Bien común y Open access
ABSTRACT La mayoría de la investigación que se lleva a cabo en el mundo se realiza gracias a fondos públicos. Sin embargo, la publicación la realizan empresas privadas que sólo permiten la difusión de la ciencia mediante el pago de costosas suscripciones. Public Library of Science es una iniciativa que gracias a Internet pretende romper el monopolio en la difusión de investigación de los grandes grupos editores. Peer reviewed
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Bien común y Open Access
El mundo de la información científica es muy extraño. ¿No es paradójico que
sean los científicos quienes producen y ofrezcan gratuitamente la materia prima que
nutre las revistas sin que, a cambio, tengan libre acceso a sus contenidos? La
sorpresa va en aumento cuando consideramos otros aspectos de este negocio, pues
el prestigio de todas estas publicaciones depende de la calidad de lo que publican,
una circunstancia que, al igual que el mercado de los futuros compradores, sólo
pueden asegurar los científicos mismos. Ya se ve que estamos hablando de un
asunto muy peculiar, y eso que todavía no hemos entrado en el meollo de la cuestión.
Michael Eisen, uno de los promotores de la Public Library of Science (PLoS), nos
ha contado que nunca pensó que la información científica fuera un grave asunto
político pues, obviando los problemas que plantea conseguir datos fiables en el
laboratorio, siempre estuvo cerca de alguna de esas buenas bibliotecas que no
escatiman gastos en suscripciones. Pero la expansión de internet y las nuevas
tecnologías de la información le abrieron los ojos. Dice Eisen que quiso desarrollar
una Base de Datos que aprovechara la facilidad para acceder on-line a grandes
fondos bibliográficos, correlacionando las investigaciones sobre secuenciación
genómica con las ofrecidas por los clínicos sobre las patologías con potencial origen
genético. Y como es muy diferente intentar buscar material empírico para publicar un
paper que ensamblar datos de distinta procedencia obtenidos mediante robots
informáticos, los editores le recordaron que la información que estaba correlacionando
era propietaria (tenía dueño) y que, en consecuencia estaba vulnerando las leyes de
la propiedad intelectual. O sea que comete un delito quien trate de usar los datos
científicos publicados para fabricar nuevas herramientas de trabajo como, por
ejemplo, una Base de Datos. El conflicto no sólo es chusco, sino aberrante. “La
literatura científica la producen los científicos para que sea usada por gente como yo.
La principal motivación para publicar algo -escribe Eisen - es que otras personas lo
lean y lo usen. Por eso soy científico. Por esto son científicos los científicos. Y el
hecho de que no lo pudiera hacer me pareció completamente absurdo”. Tan absurdo,
que decidió incorporarse a la cruzada del Open Access, un movimiento que
cuestiona el monopolio que las grandes corporaciones editoriales ejercen sobre la
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distribución de la información científica y que cuenta ya con lúcidos activistas como
Peter Suber o Stevan Harnad y con poderosos apoyos para lograr sus fines, además
de toda la parafernalia de newsletter, blognews, news, junto a las listas de correo que
coordinan Suber en la Scholarly Publishing and Academic Resources Coalition Open
Access Forum y Harnad en la American-Scientist Open Access Forum.
El movimiento no deja de crecer todos los
días. Se calcula que son ya 30.000 los científicos de
180 países que han firmado la Open Letter de PLoS
que promueve el boicot a las editoriales que
restrinjan el acceso a sus fondos. En la actualidad, la
Word Summit of Information Socierty (2003)
organizada por la ONU y la Berlin Declaration on
Open Access to Knowledge in the Sciences and
Humanities, promovida entre otras por la Max Planck
Society, el CNRS, el INSERN, la Wellcome Trust y la
Academia de Ciencias de China, han adquirido
fuertes compromisos en la dirección del open acess.
Y no sólo pueden reseñarse buenas intenciones.
Además de las 814 revistas on-line registradas en el
Directory of Open Access Journals que promueve la
Universidad de Lund, muchas instituciones de muy
diferente carácter suministran herramientas open source (también llamadas free
software) para allanar la tarea del tránsito hacia el open knowledge. La lista es larga:
SciDevNet, HighWire, Citebase, BioMed Central, Hinari, OAIster, Creative Commons,
eScholarship Repository, Eprints sofware, Project Sherpa, OpenCourseWare,
CDSWare,...
El 30 de enero pasado los ministros de ciencia y tecnología de 34 estados
miembros de la OCDE hicieron pública en París una Declaración que deja poco
espacio para las dudas, conminando a sus gobiernos a “Buscar la transparencia en
las reglamentaciones y políticas ligadas a los servicios de información, de informática
y de comunicaciones que afectan a la circulación internacional de datos para la
investigación, y reducir los obstáculos inútiles para el intercambio internacional de
tales datos”. El 31 de diciembre de 2003 el consejo editorial del Journal of Algorithms
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Open Letter
We support the establishment of an
online public library that would
provide the full contents of the
published record of research and
scholarly discourse in medicine and
the life sciences in a freely
accessible, fully searcheable,
interlinked form [...]
We recognize that the publishers of
our scientific journals have a
legitimate right to a fair financial
return for their role in scientific
communication. We believe, however,
that the permanent, archival record of
scientific research and ideas should
neither be owned nor controlled by
publishers, but should belong to the
public and should be freely available
through an international online public
library.
[...] we will publish in, edit or review
for, and personally subscribe to only
those scholarly and scientific journals
that have agreed to grant unrestricted
free distribution rights to any and all
original research reports that they
have published [...]
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(Elsevier) tras dimiir en pleno, difunde una Declaración de Independencia y anuncia el
lanzamiento de ACM Transactions on Algorithms. El alto precio, según se explica en
la carta de dimisión, fue también la causa de que los editores de Machine Learning
Journal abandonara Kluwer para pasar a convertirse en el Journal of Machine
Learning Research. Son muchos los casos: European Economic Review (Elsevier)
ser transformó en el Journal of European Economic Association, Labor History
(Taylor & Francis) es ahora Labor y Molecules (Springer Verlag) se sigue llamando
Molecules pero ahora corre con MDPI. En todos los casos, los editores redactan una
Declaration of Independence y solicitan a los autores que confiaban en la versión
comercial de la revista que envíen sus trabajos para ser difundidos en la modalidad
open access.
Sin duda el negocio montado alrededor de los artículos científicos es uno de los
factores decisivos para la emergencia del problema. En la actualidad se publican en
el mundo unas 24.000 revistas que sacan a la luz unos 2.500.000 papers al año. No
todas las revistas valen lo mismo, pero la suscripción de algunas como Brain Researh
alcanza los 22.000 euros, aunque el valor medio hay que situarlo en 1500 euros. En
conjunto hablamos de un negocio de unos diez mil millones de euros al año y al que
se le calculan márgenes de beneficio cercanos al 30%. Elsevier, el mayor emporio
editorial tiene en su catálogo unas 2000 revistas, lo que le supone beneficios de hasta
600 millones de euros. Las cifras son significativas porque hasta las instituciones
ricas tienen problemas para abordar estos gastos. La Universidad de California, por
ejemplo, paga por suscripciones 30 millones de euros (el 15, por cierto, es para
Elsevier).
La otra variable inevitable es quién paga el trabajo necesario para producir la
montaña de papel a la que hemos aludido. Y aunque los cálculos no son exactos, sí
valen para proseguir nuestro argumento. Se cree que la inversión de fondos públicos
en ciencia alcanza un monto gigantesco: 83.000.000.000 de euros. La consecuencia
es clara, pues cada artículo le cuesta a la arcas del estado (de algún estado del
mundo) alrededor de 400.000 euros. No importa lo convencidos que estuviéramos
hasta ahora de la pertinencia del movimiento open access, pero quien llegue a este
punto creerá que estamos locos de remate o, peor aún, inventando los datos. Por
desgracia son ciertos. ¿Y cómo entonces hemos organizado una empresa tan
ruinosa y abusiva para los intereses públicos? Lo reconocemos: si no fuera porque el
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problema tiene una larga historia, aquí habría mucha gente obligada a dar cuentas
ante algún comité parlamentario de investigación. No es de historia, sin embargo, de
lo que queremos hablar. Lo que nos interesa es la iniciativa Open Access. ¿Qué se
entiende exactamente por open access?
La Budapest Open Access Iniciative (BOAI, 2002; versión oficial en español) la
define como “disponibilidad gratuita en la Internet pública, para que cualquier usuario
la pueda leer, descargar, copiar, distribuir, imprimir, con la posibilidad de buscar o
enlazar todos los textos de estos artículos, recorrerlos para indexación exhaustiva,
usarlos como datos para sofware, o utilizarlos para cualquiera otro propósito legal, sin
barreras financieras, legales o técnicas, distintas de la fundamental de ganar acceso a
la propia internet”. La BOAI incluye también la recomendación de que el autor
conserve el mayor control posible sobre la integridad de su trabajo, un privilegio que,
sin embargo, no recomienda la posterior Bethesda Statement on Open Access
Publishing (2003) para evitar futuras restricciones a cualquier uso o distribución de la
totalidad o de algún fragmento del original publicado. El asunto ha sido objeto de
discusiones apasionadas que alcanzaron su cénit con motivo de la propuesta del
demócrata Martin Sabo de la Public Access to Science Act (2003) para prohibir la
concesión de derechos de propiedad sobre cualquier conocimiento obtenido total o
parcialmente con fondos públicos. La ley no se limita a reconocer el derecho de los
científicos, sino que lo extiende a toda la ciudadanía, legitimando así la viabilidad de
la participación en ciencia de los llamados expert-citizen que emergen de entre los
colectivos de afectados (como los enfermos de SIDA), los activistas de diversa
procedencia (del tipo ecologistas) y los partidarios del sofware libre (comunidades
hackers). La tendencia errónea a confundir gratuidad con open access ha sido uno de
los principales temas de enfrentamiento, pues se banalizan los temas cuando todo el
problema se limita a la mera reducción de la factura por suscripciones --o, en el
Tercer Mundo, el bajo o nulo coste, como sucede con iniciativas del tipo AGORA
(Access to Global OnLine Research in Agriculture) o HINARI (The Health
InterNetwork Access to Research Iniciative), ignorando otros obstáculos como los
que pudieran introducirse según la tecnología de acceso y las herramientas de
búsqueda autómatica, o los derivados de las políticas de mantenimiento on-line del
documento o de reconocimiento de derechos de propiedad intelectual sobre el
conjunto o una parte del texto. Hablamos entonces de problemas de extrema
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complejidad y que conectan los problemas del open acess con los del GPL o copyleft
y el open source sofware.
No todo el mundo está de acuerdo. Y, en efecto, algunas corporaciones
poderosas han manifestado su inquietud por una deriva que, en su oopinión,
amenaza con liquidar la excelencia científica. El derecho a la reproducción sin límites
jurídicos o técnicos conducirá, según Federation of American Societies for
Experimental Biology (FASEB), a un descomunal incremento de la piratería,
reduciendo también los estímulos a la producción original. La Association of American
Universities (AAU) advierte de la amenaza que pesa sobre el sistema de financiación
privada de la investigación. Los científicos, en cambio, parecen muy satisfechos.
Todo indica que la publicación en open access multiplica la visibilidad de los textos,
es decir su índice de impacto. Como lectores está probado que los investigadores,
cuando pueden elegir, prefieren descargarse el paper a su PC antes que desplazarse
a la biblioteca del centro de trabajo. Sin embargo, la resistencia a publicar en las
nuevas revistas decrece a un ritmo más lento que el previsto o, quizás debiera
decirse, del esperado. Todo indica que nadie quiere publicar en una revista cuyos
mecanismos de control de calidad estén en regresión. Los científicos se alimentan de
prestigio y su bulimia no conoce límite. Parece claro que, en términos generales, el
open access se ve como una opción profesional y éticamente muy recomendable
para los demás, pero la mayoría duda sobre los perjuicios que se puedan derivar para
la carrera personal. ¿Está justificada semejante preocupación? ¿Respresenta el
open acces una amenaza para la ciencia? Todo indica que no, aún cuando se trata
de un debate abierto. Hay tres mecanismos principales de dar acceso al público. El
primero es crear revistas libres y hacer recaer los costes de mantenimiento, incluidos
los derivados del sistema de referee y edición, sobre los autores. Esto implica
cambiar la mentalidad actual y considerar la publicación de los trabajos como una
parte sustancial de la investigación misma y, al igual que se adquieren reactivos, se
organizan coloquios o se pagan viajes, habría que presupuestar también el coste de
la publicación, bien entendido que sería sin ceder a la revista, ni mantener para
ningún miembro del laboratorio, derecho alguno de propiedad. Sabemos que ahora
se paga por publicar en muchas revistas, y que con el sistema que aquí se está
describiendo se reducen notablemente los costes. La plataforma BioMed Central,
pionera en este campo y que federa más de cien revistas, cobra 1.500 US$. La
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