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José Manuel Estrada (1842-1894) y su obra histórica en la Argentina de las décadas de 1860 y 1870

Authors:

Abstract

This article analyzes the public and intellectual trajectory of Argentine author Jose Manuel Estrada (1842-1894) as a historian in the decades of the 1860s and 1870s. It first examines the texts that, albeit partially, have looked into this facet of his work. Then, it considers the main problems that guided his inquiries into the past: the legacies of the colonial period and of the revolution, the bonds between caudillos and the society, the centralization of power, the state of the countryside and the ways of writing history. The article also presents the evaluations of some of Estrada’s contemporaries regarding his work, and emphasizes the particularities of his writings that may explain the lack of attention they have received subsequently, despite the fact that they were valued in their time.
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hist. historiogr. • ouro preto • n. 17 • abril • 2015 • p. 86-104 • doi: 10.15848/hh.v0i17.796
José Manuel Estrada (1842-1894) y su obra histórica
en la Argentina de las décadas de 1860 y 1870*
The historical work of Jose Manuel Estrada (1842-1894) in Argentina in
the decades of the 1860s and 1870s
Paula Bruno
pbruno@conicet.gov.ar
Investigadora
Universidad de Buenos Aires
25 de mayo 221, 2º piso
1002 - Buenos Aires
Argentina
Resumen
En este artículo se analiza la trayectoria pública e intelectual del argentino José Manuel Estrada
(1842-1894) como historiador entre las décadas de 1860 y 1870. Para ello se repasan en primer
lugar las obras que, aunque parcialmente, se han detenido en esa faceta del letrado. Luego se
examinan los principales problemas que guiaron sus indagaciones en el pasado: los legados del
período colonial y de la revolución, las relaciones entre caudillos y sociedad, la centralización del
poder, el estado de la campaña y las formas de escribir historia. Son presentadas, asimismo,
algunas evaluaciones de contemporáneos sobre la obra de Estrada y se hace hincapié en las
particularidades de ese corpus que pueden explicar la poca atención que recibió posteriormente,
a pesar de haber sido valorado en su tiempo.
Palabras clave
Historia de la historiografía; Siglo XIX; Argentina.
Abstract
This article analyzes the public and intellectual trajectory of Argentine author José Manuel Estrada
(1842-1894) as a historian in the decades of the 1860s and 1870s. It rst examines the texts
that, albeit partially, have looked into this facet of his work. Then, it considers the main problems
that guided his inquiries into the past: the legacies of the colonial period and of the revolution, the
bonds between caudillos and the society, the centralization of power, the state of the countryside
and the ways of writing history. The article also presents the evaluations of some of Estrada’s
contemporaries regarding his work, and emphasizes the particularities of his writings that may
explain the lack of attention they have received subsequently, despite the fact that they were
valued in their time.
Keywords
History of historiography; 19th century; Argentina.
Recibido el: 14/7/2014
Aprobado el: 23/10/2014
* Investigación nanciada por el Consejo Nacional de Investigaciones Cientícas y Técnicas - CONICET.
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José Manuel Estrada1 nació en Buenos Aires en 1842 y falleció en Asunción,
Paraguay, en 1894. Fue miembro de una familia con una historia enraizada
tempranamente en la ciudad de Buenos Aires: biznieto del Virrey Santiago de
Liniers, hijo de José Manuel de Estrada Barquín y de Rosa Perichón de Vandeuil
y Liniers y familiar de otras guras destacadas de la cultura argentina, como
Santiago y Ángel Estrada. Su educación formal, que nalizó en 1858, tuvo lugar
en el Colegio de San Francisco, donde recibió una sólida y completa formación
humanística. Nunca circuló, en tanto estudiante, por las aulas universitarias.
Como periodista, sus escritos ocuparon las columnas de diversos órganos
y fue director y fundador de los periódicos El argentino (1873-1874), La unión
(1882-1889) y de la Revista argentina (1868-1872 y 1880-1882).
Como hombre político, ocupó diversos cargos e intervino en debates
centrales de la Argentina post-Caseros. Fue parte, desde 1871, de la Convención
Provincial, diputado de la Legislatura entre 1873 y 1876 y diputado por la
Provincia de Buenos Aires entre 1886 y 1889. Participó en los mítines de 1890
y formó parte de la Unión Cívica. Fue subsecretario de Relaciones Exteriores
durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento y, años más tarde, ocupó
durante el gobierno de Luis Sáenz Peña el cargo de ministro plenipotenciario
en el Paraguay.
Estrada hizo despuntar muy tempranamente su veta polémica. A comienzos
de la década de 1860 rebatió a Gustavo Minelli y Francisco Bilbao, quienes
habían puesto en duda algunos principios explicativos de la religión católica.
Más adelante, desde La unión, voz de los católicos en el marco de las reformas
laicas de la década de 1880, devino polemista de pluma incansable.
Como hombre del catolicismo argentino, su labor fue comprometida. Desde
sus años juveniles dictó varias conferencias sobre religión, teología e historia
en diversos espacios de reunión del catolicismo y por largos años fue secretario
de la Conferencia Vicentina de la Parroquia San Ignacio. En la década de 1880
fundó el ya mencionado periódico La unión, realizó campañas por el interior
del país y Uruguay para organizar a los adeptos de la causa católica, presidió
la Asociación Católica —por él mismo reorganizada— y el Comité Central del
partido Unión Católica Argentina.
Su performance como educador fue notable. En 1866 y 1868 dictó famosas
lecciones de historia argentina en la Escuela Normal. Durante la presidencia
de Sarmiento fue nombrado jefe del Departamento General de Escuelas y
presidente del Congreso de Instrucción Pública y, en 1874, fue director de
Escuelas Normales. En el Colegio Nacional de Buenos Aires fue docente de
las asignaturas Instrucción Cívica e Historia Argentina y rector entre 1876 y
1883. Se desempeñó asimismo como catedrático de Derecho Constitucional y
Administrativo en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad
de Buenos Aires y el Congreso Pedagógico Nacional de 1882 lo tuvo como uno
de sus vicepresidentes.
1 Para un desarrollo exhaustivo de la trayectoria vital e intelectual de Estrada me permito remitir a BRUNO
2011. Por motivos de espacio, no puede presentarse aquí extensamente dicha trayectoria y se ha optado por
una semblanza en la que se trazan características generales de su gura.
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Como promotor cultural, Estrada fue fundador, junto a Lucio V. Mansilla,
del Círculo Literario (1864-1866) (BRUNO 2014); participó, a comienzos de
la década de 1860, de las tertulias de la Librería del Colegio, de Paul Mortá;
y asistió a diversos eventos de sociabilidad intelectual. Fue traductor de
Examen crítico de la “Vida de Jesús” de M. Renan, de Carlos Emilio Freppel,
y de varios textos en italiano de los padres Gervasoni y Cattaneo. Junto con
su hermano Santiago tradujo Los miserables de Víctor Hugo y realizó una
comentada y reconocida edición de María, de Jorge Isaacs, acompañada por
los poemas del mismo autor.
Pese a ser un polígloto y un personaje de múltiples mundos (BRUNO 2011),
en este artículo se analiza, en particular, el rol de Estrada como historiador. En
1865 escribió su Ensayo histórico sobre la revolución de los comuneros del
Paraguay y su pasión por la historia se convirtió en uno de los pilares de su
trayectoria pública y docente. Dictó numerosas conferencias y clases de historia
argentina que fueron editadas en varios volúmenes: Fragmentos históricos
(1866, publicados póstumamente),2 Lecciones sobre la historia de la República
Argentina (1868) y La política liberal bajo la tiranía de Rosas (1873). Existen,
además, consideraciones históricas en varios de sus artículos y conferencias.
Sin embargo, como se verá en el siguiente apartado, ese perl de Estrada ha
sido fragmentariamente explorado.
José Manuel Estrada como historiador
En el marco de la primera obra sobre la historia de la historiografía
argentina, Rómulo Carbia reconoce a Estrada como el fundador de una corriente
historiográca poco fructífera y sin un método: la “historiografía losofante”
(dentro de la cual también menciona a Lucio V. López). Así, el tratamiento de
fuentes y los modelos explicativos habrían quedado subsumidos, en su obra, a
una losofía ordenadora de la historia, que avanzó en detrimento de un aparato
erudito y una clara organización de argumentos (CARBIA 1939, p. 139-147).
Estrada estaría así en la vereda opuesta a la de la “escuela erudita”, tendencia en
la que, como es sabido, Carbia ancló una tradición de continuidad y legitimidad
que ligaba a los miembros de la Nueva Escuela Histórica con el ilustre ancestro
Bartolomé Mitre (PAGANO; GALANTE 1993).
Ya para nes de la década de 1950, Raúl Orgaz retomaba en parte esa
denición y mencionaba a Estrada como el pionero de la “historia losofante” o la
“historiosofía” argentina (ORGAZ 1960, p. 23, 57 y 59). Contemporáneamente,
Barager también lo inscribió dentro de un grupo opuesto a la escuela erudita,
conformado por Alejandro Magariño Cervantes, considerado el fundador de
esa contraescuela, Lucio V. López y Mariano Pelliza. A diferencia de Carbia, sin
embargo, Barager señala que esos escritores adhirieron a la mirada general
de Bartolomé Mitre, pero se distinguieron de él por su énfasis en el punto
de vista subjetivo. Por otro lado, ese autor señala que la obra de Estrada
2 Se encuentra una lista completa de estas conferencias en el Archivo General de la Nación/Universidad
Católica Argentina, Fondo Manuel Estrada (en adelante: AGN/UCA, FDJME). Signatura. Top: 337. Folios: 6 a 9.
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respondía a formas ancladas en la oralidad (discursos, conferencias, lecciones,
intervenciones públicas) y por eso lo caracteriza como un “historiador orador”
(BARAGER 1959, p. 593).
Por su parte, promediando la década de 1970, Miguel Ángel Scenna ubicaba
a Estrada en “la segunda generación” de historiadores argentinos, integrada por
Mariano Pelliza, Paul Groussac, Adolfo Saldías, Clemente Fregeiro y Ernesto
Quesada, cuya originalidad es desdibujada cuando el autor señala que su
principal característica fue seguir los pasos de la generación anterior (SCENNA
1972). Scenna suma a Estrada en las las de la escuela losóca y guizotiana
y lo compara con Vicente Fidel López, pero precisando que contó con menos
talento que este. Sostiene, además, la posibilidad de que Estrada mismo no se
considerara historiador, sino solo educador histórico.
Más allá de esos panoramas generales, algunas pocas contribuciones
se detienen especícamente en las obras históricas de Estrada. Por ejemplo,
Enrique de Gandía se reere a ellas como piezas injustamente desconocidas y
rescata los contenidos y el plan del Ensayo sobre la revolución de los comuneros
del Paraguay. El autor traza una genealogía de desacreditadores del texto,
inaugurada por Pedro Goyena y continuada por Juan Garro y otros biógrafos de
Estrada y argumenta que esa campaña desprestigiadora habría estado dada por
las observaciones críticas sobre la Compañía de Jesús manifestadas por Estrada.
De Gandía destaca, además, la labor documental de Estrada y reivindica las
Lecciones sobre la historia de la República Argentina como “un punto de partida,
un modelo admirable”, “uno de nuestros primeros ensayos de historia patria” y
“manuales de historia integral” (DE GANDÍA 1943, p. 145, 149 y 153; 1962).
Otro breve aporte de Pedro Murúa dene la manera de hacer historia de
Estrada como la de un “Michelet con resonancias criollas” (MURUA 1942, p. 290).
Justica, además, sus formas rudimentarias de documentarse, destacando
que, en la época, no se habían consolidado aún las escuelas históricas que
hacían de la erudición y la crítica documental su quintaesencia (se reere a la
heurística alemana).
Ya en la década de 1960, un artículo de Rosa Zuluaga centrado en Estrada
se encarga de señalar que Lecciones de historia de la República Argentina y
La política liberal bajo la tiranía de Rosas son las dos obras que “encierran el
primer intento de una síntesis losóca del pasado nacional, formulada desde
la perspectiva típica del liberalismo democrático de su época” (ZULUAGA 1960-
1961, p. 229). Según esa autora, Estrada habría sido el primer “historiador
ocial”, escritor de la versión del pasado compartida por la generación que ocupó
el escenario público luego de Caseros (ZULUAGA 1960-1961, p. 253).
Otros textos presentan señalamientos generales acerca de alguno de los
escritos históricos de Estrada o de alguna de sus ideas, pero sin pretensiones
interpretativas sobre su producción en el largo plazo. Es el caso de contribuciones
en las que, por ejemplo, se aborda el tema de la historia de las misiones
jesuíticas (MARI 2005) o se plantea algún tipo de enfoque panorámico sobre
las ideas de revolución vigentes en los estudios históricos sobre América Latina
(LINARES QUINTANA 1951).
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Entre la década de 1970 y la actualidad, no se encuentran estudios que
focalicen su mirada en la obra de Estrada. De hecho, aunque una cantidad
signicativa de sus páginas históricas están destinadas a la época de Rosas,
estudios que centran la atención en ese tópico de la historia nacional no se
detienen en su obra (CLEMENTI 1970; QUATTROCCHI-WOISSON 1998).
Por su parte, dentro del marco más especíco de la historiografía del campo
católico argentino, la obra de Estrada fue más bien minimizada. Su primer
biógrafo, Juan Garro, criticó severamente el Ensayo sobre la revolución de los
comuneros y lo consideró obra de una “exaltada imaginación juvenil” que condujo
a su autor a magnicar “aquella revolución local asignándole móviles grandiosos
y proyecciones trascendentales que los hechos no conrmaron” (GARRO 1899, p.
XVIII). Además, señaló que, aunque hubo en Estrada un “historiador concienzudo
y brillante”, sus opiniones negativas sobre el pasado colonial y la Compañía de
Jesús fueron desmesuradas (GARRO 1899, p. XXIII). En otras biografías, que
siempre retoman las apreciaciones de este último autor como punto de partida,
la obra histórica de Estrada es también considerada poco representativa y casi
no recibe atención (DE PATAGONES 1938; TESSI 1928). El Estrada historiador,
en suma, no se ha convertido en una gura recuperable para quienes vindican
al Estrada católico. Paradójicamente, en la obra panorámica más reciente sobre
historiografía argentina, Estrada es considerado un exponente central de una
incipiente historiografía católica argentina (DEVOTO; PAGANO 2009, p. 30).
Estrada y su obra histórica: períodos, tópicos y problemas
Puede que el interés histórico de José Manuel Estrada haya despuntado
cuando escribió una monografía sobre Cristóbal Colón que fue premiada en
1858 por el Liceo Literario. Ya para comienzos de 1862, además, dictó varias
conferencias históricas en la Sociedad de San Francisco Javier.3 Pero si esas
incursiones en los terrenos del pasado depositaron su atención en temas
universales y portaron consigo un tono general, más cercano a la “divulgación”,
para comienzos de la década de 1860, Estrada se interesó de manera decidida
por la historia nacional.
En el marco de La revista de Buenos Aires, empresa editorial que acompañó
de cerca su carrera ascendente, apareció en 1863 un cuidadoso estudio sobre
las ediciones existentes de la obra del padre Guevara (ESTRADA 1863). Se
trata de un trabajo erudito sobre cómo realizar ediciones documentales y sobre
su utilidad para reconstruir el pasado. Además de criticar las ediciones del
padre Guevara realizadas por Pedro de Angelis y Félix de Azara y de señalar
detalladamente alteraciones, el joven devenido casi metodólogo avant la
lettre manifestó allí sus preocupaciones por el estado de los documentos y los
repositorios del país. Además, postuló por primera vez sus ideas acerca de
la utilidad de la historia y esbozó un doble programa: reconstruir el pasado
por medio del tratamiento sistemático de fuentes y cumplir con una misión
3 AGN/UCA, FDJME, Cuadernillo de conferencias de historia dictadas en la Sociedad San Francisco Javier.
Signatura. Top: 3372. Folios: 609 a 676, 08/12/1861.
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patriótica. Desde su perspectiva, la historia podía movilizar “el espíritu del país,
que debe tener hambre de conocerse a sí mismo, para aprender a amarse.
No hay prédica más ecaz de amor a la patria, que la historia bien estudiada”
(ESTRADA 1863, p. 156).4
Luego de la aceptación generada por la lectura de fragmentos de su obra
en el Círculo Literario (BRUNO 2014), Estrada publicó, en 1865, Ensayo histórico
sobre la revolución de los comuneros del Paraguay en el siglo XVIII.5 En el
momento de aparición de ese volumen, su autor ocupaba el cargo de secretario
de la Comisión Sanitaria de Hospitales Militares, presidida por Juan Montes de
Oca, y seguía atentamente los ritmos de la guerra de la Triple Alianza. En esos
años participó también en el diario de Bartolomé Mitre, La nación argentina,
justamente en el momento en el que el presidente de la Argentina se convirtió
en la gura central en tiempos del conicto.
En las interpretaciones de Estrada, Paraguay era una nación enemiga y
escribir su historia asumía una contemporaneidad indiscutida. Estrada asumió
esa urgencia combinando su tarea periodística con su labor como historiador.
Los antecedentes narrados en los capítulos del ensayo sobre la revolución de los
comuneros permitían conocer “el terreno en que vino a plantear sus trabajos
de zapa y corrupción el Dictador perpetuo, y las esperanzas que la marcha
ulterior impresa a la política ha defraudado para el mismo pueblo y para la
América liberal” (ESTRADA 1899, p. 352), mientras que el apéndice que narraba
la historia del Paraguay y su decadencia hasta 1865 propiciaba una comprensión
particular del conicto.
El entusiasmo que le generó la contienda es contundente en ese apéndice. A
tono con otras lecturas contemporáneas sobre la Guerra del Paraguay (BREZZO
2006), Estrada planteó la guerra en términos duales de civilización-barbarie,
tiranía-libertad:
La guerra [...] está trabada entre la civilización y la barbarie. Representa
la lucha de todos los pueblos del Plata en defensa propia y en prosecución
de un objetivo inspirado por la generosidad del corazón democrático, que
palpita vigorosamente en las tres naciones aliadas (ESTRADA 1899, p. 351).
En el registro histórico del libro, Estrada recorre la historia colonial y
juzga negativamente a la monarquía española y a la Compañía de Jesús por
sus acciones centralizadoras. Los levantamientos comuneros son narrados por
medio de personajes históricos que considera centrales: el índice se organiza
sobre los nombres de Don José de Ábalos, Don Diego de los Reyes, Don Tomás de
Cárdenas, Don José de Antequera, Don Fernando Mompo, Don Ignacio Sorotea
4 Cabe destacar que, aunque algunas de las intervenciones de Estrada estaban en sintonía con discusiones
que mantenían sus contemporáneos, él no participó activamente en los debates centrales de esas décadas
sobre metodología ni vinculados a los “mitos fundantes” de la nación y la nacionalidad. Para un análisis sobre
el contexto de producción en el que se inscribe la obra de Estrada remito a DEVOTO; PAGANO 2009, p. 13-72
y EUJANIAN 2003, p. 17-42.
5 Supuestamente, el contenido de este texto formaría parte de una más ambiciosa Historia de la provincia
de Misiones, que nunca fue concretada. Pueden verse borradores de la obra en AGN/UCA, FDJME, Capítulo
primero de la obra “Historia de la Provincia de Misiones”, referido a la conquista de América. Signatura. Top:
3370. Folios: 570 a 593.
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y Barreyro, entre otros. Apunta que los comuneros “galvanizaron un pueblo
aletargado para llevarlo a sofocar la voluntad vehementemente manifestada
de otro pueblo viril, que reclamaba a todos los usurpadores del derecho
una limosna de libertad y una migaja siquiera de justicia y decoro político”
(ESTRADA 1899, p. 51). Encuentra en la revolución loables motivos: rescata
que las ciudades (el poder local) se enfrentaron en la revolución a la injusticia
de la monarquía (el poder centralizado). Se concentra, además, en la gura de
los caudillos, preguntándose si ellos son manifestaciones naturales del pueblo
o simples líderes políticos oportunistas. Esos interrogantes sobre las tensiones
entre centralismo y localismo y los caudillos en relación con las fuerzas sociales
atravesaron su lectura del pasado nacional en los años posteriores.
En relación con la concepción de historia de Estrada, en el mismo texto
señalaba que era necesario contar el pasado con grandes trazos y con tono
interpretativo: “abrazar los conjuntos, descuidando los detalles, y narrar
sintéticamente los hechos para someterlos a juicio y discurrir sobre su carácter
y signicación” (ESTRADA 1899, p. VII). Quizás fue esa concepción histórica la
que condujo a los autores de los textos historiográcos reseñados a caracterizar
la obra de Estrada como losofía de la historia.6
La recepción de ese ensayo entre sus contemporáneos fue amplia. Pedro
Goyena describió el texto como fruto de un desmedido fervor juvenil (GOYENA
1965, p. 122). Aunque reconoció que el plan de la obra respondía “a todas
las exigencias de un espíritu anheloso de información”, criticó los excesos: “el
señor Estrada exagera la importancia de los hechos que forman materia de su
libro”. A partir de ese argumento, señaló que Estrada le había dado demasiada
centralidad a “un pueblo inculto que se levantaba estremecido por la atracción
fascinadora de un caudillo (Fernando Mompo)” y denió el levantamiento como
“sublevación de esclavos” (GOYENA 1965, p. 123). En un tono más elogioso,
Nicolás Avellaneda y Bartolomé Mitre7 hicieron llegar sus felicitaciones al autor
del Ensayo. Mitre no dudó en marcar su paternidad a la hora de hablar del
Estrada historiador:
Siga Ud. adelante que suyo será el tiempo [...] Mi aplauso será el más
sincero de todos, porque además de ser hijo de la amistad, se revelará en
él la satisfacción propia de haber sido uno de los primeros que presentí el
rico germen que encerraba su corazón y su cabeza.8
Aunque no se encuentran evidencias acerca de las opiniones de Mitre sobre
el apéndice que Estrada sumó a su libro —conformado por la reescritura de
sus artículos periodísticos de La nación argentina—, quizás la lectura sobre la
guerra y su rol civilizador fue por él bien recibida. Desde la perspectiva del
propio Estrada, su pluma había prestado un servicio al país en el contexto de la
6 Para consideraciones sobre las posibilidades de desarrollo de ideas históricas en el siglo XIX puede verse
PRADO 1999.
7 AGN/UCA, FDJME, Cuadernillo de copias de correspondencia de Nicolás Avellaneda y Bartolomé Mitre dirigida
a José Manuel Estrada. Signatura. Top: 3366. Folios: 173 a 177, 1865.
8 AGN/UCA, FDJME, Carta de Bartolomé Mitre a José Manuel Estrada. Signatura. Top: 3366; Folio: 178,
15/06/1865.
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Guerra del Paraguay: “podré no adquirir reputación literaria, pero conquistaré
seguramente algo que debe estar más arriba en la conciencia del ciudadano: la
satisfacción de haber cumplido; y porque este libro, bueno o malo, representa
un esfuerzo en servicio de mi país” (ESTRADA 1899, p. X).
También en 1865 Estrada publicó traducciones de cartas de los padres
Gervasoni y Cattaneo en la Revista de Buenos Aires. Los textos están precedidos
por una carta-introducción destinada a Vicente Quesada. En ese escrito se
muestra como un conocedor de los debates acerca del método histórico vigentes.
Menciona las formas de pensar la historia de Thomas Macaulay en términos
ejemplares (especialmente su forma de organizar el relato histórico en Historia
de Inglaterra desde el advenimiento de Jaime II) y plantea programáticamente
su forma de hacer historia:
el hombre serio que aspira a apoderarse de los secretos históricos de un
pueblo, y dominar su genio y resolver los problemas de su destino (noble y
altísimo objeto de la historia) debe explorar cuidadosamente sus rumbos,
analizar los resortes de su vida y leer, por decirlo así, las pasiones que lo
han perturbado, los vicios que lo tiranizaron, y las ideas que germinaban
en su espíritu retemplando o relajando su nervio (ESTRADA 1865, p. 553).9
Esa propuesta, ya antes esbozada, guió a Estrada en su trabajo como
historiador de la Argentina. Luego del estudio sobre los comuneros, abandonó
el camino de la recopilación de documentos y se alejó cada vez más de las
formas “mitristas” de hacer historia. Denió así un perl de historiador que
interpretaba las relaciones entre pasado, presente y porvenir en detrimento
de un historiador erudito.
Gracias a su trabajo sobre los comuneros, Estrada fue convocado por
Luis Peña, Director General de Escuelas, para dictar un curso de historia en
la Escuela Normal de Buenos Aires. En la correspondencia intercambiada por
ambos respecto de ese curso, Estrada señaló ejemplos de textos históricos que le
resultaban útiles para pensar la forma de dictar sus lecciones (incluyó a François
Guizot, Fréderic Ozanam, Edgard Quinet, Édouard Laboulaye) y propuso:
estudiar grandes grupos de hechos, el análisis de diversos estados sociales
recorridos por la República, desde el descubrimiento hasta nuestros
días, del espíritu que los ha precedido y de las consecuencias que han
entrañado; estudiar decía el desarrollo de las ideas, de los principios y
de la riqueza pública, terminando por el examen de la actualidad y los
presentimientos del provenir.10
Con esas pretensiones en mente, dictó en 1866 sus lecciones.11 Los tópicos
centrales de las conferencias fueron: los vicios “antidemocráticos” legados por
la sociedad colonial y el poder centralizador de la monarquía española; las
9 Las traducciones continuaron apareciendo hasta el Tomo XI de la revista y se reprodujeron en ESTRADA 1901.
10 AGN/UCA, FDJME, Carta de José Manuel Estrada a Luis De La Peña; Signatura. Top: 3371. Folios: 1 y 2,
17/10/1865.
11 Existe una publicación póstuma de algunas de las veintiocho conferencias que dictó y que fueron seleccionadas
por su hijo Alberto Estrada: ESTRADA 1901.
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potencialidades del poder municipal como base de la organización de una nación,
la “tiranía” de Juan Manuel de Rosas y la Constitución de 1853, entre otros.
Otro grupo de lecciones estuvieron destinadas a repasar la historia desde
1492, deteniéndose en el virreinato. En esas conferencias sostuvo una mirada
entusiasta ante los destinos históricos de Estados Unidos y la gura del pioneer.
Cumplida su tarea, él mismo se percibió como un “laborioso obrero del progreso
nacional” (ESTRADA 1901, p. 46). Este primer ciclo de conferencias fue
excelentemente recibido por diferentes medios de circulación periódica. Rezaba
La revista de Buenos Aires:
El interés que inspiran sus serias investigaciones está justicado por la
inmensa concurrencia que lo escucha [...] Estrada inicia con sus lecturas
un nuevo rumbo a las ocupaciones serias de la juventud: sus lecciones
obligan a meditar y a darse cuenta del origen y causas de males que nos
trabajan, sembrando los buenos principios, con prescindencia del interés
de partido que tan deslealmente ha falseado a veces lo que ha llamado
historia (QUESADA 1866, p. 158 y 160).
Sin embargo, no fueron esas conferencias las destinadas a trascender
sino las pronunciadas en la Escuela Normal en 1868 y publicadas primero en
Revista argentina y luego en dos volúmenes como Lecciones de historia de
la República Argentina. Estrada asumió una vez más la preparación de esas
lecciones como un trabajo precursor: “la primera exposición cientíca de la
generación democrática del pueblo argentino” (ESTRADA 1896a, p. VI). Las
lecciones recorren la historia desde la conquista hasta la época de Juan Manuel
Rosas. En cuanto a las fuentes, se encuentran referencias a los cronistas y a las
Leyes de Indias, a los escritos del Deán Gregorio Funes, Juan Ignacio Gorriti,
Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre, entre los
más destacados; además de algunas referencias a diversos documentos ociales
(decretos, proclamas, ocios, actas, como las de la Asamblea de 1813 y las del
Congreso de 1816) y fuentes periódicas (especialmente la Gaceta, para los
tiempos de la revolución).
Estrada termina de condensar allí sus ideas sobre el despliegue histórico de
estas tierras: el poder absoluto de la monarquía hispánica fue ilegítimo porque
se dedicó a aplastar y destruir las libertades. La usurpación, la violencia, el
fanatismo, las jerarquías obtusas, la enfeudación y la decadencia fundaron “a
la sociedad argentina sobre una absoluta y múltiple negación de la libertad”
(ESTRADA 1896a, p. 105). Pese a ese estéril cuadro, se sembraron las semillas
de la nacionalidad argentina, que encontrarían un paulatino desenvolvimiento
luego de la revolución de 1810, momento de inicio de “la verdadera historia de
los pueblos” y del “desarrollo político y moral” (ESTRADA 1896a, p. 72).
A tono con los trabajos de publicistas de las décadas anteriores (WASSERMAN
2004; 2008) y con algunos de sus contemporáneos (EUJANIAN 2003; PRADO
1999), para Estrada los legados coloniales fueron difíciles de administrar
en los procesos históricos argentinos; y, desde su perspectiva, dado que la
revolución fue obra del pueblo, la anarquía se manifestó como una expresión
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de la democracia. Reaparece así una preocupación ya presente en el ensayo
sobre los comuneros: ¿los caudillos eran la encarnación de una fuerza legítima?
Ya en estas lecciones realiza una semblanza de Rosas en varios trazos: “lo
vimos crecer a la sombra de los desórdenes y gracias a funestos errores de los
partidos civilizados” (ESTRADA 1896b, p. 403-404); y señala que ese personaje
representó a una fuerza social. Años más tarde retomó esas ideas en La política
liberal bajo la tiranía de Rosas.
La campaña: una maqueta de observación sociohistórica
A lo largo de esos años, Estrada analizó el pasado nacional argentino con
una pregunta rectora: ¿cómo encontrar un orden para la nación en el cual la
política y la sociedad fueran dos esferas mutuamente acompasadas? Desde sus
primeras lecciones históricas postuló que la revolución de mayo de 1810 había
marcado un doble destino para la Argentina, ya que había sido una revolución
política y a la vez social (ESTRADA 1917, p. 38; 1904). A partir de entonces,
las relaciones entre política y sociedad condicionaron momentos problemáticos
o armónicos para el país.
En esos encuentros y desencuentros entre la sociedad y la política, el
rosismo fue un período histórico particular. A diferencia de quienes sugerían que
el “tirano” era una emanación monstruosa, Estrada pensó en Rosas en términos
de un “producto de la sociedad de su tiempo” que había sabido conciliar, tiránica
pero efectivamente, las necesidades de la sociedad con los intereses políticos
(ESTRADA 1903, p. 75). Ninguna de las experiencias desplegadas entre 1810 y
nes de la década de 1820 había conseguido ese objetivo.
Ahora bien, ¿cómo recrear la alianza sociedad-política que el rosismo había
conseguido pero bajo formas democráticas, civilizadas y ordenadas? En ese
punto, Estrada señaló que Esteban Echeverría y los hombres de la “generación
del 37” habían realizado un pronóstico errado. Habían creado una serie de
proyectos nacionales a la sombra del odio al tirano y desde el lugar del discurso
enemigo. Era necesario revisar esas propuestas para establecer de manera
menos apasionada las prioridades y pensar en las lecciones del rosismo. A su vez,
se imponía la necesidad de observar la realidad social argentina. Los proscriptos
unitarios y los hombres del 37 no habían estado en condiciones de hacerlo
(ESTRADA 1917, p. 324-339), pero la “nueva generación democrática” debía
asumir esa observación de la sociedad como un mandato patriótico (ESTRADA
1896a, p. VI).
La tarea de los hombres que ocuparon el escenario post-Caseros era para
Estrada doble: alcanzar la conciliación al interior de la arena política entre las
facciones y reconstruir el lazo entre la esfera política y la social. Así,
derrocar a Rosas era nada. A lo sumo importaba remover un estorbo
vivazmente arraigado por el terror y la corrupción, imperante por la
fuerza que disciplinaba sobre una sociedad descompuesta. […] su caída
habilitaba al pueblo para continuar la elaboración revolucionaria en el
fondo de la sociedad y en el terreno de las instituciones. Tal era la misión
histórica de los hombres traídos al gobierno después de la batalla de
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Monte Caseros: puricar al país, adelantar su organización, restablecer y
vigorizar la unidad de la patria (ESTRADA 1904, p. 40-41).
El año de 1852 habría generado un escenario desierto: “un tirano caído y
un pueblo incompletamente rehecho para la libertad: una nacionalidad en vía de
reorganizarse y ningún elemento positivo para constituirla” (ESTRADA 1904, p.
45). Urquiza, considerado “hombre educado en las tiendas de las montoneras y
engreído por un largo ejercicio de la tiranía” (ESTRADA 1904, p. 45), no había
estado a la altura de las exigencias de la conducción de ese proceso. Bartolomé
Mitre, gura en la que Estrada depositó su conanza juvenil, había tratado de
reconducir el proceso por medio de la guerra.
Como se ha sugerido, la fascinación de Estrada frente a la Guerra del
Paraguay se tradujo en un respeto solemne por la gura de Mitre. El fervor
bélico, sin embargo, fue breve y Estrada entendió que más que solucionar
los problemas estructurales de la Argentina, la guerra los había postergado:
la política y la sociedad continuaban siendo dos esferas escindidas luego del
mandato de Mitre.12 Estrada cerró su ciclo de expectativas en el mitrismo con
una reexión: “el sable mutila, pero no regenera” (ESTRADA 1903, p. 94).
En el contexto de la candidatura de Domingo F. Sarmiento a la presidencia,
Estrada planteó un giro hacia una solución destinada a perdurar en su ideario:
era necesario un equilibrio entre “la moral y la democracia”, fórmula en que
encontraba la traducción del maridaje necesario entre la sociedad y la política
(ESTRADA 1903, p. 74). Ese equilibrio, según él, podía llegar con la conducción
de Sarmiento, menos propenso a guerrear y más volcado a diseñar programas
de progreso social.13
Con ese principio en mente, durante las décadas de 1860 y 1870, Estrada
pensó los problemas de la Argentina a partir de un objeto-tópico: la campaña.14
Observándola en el largo plazo detectó principalmente tres desbarajustes. En
primer lugar, la vida de sus habitantes dejaba en evidencia una desigualdad
social estructural entre el campo y la ciudad (ESTRADA 1903, p. 87) que
propició el surgimiento de caudillos. En segundo lugar, la centralización política
y económica no atendía las demandas de los hombres de la campaña (ESTRADA
1903, p. 103).
La Argentina anhelada por Estrada debía dar respuesta a esos desequilibrios.
Las soluciones que propuso variaron con el tiempo. Hacia 1868, encontraba la
solución en la fórmula sarmientina: “educación para todos, educación común,
educación igual, educación republicana” (ESTRADA 1903, p. 94). Esta educación
acortaría los plazos para llegar a la alberdiana república verdadera. Armaba que
era una falacia pensar que el pueblo no estuviera preparado para la democracia.
12 Para una mirada retrospectiva y más distante y cautelosa respecto de la guerra y sus costos, véase ESTRADA
1904, p. 243-245.
13 Aunque, como ha sostenido Botana, el Sarmiento de la presidencia se volcó por las ideas de la necesidad de
una”república fuerte”, Estrada vio durante su mandato al Sarmiento de las virtudes cívicas (BOTANA 1991).
14 Halperin Donghi presentó este tópico de Estrada deteniéndose en el artículo más tardío, de 1873, sobre
el tema (HALPERIN DONGHI 1995). Se recupera aquí el despliegue de algunas ideas que Estrada trató en
escritos de 1868, 1869 y 1873.
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Solo era necesario “moralizar al pueblo (y) poner a la universalidad de los
individuos en la aptitud de ejercitar todos sus deberes” (ESTRADA 1903, p. 88).
Apenas un año más tarde, sumó una resolución económica para encarrilar
los males sociales. En ese sentido, elogiaba el programa de colonización agrícola
pensado por Sarmiento para ordenar la vida de “nuestros nómades pastores”. Si
las soluciones indicadas (educación popular y colonización agrícola) no se hacían
efectivas a la brevedad, podría tomar forma aquella “ecuación patológica” de la
sociedad argentina: “un engendro liberal, más una superfetación de barbarie”
(ESTRADA 1903, p. 121).
Poblar no era para Estrada la solución más contundente para erradicar
el desorden. Así lo expresó en sus críticas a Juan B. Alberdi en el marco de
su comentario de 1875 a Peregrinación de luz del día (ESTRADA 1904). Para
gobernar era necesario resolver problemas intrínsecos de la sociedad heredada,
ya que, si antes se le sumaban nuevos conictos, el resultado sería una
superposición de tipos sociales que solo generaría más tensiones:
el propietario que aplica a su manera las doctrinas que prevalecen en las
instituciones, y que para cultivar ecazmente su propio y directo interés,
rechaza al paisano que va a pedirle trabajo […] busca al extranjero, hecho
dueño del país por la imprevisión de nuestras leyes, que lo protege, lo
mima, lo enriquece; y mientras el gaucho guerrilea en la frontera y su
triste hogar se apaga, el vasco se familiariza con el chiripá y pastorea los
rebaños del irlandés adusto, que a su regreso lo recibe con la escopeta
bajo el alero del rancho, o de la limosna cuando el aguardiente lo pone
expansivo (ESTRADA 1903, p. 113).
Sarmiento y sus proyectos descentralizadores —de educación y
colonización— podrían haber encauzado más ajustadamente el proceso de
regeneración. Sin embargo, hacia 1873, Estrada regresó a mirar la campaña
y una vez más sus reexiones eran amargas (ESTRADA 1904, p. 60). No se
habían atendido las urgencias y la campaña había sido “suprimida del vocabulario
político de este país” (ESTRADA 1904, p. 59). Los sucesores de Rosas no habían
dado respuestas efectivas a los desequilibrios intrínsecos.
La conanza en los hombres políticos descollantes comenzaba a resultarle
a Estrada una opción ociosa y empezó a ser reemplazada gradualmente por
una fuerte crítica a los usos que esas guras hacían de las formas y prácticas
democráticas. Estrada vio particularmente a la política de facciones como la
responsable de “la inmoralidad cívica” (ESTRADA 1904, p. 291) y la corrupción.
Mientras tanto, se profundizaba la centralización de las atribuciones del Estado,
que, para Estrada, aislaba cada vez más a la política de la sociedad: “si un
pueblo incide en la locura del centralismo, no gozará jamás de las ventajas
del gobierno de la sociedad para la sociedad, es decir, de una vida orgánica
perfecta” (ESTRADA 1904, p. 294).
Retomando su interés por el régimen municipal, Estrada asumió para
mediados de la década de 1870 que la puesta en práctica de programas
descentralizadores no solo permitiría una mejor administración del poder y todas
sus expresiones, como las judiciales (ESTRADA 1904, p. 102-109), sino también
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una más sana reconguración de las estructuras sociales viciadas. Solo si el Estado
omitía sus responsabilidades a la hora de propulsar una regeneración social, otras
instituciones podían cubrir las demandas insatisfechas (ESTRADA 1904, p. 306).
Las repercusiones de las “lecciones históricas” de Estrada
Las lecciones e intervenciones históricas de Estrada fueron aclamadas por
los hombres de cultura de manera recurrente. Sobre ellas, señaló Groussac que
“sin aparato erudito, esta revista de la historia patria contiene más sustancia
medular, más enseñanza efectiva que muchas compilaciones ambiciosas e
inventarios del pasado” (GROUSSAC 1897, p. 2).
Otros juicios fueron menos halagüeños. Entre ellos, se lee que, en sus
Lecciones, “las palabras son más grandes que los personajes, y los párrafos
más complicados que los acontecimientos” (CONGRESO DE 1886, p. 121). Por
su parte, Rómulo Avedaño escribía en las páginas de La revista de Buenos Aires
que el conferencista se había encargado de ensuciar el nombre de prohombres
patrios —se refería a la Sociedad Lautaro— mientras “que tuvo bastante calor en
defender la gura raquítica y defectuosa de don Santiago de Liniers y Bremont”
(AVEDAÑO 1869, p. 441).
Aunque la observación es maliciosa, ya que se juzga a Estrada por reivindicar
a su bisabuelo, el virrey Liniers, habilita a una observación interesante acerca
de su obra histórica: a lo largo de sus escritos, no tuvo una preferencia por
los grandes hombres, sino por los que entendió como emanaciones de fuerzas
sociales. De allí su atención por personajes como Fernando Mompo para analizar
el levantamiento de los comuneros y, aunque con otro tono, por Rosas.
Luego del éxito de las lecciones de la Escuela Normal, Estrada recibió una
designación de Sarmiento para estar al frente de la Cátedra de “Historia Argentina
e Instrucción Cívica” en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Su performance
docente en ese establecimiento fue ampliamente reconocida. Su poder oratorio
y su carisma son elementos reiterados en el marco de evocaciones como la que
realizó Martín García Mérou:
José Manuel Estrada fomentaba en los alumnos del colegio la inclinación
a los estudios literarios. La austeridad de su carácter y de su indiscutible
talento inspiraba a todos respeto y simpatía [...] Jamás ha llegado
Estrada a un grado más alto de elocuencia arrebatadora que aquella
noche inolvidable en que hizo temblar y vibrar como sacudidos por una
corriente eléctrica (GARCÍA MÉROU 1973, p. 39-40).
Desde su cátedra del Colegio Nacional de Buenos Aires fue que dictó
en 1873 lecciones que se publicaron bajo el título La política liberal bajo la
tiranía de Rosas. Se trata de un comentario sobre el Dogma socialista, pero
basado en una revisión general de la historia argentina. Al escrito de Echeverría
lo considera fruto de la “política militante” (ESTRADA 1917, p. 181) y juzga
algunas interpretaciones como erradas. El autor de La política liberal… se
muestra capaz dar cuenta de las novedades intelectuales (Tocqueville, Guizot,
Taine), de los clásicos (Beccaria, Montesquieu, Rousseau, Kant), así como
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también de las ideas positivistas y cienticistas (menciona a Auguste Comte,
Stuart Mill, Charles Darwin, Michel Serres). No duda en armar la utilidad de
las leyes para entender la sociedad y subraya que “el progreso es la ley de la
vida; y el progreso es desarrollo y construcción” (ESTRADA 1917, p. 68-69). De
todas formas, maniesta los límites de esa máxima señalando que las teorías
cienticistas son útiles para pensar “al conjunto de la naturaleza, (pero) no a los
individuos” (ESTRADA 1917, p. 103).
En la primera lección Estrada sistematiza ideas ya expresadas: “la tiranía
de Rosas (fue) la forma de la democracia bárbara en sus degeneraciones
naturales y el nudo histórico de la revolución nacional” (ESTRADA 1917, p. 60).
Asimismo, presenta una lectura más contundente de la revolución de 1810, a la
que considera una “doble revolución”: por un lado “obra del pueblo” y, por otro,
de una “clase pensadora” (ESTRADA 1917, p. 38). Critica la visión del partido
federal y del partido unitario y postula duros juicios sobre la capacidad del
“elemento pensador” a la hora de interpretar al “elemento popular” (ESTRADA
1917, p. 46). Esos desdoblamientos se tradujeron en la bifurcación de intenciones
y demandas que explicarían los posteriores problemas argentinos.
En la Lectura XI, retoma un tema que ya se subrayó: el valor del municipio
como la base de la organización democrática de la sociedad y, en esa dirección,
critica ferozmente la supresión de los cabildos de 1821 (ESTRADA 1917, p.
254).15 Entiende ese hecho como una oportunidad perdida para organizar la
nación en términos realmente democráticos y progresistas (ESTRADA 1917, p.
263). Posteriormente, aborda la cuestión del federalismo y del sistema federal
y lamenta, en varias páginas, el error de cálculo que implicó en la historia de
la Argentina que los gobiernos nacionales intervinieran constantemente en “los
asuntos interiores de las provincias” (ESTRADA 1917, p. 283).
Consideraciones nales
Rótulos como los de “historiador-orador”, “historiador ocial”, “educador
histórico”, “historiósofo” fueron utilizados para pensar el perl de Estrada como
historiador. Alejado de la erudición documental, no ingresó al panteón de los
historiadores más reconocidos. La historiografía católica, por su parte, no
recuperó al Estrada historiador por diversos motivos: él criticó a la Compañía de
Jesús, evaluó en términos peyorativos a España, exaltó la revolución contra la
opresión, simpatizó con la guerra civilizadora, coqueteó con la idea de la ley del
progreso como ordenadora de la historia e hizo de los Estados Unidos un modelo
a la hora de entender las formas de convivencia entre la libertad y la fe. Pese a
ello, a juzgar por las opiniones de sus contemporáneos, Estrada fue percibido
como una promesa para la cultura nacional y cada una de sus actividades se
consideró un aporte a la vida del país.
La trayectoria personal de Estrada, leída en paralelo a sus estudios históricos,
muestra una serie de particularidades interesantes en relación con la de varios
15 Años más tarde, el debate acerca del rol de los cabildos fue tema de interés para guras como Rodolfo
Rivarola y José Nicolás Matienzo (TERNAVASIO 2006).
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de sus contemporáneos. A diferencia de otras familias patricias de hombres que
ocuparon la escena pública en la segunda mitad del siglo XIX, como Héctor Varela,
Miguel Cané, Eduardo Wilde, Eduardo Holmberg o Lucio V. López, la familia de
Estrada no fue perseguida durante el rosismo ni sufrió la experiencia del exilio.
Sin embargo, Estrada es quizás quien legó, tanto en sus Lecciones de historia
de la República Argentina como en La política liberal bajo la tiranía de Rosas,
las lecturas más críticas sobre el pasado rosista, aunque siempre entendió el
fenómeno como resultado de las dinámicas sociales y políticas del país. Ese hecho
explica, quizás, su paulatino alejamiento de quien había sido su amigo y guía
intelectual en su temprana juventud, Lucio V. Mansilla (quien era, como es sabido,
sobrino de Rosas). En sentido inverso, aunque su bisabuelo, el virrey Liniers, fue
víctima de la revolución de 1810, Estrada reivindicó los sucesos revolucionarios.
A juzgar por esos indicios, no fueron móviles o deudas familiares los que
lo condujeron a pensar el pasado. Sus relatos históricos pueden inscribirse, sin
demasiados problemas, en la tradición abocada a narrar la nación y dotarla de
una identidad. Varias de las interpretaciones de Estrada coinciden con las de
Bartolomé Mitre. Sin embargo —y este es un interesante rasgo de su lectura
sobre el pasado—, su interpretación sobre la etapa prerrevolucionaria se distancia
de las propuestas por el historiador de Belgrano y San Martín. No encontró en
el pasado colonial ningún tipo de preconguración de un destino democrático
para la Argentina. De hecho, si hubiese que buscar un continuador de la obra
de Estrada en lo que respecta a su opinión sobre la sociedad prerrevolucionaria,
podría pensarse en el Juan Agustín García de La ciudad indiana.
Por su parte, Estrada pensó el rosismo como parte de la autobiografía
de la nación y no como un paréntesis en su devenir, y eso no fue moneda
corriente para la época. Lo que lo diferencia de autores que luego se ocuparon
del rosismo, como Ernesto Quesada en La época de Rosas y Adolfo Saldías
en Historia de la Confederación Argentina: Rosas y su época, es que, para la
época en que se propuso pensar el rosismo, los balances sobre este todavía
organizaban las pasiones políticas. Pese a ello, su interés por las relaciones
entre caudillos y fuerzas sociales y sus preguntas sobre el origen de las tiranías,
como es sabido, fueron tópicos que numerosos intelectuales reconsiderarían a
la luz de las novedades de las ciencias sociales en las décadas posteriores. El
ejemplo obvio es el de Las multitudes argentinas y de Rosas y su tiempo, de
José María Ramos Mejía.
Respecto de la lectura negativa sobre la tradición hispánica, la propuesta de
Estrada se encuentra bastante cercana a las postuladas por Vicente Fidel López en
Historia de la República Argentina: su origen, su revolución y su desarrollo político
hasta 1852 y replanteada más tarde por Agustín Álvarez en La transformación
de las razas en América. Se puede situar, por su parte, en la vereda opuesta a
las claves interpretativas del Francisco Ramos Mejía de El federalismo argentino,
sostenedor de una vindicación de la tradición hispano-católica y de la recuperación
de España para trazar los orígenes de la nación. Sin embargo la mirada positiva
sobre los cabildos como germen y pilar de la organización federal de la Argentina
puede acercarlo al mismo Francisco Ramos Mejía.
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Así, pese a que varios de los tópicos expuestos desde mediados de la
década de 1860 y comienzos de la década de 1870 en la obra histórica de
Estrada estuvieron destinados a ser puntos de interés clásicos, su legado no
llamó ampliamente la atención a la posteridad. Entre sus pares, por su parte,
solo el poco afecto a reconocer guías intelectuales Paul Groussac, reriéndose al
Estrada historiador, lo recordó como “maestro mío en la materia” (GROUSSAC
1919, p. 5). Es quizás la preferencia por elegir guras históricas que no encajan
en el perl del gran hombre lo que permite trazar una continuidad entre Estrada
y Groussac (BRUNO 2005; 2011). De todas maneras, aunque no fue reconocido
como padre fundador de una escuela fructífera, existen indicios para pensar que
las Lecciones de historia de la República Argentina tuvieron cierto efecto en la
redacción de otros libros destinados a la enseñanza de la historia.16
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16 En este sentido, por ejemplo, véase en el Anuario bibliográco la reseña de las Lecciones de historia nacional
de Agustín Pressinger (catedrático del Colegio Militar de la Nación y del Colegio Nacional de Buenos Aires)
publicadas por Imprenta Ostwald en 1880; allí se lee:”El compendio de historia del Sr. Agustín Pressinger
diere fundamentalmente de los compendios que conozco […] el autor ha tenido que consultar su capacidad
general, y ha hecho un trabajo sencillo y claro, […] pero a la vez de un método que abre vastos y profundos
horizontes a la enseñanza de la historia patria, y acusa, aunque el autor no lo conese, la preferencia que ha
dado en sus estudios a las lecciones de D. José Manuel Estrada” (ANUARIO 1880, p. 146).
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Durante un largo periodo en la Argentina, al menos hasta mediados dcl siglo XIX, el conocimiento del pasado colonial apenas avanzó y estuvo apoyado en has antiguas crónicas y dominado por un creciente prejuicio antihispánico. Aunque hubo intentos de cambio durante ha segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, este prejuicio y otras limitaciones de orden metodológico continuaron restringiendo el tratamiento objetivo de buena parte de la etapa colonial, especialmente de aquellos temas que por mucho tiempo fueron polémicos, como por ejemplo los concernientes a ha acción de los jesuitas en el ámbito ríoplatense. Precisamente este tema provocó controversias y enfoques diferentes según las ideas, y el perfil de cada uno de los autores que abordó la cuestión. En las páginas siguientes se intentará mostrar las apreciaciones que ha merecido la misma por parte dc algunos historiadores emblemáticos en la historiografía Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX. Palabras clave: Historiografía, jesuitas, Argentina, controversias, siglo XIX.
Article
El argentino Estanislao Zeballos (1854-1923) proyectó una Historia de la Guerra del Paraguay utilizando como fuente la memoria de sus actores tanto de los que habían combatido del lado paraguayo como de los que lo habían hecho en el ejército de la Triple Alianza y optando como estrategia el personal recorrido por todo el escenario en el que se desarrollaron las acciones militares. Pero Zeballos falleció sin concluir su relato, dejando toda esa serie de valiosos testimonios orales provenientes de actores militares y testigos civiles de la contienda. Durante los últimos años hemos procurado localizar y analizar esas narraciones, con el objeto principal de estudiar los argumentos sobre el origen y el desarrollo de la guerra emanados de los propios actores y testigos del acontecimiento.
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José Manuel Estrada (1842-1894) y su obra histórica en la Argentina de las décadas de 1860 y 1870
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