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La construcción social del concepto moderno de trabajo

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Abstract

El artículo que a continuación se presenta pretende ser una aproximación al estudio de las transformaciones que en la actualidad se están produciendo en el campo educativo, en relación con la definición y la concepción de los saberes. La hipótesis de partida de este trabajo es que los sistemas educativos de la última modernidad están, por una parte, redefiniendo los saberes en el contexto de las transformaciones de la sociedad de mercado, aproximándolos cada vez más a esta realidad y conceptualizándolos en función de criterios laborales y productivos. Por otra parte, y a medida que la educación se hace más disfuncional con respecto a la esfera del mercado, la ideología moderna del rendimiento se erosiona progresivamente en beneficio de una creciente preocupación por el niño y sus especiales circunstancias. Fenómeno, este último, que guarda relación, por otra parte, con el proceso de individualización y liberación de la infancia a lo largo de la época moderna. Todos estos fenómenos incrementan las contradicciones de los sistemas educativos y contribuyen a su crisis de legitimidad. El artículo se estructura diacrónicamente partiendo de la concepción de la educación y del saber en el mundo preindustrial y en el mundo moderno para, desde esta perspectiva, aproximarse al significado de los cambios producidos en la tardo-modernidad.
Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 13 (2006.1)
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José
Francisco
Durán
Vázquez José Francisco Durán Vázquez
Universidad de Santiago
El surgimiento de una nueva mentalidad con respecto al trabajo fue el resultado de un proceso
histórico que se inició en el Occidente Europeo en el siglo XVII, en medio de las
transformaciones socio-políticas que dieron origen al mundo moderno. Esta nueva mentalidad
significó un cambio de perspectiva de la actitud que los hombres mantenían con respecto al
mundo. En efecto, con anterioridad a este momento las actividades productivas tenían una
escasa consideración. Quienes se dedicaban a estas tareas lo hacían motivados por la
necesidad de atender a los imperativos de la vida, ocupando las posiciones inferiores de la
sociedad. Eran otras actividades, por el contrario, las que conferían notoriedad y distinción a
los que en ellas participaban, actividades todas ellas cuyo común denominador era su
distanciamiento con respecto a las ocupaciones laborales, abiertamente despreciadas por las
distintas élites sociales. Estas afirmaciones pueden considerarse válidas para todas las
sociedades preindustriales. En todas ellas la esfera de lo productivo permaneció como un
ámbito residual, buena muestra de lo cual era la inexistencia de un término específico para
aludir a esta parte de la realidad. Ni en la Antigüedad1 ni durante la Edad Media2 se utilizó
alguna vez el concepto trabajo para referirlo a un singular campo de la experiencia humana.
Tampoco se desarrolló en las sociedades preindustriales una mentalidad específicamente
económica orientada a la producción permanente de riqueza, en relación con la cual el trabajo
fuese considerado un valor fundamental. La producción nunca superó en estas sociedades el
nivel de lo concreto. Su función principal era abastecer de objetos útiles al conjunto de la
sociedad, objetos que atendían a diversos aspectos de la vida humana, desde los más
relacionados con su conservación, hasta los que servían a distintos fines sancionados
socialmente3. En este contexto las ocupaciones laborales aparecían diversificadas en una
multiplicidad de oficios concretos de carácter privado, que en nada contribuían a otorgar
prestigio a quienes los desempeñaban.
¿Cuáles fueron, entonces, las circunstancias sociales que propiciaron la inversión tan radical
de este pensamiento con respecto al trabajo?
1-EL CONTEXTO SOCIAL DE LA NUEVA MENTALIDAD LABORAL
La emergencia de una nueva actitud con respecto al mundo del trabajo fue el producto de un
proceso social que durante cuatro centurias produjo importantes transformaciones sociales,
que dieron origen a lo que se ha denominado la Modernidad.
La Modernidad se inauguró en Europa en el siglo XVI, momento a partir del cual se produjeron
una serie de acontecimientos de diferente índole que alteraron gradualmente la estructura y la
mentalidad de estas sociedades. Estos acontecimientos fueron: el ascenso progresivo de la
burguesía, el Estado Moderno, la Reforma Protestante, la Nueva Ciencia y la filosofía
cartesiana. Todos estos hechos acabaron convergiendo en una misma dirección, invirtiendo
radicalmente la superioridad, hasta ese momento admitida, entre la vida contemplativa y la vida
1 Para el mundo del trabajo en la Antigüedad se puede consultar: Finley, M.I: La economía de la
Antigüedad. FCE. Madrid. 1974. Vernant, J.P: Mito y pensamiento en la Grecia Antigua. Ariel. Barcelona.
1985. Vernat, J.P: Travail et esclavage en Grece Ancienne. Complexe. París. 1985. Arendt, H: La
condición humana. Paidós. Barcelona. 1998. Veyne, P (dir) Histoire de la vie privée (Vol I). Éditions du
Seuil. París. 1985. Cicerón: Los oficios. Espasa Calpe. Madrid. 1959
2 Acerca de la mentalidad con respecto al trabajo en la Edad Media ver: Le Goff, J: Tiempo, trabajo y
cultura en el occidente medieval. Taurus. Madrid. 1983. Le Goff, J: La civilización del Occidente medieval.
Juventud. Barcelona. 1969
3 Los más importantes estudiosos de las sociedades preindustriales están de acuerdo con respecto a
estas afirmaciones. Ver: Polanyi, K: La gran transformación. La Piqueta. Madrid. 1997, op cit: pp 88-89 y
ss. Vernant, J.P: Mito y pensamiento...op cit: pp 274-75. Le Goff, J: Tiempo, trabajo y cultura en el
Occidente medieval.
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activa. La consecuencia de dicha inversión fue un cambio del punto de vista antropológico,
cambio en virtud del cual los hombres comenzarán a ser estimados por los esfuerzos
realizados para transformar la naturaleza en su propio beneficio y en el del conjunto de la
sociedad.
Uno de los eventos que marcó de modo principal el inicio de un nuevo periodo histórico en el
Occidente Europeo fue la emergencia del Estado, forma de organización política que había
estado prácticamente ausente durante más de diez siglos en el territorio anteriormente
ocupado por el Imperio Romano de Occidente. Entre finales del Siglo XV y comienzos del XVI
se van consolidando en Francia, Inglaterra y España distintas monarquías que se colocarán a
la cabeza de los nuevos Estados. La aparición del Estado fue un hecho de primera magnitud,
ya que sin su presencia difícilmente se podrían haber desarrollado las actividades económicas
que estarán en la base de lo que más tarde será la mentalidad capitalista. “Antes de ser
económica- ha señalado Pierre Clastres- la alienación es política, el poder es anterior al
trabajo, lo económico es una derivación de lo político”4. En efecto, los Estados nacientes
tendrán que asegurar su hegemonía sobre el territorio que controlan mediante un aparato
militar y administrativo en continuo expansión, que requerirá para su mantenimiento de una
cantidad creciente de recursos fiscales, cuya recaudación exigirá a su vez la contratación de
nuevo personal al servicio del Estado. Tal como había afirmado Schumpeter5, los impuestos
han ayudado simultáneamente a construir y a expandir el Estado Moderno. La necesidad de
nuevos recursos, que por otra parte era cada vez mayor a causa de las numerosas luchas
competitivas en las que se veían inmersos dichos Estados, empujó a las monarquías absolutas
a solicitar préstamos a las familias burguesas más acaudaladas a cambio de numerosas
ventajas económicas y fiscales. Fue así como comenzó a fraguarse una relación de
interdependencia entre los Estados Absolutos y las nacientes burguesías. Éstas
proporcionaban a aquellos los préstamos monetarios necesarios para reducir los déficit fiscales
y sufragar los gastos que generaban las constantes guerras internacionales. Por su parte, el
Estado facilitó, mediante el control de la violencia dentro del territorio y la acuñación de
moneda, las actividades económicas de la burguesía6. Este equilibrio se mantuvo con
numerosos vaivenes políticos, hasta que se quebró en medio de los sucesos revolucionarios
que afectaron, primero a Inglaterra (Revolución de 1688) y más tarde a Francia (Revolución de
1789). La oposición creciente entre los intereses del Estado Absoluto y los de la burguesía se
resolvió finalmente en favor de ésta última, que construirá un Estado Nacional que tendrá como
una de sus principales funciones garantizar e impulsar la economía de mercado.
A través del proceso que hasta aquí hemos descrito las actividades productivas irán
adquiriendo una mayor importancia, primero por ser un instrumento imprescindible para el
engrandecimiento del Estado, y más tarde por su contribución al desarrollo de la economía de
mercado.
No obstante, la importancia que fue adquiriendo el trabajo en el conjunto de las actividades
humanas no se debió únicamente a las circunstancias señaladas anteriormente. Las
mentalidades, el modo como los hombres perciben el mundo, no se deriva inmediatamente de
sus intereses materiales. Aunque estos intereses intervengan objetivamente en las acciones
humanas, dichas acciones son, tal como ha sostenido Max Weber7, necesariamente
comprensivas. En otras palabras, traducen aquellos intereses en una serie de representaciones
que guían y legitiman la conducta humana. Desde este punto de vista, la nueva actitud con
relación al trabajo que comenzó a fraguarse en la Época Moderna, no sólo estuvo relacionada
con los procesos objetivos indicados anteriormente, sino que también fue el producto de un
cambio de mentalidad que se enraíza en una serie de acontecimientos que acabaron por forjar
el mundo moderno.
Los más importantes de estos acontecimientos fueron: la Reforma Protestante, la Nueva
Ciencia y la Filosofía Racionalista y Empirista. Todos ellos actuaron en un mismo sentido al
distanciar al hombre del mundo que compartía con sus semejantes, en virtud de un deseo
4 Citado en: Moya, C: Señas del Leviatán. Estado Nacional y sociedad industrial: España 1936-1980.
Alianza Editorial. Madrid. 1984; op cit: p 171
5 Schumpeter, J: Capitalismo, Socialismo y Democracia. Folio. Barcelona. 1996
6 Elías, N: El proceso de civilización. FCE. Madrid. 1993; op cit: p 394
7 Weber, M: Ensayos sobre sociología de la religión (Vol I) Taurus. Madrid. 1998
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permanente de transformar por medio de su esfuerzo ese mismo mundo, e incrementar así la
riqueza material a disposición de la especie humana8. Fue así como los hombres comenzaron
a ser estimados por sus respectivas conductas laborales, esto es, por los esfuerzos que
realizaban para alcanzar mayores cotas de esa riqueza y, por tanto, de felicidad humana.
Por lo que se refiere al Protestantismo, el alejamiento con respecto al mundo estuvo motivado
por las incertidumbres que en el creyente generaba la doctrina de la predestinación9. Para salir
de esta duda asfixiante, y obtener por este camino algún indicio de su posible salvación, los
fieles se entregaron a sus actividades cotidianas con una conducta planificada, racional y
austera. La riqueza pasaba de este modo a ser contemplada como algo moralmente lícito,
siempre y cuando fuese el resultado de una actitud austera que huyese de toda tentación
jactanciosa, en cuyo caso, por el contrario, más que aceptada, la riqueza debía de ser
perseguida y fomentada. Por esta vía fue como los hombres se entregaron a la transformación
de la naturaleza, en nombre de un proyecto que implicaba “una vida racional en este mundo”,
aunque su destino no fuese paradójicamente ni “de este mundo” ni “para este mundo”10. En
otras palabras, los seres humanos se volcaron en la transformación de un mundo con el que
mantenían una relación esencialmente instrumental.
Cuando esta actitud se desprendió de su contenido religioso, y la vida del ser humano en la
tierra cobró sentido por sí misma, emergió una nueva moral que perseguirá un mayor bienestar
y felicidad para el hombre mediante el incremento de la producción y, por tanto, de la riqueza.
Riqueza que todavía conservará una dimensión concreta, mientras esté relacionada con la
cantidad de objetos necesarios para aumentar la comodidad y el bienestar del género humano
sobre la tierra. Pero que irá adquiriendo paulatinamente un carácter más abstracto con el
desarrollo del proceso de industrialización capitalista. Carácter del que participará también el
trabajo, considerado el motor fundamental de dicho proceso.
La Ciencia Moderna y el pensamiento cartesiano influyeron también de modo determinante en
la nueva actitud que el hombre adoptará con respecto a la naturaleza y a su propia especie,
pues cuestionaron la verdad como algo revelado y relacionado con la experiencia sensorial de
los sujetos, para sustituirla por otro tipo de verdad basada en la experimentación. La verdad ya
no estaba ahora en el mundo donde actuaban los hombres, sino que se convertía en un hecho
objetivo que podía demostrarse mediante la deducción lógico-matemática y la
experimentación11. Experimentación cuyo último sentido radicaba en procurar el mayor
número de utilidades a los seres humanos. Este cambio de orientación con respecto al mundo
aparece claramente expuesto en la obra de Bacon:
“El verdadero fin y la función de la ciencia- escribe- no está en discursos plausibles, divertidos,
memorables o llenos de efectos, o en supuestos argumentos evidentes, sino en el obrar y
trabajar, y en el descubrimiento de datos hasta ahora desconocidos para un mejor
equipamiento y ayuda en la vida”12
En suma, el protestantismo, la nueva ciencia y la filosofía cartesiana propiciaron, cada uno a su
manera, un cambio en la mentalidad del hombre moderno, que se distanció del mundo que
compartía con sus congéneres para entregarse, por medio de una conducta racional y austera,
a su transformación material en su propio beneficio.
Esta nueva orientación coincidió con el progreso gradual de un nuevo grupo social, la
burguesía, que hizo de las actividades mercantiles y financieras, es decir, de actividades
basadas en el hacer más que en el actuar, el principal criterio para valorar a los seres
humanos.
Con el paso del tiempo todas las circunstancias mencionadas anteriormente concurrieron para
8 Arendt, H: La condición humana. Paidós. Barcelona. 1998; op cit: p 277 y ss
9 Esta es la conocida tesis de M. Weber. Ver: Weber, M: “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”.
En: M. Weber: Ensayos sobre sociología de la Religión (Vol I); op cit: pp 78 y ss
10 Weber, M: “La ética protestante...” op cit: p 162 (las cursivas pertenecen a la obra citada)
11 Arendt, H: La condición humana; op cit: pp 296 y ss
12 Citado en: Horkheimer, M y Adorno, T.W: Dialéctica de la Ilustración. Círculo de lectores. Madrid. 2002;
op cit: p 51
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convertir el trabajo en la principal de las actividades públicas.
En los próximos epígrafes tendremos ocasión de observar como se fue desarrollando, en el
contexto del proceso descrito anteriormente, una corriente de pensamiento que acabará por
conformar la visión que las sociedades modernas tienen del mundo del trabajo.
2-El DESARROLLO DEL DISCURSO LABORAL DE LA MODERNIDAD: HOBBES Y LOCKE,
MERCANTILISMO Y FISIOCRACIA
A partir del siglo XVII emergió en Europa, en el ámbito de las importantes transformaciones que
han dado lugar al mundo moderno, un nuevo tipo de pensamiento, que en un periodo de tres
centurias extraerá el trabajo de la oscuridad de la esfera privada para proyectarlo al primer
plano del espacio público.
La primera etapa de este proceso la recorrieron Hobbes y Locke. La novedad de sus
planteamientos está relacionada con una concepción de la riqueza vinculada a la acción
transformadora que el ser humano ejerce sobre la naturaleza. En opinión de Hobbes (1588-
1679), “la abundancia depende meramente del trabajo y la industria de los hombres (con el
favor de Dios)”13. Locke (1632-1704), por su parte, dará un paso más en esta misma dirección,
y considerará que el trabajo, al ser la actividad que confiere valor a la mayor parte de los
objetos de la naturaleza, debe estar en el origen de la propiedad:
“Cualquier cosa que (el hombre) saca del estado en que la naturaleza la produjo y la dejó, y la
modifica con su labor y añade a ella algo que es de sí misma, es, por consiguiente, propiedad
suya. Pues al sacarla del estado común en el que la naturaleza la había puesto, agrega a ella
algo con su trabajo, y ello hace que no tengan ya derecho a ella los demás hombres. Porque
este trabajo, al ser indudablemente propiedad del trabajador, da como resultado el que ningún
hombre, excepto él, tenga derecho a lo que había sido añadido a la cosa en cuestión”14
Al vincular el trabajo con la riqueza y la propiedad, Locke introdujo un punto de vista hasta
entonces desconocido. En efecto, para el pensamiento anterior la riqueza se originaba
fundamentalmente en la naturaleza, sin que le hombre interviniese de modo decisivo en su
multiplicación. Sin embargo, desde la perspectiva lockeana es el ser humano quien tiene la
capacidad de transformar los bienes naturales en riquezas, mediante “el trabajo de su cuerpo y
la labor de sus manos”. Se abría así la posibilidad para que las actividades laborales fuesen
perdiendo gradualmente los signos de vileza que las sociedades premodernas le habían
atribuido.
De todos modos, tanto el pensamiento de Hobbes como el de Locke aún continuaban lastrados
por concepciones propias de una sociedad agraria, como era la de la Inglaterra del siglo XVII.
En efecto, si bien concedían al trabajo humano una importancia sin precedentes en la creación
de la riqueza, este proceso creativo todavía estaba sujeto a los límites que marcaba la propia
naturaleza. Desde esta perspectiva, las producciones humanas nada serían sin la colaboración
de la “madre naturaleza”15, que “Dios ha dado a los hombres en común”16. Sin esa
intervención, sin la presencia de un espacio natural en el que Dios ha puesto al hombre para
que “sacara de él lo que más le conviniera para su vida”17, ninguna riqueza jamás se podría
haber producido. El trabajo humano había despertado del letargo al que lo había condenado el
pensamiento medieval y antiguo, pero aún no se había enseñoreado del mundo. Para que este
hecho se produjese todavía quedaba un largo camino por recorrer, aquél por el que transitaron
las sociedades Europeo-Occidentales desde los albores de la modernidad.
El Mercantilismo representó una de las principales etapas de este camino. Desde los
presupuestos mercantilistas el trabajo se convirtió también en materia de interés y de reflexión
pública, por entenderse que era una de las principales fuentes generadoras de riqueza.
Riqueza que se equiparó en la teoría mercantilista al concepto de valor-utilidad, de
13 Hobbes, Th: Leviatán. Editora Nacional. Madrid. 1980; op cit: pp 331-332
14 Locke, J: Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil. Alianza Editorial. Madrid. 1990; op cit: pp 69 y ss
15 Hobbes, Th: Leviatán; op cit: p 331
16 Locke, J: Segundo Tratado...op cit: p 61
17 Ibid
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ascendencia escolástica18. Con arreglo a este principio el valor de un objeto, su utilidad, estará
en función de las necesidades humanas que satisface. Tal como sostiene el napolitano Antonio
Genovesi (1712-1769), uno de los autores mercantilistas más importantes, “las necesidades
son el origen del valor de todas las cosas y el precio de éstas es el poder que tiene de
satisfacer nuestras necesidades”19.
El trabajo adquirirá, en el contexto de esta argumentación, un papel de primer orden, al ser la
actividad que suministra a la nación los objetos imprescindibles para cubrir todas sus
necesidades, mejorando de este modo el bienestar de su población, e incrementando por esta
vía la riqueza de la República. Las actividades laborales que contribuyan más eficazmente a la
producción de estos objetos gozarán, por tanto, de la estima pública; lo contrario sucederá con
aquellas otras que nada aportan en este sentido. A partir de este criterio, se establecerá una
importante diferenciación entre el trabajo productivo, destinado a la generación de valores de
uso, y aquel otro improductivo que resulta estéril desde esta perspectiva.
En razón de este hecho, tendrá que ser aumentado el número de los que con provecho se
dedican a alguna de las distintas ocupaciones productivas, y, por el contrario, reducida la
cantidad de los que invierten su tiempo en tareas improductivas. Así lo aconseja:
“El principio fundamental de donde dimanan todas las reglas generales y particulares de una
buena economía (...) pues es claro que las riquezas de un país se hallan siempre en razón
directa de la suma de las labores; y así, cuando el número de los que no producen es
pequeño...crecerán las rentas en proporción, pero si el número de los que sacan y no ponen es
grande...menguarán las rentas así públicas como privadas (...) debe sentarse por máxima
general, que las comodidades, las riquezas, y la felicidad del Estado (están) en que todos con
igualdad se apliquen, (mientras que) la miseria, la infelicidad y la pobreza (residen) en la
inactividad, en la poltronería y en la ociosidad”20
El trabajo, siempre que sea productivo, esto es, que atienda a las necesidades materiales de
los miembros de la república, deberá ser, por consiguiente, estimulado y alentado, puesto que
de él depende toda la riqueza presente y futura. Por demás, este estímulo no es en absoluto
contrario a los preceptos divinos, pues:
“Dios quiere que trabajemos y nos lo dice por la revelación y por la naturaleza. Comerás el pan
con el sudor de tu rostro, NOS DICE POR LOS PROFETAS. LA TIERRA NADA TE
PRODUCIRÁ SIN FATIGA, nos dice por la naturaleza. Si la piedad, pues, se opone a estas
leyes, ¿será bien entendida?”21
Por este motivo, porque “anima al hombre al trabajo”, la religión debe figurar entre las
ocupaciones productivas22. Productivas son también todas las actividades que contribuyen a
satisfacer las necesidades de la población, bien sea de modo indirecto, creando una actitud
favorable al trabajo, o directamente, mediante la extracción y la transformación de los objetos
procedentes de la naturaleza. Entre estas últimas, las más importantes son las artes
“primitivas”, es decir, las actividades agropecuarias y pesqueras, que son las que de modo
principal procuran el sustento a todos los hombres, erigiéndose por ello en “el fundamento de
todos los Estados”23. La agricultura merece en este sentido una especial consideración,
porque “acostumbra a los hombres al placer de la sociedad, los hace más tratables, más
18 Díez, Fernando: Utilidad, deseo, virtud. La formación de la idea moderna de trabajo. Península.
Barcelona. 2001; op cit: p 28
19 Genovesi, A: Lecciones de comercio, o bien de economía civil (Vol III). Editado por la viuda de Ibarra,
hijos y compañía. Madrid. 1786; op cit: p 8, part. II, cap I (las cursivas pertenecen al texto)
20 Genovesi, A: Lecciones...op cit: pp 180 y ss (Tomo I, Parte I, cap. XII).
21 Ibid; op cit: pp 195-96 (tomo I, parte I, cap XIII). (Las mayúsculas proceden del texto original). Max
Weber ha mostrado como el ethos religioso protestante se transformó con el tiempo en una actitud más
secularizada. En efecto, aunque la religión sigue sirviendo de apoyatura moral para justificar la dedicación
al trabajo, el fin de esta actividad se ha desplazado gradualmente desde el ámbito de lo trascendente al
mundo inmanente de los seres humanos y sus propias necesidades materiales.
22 Ibid, op cit: p 170 (tomo I, parte I, cap XI)
23 Ibid; op cit: p 125 (Tomo I, Parte I, Cap IX)
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activos, más laboriosos, y es la base de un imperio civil estable y permanente”24.
Después de las actividades agropecuarias, las más importantes son las artes secundarias, en
particular la metalurgia y el comercio. La primera, porque perfecciona los recursos provenientes
de la naturaleza haciéndolos más útiles, incrementando de este modo las “comodidades y
riquezas del Estado”. El comercio porque:
“ocupa y mantiene una infinidad de familias a expensas de los extranjeros sin cargar al
Estado...dando salida a lo superfluo y sobrante de la nación, estimula y aviva a los artífices y a
los artesanos que, hallando despacho de sus manufacturas, se aplican con tesón para comprar
lo que les falta”25
Por debajo de estas ocupaciones estarían aquellas que, aun no siendo directamente
productivas, garantizarían, sin embargo, el buen funcionamiento de las que sí lo son. Este sería
el caso del gobierno, la milicia, la educación, e incluso, tal como habíamos señalado
anteriormente, de la religión. El gobierno, promoviendo leyes económicas y vigilando que “no
haya en el cuerpo civil persona que no sirva para algo como esté hábil para ello”26; la
milicia27, protegiendo los intereses nacionales frente a los extranjeros; la educación,
“instruyendo a los hombres en sus oficios”28, y la religión “animando a los hombres al
trabajo”29. Todas estas actividades encontrarán así su verdadero sentido en servir del modo
más eficaz a las distintas necesidades humanas. Siendo éste el criterio principal para construir
una sociedad bien ordenada. Dedúcese de esto, por tanto, que no debe de haber “en el cuerpo
civil persona que no sirva para algo como esté hábil para ello”30. Precepto por el que deben
velar los poderes públicos: “la máxima del mínimo posible de los ociosos, es digna de mirarse
por los que gobiernan con la mayor atención”31. El trabajo se convertirá de este modo, desde
la óptica del discurso mercantilista, no sólo en una obligación moral que el gobierno debe
promover a toda costa, sino también en el medio principal para el progreso de los individuos en
el seno de la sociedad: “todo hombre, familia, o estado, que se ingenia y aplica, puede llegar a
ser lo mismo que ha sido otro hombre, otro familia, u otro estado”32. El esfuerzo laboral, en
otro tiempo identificado con las penalidades que los hombres tenían que padecer para
procurarse su sustento, se ha transformado ahora en “la escala de los honores”33
No obstante, el trabajo al que se refiere el Mercantilismo aún no ha traspasado el umbral de las
utilidades concretas, cuyo objetivo último sería hacer más fácil y agradable la vida del ser
humano sobre la tierra. La investigación mercantilista se orientará, pues, a averiguar como las
personas que integran las distintas ocupaciones productivas pueden “contribuir al
adelantamiento de las artes, al aumento de las riquezas, y, por consiguiente, a su común
felicidad”34. Desde esta perspectiva, se clasificarán los diferentes oficios atendiendo a las
distintas necesidades humanas que satisfacen; es decir: “Unas que son de pura naturaleza,
24 Ibid, op cit: p 101 (Tomo I, Parte I, Cap VIII). En este aspecto los Mercantilistas son herederos de toda
una tradición de pensamiento para la que la agricultura gozaba de una especial consideración, ya que de
ella provenían todas las materias necesarias para la vida que los hombres podían extraer mediante la
puesta en labor de la tierra. La agricultura era en este sentido sinónimo de independencia para quien
poseyese un pedazo de tierra del que obtener su sustento. El Mercantilismo, que se desarrolló en
sociedades fundamentalmente agrarias, consideró a la agricultura como la principal fuente de estabilidad,
ya que suministraba la mayoría de los recursos sin los cuales no podrían operar el resto de las
ocupaciones productivas.
25 Genovesi, A: Lecciones...op cit: p 103 (Tomo I, Part I, Cap VII). Si el comercio tiene importancia en la
creación de riqueza dentro de la teoría mercantilista es en la medida en que compra barato las materias
de las que no dispone el país para venderlas después más caras. Dicho de otro modo, el comercio es una
actividad productiva generadora de riqueza, siempre y cuando no destruya los recursos naturales, fuente
primera de todas cuantas riquezas posee el Estado.
26 Ibid; op cit: p 197 (Tomo I, Parte I, Cap XIII)
27 Ibid; op cit: p 170 y ss (Tomo I, Parte I, Cap XI)
28 Ibid; op cit: p 95 (Tomo I, Parte I, Cap VI)
29 Ibid, op cit: p 170 (tomo I, parte I, cap XI
30 Ibid; op cit: p 197 (Tomo I, Parte I, Cap XIII)
31 Ibid; op cit: p 191 (Tomo I, Parte I, Cap IV)
32 Genovesi, A: Lecciones...op cit: pp 63-64 (Tomo I, Parte I, Cap IV)
33 Ibid; op cit: 63-63 (Tomo I, Parte I, Cap IV)
34 Ibid; op cit: p 56 (Tomo I, Parte I, Cap IV)
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otras de comodidad y muchas de regalo y delicadeza”35. Este será también el principal criterio
para valorar los objetos producidos con el trabajo humano. “Infiérese de aquí que las
necesidades son el origen del valor de todas las cosas y el precio de éstas es el poder que
tienen de satisfacer nuestras necesidades”36. Por consiguiente, el precio de cualquier
mercancía, su valor, estará en relación directa con la capacidad que tiene para atender de
forma eficaz al mayor número de las necesidades humanas. Dicho de otro modo, “nace de la
estimación y común opinión que (el pueblo) tiene de las cosas y de los signos que circulan”37.
Por encima de esta opinión, ninguna “ley puede subir o bajar los precios de las cosas sin
violentar la naturaleza de las mismas”38. En suma, en el contexto del discurso mercantilista el
precio es un concepto social que se forma a partir de las necesidades y las inclinaciones de los
miembros de una determinada colectividad.
En este, como en algunos otros aspectos, el Mercantilismo se reveló como una mentalidad
todavía preindustrial, ajena por completo a cualquier noción abstracta de riqueza vinculada a
una inexistente economía de mercado. De acuerdo con esta forma de pensar, la riqueza estaba
constituida por aquel conjunto de bienes que engrandecían el Estado elevando el bienestar y el
grado de felicidad de su población. En otras palabras, dicha riqueza se expresaba en términos
sociales y políticos antes que económicos. Si el trabajo era tan importante, si merecía tal grado
de consideración, era porque hacía a la monarquía más fuerte y poderosa39 y a sus súbditos
más prósperos y dichosos. No obstante, aun mereciendo tan alta estima, todavía se entendía
que la actividad laboral no podría crear ninguna riqueza sin la presencia de la naturaleza.
Pese a todos estos elementos tradicionales, el Mercantilismo supuso una etapa decisiva en el
encumbramiento del trabajo. Al hacer de esta actividad uno de los principales instrumentos
para la generación de riqueza, elevó enormemente su consideración hasta convertirla en uno
de los principales criterios para estructurar y ordenar el conjunto de la sociedad.
Fueron los Fisiócratas quienes, sin embargo, superaron algunos de los conceptos más
premodernos de la teoría mercantilista en el contexto de un pensamiento que se pretenderá
más cientificista.
El movimiento fisiocrático surgió en Francia a mediados del siglo XVIII, de la mano de una serie
de autores especialmente preocupados por investigar las causas que originaban la riqueza de
las naciones. El principal representante de esta escuela, el que puede ser considerado como
su verdadero fundador, fue François Quesnay, que en su obra principal, “le tableau
économique”, publicada en 1758, expuso los principios esenciales de esta doctrina.
Entre estos principios el más importante, el que aporta sus particulares señas de identidad a
esta corriente de pensamiento, es el de la productividad exclusiva de la agricultura. De acuerdo
con él, los fisiócratas sostuvieron que la tierra era la fuente primera y única de todas cuantas
riquezas existían en la nación, ya que de ella provenían los recursos necesarios para el
sustento del conjunto de sus habitantes. La razón de este hecho radica en que esta actividad
es la única capaz de producir más recursos de los que consume (producto neto). Las demás
ocupaciones serían, sin embargo, esencialmente improductivas por la razón contraria. En
palabras de Quesnay:
“Los trabajos de la industria producen las obras adecuadas a las necesidades y comodidades
de la vida; pero estas obras no son riquezas para aquellos que las fabrican, más que en la
medida en que sean pagadas por aquellos que las compran; hace falta en consecuencia, que
aquellos que las compran tengan riquezas para pagarlas, y estas riquezas no pueden venir
35 Ibid; op cit: pp 8-9 (Tomo III, Parte II, Cap I)
36 Ibid; op cit: p 8 (Tomo III, Parte II, Cap I). Las cursivas proceden del texto
37 Ibid; op cit: pp 19 (Tomo III, Parte II, Cap I)
38 Ibid
39 La riqueza que se obtenía mediante el trabajo estaba destinada, desde esta perspectiva, a proveer al
Monarca de los recursos militares y económicos necesarios para sostener las distintas luchas
competitivas en las que estaban inmersos los Estados Absolutos. En este sentido el Mercantilismo recibió
el amparo y la protección de las distintos Monarcas Absolutos
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más que de los beneficios o rentas que producen los bienes-fondo (de la tierra). Por lo tanto, no
hay más que los productos de los bienes-fondo que sean las riquezas primitivas, siempre
renacientes, con las que los hombres pagan todas las cosas que compran”40
Todo el proceso de creación y circulación de las riquezas41 depende, por consiguiente, de la
agricultura. Dicho con mayor precisión, las riquezas se generan dentro del sistema de la
circulación capitalista, pero la fuente originaria de todo este sistema, aquella de la que emanan
todas las riquezas, está en la tierra. Es ella la que produce los excedentes necesarios para las
restantes actividades sociales; excedentes que, una vez reinvertidos en la agricultura,
producirán de nuevo otras riquezas. Por este motivo, por ser la única ocupación productiva, los
fisiócratas fueron partidarios de una política económica que, además de reducir los impuestos
agrícolas, “favoreciese los gastos productivos y el comercio de los productos de la tierra”42.
Ahora bien, ¿qué lugar ocupa el trabajo humano en una teoría como esta que concede tanta
importancia a la agricultura? Si toda la riqueza tiene su origen en la tierra es porque es la
naturaleza, y no los hombres, la que tiene capacidad productiva43. Desde este punto de vista,
pueden ser productivos los que invierten en la agricultura, aunque no trabajen en ella, y, por el
contrario, improductivos los que sí trabajan, pero en otras actividades que nada tienen que ver
con la tierra. En el primer caso estarían, por ejemplo, los rentistas, y en el segundo los
comerciantes. Entonces, ¿por qué merece ser señalado el pensamiento fisiocrático dentro del
proceso en el que se configuró el concepto moderno de trabajo? En un principio pareciera que
su aportación fuese poco importante, por tratarse de un pensamiento que valora la tierra por
encima del trabajo. Pero sólo en un principio. Al crear una teoría de la circulación de las
riquezas que respondía a leyes positivas y objetivas44, los fisiócratas pusieron las bases para
la construcción de la moderna ciencia económica, en cuyo ámbito el trabajo aparecerá como un
factor de producción de primera importancia. Aun así, esta doctrina seguía conteniendo
numerosos elementos tradicionales. Tradicional era todavía asignar a la agricultura la exclusiva
capacidad para crear todas las riquezas, siendo la naturaleza, y no el hombre, la que fijaba los
límites más allá de los cuales se hacía imposible seguir expandiendo el proceso productivo.
Tradicional era también el considerar que el fin de todas cuantas riquezas se producían no
estaba en alimentar el proceso mismo que las había creado, sino en atender a las numerosas
necesidades que contribuían al bienestar y a la felicidad del género humano. A esta finalidad
debían responder, precisamente, todas las leyes morales que “en lugar de perderse en las
abstracciones de la metafísica (...) hablan a los hombres de su alimento, de vestido, de
habitación; de su vida, de su familia, de sus necesidades, de sus placeres”45. En definitiva, el
proceso de creación de riqueza permanece aún adscrito al ámbito de lo concreto, tanto si lo
contemplamos desde la perspectiva de la oferta como si lo hacemos desde el de la demanda,
por lo que su multiplicación se detendría en cuanto las fuentes que lo abastecen se agotasen, o
resultasen satisfechas las necesidades de los sujetos que las demandan.
La doctrina fisiocrática presenta, por todo lo dicho hasta aquí, un carácter ambiguo. Aunque se
exprese en un lenguaje que prefigura en muchos aspectos el pensamiento económico
40 Citado en: Naredo, J.M: La economía en evolución. SXXI. Madrid. 1987; op cit: p 111
41 Los fisiócratas diferenciaron los bienes, que tienen sólo valor de uso, de las riquezas, que pueden ser
cambiadas en el mercado generando un determinado valor (valeur vénale en la terminología fisiocrática).
En palabras de Quesnay: “El aire que respiramos, el agua que sacamos del río, y todos los demás bienes
o riquezas sobreabundantes y comunes a todos los hombres, no son comercializables: son bienes y no
son riquezas” (citado en: Weulersse, G: Le mouvement physiocratique en France (tomo II) Mouton.
Holanda. 1968; op cit: p 143)
42 Quesnay; F: Le Tableau Économique y otros estudios económicos. Revista de trabajo. Madrid. 1974; op
cit: p 67
43 El concepto fisiocracia hace precisamente alusión al gobierno de la naturaleza sobre el hombre
44 La teoría fisiocrática se basó en los métodos racionales y empíricos. Desde su punto de vista, todo
conocimiento debe basarse en los datos proporcionados por los sentidos y en la reglas del cálculo
matemático. De este modo los fisiócratas construyeron una teoría de la circulación de las riquezas que
pretendieron elevar a la categoría de ley natural. Ver: Weulersse, G: Le mouvement physiocratique...op
cit: pp 120 y ss (Tomo II, Cap III)
45 Citado en: Weulersse, G: Le mouvemente Physiocratique en France; op cit: p 108 (Tomo II, Cap III). No
obstante, el hecho de considerar a los bienes materiales como elementos fundamentales para el bienestar
y la felicidad de los seres humanos sobre la tierra, forma parte ya de una moral secularizada, y, por tanto,
moderna, cada vez menos necesitada de principios religiosos para justificarse.
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moderno, el contexto en el que se desarrolla es todavía premoderno. En efecto, los miembros
de esta escuela actuaron movidos por el deseo de solventar la crisis fiscal de la Monarquía, sin
por ello poner en tela de juicio el orden estamental sobre el que ésta se asentaba46. Para ello
propusieron una serie de remedios formulados en un economicismo racionalista y empirista,
que sin embargo estaban destinados a solventar la crisis financiera del régimen estamental con
el que los defensores de esta doctrina se identificaban. Por decirlo en los términos de Marx:
“La Fisiocracia es, de forma directa, la disolución económico-política de la propiedad feudal,
pero por esto, de manera igualmente directa, la transformación económico-política, la
reposición de la misma, con la sola diferencia de que su lenguaje no es ya feudal sino
económico”47
En este lenguaje los Fisiócratas construyeron la que puede ser considerada como la primera
teoría económica moderna, cuyas potencialidades sólo pudieron ser exploradas por quienes
desarrollaron su pensamiento en contextos sociales que estaban transitando hacia el
industrialismo. Fueron precisamente estos autores, como a continuación veremos, los que
atribuyeron al trabajo humano una potencialidad creativa hasta entonces desconocida.
3- TRABAJO Y SOCIEDAD DE MERCADO. A. SMITH Y D. RICARDO: EL TRABAJO COMO
ORIGEN Y REPRESENTACIÓN DE LA RIQUEZA
Adam Smith y David Ricardo desenvolvieron su pensamiento en un periodo comprendido entre
el siglo XVIII y el primer tercio del siglo XIX, cuando su país, Inglaterra, comenzaba a
industrializarse. Sus reflexiones se vertieron en el momento preciso en que comenzaban a
conformarse las modernas sociedades de mercado, sociedades para las que la producción
orientada hacia el mercado se convertirá en el principal indicador de la riqueza. El trabajo, al
ser concebido como la actividad humana esencial sin la cual no se produciría la regeneración
continuada del flujo de dicha riqueza, alcanzará en el contexto de este pensamiento el primer
rango en la escala de las ocupaciones humanas.
Fue A. Smith (1723-1790) quien primero se aventuró a analizar el trabajo desde la perspectiva
antes señalada. En su conocida obra sobre el origen de la riqueza de las naciones48 consideró
que era por medio de esta actividad como se producían y se valoraban todas las riquezas. En
su opinión, “el valor de cualquier bien, para la persona que lo posee y que no piensa usarlo o
consumirlo, es igual a la cantidad de trabajo que puede adquirir o de que puede disponer por
mediación suya”49. Valor que únicamente se origina en el esfuerzo laboral que realizan los
seres humanos para producir aquellos bienes. Ahora bien, no todos los trabajos tienen la
misma capacidad de trasladar un determinado valor a los bienes que producen. En concreto,
sólo tienen esta facultad las ocupaciones laborales que aumentan el precio de los bienes que
fabrican, creando así nuevos valores susceptibles de ser otra vez reinvertidos. Al primer tipo de
trabajo, “por el hecho de producir valor, se le llama productivo; al segundo, improductivo”50. En
otros términos, son improductivos los trabajos que no producen valores de cambio y
productivos los que sí lo hacen. Smith es partidario de reducir al mínimo la cantidad de los que
se ejercitan en los primeros, y de aumentar, por el contrario, el número de los que se emplean
en los segundos51.
En resumen, en la teoría smithiana el trabajo aparece reificado por ser simultáneamente la
representación y el origen de la riqueza que se genera en el ámbito de la economía de
mercado. Desde el primer punto de vista, el trabajo sería la medida universal que permitiría
apreciar y comparar el valor de las distintas mercancías, ya que “en toda época y
circunstancias es caro lo que resulta difícil de adquirir o cuesta mucho trabajo obtener, y barato
46 Meek, R.L: La Fisiocracia. Ariel. Barcelona. 1975; op cit: p 263
47 Marx, K: Manuscritos de economía y filosofía. Alianza Editorial. Madrid. 2001; op cit: p 133 (Las cursivas son del
autor)
48 Smith, A: Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. FCE. México. 1997
49 Smith, A: Investigación...op cit: p 31
50 Ibid; op cit: p 299
51 Ibid; op cit: pp 300 y ss
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lo que se adquiere con más facilidad y menos trabajo...”52. Desde el segundo punto de vista,
únicamente por medio del trabajo productivo se transfieren y se multiplican los valores de los
distintos objetos en la esfera de la circulación capitalista. En fin, a partir de Smith el esfuerzo
laboral, en otro tiempo considerado degradante y atroz por las penalidades físicas que
conllevaba, se convertirá en la potencia humana esencial que transforma incesantemente unos
bienes en riquezas con el propósito de producir nuevas riquezas.
No obstante, este doble carácter del factor trabajo, que lo convertía a un tiempo en medida de
cambio y fuente de valor, pronto se reveló problemático. En efecto, si el trabajo funcionaba
como medida universal para estimar las distintas mercancías, ¿cómo podía ser él mismo una
mercancía? Esta paradoja la abordará David Ricardo en el seno de su propia teoría económica.
El pensamiento económico de David Ricardo (1772-1823) se detiene precisamente en la citada
paradoja, a la que tratará de dar respuesta. En su opinión, Smith había utilizado un mismo
concepto de trabajo, aunque referido a realidades de distinta naturaleza. En efecto, no es lo
mismo concebir el trabajo como una actividad creadora de valor, que entenderlo como una
unidad de medida universal. Desde ambas perspectivas se está pensando en cantidades de
trabajo, aunque de un carácter bien diferente:
“La primera es en muchas circunstancias una medida estable, que indica correctamente las
variaciones de otras cosas; la segunda está sujeta a las mismas fluctuaciones que las
mercancías que se comparan con ella”53
El error de Smith había sido, según Ricardo, haber identificado valor y riqueza, sin reparar en
que “el valor difiere esencialmente de la riqueza, pues aquél no depende de la abundancia,
sino de la facultad o facilidad de producción”54. Dicho de otro modo, lo que determina
esencialmente el precio de una mercancía es la cantidad de esfuerzo laboral humano que se
requiere para producirla. En este contexto se produce la separación definitiva, que en Smith
todavía no se había consumado, entre trabajo y valores de uso. Efectivamente, la actividad
laboral ya no es tan importante porque provea a los seres humanos de los objetos útiles y
necesarios para la vida, sino fundamentalmente porque sólo mediante dicho esfuerzo pueden
ser apreciadas y valoradas las distintas mercancías. Por decirlo en términos simmelianos, todo
valor se originará a partir de ahora en el sacrificio laboral55. Sólo mediante este sacrificio será
posible vencer una necesidad que acucia permanentemente al ser humano.
Ricardo resolvía de este modo la contradicción smithiana: el trabajo no era en ningún caso una
mercancía, sino la actividad que confería valor a todas las mercancías. Este carácter del
trabajo, que lo convertía en la potencia creativa por excelencia del ser humano, estaba inscrito
en la esfera de la economía de mercado, por lo que dicha potencia tenía que estar
continuamente activándose para la creación permanente de nuevos valores.
La obra de Ricardo representó uno de los hitos más señalados en el encumbramiento de la
actividad laboral, considerada a partir de ahora como una de las manifestaciones más
importantes de la creatividad humana, creatividad que habría de ser liberada para superar
todos los obstáculos relacionados con el origen social. A dicha actividad se asociarán, por
tanto, las nuevas reivindicaciones de igualdad y libertad que emergieron con los movimientos
revolucionarios de finales del siglo XVIII y el XIX.
4-EL PENSAMIENTO REVOLUCIONARIO FRANCÉS. SIEYÈS: TRABAJO Y CIUDADANÍA
En el verano de 1789, en los prolegómenos de la Revolución Francesa, el abate Emmanuel
Sieyès escribió un famoso opúsculo titulado Qu’est-ce que le Tiers Etat?, en él desarrollaba
una teoría de la representación política articulada en torno a los miembros del Tercer Estado,
sobre los que, en su opinión, debían recaer la totalidad de los derechos políticos, pues eran
ellos los que con sus trabajos más contribuían al sostenimiento y enriquecimiento de la nación
en su conjunto. La nobleza, compuesta por aquellos individuos que a causa de sus distintos
52 Ibid; op cit: pp 33 y ss
53 Ricardo, D: Principios de economía política y tributación. Aguilar. Madrid. 1959; op cit: pp 3 y ss
54 Ibid; op cit: pp 219-220
55 Simmel, G: Filosofía del dinero. Instituto de Estudios Políticos. Madrid. 1977, op cit: p 53
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privilegios heredados se situaban al margen de esta comunidad de productores, tendría que
estar excluida de la nueva nación así constituida. Es como “una nación dentro de otra
nación”56, un cuerpo extraño al que sólo cabe integrar o extirpar.
Frente a aquel entramado de corporaciones con sus distintos privilegios, propias del Antiguo
Régimen, se afirmará ahora la existencia de un único cuerpo político, en el que todos sus
asociados, iguales por naturaleza, trabajarán en común bajo unas mismas leyes que son fruto
de la voluntad de todos sus miembros. Esta unidad política, la nación así constituida, es, en
síntesis, “Un cuerpo de asociados que vive bajo una ley común”57. Cuerpo del que serán
suprimidas todas las diferencias que no procedan de la principal actividad que lo articula, esto
es, el trabajo que todos sus miembros realizan en favor de la colectividad en su conjunto. Las
posiciones sociales serán, en fin, en el seno de esta nueva comunidad política “la recompensa
de los talentos y los servicios reconocidos”58.
El trabajo se conformó así, en el contexto del pensamiento de Sieyès, como la actividad
configuradora por antonomasia de la ciudadanía, aquella ocupación a la que irán asociados la
mayoría de los derechos políticos.
Este discurso tendrá enormes repercusiones en el futuro, ya que será esgrimido por los
distintos movimientos de trabajadores como bandera de entrada en el espacio público. Ya
durante la Revolución Francesa se hizo evidente su influencia entre los Sans Culotte. No
obstante, serán los movimientos socialistas los que extraerán las máximas consecuencias de
esta ideología, al reivindicar, en calidad de trabajadores, aquellos derechos que la Revolución
Francesa había consagrado como inherentes a todos los individuos. Para los socialistas, en
efecto, el trabajo se había convertido en la actividad conformadora de la humanidad y de la
propia sociedad, por lo que entendieron que la igualdad, la libertad y la solidaridad sólo podrían
realizarse plenamente en una sociedad de trabajadores.
5-EL PENSAMIENTO SOCIALISTA. EL TRABAJO, CONFORMADOR DE LA HUMANIDAD Y
DE LA SOCIEDAD
Habitualmente se acostumbra a distinguir entre un pensamiento socialista anterior a Marx y el
marxista propiamente dicho, en función del carácter más utópico59 e idealista del primero
frente al pretendido cientifismo del segundo. No obstante, esta diferencia se revela como
menos importante si la consideramos desde la perspectiva del tema que aquí nos ocupa, la
configuración de la idea moderna de trabajo. En efecto, tanto Marx como los Socialistas
Utópicos coincidieron al estimar que el trabajo era la actividad por medio de la cual se
autoproducía el hombre y la misma sociedad. Desde ambos puntos de vista, se creerá que las
causas de la injusticia y de la opresión tienen su origen en la existencia de sociedades
profundamente desigualitarias, en las que un pequeño grupo de propietarios permanecen
ociosos imponiendo su ley a una masa de trabajadores que nada poseen sino es su propia
fuerza de trabajo. Una situación que el socialista utópico Fourier describirá como “lo contrario a
la justicia y a la razón”60. Su superación sólo tendrá lugar cuando los hombres puedan
producir sus medios de vida de una forma igualitaria y libre a través del acto que los define
esencialmente, el trabajo. “Todo lo que poseemos, todo lo que sabemos- escribe Proudhon-
proviene del trabajo; toda ciencia, todo arte, lo mismo que toda riqueza son debidos al
trabajo”61. “La vida productiva es- en lenguaje marxista- la vida genérica. Es la vida que crea
vida”62.
56 Sieyès, E: ¿Qué es el Tercer Estado? Alianza editorial. Madrid. 1989; op cit: p 96
57 Ibid; op cit: p 90
58 Sieyès, E: ¿Qué es...?; op cit: p 88
59 Como se sabe fue Engels quien calificó por primera vez de utópicos a los socialistas de la primera mitad
del siglo XIX, en el contexto de un artículo publicado en 1880 titulado: “Socialismo: utópico y científico”.
Desde su punto de vista, eran utópicos aquellos pensadores que confiaban en que la sociedad podía ser
transformada únicamente a través de las evidencias y certezas proporcionadas por la razón humana.
60 Citado en: Droz, J: (dir) Historia general del Socialismo (Vol I). Destino. Barcelona. 1976; op cit: p 353
61 Proudhon, J: Oeuvres Choisies. Gallimard. París. 1967 ; op cit: p 245
62 Marx, K: Manuscritos de economía y filosofía. Alianza Editorial. Madrid. 20001; op cit: p 112
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Alrededor de esta actividad deberá, pues, construirse la nueva sociedad que propugnan todos
estos autores. Sociedad que no será más que el producto de la acción laboral coordinada de
unos hombres que pretenden de este modo superar el estadio de miseria material y espiritual
en el que se encuentran. “La sociedad-escribe Proudhon- debe ser considerada como un
gigante de mil brazos que ejerce todos los oficios y produce simultáneamente toda la
riqueza”63. En ella se podrá “elevar la inteligencia del trabajador a las más altas fórmulas de
abstracción y de síntesis”64. En conclusión, el trabajo es “la fuerza plástica de la sociedad”65.
“Construir la sociedad equivale a organizar el trabajo”66.
En este orden social articulado en torno a la acción laboral, podrán realizarse por fin todos
aquellos principios que la Revolución Francesa había enunciado como simples abstracciones
vacías, carentes de sentido para los que sólo disponían del trabajo de su cuerpo y la labor de
sus manos. La desigualdad que había presidido la mayoría de las sociedades históricas, será
ahora sustituida por la igualdad básica entre individuos pertenecientes a una misma comunidad
de productores, individuos que coordinan conjuntamente sus esfuerzos al servicio de un mismo
fin colectivista, incrementar la riqueza de la sociedad y con ella el bienestar de todos sus
miembros. La asociación así constituida se opondrá, por tanto, a “los derechos de sangre e
incluso a cualquier tipo de privilegio”67 que no emane de la realidad humana esencial de la
producción y el trabajo. Si alguna distinción en este contexto social fuese admisible, será la que
proceda del trabajo, hecho básico que origina y articula la verdadera sociedad. En efecto, “en
una cooperación donde todos aportan capacidad y participación...no existe otra desigualdad
que las de las capacidades y la de los esfuerzos”68. Al no haber ya ninguna desigualdad
basada en el nacimiento, los individuos podrán atender a sus necesidades y desarrollarse
personalmente en el seno de sus respectivas ocupaciones laborales con arreglo a sus
potencialidades naturales. En este hecho radicará “la verdadera libertad”, esto es, “en el poder
dado a cada uno de ejercer completamente todas sus facultades y de satisfacer plenamente
todas sus necesidades”69.
En estas circunstancias, desaparecerá todo motivo de desencuentro entre el individuo y la
sociedad, toda vez que ésta aparece como la condición necesaria e imprescindible para el
pleno desarrollo de aquél. Dicho de otro modo, en el nuevo orden societal “cada individuo, no
siguiendo más que su interés personal, servirá constantemente a los intereses de la masa”70.
La solidaridad brotará entonces del núcleo mismo de la colectividad de productores, a la que
todos sus miembros se sienten igualmente vinculados por una misma comunidad de intereses.
Por decirlo al modo de Saint-Simon: “es por la multiplicidad de intereses y de trabajos diversos
cuando la fraternidad de los hombres puede convertirse en un objeto de practica”71. Esta
solidaridad fraterna no es el fruto, pues, de ningún principio moral que se eleve por encima de
la sociedad y al cual todos sus miembros se adhieran con una fe trascendente. Muy al
contrario, nace de las acciones laborales coordinadas que los individuos emprenden para
vencer su estado de necesidad material, dando así lugar a la nueva sociedad, medio a través
del cual los seres humanos convierten aquella situación de necesidad en otra de abundancia y
de desarrollo personal. Esta comunidad es, por consiguiente, la única base posible de todo
orden moral, por ser el ámbito en el que los individuos vinculan sus respectivos progresos a los
de la colectividad. La justicia que aquí impere ya no apelará, pues, a valores trascendentes que
63 Proudhon, J: Oeuvres...op cit: p 99
64 Ibid: De la création de l’ordre dans l’humanité ou Principes d’organisation politique. En: Œuvres
complètes (Vol. V) Ed. Slatkine. Genève. París. 1982 ; op cit: p 340
65 Ibid: Oeuvres choisies; op cit: p 245
66 Ibid; op cit: p 98
67 Cita de Saint-Simon en: Durkheim, E: El Socialismo. Editora Nacional. Madrid. 1982; op cit: p 224
68 Saint-Simon, C.H: L’organisateur. En: Œuvres (Tomo I). Anthropos. Genève. 1977; op cit: p 148.
Algunos autores, como Marx o Louis Blanc, consideraron, sin embargo, que las capacidades laborales no
podían determinar por sí mismas las recompensas, puesto que aquellas formaban parte de una serie de
“privilegios naturales” que harían injustas estas recompensas. A partir de este hecho, ambos pensadores
sentaron la conocida máxima, “De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus
necesidades”. Frase que Marx hizo famosa en su Critica al Programa de Gotha. Intergraf. Guadalajara.
México. 1971; op cit: p 24, pero que, en realidad, ya estableciera L. Blanc. Ver: González Amuchástegui,
J: Louis Blanc y los orígenes del socialismo democrático. SXXI. Madrid. 1989; op cit: p 223
69 Louis Blanc. Citado en: González Amuchástegui, J: Louis Blanc...op cit: p 289
70 Fourier, Ch: El nuevo mundo industrial y societario. FCE. México. 1989; op cit: p 85
71 Saint-Simon, C.H: L’industrie. En: Oeuvres (Tomo I); op cit: p 50
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se impongan por encima de la asociación de productores, sino a otros inmanentes cuyo sentido
emane de la lógica que anima a la colectividad en su conjunto. En concreto, se enuncia que “la
renta de cada uno debe ser igual a su producto”72, “la recompensa debe ser igual a la
pena”73. Cada individuo obtendrá, por ello, “un grado de importancia y de beneficios
proporcionales a su capacidad y a su esfuerzo”74. Ahora bien, para los que, por su menor
capacidad, menos puedan contribuir a esta obra común fraternal en el que se habrá erigido la
futura sociedad socialista, esta máxima moral quedará corregida por aquella otra que
establece: “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”75.
Cuando este estadio por fin se haya alcanzado, la sociedad se estructurará de una forma justa,
esto es, libre, igualitaria y solidaria. Se habrá producido entonces la plena identificación entre
los individuos y la sociedad, toda vez que ésta se habrá convertido en el medio más adecuado
para la plena satisfacción de las necesidades y para el más completo desarrollo de las
capacidades de aquellos. En este contexto de perfecta armonía entre los individuos y la
colectividad, se logrará la completa integración social. Se podrá prescindir entonces de
cualquier forma de gobierno. La sociedad no necesitará ya ser gobernada, sino simplemente
administrada76. “A la centralización gubernativa sucederá por lo tanto la solidaridad
convencional; a las diversas constituciones de poderes públicos la organización de las fuerzas
económicas”77. En este contexto las funciones políticas se disolverán en meras cuestiones de
orden técnico, destinadas a lograr una mayor eficiencia en la organización del trabajo y la
producción, principales actividades públicas en torno a las cuales se organiza la nueva
asociación de laborantes. Cuando esta realidad se haya por fin consumado, la sociedad será
autogestionada más que gobernada, al haber ya desaparecido todas las estructuras políticas
intermedias que mantenía a unos hombres presos de la voluntad de otros. Los individuos no
tendrán entonces que obedecer más que a su propia voluntad, una voluntad que los vincula a
la comunidad de la cual depende su subsistencia física y espiritual.
En resumen, el pensamiento socialista y marxista hizo del trabajo la actividad configuradora de
la humanidad, aquel acto por medio del cual brotaba la verdadera sociedad, aquella en la que
todos los hombres producirían, a través de una acción laboral coordinada, sus medios de vida
de una forma libre, igualitaria y solidaria. Para muchos de estos autores el orden socio-político
ideal será, en fin, una especie de república del trabajo organizado y soberano78, en la que
todos sus miembros atenderían de una forma autónoma y solidaria a todas sus necesidades
sin descuidar por ello el desarrollo de sus capacidades.
Con este discurso tanto el Socialismo como el Marxismo querían dar respuesta a la situación
social creada por la Revolución Industrial. Su lenguaje, aunque adquirió por este motivo un
tono reivindicativo y revolucionario, se vinculaba directamente con la tradición Ilustrada, con la
que compartían el mismo deseo de organizar la sociedad a partir de la sola fuerza del trabajo
productivo. No obstante, mientras que los pertenecientes a aquella tradición representaban a
los propietarios, los Socialistas y Marx actuaban en nombre de los que no tenían más
propiedad que su propia fuerza de trabajo. El triunfo del Liberalismo a lo largo del siglo XIX en
muchos países del viejo continente, situó frente a frente a los integrantes de ambas corrientes
de pensamiento; los liberales, legitimando una comunidad presidida por la iniciativa individual
orientada hacia un mercado creador de valor; los Socialistas, reclamando la transformación
revolucionaria de esta sociedad y sus sustitución por otra vertebrada, no ya por el mercado,
sino por el trabajo colectivo y solidario de todos sus miembros. En las postrimerías del siglo XIX
ambos modelos de sociedad se fueron aproximando gradualmente, cuando los Liberales
comprendieron que el mercado por sí mismo no sólo era incapaz de organizar la sociedad, sino
que acabaría provocando grandes desordenes sociales y, a la postre, la quiebra del orden que
72 Proudhon, P.J: De la justice dans la Révolution et dans l’Eglise. En: Œuvres complètes (Vol III); op cit:
pp 129
73 Ibid: De la création de l’ordre dans l’humanité ou Principes d’organisation politique. En: Œuvres (Vol V) ;
op cit: p 413
74 Saint-Simon, C.H: L’organisateur. En: Oeuvres (Tomo II); op cit: p 151
75 Marx, K: Crítica del Programa de Gotha; op cit: p 24
76 Saint-Simon, C.H: L’organisateur; op cit: pp 156 y ss
77 Proudhon, P.J: Filosofía del progreso. Librería de Alfonso Durán. Madrid. 1868; op cit: p 68
78 Esta era, por ejemplo, la propuesta de Louis Blanc. Ver: González Amuchástegui, J: Louis Blanc y los
orígenes...op cit: p 241
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ellos mismos habían instaurado79. Y los socialistas optaron por posiciones más reformistas
que renunciaban a la transformación revolucionaria de la sociedad en favor de un cambio
democrático progresivo y pacífico. El Socialismo democrático y el Liberalismo acabarán así
convergiendo, desde sus respectivas posiciones ideológicas, hacia un modelo de sociedad
articulada en torno al mercado, en la que se conferirá al trabajo una serie de derechos que lo
convertirán en la base de la moderna ciudadanía.
En este contexto social se desarrollará la obra de Émile Durkheim, que recogerá las principales
aportaciones del Liberalismo y del Socialismo para integrarlas dentro de una sociología que
legitimará la estructura social de las modernas sociedades de mercado, sociedades en las que
el trabajo emergerá como la principal actividad, aquella en la que se apoyará todo el orden
social de las citadas colectividades.
6-LA SÍNTESIS ENTRE LIBERALISMO Y SOCIALISMO. É. DURKHEIM: TRABAJO Y
SOLIDARIDAD SOCIAL
La obra de Durkheim se desarrolla en un momento histórico en el que son claramente
perceptibles las consecuencias del industrialismo. Su sociología nace en buena medida como
un intento de dar respuesta a dichos problemas sociales, sin renunciar para ello a las
aportaciones del Liberalismo y del Socialismo. A mayor abundamiento, Durkheim se planteó la
necesidad de resolver la crisis social generada por la Revolución Industrial incorporando los
valores del Socialismo y del Liberalismo a las estructuras de las sociedades de mercado, unas
sociedades para las que la producción y el trabajo eran las actividades de las que dependía
todo su funcionamiento.
Para ello el sociólogo francés rechazó tanto las propuestas del socialismo más revolucionario,
cuyo ideario pasaba por la transformación radical del orden del mercado, como las del
liberalismo del Laissez faire, que se había mostrado incapaz de estabilizar la sociedad por la
sola acción del mercado y sin apenas intervención del Estado. Durkheim, por el contrario,
integró los postulados fundamentales de ambas corrientes ideológicas, el igualitarismo
socialista y el individualismo liberal, para construir una sociología que integraba estos principios
en el ámbito del orden laboral y productivista de las sociedades de mercado. Visto desde otro
punto de vista, trató de armonizar los valores que desde la Revolución Francesa se habían
identificado con la Modernidad, con aquellos otros pertenecientes al universo social
productivista que había emergido con la Revolución Industrial.
Desde la perspectiva durkheimiana, el desorden social que padecían las sociedades modernas
no era una consecuencia directa del desarrollo del sistema industrial: “¿Por qué tendrían
nuestras sociedades- escribía- necesariamente que ser incapaces de conseguir una relativa
armonía con el sistema económico?” 80 No era, pues, el crecimiento económico por sí mismo
el responsable de la crisis social que afectaba a dichas sociedades, sino la falta de
correspondencia entre este crecimiento económico y el conjunto de normas morales que toda
colectividad necesita para mantenerse integrada. Sin la presencia de estas normas morales, es
decir, de una serie de valores ampliamente admitidos que vinculen voluntariamente a los
individuos a la colectividad, el orden social “no será aceptado más que por obligación y hasta el
día en que se produzca un esperado desquite”81. Se hacía, por tanto, necesario dotar a las
modernas colectividades de una serie de principios en consonancia con su primera actividad, la
producción, y con la ocupación que la hace posible, el trabajo. Se necesitaba, en definitiva, una
reorganización de la sociedad, una verdadera reforma social fundamentada en los postulados
de la nueva ciencia de la sociedad que Durkheim pretendía instaurar. Una ciencia que, en
consecuencia, renunciaba a toda tentación especulativa para no centrarse más que “en la
realidad observable”82, es decir, en la sociedad tal como aparece configurada en el presente,
o, para ser más precisos, en el, hasta ese momento, último estadio de su proceso de
desarrollo. En suma, la tarea que Durkheim se impondrá será el de reordenar la sociedad
79 A.O, Hirschman: Las pasiones y los intereses. FCE. México. 1978; op cit: p 130
80 Citado en: S. Lukes: É. Durkheim. Su vida y su obra. SXXI. Madrid. 1984; op cit: p 534
81 Durkheim, E: Lecciones de sociología. Schapire. Buenos Aires. 1966; op cit: p 16
82 Ibid: La educación moral. Morata. Madrid. 2002; op cit: p 110
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“siguiendo las líneas dinámicas que informan a la misma realidad”83, es decir, teniendo en
cuenta las distintas etapas que la han ido conformando, con el propósito de averiguar que tipo
de organización social más convenía al momento presente.
Este será precisamente el objetivo de su tesis doctoral, La división del trabajo social. Su punto
de partida será considerar que las sociedades modernas estaban en crisis porque su estructura
social, basada en la división del trabajo, ya no se correspondía con un entramado de normas
morales pertenecientes a periodos anteriores de su estadio evolutivo. Se trataría, por lo tanto,
de salvar esta distancia construyendo un conjunto de normas morales más adecuadas al modo
de organización de las citadas colectividades, con el fin de que éstas vuelvan a estar más
cohesionadas e integradas.
De acuerdo con Durkheim, las sociedades modernas habrían progresado desde un periodo,
que se correspondería con las comunidades tradicionales, en el que el trabajo estaba
escasamente dividido, a otro, propio de las sociedades modernas, en donde esta división sería
mucho más importante. En cada una de estas etapas históricas la estructura de las distintas
sociedades estaría en relación con un conjunto de normas morales que las mantendrían
integradas.
Las sociedades tradicionales, en las que las funciones son muy generales sin que exista
apenas ningún tipo de especialización, presentan una estructura social conformada por una
serie de segmentos muy semejantes y afines que generan sentimientos y creencias de la
misma naturaleza que vinculan fuertemente a sus miembros (solidaridad mecánica). A este tipo
social se opondrían las colectividades modernas con una importante división del trabajo,
división que requiere una amplia especialización de funciones y, por consiguiente,
reglamentaciones, normas y valores que cohesionen la nueva realidad social así constituida.
En este contexto el grado de interdependencia existente entre los individuos que realizan las
distintas funciones sociales, debe ser proporcional al desarrollo que pueden lograr estos
mismos individuos en su particular desempeño. La solidaridad, el lazo que une a los individuos
a la colectividad, que en este caso es conceptualizada por Durkheim de orgánica, es aquí
diferente. En efecto, en estas sociedades:
“...de una parte, depende cada uno tanto más estrechamente de la sociedad cuanto más
dividido está el trabajo, y, por otra parte, la actividad de cada uno es tanto más personal cuanto
está más especializada”84
Ahora bien, lo que Durkheim observa en las sociedades modernas es que la principal actividad
que las articula, el trabajo, no produce la deseada solidaridad, ya que sus miembros no se
sienten motivados para ejercerlo. “Para que la división del trabajo produzca la solidaridad-
escribe- no basta...que cada uno tenga su tarea; es preciso, además, que esta tarea le
convenga”85. No obstante, lejos de experimentar satisfacción alguna en el desempeño de
dichas tareas, “para la mayor parte de los hombres es esta una virtud insoportable” que los
lleva a anhelar “la ociosidad de los tiempos primitivos”86. En estas condiciones, ante la falta de
correspondencia entre una estructura social basada en la división del trabajo y unos
sentimientos morales que rechazan la principal actividad en la que esta realidad se
fundamenta, las sociedades modernas se ven abocadas a una crisis sin freno que pudiera
precipitar el desorden y, finalmente, su desintegración definitiva.
Se hacía imprescindible, pues, resolver esta situación de acuerdo con los presupuestos
epistemológicos de la nueva ciencia social. Era preciso construir una reglamentación moral en
consonancia con los fines de la sociedad industrial y con los valores proclamados por la
Modernidad. Se requería, en fin, una obra social en la que estos valores encontrasen respuesta
en las ocupaciones laborales, actividad sobre la cual se erigía todo el orden social de estas
comunidades. Para que así fuese, estas funciones tenían que aparecer como el lugar
privilegiado en el que los individuos pudiesen desarrollar todas sus capacidades en
cooperación igualitaria con sus semejantes. Este hecho:
83 Citado en: Prólogo de R. Ramos Torre a É. Durkheim: El socialismo; op cit: p 41
84 Durkheim, É: La división del trabajo social. Akal. Madrid. 1995; op cit: p 154
85 Ibid; op cit: p 440
86 Ibid; op cit: pp 280-81
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“supone, no sólo que los individuos no son relegados por la fuerza a funciones determinadas,
sino, además, que ningún obstáculo, de cualquier naturaleza que sea, les impida ocupar en los
cuadros sociales el lugar que está en relación con sus facultades naturales”87
En suma, para que la libertad y la igualdad adquieran sentido en las sociedades modernas, las
funciones laborales tendrán que estar en relación con las capacidades y los talentos de
quienes las desempeñan. Por decirlo en los términos de Durkheim, cuando “las desigualdades
sociales expresen exactamente las desigualdades naturales”88. En síntesis, lo que constituye
la esencia de la libertad y de la igualdad en una sociedad moderna “es la subordinación de las
fuerzas exteriores a las fuerzas sociales”89, subordinación que:
“tiende a borrar, a despojar de toda sanción social, las desigualdades físicas, materiales, que
dependan del azar del nacimiento, de la condición familiar, para dejar en pié sólo las
desigualdades de mérito”90
Esta libertad y esta igualdad impedirían, en definitiva, que ninguna circunstancia extraña a la
capacidad demostrada en el ejercicio profesional obstaculice el progreso de los individuos en la
sociedad.
Cuando este estadio se alcance desaparecerá cualquier atisbo de conflicto entre los individuos
y la colectividad, toda vez que ésta emergerá como el único espacio posible en el que aquellos
podrán desarrollarse en condiciones de igualdad con sus semejantes. La sociedad se
consagrará de este modo como un ámbito de relaciones armónicas y solidarias de la que
emanará toda la vida moral: “Haced que se desvanezca toda la vida social- escribe Durkheim
contundentemente- y la vida moral se desvanecerá al mismo tiempo, careciendo ya de objeto a
que unirse”91. Nada existe, pues, más allá de la sociedad; de ella procede todo el significado
de la vida colectiva. No obstante, es esta una realidad que no se impone de forma irracional y
coactiva sobre los que a ella pertenecen:
“No hace depender nuestra actividad de fines que no nos tocan directamente; no hace de
nosotros los servidores de poderes ideales y de naturaleza distinta a la nuestra...Sólo nos pide
ser afectuosos con nuestros semejantes y ser justos, cumplir bien nuestra misión, trabajar en
forma que cada uno sea llamado a la función que mejor pueda llenar, y reciba el justo precio a
sus esfuerzos”92
De este modo Durkheim daba cumplimiento a todo un programa social, cuyo propósito era
resolver la crisis que afectaba a la sociedad industrial. Su proyecto pasaba por integrar los
principios que la Modernidad había consagrado como parte fundamental de su ideario socio-
político, en el orden productivo de las sociedades de mercado. En este contexto hizo del
trabajo, actividad principal para el funcionamiento de dicho orden, la base misma de la
sociedad, el elemento a partir del cual ésta se estructuraba de forma legítima con arreglo a los
valores que la Modernidad había sancionado. Precisamente por eso, por haber concebido un
proyecto socio-político amparado en los presupuestos epistemológicos de la nueva ciencia
sociológica en el que los valores inherentes a la Modernidad, es decir, la libertad, la igualdad y
la solidaridad, encontraban acomodo en el espacio productivo de la sociedad industrial, la obra
de Durkheim recibió el apoyo institucional de la Tercera República Francesa. Por todo ello el
éxito de su obra corrió en parte paralelo al de dicho programa político, un programa que
también se proponía armonizar el proyecto socio-político de la Modernidad con el de las
sociedades de mercado93.
87 Ibid; op cit: pp 442-43
88 Ibid; op cit: p 443
89 Ibid; op cit: p 453
90 Ibid: Lecciones de sociología. Miño y Dávila. Buenos Aires. 2003; op cit: p 280
91 Ibid: La división del trabajo...op cit: p 468
92 Ibid; op cit: p 478
93 Ver: Prólogo de R. Ramos Torre a: É. Durkheim: El socialismo; op cit: pp 11 y ss. También: C. Moya: Sociólogos y
sociología. SXXI. Madrid. 1970; op cit: pp 81 y ss
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CONCLUSIÓN: SOCIEDAD DEL TRABAJO Y MODERNIDAD
El pensamiento de Durkheim supuso la culminación de un discurso que durante tres décadas
había hecho del trabajo el centro de todas las actividades públicas. La legitimidad de las
actuales sociedades de mercado ha dependido en buena medida de la asunción de este
discurso. En efecto, las imágenes que del progreso, la igualdad, la libertad o la justicia social se
han hecho estas sociedades no serían comprensibles desvinculadas del trabajo, actividad que
de modo principal las vertebra a todas ellas. Visto desde otro punto de vista, la legitimidad del
orden social de las modernas sociedades industriales puede verse más o menos erosionado en
función de si los individuos perciben que sus posiciones sociales se corresponden más o
menos con sus capacidades y méritos laborales. El mundo del trabajo se ha erigido, pues, en el
seno de estas sociedades como un escenario privilegiado en el que los individuos aspiran a ver
realizados todos los valores que la Modernidad había anunciado.
Ahora bien, si algo caracteriza en la actualidad a estas sociedades es la falta de trabajo y el
incremento de la precariedad laboral. “Nos enfrentamos- había escrito Hannah Arendt a
mediados del siglo XX- con la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo”94. Si la
actividad que estructura y cohesiona de forma legítima a las sociedades modernas se hace
cada vez más insegura e inestable para un número cada vez mayor de sus miembros, ¿no se
erosionará aquel conjunto de representaciones que el pensamiento moderno había asociado a
la esfera del trabajo, y, por tanto, la legitimidad del orden social que en ellas se apoyaba?
¿Encuentran en esta realidad sentido algunos de los nuevos discursos que en la actualidad
están emergiendo en la esfera del trabajo? Estas preguntas, que cierran el presente artículo,
pretenden sugerir nuevas respuestas que nos acerquen un poco más a la comprensión de las
sociedades tardo-modernas.
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94 Arendt, H: La condición Humana. Paidós. Barcelona. 1998; op cit: p 17
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Weulersse, G: Le mouvement physiocratique en France (2 tomos). Mouton. Holanda. 1968
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... Sobre el sentido del trabajo en la flexibilidad laboral en Medellín, Colombia Sobre la definición del trabajo y la transformación de su escenario actual Con relación a la mentalidad que se tiene acerca del trabajo (Durán, 2006;Meda, 2007), se considera que fue el resultado de un proceso histórico que se dio en el occidente de Europa en los siglos XVI y XVII, en medio de transformaciones sociopolíticas que dieron origen al mundo moderno. Anteriormente a estos siglos, las actividades productivas eran de carácter privado y no eran muchas. ...
... Las actividades y tareas se enfocaban en resolver las necesidades que surgían de los imperativos de la vida, por lo que las ocupaban posiciones inferiores en la sociedad. Por esta razón se afirma que en estas sociedades no hay un término concreto para referirse a esta parte de la realidad y a un campo singular de la experiencia humana, como se nombra hoy con el término trabajo (Durán, 2006). ...
Article
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Para la elaboración de este artículo se realizó una investigación cualitativa, mediante entrevistas a trabajadores, profesionales de las ciencias sociales y responsables de gestión humana. Se efectuó análisis de contenido y triangulación de la información. Como resultados se encontró que los trabajadores operativos perciben una mejora al pasar del sector informal al temporal formal; los profesionales señalan una pérdida en la certidumbre y nivel de vida esperado; señalan que el Estado se centra en la formalización del empleo enfocada en la sostenibilidad del sistema de protección social y generación del empleo, descuidando su calidad, con ineficiente regulación de la legislación laboral; las empresas utilizan la flexibilidad para ser competitivas, disminuir problemas de manejo de personal, sumado al desinterés por retener al personal y por los efectos adversos como la discriminación y cosificación de los trabajadores.
... Por tanto, contar con un trabajo se relaciona con una serie de motivaciones, las cuales se vinculan con la actividad misma del trabajo. Ya no es solo hacer el trabajo de forma mecánica, asumir un tiempo para poderlo hacer, sino también una serie de vínculos como las relaciones sociales que se gestan cuando se realiza un trabajo, la satisfacción de haber realizado una labor que se considera gratificante, el crecimiento personal, entre otras (Durán, 2006b;De la Garza, 2007Woodward, 2008). Por ende, se valora a quien trabaja, así como el tipo de trabajo y dónde se realiza. ...
Thesis
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Introduction. The research was framed in the context of the transformation of work, especially the located in the academy. Their focus was the analysis of the configuration of the meaning of work and the sense of the profession in a group of Colombian university teachers. It was conducted in two parts: a theoretical framework and an empirical study. The first was to construct a general approach to work and a description of changes in their conditions of implementation, as well as their relationship with the labor wellbeing. On this basis, it was analyzed the metamorphosis of the university, especially the emergence of academic-capitalism, and also their impact on the meaning of work and the sense of the profession of teaching and research, understood in terms of academic professionalism. Method. Quantitative data were collected through a questionnaire assessing working conditions, workload, work wellbeing, burnout and engagement: for empirical study, a mixed design that allowed the combination of different data collection techniques applied. This questionnaire was administered to groups of teachers from various Colombian universities chosen by criterion of theoretical representativeness. Qualitative information was obtained through two ways: First, through a series of open questions in the same questionnaire. These include which invites participants to define their work experience with five keywords. These data were supplemented with information obtained through a semistructured group interview. To study the quantitative data were applied descriptive statistics and correlation analysis. For the treatment of qualitative information they were used techniques of textual analysis and content analysis, as well as maps of association of ideas. Results. The surveyed professionals expressed numerical moderate satisfaction with their working conditions at the academy. This view was corroborated and nuance to the lexical and textual information. The information obtained from teachers investigated showed some general trends to the configuration of the meaning of academic work in flexible working conditions. Among the salient elements of this configuration highlighted some discomfort associated with the perception of work overload, of precarious contractual conditions and loss of identity links with academia. This was especially reflected through correspondence analysis and content analysis of maps of association of ideas. Moreover, correlation analysis found positive components of sense of profession, most notably those relating to commitment, dedication and engagement to academic work and a remarkable sense of professionalism associated with the teaching vocation. Conclusions. The correspondence analysis showed a configuration of the meaning of work and the meaning of the academic profession which included two opposing sides: wellbeing and discomfort. The investigated Colombian university teachers thought their work and profession on the one hand in terms of personal fulfillment and responsible exercise in teaching and research. And on the other they were concerned by the fragmentation of their work and the pressure to compete, especially in the field of research, due to requirements of the new academic management. This tension between the sense of the profession and the imperatives of the new academic order was lived as a source of psychosocial stress affecting one's quality of working life and quality of work performed. These observations indicate a need to prevent problems and challenges which should be addressed.
... Su división social le otorgaría el valor de facilitador de solidaridad y fuente de progreso. La sociedad salarial (Castel, 1997) ampliaría su dimensión, complejizando su contenido, hasta glorificarlo (Arendt, 1993) como la "fuerza plástica de la sociedad", planteándose que construir sociedad equivaldría a organizar el trabajo (Proudhon, P. J. citado en Durán 2006 La Sociedad del Trabajo lo considera como una combinación entre mercado y ocupación, situándolo como actividad central del ser humano y construye a partir de él el modelo de sociedad actual (Köhler y Artiles, 2010), siendo instrumento de reconocimiento y medio de participación social plena. Las principales instituciones sociales -familia, empresas, legislación-y la estructura temporal y espacial social y vital, se articulan para soportar esta forma de trabajo social. ...
Article
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La relevancia económica del trabajo ha supuesto que su mercado se haya analizado desde todas las corrientes económicas. Desde mediados del siglo pasado, marxistas, keynesianos, estructuralistas y, especialmente, institucionalistas y estructuralistas latinoamericanos, han rechazado con rotundidad las hipótesis sostenidas por los clásicos, construyendo con sus aportes el enfoque de los mercados de trabajo segmentados. Un robusto marco teórico que integra las visiones sistémicas del proceso económico, interpretando la realidad desde las instituciones, la cultura, la historia o el proceso de producción para explicar las diferencias en salarios y condiciones laborales entre trabajadores de un mismo espacio socioeconómico y en un mundo globalizado. Este artículo pretende presentar el profundo desarrollo de este enfoque heterodoxo que han permitido explicar las desigualdades que presentan los mercados de trabajo y los desafíos a los que se enfrenta en la actualidad.
... Por tanto, contar con un trabajo se relaciona con una serie de motivaciones, las cuales se vinculan con la actividad misma del trabajo. Ya no es solo hacer el trabajo de forma mecánica, asumir un tiempo para poderlo hacer, sino también una serie de vínculos como las relaciones sociales que se gestan cuando se realiza un trabajo, la satisfacción de haber realizado una labor que se considera gratificante, el crecimiento personal, entre otras (Durán, 2006;De la Garza, 2007. Por ende, se valora a quien trabaja, así como el tipo de trabajo y dónde se realiza. ...
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En los estudios realizados por las ciencias sociales acerca del trabajo se encuentra una diversidad de enfoques, metodologías y niveles de análisis desde diversas perspectivas como la económica, histórica, social y psicológica. La evolución del constructo ha ido desde la distinción entre labor y trabajo hasta considerarla como actividad degradante, castigadora o, por el contrario, dignificante, ubicándose en un espacio central en la vida de los individuos. Este artículo de revisión aborda el fenómeno del trabajo desde una perspectiva histórica, ubicando definiciones y la configuración del concepto, desde la época grecorromana hasta la década de los años setenta del siglo XX. Se recalcan condiciones constitutivas de la configuración de significado como son la escala de valores, las circunstancias, el contexto y la socialización con el trabajo. El porqué se trabaja y la importancia de trabajar hacen parte de la configuración del significado del trabajo presentada en esta revisión.
... Lo anterior provocó un cambio de mentalidad, se generó una inversión de las capacidades humanas, los individuos dejaron de ser pasivos, y activamente buscaron transformar su realidad, ocasionando que los hombres comenzaran a "ser estimados por los esfuerzos realizados para transformar la naturaleza en su propio beneficio y el del conjunto de la sociedad" (Durán, 2006: 2). El trabajo fue concebido a partir de ese momento como fundamental en la búsqueda de un orden social guiado por la razón y, de esa manera, como el motor del progreso (Bauman, 2015;Durkheim, 2002), que a su vez, dignificaría a los seres humanos (Durán, 2006). ...
... Por tanto, contar con un trabajo se relaciona con una serie de motivaciones, las cuales se vinculan con la actividad misma del trabajo. Ya no es solo hacer el trabajo de forma mecánica, asumir un tiempo para poderlo hacer, sino también una serie de vínculos como las relaciones sociales que se gestan cuando se realiza un trabajo, la satisfacción de haber realizado una labor que se considera gratificante, el crecimiento personal, entre otras (Durán, 2006;De la Garza, 2007. Por ende, se valora a quien trabaja, así como el tipo de trabajo y dónde se realiza. ...
Thesis
This dissertation traces the changing cultural representations of dispossessed and displaced workers in 20th and 21st-century Spanish society. I concentrate on the figures of the migrant worker, the unemployed laborer, and the striker, with a critical interest in how their discursive montages, both literary and filmic, are articulated. I orient my focus towards film montage and literary composition and examine how they juxtapose (select, join, and order) the different sections of the discourse that produce a specific temporal and spatial structure. I analyze the montages that explicitly make visible the discursive articulations of exploitation and resistance labor during the 30s, 60s/70s, and 2000s in Spain. Rates of migration, unemployment and social conflicts during these three periods rose dramatically in response to transformations in the labor paradigm of production (from Fordism to Post-Fordism) triggered partially by international economic crises. Cultural genres that mostly reflected these changes in Spanish society were documentaries and social realism narratives. These genres challenged traditional discourses in order to trace a social reality that was changing and required different categories of conceptualization. Through an analysis of works of these genres, I identify one main type of montage that characterizes discursivities of emancipation in each historical period studied: the pedagogical during the Second Republic, the militant during Francoist dictatorship, and the spectral in 2007/8 recession. I adopt the concept of inoperative or unworked (désoeuvrée) from the philosopher Jean-Luc Nancy and his essay The Inoperative Community (1986) in order to rethink how the logic of productivity and utility is denaturalized and disarticulated. These inoperative cultural representations juxtapose heterogeneous spaces and temporalities in their montages in order to interrupt a discursivity that reproduces the modern capitalist temporality of progress criticized by Walter Benjamin. Each chapter focuses on a specific figure of the inoperative worker as represented across these three periods. Chapter One, "The Migrant Laborer," explores the worker’s alienation resulting from the status of foreigner in an analysis of Imán (1930) by Ramón J. Sender, Galicia (1936) and Romancero marroquí (1939) by Carlos Velo, El largo viaje hacia la ira (1969) by Llorenç Soler, Vikingland (2011) by Xurxo Chirro, and Edificio España (2012) by Víctor Moreno. Chapter Two, "The Unemployed Laborer," examines how the subjectivity of debt/guilt is structured through the analysis of Las Hurdes (1933) and Viridiana (1961) by Luis Buñuel, No se admite personal (1968) by Antonio Luchetti, Queridísimos verdugos (1977) and Casas Viejas (1997) by Basilio Martín Patino, El taxista ful (2005), by Jordi Soler, and En la orilla (2013) by Rafael Chirbes. Chapter Three, "The Striking Worker," explores the interruptions of the capital cycle of economic retribution led by working class struggles in order to stop the temporality of progress which I understand as a productivity aimed toward accumulation. For this purpose, I analyze the collectivization of the film industry by anarchists (1936-1938), Tea Rooms. Mujeres obreras (1934) by Luisa Carnés, O todos o ninguno (1975-76) by Helena Lumbreras, and La trabajadora (2014) by Elvira Navarro. Because remnants of these discursive articulations continue to shape our understanding of working life in the current age of globalization, the aim of this research is to explore how these representations of laboring life provide a cultural perspective on the transformation of the modern concept of work focusing in the gap between the industrial and postindustrial eras and its grievances.
Article
Aquí nos ocupamos de los discursos teóricos sobre el derecho al trabajo emitidos por los primeros socialistas utópicos durante la primera mitad del siglo XIX. Más concretamente, rescataremos una idea que nos resulta especialmente sugerente: la fundamentación iusnatural con la que justificaron la legitimidad de este derecho. Ante este objetivo, ofreceremos una previa contextualización dirigida a hacer ver la trascendencia adquirida por el derecho al trabajo en esta época. Seguidamente, incorporamos los argumentos principales que sostienen esta fundamentación iusnaturalista, deteniéndonos con más detalle en las aportaciones de Charles Fourier, continuando, finalmente, con la reformulación del discurso fourerista que hicieron otros pensadores del periodo.
Book
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O livro integra um conjunto de indicadores analíticos que permitem analisar o impacto da escolarização nos padrões de empregabilidade, bem como uma reflexão sobre a transformação da sociedade do trabalho, as transformações ocorridas no mundo da educação e o impacto da sociedade de consumo gerador do novo ethos juvenil. De uma forma mais específica, analisaram-se os seguintes aspetos: - as condições nas quais o trabalho é executado; - os níveis de rendimento obtido do trabalho; - a satisfação com o trabalho e com os rendimentos obtidos; - as motivações dos jovens para mudar de trabalho e de profissão; - a perceção dos jovens sobre a adequação da formação escolar que obtiveram para atingirem os objetivos exigidos pelo mercado de trabalho; - a importância percebida da educação na formação para a vida; - a importância da educação para obter um bom trabalho e para ter bons rendimentos; - o impacto da escolarização nos padrões de empregabilidade, especialmente na inserção profissional objetiva dos jovens. Respondemos a estas questões por meio da realização de um estudo junto a uma amostra de 644 jovens residentes no município de Braga. O estudo foi realizado entre Novembro e Dezembro de 2012. Este livro apresenta os resultados obtidos, contextualizando-os na dinâmica da transformação das relações de trabalho nas sociedades contemporâneas, tentando identificar o papel desempenhado pela escolarização nas diversas manifestações da inserção profissional dos jovens estudados.
Article
Cuando el trabajo era lo opuesto a la moral En todas las comunidades preindustriales que conocemos, estudiadas por histo-riadores y antropólogos sociales, el trabajo jamás fue concebido como un aspecto fundamental de la vida colectiva. Ninguna de estas sociedades se estructuró en torno a esta actividad, ni tampoco se consideró que los esfuerzos humanos de este tipo, encaminados a satisfacer necesidades humanas de distinta índole, compor-tasen por sí mismos alguna clase de mérito o prestigio que confiriese al trabajo un determinado valor moral. Los trabajos clásicos de Sahlins (1983 [1972]) y Malinowski (1973 [1922]) sobre los pueblos cazadores-recolectores y las comunidades agrícolas tradicionales de las islas Trobiand, en Nueva Guinea, así lo han puesto de manifiesto. A esta misma conclusión ha llegado Karl Polanyi (1989 [1944]), para quien tampoco existía en es-tas comunidades una esfera particular de la vida humana cuyo sentido se constru-yese a partir de estas actividades. La misma afirmación es válida con respecto al mundo clásico. En efecto, ni en Grecia ni en Roma fue valorado el trabajo especialmente. Como prueba de su escasa consideración, podemos decir que nunca existió ni en griego ni en latín una sola pala-bra para referirse a este particular campo de la experiencia humana (Finley, 1974; Ver-nant, 1985). Jamás se llegó a la conclusión de que las distintas acciones laborales pudie-sen engendrar algún tipo de realidad social superior, o que trabajando los hombres pu-diesen perseguir fines de carácter elevado. Recuérdese la sentencia de Juvenal: "Con-sidérese el mayor pecado preferir la mera existencia al honor, y para vivir perder las ra-zones de la vida" (citado en Veblen, 2004: 67). Por el contrario, el trabajo estaba confina-do al ámbito de lo privado, oculto a la mirada pública, como actividad que sólo atendía a necesidades de orden biológico que degradaban al hombre hasta igualarlo con el res-to de los animales (Arendt, 1998: 49 y ss). 1 Cuando trabajaban, se consideraba que los hombres estaban sometidos al dominio de sus semejantes, lo que representaba para esta mentalidad la pérdida más absoluta de todas las libertades. Por este motivo Aris-tóteles afirmará que "la ciudad mejor no hará ciudadano al obrero…, sino a aquellos que estén exentos de los trabajos necesarios" (Aristóteles, 2004: 214). En la Edad Media continuó manteniéndose una parecida valoración del tra-bajo. Ni la herencia clásica, que había recibido e integrado el mundo medieval, ni el cristianismo, que constituía la ideología dominante de este periodo, colaboraron SOCIOLOGIA, PROBLEMAS E PRÁTICAS, n.º 56, 2008, pp. 129-148 1 De hecho, tal como nos recuerda Hannah Arendt, ya la propia etimología del término privado evoca la condición del que no podía participar en los asuntos públicos, que eran los que verda-deramente conferían prestigio y consideración, por tener que atender a su sustento y al de su fa-milia (Arendt, 1998: 49 y ss).