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La anhedonia

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Evoquemos hoy este neologismo creado hace 118 años por el psicólogo
y filósofo francés Théodule Armand Ribot (1839-1916) para calificar, como su
nombre lo indica, la “incapacidad de experimentar placer”. El término, cuya larga
vida demuestra su utilidad, pues ha sobrevivido a otros neologismos propuestos
a lo largo de la historia de la psiquiatría, muestra, por una parte, la necesidad que
han tenido quienes la han construido de recurrir al griego y al latín con el fin de
fabricar palabras y conceptos nuevos que ayuden a describir, si no a explicar, las
complejas realidades clínicas que constituyen su quehacer cotidiano; pero, por
la otra, es un buen ejemplo de que los términos que constituyen su estructura
verbal y teórica no son sólo descripciones observables y medibles de signos y
síntomas físicos semejantes a aquellos de los que se ocupan la neurología y las
otras ramas de la medicina. La anhedonia, como otros hermosos vocablos de la
medicina mental, evoca y se vincula con elementos de índole filosófica y literaria,
que contribuyen a darle su peculiar y compleja condición de encrucijada entre
lo biológico y lo cultural, entre lo subjetivo y lo histórico. Cierto, su estructura
semántica la coloca junto a sus compañeras del diccionario con las que comparte
esa “a” privativa: afasia, apraxia, alexia, acusia, acalculia, amusia, agrafia, ataxia,
incluso anencefalia, pero a diferencia de sus parientes neurológicas posee una
característica de constructo psicológico y teórico del que estas últimas carecen.
Habría que colocarla entonces, más bien, junto a atimhormia, alexitimia,
alexisomia, e incluso ataraxia.
Rev. Latinoam. Psicopat. Fund., São Paulo, 17(4), 827-830, dez. 2014
Editorial
La anhedonia
Héctor Perez-Rincón*
http://dx.doi.org/10.1590/1415-4714.2014v17n4p827.1
* Universidad Nacional Autónoma de México (México, DF, Mx).
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Cuando Ribot recurrió al vocablo “hedoné”, el placer, tenía muy claro el peso del
concepto tanto en la mitología como en la filosofía griegas, cuya visión del hombre y del
mundo han modelado la cultura occidental y las lenguas en ella surgidas. Personificada
en una deidad femenina, Hedoné, hija de Eros y Psiqué, era el símbolo del placer en su
vertiente de deseo sexual y de lujuria. Los latinos le llamaron, por ello, Voluptas. Sus
contrapartes eran las daimon Algos: la pena y el dolor, tanto físico como emocional,
Oisíz: la angustia y la tristeza, y Pentos: la aflicción y los lamentos, las tres, hijas de
Eris: la discordia. Pero la anhedonia de Ribot no se limitaba, como podría pensarse por
la especialización de la deidad que portaba el nombre de Hedoné, a la sola anafrodisia,
a una anestesia del apetito genésico, sino que abarcaba una incapacidad para obtener
satisfacciones placenteras de todos los componentes de aquello que, en una célebre
y criticada Encíclica, Paulo VI llamó eufemísticamente: “el banquete de la vida”. No
es ocioso recordar aquí que las deidades que representaban la contraparte de Hedoné,
como bien sabe la Psiquiatría, no dejaron de intentar suplantarla, como ocurre en la
paradójica condición de la “algolagnia” — neologismo introducido en la primera
década del siglo
XX por un médico adicto a la parapsicología, el barón Albert von
Schrenk-Notzing — para calificar a la erotización del dolor.
La introducción en el lenguaje psiquiátrico del vocablo creado por Ribot como
sinónimo de insensibilidad al placer, o falta de placer, o déficit de la capacidad para
experimentar placer, obligaba a los especialistas no sólo a diagnosticarla como un síntoma
frecuente, incluso como un síndrome negativo, tanto en los estados esquizofrénicos como
en los depresivos, sino también a considerarla, en una reflexión más amplia, en relación
al hedonismo como filosofía del placer y al eudemonismo, la filosofía de la felicidad.
No todos los psiquiatras, hay que confesarlo, pudieron aceptar el desafío. En efecto,
¿cuántos tuvieron acceso en su formación a las doctrinas de Epicuro de Samos o a las
de Aristipo de Cirene, figuras tutelares de esa impostación filosófica? Con frecuencia
se piensa que el epicurismo es una búsqueda desaforada de placeres, especialmente
físicos, en tanto que en realidad se trata de una especie de matemática de los dolores y
los placeres, una armonía del cuerpo y del espíritu en la que, tras una cuidadosa ascesis
y entrenamiento personales se logra la “aponía”: ausencia de dolores para el cuerpo y la
“ataraxia”: ausencia de trastornos para el alma. Resulta así inadecuado calificar como
hedonista a nuestra época en la que predomina la búsqueda, a cualquier precio, del placer
inmediato, y el consecuente temor patológico a todo tipo de sufrimiento.
La anhedonia debe, pues, contemplarse en relación a la ataraxia: ausencia de
turbación, insensibilidad, indiferencia, propuesta como regla de vida por epicúreos,
estoicos y escépticos. A diferencia de ésta, producto de un arduo trabajo personal, la
anhedonia surge, ajena a la voluntad del paciente, obligándolo al empobrecimiento de
sus capacidades de gozo en el mundo, de la que es claro ejemplo el personaje de “El
lobo estepario” de Hermann Hesse.
Un psiquiatra que sí conocía bien las escuelas helenísticas, Jean Delay, el
introductor del primer psicofármaco moderno, la clorpromazina, trajo a la ataraxia al
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terreno clínico al describir bajo ese nombre la indiferencia que el fármaco producía
en los pacientes que la recibían respecto de los contenidos alucinatorios y delirantes
que los embargaban, y llamó ataráxicos a los neurolépticos o tranquilizantes mayores.
De manera paralela al uso del término anhedonia, perfilada con el tiempo ya
sea como un rasgo de personalidad o como un estado de apatía afectiva de pronóstico
reservado en el espectro depresivo, en 1922, dos psiquiatras franceses, Maurice Dide y
Paul Guiraud, crearon el neologismo de “atimhormia” (del griego: a-privativa, timos:
corazón, sentimiento, afectividad, y hormé: impulso vital) para describir una pérdida
o una reducción del deseo o del interés hacia las motivaciones que eran propias del
paciente, una pérdida de impulso y de deseo para satisfacer gustos y preferencias,
acompañada de un aplanamiento afectivo. El síndrome, que fue muy bien acogido
por la semiología francesa, no se acompañaba de otros síntomas característicos de la
depresión ni de otras anomalías de la función intelectual o cognitiva. Esta lesión global
del vigor yoico se consideró patognomónica de la esquizofrenia, por lo que se podría
decir que existe un cierto traslape con el neologismo de Ribot. Por supuesto que las
escuelas anglófonas nunca adoptaron el de Dide y Guiraud, no obstante describir, útil
y heurísticamente, en un solo vocablo, la condición esquizofrénica. En cierto modo
corresponde a los llamados “Conative disorders”.
Los tres vocablos se traslapan, a su vez, por algunas de sus peculiaridades
fenomenológicas, con el más antiguo concepto de tedium vitae: hastío, aburrimiento,
inapetencia para la acción y el gozo, presente en el estoico Séneca y en el epicúreo
Lucrecio, síntoma melancólico o resultado del hartazgo tras una vida dedicada a la
molicie, como en el poema de Oscar Wilde que lleva ese título.
El otro pariente neológico que hizo su irrupción en la psicopatología ochenta años
después del de Ribot, y ciertamente relacionado con él, fue el de “alexitimia” introducido
por Peter E. Sifneos. Esta “ausencia de palabras para describir las emociones” exhibe
igualmente un cierto traslape con su predecesor. Se caracteriza por: 1. Dificultad para
identificar y comunicar emociones; 2. Dificultad para distinguir entre emociones y
sensaciones corporales; 3. Deterioro de la capacidad de simbolización, evidenciada
por una pobreza de fantasías y otras actividades imaginativas; 4. Preferencia para
enfocar acontecimientos externos más que experiencias internas. La dificultad para
experimentar placer puede ir de la mano con la incapacidad para expresar en palabras
estados afectivos. Sifneos ha sugerido que la anhedonia representa una disminución
global e irreversible de la capacidad afectiva y que todos los pacientes alexitímicos
presentan características anhedónicas. No obstante, no todos los anhedónicos sufren
alexitimia.
En nuestros días, la anhedonia tiene nuevos avatares: el
DSM-III (1980) lo
consideraba como un criterio de melancolía necesario (pero no suficiente). El
DSM-
III
R y el DSM-IV han suprimido la característica de “necesario”, aunque sigue siendo
un síntoma “determinante” de la depresión mayor. En esta última versión el término
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anhedonia se define como “una pérdida del interés o del placer” y se considera como
un “síntoma negativo” (no un criterio) de la esquizofrenia. En tanto que el
ICD-10, de
la
OMS, incluye para el constructo “depresión somática” una referencia a la pérdida
de interés o a la capacidad para el placer.
Por lo que respecta a los estudios neuropsicobiológicos, se ha relacionado
recientemente a la anhedonia con los modelos que intentan explicar la dependencia
a sustancias, los síntomas de abstinencia y su búsqueda desesperada o craving, en
función del metabolismo dopaminérgico. Hay muchos estudios que sitúan su origen en
las neuronas de
DA-A10, pues los neurofisiólogos han descrito que su lesión produce
un estado de anhedonia muy intenso. Cabría preguntarse, sin embargo, si reducir a ese
substratum el rico background fenomenológico, psicopatológico, filosófico y literario
del concepto no conducirá a un empobrecimiento teórico, a pesar de que tal vez en un
futuro se logre encontrar una molécula que, actuando en esos sitios, pueda ayudar a
los pacientes a la conquista del placer, primum movens de toda la actividad humana.
Prefiero concluir con un relato clínico que es un interesante testimonio vivencial,
psicohistórico y perteneciente a la medicina narrativa:
Abderrahman
III, octavo emir de Córdoba y primero en usar el título de califa,
que accedió al trono a los veintidós años y duró en él más de cincuenta, afectado
de “enfermedad sagrada”, se ocupó en anotar cuidadosamente y con toda precisión
“el número exacto de días en que había sido feliz”. Al acercarse su muerte, en el
961, escribió: “He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz. Amado por mis
súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores,
poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena
bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los
días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado:
SUMAN CATORCE. Hombre, no
cifres tus anhelos en el mundo terreno”.
Si este príncipe no era un anhedónico, a fe mía que debe haber sido un señor
muy exigente.
San Lorenzo Huipulco, junio 2013
Héctor Pérez-rincón
Professor de Psicopatologia e História da Psiquiatria nos cursos de Pós-graduação em
Psiquiatria, Universidade Nacional Autónoma de México (México, DF); Instituto Nacional
de Psiquiatria Ramón de la Fuente Muñiz (México, DF).
Calzada México-Xochimilco 101. Colonia San Lorenzo Huipulco
Delegación Tlalpan, 14370 México, D. F. E.
e-mail: perezrh@imp.edu.mx
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... Los síntomas positivos consisten en alucinaciones y delirios; la alucinación es una percepción en ausencia de un estímulo externo, el delirio es una falsa creencia basada en una inferencia incorrecta de la realidad externa, que es firmemente sostenida (Arnalich, Carrasco y Aznarte, 2003). Los síntomas negativos son catatonia, anhedonia y aplanamiento afectivo (Esquizofrenia, 2009); la catatonia hace referencia a las anormalidades motoras con posturas extrañas, la anhedonia es la incapacidad de sentir placer (Ribot citado por Pérez, 2014), y el aplanamiento afectivo es la incapacidad para expresar emociones, es decir, falta de expresión facial, voz invariable y monótona (Rodríguez y Cobo, 2014). Hay que recalcar que los síntomas negativos no son exclusivos de la esquizofrenia, además, los síntomas suelen ser mixtos, pero se clasifican según su prevalencia; se ha encontrado que aproximadamente el 60 % de los pacientes diagnosticados presentan al menos un síntoma negativo, estos síntomas son más resistentes al tratamiento farmacológico con antipsicóticos (Bagney, 2015;Fonseca, et. ...
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El objetivo del presente artículo es describir las principales alteraciones de las funciones ejecutivas en un adulto joven con diagnóstico de esquizofrenia con predominio de síntomas negativos; para esto se toma como muestra un paciente con dichas características. Se hizo una sola aplicación de tres subpruebas de la batería neuropsicológica (BANFE) y los resultados dan cuenta de alteraciones en la flexibilidad cognitiva, planeación, monitorización e inhibición, con mayor afectación en la flexibilidad cognitiva. De igual manera el participante presentó dificultad para completar categorías, y se dieron conductas como perseveraciones y alteraciones en la planeación y organización. Cabe mencionar que dicho estudio no es concluyente por el alcance investigativo, sin embargo, realiza aportes significativos para continuar investigando este tema.
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