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Desmovilización - desarme - grupos paramilitares - Colombia

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Abstract

Desmovilización - desarme - grupos paramilitares - Colombia
desarme, desmovilizacn y reinserción
de los grupos de autodefensa en Colombia:
Una mirada cruzada sobre Centroamérica
“Los procesos de
Los procesos de
desarme, desmovilización y reinserción
de los grupos de autodefensa en Colombia:
Una mirada cruzada sobre Centroamérica
Francisco Santos Calderón
Vicepresidente de la República
Carlos Franco
Director del Programa Presidencial de
Derechos Humanos y DIH
Vicepresidencia de la República
Tomás Concha Sánz
Coordinador Área de Políticas
Programa Presidencial de
Derechos Humanos y DIH
Vicepresidencia de la República
Anne-Sylvie Linder
Coordinadora del Observatorio
del Programa Presidencial de Derechos Humanos y DIH
Éric Lair
Investigador principal
Anne-Sylvie Linder
Viviana Bolívar Bautista
Coordinación editorial
Observatorio de Derechos Humanos y DIH
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Oficina de Prensa
Oficina del Alto Comisionado para la Paz,
Presidencia de la República
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Impreso en Bogotá, Colombia
Enero de 2009
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Contenido
Introducción 7
La difícil caracterización de los
movimientos de autodefensa 15
A. Reflexión itinerante sobre la noción
de autodefensas 16
B. La gestación de los grupos de autodefensa
en Colombia 26
C. La expansión de las organizaciones
de autodefensa en Colombia 30
El caleidoscopio de la democracia,
la seguridad y la paz 39
A- Los desafíos de la democracia en tiempos
de negociaciones de paz 39
B- Las dimensiones de la “seguridad
democrática” 47
C- Las secuencias de los diálogos de
paz en Colombia 51
1
2
Contenido
El desarme, la desmovilización y la
reinserción (DD&R): entre complementariedad
y desencuentros 59
A- Consideraciones generales sobre los
procesos de DD&R 60
B – Los riesgos de los procesos de DD&R
sobre la seguridad 63
C- Institucionalización y reglamentación
de las actividades de DD&R en Colombia 69
D- Nuevas manifestaciones de violencia 79
Conclusión 85
3
Introducción
Pese a distintas iniciativas que han facilitado el retorno a la vida civil de com-
batientes al margen de la ley, no se ha encontrado en Colombia una solución
política integral a la confrontación armada, como sucedió en países del África
subsahariana y Centroamérica, al salir del antagonismo “este-oeste”1. Por el
contrario, las dinámicas de la misma se han propagado a una escala sin prece-
dentes, con implicaciones internacionales, durante la mayor parte de las tres
últimas décadas2.
Se recordará que, en los años 1960, cuando se constituyeron los primeros fren-
tes de la insurgencia, comúnmente denominados “guerrillas”, las hostilidades
se concentraban en zonas rurales poco desarrolladas. Las guerrillas conocieron
entonces divergencias internas sobre los modelos de lucha a adoptar, en reso-
nancia con otras protestas y rebeliones armadas en América Latina3. Aislados,
los guerrilleros sufrieron varias derrotas militares, lo cual conllevó a pensar que
no estaban en condiciones para amenazar la institucionalidad del país.
Ahora bien, a finales de los años 1970, la configuración y el “horizonte de
expectativas”4 de la insurgencia empezaron a transformarse. Las guerrillas
1 La firma de la paz no significa siempre el cese de la violencia. El período post-acuerdos puede
ser propicio a la conformación o la recomposición de bandas armadas como se demostrará en la
investigación. Para una introducción al tema, ver por ejemplo Paul Richards (editor), No peace, no
war: an anthropology of contemporary armed conflicts, Athens (Ohio), Oxford University Press,
2005. Para América Latina, ver Dennis Rodgers, “Slum wars of the 21st Century: the new geo-
graphy of conflict in Central America”, Crisis States Programme Working Papers, n°10, London
School of Economics, febrero de 2007.
2 Sobre las evoluciones de la confrontación, ver Camilo Echandía Castilla, Dos décadas de es-
calamiento del conflicto armado en Colombia, 1986-2006, Bogotá, Universidad Externado
de Colombia, 2006 y los informes periódicos realizados por el equipo de investigación del
Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos y Derecho Internacional
Humanitario de la Vicepresidencia de la República. Documentos disponibles en: www.derechos-
humanos.gov.co.
3 Ver el trabajo clásico de Timothy P. Wickham-Crowley, Guerrillas and revolution in Latin
America: a comparative study of insurgents and regimes since 1956, Princeton, Princeton
University Press, 1992.
4 Noción desarrollada por Reinhart Koselleck, Futuro pasado: para una semántica de los tiempos
históricos, Barcelona, Editorial Paidós, 1993.
instituidas en aquel período entraron en
competencia con los grupos creados ante-
riormente, que alcanzaron a reestructurar-
se5, mientras la bonanza marimbera y el
comienzo del narcotráfico ofrecían nuevas
posibilidades de financiación. Las faccio-
nes más antiguas renunciaron a algunos
preceptos, manteniéndose dentro de una
línea de izquierda armada, por imprecisa
que pueda ser la expresión6. Según los ca-
sos, se afianzaron o ratificaron estrategias
ofensivas con ideales como la toma del po-
der, la movilización popular y el anhelo de
reformas7.
A lo largo de los años 1980 y 1990, se afir-
maron intereses y preocupaciones más con-
tingentes. Es así como los insurgentes se
desplegaron de manera discontinua sobre
el territorio nacional y áreas fronterizas,
con el propósito de incrementar sus capaci-
dades de maniobra y desestabilización. Los
cabecillas de la guerrilla procuraron tam-
bién fortalecer la disciplina y la cohesión
ante los riesgos de una fragmentación de
las columnas8. Sobre todo, la búsqueda de
apoyos y recursos económicos se convirtió
en un imperativo en la perspectiva de una
lucha armada prolongada.
5 Sólo se hace referencia a los tres principales grupos
creados en los años 1960 - el Ejército de Liberación
Nacional (ELN), el Ejército Popular de Liberación (EPL)
y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(Farc), los cuales fueron posteriormente desafiados
por el Movimiento 19 de Abril (M.19), entre otros.
6 Además de presentar diferencias de una guerri-
lla a otra, convendría preguntarse en qué medida
las dimensiones ideológicas siguen permeando lo
cotidiano de las facciones después de décadas de
confrontación.
7 Para mayores desarrollos, ver Eduardo Pizarro
Leongómez, Insurgencia sin revolución: la guerrilla
colombiana en una perspectiva comparada, Bogotá,
Tercer Mundo Editores/IEPRI, 1996.
8 Daniel Pécaut, “Las Farc: fuentes de su longevidad y
de la conservación de su cohesión”, Análisis Político,
No.68, mayo-agosto de 2008, pp. 22 a 50, proporcio-
na elementos que explican la unidad de la guerrilla
más poderosa - las Farc - aunque varios de sus frentes
han sido recientemente diezmados por las operacio-
nes de las Fuerzas Armadas, generando problemas
de abastecimiento, comunicación e insubordinación,
junto con fenómenos de deserción.
Por consiguiente, se asistió a una sucesión
de cambios en el panorama de la violencia.
Se recrudecieron, en especial, las fricciones
entre la insurgencia y las tropas regulares,
que fueron objeto de contundentes ataques
y perdieron credibilidad ante la opinión en
la segunda mitad de los años 19909.
No obstante, las guerrillas no lograron con-
formar un bloque homogéneo y superar las
rivalidades que se acompañaron, incluso,
de enfrentamientos. Adicionalmente, no se
construyeron discursos e imaginarios sus-
ceptibles de provocar un levantamiento ma-
sivo y la influencia ejercida en los munici-
pios tampoco fue capitalizada en términos
de legitimidad política. De tal manera que
la insurgencia se encerró de facto en una si-
tuación de “no revolución”10, propicia a múl-
tiples exacciones (asesinatos, secuestros y
hurtos, entre otros), las cuales hacen difícil
interpretar la violencia en una sola trama
socio-histórica11.
Hasta principios de los años 2000, la so-
ciedad se deslizó con matices regionales
hacia un clima de inseguridad y terror, que
9 Sobre el papel de las Fuerzas Armadas en el país,
ver Francisco Leal Buitrago, La seguridad nacional
a la deriva: del Frente Nacional a la posguerra fría,
Bogotá, Alfaomega-Universidad de los Andes-FLACSO,
2002.
10 Si bien es cierto que la literatura ha hecho hincapié
en los proyectos de las guerrillas, pocos analistas han
reflexionado con detenimiento sobre las causas de
la “no revolución” en el país. Entre otros elementos,
sería interesante tener en consideración la intensi-
ficación de las violencias contra los civiles, quienes
se han distanciado de los alzados en armas; la falta
de carisma, y a veces el mutismo, de los jefes de las
facciones que no han conseguido avivar o recuperar
el descontento de la sociedad; el desfase entre los
planes de los insurgentes y las aspiraciones de la po-
blación; la acumulación de recursos que ha tenido un
efecto de evicción sobre las dimensiones políticas de
la contienda; y las debilidades militares de los fren-
tes, que durante años, dieron la impresión de tener
la capacidad para sostener una confrontación directa
con el Estado y pasar a una ofensiva general con una
voluntad de toma del poder. Para una aproximación
al tema, ver Eduardo Pizarro Leongómez, Insurgencia
sin revolución: la guerrilla colombiana en una pers-
pectiva comparada, op. cit.
11 Para una visión amplia de los estudios sobre la vio-
lencia, ver Gonzalo Sánchez & Ricardo Peñaranda
(compiladores), Pasado y presente de la violencia en
Colombia, Bogotá, La Carreta Editores, 2007.
9
fomentó el surgimiento de movimientos de
“autodefensa” hoy catalogados como “para-
militares”. Asimismo, éstos impusieron ló-
gicas de control de tipo “amigo-enemigo” a
la población que se volvió paulatinamente
blanco de los actores armados.
Aunque se evidenciaron vínculos esporádi-
cos con miembros del Estado, las autodefen-
sas no deben ser simplemente vistas como
agentes supeditados a los imperativos de la
lucha contrainsurgente. El conjunto de los
servicios del Estado, que constituye un apa-
rato de una gran disparidad12, tampoco ha
sido implicado en una estrategia de apoyo
sistemático a los grupos de autodefensa.
En efecto, las alianzas, que se pactaron a
menudo en secreto, dieron lugar a resis-
tencias, discrepancias y rupturas. Sobre
todo, las autodefensas experimentaron
una expansión que, si bien en cierta medi-
da pudo ser tolerada o instrumentalizada,
se tornó desafiante para las autoridades en
la década de 1990.
Además de oponerse a la insurgencia, las
organizaciones al margen de la ley siguie-
ron trayectorias fluctuantes, beneficiándose
de diversas fuentes de ingreso y respaldo.
Es así como se apropiaron de bienes y nego-
cios de diferente naturaleza e intervinieron
en la regulación de los asuntos públicos y
privados en numerosas localidades.
En estas circunstancias, resultó sorprenden-
te la decisión, concertada por los diferentes
grupos de autodefensa, de entablar con-
versaciones de paz. Los diálogos llevados
a cabo a raíz de la elección de Álvaro Uribe
Vélez a la Presidencia de la República en
12 Joel S. Migdal, State in society. Studying how states
and societies transform and constitute one another,
Cambridge, Cambridge University Press, 2001, re-
cuerda que es una ilusión pensar que los Estados son
entes homogéneos.
200213 e impulsada por el Gobierno, conlle-
varon oficialmente a la desarticulación de la
casi totalidad de los movimientos - a saber
31.671 alzados en armas - entre los años
2003 y 200614.
La conclusión de las discusiones de paz y el
inicio consecutivo de los programas de des-
arme, desmovilización y reinserción (DD&R)
han marcado indudablemente un punto de
inflexión en el desarrollo de la confrontación
armada. Sin embargo, se registran todavía
combates entre las fuerzas del Estado y los
reductos de guerrilla más radicales y parti-
darios de la vía armada15. Paralelamente, al-
gunos integrantes de las autodefensas han
contribuido a una violencia post-acuerdos,
con la formación de algunas “bandas emer-
gentes”, cuyas actividades colindan con el
narcotráfico y la delincuencia común.
En el plano político, se han agudizado los
debates sobre los alcances de las negocia-
ciones, en un momento en que algunos con-
gresistas y gobernadores, están siendo in-
vestigados por haber tenido presuntamente
nexos con los movimientos de autodefen-
sa16. Además, los observadores han especu-
lado sobre las razones que favorecieron los
diálogos con las autodefensas, en contraste
con la intensificación de las operaciones mi-
litares dirigidas contra la insurgencia, como
13 El candidato Álvaro Uribe fue elegido por sufragio
universal directo en 2002 para cuatro años. Mediante
una reforma de la Constitución de 1991, declarada
exequible por la Corte Constitucional, el presidente
se postuló a un segundo mandato consecutivo en
los comicios organizados en mayo del año 2006, sa-
liendo en la primera vuelta con 62,2% de la votación
(con un nivel de participación electoral estimado en
45,34%).
14 No se incluyen aquí las cifras relativas a las desmo-
vilizaciones individuales entre las autodefensas: unos
15.000 combatientes y auxiliares, según los datos
comunicados por el Estado.
15 Según testimonios concordantes, la cúpula de la
organización habría ordenado la muerte de los gue-
rrilleros desmovilizados por traición a la causa re-
volucionaria, mientras que el gobierno nacional los
considera como “desertores”.
16 Sobre este polémico tema, ver la investigación publi-
cada por la Corporación Nuevo Arco Iris, Parapolítica:
La ruta de la expansión paramilitar y de los acuerdos
políticos, Bogotá, Corporación Nuevo Arco Iris, 2008.
consecuencia de la política de seguridad
impulsada por la administración de Álvaro
Uribe Vélez.
Más específicamente, las garantías mate-
riales y penales otorgadas a los miembros
de las autodefensas, al amparo de la ley de
“Justicia y Paz”, han despertado una serie
de críticas e interrogantes. En un sentido
similar, el desmantelamiento y la reincor-
poración de éstos han sido motivo de pre-
ocupación, puesto que una proporción sig-
nificativa de sus integrantes (alrededor de
5.000)17 han retomado - o quizás nunca ha-
yan abandonado - las armas.
La coyuntura ha sido también la oportuni-
dad de una reflexión acerca de los temas
sensibles de la memoria y la reconciliación,
al abrirse espacios de interlocución con las
víctimas de la contienda18, que han carecido
históricamente de visibilidad.
En muchas oportunidades, la paz ha servido
de armazón teórico o telón de fondo a las
discusiones. Ahora bien, parece apresurado
pretender que Colombia está ineluctable-
mente encaminada hacia un escenario post-
bélico. Los avances realizados para hallar
una salida negociada a la lucha armada no
pueden ocultar los factores de inestabilidad
e incertidumbre, ocasionados por la persis-
tencia de núcleos de guerrilla y las mutacio-
nes de algunos grupos de autodefensa en
“bandas emergentes”.
Se mencionará igualmente que los lazos de
solidaridad y los fundamentos de la comu-
nidad nacional, tradicionalmente descritos
como precarios19, quedan fragilizados por
las manifestaciones pasadas y actuales de
la confrontación.
17 Según la Alta Consejería para la Reintegración. Se ha-
bla exactamente de una cifra de 4.731. Ver El Tiempo,
13 de febrero de 2007.
18 Gonzalo Sánchez, “Tiempos de memoria, tiempos
de verdad”, Análisis Político, No.68, mayo-agosto de
2008, pp. 03 a 21.
19 Ver los planteamientos del historiador David Bushnell,
Colombia: una nación a pesar de misma, Bogotá,
Editorial Planeta, 1996.
En efecto, los mecanismos de participación
y protección de los ciudadanos, así como
las libertades básicas, han sido vulnerados
con frecuencia. La inseguridad y el terror
han instaurado un clima de desconfianza y
ley del silencio que prevalecen a veces años
después de los acontecimientos violentos.
Consecuentemente, se han generado trau-
mas y peticiones entre la población, que
comienzan apenas a ser escuchados y aten-
didos más allá del ámbito privado.
Por lo anterior, el proyecto de DD&R ade-
lantado con las autodefensas constituyen
un inmenso desafío, no sólo para el Estado,
sino también para amplios sectores de la so-
ciedad, los cuáles han sido afectados por la
violencia con una intensidad variable, con-
servando siempre medios y márgenes de
acción para desenvolverse en el entorno.
De hecho, Colombia no es equiparable a
una extensa “zona gris”20, es decir un vacío
de poder institucional donde predomina-
rían las organizaciones criminales. El país
tampoco ha cedido a la tentación de las dic-
taduras que fueron recurrentes en el siglo
XX en América Latina, a excepción de la pre-
sidencia del General Gustavo Rojas Pinilla
(1953-1957), quien gobernó en la época de
“la Violencia”21 con el consentimiento de una
fracción importante de las élites civiles.
Lejos de ser inerte o cerrada, la arena políti-
ca se ha renovado dentro de una línea plura-
lista desde los años 1980 y la promulgación
de la Constitución de 1991. Esta tendencia
ha tenido como corolario una erosión del
bipartidismo tradicional entre conserva-
dores y liberales22. De allí se desprenden
20 Sobre los usos de la noción según el sentido mencio-
nado, ver Pierre Pascallon (editor), Les zones grises
dans le monde d’aujourd'hui: le non-droit gangrène-t-
il la planète?, París, L’Harmattan, 2006.
21 Más adelante en el texto, el lector encontrará ele-
mentos de bibliografía sobre esta tumultuosa época.
22 Para un balance histórico de los partidos políticos
en Colombia desde los años 1950, ver Francisco
Gutiérrez Sanín, ¿Lo que el viento se llevó? Los parti-
dos y la democracia en Colombia, 1958-2002, Bogotá,
Grupo Editorial Norma, 2007.
11
las interpretaciones discordantes sobre el
régimen que ha sido analizado como una
democracia “restringida”23 y/o “asediada”24,
por ejemplo.
En el marco socio-económico, la moderniza-
ción de Colombia ha progresado a grandes
pasos, no sin retrocesos y tensiones, apar-
tándose de la imagen de un país preindus-
trial, arraigado en cuestiones agrarias25.
Así, los fenómenos de urbanización han
conducido a un reordenamiento del mundo
rural. La liberalización abrupta de los mer-
cados ha agravado las desigualdades y los
sentimientos de frustración, a medida que
se han modificado los hábitos de consumo.
De otro lado, la apertura internacional ha
coincidido con el crecimiento de comercios
ilícitos que han estimulado la circulación de
dinero y las interacciones entre protagonis-
tas heterogéneos.
Estos parámetros son imprescindibles para
comprender las dimensiones de la contien-
da armada26 y, en particular, las etapas de
gestación y consolidación de las autodefen-
sas, que fueron debilitadas por divisiones
crónicas antes de desmembrarse.
A continuación, el análisis se centrará ex-
clusivamente en la fase de dislocación de
las organizaciones de autodefensa, que
siguió los acuerdos suscritos con el go-
bierno de Álvaro Uribe Vélez, para pro-
poner una evaluación provisional de los
23 Pedro Medellín Torres (compilador), La Reforma del
Estado en América Latina, Bogotá, Fescol, 1989.
24 Eduardo Pizarro Leongómez, Una democracia asedia-
da: balance y perspectivas del conflicto armado en
Colombia, Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2004.
25 Tesis defendida por Alvin Toffler, “Colombia está en
el pasado”, Semana, 25 de enero, 1999. En comple-
mento, se puede consultar Alvin & Heidi Toffler, Las
guerras del futuro: la supervivencia en el alba del si-
glo XXI, Barcelona, Plaza y Janes Editores, 1994.
26 En el caso de Centroamérica, Gilles Bataillon, Genèse
des guerres internes en Amérique Centrale, 1960-
1983, París, Les Belles Lettres, 2003, pp. 143 a 156,
demuestra que la violencia se desarrolló también en
un ambiente de modernización.
mecanismos colectivos de DD&R27 entre
los años 2003 y 2007.
La intención aquí no es hacer un balance
detallado de los procesos de DD&R, apre-
hendidos en todas sus dimensiones cultu-
rales, socio-económicas y psicológicas, sino
identificar unos factores de riesgo para la
estabilidad del país en los post-acuerdos en
relación con la seguridad y la paz, que han
sido dos de las principales prioridades de la
Presidencia actual.
Se privilegiará un enfoque comparativo con
América Central, cuya historia reciente ha
sido marcada por los sobresaltos de la gue-
rra, y una subsiguiente búsqueda de la paz,
en Guatemala, El Salvador y Nicaragua.
En los tres países mencionados, se manifes-
taron distintos movimientos armados, bien
sean legales o extra-oficiales, en respuesta
al crecimiento de las guerrillas entre las dé-
cadas de 1960 y 1990. Aunque la natura-
leza de estas facciones fue disímil y varios
de sus miembros no fueron incluidos en los
procesos de negociación que se presentaron
en estos países, los escenarios centroameri-
canos son la oportunidad de aprehender las
iniciativas de paz con las autodefensas en
Colombia28 en una perspectiva hemisférica.
En discrepancia con la situación colombia-
na, los conflictos en Centroamérica, que se
vieron influenciados por el juego geopolítico
“este-oeste”, fueron consecutivos o concomi-
tantes a regímenes militares autoritarios, de
tal manera que los acuerdos firmados entre
los beligerantes se enmarcaron en una do-
ble transición hacia la paz y la democracia,
27 Para un análisis de las desmovilizaciones individua-
les, ver Juan Carlos Garzón, Julián Arévalo & Paola
González, “Desmovilizaciones individuales: las incer-
tidumbres de la guerra y las limitaciones de la paz”,
Coyuntura de Seguridad, Fundación Seguridad y
Democracia, No. 9, abril-junio de 2005.
28 Ver el libro de Carlo Nasi, Cuando callan los fusi-
les. Impacto de la paz negociada en Colombia y
Centroamérica, Bogotá, CESO-Universidad de los
Andes, Grupo Editorial Norma, 2007.
mediante una fuerte participación de la co-
munidad internacional.
Estas transiciones en América Central se
acompañaron también de ambiciosos pro-
yectos de DD&R de las tropas regulares, de
los guerrilleros y/o facciones anti-insurgen-
tes calificadas como “Contra”, “escuadrones
de la muerte” y “Patrullas de Autodefensa
Civil” (Pac), entre otras apelaciones.
Ante la complejidad de estas organizacio-
nes armadas, se hace necesario partir de
algunas consideraciones generales sobre la
noción de autodefensas que será leída en
interfaz con el paramilitarismo. En segun-
da instancia, se propondrá una reflexión
acerca de la paz en un ambiente de de-
mocratización que presenta divergencias
notorias entre Colombia y Centroamérica.
Por último, la investigación versará sobre
las experiencias de DD&R, inauguradas en
los años 1990 en el istmo centroamerica-
no, las cuales se han vuelto unas de las
piedras angulares de la política de Álvaro
Uribe Vélez.
Desde un punto de vista metodológico, el
estudio se inspirará de los aportes de la
“historia cruzada”29, que tiene la ventaja
de contemplar problemáticas transversales
y aproximar contextos (sub-)nacionales a
priori lejanos, sin necesariamente ahondar
en comparaciones detalladas.
29 Metodología derivada de los estudios adelantados en
diferentes disciplinas (historia, sociología, ciencia po-
lítica, etc.) a partir de los años 1990. Michael Werner &
Bénédicte Zimmermann (editores), De la comparaison
à l’histoire croisée, París, Éditions du Seuil, 2004.
El escalamiento de la lucha armada en Colombia,
perceptible desde los años 1980, ha suscitado una
creciente atención que se ha traducido en innumerables
análisis, comentarios y discursos.
1La difícil
caracterización de
los movimientos de
autodefensa
El escalamiento de la lucha armada en Colombia, perceptible desde los años
1980, ha suscitado una creciente atención que se ha traducido en innumerables
análisis, comentarios y discursos.
Sólo se subrayará que la situación de violencia ha dado pie a controversias para
determinar si existe o no un conflicto, entendido como sinónimo de guerra30. De
manera más puntual, se ha evocado, con cierta confusión, una “balcanización”
y una “vietnamización” del país por la atomización de los enfrentamientos y el
protagonismo de los Estados Unidos en los asuntos militares y la erradicación
de los cultivos ilícitos. Por otra parte, el léxico asociado a los actores ilegales no
ha dejado de diversificarse. Por ejemplo, la identidad de los jefes de las faccio-
nes ha sido constantemente velada o distorsionada por la adopción de alias y
apodos31. También se ha acudido a expresiones como “señores de la guerra”32,
ante todo para designar a los grupos de autodefensa33.
30 Ver los argumentos avanzados por José Obdulio Gaviria, Sofismas del terrorismo en
Colombia, Bogotá, Editorial Planeta, 2005, y la posición de diferentes autores en el libro del
Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI), Nuestra guerra sin nombre.
Transformaciones del conflicto en Colombia, Bogotá, IEPRI-Grupo Editorial Norma, 2006.
31 Orlando Villanueva Martínez, Guerrilleros y bandidos. Alias y apodos de la violencia en Colombia,
Bogotá, Universidad Distrital Francisco José de Caldas, 2007.
32 Roland Marchal, “Conclusion”, en Pierre Hassner & Roland Marchal (editores), Guerres et socié-
tés: État et violence après la guerre froide, París, Éditions Khartala, 2004, pp. 571 a 608 critica
el uso reiterado de la expresión en los escenarios de violencia actuales.
33 Gustavo Duncan, en Los señores de la guerra. De paramilitares, mafiosos y autodefensas en
Colombia, Bogotá, Editorial Planeta, 2006, propone un análisis interesante de los grupos arma-
dos enfrentados a las guerrillas en Colombia.
Esta inflación lingüística, y por ende semán-
tica, ilustra tanto las posibilidades como
las dificultades para aprehender a los mo-
vimientos de autodefensa, que tienden, por
comodidad, a ser llamados “paramilitares”
en lo cotidiano.
Aunque sean usuales, ambas palabras re-
velan ser polisémicas, más aún cuando se
tienen en cuenta otras situaciones conflicti-
vas, donde se enlazan en múltiples “juegos
de lenguaje”34 con ocurrencias cercanas,
como “milicias”, “brigadas”, “escuadrones”,
“patrullas” y “rondas”.
La falta de definiciones consensuales y las
imprecisiones del vocabulario no impiden
caracterizar a las autodefensas y los para-
militares. No se trata aquí de hacer largos
relatos, ni una taxonomía de las organiza-
ciones con “tipos ideales”35. Por lo tanto, el
estudio partirá de un caso paradigmático, la
Alemania de las primeras décadas del siglo
XX, para proponer una reflexión itinerante,
y finalmente exploratoria, sobre las dos no-
ciones que han sido empleadas, no siempre
de manera concomitante en diferentes cír-
culos (académicos, periodísticos e institu-
cionales, entre otros) en América Latina36.
Aparentemente, fueron periodistas britá-
nicos, quienes acuñaron el calificativo de
34 Para acoger la fórmula consagrada en los estudios so-
bre el lenguaje. Ludwig Wittgenstein, Investigaciones
Filosóficas, México/Barcelona, Universidad Nacional
Autónoma de México/Editorial Crítica, 1988 [trad.].
35 Sobre el concepto, ver la obra de Max Weber, Essais
sur la théorie de la science, París, Presses Pocket,
1992, [trad.], pp. 172-173.
36 No se hará referencia a las unidades legales (con
rasgos de fuerzas militares y policías), consideradas
como paramilitares, directamente integradas a las
estructuras oficiales, como ocurre en algunos países
fuera del sub-continente latinoamericano (Canadá,
Estados Unidos, Gran Bretaña, entre otros).
paramilitar37 entre las dos guerras mundiales38
para referirse a los grupos armados que se
diseminaron en Alemania, bajo diferentes
denominaciones39, como auxiliares, sustitu-
tos o adversarios de los contingentes arma-
dos del Estado.
Las explicaciones sobre la eclosión del para-
militarismo suelen destacar la importancia
del Tratado de Versalles (1919), que obli-
a la joven República de Weimar a redu-
cir drásticamente su aparato coercitivo, en
tiempos de crisis política, socio-económica
y moral, para intentar evitar el estallido de
un conflicto en el futuro.
En este caso, muchas facciones paramilita-
res crecieron originalmente con la complici-
dad de los servicios estatales y adquirieron
rasgos análogos a las fuerzas regulares en
declive (armamento, disciplina y entrena-
miento). Contaron igualmente con la llega-
da masiva de soldados desmovilizados40,
que asumieron varias funciones ante los fe-
nómenos de desorden e inseguridad41, tales
como guardias civiles, comités de vigilancia y
justicia42 y brazos armados de los partidos43.
37 Antes, los observadores hablaban en particular de
organizaciones “casi-militares” o “proto-militares”.
38 Rod Paschall, “Paramilitary forces”, International
Military and Defense Encyclopedia, Londres, Brassey’s
Press, 1993, pp. 2104 a 2107.
39 Conviene anotar que la noción de autodefensas ha
sido menos usual en la literatura sobre la época.
40 Richard Bessell, Germany after the first world war,
Nueva York, Oxford University Press, 1993.
41 Estas funciones explican, en parte, por qué una plu-
ralidad de palabras - milicias, guardias y brigadas,
por ejemplo - pueden ser utilizadas como sinónimos
de paramilitares.
42 Arthur D. Brenner, “Feme murder: Paramilitary ‘self-
justice’ in Weimar Germany”, en Bruce B. Campbell
& Arthur D. Brenner (editores), Death squads in glo-
bal perspective: murder with deniability, Nueva York,
Palgrave Macmillan, 2002, pp. 57 a 83.
43 Pamela E. Swett, Neighbors and enemies: the cultu-
re of radicalism in Berlin, 1929-1933, Cambridge,
Cambridge University Press, 2004.
A. Reflexión itinerante sobre la noción de
autodefensas
17
En ese entonces, no era extraño ver a los in-
tegrantes de los grupos exaltar sentimien-
tos de patriotismo, honor y masculinidad,
con una predilección por las acciones y las
demostraciones de fuerza en las calles44
(desfiles, protestas y combates).
No obstante, los paramilitares nunca se con-
gregaron en un movimiento unitario como
tampoco quedaron subordinados a las au-
toridades, que fueron rápidamente desbor-
dadas por el activismo de estas organiza-
ciones. En la década de 1920, las estructu-
ras, el modus operandi y las reivindicacio-
nes de los paramilitares se ramificaron. Es
así como las agrupaciones participaron en
una radicalización de la sociedad contra las
minorías, en particular de confesión judía.
Por otra parte, las mismas se opusieron
cada vez más a las fuerzas comunistas y
social-demócratas y atacaron al Estado para
precipitar el derrumbe de la República de
Weimar, acusada de ser un factor de deca-
dencia de la nación, tras la humillación de la
Primera Guerra Mundial.
Sobresalieron al respecto las “Secciones
de Asalto” (Sturmabteilung: SA), que tu-
vieron un papel preponderante en la caída
del régimen (1933)45 y el fortalecimiento
posterior del “Partido Nacional-Socialista
de los Trabajadores Alemanes” (NSDAP),
articulado alrededor de la personalidad de
Adolfo Hitler.
Una vez instalado en el poder y obsesiona-
do por las amenazas que ponían en peligro
los equilibrios precarios del país, Adolfo
Hitler se empeñó en desmantelar o cooptar
a las unidades heredadas de los años prece-
dentes, sean o no clasificadas como parami-
litares. Entre otras, las SA que habían sido
decisivas en el advenimiento del nazismo,
44 Sobre la importancia de los paramilitares durante el
período, ver James M. Diehl, Paramilitary politics in
Weimar Germany, Bloomington & Londres, Indiana
University Press, 1977.
45 Sobre el desplome de la “República de Weimar” y sus
consecuencias, ver Richard J. Evans, The coming of
the third Reich, Nueva York, Penguin Books, 2004.
fueron reemplazadas por nuevas formacio-
nes (1934-1935).
Durante el segundo conflicto mundial,
diversas organizaciones prosperaron y
acumularon prestigio dentro de la ma-
quinaria burocrática del “Tercer Reich”, a
la imagen de las “Brigadas de Protección”
(Schutzstaffel: SS), con sus componentes
armados (Waffen SS)46.
Se estableció entonces un paramilitarismo
de guerra, cómplice de una estrategia geno-
cida, que entró en competencia con las pre-
rrogativas del ejército alemán (Wehrmacht),
al cumplir labores de propaganda e inteli-
gencia, eliminación de focos de resistencia
y control de poblaciones en los territorios
ocupados47.
La coyuntura alemana encontró eco en el
resto de Europa, donde proliferaron las fac-
ciones de estilo paramilitar48, que se dieron
a conocer bajo figuras metafóricas como
las “camisas negras”49. Más allá de España e
Italia, que han sido abundantemente docu-
mentadas50, la mayoría de éstas fueron invo-
lucradas en las convulsiones y los métodos
46 Jean-Luc Leleu, La Waffen-SS : soldats politiques en
guerre, París, Perrin, 2007.
47 Las violencias cometidas por el conjunto de las es-
tructuras militares del Reich fueron de una gran hete-
rogeneidad. En el caso de Europa occidental, con una
atención particular a Francia, ver Peter Davies, France
and the second world war: resistance, occupation
and liberation, Nueva York, Routledge, 2000, y para
el frente oriental de la guerra en el continente, Rolf-
Dieter Müller & Gerd R. Ueberschar, Hitler's war in
the East, 1941-1945: a critical assessment, Oxford/
Nueva York, Berghahn Books, 2008 and Geoffrey J.
Geoffrey Megargee, War of annihilation: combat
and genocide on the Eastern front, 1941, Boulder,
Rowman & Littlefield Publishers, 2007.
48 Muchas de ellas aparecen descritas como milicias en
los análisis.
49 Con variantes - como las camisas “azules”, “moradas”
y “verdes” - según los países y las traducciones de un
idioma a otro.
50 Ver por ejemplo José Luis Gómez Navarro, El régi-
men de Primo de Rivera, Madrid, Cátedra D. L, 1991;
Edward Malefakis (editor), La guerra civil española,
Madrid, Taurus, 2006, y Patricia Dogliani, L' Italia fas-
cista, 1922-1940, Milano, Sansoni Editore, 1999.
autoritarios que azotaron las democracias
liberales en los años 1920 y 193051.
Los grupos paramilitares y similares en
esta época simbolizaron la expansión de
diferentes tendencias - anti-comunistas,
conservadoras, nacionalistas, xenófobas y
(pro-) fascistas - en Austria, Eslovaquia y
Francia52, entre otros, contribuyendo a una
recomposición de la extrema derecha.
Ahora, conviene señalar que la extrema de-
recha remite a un universo político pluridi-
mensional y polémico53, sobre todo cuando
se relaciona con el fascismo, que algunos
académicos se rehúsan a definir dentro de
la familia de las derechas54.
Por otra parte, la extrema derecha no refle-
ja plenamente la complejidad y las trans-
formaciones del paramilitarismo55, aunque
suele ser un elemento de identificación de-
terminante, o una etiqueta cómoda, para
el análisis.
Efectivamente, la decisión de enlistarse
en los movimientos armados no respon-
dió siempre a aspiraciones predetermina-
das y unívocas. Las motivaciones fueron
51 Marco Tarchi, “The role of fascist movements” en
Dirk Berg-Schlosser & Jeremy Mitchell (editores),
Authoritarianism and democracy in Europe, 1919-
39: comparative analyses, Houndmill, Palgrave-
Macmillan, 2002, pp. 101 a 128.
52 La influencia del fascismo en Francia ha dado pie a
controversias entre los académicos. Para una síntesis,
ver Michel Dobry (editor), Le mythe de l’allergie fran-
çaise au fascisme, París, Albin Michel, 2003.
53 Cas Mudde, “The war of words: defining the extre-
me right party family”, Western European Politics,
volumen 19, n°2, abril de 1996, pp. 225 a 248, ha
evidenciado la existencia de más de diez corrientes
perteneciendo a la extrema derecha en Europa.
54 Sobre el fascismo, y sus posibles articulaciones con la
derecha y la extrema derecha, ver por ejemplo Robert
Paxton, The anatomy of fascism, Nueva York, Alfred
A. Knopf, 2004, y Marco Tarchi, Fascismo. Teorie, in-
terpretazioni e modelli, Roma/Bari, Editori Laterza,
2003.
55 Los usos de la noción han sido más escasos para
la época cuando se trata de los grupos de filiación
distinta a la extrema derecha. Ver al respecto las mi-
licias vinculadas con el “Partido Social-Demócrata”
(Reichsbanner). Pamela E. Swett, Neighbors and ene-
mies, op. cit.
influenciadas por sincretismos ideológicos
y consideraciones prosaicas, como los lazos
de amistad, el oportunismo y las presiones
del entorno.
América Latina no quedó aislada de los
sucesos políticos en Europa, mientras se
recrudecían los intercambios de toda ín-
dole entre las dos regiones. Por ejemplo,
personajes emblemáticos del fascismo
ejercieron una innegable atracción en el
Cono Sur56, sin desconocer el impacto que
pudieron tener en otros territorios como
El Salvador, Guatemala y México57. No obs-
tante, la penetración de las ideas europeas
en Suramérica no estuvo exenta de con-
tradicciones y resistencias. De hecho, las
relaciones inter-continentales no fueron
uniformes ni armónicas. Se crispaban cró-
nicamente, en particular por la cuestión de
la inmigración, que resultó ser a la vez un
aporte multicultural y un punto de discor-
dia, no sólo entre los países, sino también
al interior de los mismos.
En este contexto, antes de la primera gue-
rra mundial, los inmigrantes en Argentina y
Chile fueron el blanco de un nacionalismo
excluyente, con una tonalidad racista y re-
ligiosa, a medida que el liberalismo sacu-
día la economía. En ambos casos, los años
1910 y 1920 vieron surgir “Ligas Cívicas” y
“Ligas Patrióticas”, que se volvieron las van-
guardias de la lucha contra las oleadas de
extranjeros58, el comunismo y/o las clases
obreras, que fueron acusados de alterar el
orden establecido. Después de la crisis in-
ternacional de 1929, la polarización de la
población se exacerbó durante una década
56 Eugenia Scarzanella (compiladora), Fascistas en
América del Sur, Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2007.
57 Sobre este caso, ver Alicia Gojman de Backal,
Camisas, escudos y desfiles militares. Los Dorados y
el antisemitismo en México, 1934-1940, México D.F,
Fondo de Cultura Económica, 2000.
58 Los ataques apuntaron prioritariamente a los traba-
jadores recién llegados, y en menor proporción a los
propietarios y los comerciantes de largo arraigo en
los dos países.
19
en que se fortalecieron las corrientes anti-
semitas y (pro-) fascistas59.
Junto con las ligas60, las formaciones pa-
ramilitares, que aparecieron bajo diversas
apelaciones (brigadas, guardias y patrullas,
entre otros), se encargaron de defender los
barrios y las fábricas, suplir a las tropas re-
gulares, hacer proselitismo y asegurar la pe-
rennidad de los partidos políticos. Las fac-
ciones se libraron constantemente a actos
de teatralización de la violencia y marchas
callejeras que recordaron las tácticas de las
agrupaciones armadas en Europa.
Desde un punto de vista ideológico, si
bien los paramilitares compartieron un fer-
vor nacionalista, al igual que valores cle-
ricales y conservadores, no todos fueron
fascistas.
En Chile, la sociedad fue más propensa a
contener a los sectores más virulentos fren-
te a la inestabilidad interna y los litigios
persistentes con Perú y Bolivia (problemas
de frontera, inmigración y comercio). Así,
se instituyeron milicias paramilitarizadas,
con el propósito de defender las libertades
y el pluralismo democrático según un espí-
ritu republicano61. En la década de 1930, las
organizaciones se esforzaron por neutrali-
zar la progresión del fascismo, los excesos
nacionalistas y las veleidades de poder de
los militares.
En la Argentina de los años 1920 y 1930, la
debilidad de los partidos moderados y el apo-
yo de las élites atemorizadas por la agitación
social llevaron a que se observara una estre-
cha correlación entre el paramilitarismo, el
59 Sobre estas diferentes secuencias históricas, ver
Sandra McGee Deutsch, Las derechas: la extrema de-
recha en la Argentina, el Brasil y Chile, 1890-1939,
Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes
Editorial, 2005.
60 Algunas de ellas pueden ser parcial o totalmente con-
sideradas como organizaciones militarizadas.
61 De allí las disputas entre varias formaciones parami-
litares que no fueron necesariamente asociadas a la
extrema derecha.
fascismo y/o las franjas nacionalistas de la
extrema derecha62.
Posteriormente, la rivalidad “este-oeste”
dejó una profunda huella, que no marcó
una discontinuidad absoluta con el pasa-
do, en el panorama de los paramilitares
en Latinoamérica y la cuenca limítrofe del
Caribe. El fascismo y el nacionalismo, que
habían sido centrales en el ascenso de los
movimientos armados en la primera mitad
del siglo, fueron relegados a un segundo
plano por la lucha contra la izquierda, en-
tendida en una acepción amplia.
Entre los años 1950 y 1980, las dictaduras
del hemisferio63 se convirtieron en el terreno
predilecto - pero no exclusivo - de las cam-
pañas represivas llevadas a cabo contra los
sectores de la población animados por am-
biciones contestatarias y/o revolucionarias.
Los regímenes se dotaron de dispositivos
legales, gracias a reformas constitucionales
y judiciales64 (Argentina, Brasil y Chile, entre
otros), que abrieron el camino a prácticas
coercitivas con privaciones de libertad. Las
fuerzas castrenses fueron modernizadas y
facultadas para infiltrar y administrar los es-
pacios de vida. En complemento, las autori-
dades participaron directa o indirectamente
en la creación de unidades paramilitares,
62 Para una discusión sobre las relaciones entre el fas-
cismo y el nacionalismo en Argentina, ver Federico
Finchelstein, Fascismo, liturgia e imaginario: el mito
del general Uriburu y la Argentina nacionalista,
Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002, pp.
09 a 29.
63 Las dictaduras del sub-continente no constituyeron
un bloque monolítico. Muchas fueron destituidas en
la década de 1980, de manera no violenta, propician-
do un proceso de transición hacia la democracia y un
desmantelamiento de diversas estructuras militares y
paramilitares. Ver los trabajos de Guillermo O’donnell,
Philippe C. Schmitter & Laurence Whitehead (editores),
Transitions from authoritarian rule: Latin America,
Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1986,
y Juan J. Linz & Alfred Stepan, Problems of democratic
transition and consolidation: Southern Europe, South
America and post-communist Europe, Baltimore, The
Johns Hopkins University Press, 1996.
64 Para el Cono Sur, ver Anthony W. Pereira, Political
(in)justice: authoritarianism and the rule of law in
Brazil, Chile, and Argentina, Pittsburgh University of
Pittsburgh Press, 2005.
conocidas bajo distintos calificativos, que
se singularizaron por innumerables viola-
ciones a los derechos humanos: asesinatos,
detenciones arbitrarias y desapariciones
forzadas, entre las más importantes.
Sin embargo, los paramilitares no mostra-
ron una lealtad incondicional al Estado ni
una coherencia ideológica firme, oscilando
entre la derecha y la extrema derecha. Por
ejemplo, bajo la presidencia de Anastasio
Somoza Debayle (1967-1972 y 1974-1979)
en Nicaragua, la “Guardia Nacional” - verda-
dero garante de la dictadura - expresó sig-
nos de inconformidad e inquietud frente a
la propagación de unidades armadas extra-
oficiales y anti-izquierdistas65. A la inversa,
en Haití, durante la era de François y Jean-
Claude Duvalier (1967-1971 y 1971-1986),
el poder ejecutivo se rodeó de las tumultuo-
sas bandas de “Voluntarios de la Seguridad
Nacional” (conocidos en el lenguaje popular
como “Tontons Macoutes”), presuntamen-
te inspirados por las “camisas negras” de
la Italia fascista, para prevenir un golpe de
Estado de los opositores, apoyados por una
fracción de los militares66.
Independientemente de su heterogeneidad,
los grupos paramilitares operaron a menudo
en nombre de la “seguridad nacional” y del
“mantenimiento del orden”. Se beneficiaron
de alianzas de oportunidad y mecanismos
de protección que diluyeron las responsa-
bilidades entre múltiples comanditarios,
intermediarios y ejecutantes, incluso a ni-
vel internacional, como lo reveló la famosa
“Operación Cóndor”, implicando a distintos
países del hemisferio americano67.
65 Richard Millett, Guardians of the dynasty. A History
of the U.S. created Guardia Nacional de Nicaragua
and the Somoza family, Nueva York, Orbis Books,
1977.
66 Henry F. Carey, “Militarization without civil war: the
security dilemma and regime consolidation in Haiti”,
Civil Wars, volumen 7, n°4, invierno de 2005, pp. 330
a 356.
67 J. Patrice McSherry, “Operation condor: clandestine
inter-American system”, Social Justice, volumen 26,
n°4, invierno de 1999, pp. 144 a 173.
La impresión de clandestinidad fue patente
en el caso de las cuadrillas móviles insti-
tuidas, en especial, para cometer crímenes
(homicidios, secuestros y torturas), como
“la Triple A” en Argentina68, “la Falange” en
El Salvador y “Ojo por Ojo” en Guatemala,
justificando la expresión de “escuadrones
de la muerte”69.
Se resaltará que la “Triple A” surgió en los
meses precediendo la toma del poder por
parte de la junta militar, es decir entre el
final del mandato de Juan Domingo Perón
(1973-1974)70 y el interludio presidencial
de su esposa María Estela Martínez de Perón
(1974-1976)71. La “Triple A” fue impulsada
desde las altas esferas del Estado, antes de
ser disuelta por los militares que quisieron
deshacerse de un aliado versátil y deses-
tabilizador. Según varias fuentes, la orga-
nización mantuvo vínculos con la extrema
derecha y la urbe fascista en el exterior, en
especial en Italia. Se dedicó fundamental-
mente a reprimir a las agrupaciones arma-
das de izquierda, las protestas sociales y las
68 La “Alianza Anticomunista Argentina” (“Triple A”) fue
uno de los “escuadrones de la muerte” más activos en
América Latina. Al igual que otras organizaciones pa-
ramilitares, pudo contar con el apoyo de las fuerzas
militares que adoptaron en particular, una vez en el
poder, el modelo de guerra contra-insurgente desa-
rrollado por Francia en los países en vía de desco-
lonización. Marie-Monique Robin, Escuadrones de la
muerte. La escuela francesa, Buenos Aires, Editorial
Sudamericana, 2005.
69 Para una visión comparativa, más allá de América
Latina, ver Bruce B. Campbell & Arthur D. Brenner
(editores), Death squads in global perspective. op.
cit., y Jeffrey A. Sluka (editor), Death squad: the an-
thropology of state terror, Philadelphia, University of
Pennsylvania Press, 1999.
70 Figura emblemática de la vida política argentina en
el siglo XX, Juan Domingo Perón asumió tres man-
datos, no consecutivos, antes de fallecer en julio de
1974. Para un análisis de su itinerario y legado políti-
co, ver Robert D. Crassweller, Perón and the enigmas
of Argentina, Nueva York, W. W. Norton & Company,
1996, y James W. McGuire, Peronism without Perón:
unions, parties and democracy in Argentina, Stanford,
Stanford University Press, 1997.
71 Fue depuesta en marzo de 1976 por un golpe mi-
litar que dio origen al “Proceso de Reorganización
Nacional”. En 2007, la ex-presidenta en exilio fue lla-
mada a juicio y objeto de una solicitud de extradición
enviada a las autoridades de España, por participa-
ción en crímenes perpetrados por las fuerzas regula-
res y los paramilitares.
21
reivindicaciones sindicales. También sirvió
para arreglar cuentas entre las corrientes ri-
vales dentro de la mayor fuerza política del
país, el peronismo.
En una perspectiva latinoamericana, los
paramilitares actuaron en repertorios am-
bivalentes entre lo público y lo privado.
Desde luego, éstos no tuvieron globalmen-
te la audiencia de las facciones análogas
del período de los dos conflictos mundiales
en Europa y Suramérica, pero no quedaron
confinados a un papel marginal. En lo coti-
diano, suscitaron inextricables sentimientos
de simpatía, (in)seguridad y/o temor entre
las poblaciones72.
Ahora bien, desde los años setenta, pero
con más nitidez en los ochenta y noven-
ta del siglo pasado, emergieron fuera del
Cono Sur diferentes movimientos armados,
en respuesta a la delincuencia, las guerri-
llas y sus simpatizantes, lo que explica las
similitudes y confusiones posibles entre au-
todefensas y paramilitares.
En este sentido, estos movimientos no co-
rresponden nítidamente a la visión clásica
del paramilitarismo heredada de la primera
mitad del siglo XX en Europa. Tampoco pue-
den ser asimilados a los “escuadrones de la
muerte” instrumentalizados en tiempos de
dictadura en América Latina. En efecto, la
mayoría de éstos desarrolló un ethos rural,
con fuertes características comunitarias,
globalmente poco permeables a las ideas
de extrema derecha y ajenos a la dicotomía
entre la izquierda y la derecha. Se definie-
ron o fueron presentados como “comités”,
“rondas” o “patrullas” con bases territoria-
lizadas y funciones a priori no expansivas.
Sobre todo, el armamento y el adiestra-
miento militar fueron a menudo deficientes,
alejándose de la imagen de micro-ejércitos
disciplinados y preparados para sostener
largos combates.
72 Mediante actos de propaganda, amenazas e intimida-
ciones y prácticas de teatralización de la violencia.
Conviene recordar que la noción de autode-
fensas constituye una categoría de análisis
maleable y difícil de rastrear. Si bien los pri-
meros empleos del término se remontan al
siglo XVIII en distintos idiomas, este último
se ha vuelto particularmente usual, y obje-
to de diversas conceptualizaciones, en los
contextos de violencia interna, después de
la Segunda Guerra Mundial en África, Asia y
Latinoamérica73.
Pese a ciertas similitudes entre las dos pa-
labras, los significados otorgados a las au-
todefensas y los paramilitares distan en el
lenguaje común y la literatura académica74.
Así, las autodefensas no suelen ser tan afe-
rradas a las ideologías de extrema derecha
y la lucha contra la izquierda, a excepción
de América Latina, donde el término hace
parte del léxico (repertorio semántico) de
los grupos contrainsurgentes. En segundo
lugar, los miembros de las autodefensas se
reclutan por lo general entre un amplio sec-
tor de la población, a menudo sin mayores
criterios de selección ni contactos con las
tropas regulares. Adicionalmente, tienden a
tener sólidos rasgos comunitarios (juntas de
vecinos, organizaciones étnicas y redes con
lazos de solidaridad religiosa, por ejemplo),
con un radio de acción local o regional, asu-
miendo tareas de vigilancia y protección de
aldeas y sitios de alto valor económico y/o
simbólico75.
Para tratar de acercarse más a la diversidad
de las autodefensas en América Latina, se
hará alusión a dos escenarios conflictivos
73 Stathis N. Kalyvas, The logic of violence in civil war,
Cambridge, Cambridge University Press, 2006.
74 Ambos términos pueden ser usados como sinónimos
junto con la idea de milicias. Ver Laurent Gayer &
Christophe Jaffrelot (editores), Milices armées d’Asie
du sud, París, Les Presses de SciencesPo, 2008.
75 La noción de autodefensas se confunde frecuente-
mente con el “vigilantismo”. Para América Latina,
ver Martha K. Huggins (editora), Vigilantism and the
state in modern Latin America: essays on extra-legal
violence, Nueva York, Praeger Publishers, 1991, y
para otras regiones, ver David Pratten & Atryee Sen
(editores), Global vigilants, Nueva York, Columbia
University Press, 2007.
que finalizaron en los años 199076: Guatemala,
durante la transición entre las dictaduras mi-
litares y la democracia, cuando culminó la
oposición contra las guerrillas; y Perú, don-
de el Estado se enfrentó a una poderosa in-
surgencia, que basculó en una lógica ofen-
siva en los años de liberalización económica
y democratización política del país.
En Guatemala, los disturbios sociales y
los avances de la insurgencia en los años
1970 y 1980 conllevaron a los militares a
aplicar técnicas de contra-insurgencia que
retomaron doctrinas y modelos foráneos
(Indochina, Argelia y Vietnam con el dispo-
sitivo de las “aldeas estratégicas”). En varios
departamentos, se conformaron “Patrullas
de Autodefensa Civiles” (Pac) que consiguie-
ron aislar a la población de las guerrillas77,
entre las cuales se encontraban las “Fuerzas
Armadas Rebeldes” (Far), la “Organización
del Pueblo en Armas” (Orpa) y el “Ejército
Guerrillero de los Pobres” (EGP)78.
A pesar de su influencia en el desarrollo de
la contienda armada e impacto sobre el te-
jido social de los pueblos indígenas, las Pac
no han sido consideradas como agrupacio-
nes paramilitares en el lenguaje cotidiano
en Guatemala, ni entre los académicos79, en
desfase con la imagen que se pueda tener
desde el exterior.
Los patrulleros fueron principalmente campe-
sinos indígenas, mal equipados e instruidos
76 En la segunda parte del documento, se analizarán los
alcances de los acuerdos de paz en Centroamérica. La
situación peruana, que se mencionará a continuación,
fue distinta en el sentido en que la confrontación no
se concluyó por la vía negociada, sino a raíz de la
derrota político-militar de las guerrillas.
77 Sobre las dimensiones del conflicto, se puede consul-
tar el informe de la Comisión para el Esclarecimiento
Histórico, Guatemala: memoria del silencio, Ciudad
de Guatemala, CEH, 1999.
78 Yvon Lebot, La guerra en tierras mayas: comunidad,
violencia y modernidad en Guatemala (1970-1992),
México D.F, Fondo de Cultura Económica, 1997.
79 Entrevista personal a Simone Remijnse, en agosto de
2007, autora de Memories of violence: civil patrols
and the legacy of conflict in Joyabaj, Guatemala, West
Lafayette, Purdue University Press, 2003.
en tácticas de lucha irregular, quienes se in-
volucraron, o fueron obligados a enlistarse,
en columnas de contra-guerrilla a lo largo
de la década de 1980 y, en menores pro-
porciones, en los años 1990, cuando avan-
zaban las negociaciones de paz.
Muchos integraron las filas de las Pac en
1982 como resultado de la política contra-
insurgente del Ejército, que contemplaba
el control o la eliminación de la población
indígena80, acusada de apoyar a las guerri-
llas, provocando importantes flujos de des-
plazados. El objetivo consistió igualmente
en enfrentar entre sí a los miembros de las
comunidades para contrarrestar el apoyo
social a los alzados en armas.
En 1983, el general Efraín Ríos Montt, quien
había encabezado un golpe de Estado en
1982, decidió legalizar a las Pac, en com-
plemento de la estrategia de militarización
de las áreas rurales del centro-norte del
territorio.
En el tiempo más álgido de la confrontación
armada, los efectivos de las Pac alcanza-
ron un millón de personas, según algunas
estimaciones, antes de ser renombradas
“Comités Voluntarios de Defensa Civil”
(CVDC) y desmovilizadas por el gobierno
nacional en 1995, para intentar evitar los
motivos de tensiones y la reactivación del
conflicto en la fase terminal de las discusio-
nes de paz con las guerrillas.
La proximidad con las fuerzas castrenses
no significó necesariamente que las Pac tu-
vieran estructuras, valores e intereses en
común con la institución militar. Tampoco
se parecieron a las formaciones móviles,
denominadas “escuadrones de la muerte”
(unidades mixtas de militares, mercenarios
y sicarios), como el grupo “Ojo por Ojo”, vin-
culadas con corrientes de extrema derecha,
80 Algunos estudiosos han hablado al respecto de
genocidio. Victoria Sanford, Violencia y genocidio
en Guatemala, Ciudad de Guatemala, F&G Editores-
Editora Cultural de Guatemala, 2003.
23
que encarnaron por excelencia la figura del
paramilitarismo en el país.
A partir de la experiencia en Guatemala, que
se concluyó con el cierre de acuerdos de paz
en 1996, las autoridades civiles y militares en
Perú81 multiplicaron las iniciativas destinadas
a derrotar a las dos grandes guerrillas que
se crearon en los años 1970 y 1980, a saber
“Sendero Luminoso” (SL)82 y el “Movimiento
Revolucionario Túpac Amaru” (Mrta).
Entre las medidas adoptadas, las tropas
regulares decidieron concentrar a las po-
blaciones rurales en zonas específicas para
aislar a la insurgencia. En los territorios
centrales y sureños del país, se constituye-
ron “Comités de Defensa Civil” (CDC), que
recibieron un material bélico precario y una
formación militar somera, aunque revela-
ron ser decisivas para contener la progre-
sión de los insurgentes en los años 1980.
La promoción de los CDC se hizo en un
mundo indígena disperso y estratificado.
Sin embargo, se crearon sinergias entre
las aldeas de campesinos, siguiendo el ca-
mino de las “Rondas” y los “Montoneros”,
los cuáles fueron fundados años atrás en
el norte de Perú, sin la cooperación del
Estado, en respuesta a la inseguridad des-
atada por bandas de delincuentes y faccio-
nes políticas locales (abigeato, extorsiones
y homicidios).
Las estructuras campesinas del norte - es
decir, las rondas que sirvieron de antece-
dentes históricos y dieron su nombre a otras
organizaciones en el país83 - se unieron a la
81 Para un balance del conflicto armado, ver Steve J.
Stern (editor), Shining and other paths: war and so-
ciety in Peru, 1980-1995, Durham & Londres Duke
University Press, 2005.
82 La guerra se agudizó en la época, aunque el mili-
tantismo de algunas facciones se haya hecho evi-
dente en el transcurso de los años 1970. Carlos
Iván Degregori, Ayacucho 1969-1979: el surgimien-
to de Sendero Luminoso, Lima, Instituto de Estudios
Peruanos, 1990.
83 Incluyendo a los Cdc, lo cual ha sido un elemento de
complejidad adicional para el análisis.
lucha contra la guerrilla, no sin sentimientos
de animosidad y sospecha hacia las fuerzas
estatales, culpadas de brutalidades contra
las comunidades y/o ser crónicamente au-
sentes de los municipios.
En numerosas provincias rurales, los cam-
pesinos en armas no se limitaron a tareas
de vigilancia y represión, sino que empren-
dieron operaciones ofensivas de búsqueda
y persecución de los guerrilleros. También
fueron los voceros de las peticiones del
mundo rural ante el Estado y resolvieron li-
tigios personales y regularon la economía
en las localidades, convirtiéndose en movi-
mientos populares con dimensiones políti-
cas y sociales84.
So pretexto de haber contribuido a la derro-
ta de las guerrillas a comienzos de los años
1990, las agrupaciones campesinas, mu-
chas de las cuáles fueron legalizadas bajo la
etiqueta de “Comités de Autodefensa”85, no
pueden ser descritas como unidades para-
militarizadas por sus deficiencias en mate-
ria de armamento y formación militar, como
tampoco pueden ser consideradas como
facciones violentas de filiación de extrema
derecha. Las mentalidades y las motivacio-
nes de los integrantes, en un entorno hostil
donde la neutralidad era difícil de mante-
ner, mezclaron elementos pragmáticos ante
la violencia cometida por la guerrilla (como
la supervivencia física, la protección de bie-
nes y los ciclos de venganza) con creencias
procedentes de la cosmología indígena86.
84 Orin Starn, Nightwatch: the politics of protest in
the Andes, Durham/Londres, Duke University Press,
1999.
85 Varias de ellas no alcanzaron o se rehusaron a ser re-
conocidas por el Estado que pretendió recuperarlas,
asociándolas al éxito de la lucha campesina contra las
guerrillas, con el propósito de dar más resonancia a la
política contra-insurgente.
86 Carlos Iván Degregori, José Coronel, Ponciano del
Pino & Orin Starn, Las rondas campesinas y la derro-
ta de Sendero Luminoso, Lima, Instituto de Estudios
Peruanos/Universidad Nacional San Cristóbal de
Huamanga, 1996.
Por consiguiente, resulta poco acertado,
desde un punto de vista heurístico, hablar
de formaciones paramilitares en referencia
a las rondas campesinas y las formaciones
armadas similares, al igual que en el caso de
las Pac guatemaltecas en la misma época.
No obstante lo anterior, varios movimientos
de autodefensa fueron puntualmente inte-
grados a los operativos de las tropas oficia-
les, que procuraron ejercer un control sobre
estos actores considerados como auxiliares.
De allí, la tentación de catalogarlos como
organizaciones pro-estatales y confundirlos
con agrupaciones paramilitares87, esencial-
mente conformadas por (ex)agentes de las
fuerzas armadas, miembros de los servi-
cios de inteligencia y células políticas, entre
las cuales figura por ejemplo el “Comando
Rodrigo Franco” en Perú, que se singularizó
por sus ataques a personalidades y defen-
sores de las corrientes de izquierda88.
Para concluir este breve recorrido de las au-
todefensas y los paramilitares en América
Latina, se añadirá que las décadas de 1970
y 1980 fueron tiempos de convulsiones en
Nicaragua. En 1979, la toma del poder por
el “Frente Sandinista de Liberación Nacional”
(FSLN) ocasionó la creación de un movimien-
to contrarrevolucionario - comúnmente co-
nocido como “la Contra”89 - que cambió de
denominación - “Resistencia Nacional” (RN)-
a la hora de negociar la paz después de una
década de lucha bélica.
La resistencia, que se estableció contra el
sandinismo, acogió a una multitud de gru-
pos armados anti-gubernamentales que
presentaban una fisonomía híbrida entre
las facciones paramilitares y los grupos de
autodefensa comunitarios en otros países
latinoamericanos, oscureciendo las catego-
rías de análisis.
87 En su mayoría, tuvieron una existencia efímera.
88 Ver el informe final de la Comisión de la Verdad y
Reconciliación, Tomo III, Lima, 2003. Disponible en:
www.cverdad.org.pe.
89 Nombre a veces ortografiado en plural.
Es así como en los primeros meses de los
años 1980, la oposición armada fue embrio-
naria y descoordinada. Recayó, ante todo, en
las unidades de la difunta “Guardia Nacional
de la dictadura de la familia Somoza90 y sec-
tores del campesinado del norte del país
fronterizo con Honduras (“Milicias Populares
de Liberación Anti-Somozistas” - Milpas)91,
donde las autoridades se aliaron a los anti-
sandinistas durante la guerra.
Se anotará que los soldados de la antigua
“Guardia Nacional” constituyeron, stricto
sensu, unidades paramilitares (por sus orí-
genes, adiestramiento y disciplina) en gue-
rra contra el Estado cooptado por el FSLN, a
veces con un modus operandi cercano a los
“escuadrones de la muerte”, lo que infirma
la tesis comúnmente aceptada, si se tiene
en cuenta la situación de otros países fue-
ra del hemisferio latinoamericano (Costa de
Marfil, India, Sierra Leona, entre otros), que
hace de los paramilitares unos auxiliares in-
condicionales de las fuerzas estatales92.
Los reductos de la “Guardia Nacional” forma-
ron el núcleo de las “Fuerzas Democráticas
Nicaragüenses” (FDN) que se beneficiaron
de una internacionalización de la guerra.
Recibieron asesoría militar, armamento y fi-
nanciación por parte de una coalición de ac-
tores heterogéneos (Estados, mercenarios
y empresarios, entre otros)93, liderados por
los Estados Unidos, que se involucraron, a
partir de los años 1940, en una cruzada an-
ti-comunista en el istmo centroamericano.
90 Ver el relato periodístico de Timothy C. Brown, The
real contra war: highlander peasant resistance in
Nicaragua, Norman, University of Oklahoma Press,
2001.
91 Lynn Horton, Peasants in arms: war and peace in the
mountains of Nicaragua, 1979-1994, Athens (Ohio),
Ohio University Press, 1999.
92 Para otros ejemplos, ver Andrew Scobell & Brad
Hammitt, “Goons, gunmen and gendarmerie: toward
a reconceptualization of paramilitary formations”,
Journal of Political and Military Sociology, volumen
26, n°2, invierno de 1998, pp. 213 a 227.
93 Ariel Armony, Argentina, The United States and the
anti-communist crusade in Central America, 1977-
1984, Athens (Ohio), Ohio University Press, 1997.
25
Las FDN, cuyos efectivos fueron estimados
a 20.000 combatientes, intentaron lograr
una simbiosis entre los representantes de
la extrema derecha, los decepcionados de
la causa revolucionaria sandinista y los
campesinos reacios a la colectivización de
las tierras.
Dentro de este proceso, gran parte del
campesinado del norte del país, que había
tomado las armas al estilo de autodefensas
como consecuencia de las incursiones y las
exacciones sandinistas, fue sometido a una
paramilitarización con un adoctrinamiento
político por parte de la “Guardia Nacional”
y militares extranjeros (argentinos, estado-
unidenses y guatemaltecos, principalmen-
te) desde varias retaguardias establecidas
en Honduras.
Paralelamente, en el transcurso de la -
cada de 1980, se consolidaron frentes de
resistencia en el sur de Nicaragua (“Alianza
Revolucionaria Democrática” - ARD) y ha-
cia la costa noreste (“Miskitu Sumu Rama”
- Misurata), donde indígenas del área se
organizaron en autodefensas parcialmente
paramilitarizadas para proteger sus tierras
y costumbres, tratando de no dejarse ab-
sorber por los intereses de las potencias
extranjeras y los demás grupos implicados
en la confrontación contra el FSLN.
En el país vecino - El Salvador - que cono-
ció concomitantemente una guerra inter-
na, con ramificaciones internacionales94, la
población fue involucrada en una malla de
alianzas con representantes del Estado en
la lucha contra las diferentes vertientes de
la guerrilla del “Frente Farabundo Martí de
Liberación Nacional” (FMLN), que dejó las
armas a principios de la década de 1990 a
raíz del desarrollo de diálogos de paz.
Entre otros aspectos, se formó en 1961 la
“Organización Democrática Nacionalista”
94 Sobre el tema ver, por ejemplo, Elisabeth Jean Wood,
Insurgent collective action and civil war in El Salvador,
Cambridge, Cambridge University Press, 2003.
(Orden), que movilizó política y militarmen-
te a sectores del campesinado y asalariados
agrícolas, antes de ser disuelta y reempla-
zada por la “Agencia Nacional de Seguridad
de El Salvador” (Ansesal), a finales de los
años 1970, cuando se inició la intensifica-
ción de la contienda armada. Mediante esta
estructura estatal especializada en materia
de inteligencia, una parte de la población
rural fue controlada y organizada en patru-
llas móviles, mal armadas e instruidas en
las técnicas de guerra irregular, con el apo-
yo de los terratenientes. Adicionalmente,
se instituyeron unidades mixtas confor-
madas por militares y civiles. Éstas fueron
más acordes a la imagen de organizaciones
paramilitares flexibles (llamadas “escua-
drones de la muerte” en el presente caso),
destinadas a eliminar a los simpatizantes y
las bases sociales de la guerrilla95, que ac-
tuaron a menudo en la sombra del Estado y
quedaron excluidas de los acuerdos de paz
celebrados posteriormente.
En definitiva, las nociones de autodefen-
sas y paramilitares resultan ser polisémi-
cas y “nómadas”, por no decir porosas. Las
aproximaciones del lenguaje tienden a con-
fundirlas en algunas circunstancias, como
si fuesen simples sinónimos, aunque exis-
ten divergencias sustanciales entre los “es-
cuadrones de la muerte” adscritos a la ex-
trema derecha y los grupos de autodefensa
en medio rural, por ejemplo.
Para sintetizar, se pueden destacar varias
ideas útiles para la reflexión en una pers-
pectiva latinoamericana. Se dice de grupos
armados que son paramilitares cuando re-
únen las siguientes características: estrate-
gia estatal contrainsurgente que contempla
la intervención de fuerzas extraoficiales;
armamento, formación militar y cohesión
similares a las tropas regulares; principios
ideológicos de extrema derecha y/o una
95 Cynthia J. Arnson, “Window on the past: a declassi-
fied history of death squads in El Salvador”, en Bruce
B. Campbell & Arthur D. Brenner (editores), Death
squads in global perspective: murder with deniability,
pp. 85 a 124.
voluntad de lucha contra las corrientes de
izquierda, asumiendo un comportamiento
ofensivo.
Por otro lado, los paramilitares pueden
cumplir funciones defensivas, imitando las
prácticas usuales de las organizaciones de
autodefensa. A la inversa, las autodefensas,
que suelen tener fundamentos comunita-
rios y territoriales, pueden entrar en diná-
micas más ambiciosas y ser paramilitariza-
das por el Estado, provocando un desvane-
cimiento de la frontera entre lo defensivo y
lo ofensivo.
Por lo tanto, se observa que son múltiples
las posibilidades de evoluciones de las es-
tructuras armadas y, finalmente, los vai-
venes entre las dos categorías analíticas.
Esta inestabilidad es a la vez el fruto de las
interacciones entre los diferentes actores
armados, el desarrollo de la confrontación
armada (poder armado adquirido dentro
de la confrontación) y el producto de facto-
res coyunturales externos (influencia o in-
tervención de actores internacionales, por
ejemplo).
B. La gestación de los grupos de
autodefensa en Colombia
El estudio procura ahora versar más espe-
cíficamente sobre el análisis de los gru-
pos de autodefensa contrainsurgentes en
Colombia. Diferentes parámetros explican
el relativo déficit de investigaciones sobre
el tema. Se citarán, sin ser exhaustivos,
la indolencia de la sociedad que, durante
años, subestimó el crecimiento de estas
facciones armadas; el acceso restringido a
las zonas de enfrentamientos; la naturale-
za oculta de estas estructuras armadas; y
la ramificación de sus lógicas de acción.
Aunque no se busca hacer una narración
detallada de la confrontación, es interesan-
te detenerse en sus condiciones iniciales,
con una mención explícita a las guerrillas.
Se recordará que no existe consenso sobre
los orígenes de la contienda; sin embargo,
un sinnúmero de analistas ven en la fina-
lización de “la Violencia” (1946-1958)96 un
preludio a la actividad insurgente.
96 Periodización aproximativa, que incluye los meses
precediendo la muerte de Jorge Eliécer Gaitán en
1948, que corresponden a la fase temprana de “la
Violencia”. Por su parte, el año 1958 marcó la oficia-
lización de un pacto entre las elites políticas liberales
y conservadoras - el “Frente Nacional”.
En discrepancia con una idea común97, “la
Violencia” no surgió exclusivamente a raíz
del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9
de abril de 1948 en Bogotá98. La muerte del
jefe liberal, candidato a la Presidencia de la
República, sirvió de detonante a la exacer-
bación de los enfrentamientos perceptibles
en los meses anteriores entre los miem-
bros de los partidos conservador y liberal y
conllevó a un levantamiento popular y bro-
tes armados que no tuvieron equivalente en
el país durante el siglo XX99.
“La Violencia” se propagó con matices en
diferentes ciudades y zonas rurales, per-
turbando el orden público, la configuración
política y las relaciones sociales en el eje
andino del país y las regiones contiguas,
incluyendo municipios a lo largo de la fron-
tera noreste con Venezuela.
97 Ver en este sentido el documento publicado por
International Crisis Group, “La esquiva búsqueda de
la paz en Colombia”, Informe sobre Latinoamérica,
No. 1, 26 de marzo de 2002, p.3.
98 Sobre la muerte de Jorge Eliécer Gaitán restituida a la
luz del contexto internacional, ver Gonzalo Sánchez
(editor), Grandes potencias, El 9 de abril y la violen-
cia, Bogotá, Editorial Planeta, 2001.
99 A excepción de la “Guerra de los Mil Días” entre los
años 1899 y 1902.
27
La participación de la población fue, en mu-
chos casos, el resultado de la preeminencia de
un bipartidismo, no monolítico, que agudizó
las lógicas de tipo amigo-enemigo. A las moti-
vaciones políticas, se agregaron consideracio-
nes más difusas y prosaicas: la contienda fue
el escenario de represalias, prácticas de depre-
dación, pillajes y al mismo tiempo la expresión
de diversas formas de bandolerismo100. Por
otro lado, los vacíos de autoridad y la inseguri-
dad provocaron sentimientos de impunidad y
necesidades de protección que permiten com-
prender el uso masivo de las armas101.
Conviene precisar que las disputas agrava-
ron la descomposición de la comunidad na-
cional, sin generar un colapso del Estado102
o una situación caótica en la totalidad del
territorio103; tampoco se produjo una revol-
ución que es un tema frecuentemente deba-
tido y/o glorificado en diferentes países de
América Latina desde la época104.
100 Ver Gonzalo Sánchez & Donny Meertens, Bandoleros,
gamonales y campesinos. El caso de la Violencia en
Colombia, Bogotá, El Ancora Editores, 1983, quienes
parten de una lectura crítica de los postulados clásicos
de Eric Hobsbawm sobre el tema. En un artículo pos-
terior, Claudia Steiner, “Un bandolero para el recuer-
do: Efraín González también conocido como el siete
colores”, Antípoda, No. 2, enero-junio de 2006, pp.
230 a 253, propone una interpretación renovada del
bandolerismo de los años 1950 y 1960 en Colombia
con reflexiones sugestivas sobre la confrontación de
hoy.
101 Son escasos los trabajos que dan una visión sintética
de las dinámicas y las motivaciones de la confron-
tación. Para un balance historiográfico, ver Gonzalo
Sánchez & Meter Bakewell, “La Violencia en Colombia:
new research, new questions”, The Hispanic American
Historical Review, vol. 65, No. 4, noviembre de 1985,
pp. 789 a 807, e Ingrid Johanna Bolívar Ramírez,
Violencia política y formación del Estado: ensayo his-
toriográfico sobre la dinámica regional de la Violencia
de los cincuenta en Colombia, Bogotá, CINEP-CESO-
UNIANDES, 2003.
102 Paul Oquist, Violencia, Conflicto y Política en
Colombia, Bogotá, Instituto de Estudios Colombianos-
Biblioteca Banco Popular, 1978, enuncia la tesis de un
“derrumbe parcial del Estado”, p. 184.
103 Daniel Pécaut, Orden y violencia: evolución socio-po-
lítica de Colombia entre 1930-1954, Bogotá, CEREC-
Siglo XXI, 1987, identifica numerosas interferencias
entre el orden y desorden que caracterizaron la
época.
104 Ver por ejemplo Merilee Serrill Grindle & Pilar
Domingo (editores), Proclaiming revolution: Bolivia
in comparative perspective, Harvard University Press,
2003.
En efecto, la maquinaria bipartidista y las
redes clientelistas no se desmantelaron. Por
el contrario, las élites supieron acomodarse
a las circunstancias y regenerarse. Fueron
incluso decisivas en el cese de las hostilida-
des y en las décadas posteriores para impe-
dir el estallido de un conflicto de semejante
magnitud.
El declive de las violencias fue palpable en
la segunda mitad de los años 1950, que
coincidieron con tres tendencias: el retiro
del poder del General Rojas Pinilla, quien
gestó un golpe de Estado en 1953 con la
aceptación de una fracción de la clase polí-
tica; la instalación de un gobierno provisio-
nal bajo la supervisión de una junta militar;
y los acercamientos entre los directorios de
los partidos conservador y liberal.
En 1957 y 1958, los representantes de los
partidos trabajaron en la elaboración de un
pacto singular, que ratificó la voluntad de
alejar del poder a las Fuerzas Militares. El
mismo selló también un deseo de recon-
ciliación y coexistencia pacífica; concreta-
mente, se aprobó la institución del “Frente
Nacional” (FN), que preveía una alternancia
entre los dos partidos en la presidencia con
la celebración de elecciones y una reparti-
ción equilibrada de los cargos políticos.
A la inestabilidad de “la Violencia” sucedió
un régimen “consociacional”105 de transac-
ciones y acuerdos mutuos, que tuvo una
duración legal de dieciséis años (1958-
1974), con ramificaciones directas hasta
el año 1986106. Se procuró cerrar así un
episodio de enfrentamientos que dejaron
numerosas secuelas y víctimas (alrededor
de 200.000 muertos) y no tuvieron ningún
equivalente en el resto de América Latina
en ese entonces.
105 Jonathan Hartlyn, La política del régimen de coali-
ción: la experiencia del Frente Nacional en Colombia,
Bogotá, Ediciones Uniandes-Tercer Mundo Editores,
1993.
106 Daniel Pécaut, Guerra contra la sociedad, Bogotá,
Editorial Planeta, 2001, pp. 28-29.
Si bien es cierto que el FN logró evitar
una reactivación de la contienda entre los
conservadores y los liberales y la instaura-
ción de una dictadura militar, éste ha tenido
hasta la actualidad repercusiones ambiva-
lentes sobre el país.
En este sentido, el FN materializó el anhelo
de olvidar eventos violentos, eludir res-
ponsabilidades y fue acompañado de am-
nistías para deshacerse de “un pasado que
no pasa”107. Desde entonces, “la Violencia”
no ha dado lugar a una política oficial de la
memoria y los círculos de poder han pre-
ferido no cuestionar ni avivar una historia
convulsionada. En estas condiciones, los
traumas y las peticiones de la población
han tenido dificultades para exteriorizarse
y encontrar interlocutores (memoria inhi-
bida). Adicionalmente, el FN fragmentó a
los dos partidos tradicionales, cuyos re-
presentantes compitieron internamente
por los puestos políticos. Para concluir,
el mismo ha sido interpretado como un
mecanismo de precariedad y deslegitima-
ción del Estado y de la democracia en los
años 1960 y 1970, cuando emergieron va-
rios grupos armados.
Efectivamente, después de “la Violencia”,
aparecieron efímeras bandas armadas, a
menudo conectadas con el bandolerismo
y/o cuadrillas bipartidistas. Sobre todo, se
conformaron tres guerrillas - el “Ejército
de Liberación Nacional” (ELN), el “Ejército
Popular de Liberación” (EPL) y las “Fuerzas
Armadas Revolucionarios de Colombia”
(Farc) - que se transformaron en los años
subsiguientes en los principales protago-
nistas de la actual confrontación armada.
El ELN nació en 1962, adoptando el modelo
político-militar del “foco”, heredado de la
revolución cubana. Las primeras columnas
del EPL se manifestaron entre 1964 y 1965,
siguiendo una línea maoísta, mientras que
107 Para retomar la expresión de Éric Conan & Henry
Rousso, Vichy, un passé qui ne passe pas, París,
Gallimard, 1994.
las Farc y elementos del ELN actuaron, en
un principio, en concordancia con el Partido
Comunista Colombiano (PCC).
La creación de las Farc en 1964 se inscribió
en la continuidad de las autodefensas cam-
pesinas liberales que proliferaron durante
“la Violencia” para responder a las exaccio-
nes de los conservadores. Se crearon en-
claves que fueron proclamados “repúblicas
independientes”108 en un momento caracte-
rizado a la vez por la exclusión socio-políti-
ca y un optimismo en el porvenir de la lucha
armada contra el régimen establecido. La
orientación revolucionaria de las Farc era,
en la época, menos contundente en relación
con el EPL y el ELN. En sus aspiraciones, las
Farc apuntaban a la reforma del sistema
político y la redistribución de la tierra. En
los hechos, los combatientes se dedicaron
prioritariamente a controlar y asentar a las
poblaciones flotantes en algunas zonas de
colonización (“colonización armada”).
Excluyendo la dimensión ideológica, los
tres movimientos insurgentes se singula-
rizaron por tímidas conexiones interna-
cionales en la década de 1970 y quedaron
replegados en áreas rurales periféricas en
una sociedad cada vez más urbanizada.
Paralelamente, se mostraron débiles para
lanzar ofensivas y responder a los ataques
puntuales de las fuerzas oficiales109. La vul-
nerabilidad de las facciones y la falta de
adhesión del campesinado obligaron a los
cabecillas a contemplar un cambio de es-
trategias, en emulación con una nueva or-
ganización armada, el “Movimiento 19 de
Abril” (M.19), fundada en 1974110.
108 José Jairo González Arias, Espacios de exclusión: el
estigma de las repúblicas independientes, 1955-1965,
Bogotá, Cinep, 1992.
109 Las Farc y el ELN fueron en particular golpeados en
1967 y 1973.
110 Sobre la historia del M.19, “guerrilla” colombiana que
privilegió las acciones en las áreas urbanas, ver Darío
Villamizar, Aquel 19 será, Bogotá, Editorial Planeta,
1995.
29
Desde un punto de vista institucional, el
activismo de los guerrilleros se insertó en
un contexto de disolución progresiva del
Frente Nacional, en contraste con la hipóte-
sis según la cual las insurgencias tienden a
manifestarse bajo los regímenes cerrados y
autoritarios111.
Por supuesto, la naturaleza excluyente del
sistema bipartidista, culpado de ser un si-
mulacro de democracia, incitó protestas de
distinta índole (campesinas, estudiantiles y
sindicales, entre otras), en respuesta a las
cuales fueron decretadas medidas de ex-
cepción por el presidente Julio César Turbay
Ayala (1978-1982), que dieron pie a viola-
ciones a los derechos y a las libertades fun-
damentales, estimulando la radicalización
de las guerrillas.
Sin embargo, en esos años, Colombia no se
hundió en un ambiente de violencia genera-
lizada, como tampoco ofreció el panorama
de los países donde predominaba la inter-
vención de los militares en los asuntos inter-
nos. Mientras tanto, los frentes de guerrilla
empezaron a consolidarse, no sólo en medio
de una represión mal coordinada entre el po-
der ejecutivo y las fuerzas castrenses, sino
también durante las discusiones de paz que
marcaron el mandato del presidente Belisario
Betancur Cuartas (1982-1986).
En 1982 y 1983, las Farc y el ELN avala-
ron estrategias que han tenido profundas
consecuencias sobre la fisonomía de lucha
armada. En este sentido, se decidió disper-
sar los combatientes y diversificar las fuen-
tes de financiación (tráfico de droga, explo-
tación de minas de oro, extorsiones, entre
otros aspectos). Del mismo modo, se pla-
neó un escalamiento de los ataques contra
el Estado y una politización de la población
en la perspectiva de una toma del poder. En
111 Gilles Bataillon, Genèse des guerres internes en
Amérique centrale, 1960-1983, op. cit. Para mayores
desarrollos sobre las teorías de la acción colectiva vio-
lenta, ver Jeff Goodwin, No other way out. States and
revolutionary movements, 1945-1991, Cambridge,
Cambridge University Press, 2001, pp. 3-64.
resumen, como nunca antes, la insurgencia
supo aprovechar las oportunidades de ac-
ción y movilizar recursos según una matriz
que pretendía ser revolucionaria.
La postura de las guerrillas y el auge con-
secutivo de las estructuras armadas, hoy
catalogadas como autodefensas o parami-
litares, han densificado el horizonte de la
contienda.
Innumerables estudios han subrayado que
las autodefensas son ilustrativas de las
alianzas, vigentes desde hace varias déca-
das, entre el Estado, las élites y distintos
grupos armados extra-oficiales. Lo anterior
explica las correspondencias establecidas
con las “contrachusmas” y los “pájaros” 112,
por ejemplo113, es decir las cuadrillas afilia-
das a los conservadores, que fueron temi-
das en “la Violencia” por actuar con brutali-
dad y rapidez.
Sin ahondar en estos debates, se puede
afirmar que las bandas y los micro-ejércitos
privados, asociados principalmente a los
terratenientes, ganaderos y esmeralderos
en los años 1970, encarnaron figuras inter-
medias entre “la Violencia” y la contienda
armada de finales de siglo, es decir entre lo
que definimos con anterioridad como auto-
defensas y paramilitares.
Por otro lado, a principios de la década si-
guiente, se adoptó una legislación que sentó
las bases para el reclutamiento de civiles, con
el propósito de brindar apoyo a las fuerzas
regulares en la lucha contrainsurgente en
112 Se ha evocado, en un juego de lenguaje peyorativo,
una improbable similitud entre los “pájaros” y los así
llamados “paracos”.
113 Ver las reflexiones de Claudia Steiner, “Un bandolero
para el recuerdo: Efraín González también conocido
como el siete colores”, art, cit., Marco Palacios, Entre
la legitimidad y la violencia: Colombia 1875-1994,
Bogotá, Grupo Editorial Norma, 1995, p. 226 y Mary
Roldán, Blood and fire: la Violencia in Antioquia,
Colombia, 1946-1953, Duke University Press, 2002,
pp. 345-366. En una tonalidad menos histórica, ver
Guido Piccoli, El sistema del pájaro: Colombia, labora-
torio de barbarie, Bogotá, Instituto Latinoamericano
de Servicios Legales Alternativos, 2005.
nombre de la seguridad nacional, al amparo
de algunas disposiciones de la Ley 48 de
1968, que fueron abrogadas en 1989, con
el objetivo de impedir una “paramilitariza-
ción”, entendida en un sentido operativo
estricto, de la población civil.
De hecho, el enlistamiento de los civiles
en las filas de los grupos enfrentados a las
guerrillas fue, entre los años 1980 y 1990,
más esporádico que en las experiencias
comunitarias en Guatemala y el Perú.
Además, las organizaciones no se inserta-
ron en un contexto de rivalidad “este-oeste”
favorable a las intervenciones de potencias
extranjeras, pese a múltiples contactos y
redes de financiamiento fuera de Colombia.
Tampoco fueron supeditadas al Estado in-
capaz de ejercer un control estricto sobre
un desarrollo que se tornó rápidamente
tentacular.
C. La expansión de las organizaciones de
autodefensa en Colombia
Teniendo en cuenta su heterogeneidad, se-
ría erróneo analizar a las organizaciones an-
ti-guerrilleras en Colombia como si fuesen
una simple réplica de los movimientos que
lucharon contra las tendencias izquierdis-
tas en Argentina, Perú y Centroamérica114.
En el presente caso, los movimientos opues-
tos a la insurgencia se han propagado, des-
de hace aproximadamente treinta años, en
una sociedad en vía de modernización que
ha experimentado mutaciones políticas,
socio-económicas y culturales a una esca-
la sin precedentes. Paralelamente, estos
grupos han crecido al ritmo de una política
de seguridad nacional errática115 contra el
“enemigo comunista”, en sinergia con tra-
ficantes de droga y mediante el respaldo
oculto de miembros del Estado y amplios
sectores de la población civil.
La estructuración y el despliegue de estas es-
tructuras fueron perceptibles en 1981-1982
con la formación de destacamentos arma-
dos flexibles, autodenominados “Muerte a
114 Para una visión sinóptica de los paramilitares en la re-
gión, ver Armony Ariel, Argentina, The United States
and anti-communist crusade in Central America, op.
cit.
115 Tesis central del libro de Francisco Leal Buitrago, La
seguridad nacional a la deriva: del Frente Nacional a
la posguerra fría, op. cit.
Secuestradores” (Mas), a raíz del cautiverio
de un familiar de influyentes narcotrafican-
tes del Cartel de Medellín, los hermanos
Ochoa Vásquez116, a manos del M.19.
En el transcurso de los años 1980, el Mas
adelantó acciones violentas en localidades
de Antioquia, Boyacá, Cundinamarca y la
zona inter-regional del Magdalena Medio.
Las violencias perpetradas se extendieron,
más allá de los círculos de la guerrilla, lo
que hizo decir cínicamente que la organiza-
ción había convertido en “muerte a todos”:
autoridades oficiales; sindicalistas; simpati-
zantes de la izquierda; defensores de de-
rechos humanos; y sobre todo miembros
de la Unión Patriótica (UP), órgano político
impulsado por el PCC y las Farc, que fue
el blanco de una campaña de asesinatos
sistemáticos117.
El Mas, cuyas acciones fueron comparadas
con los “escuadrones de la muerte” en el
Cono Sur de América Latina, como la “Triple
A”, se infiltró en la sociedad en una atmósfe-
ra de desconfianza y delaciones y contó con
116 Rafael Pardo, La historia de las guerras, Bogotá,
Ediciones B Colombia, 2004, p. 611.
117 Tema de la investigación de Steven Dudley, Armas
y urnas. Historia de un genocidio político, Bogotá,
Editorial Planeta, 2008.
31
la colaboración de algunos miembros de
destacamentos militares, como la Brigada
XIV con jurisdicción en el Magdalena Medio
(Puerto Berrío), región que resultó ser en
ese entonces uno de los epicentros de la
confrontación armada.
Sin embargo, otras organizaciones prolife-
raron, con una fuerte territorialización, a
la sombra de los panfletos y las actuacio-
nes del Mas. La trayectoria de los grupos
de Ramón Isaza Arango, un campesino del
sureste de Antioquia118, es interesante al
respecto. Creados al final de la década de
1970, en respuesta a las amenazas ejerci-
das por las Farc contra las actividades agrí-
colas y ganaderas, las cuadrillas de Ramón
Isaza involucraron a distintos miembros de
su familia. Desde un punto de vista espa-
cial, crecieron principalmente en un trián-
gulo conformado por el noreste de Caldas,
el noroeste de Cundinamarca y el sureste de
Antioquia. Junto con terratenientes de dife-
rentes áreas del Magdalena Medio, quienes
se aliaron en la época, las mismas pasaron
a una lógica ofensiva en los años 1980 y
1990, incluso contra la población civil acu-
sada de cooperar con la guerrilla. También
fueron objeto de un proceso de paramilita-
rización (armamento, disciplina, técnicas de
combate, entre otros), a veces con el respal-
do de la Fuerza Pública.
Los alzados en armas al mando de Ramón
Isaza tuvieron protagonismo en el área
central del río Magdalena y entraron en
interacción con elementos del Ejército,
bandas sicariales de tamaño variable y los
núcleos anti-guerrillas de Fidel, Carlos y
José Vicente Castaño Gil, oriundos del mis-
mo departamento, quienes encabezaron
luego la confrontación en el noroeste del
país. Simultáneamente, Ramón Isaza hizo
presencia en las fértiles tierras de Puerto
118 Analistas presentan a Ramón Isaza, de una edad cer-
cana a los setenta años, como el jefe anti-insurgente
más antiguo en actividad.
Triunfo (sureste antioqueño), donde conflu-
yeron los hombres armados de notorios trafi-
cantes de droga, como Pablo Escobar Gaviria,
desatando una pugna por el poder local119.
El ascenso de Ramón Isaza se enlazó en
los años 1980 con la historia personal de
José Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el
“Mexicano”, quien participó en la aparición
del Mas y diseminó sus fuerzas en la zo-
na120. Todos los grupos fueron creciendo
según una triple lógica de seguridad - vi-
gilancia, protección y (contra-) ofensiva - la
cuál contribuyó a disipar la noción de au-
todefensas, que no tuvo globalmente los
rasgos comunitarios ni la longevidad de los
modelos prevaleciendo en América Latina
durante el período.
Exuberante y animado por ambiciones in-
ter-regionales, el “Mexicano” pasó en pocos
años de una racionalidad defensiva, ligada
a la explotación de minas de esmeraldas,
a proyectos de conquista territorial, sinóni-
mos de poder político y económico.
Inicialmente, las bandas del “Mexicano” se
expandieron de Cundinamarca y Boyacá
hacia municipios de los Llanos orientales
con la complicidad, o la rivalidad según las
circunstancias, de las tropas regulares, los
esmeralderos y los narcotraficantes121. En
la segunda mitad de los años 1980, éstas
se desplazaron en dirección del Magdalena
Medio, siguiendo un eje conformado por La
Dorada (Caldas) y Puerto Triunfo (Antioquia),
donde se encontraban los grupos de Ramón
Isaza y las redes del Cartel de Medellín, al
igual que focos de resistencia creados por
119 “La estela roja de Ramón Isaza”, Revista Semana, No.
1304, 28 de abril de 2007. Edición electrónica sin nu-
meración: www.semana.com.
120 “Balas, droga y miedo”, Revista Semana, n°1240, 02
de mayo de 2006. Edición electrónica sin numeración:
www.semana.com.
121 Juan Carlos Garzón, “La complejidad paramilitar: una
aproximación estratégica” en Alfredo Rangel (editor),
El poder paramilitar, Bogotá, Editorial Planeta, 2005,
pp. 47 a 135.
los terratenientes y los ganaderos ante los
atropellos de las guerrillas. De hecho, las
agrupaciones de terratenientes y ganade-
ros empezaron a hacerse más vivaces en
Puerto Berrío (Antioquia) y Puerto Boyacá
(Boyacá), es decir más hacia el norte de
Puerto Triunfo.
Desde 1982, los mismos no habían sido
inactivos frente a los avances de las gue-
rrillas, pero la contención de la insurgencia
se recrudeció en la época. Así, trastocan-
do el espíritu de la Ley 48, que permitía a
los ciudadanos organizarse para defender
sus bienes en cola boración con las Fuerzas
Armadas, había sido fundada la Asociación
Campesina de Ganaderos y Agricultores del
Magdalena Medio (Acdegam).
A la postre, el caso de la Acdegam revela
cómo muchos grupos anti-insurgentes pu-
dieron transitar de dinámicas defensivas a
un paramilitarismo ofensivo sub- o inter-
regional. La asociación dio un salto nu-
mérico y cualitativo en la lucha contra las
guerrillas, al beneficiarse de la ayuda de or-
ganizaciones adiestradas al manejo de las
armas, como las cuadrillas de Ramón Isaza.
Entre los años 1987 y 1989, contó con la
asesoría de mercenarios, como el ex-oficial
israelí Yair Klein122. También sacó partida
de la connivencia con algunas unidades mi-
litares radicadas en el área del Magdalena
Medio (Puerto Boyacá) para atacar a las gue-
rrillas que fueron derrotadas en repetidas
ocasiones.
La Acdegam alcanzó a consolidarse en una
coyuntura marcada por varios factores: una
progresión territorial, disímil según los
frentes, de la insurgencia, cuyos efectivos
sumaban 8.000 en 1990 solamente para las
Farc; una agudización de la violencia y la in-
seguridad en distintos departamentos; los
diálogos de paz, cíclicos a lo largo de las
décadas de 1980 y 1990, que causaron un
122 Jairo Tarazona, El profeta de la muerte, Bogotá,
Editorial Planeta, 2008.
doble temor, a saber la intromisión de las
guerrillas en la arena política y una redistri-
bución de las tierras123; y una incesante pu-
gna por el control del comercio de droga.
A finales de la década de 1980, se observó
en el país una militarización acelerada de las
organizaciones anti-subversivas, que busca-
ron reproducir el modelo anti-insurgente de
Puerto Boyacá124. Desde un punto de vista
geopolítico, la lucha contra los guerrilleros
se expandió hacia territorios de Córdoba,
Urabá, Sucre, el Bajo Cauca antioqueño, el
Meta y el noreste limítrofe con Venezuela,
entre otros.
Las modalidades de la contienda armada
evolucionaron en forma sustancial median-
te un incremento de los combates y una
sucesión de masacres, con una instrumen-
talización del terror125, destinadas a aislar y
debilitar a los insurgentes.
En el umbral de los años 1990, Colombia
descubrió la magnitud de la cooperación
entre algunos militares y una serie de orga-
nizaciones anti-insurgentes aún mal iden-
tificados. En alusión a la experiencia de
Puerto Boyacá, y por comodidad, la mayoría
de éstos fueron designados por el conjunto
de la sociedad bajo la etiqueta de parami-
litares126, reemplazando calificativos como
escuadrones de la muerte y grupos de jus-
ticia privada.
En el cruce de los mandatos de Virgilio Barco
Vargas (1986-1990) y César Trujillo Gaviria
(1990-1994), Colombia vivió acontecimientos
123 Tesis acuñada por Mauricio Romero, Paramilitares
y autodefensas, 1982-2003, Bogotá, IEPRI-Editorial
Planeta, 2003.
124 Carlos Medina Gallego, Autodefensas, paramilitares
y narcotráfico en Colombia: origen, desarrollo y con-
solidación. El caso de Puerto Boyacá, Bogotá, Editorial
Documentos Periodísticos, 1990.
125 Éric Lair, “Reflexiones acerca del terror en los escena-
rios de guerra interna”, Revista de Estudios Sociales,
no.15, junio de 2003, pp. 88 a 108.
126 La palabra fue acogida, por mimetismo, de otras si-
tuaciones de violencia. En la época, los medios de co-
municación hicieron una referencia explícita a grupos
los paramilitares en Argentina y Nicaragua.
33
que modificaron la configuración de la
contienda. En un plano político, el país dio
un paso hacia el anclaje de un Estado Social
de Derecho, la garantía de las libertades y
el pluralismo, con una erosión relativa del
bipartidismo, tras la adopción de una nue-
va Constitución en 1991. La promulgación
de la Carta Magna fue concomitante a la
culminación de años de acercamientos con
la guerrilla. Diferentes movimientos, entre
los cuáles se distinguieron frentes del EPL
y el M.19, entregaron las armas en un pro-
ceso de paz, que no significó el fin de las
hostilidades127.
Para intentar limitar las alianzas entre los
miembros del Estado y los grupos anti-
insurgentes, el presidente Virgilio Barco
Vargas hizo aprobar resoluciones que san-
cionaban la entrega de armamento y el en-
trenamiento militar de civiles.
Adicionalmente, la “guerra integral”, decre-
tada por el gobierno de César Gaviria Trujillo
contra las mafias y los insurgentes que no
se habían desmovilizado, concurrió con una
oleada de violencia en el país. De manera
puntual, el asalto a Casa Verde (Meta), sede
del Secretariado de las Farc, se tradujo no
sólo en una derrota táctica sino estratégica
a corto plazo para las autoridades.
En efecto, los frentes de la guerrilla se des-
centralizaron en los meses posteriores con
veleidades de represalias que fueron efectivas
entre los años 1995 y 1998 con una sucesión
de asaltos contra el Estado y las poblaciones.
Estos hechos son importantes a la hora de
entender la propagación de la lucha armada
y la consolidación consecutiva de las orga-
nizaciones anti-insurgentes en un contexto
de apertura de la democracia “asediada”128
por la violencia.
127 Ver la segunda y tercera partes del documento.
128 Eduardo Pizarro Leongómez, Una democracia asedia-
da, op. cit.
En cuanto a la correlación de fuerzas, des-
pués de la confrontación en el Magdalena
Medio, los anti-insurgentes se esparcieron
en las regiones, incluso en dirección de las
ciudades, ocupando los vacíos dejados por
las guerrillas desmovilizadas. Asimismo, el
número de combatientes estimados aumen-
en más de 12.000 a principios de los años
2000, o sea se triplicaron sus integrantes
en menos de diez años.
La ayuda recíproca entre los bloques en-
frentados con las guerrillas les permitió in-
vadir y ocupar territorios dominados por el
ELN y las Farc, que alcanzaron alrededor de
17.000 integrantes en el año 2000, y/o per-
turbar la movilidad de la insurgencia.
Sobresalieron en ese entonces las “Auto-
defensas del Magdalena Medio”, con fi-
guras como Ramón Isaza, al igual que las
“Autodefensas Campesinas de Córdoba y
Urabá” (Accu), al mando de la familia Castaño
Gil. El auge de las Accu entre los años 1992-
1997129 tuvo como trasfondo una expansión
y atomización de la lucha anti-insurgente ex-
tra-oficial en el país.
Es así como se manifestaron divisiones,
no sólo entre las facciones, sino también
con poderosas mafias de la droga. Basta
recordar los episodios de la contienda que
enfrentó a Pablo Escobar, dado de baja en
1993130, con Ramón Isaza y los hermanos
Castaño, promotores de la banda de los
“Perseguidos Por Pablo Escobar” (Pepes).
Igualmente, se recordará que el “Mexicano”
terminó enemistándose con los esmeralde-
ros, los narcotraficantes y los guerrilleros,
antes de ser dado de baja por las fuerzas
estatales en 1989.
129 Las AUC se instituyeron oficialmente en 1994, aun-
que muchos de sus integrantes fueron activos en los
años anteriores.
130 Sobre la historia de Pablo Escobar, ver Alonso Salazar,
La parábola de Pablo, Editorial Planeta, 2001.
Frente al riesgo de una disgregación de
las autodefensas cada vez más ofensivas
en sus objetivos, Carlos Castaño asumió
el liderazgo de las Accu, tras la muerte de
su hermano Fidel. Planificó la creación de
las “Autodefensas Unidas de Colombia”
(AUC) en 1997, a las cuáles se articularon
la mayoría de las organizaciones. Las AUC
ilustraron la voluntad de forjar un proyecto
federativo y una identidad, bajo los auspi-
cios de las Accu, alrededor de un discurso
maniqueísta contra la guerrilla y principios
elementales como el orden y la defensa de
la patria.
En su proceso de asentamiento, estas es-
tructuras se beneficiaron del desmembra-
miento de los dos grandes carteles de la
época, subsiguiente a la entrega o la muerte
de jefes emblemáticos como Pablo Escobar,
para controlar los circuitos de producción y
comercialización de la droga131, uno de los
componentes más rentables de la economía
de la violencia.
En complemento, la expansión de las AUC
encontraron elementos favorables en la
crisis de las instituciones, desacreditadas
bajo el mandato de Ernesto Samper Pizano
(1994-1998), como consecuencia de dos
tendencias: la imputación al entonces presi-
dente de recibir dineros del narcotráfico132
para financiar su campaña electoral; y la
recrudescencia de los ataques de las Farc
que colocaron a las tropas regulares en una
posición de inferioridad133.
A su vez, las AUC no se conformaron con
contener y responder a la guerrilla, sino
que acentuaron los esfuerzos para anticipar
131 Juan Carlos Garzón, “La complejidad paramilitar: una
aproximación estratégica”, op. cit., pp. 64-65.
132 Sobre la problemática y las dimensiones políti-
cas del tráfico de droga, ver Juan Gabriel Tokatlian,
Globalización, narcotráfico y violencia. Siete ensa-
yos sobre Colombia, Bogotá, Grupo Editorial Norma,
2000.
133 Camilo Echandía Castilla, Dos décadas de escala-
miento del conflicto armado en Colombia, 1986-
2006, op. cit.
y disuadir las acciones de los insurgen-
tes y regular numerosos municipios - en
Cundinamarca, el sur de Bolívar, Urabá,
Córdoba, los Llanos orientales, el Eje cafe-
tero y la costa Pacífica -, antes de experi-
mentar una crisis de crecimiento y entrar
en negociaciones con la administración de
Álvaro Uribe Vélez.
La incursión de las organizaciones armadas
en las localidades se sustentó, con diver-
gencias según las zonas, en masacres134,
homicidios individuales y prácticas de desa-
parición forzada.
Las facciones no actuaron siempre en ausen-
cia del Estado, que ha tenido tradicionalmen-
te una soberanía “porosa” sobre el territorio
nacional, sino más bien en espacios intersti-
ciales entre los funcionarios, la clase política,
los caciques locales y el campesinado.
De esta forma, durante años, se instituye-
ron un “clientelismo” y “proselitismo” en
tiempos de confrontación, donde las fron-
teras entre la oferta y demanda de seguri-
dad y protección no fueron necesariamente
claras. Las lealtades se dieron por simpatía,
conformismo, oportunismo, miedo y/u obli-
gación en muchos casos.
Para concluir, se resaltará que, por útil que
sea, la noción de paramilitares presenta in-
convenientes a la luz del contexto colom-
biano, en la medida en que no reflejan ple-
namente la disparidad de las agrupaciones
que se pretende identificar, puesto que las
estructuras anti-insurgentes han sido hasta
la actualidad permeadas y promovidas por
narcotraficantes, esmeralderos y bandas
criminales de diferente índole135. Por otro
134 Con una intensidad particular en los territorios en
disputa en Urabá (noreste del país). Tema del estudio
de Andrés Fernando Suárez, Identidades políticas y
exterminio recíproco. Masacres y guerra en Urabá,
1991-2001, Bogotá, La Carreta Editores E.U-IEPRI,
2007.
135 Human Rights Watch, The ties that bind: Colombia
and military-paramilitary links, Nueva York, Human
Rights Watch, 2000.
35
lado, la aceptación masiva del término ha
relegado a un segundo plano la idea de
autodefensas que ha perdido algo de su va-
lor nominal y heurístico, a excepción de las
esferas oficiales136.
Recurrir a la noción de paramilitares lleva a
pensar que los grupos armados fueron ho-
mogéneos y, en gran medida, el producto de
una subordinación a las fuerzas del Estado
en las décadas de 1980 y 1990. Ahora bien,
la mayoría de ellos emergieron con un alto
grado de independencia y en circunstancias
diferentes según las zonas. Además, los
contactos con los representantes del orden
no fueron sistemáticos ni exentos de ten-
siones y rupturas. Sobre todo, su modus
operandi obedeció a múltiples experiencias
e intereses, que fueron constitutivos de lo
que se podría llamar una “milicianización”
parcial de la sociedad.
En efecto, más allá de vínculos con las tro-
pas regulares, las autodefensas establecie-
ron lazos con diversos estratos de la socie-
dad. Sin los apoyos conseguidos entre la
población mediante el uso de la coerción y
el terror, y a veces a partir de la formación
de una base social más o menos estable, és-
tas no habrían podido experimentar un cre-
cimiento tan sustancial. Los grupos ilegales
actuaron a la imagen de milicias armadas
no estatales, desafiando las autoridades
centrales y lograron provocar o acentuar
136 Aquí, se privilegiará el término para retomar la no-
menclatura oficial, precisando que no es tampoco el
más apropiado desde un punto de vista científico.
tendencias propicias a la fragmentación y/o
la recomposición de los espacios de vida.
Entre otros aspectos, las autodefensas crea-
ron lógicas binarias de tipo “amigo-enemigo”
e instauraron comunidades de seguridad en
las localidades donde alcanzaron a arraigar-
se. Como mediadores violentos, resolvieron
litigios inter-personales y contribuyeron a
una concentración de las parcelas en el ám-
bito rural, en detrimento del pluralismo en
el acceso y la tenencia de la tierra. También
se involucraron en la administración de los
municipios. Paralelamente, se tejieron rela-
ciones puntuales con miembros de la clase
política, que apenas se están revelando hoy,
aunque no pueden ser considerados como
los brazos armados incondicionales de los
partidos. Es decir que estas estructuras se
abrieron caminos en los asuntos públicos
en un panorama institucional caracterizado
por difíciles esfuerzos de democratización.
Sin embargo, también se podría decir que
las autodefensas en Colombia se fueron pa-
ramilitarizando entre los años 1970 y 2000,
principalmente por dos factores estructura-
les, el primero una presencia incipiente del
Estado en la mayoría del territorio nacional
y el segundo la pérdida del monopolio de
las armas por parte del Estado, que se tra-
dujo en su incapacidad durante estos años
para brindar seguridad a los ciudadanos.
Contrariamente a muchas expectativas, los movimientos
de autodefensa en Colombia negociaron las condiciones de
un retorno a la vía no armada entre los años 2003 y 2006,
después de una rápida fase de expansión, sin haber sido
derrotados militarmente.
2El caleidoscopio de
la democracia, la
seguridad y la paz
Contrariamente a muchas expectativas, los movimientos de autodefensa en
Colombia negociaron las condiciones de un retorno a la vía no armada entre los
años 2003 y 2006, después de una rápida fase de expansión, sin haber sido
derrotados militarmente.
Las discusiones llevadas a cabo con las autodefensas invitan a reflexionar sobre
el significado de la paz en relación con la seguridad democrática que ha sido un
principio director de la gestión del Presidente Álvaro Uribe Vélez.
En términos generales, los analistas han prestado una creciente atención no sólo
a la seguridad, sino también a las cuestiones de paz en un ambiente de democra-
tización, bien sea en África, América Latina, Asia o Europa Central y Oriental.
A- Los desafíos de la democracia en
tiempos de negociaciones de paz
En efecto, al finalizar el antagonismo “este-oeste”, los gobiernos y los grupos al
margen de la ley suscribieron acuerdos de paz en distintos países, encaminados
hacia la democracia (Centroamérica, Mozambique, Camboya, entre otros).
Las características y los ritmos de la democracia han sido disímiles según las
regiones. A partir de los años 1980, América Latina fue pionera en la ola de
democratización, que marcó la evolución de diversas zonas en el mundo137. En
137 Samuel Huntington, La tercera ola. La democratización a finales del siglo XX, Barcelona,
Ediciones Paidós, 2007 y Renske Doorenspleet, Democratic transitions, 1989–2001: exploring
the structural sources, Boulder/Londres, Lynne Rienner Publishers, 2004.
esa época de optimismo sobre el futuro
del sistema internacional, se habló de un
triunfo del liberalismo político y econó-
mico, que anunciaba el presunto “fin de la
historia”138.
En la mayor parte del subcontinente lati-
noamericano, si se hace caso omiso de
Colombia por ejemplo139, los regímenes
no democráticos140 empezaron a disolver-
se, después de décadas de represión. En
América Central, a diferencia del Cono Sur
latinoamericano y Perú, la marcha hacia la
democracia se entrelazó con negociaciones
de paz, haciendo compleja la interpretación
de ambos procesos.
Desde entonces, la democratización, y en
sustancia la democracia, han dado lugar
a debates apasionados y apreciaciones de
índole prescriptiva, que señalan cómo de-
berían comportarse los sistemas políticos,
siguiendo los modelos predominantes en
Europa y Norteamérica.
Aunque la democracia se ha vuelto un
tema ineludible, queda difícil de discer-
nir y evaluar consensualmente141. Una de-
finición minimalista o “procedimental” de
138 Aquí, la expresión es sinónimo de rumbo (senti-
do) de la historia. Ver al respecto la tesis de Francis
Fukuyama, The end of history and the last man,
Nueva York, Harper Perennial Publishers, 1993, quien
acierta que la humanidad se dirige irremediablemen-
te hacia la democracia liberal. Para una lectura crítica,
ver Susan Marks, “The end of history: reflections on
some international legal theses”, European Journal of
International Law, volumen 8, n°3, 1997, pp. 449 a
477.
139 A continuación, el documento se dedicará a la situa-
ción colombiana en los últimos años.
140 Sobre los regímenes no democráticos que no son
homogéneos, ver Paul Brooker, Non-democratic re-
gimes: theory, government and politics, Nueva York,
Saint Martin’s Press, 2000.
141 Entre los trabajos más destacados acerca de la demo-
cracia, se pueden consultar: Juan J. Linz, La quiebra
de las democracias, Madrid, Alianza Editorial, 1987;
Larry Diamond, Juan J. Linz & Seymour Martín (edi-
tores), Democracy in developping countries: Latin
America, Boulder/Londres, Lynne Rienner Publishers,
1995; Guillermo O’Donnell, Contrapuntos. Ensayos
escogidos sobre autoritarismo y democratización,
Buenos Aires, Ediciones Paidós, 1997; y Robert Dahl,
On democracy, Nueva Haven, Yale University, 1999.
la misma142 supone el reconocimiento de
partidos políticos según una línea plura-
lista, la celebración de elecciones igualita-
rias, imparciales y no coercitivas, al igual
que principios de sufragio “inclusivo” (ideal-
mente de tipo universal).
La literatura subraya que la perennidad de
las democracias modernas pasa por un fuer-
te grado de institucionalización, más allá de
las dimensiones electorales - es decir, dis-
posiciones legales, estructuras y prácticas
(“cultura política”143), que permitan fomen-
tar espacios de mediación y representación,
entre otros elementos.
Por ende, el ejercicio democrático induce
una voluntad de coexistencia y una densa
trama de decisiones, derechos y obligacio-
nes vinculantes entre los ciudadanos y el
Estado144.
En los hechos, los esfuerzos consentidos a
favor de la democracia no han sido homo-
géneos ni irreversibles. Los obstáculos a las
libertades de asociación, expresión e infor-
mación se han acumulado. Adicionalmente,
la violencia no ha desaparecido del paisaje
político y social en numerosas regiones.
En efecto, las autocracias más antiguas del
mundo han sobrevivido a distintas crisis
y presiones, mostrando tímidos signos de
apertura política (Corea del Norte, Myanmar
y monarquías del Golfo árabe, por ejem-
plo). Por otro lado, la funcionalidad de los
142 Se habla también de una visión “procesalista” de la
democracia cuando los análisis se centran principal-
mente en los comicios. Philippe C. Schmitter & Terry
Lynn Karl, “What democracy is… and is not”, Journal
of Democracy, volumen 2, n°3, verano de 1991, pp.
75 a 88 y David Collier & Steven Levitsky, “Democracy
with adjectives: conceptual innovation in comparative
research”, World Politics, volumen 49, n°3, abril de
1997, pp. 430 a 451.
143 Entre los primeros trabajos teóricos y empíricos so-
bre la “cultura política”, ver Gabriel Almond & Sydney
Verba, The civic culture: political attitudes and demo-
cracy in five nations, Princeton, Princeton University
Press, 1963.
144 Guillermo O’Donnell, Disonancias. Críticas democrá-
ticas a la democracia, Buenos Aires, Prometeo Libros,
2007, pp. 19 a 83.
41
Estados en vía de democratización ha sido
incompletas en varios aspectos: despliegue
territorial desigual de las fuerzas regulares;
escasez e ineficiencia de las instituciones;
carencias de la infraestructura y los servi-
cios públicos, entre otros. Igualmente, la
falta de medios de acción y la connivencia
del poder central con las élites locales rea-
cias a la implantación de la democracia ex-
plican la formación o la subsistencia de en-
claves autoritarios subnacionales145, que se
singularizan por altos niveles de opresión,
privación y fraude electoral (Argentina,
México y Nigeria, entre otros).
Sobre este punto, es interesante obser-
var que el tránsito hacia la democracia ha
propiciado formas de autoritarismo en
el proceso electoral. En este sentido, las
garantías de libertad y equidad suelen ser
precarias, transformando la votación en un
instrumento de dominio y legitimación para
una fracción de la clase política y/o los mi-
litares determinados a conservar o conse-
guir el poder. A veces, este fenómeno ha
tomado tantas proporciones que el acto de
votar se ha asemejado a un disfraz de la
democracia (“democracia iliberal”)146; lo que
se ha denominado también “autoritarismo
electoral”147.
Hasta la actualidad, la democratización en
América Latina ha sido aleatoria e inaca-
bada, a pesar de las expectativas consecu-
tivas a la caída de las dictaduras. Algunas
naciones del hemisferio no han podido
superar, con criterios y resultados equiva-
lentes, la etapa de “transición democrática”
para entrar en la categoría de los regímenes
145 Edward L. Gibson, “Autoritarismo subnacional: estra-
tegias territoriales de control político en regímenes
democráticos”, Desafíos, n°14, primer semestre de
2006, pp. 204 a 237.
146 Fareed Zakaria, The future of freedom. Iliberal demo-
cracy at home and abroad, W.W. Norton & Company,
Nueva York- Londres, 2003.
147 Tema novedoso abordado por Andreas Schedler
(editor), Electoral authoritarianism: the dynamics of
unfree competition, Boulder/Londres, Lynne Rienner
Publishers, 2006.
“consolidados”148, de tal manera que se han
esbozado escenarios ambiguos entre la de-
mocracia (“semi-democracia”)149 y el autori-
tarismo (“semi-autoritarismo”)150.
También se anotará que el panorama lati-
noamericano requiere ser analizado con
ciertas especificidades, por ser sociedades
afectadas por duraderas manifestaciones
de violencia e inseguridad.
Una mirada internacional enseña que los
pasos hacia la democracia conocen irre-
gularidades e incertidumbres a corto pla-
zo en los contextos post-conflicto. La or-
ganización de elecciones no es un índice
suficiente para evaluar los progresos de la
democratización151. Por el contrario, una
contienda electoral poco preparada y lejana
de las exigencias mencionadas anterior-
mente (enfoque minimalista de la democra-
cia), es susceptible de provocar tensiones y
enfrentamientos152.
Sobre todo, durante una doble transición
hacia la democracia y la paz, están presen-
tes factores de inestabilidad que no se ex-
teriorizan con semejante acuidad en otras
circunstancias.
Así, el poder civil se ve asignado el reto de con-
tener las intervenciones de las fuerzas milita-
res en los asuntos domésticos. Paralelamente,
los planes de desarme, desmovilización y
148 Sobre las transiciones y las consolidaciones demo-
cráticas, ver Cecilia Lesgart, Usos de la transición a
la democracia. Ensayo, ciencia y política en la déca-
da del 80, Santa Fe, Homo Sapiens Ediciones, 2003,
precisando que no es siempre fácil distinguir las dos
nociones.
149 Peter Smith, Democracy in Latin America: political
change in comparative perspective, Oxford, Oxford
University Press, 2005.
150 Marina Ottaway, Democracy challenged: the rise of
semi-authoritarianism, Washington D.C, Carnegie
Endowment for International Peace, 2003.
151 Sobre las elecciones en tiempos de post-conflicto,
ver Krishna Kumar (editor), Postconflict elections.
Democratization and international assistance,
Boulder/Londres, Lynne Rienner Publishers, 1998.
152 Ronald Paris, At war’s end: building peace after ci-
vil conflict, Cambridge, Cambridge University Press,
2004.
reinserción de los combatientes (DD&R) son
imprescindibles para tratar de impedir la
reanudación de la confrontación y/o el sur-
gimiento de nuevos fenómenos armados.
En complemento, el reordenamiento po-
lítico y jurídico, así como la reactivación
económica revelan ser fundamentales en la
perspectiva de una reconstrucción viable.
Por último, la asistencia a las poblaciones
vulneradas por los hechos violentos pone
a prueba las capacidades del Estado para
responder a una multitud de peticiones que
influyen sobre las posibilidades de reconci-
liación nacional153.
En El Salvador, Guatemala y Nicaragua, don-
de el protagonismo de los grupos contrain-
surgentes fue significativo entre las déca-
das de 1960 y 1990, la transición hacia la
democracia encontró una resonancia en las
discusiones de paz, y vice versa.
Es importante precisar que, a excepción del
interludio democrático en Guatemala en los
años 1940 y 1950, que terminó con el golpe
de Estado de 1954, apoyado por los servi-
cios de inteligencia estadounidenses154, las
tres sociedades vivieron esencialmente bajo
el autoritarismo en el transcurso de la rivali-
dad “este-oeste”.
Por la longevidad de los regímenes autori-
tarios y la magnitud de los conflictos, las
fuerzas militares tuvieron un papel central
en las esferas políticas en Centroamérica,
153 Sobre éstos puntos, ver Cynthia Arnson (edito-
ra), Comparative peace processes in Latin America,
Washington D.C/Stanford, Woodrow Wilson Center
Press-Stanford University Press, 1999.
154 Época que se denomina a veces “el tiempo de la
libertad”, Cindy Forster, The time of freedom: cam-
pesino workers in Guatemala’s october revolution,
Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 2001.
Sobre la intervención de los Estados Unidos que
participaron en 1954 en el derrocamiento del go-
bierno democrático del presidente Jacobo Árbenz
Guzmán, acusado de ser pro-comunista, ver Stephen
Schlesinger, Bitter fruit: the story of the American
coup in Guatemala, Cambridge, Harvard University
Press - David Rockefeller Center for Latin American
Studies, 2005.
incluso cuando éstas no asumieron funciones
presidenciales - a partir de 1979 en Nicaragua,
1982 para El Salvador y 1986 en Guatemala -,
lo cuál fue una preocupación planteada en las
negociaciones de paz y los inicios de la fase
democrática en los años 1990.
La democratización tuvo antecedentes en
la década de 1980 en un período de recru-
decimiento de la lucha armada. Bajo la pre-
sión de los Estados Unidos, los regímenes
militares en El Salvador y Guatemala convo-
caron, respectivamente en 1982 y 1984,
asambleas constituyentes encargadas de
modificar las leyes y los hábitos electorales
para recomponer las bases del sistema po-
lítico, según una lógica más representativa.
El gobierno sandinista en Nicaragua, hostil
a los intereses estadounidenses, hizo tam-
bién de las elecciones un mecanismo de
propaganda y legitimación.
Sin embargo, en cada país, las elecciones
se tornaron “demostrativas”155, sin plura-
lismo democrático (“democracia iliberal”).
En estas condiciones, la guerra constituyó
uno de los frenos a la democracia liberal.
De allí, el anhelo de atar la democratización
a la resolución de los conflictos156.
En este sentido, se fundó en 1983 el “Grupo
de Contadora”, integrado por México,
Panamá, Venezuela y Colombia, que tuvo
el mérito de abogar por la paz, mientras el
antagonismo “este-oeste” congelaba los in-
tentos de acercamiento. Si bien no se consi-
guió proponer una fórmula aceptable para
las partes involucradas en los conflictos, se
sentaron los fundamentos para la adopción
de una estrategia ambiciosa en los años
siguientes en un clima de apaciguamiento
entre las grandes potencias.
155 Edward S. Harman & Frank Brodhead (editores),
Demonstration elections: U.S-staged elections in the
Dominican Republic, Vietnam and El Salvador, Boston,
South End Press, 1984.
156 Olivier Dabène, “Invention et rémanence d’une cri-
se: leçons d’Amérique Centrale”, Revue Française de
Science Politique, volumen 42, n°4, agosto de 1992,
pp. 555 a 581.
43
En sustituto a los esfuerzos emprendidos por
el “Grupo de Contadora”, el “Acuerdo de Paz
de Esquipulas”157, concertado en 1987 por
Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras
y Nicaragua, dio un marco que impulsó la de-
mocratización en el istmo158, sin abandonar
la búsqueda de una salida negociada a las
guerras, pese a innumerables dificultades.
Efectivamente, tras la apertura de los diálo-
gos en 1984, la paz estuvo en un impasse en
El Salvador hasta finales de la década. En ese
entonces, la guerrilla del “Frente Farabundo
Martí para la Liberación Nacional” (FMLN)
demandaba una participación en el poder
y la instalación de un gobierno provisional
pluralista. Por su parte, tanto las instancias
civiles oficiales como los militares pedían
que los insurgentes depusieran las armas,
acataran el ordenamiento jurídico vigente y
se incorporaran al proceso democrático.
Ante los bloqueos de las negociaciones, los
guerrilleros lanzaron en 1989 una ofensiva
militar que acarreó una contra-ofensiva es-
tatal. Los combates, que no vieron la derro-
ta de ninguno de los bandos, demostraron
la urgencia de hallar una solución no vio-
lenta a la confrontación159.
157 El acuerdo fue complementado por una segun-
da declaración el mismo año y un plan emitido por
la administración del presidente Ronald Reagan.
Adicionalmente, se recordará que el presidente de
Costa Rica, Óscar Arias Sánchez, recibió el “Premio
Nobel de la Paz” en 1987 por su labor de conciliación
en la zona. Johanna Oliver, “The Esquipulas process:
a Central American paradigm for resolving regional
conflict”, Ethnic Studies Report, volumen 17, n°2, julio
de 1999, pp. 150 a 179.
158 También se procuró fomentar la reconciliación y la
estabilidad, según los términos de dicho acuerdo.
159 A semejanza de Guatemala, se ha evocado la exis-
tencia de un empate militar, contribuyendo a la con-
clusión de los acuerdos de paz. No hay claridad entre
los especialistas sobre las circunstancias en las qué un
conflicto puede ser considerado como “maduro” para
una resolución negociada (noción de “madurez para
la paz”), ver I. William Zartman, Ripeness: the hur-
ting stalemate and beyond” en Paul C. Stern & Daniel
Druckman (editores), International conflict resolution
after the cold war, Washington D.C, National Academy
Press, 2000, pp. 225 a 250 y Stephen J. Stedman,
Donald Rothchild & Elizabeth M. Cousens, Ending ci-
vil wars. The implementation of peace agreements,
Boulder/Londres, Lynne Rienner Publishers, 2002.
Gracias a la mediación de países extranje-
ros y la Organización de la Naciones Unidas
(Onu), las iniciativas de paz se aceleraron
con un trasfondo de democratización. La
reunión de Ginebra en abril de 1990 sirvió de
base para “la Agenda General y el Calendario
del Proceso Completo de Negociación” sus-
crito posteriormente en Caracas. Entre las
cuestiones más sensibles, fueron aborda-
dos la re-estructuración de las fuerzas ar-
madas; el respeto a los derechos humanos;
las reformas constitucionales, electorales y
judiciales; los problemas socio-económicos;
y el monitoreo de la etapa post-conflicto
bajo los auspicios de la Onu.
Después de una serie de interrupciones, se
lograron compromisos sobre la mayoría de
estos puntos, en especial en el “Acuerdo de
San José sobre Derechos Humanos”, que es-
tipuló adicionalmente el despliegue de una
misión verificadora de la Onu (“Misión de
Observadores de las Naciones Unidas en El
Salvador”), efectiva entre 1991 y 1995, es
decir antes del fin de las hostilidades, que
sobrepasó las operaciones tradicionales de
mantenimiento de paz de la entidad160.
En diciembre de 1991, el “Acta de Nueva
York” permitió concluir un cese al fuego de-
finitivo, que fue seguido de un segundo en-
cuentro en la ciudad para convenir en parti-
cular la reducción de las fuerzas castrenses
y las modalidades de la reincorporación de
los integrantes del FMLN.
Los acuerdos culminaron en enero de 1992
en México (Chapultepec). Se planearon la
depuración de las estructuras militares y el
acantonamiento del FMLN en campos de de-
sarme y desmovilización, bajo la inspección
de la Onu, los cuáles fueron el preludio a
una transformación de la guerrilla en par-
tido político.
160 Johanna Oliver (et. al.), Después de Esquipulas: apun-
tes sobre los procesos nacionales de paz, San José de
Costa Rica, Fundación Arias para la Paz y el Progreso
Humano, 2000, p. 72.
En Nicaragua, el arranque de las negocia-
ciones fue más tardío que en la situación
salvadoreña, en especial por la fuerte
intromisión de los actores externos en
el conflicto (principalmente Argentina,
Estados Unidos y Honduras para el bloque
occidental). No obstante, la conducción
de las mismas se reveló ágil con alcances
tangibles en pocos meses161.
En 1988, la interlocución todavía incipiente
entre el poder sandinista y los movimien-
tos de oposición desembocó en un cese al
fuego parcial sometido a verificación por
la Organización de los Estados Americanos
(OEA). En consonancia, los presidentes cen-
troamericanos, inquietos frente a la propaga-
ción de la violencia armada, hicieron un lla-
mado al régimen para facilitar la celebración
de elecciones libres y, por lo tanto, obrar por
la estabilidad de la región. La solicitud fue
aprobada y reforzada por la política estadou-
nidense, que se flexibilizó en la medida en
que la amenaza comunista se disipaba.
El jefe de Estado nicaragüense admitió la
idea de elecciones para obtener el desmem-
bramiento de los grupos armados en su
contra y renunció al sostenimiento de las ac-
tividades de guerra por parte de Honduras y
los Estados Unidos.
A mediados del año 1989, con la asesoría
y el control de la OEA y la Onu (“Grupo de
Observadores de las Naciones Unidas en
Centroamérica”), se decidieron el desman-
telamiento y el agrupamiento en Nicaragua
de los alzados en armas perteneciendo a
la “Contra” - muchos de los cuáles perma-
necían en el sur de Honduras.
La Onu puso de pie equipos móviles, y no
estáticos como era la costumbre para otras
fuerzas de interposición en el mundo, con el
propósito principal de vigilar la zona norte
161 Para un balance de las negociaciones de paz en los
dos países, ver Jack Child, The Central American
peace process, 1983-1991, Boulder/Londres, Lynne
Rienner Publishers, 1992.
y fronteriza con Honduras. Paralelamente,
los países involucrados en la confrontación
se comprometieron a suspender la ayuda a
los movimientos ilegales y no utilizar terri-
torios foráneos para orquestar operaciones
militares dentro de Nicaragua.
En cambio, el gobierno sandinista dejó que
se organizaran elecciones (para la presiden-
cia, el parlamento y las municipalidades),
bajo el patrocinio de la Onu (“Misión de
Observación de las Naciones Unidas para la
Verificación de las Elecciones en Nicaragua”),
de las cuales salió vencido por las urnas,
propiciando el tránsito a la democracia.
Para concluir, en Guatemala162, a raíz de
la declaración de “Esquipulas”, delegados
del Gobierno y portavoces de la guerrilla,
confederada en la “Unidad Revolucionaria
Nacional Guatemalteca” (URNG), se encon-
traron en octubre de 1987 en Madrid. Estos
contactos exploratorios fueron frustrados
por el rechazo expresado por la guerrilla de
entregar las armas para no aparecer debili-
tada ante las tropas regulares que hicieron
de la problemática una clave para cualquier
negociación de paz.
Sin embargo, distintos sucesos y medidas
permitieron superar las resistencias. En
primera instancia, la “Comisión Nacional de
Reconciliación” (CNR) instituida en septiem-
bre de 1987, de conformidad con las reco-
mendaciones del “Acuerdo de Esquipulas”,
contó con un mandato para desarrollar un
“diálogo nacional”, que inicialmente exclu-
a los guerrilleros acusados de intransi-
gencia por los círculos oficiales.
Consecutivamente al retiro relativo de los
militares de la vida política y en un ambien-
te internacional de distensión de las rela-
ciones diplomáticas “este-oeste”, la CNR,
en representación del Gobierno, discutió
con la URNG en Oslo en marzo de 1990.
Se concluyeron acuerdos que designaron a
162 Sobre el proceso de paz en el país, se remite a
Susanne Jonas, Of centaurs and doves: Guatemala’s
peace process, Westview Press, 2000.
45
la Onu como garante de las conversaciones
de paz. También se extendieron las consul-
tas a los sectores de la sociedad civil, que
tuvieron la oportunidad de interactuar con
la insurgencia mediante la aprobación y el
control de las autoridades.
A principios de 1991, se instauró la
“Comisión de Paz del Gobierno de
Guatemala” (Copaz) que tomó la resolución
de negociar directamente con la guerrilla.
Desde ese momento, se debatieron con
detenimiento las causas del conflicto, por
contraste con las experiencias salvadoreña
y nicaragüense. Igualmente, se evocaron las
condiciones de un cese al fuego firme, los
derechos humanos y los proyectos de DD&R
de los combatientes.
El conjunto de estos puntos fueron in-
sertados en el temario del “Acuerdo de
Procedimiento para la Búsqueda de la Paz
por Medios Políticos” en abril de 1991, que
precedió el “Acuerdo de Querétaro”, cono-
cido por haber definido un marco para la
democracia.
Las perspectivas de paz y democratización
se oscurecieron coyunturalmente en 1993,
cuando el país fue sacudido por una ines-
tabilidad político-institucional163. Una vez
solucionada la crisis por la vía constitucio-
nal, se reanudaron los diálogos en enero de
1994, con un mayor mandato de la Onu,
un papel renovado para la sociedad civil
y la conformación de un “Grupo de Países
Amigos”, que constaba de los Estados
Unidos, México, Colombia, Venezuela,
España y Noruega.
Ulteriormente, se alcanzaron acuerdos sobre
espinosas cuestiones, como los derechos
163 Como consecuencia del autogolpe del presidente
Jorge Serrano Elías, que recordó el antecedente de
Alberto Fujimori en el Perú en los meses anteriores.
Las medidas autoritarias decretadas contemplaban la
disolución de la rama legislativa y la Corte Suprema
de Justicia, entre otras instancias. Por falta de respal-
do de las fuerzas militares, el mandatario estuvo en
la obligación de abandonar la magistratura suprema
y exiliarse del país.
humanos, el reasentamiento de las pobla-
ciones desarraigadas por la confrontación
y la defensa de los derechos e identidad de
los pueblos indígenas. Se estableció una
“Comisión para el Esclarecimiento Histórico”
(CEH)164, que desempeñó una tarea de re-
construcción del pasado, planteando cues-
tiones de memoria, verdad y justicia165, an-
tes de llegar a un acuerdo final entre los
beligerantes en diciembre de 1996.
En los tres países centroamericanos, sobre-
salió la internacionalización de los conflic-
tos y de las iniciativas de paz. La agenda
de las negociaciones resultó amplia por las
conexiones con la democratización que no
fue únicamente concebida, en las intencio-
nes, según un enfoque “procedimental”.
Más de una década después de haber
concluido los acuerdos de paz, los expertos
se interrogan todavía sobre las orientacio-
nes de la democracia en Centroamérica166.
La transición en El Salvador suele ser consi-
derada como moderadamente exitosa, aun-
que limitaciones en torno a la eficiencia de
las instituciones han arrojado dudas acerca
de la solidez del proceso167.
Sin embargo, éste ha permitido excluir a los
militares de la política, que han sido colo-
cados bajo directivas de mando civil y se
164 Ver el informe de la Comisión para el Esclarecimiento
Histórico, Guatemala: memoria del silencio, Guatemala
Ciudad, CEH, 1999.
165 Para una reflexión acerca de Guatemala, ver Victoria
Sanford, Buried secrets: truth and human rights in
Guatemala, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2004.
Sobre el papel de las comisiones de la verdad, ver
Priscilla B. Hayner, Unspeakable truths: facing
the challenges of truth commissions, Nueva York,
Routledge, 2002 y Greg Grandin, Truth commissions:
state, terror and memory, Durham, Duke University
Press, 2007, quien es el autor de varios trabajos so-
bre América Latina y Guatemala en particular.
166 Para una aproximación en términos políticos e ins-
titucionales con un paralelo con Colombia, ver Carlo
Nasi, Cuando callan los fusiles. Impacto de la paz ne-
gociada en Colombia y Centroamérica, op. cit.
167 Charles T. Call, “War transition and the new civilian
security in Latin America”, Comparative Politics, volu-
men 35, n°1, 2002, pp. 01 a 20.
han implementado reglas y disposiciones,
con la ambición de celebrar elecciones cada
vez más justas y competitivas, favoreciendo
la reconversión de la antigua guerrilla en
partido político legal168, que ha ganado di-
versos escrutinios en los recientes comicios
legislativos y municipales.
En Nicaragua, la escena política se ha bipolari-
zado entre las tendencias liberales y sandinis-
tas169, sin subestimar la participación de fac-
ciones de menor audiencia. Se ha logrado de-
sarticular el aparato de seguridad del Estado,
en desmedro de la atención prestada a los gru-
pos al margen de la ley. Al salir de la guerra,
no se reincorporaron satisfactoriamente a la
vida civil los ex-combatientes que, en algunas
ocasiones, retomaron las armas en las gran-
des ciudades y los departamentos agrícolas
del norte del país para conformar bandas cri-
minales170, a veces en colusión con pandillas
operacionales desde hace varios años171.
Dentro de este panorama, el caso menos
promisorio ha sido Guatemala, donde la iz-
quierda se ha quedado marginada del pano-
rama político, mientras la influencia de los
militares en los asuntos públicos no ha sido
plenamente erradicada.
168 Joaquín Villalobos, “Ni vainqueurs ni vaincus : la paix
au Salvador”, Critique Internationale, n°5, otoño de
1999, pp. 139 a 153.
169 Con una figura preeminente, Daniel Ortega, quien
fue elegido presidente en 2007 para un mandato de
cinco años.
170 Gilles Bataillon, “Contras et recontras nicaraguayens
(1982-1993): réflexions sur l’action armée et la
constitution d’acteurs politico-militaires”, Cultures &
Conflits, n°12, invierno de 1993-1995, pp. 63 a 103.
171 En la actualidad, El Salvador y Guatemala conocen
también problemas sociales asociados al desarrollo
de los programas de DD&R, como se analizará en la
tercera parte del documento.
Por otro lado, el Estado no ha tenido la vo-
luntad ni la capacidad para determinar y
juzgar las responsabilidades de los acon-
tecimientos ocurridos en la época de la
confrontación y lidiar con los problemas
crónicos de segregación y racismo en una
sociedad eminentemente indígena172.
Por lo tanto, pese a la frecuencia de las elec-
ciones, que no ha sido interrumpida desde
la década de 1980173, los analistas se rehú-
san a hablar de democracia liberal con un
anclaje del pluralismo político. De allí, la
idea polémica de regímenes mixtos o “hí-
bridos”, que comparten rasgos autoritarios
y democráticos174, o el concepto más neutro
de “democracia electoral”175.
Ahora bien, es indispensable profundizar
la reflexión acerca de la democracia, consi-
derando el tema de la seguridad, para po-
ner en una perspectiva teórica la política
del presidente Álvaro Uribe Vélez hacia los
grupos armados ilegales y, en especial, las
discusiones de paz adelantadas con los mo-
vimientos de autodefensa.
172 Marta Elena Casaús Arzú, Guatemala: linaje y racis-
mo, Guatemala Ciudad, F&G Editores, 2007.
173 Los países del área han apelado a los oficios de or-
ganismos multilaterales para enmarcar los procesos
electorales. Además de la Onu, la OEA ha tenido un
rol central en la celebración de los comicios: munici-
pales y legislativos de 1997 y presidenciales de 2004
en El Salvador; parlamentarios y presidenciales de
2003 en Guatemala; y presidenciales de 1996 y 2001
y regionales de 1998 y 2002 en Nicaragua.
174 Terry Lynn Karl, “The hybrid regimes of Central
America”, The Journal of Democracy, volumen 6, n°3,
julio de 1995, pp. 72 a 86.
175 Larry Diamond, “Thinking about hybrid regimes”,
The Journal of Democracy, volumen 13, n°2, abril de
2002, pp. 21 a 35, estima que los países centroame-
ricanos pueden ser calificados como “democracias
electorales” y no “regímenes híbridos”.
47
A raíz de la finalización de la rivalidad “es-
te-oeste”, se percibió una atmósfera de op-
timismo entre los académicos, las clases
políticas y los miembros de diversos orga-
nismos, los cuáles pronosticaron un declive
de las confrontaciones bélicas y un “nuevo
orden internacional”176, sustentado en la de-
mocracia liberal.
Empero, las esperanzas de ver emerger
prontamente un mundo menos bélico se
desvanecieron ante las vicisitudes de algu-
nos diálogos de paz como los que tuvieron
lugar en Colombia, Sri Lanka y Sudán, entre
otros, el fracaso de diferentes intervencio-
nes humanitarias y militares de las Naciones
Unidas (Somalia, antigua Yugoslavia y
Rwanda) y el surgimiento de nuevas contien-
das armadas (Liberia, Argelia, Sierra Leona,
entre otros).
Los cambios y las incertidumbres inherentes
al contexto internacional han tenido profun-
das consecuencias sobre la seguridad hasta
el presente. Si bien es cierto que América
Latina había perdido relevancia estraté-
gica en la política exterior de los Estados
Unidos después de la Guerra Fría177, la po-
sición de Colombia ha sido re-evaluada, por
la prioridad conferida a la lucha contra el
176 Tendencia perceptible durante la operación militar de
la coalición contra el régimen de Saddam Hussein en
Irak (1990-1991). Autores anunciaron inclusive una
desaparición de los conflictos armados “mayores”,
es decir entre las naciones más potentes. Michael
Mandelbaum, “Is major war obsolete”?, Survival, vo-
lumen 40, n°4, invierno de 1998-1999, pp. 20 a 38.
177 Russell Crandall, The United States and Latin America
after the cold war, Cambridge, Cambridge University
Press, 2008, examina las relaciones inter-americanas
desde el final de la “guerra fría” a la luz de los proce-
sos de democratización, la liberalización de las eco-
nomías y la seguridad con énfasis en la lucha contra
la criminalidad y las drogas.
narcotráfico y el terrorismo, a raíz de los
ataques del 11 de septiembre de 2001178.
Adicionalmente, la pacificación de los
conflictos en Centroamérica179 no ha conlle-
vado a la eliminación de todas las tensio-
nes y las fuentes potenciales de violencia
colectiva. Por el contrario, la criminalidad
y la delincuencia urbana, así como la pro-
liferación de armas, se han vuelto unas de
las grandes amenazas en el subcontinente
latinoamericano180.
Tan es así que los Estados han ido forta-
leciendo los mecanismos de resolución no
violenta de los conflictos, sin perder de
vista el imperativo de la seguridad, tanto
dentro de sus fronteras como en el ámbito
exterior.
En este marco, la seguridad ha suscitado un
sinnúmero de definiciones, discursos y re-
presentaciones. Para simplificar los debates
acerca de la noción, pueden ubicarse tres
escuelas de pensamiento en teoría de las
relaciones internacionales.
La más clásica - el “realismo” político - postula
que los Estados181 están en la obligación
178 La mediatización de la situación de violencia en
Colombia se ha cristalizado en temas como los des-
plazamientos forzados, los secuestros y las sevicias
corporales cuyas víctimas son, ante todo, las pobla-
ciones civiles.
179 Carlo Nasi, Cuando callan los fusiles. Impacto de la
paz negociada en Colombia y Centroamérica, op.
cit., hace un balance de las negociaciones paz en
Centroamérica y Colombia, principalmente para el
caso de las guerrillas.
180 Klaus Bodemer (editor) El nuevo escenario de (in)
seguridad en América Latina: ¿amenaza para la
democracia?, Caracas, Recal-IIK-Flacso-Chile-Nueva
Sociedad, 2003
181 Según los axiomas de esta escuela, que demues-
tra cierto pesimismo ontológico, los Estados son
egoístas, desconfiados y agresivos por esencia, lo
cual permite entender las turbulencias del sistema
internacional.
B- Las dimensiones de la “seguridad
democrática”
permanente de armarse y defenderse para
sobrevivir a la “anarquía”, donde predomi-
nan las guerras, en particular bilaterales o
internacionales, por la ausencia de un ente
capaz de regular el entorno182. La segunda,
asociada a una visión liberal e interdepen-
dentista del mundo, identifica amenazas que
no son necesariamente estatales ni milita-
res. Aboga por la cooperación, los intercam-
bios y la búsqueda de soluciones no coerci-
tivas a los conflictos183. Por último, se men-
cionarán los enfoques “constructivistas”184,
que refutan el postulado de una supremacía
de los Estados en un mundo irremediable-
mente proclive al desorden. Al igual que
muchos tópicos, la seguridad aparece como
el producto de cálculos, percepciones e in-
teracciones entre una pluralidad de agen-
tes - es decir, una construcción social en un
momento específico.
De los preceptos liberales e interdependen-
tistas, se deriva la importancia dedicada a
la “seguridad humana”185 desde los años
1990186. Maleable e imprecisa según sus
detractores, ésta hace hincapié en una serie
de factores susceptibles de comprometer
182 Hans Morgenthau, Política entre las naciones. La
lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, G.E.L,
1986; Kenneth Waltz, Teoría de la política interna-
cional, Buenos Aires, G.E.L, 1988; George Kennan,
American diplomacy, 1900-1950, Chicago, University
of Chicago Press, 1951. Dentro de esta visión, exis-
ten corrientes reformistas que matizan la importancia
de los Estados con sus dimensiones militares en el
sistema internacional. Por ejemplo, Barry Buzan, Ole
Waever & Jaap de Wilde (editores), Security: a new fra-
mework for analysis, Boulder/Londres, Lynne Rienner
Publishers, 1998, consideran los factores de violencia
e inestabilidad sub-estatales, como las organizacio-
nes armadas y las redes criminales.
183 Robert O. Keohane & Joseph S. Nye, Power and inter-
dependence, Boston, Little Brown, 1977.
184 Para una aproximación al tema, ver Alexander Wendt,
“Anarchy is what states make of it: the social construc-
tion of power politics”, International Organization,
volumen 46, nº2, primavera de 1992, pp. 391 a 425.
185 Jean-François Rioux (editor), La sécurité humaine :
une nouvelle conception des relations internationales,
París, L’Harmattan, 2001.
186 Las tres grandes escuelas anotadas anteriormente
han dado lugar a otras conceptualizaciones, como la
“seguridad ciudadana” y la “seguridad hemisférica”.
la integridad de los individuos y las comu-
nidades. Entre otros aspectos, se destacan
las exacciones armadas, la reincorporación
a la vida civil de combatientes, los flujos de
poblaciones, las fluctuaciones económicas
con un deterioro de los niveles de pobreza
y las catástrofes naturales.
Además, la (re)conceptualización de la se-
guridad ha encontrado un terreno fructífero
en la ola de democratización de las décadas
de 1980 y 1990, bien sea en Centroamérica
u otros sub-continentes. Poco a poco,
se ha forjado la noción de “seguridad
democrática”187, que abarca elementos de la
seguridad humana y pretende conciliar los
intereses primordiales del Estado (razón de
Estado) con los criterios y las exigencias de
una democracia moderna.
Pese a una creencia común, la noción no es
una creación sui generis del actual Gobierno
en Colombia y no está dirigida exclusiva-
mente contra las organizaciones armadas
ilegales. Tiene un trasfondo teórico y una
historia reciente en el hemisferio latinoa-
mericano, que se nutre de una concepción
renovada y extendida de la seguridad fuera
de las esferas militares.
En este sentido, la seguridad democrática
ha sustituido a la doctrina de “seguridad
nacional”, aferrada a un enfoque tradicional
de las relaciones internacionales, que fue el
paradigma privilegiado durante la confron-
tación global contra el comunismo188, en
detrimento de las libertades, los derechos y
finalmente la ciudadanía.
187 Para una presentación teórica e histórica de la se-
guridad democrática en Colombia, ver Federmán
Antonio Rodríguez Morales & Rubén Sánchez David,
Seguridad, democracia y seguridad democrática,
Bogotá, Editorial Universidad del Rosario, 2007.
188 Esta doctrina fue implementada tanto entre los
Estados-nación como en los asuntos internos de los
mismos con diferencias de un escenario a otro. En
Colombia, el concepto fue aplicado de manera irregu-
lar, sin mayor planificación más allá del corto plazo.
Francisco Leal Buitrago, La seguridad nacional a la
deriva, op. cit.
49
A comienzos de la década de 1990, la se-
guridad democrática empezó a ser forma-
lizada en los círculos institucionales en
América Latina. Así, el “Tratado Marco de
Seguridad Democrática de Centroamérica”
esbozó en 1995 las bases de un enfoque
alternativo a la seguridad nacional, con el
propósito de contribuir a la paz y la estabi-
lidad, luego de los conflictos que habían sa-
cudido a la región. Los firmantes del trata-
do convinieron preservar o promover varios
puntos, con un aliento democrático, entre
los cuales se puede citar los derechos y las
libertades fundamentales; la eficiencia y la
transparencia burocrática de los Estados;
la subordinación del poder militar a los ci-
viles; la protección de las personas y los
bienes; el bienestar de las poblaciones; la
lucha contra la criminalidad y la violencia y
los mecanismos de arreglo y prevención de
los conflictos inter-estatales.
Ahora bien, desde la época, el objetivo de
la seguridad democrática estipulado en los
términos del tratado se ha desdibujado en
la práctica, por las inconsistencias de la in-
tegración regional, la persistencia de los
fenómenos armados y las dificultades para
deshacerse del legado de la doctrina de se-
guridad nacional189.
En Colombia, uno de los retos para la admi-
nistración de Álvaro Uribe Vélez ha consisti-
do precisamente en no encerrar la seguridad
democrática en una línea militarista. En este
sentido, el Gobierno ha buscado también in-
formar constantemente a la opinión sobre las
metas y los alcances de la misma.
El Presidente ha enfatizado en que la
seguridad democrática no reproduce los
esquemas represivos típicos del antagonismo
189 Francine Jácome, “La seguridad democrática en el
marco del proceso de integración”, en Klaus Bodemer
& Francisco Rojas Aravena (editores), La seguridad
en las Américas, Madrid, Iberoamericana-Vervuert,
2005, p. 112.
“este-oeste” en América Latina190. La estrate-
gia planteada ha buscado un equilibrio entre
el desmantelamiento de las estructuras arma-
das ilegales (por la fuerza o la negociación),
el establecimiento de un Estado de Derecho
y el respeto a los derechos humanos en una
sociedad cada vez más cohesionada191, corro-
borando el eslogan presidencial “mano firme,
corazón grande”192.
Según un documento emitido por la
Presidencia de la República y el Ministerio
de Defensa, “la seguridad no se entiende
en primera instancia como la seguridad del
Estado, ni tampoco como la seguridad del
ciudadano sin el concurso del Estado, sino
como la protección del ciudadano y de la
democracia por parte del Estado, con la
cooperación solidaria y el compromiso de
toda la sociedad.
La Seguridad Democrática se funda a en
tres pilares: la protección de los derechos
de todos los ciudadanos […], […] la protec-
ción de los valores, la pluralidad y las ins-
tituciones democráticas […] y […] la solidari-
dad y la cooperación de toda la ciudadanía
en defensa de los valores y mecanismos
democráticos”193.
La propuesta de Seguridad Democrática
del presidente Álvaro Uribe Vélez se inspira
en los llamados “Talleres del Milenio”, que
fueron auspiciados por el Programa de
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),
con la inclusión de amplias franjas de la
sociedad colombiana, los cuáles culminaron
190 Álvaro Uribe Vélez, Carta del Presidente de la República
de Colombia”, en Presidencia de la República - Ministerio
de Defensa Nacional Política de defensa y seguridad
democrática, Bogotá, Presidencia de la República-
Ministerio de Defensa Nacional, 2003, pp. 05 a 07.
191 Álvaro Uribe Vélez “Política de Defensa y Seguridad
Democrática”, Carta del Presidente de la República,
Álvaro Uribe, 2003.
192 Fue el leitmotiv de
la pri mer a campaña presidencial
de Álvaro
Uribe.
193 Presidencia de la República - Ministerio de Defensa
Nacional, Política de defensa y seguridad democráti-
ca, op, cit. p. 13.
a la postre con la ad o pc ió n del Plan
Nac ion al de Desarrollo 2002-2006 ti tu-
lado Hacia un Estado Comunitario194.
Los talleres fueron espacios de debate,
donde se avaló una concepción amplia de la
seguridad, entendida como un bien público,
y no únicamente una prerrogativa del Estado,
con la ambición de generar participación
ciudadana, bienestar y paz en el país.
En otras palabras, la Seguridad Democrática
implementada desde 2002 induce una capa-
cidad de regulación por parte de las esferas
dirigentes sobre la población. Igualmente,
presupone una implicación activa de ésta
en la (re)composición del tejido político,
jurídico y social.
Además de la reforma del aparato judicial,
la profesionalización de las fuerzas arma-
das y los incentivos para propiciar un acer-
camiento entre los ciudadanos y las institu-
ciones del Estado, la Seguridad Democrática
ha conllevado a medidas que tienen hoy
efectos tangibles sobre la fisonomía de la
confrontación armada, matizando la tesis
de un empate militar entre los grupos ar-
mados ilegales y la Fuerza Pública195.
Sin desconocer los avances de la seguri-
dad en materia no militar, se resaltará que
los contingentes del Estado han retomado,
como nunca antes, la iniciativa frente a las
guerrillas y los movimientos de autodefen-
sa, mediante un incremento del pie de fue-
rza, un despliegue territorial sin preceden-
tes y una mayor operatividad en combate.
Entre los años 2002 y 2003, se decretaron
“Zonas de Rehabilitación y Consolidación”
(ZRC), al amparo del estado de conmoción
194 Presidencia de la República - Departamento Nacional
de Planeación, Hacia un Estado comunitario, Bogotá,
Departamento Nacional de Planeación, 2002.
195 Alfredo Rangel Suárez, Colombia: guerra en el fin de
siglo, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1998.
interior196, para afianzar la gobernabilidad
democrática en varios municipios de los de-
partamentos de Arauca, Bolívar y Sucre, que
sufren todavía problemas de alteración del
orden público.
Adicionalmente, la Fuerza Pública ha em-
prendido ataques de gran envergadura en
distintas regiones del eje andino, para ha-
cer retroceder o eliminar la presión ejercida
por los actores armados; se ha recuperado
también el control de carreteras y cabece-
ras municipales.
Ante todo, a principios de 2004, se dio ini-
cio al “Plan Patriota” hacia el sureste del ter-
ritorio nacional (Caquetá, Meta y Guaviare),
donde las Farc han tenido una presencia
histórica. El objetivo ha sido debilitar la
cadena de mando, la retaguardia y las fi-
nanzas de la guerrilla, que se beneficia de
fuentes de financiación con los cultivos ilí-
citos en el área197.
La conjunción de estos factores explican el
repliegue de la insurgencia, que se puede
interpretar de dos maneras: una ilustra-
ción del debilitamiento de las facciones
guerrilleras que estarían al borde de una
implosión sin precedentes con la captura,
la deserción o la muerte de varios de sus
cuadros y dirigentes históricos o una
estrategia programada por los guerrilleros
para no desgastarse en largos combates
196 Es importante subrayar que las ZRC tuvieron una vi-
gencia limitada en el tiempo. En efecto, la Constitución
de 1991 limita las facultades del poder ejecutivo en la
adopción de disposiciones que restringen las liberta-
des y derechos fundamentales de los ciudadanos. Se
quiere evitar así la instauración de períodos similares
a los “estados de excepción” que marcaron la vida
política del país en un pasado reciente (medidas aso-
ciadas a la doctrina de seguridad nacional). En el pre-
sente caso, un fallo de la Corte Constitucional declaró
inexequible la prórroga del estado de conmoción in-
terior, que finalizó en abril de 2003.
197 Para un panorama de la lucha armada contra la
guerrilla bajo la administración de Álvaro Uribe, ver
Camilo Echandía Castilla & Eduardo Bechara Gómez,
“Conducta de la guerrilla durante el gobierno Uribe
Vélez: de las lógicas de control territorial a las lógi-
cas de control estratégico”, Análisis Político, no. 57,
mayo-agosto de 2006, pp. 31 a 54.
51
y economizar fuerzas, esperando una
inflexión en las operaciones de las tropas
regulares.
En las dos hipótesis, que no son incompa-
tibles si se tiene en cuenta la heterogenei-
dad de los frentes, que no disponen de los
mismos recursos y márgenes de acción, los
insurgentes guardan un potencial de de-
sestabilización para llevar a cabo ataques
contra las poblaciones y actos de terro-
rismo, con el propósito de romper la co-
hesión de la sociedad y los lazos entre las
autoridades y los civiles198.
El uso de la violencia por parte de la guer-
rilla, acorralada en una postura defen-
siva, es a menudo leído como el signo de
la predominancia de una línea militarista
encerrada en un imaginario bélico, cuya
198 Sobre los efectos ambivalentes del terror instrumen-
talizado, ver Éric Lair, “Reflexiones acerca del terror
en los escenarios de guerra interna”, art. cit.
finalidad sería la toma del poder por las
armas. También es factible pensar que la
violencia pueda ser capitalizada para tratar
de abrir un camino hacia la negociación,
que ha sido uno de los pilares de la política
de Seguridad Democrática del gobierno de
Álvaro Uribe.
De hecho, la insurgencia se ha definido, de
distintas formas, con respecto al tema de
las conversaciones de paz que han marca-
do la evolución de la confrontación desde
hace más de veinticinco años. De otro lado,
la presidencia actual ha creado un entorno
propicio al abandono de la vía armada, que
ha sido aprovechado por los movimientos
de autodefensa, sin que se haya descartado
la posibilidad de dialogar y firmar un acuer-
do de paz con las guerrillas.
A semejanza de los países de Centroamérica,
que fueron afectados por confrontaciones
armadas, Colombia ha conocido hasta hoy
procesos de paz en un ambiente de demo-
cratización, con una reconversión, no uni-
forme, de las guerrillas en partidos políti-
cos legales199.
No obstante, el escenario colombiano pre-
senta particularidades que merecen ser su-
brayadas. En efecto, el país no ha pasado de
una situación autoritaria, con una preemi-
nencia de las fuerzas militares, a una demo-
cracia liberal. Se podría afirmar al respecto
199 David Garibay, “De la lutte armée à la lutte électo-
rale : itinéraires divergents d’une trajectoire insolite.
Une comparaison à partir des cas centraméricains
et Colombien”, Revue Internationale de Politique
Comparée, volumen 12, n°3, 2005, pp. 283 a 297 y
Carlo Nasi, Cuando callan los fusiles. Impacto de la
paz negociada en Colombia y Centroamérica, op. cit.
C- Las secuencias de los diálogos de
paz en Colombia
que se ha transitado de un pacto entre las
élites - régimen “consociacional”200 - en la
época del “Frente Nacional” (1958-1974) a
una democratización con una importante
tradición electoral y rasgos de pluralismo,
la cual ha tenido como consecuencia la ero-
sión del bipartidismo entre los conserva-
dores y los liberales desde los años 1980.
En complemento, el impacto electoral de
los insurgentes desmovilizados ha sido mí-
nimo en comparación con Centroamérica;
es decir que las sinergias entre la democra-
tización y el regreso a la vida civil de los
grupos al margen de la ley no han sido tan
pronunciadas.
Sobre todo, las conversaciones de paz han
tenido modalidades y resultados diferencia-
dos y parciales en Colombia. Ni las guerrillas
200 Jonathan Hartlyn, La política del régimen de coali-
ción: la experiencia del Frente Nacional en Colombia,
op. cit.
más poderosas militarmente ni las fuerzas
del Estado han participado en procesos de
desarme, desmovilización y reinserción
(DD&R) similares a los que se presentaron
en el istmo centroamericano.
Concretamente, las primeras iniciativas de
paz formales se desarrollaron en un mo-
mento de recrudecimiento de la contienda
armada, no sólo en Colombia201 sino tam-
bién en América Central, donde florecieron
las organizaciones opuestas a las corrientes
de izquierda.
La propuesta del entonces presidente
Belisario Betancur Cuartas (1982-1986)
contrastó con la política represiva de la
administración de Julio Turbay Ayala, que
había generado una crisis de derechos hu-
manos y legitimidad del Gobierno en un
contexto de déficit democrático.
En la época, se instituyó una “Comisión de
Paz” con un “diálogo nacional” - parecido a
las discusiones en Guatemala varios años
después, pero sin los medios para escla-
recer y juzgar los acontecimientos violen-
tos en un espíritu de reconciliación - sobre
diversas problemáticas políticas y socio-
económicas, más allá de la cuestión de la
violencia -.
Paralelamente, se instituyó el “Plan Nacional
de Rehabilitación” (PNR) en los departamen-
tos menos integrados desde el punto de vis-
ta social y económico, como una estrategia
de lucha contra la pobreza y la violencia. Sin
embargo, los anhelos de paz fueron rápida-
mente obstaculizados por la falta de respal-
do de los círculos políticos y económicos,
no preparados para negociar en tiempos
de lucha armada y atemorizados ante la ex-
pansión de la insurgencia.
201 Para una síntesis de las negociaciones de paz, ver
Jesús Antonio Bejarano, Una agenda para la paz.
Aproximaciones desde la teoría de la resolución de
conflictos, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1995 y
los artículos compilados en el número temático de
la revista L’Ordinaire Latinoaméricain, n°179, enero-
marzo de 2000.
Además, la tregua acordada con el Movimiento
19 de abril (M.19), las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (Farc) y el
Ejército Popular de Liberación (EPL) sirvió de
instrumento a la guerrilla para consolidarse y
adelantar ofensivas202, como lo demostel
asalto contra el Palacio de Justicia en Bogotá
en noviembre de 1985.
El presidente Virgilio Barco Vargas (1986-
1990) heredó de una coyuntura compleja
marcada por el fin de la tregua, la expan-
sión de los frentes guerrilleros y la disemi-
nación progresiva de movimientos armados
contrainsurgentes, mal identificados, rela-
cionados con el narcotráfico.
Desde un punto de vista orgánico, Virgilio
Barco centralizó los esfuerzos en la “Consejería
para la Reconciliación, la Normalización y la
Rehabilitación” (CRNR) para intentar evitar las
inconsistencias en la puesta en práctica de la
política de paz. Se profundizaron los progra-
mas de resolución de los conflictos sociales
y políticos, además de la atención dedicada
a la confrontación armada, en especial con el
PNR. En términos políticos, el alto mandatario
apuna una transformación y apertura del
sistema democrático, con la convocación de
una Asamblea para reformar la Constitución.
En 1988, se formuló una “Iniciativa para la
Paz” que tendió puentes de negociación con
algunas facciones de la insurgencia exte-
nuadas por la confrontación y deseosas de
planear un retorno a la vida no armada.
Retomando la labor de su predecesor, el pre-
sidente César Trujillo Gaviria (1990-1994)
adoptó una “estrategia integral contra la
violencia” que pretendía lidiar simultánea-
mente con la insurgencia, las redes mafio-
sas y los grupos de autodefensa. Fue du-
rante el cuatrienio de César Gaviria que el
país empezó a tomar el pulso de la lucha
202 El Ejército de Liberación Nacional (ELN) no fue par-
tícipe de los diálogos. Ver Carlos Medina Gallego, El
ELN: una historia contada a dos voces, Quito Editores,
Bogotá 1996.
53
contra la insurgencia, con la proliferación
de estructuras de autodefensa.
Paralelamente, el Gobierno persiguió los
acercamientos con las guerrillas, los cuáles
fueron aprehendidos como el pendiente de
las reformas políticas, mediante la adopción
de una Constitución pluralista en 1991. En
estas circunstancias, varias guerrillas, entre
las cuáles el M.19203 y el EPL204, decidieron
abandonar las armas, tras haber firmado un
cese al fuego y una serie de protocolos que
les permitieron acogerse a planes de DD&R,
sin incurrir en sanciones penales.
Pese a la desmovilización de aproximada-
mente 4.500 combatientes entre 1990 y
1994, el país no conoció la paz social, por-
que las Farc y el ELN, al igual que los grupos
de autodefensa, perpetuaron las lógicas de
la confrontación. En estos aspectos, radica
una diferencia fundamental con las nacio-
nes centroamericanas, que entraron en una
fase post-bélica.
A lo largo de la segunda mitad de los años
1990, que correspondieron al mandato de
Ernesto Samper Pizano (1994-1998), se
observó incluso un escalamiento de los en-
frentamientos y de las exacciones contra la
población civil.
Además de la crisis político-institucional,
sinónimo de parálisis del poder ejecutivo,
desatada por la imputación al presidente
Ernesto Samper de recibir dineros del nar-
cotráfico durante su campaña electoral205,
las violencias post-acuerdos ensombrecie-
ron las posibilidades de paz a corto plazo.
203 Darío Villamizar Herrera, Aquel 19 será: una historia
del M. 19, de sus hombres y de sus gestas. Un rela-
to entre la guerra, la negociación y la paz, Bogotá,
Editorial Planeta, 1995.
204 María Victoria Uribe, Ni canto de gloria ni canto fúne-
bre. El regreso del EPL a la vida civil, Bogotá, CINEP,
1994.
205 Sobre las implicaciones hemisféricas de la crisis, ver
Bruce Michael Bagley, “Narcotráfico, violencia política
y política exterior de Estados Unidos hacia Colombia
en los noventa”, Revista Colombia Internacional, n°49-
50, mayo-diciembre de 2000, pp. 05 a 38.
Así, las acciones de las Farc llevadas a cabo
entre 1995 y 1998, perpetradas con una
gran concentración de combatientes contra
la Fuerza Pública, fueron el producto de
estrategias de demostración de fuerza y
presión, que tuvieron implicaciones para
la presidencia de Andrés Pastrana Arango
(1998-2002). Elegido sobre una propuesta
de negociaciones de paz con la guerrilla,
entabladas antes de su investidura, el alto
mandatario concedió la desmilitarización de
una zona de unos 42.000 km2 en el centro-
este de Colombia (“zona de distensión”)
para conducir discusiones con las Farc sin
un cese de hostilidades previo.
Las vicisitudes del proceso206, que fracasó
a comienzos del año 2002, fueron la opor-
tunidad para los guerrilleros de hacer valer,
con intransigencia y dogmatismo, un poder
adquirido a lo largo de cuatro décadas en la
confrontación armada. Al mismo tiempo, se
confirmó el desfase entre las capacidades
bélicas de los frentes que irradiaban una
impresión de cohesión interna y la escasa
propensión a producir discursos suscepti-
bles de movilizar a la población.
La interrupción definitiva del proceso de
paz con las Farc en 2002, en un ambiente
de denuncias y enfrentamientos, provocó
desilusiones entre la población sobre la
eventualidad de una próxima resolución de
la confrontación armada. A los pocos me-
ses, el electorado optó por nombrar en la
magistratura suprema al candidato Álvaro
Uribe Vélez, quien simbolizaba la autoridad
frente a los actores al margen de la ley.
Por otra parte, los movimientos de auto-
defensa - bien sean las AUC o las demás
facciones - denotaron una evidente desar-
ticulación, a finales de los años 1990. Se
expandieron a expensas del impasse de
las conversaciones con la guerrilla, en un
contexto de rivalidades y tensiones, que
206 Daniel Pécaut, “Colombie: une paix insaisissable”,
Problèmes d’Amérique Latine, n°34, julio-diciembre
de 1999, pp. 05 a 31.
hizo de las AUC una agrupación con bases
y lazos “primarios”207, a menudo artificiales,
entre sus miembros.
En estas condiciones, no debe sorprender
la conformación en la época de una nueva
estructura, el bloque Central Bolívar (BCB),
por desacuerdo con las AUC208. Tampoco
es de extrañar los combates inter-faccio-
nes que se presentaron en Medellín (blo-
que Cacique Nutibara y bloque Metro),
por ejemplo, o aún la renuncia parcial de
Carlos Castaño a la dirigencia de las AUC
en julio de 2002, antes de ser asesinado
en abril de 2004 por sus compañeros
de armas, en circunstancias todavía no
esclarecidas209.
Dicho de manera sintética, el desarrollo de
las autodefensas experimentó, en los al-
bores de los años 2000, una crisis de cre-
cimiento, con efectos de dislocación, sin
haber sufrido una derrota militar de enver-
gadura frente a la guerrilla o al Estado.
Varios parámetros, no exclusivos, dan
cuenta del fenómeno: la concentración de
poder y el proyecto unificador de Carlos
Castaño; la rivalidad personal entre los
jefes armados; las divergencias sobre los
planes de lucha contra la insurgencia; los
vínculos fluctuantes con las fuerzas del
Estado; la coexistencia en territorios exi-
guos o cercanos; los ciclos de venganza,
en los cuáles el honor y los mecanismos
de “compensación” desempeñan un papel
fundamental; la intensificación no siempre
consensual de los ataques contra las po-
blaciones; y la cuestión del control del trá-
fico de droga en sus diferentes fases.
207 Noción, retomada de la psicología de los grupos,
desarrollada entre otros por Omer Bartov, L’armée
d’Hitler. La Wehrmacht, les nazis et la guerre, París,
Éditions Hachette, 1999.
208 Juan Carlos Garzón, “La complejidad paramilitar: una
aproximación estratégica”, op. cit., pp. 86-87.
209 Las versiones sobre la muerte de Carlos Castaño han
sido contradictorias. La tesis más plausible es que su
hermano Vicente haya ordenado el homicidio.
Es así como las discusiones de paz con los
grupos de autodefensa se abrieron a finales
del año 2002, en un momento en que di-
versas facciones de las AUC declararon un
cese al fuego unilateral. La administración
de Álvaro Uribe instauró una comisión ex-
ploratoria encargada de emitir recomenda-
ciones para facilitar y formalizar los acerca-
mientos. Entre los temas abordados, figu-
raban el respeto del cese de hostilidades,
el fin de los secuestros, la lucha contra los
tráficos ilícitos, la preparación de una mesa
de negociación y la concentración de los
combatientes en áreas delimitadas.
Esta fase exploratoria precedió la ronda de
discusiones inauguradas oficialmente en
julio de 2003 en Santa Fe de Ralito, en el
departamento de Córdoba210, zona bajo in-
fluencia de las autodefensas.
Los diálogos se fundamentaron en la Ley
782 de diciembre de 2002, que no hace del
reconocimiento político un requisito para
dialogar con actores armados ilegales y
otorgarles, bajo ciertas condiciones, bene-
ficios económicos y jurídicos.
Los acuerdos suscritos en 2003 preveían,
entre otros aspectos, el desarme y la des-
movilización gradual de la totalidad de los
combatientes en sitios de acantonamiento.
El proceso pasó por etapas críticas hasta
mediados del año 2005. Los enfrentamien-
tos con la guerrilla, las arremetidas contra
la población, las divisiones entre las auto-
defensas, incluidas o no en la negociación,
al igual que las incertidumbres sobre el es-
tatuto jurídico de los antiguos combatien-
tes y el tema de la extradición hacia Estados
Unidos por narcotráfico amenazaron el
avance de las concertaciones.
El Gobierno dio entonces un nuevo aliento a
las conversaciones, al acelerar la desvincu-
lación de las estructuras armadas. En mayo
210 International Crisis Group, “Desmovilizar a los para-
militares en Colombia: ¿una meta viable?”, Informe so-
bre América Latina No. 8, 5 de agosto de 2004, p. 2.
55
de 2004, los mandos de las AUC y del BCB
aceptaron el principio de una zona de ubi-
cación (ZDU) en Tierralta, Córdoba.
Se suspendieron por algunos meses las ór-
denes de captura contra los dirigentes de
las autodefensas, en conformidad con las
disposiciones de la Ley 782. La instaura-
ción de dicha zona permitió materializar los
acuerdos de Santa Fe de Ralito II, que aban-
donó en particular el ideal de un desman-
telamiento completo para fijar una meta de
8.750 desmovilizados al terminar el año
2005, sin haber planeado un cronograma
preciso211.
En los hechos, el desarme y la desmoviliza-
ción colectiva212 de las facciones se inicia-
ron, al margen de los diálogos en Córdoba,
con el desmonte del bloque Cacique
Nutibara (BCN) en las afueras de Medellín,
Antioquia, en noviembre de 2003 y la re-
pentina entrega de armas por parte de unos
850 combatientes213.
La gestión de la desmovilización del BCN
sirvió de antecedente a una serie de des-
movilizaciones (ante todo de las AUC) entre
2003 y 2006, centralizadas y supervisadas
en varias regiones del país por la Oficina del
Alto Comisionado para la Paz en concerta-
ción con entidades estatales, sectores de
la sociedad civil y la Organización de los
Estados Americanos (OEA). Según los re-
portes oficiales, las negociaciones habrían
conducido a la desmovilización colectiva
de 31.671 alzados en armas hasta el año
2006214 - cifra que superó las aspiraciones
211 Ibid. pp.2-3.
212 No se incluyen aquí los procesos individuales, que
responden a dinámicas y procedimientos distintos.
213 Sobre la influencia y desmovilización del bloque
Cacique Nutibara en el área de Medellín, ver Mauricio
Romero, “La desmovilización de los paramilitares y
autodefensas: riesgosa, controvertida y necesaria”,
Documento de trabajo del Instituto de Estudios Políticos
y Relaciones Internacionales, 2005 (Mimeo), pp. 8-10.
214 Alto Comisionado para La Paz. www.altocomisiona-
doparalapaz.gov.co [consulta: marzo de 2007]. Se re-
gistraron posteriormente otras dejaciones de armas.
consignadas en el texto firmado en Santa Fe
de Ralito II.
Como sustrato legal del proceso, el Gobierno
propuso la Ley 975 de junio 2005, llamada
de “Justicia y Paz”, que ha suscitado po-
lémicas, incluso antes de ser aprobada, y
que fue declarada exequible por la Corte
Constitucional en mayo de 2006. Entre las
denuncias215, los expertos han señalado que
el texto se ha convertido en un instrumento
jurídico de reducción de penas (alternativi-
dad penal), destinado a facilitar la reinser-
ción de los ex-combatientes, en caso de con-
fesión o comprobación de delitos graves o
lesa humanidad.
De no ser así, los desmovilizados tienen
la posibilidad de acceder a las disposicio-
nes de la Ley 782 de 2002, que los analis-
tas asimilan a un dispositivo generoso de
reincorporación.
Sin embargo, las máximas figuras de los
grupos armados ilegales, la mayoría de las
cuáles están hoy recluidas en cárceles de
Estados Unidos por narcotráfico, hubieran de-
bido aportar sus testimonios y reconocer en
teoría delitos y crímenes para acatar la ley y
ser sometidos a sanciones inferiores a lo que
podrían esperar con una jurisdicción fuera de
una negociación de paz. No obstante, hasta
el momento, la falta de claridad sobre el esta-
tus jurídico aplicable a los jefes de las autode-
fensas es característica de las zonas borrosas
inherentes a un proceso masivo de DD&R de
combatientes, como lo demuestran otras ex-
periencias internacionales en la materia.
215 En la tercera parte del presente texto, se hará refe-
rencia más en detalle a la ley. Para un análisis de la
misma en relación con los delicados temas de la ver-
dad, la justicia y la reparación, ver Rodrigo Uprimny
(editor), ¿Justicia transicional sin transición? Verdad,
justicia y reparación para Colombia, Bogotá, Centro
de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad, 2006.
Pocas confrontaciones internas han finalizado con la derrota
militar y/o la rendición incondicional de uno o varios de
los bandos armados; de allí la importancia de entablar
negociaciones de paz, como lo enseñan los casos de
Centroamérica y Colombia, las cuáles suelen ser tortuosas,
incluso cuando los actores armados no disponen de grandes
recursos y capacidades de desestabilización.
El desarme, la
desmovilización
y la reinserción
(DD&R): entre
complementariedad
y desencuentros
Pocas confrontaciones internas han finalizado con la derrota militar y/o la ren-
dición incondicional de uno o varios de los bandos armados; de allí la importancia
de entablar negociaciones de paz, como lo enseñan los casos de Centroamérica y
Colombia, las cuáles suelen ser tortuosas, incluso cuando los actores armados no
disponen de grandes recursos y capacidades de desestabilización.
Para leer con más discernimiento los alcances de las conversaciones de paz con
los grupos de autodefensa en Colombia, es necesario detenerse en los proce-
sos de desarme, desmovilización y reinserción (DD&R)216. Experiencias interna-
cionales (Centroamérica, antigua Yugoslavia y Sierra Leona, entre otros países)
recuerdan que éstos no resultan fáciles de disociar, puesto que no se inscriben
en un continuum rígido.
A diferencia de lo que presupone el acrónimo DD&R217, el desarme no constituye
siempre el primer paso de los programas. La desmovilización puede anteceder-
lo, ser concomitante o no producirse - y recíprocamente. De otro lado, imprevis-
tos y desajustes pueden surgir entre las dos etapas y la fase de reinserción218.
216 A veces, los analistas privilegian la noción de reintegración, que comprende mecanismos de
reinserción, como se verá más adelante.
217 Para una introducción al tema, ver Béatrice Pouligny, “Les anciens combattants d’aujourd’hui:
désarmement, démobilisation et réinsertion/The politics and anti-politics of contemporary: di-
sarmament, demobilization and reintegration programs”, Documento del Centro de Estudios e
Investigaciones Internacionales (CERI), septiembre de 2004. Texto en versión bilingue disponible
en: www.ceri-sciencespo.com.
218 Reto Rufer, “Disarmament, demobilisation and reintegration (DDR): conceptual approaches, spe-
cific settings, practical experiences”, Working Paper, Geneva Centre for the Democratic Control
of Armed Forces, 2005.
3
A raíz del papel renovado de la Organización
de las Naciones Unidas (Onu) en el sistema
internacional, las operaciones de DD&R
empezaron a recrudecerse219. Así, entre
1992 y 2005, se identificaron 34 procesos
de DD&R en más de 30 países220, con una
alta concentración de las actividades en el
África sub-sahariana, además de los casos
centroamericanos, a los cuáles se hará refe-
rencia a continuación.
Desde ese entonces, la mayoría de los pro-
cesos de DD&R ha acompañado la firma de
acuerdos políticos, sin ser obligatoriamente
constitutivos de éstos, y han sido conclui-
dos bajo los auspicios de los Estados, me-
diante la participación notoria de organis-
mos multilaterales y sectores de la socie-
dad civil221, con el propósito de construir
las bases de una paz duradera222.
En algunas situaciones, como Somalia, la ex-
Yugoslavia y Haití, que no corresponden en
este aspecto a América Central y Colombia,
se han llevado a cabo misiones coercitivas
para tratar de restaurar el monopolio legí-
timo de la fuerza y las condiciones de una
seguridad mínima223.
219 Sobre las intervenciones de las Naciones Unidas
después de la rivalidad “este-oeste”, ver Mats Berdal
& Spyros Economides (editores), United Nations in-
terventionism 1991-2004, Cambridge, Cambridge
University Press, 2007.
220 Lena Sundh & Jens Samuelsson Schjørlien (editores),
Stockholm initiative on disarmament demobilisation
and reintegration - Final report, Skövde, Rolf Tryckeri
AB, 2006, p. 9.
221 Ibid. pp. 16 a 19.
222 Para mayores desarrollos, ver Michael W. Doyle &
Nicholas Sambanis, Making war and building peace:
United Nations peace operations, Princeton, Princeton
University Press, 2006.
223 Macartan Humphreys & Jeremy M. Weinstein,
“Disentangling the determinants of successful di-
sarmament, demobilization and reintegration”,
Documento de Trabajo, Stanford University - Freeman
Spogli Institute for International Studies - Center for
Global Development, septiembre de 2005, p. 1.
Pese a la importancia del tema, los expertos
no han logrado establecer con unanimidad
criterios para delimitar y conducir los me-
canismos de DD&R224. Además, su valora-
ción no suele ser neutra, sino el fruto de
las percepciones, intereses y expectativas
de los observadores, de los antiguos com-
batientes y de los agentes de cooperación
internacional225.
Ahora bien, en una visión sociológica, los
proyectos de DD&R226 marcan el tránsito in-
dividual o colectivo de los combatientes ha-
cia la vía no violenta, que debe representar
una alternativa atractiva y viable (los deno-
minados “dividendos de la paz”: reduccio-
nes de penas o amnistías, beneficios eco-
nómicos, inclusión en la vida política, entre
otros)227.
Por otro lado, los proyectos pueden ser
analizados en el marco de políticas públi-
cas, es decir como un paquete de medidas
adoptadas por los Estados en simbiosis con
actores (inter)nacionales de distinta índole
(servicios del Estado, organizaciones no gu-
bernamentales e instancias inter-guberna-
mentales, entre otros).
224 Béatrice Pouligny, “Les anciens combattants
d’aujourd’hui: désarmement, démobilisation et réin-
sertion/The politics and anti-politics of contempo-
rary: disarmament, demobilization and reintegration
programs”, op. cit. p. 34.
225 Macartan Humphreys & Jeremy M. Weinstein,
“Disentangling the determinants of successful disar-
mament, demobilization and reintegration”, op. cit.,
pp. 3 y 4.
226 Para un enfoque teórico sobre los procesos de DD&R,
ver Mats Berdal, “Disarmament and demobilization af-
ter civil wars: arms, soldiers and termination of con-
flict”, Adelphi Papers, No. 303, 1996.
227 Alpaslan Özerdem, “Disarmament, demobiliza-
tion and reintegration of former combatants in
Afghanistan: lessons learned from a cross-cultural
perspective”, Third World Quarterly, volumen 23, n°5,
octubre de 2002, pp. 961 a 975.
A- Consideraciones generales sobre los
procesos de DD&R
61
Como punto de referencia, el análisis pue-
de partir de las definiciones de las Naciones
Unidas en materia de DD&R, las cuáles han
sido frecuentemente citadas y comentadas en
la literatura sobre la búsqueda de la paz228.
Según la Onu, el desarme consiste en re-
coger las armas tanto pequeñas como
pesadas dentro de una zona de conflicto.
Generalmente, el desarme físico ocurre en
áreas de asamblea fijadas en el curso de
las negociaciones de paz, señalando un
lugar para reunir a los combatientes en
escenarios similares a los campamentos,
donde las armas serán confiscadas, alma-
cenadas en un sitio seguro y posteriormen-
te destruidas.
En consonancia con lo anterior, la des-
movilización contempla el desmantela-
miento formal de las estructuras armadas.
Idealmente, la desvinculación de los com-
batientes debe desarrollarse en un lapso
de tiempo relativamente reducido. Durante
esta fase, se organiza el regreso de los ac-
tores de la confrontación a sus hogares o
a sitios de salud y capacitación con vista a
la reinserción.
La reinserción suele articularse en dos eta-
pas: la primera se refiere al período breve
consecutivo a la llegada de los antiguos
combatientes a sus lugares de residencia
originales o a nuevas comunidades de re-
cepción; la segunda, que es más dilatada
en el tiempo, pretende asegurar el des-
arme permanente y una paz sostenible,
gracias a la implementación de costosos
planes de reintegración, en los cuáles los
desmovilizados reciben ayudas de diferen-
te naturaleza.
Siguiendo esta clasificación, las experiencias
internacionales demuestran que, desde un
228 Ver el documento del ex-Secretario General Kofi
Annan, Report of the Secretary-General on the Role
of the United Nations Peacekeeping in disarmament,
demobilisation and reintegration, Nueva York, United
Nations, 2002.
punto de vista técnico, el desarme remite
a las decisiones que tratan de centralizar,
registrar y almacenar el material bélico y
logístico para su eventual destrucción229. El
mismo supone la existencia de una abun-
dante información - recolectada a partir de
investigaciones, declaraciones de los gru-
pos antagónicos y testimonios de la pobla-
ción - sobre las armas en circulación y/o
depositadas en una zona determinada.
Cuando los actores en disputa no han
sido derrotados militarmente, los gesto-
res de paz multiplican los incentivos para
agilizar el desarme de manera voluntaria.
Éstos tienen a menudo efectos ambiguos,
como se ha evidenciado en países africa-
nos (Somalia, Mozambique y Liberia, entre
otros), donde los combatientes han reci-
bido una compensación financiera por la
entrega de las armas, sin que haya certe-
za sobre la eficiencia del procedimiento y
una disminución ostensible de los niveles
de violencia (devolución de armas deterio-
radas, rearme paralelo y/u ocultación de
material bélico)230.
El desarme puede también abarcar progra-
mas de desactivación de las minas antiper-
sonal que han sido utilizadas en un número
significativo de conflictos internos, a la vez
contra las fuerzas adversas y los civiles231,
violando unos de los principios cardinales
229 Tobias Pietz, “Gaps and trends in disarmament,
demobilization, and reintegration programs of the
United Nations”, en Peter Hazdra (editor), Small
arms - Big Problem. A Global threat to peace, se-
curity and development, Viena, Schriftenreihe der
Landesverteidigungsakademie, 2007, p. 56.
230 Jeffrey Isima, “Cash payments in disarmament, demo-
bilization and reintegration programmes in Africa”,
Journal Of Security Sector Management, volumen 3,
nº2, septiembre de 2004. Artículo sin paginar dispo-
nible en: www.ssronline.org.
231 La dispersión de las minas, en particular de tipo
“anti-personal”, responde a diferentes objetivos en
tiempos de confrontación. Por ejemplo, contribuye a
restringir el acceso a los cultivos ilícitos y los recursos
naturales que son centrales en la economía local de
la violencia. Adicionalmente, favorece la protección
de corredores de comunicación y la preservación de
áreas de refugio y/o abastecimiento.
del Derecho Internacional Humanitario232,
al igual que varias disposiciones recientes
del Derecho Internacional Público233.
En muchos casos, la desmovilización inclu-
ye proyectos de desarme, provocando cierta
confusión entre las dos nociones y se fun-
damenta en procedimientos susceptibles
de desmantelar a las estructuras armadas.
Los agudos problemas de desconfianza e
inseguridad conllevan, en muchas ocasio-
nes, a privilegiar un desmonte simultáneo
o, por defecto, poco disperso en el tiempo.
Las facciones pueden ser acantonadas en
sitios separados, con el propósito de evitar
las alianzas y/o los ciclos de venganza en-
tre los antiguos enemigos234. En esencia, la
desmovilización pretende romper con las
lógicas bélicas e instituir las condiciones de
un regreso a la vida civil.
232 Comité Internacional de la Cruz Roja, Protocolos
Adicionales a los Convenios de Ginebra del 12 de
agosto de 1949, Ginebra, CICR, 1977, pp. 37 y 38. De
esencia consuetudinaria, el artículo 51 del Protocolo I
de 1977 estipula que los actores armados deben ope-
rar una distinción entre los combatientes y los civiles,
absteniéndose de atentar indiscriminadamente con-
tra éstos.
233 La problemática de las minas antipersonal descansa
también en el derecho de los tratados aplicable a los
Estados partes. Durante años, prevaleció el Tratado
de las Naciones Unidas de 1980 sobre Ciertas Armas
Convencionales que, en el Protocolo II, menciona las
restricciones y las prohibiciones relativas al empleo
de las minas. Por sus deficiencias, el Protocolo sirvió
de antecedente a otras negociaciones celebradas en la
ciudad de Ottawa. Ambiciosa, la Convención de Ottawa
de 1997 plantea la perspectiva de una prohibición total
en materia de producción, almacenamiento, compra,
transferencia y utilización de las minas, así como su
destrucción. En Colombia, la ley 454 de enero de 2000
avaló la Convención que entró en vigencia en marzo
de 2001. De acuerdo con sus términos, el Estado debe
cumplir con los requisitos y los planes de erradicación
de las minas dentro de su jurisdicción, cuyos plazos
difieren según las circunstancias. Ver Daniel O’Donnell,
Inés Margarita Uprimny & Alejandro Valencia Villa (com-
piladores), Compilación de instrumentos internaciona-
les. Derecho internacional de los derechos humanos,
derecho internacional humanitario y derecho penal
internacional, Bogotá, Oficina en Colombia del Alto
Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos - Defensoría del Pueblo de la República de
Colombia, 2001, pp. 454 a 466.
234 Tobias Pietz, “Gaps and trends in disarmament,
demobilization, and reintegration programs of the
United Nations”, op. cit. p. 56.
Precisamente, la reinserción está destinada
a facilitar el regreso a la vida no armada de
los combatientes. Es interesante anotar que
la palabra aparece, con matices semánticos,
como sinónimo, complemento o sustituto
de reintegración, reincorporación y/o re-
conversión235. Los especialistas ven, en par-
ticular, en la reinserción236 un puente hacia
la reintegración237, que ha sido objeto de un
sinnúmero de conceptualizaciones en los
últimos años238. En distintos países, los gru-
pos violentos rechazan la idea de reinser-
ción, que tiende a estigmatizarlos como si
fuesen simples marginados de la sociedad,
aunque muchos mantuvieron contactos con
sus familiares y las poblaciones locales du-
rante la contienda armada.
Una vez más, una mirada internacional re-
vela que la reinserción requiere un balance
previo del perfil de los beneficiarios (origen
socio-económico, formación escolar y aspi-
raciones laborales) de los beneficiarios para
formular y poner en práctica programas
apropiados que constan de ayudas pecunia-
rias, profesionales y psico-médicas, entre
otras dimensiones.
Además, la reinserción le exige al conjunto
de la sociedad una gran capacidad para aco-
ger a los autores de la violencia como ciuda-
danos con derechos y obligaciones.En este
sentido, ésta contempla a menudo proyec-
tos de reconstrucción del tejido social, así
como modificaciones del estatuto jurídico y
235 Ver João Gomes Porto, Chris Alden & Imogen
Parsons, From soldiers to citizens. Demilitarization
of conflict and society, Aldershot/Burlington, Ashgate
Publishing, 2007.
236 Aquí, el término será entendido en un sentido am-
plio, incluyendo las nociones anteriores.
237 Leontine Specker, “Reintegration phase of DDR pro-
cesses”, Documento de Trabajo, Netherlands Institute
for International Relations ‘Clingendael’, Conflict
Research Unit, enero de 2008, p. 3.
238 La reintegración se relaciona con el desarrollo socio-
económico de los países, cuyos efectos se miden a
mediano y largo plazo. Ver por ejemplo Nicole Ball &
Luc Van der Goor, “Disarmament, demobilization and
reintegration: mapping issues, dilemmas and gui-
ding principles”, Documento de Trabajo, Netherlands
Institute for International Relations ‘Clingendael’,
Conflict Research Unit, agosto de 2006, p.3
63
posibilidades de reconversión de los actores
armados en partidos políticos legales, gra-
cias a consultas entre las principales faccio-
nes políticas y el poder central y la adopción
de reformas constitucionales (Etiopía-Eritrea,
Mozambique y Nicaragua, por ejemplo)239.
Por las transformaciones “societales” y las
necesidades de financiación que exige la
reinserción, los Estados apelan tradicio-
nalmente a la experticia y los servicios de
organismos multilaterales, entre las cuá-
les figuran la Unión Europea (UE), el Fondo
Monetario Internacional (FMI) y el Banco
Mundial (BM)240.
Ante todo, a partir de las operaciones en
América Central que sirvieron de labo-
ratorio en materia de DD&R en los años
1990, los miembros de la comunidad
239 Krishna Kumar (editor), Postconflict elections.
Democratization and international assistance, op.
cit.
240 Desde los años 1980, la institución ha adquirido re-
levancia como fuente de financiación en los procesos
de DD&R en el África de los grandes lagos, Asia del
sur, la ex-Yugoslavia, entre otros. Ver “Multi-Country
Demobilisation and Reintergation Program” (Mdrp):
www.mdrp.org.
internacional han acudido cada vez más al
sistema de las Naciones Unidas, mientras
se han ido redefiniendo las funciones de
las operaciones de mantenimiento de la
paz241, con la participación de entidades
como la Organización Mundial de la Salud
(OMS), el Programa Mundial de Alimentos
(PAM) y el Fondo de las Naciones Unidas
para la Infancia (Unicef).
La implicación de las Naciones Unidas en los
procesos de DD&R ha fluctuado de acuerdo
con el grado de institucionalidad, la estabi-
lidad y las facultades del país receptor para
administrar los programas. Por ejemplo, la
falta de capacitación y de personal, al igual
que la lentitud burocrática y el desvío de
fondos han obstruido constantemente sus
acciones242.
241 Sobre la redefinición del mantenimiento de la paz
que interfiere hoy con operaciones de reconstruc-
ción de las sociedades, ver Ho-Won Jeong (editor),
Approaches to peacebuilding, Nueva York, Palgrave
Macmillan, 2002 y Lise Morjé Howard, UN peacekee-
ping in civil wars, Cambridge, Cambridge University
Press, 2007.
242 Habría también que tener en cuenta los problemas
inherentes a la Organización. Ibid.
B – Los riesgos de los procesos de DD&R
sobre la seguridad
Volviendo a la situación centroamericana, en
El Salvador, a petición de la Onu, las partes
en conflicto aceptaron la propuesta de ins-
taurar una “Comisión de la Verdad” en abril
de 1991, para esclarecer los hechos violen-
tos, tomando el año 1980 como punto de
partida. Desde entonces, se han desatado
críticas para subrayar el carácter cerrado,
casi discrecional, de la comisión que fue im-
pulsada por agentes externos con una esca-
sa inclusión de la sociedad civil, a diferencia
de lo ocurrido en Guatemala algunos años
más tarde243.
También, se creó una “Comisión Ad Hoc”,
encargada de investigar específicamente
los crímenes imputables a la jerarquía mili-
tar. El informe recomendó la revocación de
oficiales, la cual se volvió poco a poco efec-
tiva bajo la presión internacional.
243 Thomas Buergenthal, “The United Nations Truth
Commission for El Salvador”, Vanderbilt Journal
of Transnational Law, volumen 27, n°3, octubre de
1994, pp. 497 a 544.
En un clima de discrepancias y sospechas,
el poder político salvadoreño promulgó
una controvertida “Ley de Reconciliación
Nacional” en enero de 1992 que abrió el ca-
mino a una amnistía para la mayoría de los
protagonistas de la contienda244.
Estas medidas contribuyeron a promover la
transición hacia la democracia y la paz, a
la cual se agregó una difícil reforma de la
justicia245 (“justicia transicional”246), y acom-
pañaron los proyectos de DD&R.
Los acuerdos de paz sellados en ene-
ro de 1992 conllevaron a un “Plan de
Reconstrucción Nacional” con la desmovili-
zación de alrededor de 10.000 integrantes
de la guerrilla en el transcurso del año. Al
mismo tiempo, fueron disueltas unidades de
las fuerzas regulares (la Policía y la Guardia
Nacional fueron las más concernidas) para
un total de más de 30.000 efectivos247. La
ambición fue luchar contra la privatización
de la violencia y, por otro lado, desmilitari-
zar la seguridad pública e inculcar a la poli-
cía un espíritu democrático.
Mediante la labor de supervisión de las
Naciones Unidas y el control de los fun-
cionaros estatales y los representantes de
la sociedad civil, tanto las tropas oficiales
como los guerrilleros fueron reunidos por
separado en zonas de acantonamiento a lo
244 Sobre las limitaciones y el control constitucional
de la ley, ver Margarita S. Studemeister (editora),
“El Salvador: implementation of the peace accords”,
Peaceworks, nº38, enero de 2001.
245 Margaret Popkin, Peace without justice: obstacles to
building the rule of law in El Salvador, University Park,
Pennsylvania State University Press, 2000.
246 La cual permite a priori sobrepasar una situación de
autoritarismo y/o violencia, donde prevalecieron las
violaciones a los Derechos Humanos con importantes
disfunciones y deficiencias en la administración de la
justicia. Sobre esta discutida noción, ver Jon Elster,
Closing the books: transitional justice in historical
perspective, Cambridge, Cambridge University Press,
2004.
247 Edward J. Laurance & William H. Godnick, “Weapons co-
llection in Central America: El Salvador and Guatemala”,
Documento de Trabajo, Program on Security and
Development (Sand), enero de 2000, pp. 5 y 6.
Disponible en la página electrónica: sand.miis.edu.
largo del territorio para que hicieran entre-
ga de sus armas y se desmovilizaran.
Entre las limitaciones del proceso de DD&R,
se destacará que las formaciones parami-
litares, que actuaron con cierta opacidad
al estilo de los escuadrones de la muerte
durante la confrontación, no fueron partíci-
pes de las negociaciones. Sin ser totalmen-
te desmembrados en los años 1990, éstas
ejercieron una amenaza contra la seguridad
de los ex-combatientes y sus familiares.
En los meses ulteriores al cierre de las ini-
ciativas de paz, se registraron amenazas
y exacciones contra las víctimas deseosas
de aclarar el pasado y hacer prevalecer la
justicia248.También se encontraron armas.
Adicionalmente, los artefactos decomisa-
dos no fueron sometidos a una destrucción
sistemática, alimentando la tesis de su po-
sible reutilización en contextos de violencia
más difusos.
En efecto, después de los acuerdos de paz y
hasta la actualidad, el país ha sido azotado
por agudas manifestaciones de criminalidad
(homicidios, asaltos, robos, entre otros) ori-
ginados por pandillas, como las “maras”249,
que han tenido un profundo impacto sobre
la percepción de inseguridad.
El fenómeno de las maras, que no se li-
mita a El Salvador, se ha convertido en un
problema de seguridad colectiva en un
escenario de post-conflicto. Así, se calcu-
la que el número total de mareros en el
triángulo norte de Centroamérica, es decir
entre El Salvador, Honduras y Guatemala,
248 Ibid.
249 El diminutivo “maras” hace alusión a las hormigas
marabuntas que se caracterizan por eliminar con
ferocidad lo que encuentran para sobrevivir y ade-
cuar su hábitat. Sobre la naturaleza y las conexio-
nes regionales de estas bandas armadas, ver José
Manuel Valenzuela Arce, Alfredo Nateras Domínguez
& Rossana Reguillo Cruz (coordinadores), Las ma-
ras. Identidades juveniles al límite, México D.F,
Universidad Autónoma Metropolitana - El Colegio de
la Frontera Norte - Casa Juan Pablos, 2007.
65
podría superar 60.000 integrantes250. En lo
cotidiano, estas bandas urbanas se han de-
dicado a imponer, por medio de la violen-
cia, un control socio-espacial en los barrios
y administrar negocios y tráficos, bien sean
legales o ilícitos.
Sería erróneo afirmar que las pandillas
(aproximadamente 10.000 integrantes) se
han constituido únicamente por la falta de
perspectivas de reinserción de los ex-com-
batientes, puesto que sus estructuras crimi-
nales, como la famosa “Mara Salvatrucha”
(MS) con ramificaciones en distintos países
(Estados Unidos, México y Guatemala, ade-
más de El Salvador), existían durante los úl-
timos años de la guerra.
Ahora, es innegable que el período post-
acuerdos de paz ha favorecido el retorno,
frecuentemente por motivos de deportación,
de centenares de jóvenes salvadoreños que
habían migrado a los Estados Unidos, prin-
cipalmente en la década de 1980. Muchos
de ellos se han incorporado a las filas de las
maras, reproduciendo y adaptando patro-
nes culturales de los gangs norteamerica-
nos. También han entrado en contacto con
múltiples pandillas, a veces conformadas
por desmovilizados, las cuales tienen un ca-
rácter eminentemente socio-económico251.
La degradación del orden público se ve
reflejada, por ejemplo, en los homicidios
que fueron, pocos meses después de los
acuerdos, entre las más altas del mundo
con una cifra aproximada superior a 145
por 100.000 habitantes entre 1994 y 1996,
250 Para una evaluación de todos los pandilleros ope-
rando en Centroamérica, ver las cifras del informe
Estudios y evaluación sobre las pandillas y/o ma-
ras en la región centroamericana, OIPC, INTERPOL,
Oficina Subregional de San Salvador para América
Central, junio de 2005: http://www.cicad.oas.org/
Crimen_Organizado/ESP/Reuniones/Tapachula2005/
Presentaciones. Habría que contabilizar también a las
pandillas en México - unos 5.000 miembros para las
solas maras.
251 Dennis Rodgers, “Slum wars of the 21st Century: the
new geography of conflict in Central America”, op. cit.
mientras que el promedio fue de 60 por
100.000 personas en los años 1980, que
correspondieron al período de intensifica-
ción de la confrontación armada252.
Por extensión, voces se han elevado en El
Salvador para denunciar las dificultades de
los desmovilizados para encontrar oportu-
nidades de trabajo en un contexto de des-
igualdades económicas perjudiciales a los
proyectos de reinserción253.
En Guatemala, los procesos de DD&R fueron
enmarcados en los acuerdos de paz (doce
puntos), que culminaron en diciembre de
1996, los cuáles procuraron establecer las
bases de un nuevo andamiaje socio-político
en un ambiente de democratización, ade-
más de la planificación de reformas econó-
micas. Aunque éstos han tenido el mérito
de esbozar un pacto para el futuro del país,
sus alcances han sido parciales y deficien-
tes, según diversos expertos254.
Así, los programas de redistribución de las
tierras se han estancado255 y el “Acuerdo
sobre Identidad y Derechos de los Pueblos
Indígenas” ha sufrido enormes rezagos256.
252 Ver José Miguel Cruz (coordinador), “La violencia en
El Salvador en los años noventa. Magnitud, costos
y factores posibilitadores”, Documento de Trabajo
R-338, Red de Centro de Investigaciones, Instituto
Universitario de Opinión Pública, Universidad
Centroamericana José Simeón Cañas, octubre de
1998, pp. 5 y 11, quien retoma fuentes de informa-
ción legales.
253 Kevin Murray, et. al., Rescuing reconstruction: the
debate on post-war economic recovery in El Salvador,
Cambridge, Hemisphere Initiative, 1994.
254 Para un balance, ver Rachel Sieder (editora), Guatemala
after the peace accords, Londres, University of
London/Institute of Latin American Studies, 1999,
y Luis Pásara, “The Guatemalan peace process: the
accords and their accomplishments”, Kroc Institute
Occasional Paper, nº21, diciembre de 2001.
255 Sobre la problemática del reparto de la tierra, ver
Guillermo Paz Cárcamo, Guatemala: reforma agra-
ria, Guatemala Ciudad, Flacso, 1997, y Gustavo
Palma Murga, Arturo Taracena Arriola & José Aylwin
Oyarzun, Procesos agrarios desde el siglo XVI a los
acuerdos de paz, Guatemala Ciudad, Flacso-Minugua-
Contierra, 2002.
256 Carlos Mendoza, Guatemala, “Más allá de los acuerdos
de paz. La democracia en un país multicultural”, Working
Paper Series, n°250, Latin American Program, Woodrow
Wilson International Center for Scholars, 2001.
Por otra parte, el resarcimiento a las vícti-
mas de la represión ha sido lento, por no
decir incipiente, en la mayoría de los casos.
Los defensores de derechos humanos y or-
ganizaciones sociales han sido atropellados
por las acciones de las fuerzas regulares,
cuyas atribuciones hoy sobrepasan las pre-
rrogativas que fueron delimitadas en la épo-
ca de los acuerdos257.
En su conjunto, los acuerdos estipulaban
las condiciones de DD&R para tres grandes
categorías de actores armados: las guerri-
llas, las fuerzas estatales y las “Patrullas
de Autodefensa Civil” (Pac), entre las cuá-
les varias columnas habían sido desmem-
bradas antes de la finalización de dichos
acuerdos.
Entre otros aspectos, se establecía que las
guerrillas debían ser desarmadas y desmo-
vilizadas antes de cumplirse los sesenta
días de la firma del pacto final de la paz.
Asimismo, el ejército tuvo que ser reduci-
do en un 33% en 1997 para llegar a tener
el tamaño adecuado para intervenir en una
sociedad más democrática y garantizar la
integridad y la soberanía del país, causan-
do una crisis de identidad de la institución.
En relación con las Pac, los términos de los
acuerdos eran evasivos. Se preveía que los
patrulleros, que no habían abandonado las
armas, tenían treinta días para desmovili-
zarse. En teoría, fue prohibida la reanuda-
ción de los vínculos con los contingentes
del Estado.
La documentación relativa a los mecanis-
mos de DD&R demuestran que la disolución
de las Pac fue una decisión apresurada y
llevada a cabo con celeridad como decisión
propia antes del cierre de las negociacio-
nes. Una vez éstas concluidas, los 90.000
257 Para un panorama del papel de las fuerzas milita-
res en el país a lo largo del siglo XX, ver Jennifer G.
Schirmer, The Guatemalan military project: a vio-
lence called democracy, Philadelphia, University of
Pennsylvania Press, 1998.
patrulleros258, a priori desactivados, queda-
ron excluidos de los beneficios de la paz.
De tal manera que, a principios de los años
2000, los mismos empezaron a reivindicar
compensaciones por los esfuerzos consen-
tidos en tiempos de conflicto. Tuvieron en-
tonces el respaldo de algunos sectores de
la sociedad civil, en especial en municipios
del centro-norte del país, donde la violencia
había sido aguda259, aunque se enfrentaron
a innumerables críticas y resistencias.
Las patrullas, todavía activas como redes
de poder local, son un foco de conflictivi-
dad latente. Sus integrantes pretenden hoy
brindar seguridad a las aldeas y adjudicarse
prerrogativas en el ámbito de la justicia co-
munitaria en un país donde los linchamien-
tos no son escasos en las áreas rurales. En
estas circunstancias, no es de extrañar que
lazos con las unidades castrenses se man-
tengan aún. Además, en algunas localida-
des, se ha comprobado que miembros de la
delincuencia común han ingresado a estas
organizaciones260.
Frente al Estado que tarda en reconocerles
un papel en el conflicto, a través de un pa-
quete de indemnizaciones, las ex-Pac han
formulado diversas protestas. Dentro de
sus repertorios de acción, figuran solici-
tudes escritas dirigidas a las autoridades,
citas y audiencias públicas, ocupaciones y
destrucciones de instalaciones oficiales,
manifestaciones callejeras, bloqueos de ca-
rreteras y retenciones de personas, entre
otros aspectos.
Por consiguiente, los distintos gobiernos y
la clase política han sido solicitados, sobre
todo en los comicios electorales de 2003,
258 Para retomar las estimaciones de varias fuentes de
información.
259 Ricardo Sáenz de Tejada, ¿Víctimas o vencedores?
Una aproximación al movimiento de los ex - Pac,
Guatemala Ciudad, FLACSO, 1994, pp. 73 a 77.
260 David Keen,Demobilizing Guatemala”, Working
Paper, nº37, Series 1, Crisis States Research Centre,
London School of Economics, noviembre de 2003.
67
para dialogar y hacer efectivas las promesas
evocadas a lo largo y después de las conver-
saciones de paz de la década de 1990261.
En un entorno marcado por las tensiones,
tanto la población como los empleados
de las organizaciones no gubernamen-
tales y las entidades estatales, como la
Procuraduría de los Derechos Humanos,
han sido los blancos de campañas de inti-
midaciones y amenazas adelantadas por las
antiguas Pac.
Claramente, los patrulleros representan un
movimiento que sintetiza la compleja natu-
raleza de víctima y verdugo de la lucha arma-
da, cuya permanencia tiene una capacidad
de desestabilización en Guatemala. Sus peti-
ciones y hechos violentos han tenido eco en
la criminalidad que ha azotado a la sociedad
tras la firma de los acuerdos de paz262.
Al igual que El Salvador, la sociedad guate-
malteca ha sido crecientemente sometida a
la violencia de las pandillas urbanas (alrede-
dor de 14.000 integrantes) como las maras,
en especial las de la “Salvatrucha”263.
Teniendo en cuenta este contexto, de acuer-
do con las cifras oficiales, entre los años
2000 y 2006, se contabilizaron alrededor
de 23.000 muertes violentas con una tasa
de 45 homicidios por 100.000 habitantes.
En la mayoría de los casos, fueron el resul-
tado de las pugnas y los ajustes de cuentas
entre agentes del crimen organizado y las
pandillas juveniles, corroborando la idea de
una proliferación de estructuras armadas ar-
ticuladas entre lo local y lo internacional264.
261 Ibid.
262 Programa de Seguridad Ciudadana y Prevención de la
Violencia del PNUD Guatemala, Informe estadístico de
la violencia en Guatemala, Guatemala Ciudad, 2007.
263 Manolo Vela, Alexander Sequén-Mónchez & Hugo
Antonio Solares, El lado oscuro de la eterna primave-
ra: violencia, criminalidad y delincuencia de la post-
guerra, Guatemala Ciudad, FLACSO, 2001.
264 Mauricio Rubio, De la pandilla a la mara. Pobreza,
educación y violencia juvenil, Bogotá, Universidad
Externado de Colombia, 2007.
Para concluir, en Nicaragua, sin descono-
cer la importancia de las fuerzas estatales,
los procesos de DD&R de la “Contra” o la
“Resistencia Nacional” (RN), han tenido nu-
merosas consecuencias sobre la seguridad
de los municipios rurales del centro y norte
del país265.
Los llamados “polos de desarrollo”, previa-
mente localizados por el gobierno nacional
en concertación con los combatientes en
zonas de una extensión de 8.000 km2 (si-
tuados, en su mayoría, en la parte central
del país), se concibieron como una solución
a las demandas de tierras, trabajo y reasen-
tamiento, indispensables para una reinser-
ción viable. Según los acuerdos, los polos
debían contar con las siguientes caracte-
rísticas básicas: servicios de agua potable;
luz eléctrica; infraestructura vial; escuelas;
áreas de vivienda para los pobladores; y par-
celas de propiedad privada destinadas a los
cultivos y a la ganadería de subsistencia.
A partir de la década de 1990, 22.000 des-
movilizados anti-sandinistas con 58.000
familiares se concentraron en las zonas
adecuadas, bajo la supervisión de represen-
tantes de la sociedad civil, delegados del
Estado y actores internacionales como la
Onu y la OEA, lo cual sobrepasó las expec-
tativas de los gestores de paz.
En 1990, fruto de las deficiencias de aten-
ción y las dificultades de los antiguos alza-
dos en armas para aclimatarse a una vida
no violenta, 200 ex-Contras atacaron y to-
maron posesión de un poblado norteño del
territorio, dando paso a la creación de lo
que se ha denominado la “Recontra” y una
oleada de violencias post-acuerdos266.
265 Elvira Cuadra Lira, “Bandas rurales en Nicaragua: ¿co-
lombianización o pacificación inconclusa?”, Ponencia
presentada en el Segundo Congreso de Investigadores,
Universidad Centroamericana (UCA), Managua, octu-
bre de 2000.
266 Gilles Bataillon, “Contras et recontras nicaraguayens
(1982-1993): réflexions sur l’action armée et la
constitution d’acteurs politico-militaires”, art. cit.
A mediados de 1991, las protestas y las ac-
ciones armadas se sucedieron. Los cuadros
intermedios de los ex-anti-sandinistas se
juntaron a los combatientes de rango con-
tra el poder central para exigir más garan-
tías de protección y reinserción.
Así, se conformaron el “Frente Democrático
de Salvación Nacional” (FDSN) y el “Frente
Norte 3-80” (FN3-80) que evolucionaron ha-
cia la criminalidad con confusas reivindica-
ciones políticas y sociales267.
El protagonismo de los antiguos miem-
bros de la “Contra”, a los cuáles se aso-
ciaron bandas de delincuentes, estimuló
la recomposición de algunos de sus ene-
migos en grupos de “Recompas” como
el “Movimiento de Autodefensa Nacional
(MADN)”, el “Frente Obrero y Campesino”
(Froc) y el “Frente Unido Andrés Castro”
(Fuac). Se estima que el conjunto de los al-
zados en armas pudo ser de 15.000, tras
los acuerdos de paz, excluyendo a las pan-
dillas en los centros urbanos.
A lo largo de los años 1990, se multiplica-
ron los enfrentamientos inter-faccionales y
las prácticas de depredación contra la po-
blación, que llevaron a una militarización de
varias localidades antes de que el Estado lo-
grará, con el respaldo de organismos como
la OEA, hacer aceptar nuevos procesos de
DD&R en 1997.
De manera paradójica, elementos de la
“Recontra” y los “Recompas” se unieron pun-
tualmente para expresar demandas y tener
visibilidad en la escena pública, en particu-
lar en las principales ciudades alejadas de
las preocupaciones del mundo rural, consti-
tuyendo efímeras agrupaciones designadas
“Revueltos”268.
267 Ibid.
268 Ibid.
Paralelamente, muchos jóvenes que habían
sido partícipes del conflicto armado (no
únicamente los anti-sandinistas) no regre-
saron a sus estructuras armadas originales.
Pasaron más bien a las pandillas urbanas
(entre 4.500 y 5.000 integrantes) y a las
redes de traficantes ilegales que afectan al
país en la actualidad, aunque en menor pro-
porción que en El Salvador y Guatemala.
Entre las motivaciones citadas, los recién
reclutados, que no persiguen grandes
ideologías, suelen destacarse no sólo por
la avidez de dinero, sino también por su
pretensión de re-evaluar su estatus social
(prestigio), particularmente elevado en los
años previos, puesto que fueron comba-
tientes que defendían la soberanía nacional
(fuerzas sandinistas) o “luchadores por la
libertad” (“Contra”). También han buscado
re-establecer lazos de camaradería y solida-
ridad que habían sido vivaces en tiempos
de conflicto269.
Las interacciones entre las bandas armadas
han suscitado comentarios, a veces sensa-
cionalistas, acerca de la violencia post-con-
flicto en los tres países mencionados. Se ha
evocado, por ejemplo, una “colombianiza-
ción” de Nicaragua270, sin considerar los es-
fuerzos consentidos a favor de la paz desde
los años 1980 en Colombia, como si el ist-
mo centroamericano conociese los mismos
problemas de narcotráfico y violencia.
269 Dennis Rodgers, “We live in a state of siege: violence,
crime and gangs in post-conflict urban Nicaragua”,
Destin Working Paper, Development Studies Institute,
London School of Economics, nº36, 2002.
270 Elvira Cuadra Lira, “Bandas rurales en Nicaragua: ¿co-
lombianización o pacificación inconclusa?”, op. cit.
69
De hecho, ni la violencia ni los procesos de
DD&R en Colombia han sido plenamente
concordantes con otras experiencias inter-
nacionales. Las diferentes negociaciones de
paz no se han llevado a cabo tras la derrota
militar de uno o varios de los grupos al mar-
gen de la ley y han sido consustanciales al
desarrollo de la confrontación armada has-
ta la fecha. Las negociaciones no han sido
acompañadas de un cese al fuego durade-
ro respetado por el conjunto de los grupos
violentos y el entorno tampoco se ha carac-
terizado por una transición de un régimen
autoritario hacia la democracia, como ocu-
rrió en otros contextos.
De otro lado, aunque la implementación
de la Política de Seguridad Democrática ha
tenido incidencias sobre la fisonomía de la
violencia y el cotidiano de la población271,
no se ha asistido a profundas transforma-
ciones de la sociedad en el área de la justi-
cia ni en el ámbito económico, como suce-
dió en América Central.
En Colombia, las discusiones de paz con los
grupos de autodefensa se realizaron en me-
dio de la lucha armada con efectos tangibles
hasta la actualidad. Es importante recordar
que la política de DD&R de la administra-
ción de Álvaro Uribe Vélez no se inscribe en
un vacío histórico e institucional, sino en la
prolongación - con fluctuaciones y noveda-
des - de las presidencias anteriores.
A excepción de las desmovilizaciones, cobi-
jadas por amnistías e indultos, al finalizar la
271 Ver Impacto de la Política de Seguridad Democrática
sobre la confrontación armada, el narcotráfico y
los derechos humanos, Observatorio del Programa
Presidencial de DH y DIH, Vicepresidencia de la
República, agosto de 2008.
Violencia de los años 1940 y 1950272, no fue
hasta la adopción de la Constitución en 1991
que Colombia conoció notorios procesos en
la materia, sin menospreciar los esfuerzos y
los logros de la década de 1980273.
En efecto, la Ley 35 de 1985274 permitió pre-
ver amnistías para los crímenes políticos y
conexos, en un contexto en el cual el pre-
sidente Belisario Betancur Cuartas, auspi-
ciador del “Plan Nacional de Rehabilitación”
(PNR), se empeñó en facilitar la reincorpora-
ción de los insurgentes, a través de la edu-
cación, el acceso al micro-crédito y la adju-
dicación de parcelas de tierra.
Los modelos de DD&R de las décadas de
1980 y 1990, es decir los que antecedieron
las discusiones con las organizaciones de
autodefensa, constituyeron instrumentos
útiles para abrir un camino hacia la paz.
A medida que han avanzado las discusiones
con las organizaciones ilegales, se han ido
ampliando las infraestructuras destinadas
a atender a los desmovilizados. Del mis-
mo modo, desde hace más de 20 años, se
han ido redefiniendo las atribuciones entre
las entidades estatales, que han aprendido
a gestionar los desafíos de la paz, poco a
poco centralizados por la rama ejecutiva
272 Ver los ensayos reunidos en Medófilo Medina &
Efraín Sánchez (editores), Tiempos de paz. Acuerdos
en Colombia, 1902-1994, Bogotá, Alcaldía Mayor de
Bogotá-Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 2003.
273 Se evidenciaron desmovilizaciones, ante todo indivi-
duales y dispersas, entre los años 1970 y 1980. Ahora
bien, el presidente Belisario Betancur consiguió la apro-
bación de la ley 35 de amnistía a los rebeldes, mientras
se desarrollaban los diálogos de paz con las principales
guerrillas. Los acercamientos con la insurgencia conlle-
varon a la dejación de las armas de unos 700 comba-
tientes, entre los cuales muchos nunca se desmoviliza-
ron por el recrudecimiento de las hostilidades y la falta
de oportunidades de reinserción profesional.
274 Ley 35 de 1982 publicada en el Diario Oficial
nº36.133 bis del 20 de noviembre de 1982.
C- Institucionalización y reglamentación de
las actividades de DD&R en Colombia
(servicios y dependencias de la Presidencia
de la República).
Entre otros aspectos, se creó en 1990 el
Consejo Nacional de Normalización275 (CNN),
vinculado al Departamento Administrativo
de la Presidencia de la República (Dapr),
para coordinar y asegurar el seguimiento de
las etapas de DD&R. En las localidades, el
CNN se materializo a través de los Consejos
Regionales de Normalización que sirvieron,
a su vez, de elementos de coordinación para
poner en práctica la política de reinserción
en los departamentos del país276.
Adicionalmente, se abrió un “Fondo Nacional
para la Paz”, cuyo objeto fue fomentar la in-
versión social y económica en las zonas en
disputa, donde la presencia de los insurgen-
tes era significativa. Después de su recon-
versión legal en fuerzas políticas o actores
sociales, los guerrilleros fueron asociados a
los Consejos Municipales de Rehabilitación,
que contribuyeron a diversos micro-planes
de reinserción en los municipios.
En 1991, se estableció la “Oficina Nacional
de Reinserción” en el marco del PNR277, que
fue trasladada a la Dirección del Programa
Presidencial para la Reinserción (DPPR), por
motivos de eficiencia y las rivalidades inter-
administrativas, antes de ser nuevamente
integrada al PNR, suscitando cierta confu-
sión y discontinuidad en la elaboración,
permanencia y calidad de los proyectos.
Además, se conformó el Comité de Consulta
y Concertación, integrado por un delegado
de la Oficina Nacional para la Reinserción y
un representante de cada uno de los grupos
275 Ver el decreto 314 de 1990 publicado en el Diario
Oficial nº39.169 del 01 de febrero de 1990.
276 Gabriel P. Turriago Piñeros & José María M.
Bustamante Mora, Estudio de los procesos de reinser-
ción en Colombia, 1991-1998, Bogotá, Alfaomega-
Ideas para la Paz, 2003.
277 Con el Decreto 2884 de 1991 publicado en el Diario
Oficial nº40.245 del 26 de diciembre de 1991.
guerrilleros que dejaron las armas: el M-19,
el EPL, el PRT, el Movimiento Quintín Lame
y la CRS, organismo en el cual todas las de-
cisiones eran tomadas de manera concer-
tada. El Comité asumió la mayoría de las
competencias del CNN y tuvo representa-
ción a nivel departamental. Por otra parte,
tras innumerables vicisitudes, las funciones
del PNR se trasladaron posteriormente a la
Secretaría Especial para la Reinserción, ads-
crita a la Red de Solidaridad Social (RSS)278.
Desde un punto de vista orgánico, aparece
retrospectivamente que, entre las décadas
de 1980 y 1990, muchas instancias de rein-
serción no lograron sobrevivir a la exten-
sión de los períodos presidenciales. Ante la
diversidad de las formas institucionales, la
improvisación, los errores de previsión y la
pérdida de aprendizaje fueron recurrentes.
Así, en un hecho todavía mal conocido por
la opinión pública, se produjo la desmovili-
zación unilateral de alrededor de 200 miem-
bros de los grupos de autodefensa, proce-
dentes esencialmente del Magdalena Medio,
sin que el gobierno de César Gaviria Trujillo
les propusiera una interlocución directa y
un reconocimiento oficial, aunque los alza-
dos en armas se hubiesen entregado ante
un delegado de la Consejería Presidencial
para la Defensa y la Seguridad Nacional279.
Ahora, cabe precisar que, en la época, las
guerrillas eran las principales receptoras de
los programas colectivos de DD&R. Uno de
los objetivos de la desmovilización radicó,
por parte del Gobierno nacional, en el anhe-
lo de desarmar y desarticular a las estruc-
turas violentas para que pudieran pasar,
no sin resistencias y atropellos, de la clan-
destinidad a la arena política. En esencia,
278 Para un a presentación de la entidad que fue creada
por ley en 1997, ver la página institucional: www.red-
social.org.
279 Entre los escasos análisis sobre este episodio, ver
Corporación Observatorio para la Paz, Las Verdaderas
Intenciones de los Paramilitares, Intermedio Editores,
Bogotá, 2002.
71
la idea fue generar las condiciones para su
incorporación a un proceso democrático280.
Sobresalieron, en este sentido, los diálogos
de paz con el Movimiento 19 de Abril (M.19),
cuyo campamento en Santa Domingo, corre-
gimiento de Tacueyo, municipio de Toribio,
en el departamento de Cauca, sirvió de sitio
para adelantar reuniones políticas y propi-
ciar espacios previos a la desarticulación
de unos 900 combatientes, que avalada en
1989 por una votación dentro de la organi-
zación armada281.
En el marco del impulso a la desmovilización
de los grupos guerrilleros que el Gobierno
propició en esos años, se concretó la Ley
77 de 1989282, que facultó al poder ejecu-
tivo para conceder indultos por delitos po-
líticos. Además, se expidió un decreto en
1990283, con el propósito de regular la ley
anterior y conferir un sustento legal a las
negociaciones284.
Pese a problemas derivados del estatuto
jurídico de algunos guerrilleros, los acuer-
dos de paz y los ciclos de desarme y des-
movilización se dieron en forma escalonada
en 1991, con el respaldo del CNN, para un
total de casi 2.500 desarmados que se aña-
dieron a los frentes del M.19.
De manera simbólica, el Partido Revolu-
cionario de los Trabajadores (PRT) arro-
las armas al mar Caribe, el Ejército
280 Gabriel P. Turriago Piñeros & José María M.
Bustamante Mora, Estudio de los procesos de reinser-
ción en Colombia, 1991-1998, op. cit. pp. 10 y 11.
281 Darío Villamizar, Aquel 19 será: una historia del M.
19, de sus hombres y de sus gestas. Un relato entre la
guerra, la negociación y la paz, op. cit.
282 Ley 77 de 1989 publicada en el Diario Oficial nº39.152
del 22 de enero de 1990. Fue precedida por la ley 49 de
1985 publicada en el Diario Oficial nº37.000 del 05 de
junio de 1985.
283 Decreto 206 de 1990 publicado en el Diario Oficial
nº39.152 del 22 de enero de 1990.
284 Gabriel P. Turriago Piñeros & José María M.
Bustamante Mora, Estudio de los procesos de reinser-
ción en Colombia, 1991-1998, op. cit. p. 18.
Popular de Liberación (EPL) hizo dejación
de sus artefactos a la los delegados de la
Constituyente285 y el Movimiento Armado
Quintín Lame (MAQL) procedió a lo mismo
ante las comunidades indígenas que afir-
maba representar286. Por otra parte, algu-
nos integrantes de estructuras más atomi-
zadas, como la Corriente de Renovación
Socialista (CRS), procedieron también a la
dejación de sus armas.
A semejanza del M.19, tres agrupaciones
tuvieron la oportunidad de contribuir a los
debates sobre la Constituyente y la reconfi-
guración del escenario político del país en
vía de liberalización. En efecto, diversas fac-
ciones - pertenecientes al M.19, EPL y PRT,
junto con otras corrientes de izquierda - se
unieron para crear la Alianza Democrática
M.19 (AD-M.19). Simultáneamente, el MAQL
favoreció la creación de la Alianza Social
Indígena (ASI)287.
No obstante, la reconversión de las guerri-
llas en fuerzas políticas debe ser matizada
por su capacidad para captar al electorado,
teniendo en cuenta la efectividad del plu-
ralismo en la sociedad, que ha sido tradi-
cionalmente dominada por el bipartidismo,
hoy en retroceso, entre las élites conserva-
doras y liberales288.
285 Álvaro Villarraga & Nelson Plazas, Para reconstruir
los sueños: una historia del EPL, Fondo Editorial para
la Paz-Fundación Cultura Democrática, 1994 y Maria
Victoria Uribe, Ni canto de gloria ni canto fúnebre. El
regreso del EPL a la vida civil, op. cit.
286 Ver los artículos compilados en León Valencia, et.
al., El regreso de los rebeldes. De la furia de las ar-
mas a los pactos, la critica y la esperanza, Bogotá,
Fundación Nuevo Arco Iris, 2005.
287 Ricardo Peñaranda, “De rebeldes a ciudadanos:
el caso del Movimiento Armado Quintín Lame” en
Ricardo Peñaranda & Javier Guerrero (compiladores),
De las armas a la política, Bogotá, Tercer Mundo
Editores-IEPRI, 1999, pp. 75 a 131.
288 Francisco Gutiérrez Sanín, ¿Lo que el viento se lle-
vó? Los partidos y la democracia en Colombia, 1958-
2002, op. cit. Para los resultados electorales del M.
19 y el contexto político de la Constituyente, ver
Rafael Pardo Rueda, De primera mano: Colombia
1986- 1994, entre conflictos y esperanzas, Bogotá,
Editorial CEREC, 1996.
La situación colombiana contrasta al res-
pecto con Centroamérica en el período
post-conflicto, donde la democratización ha
sido más atada a la búsqueda de la paz con
una mayor implicación y representación de
las difuntas fuerzas guerrilleras en la vida
pública legal289.
La adopción de la Carta Magna en 1991,
que fue estrechamente relacionada con las
negociaciones de paz, recibió críticas por
no haber considerado la posibilidad de so-
meter a las fuerzas del Estado a reestructu-
raciones y sanciones penales por crímenes
contra los civiles, en discrepancia con lo
que ocurrió - aunque de manera modesta -
en El Salvador en la misma época, por ejem-
plo. También se elevaron voces discordan-
tes para comentar la posibilidad de hacer
aplicar amnistías e indultos290 para las per-
sonas acusadas de infracciones al Derecho
Internacional Humanitario y crímenes con-
tra la humanidad291.
Además, la desmovilización y la transforma-
ción de las guerrillas en partidos políticos
fueron, en las intenciones, privilegiadas en
desmedro de la reinserción. El Estado y la
sociedad se mostraron tímidos a la hora de
generar alternativas socio-económicas para
los desmovilizados (debilidad de los planes
de acompañamiento en materia de educa-
ción, formación inadecuada con el perfil de
los beneficiarios, falta de garantías para los
préstamos bancarios, entre otros), lo cual
cuestionó la sostenibilidad de los procesos
a mediano y largo plazo292.
289 Tema abordado por Carlo Nasi, Cuando callan los
fusiles. Impacto de la paz negociada en Colombia y
Centroamérica, op. cit.
290 Aplicables a los casos individuales según el artículo
201 de la misma.
291 Estas restricciones han tenido profundas consecuen-
cias sobre la legislación que cobija hoy los procesos
de DD&R, como se verá a continuación.
292 Para más detalles, ver Carlos Franco, “Apuntes a la rein-
serción económicaen De las armas a la democracia.
Evaluación de los programas de reinserción de los desmo-
vilizados desde la administración Betancur hasta el pre-
sente. Perspectivas del actual proceso de paz, República
de Colombia, Ministerio del Interior-Instituto Luis Carlos
Galán para el Desarrollo de la Democracia, Bogotá, 2002.
Para superar estas deficiencias, a semejan-
za de lo que se ha evidenciado en los pe-
ríodos post-acuerdos de paz a nivel inter-
nacional, se formaron entonces asambleas
y comités de desmovilizados. Éstos trataron
de actuar de concierto con organizaciones
no gubernamentales de larga trayectoria en
el ámbito social para favorecer la captación
de recursos y la defensa de los intereses de
los antiguos combatientes.
Si bien se entablaron negociaciones de
paz, a instancias de la Constituyente, con
las “Fuerzas Armadas Revolucionaras de
Colombia” (Farc) y el “Ejército de Liberación
Nacional” (ELN), no se alcanzó un acuerdo
de paz con las dos organizaciones insur-
gentes más poderosas militarmente.
Por el contrario, las hostilidades se in-
tensificaron en el transcurso de los años
1990293, como consecuencia de tres prin-
cipales factores: la intransigencia manifes-
tada, durante las negociaciones, por los
guerrilleros animados por ambiciones de
poder, impregnados por un imaginario de
lucha armada y decididos a preservar los
recursos acumulados en los municipios del
país; la declaratoria de “guerra integral” de-
clarada por el gobierno contra los grupos
armados ilegales, incluyendo a los carteles
de la droga de la época; y las operaciones
militares conducidas contra el Secretariado
de las Farc.
Para no interrumpir las lógicas de paz, el
Congreso de la República consagró instru-
mentos para la convivencia y la eficiencia de
la justicia. Se codificaron, en especial, las
causas de extinción de la acción penal y la
pena en caso de delitos políticos y conexos,
con beneficios jurídicos para los desmovili-
zados, por medio de la Ley 104 de 1993294.
293 Camilo Echandía Castilla, Dos décadas de escalamien-
to del conflicto armado en Colombia, 1986-2006, op.
cit.
294 Ley 104 de 1993 publicada en el Diario Oficial
n°41.158 del 30 de diciembre de 1993.
73
Por otra parte, en virtud del Decreto 1385
de 1994295, se incorporó un mecanismo le-
gal para estimular permanentemente la de-
serción de las filas de las autodefensas y las
guerrillas y posibilitar el otorgamiento de
indultos individuales, así como el disfrute
de los beneficios materiales contemplados
en los proyectos de reinserción. A raíz de la
expedición del decreto, se formalizó la red
del Comité Operativo para la Dejación de
las Armas (Coda), que surgió, luego de las
desmovilizaciones colectivas de la mayoría
de las guerrillas mencionadas.
Originalmente, el Coda otorgaba beneficios
a la solicitud expresa de los desmovilizados,
después de una investigación, según crite-
rios apreciados con base en las entrevis-
tas296, sin responder estricta y sistemática-
mente a las directivas del poder ejecutivo.
El Coda sufrió lentitudes burocráticas y pro-
blemas de coordinación con distintos enti-
dades del Estado, como las fiscalías regio-
nales y el Ministerio de Defensa Nacional.
Las unidades del Coda se regían por pau-
tas y procedimientos, cuya interpretación
dependía excesivamente de los funciona-
rios, de tal forma que los procedimientos
no eran uniformes e igualitarios para los
desmovilizados que competían en la conse-
cución de beneficios, propiciando falsas
declaraciones.
En este contexto, y pese a limitaciones ins-
titucionales, unos 2.000 miembros de las
guerrillas (esencialmente las Farc y el ELN)
se acogieron a programas individuales de
DD&R de retorno a la vida no armada entre
los años 1994 y 2002297.
295 Decreto 1385 de 1994 publicado en el Diario Oficial
n°41.420 del 05 de julio de 1994.
296 Ver los artículos I y V del decreto 1385.
297 En lo que atañe a las desmovilizaciones individua-
les, ver Juan Carlos Garzón, Julián Arévalo & Paola
González, “Desmovilizaciones individuales: las incer-
tidumbres de la guerra y las limitaciones de la paz”,
op. cit.
Adicionalmente, el presidente César Gaviria
Trujillo firmó en 1994 un Acuerdo para la
Convivencia con tres milicias en Medellín
(aproximadamente 800 milicianos)298, que
regulaban principalmente barrios periféri-
cos del norte de la ciudad en competencia o
cooperación, según las circunstancias, con
diversos grupos guerrilleros299.
De acuerdo con los textos suscritos, las
autoridades se comprometieron a fortalecer
la inversión social en las llamadas “comu-
nas” y propiciar la democracia participativa
desde “abajo”. Se pretendió así recuperar la
presencia del Estado en barrios afectados
por la violencia y la exclusión con medidas
como el ofrecimiento de servicios en mate-
ria de educación, justicia y salud.
Por su cuenta, los milicianos desmoviliza-
dos formaron una cooperativa de vigilancia
que fue concebida para seguir brindando
seguridad en los barrios dentro de la legali-
dad, aunque los esfuerzos desplegados fue-
ron obstaculizados por los abusos cometi-
dos contra los civiles y los asesinatos entre
las bandas armadas rivales300.
En 1998, bajo el mandato de Ernesto Samper
Pizano, se selló un acuerdo adicional con mi-
licianos en Medellín y sus alrededores. La
experiencia constituyó también un escenario
de convivencia urbana con un alto grado de
inmersión social y política para las comuni-
dades, mediante espacios de interlocución
298 Siempre mediante el decreto 1385 de 1994.
299 Entre ellas, las Milicias Populares de Medellín (MPM),
la Corriente de la Renovación Socialista (CRS), disi-
dencia del ELN y una disidencia del EPL, a saber el
frente Francisco Garnica Narváez Gabriel P. Turriago
Piñeros & José María M. Bustamante Mora, Estudio de
los procesos de reinserción en Colombia, 1991-1998,
op. cit., p. 25.
300 Sobre la situación de violencia y las iniciativas de paz
en Medellín, ver Ramiro Ceballos, “Violencia recien-
te en Medellín: una aproximación a los actores” en
Bulletin de l’Institut Français d’Études Andines, volu-
men 29, nº3, 2000, pp. 381 a 401 y el relato histó-
rico de Gilberto Medina Franco, Una historia de las
milicias de Medellín, Medellín, Instituto Popular de
Capacitación, 2006.
entre las víctimas y los autores de la vio-
lencia, y reuniones con las autoridades para
redefinir las bases de la seguridad colectiva
y micro-proyectos de reinserción laboral301.
En otras palabras, los procesos de desarme
y desmovilización de las milicias urbanas
fueron el producto de discusiones de paz
con un carácter eminentemente local, las
cuáles revelaron las divisiones y una cor-
relación de fuerzas desfavorable para los
grupos ilegales que tomaron la iniciativa de
renunciar, a veces temporalmente, al uso
de las armas.
Globalmente, los combatientes desmovili-
zados individualmente (guerrilleros, milicia-
nos y miembros de las autodefensas) han
encontrado hasta hoy dificultades para rein-
sertarse, teniendo en cuenta el déficit de es-
tructuras de atención más allá del corto y
mediano plazo y la falta de oportunidades
profesionales en una sociedad que muestra
cierta desconfianza, por no decir repudio,
hacia los antiguos alzados en armas302.
En términos normativos, la Ley 241 de
1995303 reflejó la voluntad de hallar una sa-
lida no violenta a la contienda armada des-
pués de la Constitución de 1991. Gracias a
esta norma, el Congreso prorrogó y modi-
ficó, con disposiciones complementarias,
la Ley 104 de 1993. Se abrió entonces la
posibilidad de otorgar beneficios jurídicos
a los grupos de autodefensa, previo aban-
dono voluntario de las estructuras ilegales
y la presentación de sus miembros ante las
autoridades competentes.
301 Discusiones que se concretaron en julio de 1998,
gracias a la creación de comisiones ad hoc, con el
Movimiento Independiente Revolucionario-Comandos
Armados (Mir-Coar).
302 Para una valoración sociológica y psicológica de las
desmovilizaciones, realizada a partir de entrevistas
a ex-combatientes de las guerrillas y los grupos de
autodefensa, ver José Armando Cárdenas Sarrias, Los
parias de la guerra. Análisis del proceso de desmovi-
lización individual, Bogotá, Ediciones Aurora, 2005.
303 Ley 241 de 1995 publicada en el Diario Oficial Nº
42.719 del 14 de febrero de 1996.
En consonancia, la Ley 418 de 1997304 le
confirió al poder ejecutivo unas facultades
fundamentales para negociar: si este último
lo estimaba conveniente, podía conceder un
estatus político a los grupos armados, sin
impedir las discusiones y los procesos de
DD&R en caso de no aceptar este reconoci-
miento (recordando que, en el espíritu de la
época, esta disposición fue ante todo desti-
nada a los grupos guerrilleros y las milicias
urbanas)305.
Desde entonces, la ley ha permitido efecti-
vamente los indultos para ciertas categorías
de delitos perpetrados por los combatientes,
que se acogieran colectivamente a diálogos
de paz, tratando de respetar y preservar los
derechos de las víctimas de la violencia.
Igualmente, el Decreto 2546 de 1999306
instituyó la Dirección General para la
Reinserción en el Ministerio del Interior,
con el propósito de coordinar la acción del
Estado para la reinserción de las desmovi-
lizaciones individuales y tratar de eliminar
las carencias y inconsistencias relativas al
funcionamiento de las instancias del Coda.
Posteriormente, los procesos de DD&R ex-
perimentaron un impulso con la Ley 782 de
2002307, de una vigencia de 4 años desde
el momento de su promulgación, que re-
tomó disposiciones de la Ley 418 de 1997,
prorrogada y modificada por la Ley 548
de 1999. Adicionalmente, se promulgó el
Decreto 128 de 2003308, que procuró regla-
304 Ley 418 de 1997 publicada en el Diario Oficial Nº
43.201 del 26 de diciembre de 1997.
305 Se recordará que los acercamientos de paz con las
milicias urbanas en 1998 fueron conducidas al ampa-
ro de la misma ley.
306 Decreto 2546 de 1999 publicado en el Diario Oficial
Nº 43.828 del 23 de diciembre de 1999.
307 Ley 782 de 2002 publicada en el Diario Oficial No.
45.043 del 23 de diciembre de 2002. Estipula que la
desaparición, el desplazamiento forzado, el genoci-
dio y la tortura quedan excluidos para la aplicación
de medidas de indulto y/o amnistía.
308 Decreto 128 de 2003 publicado en el Diario Oficial
No. 45.073 del 24 de enero de 2003.
75
mentar la Ley 782 y, por ende, la legislación
anterior contemplada en ésta.
Conviene subrayar que la Ley 782 de 2002
no hizo del reconocimiento político de los
actores ilegales un requisito para iniciar
discusiones de paz, lo cual permitió progre-
sar notoriamente hacia la celebración de un
acuerdo con los grupos de autodefensa.
Por su parte, el Decreto 128 de 2003 enu-
mera los beneficios relativos a los meca-
nismos de DD&R; también atribuye las
competencias que, en conformidad con
la legislación en el país y la Constitución,
tienen algunas instancias estatales como
el Ministerio de Defensa Nacional o el
Ministerio del Interior, la Fiscalía General de
la Nación y el Departamento Administrativo
de Seguridad (Das).
De conformidad con el artículo 21 del de-
creto, los beneficios socio-económicos sólo
podrán adjudicarse por una sola vez a cada
individuo y están condicionados al cumpli-
miento de los requisitos y las obligaciones
que el mismo decreto y las autoridades
determinen.
En sustancia, el Decreto 128 de 2003 re-
glamenta tanto las desmovilizaciones indi-
viduales como colectivas, mediante la fir-
ma de arreglos de paz, pese a una nueva
normatividad al respecto contenida en la
Ley 975 de 2005, como se mencionará más
adelante. Dicho decreto modificó el Decreto
1385 de 1994 que hacía del Coda el órgano
central en la gestión de las desmovilizacio-
nes individuales.
En los hechos, el regreso a la vida ci-
vil consta hoy de pasos sucesivos que
se pueden resumir en dos fases. En pri-
mera instancia, el Programa de Atención
Humanitaria al Desmovilizado (PAHD), a
cargo del Ministerio de Defensa Nacional,
comienza con la presentación de la perso-
na ante las autoridades y finaliza cuando el
Coda decide, en principio después de una
verificación, si la persona es idónea para
acceder al Programa. Durante esta etapa,
los desmovilizados reciben atención médi-
ca, al igual que alojamiento, alimentación y
transporte, mientras tanto, se espera que
las autoridades judiciales hagan las inda-
gaciones necesarias para estatuar sobre la
situación jurídica del desmovilizado y co-
nocer los cargos penales en su contra.
En segundo lugar, el “Programa de Rein-
corporación a la Vida Civil de las Personas
Alzadas en Armas”, colocado bajo la super-
visón del Ministerio del Interior y de Justicia,
se inicia cuando la persona haya recibido la
certificación del Coda. El programa tiene una
duración aproximada de 2 años, con la ambi-
ción de promover la reinserción con énfasis
en la educación y la obtención de un empleo.
Como medida de acompañamiento, se ex-
pidió el Decreto 200 en 2003309 que definió,
bajo la tutela del Ministerio del Interior y
de Justicia, las prerrogativas del “Programa
para la Reincorporación a la Vida Civil”, en
materia de reinserción, sin que éste sea ha-
bilitado para interferir en los asuntos refe-
rentes a los acuerdos de paz.
Se anotará, en forma más puntual, que se
ha ido prestando una atención creciente al
reclutamiento de los menores de edad en los
grupos armados ilegales, el cual responde a
complejas motivaciones y/o prácticas forzo-
sas que hacen de esta categoría de la pobla-
ción no sólo víctimas sino protagonistas ac-
tivos de los grupos al margen de la ley 310.
De allí se vislumbra la importancia del
Decreto 128 de 2003 que responsabiliza al
309 Decreto 200 en 2003 publicado en el Diario Oficial
No. 45.086 del 03 de febrero de 2003.
310 Las cifras sobre el número de niños y adolescentes
en las filas de los grupos ilegales varían considera-
blemente de una estimación a otra y son, por ende,
poco confiables. Se ha evocado, por ejemplo, un total
superior a 11.000 vinculados. Para una reflexión más
allá del caso colombiano, ver P. W Singer, Children at
war, Berkeley, University of California Press, 2006 y
Michael Wessells, Child soldiers: from violence to pro-
tection, Cambridge, Harvard University Press, 2007.
Instituto Colombiano de Bienestar Familiar
(ICBF) para acoger y prestar una serie de cui-
dados y servicios (ayuda psicológica, asisten-
cia terapéutica, formación educativa, entre
otros) a los niños y los jóvenes desvinculados
de las organizaciones armadas, partiendo de
experiencias preliminares realizadas en parti-
cular en los departamentos de César, Boyacá
y Santander entre 1997 y 1999.
Asimismo, el decreto nombra al Ministerio
del Interior y de Justicia como agente de ve-
rificación de los beneficios otorgados y al
Ministerio de Defensa Nacional como fuente
de apoyo adicional, mediante el PAHD.
Es decir que en el cruce de las legislaturas
de Andrés Pastrana Arango y Álvaro Uribe
Vélez, se institucionalizaron y reglamenta-
ron aún más las actividades de DD&R en el
país. Precisamente, tras el fracaso de las
discusiones de paz entre la administración
de Andrés Pastrana Arango y las Farc, se
celebraron rondas de negociaciones con la
mayoría de los grupos de autodefensa.
A raíz de la posesión de Álvaro Uribe Vélez,
se ha acentuado la demarcación entre los
procesos voluntarios colectivos e individua-
les de abandono de las armas. Por lo tanto,
se han diseñado un armazón jurídico y me-
canismos diferenciados que corresponden a
las dimensiones no coercitivas de la Política
de Seguridad Democrática adoptada por el
poder ejecutivo.
Sin entrar en detalle, en agosto de 2004,
el Decreto 2767311 fue aprobado para regla-
mentar la Ley 418 de 1997 y derogar artícu-
los del Decreto 128 de 2003, consolidando
los mecanismos de DD&R individuales.
Como fruto de la política de DD&R del
gobierno de Álvaro Uribe Vélez, se estima
que alrededor de 7.000 combatientes
se desvincularon individualmente de las
311 Decreto 2767 de 2004 publicado en el Diario Oficial
n°45.657 del 31 de agosto de 2004.
agrupaciones armadas al margen de la ley
(guerrillas y autodefensas) entre 2002 y
2004312. Para el año 2007, la cifra cumulada
que no comprende los fenómenos colecti-
vos, ascendería a más de 15.000 alzados
en armas313.
Volviendo al tema de los procesos colec-
tivos de DD&R, se señalará que los acer-
camientos con las autodefensas se mate-
rializaron oficialmente con el Acuerdo de
Santa Fe de Ralito en diciembre de 2003314,
el cual fue seguido de un segundo encuen-
tro en mayo de 2004315.
El acuerdo fue decisivo para pactar, entre
otras cosas, el cese de hostilidades, que no
fue plenamente cumplido en los primeros
meses de los diálogos, el fin de las activida-
des asociadas al narcotráfico y el desmonte
de las estructuras armadas con plazo máxi-
mo al 31 de diciembre de 2005, lo cual con-
llevó a la desarticulación de la casi totalidad
de los movimientos de autodefensa - a saber
31.671 alzados en armas - entre los años
2003 y 2006, según las cifras oficiales.
A lo largo de las conversaciones de paz, so-
bresalió la ausencia de compromiso activo
de la comunidad internacional, y en particu-
lar de la Onu, en comparación con los esce-
narios centroamericanos. Empero, se inau-
guró la Misión de Apoyo al Proceso de Paz
de la Organización de Estados Americanos
(Mapp-OEA) para verificar, con el respaldo
de entidades como la Defensoría del Pueblo,
la evolución del proceso en cuanto a las ac-
tividades de desarme y desmovilización de
312 Según el Programa de Atención Humanitario al
Desmovilizado, PAHD, del Ministerio de Defensa.
313 Ibid.
314 Para una descripción de los acuerdos, ver Mauricio
Romero, “The demobilization of paramilitaries and
self-defences: risky, controversial and necessary”,
Ponencia, abril de 2005, Uppsala University.
315 Ver el documento de Internacional Crisis Group,
“Desmovilizar a los paramilitares en Colombia: ¿una
meta viable?”, Informe sobre América Latina, No. 8,
agosto de 2004.
77
los combatientes que se dieron en zonas de
ubicación temporales316.
Al principio, los diálogos se desarrollaron
bajo la Ley 782 de 2002, aunque los grupos
no tuvieran ningún estatus político, como
lo acordaba la misma. La ley amparó con
beneficios jurídicos y económicos a los des-
movilizados, sin que se exigiera necesaria-
mente la conclusión de una negociación o
un arreglo de paz.
Sin embargo, quedaron excluidos de los
beneficios quienes habían sido condenados
por infracciones y crímenes, en conformi-
dad con la Constitución Política, los tratados
internacionales ratificados por Colombia
y la Ley 782 adoptada en continuidad a la
Ley 418 de 1997. Así, representantes de
la cúpula de las autodefensas, llamados a
indagatoria por múltiples crímenes y/o ex-
tradición por tráfico de droga, no reunieron
los requisitos para ser acreedores de bene-
ficios jurídicos.
Por consiguiente, ante el riesgo de un im-
passe en las discusiones de paz que sufrie-
ron varios retrocesos e incertidumbres, la
administración de Álvaro Uribe Vélez tomó
la resolución de hallar una solución alter-
nativa, que se formalizó en la discutida Ley
975 de 2005317, comúnmente denominada
Ley de Justicia y Paz, que entró en vigor el
22 de julio de 2005, tras el examen de cons-
titucionalidad, la aprobación del Congreso
y la subsiguiente sanción presidencial.
En este sentido, uno de los retos del
Gobierno ha sido lograr un equilibrio
tenue entre la voluntad de llevar a cabo un
proceso de DD&R con las autodefensas y
los imperativos de la justicia, sin caer en
316 Para mayores detalles sobre los procesos en distintas
regiones, ver los informes especiales publicados por
la Fundación Seguridad & Democracia: www.seguri-
dadydemocracia.org.
317 Ley 975 de 2005 publicada en el Diario Oficial
n°45.980 del 25 de julio de 2005.
la impunidad y la tentación del olvido, en
una sociedad adolorida por décadas de
violaciones a los derechos humanos y al
Derecho Internacional Humanitario, acla-
rando que muchos crímenes no se podrán
castigar ni perdonar, como lo han su-
brayado analistas de otros escenarios de
violencia318.
Ahora bien, la Ley 975 no se restringe a
los autores de la violencia armada y hace
referencia a la condición de las víctimas319,
siguiendo de manera modesta una tenden-
cia internacional en la cuál la justicia penal,
que ha evolucionado de una visión estricta-
mente punitiva hacia la reparación320 y ele-
mentos restaurativos321, ha fomentado es-
pacios de interlocución entre las víctimas y
los victimarios para una reconstrucción del
tejido social.
En diciembre de 2005, se adoptó el Decreto
4760322, mediante el cuál se regulan algu-
nos puntos de la ley concernientes a los
plazos disponibles para investigar a quie-
nes busquen acceder a sus beneficios. Así,
los desmovilizados involucrados en críme-
nes perpetrados durante la contienda de-
ben responder a una serie de requisitos323,
cuya verificación incumbe a las autoridades
judiciales en colaboración con otros orga-
nismos del Estado.
318 Alusión al título del libro de Antoine Garapon, Des
crimes qu’on ne peut ni punir ni pardonner. Pour une
justice internationale, París, Odile Jacob, 2002, quien
retoma algunos planteamientos de Hannah Arendt
sobre el juicio, la memoria y el perdón en una pers-
pectiva de reconciliación para demostrar que es im-
posible juzgar a la totalidad de los autores de la vio-
lencia (falta de evidencias, aparato judicial deficiente,
ausencia de voluntad política, etc.).
319 Ver capítulo IX.
320 Jon Miller & Rahul Kumar (editores), Reparations: in-
terdisciplinary inquiries, Oxford, Oxford University
Press, 2007.
321 Ferry Johnstone, Restorative justice: ideas, practices,
debates, Cullompton, Willan Publishing, 2001.
322 Decreto 4760 de 2005 publicado en Diario Oficial n°
46.137 del 20 de diciembre de 2005.
323 Artículos X y XI de la Ley 975.
Sin embargo, organizaciones de protección
de la ciudadanía y defensa de los derechos
humanos presentaron una serie de demandas
de inconstitucionalidad de la Ley 975324 ante
la Corte Constitucional que se pronunció el
18 de mayo de 2006325, antes de hacer -
blica su decisión el 13 de julio de 2006.
Si bien declaró el texto constitucional, la ins-
tancia se mostró preocupada por asegurar
más la protección y la reparación de las vícti-
mas de la confrontación armada. La senten-
cia clarificó la obligación de imponer en for-
ma efectiva las penas reducidas de prisión e
introdujo restricciones como la pérdida de
beneficios en caso de que los desmoviliza-
dos buscaran acogerse a la Ley 975, ocul-
tando información a las autoridades judicia-
les. También hizo hincapié en el deber de
no repetición, para que los antiguos alzados
en armas pudieran gozar del marco jurídico
previsto por la misma. En respuesta a las ob-
servaciones y reservas emitidas por la Corte,
el Gobierno expidió los Decretos 2898326 y
3391327 que enmarcan la Ley 975.
La Ley 782 de 2002 y los esfuerzos nor-
mativos sobre la alternatividad penal que
permitieron la adopción de la Ley 975,
completada ulteriormente por la expedi-
ción de decretos, ofrecen un marco jurídico
primordial para entender el estatus de los
antiguos combatientes y la futura adminis-
tración de justicia en sinergia con la fase de
reinserción.
Per se, la Ley 975 es aplicable a los grupos
de autodefensa y de guerrilla clasificados
como organizaciones al margen de la
324 Entre otras, la “Comisión Colombiana de Juristas”,
la “Asociación de Afrocolombianos Desplazados”
y la “Consultoría para los Derechos Humanos y el
Desplazamiento”.
325 Sentencia C- 370 de 2006.
326 Decreto 2898 publicado en el Diario Oficial No.46.375
del 29 de agosto de 2006.
327 Decreto 3391 publicado en el Diario Oficial No.46.406
del 29 de septiembre de 2006.
legalidad, sin mención alguna a sus rasgos
políticos. Tiene como objeto contribuir a
“[…] los procesos de paz y la reincorpo-
ración individual o colectiva a la vida civil
[…]”328. El texto formula sentencias y penas,
con un régimen de castigos alternativos
para numerosos crímenes329.
Para simplificar, la Ley 975 establece la al-
ternatividad penal como un beneficio con-
sistente en la suspensión de la ejecución de
una pena determinada y su transformación
en una sentencia de pena alternativa, cuya
duración oscila entre 5 y 8 años, que se
concede mediante la contribución del bene-
ficiario a la paz, a la justicia, la verdad y la
reparación a las víctimas. El beneficio de la
pena alternativa depende directamente del
cumplimiento de ciertos requisitos de elegi-
bilidad establecidos en la ley, que la desmo-
vilización haya sido colectiva o individual.
Asimismo, el texto establece un régimen
penal especial, con el fin de procesar a los
desmovilizados que quieran acogerse a la
ley, cuyos nombres consten en un listado
que el Gobierno tiene que comunicar a la
Fiscalía General de la Nación. Las personas
deseosas de acudir a la ley están en la obli-
gación de rendir una versión libre ante un
fiscal delegado asignado para el proceso
de desmovilización, el cuál se encarga de
realizar las actividades de investigación ne-
cesarias para poder formular las imputacio-
nes que correspondan.
Con base en esta normatividad, los procesos
de DD&R de los grupos de autodefensa se han
caracterizado por una alta complejidad insti-
tucional. Las diferentes fases han sido aten-
didas por varias entidades, entre las cuales
figuran la Oficina del Alto Comisionado para
la Paz, el Ministerio de Defensa a través del
PAHD, el Ministerio del Interior y de Justicia
328 Ver artículo 1 del Capítulo I.
329 Ver artículo 29 del Capítulo V.
79
y la Alta Consejería para la Reintegración
Social y Económica de Personas y Grupos
Alzados en Armas (ACR).
Adicionalmente, los proyectos de DD&R
han experimentado cambios, sobre todo
en la fase de reinserción. La primera insti-
tución estatal responsable fue el Ministerio
del Interior y de Justicia, a través del
“Programa de Reinserción a la Vida Civil”
(PRVC). El PRVC otorgaba un proyecto pro-
ductivo equivalente a 8 millones de pesos
a los desmovilizados individuales y proyec-
tos productivos asociativos a los desmovili-
zados colectivos.
Ante los problemas de centralización de
los datos y los recursos, en septiembre de
2006 se creó la ACR, que ha asumido des-
de entonces la política estatal dirigida a la
reintegración social y económica de los an-
tiguos alzados en armas, incluyendo a los
guerrilleros desmovilizados individualmen-
te. Esta entidad concede beneficios sociales
y económicos a los desmovilizados, entre
los cuales el acceso al sistema de educa-
ción y salud, un apoyo psicosocial y una
ayuda humanitaria de un valor de 358.000
pesos, que obligaba a los ex-combatientes
a reportarse mensualmente en puntos de
registro. Además, la ACR ha estimulado la
reintegración en un sentido individual y
activo con un importante compromiso por
parte de los beneficiarios, que no son vis-
tos como reinsertados o reincorporados,
sino participantes.
Así mismo, la ayuda humanitaria ha sido
reemplazada por un paquete de apoyo eco-
nómico a favor de la reintegración, donde
intervienen psicólogos, educadores y for-
madores en áreas profesionales específicas
para tratar de responder a las expectativas
y las necesidades de los desmovilizados.
Mediante el modelo implementado por la
ACR, se han lanzado igualmente iniciativas
para propiciar los negocios, con créditos
financieros, que procuran dar un giro ha-
cia la autonomía económica de los ex-com-
batientes y evitar que se instalen ciclos de
dependencia frente a las ayudas proporcio-
nadas por el Estado.
D- Nuevas manifestaciones de violencia
Los esfuerzos de las autoridades a favor de
los procesos de DD&R se han realizado en
los últimos años en un ambiente de violen-
cia difusa, en el cuál han surgido diversas
estructuras armadas. En la actualidad, el
protagonismo de estos grupos, todavía mal
identificados, es susceptible de amenazar
y opacar algunos avances de la Política de
Seguridad Democrática330.
En efecto, desde el año 2005, es decir una
vez concluidos el desarme y la desmoviliza-
ción de la mayoría de los movimientos de
330 Impacto de la Política de Seguridad Democrática sobre
la confrontación armada, el narcotráfico y los derechos
humanos, Observatorio del Programa Presidencial de
DH y DIH, Vicepresidencia de la República, agosto de
2008, op. cit.
autodefensa, tanto la sociedad civil como
los organismos internacionales y las enti-
dades estatales han advertido la existencia
y la actividad de nuevas bandas armadas en
distintas regiones del país331.
Ante la diseminación del fenómeno, el
Gobierno nacional ha señalado que en caso
de confirmarse que algunos integrantes de
estas bandas son antiguos miembros de
331 Ver por ejemplo, los documentos de la Comisión
Nacional de Reparación y Reconciliación, Disidentes,
rearmados y emergentes: ¿bandas criminales o ter-
cera generación paramilitar?, Bogotá, CNRR, mayo
de 2007, y la Fundación Seguridad & Democracia,
El rearme paramilitar, Bogotá, Fundación Seguridad
& Democracia, junio de 2007, al igual que los infor-
mes trimestrales del Secretario General al Consejo
Permanente sobre la Misión de Apoyo al Proceso de
Paz-Oea en Colombia: www.mapp-oea.org.
las autodefensas, éstos quedarán por fuera
de los beneficios de la Ley 975 de 2005.
Además, se han instituido unidades espe-
ciales por parte de la Fuerza Pública, con la
misión neutralizar o eliminar a estas estruc-
turas violentas.
En su modus operandi, las nuevas agrupacio-
nes armadas se dedican, entre otros factores,
a supervisar las diferentes etapas de los ciclos
de cultivo, producción y comercialización de
drogas ilícitas; cometer asesinatos y prácticas
de extorsión; y hacer presencia en corredores
de movilidad o áreas de retaguardia, cuando
no se trata del dominio más estable sobre co-
rregimientos, veredas y municipios.
Las bandas, que han sido calificadas de
emergentes en los círculos académicos,
periodísticos y oficiales, responden a múlti-
ples apelaciones que dan indicios del grado
de fragmentación, sin unidad de mando, de
las mismas. Por ejemplo, se han a dado a
conocer Las “Águilas Negras”, “los Machos”,
“los Rastrojos” y la “Organización Nueva
Generación” (ONG)332. En total, se estima
que delinquen en la actualidad más de 30
grupos con sus respectivas denominaciones
en 200 municipios333, sin que se registre
siempre una territorialización consolidada.
La eclosión de focos de violencia e inesta-
bilidad, que recuerda la proliferación de
grupos ilegales en Centroamérica en los
post-acuerdos de paz, plantea una serie de
cuestiones y temas de debate. Uno de los
interrogantes consiste en saber cuál es la
composición de las estructuras armadas
para tratar de determinar en qué medida
son una réplica o la prolongación de las ex-
autodefensas desmovilizadas.
332 Para una evaluación de estas estructuras armadas,
ver el informe Dinámicas de las bandas asociadas al
narcotráfico después de la desmovilización de las au-
todefensas, Observatorio del Programa Presidencial
de Derechos Humanos y Derecho Internacional
Humanitario, Bogotá (por publicarse).
333 Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación,
Disidentes, rearmados y emergentes: ¿bandas crimina-
les o tercera generación paramilitar?, op. cit., p. 37.
No se pretende aquí dar una respuesta ca-
tegórica a la pregunta anterior, puesto que
la información disponible en relación con
las organizaciones emergentes resulta par-
cial, confusa y contradictoria en muchos
casos y la cercanía temporal del fenómeno
dificulta su comprensión.
Ahora bien, se resaltarán varios hechos y
fenómenos que son útiles para comprender
los probables orígenes de las bandas, eva-
luadas a por lo menos 5.000 efectivos334,
que se han ido conformando y desarticulan-
do, tras el cierre de las negociaciones entre
la administración de Álvaro Uribe Vélez y
los movimientos de autodefensa.
Así, según los casos, algunos integrantes
de las autodefensas no se acogieron a la
propuesta de paz, desistieron en la fase fi-
nal de las discusiones o parecen haber re-
tomado las armas por razones que son por
el momento difíciles de esclarecer, más allá
de las motivaciones financieras.
Se citará al respecto la situación de disi-
dentes del bloque Elmer Cárdenas, quienes
se han encerrado, desde la primera mitad
de los años 2000, en una doble lógica de
lucha anti-insurgente y racionalidad eco-
nómica con las ganancias procedentes del
narcotráfico, desplazándose a orillas del
río Atrato entre el sur del Chocó hacia el
noreste de Urabá y el Nudo de Paramillo335.
También se puede hacer alusión al bloque
Cacique Pipintá, prácticamente desmante-
lado, cuyos antiguos miembros se dedican
hoy al sicariato en Caldas, los reductos de
las Autodefensas Campesinas del Casanare
(ACC), quienes han sido fuertemente gol-
peados por la acción de la Fuerza Pública
en los Llanos Orientales, por ser reacias a
334 Estimaciones formuladas a partir de los datos conte-
nidos en los documentos y los informes mencionados
en el pie de página no. 329.
335 Fundación Seguridad & Democracia, Los grupos ar-
mados emergentes en Colombia, Bogotá, mayo de
2008, p. 2.
81
las negociaciones y cometer exacciones y
algunos elementos del bloque Centauros
frentes Héroes del Llano y Guaviare - que
han participado en la creación del Ejército
Revolucionario Popular Antiterrorista
Colombiano (Erpac) que hace presencia
en la actualidad en los departamentos de
Guaviare, Meta y Vichada336.
Dentro de este contexto, se subrayará que
destacadas figuras de las autodefensas se
han empeñado en recomponer o conformar
estructuras armadas, a menudo con la ayu-
da de delincuentes y/o prófugos de otros
movimientos desmovilizados. Esta catego-
ría corresponde a lo que algunos analistas
llaman estructuras “remanentes”337, pues-
to que están en capacidad para rearmarse
y/o fomentar la creación de redes de vio-
lencia, como lo revela la influencia de la
poderosa cúpula del extinto BCB sobre las
“Águilas Negras” que actúan en Antioquia,
Magdalena, Norte de Santander, Caquetá,
La Guajira, César y en la zona del sur de
Bolívar.
Las autodefensas rearmadas, principalmen-
te por motivos económicos y prestigio per-
sonal338, o para las cuáles no hay ningún
rastreo establecido desde 2005-2006 - a
saber entre 4.000 y 5.000 hombres y muje-
res según los datos comunicados por la Alta
Consejería para la Reintegración339 - ponen
claramente en tela de juicio la viabilidad y
la legitimidad de los procesos de DD&R.
También ha profundizado la circularidad y
336 Dinámicas de las bandas asociadas al narcotráfico
después de la desmovilización de las autodefensas,
op. cit.
337 Fundación Seguridad & Democracia, El rearme para-
militar, op. cit., p. 16.
338 Al igual que en Centroamérica, los combatientes va-
loran el hecho de pertenecer a una agrupación arma-
da y conseguir poder y reconocimiento mediante el
uso de la violencia.
339 Se habla exactamente de una cifra de 4.731. Ver El
Tiempo, 13 de febrero de 2007.
retroalimentación entre la delincuencia, la
criminalidad asociada al narcotráfico y la
confrontación contra la insurgencia.
Por último, han surgido bandas que no ha-
cían parte de las estructuras de autodefen-
sa y que se han aprovechado de los vacíos
dejados no sólo por los desmovilizados
sino por algunas estructuras de las guerri-
llas que han sido desmanteladas o desar-
madas por la vía de la desmovilización indi-
vidual. Muchas de estas bandas delinquen
hoy en las periferias de los centros urbanos
y las regiones de alto potencial lucrativo en
términos de narcotráfico; de allí las alian-
zas de oportunidad o los enfrentamientos
con las organizaciones que han retomado
las armas.
Teniendo en cuenta el carácter inestable y
la complejidad de los grupos clasificados
bajo la etiqueta de bandas emergentes, y
sobre todo el déficit de estudios socioló-
gicos sobre la composición de los grupos
alzados en armas, es difícil afirmar que és-
tos representen una nueva “generación”340
de autodefensas.
Ahora bien, representan una innegable
fuente de inseguridad para el país que si
bien ha visto decrecer los índices relativos
a la confrontación armada y la violencia, y
progresado consecuentemente en dirección
de la paz y la consolidación de la democra-
cia, bien podría encontrarse ad portas de
una nueva espiral de violencia, más atomi-
zada que en épo cas pasadas.
340 Aunque pueda ser localmente el caso para algunas
organizaciones armadas.
Para resumir, los procesos de DD&R de las autodefensas
en Colombia han marcado un innegable punto de inflexión
en la confrontación armada, después de dos décadas de
escalonamiento. En sinergia con la implementación de la
Política de Defensa y Seguridad Democrática, éstos han
contribuido a una reducción significativa de las acciones
armadas por parte de los grupos al margen de la ley y de la
violencia en el país.
Conclusión
Para resumir, los procesos de DD&R de las autodefensas en Colombia han
marcado un innegable punto de inflexión en la confrontación armada, después
de dos décadas de escalonamiento. En sinergia con la implementación de la
Política de Defensa y Seguridad Democrática, éstos han contribuido a una re-
ducción significativa de las acciones armadas por parte de los grupos al margen
de la ley y de la violencia en el país.
Aunque sería precoz proponer un balance exhaustivo de los mecanismos de
DD&R, se distinguen diversas tendencias en relación con la problemática de la
seguridad que ha sido el principal hilo conductor del análisis.
En primer lugar, en Colombia se observa una creciente institucionalización y
reglamentación de los proyectos de DD&R, las cuáles han tenido a veces conse-
cuencias ambivalentes, en particular una mejor eficiencia organizacional pero
una rivalidad recrudecida en el manejo de las competencias y los prepuestos
entre las entidades del Estado encargadas del tema.
En segundo lugar, en el país sobresale la ausencia de internacionalización de
los mismos proyectos, y en términos generales de la cuestión de la paz, por
contraste con lo que se evidenció en Centroamérica, donde diversos países
y organismos (inter)nacionales asumieron un papel de mediador, gestor y/o
verificador de los acuerdos suscritos. La mayor participación de entidades ex-
tranjeras podría permitir, ante todo, los acercamientos entre el Estado y el con-
junto de los alzados en armas en la perspectiva de una paz estable. Facilitaría
también la obtención de fondos que son indispensables para el desarrollo de
costosos procesos de reinserción de los antiguos combatientes, que no pueden
ser asumidos exclusivamente por la sociedad colombiana.
La inexistencia de un acuerdo de paz simultáneo con la totalidad de los gru-
pos al margen de la ley, aunque no se haya cerrado la posibilidad de diálogos
con las guerrillas, obstruye, por el momento, las posibilidades de pacificación
y reconstrucción del tejido social. Por ende, quedan lejanas las posibilidades
de una paz duradera y las oportunidades de perdón y reconciliación nacional
después de décadas de violencia. En un sentido similar, se dificulta la labor
de justicia y reparación para las víctimas
de los actores armados en un ambiente de
violencias difusas.
En efecto, al igual que en los países centro-
americanos en el período post-conflicto, se
evidencian en la actualidad fenómenos de
retorno a la violencia por parte de algunos
antiguos alzados en armas, de tal manera
que se puede preguntar si Colombia no
vive localmente experiencias de desmovili-
zación sin desarme completo o situaciones
de desmovilización aparente sin desarme
efectivo.
Estos fenómenos cuestionan la política de
reinserción de los ex–combatientes, que se
ven expuestos a múltiples amenazas, ciclos
de venganza y sentimientos de sospecha o
rechazo por parte de la sociedad civil, en
un momento en que se elevan voces para
denunciar la participación tímida de la co-
munidad internacional en los proyectos de
regreso a la vía no armada.
Indudablemente, la proliferación de nue-
vas formas de violencia en el período post-
acuerdo recuerda que la paz política firma-
da con una porción de los grupos al mar-
gen de la ley no significa sistemáticamente
la paz social. Por el contrario, los acuerdos
pueden dar pie a la aparición y/o el “reci-
claje” de estructuras armadas ilegales más
atomizadas y poco identificadas, con las
cuáles resulta difícil de negociar.
De hecho, lejos de estar totalmente paci-
ficado, y sin desconocer los aportes de la
Política de Seguridad en la materia, el sur-
gimiento y la recomposición de bandas ar-
madas en los post-acuerdos de paz consti-
tuyen una fuente de inestabilidad y preocu-
pación para la seguridad colectiva, como
lo enseñan los escenarios post-conflicto en
el istmo centroamericano, con el ejemplo
de las bandas armadas, como las maras y
las pandillas de delincuentes que actúan en
municipios rurales.
Hoy, Colombia corre el riesgo de una frag-
mentación de las lógicas de violencia, con
una creciente urbanización de los homici-
dios entre agrupaciones armadas, con mo-
tivaciones articuladas a consideraciones
económicas y el control socio-espacial de
las localidades, sin presentar grandes ideo-
logías, que pretenden ocupar los vacíos de
poder dejados por los grupos de autode-
fensa y las guerrillas.
En un futuro cercano, entre los escenarios
posibles, no se puede descartar la confor-
mación de estructuras armadas híbridas
entre reductos de las autodefensas y las
guerrillas, los miembros de la delincuen-
cia común y las redes de criminalidad or-
ganizada, lo cuál representa un desafío no
sólo para el Estado y la Fuerza Pública, sino
también para la población civil que ha sido
históricamente la más afectada y vulnerada
por la violencia.
Se terminó de imprimir en enero de 2009 en los talleres de
www.impresolediciones.com
e-mail: contacto@impresolediciones.com
Bogotá - Colombia
“Los procesos de
desarme, desmovilización y reinserción
de los grupos de autodefensa en Colombia:
Una mirada cruzada sobre Centroamérica”
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