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Abstract

La Edad Media es ese periodo de tiempo histórico entre los siglos V y XV. Los historiadores lo marcan desde la caída de Roma en el año 476 hasta el año 1453 con la caída de Bizancio. Siempre nos viene a la memoria un periodo de tiempo oscuro en donde se hizo evidente la irracionalidad de la humanidad. En donde la religión estaba por encima de la razón y de la ciencia. Pero en donde nuestra planta amiga tuvo su lugar. Estudios paleobotánicos han descubierto que el cáñamo fue cultivado, sobre todo para conseguir de ella fibra, en el sureste de Inglaterra aproximadamente desde el año 400. Los anglosajones emigraron a las Islas Británicas y llevaron el cannabis alrededor del siglo V. Las muestras de cannabis, en ropas, cuerdas o redes en Gran Bretaña fueron fabricadas fuera del país (Rudgley, 1999:91). Es también en las Islas Británicas donde se comenzaron a utilizar el término " hanf " para designar el término cáñamo. El cáñamo también se incluyó en sus textos médicos. En el Libro de Trivialidades (LXIII C. folio 147) se da un " rito para la salvia, parcialmente irlandés " que contiene cáñamo, como emplasto sagrado: " (servirás) betónica y clavel silvestre y cáñamo, frambuesa, salvia y sabina, hierba de obispo y romero " (Robinson, 1999:122). La reina merovingia Arnegunda (muerta en el año 570) la encontraron rodeada de un tesoro espectacular. La tumba de piedra caliza se encontraba en la Basílica de Saint Denis de París. Estaba vestida con un traje de seda y con alhajas de oro. El cuerpo estaba envuelto en una tela gruesa de cáñamo, mostrando así la alta estima en que se tenía esta fibra (Rudgley, 1999:91). En el siglo VI (hacia 500-570) se realizó el Constantinopolitanus, un libro de botánica en donde se incluyó un dibujo de la planta de cannabis.
a Edad Media es ese periodo de tiempo histó-
rico entre los siglos V y XV. Los historiadores
lo marcan desde la caída de Roma en el año
476 hasta el año 1453 con la caída de Bizancio.
Siempre nos viene a la memoria un periodo de
tiempo oscuro en donde se hizo evidente la
irracionalidad de la humanidad. En donde la
religión estaba por encima de la razón y de la
ciencia. Pero en donde nuestra planta amiga
tuvo su lugar.
Estudios paleobotánicos han descubierto que el cá-
ñamo fue cultivado, sobre todo para conseguir de
ella fibra, en el sureste de Inglaterra aproximada-
mente desde el año 400. Los anglo-sajones emi-
graron a las Islas Británicas y llevaron el cannabis
alrededor del siglo V. Las muestras de cannabis, en
ropas, cuerdas o redes en Gran Bretaña fueron fabri-
cadas fuera del país (Rudgley, 1999:91). Es también
en las Islas Británicas donde se comenzaron a utilizar
el término “hanf” para designar el término cáñamo.
El cáñamo también se incluyó en sus textos médicos.
En el Libro de Trivialidades (LXIII C. folio 147) se da
un “rito para la salvia, parcialmente irlandés” que
contiene cáñamo, como emplasto sagrado: “(servi-
rás) betónica y clavel silvestre y cáñamo, frambue-
sa, salvia y sabina, hierba de obispo y romero” (Ro-
binson, 1999:122).
La reina merovingia Arnegunda (muerta en el año 570)
la encontraron rodeada de un tesoro espectacular. La
tumba de piedra caliza se encontraba en la Basílica de
Saint Denis de París. Estaba vestida con un traje de seda
y con alhajas de oro. El cuerpo estaba envuelto en una
tela gruesa de cáñamo, mostrando así la alta estima en
que se tenía esta fibra (Rudgley, 1999:91).
En el siglo VI (hacia 500-570) se realizó el Constanti-
nopolitanus, un libro de botánica en donde se inclu-
yó un dibujo de la planta de cannabis (es el dibujo
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sobre libro más antiguo que se conoce de la
planta) y Aecio de Amida, natural de Meso-
potamia, redactó también en Constantinopla
una enciclopedia médica de 16 tomos: el Te-
trabibloi en la que nombra al cáñamo (Con-
rad, 1998:29).
También se han encontrado sogas de cáña-
mo en Islandia que fueron llevadas por los
vikingos. Junto con restos de tela y redes de
cáñamo en tumbas vikingas de Noruega y se-
millas de cannabis en naves vikingas del año
850 (Rudgley, 1999:91). Pero parece ser que
los vikingos no utilizaban el cannabis como
sustancia recreativa sino para fibra. En los
Eddas vikingos se hablaba más del hidromiel
que era una bebida propia de los dioses.
Primeras leyes
referidas al cannabis
La primera ley escrita que se refiere al cáñamo fue
promulgada por Carlomagno (742-814) en el año
800. En la obra “Capitulare” obligaba a sus súbditos
a cultivar cáñamo y los campesinos podían pagar sus
impuestos con semillas de cáñamo. En la obra “Me-
dicina Antiqua” del siglo IX se recomienda el cáñamo
(“canapé”) para el tratamiento de los dolores en los
pezones y para los enfriamientos. Y también en Ale-
mania la monja, sanadora y visionaria Hildegard von
Bingen (1098-1179), cultivaba el “cannabus” en su
huerto del convento y lo recomendaba para los dolo-
res de estómago y las náuseas (Broeckers, 2002:128,
136). Hildegard documentó en detalle que el canna-
bis aliviaba la cefalea. Novecientos años después,
todavía se considera que los cannabinoides son un
futuro tratamiento de la migraña. El cannabis fue re-
descubierto por los cruzados al volver de Tierra Santa
ya que tras la caída del Imperio Romano y la con-
solidación del cristianismo, el cáñamo desapareció
de la farmacopea europea. En tratados de botánica
medievales como los de William Turner, Mattiolli y
Dioscobas Taberamontanus, se consideró que el can-
nabis merecía una honorable mención como planta
curativa (Robinson, 1999: 122).
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En la Edad Media se utilizaba el cáñamo para obtener
fibra pero la utilización de sus cogollos fue prohibido
estrictamente por el clero y la Iglesia. La población
que no estaba en contacto directo con el cannabis
olvidó los efectos psíquicos que producía. Sólo los al-
quimistas lo siguieron utilizando pero eran sumamen-
te proteccionistas y callados por razones obvias. Los
alquimistas eran los protegidos de los reyes y empe-
radores, nobles y príncipes ya que estaban buscando
la fórmula de la piedra filosofal. Esto era una tapadera
perfecta para poder coleccionar plantas raras y prohi-
bidas mientras operaban en laboratorios extravagan-
tes para poder dirigir sus experimentos.
La situación
en España
Durante el siglo XII y XIII la escuela de traductores de
Toledo, bajo los auspicios del rey castellano Alfonso
X, salvó del olvido el legado científico, filosófico y
médicos griegos. En Toledo se encontraban sabios
mozárabes, mudéjares y judíos que traducían al latín
obras de los clásicos como Aristóteles, Galeno o Pto-
lomeo. También traducían textos árabes de Avicena
o Averroes. Los temas preferidos eran los de medici-
na, filosofía, astronomía, la alquimia y la aritmética.
Los textos clásicos que hablaban del cannabis ha-
bían salido del olvido.
Se obtuvieron resultados positivos al analizar la cazo-
leta de una pipa que aún quedaban restos de canna-
bis del castillo de Cornellà de Llobregat (Barcelona) de
los siglos XI al XIII. Este hallazgo es importante ya que
demuestra que en la Edad Media el consumo de can-
nabis no se ciñó únicamente al mundo musulmán sino
que también al territorio cristiano (Juan-Tresserras,
2000:261-274). Es en la Edad Media cuando el cultivo
de cáñamo aumenta encontrando restos por toda la
península ibérica como en Estanya (prepirineo lerida-
no) a comienzos del siglo XIV. Aunque el comienzo del
cultivo sea en torno a los años 600 a 650 (López Sáez
et al., 2008: 23). En época medieval, las pipas se desti-
nan al consumo de hachís, son frecuente su hallazgo en
contextos islámicos (Camps, 1947; Valdés, 1984, 1993) y
en menor medida en castillos cristianos de la Península
Ibérica gracias a los contactos comerciales y/o bélicos
con los musulmanes (Juan-Tresserras, 2000: 265).
En España la primera referencia literaria del hachís
encontrada hasta el momento (aunque adelantán-
dose en más de un siglo a cualquier otra lengua
europea) no llega hasta la obra de Enrique de Ville-
na, Arte cisoria (1423), bajo la forma o nombre de
alhaxixa.
El España en el auto primero de La Celestina, Párme-
no, sirviente de Calisto, cataloga la “yerva paxarera”
entre los ingredientes simples para aceites faciales
usados por la Trotaconventos (La Celestina, 1975:88).
La identidad de esta hierba con el cáñamo es con-
firmada por Alfonso Martínez de Toledo: “Destilan
el agua por cáñamo crudo... e se faze xabón” (Ar-
cipreste de Talavera, 1985:134); y por Covarrubias la
voz “Cañamón”: “es el pasto de los pajaritos enjau-
lados” (Covarrubias, 1994:260).
A finales de la Edad Media, concretamente el 3 de agos-
to de 1492, Cristóbal Colón zarpa del puerto de Palos
(Huelva) para realizar un viaje incierto cuyo destino era
llegar a Cipango (Japón) por motivos comerciales para
la corona de Castilla. Las dos carabelas y una nao tripu-
ladas con 90 hombres y conducidas por Colón llegan a
América el 12 de octubre de 1492; llevaban 80 toneladas
de cáñamo entre cuerdas, redes, velas y demás útiles
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navales. Posiblemente ya en el segundo viaje de Colón
a América se llevaron semillas de cáñamo junto a cañas
de azúcar, arroz, trigo, vid, azafrán, naranjos. Dicho
viaje salió el 25 de septiembre de 1493 del puerto de
Cádiz con una flota de 17 barcos y unos 1.500 hombres
(Nacher, 2001:85).
Giovanni Boccaccio
Boccaccio, Giovanni (París 1313–1375) era italiano,
aunque nacido en París, vivió en Nápoles desde su
juventud. Fue su amor por la princesa de esta ciu-
dad, María, la fuente de inspiración de sus poemas.
Fue biógrafo de otro gran autor, Dante. Dante da
Alighiero di Bellincione d’Alighiero (1265-1321) fue un
iniciado Gran Maestre de una corriente que era con-
tinuación de la Orden del Temple llamada “Los Fedeli
d’Amore”. Tendría conocimientos del cannabis ya
que perteneció al gremio de los médicos y farmacéu-
ticos. Fue el autor de la Divina Comedia.
La obra maestra de Boccaccio es el “Decamerón”;
es un conjunto de cuentos erótico-humorísticos de
corte muy explícito. Dentro de esta obra se refiere
en un momento dado al “Viejo de las Montañas” y
a una poción misteriosa, pero nunca lo identifica
como cannabis. Escribió también la “Genealogía de
los Dioses”. Gracias a sus aportaciones es uno de los
precursores del Humanismo. En el Decamerón en la
novela octava una mujer harta de las palizas de su
marido, Ferondo, recurre a un monje para que le
ayudase a que su marido se comportara con ella me-
jor. El monje le dio un escarmiento al marido gracias
a “unos polvos” (cannabis). Gracias a esta sustancia
hará que pase el marido de vivo a muerto y es en-
terrado como muerto por el abad (que “disfrutará”
carnalmente de su mujer). Posteriormente es sacado
de la tumba, hecho prisionero y persuadido de que
está en el Purgatorio, y luego, resucitado. Finalmen-
te cría como hijo suyo a un niño de su mujer y del
abad. El párrafo referido al Viejo de la Montaña en
el Decameron es:
“Y dicho esto, habiéndole puesto ocultamente en la
mano un bellísimo anillo, la despidió. La mujer, alegre
con el regalo y esperando tener otros, volviendo con
sus compañeras, maravillosas cosas empezó a decir
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sobre la santidad del abad. De allí a pocos días se fue
Ferondo a la abadía, y en cuanto lo vio el abad pensó
en mandarlo al Purgatorio; y encontrados unos polvos
de maravillosa virtud que en tierras de Levante había
obtenido de un gran príncipe que afirmaba que solía
usarlos el Viejo de la Montaña cuando quería mandar
a alguien (haciéndole dormir) a su paraíso o traerlo de
allí, y que, en mayor o menor cantidad dados, sin nin-
guna lesión hacían de tal manera dormir más o menos
a quien los tomaba que, mientras duraba su poder no
se habría dicho que tenía vida, y habiendo tomado de
ellos cuantos fuesen suficientes para hacer dormir tres
días, en un vaso de vino todavía un poco turbio, en su
celda, sin que Ferondo se diese cuenta, se los dio a be-
ber; y con él lo llevó al claustro y con otros de sus mon-
jes empezaron a reírse de él y de sus tonterías.
Lo que no duró mucho porque, obrando los polvos, se
le subió a éste un sueño tan súbito y fiero a la cabeza
que estando todavía en pie se durmió, y cayó dormi-
do. El abad, mostrándose perturbado por el acciden-
te, haciéndolo desceñir y haciendo traer agua fría y
echándosela en la cara, y haciéndole aplicar muchos
otros remedios cómo si de alguna flatulencia de estó-
mago o de otra cosa que tomado le hubiera quisiera
recuperarle la desmayada vida y el sentido, viendo el
abad y los monjes que con todo aquello no recobraba
el sentido, tomándole el pulso y no encontrándolo,
todos tuvieron por cierto que estuviese muerto; por
lo que, mandándolo a decir a la mujer y a sus parien-
tes, todos los cuales aquí vinieron prontamente, y ha-
Bibliografía
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Broeckrs, M. (2002) Cannabis. Editorial Cáñamo, Vicenza
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- Nacher Malvaioli, G. (2001)Don Cristóbal Colón.
Edición electrónica Santuarios.com
- Robinson, R. (1999) El gran libro del cannabis: Gui completa de
los usos medicinales, comerciales y ambientales de la planta más
extraordinaria del mundo. Inner Traditions / Bear & Company
Rudgley, R. (1999) Enciclopedia de las substancias psicoactivas, Paidos
Divulgación, Barcelona.
biéndolo la mujer con sus parientes llorado un tanto,
vestido como estaba lo hizo el abad poner en una se-
pultura.” (Boccaccio, 1965: 231)
Mientras que el vino era aceptado como materia de
sacramento y se era indulgente con la cerveza, licores
y tabaco (al final en el siglo XVI) la Inquisición pro-
hibió la ingestión del cannabis en España en el siglo
XII y en Francia en el XIII. Muchos otros remedios na-
turales fueron prohibidos también por aquella época.
Aquella persona que utilizara el cáñamo para “flipar”
o curar era tachada de bruja (Herer, 1999:147). La In-
quisición consideraba herejes a quienes administren a
mujeres filtros de amor. Así la caza de brujas comenzó
aproximadamente en 1326 y no terminó hasta el 1800
(Historia y Vida, nº 204: 124-125).
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Bibliografía -Boccaccio, G. (1965) El Decameron. Ed. Círculo de Lectores, Barcelona Broeckrs, M. (2002) Cannabis. Editorial Cáñamo, Vicenza -Covarrubias (1994) Tesoro de la lengua castellana o española. Ed. Castalia, Madrid -Herer, J. (1999) El emperador está desnudo, Castellarte S.L., Castellar de la Fra. -Juan-Tresserras J. (2000) "La Arqueología de las drogas en la Península Ibérica. Una síntesis de las recientes investigaciones arqueobotánicas". Complutum. 11 pp. 261-74.