revolución liberal a lo largo de todas
las desamortizaciones habidas; recurriendo a las oportunidades que
la conformación de un mercado mundial de mano de obra ofrece en
forma de emigración para el crecimiento de una población que aquel
campo ya no puede absorber y tampoco tiene acogida en unas ma-
nufacturas locales que menguan antes de la oleada industrializadora
estar más clara en este texto, tampoco las estrategias de superviven-
cia y afirmación campesina a las que vinimos aludiendo en relación
con el mercado y el Estado. Salvan aún al Rey y su diezmo que sitúan
al nivel del de Dios que pagan «religiosamente» a la Iglesia. «…que
su Mercé non collía más dos seus vasallos, que otro dizmo, como Dios;
pero ós gallegos cóllenlle os de Ourense, e otro que diz que chaman don
Antedente da Cruña, tantos dizmos, tantos dizmos, que nos reventan».
Son ellos, los «gallegos», identificados como labregos, como aldea-
nos, como comunidad, como vecinos a los que explotan los poderes y
piden ahora, incluso, ayuda al Rey.
Después de la abolición de los señoríos en 1811 y de la quiebra
de la Monarquía absoluta, nuevas condiciones políticas, en las que
desarrollarán otros repertorios de protesta y otros instrumentos que
les abrirán el camino del control de nuevos recursos. En realidad po-
drán aprovechar esas nuevas condiciones para afirmarse en el control
de los recursos que ya tenían y avanzar posiciones hacia el control
de otros nuevos, gracias, por ejemplo, a la desamortización de las
propiedades de la Iglesia.
El tiempo del texto es el de la crisis del Antiguo Régimen en la
Monarquía hispana; pasado el rubicón de esa larga crisis, andando el
siglo XIX, las bases de la afirmación contemporánea de los labregos y
de su control del territorio quedarán incluso mejor definidas.
La afirmación social y productiva de los labregos en la salida de
la crisis del Antiguo Régimen y del feudalismo tardío, aprovechando
a su favor las condiciones de la crisis, establece las bases de su poder
contemporáneo: continuidad del foro, nueva agricultura intensiva que
permite excedentes para el mercado y mantener el pago de las ren-
tas a los poderosos, control del territorio a través del control de los
montes y las tierras de labor. Las comunidades emplearon para tal
fin una amplia lista de recursos incluso contradictorios: la queja, el
motín, la presión o pasar desapercibidos… Sobre estas bases se labra
la consolidación labrega en el siglo XIX, ahora frente al Estado libe-
ral y en el marco de un capitalismo que algunas visiones ilustradas
coetáneas tendieron a identificar como débil por la «falta de mejoras»
o el «nulo progreso» y aún otras recientes se empeñaron en describir
como pre-capitalismo. Las armas del débil les sirvieron contra muchos
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
Figura .
Protagonismo
femenino y
sincretismo
innovador.
Palleira
«tradicional» de
 y cisterna
de purín actual.
Paradela ()
para amortiguar los costes de participación en el mercado y tornar-
los a favor sino también para ensayar la innovación tecnológica asu-
miendo las sociedades los costes de los pioneros (el coste del ridículo
es el más evidente). De manera que al otro lado del más vistoso y
conocido logro de la propiedad, la asociación también sirvió como
instrumento de participación e influencia política local, siempre a su
favor y nunca en contra. Por mucho que el fantasma del caciquismo
hubiese confundido a los estudiosos del sistema político sobre quién
era el beneficiario de las políticas realmente aplicadas.
marítima posterior a 1880, pero diseñando también fuertes eslabo-
nes para unas cadenas migratorias que siempre permitieron mante-
ner unida la parroquia de allá con la de acá; garantizando la vuelta, si
no de las personas sí de los recursos a través de las remesas o de las
transferencias de capacidades culturales, tecnológicas…; intervinien-
do también en el terreno político y en la construcción de la sociedad
civil, a su favor —de las casas y comunidades labregas—, en todo
caso, nunca como masa de maniobra en contra de sus intereses, como
demuestra la peripecia del sistema foral o de la desamortizaciones de
bienes colectivos, en especial de los montes, a lo largo del ochocien-
tos. No se agotan aquí las estrategias pero las señaladas atienden a la
unidad de la casa y de la comunidad en el sentido indicado. Tampoco
excluye esta perspectiva el conflicto interno entre las casas labregas
por la propiedad o el dominio local.
En todo caso, la eclosión de la participación de los labregos en
el mercado político y en las nuevas instituciones de la sociedad civil
en construcción se dará, como es conocido, en el contexto de la Res-
tauración, desde la última década del siglo XIX. La Ley de redención
foral de 1926 sanciona un proceso de varias décadas al determinar la
redención obligada en favor de los campesinos y establecer el plazo
de liquidación del sistema foral es la expresión más refinada de este
poder labrego que primero aprovechó la expulsión de la Iglesia, com-
pite después con los comerciantes y otros nuevos compradores vilegos
de foros y expulsa más tarde a buena parte de estos con los fidalgos
del control indirecto del territorio, afirmando el dominio útil que tan
bien supieron utilizar para construir un agroecosistema intensivo y
muy productivo. El papel social y político del agrarismo constituye
la prueba del triunfo pero también de la capacidad de adaptación de
los labregos a las nuevas circunstancias cambiantes del mercado ca-
pitalista, de la tecnología disponible y del Estado liberal. Viendo los
ámbitos de actividad del societarismo agrario clásico, se confirma
precisamente el diagnóstico apuntado. Se agruparon los campesinos
para la intervención en el mercado, a través de las sociedades de segu-
ros mutuos ganaderos, para la comercialización cooperativa organi-
zada incluso por las federaciones agrarias, pero también de la compra
de insumos como abonos o maquinaria. La asociación no sólo sirvió
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Figura .
Ganadería
hiperintensiva
actual. Manejo
automático.
Boimorto. 
Todo cambia entre el golpe de Estado de 1936 y el Plan de es-
tabilización de 1959. En medio, la guerra civil, la guerra europea, la
derrota de los fascismos en 1945 y la posguerra más larga de Europa.
Se pone fin en esas décadas a una forma de producción y de gestión
del territorio conforme van cambiando los marcos políticos en los
que se desarrollan instituciones como la propiedad o la organización
de la sociedad civil y que a lo largo de la centuria anterior se habían
movido en los márgenes del liberalismo y desde la derrota de la Re-
pública por los golpistas en un antiliberalismo-posliberal. La Dicta-
dura franquista construida sobre las bases de la guerra en el tiempo
del fascismo dispone una política autárquica y autocrática que tendrá,
en las condiciones de destrucción del régimen liberal y democrático,
importantes consecuencias sobre el control y la gestión del territorio
que hasta ahora habían sido evitadas, superadas u obviadas por parte
de las casas labregas. Las nuevas políticas intervencionistas contarán
con una multiplicada capacidad del Estado para materializar algunas
de las opciones que habían sido imposibilitadas por las comunidades
rurales en la centuria anterior. El nuevo Estado dictatorial va a hacer
lo que el derrotado Estado liberal no pudo aunque hubiese queri-
do: intervenir en el control del territorio con objetivos marcados por
la ideología —más los intereses— de un capitalismo de Estado. Si
antes el liberalismo no había logrado siquiera medir y conocer los
montes para poder desamortizalos y privatizarlos, ahora el fascismo
autárquico expropiará y ocupará amplios territorios, amparado en la
victoria en la guerra y en una ideología productivista y tecnocrática
que otorga al Estado una capacidad de intervención que era descono-
cida antes del período de entreguerras para nacionalizar/estatalizar.
La novedad es que ahora la fuerza de la ideología se combina con la
de la tecnología y el poder estatal para hacer la gran transformación
(K. Polanyi) incluso por encima de las voluntades, adhesiones o con-
sensos sociales. Por eso, para después de 1939 se puede hablar de
ocupaciones forzadas que tienen como correlato las desocupaciones
forzadas de los campesinos de sus hábitats y territorios.
Antes la ocupación del territorio estaba vinculada al manejo
del espacio para la producción (cultivos, montes, pastos, madera)
sobre la vieja ocupación castreña con usos renovados en función de
. L   :    
 E    
     
    
El dominio contemporáneo de los labregos que acabo de argu-
mentar explica el control del territorio en su lógica y por medio de sus
explotaciones. A altura de la IIª República, habían consolidado el con-
trol productivo del territorio, habían demostrado y habían aprovecha-
do su competencia innovadora con una participación favorable en los
mercados de productos y de factores y un dominio social y político que
se consolidaba con la eclosión de la participación de las clases medias
en la política republicana. La construcción contemporánea de la cultu-
ra popular desde finales del siglo XIX, desde las cantigas a los trajes,
evidencia este dominio, afirmado además en el comportamiento de las
élites políticas republicanas en Galicia, una vez dirimido definitiva-
mente el viejo asunto de la propiedad a favor de las casas de labranza.
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La nueva capacidad de dominio del territorio por parte del Esta-
do se mide, por tanto, en términos de expropiaciones-repoblaciones-
inundaciones, su efectividad se aprecia en la continuidad del proceso
después de la fase más dura de la autarquía, a causa de la derrota de
las comunidades vecinales. La destrucción del sistema liberal supuso
también la de la sociedad plural y articulada en la que las comunida-
des campesinas habían sido quienes de participar a través de las socie-
dades agrarias y de su intervención o influencia en el sistema político.
Después de 1959, encabalgado con el período anterior y después re-
definido en la democracia, se da inicio a un desarrollo definido en la
década de 1960 sobre bases radicalmente nuevas y que rompen con
el pasado, en términos generacionales, tecnológicos, organizativos y
productivos. Las concentraciones parcelarias del franquismo comen-
zadas en Galicia (la de San Xoán de Barcala-Negreira, 1958; mag-
níficamente estudiada en su tesina por F. González, 1996) son una
forma evolucionada y más sofisticada de intervención que aseguran
una nueva e inédita capacidad de control del territorio por el Estado
para una reforma de las estructuras agrarias, imposible con anteriori-
dad a 1940 sin el acuerdo o por acuerdo de los labregos. En las cuatro
décadas desde la primera concentración de Barcala hasta el año 2001,
se concentraron más de 60 000 ha y fueron más de 4 millones las par-
celas afectadas, involucrando a más de 250 000 propietarios.
En los tiempos recientes, en las dos o tres últimas generaciones,
el abandono forzado primero y el mercado después rompieron con la
trayectoria sobre las bases de los cambios de 1939-1959. Aun así, los
campesinos resistieron las ocupaciones y desocupaciones forzadas
reactivando sus armas del débil. Algunas antiguas como los pleitos o
prender fuego —ahora a las masas forestales de repoblación—, otras
nuevas, como el relativo apoyo durante 15 años a los huidos con-
vertidos en guerrilla. Ana Cabana estudió en detalle estas formas
de resistencia a las políticas del nuevo Estado, de la que se ocuparon
también Eduardo Rico o Antom Santos.
La visibilidad de esa capacidad de resistencia de las comuni-
dades que fue silenciosa y solo relativamente eficaz durante déca-
das no se aprecia a ciencia cierta hasta el período de la transición
a la democracia, como han estudiado Daniel Lanero y Alba Díaz
sucesivos horizontes tecnológicos. Las nuevas formas de ocupación
forzada, iné di tas hasta el momento, sirven a las lógicas de la autar-
quía: para la construcción de embalses para la electrificación (As
Conchas (1949), Prada (1958) Belesar (1963), Castrelo (1966), Por-
todemouros (1967)…) anegando millares de hectáreas y desplazando
a millares de personas; la colonización, más publicitaria que efecti-
va, acompañó a este proceso de expulsión, ya sea en A Limia o en
A Terra Chá. Si antes de 1941 (constitución del Patrimonio Forestal
del Estado) las importantes pero escasas dehesas reales eran el único
modelo de control de los montes por el poder central, ahora el proce-
so de apropiación/expropiación de los montes vecinales para ser (re)
poblados de pinos y convertidos en superficies forestales supone una
ocupación que tendrá como correlato una desocupación en forma de
éxodo rural de las comunidades expropiadas, en tiempos de hambre,
atraso y autocracia militar. Una corriente migratoria en todas direc-
ciones, hacia América usando viejas y nuevas cadenas y hacia una
Europa sin cadenas previas ni idiomas conocidos, no controlada por
las casas labregas sino promovida por el Estado, es el resultado.
0
5000
10000
15000
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1941
1944
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Has
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Repoblación Anual Total Acumulado
Gráco 1. Repoblacn Forestal Pública en Galicia
F: E. Rico Boquete Estadística Forestal de España 1941-1973.
Anuario de Estadística Agraria, 1973-1984.
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Figura .
Poder labrego:
tractorada por
el precio de la
leche. Santiago de
Compostela, julio

Geada en trabajos recientes y otros aún inéditos. El conflicto por la
expropiación de As Encrobas (1974-1977) o los relacionados con la
construcción de la Autopista del Atlántico (1973-1978) redimen-
sionaron comportamientos escondidos hasta entonces y constitu-
yen una nueva forma de expresión de los conflictos alrededor del
territorio, aprovechando ahora las nuevas formas de politización y
las oportunidades de la opinión pública, asociadas al tiempo de la
transición de la dictadura a la democracia. Con anterioridad, los con-
flictos por la oposición al embalse de Castrelo de Miño (1964-1966),
habían sido el primer y único episodio que mereció quedar en la
memoria por la importante participación de agentes externos a la
comunidad (intelectuales galleguistas) y por el papel político que
tuvo para una generación que se iniciaba entonces en la actividad
opositora al franquismo en Galicia y que pocos años después pro-
tagonizaría el tiempo de la democracia. Pero también hubo una es-
casamente conocida e invisibilizada resistencia (con armas de los
débiles) desplegada con anterioridad por parte de las comunidades
vecinales por disputar el control del territorio frente a las renovadas
y poderosas intervenciones del Estado y del mercado.
Resulta especialmente significativo para afirmar nuestra tesis
sobre el control contemporáneo del territorio por los labregos en Ga-
licia que aún en el contexto de dictadura descrito pueda apreciarse
su fuerza y la de sus armas, incluso cuando y donde el relato político
construyó una memoria de derrota. Esta fuerza y esta influencia so-
cial de los labregos es una de las razones que explican, por ejemplo,
la sentencia de 1967 del Tribunal Supremo que reconoce la singula-
ridad de los montes vecinales y el derecho de devolución de estos a
las comunidades. De esta capacidad de resistencia no queda memoria
política ni intelectual pero es bien conocida ya por la historiografía.
Una resistencia a favor de sus intereses genuinos y de largo plazo, el
primero de los cuales es el control de un territorio cuyo manejo les
garantiza la producción y la reproducción a las comunidades vecinales
y a las casas en los marcos de la agricultura orgánica intensiva. El re-
levo de este modelo labrego por el de la Revolución verde (Extensión
agraria, concentraciones parcelarias, introducción de combustibles
fósiles y creciente dependencia mercantil de las casas-explotaciones
mediante) cambió en las dos últimas décadas del siglo XX las formas
de control del territorio por los campesinos. Un control que mantie-
nen sustancialmente aún después de dejar de ser campesinos para
convertirse lentamente en sus hijos y nietos urbanos: obreros, profe-
sionales, profesores…, lentamente y sucesivamente pero mantenien-
do un control relativo pero más fuerte del que se suele suponer, sobre
sus patrimonios rurales. Allí donde la emigración no dejó vacías las
casas o allí donde vale la pena volver para tener aldea o patrimonio
puede apreciarse como se mantiene de manera transgeneracional el
viejo control del territorio: sea en las comunidades de montes de ve-
cinos del sur de Galicia dirigidas por vecinos que viven en Ourense o
son jubilados de Citröen, sea en el precio de la tierra o en las dificul-
tades para movilizar aquellas fincas más productivas que están fuera
del circuito labrado o en la forma de condicionar la continuidad de las
concentraciones parcelarias en los últimos treinta años.
Nos quejamos con razón del abandono del territorio y de su falta
de manejo pero ciertamente es menor del que dictan las condiciones
objetivas de abandono de la población y el tiempo acumulado de ese
abandono. Se diría que todo ese mundo podría estar ya objetiva y
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comercialmente muerto y no lo está. Los descendientes de los labre-
gos parecen saber del valor de la tierra, le atribuyen otro aún mayor y
buscan nuevas formas de vivir de ella. Ese es el caso de las concentra-
ciones parcelarias de los últimos veinte o treinta años, que constituyen
un ejemplo actual de ese dominio contemporáneo del territorio por los
labregos, pálido reflejo del que fue en el pasado, ahora en unas hereda-
des con un uso agropecuario en lenta y continua reducción. Conservan
la propiedad pero no tienen ninguna intención de recuperar las fun-
ciones productivas agrarias. Ni siquiera en este contexto de crisis, paro
y falta de perspectivas piensan en volver a hacer lo que hicieron sus
padres y abuelos: labrar la tierra y trabajar con el estiércol.
Las concentraciones fueron un instrumento para, reformando
las estructuras agrarias, contribuir a asentar el nuevo paradigma de
la Revolución verde en los años centrales de la dictadura franquista.
Primero rechazadas por las comunidades y casi siempre una fuente
de conflictos intra y extra parroquiales que décadas más tarde pa-
saron a ser solicitadas y, de alguna manera, manejadas por los pro-
pios agricultores. Esto acontece en el tránsito de aquella agricultura
orgánica a la nueva agricultura intensiva e hiperespecializada de la
Revolución verde. Cuando esta triunfa, con su correlato de abando-
no del rural, marcado por el descenso de la población ocupada (del
41’6 de 1980 al 7’9 en 2010, según datos oficiales del IGE), el éxodo
de la población no va acompañado del abandono de las casas ni de
las propiedades. En ese tránsito se pasó de la oposición de San Xoán
de Barcala a la adaptación en beneficio propio.
La concentración parcelaria que, como bien indica Andión en
2005 busca «procurar a rendibilidade do agro galego mediante una
serie de actuacións tendentes á restructuración da propiedade na pro-
cura dun mellor aproveitamento dos recursos, evitando a disgrega-
ción» que dificulta el laboreo para lograr «una ordenación racional
da propiedade agraria… (na)… que tódalas parcelas teñan un fácil
acceso mediante a creación dun viario axeitado ás necesidades do te-
rreo e evitando, no posible, a imposición de servidumes e serventías
sobre os fundos resultantes», acabó sirviendo también para disponer
de so la res sobrepasando los fines y objetivos estrictamente agra-
rios marcados por las sucesivas normativas que van a ser redirigidos
por una sociedad en cambio a usos no agrarios sino urbanísticos. Y
esto por varias razones entre las que el mismo autor indica una bien
evidente, pues «o éxodo noutros tempos de xente da zona rural (…)
ten hoxe a consecuencia que a xente «volta á orixe» (…) establecendo
unha segunda vivenda no rural, debido, entre outros, ós avances nas
vías de comunicación que fan posible un acurtamento nos tempos de
desprazamento, facendo atractiva a mobilidade xeográfica en perío-
dos de fin de semana». Ese mismo acortamiento permitirá de hecho
que muchos trabajadores y obreros urbanos sigan viviendo en el
rural. Otra razón posiblemente más decisiva: porque se dispone de
opciones para un nuevo modo de vivir de las tierras heredadas, ven-
diéndolas a buen precio como solares en áreas de expansión urbana,
turística o industrial o para esos parques empresariales que han in-
festado el país en las dos últimas décadas.
Parecen claras las razones para reclamar la continuidad de las
concentraciones en un campo cada vez más vacío, estirando una polí-
tica y una inversión pública tan alejada ya del sentido con el que había
sido diseñado hace nada menos que seis décadas. Es importante saber
cómo se logró cambiar el sentido de las concentraciones que se refiere
el autor, su valor de agrario a urbanístico. Como los vecinos de Ponte-
deva (1805) también los labregos (y sus herederos) de dos siglos más
tarde llaman la atención sobre lo que se quiere ver de ellos para cam-
biar el rumbo de una política y adaptarla en beneficio propio. Actual-
mente participando en el mercado electoral de la democracia de una
manera tan ventajosa para sus patrimonios que muestra su capacidad
de adaptación a aquella política de concentraciones de la que tanto re-
celaron y que frenaron en el tiempo, para apurarla y reclamarla ahora
en beneficio propio pero para objetivos bien diferentes de aquellos
para los que fue diseñada. La política de concentración influyó, po-
sibilitó, incluso determinó sustancialmente las transformaciones del
espacio rural: emigraciones, mecanización, cambios de cultivos, for-
mación de cooperativas, que no obstante son tildadas de espontáneas,
naturales, inevitables. Pero no sólo no lo fueron sino que necesitaron
precisamente de potentes políticas como la de la concentración para
hacerse viables por encima de las lógicas labregas y domésticas y de
sus intereses, tal como habían sido definidos a lo largo del período
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entre el siglo XVIII y 1940, plagado de innovaciones y cambios que
habían sido aprovechados a su favor por los campesinos, no obstante
su carácter aparentemente contradictorio con la economía y la socie-
dad labrega descrita por la ideología del capitalismo y del socialismo.
La ideología del atraso agrario y de un atraso del rural que
materialmente fue superado hace décadas sigue siendo usada para
reclamar por parte de los campesinos y justificar por parte de los
responsables políticos, la continuidad de las parcelarias. De suerte
que este mecanismo de reforma de las estructuras agrarias que actuó
como instrumento de desarticulación forzada —en el contexto de la
Revolución verde— del espacio agrario construido y manejado por
los campesinos durante siglos pasa a ser convertido en un nuevo
instrumento para manejar el territorio postagrario, en las nuevas
condiciones democráticas aprovechando su forma de participar en el
mercado del voto. Una vez más engañan al sistema.
El medio de hacerlo es relativamente conocido. El final de la con-
centración con la asignación de los nuevos terrenos a los propieta-
rios, una vez terminadas las obras de parcelación y construcción de
pistas con sus nuevos pasos de agua, entradas en las fincas, etc…
coincide no pocas veces con el final definitivo y sucesivo de la activi-
dad agraria en la mayoría de las casas de la parroquia, muchas veces
por jubilación. Las fincas están definidas con sus nuevos marcos, es
la ocasión de ser reconocidas por las familias e incluso por los futuros
herederos, todavía no pocas veces se considera el momento oportu-
no para hacer las particiones aún en vida de los viejos. En los años
siguientes no es infrecuente que se hagan vallas o setos en algunas
de aquellas propiedades que hagan más arreglo para futuros usos
urbanísticos o que se consideren de más valor potencial. Después
comenzará el momento, cuando las opciones de venta o construcción
se vayan vislumbrando, del aprovechamiento de las sucesivas elec-
ciones para convertir aquellas fincas concentradas en lo más parecido
a auténticos solares. Primero llegan unas elecciones en las que se
logra que algunos de aquellos viales de tierra sean asfaltados como
compromiso de alguno de los partidos en liza para lograr votos aquí o
allá; después en las siguientes municipales —son los comicios en los
que se dan los pasos, los demás sólo sirven para negociar en la misma
dirección— se puede lograr que en alguna de estas vías asfaltadas —
no hay camiños, xa corredoiras o congostras— se hagan paseos (vulgo
aceras); si después, en otras elecciones, se logra que además estos
viales tengan alumbrado público (vulgo farolas) se logró el objetivo.
Para no tener que andar por el fango ni a oscuras se logró finalmente
un suelo urbanizable que los arquitectos y planificadores y los alcal-
des y concejales solo van a sancionar como tal. Ellos van a sancionar
lo que la gente (ellos también son gente con fincas aquí o allá) hizo.
Este proceso es mucho más que el socorrido «ti vai facendo» con el
que los alcaldes logran el complejo favor de los electores. Es el alcalde
quien finalmente hace lo que le mandan y no al revés. Así fue por lo
menos antes de la aparición de las grandes constructoras de la burbu-
ja económica entre 1998 y 2008. El proceso descrito no es más que la
expresión de la inteligente soberanía de los parroquianos usando el
juego democrático y electoral para lo que más les interesa, su propia
reproducción doméstica; incluso a costa de la reproducción del país.
De 1940 a 1980, o más bien hasta 1975-78 se prolongaron las
ocupaciones–desocupaciones forzadas y de 1980 a 2010 esa recupe-
ración de la propiedad campesina sobre bases radicalmente nuevas,
pues ni son campesinos ellos ni ya siquiera nadie de sus familias. Los
herederos de la posesión agrícola (1’7 millones de propietarios, es
necesario repetirlo), aunque en su inmensa mayoría ya no dedica-
dos de forma preferente a actividades agropecuarias ni forestales, de
nuevo usan (pero ya no como usaron) y controlan (pero ya no como
controlaron) un territorio para el que ahora se disponen otras funcio-
nes ya no propiamente productivas en un sentido agropecuario. La
honda y continuada crisis actual puede modificar de nuevo esas for-
mas de control e introducir límites, insospechados aún, a estas nue-
vas formas de control construidas al hilo del sistema democrático, en
la medida que se limite o se transforme el propio sistema político, en
función de los intereses de los mercados y de su capacidad de control
del sistema político.
No quiero que el lector se lleve una impresión equivocada, no
quiero que deduzca de esta última parte que en las décadas recien-
tes (e incluso hoy) se sigue manteniendo el control de los labregos
sobre el territorio. Coincido con Edelmiro López Iglesia en que esto
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contemporánea entre cuatro centurias (ss. xviiixxi)
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
Figura .
Grandes casas de
labregos, símbolo
de una rica
agricultura pasada.
Cuidado, descuido
y cambio de uso
actual. Comarca do
Deza. .
no es ya así. De hecho, buena parte de nuestros problemas vienen de
que el control y la «ordenación territorial» que históricamente ejer-
cieron los campesinos sobre el territorio, en la actualidad y, sobre
gran parte del territorio, no la ejerce nadie. Hago mías sus palabras
cuando afirma que el retroceso de los campesinos como grupo social,
y de la propia actividad agraria, ha generado un vacío que no ha sido
cubierto y que nadie sabe cómo cubrir. Precisamente los que recupe-
ran la propiedad campesina (vecinal) de los montes no son labregos
y los que los heredan tampoco, como queda dicho. Lo siguen siendo,
sí culturalmente y en su memoria sobre las tierras pero no en su
uso. Ni se espera que lo sean ni se promueve, ni a ellos se les ocurre
tal cosa. Las tierras que manejaron y ganaron como campesinos las
poseen hoy como vilegos o urbanos desvinculados de la producción
por más que lo que heredan sólo tenga sentido históricamente en la
lógica de la producción como se quiso explicar y en el presente de
las últimas décadas en la lógica del abandono, como no es necesario
demostrar. Hoy el territorio no lo controla nadie pero alguien llenará
ese vacío, de hecho ha comenzado a hacerlo ya… Terra a nosa! y A
nosa terra é nosa! son el mismo eslogan pero pueden dejar de serlo.
Después de dos milenios manejando la naturaleza y controlán-
dola en un proceso de coevolución, hoy, producto del abandono, es
la naturaleza a través de una incontrolada expansión de la vegeta-
ción, a la que se suma el semi-abandono que significa parte de las
repoblaciones forestales, la que controla el territorio. Sólo el 30% es
gestionado hoy por los campesinos que trabajan la tierra (incluyendo
aquí la superficie de las explotaciones y los terrenos a monte que les
corresponden); un porcentaje que es la mitad de la media europea. El
otro 70% está literalmente abandonado. La historigrafía ha recons-
truido las formas de un manejo cada vez más intensivo y sabemos
que históricamente el proceso de control del territorio para la pro-
ducción fue un proceso en crecimiento continuo desde el siglo XVIII
hasta 1960. Lo que queda de aquel manejo campesino es una cultura
de apropiación, una memoria de consecución y de trabajo, también
de defensa de lo logrado que hoy, mal que pese, resulta absolutamen-
te improductiva e incluso letal para el territorio de Galicia pero que
tiene difícil reversibilidad desde el arbitrismo ilustrado e ingenieril,
contra lo que la cultura y la memoria de resistencia construida a lo
largo de los siglos resulta seguir siendo un barrera impenetrable por
el momento. De resistencia y de ocultación para resistir: seguimos
siendo vecinos de Pontedeva pero ya no vivimos allí.
Para finalizar
Podríamos titular este ensayo: «país, paisaje y paisanaje» pero
quedaba cacofónico, incluso es una broma habitual entre los histo-
riadores y geógrafos que en la Facultad de Historia de Santiago nos
ocupamos de estos asuntos cuando hablamos por los pasillos, entre
clase y clase. De hecho se podría confundir con una mala broma lo
que es al fin un proceso histórico. Este país nuestro es primero paisa-
je (le concedo esto al profesor Rafa Creciente) y este fue construido
en un largo túnel histórico mediante el manejo de la naturaleza y la
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contemporánea entre cuatro centurias (ss. xviiixxi)
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
Figura .
No todo es
abandono.
Ordenado manejo
actual del territorio:
prados, cultivos,
bosques y viviendas.
A Mariña:
Vilagüiz-A Devesa.
()
Figura . Paisaje
idealizada por los
gallegos urbanos
de hoy.
«Neofragas»
de la comarca
Deza, producto
de un abandono
prolongado ()
construcción de los agroecosistemas por los campesinos que por otro
nombre son también paysans, payeses, peasants, o paisanos; como
ellos mismo decían y reclamaban cuando se encontraban lejos de sus
comunidades, en la emigración, embarcados o en el servicio mili-
tar. Paisanos del país que reconocían suyo por el paisaje que habían
construido y transformado durante siglos. «Gallegos» como los ve-
cinos de Pontedeva. Como dice el anuncio de Gadis «en Galicia ao
auténtico chamámoslle da casa e ao natural decímoslle do país».
El conocimiento del territorio y su gestión, desde el punto de
vista que aquí interesa, cuenta con numerosas e importantes apor-
taciones, en primer lugar de los geógrafos físicos como Luís Guitián
o A. Pérez Alberti, de los humanos como López Andión o C. Ferrás.
Desde la economía agraria los trabajos de E. López Iglesias son una
referencia inexcusable, como las aportaciones de X. Fernández Leicea-
ga dirigiendo el Grupo dos Comúns. Recientes son las bien estima-
bles aportaciones desde la historia del arte y de las ideas estéticas de
F. López Silvestre o las literarias de M. López Sández. En los últimos
tiempos los trabajos de los ingenieros de la EPS de Lugo se interrogan
con nuevas herramientas técnicas y conceptuales sobre este mismo
problema, destacando la intensidad analítica del equipo del Laborato-
rio do Territorio (Laborate) comandada por Rafael Crecente y David
Miranda, con ellos y los grupos de los profesores X. Carlos Carreira,
Xoán Carmona y Xavier Simón, configuramos una interesante red,
denominada Revolta, como lugar de debate y confrontación de co-
nocimiento de ingenieros, economistas ambientales e historiadores.
Y con anterioridad, cuando menos desde la época del Seminario de
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Capítulo v
Lourenzo Fernández Prieto
Estudos Galegos, la etnografía y la geografía gallegas dieron cuenta
demorada de las formas de establecimiento y gestión en el territorio y
sus condicionantes. Antes aun gentes del derecho como N. Tenorio, A.
García Ramos o V. Villanueva se habían preguntado por las poderosas
singularidades que la práctica y la costumbre habían marcado en los
comportamientos y usos de un mundo rural que no era ya medio sino
prácticamente Galicia entera. Todas esas aportaciones pegadas a su
tiempo y a sus puntos de vista siguen siendo las bases en las que se
asientan nuestros análisis, deudoras en última instancia del conoci-
miento histórico pero también de la historia del conocimiento.
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... which helped to create a major network of correspondent banks in charge of channelling the money that was sent back home. 8 This money helped to finance the agrarian movement through regenerationist newspapers and associations that went against the grain of the local political bosses, 9 . and to trigger a political process, with its own identity, which would culminate in producing the favourable referendum for political autonomy in 1936, towards the end of the Second Spanish Republic. ...
Article
Full-text available
Over the course of the final 30 years of the nineteenth century, and well into the early decades of the twentieth century, hundreds of thousands of Galician people migrated to different areas of America. There they found a new world to contend and interact with – a world that was more advanced and developed socially and culturally. From the perspective of a new awareness and heightened by processes of collective organisation, mainly identity-based, many of them set out to help advance the cultural and social development of Galicia through self-organised political, social and educational processes. In this way, during the 1920s, a growing number of primary schools – roughly 300 – all over Galicia felt the influence of the Galician emigrants. This is a genuine phenomenon characteristic of Galician emigration that has not been observed in the collective actions carried out by any of the other European migrant communities.
Article
Landscapes are constantly changing, both ecologically and culturally, and the vectors of change occur over many time scales. In order to plan landscapes, they must be understood within their spatial and temporal contexts. This paper argues that the inevitable dynamism in a landscape requires planning to explain and to deal with change. However, planning has been slow to do this, in part because it is inadequately equipped to analyze both rapid change and gradual evolution. A landscape history exposes the evolutionary patterns of a specific landscape by revealing its ecological stages, cultural periods, and keystone processes. Such a history can be a valuable tool as it has the potential to improve description, prediction, and prescription in landscape planning.In proposing landscape history as a tool for planning, I specifically address four questions. Why is this tool needed in landscape planning? What form should landscape history take? What are the obstacles to acquiring good landscape histories? And, what are the potential benefits of using history in landscape planning? To illustrate this proposition, I draw from an example of landscape history developed for Long Pond, Pennsylvania.
Lecture delivered at the 'Spatial Turn in History'Symposium. Historical German Institute
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El paisaje en perspectiva histórica. Formación y transformación del paisaje en el mundo mediterráneo. Monografías de Historia Rural 6. Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza e Institución «Fernando el Católico
  • R Folch
  • R Garrabou
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El paisaje y la gestión del territorio. Criterios paisajísticos en la ordenación del territorio y el urbanismo
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  • Tarroja
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Bevilacqua, P. (1980): Le Campagne nel Mezzogiorno tra fascismo e dopoguerra: il caso Calabria, Torino, Einaudi
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Cosgrove, D. (2004): «Landscape and Landschaft. Lecture delivered at the 'Spatial Turn in History'Symposium. Historical German Institute, February 19 2004». GHI Bulletin, 35 (Fall, 2004): 57-71. Countryside Commission (1998): Countryside Character. The Character of England. Natural and man-made landscapes. Vol 3: Yokshire and The Humber. London, Countryside Commission Cronon, W. (1983): Changes in the Land: Indians, Colonists, and the Ecology of New England, New York, Hill and Wang.