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Abstract and Figures

The case of the anthropogenic nature of Andean ecosystems is discussed in the framework of treeline dynamics in selected sites of Ecuador. Indicators of human impact, both direct and indirect, are used as evidence of the needs to develop a more appropriate science for neotropical mountains, tuned with the special conditions of tropical Andean environments. Generalizations of tropical ecological dogmas (i.e., soil compaction, soil fertility, high productivity, high temperature and humidity, nature pristine) to the mountain environment generated misconceptions of Tropandean systems as special cases of lowland rain forest ecology. Generalizations of temperate dogmas (i.e., treeline dynamics, cloud base formation, seasonality, stress gradients, conurbation and equistic forces) to the mountain environment generated misconceptions of Tropandean systems as special cases of altitude/latitude geoecological correlations. More research from the ethnobiological and ecological front is needed to better comprehend the intricate functioning of neotropical mountains, particularly the cloud forest belt, presented as the most threatened ecosystem facing the sustainability scenario.
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ECOTROPICOS 15(2):129-146 2002
Sociedad Venezolana de Ecología
IMPULSORES DE CAMBIO DEL PAISAJE: DINAMICA DE LAS LINEAS DE
ARBOLES EN LA MONTOLOGIA NEOTROPICAL
HUMAN DRIVERS OF LANDSCAPE CHANGE: TREELINES DYNAMICS
IN NEOTROPICAL MONTOLOGY.
Fausto O. Sarmiento
Facultad de Diseño Ambiental y Oficina de Educación Internacional,Universidad de Georgia,
200 Barrow Hall, Athens, Georgia 30602, EE.UU.
URL: http://www.uga.edu/oie/sarmiento.html; E-mail: fsarmien@uga.edu
RESUMEN
La naturaleza antropogénica de los ecosistemas andinos se discute con el marco de la dinámica de la línea de árboles en sitios
seleccionados del Ecuador continental. Tanto los indicadores directos cuanto los indirectos del impacto humano se utilizan
como evidencias para aproximar una ciencia más propicia para el estudio de las montañas neotropicales, enfocadas a las
condiciones especiales de los ambientes tropandinos. La generalización de los dogmas de ecología tropical (i.e., compactación
del suelo, fertilidad, gran productividad, altas temperatura y humedad, la naturaleza prístina) sobre los ambientes de montaña
generó malos entendidos de los sistemas tropandinos como casos especiales de la ecología del bosque lluvioso tropical. La
generalización de los dogmas de ecología templada (i.e., dinámica de línea de árboles, formación de la base de las nubes,
estacionalidad, gradientes de tensión, conurbación y fuerzas equísticas) sobre los ambientes de montana generó malos entendidos
de los sistemas tropandinos como casos especiales de correlaciones geoecológicas altitudinales. Mayor investigación en el
frente ecológico y etnobiológico ayudará a comprender el complejo funcionamiento de las montañas neotropicales, especialmente
en el cinturón de selva nublada, el escenario más frágil que enfrenta la sustentabilidad de montañas.
Palabras clave: sucesión ecológica arrestada, paisajes antropogénicos, restauración ecológica, selvas tropandinas, Andes
tropicales, Ecuador.
ABSTRACT
The case of the anthropogenic nature of Andean ecosystems is discussed in the framework of treeline dynamics in selected
sites of Ecuador. Indicators of human impact, both direct and indirect, are used as evidence of the needs to develop a more
appropriate science for neotropical mountains, tuned with the special conditions of tropical Andean environments.
Generalizations of tropical ecological dogmas (i.e., soil compaction, soil fertility, high productivity, high temperature and
humidity, nature pristine) to the mountain environment generated misconceptions of Tropandean systems as special cases of
lowland rain forest ecology. Generalizations of temperate dogmas (i.e., treeline dynamics, cloud base formation, seasonality,
stress gradients, conurbation and equistic forces) to the mountain environment generated misconceptions of Tropandean
systems as special cases of altitude/latitude geoecological correlations. More research from the ethnobiological and ecological
front is needed to better comprehend the intricate functioning of neotropical mountains, particularly the cloud forest belt,
presented as the most threatened ecosystem facing the sustainability scenario.
Keywords: arrested succession, anthropogenic landscapes, ecological restoration, ropandean jungles, Tropical Andes, Ecuador.
INTRODUCCION
La teoría de los asuntos de montaña se ha
resumido recientemente en un compendio del estado
del arte del conocimiento (Messerli y Ives1997,
Sarmiento 2003). En su capítulo final se presenta
la necesidad de desarrollar una nueva ciencia de
estudio de montañas, conocida como Montología
(Ives et al.1997), a lo cual los geógrafos y ecólogos
han respondido rápidamente (Smethurst 2000). Sin
embargo, la montología neotropical requiere
redefinirse a la luz de los nuevos paradigmas para
http://ecotropicos.saber.ula.ve
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LINEAS DE ARBOLES EN LA MONTOLOGIA NEOTROPICAL
Obviamente, las líneas de separación
catastral, de propiedades dedicadas a diferentes
usos de la tierra son también perceptibles en casi
todas las provincias anteriores; los así llamados
linderos con frecuencia se identifican al exhibir un
mismo tipo de árboles plantados en hileras, o de
mantener la cubierta de bosque original intocado
para separar las tierras de labor a cada lado de la
línea. Otras líneas evidentes en las montañas
tropandinas son aquellas producidas por obras de
construcción recientes que responden al tipo de
ingeniería de ejes de transportes (i.e, caminos,
carreteras y ejes de transmisión energética
[corredores de alta tensión, oleoductos, gasoductos,
etc]) y que, de hecho, se las ve indistintamente en
todas las provincias del orobioma.
Terminología de la Línea de árboles
Los conceptos de la Línea de árboles de las
montañas son dominio de la geografía física,
meteorología, selvicultura y ecología, con un énfasis
en los factores climáticos y edáficos que influencian
el crecimiento del bosque, limitando la producción
forestal en las latitudes mayores del norte (c.f.:
timberline). El uso de la palabra Línea de árboles
y Línea de bosque en el pasado fue indistinguible;
sin embargo, con la nueva literatura ecológica se
refiere frecuentemente a la Línea de árboles como
el límite altitudinal y la Línea de bosque como el
ecotono latitudinal entre la taiga y la tundra ártica.
Con la analogía de la distribución vegetal desde
los trópicos hacia el polo, la equivalencia de
distribución vegetal desde las llanuras bajas
tropicales hacia las alturas es un argumento
contundente a favor de los cinturones de vegetación
y la apariencia de “pisos altitudinales” en los Andes
tropicales (Troll 1973). Más aún, se cree que en
los trópicos las condiciones ambientales difíciles
son vistas como el factor limitativo para el
crecimiento de los árboles a una altitud dada,
mayormente correlacionada con el umbral de la
temperatura promedio de julio (isoterma de 10°C),
o la localización de la Línea de congelamiento —
conocida como “heladas” (Jeník 1997).
En las latitudes norteñas, y en las laderas que
se exponen al norte, la Línea de árboles ocurre a
una menor altitud (Ives 1978). Además, la
variabilidad de los factores locales a lo largo del
Pleistoceno-Holoceno (e.g., la caída de nieve, la
velocidad del viento, las condiciones de suelo, la
exposición de orientación y el declive de la ladera,
entre otros) parece afectar la fisiología del
las montañas tropicales americanas (Zimmerer
1999, Sarmiento 2000a). El ejemplo más directo
de esta nueva opción se presenta al analizar la
dinámica de la línea de árboles en las montañas
neotropicales (Sarmiento 2002).
La literatura convencional de ecología de
montañas divide a los sistemas de montañas en
cuatro provincias biogeográficas definidas
altitudinalmente en el orobioma: (1) Colina, en las
áreas de la topografía colinada de cerros ondulantes
en la zona baja del pie de monte, con bosques altos
y robustos; (2) Montana, en las áreas de inclinación
gentil y en los flancos cordilleranos y valles cubiertos
con bosques robustos y árboles menos altos; (3)
Alpina, en las áreas de valles altos y en las laderas
más altas y pronunciadas que presentan vegetación
herbácea; y (4) Glacial, en las áreas cubiertas
permanentemente por nieve, hielo y glaciares. Esta
clasificación tradicional refleja el planteamiento
impulsado por factores térmicos que dividieron a
las montañas tropicales en tierras (1) calientes, (2)
temperadas, (3) frías y (4) gélidas (Troll 1968), lo
que ha sido material didáctico en los dos siglos del
dogma Humboldtiano, que define los cinturones
altitudinales como vectores para el tipo de clima y
la altitud.
Líneas del paisaje tropandino
En este arreglo espacial del modelo vertical,
los académicos perciben la existencia de líneas
invisibles que separan dichas provincias en las
montañas de los Andes tropicales. Algunos autores
identifican fácilmente la línea de la nieve que separa
lo alpino de lo glacial, debido a la lirificación de la
nieve perpetua. Sin embargo, las líneas inferiores
son de difícil caracterización. El límite entre las
provincias colina y la montana ha sido siempre
asociado con la presencia de plantas indicadoras y
un cambio abrupto de la ladera hasta un 25%, por
lo tanto es más bien difuso. No existe un límite fijo
que separa la colina del orobioma con las tierras
bajas de la llanura inundable, en los llanos que
presentan árboles emergentes y donde no existen
laderas mayores a un 10%. Algunos autores
argumentan que ésta es la línea que sirve para
separar la altura de la llanura y por regla general la
ubican en los 500m s.n.m. en la ecoregión
tropandina. Ese límite, por lo tanto, es aún más
confuso que el anterior. Al contrario, la línea más
común es la que discrimina entre los bosques
(provincia montana) y los pastizales (provincia
alpina), conocida como la línea de árboles”.
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SARMIENTO
ECOTROPICOS 15(2):129-146 2002
crecimiento arbóreo, y por tanto, la altitud a la cual
se encuentra la Línea de árboles (Wright 1984).
Una zona de transición subalpina,
caracterizada por árboles cada vez más retorcidos
y enanos es la norma en las montañas de la zona
templada y circumpolares (Halloy 1989; Kullman
1998). Una zonación vertical se esboza cuando los
cinturones altitudinales son mencionados como
“especificidades” de los nichos de la montaña
(Whittaker 1952). Por lo tanto, una combinación
de elevación, latitud, y clima local define en dónde
ocurre el borde entre el bosque y el pastizal en las
montañas de la zona templada.
Por el contrario, en la ecorregión tropandina
(Figura 1), la huella humana es una fuerza impulsora
obvia para la presencia de la línea de árboles. Pese
a (1) la falsa “naturalidad” de las selvas de montaña
del dominio transandino (Sarmiento 1995a), (2) la
prevaleciente “naturalidad” de la vertiente del
dominio cisandino (Sarmiento 1998), (3) la aparente
irreversibilidad del dominio interandino degradado
(Harden 1999), y (4) las prácticas de restauración
para retornar los ecosistemas forestales saludables
a los Andes tropicales (Chepstow-Lusty et al 1998),
la noción de la Línea de árboles inducida por los
humanos no es muy común en las fuentes
bibliográficas convencionales. Sin embargo, la
planificación territorial a nivel del paisaje debería
incluir consideraciones sobre el cambio del paisaje
por efecto antropogénico, aunque para muchos
científicos los pastizales de los altos Andes son
todavía considerados como ecosistemas vírgenes,
primarios o naturales (Stadel 2003).
La vegetación del dominio interandino de la
ecorregión tropandina es tan altamente modificada
que una clasificación geobotánica la incluye como
vegetación antrópica (Acosta-Solís 1986). En
esencia, la gente vive —y ha vivido allí por milenios,
en las altas montañas del neotrópico (Budowski
1968; Ellenberg 1979), mientras que ellos no viven
—y nunca han vivido (con la excepción de los
Saami en Fenoscandia) en las áreas temperadas y
circumpolares. Las anteriores son manifestaciones
de las respuestas ocultas (sensu Stern 1983) del
antiguo y continuo impacto humano sobre la Línea
de árboles en el paisaje montañoso de la América
tropical (Sarmiento y Frolich 2002).
Racionalidad Científica
La controversia con respecto al origen de los
pastizales de las tierras altas en las montañas
forestadas todavía no está resuelta (Mark 1958;
Luteyn 1999) para ambas regiones, la tropical y la
templada. Siguiendo la metáfora del humano
cubierto de pelo en su cabeza, en las montañas
forestadas las zonas calvas (o claros en el bosque)
se dan por varios factores. Las montañas de
Norteamérica poseen herbazales conocidos
localmente como Balds” que son claros en los
de otra manera continuos doseles forestales en los
Apalaches; su antigüedad puede trazarse hasta el
tiempo de la megafauna en el Pleistoceno. La
acción de los humanos ha encostrado estas
“calvicies” en los bosques templados de las
montañas (Weigl y Knowles 1995) en el Holoceno
hasta hacer que en la actualidad se presenten como
atributos “naturales” del paisaje.
Por otro lado, la antigua presencia humana
en los trópicos montañosos presenta distintos
factores determinantes para la dinámica de la Línea
de árboles. El fuego y los incendios generados por
los humanos, el aclareo para la agricultura, el
pastoreo de los pastizales de altura, y las rutas
mercantiles a través de las montañas, pueden ser
mucho más importantes para el establecimiento de
los herbazales alpinos, en particular los páramos y
punas (Ellenberg 1958). La capacidad de
crecimiento arbóreo basado en la fisiología de
especies de árboles de las selvas montanas
tropicales de neblina (SMTN) es poco conocida
(Rundel et al 1994); la presencia de los árboles
altos de guanderas (Clusia spp), colcas (Miconia
spp), quishuares (Buddleia spp), palmas
(Ceroxylum spp), senecios (Gynoxis spp) y
yaguales (Polylepis spp), a gran elevación en
laderas remotas de las cordilleras aisladas en los
Andes ecuatoriales es evidencia de una formación
boscosa clímax y robusta en el pasado, en vez de
caprichos de los ecotopos (c.f. topografía y
microclima) en los Andes tropicales. Por el
contrario, la presencia de las “calvicies” herbáceas
o pajonales (Calamagrostis spp, Festuca spp.,
Cortadeira spp) y las “calvicies” de matorrales o
chaparral andino (Hypericum spp., Rubus spp.,
Bacharis spp) en las planicies altoandinas de zonas
anteriormente cultivadas o pastoreadas son claro
indicativo del impacto humano previo en el paisaje.
El principio asumido, por el cual los conceptos
de la Línea de árboles templada se basan en la
altitud solamente, tiene poca o ninguna validez en
los Andes tropicales, como se ejemplifica por la
presencia de los parches remanentes de bosques
andinos maduros en medio de las áreas de páramo,
y la plantación forestal contemporánea de pinos
132
(e.g., Pinus radiata) o de eucaliptos (e.g.,
Eucalyptus globulus), que demuestran la
viabilidad de la forma de vida arbórea en las alturas
andinas. La presencia de fragmentos remanentes
o retazos (sensu Feisinger 1994) de lo que en
alguna vez fuera una matriz continua de bosque
andino es un hecho indisputable.En algunas
montañas tropicales, una zona subalpina de árboles
enanos y retorcidos de hecho se encuentra; pero,
quizás lo más común es una Línea de árboles
abrupta, caracterizada por bosque maduro crecido
que bordea directamente los herbazales separados
por una línea recta artificial. En esencia, la Línea
de árboles alpina, con frecuencia se ve muy poco
diferente de los límites del bosque con tierras
agrícolas, en donde los aclareos recientes son
hechos conocidos y registrados tanto en la memoria
reciente cuanto en documentos. De acuerdo con
Lægaard (1992) “los parches de bosque bordean
directamente la vegetación de los páramos
herbáceos y la línea de bosque (c.f. línea de árboles)
es casi siempre finamente cortada”. Mas aún, no
hay una terminología local para elfin forest”.
Inclusive la palabra “páramo”, usada con
frecuencia para describir los herbazales de alta
montaña, es exótica en el léxico campesino y tiene
una variedad de interpretaciones (Luteyn 1999;
Sarmiento 2001a).
Por lo tanto, sugiero que los factores
geoecológicos, arqueológicos y de historia agrícola
deban considerarse como el marco referencial
principal para el entendimiento del proceso por el
cual ocurre el lindero del bosque andino. Además,
planteo que los atributos actuales del paisaje del
bosque de montaña reflejan dos líneas de árboles y
no solamente una como es usual encontrar en la
literatura. Estas dos líneas son, a saber: (1) la Línea
de árboles superior que se correlaciona con la
extensificación del pastoreo en las áreas de climas
rigurosos de las partes más altas, achicando la
superficie del bosque desde arriba, y (2) la Línea
de árboles inferior que se correlaciona con la
intensificación de la agricultura y el consumo de
leña en la topografía menos desafiante del
piedemonte, las colinas, y los valles interiores,
achicando la superficie del bosque desde abajo,
como se demuestra en la foto del retaceo del paisaje
tropandino (Figura 1).
METODOLOGIA
Una investigación de multimétodo aplicable a
consideraciones merísticas y de estimaciones no
paramétricas se requiere para abordar el estudio
de este complejo sistema de transacciones entre
cultura y natura que impulsa la dinámica de las
LINEAS DE ARBOLES EN LA MONTOLOGIA NEOTROPICAL
Figura 1. La paramización de los bosques andinos se aprecia por la conversión a pastizal de los bosques montanos
de neblina en el Playón de San Francisco, provincia del Carchi. Note los patrones de retaceo que siguen las
quebradas y los linderos de propiedad privada. Foto: Fausto Sarmiento.
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líneas de árboles en los Andes. La investigación
multimetódica ha sido propuesta para los estudios
geoecológicos de montañas (Zimmerer 2003) como
la mejor aproximación al estudio de los paradigmas
existentes en la actualidad. El método a abordar
responde al interés de contestar cada pregunta de
investigación como si fuera un subconjunto de
transacciones que afectan las líneas de árboles en
una jerarquía menor en el ámbito local, y de mayor
jerarquía en el ámbito regional. Las
consideraciones de escala son también muy
importantes ya que implican distintos niveles de
resolución espacial y temporal.
SARMIENTO
ECOTROPICOS 15(2):129-146 2002
Figura 2. Mapa de los Andes ecuatoriales mostrando la ecorregión tropandina con los diferentes dominios
(transandino, interandino y cisandino) y los sitios de estudio en el Ecuador continental.
EL ÁREA DE ESTUDIO
Ecuador está localizado en el noroeste de
América del sur. Con frecuencia está considerado
como parte de la región basada ecológicamente de
los Andes del Norte. Sin embargo, los geógrafos
culturales y los ecólogos de paisajes frecuentemente
la incluyen como parte de la región basada
etnobiológicamente de los Andes Centrales (Figura
2). Típicamente, la estacionalidad de las lluvias
marca cambios dramáticos en la disponibilidad de
agua en las montañas más bajas y de mediana
elevación; pero una tabla de agua permanentemente
134
alta, sobresaturada, con suelos cargados de
humedad en las montañas altas que tienen cobertura
boscosa, es común. A veces estos bosques se
refieren como “bosques musgosos” o “esponjales”,
en donde la precipitación horizontal añade
significativamente a la característica humedad de
los paisajes tropandinos.
Debido a la influencia de los vientos alisios
alterando los patrones de captura de nubes, y la
presencia/ausencia de ciertas especies, varios sitios
de estudio fueron seleccionados para presentar el
nuevo paradigma de las líneas de árboles en los
Andes ecuatoriales. Hacia la cuenca amazónica,
el Playón de San Francisco en Carchi, la Reserva
Etnobotánica Cumandá en Napo, y la Estación
Científica San Francisco en Zamora presentan
ejemplos. En el dominio interandino, la estación
científica Guandera en el Carchi, el páramo de
Wamaní en la Reserva Ecológica Antisana, la
llanura de Limpiopungu en el Parque Nacional
Cotopaxi, la quebrada de Sacha Wayku en el monte
Cariwairazu, en Alao en el Parque Nacional Sangay
en Chimburazu, y los alrededores de Llaviucu en
el Azuay traen ejemplos. Hacia el flanco occidental,
la Reserva Maquipucuna en la cuenca del alto
Guayllabamba, en las planicies de Chaupi en el
Monte Chimburazu, y los páramos de Salinas en
Bolívar, el sitio arqueológico de Paredones en la
región de Mullituru en el Azuay, completan los
ejemplos de sitios Pacíficos. En la mayoría de los
casos, la idea de ambientes montanos prístinos ha
sido utilizada como justificativo para los esfuerzos
de conservación; sin embargo, un análisis más
cercano refleja una importante presencia de
sistemas manejados por los humanos que se
encuentran subyacentes en el marco ecológico, que
será discutida después en relación con la dinámica
de las líneas de árboles.
PREGUNTAS DE INVESTIGACION
Al contestar las preguntas sobre (1) ¿Cuán
diferente es la línea de árboles en el páramo con la
frontera agrícola? (2) ¿Cuán diferente es la línea
de árboles en el páramo con la frontera ganadera?
(3) Cuán diferente es la línea de árboles de una
línea de quema o incendio? (4) ¿Puede la prehistoria
decirnos el cuento de la línea de árboles? (5) ¿Existe
evidencia histórica que pueda contar a favor de las
tierras altas forestadas? (6) ¿Cuál es la evidencia
de la ecología cultural en relación a los nombres de
los lugares?, yo describo evidencias directas y otros
proxies para justificar la contención reclamada de
los impulsores de cambio del paisaje tropandino.
Las respuestas crearán un cuerpo de
evidencia, tanto directa cuanto indirecta, para
determinar la posibilidad de una relación intrínseca
entre la cultura y la naturaleza al crear el mosaico
heterogéneo del paisaje de la actualidad (Gade
1999), para mejor cimentar la generalización que
incluya etnoecología en la planificación del
desarrollo sustentable de montañas tropandinas.
Aproximación inicial: cultura vs. natura
Mi investigación original sobre la etología del
ligle o veranero ( Vanellus resplendes: Charadriidae)
me llevó a creer que el entendimiento de los procesos
biológicos en las montañas tropicales, tales como
selección de hábitat y comportamiento reproductivo,
es primordialmente una reflexión de inferencias
culturales en el así llamado páramo natural o prístino.
Después de tres años de estudios de campo y
experimentación (Sarmiento 1988) fue claro para mí
que esta ave, considerada emblemática de los
ambientes palustres del páramo, responde más bien
al movimiento vagante del ganado en sus rondas entre
el pajonal del páramo. Tanto los toros salvajes
(cimarrones) cuanto el ganado doméstico que recorre
libremente los pastizales del Parque Nacional
Cotopaxi, generó una robusta comunidad de
escarabajos estercoleros y otra entomofauna (principal
alimento del ligle o veranero) en sus majadas, lo que
determina el movimiento de las bandadas de sitio en
sitio en la montaña. La gente, en vez de la naturaleza,
fue la responsable por la etología del veranero.
Además, esta especie que una vez se pensó
era típicamente andina fue también colectada en
la amazonía ecuatoriana, en Limoncocha, y en el
piedemonte de Chalpi hacia la llanura costera en la
provincia del Azuay, presentando una paradoja de
la biogeografía. Su presencia en la etnobiología rural
y su significado espiritual para los Kichwas y otros
grupos indígenas, especialmente los Puruha en la
zona de Cacha, presentaron una paradoja en la
geografía cultural, especialmente por el hecho del
“suicidio” de dichas aves en la laguna de Ozogoche.
El estado enigmático del ligle o veranero ha crecido
lentamente a convertirse en un proxy que evidencia
el cuestionamiento a las viejas nociones acerca de
la vida en el páramo y otros principios de montología
aplicada para los neotrópicos. En el presente artículo
yo argumento en favor de los impulsores culturales
que determinan la naturaleza enigmática de las
Líneas de árboles en los Andes tropicales.
LINEAS DE ARBOLES EN LA MONTOLOGIA NEOTROPICAL
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EVIDENCIAS DIRECTAS
1.- La agricultura de montaña: ¿Cuán
diferente es la Línea de árboles del páramo
de la línea de una frontera agrícola?
Las prácticas agrícolas de producción de
subsistencia, altamente subsidiadas, de los plantíos
de papas, trigo, cebada y maíz son prácticas
comunes en estas áreas. Las prácticas antiguas
que han permanecido en la cultura campesina, como
la del terraceo, el cultivo en franjas de nivel, cultivo
intercalado de contornos y otras técnicas de secano
son observadas en la región. Como lo señalaron
Frolich y Guevara (1999), en la provincia del Carchi,
la frontera agrícola está siempre subiendo hacia la
montaña, empujando los límites inferiores de la
Línea de árboles hacia niveles más altos debido a
la necesidad de los suelos volcánicos fértiles
requeridos para el rendimiento mejorado de las
papas en un mercado siempre creciente. Un
proceso similar fue descrito por Sarmiento (1988)
en los páramos del Cotopaxi que han sido ahora
transformados a plantaciones de pinos y otros
cultivos de alta montaña. No es raro encontrar
cultivos en las laderas muy empinadas en donde se
experimenta una gran diversidad de variedades,
especialmente de papas “heredadas” que pasan
de generación en generación. Las prácticas
mundiales agroindustriales recientes sin duda han
influenciado más para afectar la localización de la
Línea de árboles que cualquier otro factor individual.
Pese a que la producción papera es el cultivo
rentable que alimenta la economía del área, el alto
precio de los fertilizantes previene que los
campesinos puedan seguir utilizando sus parcelas,
haciendo que sea más barato ir más alto en la ladera
o hacia las cabeceras en donde se obtendrán
rendimientos rentables (Figura 3). A medida que
las ladera se hacen más altas y más empinadas, su
aclareo determina una severa erosión, la tabla de
agua disminuye y la degradación de toda la cuenca
hidrográfica es inevitable, estableciendo un ciclo
no sustentable de aclareo-abuso del recurso-y
colapso de las parcelas o chacras, extendiendo la
frontera agrícola hacia ámbitos más altos.
Con el paso del tiempo, el sitio agrícola llega
a empobrecerse de nutrientes y muestra infestación
de nemátodos y otras plagas que forzan a los
campesinos a incrementar su uso de agrotóxicos
(c.f. pesticidas), fertilizantes artificiales y majada.
La inseguridad en la tenencia de la tierra y las
reglas confusas de colonización hacen que la
intensificación de la producción agrícola sea el
impulsor más importante para reclamar nuevas
SARMIENTO
ECOTROPICOS 15(2):129-146 2002
Figura 3. El cambio del paisaje en las selvas interandinas del norte del Ecuador, en la provincia del Carchi. Note
las dos líneas de árboles que comprimen a la selva nublada como si fuera un emparedado entre los pastizales de
arriba (páramo) y los de abajo (potreros de Kikuyo) Foto: Tim Sulser.
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tierras productivas de las selvas de montaña
(Frolich et al 1999). Muy poco de la producción es
orientada a la subsistencia; la mayoría de la cosecha
con frecuencia se transporta a las ciudades de
Tulcán, Ibarra, Quito, Riobamba o Cuenca. En
general, la producción de papas de los pequeños
agricultores basada en el monocultivo y la
tecnología agroquímica intensiva (especialmente,
arado mecanizado, fertilizantes y pesticidas
sintéticos) rápidamente suplantó la agricultura
tradicional de montaña. Como resultado de este
cambio, tanto las áreas bajo cultivo cuanto la oferta
de mano de obra se intensificaron dramáticamente.
Un estudio de Barsky (1984) mostró que la
producción de papas se incrementó en 40% y que
la productividad del campesino incrementó en 33%
en un período de 20 años (1954-74). Crissman et
al (1998) argumentaron que esta tendencia ha
continuado en el Carchi, desde 1/2 tonelada/ha en
1974 hasta cerca de 21ton/ha en 1997, lo que es
tres veces más que el promedio nacional. Como
resultado de este proceso, el costo de la tierra en
Carchi se ha disparado. Ellos también mencionan
que este progreso no ha ocurrido sin severos daños
colaterales con consecuencias ambientales y
sociales.
Con una población creciente, estos factores
han llevado a una rápida expansión de la tierra
agrícola dentro de los bosques andinos. Tan sólo
hace 70 años una gran proporción del piso del valle
interandinos debajo de la cota de los 3.000 m fue
boscoso, ahora la frontera agrícola se encuentra
más alta en las laderas de los valles, entre los 3200m
y los 3.400m s.n.m. Este borde es una transición
abrupta, punteada por “calvicies” o claros, en donde
los parches del bosque han sido recientemente
cortados, lo cual ofrece una fuerte semblanza con
el borde del páramo en la Línea de árboles superior.
Cuando las calvicies no se mantienen bajo cultivo
de papa, si es que ellas no han sido quemadas, ellas
regresan a una sucesión de cubiertas vegetales que
comienzan con las hierbas y siguen con
asociaciones de ericáceas y compuestas que se
parece mucho a lo que se tiene en el borde bosque-
páramo. Sin embargo, las áreas en barbecho son
puestas al servicio del ganado; por lo tanto, el
sobrepastoreo y el pisoteo pasa a ser la influencia
de degradación de suelos más notoria para el
mantenimiento del claro.
2. Pastoreo de montaña: ¿Cuán diferente
es la Línea de árboles en el páramo de la
frontera de ganadería?
Nuevas tendencias en la investigación
identifican a los herbívoros de la megafauna como
la causa última para las “calvicies” en las montañas
LINEAS DE ARBOLES EN LA MONTOLOGIA NEOTROPICAL
Figura 4. Pastoreo de ganado cimarrón a 4.000 m de altura en la quebrada de Sacha Wayku cerca al Monte
Cariwairazu en Ecuador central. Note el límite definitivo del bosque de Polylepis con las hierbas, tanto arriba
cuanto abajo de la ladera. Foto: Jennifer Osha.
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boscosas de América del Norte (Weigl y Knowles
1995). En los Andes ecuatoriales, la presencia de
fósiles de megaherbívoros, tales como el
mastodonte (Mastodon cuvierii, M. carchensis),
los perezosos gigantes (Oreomylodon orcessi), el
caballo andino (Eqqus andinum) y el precursor
de las llamas modernas (Paleolama spp) traen la
noción de un determinante pleistocénico para el
aclareo inicial de los bosques de montaña,
semejante al caso de los Apalaches (Owen-Smith
1987) y ofrecen una explicación parsimónica para
el aparecimiento de las “calvicies” de herbazales
en los bosques andinos contemporáneos.
La evidencia de la ganadería en el área se
presenta en viejos artefactos de barro que
representan ungulados y otra cerámica zoomórfica
y artefactos de caza; mas aún, varios centros
culturales se formaron con patrones sedentarios,
incluyendo a los Pastos, Capulí y Quillasingas,
construyendo centros de trueque importantes como
Pimampiro, en el Norte. En el Sur, el sitio de
Paredones fue construido por los regidores
expansionistas Incas para reforzar una importante
línea de mercado entre la costa y el asentamiento
de importancia incaica de Tomebamba, en lo que
hoy es la ciudad de Cuenca. Sin embargo, el Carchi
nunca fue sujeto al dominio Inca, y existen dudas
en la presencia de ganadería de camélidos en el
Norte. Con la invasión española, grandes áreas de
los bosques de montaña fueron talados para
introducir el ganado, especialmente el ganado lanar
y vacuno. En las montañas de Cayambe, de
Antisana, Cotopaxi y Chimborazo, hasta hoy se
pueden ver grandes manadas de borregos
recorriendo los pastizales del páramo, como un
pálido reflejo de lo que sucedió siglos atrás, con las
hordas de los años 1.600 y 1.700 que fueron mucho
más numerosas. El daño hecho a ciertos páramos
es tal, que la vegetación ha sido completamente
extirpada de grandes regiones, como en Palmira,
en Cangahua, en Antisanilla.
Más tarde, el ganado caprino se volvió ubicuo
en los valles más secos y en las laderas ya
devastadas. Los chivos lentamente avanzaron hacia
las laderas y las zonas altas de las cuencas. Los
núcleos familiares de las provincias serranas
incluyen ahora vacas, borregos, chivos y gallinas,
indistintamente. Otro importante factor de pastoreo
en las zonas altas es el ganado caballar. Tanto los
caballos domesticados cuanto los cimarrones que
rondan libres en los páramos del Cotopaxi, del
Cayambe, de Las Cajas, del Cariwairazu, de Alao
y Mullituru (Figura 4).
En tiempos modernos, los subsidios
gubernamentales ofrecidos a la industria láctea
promueven el reemplazo del bosque con pastos.
Hasta hoy en día la ganadería lechera es una de
las actividades más importantes para los
hacendados del piso del valle. La producción
lechera, de queso y otros derivados es más rentable
que los cultivos, precisamente por los incentivos
de impuestos y subsidios. En muchos lugares, los
buenos sitios agrícolas obtenidos con la
deforestación inicial, han sido convertidos en
pastizales (sabanización en la llanura tropical;
paramización en las tierras altas), al usar la hierba
“Kikuyo” (Panicetum clandestinum) introducida
exitosamente desde Africa. Otras especies
“mejoradas” también son plantadas con propósitos
ganaderos, especialmente el pasto elefante y la
grama. En la reserva Maquipucuna, la especie
agresiva del pasto miel (Setaria sphacelata) ha
tomado posesión de las laderas deforestadas
(Sarmiento 1997a). Muchos agricultores y sus
familias dependen de la cría del ganado, sea para
subsistencia con el insumo de leche, o como
complemento a la producción agrícola. En muchas
ocasiones, en la época seca, grandes manadas se
dejan libres para pastar dentro del “monte” en los
parches de bosque. Sin embargo, incluso dentro de
los límites de los Parques Nacionales (i.e., Cotopaxi,
Antisana, Llanganatis, Sangay, Las Cajas, etc) la
mayor parte del tiempo el pastoreo ocurre en las
alturas alejadas, en donde las quemas del pajonal
son rutinarias y se ejercitan a lo largo del año, pero
especialmente en la época seca o el verano andino.
Por donde quiera, el humo generado por los
regímenes de incendios o quemas han generado una
composición de especies que favorecen las
bromelias terrestres, las hierbas y otras plantas
serotónicas que asemejan la composición del páramo,
conformada por numerosas especies pirófitas. Unas
grandes hordas fueron comunes en los páramos de
Yuracruz, en Mariano Acosta, y en Buenos Aires
en el norte. Algún ganado se perdió en la cordillera
y se volvió cimarrón. Los toros “salvajes” de los
páramos del Cayambe fueron siempre la atracción
en los festivales de los pueblos andinos con los rodeos
y corridas en sus plazas improvisadas, siendo
Sangolquí y Machachi, con toros cimarrones traídos
del Antisana y del Cotopaxi respectivamente, las
ferias más concurridas. En el Carchi, el ganado “de
altura” es prominente entre los pasos de montaña y
en sitios a los cuales un camino llega para sacar
SARMIENTO
ECOTROPICOS 15(2):129-146 2002
138
troncos, leña, quesos y leche para el mercado.
3. Régimen de incendios: ¿Cuán diferente
es la Línea de árboles de la línea de fuego?
La antigua práctica de las quemas de los
bordes del bosque para obtener carbón está aún
siendo utilizada por los “carboneros”, quienes con
frecuencia venden sus cargas a los hogares de las
montañas, pero también a los mercados de los
pueblos y ciudades serranas. La producción in situ
de carbón en las pilas dejan costras permanentes
en la estructura del suelo y en la composición
química del sitio, lo que previene la recolonización
por parte de las especies del bosque en del lugar
redondeado y aclarado en el filo del bosque. Se
cree que la quema (tan intensa como para producir
carbón) mata todos los componentes micorrizicos
que son necesarios para impulsar la sucesión,
creando una costra de suelo quemado no apto para
las semillas recalcitrantes de las especies forestales
(Sarmiento y Frolich 2002).
La sucesión ecológica no ha operado allí
(Sarmiento 1997b), debido a una fase arrestada
debido al régimen de quemas sucesivas y al arraigo
de los graminoides y arbustos serotónicos (Grubb
1970). El quemar las hierbas promueve que un
crecimiento renovado favorezca a las matas de
paja, haciendo que sus raíces se fortalezcan; por lo
tanto, afirmando la noción campesina de que “luego
de la quema, un mejor potrero aparecerá para el
ganado”. En su visión, las quemas son simples
podas, los cortes más fáciles para que el crecimiento
de las hierbas reverdezca el monte.
Las costras de incendios y los depósitos de
carbón están entremezclados en el borde del bosque
(en la Línea de árboles), como testimonio
inequívoco de la evidencia de la creación inducida
por el hombre de la Línea que separa el bosque del
pastizal alpino (Lægaard 1992).También, la
presencia de las “calvicies” sinuosas con
vegetación de páramo entre la zona que bordea el
bosque tropical montano de neblina, es una
evidencia muy clara del uso de los límites accesibles
como una fuente para el carbón exportable.
La cosecha de leña por parte del campesino
no es un factor suficientemente fuerte como la
incisiva fuerza de las quemas para obtención de
carbón o manejo de pastos, las dos actividades
económicas que benefician a los grandes
terratenientes o a los intermediarios. Sin embargo,
una forma rápida de generar dinero disponible es
precisamente el producir y vender costales de
carbón (proporcionados por el intermediario) que
son vistos con frecuencia cargados sobre sus
LINEAS DE ARBOLES EN LA MONTOLOGIA NEOTROPICAL
Figura 5. El fuego mantiene la cobertura de pajonal en el páramo y evita que se regenere el bosque. La línea de
árboles define claramente la evidencia del incendio en la Reserva Guandera en la provincia del Carchi. No ha
habido un incendio natural documentado hasta ahora en los páramos de la región: todos los incendios son hechos
por el hombre en respuesta a la necesidad de más lluvias y nuevos pastos. Foto: Larry Frolich.
139
hombros, en su camino ladera-abajo por los
desfiladeros y trochas zigzagueantes de la
montaña. Los carboneros, en su mayoría hombres,
por lo tanto, ejercen una presión definitiva sobre la
dinámica de las Líneas de árboles, en contraste
con las recolectoras de leña, en su mayoría mujeres.
En las fronteras ganaderas antiguas, la línea
recta dejada por las quemas previas (y en la
mayoría de casos, consecutivas) es un lindero claro,
artificialmente definido por los trazos del incendio
que separó abruptamente el bosque de las tierras
de pastoreo. Lægaard (1992) también apunta que
la evidencia del fuego (e.g., las cicatrices dejadas
por el fuego o costras de incendios, el tejido
quemado, los residuos de carbón, la defoliación
debido a la quema, la remoción de material seco
de los troncos y tallos de los arbustos y árboles del
páramo, etc.) son fácilmente reconocidos a lo largo
del borde rectilíneo (Figura 5). El mismo argumento
se aplica a las montañas de Madagascar (Wesche
et al 2000).
EVIDENCIAS INDIRECTAS
1. Datos paleoecológicos y biogeografía
La paleoecología en los trópicos, comparada
con los países europeos y norteamericanos, es muy
poco estudiada, principalmente debido a que los
recursos de investigación son escasos y existe poca
infraestructura científica y gubernamental para
proseguir dichos estudios. Los mapas geológicos
detallados basados en los análisis exhaustivos de
la clase de mapas disponibles virtualmente para
cada condado de los Estados Unidos, no han sido
terminados para los trópicos. Los datos limitados
por lo tanto se interpretan con frecuencia como
corolarios de los estudios de los climas templados.
La visión prevaleciente de la dinámica de la Línea
de árboles que separa las provincias montanas y
alpinas, por lo tanto, es que ya que estamos siendo
testigos del receso glaciar al final de una edad de
hielo, la Línea de árboles está progresivamente
localizada a mayores alturas —como también lo
predicen los modelos computarizados que elucidan
el cambio climático global en las montañas. Sin
embargo, en donde existen análisis palinológicos
en los trópicos (e.g., el Junco en las islas Galápagos,
en la Sabana de Bogotá, en las lagunas del Cajas,
en Ecuador, en el piso de un cráter en Panamá, y
en un bofedal cercano a Cusco, en Perú, etc.) ellos
revelan que la situación no es tan simple como el
subir y bajar de la Línea de árboles, y que las
metodologías y los paradigmas utilizados para su
estudio deberían ser revisados.
A pesar de que los estudios palinológicos no
se han hecho en los sitios del presente estudio,
algunas localidades cercanas (i.e., la laguna de
Yawuarkucha, la laguna de Imbakucha, la laguna
de Yambo y la laguna de Llaviucu: Colinvaux et al
1988; 1997) han sido analizadas. En otras áreas, la
evidencia de árboles multiuso que acompañaron a
los asentamientos humanos a gran altura, tales
como los robles (Quercus spp) estudiados por
Kappelle (1996), en Costa Rica, y el aliso (Alnus
acuminata) estudiados por Chepstow-Lusty et al
(1996) en Perú y América Central.
La historia palinológica está constreñida por
la dificultad de encontrar marcadores específicos
para las especies pertenecientes a familias que
tienen tanto representantes arbóreos cuanto
arbustivos en sus formas de vida. La presencia de
los alisos (Alnus spp) es un claro discriminante,
pero otros (e.g., Melastomataceae, Rubiaceae,
Asteraceae, etc.) pueden ser confusos y por tanto
se mencionan sólo a nivel de familias, incluyendo
tanto árboles como arbustos, como el prominente
Colca y los cafetillos, ambos del género Miconia.
Esto hace difícil especificar la dinámica de la Línea
de árboles propiamente dicha y forza a los
paleoecólogos a generalizar las comparaciones de
“bosques” versus “praderas”. En este sentido,
Colinvaux et al. (1997) concluyen que “la
vegetación andina no respondió al enfriamiento
glacial o al calentamiento del Holoceno al moverse
en cinturones altitudinales”. Al refutar los
postulados que correlacionan el incremento de
temperatura en tiempos glaciales con la pausa
adiabática (Haffer 1990) en los trópicos, y la
compresión de las zonas de vegetación andina en
una Línea de árboles migrante (van der Hammen
et al. 1981), el equipo de Colinvaux propone que
los taxa fueron rearreglados de acuerdo a su
tolerancia térmica: “La vegetación no se movió
hacia arriba o hacia abajo en bandas sobre las
laderas. Al contrario, las asociaciones de plantas
se reagruparon a medida que las especies sensitivas
a la temperatura encontraron diferentes centros
de distribución a medida del cambio de la
temperatura”.
La presencia de endémicos del páramo (i.e.,
Espeletia pycnophylla) aún es enigmática y
parece que la vicarianza juega un papel muy
importante, ya que hay páramos que la tienen y
otros no. En el Ecuador, la presencia de una especie
SARMIENTO
ECOTROPICOS 15(2):129-146 2002
140
está restringida solamente al páramo del Angel en
el norte y luego salta hacia el páramo de los
Llanganatis en el centro del país. Esto requiere una
elucidación que quizás obligue a reformular la
biogeografía andina y la nomenclatura que llamaría
páramo a las formaciones de las “calvicies” desde
el sur de Costa Rica, en Talamanca, hasta
Venezuela y el Sur de Colombia. Las “calvicies”
ecuatorianas y norperuanas deberían llamarse
Jalcas, y las del centro-sur andino se llamarían
Punas. El uso de la forma de vida caulirósula (sensu
Cuatrecasas) como indicativa del alto páramo es
especialmente relevante a los Andes de Colombia,
Venezuela y Costa Rica, en donde existen varias
especies del género del frailejón. Sin embargo, en
los Andes ecuatoriales, su presencia vicaria se
deduce equívocamente como relicto.
2. Los artefactos arqueológicos
A la llegada de los españoles, ellos
descubrieron para Europa un área que ya había
sido deteriorada extensivamente por la agricultura
(Denevan 1992); los vestigios de la intervención
humana previa visibles para los colonizadores
fueron pirámides de “cangahua” o de piedra,
terrazas de lodo seco o “chocoto”, adobes y de
piedras con andenerías rústicas en la mayoría de
la zona de montaña y en algunos lugares con una
elaborada red de andenes pulidos y elaborados, así
como redes de canales de irrigación, camellones y
zoteas (c.f., azoteas) abandonadas. En el Norte
del Ecuador, en la región de Pimampiro, se había
establecido un importante centro de trueque para
intercambios de los bienes provenientes desde la
costa (con evidencia de restos de conchas
Spondilus), desde la región amazónica (con
evidencia de restos de plumas de aves orientales)
y varios tipos distintos de cerámicas elaboradas
con diferentes técnicas. Lo mismo puede decirse
de zonas en el Cotopaxi, en el Sangay y en el
Chimburazu, y las cumbres y cañones asociados a
los pasos de la montaña, como al valle del río Quijos
en la provincia del Napo, o la zona de Mullituru en
donde se encuentran las ruinas Inka de Paredones
en la provincia de Azuay. El cinturón de montaña
definitivamente fue una zona activa y bien poblada,
con asentamientos humanos de importancia en las
zonas que ahora se recubren con selva de neblina
al parecer virgen o prístinas. En todas estas zonas,
la influencia humana precolombina había ya
cambiado el paisaje forestal original que fuera
“descubierto” por los españoles (Mann 2002).
La cuenca del río Mira había sido poblada
densamente en los períodos formativos y formativo-
tardío por diferentes culturas, como Capulí, Pastos
y Quillasingas. Sus restos de artefactos es la única
herramienta para discernir la ocupación antigua de
la cuenca del Mira y el Chota (Molestina 1985).
Los hallazgos arqueológicos en las cabeceras del
río Guayllabamba, en los valles de Quijos y
Oyacachi, en zonas de los parques nacionales de
Cotopaxi, Sangay y las Cajas, apoyan la noción de
una huella humana antigua. Asentamientos de
ciudadelas como Machu Pichu, Chachapoyas y el
Gran Pajatén en la yunga peruana, o de Ciudad
Perdida en selvas del territorio Tayrona de la Sierra
Nevada de Santa Marta aún no han sido
descubiertas en Ecuador, sin embargo la evidencia
de Cotundo, de Veredales y el abra de Macas son
importantes candidatos.
3. Canalización de irrigación
y rutas de trueque
Imágenes satelitales han apoyado el
descubrimiento de antiguas rutas, sistemas de
andenerías y terrazas y de canales de riego
construidos en terrenos inclinados, para aprovechar
el recurso hídrico llevándolo hacia los valles altos y
la planicie interandina. La escala de dicho esfuerzo,
como la observada en la cuenca de Pimampiro en
las cabeceras del río Chota, permite proyectar
estimados de población en decenas de miles de
personas que debieron haber vivido en el área
(Mothes 1987). La evidencia física de la red de
caminos de montaña (o culunku) todavía persiste
en operación a través de la Reserva Maquipucuna
y en la quebrada de Sacha Wayku. Caminos más
sofisticados de montaña (chakiñan) pueden
encontrarse en Otavalo, Sangay, Cotopaxi y
Llaviucu. Los más refinados caminos (Inkañan), y
aquellos construidos con tecnología Inka imperial
(kapacñan) pueden recorrerse aún en Paredones
de Mullituru, en el Cotopaxi y en Chimburazu. Los
efectos profundos de un centro comercial en
Pimampiru y la red de rutas de trueque hacia el sur
y hacia el Norte, y hacia la amazonía (vía la Laguna
de Puruhanta) y hacia la costa (vía el cañón del río
Mira) constituyó un eje de gran importancia en
tiempo precolombino. Se argumenta una situación
semejante en el asentamiento Cañari de lo que en
tiempo Inka se llamó Tumipampa, en la ciudad de
Cuenca, cuya construcción, acceso y defensa
justificó la elaboración de Paredones para reforzar
la invasión Inka hacia el territorio Huancavilca de
LINEAS DE ARBOLES EN LA MONTOLOGIA NEOTROPICAL
141
la costa. Numerosa evidencia es también disponible
para las rutas de trueque con los Shwar y las jibarías
del pie de monte amazónico.Se estima que al tiempo
de la expedición de Orellana debió haber habido
sobre 20.000 personas viviendo en Baeza y Cotundo
en el valle del río Quijos, más del doble de lo que
viven en la actualidad. Las imágenes de radar han
demostrado la localización estratégica de los
pukara o fortalezas distribuidas a lo largo de
puntos clave del callejón interandino; sin embargo
se requiere trabajos adicionales para determinar la
antigüedad de otros atributos rectilíneos en el paisaje
(posiblemente zanjas con trabajos de piedras), o
camellones y surcos (wachu) en paleosuelos de
terrazas y montículos (waka). Esta evidencia
arqueológica ya está disponible para algunos sitios
de Perú y Bolivia. Knapp (1991) describió surcos
fósiles y canales al norte del Ecuador pero no
cuantificó el impacto de tales estructuras a nivel
de todo el país.
4. Registros históricos y documentos
catastrales
Hay evidencia escrita de la extensión de los
bosques de montaña dentro de la zona tropandina
en la era colonial. La construcción de las grandes
casas solariegas, palacetes y las iglesias de las
ciudades cercanas como Ibarra, Tulcán, El Angel,
Latacunga, Riobamba, Azogues, Cuenca, y Loja,
se logró mediante el uso exhaustivo de la madera
fina de árboles nativos del bosque maduro que se
encontraba en el área. Los registros de la oficina
del Obispo de Ibarra, por ejemplo, son testimonio
de la riqueza de productos forestales exportados
desde el valle del Chota y sus cerros circundantes.
En la actualidad, el valle carece completamente de
cubierta forestal y las laderas circundantes son todas
desnudas y erosionadas. Se reporta que el reino de
Quito con todos los cacicazgos hacia el norte,
incluyendo los de las cuencas Chota y Mira, tenían
grandes extensiones de selvas de montaña
(Salomon 1986).
En algunos lugares de los valles interandinos,
las especies arbóreas plantadas sobreviven debido
al cuidado especial puesto sobre ellas por parte de
las autoridades civiles en las plazas de los pueblos
o en las grandes haciendas. En Machachi, por
ejemplo, la plaza central es un buen lugar para ver
árboles nativos altos, incluyendo palmas y el pino
andino (Podocarpus sp). En varios conventos y
haciendas, la palma real (Ceroxylum andinum) que
de costumbre se plantaba en sitios de jerarquía
SARMIENTO
ECOTROPICOS 15(2):129-146 2002
Figura 6. Un ejemplo del sistema escalonado de las andenerías en el Parque de las Papas, cerca de Pisac, Peru. El
parque es una iniciativa impulsada por la comunidad y administrada por las mujeres de la agrupación indígena
Quechua-Aymara “Andes” como un esfuerzo para promover la agrodiversidad en más de 200 variedades de papas
heredadas que se cultivan en los distintos andenes. El parque es miembro de la red de jardines latinoamericanos
etnobotánicos hermanos (etnojardín). Foto: Sofía Villafuerte.
142
social indígena sobrevive debido al cuidado de sus
propietarios. Además, como evidencia de la
presencia Inka, las palmeras esbeltas del coco
chileno (Parajubea chilensis) todavía sobrevive
dentro de los linderos de las propiedades privadas;
esta palmera no tiene relativos silvestres, se la
conoce únicamente de los especimenes
domesticados.
La quebrada de Sacha Wayku en el
Cariwairazu y la zona de Llaviucu en las Cajas son
buenos ejemplos de los bosques andinos maduros
de Yagual (Polylepis sericea, P. incana) que
pueden servir como buen proxy para los registros
altitudinales de distribución arbórea a gran altitud.
Remanentes que quedan a lo largo de la quebrada
que baja del paso de montaña de Guamal, en el
Antisana, son testimonio de lo que otrora cubría el
fondo del valle, el planalto y las laderas vecinas, en
donde la “calvicie” ha llegado en forma del pajonal,
que por sucesivas quemas se ha encostrado a favor
de la ganadería extensiva, y más recientemente,
de toros de lidia. Mi memoria de juventud afirma
que la paramización de la zona no es mayor a 25
años. Sin embargo, los grupos turísticos que
frecuentan en sus giras se detienen en el trayecto
para admirar el “páramo natural” y servirse el plato
de moda, la trucha, otro elemento exógeno en el
paisaje.
5. Toponimia local y epistemología
Yo he argumentado en otras fuentes
(Sarmiento 2001a) que el nombre mismo de Andes
proviene del atributo más importante de las
montañas americanas: los sistemas de terrazas, de
“andenerías” o de “andenes” que tanto
impresionaron a los primeros cronistas, cuyas cartas
escritas en la taquigrafía del castellano de aquel
entonces usaban la táctica costumbrista al omitir
el final de la palabra y añadir la “s” de plural con
un apóstrofe. Por usanza popular en Europa, al leer
de las “andenerías” y los “andenes” en la cordillera
sudamericana, se llegó a nombrarla como la
cordillera de los andes’. A diferencia de lo que
afirman algunas enciclopedias, el nombre de Andes
no proviene de la raíz Kichwa Anta (significa
cobre) o del nombre Antisuyo (región de las selvas
cálidas del oriente del Cusco hacia la amazonía)
sino del castellano apócope de “andenes”.
Por lo tanto, desde el principio de la historia
reciente, se dio un reconocimiento tácito de la
naturaleza antropogénica del paisaje tropandino
(Figura 6). Además, como se propuso anteriormente,
la falta de un descriptor vernáculo para los
herbazales de altura puede tomarse como proxy
que evidencia la modernidad de este atributo en el
paisaje montano. La palabra páramo está casi
siempre referida a las condiciones meteorológicas
de nubosidad, de lluvia fría, y a veces describe el
estado de estar mojado y frío, en vez de referirse a
la formación vegetal (Luteyn 1999). Una versión
es que la palabra misma tiene orígenes
cuestionables en un idioma paleo-ibérico que
describe las alturas desoladas del macizo norte de
España. Otros sugieren que la etimología del Latín
puede trazarse hasta Para Moor, refiriéndose al
sitio adyacente a los humedales, con frecuencia
sobresaturado de humedad y claro de árboles,
dominado por hierbas.
De la misma manera, un descriptor de la
palabra inglesa “elfin forest” está ausente del
lenguaje vernáculo. El uso de la palabra kichwa
Yunga” o su versión castellanizada diminutiva
Yungilla se aplica mas bien a las selvas de
montaña cálidas del flanco cordillerano, hasta la
“ceja de montaña” o la “ceja de selva”. La
metáfora anatómica humana se repite, ya que en
la actualidad la “calvicie” de los pajonales
antropogénicos se encuentra directamente sobre
la “ceja” de montaña. En el caso del Carchi,
Imbabura, y Antisana, sin embargo, se prefiere usar
el término “chaparro” prestado del español
mexicano para referirse a “de pequeña estatura”
pero generalmente para describir el matorral bajo
o arbustivo con plantas espinosas que se utilizan
frecuentemente como leña (Sarmiento 2001b).
6. Peces y pesquería
Los impactos humanos también se pueden
trazar por medio de la evidencia indirecta presente
en los ríos, lagos y lagunas de las montañas
ecuatoriales. Aquellos cuerpos de agua rodeados
de selvas vírgenes (e.g., Laguna de Puruhanta) o
de bosquetes maduros (e.g., Laguna de Llaviucu)
que lógicamente deberían también ser vírgenes o
poseer comunidades clímax demuestran también
la misma paradoja. Por hace más de 60 años dichos
cuerpos dulceacuícolas han sido alterados, debido
al intento de desarrollar la pesquería de río y de
altura, con especies de trucha, preferentemente la
trucha arco iris (Onorhynchus mykiss) y a la
trucha parda (Salmo gairdnerii) que han tenido
resultados exitosos en las tierras altas del Ecuador,
especialmente en las provincias de Imbabura y
Azuay, ambas considerados distritos lacustres por
LINEAS DE ARBOLES EN LA MONTOLOGIA NEOTROPICAL
143
excelencia. Pese al falso primitivismo de los
alrededores de la laguna de Puruhanta, el
ecosistema fue alterado significativamente con la
introducción de la trucha lo que resultó en la
extinción de la ictiofauna nativa local de preñadillas
(Astroblepus spp) y de bagrecitos (Rhamdia spp).
Las matas de pajonal aparecieron sobre un sitio de
campamento para pescadores fue construido en
donde el bosque fue talado y quemado a orillas de
la laguna. Este pedazo de herbazal es tan localizado
que resulta obvio deducir la manifestación del
impacto humano con la presencia del pajonal.
En la laguna de Llaviucu, pese al falso
primitivismo del paisaje que la rodea, la evidencia
de régimen de incendios, de pastoreo y de
deforestación pasada abundan. A pesar de ser
reconocida como una de las atracciones principales
de la antigua Area Nacional de Recreación “Las
Cajas”, precisamente por su pintoresco enclave y
su abundancia de truchas, el área ha sido redefinida
ahora como Parque Nacional “Las Cajas”, en
donde la presencia humana afectando el paisaje
lacustre no puede negarse.
CONCLUSION
Como una de las especificidades de la
Montología neotropical, la deconstrucción de la
teoría de la Línea de árboles ayuda a redefinir la
teoría para la geoecología de las montañas
neotropicales (Zimmerer 2003). Los factores
directos e indirectos explican satisfactoriamente la
noción que la dinámica de las Líneas de árboles en
los Andes tropicales del Ecuador es inducida e
impulsada por los humanos. Con evidencia que
apoya el caracterizar a dos Líneas de árboles en
vez de una sola (como se ha hecho tradicionalmente
para las montañas de latitud templada) la inclusión
del impulsor humano para el cambio en el paisaje
tropandino merece un reconocimiento cada vez
mayor, no solamente de los académicos
montólogos, sino también de los medios de
comunicación y los centros de enseñanza.
DISCUSION
La ciencia de la Montología merece una
revisión profunda de la teoría de lo que hasta ahora
se enfatiza con preceptos nacidos en latitudes
templadas nórdicas. A pesar de los esfuerzos de
Humboldt y de Troll en hacer conocer a las
montañas tropicales al mundo de los geógrafos y
ecólogos (los paisajes tropandinos deben ser
considerados como el lugar natal de la ecología
(Sarmiento 1995c, 1997c, 1999, Sarmiento et al
1999), el patrón intricado del cambio de paisaje aún
no ha sido conclusivo para incluir la dimensión
humana. Las consideraciones de la naturaleza
antropogénica de los pastizales de altura son
factores importantes que determinan las prácticas
de manejo potenciales y las prioridades para la
conservación de los páramos y las selvas nubladas
en Ecuador (Figura 7). Existe una necesidad
imperiosa de protección estricta y preservación de
los retazos remanentes de bosque andino, a lo que
debe asignarse la más alta prioridad en definir los
escenarios alternativos de desarrollo sustentable
SARMIENTO
ECOTROPICOS 15(2):129-146 2002
Figura 7. Los suelos volcánicos negros son los
preferidos para el cultivo de la papa, por lo que
frecuentemente se tala el bosque para obtener la tierra
fresca y fértil de un nuevo “desmonte”. La frontera
agrícola mantiene la Línea de árboles bien cortada por
debajo del bosque. Note como pocos tocones son
dejados en la chacra aclareada y que no se practica el
terraceo para el cultivo; un indicativo de las
transacciones económicas y ecológicas efímeras del
campesino actual con la tierra. Foto: Larry Frolich
144
de montaña en esta ecorregión. Las medidas
precautelarias deberían establecerse en el proceso
de toma de decisiones políticas que afectan el
suministro de agua y la permanencia de la cuenca
sin trasvases para servir a una cada vez mas
creciente y sedienta expansión urbana. El papel de
las selvas nubladas como “torres de agua” ya no
puede concebirse tan sólo como una campaña
educativa imaginaria, sino como una prioridad de
seguridad nacional y de planificación territorial
estratégica de largo plazo.
Nuevos textos de montología serán necesarios
para incorporar los adelantos teóricos y hallazgos
aplicables solamente a las montañas tropicales. Las
generalizaciones de antaño deberían evitarse a la
luz de las nuevas lecciones de los paradigmas
cambiantes y las tecnologías recientes de sofisticadas
herramientas disponibles para restaurar las montañas
degradadas hacia saludables selvas (Zimmerer y
Young 1998). La restauración de los bosques
tropicales de montaña es una prioridad si queremos
detener la destrucción del ecosistema de montaña
y la continuación de la tendencia del escenario tipo
sandwich de las Líneas de árboles en movimiento
(Sarmiento 1995b, 2000b). Si detenemos las
fronteras agrícolas y ganaderas al retrabajar los
sitios degradados en vez de abrir nuevos pisos de
bosque fresco, se avista un mejor prospecto para
el desarrollo sustentable de montañas.
Al tratar con los Parques Nacionales y otras
áreas protegidas, deberíamos abandonar el “Modelo
de Yellowstone” y reemplazarlo por uno más
realista y trabajable, el “Modelo de Green
Mountain” (Sarmiento 2003b); esto es, en vez de
separar a los así llamados sitios prístinos del
contexto ecosocial —o hacer un peinado
permanente en los pocos pelos de la cabeza del
hombre, debería haber un esfuerzo organizado para
reforestar y recrear las selvas tropicales que otrora
existían en el páramo actual —volver a tener pelo
en las calvicies contemporáneas. Con la idea de
que la restauración ecológica es prioritaria frente
a la preservación de naturaleza “intocada” (Myster
y Sarmiento 1998), el proyecto Etnojardín de la Red
Latinoamericana de Jardines Etnobotánicos
Hermanos se propone ofrecer sitios demostrativos
y ejemplos de diversas opciones de categoría V,
paisajes protegidos, en los países andinos
(Sarmiento et al. 2000, Chaurette et al. 2003).
El importante desarrollo de la Montología
Neotropical es que deberá integrar el planteamiento
típicamente estricto y riguroso de la ciencia-con-
la-política, de la conservación-con-el-desarrollo en
los escenarios de pobreza-con-analfabetismo del
mundo andino.
AGRADECIMIENTOS
Agradezco al Dr. Larry Frolich por discutir
los conceptos de la dinámica de la Línea de árboles
con un seminario en la Universidad de Brown, y a
la Dra. Michelle Ataroff por invitarme como
conferencista magistral al taller sobre selvas
nubladas en el marco del IV Simposio Internacional
de la AMA, la Asociación de Montañas Andinas,
realizado en Mérida, Venezuela. Este artículo refleja
la investigación auspiciada por el Departamento
de Geografía y el Centro de Estudios
Latinoamericanos y del Caribe de la Universidad
de Georgia.
Agradezco a los colegas de varias
organizaciones de conservación en Ecuador que
me facilitaron la información y los sitios de estudio,
al igual que a mis estudiantes y asistentes de campo
que aportaron sudor y entusiasmo. Los fondos de
investigación fueron aportados por el Iv-K2-CNR,
el Comité Italiano para el Año Internacional de las
Montañas (2002) y el IADF, el fondo de desarrollo
académico internacional de la Universidad de
Georgia y la Fundación “Exposition” de Atlanta.
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LINEAS DE ARBOLES EN LA MONTOLOGIA NEOTROPICAL
Recibido 21 febrero 2002; revisado 24 mayo 2002; aceptado
24 mayo 2002.
... In many instances, power relations must be revisited, e.g., reversing the widely held neoliberal capitalist models that are transforming our planet on the premise that nature is only a source of materials and economic wealth, with benefits deriving but for a minority. [21,27,[30][31][32]69,97,[107][108][109][110][111][112] Western modernization has largely undermined the biocultural perspectives of many Indigenous Peoples and local communities, who hold a view of humans as part of, rather than separate from, nature [113]. Such a holistic perspective can sustain the regeneration of relations between humans and the rest of nature. ...
Article
Full-text available
Building on a review of current mainstream paradigms of nature conservation, the essence of transformations necessary for effective and lasting change are presented—namely, convivial solutions (or ‘living with others’), in which relationality and an appreciation of our interdependencies are central, in contrast to life-diminishing models of individualism and materialism/secularism. We offer several areas for improvement centred on regenerative solutions, moving beyond conventional environmental protection or biophysical restoration and focusing instead on critical multidimensional relationships—amongst people and between people and the rest of nature. We focus, in particular, on the potential of people’s values and worldviews to inform morality (guiding principles and/or beliefs about right and wrong) and ethics (societal rules defining acceptable behaviour), which alone can nurture the just transformations needed for nature conservation and sustainability at all scales. Finally, we systematize the potential of regenerative solutions against a backdrop of relational approaches in sustainability sciences. In so doing, we contribute to current endeavours of the conservation community for more inclusive conservation, expanding beyond economic valuations of nature and protected areas to include more holistic models of governance that are premised on relationally-oriented value systems.
Article
The history of mountain research is most fascinating. Three names for 3 centuries may give an idea of the growing knowledge about the world's mountains: Horace Bénédict de Saussure, who climbed and studied the Mont Blanc in 1787; Alexander von Humboldt, ever investigating the environment during his attempt to ascend the Chimborazo in 1802; and Carl Troll, who founded the International Geographical Union's Commission on High-altitude Geoecology in 1968. Awareness of the growing impact of human activities on the environment led to scientific and political initiatives at the global level, beginning in the 1970s. The Perth conference in 2010 has offered an opportunity to both look back on these developments and explore the future of the world's mountains in a time of rapidly growing “global change” problems and processes.
Article
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Human pressure on mountain resources poses certain threats to their natural and man-made environment. Although there are many parameters involved, one of the driving forces behind this situation is the emphasis given so far only to the market value of mountain goods and services, ignoring the true social and environmental costs of using mountain resources. Towards this direction, the use of non-market valuation techniques could prove to be beneficial. Bearing in mind the above remarks, the paper presents an application of the Contingent Valuation Method, which aims at estimating the monetary value of a mountain settlement’s vernacular architecture, namely Metsovo. For this purpose, the survey focuses on Metsovo visitors’ willingness to pay a single annual voluntary contribution to an institution that would be founded in order to undertake all necessary actions required to preserve the town’s traditional character. The results are very promising and indicate that vernacular architecture holds a significant economic value that could justify the implementation of appropriate policies towards the protection of vernacular settlements in mountain areas. KeywordsNon-market valuation–Vernacular architecture–Contingent valuation
Article
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The rate at which deforestation of montane cloud forests of the Tropical Andes is documented, and the extent of different productive land uses in those areas, make it difficult to forecast appropriate conservation scenarios for countries that occupy the crescent of the Northern Andes, abode of one of the richest biological and cultural diversity of the world. Because of ancient human impacts on soils and wildlife, as well as current intensive land-use practices, Tropandean landscapes are being depleted not only of nutrients and organic matter in cultivated soils, but also water catchment and other resources, including fisheries, forestry, mining, agriculture, and livestock that mountain peoples are producing as a result of the governmental policies of subsidized capital inputs. The exodus of young people to the cities in the Andean world exacerbates the deterioration of the rural quality of life and brings issues of marginality, poverty, and neglect into the cultural landscape. In view of this critical situation, novel conservation approaches are suggested, reflecting needed changes to contemporary paradigms of mountain studies; with the use of case examples from Andean countries, mainly Ecuador, are questioned axioms of tropical ecology. These are less clear in the field than in the scanty literature on tropical mountains, offering a holistic view of the Tropandean landscape. Hence, verticality, marginality, centrality, power and violence, expansion, religion and myth, ethnic pride and inspiration, are seen as conventional paradigms of montology that have to be re-examined in light of modern environmental thought in the Andes.
Article
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This paper presents results from studies in 4 mountain regions in East Africa, 2 in Ethiopia (Simen Mountains, Bale Mountains), and 2 in Uganda (Rwenzori Mountains, Mount Elgon). The focus is on the ericaceous vegetation that forms the (upper) treeline ecotone at all sites. There is little evidence for climatic control of the patchy appearance of this belt in all afroalpine environments. Since traces of former fires were observed in all ranges, repeated burning is most probably responsible for the present appearance of the ericaceous vegetation in East Africa. The fires observed were almost exclusively lit by local people, who utilize the afroalpine zone for poaching, livestock grazing, and honey hunting. Although these fires are man-made and not strictly natural, they help to maintain a structurally and biologically diverse environment.
Article
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Arrested succession is conspicuous in the abandoned pastures of the Andean piedmont that have encroached upon the tropical montane forests toward higher limits and steeper slopes. Habitat 'shredding' is analysed to depict the current spatial configuration of tropical Andean landscapes, based on fragmentation patterns prompted by seed dispersal ecology and pasture encroachment. Seed dispersal was studied to address the hypo-thesis that seed input constrains the recruitment of montane forest seedlings, thus impeding pasture conversion to forest. It turns out that a better competitor, the tussock grass Setaria sphacelata , is limiting dispersal success due to its bioarchitecture and planting patterns. Because of the variegation of fragments, the area is in danger of landscape homogeneity within a matrix of degraded pasture. Currently, protection of fragmented remnants and restoration of original landscape structure and function are urgent needs for land-use planning toward sustainable development in the region. Restoration ecology is plausible as a means of conservation for degraded Tropandean forests, since human impacts have shredded landscapes entirely. Dispersal ecology may be used to facilitate pasture conversion to forest in equatorial landscapes, but the proactive approach of pasture removal or planting strategy should differ from that for lowland Amazonia, where abandoned pastures are different from those of montane environs. However, the region may be proactively managed only if political decisions include conservation as a goal of development.
Article
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ABSTRACT The persistence of the grass balds of the southern Appalachians represents an ecological enigma and a conservation dilemma. These high altitude treeless expanses, well known to native Americans and later grazed by white settlers, are now undergoing rapid succession which threatens a unique community of plants and animals. Whatever the balds' origin and in spite of the apparent antiquity of some, much of the botanical literature insists that they are largely an artifact of relatively recent human disturbance, and, except for rare plant preservation, deserve only limited conservation effort. Such an interpretation lacks both a historical perspective and an appreciation of the possible dynamic nature of this community. The presence of both rare, endemic plants and northern relicts requiring open habitat suggests a long evolutionary history. Also, balds that are still grazed today have maintained both their biota and size. We suggest that some balds are indeed ancient and were maintained during the late Pleistocene by mammalian herbivores. Excavations at Saltville, Virginia and elsewhere reveal the presence of up to 20 species of large herbivores, including mammoth, mastodon, bison, horse, tapir, musk ox, and ground sloth until 10,000 years ago. Thereafter, the mountains supported bison, elk, and deer until European settlement. It is likely that, as in many other parts of the world, this special natural community is the result of long-term plant-animal interactions and thus worthy of preservation. Such preservation might best be affected by the use of wild and/or domestic herbivores.
Article
Full-text available
To understand landslide regeneration and provide information necessary for restoration, we sampled seed rain, seed pool, and plant cover on two Ecuadorian landslides. We trapped 1304 seeds and found that, while most seeds were in the family Asteraceae, there was substantial variation in seed rain among plant families. Four hundred and seventy-five seedlings emerged from soil samples, including nonvascular and vascular families; again, species in Asteraceae dominated, with species in Piperaceae also very common. Plant cover, consisting of members of four fern families and 20 vascular plant families—with species in Asteraceae, Melastomataceae and Poaceae most common—was scored as a percentage of the total plot area. Principal components analysis (PCA) showed that, for all three of these plant life stages (seed rain, seed-propagule pool, plant cover), spatial variation was dominated by differences between the two landslides rather than within-landslide plot differences. PCA also showed that plots separated best on axes defined by the families Cecropiaceae, Urticaceae, Melastomataceae, Papilionaceae, Asteraceae, and Araceae with clumping of families in PCA space suggesting common successional strategies. Another multivariate technique, canonical correspondence analysis (CCA), showed that the combined seed rain and seed pool data could predict the percent cover of the family Verbenaceae and that the current plant cover families could predict Asteraceae seeds and seedlings. Finally, we use our past and present landslide data, along with multivariate modeling results, to suggest strategies for successful landslide restoration.
Article
At least five (possibly six) glacial drift bodies could be recognised, and on the basis of the (groups of) bordering moraines about six main glacial stades were defined and named. Drifts 2,3,4 and 5 are presumably all of Fuquenian (Last Glacial) age, whereas Drift 6 is of Holocene (Neoglacial) age. In the pollen diagrams the Saravita, Susaca and Guantiva interstadials are clearly reflected as period of a somewhat higher forest limit, a more abundant growth of Polylepis and an interesting pioneer vegetation (often with Dodonaea). The greatest extension of the glaciers took place before ca. 25 000 BP, probably in the period between 45 000 BP and 25 000 BP. There are very clear signs of a late medieval neoglaciation; glaciers started to retire from the outermost Neoglacial bordering moraines probably after 1850 AD and are still decreasing. -from Authors
Article
Abstract The myth persists that in 1492 the Americas were a sparsely populated wilderness, “a world of barely perceptible human disturbance’ There is substantial evidence, however, that the Native American landscape of the early sixteenth century was a humanized landscape almost everywhere. Populations were large. Forest composition had been modified, grasslands had been created, wildlife disrupted, and erosion was severe in places. Earthworks, roads, fields, and settlements were ubiquitous. With Indian depopulation in the wake of Old World disease, the environment recovered in many areas. A good argument can be made that the human presence was less visible in 1750 than it was in 1492.