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Territorialidad y fronteras del estado-nación: Las condiciones de la política en un mundo fragmentado

Authors:
Territorialidad
y fronteras del
estado-nación:
Las condiciones de
la política en un
mundo fragmentado
Heriberto Cairo Carou
«[La geografía] debe mostrar [...] que las
fronteras políticas son reliquias de un bár -
baro pasado; y que el trato entre los distin -
tos países, sus relaciones y su influencia
mutua, están sometidos a unas leyes tan
poco dependientes de la voluntad de separar
a los hombres como las leyes que rigen el
movimiento de los planetas»
(Piotr Kropotkin:
Lo que debe ser la geografía)
R
ecientemente se ha realizado en
Madrid una campaña de promoción,
con objetivos de diversa índole, de
uno de los Estados vecinos de España bajo la
denominación general de «Perfil de Portugal».
La imagen elegida para identificar la campaña
y que estaba presente en los folletos de propa-
ganda era una versión estilizada de un mapa de
Portugal
1
, es decir, un mapa en el que estaban
dibujadas –en algún caso recortadas– las fron-
teras de una unidad política que conocemos
bajo ese nombre. Fácilmente podría concluirse
que ese mapa es un signo que representa Por-
tugal
2
. Pero, ¡atención!, un mapa no reprodu -
ce el mundo, lo construye, y, más aún, natura -
liza determinados hechos culturales. Como
señala Wood: «En tanto se acepte que el mapa
es una ventana abierta al mundo, debe aceptar-
se que [...] líneas [como las fronteras] que
representan cosas en él tienen el mismo estatus
ontológico que los arroyos o las colinas [...]
Una vez que se reconoce que el mapa crea
estos límites, ya no puede volver a aceptarse
que representa estas “realidades”, que sólo el
mapa es capaz de dar expresión» (1993: 19).
Hablar de fronteras estatales, entonces, es
tanto como hablar de mapas. Es en los mapas
donde nacen y donde encuentran su soporte.
Benedict Anderson (1991) describe magistral-
mente, apoyándose en el trabajo de Thong-
chai, cómo la introducción de la cartografía de
estilo europeo contribuyó a la construcción de
una nueva concepción del Estado por las eli-
tes gubernamentales tailandesas. Y esta nueva
concepción implicaba una forma diferente de
entender la extensión de la comunidad políti-
ca: «Los hitos y marcas [fronterizas] existían,
y en realidad se multiplicaban a lo largo de los
límites occidentales del reino[...]. Pero estas
29Título del artículo
Heriberto Cairo Carou. Dpto. de CC Política y de la Administración III. U. Complutense de Madrid.
Política y Sociedad, 36 (2001), Madrid (pp. 29-38)
piedras se colocaban discontinuamente, en
pasos de montaña y vados estratégicos, y a
menudo estaban a considerables distancias de
las piedras correspondientes, colocadas por el
adversario. Se les interpretaba horizontalmen-
te, al nivel del ojo, como puntos de extensión
del poder real; no “desde el aire”. En el dece-
nio de 1870 empezaron los dirigentes tailande-
ses a pensar en los límites como segmentos de
una línea continua que no correspondía a nada
visible en el terreno, sino que demarcaba una
soberanía exclusiva colocada entre otras sobe-
ranías» (B. Anderson, 1991 [1993: 240-1]).
Una nueva territorialidad implica una nueva
forma de entender el territorio y sus límites.
En este trabajo intentaremos, precisamente,
establecer las conexiones entre territorialidad
y fronteras, y nos ocuparemos de analizar una
forma específica de ambas, ligada a la sobera-
nía territorial propia del Estado-nación moder-
no. Esto implica, también, mostrar la historici-
dad de estas formas: tienen un principio, con lo
que también tendrán un final, quizás no el
anhelado por los movimientos antisistémicos
de la modernidad, pero sí un final de cuyos
síntomas se hacen eco la Academia y los
medios. No se trata de negar la existencia de
espacios liminales en las comunidades políti-
cas anteriores a las presentes, sino más bien de
contrarrestar la habitual naturalización que se
hace de las fronteras.
1. La territorialidad: un
producto social
E
l concepto de territorialidad aparece
en el vértice de conjunción de múlti-
ples disciplinas de las Ciencias
Sociales e, incluso, de las Naturales. Se ha
indagado en las raíces de la territorialidad
desde la Geografía, la Biología, la Psicología,
la Antropología, la Ciencia Política, la Socio-
logía, la Historia, etc. Pero, a la postre, desde
la perspectiva de la relación entre territoriali-
dad y especie humana podríamos clasificar
prácticamente todos los estudios realizados en
dos grandes categorías: los que consideran que
la territorialidad humana es distinta de la terri-
torialidad animal y los que consideran que son
fundamentalmente el mismo fenómeno.
Para estos últimos, la territorialidad humana
es una compulsión instintiva que el hombre
como todo ser animado posee para defender el
territorio que habita (Ardrey, 1966; Malmberg,
1980); mientras que para los primeros se trata
más bien de una característica cultural especial
de los seres humanos, que se acrecienta en las
sociedades más complejas –especialmente las
dotadas de Estado– (Soja, 1971; Alland, 1972;
Sack, 1986). Evidentemente, unos intentan
naturalizar la territorialidad y los otros la con-
sideran un hecho cultural.
La territorialidad constituye uno de los prin-
cipios centrales de la teoría etológica, que cons-
tituye el paradigma del tratamiento naturalista
de la misma (véase Lorenz, 1966). Se parte de
la consideración de que la territorialidad es una
parte innata de la conducta animal: todos los
animales tenderían a mantener territorios fijos y
espacios individuales, estableciendo límites y
excluyendo o admitiendo en los territorios así
fijados a quien ellos quisieran. Se trataría enton-
ces de una conducta puramente instintiva, y el
hombre, en tanto que animal, participaría de esa
conducta. Así, los etólogos (por ejemplo,
A r d r e y, 1966) opinan que el instinto es una
explicación posible de la tendencia humana
manifiesta a posee r, defender y organizar polí-
ticamente una área geográfica delimitada.
A rguyen que la posesión y la identificación con
un territorio constituyen prerrequisitos para la
satisfacción de necesidades básicas de la gente,
tales como seguridad (que permite superar la
ansiedad), estímulo (que vence el tedio) y, sobre
todo, identidad (que anula el anonimato).
De este modo, acciones tales como expulsar
visitantes no deseados de una propiedad priva-
da, beneficiar la ciudad o región a la que se
pertenece frente a la autoridad central o defen-
der la nación propia contra una amenaza exte-
rior, serían resultado de tendencias innatas, es
decir, genéticamente determinadas, de la con-
ducta humana. En definitiva, el patriotismo o
el nacionalismo se interpretan como nada más
que la expresión humana del instinto territorial
de todo animal: «“Este lugar es mío, soy de
aquí”, dice el albatros, el mono, el pez luna
verde, el español, el gran búho, el lobo, el
veneciano, el perro de las praderas, el picón de
tres espinas, el escocés, el skua, el hombre de
La Crosse (Wisconsin), el alsaciano, el chorli-
to anillado, el argentino, el pez globo, el sal-
món de las Rocosas, el parisino. Soy de aquí,
30 Heriberto Cairo Carou
que se diferencia y es superior a todos los
otros lugares en la Tierra, y comparto la iden-
tidad de este lugar, de modo que yo también
soy diferente y superior. Y esto es algo que no
me puede quitar nadie, a pesar de todos los
sufrimientos que pueda padecer o a donde
pueda ir o donde pueda morir. Perteneceré
siempre y únicamente a este lugar» (Ardrey,
1967: 178).
Ciertamente, algunos partidarios de esta
interpretación admiten que la territorialidad
humana es más compleja que la territoriali-
dad animal, que tiene un desarrollo superior
en la especie humana (Malmberg, 1980).
Pero, aún así, no nos encontraríamos ante
fenómenos diferentes, y la explicación de
esta comunidad de conductas entre el ser
humano y los animales suele ser razonada en
términos evolutivos: «La continuidad de la
evolución humana desde el mundo de los ani-
males al mundo del hombre asegura que el
grupo humano se comportará según las leyes
universales del principio territorial. Lo que
llamamos patriotismo –que, en otras palabras,
es una fuerza calculable que se libera en una
situación predecible– animará al hombre de
una forma no diferente de otras especies terri-
toriales» (Ardrey, 1966: 213).
Pero, esta interpretación de la territoriali-
dad humana no puede explicar las decisiones
racionales ni las ambiciones propias de los
humanos, que pueden dar como resultado el
abandono del territorio natal –caso de las
e m i g r a c i o n e s, que no pueden ser explicadas
mediante un argumento etológico como las de
ciertos ratones nórdicos que ante la escasez
de alimentos parece que optan por suicidios
masivos en el mar–, o, en el extremo opuesto,
la adquisición por una comunidad de más
territorio del que necesita para su sosteni-
miento –no existe equivalente animal del
i m p e r i a l i s m o humano–. En definitiva, los que
consideran que la territorialidad humana es
una variedad de la territorialidad animal no
tienen en cuenta que los territorios y la terri-
torialidad humana son construcciones socia-
les y no han tenido siempre la disposición y
características actuales.
Otros autores consideran que la territoriali-
dad humana es un rasgo fundamentalmente
cultural de las sociedades humanas: «Sólo
cuando la sociedad humana comenzó signifi-
cativamente a incrementar su escala y com-
plejidad la territorialidad se reafirmó como
un poderoso fenómeno de organización y
conducta. Pero se trata de una territorialidad
simbólica y cultural, no de la primitiva terri-
torialidad de los primates y otros animales»
(Soja, 1971: 30). De hecho, para algunos, la
territorialidad es una respuesta social que se
ha desarrollado en el curso de la experiencia
de los seres humanos (Dyson-Hudson y
Smith, 1978); aunque no haya consenso en si
es resultado de la interactuación de fuerzas
biológicas y sociales (Peterson, 1975) o no es
más que un producto cultural de las socieda-
des humanas y no existiría nada parecido a un
«imperativo» territorial universal en nuestra
especie (Alland, 1972).
Según Soja (1971) la territorialidad especí-
ficamente humana tiene tres elementos: el
sentido de la identidad espacial, el sentido de
la exclusividad y la compartimentación de la
interacción humana en el espacio. Proporcio-
na, entonces, no sólo un sentimiento de perte-
nencia a una porción particular de tierra sobre
el que se tienen derechos exclusivos, sino que
implica un modo de comportamiento en el
interior de esa entidad.
La territorialidad, tal y como la define Sack
(1986: 19), es una conducta humana que
intenta influir, afectar o controlar acciones
mediante el establecimiento de un control
sobre un área geográfica específica: el territo-
rio. Para él, la territorialidad humana cumple
cuatro funciones básicas: fortalecer el control
sobre el acceso al territorio, reificar el poder
a través de su vinculación directa al territorio,
desplazar la atención de la relación social de
dominación y actuar como contenedor espa-
cial de hechos y actitudes. Estaría entonces
en el vértice de un gran número de acciones
humanas; de hecho, para Sack sólo existiría
otra forma tan importante de relación geográ-
fica, que es la acción por contacto.
Pero la territorialidad humana no ha sido
idéntica en el transcurso del tiempo. Según
Sack (1986: 50) se han producido dos transi-
ciones principales: de la territorialidad de las
sociedades primitivas «sin clases» a la de las
civilizaciones premodernas, y de la territoria-
lidad de éstas a la del capitalismo moderno.
Esta variabilidad se relaciona, evidentemen-
te con el hecho de que la territorialidad es cons-
truida socialmente. Es un componente necesa-
rio de toda relación de poder, que, en definitiva,
31Territorialidad y fronteras del Estado-nación: las condiciones...
participa en la creación y mantenimiento del
orden social, así como en la producción del
contexto espacial a través del que experimenta-
mos el mundo, legal y simbólicamente.
2. La territorialidad
del Estado-nación
moderno y sus peligros
L
a territorialidad se puede analizar a
diversas escalas, que comprendan
sólo una casa, pasando por una ciu-
dad o un Estado, hasta llegar a todo el planeta o
incluso al universo –al menos, las zonas más
inmediatas a la Tierra, que son accesibles ya al
ser humano y sus artefactos–; pero en la actuali-
dad hay una escala donde la territorialidad opera
de una forma privilegiada: la del Estado-nación.
En primer lugar, hay que distinguir en rela-
ción con el Estado-nación dos usos de la pala-
bra territorialidad: en cuanto realidad de dere -
c h o se refiere a la vinculación jurídica entre
determinado territorio y las personas que se
encuentran en el mismo (Allies, 1980), en tanto
p e rcepción d e l s e l f alude a un territorio que es
considerado por un grupo de personas como el
marco normal y exclusivo de sus actividades.
En el Estado-nación, que evidentemente es
la forma de organización política que se ha
generalizado en la economía-mundo capitalis-
ta, el uso novedoso de la territorialidad se ha
concretado especialmente en tres aspectos: la
creación de un concepto de «espacio vaciable»
–es decir, un espacio físico separado concep-
tualmente de los constructos sociales o econó-
micos o de las cosas–, la creación de las buro-
cracias modernas –cuyas actividades tienen
límites explícitamente territoriales– y el oscu-
recimiento de las fuentes del poder social.
La última función es, notablemente, la más
peligrosa, ya que al oscurecer el carácter de
clase del Estado la territorialidad moderna
logra que todos los habitantes de un territorio
se conviertan en «nacionales» de un Estado-
nación y se identifiquen con él. De este modo
se produce una fuerte legitimación de las gue-
rras, que se convierten en «guerras populares»
so pretexto de defensa del territorio nacional.
32 Heriberto Cairo Carou
Firma de la Paz de Westfalia (ilustración de Te r b u rg )
Y aún es más, el secreto de la perdurabilidad
del Estado se encuentra, según Mann (1984),
en la eficacia
3
de los «servidores» del Estado
–mayor que la que podrían tener personas vin-
culadas a otro tipo de organizaciones– en el
ejercicio de cuatro tareas: el mantenimiento
del orden interior, la defensa/agresión militar
contra enemigos externos, el mantenimiento
de las infraestructuras de comunicación y la
redistribución económica. Estas tareas se lle-
van a cabo sobre una base territorial, y esto
es lo que distingue al Estado de las agrupa-
ciones de poder en la sociedad civil: «El Es-
tado es, de hecho, un l u g a r [...] Las principa-
les formas del poder autónomo estatal
derivarán de este atributo distintivo del Esta-
do» (Mann, 1984 [1991: 32]), y, por lo tanto,
una buena parte de este «poder autónomo»
procede de la guerra y lo ejercitan elites esta-
tales especializadas.
La defensa del territorio soberano del Esta-
do
4
está entrelazada, como muestra Mann
(1987), con prácticas sociales de clase. Duran-
te los primeros tiempos de la economía-mundo
capitalista, la práctica de la geopolítica y de la
guerra continuaron siendo, como durante el
Medievo, privativas del Príncipe y de la noble-
za, que se había ido convirtiendo en un grupo
fundamental de servidores civiles y militares
del Estado; las masas no estaban implicadas ni
en una ni en otra práctica; entonces «la guerra
era una parte normal y racional de la estrategia
geopolítica del Estado relativamente avanza-
do: conseguía territorios, mercados y dominio
geopolítico, y su coste en recursos sociales era
escaso» (Mann, 1987: 61).
Después de 1780 y la revolución industrial,
se produjeron cambios profundos en la estruc-
tura y, sobre todo, en la organización de clases,
que tomó una forma ampliamente n a c i o n a l, es
d e c i r, que se organizó en la práctica dentro de
las fronteras estatales, por más que las clases
principales e s t ru c t u r a l m e n t e fuesen transnacio-
nales. «Esto significó que la p r a x i s de clase no
pudo supervisar la geopolítica», pero la guerra
continuó siendo racional, aunque ya no lucrati-
va, y privativa del Estado, con un factor que
aumentaba la probabilidad de que ocurriese: «la
forma en que la lucha de clases se resolvió en
ciudadanía había hecho del mundo un lugar más
peligroso» (Mann, 1987: 66). En definitiva, la
guerra se había convertido en «guerra popular».
3. Los espacios liminales:
de las regiones de frontera
a las fronteras lineales
T
radicionalmente en casi todos los tra-
tados de Geografía Política se
comienza distinguiendo entre límite
fronterizo y región de frontera, b o u n d a ry y
f ro n t i e r respectivamente en inglés (por ejem-
plo, Boggs 1940; Hartshorne 1936, o Prescott
1978). La región de frontera hace referencia a
una área de transición entre lo conocido y lo
desconocido, por ejemplo, durante la expan-
sión del sistema mundial europeo por el pla-
neta desde finales del siglo XV se fueron
creando sucesivas regiones de frontera que
terminaron siendo incorporadas a dicho siste-
ma; de hecho, en la actualidad sólo cabría ha-
blar de región de frontera en alguna zona del
Amazonas y aún en este caso con muchas pre-
cauciones. El límite fronterizo es una línea
exacta en el mapa que sirve para marcar la dis-
tinción entre dos entidades políticas, (Foucher,
1991) tanto en tierra como en el mar; en la
actualidad es un fenómeno universal excepto
en algunas zonas, como la Antártida o alta
m a r, que son consideradas c o m m o n s o patri-
monio común de la humanidad. Pero habría un
tercer significado de frontera, que había seña-
lado Lapradelle (1928) y recordaba reciente-
mente Douglass (1994), que hace referencia
también a un espacio de transición más que a
la estricta delimitación de los espacios estata-
les, son las zonas fronterizas o b o rd e r l a n d s,
que serían aquellas zonas en las que las comu-
nidades políticas se interpenetran mutuamen-
te, y en las que sus habitantes, de uno y otro
lado, comparten vivencias, tienen frecuentes
contactos e incluso forjan lazos familiares.
Las zonas fronterizas implican la existencia de
un límite fronterizo, pero no todos los límites
fronterizos dan lugar a zonas fronterizas, en el
sentido aludido; por ejemplo, sería difícil
interpretar que el antiguo «telón de acero»
permitía la creación de un espacio de interac-
ción a uno y otro lado de su recorrido.
La distinción entre regiones de frontera y
líneas fronterizas es significativa para esta-
blecer las diferencias entre las fronteras de
los Estados modernos y las fronteras de los
Estados tradicionales, tales como el Imperio
33Territorialidad y fronteras del Estado-nación: las condiciones...
romano o el chino. Mientras en los Estados
modernos la frontera es característicamente
lineal, en los Estados tradicionales la idea de
frontera hace referencia a una zona. Incluso
cuando existen construcciones marcadamente
lineales, como en las fronteras del Imperio
romano –de entre las que cabe resaltar el f o s -
s a t u m de África del norte, las l i m e s de Siria o
la «muralla de Adriano» (Adrian wall) en el
norte de la Inglaterra romana– o la «gran
muralla china» en el norte del Imperio de los
Han, se trata de construcciones asociadas con
dispositivos de defensa en profundidad que
poco tienen que ver con el concepto moderno
de frontera.
El trazado de líneas fronterizas forma una
parte fundamental de la construcción del Estado-
nación moderno, no se puede entender el mismo
sin la conformación de un espacio homogéneo y
perfectamente delimitado.
Walker (1993: 130) resalta lo chocante que
resulta que Ernest Gellner (1983), cuyas expli-
caciones sobre el nacionalismo se basan casi
totalmente en sus raíces sociales más que en
sus raíces territoriales o culturales, se haya sen-
t i d o atraído por la utilización de metáforas
espaciales tomadas de distintos estilos de la
pintura moderna para aludir a las diferencias
entre la época prenacionalista y la nacionalis-
ta. Compara la era anterior al nacionalismo
con las obras del pintor expresionista Oscar
Kokoschka: «El derroche de puntos de diver-
sos colores es tal que no se puede distinguir
ninguna forma clara, aunque la pintura en su
totalidad sí que tiene forma. Las distintas par-
tes de las que se compone el todo se caracteri-
zan por tener una gran diversidad, pluralidad y
complejidad. Los grupos sociales, que son los
átomos de los que se compone la pintura, tie-
nen relaciones múltiples, ambiguas y comple-
jas con muchas culturas, algunos por la lengua
que hablan, otros debido a su credo, otros por-
que tienen una fe diferente o sus prácticas son
distintas, un cuarto grupo por su lealtad admi-
nistrativa, etc.». Por el contrario, afirma que el
mapa político del mundo moderno se parece
más al realismo linear del postimpresionista
Amedeo Modigliani: «Hay muy poco sombre-
ado, las superficies planas están separadas cla-
ramente unas de otras, está muy claro casi
siempre donde empieza una y termina la otra,
y de haber ambigüedad o solapamiento son
mínimos» (Gellner, 1983: 139-140).
En el contexto de la Europa posrenacentista el
Estado moderno se construye como un espacio
plano, un espacio euclidiano-newtoniano, tal y
como las nuevas representaciones cartográficas
–la más conocida, la de Mercator– lo presenta-
ban (Agnew, 1998). Y ello ocurre así porque se
produce la vinculación entre las ideas acerca de
la soberanía y el sentido de espacio claramente
delimitado e inviolable. Para algunos la primera
frontera moderna que se traza es la línea de sepa-
ración entre las tierras a ocupar por los castella-
no-aragoneses y los portugueses que establece el
Tratado de Tordesillas y uno de los más antiguos
límites estatales actuales es el que existe entre
Francia y España en los Pirineos.
En cualquier caso, es importante tener en
cuenta que entre la región de frontera y el lími-
te fronterizo lineal no existe una relación evo-
lutiva. Incluso aquellos que han intentado apli-
car un esquema evolucionista al estudio de las
fronteras, como Nicholson (1954) intentó hacer
respecto a las de Canadá, han tenido que reco-
nocer que las correlaciones entre las fronteras
de las comunidades amerindias y los límites
actuales de Canadá, incluso aunque existieran
no eran nada más que una mera coincidencia.
4. Las fronteras en los
discursos del Estado-nación
R
atzel, uno de los fundadores de la
Geografía Política moderna, defi-
nía las fronteras como «el órgano
periférico del Estado, el soporte de su creci-
miento así como su fortificación, que participa
en todas las transformaciones del organismo
del Estado» (1896 [1969: 23]). Esta analogía
de la frontera del Estado con la piel de un orga-
nismo sitúa el discurso sobre las fronteras en
un plano que está más allá de la discusión polí-
tica: se puede diferir acerca del régimen políti-
co, de las instituciones, pero el territorio es el
cuerpo «natural» del Estado y la frontera-
«piel» tiene que ajustarse a su crecimiento no
por imperativo político sino por necesidad
vital. De este modo la necesidad de recursos
materiales para la población creciente de un
Estado como lo era la alemana de fin de siglo
justificaba la expansión imperialista de ese
Estado.
34 Heriberto Cairo Carou
El coronel Holdich, que participó en la
demarcación de numerosas líneas fronterizas,
en su conocido estudio sobre límites manifes-
taba que estos «debían de ser barreras, que
cuando no son geográficas y naturales deben
ser artificiales y tan fuertes como el dispositi-
vo militar pueda hacerlas» (1916: 46). Aquí se
puede observar plasmado el discurso más tra-
dicional acerca de la soberanía territorial del
Estado y la garantía de seguridad de la nación,
aquél que llevaba a los iusinternacionalistas a
proclamar que las fronteras marítimas de un
Estado se debían situar a la distancia de la
costa hasta donde llegaran las defensas esta-
blecidas en la misma usualmente la bala dispa-
rada por un cañón costero .
Las fronteras son, como acabamos de ver,
elementos fundamentales de los discursos
característicos del sistema interestatal, consus-
tancial con el sistema-mundo moderno. Pero,
más allá de las metáforas, ¿qué marcan las
fronteras en tanto que líneas divisorias? Pode-
mos distinguir varias discontinuidades en dife-
rentes órdenes:
1. Jurídicamente la frontera de un Estado es
el límite del ejercicio de su soberanía. A este
respecto, Kelsen señalaba que «la unidad del
territorio estatal y, por ende la unidad territo-
rial del Estado, es una unidad jurídica, no geo-
gráfica natural. Pues el territorio del Estado no
es en realidad sino el ámbito espacial de vali-
dez del orden jurídico llamado Estado» [1988:
247]. La frontera marca el territorio en el que
son válidas las leyes y son aplicables las medi-
das coactivas necesarias para su cumplimien-
to. Esta función es desarrollada por el Estado
soberano especialmente en el campo de los
derechos de propiedad y de las garantías para
la estabilidad de las relaciones de propiedad,
tanto la propiedad privada en los Estados orga-
nizados por las burguesías como la propiedad
«estatal» en los Estados que una vez se llama-
ron socialistas.
2 . En el terreno más estrictamente político
marcan los límites de la comunidad política, es
decir el espacio donde prevalece el orden y las
relaciones políticas frente a la anarquía y las
relaciones de fuerza del sistema interestatal
( Wa l k e r , 1993). Desde que en el siglo XVII se
adoptó el sistema interestatal de Westfalia, el
territorio estatal se consideró como un espacio
cerrado dotado de soberanía dentro de unas fron-
teras nacionales controladas y protegidas de la
agresión exterior por el Estado. Por eso las fron-
teras son concebidas también como líneas de
fuerza, como los límites defensivos de la comu-
nidad en su relación con otras comunidades.
3. En el orden económico definen esferas
de influencia económica o mercados que, en
principio, podríamos catalogar de nacionales.
Al menos el mercantilismo, que se desarrolló
hegemónicamente en diversas fases de la his-
toria europea especialmente en los siglos XVI
y XVII, m e rcantilismo clásico, durante la
industrialización del siglo XIX, mercantilismo
desarrollista, o durante la depresión de los
años treinta de este siglo, mercantilismo con -
tracíclico (Kahler, 1987) pretendía que el terri-
torio del Estado era también un espacio econó-
mico cerrado. El Estado-nación europeo creó
las condiciones para el desarrollo del mercado
nacional en una época en la que era imprescin-
dible para la modernización económica y la
industrialización. El límite fronterizo es enton-
ces también un límite fiscal y aduanero.
4 . Y en lo simbólico se refiere a la identidad.
En este sentido, las fronteras marcarían univer-
sos culturales diferentes, «delimitando –como
señala Douglass (1994)– de manera ostensible y
precisa dónde termina una cultura nacional y
empieza otra». Establecen la distinción entre
«ellos», que habitan más allá de las fronteras, y
«nosotros», que existimos en el interior de las
mismas. Barth (1969) señala que en la creación
de la identidad del grupo la cultura interna de ese
grupo tiene menos importancia que los límites
concretos que sus miembros quieren afirmar,
por lo tanto, las características de la frontera
dependerán del tipo de relaciones que tengan los
grupos que entran en contacto.
Evidentemente estas distinciones son de ca-
rácter analítico, y un observador nunca podría
diferenciar algo como fronteras «simbólicas»
de algo como fronteras «económicas». Más
aún, los cambios que se producen en una face-
ta terminan por influir sobre los significados
de las fronteras en otros órdenes, aunque no de
una manera unívoca y previsible –¿quién iba a
pensar que el proceso de integración europeo
terminaría por fomentar ideas e imágenes
como la de «Europa fortaleza»?–. Es preciso
entender que se trata de instancias que no son
estancas, sino que están interrelacionadas,
aunque no de forma jerárquica.
También es necesario señalar que este mode-
lo de frontera, como el sistema-mundo moder-
35Territorialidad y fronteras del Estado-nación: las condiciones...
no, tiene su origen en Europa (Kratochwil,
1986). Rasgos claros del mismo son identifica-
bles al menos desde el siglo XV y desde enton-
ces se ha ido extendiendo al resto del mundo.
No sin conflictos, ya que chocaba con tradicio-
nes no europeas diferentes (M. Anderson,
1996); por ejemplo, los musulmanes venían a
considerar los límites externos del Islam como
una mera línea de armisticio de carácter tem-
poral, a la vez que las fronteras internas de la
comunidad de creyentes, la u m m a, no tenían
base coránica.
Conclusión: ¿Crisis de las
fronteras?
T
ras la segunda guerra mundial la
idea de frontera como línea defensi-
va de separación no se puede
seguir sosteniendo, la generalización del uso
de misiles produce lo que Bunge (1988) deno-
mina un «colapso topológico del espacio»: la
amenaza militar para un Estado ya no se podía
prever en un espacio bidimensional plano,
ahora también y es la más definitiva se pro-
yecta desde el espacio. Herz (1957) planteaba
en este sentido que la crisis del Estado territo-
rial se derivaba de la penetrabilidad del espa-
cio estatal gracias a las nuevas tecnologías
militares. No obstante, el discurso de la segu-
ridad nacional sigue siendo en los ochenta y en
los noventa tan vigoroso como a principios del
siglo XX.
También existe una aparente contradicción
entre la creciente globalización de los inter-
cambios económicos y la existencia de fronte-
ras (Camillery y Falk, 1992). Los recientes
acuerdos de supresión progresiva de tarifas e
impuestos aduaneros al comercio en el mundo
serían una muestra de la creciente disfunciona-
lidad de las fronteras. Pero no, la creciente
liberalización de los intercambios de mercan-
cías va unida a políticas cada vez más restric-
tivas de las migraciones laborales, de modo
que las condiciones de trabajo que establecen
los Estados mediante leyes y aseguran median-
te los aparatos policiales son la base de las
diferencias de salarios. De este modo, podría-
mos decir que las fronteras han periclitado o
están a punto de hacerlo en cuanto que barreras
para el consumo, pero no en lo referente a las
condiciones de trabajo. De hecho, «están sien-
do usadas claramente para mantener las desi-
gualdades globales (M. Anderson, 1996: 191).
Por el contrario, otros factores, como la cri-
sis ecológica –que es de carácter mundial y no
estatal–, también inclinan a pensar que las
fronteras son una construcción obsoleta (Ca-
milleri y Falk, 1992). Ciertamente problemas
como el calentamiento de la atmósfera, el agu-
jero de ozono o la contaminación radioactiva
no respetan ningún límite de soberanía en sus
efectos letales a largo plazo.
El carácter sagrado que tienen las fronteras,
gracias al papel fundamental que desempeñan
en la definición de la colectividad, tampoco ha
desaparecido en la actualidad. Esta era ya una
característica de las fronteras antiguas, por ejem-
p l o , entre los etruscos se marcaban los límites
de la ciudad donde no se podía cultivar las tie-
rras ni edificar en ellas; relacionada quizás con
el carácter sagrado del poder. En los Estados-
nación se opera también esta sacralización, por-
que el territorio es el «cuerpo» de la nación, y
por ello las fronteras deben ser defendidas hasta
la muerte por los «nacionales» de cada Estado:
inscripciones en monumentos funerarios al
heroísmo, letras de himnos nacionales,... atesti-
guan la sacralidad moderna de las fronteras. A
este respecto es interesante que la doctrina de la
seguridad nacional en América Latina elabora-
ra el concepto de «fronteras interiores» para jus-
tificar la represión sangrienta de los opositores
a las dictaduras militares: las fronteras interio-
res apuntaban a la existencia de enemigos inter-
nos, a los que se tachaba de comunistas o sub-
versivos, que no pertenecían a la comunidad
p o l í t i c a .
En definitiva, las fronteras pueden ser, en-
tonces tanto muros como puentes. En el mode-
lo de Estados-nación profundamente territoria-
lizados, prima el primer aspecto. Mientras que
la existencia de prácticas políticas de evasión
de soberanía a través de las fronteras parece
que puede conducirnos a otro tipo de comuni-
dad política con una definición menos exclu-
yente que la actual.
El intento de suprimir las fronteras, como
pretendían diferentes movimientos antisistémi-
cos dentro del proyecto de la Ilustración –bajo
el lema «los obreros no tienen patria», por
ejemplo–, se basaba en una metanarrativa con
un sujeto universal, el proletariado, cuya con-
36 Heriberto Cairo Carou
creción llevó a un dilema irresoluble: la acción
política sólo se realizaba en los contenedores
espaciales que son los Estados, los cambios
revolucionarios que se alcanzaban en algunos
debían ser consolidados a riesgo de que revir-
tieran, lo que, a la postre, no hizo más que for-
talecer la parcelación territorial de la humani-
dad y, lo que es más paradójico, los muros que
señalaban esa parcelación. Al menos, esta es la
experiencia que tiene su fin en 1989.
Pero los actuales «movimientos sociales crí-
ticos» también intentan desafiar los principios
que hacen posible las actuales formas políticas
de vida, pero lo hacen conforme a nuevas prác-
ticas políticas. Prácticas políticas que resisten la
metafísica de inclusión/exclusión y actúan a tra-
vés de las fronteras, convirtiéndose en ocasio-
nes en auténticos movimientos transnacionales
5
. Todo ello permite albergar esperanzas respec-
to a la superación de la peligrosa forma de terri-
torialidad hegemónica en la actualidad.
NOTAS
1
Habría que añadir que el mapa era de Portugal con-
tinental, ya que no había referencia a los archipiélagos
atlánticos que forman parte del Estado portugués
2
Aunque podría ser otro. De hecho, el Portugal «del
Miño a Timor», de la propaganda salazarista, era repre-
sentado obviamente de otra manera.
3
Uno debe ser precavido y no confundir la eficiencia
de la institución con ideas como la de que «el Estado
existe porque la gente lo necesita y lo quiere» (Buck-
holts, 1966: 488). Describir el Estado como una institu-
ción «natural» que emana de la voluntad de las gentes es
cometer el despropósito de pensar que la única existen-
cia posible es la que conocemos actualmente.
4
Entiendo que el conflicto externo y las funciones de
los Estados relativas al mismo, analíticamente –y sólo
analíticamente– se puede diferenciar del conflicto inter-
no y las funciones judiciales y de policía. En términos
generales, todas estas funciones están estrechamente
relacionadas con la soberanía territorial.
5
Walker señala que las prácticas políticas de los
movimientos sociales críticos convergen en cinco tipos
de exploraciones políticas: «1. Exploran nuevos espacios
políticos, en particular aquellos que estaban relegados a
la “sociedad civil”. 2. Exploran nuevas prácticas políti-
cas, especialmente aquellas que resisten el fetichismo de
la toma del poder estatal. 3. Exploran nuevos modos de
conocer y ser, especialmente aquellos que se resisten a
una metafísica de inclusión y exclusión. 4. Exploran nue-
vas formas de comunidad política, especialmente aque-
llas que resisten la reificación espacial. 5. Exploran nue-
vas formas de actuación a través de las fronteras, con
vistas a establecer conexiones entre las reivindicaciones
de la humanidad como tal y las reivindicaciones de pue-
blos concretos» (1990: 182).
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38 Heriberto Cairo Carou
... No obstante, todas estas visiones parten de un presupuesto que la territorialidad es producto de una construcción social, siendo la territorialidad del Estado-nación su escala privilegiada en la modernidad capitalista (Cairo, 2001), pero que no significa la inexistencia de otras formas de territorialidades, como ya mencionado. Esta mayor atención dada las distintas formas de territorialidades no-estatales vino acompañada del reconocimiento por las instituciones internacionales del derecho a la autodeterminación territorial y política de estas comunidades, como por ejemplo el superpuesta por las territorialidades históricas de los pueblos indígenas y afrodescendientes del Caribe. ...
Article
Este trabajo pretende comprender las disputas en torno a la institucionalización e implementación de las autonomías de la Costa Atlántica del territorio nicaragüense desde 1987, cuando se institucionaliza el nuevo ordenamiento territorial-administrativo del Estado nacional multiétnico, por medio de la promulgación del Estatuto de Autonomía de las Regiones de la Costa Atlántica de Nicaragua. El concepto de territorialidades superpuestas es clave para entender los múltiples ámbitos de tensión entre Estado y organizaciones indígenas, mestizas y creole, que se generaron en torno a la demanda central por reconocimiento institucional de las Regiones Autonómicas Atlánticas Sul y Norte, en un primer momento, y por su implementación de facto, proceso aún en disputa en la actualidad. La discusión planteada culmina en un análisis enfocado en el ámbito de conflictos extractivistas generados por la tensión entre gobiernos nacionales y regionales, los movimientos sociales indígenas y afrodescendientes, y un actor externo poderoso y heterogéneo, las multinacionales extractivistas.
... 15 Sin embargo, considero que durante las cinco décadas señaladas -1960-2000-estos territorios devinieron de regiones de frontera, a un espacio de transición o zona de contacto. Por otra parte, a pesar de que algunos autores consideran que las ciencias sociales han dejado de lado la 13 Es importante señalar que esta signiicación ha sido rescatada recientemente por Douglass (1994), pero ya había sido señalada por Lapradelle en 1928(Cairo, 2001. 14 Énfasis del autor. ...
Book
Este trabajo ha constituido un desafío tanto en el nivel personal, como en el teórico y metodológico. En primer término, el reto radicó en mi participación directa durante un periodo importante del proceso estudiado en las selvas de El Petén, en el noreste de Guatemala. A partir de ello, de entrevistas con otros testigos directos y de estudios teóricos, analizo cómo impactó la reorganización espacial de esta región y si se trató únicamente de la reconfiguración de sus bases geográficas o, por el contrario, de una reconstitución de las relaciones de poder preexistentes: la colonización campesina y la implantación de la insurgencia territorializada como parte de un fenómeno simbiótico.
... Nos Estados modernos, a fronteira é melhor delimitada, possuindo limites que definem a espessura de sua faixa. Nos Estados tradicionais, a ideia de fronteira era expressa como uma zona, sem delimitação muito precisa (CAIRO CAROU, 2001). ...
Article
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Assim como diversos conceitos geográficos, os limites e fronteiras possuem significados que perpassam pelos domínios da materialidade e da imaterialidade. Os tradicionais significados associados a um ordenamento jurídico contrastam com os significados intersubjetivos, que são, por sua vez, construídos pela experiência humana. A concepção de Augustin Berque acerca dos geogramas nos ajuda a ordenar este imbróglio teórico, permitindo-nos sugerir uma justa medida na abordagem dos limites e fronteiras. Deste modo, é o objetivo deste artigo abordar o significado dos limites e fronteiras de forma a mediar a materialidade e a imaterialidade que estão, por sua vez, dialeticamente envolvidas.
... Así entendida, la consolidación de las distintas soberanías -y fronteras del caso-es un proceso de larga duración que inicia con el absolutismo y que, contando con varios "momentos" importantes 6 , continúa desarrollándose todavía en muchos lugares del mundo. 5 Debe recalcarse, a este respecto, que al hablar de "poder soberano" se implica un tipo específico de autoridad territorialmente determinada, que se caracteriza por la irresistibilidad y se expresa tanto en la exclusión de determinantes externos como en la no admisión de competidores internos. 6 Uno de sus puntos más notorios de consolidación histórica del Estado moderno se registrará con la suscripción del "Tratado de Westfalia" (1648), en el que se oficializa la existencia de "un sistema de Estados que reconocen -y en cierta medida garantizan-su mutua existencia" (Tilly, 1975, pp. ...
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El ensayo propone una reflexión integral e histórica acerca del surgimiento y desarrollo de las fronteras de Bolivia. Para ello, se estudia la frontera en un sentido político, pero también "experiencial", como parte de la ratificación popular de una "comunidad imaginada". Para arribar a este punto, el texto construye primero una interpretación general del sentido moderno de la frontera, estudiando su significado en relación con el despliegue del Estado moderno y las naciones a partir del siglo XVI.
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O artigo discute a implementação e características do Regime de Tributação Unificado (RTU), criado pela Lei 11.898/2009, como uma política pública brasileira para controlar e arrecadar tributos oriundos das atividades do Circuito Sacoleiro. Divide-se o artigo em três partes, inicialmente realiza-se uma contextualização bibliográfica tangenciando as definições de fronteira e caracterizando a fronteira de Foz do Iguaçu (Brasil) e Ciudad del Este (Paraguai), objeto deste artigo. Na sequência, explicitamos o modos operandi do Circuito Sacoleiro, revelando a variação das táticas utilizadas por eles em função do acirramento da fiscalização e controle do Estado. Por fim, descrevemos o RTU, suas implicações e limitações. A metodologia utilizada compõe análise bibliográfica para a primeira seção, a segunda traz além de análise teórica um conjunto de conversas qualificadas com sujeitos envolvidos no Circuito, ademais da observação ativa. Para a última parte realiza-se uma entrevista com o auditor da Receita Federal, atrelada a uma análise empírica do RTU, para avaliar se o regime foi efetivo em seu propósito.
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Lan honen helburua mugei buruzko marko teoriko-normatibo bat eraikitzea da, nazioarteko migrazioen egungo testuinguruan. Artikuluaren lehen zatian kontzeptu ezberdinen eta mugen bilakaera historikoaren errepaso labur bat egingo da, horrez gain muga-erregimen garaikidearen joerak eta arazoak azpimarratuko dira. Artikuluaren tesi nagusietako bat da muga kontzeptu funtzionala dela, eta, beraz, ezin dela ulertu betetzen dituen funtzioak kontuan hartu gabe: juridiko-politikoa, sinbolikoa eta fluxuen erregulazioa. Hauei laugarren bat gehituko zaie: aukerak espazialki xedatzea. Azken hau tradizio kosmopolitikoarekin bat dator, eta hain arbitrarioa eta moralki garrantzirik ez duen baina pertsonen bizitzan ondorio bidegabeak dituen jazoera bat —mugen trazadura— salatzea du helburu. Artikuluaren bigarren zatian, beraz, mugak ikuspegi honetatik jorratuko dira, muga irekien proposamena aztertuz eta hauek birpentsatzeko (eta birfuntzionalizatzeko) beharra aldarrikatuz, justizia globalaren eskakizunekin koherentea izan daitezen.
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Este trabajo tiene por objeto analizar los significados y funciones de las fronteras en el contexto de las migraciones internacionales contemporáneas y repensarlas desde la perspectiva de la justicia global. El artículo comienza con un breve repaso por los distintos conceptos y la evolución histórica de las fronteras, para centrarse después en sus tres principales funciones: jurídico-política, simbólica y regulación de flujos. En tanto que concepto funcional, las fronteras no pueden comprenderse al margen de estas tres dimensiones. A estas se añadirá después una cuarta: circunscribir espacialmente oportunidades, planteada desde enfoques cosmopolitas para denunciar las injustas consecuencias que un hecho tan arbitrario y moralmente irrelevante como el trazado de fronteras tiene sobre la vida de las personas. Finalmente se examina la propuesta de fronteras abiertas y se plantea la necesidad de repensarlas desde la óptica de la justicia global.
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Kosovo es un Estado parcialmente reconocido con una gran variedad de minorías étnicas, donde la relación albanesa-serbia es la que ocasiona más tensiones. La propuesta de intercambio de territorios para corregir la frontera entre Serbia y Kosovo presenta como beneficio el reconocimiento mutuo y la normalización de relaciones, pero entraña el riesgo de abrir la caja de Pandora de las revisiones fronterizas en los Balcanes. El artículo incluye un repaso de las relaciones entre Serbia y Kosovo con una abundante selección de notas de prensa. Analiza dicha propuesta y refleja la situación actual de los territorios y debate su idoneidad. Concluye que la UE debería ofrecer claridad y un compromiso firme y tangible de progreso para afianzar su credibilidad, a la vez que apoyar la democratización para favorecer su integración europea.
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Resumen A través de este ensayo fotográfico se pretende mostrar algunos resultados de la investigación sobre el terreno llevada a cabo dentro del marco de una tesis doctoral, durante los meses de julio a septiembre de 2014 en Ceuta, además de Melilla y localidades cercanas a la frontera hispano-marroquí. Como se verá, los enclaves marítimos de Ceuta y Melilla han ocupado otrora una posición geoestratégica esencial en el Mediterráneo. Actualmente, su función de fronteras externas de Europa en el continente africano se ha reforzado mediante la securitización de la región fronteriza para contener las amenazas relacionadas con las actividades criminales y la migración transmediterránea “no deseada”, aunque ha acabado afectando también al comercio “atípico” o contrabando con Marruecos. Palabras claves: fronteras, migración irregular, militarización, porteadoras, securitización Abstract This photographic essay intends to show some of the results of the ground research carried out within the context of a doctoral dissertation, during the months of July through September of 2014 in Ceuta, as well as Melilla and locations near the Spanish-Moroccan border. As the text shows, the maritime enclaves of Ceuta and Melilla have once had a crucial geostrategic position in the Mediterranean. Currently, its purpose as an external European border in the African continent has been reinforced with the securitization of the border region to contain the threats related to criminal activities and “undesired” trans-Mediterranean migration, although it has also ended up affecting “atypical” trade or trafficking with Morocco. Keywords: borders, irregular migration, militarization, porters, securitization
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Students and practitioners of international politics are at present in a strange predicament. Complex though their problems have been in the past, there was then at least some certainty about the “givens,” the basic structure and the basic phenomena of international relations. Today one is neither here nor there. On the one hand, for instance, one is assured—or at least tempted to accept assurance—that for all practical purposes a nuclear stalemate rules out major war as a major means of policy today and in the foreseeable future. On the other hand, one has an uncanny sense of the practicability of the unabated arms race, and a doubt whether reliance can be placed solely on the deterrent purpose of all this preparation. We are no longer sure about the functions of war and peace, nor do we know how to define the national interest and what its defense requires under present conditions. As a matter of fact, the meaning and function of the basic protective unit, the “sovereign” nation-state itself, have become doubtful.
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